Black and Blood


 
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 Brenda Joyce - Seducción Oscura

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MensajeTema: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:39 pm

Brenda Joyce - Seducción Oscura

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Argumento:

Los guerreros de las Highlands juraron proteger al Inocente a través de los siglos...
Malcolm de Dunroch ha sido elegido por la Hermandad secreta, una sociedad anónima de caballeros paganos que han jurado defender a la humanidad. Es un neófito en lo que a sus extraordinarios, y poderosos, poderes se refiere. Pero ya ha roto sus votos, pues una mujer inocente muere por su causa. Malcolm está decidido a luchar contra su oscura sexualidad, a negarse a sí mismo todo placer... hasta que el destino le envía otra inocente, la hermosa librera Claire Camden.
Desde el asesinato de su madre, Claire ha hecho todo lo posible para labrarse una vida segura en una ciudad donde el peligro acecha en cada esquina, sobre todo durante la noche. Pero nada podía prepararla para el poderoso y sensual guerrero que la arrastra a su época... un espantoso mundo lleno de peligro donde los cazadores y las presas son los mismos. Claire necesita a Malcolm para sobrevivir, aunque de algún modo debe mantener a este peligrosamente poderoso maestro a raya. Pues no desea morir en su cama como las demás... en alas de un oscuro y prohibido placer...


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:39 pm

Prólogo

El pasado

Cuando Claire despertó, en el silencio de la noche, por un momento, estuvo desorientada y aturdida. Afuera estaba lloviendo mucho. Se encontraba en una cama con dosel en una habitación que no reconocía. Cuando parpadeó en la oscuridad, vio un fuego en un hogar de piedra y dos ventanas pequeñas, estrechas. En vez del cristal, las barras de hierro la dividían en dos. A través de las barras, vio un torrencial cielo nocturno. Y entonces le oyó.
Claire... ven a mí.
Claire se incorporó de golpe, alarmada. Al instante, recordó el enfrentamiento cercano de Malcolm con la muerte. Pero no estaba con ella en el cuarto; no sabía donde estaba. ¿Estaba Malcolm bien? ¿Cuánto tiempo había estado inconsciente? El cielo había estado nublado antes, pero no había ningún indicio de lluvia.
Claire... escaleras arriba... sobre ti. Te necesito...
Claire se congeló, respirando con fuerza. Estaba completamente a solas, pero él usaba la telepatía para comunicarse con ella y sus pensamientos eran tan claros como si los hubiera dicho. Se encontraba en algún lugar encima de ella. Podría sentirlo. Claire vaciló, sus entrañas se ahuecaron con una terrible urgencia. Estaba herido, cerca de la muerte. Lo habían encarcelado en algún sitio. Podía salvarlo.
Claire saltó de la cama. Estaba caliente, pero no por el pequeño fuego... la sangre corría caliente en sus venas por su poderosa llamada. Tenía que encontrarlo. Se estaba ahogando en la desesperación. Claire se arrancó el sujetador de su cuerpo y lo arrojó aparte, pero no encontró ningún alivio del calor febril. Tenía que estar con Malcolm. Tragando saliva, se quedó muy quieta, escuchándolo.
Le llevó solamente un momento ignorar el sonido de su palpitante corazón. Y después sintió su tormento. Estaba debilitado por la batalla, su cuerpo salvajemente cortado, y le dolía. Ni siquiera podía sentarse. Tenía que encontrarlo. La necesitaba. Necesitaba estar profundamente en su interior, tomando el poder de ella.
Claire se tensó cuando el calor llameó entre ellos. La había oído. Sabía que acudía a él y la esperaba.
Alzó la vista al techo. Aidan le había hablado a Royce de llevar a Malcolm a una torre. Había cuatro torres, una en cada esquina de las contramurallas del castillo. Las dos casas del guarda tenían torres, también, pero estaba segura de que estaba directamente encima de ella. Claire movió de un tirón el escote de su leine , el lino se adhería a su piel mojada. Esto no le hacía más fácil poder respirar.
Rasgó la molesta túnica de su cuerpo jadeando con fuerza, se quedó vestida sólo con su falda vaquera y camiseta. ¿Dónde estás?
Claire. En la planta superior. Encima de ti. Es la caseta del guarda del este.
Ella sonrió, su corazón palpitaba con urgencia renovada. Voy. Claire tanteó el pomo de la puerta y se dio cuenta de que estaba cerrado con llave. Se enfureció al instante. ¡La habían cerrado con llave en la cámara!
Claire inhaló y capturó su olor. Podía oler el sexo. La lujuria de él llenaba el cuarto desde encima del techo. Frenética, tiró de la anticuada manilla de la puerta. Su miedo le daba fuerza sobrehumana, porque la puerta se vino abajo rompiendo la cerradura.
Jadeante, miró detenidamente dentro del pasillo y vio que estaba vacío, una solitaria antorcha ardía en un candelabro en la pared. Con los pies descalzos, se dirigió sigilosamente hacia la estrecha y tortuosa escalera de piedra. Sentía como si su carne pudiera explotar en su cuerpo si no se lanzaba en sus brazos pronto.
Se dirigió al siguiente piso, donde encontró una pequeña antecámara redonda en vez de un corredor. Frente a ella una pesada puerta de madera, con el cerrojo echado desde el exterior y un candado de hierro el él.
Una tensión palpitante llenó la antesala. La de Malcolm.
Él estaba al otro lado de aquella puerta, duro y caliente, prometiéndole un universo de éxtasis. Claire ahora sabía que gustosamente moriría por su toque.
Claire gimió y encontró la daga metida en el cinturón de su falda, luego la introdujo en el candado. En Nueva York, nunca habría sido capaz de forzar tal cerradura. Pero esta vez empujó brutalmente la daga en la cerradura y esta saltó abierta. La humedad comenzó a gotear bajando por sus piernas. Claire arrojó el cerrojo aparte y tiró con fuerza abriendo la puerta.
Su mirada de plata se centró en ella.
Malcolm yacía desnudo sobre la espalda en un jergón contra la pared más alejada, una venda de pálido lino destacaba en contraste con su piel morena. Su cabeza estaba girada hacia ella y la miraba con cautela. Estaba totalmente erecto. Claire lo entendió; se había convertido en un yaciente cazador acechándola. Estaba impaciente por ser su presa.
Claire quería correr hacia él, pero ante la vista de tanta belleza y la anticipación de tanto placer, simplemente no pudo moverse.
Una sonrisa comenzó cuando él se sentó despacio, gruñendo por el dolor. La venda estaba manchada con la roja sangre.
—Ven a mí, Claire.
Claire tropezó al avanzar mientras él, con cuidado, se ponía de pie, claramente débil por la batalla y la pérdida de sangre. Lo alcanzó, envolviendo los brazos alrededor de él, y cuando su cuerpo completamente desnudo entró en contacto con el suyo, las lágrimas de deseo comenzaron.
—Muchacha —jadeó, sujetándola en un abrazo como una tenaza. Echó la cabeza hacia atrás y su poder cayó sobre ella como una capa enorme. Claire estaba envuelta en la calidez que se inició como una invasión desde el exterior hacia su interior. Era agudamente consciente de una sensación de drenaje suave, dulce, y tan consciente de Malcolm, gimiendo sin control con la cabeza echada hacia atrás. De repente sintió que el terrible placer de él comenzaba.
Él lanzó un grito con voz poco clara.
—¡Sí, Claire! —encontró su mirada cuando la agarró de los brazos y vio la lujuria triunfante allí. Él sonrió salvajemente, abrió sus muslos, su boca contra la suya. Empujó profundamente, jadeando—. Sabes tan bien.
Una ola enorme se rompió y Claire lloró ante el gran placer con el que había soñado, pero Malcolm se movió entonces, drenándola y corriéndose al mismo tiempo, y la ola siguió rompiendo. La comprensión de relámpago la conmocionó cuando el universo se volvió sólidamente negro y lleno de estrellas que explotaban, cada una en otro de sus clímax. Esta vez estaría perdida en esta galaxia de placer interminable, nunca saldría y no quería. Cada clímax era más violento, más brutal y mejor que un anterior. No importaba. Así era como quería morir, dando a Malcolm su vida, mientras montaba su enorme dureza en la eternidad.
La semilla de él fluyó y la abrasó. Rugió su placer mientras la tomaba, el sonido de una bestia, no de un hombre.
Claire sollozó y rogó por más, y más, corriéndose. De alguna manera sabía que no podía soportar esto, pero lo quería de todos modos. Otra ola terrible se rompió, aplastándola con el éxtasis.
De repente Malcolm rugió en el momento final... y se hundió profundamente.
Claire quiso protestar pero no pudo. Estaba en un vórtice de placer y dolor y girando más allá, tan rápidamente en este momento que se dio cuenta de que realmente se moría. Podía sentir la última esencia de su vida girando en ella, más rápido y más rápido, como una peonza dando vueltas hasta desvanecerse.
Claire comenzó a sosegarse, floja y vacía, consumiéndose. Bajó la mirada hacia su cuerpo casi desnudo, tumbado en el suelo de piedra, y vio a Malcolm apoyado en la ventana, contemplándola con horror. Aidan y Royce se inclinaron sobre ella. Y de repente la torre estuvo llena de una luz cegadora. De pronto vio a los Antiguos ligeramente perfilados y apiñándose en el cuarto...
—¿Estás viva? —gritó Malcolm.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:40 pm

Capítulo 1

El Presente

Claire tenía miedo de la oscuridad.
Estaba oscuro... y algo acababa de caer con un ruido sordo escaleras abajo.
Estaba de pie en el más absoluto silencio en el dormitorio que se encontraba encima de su librería. Claire vendía libros viejos y raros manuscritos, así como también ocasionalmente tomos únicos de segunda mano, y gracias al inventario de un cuarto de millón de dólares que conservaba, tenía un sistema de seguridad de tecnología avanzada, un Taser y un arma. Sabía que no había dejado una ventana abierta, aunque la ciudad en julio era sofocante, de todos modos nunca dejaría una ventana abierta. Era demasiado peligroso. La delincuencia en la ciudad estaba descontrolada. El mes pasado, su vecina, una aspirante a modelo, había sido asesinada, y aunque la policía no lo dijo, sospechaba que había sido un crimen por placer. Se esforzó por saber los detalles, dudando si coger su Beretta del cajón de al lado de la cama.
Pero ya no oía nada. Mientras permanecía allí de pie, vestida con un par de boxers a rayas multicolores de algodón y una camiseta de canalé fina, su dormitorio parecía como si un tornado hubiera circulado por él, el gato callejero que había aparecido más temprano ese día vagaba fuera en el pasillo. El alivio la inundó. ¡El gato se había llevado algo por delante! No debería haber sospechado lo peor, después de todo, los sensores de detección de movimiento no se habían disparado, pero incluso después de todos estos años, detestaba estar sola por la noche.
Aterrorizada, la niña se puso en cuclillas cerca de la puerta, mientras una sombra oscura, sepulcral deambulaba por ahí.
Claire frunció el ceño ante el hermoso gato negro, negándose a permitir que un solo pensamiento sobre el asesinato de su madre, hacía tanto tiempo, invadiera ahora su conciencia.
—¡Tú! Debería haberte alimentado ahora, ¿verdad?
Ronroneando, el gato se deslizó entre sus tobillos, frotándose sensualmente.
Claire le recogió, era la primera vez que lo había hecho así, sosteniéndole fuertemente contra su pecho.
—Bribón —susurró—. Necesito un perro, no un gato, pero si no supiera que alguien te iba a echar de menos, me quedaría contigo.
La criatura atrevida realmente lamió su cara.
Claire se limpió la barbilla, dejando caer al gato al suelo, sabiendo que tendría que pegar algunos carteles de “Encontrado” en su vecindario de Tribeca antes de irse para el aeropuerto mañana. Estaba en medio del proceso de hacer las maletas para unas largas y retrasadas vacaciones. Mañana, estaría camino de Edimburgo, y el viernes conduciría a través de las Highlands. Esta vez, su primera parada sería la isla de Mull, de austera belleza.
El entusiasmo la llenó. El gato se había puesto cómodo en la cama, y Claire se alejó para volver a su equipaje. Fue hacía su antigua cómoda, comprada en un viaje anterior al extranjero, en Lisboa. Viajaba extensamente por su negocio. Sonriendo mientras echaba su oscuro pelo castaño rojizo sobre su hombro, sacó un montón de camisetas de tirantes y de media manga. Tenía veintiocho años, pronto serían veintinueve, y dirigía un negocio extraordinariamente próspero, con la mitad de este dirigido a Internet. Desde su graduación en Princeton, con un Master en historia medieval europea, se había tomado exactamente dos periodos de vacaciones por asuntos personales. Primero fue a Londres e hizo un circuito por Cornualles y el País de Gales. En el último momento un amigo le había dicho que tenía que pasar unos días en Escocia, y aunque no fuera una criatura impulsiva —a Claire le gustaba tenerlo todo controlado—, había cambiado su itinerario un día antes de marcharse para poder hacerlo así. En el momento en que pasó Berwick-upon-Tweed , un extraño entusiasmo la había llenado. Amó Escocia al instante.
Casi parecía que había llegado a casa.
Había seguido el itinerario habitual para hacer el circuito: Dunbar, Edimburgo, Stirling, Iona y Perth. Pero sabía que volvería para explorar las Highlands. Su austera grandeza y escarpada soledad la llamaban a gritos de una manera que nunca había experimentado antes. Hacía dos años que había vuelto, pasando diez días en el norte y noroeste. Durante su último día, había descubierto la pequeña isla, escarpada y hermosa de Mull.
Había viajado hacía Duart en el estrecho de Mull, la sede de los lairds Maclean a lo largo de muchos siglos. Una necesidad intensa de explorar y descubrir la historia del área la había vencido, pero vagar por el castillo no la había satisfecho en absoluto. Justo antes de la salida de la isla, había tropezado con una encantadora pensión con desayuno incluido en el cabo de Malcolm, y sus propietarios la habían mandado hacia Dunroch. Le dijeron que Dunroch era la sede de los Maclean de Mull del sur y Coll y que el laird actual permanecía en la residencia, aunque raramente se le veía. Era un solitario, dijeron, y soltero, una terrible vergüenza. Como la mayor parte de aristócratas, los motivos financieros lo obligaron a abrir las tierras y unas cuantas cámaras al público.
Intrigada, Claire se había precipitado a Dunroch una hora antes del cierre. Había quedado tan abrumada por el castillo gris que en el momento en que se acercó al puente levadizo tendido sobre el foso ahora vacío, la frialdad había comenzado a correr de arriba abajo por su columna vertebral. Se había quedado sin aliento mientras pasaba bajo un rastrillo levantado y a través del bajo y oscuro pasadizo de la caseta del guarda, dándose cuenta de que esto había sido una parte del castillo original, incorporada a principios del siglo XIV por Brogan Maclean. Había hecho una pausa en el recinto interior, mirando fijamente no hacia el patio desnudo, sino hacia el mar y el torreón. No tuvieron que decirle nada para saber que la torre, que daba sobre el Atlántico, era una parte de la fortificación original, también.
Todas las cámaras estaban cerradas al público excepto el gran salón. Una vez dentro, Claire había permanecido allí de pie, extrañamente fascinada. Le había parecido familiar, aunque nunca hubiera estado allí antes. Había contemplado la amplia y escasamente amueblada cámara, no viendo los tres elegantes asientos acondicionados, sino una mesa de caballete, ocupada por el señor y sus nobles. Ningún fuego ardía en el enorme hogar, pero Claire sintió que su calor la sofocaba. Cuando otro turista había pasado andando por delante de ella, había brincado, casi esperando ver al laird de Dunroch. Claire podría haber jurado que sintió su presencia.
Todavía podía recordar la vista del imponente castillo desde el camino debajo de los altos acantilados como si hubiera estado allí ayer. Había pensado mucho en el castillo y hasta hizo un poco de investigación, pero los Maclean del sur eran misteriosos. Una búsqueda en Google y su biblioteca de investigación on-line no habían traído ninguna referencia a cualquiera de los Maclean del sur desde Brogan Mor, y este había muerto en 1411 en una sangrienta batalla llamada Red Harlaw. La carencia de información sólo agudizó su deseo, pero Claire siempre era insaciable cuando este provenía de la historia.
Claire ordenó un montón de vaqueros, ahora sin aliento. En este viaje, pasaría una noche en Edimburgo y conduciría directamente hasta Dunroch. Se quedaría en la pensión, Malcolm’s Arms, y se había concedido tres días enteros en la isla. Pero había más. Como vendedora de libros raros, tenía la intención de preguntar al laird actual si podía tener el acceso a su biblioteca. Esto era una excusa para encontrarlo. No sabía por qué estaba compelida a actuar así. Tal vez era porque no había ninguna historia en esta rama de los Maclean desde Brogan Mor. Claire había decidido que el laird actual tenía probablemente sesenta años, pero tenía una imagen de él en su mente, como una versión madura de Colin Farrell.
Claire tiró unos cuantos pares de vaqueros en su maleta, decidiendo que casi estaba lista. Era alta para ser una mujer, erguida media casi metro ochenta descalza, y estaba increíblemente en forma por el kickboxing, correr y levantar pesas casi cada día. Estar fuerte le daba seguridad. Cuando Claire tenía diez años, su madre había ido a la tienda de comestibles de la esquina, dejando a Claire sola en el apartamento de una única habitación, prometiéndola que estaría de vuelta en cinco minutos. Nunca regresó a casa.
Claire trató de no acordarse de aquella noche interminable. Había sido una niña fantasiosa, que creía en monstruos y fantasmas, dando la lata a su madre sin parar con sus afirmaciones de que las criaturas vivían en el armario y bajo la cama. Esa noche, había visto formas aterradoras en cada sombra, cada cortina en movimiento.
Aquello fue hace tiempo. A pesar de todo, echaba de menos a su madre. Hasta este día, llevaba puesto un curioso pendiente que su madre nunca se había quitado, una pálida piedra semipreciosa muy pulida engastada en cuatro patillas de oro, cada patilla intrincadamente detallada con un diseño obviamente celta. Siempre que Claire se sentía particularmente triste, apretaba el pendiente en la palma de su mano, y su pena se aliviaba. No sabía por qué su madre había estado tan apegada a este, pero sospechaba que tenía algo que ver con el padre de Claire. La piedra era el recuerdo más querido que Claire tenía.
No es que tuviera un padre. Su madre había sido dolorosamente honesta, explicándole que fue una sola noche de pasión cuando había sido joven y salvaje. Su nombre era Alex, y esto era todo lo que Janine sabía, o dijo que sabía.
Después de la muerte de su madre, Claire había ido a vivir al norte del estado con su tía y tío en su granja. La tía Bet la había dado la bienvenida con los brazos abiertos, y Claire creció cerca de sus primas, Amy y Lorie, ambas casi de su misma edad. Cuando Claire llego a los quince, la tía Bet la había sentado y le había dicho la espantosa verdad.
Su madre no había sido asesinada por el dinero de su cartera o sus tarjetas de crédito. Había sido la víctima de un crimen por placer.
Aquel conocimiento había cambiado la vida de Claire. Su madre había sido asesinada por un loco pervertido. Esto la confirmó sus peores miedos, las cosas malas estaban ahí y pasaban por la noche.
Y luego, en su segundo año como estudiante en el colegio, su prima Lorie fue asesinada cuando se retiraba de una tardía película nocturna no lejos del campus. La policía había determinado rápidamente que Lorie había sido la víctima de otro crimen por placer. De esto hacía cinco años.
Ella no sabía cuando la “oh-tan-avispada” prensa nacional había acuñado primero la frase crimen por placer, pero había sido más o menos desde que podía recordar. Los comentaristas sociales, los psiquiatras, los liberales y los conservadores, por igual, todos afirmaron que la sociedad estaba en un estado de anarquía. El ochenta por ciento de todos los asesinatos estaban ahora asociados al sexo, y cada año esto estaba empeorando. Lorie había muerto como miles de otros. Había tenido relaciones sexuales. Los fluidos corporales habían mostrado que había estado muy excitada y que el perpetrador había llegado al clímax varias veces. No hubo ninguna lucha, y hasta el día de hoy, la policía no tenía ninguna pista en cuanto a quién había estado con Lorie. Un testigo había visto a Lorie abandonar la sala del cine con un hombre joven, apuesto, con pinta atlética. Ella había parecido feliz, incluso enamorada. Un retrato robot de la policía se había puesto en circulación pero nadie lo reconoció y, como de costumbre, no había ninguna correspondencia en la base de datos de criminales del FBI.
Pero por eso los crímenes por placer eran tan sobrecogedores y estremecedores. Estos pervertidos asesinos siempre parecían ser completamente extraños, y a pesar de ello, de alguna manera sedujeron a sus víctimas, y hasta el día de hoy, nadie sabía como. Había toda clase de teorías. La teoría de culto afirmaba que el perpetrador pertenecía a una sociedad secreta y usaba el hipnotismo para seducir a las víctimas. Los sociólogos llamaron a las muertes una tendencia patológica y achacaron la culpa de todo a los videojuegos, al rap y la cultura de la violencia, a los hogares rotos, a las drogas e incluso a las familias compuestas por padres divorciados que aportan hijos al nuevo matrimonio. Claire sabía que eran especulaciones. Nadie sabía el cómo y nadie sabía el porqué.
Esto apenas tenía importancia. Todas las víctimas eran jóvenes y atractivas y morían del mismo modo. Sus corazones simplemente dejaban de latir, como si fueran vencidas por la pasión y la excitación.
Después del asesinato de su prima, Claire se había asegurado de que era lo bastante fuerte como para hacer algo de daño si uno de los pervertidos criminales de la ciudad pensaba atacarla. Amy había decidido tomar clases de artes marciales, también. De hecho, Amy había sido la que había sugerido el curso de defensa personal y había animado a Claire a aprender a disparar. Ambas jóvenes mujeres guardaban armas en sus casas. Claire se alegró de que el marido de Amy estuviera en el FBI, incluso si se sentaba detrás de un escritorio. Se sentía segura de que este tuviera realmente alguna información confidencial, porque Amy siempre hablaba de como eran de perversos los crímenes. Nunca dijo más y Claire sospechaba que no se lo permitían. Estaba de acuerdo. Los crímenes por placer eran perversos. Tal vez había un culto enfermizo después de todo. Claire guardó su arma cargada en su mesilla de noche al lado de la cama. Nadie iba nunca a hacerla daño, no si podía remediarlo.
Su equipaje casi estaba listo, decidió hacerse una cena ligera. Se rió del gato, que estaba enroscado en la almohada en la que dormía.
—¡Bribón, en mi almohada no, por favor! Porfa. Puedes conseguir algo de hierba gatera mientras como. Una copa de vino es definitivamente procedente.
Como si la entendiera perfectamente, el gato negro saltó de la cama y se acercó.
Claire se flexionó para acariciarle.
—Tal vez debería quedarme contigo. Eres una cosa tan hermosa.
Las palabras apenas habían salido de su boca cuando los detectores de movimiento sonaron y alguien comenzó a golpear ruidosamente la puerta principal de su tienda.
Claire pego un brinco y luego se congeló, inmediatamente rebosante de adrenalina. El aporreamiento continuó. Echó un vistazo al reloj cerca de su cama. Era las nueve y media. Esto era o una emergencia o un chalado. Y, caramba, no abriría la puerta a un loco. Había demasiados lunáticos sueltos.
Claire corrió a la mesilla, cogiendo su Beretta del cajón. El sudor se acumuló entre sus pechos. Sus dos vecinos tenían su número, por si acaso alguna vez había una emergencia. Este tenía que ser un extraño. Comenzó a bajar descalza la escalera.
Trató de no pensar en todos los crímenes atroces cometidos en la ciudad.
Trató de no pensar en su vecina, Lorie o su madre.
—¡Claire! Sé que estás ahí —gritó una mujer, sonando cabreada.
Claire vaciló. ¿Quién demonios era esa? No reconocía la voz. La persona estaba tan impaciente por entrar que sacudía la puerta, como si la desencajara de sus goznes. Esto, por supuesto, era imposible. La puerta era de grueso acero armado y los goznes eran de hierro fundido.
Había un pequeño pasillo con una consola al pie de la escalera donde siempre mantenía una solitaria lámpara de escritorio encendida. Su despacho estaba al otro lado del pasillo. A la izquierda de la escalera estaba la cocina, con su área de desayuno, y a la derecha, la amplia estancia que servía como tienda. Claire entró en la tienda, golpeando el interruptor de la luz e inundando la tienda con ella cuando así lo hizo.
La persiana veneciana negra estaba subida.
—¿Quién es? —exigió Claire, sin ir hacia la puerta.
Los golpes y el traqueteo se pararon.
—Claire, soy yo, Sibylla.
Claire trató de pensar. Estaba casi segura de que no conocía a nadie llamado Sibylla. Estuvo a punto de decirle que se largara —de un modo cortés, por supuesto—, cuando la mujer habló:
—Sé que tienes la página, Claire. Déjame entrar.
Claire no sentía curiosidad, no ahora, no con una extraña chiflada que derribaba a golpes su puerta, no cuando fuera estaba negro como el Hades.
—Tengo doce mil libros en stock —dijo ella concisamente—. A cuatrocientas páginas como media, aquí hay un montón de páginas.
—Es la página del libro para curarse. —Sibylla parecía peligrosamente irritada—. Es del Cladich y lo sabes. —Empujó la puerta abriéndola y dio un paso dentro, rompiendo algo cuando así lo hizo.
Por un segundo, Claire se quedó conmocionada. Sólo Terminator podía romper la puerta al abrirla de aquella manera, y la mujer pelirroja que andaba resueltamente por su tienda no era Terminator, para nada. Era de estatura y complexión media, no más de uno setenta, probablemente no mucho más de cincuenta kilos. Claire se dio cuenta de que iba vestida toda de negro, como una ladrona, y que evidentemente había forzado sus cerraduras de tecnología avanzada.
Mañana iba a instalar un nuevo sistema de seguridad.
Claire la apuntó con el arma directamente entre los ojos.
—Párate ahí mismo. No te conozco y esto no parece una broma pesada. ¡Sal de aquí!
Su mano no temblaba y Claire estaba asombrada, porque tenía miedo. Nunca había mirado dentro de unos ojos tan fríos y desalmados antes.
Sibylla la sonrió sin ninguna alegría y esto transformó su belleza en una máscara de malicia. Su sonrisa habló de amenazas. Por un instante, el corazón de Claire latió desenfrenado cuando se dio cuenta de que esta mujer desconocida no la iba a escuchar. Pero no parecía que la mujer estuviera armada y Claire le pasaba al menos en nueve kilos.
Y entonces Sibylla se rió.
—¡Ah, mis dioses! No me conoces... No has regresado todavía, ¿verdad?
Claire nunca vaciló, manteniendo apuntada el arma en medio de la frente de la mujer.
—Salga.
—No antes de que me des la página —dijo Sibylla, caminado a zancadas directamente hacia ella.
—¡No tengo ninguna página! —gritó Claire con incredulidad. Su mano comenzó a temblar. Claire comenzó a apretar el gatillo, bajando el arma para apuntar al hombro de Sibylla, pero era demasiado tarde. Sibylla le quitó el arma con la velocidad de una estremecedora serpiente. Entonces levantó el puño.
Claire vio el golpe y trató de bloquearlo, pero la otra mujer era extraordinariamente fuerte y su reafirmado antebrazo descendió abruptamente. Sintió el puño como nudilleras cuando este golpeó con fuerza en un lateral de su cabeza. El dolor explotó y Claire vio estrellas fugaces. Después sólo hubo oscuridad.

Claire volvió en si despacio, las capas de oscuridad retrocediendo, siendo sustituidas por densas sombras grises. Le dolía la cabeza como el infierno. Este fue su primer pensamiento coherente. Entonces se percató de que estaba sobre el suelo de madera. Al instante, lo recordó todo...
Una mujer había irrumpido a la fuerza en su tienda y la había asaltado. Durante un momento Claire se quedó inmóvil, haciendo como que estaba inconsciente, escuchando intensamente la noche. Pero todo lo que oyó fue el paso de los coches y los claxon resonando afuera en la calle.
Lentamente, Claire abrió los ojos, percatándose de que había sido trasladada. Ahora yacía en el espacio entre la cocina y la tienda, no lejos de su despacho. La lámpara de escritorio permanecía encendida. Claire despacio giró su cabeza para contemplar la tienda. Casi gritó. Estaba vacía, la puerta principal por suerte cerrada, pero parecía como si cada libro hubiera sido lanzado al suelo. Su tienda había sido saqueada
Claire se sentó, rígida con consternación e incredulidad. La mujer había estado sin duda alguna buscando una página de aquel libro que había mencionado. Se tocó un lado de la cabeza, encontrando un enorme chichón detrás de la oreja, y esperaba en contra de todas las predicciones que sus existencias más valiosas no hubieran sido robadas. Necesitaba llamar a la policía, pero también necesitaba saber lo que Sibylla se había llevado.
Nunca había oído hablar del Cladich. Pero en tiempos medievales, hubo referencias a libros y manuscritos en los cuales los hombres de hoy en día habían creído disponer de varios poderes reconstituyentes y curativos. A pesar de su cabeza dolorida, se entusiasmó. Haría una búsqueda en Google sobre el Cladich tan pronto como se orientara. ¿Pero por qué pensaría aquella intrusa que una página de aquel libro estaba en su tienda?
La intrusa podría ser una simple pirada, pero Claire seguía preocupada. Daba la impresión de que Sibylla la conocía y no parecía una loca, en absoluto. Había parecido depravada, despiadada y decidida. Claire alargó la mano y agarró el pendiente que llevaba puesto, tomándose un momento para recuperar la serenidad. ¡De todas las noches para un allanamiento y un asalto! Pero en realidad no estaba herida. Si tenía suerte, la mujer no había encontrado lo que buscaba. ¡Si realmente estuviera de suerte, aquella página estaría de hecho en su posesión!
Claire se puso de pie, comenzando a calmarse, la palpitación retrocediendo a un dolor embotado, mientras un entusiasmo familiar zumbaba en sus venas. Su instinto era precipitarse a la tienda y hacer inventario, pero sabía que lo que debía hacer era refrescar su cabeza primero y después llamar a la policía. Y también tenía que comprobar si un libro llamado El Cladich había existido alguna vez.
Pero la seguridad era lo primero. Claire entró en la tienda para cerrar con llave la puerta principal. Cuando cruzó la tienda, con cuidado pasando por encima de los libros y manuscritos, recuperó la Beretta del suelo. La puerta tenía una doble cerradura. Mañana, cuando tuviera puestas cerraduras triples, también añadiría un cerrojo. Cuando giró la cerradura, el chasquido sonó reconfortante, pero cuando comprobó la puerta, esta se abrió.
Su corazón saltó consternado. Si las cerraduras ya no funcionaban, se iría a un hotel. Claire vaciló y abrió la puerta una rendija para mirar la cerradura. Sus ojos se abrieron de par en par cuando miró fijamente los boquetes en el marco de puerta de madera. Casi parecía como si Sibylla hubiera empujado la puerta cerrada abriéndola, desguazando los dientes de las cerraduras dentro de la jamba de madera al hacerlo así.
Pero eso era imposible.
Cerró de golpe la puerta, negándose a aterrorizarse. El exterior de la calle había estado relativamente tranquilo excepto por algunos coches que pasaban, pero ahora no tenía ninguna seguridad. Cada noche, docenas de crímenes por placer ocurrían. Se había ocupado de estar informada de esto.
Se apresuró a su escritorio, saltando sobre pilas de libros, agarró la silla, y la puso bajo el pomo de la puerta. Cuando la policía viniera, les pediría que la ayudaran a mover un estante delante de la puerta. Esto debería añadir por el momento bastante seguridad.
Pero, ¿cómo podría dejar la ciudad mañana, como tenía planeado? Claire comprendió que su viaje tendría que ser pospuesto. Iba a tener que hacer inventario de sus existencias. La policía lo exigiría. ¿Y si alguien hubiera puesto una página valiosa en uno de los volúmenes?
El atractivo de sus vacaciones y de Dunroch, luchaban contra su entusiasmo sobre la posibilidad de hacer un descubrimiento tan enorme. Claire entró corriendo en su despacho, incluso sin encender las luces. Dio un toque a la barra espaciadora para sacarlo de la fase de hibernación, su pulso martilleaba. Corrió dentro de la cocina, golpeando las luces y comenzó a llenar una bolsa Ziploc con hielo. El dolor en su cabeza había despuntado hacia una desagradable jaqueca. Tal vez, después de todo, se saltaría el hospital.
Desde la tienda, oyó la silla arañar a través del suelo tal como oyó a un hombre maldiciendo.
Claire no se lo podía creer. ¡No podía ser otro intruso! Y luego el miedo comenzó. Se movió, agarrando el arma de la encimera, comprobando como una loca si estaba cargada y luego apagando de golpe las luces de la cocina. Se fundió con la pared de detrás de la puerta abierta de cocina. Tratando de no entrar en pánico, escuchó atentamente por el hombre otra vez, pero no oyó nada.
No obstante, no había sido su imaginación. Había oído una maldición, casi inaudible. El corazón de Claire palpitó con una aterradora fuerza. ¿Se había marchado? ¿O estaba ahora mismo saqueando su tienda? ¿Iba a ser de nuevo agredida?
¿Buscaba aquella página del Cladich? Porque esto no podía ser una coincidencia. No había sido desvalijada en los cuatro años que llevaba abierto el negocio.
El teléfono estaba al otro lado de la cocina. Sabía que debía llamar al 911 pero tenía miedo de que el intruso la oyera y volviera su atención hacia ella. Agarró el arma tan fuerte que sus dedos le dolieron, sus palmas estaban sudorosas. La cólera comenzó. Esta era su tienda, ¡maldita sea! Pero el miedo la consumía y ninguna cantidad de cólera justiciera podría ahuyentarlo.
Asustada de que su respiración superficial fuera audible y la delatara, Claire comenzó a arrastrarse por el pasillo. La maldita lámpara de escritorio permanecía encendida, haciéndola sentirse horriblemente expuesta. Podía ver la puerta principal a través de la tienda, pero allí no había nadie.
Cuando pasó las escaleras, la agarraron desde atrás.
Claire lanzó un grito cuando un poderoso brazo la inmovilizó contra lo que parecía un muro de piedra. El pánico la imposibilitó pensar. Se dio cuenta de que estaba sujeta, como por mordazas, contra un enorme, y claramente, masculino cuerpo.
Su corazón tronó, pero de repente, disminuyó el ritmo Y Claire tuvo una impactante sensación de familiaridad. En aquel momento, el miedo desapareció, sustituido sólo por su aguda conciencia del poder abrumador y la fuerza del macho.
Él habló.
Claire no entendió una sola palabra de lo que dijo. Su corazón se aceleró y el miedo la arañó de nuevo. Su instinto era luchar y comenzó a retorcerse, agarrando sus brazos para quitárselos de encima, deseando haber tenido tacones de aguja, porque entonces podría meterle uno en su bota. Y cuando sus piernas descubiertas entraron en contacto con los muslos de él, se congeló, porque las piernas de él también estaban absolutamente desnudas. Claire inhaló dolorosamente.
Él habló, sacudiéndola dentro de su enorme brazo, y no hizo falta que entendiera su lengua para saber que le estaba diciendo que se estuviera quieta. Y cuando tiró acercándola hacia él, lo sintió endurecerse contra su trasero.
Claire se pasmó. Su captor estaba excitado, de manera tan espantosa. La sensación de una gran, dura longitud presionada contra ella era aterradora... y también emocionante.
—Déjeme ir —jadeó desesperadamente. Y tres palabras ardieron a través de su mente: Crimen por placer.
Notó que su agarre se tensaba por la sorpresa. Entonces dijo:
—Antes baja el arma, muchacha.
Habló en inglés, pero no había duda alguna del exagerado acento escocés. Claire humedeció sus labios, demasiado aturdida incluso como para tratar de considerar lo que significaba aquella coincidencia.
—Por favor. No escaparé. Suélteme. Me está haciendo daño.
Para su alivio, relajó el agarre.
—Deja el arma, se buena chica. —Cuando él habló, sintió su barba incipiente contra su mandíbula y su ligero aliento en la oreja.
Su mente se quedó en blanco, y sólo pudo pensar en el pulso poderoso que palpitaba contra ella. Algo terrible estaba sucediendo, y Claire no sabía que hacer. Su cuerpo había comenzado a tensarse y a vibrar. ¿Era así cómo aquellas mujeres morían en medio de la noche? ¿Se quedaban aturdidas y confusas, y excitadas? Dejó caer el arma y esta cayó ruidosamente en el suelo, pero no se disparó.
—Por favor.
—No grites —dijo suavemente—. No voy a hacerte daño, muchacha. Necesito tu ayuda.
Claire de alguna manera asintió con la cabeza. Cuando apartó su brazo, ella corrió hacia el otro lado del pasillo, parando de golpe allí y girando a su espalda para afrontarlo. Y gritó.
Había esperado cualquier cosa menos la perfección masculina que la hacía frente. Era un hombre imponente, al menos dieciséis centímetros más alto que ella, enormemente musculoso. Su pelo era tan negro como la medianoche, su piel bronceada, pero tenía ojos chocantemente pálidos. Estos estaban enfocados en ella con inquietante intensidad.
Parecía tan sorprendido ante la visión de ella como ella estaba por la de él.
Tembló. Dios, era hermoso. Una nariz ligeramente torcida, quizá se le rompió una vez, pómulos dolorosamente altos y una crudamente fuerte mandíbula le daban el aspecto de héroe poderoso. Una cicatriz partía en dos una ceja negra, otra formaba una medialuna en una mejilla. Simplemente se añadían para hacer parecer que este hombre estaba curtido en la batalla, experimentado, y de lejos demasiado fuerte para ser bueno para alguien.
Pero era un pirado. Tenía que serlo. Porque estaba vestido con ropa que reconoció al instante. Hasta medio muslo, una túnica de lino color mostaza, que estaba atada con un cinturón, y sobre esto, cubriendo un hombro, un tartán escocés azul y negro fijado ahí con un broche de oro. Sus muslos estaban desnudos, pero calzaba hasta las rodillas unas botas de cuero vuelto muy gastadas. Y una espada enorme envainada sobre su costado izquierdo, la empuñadura destellaba con joyas de bisutería. ¡Estaba disfrazado como un highlander medieval!
Parecía auténtico. Tenía voluminosos brazos que podrían haber empuñado una enorme espada sin esfuerzo en el tipo de batalla sobre la cual había leído en un libro de historia. Y quienquiera que hubiera hecho su traje había investigado. Su leine parecía auténtico, como si lo hubieran teñido con azafrán, y el manto azul y negro parecía tejido a mano. Tuvo que mirar sus muslos fuertes otra vez, donde sus músculos se abultaban, muslos que parecían de roca, fuertes por años de montar a caballo y correr por las colinas. Su mirada avanzó lentamente hacia arriba, hacia la falda corta del leine, donde una rígida línea permanecía levantada. Claire se dio cuenta de que se lo estaba comiendo con los ojos, un reguero de sudor corría entre sus pechos y muslos. Estaba sin aliento, pero era porque tenía miedo de él.
Y luego vio que los ojos de él habían descendido hasta sus piernas. Se sonrojó.
Él alzó su inequívocamente caliente mirada hacia ella.
—No pensaba verte de nuevo, muchacha.
Los ojos de Claire se abrieron de par en par.
Su sonrisa se volvió seductora.
—No me gusta que mis mujeres se desvanezcan en la noche.
Ella pensó que estaba rematadamente loco.
—Usted no me conoce. No le conozco. No nos han presentado.
—Me siento ofendido, muchacha, de que no recuerdes el acontecimiento. —Pero su sonrisa satisfecha nunca vaciló y siguió lanzando miradas a sus piernas, y a la camiseta diminuta que dejaba al descubierto su estómago—. ¿Qué guisa de atuendo es este?
El sonrojo aumentó y ella lo sintió. Rezaba porque no fuera uno de esos asesinos buscadores de placer.
—Podría preguntarle la misma cosa —replicó ella, temblando—. Esto es una librería. Usted debe estar de camino a una fiesta de disfraces. ¡No es aquí! —Tenía que apaciguar a este hombre a toda costa y tenía que conseguir que abandonara su tienda.
—No estés asustada, muchacha. Puedes ser una tentación, pero tengo otros asuntos en mente. Necesito tu ayuda. Necesito la página.
Ella exhaló ahora audiblemente, pero no con alivio. No quería estar a solas con este hombre. Su mente fue a toda velocidad.
—Vuelva mañana. —Forzó una sonrisa que pareció enfermiza—. Hemos cerrado. Mañana podré ayudarle.
Él le envió otra sonrisa seductora, claramente utilizada para poner a las mujeres de su parte, y en su cama.
—No puedo volver mañana, muchacha. —Y murmuró—: Quieres ayudarme muchacha, lo haces. Deja el miedo; esto no te viene bien. Puedes confiar en mí.
Su tono suave envió una espiral de deseo a través de ella. Ningún hombre la había mirado nunca de tal manera, o le había hablado de forma tan seductora, mucho menos un hombre como este. Claire no podía apartar los ojos de su penetrante mirada. El salvaje martilleo de su corazón se relajó. Algo de su miedo disminuyó. Claire realmente quería creerle, confiar en él. Él sonrió, conocedor de ello.
—Me ayudarás muchacha, y me guiarás en mi camino.
Por un momento, tuvo intención de aceptar. Pero su mente gritaba en ella de una manera extraña, confundiéndola. Entonces la sirena de un camión de bomberos sonó fuera, en la calle, al pasar por delante de la tienda. Él brincó, alejándose hacia la puerta y ella recobró el juicio. Estaba cubierta de sudor. ¡Había estado a punto de hacer todo lo que él pedía!
—No.
Él echó a andar.
—Mi ayudante le atenderá mañana. —Tragó saliva. Fue tan firme como pudo serlo y esto le pareció una hazaña enorme. Se apartó el flequillo de los ojos con mano temblorosa. Era como si hubiera estado cerca de que la hipnotizara. Evitó su mirada—. Si es importante, volverá. Ahora por favor, salga. Como puede ver, tengo que hacer algo de limpieza, y llega tarde a su fiesta. —Deseaba que su voz no se hubiera quebrado con la terrible tensión y el miedo que la llenaba.
Él no se movió, y era muy difícil decir si estaba molesto, furioso o sorprendido.
—No me puedo ir sin la página —dijo finalmente, y no había duda de su obstinación en ese momento.
Claire echó un vistazo a la Beretta, la cual estaba en el suelo del pasillo aproximadamente a la misma distancia de ambos. Se preguntó si podría cogerla y obligarle a salir.
—Ni pienses en intentarlo —la aconsejó en tono suave.
Ella se puso rígida, sabiendo que no podría vencer a este hombre y que sería peligroso intentar hacerlo. No parecía ser violento pero, obviamente, era un pirado. Le ayudaría si con ello conseguía que se fuera.
—Muy bien. Dudo que tenga lo que busca, pero por favor continúe, dígame lo que quiere. —Echó una ojeada muy breve a su cara y cuando captó su dura belleza de nuevo, su corazón dio un doble vuelco.
Una mirada de triunfo revoloteó en los ojos de él.
—La sabiduría antigua fue dada a los chamanes de Dalriada hace mucho y puesta en tres libros. El Cladich es el libro curativo. Fue robado de su lugar sagrado. Ha estado perdido durante siglos. Pensamos que una página está aquí, en este lugar.
Claire se asustó. ¿Qué demonios está pasando aquí?
—Su amiga estuvo ya aquí, buscando una página del Cladich, o eso dijo. Pero odio tener que decirle que esto es una patraña. No existían libros en los tiempos del Dalriada.
Él se sobresaltó, y entonces la furia destelló.
—¿Sibylla estuvo aquí?
—No sólo estuvo aquí, me sacudió en la cabeza. Creo que tenía nudilleras metálicas en el puño —añadió Claire con una mueca de dolor. ¿Estaba compinchado con la primera ladrona? Pero de ser así, ¿a santo de qué estaba vestido con tal disfraz?
En el momento en que habló, lamentó haberlo hecho. Él cruzó el estrecho pasillo antes de que ella pudiera tomar un aliento. Claire lanzó un grito, pero era demasiado tarde, su brazo estaba alrededor de ella otra vez, sus miradas se encontraron.
—Dije que no te haría daño. Esto podría beneficiarte en gran medida, muchacha, ahora confía en mí.
—¡Ni lo sueñe! —gritó Claire, su corazón tronaba alarmado. Pero no podía apartar la mirada de sus magnéticos ojos grises—. Váyase.
—¡Por la sangre de Cristo! —espetó finalmente, tirando de ella—. ¡Déjame ver la herida!
Entonces, Claire entendió sus intenciones y se quedó estupefacta. ¿Sólo quería ver si estaba herida? ¿Pero por qué se preocuparía él?
—Póntelo fácil —dijo él en tono persuasivo con una sonrisa.
Y cuando ella se permitió relajarse sólo ligeramente, él aflojó también su agarre.
—Buena chica —murmuró, las palabras tan sensuales como seda sobre su piel desnuda. Entonces deslizó las puntas de sus largos dedos, a través de su pelo, apartando de sus hombros las largas hebras encontrando su cuero cabelludo. Claire dejó de respirar. Su toque era como la caricia de un amante, la desnuda ondulación de sus dedos a través de su piel caliente, haciéndole que su cuerpo se tensase. Por un momento enloquecedor, deseó que dirigiera la mano bajando por su cuello, su brazo, y sobre sus pechos, que estaban tensos y erectos. Él le echó un breve vistazo que fue casi presuntuoso, haciéndola saber que él sabía—. Tha ur falt brèagha . —Su tono había descendido a un suave susurro seductor.
Claire aspiró.
—¿Qué? —tenía que saber lo que había dicho.
Pero había encontrado el chichón. Ella se estremeció cuando lo tocó y él dijo con más firmeza:
—Este es un huevo de petirrojo de buen tamaño. Sibylla necesita una lección de buenos modales y tengo la intención de ser el que se la enseñe.
Ella tenía el más extraño presentimiento sobre lo que querían decir sus palabras. Clavó los ojos en su mirada, tratando de entender quien y qué era él cuando alzó el pendiente que ella llevaba. Sorprendentemente, no le importó. Sostuvo la pálida piedra blanca grisácea en su mano, los rígidos nudillos contra su piel, allí, bajo el hueco de su garganta.
—Llevas puesto un amuleto de piedra, muchacha.
Ella sabía que posiblemente no podría hablar, este hombre era demasiado poderoso, demasiado hipnotizante.
—¿Así bien, eres descendiente? ¿Eres natural de Alba? ¿Eres de las Lowlands?
Su mano se había movido más abajo, de modo que el corazón de Claire tronaba bajo ella. Alba era el nombre gaélico para Escocia.
—No.
Él dejó caer el pendiente contra su piel, pero cuando quitó la mano, sus dedos deliberadamente rozaron un camino a lo largo de la cumbre de su pecho, arrastrando el fuego en su estela.
Claire jadeó, mirando fijamente dentro de sus encendidos y atrevidos ojos. Podía verlos a ambos entrelazados, allí en el pequeño pasillo de su casa.
—No. —No sabía siquiera por qué protestó, porque la protesta no estaba en su mente.
Pareció pasar una eternidad. Sin duda estaba viendo la misma imagen que ella. Tenía la sensación de que estaba debatiéndose en rendirse a la enorme tensión que pendía entre ellos. Entonces su expresión cambió y él sonrió, pero fue una sonrisa auto-reprobatoria.
—Necesitas —dijo con voz poco clara—, un nuevo tipo de atuendo. Un hombre no puede pensar claramente ante tal guisa. —Y se distanció de ella.
Fue un alivio. Al instante, Claire recobró el juicio, alejándose de un salto contra la pared. Su cuerpo ardía. Este hombre era peligrosamente seductor. Finalmente dijo:
—¿Quién es usted? ¿Quién es, realmente? ¿¡Y por qué está vestido de esta manera!?
Un centelleo apareció en los sorprendentes ojos de él y su cara se suavizó. Y la sonrió, una sonrisa tan genuina que le convirtió en la encarnación de la belleza, revelando dos profundos hoyuelos.
—¿Te hace falta una adecuada presentación? Muchacha, no seas tímida. Sólo tenías que haber preguntado. —Su voz sonó con orgullo—. Soy Malcolm de Dunroch —dijo él.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:40 pm

Capítulo 2

Por un momento, Claire se quedó estática, y entonces captó la broma. ¡Amy! Su prima era también su mejor amiga. Amy sabía que estaba de camino a Mull, donde se quedaría en Malcolm’s Arms, y también sabía que Claire había fantaseado sobre encontrarse con el laird de Dunroch. Su prima había decidido gastarle una broma mandándole a este aspirante a actor para hacerse pasar por un highlander medieval. Y Claire se rió.
Normalmente, no estaría tan divertida, pero estaba tan aliviada.
El hombre que pretendía ser Malcolm de Dunroch paró de sonreír. La miró, primero con suspicacia, y luego su expresión se endureció, volviéndose oscura.
—¿Muchacha te estás riendo de mí? —preguntó con mucha suavidad.
—¡Amy te envió! —gritó Claire, soltando aún una risita ahogada—. ¡Dios, si que es bueno! Me engañaste por un momento, pensé que eras un lunático. La verdad es, que casi creí, solo por un segundo, que eras un autentico guerrero —sonrió ella.
Él frunció el ceño.
—Estás loca, muchacha. ¿Y me acusas a mí de estar loco?
Su rápida cólera casi pareció real.
—Sé que no estás loco —dijo Claire rápidamente, apaciguándolo instintivamente—. Sólo eres un buen comediante.
—No te entiendo, muchacha. —Su mirada fue punzante.
Su actuación ya no era divertida. Era un actor, no un loco, ni un ladrón. Su prima había alquilado al tío más magnífico que había visto como broma. Y no sólo era magnífico, se sentía claramente atraído por ella, también. Se puso rígida. No había estado con nadie en tres años, no desde que su última relación había terminado. Claire empezó a pensar seriamente en el hecho de que no era un ladrón loco y que hombres como él no los había a patadas. ¿Pero qué estaba haciendo ella, exactamente?
Él aún estaba inmóvil.
—¿Muchacha?
Entonces entró en razón. Era un extraño. En una ciudad llena de asesinos criminales viciosos, sólo una mujer loca o desesperada se encontraría con un hombre sin la presentación de un amigo. No estaba loca y no estaba desesperada. No debería estar pensando en sexo.
Pero lo estaba.
Claire se mojó los labios, consciente de que su cuerpo estaba excitado, sin importar su sentido común.
—Deja ya de fingir. Te he pillado. —Se giró lejos de él y mientras hacía eso, se enfrentó con la devastación de su tienda.
Al instante su atención se desvió. Claire observó sus preciosos libros cubriendo el suelo. Su prima nunca consentiría tal destrucción.
Aquella mujer no había sido una broma. Él podía ser un actor, pero Sibylla había sido una ladrona. Había saqueado la tienda de Claire y la había asaltado, y Claire todavía no sabía qué se había llevado. De repente, la broma de Amy no era graciosa. Malcolm la había asustado, considerando lo que había pasado antes de que apareciera. Y esto aún no tenía sentido. Sibylla también había preguntado por una página del Cladich. ¿Qué significaba eso?
Mientras trataba de entender los acontecimientos de esa noche, él caminó adelantándola y empezó a recuperar los libros.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó concisamente, víctima de la tensión una vez más. Eso no estaba bien, todo estaba mal.
Él se enfrentó a ella, con una docena de libros en los brazos. El leine de imitación tenía mangas cortas, y sus bíceps se abultaron.
—Te ayudaré, muchacha, pero a cambio necesito que me ayudes. —Le dedicó una sonrisa atractiva y encantadora.
Claire se protegió contra su magnetismo, apartando bruscamente la mirada. Casi demasiado tarde, por como subió el calor de su cuerpo. Se abrazó defensivamente.
—¿Esto es improvisación, verdad? Te conté lo de Sibylla y la página del Cladich y sigues con ello. Eso es lo que los actores hacen. —Esa era la única explicación posible... excepto que estaba segura de que no había mencionado a Sibylla antes de que le preguntara por la página.
Él sacudió despacio la cabeza.
—No te entiendo. Pero si piensas que soy un actor, estás equivocada, muchacha. Soy el Maclean del sur de Mull y Coll.
Claire se enfadó. Cruzó los brazos sobre el pecho, luego lo lamentó, cuando su mirada se movió hacia sus pechos.
—Por favor detente —dijo severamente—. Ha sido una noche horrible. Sé que Amy te envió como una broma, pero Sibylla me asaltó y saqueó mi tienda.
—Y eso es la razón por la que deseo ayudarte. ¿Dónde quieres que ponga los libros?
Claire sacudió la cabeza.
—No. Aprecio la oferta, pero limpiaré sola. —Quería que se fuese. Necesitaba pensar y necesitaba llamar a la policía.
Pero él la ignoró, colocando los libros en una pila ordenada en el suelo, como si entendiese que no había razón de colocar todo de vuelta en las estanterías. La miró cuando se enderezó.
Claramente tenía la intención de quedarse y ayudar. ¿Le hacía eso decente, además de guapísimo? Suavemente, ella dijo:
—La broma está hecha. De verdad. Ahora puedes irte.
Él murmuró algo en gaélico y ella se congeló.
—En realidad eres escocés.
—Aye. —Sujetó otra brazada llena de libros.
Claire se negó a entrar en pánico. Podía ser un actor escocés, justo como Sean Connery, y algunos escoceses continuaban hablando gaélico.
—Amy te envió, ¿verdad?
Él no contestó. En cambio, apiló los libros al lado del primer montón.
Ella sacudió la cabeza, su inquietud sobre esto se convertía otra vez en lleno y completo pánico. Si Amy no le había enviado, ¿entonces qué o quién era?
Se inclinó para recuperar más libros, y Claire se enfrentó a la visión de su leine alzándose sobre el ligamento de la poderosa corva acordonada. El hecho de que fuera tan masculino no la ayudaba a aliviar su confusión. Su cuerpo continuaba vibrando con todos los tipos de tensión, pero no estaba tan asustada ahora como lo había estado al principio. Si él no iba a irse, ¿qué debía hacer?
Debería llamar a su prima y averiguar la verdad, pero maldita sea, estaba asustada de lo que Amy diría.
Él se enderezó y la pilló mirándolo.
—Estas demasiado hambrienta para ser una mujer tan bella —dijo suavemente—. ¿Dónde está tu hombre?
—No hay ninguno —enrojeció.
Él la miró inexpresivamente.
—Este mundo es incomprensible para mí —dijo finalmente, sacudiendo la cabeza—. ¿Resides aquí a solas?
Claire asintió.
—Sí, lo hago. —Estaban teniendo una conversación que era casi normal. Ella debatió como hacer aquella llamada telefónica inocentemente sin que se alarmase. No había forma de evitarlo.
Él permanecía incrédulo.
—¿Y quién te protege del peligro?
—Me protejo a mi misma —rió débilmente.
Él hizo un sonido.
—¿Con aquella arma? —cabeceó desdeñosamente hacia la pared, donde su Beretta yacía en el suelo.
—También tengo spray de pimienta y un Taser.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Más armas?
Seguramente sabía que, al menos, el spray de pimienta lo era.
—No soy la única mujer sola en la ciudad.
—Una mujer necesita a un hombre para mantenerla a salvo, muchacha. “Esa es la forma del mundo” o mejor dicho la “forma de los hombres”. —Fue inflexible.
Claire se quedo brevemente muda. Este hombre hablaba como si fuera del siglo pasado.
—Esa no es la forma en mi mundo —dijo finalmente—. Y me estás asustando. Lo admito. Soy una cobarde y necesitas salir de tu personaje. —Sus mejillas estaban rojas.
—No deseo asustarte muchacha —murmuró—. ¿Pero qué hombre, en su sano juicio, dejaría que anduvieses sola?
No pudo evitar sentirse halagada. Y la forma en la que estaba mirándola ahora, desde debajo de esas gruesas pestañas negras, no le dejaban duda de que estaba excitado. Claire tragó. No sólo podía sentir la tensión sexual viniendo de él, en realidad podía tocarla. Era casi como una tercera presencia allí en la habitación con ellos. No había duda de que sería un amante fantástico.
—Necesitas un hombre, muchacha —dijo suavemente—. Es una pena que no pueda ser yo.
Ella se puso rígida. ¿Estaba leyendo su mente? ¿Era un rechazo? ¡Sólo podía pensar que era terriblemente obvia!
Ella le miró y él le devolvió la mirada.
—¿Por qué no? —su tono era ronco. Apenas podía creerlo. Nunca había tenido una relación furtiva.
Y su mirada se intensificó.
—¿Estás iniciando una seducción, muchacha? ¿Deseas seducirme?
Claire estaba mortificada.
—No. —No podía pensar, así qué ¿cómo esperaba que supiera lo que pretendía?
El sonrió, una sonrisa suave y desgarradora y entonces hablo con un gran pesar.
—En otra vida, momhaise, con mucho gusto aceptaría una invitación tan hermosa.
Sólo este hombre era capaz de hacer un rechazo algo tan del todo sexual. Sus palabras deberían haberle herido. En cambio, estaba allí necesitada.
Él se giró. Claire vislumbró la cresta muy evidente de su excitación bajo la túnica y casi esperó que la tienda se incendiase.
Ahora él habló bruscamente.
—Necesitó la página antes de que otro la coja. Pertenece a un santuario, con el Cathach. Esperó que vos me ayudéis y luego me iré.
Este sólo fue un momento antes de que Claire recuperara el sentido.
—Todo esto no es una broma, ¿verdad? Mi prima no te envió aquí. Eres de Escocia.
Su mirada gris estaba seria.
—Aye.
Ella comenzó a temblar.
—El Cathach está en la Real Academia Irlandesa. Cada investigador lo sabe, porque es el manuscrito iluminado irlandés más antiguo que nadie haya encontrado nunca.
Cuanto más emocionada se volvía ella, más estaba calmado él.
—El Cathach se conserva en Iona, muchacha.
Claire sacudió la cabeza. ¿Era un loco después de todo?
—No hay ningún santuario en Iona. ¡No hay nada más que ruinas!
Su cara se trasformó en planos duros y ángulos tensos.
—Tal vez en vuestro tiempo.
—¿Qué demonios significa eso? —gritó.
—Significa que he estado en el santuario muchas veces. Lo he protegido con mis propias manos.
Ella tragó, apoyándose lejos.
—Creo que eres un verdadero escocés. Pero, ¿por qué el traje? ¿Por qué la historia absurda, las mentiras? ¿Y quién es la mujer que irrumpió en mi tienda?
Sus ojos centellearon.
—Me estás acusando de mentir, muchacha. Muchos hombres han muerto por menos. —Sacudió la cabeza—. No sé que libro está en vuestra academia, pero no es un libro de sabiduría, el cual he visto con mis propios ojos.
—¡Eso es imposible! —gritó Claire, terriblemente agitada ahora—. Aunque lo crees, ¿verdad?
—Digo la verdad. —Cruzó los macizos brazos sobre su pecho.
Su mente funcionaba ahora a una velocidad alarmante. No había forma de racionalizar su comportamiento o sus creencias. El Cathach genuino estaba en Dublín, expuesto. No era conservado en la isla de Iona. ¡No había un santuario en Iona! Había estado allí. El monasterio y la abadía estaban en ruinas. Si un santuario hubiera existido allí, lo habría visto. ¿Y qué había acerca del Cladich y la página que tanto él como Sibylla reclamaron antes? Ella era una investigadora, pero nunca había oído acerca de tal libro antes.
—Cuéntame sobre el Cladich —dijo ella.
Su mirada se estrechó, mostrándose cauteloso.
—Fergus MacErc compró el libro en Dunnad. Cuando Santa Columba estableció el monasterio en Iona, fue conservado allí con el Cathach. Fue robado por los benedictinos —señaló él.
Se humedeció los labios, su corazón corría. Estaba definitivamente loco, porque creía en cada palabra.
—Si quieres decir que el manuscrito es anterior a Cathach y al establecimiento del monasterio de Santa Columba en Iona, estás equivocado.
Sus ojos se oscurecieron.
—¿Nuevamente me estás acusando de mentir?
—¡No sé que pensar! No hubo tradición escrita entre los celtas hasta el tiempo de Santa Columba. Ninguna —gritó—. Los druidas prohibían la escritura. Todo era oral.
Su sonrisa se mostró satisfecha.
—No. Los libros fueron escritos, porque los antiguos así lo desearon hacer.
—¿Los antiguos?
Suavemente dijo:
—Los antiguos dioses.
Más que loco, pensó. Rezó por poder tener las fuerzas para disimular. Entonces lo miró directamente.
—Bien, lo reconozco. Sólo soy una librera, así que tal vez sea la que está equivocada. —Sonrió—. Tengo frío. Voy arriba a cambiarme, pero vuelvo en seguida. Continúa buscando la página. Te ayudaré cuando baje. —No se molestó en decirle qué la página, si era original, estaría en pedazos si es que no estaba cuidadosamente conservada.
Él sonrió, una sonrisa que no alcanzó a sus grises ojos.
Sabía que ella subía por algo. No importaba, tan pronto como le permitió abandonar la habitación, Claire caminó lentamente fuera de la tienda, cuando lo que quería hacer era correr. Su mirada quemó agujeros en su espalda. Entró corriendo en su oficina, haciendo una pausa en su pequeño escritorio, desenchufó y agarró rápidamente su portátil. Ningún sonido vino de la parte delantera. Sujetando su portátil contra el pecho, empezó a subir las escaleras, tropezando en su prisa.
En su habitación, saltó en la cama, levantando la tapa del ordenador. Temblando, sintiéndose enferma por el temor, fue a Internet e hizo una búsqueda del Cladich, entonces levantó el teléfono.
Pero antes de que pudiera marcar el 911, la información apareció en la pantalla. Claire olvidó todo sobre llamar a la policía.
El Cladich era un mito. No había casi ninguna prueba de que hubiera existido, excepto por la referencia de un manuscrito santo que había sido encontrado en la efigie de una tumba en el diminuto pueblo de Cladich, Escocia. Tres investigadores creyeron la declaración. Todos mantenían que había sido un libro de curación, perteneciente a una sociedad de guerreros paganos. Sin embargo, se dividían después de esto. Uno defendía que la Hermandad y la escritura databan de los Años Oscuros, otro, en el nacimiento de Cristo. La tercera opinión era que la Hermandad secreta había sobrevivido hasta la Edad Media, aunque era dudosa la existencia del libro.
Claire empezó a temblar por la excitación. Tenía que recordarse que el libro era una leyenda. Pero tanto Malcolm como Sibylla creían que una página estaba en su tienda. ¿Y si no fuera un mito?
Mientras exploraba de nuevo el artículo, le sintió.
Lentamente levantó la mirada, a través de su cama. Malcolm estaba quieto como una estatua en la entrada de su dormitorio. Su mirada gris se fijó en la de ella.
Ella no se podía mover. Le miraba fijamente, olvidando todo lo del Cladich y su página perdida. Su mirada se movió a través de su cara, de sus pechos, de sus piernas. Su piel se encendió y ardió. Lentamente, vagamente consciente de que no era ella misma, Claire se echó hacia atrás contra las almohadas. Le necesitaba.
Su voz cortó el trance como un latigazo.
—Levántate.
Claire saltó de la cama. Su cara estaba tan tensa que parecía como si pudiera romperse. De una zancada se dirigió hacia la cama.
—¿Quién eres? —su corazón tronaba alocadamente.
Su mano barrió sobre su almohada favorita y se giró para mirarla con ojos furiosos y asombrados.
—Maldita sea —exclamó—. ¿Aidan ha dormido aquí? ¿En tu cama?
Ella no sabía de qué estaba hablando.
—Había un gato... uno callejero... pero no lo he visto en horas. —Estaba balbuceando. Su corazón se negaba a detenerse. Peor, su cuerpo continuaba dolorido por la necesidad.
Era ensordecedor.
—No hay tiempo que perder. —La miró de arriba abajo, duramente—. Cámbiate de ropa y baja inmediatamente. Vienes conmigo, muchacha. —Era una declaración, no una petición. Dio media vuelta y se fue.
Claire permaneció allí conmocionada. Todo su miedo regresó, y con él, una gran confusión. No hubo confusión en su urgencia. Había percibido alguna amenaza, real o imaginaria, pero era él la amenaza, ¿verdad? ¿Y quién demonios era Aidan?
Claire se sentía como si estuviera en el camino de un huracán que se acercaba y su vida estuviera a punto de irse al demonio. Corrió a la parte de arriba de las escaleras.
—¡No voy a ninguna parte contigo! —incluso mientras insistía, tenía el terrible presentimiento de que iba a hacerlo a su manera. ¿Pero dónde pensaba llevarla? ¿Y por qué querría llevarla a alguna parte?
Él no contestó. Había caminado hacia la cocina pero no había encendido las luces.
Claire corrió de vuelta a la habitación. Cerró de golpe la puerta y corrió frenéticamente hacia el teléfono. Marcó el 911. El operador estaba tranquilo y sin ninguna prisa, lo que enfureció a Claire.
—¡Hay un robo en progreso! —le gritó al hombre, y colgó de golpe el receptor. Al menos la policía debería estar allí en cinco o diez minutos.
Corrió hacia la maleta, quitándose los boxers y la camiseta mientras lo hacía. Bailoteó en tanga y se puso un sujetador. Sus manos estaban temblando y le llevó tres intentos engancharlo para cerrarlo. ¿Estaría subiendo ahora? Casi temía averiguarlo. Pero no iba a ir a ninguna parte con él. Tenía que entretenerlo hasta que la policía viniera y se lo llevaran y luego empezaría a investigar. Agarró las prendas ubicadas en la parte superior de la maleta abierta y rápidamente se puso una minifalda vaquera y una camiseta de manga corta. Tropezando con un par de verdaderas botas de cowboy se las puso, agarró una chaqueta de algodón y corrió hacia la cabecera. Agarró el mortal Taser, deslizándolo en su bolsillo y voló escaleras abajo.
La cocina permanecía a oscuras pero la nevera estaba abierta, arrojando luz, y él estaba mirando su interior. Claire encendió las luces y él se giró para afrontarla, su espada chirriaba mientras la desenvainaba.
Claire saltó hacia atrás tan rápido que chocó contra la cocina. Nunca antes había escuchado el sonido una verdadera espada, pero supo inmediatamente que su arma era real.
Él sostuvo en alto el arma, sus ojos negros brillaban con furia, como si ella fuera su enemigo mortal y él considerara por un instante fuera a cortarla en dos.
Bajó el arma.
—Por los dioses, muchacha —dijo con voz ronca—. ¡No te acerques a mí de esa manera!
Ella se mojó los labios resecos, incapaz de apartar la mirada, su corazón martilleaba tan fuerte que se sintió débil. Por un instante, había temido que fuera a matarla en el acto.
Un loco con una espada. Estaba en un gran y absoluto problema.
—Nunca te haría daño —dijo él, una expresión extraña distorsiono su cara. Su mirada resbaló por sus piernas de nuevo.
—Me asustaste —logró decir Claire, empezando a temblar. Era una descripción insuficiente. ¿Si esa espada era genuina, que haría el hombre?
—¿Eres pobre? ¿No tienes ropa, sólo harapos? —su mirada se alzó hasta la de ella.
Claire no intentó contestar. Permaneció allí, abrumada con lo que su mente quería decirle.
—No tengas miedo, muchacha, veré muy pronto que se te vista adecuadamente. —Empezó a sonreírle de forma tranquilizadora, cuando posiblemente no podía ser tranquilizada, pero su mirada que la recorría vaciló y se amplió. Antes de que Claire pudiera registrar de verdad que algo o alguien estaba en el vestíbulo, la empujó detrás de él—. Quédate atrás —ordenó él.
Claire tropezó por la fuerza con qué la empujó mientras su espada sonaba, al ser desenvainada una vez más. El sonido era la respuesta al terrible eco de otro espada detrás de ellos. Con temor e incredulidad, se giró y gritó.
Otro hombre altísimo, vestido casi exactamente como Malcolm, le enfrentaba. Una espada enorme se levantaba amenazadoramente entre ambas manos. Tenía el pelo negro pero la piel clara, imposiblemente guapo, y sus ojos estaban llenos de placer malicioso.
—Hallo, a Chaluim —habló suavemente en gaélico, sus palabras claramente burlonas—. ¿De tha doi?
Malcolm gruñó:
—¡A Bhrogain! —el gritó de guerra era antiguo, barbárico y ensordecedor. Era también aterrador. Claire se agachó mientras Malcolm asestaba un golpe que habría separado limpiamente la cabeza de cualquier hombre de su cuello si su adversario no hubiera demostrado la misma fuerza y habilidad. Las dos espadas chocaron y sonaron otra vez.
Y en ese momento, supo que todo era real. Estos hombres querían matarse el uno al otro y no era una actuación. El adversario de Malcolm, ya no sonreía, su expresión era primitiva y feroz. Cuando Malcolm continúo atacando, su enemigo detenía cada golpe, percibió que tenían el tipo de habilidad que sólo viene de años de práctica y años de auténticas batallas. No llevaban disfraces. Eran guerreros medievales concentrados en causar la muerte del otro.
Con tanta testosterona llenando la tienda, se sintió débil y enferma.
Escuchó golpe tras golpe.
Alguien iba a morir pronto. Malcolm podía morir.
Y Claire pensó en la Beretta.
La había dejado en el vestíbulo. Ambos hombres estaban en medio de su batalla en el centro de la cocina. Claire se dirigió furtivamente a la puerta, rodeando el fregadero mientras lo hacía, asegurándose de que permanecía lejos de los hombres que luchaban.
Y entonces corrió al pasillo mientras sus espadas sonaban una y otra vez, la violenta batalla alcanzaba claramente un crescendo salvaje. Vio la Beretta y la agarró. Quiso dar la vuelta y escapar, pero volvió corriendo a la cocina y apuntó con el arma al enemigo de Malcolm.
—Alto —intentó decir, pero sus dientes castañeaban.
Malcolm la había visto. Sus ojos rápidamente se agrandaron.
—¡Nay, muchacha!
— ¡Le dispararé! —gritó—. ¡Malcolm, dile que lo mataré si no se detiene!
Malcolm y el otro hombre se prepararon el uno contra el otro, espada contra espada. Malcolm sonrió con frialdad.
—Ya has escuchado a mi muchacha, Aidan. Ríndete, antes de que te mate con su arma.
Claire rezó para que se rindiera. No sabía quién era, y no sabía por qué estaba defendiendo a Malcolm, pero pondría una bala en el intruso si tenía que hacerlo. Era muy buena disparando, pero nunca había disparado un arma en tales circunstancias, o con tal miedo. Sus manos estaban temblando, y mientras trataba de herir solo al hombre, no estaba segura de que no lo matase por error.
El hombre de pelo negro se relajó visiblemente, aunque por un momento él y Malcolm permanecieron enfrentados como dos venados con cuernos. Entonces, como uno, ambos hombres se desarmaron, apartándose.
Claire se movió sigilosamente alejándose de Aidan, quien se giró para sonreírle. Su corazón dio un vuelco a la vista de tanta belleza y fuerza masculina.
Aidan murmuró:
—Ah, hermosura, déjame vivir otro día. —Sonrió despreocupadamente, claramente divertido y ni en lo mas mínimo afectado por la violenta lucha—. Rascal como soy, esperaré con impaciencia nuestro próximo encuentro —añadió.
Claire se precipitó junto a Malcolm, apenas entendiéndolo. El caminó frente a ella protectoramente, y al hacerlo, bloqueó por un momento su visión de Aidan.
—No habrá otra vez —le gruñó a Aidan.
Entonces se volteó hacia Claire, su mirada era perspicaz.
—¿Te hizo algún daño?
Claire temblaba como una hoja. Estaba a punto de decirle que estaba bien, una mentira monstruosa, cuando se dio cuenta de que Aidan se había ido.
—¿A dónde se fue? —jadeó ella.
—Muchacha, entrégame el arma —dijo Malcolm suavemente, quitándole el arma. La dejó en el mostrador y puso sus brazos alrededor de ella, empujándola hacia su abrazo.
Y Dios querido, se sintió a salvo. Claire se aferró, sorprendida por la sensación abrumadora de seguridad que su gran cuerpo le otorgaba.
—¿Quién era ese tipo? ¿A dónde se fue?
Su mirada fija pareció derretirse cuando la miró. Su gran mano acarició su pelo hasta la parte mas estrecha de su espalda, y todo cambio. Su cuerpo era tan fuerte y masculino, su olor era tan embriagador y sensual que sus piernas se aflojaron. Sus muslos desnudos se encontraban amoldados a los suyos igualmente desnudos, pero sus botas de cuero resistente eran un contraste alarmante y desagradable contra sus espinillas. Con sus botas de cowboy, era aún más baja de lo que era él, y sus senos estaban aplastados contra el sólido muro de su pecho.
Y estaba muy excitado, su erección se levantaba dura y alta contra su cadera.
El interior de Claire se ahuecó. Deseaba a este hombre y no tenía nada que ver con ningún trance.
—No tengas miedo, muchacha. El bastardo se ha ido. —Su mano se movió más abajo, sobre la parte trasera de la prenda vaquera, sus dedos se extendieron firmemente allí—. Os deseo, muchacha.
Ella se mojó los labios.
—Lo sé. —Luego, se atrevió a decir—: Yo también te deseo.
Él le sonrió y sintió sus manos acariciando su trasero, cerca del dobladillo de su falda.
—¿Puedes esperar una hora o algo así? —murmuró.
Claire estaba abrumada por el latiente deseo. Generalmente era difícil de complacer, pero sentía que si la tocaba, realmente la tocaba, justo ahora, entre las piernas, llegaría al clímax. Tal vez fuera la batalla que había presenciado.
—Llévame arriba —se oyó susurrar, estaba demasiado caliente para horrorizarse por su descarado comportamiento. Nunca antes se había sentido de esa forma.
Se preocuparía por quién o qué era en otro momento, más tarde, después de que se hubieran usado y dado placer el uno al otro, una y otra vez.
La mandíbula de él se tensó.
—No has escuchado bien, ¿verdad? No es seguro y no puedo protegerte aquí. Pero te protegeré, muchacha. Eres mi Inocente ahora.
—No lo entiendo —susurró Claire, acercándosele más. La única cosa que entendía era que estaba rechazando su ofrecimiento. Apoyó la cabeza contra su pecho, su deseo aumentó fuera de control. En sus brazos, tembló con intensa y apasionada hambre. Dirigió sus manos hacia su cintura, apenas capaz de reprimir un gemido. Su erección pareció alzarse más alto y más duro en respuesta.
Su apretón se tensó.
—Lo siento muchacha —dijo él.
Una vez más, Claire no pudo entenderlo. Era como si fueran de dos mundos diferentes, hablando idiomas distintos, excepto por el idioma que hablaban sus cuerpos inflamados.
Y luego fueron catapultados a través del cuarto, a través de las paredes, pasando estrellas.
Claire gritó.


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:41 pm

Capítulo 3

Este era su cuarto salto, pero aun no estaba preparado para el dolor.
Sujetando a la mujer, sus gritos desgarrando la noche, luchó por soportar el insoportable tormento. Era como si su piel estuviera siendo despellejada de su cuerpo, como si su cuero cabelludo estuviera siendo arrancado de su cráneo, como si sus miembros estuvieran siendo dislocados de sus articulaciones. Sabía que aterrizaría entero. Eso no importaba. Nunca había sabido que tal agonía y tormento pudieran existir. Se ahogaba con sus propios sollozos, también.
Y entonces aterrizaron. Como si hubieran sido lanzados del acantilado más alto y hubieran aterrizado sobre una vertiente rocosa dentada. Malcolm gruñó, el dolor explotando en su espalda y cabeza, luces brillantes explotando. Pero no soltó a la mujer. Agradeció a los Antiguos que de algún modo la había mantenido con él y entonces rezó para seguir vivos.
La mujer lloró ahora, suavemente, contra su pecho.
Un Maestro no debería usar sus poderes en su propio beneficio.
Él se tensó. Aunque el tormento había disminuido, permanecía. Le habían dicho que el extraño limbo de estar débil y sin defensas duraba unos simples minutos, y si hubiera estado solo, habría tenido paciencia. Pero no estaba solo. La mujer estaba en sus brazos, y mientras el dolor se marchitaba, su cuerpo se endureció. Quería sexo.
Pero no la había traído de vuelta porque la desease. Había seguido a Sibylla al futuro, ambos buscándola a ella y a la página. La mujer era una Inocente, atrapada entre el bien y el mal. No podía abandonarla en su tiempo, sola y sin defensas, no cuando tanto Sibylla como Aidan estaban cerca. Había tomado los votos de proteger al Inocente a través del tiempo. Su vida ya no le pertenecía.
Hacía tres años que había sido escogido. Había sido convocado al monasterio de Iona, solo para comprender que el monasterio no existía. En cambio, una Hermandad secreta vivía tras aquellas paredes de piedra. Le habían dicho que descendía de una antigua línea de príncipes, descendientes de los dioses celtas antiguos, y que debía seguir los pasos de su padre, defendiendo a la humanidad. Había tomado los votos sagrados, votos que irrevocablemente habían cambiado su vida. Defender a Dios. Mantener la Fe. Proteger al Inocente. Su guerra no era con reyes, reinas o clanes, su guerra era con el demonio. Había sido sorprendente, pero de algún modo, hubo un alivio y una comprensión completa, como si supiera que un día, la llamada vendría.
En ese momento, su vida entera tuvo sentido. Su fuerza insólita, su aguda inteligencia, su compasión y resistencia siempre habían intimidado a otros, y siempre se había sentido diferente, incluso entre su propia gente. Era diferente. Había estado destinado desde el momento de su nacimiento.
Con la bendición del abad, había leído las páginas rituales, y consiguió la mayor parte de sus poderes. Eran poderes que ningún mero mortal podía poseer. Otros poderes maduraron más lentamente. Él no viviría más allá de una vida humana. Y mientras que los votos eran simples y sencillos, el Código era largo y sujeto a interpretación. Sin embargo, el principio más básico del Código mantenía que un Maestro no podía usar sus poderes excepto para mantener sus votos.
Y esto no excluía los poderes sexuales, que estaban enormemente realzados ahora.
No tenía que mirar hacia la mujer en sus brazos para saber que era hermosa, y de algún modo diferente de las otras que había tenido en su cama. El impulso de moverse sobre ella era acuciante. Podía tan fácilmente montarla, deslizándose largo y profundo, dándoles placer a ambos. Él era enormemente viril y raras veces se saciaba, era casi una maldición. Aparentemente, cada Maestro sufría tan extrema virilidad. El placer carnal no estaba prohibido, y ningún Maestro lo toleraría si lo estuviera. Finalmente la miró. Sus sollozos ahora eran suaves y subió su mirada hasta la de él.
Sus ojos eran sombras sorprendidas de verde.
La miró cuidadosamente. Su tormento se marchitaba y no vio razón para negarse. Aunque tenía paciencia en la política y diplomacia en la batalla, con las mujeres no tenía ninguna. ¿Y por que debería? Era un Maclean y un Maestro y nunca había encontrado a una mujer que no desease con impaciencia compartir su cama.
Aquellas que vacilaron fueron fácilmente encantadas.
Sintió el momento en que ella pensó en su abrazo, su cuerpo, su virilidad y lo que podía ofrecerle. La sintió acelerarse, y su sorpresa genuina por su propia respuesta. No estaba acostumbrada a desear pero lo deseaba a él. Eso le agradó.
Sus ojos se ampliaron.
Sonrió, acariciando su brazo desnudo para tranquilizarla, prometiendo grandes placeres. No tenía que centrarse en la noche oscura de las Highlands para saber que estaban solos y a salvo. El mal traía consigo un frío intenso, uno muy diferente del de una tarde de verano del norte. El peligro no estaba cerca, no todavía.
—Lo hiciste bien, muchacha. —Se inclinó sobre ella, consciente del temblor que pasó a través de él. La anticipación le hizo sentirse casi débil—. No hay más peligro y estamos mucho más solos.
Sus ojos se volvieron brillantes por el hambre.
Aunque ya estaba grueso con sangre, más calor se precipitó a su ingle. Nunca había visto una mujer tan alta, con piernas interminables, y la manera en que estaba esculpida con tales músculos tensos, lo enloqueció. Quería aquellas piernas rodeando su cintura, ahora.
—Muchacha —murmuró en su tono más encantador.
Había estado merodeando por su mente y sabía que se había mantenido célibe por tres años. Sabía la pasión que recibiría. Sexualmente la mujer estaba desesperada y no la culpaba.
Recorrió con su mano su brazo, echando una buena mirada a su pecho ligero de ropa, y luego al dobladillo del harapo que vestía, que estaba solo a un palmo del tesoro mojado que pronto saquearía y poseería. Ella le miró con ojos brillantes. Él deslizó la mano hacia su dobladillo y vaciló. Se sostuvieron las miradas, y su corazón dio un vuelco extraño.
—Me alegra —susurró—, que sobrevivieses a la caída.
Ella inhaló, temblando. Su mano subió entre ellos hasta su pecho. Otra lágrima manchó su mejilla y gimoteó suavemente, moviéndose incansablemente. Reconoció los matices en el sonido y se hinchó más, satisfecho.
Cambio de posición deliberadamente, la camisa se levanto más arriba, su pene se asomo pasándola, y deslizó la mano por su muslo, y aún más arriba, levantado el trapo. La presionó más cerca de modo que pudiera vibrar contra su sexo. Ella jadeó con placer, su mirada voló a la suya.
—Deseo darte placer, muchacha, y te estás negando. Déjame entrar en ti.
Acarició con su boca su oreja, respirando allí. Ella jadeó, se alzó contra su dureza, dilatándose para él, la respuesta que quería. Levantó su pierna sobre su cintura y mientras lo hacía, sintió un deseo que lo consumía. Sus venas corrían con sangre tan caliente y palpitante, que no podía soportarlo.
Mientras se movía sobre ella, levantando el trapo corto que vestía, ella arañó sus hombros, alzando el trasero para besarle. Pero los besos no eran de ningún interés ahora, no cuando estaba palpitando tan fieramente y tan duro. Se impulsó hacia delante y gritó. Su carne estaba insoportablemente mojada, ardía caliente y lo agarró ajustada, un tornillo perfecto. Jadeó por la fuerza de tal placer cegador.
Ella gritó con euforia, también.
Era tan bueno. Él apenas podía pensar racionalmente ahora. Deseaba verla llegar; se impulsó más profundamente, sin parar, luego hizo una pausa para acariciar su sexo dilatado. Ella gritó. Sonrió triunfante y se hundió dentro de su carne palpitante otra vez. Ella lo fue a su encuentro salvajemente, desesperadamente, y él sintió que su hambre acumulada por años de negación se convertía en un capullo de energía y pasión que se arremolinaba. Él sabía que sería como esto. La sujeto más ampliamente. Mírame, muchacha.
Ella lo hizo, gritando en un clímax estremecedor e infinito.
Su mente se quedó en blanco, negra. Necesitaba liberarse, también. Se corrió, derramando todo lo que tenía dentro de ella, retorciéndose en éxtasis mientras lo hacía, y gritaba con placer y triunfo, el impulso lo venció.
El deseo era oscuro. Demoníaco. Era el impulso de tomar mucho más que su cuerpo.
Porque su placer podría ser realzado tan fácilmente, con una prueba de su poder.
Su mente se congeló incluso mientras su cuerpo seguía ondeando.
Nada es comparado al éxtasis de tal poder.
Él la miró mientras ella gritaba en éxtasis, horrorizado con su deseo.
Pero estaba prohibido, era un Maestro no un deamhan. Había jurado proteger al Inocente, no destruirlo.
Malcolm se apartó de allí, tambaleándose. Se inclinó contra un árbol, mareado por el clímax prolongado y la comprensión de que le tentaba de una forma inexplicable y demoníaca.
—¡No! —jadeó ella, extendiendo la mano hacia el desesperadamente. Y entonces cayó hacia atrás con los ojos cerrados.
Ella yacía quieta ahora, como si estuviera muerta.
Pero él no había hecho nada excepto darles placer a ambos. Rápidamente se arrodilló, levantándola en sus brazos. Todavía estaba excitado en el fondo, pero no importaba. Apenas podía creer lo que había deseado tomar de ella. Aun lo quería.
—¡Muchacha!
Sus ojos se agitaron. Se había desmayado por la excitación de una liberación tan intensa. Puso la cara contra su pecho, donde su corazón latía, sujetándola allí, aliviado. La muchacha estaba bien. Pero él no estaba bien, no del todo. El horror permanecía.
Y apenas lo había hecho con la mujer. Aún la deseaba, en su cama, de cada manera sexual. ¿Pero cómo podría estar allí otra vez cuando no se atrevía a confiar en sí mismo?
Y entonces sintió el frío.
Como una brisa ártica salida de la montaña más alta, el frío se arrastró más cerca, haciendo bajar al instante la temperatura de la agradable tarde de verano. Las briznas de hierba, los cardos y las flores salvajes a su alrededor se congelaron. Malcolm se puso rígido, esforzándose no en ver sino en sentir.
El frío se colocó sobre la cañada.
Estaban cazándolo de nuevo.

Claire se dio cuenta de que estaba en los brazos de un hombre, siendo llevada rápidamente y luego depositada en el suelo. Estaba duro y frío. Ella estaba débil y aturdida, desorientada. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba?
—No hables y no te muevas —dijo el hombre—. Permanece con la espalda contra la roca, ¿entiendes?
Claire le escuchó. Comprendió que su espalda estaba presionada de forma desagradable contra la vertiente rocosa de alguna clase mientras sus uñas cavaban en la suciedad fría y mojada. Miró hacia el suelo, no viendo el piso de baldosas de la cocina sino hojas, ramas, mugre y hierba. Las imágenes y sensaciones se mezclaron juntas en su mente, estrellas y agonía, una fuerza terrible, Malcolm y éxtasis, su enorme poder. Y entonces escuchó aquel grito de guerra espeluznante.
—¡A Bhrogain!
Ella gritó cuando escuchó varias espadas, siendo sacadas de sus vainas. Tropezó con sus pies, tan débil que se tambaleó. Con pánico, buscó su arma y una imagen la asaltó, de Malcolm en su cocina dejando a un lado su arma. No estaban en la cocina ahora. Maldita sea. ¡Estaba en el bosque, en algún lugar!
Inclinándose contra un árbol, agarró el colgante en su garganta, su corazón palpitaba salvajemente de miedo. Hacía frío fuera y la piedra estaba caliente. Y entonces vio a Malcolm, a unos pasos de ella, le daba la espalda, sujetando una rama en alto, su postura era defensiva y beligerante a la vez. Su mirada le pasó y ahogó un grito.
Una docena de caballeros lo enfrentaban. Los hombres eran gigantes, vestidos con camisa de cota de malla, perneras de acero, guanteletes y cascos. Las placas de los ojos estaban cerradas, haciéndolos parecer demoníacos. Estaban armados con lanzas, espadas y hachas. Sus enormes caballos de guerra resoplaban y hacían cabriolas, las miradas en blanco. Frenéticamente, Claire se dio cuenta de que estaban en un claro, rodeados de árboles oscuros. Más allá de los árboles vio las sombras negras de numerosas montañas. El cielo nocturno era el más brillante que había contemplado alguna vez.
Malcolm sin girarse, dijo:
—Vuelve a las rocas.
Claire no se movió. ¿Pensaba enfrentar a una docena de enormes hombres armados solo? ¡Y no tenía escudo! Antes de que incluso pudiera empezar a pensar que estaba pasando, los primeros caballeros atacaron, aullando terroríficos gritos de guerra en gaélico.
Claire se agachó y cogió la primera piedra a mano y corrió a colocarse al lado de Malcolm. Él maldijo en su lengua pero no la miró. Claire no se lo pensó dos veces. Cuando el primer jinete se encontró con ellos a galope, su lanza apresada bajo el brazo, le lanzó la piedra al hombre.
Malcolm empujo su asta improvisada mientras ella arrojaba la piedra. El jinete la eludió y la roca se perdió, pero Malcolm lo tiró del caballo, después uso su gran espada para separar la cabeza del hombre de su cuerpo como si el hombre fuera una muñeca de trapo. Claire volvió contra el árbol, buscando el Taser. Malcolm usó su bastón para defenderse de otra lanza, arrojando a un guerrero con cota de malla al suelo. En un movimiento violento, empujando su espada al hombre boca abajo, decapitándolo al instante, también. Claire se atraganto.
Él se giró para enfrentar a otro guerrero, esta vez dejando a un lado el palo. Bloqueó las espadas, gritando.
Pero ya había visto al tercer caballero guerrero directo hacia ella, como si simplemente la fuese atropellar. Su casco negro tenía unas siniestras hendiduras para los ojos. Seguro que estaba a punto de morir, Claire saltó hacia delante, debajo de la lanza que sujetaba, lanzando el Taser contra el hombro del caballo. El caballo se encabritó, relinchando, mientras el jinete balanceaba la lanza hacia ella. Claire le esquivó, había arruinado su objetivo. Y sintió su furia salvaje.
No había tiempo para correr. El caballo se encabritó de nuevo y Claire lo siguió. Estaba en el aire cuando le dio una descarga en el pecho. El hombre maldijo mientras el caballo caía de espaldas, aplastando a su jinete, y entonces el animal brincó y galopó.
El gigante de la cota de malla yacía quieto, su cuello en un ángulo grotesco, claramente roto.
Claire sabía que no estaba sola. Giró y sostuvo el Taser de modo amenazador, dos guerreros a caballo habían subido detrás de ella. Vacilaron, claramente inseguros de si atacarla o no. Más allá de ellos, Claire vio a Malcolm matando con ferocidad hombre tras hombre. A pesar de las circunstancias, definitivamente tenía el control de la situación.
—Muchacha —gruñó—, vuelve a mí.
Esa era una gran idea, pensó Claire, excepto que uno de los dos guerreros estaba entre ella y Malcolm. Él la estaba sonriendo ahora, con aire de suficiencia, anticipando claramente su muerte. Abandonó su lanza y tiro de una barra de acero con una bola con pinchos que colgaba de una cadena.
Claire estaba aterrorizada. Podría cortarle la cabeza fácilmente con ello. Esa bola, girando salvajemente, podría destrozar su cuerpo en pedazos. Tenía que atacar o moriría.
Claire se enfadó y dio un paso hacia delante. El demonio había matado a su prima y a su madre y si la mataban se llevaría con ella a tantos bastardos como pudiera. Conseguiría su caballo, también, o moriría intentándolo.
—¡Maldita sea, muchacha! —estaba gritando Malcolm.
Demasiado tarde, se dio cuenta de que estaba poniendo una distancia aún mayor entre ellos, pero no se atrevía a desviar la mirada del guerrero. Estaba segura que sonreía, echando hacia atrás su montura fuera de su alcance.
—Cobarde —siseó Claire.
Él le dijo algo en gaélico, y Claire supo que era una pulla.
Su compinche había montado su caballo al lado, pensando claramente en ver su asesinato o ponerse detrás de ella, solo por si acaso. Claire sabía que no podía defenderse a sí misma contra los dos. Dejarle acercarse furtivamente por detrás no era una buena idea.
—¡Que te jodan! —dijo Claire.
Corrió hacia el caballero con la bola y la cadena y golpeó al caballo en la cara.
Este relinchó, encabritándose, el jinete lo espoleó con crueldad para que bajara al suelo. Claire agarró su pierna, empujándolo. Estaba pegado a su silla. Claire había leído como las sillas de los caballeros había sido diseñada de forma que estuvieran tan seguros como si estuvieran atados. Ella se rindió. El caballo había bajado y el jinete balanceaba la bola brutalmente. Claire se agachó enteramente debajo del caballo, consciente de que podría ser pisoteada, y cuando salió por el otro lado, la bola estaba volando allí, hacia ella. Se tiró al suelo y la bola rasgo el cuarto trasero de su caballo. El caballo relinchó, encabritándose. Claire vislumbró su rodilla desnuda encima de las placas de su armadura. Se levantó y presionó el Taser allí. Él se puso rígido.
Claire no esperó. Lo pinchó de nuevo en el único lugar en el que podía, las rodillas. Cayó del caballo, estrellándose en el suelo a sus pies.
Pero antes de que pudiera sentir cualquier triunfo, se levantó de un salto cuando debería haber estado sin sentido, la bola y la cadena en su mano. Claire no se lo pensó dos veces. Le dio una patada tan fuerte como pudo en la cabeza, haciendo retroceder su cabeza y entonces metió a la fuerza el Taser en su cuello.
Esta vez, él cayó.
Y ella sintió a la bestia llegar. Claire giró para enfrentarse las patas blancas del caballo de guerra del otro guerrero que galopaba hacia ella. Claire se dejo caer y rodó mientras el caballo pasaba estruendosamente. Malcolm le gritó otra vez.
Y cuando se levantó, estaba golpeando a su atacante. Claire vio a Malcolm arrancarle el brazo del hombro. Su estómago protesto violentamente y entonces la cabeza del hombre salió volando por el aire. Su estómago se revolvió una vez más.
Cascos atronadores sonaron en la distancia.
Mas guerreros, pensó Claire desesperadamente.
—¡Muchacha! —gruñó Malcolm, saltando a un corcel sin jinete. Galopó hacia ella y le ofreció su mano. Claire no vaciló. Más jinetes se estaban acercando y no tenía ningún deseo de quedarse a averiguar si eran amigos o enemigos. Le dio su mano y él tiro de ella hasta que estuvo detrás suyo, parando de repente la carrera. Sorprendida, Claire vio al resto de sus atacantes escapando al galope, mientras de una dirección diferente, un pequeño grupo de jinetes venían a medio galope hacia ellos.
Ella sintió que la tensión abandonaba el enorme cuerpo de Malcolm.
Estaba agarrada a su cintura, todavía sujetando el precioso Taser.
—¿Amigos? —jadeó, empezando a temblar. Estaba a punto de vomitar.
— Aye. Ruari Dubh, mi tío.
Claire se derrumbó contra su espalda, temblando incontrolablemente. Peor, las lágrimas vinieron. Estaba en tal estado de shock que no podía pensar. Pero nada se había sentido mejor que su capa de lana bajo su mejilla y nada podía ser más tranquilizador que su almizcleño olor masculino.
Él se deslizó del caballo, girando, la bajo, directamente a sus poderosos brazos.
—Eres valiente, muchacha. ¡Pero por los dioses, cuando de una orden, espero ser obedecido!
Sus ojos eran de plata, y ardían.
Ella no podía hablar. Ahora entendía las cicatrices en su cara. Solo sacudió la cabeza e inclinó la cara de nuevo contra su pecho, temblando como una hoja.
Pero su túnica estaba mojada y pegajosa contra su mejilla. Claire se alejó, repentinamente asustada de que estuviera herido y sangrando. Sus ojos se encontraron.
—No es mía —dijo suavemente, la misma suavidad llegó a sus ojos.
El alivio hizo que sus rodillas se doblaran. Él puso el brazo alrededor de ella, permitiéndole permanecer derecha contra su poderoso costado.
Y entonces vio los cuerpos, y las partes de los cuerpo, yaciendo dispersos a su alrededor. Realmente los vio. Y cada momento de aquella batalla horrible pasó por su mente. Claire se alejó, corriendo una corta distancia, dejándose caer al suelo y vomitó violentamente. En nombre de Dios, ¿que estaba pasando?
Un hombre medieval, caballeros con espadas y hachas soldadas, un cielo nocturno como no había visto nunca antes.
Claire no podía respirar.
No había luz eléctrica en ninguna parte, ni postes telefónicos, ni coches, ningún sonido en absoluto excepto el de los árboles que susurran en la brisa y los resoplidos de los caballos, las campanas tintineando.
—Muchacha —la enorme mano de él estaba en su espalda—. Está superado. Tienes un arma allí y entiendo que puedes usarla. Ruari y sus hombres querrán vernos a salvo.
Claire cerró los ojos, queriendo vomitar de nuevo, pero no tenía nada en su cuerpo para arrojar. No estaban en su tienda. Recordó haber sido lanzada por una enorme fuerza a través de paredes, pasando estrellas, casi como ser lanzando desde un avión sin paracaídas. Hubo tanto dolor.
Lucho por aire, jadeando con fuerza ahora.
Él era real. Había una docena de cuerpo en el claro para probarlo. Oh, Dios.
Su brazo la rodeó.
—Entiendo que nunca has estado en una batalla antes. Pasará. Necesitas respirar profundamente.
Pasará.
Él había dicho esto antes. Lo había dicho de la misma forma, como si la tranquilizase, pero no la había tranquilizado. En cambio, hubo tanto deseo, y la siguiente cosa que supo, estaba de espaldas y estaba dentro de ella, imposiblemente duro, imposiblemente profundo y se estaba corriendo.
Claire estaba incrédula.
Algo terrible estaba pasando.
Él estaba hablando en francés ahora, sobre su hombro a su amigo. Claire lo dominaba, pero no escuchó lo que decía. No quería estar allí y no quería creer que habían tenido sexo. Se dio la vuelta y lo golpeó tan fuerte como pudo.
El golpe aterrizó en su mejilla y resonó. Él no se movió, pero sus ojos se ampliaron.
Claire se echó hacia atrás tan lejos de él como pudo. Golpeó una roca.
—No te acerques a mí —le advirtió—. ¡No quiero hacer nada, nada contigo!
Ella no había pedido nada de esto, ¡maldito fuese!
Su cara estaba inexpresiva, pero vio su pecho alzarse y caer más rápidamente ahora, signo de alguna agitación. Bien, déjale estar enfadado, pensó salvajemente. ¡Estaba enfadada!
—Muchacha, dime tu nombre.
—Vete al infierno —gritó—. ¿Dónde estoy?
Las ventanas de su nariz llamearon, su mandíbula se tensó. Un momento terrible pasó antes de que contestase, haciendo que Claire desease no haberlo maldecido.
—Alba, Escocia —se corrigió—. Morvern.
Trató de sonreír, pero fue frío. Estaba enfadado con ella.
—No lejos de mi casa.
La ironía la hizo reír estridentemente. ¡Habría estado en Dunroch el domingo, y ahora solo estaba a una pocas millas!
—Iremos al castillo de Carrick por la noche. Vamos, muchacha, estás cansada, lo entiendo —su tono era cauteloso ahora.
Ella sacudió la cabeza, temblando, aún cuando la noche era agradable una vez más. Sus dientes castañearon mientras hablaba:
—Estamos en tu tiempo.
No tenía duda.
Su cara permaneció inexpresiva.
—Aye.
Ella trago.
—¿Qué tiempo es este?
Cuando no contesto al instante, gritó:
—¿Qué año es este, maldita sea?
Él se puso rígido.
—1427.
Claire asintió.
—Ya veo.
Le dio la espalda, abrazándose a sí misma, consciente de que su cuerpo entero se estaba sacudiendo como con convulsiones. Siempre había querido creer en viajes en el tiempo. Había científicos que decían que era posible, y habían propuesto las teorías de física cuántica y agujeros negros para explicarlo. Claire nunca había tratado de entenderlo, ya que la ciencia no era un tema fácil para ella. Pero entendía lo básico; si uno viajaba más deprisa que la velocidad de la luz, podría ir al pasado.
Ninguna de las teorías o lo que ella había pensado o incluso lo que creía actualmente importaba. Sabía con cada fibra de su ser que Malcolm era un laird medieval de Dunroch. Ni Hollywood sería capaz alguna vez de replicar la batalla que había visto, y de la que había sido parte. Sus rodillas se debilitaron otra vez. Estaba enferma y exhausta. Quería estar tan lejos de este hombre como pudiera. Y también estaba asustada.
Él último lugar en el que deseaba estar era en la Escocia medieval. Quería estar en casa, en su apartamento seguro, con su sistema de seguridad último modelo. De hecho, justo ahora, habría dado cualquier cosa por estar en su cocina, bebiendo a sorbos una copa de vino y viendo la reposición de Amo a Lucy o Ese show de los 70 . Lentamente se volvió y sus miradas se enfrentaron.
—Necesitamos irnos —dijo llanamente, sin compasión en los ojos—. El mal está allí, en la noche, muchacha. Necesitamos estar detrás de paredes sólidas.
Claire se puso en marcha. Desafortunadamente, no podía estar más de acuerdo. Se dijo a si misma que no pensase en su madre ahora, pero era imposible. Por otro lado, no quería ir a ninguna parte con él. Lo que quería era ir a casa.
—No te doy opción. Vienes conmigo.
Sus ojos eran duros ahora.
—Mándame a casa —dijo duramente.
—No puedo.
Se miraron con fijeza.
—¿No puedes o no quieres? —dijo finalmente.
—No es seguro —dijo rotundamente.
Claire se empezó a reír histéricamente.
—Cómo, ¿la lucha de un grupo de guerreros medievales armados con espadas y hachas es seguro?
Su expresión se volvió tormentosa.
—He tratado de entender, muchacha —dijo con tono grave—. No tengo más paciencia. —Claire pensó en la forma en que la había mirado y usado sus poderosas piernas para extender las suyas, sin siquiera decir por favor. Pum pam, gracias mi dama. No importaba si estaba en el siglo XV, era una mujer moderna. Quería maldecirle otra vez. Se lo pensó mejor antes de atreverse.
Un hombre montado a caballo se adelanto.
—Tal vez pueda ser de ayuda. Royce el Negro, de Carrick, a vuestro servicio, señora.
Claire le miró y un escalofrío de sorpresa la recorrió. Royce el Negro era en realidad rubio oscuro, con las facciones duras pero cerca de la perfección de un vikingo. Estaba en el principio de la treintena, y era tan alto como Malcolm, con hombros anchos y brazos abultados. Iba vestido como los caballeros que los habían atacado. Vestía una cota de malla que le llegaba hasta los altos muslos, con guanteletes, codales, grebas, rodilleras y un casco, la visera arriba. Llevaba una lanza de aspecto letal en un brazo, portaba dos espadas, una larga y una corta y sobre la cota de malla, vestía una capa. Era imposible no preguntarse, si, como Malcolm, iba desnudo bajo la túnica que seguramente llevaba debajo de la cota de malla.
Le sonrió lentamente, como si fuese consciente de su admiración y sus sospechas. Sus ojos brillaron cuando hablo.
—¿Vuestro nombre, señora?
Sabía que Malcolm la estaba mirando. Ella le miró. Estaba furioso, lo que era bueno para ella, porque se lo tenía condenadamente merecido. No sabía que lo había hecho enfadar.
—Claire, Claire Camden —dijo.
Ella forzó a su mente obtusa a funcionar.
—Necesito volver a mi tiempo —dijo—. ¿Puedes ayudarme?
No pareció desconcertado por su pregunta.
—Con mucho gusto os llevaría a casa, pero ese deber no es mío.
—Me ha secuestrado —gritó Claire.
Pero enrojeció mientras hablaba, porque empezó a recordar unos cuantos hechos pertinentes, como ser golpeada en la cabeza por Sibylla y la intromisión de aquel guerrero Aidan, también.
Malcolm caminó hasta su lado, su expresión puramente negra.
—Ken, cuando quieras —dijo oscuramente.
Entonces miró fríamente a Royce. Habló en francés. Claire no estaba sorprendida, mientras recordaba que la mayoría de los nobles en Inglaterra y en Escocia hablaban el idioma de la corte europea.
—Es mi Inocente. Esta bajo mi protección y permanecerá de esa forma hasta que decida lo contrario.
Claire fingió no entender.
—Entiendo —contestó Royce suavemente en el mismo idioma—. Ha pasado por un trauma. Esta muy enfadada. Si lo deseas, la escoltaré de vuelta a Carrick. Estoy seguro que para entonces se habrá calmado.
Su sonrisa fue seca.
—Ya la he tomado, Royce, y no la compartiré —dijo Malcolm.
Claire enrojeció, girándose para que ningún hombre pudiera adivinar que podía entenderlos. Estaba furiosa. ¡Como se atrevía a decirle al otro hombre lo que había hecho! Pero no había estado jactándose como un chico en un vestuario. ¿Estaban peleando por ella como dos perros por un hueso? Estaba pasmada, ¿pero que esperaba de dos machos medievales?
Royce se encogió de hombros y se giró hacia Claire.
—Malcolm desea protegeros, lady Claire. Es fuerte, poderoso y el jefe del clan Gillean. Estáis en buenas manos.
Un chiste sarcástico se formó. Permaneció de espaldas. Estaba sorprendida, enfadada y asustada, pero no estaba lo suficientemente loca para pensar que podría sobrevivir mucho tiempo en la Escocia del siglo XV sin nadie cuidando de ella. Lentamente se enfrentó a Malcolm mientras Royce se adelantaba y sus hombres formaban dos líneas detrás de él.
—¿Cuándo podré irme a casa?
—No lo sé.
—Fenomenal —replicó, temblando.
Él hizo un gesto. Claire le precedió hasta donde un hombre estaba sujetando dos de los corceles tomados de los muertos. Hizo una pausa, tomando las riendas de un caballo gris.
—¿Puedes montar a caballo?
—Crecí en una granja —dijo Claire lacónicamente. No había estado sobre un caballo hacía años y los caballos que había montado entonces eran caballos de arar, no caballos de guerra. Pero después de los acontecimientos de aquella tarde, subirse a aquel animal enorme y musculoso parecía pan comido.
¿Cómo había llegado su vida a esto? ¿Y qué iba a hacer? La desesperación la consumió. ¿Y si no podía volver?
Una mano grande y callosa se posó en su hombro.
Claire lentamente se giró, una tensión familiar vibrando dentro de ella. Era poderoso, sexual y no quería ser consciente de él como hombre. Pero lo era, especialmente después del breve interludio que lamentablemente habían compartido.
¿Cómo podía haber hecho tal cosa?
Su mano la abandonó y se desabrochó la capa, envolviéndola hábilmente alrededor de ella. Su toque accidental le hizo difícil respirar. Le fijó el plaid cerrado justo debajo del hueco de su garganta, donde su pulso latía como loco, ocultando sus intenciones de ser indiferente a él y pretender que no le deseaba. Sus manos permanecieron allí y alzó su mirada hacia la de ella.
El corazón de Claire dio un vuelco ante la visión de tanto calor. Muy, muy vívidamente, recordó su anchura, su longitud, su fuerza y poder. El deseo la hizo sentir débil.
Sus manos cayeron y su sonrisa apareció, engreída y satisfecha. Él asintió hacia el caballo.
Claire montó, su capa escondiendo sus muslos de la vista.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:41 pm

Capítulo 4

Cuando se sintió satisfecho de que pudiera controlar algo el caballo, Malcolm dejó a Claire con dos de los hombres de Royce y montó hasta el lado de la columna donde podría estar a solas. El bosque era espeso y oscuro alrededor de ellos, pero podía oler el mar mientras se aproximaban al lago Linnhe. No hay olor en el mundo comparable al del bosque mezclado con el mar de las Highlands, pensó, excepto, por supuesto, el olor de ella.
Pero ahora no podía tocarla. No debía tocarla. Con ella, no tenía control.
Royce se acercó.
—¿Qué te preocupa, Calum? —le preguntó suavemente, hablando en gaélico.
Malcolm vaciló, consciente de sus mejillas ardientes. Afortunadamente, los Maestros se respetaban el uno al otro y no se acechaban el uno al otro. Habló en su lengua materna, sombrío:
—Sibylla tiene el poder de saltar en el tiempo, Ruari. Moray se lo dio cuando no era más que un deamhan modesto.
Los ojos de Royce se ensancharon; estaba claramente consternado.
Y debía estarlo, pensó Malcolm. El poderoso y demoníaco conde de Moray era el jefe supremo del mal en Alba. Se decía, que hacia mucho, al principio, Moray había sido un Maestro, hasta que el demonio le había corrompido, robándole el alma. No había duda de que su línea venía de los Antiguos, ya que su poder era tan grande que ningún Maestro había sido capaz de vencerlo, no en mil años. Su búsqueda era el poder y el control, sus medios, destrucción, anarquía y muerte. Tenía un gran título, grandes tierras, ejércitos enormes tanto Deamhanain como de humanos y los enviaba fácilmente a las mandíbulas de la muerte. Y era tan encantador, tan apuesto, tan inteligente que era favorecido por la realeza, especialmente por la actual reina, Juana.
Muchos de los Deamhanain eran simples humanos poseídos, como los caballeros que los acababan de atacar, gigantes entre hombres, sus poderes realzados por la posesión demoníaca. Sibylla era humana, pero Moray la había hecho su amante, tomando su alma, y teniendo hijos con ella. Y ahora, le había dado uno de los poderes más codiciado, el poder de saltar a través del tiempo.
Royce le miró.
—No creo que estés rumiando sobre un deamhan, incluso si fuese Sibylla, cuyo tiempo ha llegado.
—Aye, debe morir. Si puede saltar como un Maestro, tiene mucho más poder ahora.
El más poderoso Deamhanain debía ser cazado y vencido siempre. Era demasiado peligroso permitirles vivir.
—Pero puede tener la página. La seguí hasta la ciudad de Nueva York —dijo sobriamente—. La seguí hasta la librería de lady Claire. Fue primero allí. La tienda fue registrada. Lady Claire no sabía que había sido robado y que no.
—Si allí había una página del Cladich, debe ser devuelta a la Hermandad —dijo firmemente Royce—. Moray tiene suficientes poderes ya, y no puede tener el poder de curar para su prole.
Malcolm no podía imaginar un mundo donde los Deamhanain pudieran curarse uno al otro. El primer Deamhanain, aquel que había sido seducido por el demonio y robado de la Hermandad, era lo suficientemente duro de derrotar sin tales poderes.
—Si Sibylla dejó a lady Claire viva, tenía un uso para ella —añadió Royce—. Si Sibylla no tiene la página, debe pensar que tu dama la tiene.
Desafortunadamente, Malcolm tenía el mismo pensamiento. Su corazón se tambaleó con temor.
Como la esposa de John Frasier, un conde de las Lowlands traicionero y poderoso, Sibylla era incluso más peligrosa que su marido, ya que él era simplemente un noble ambicioso, mientras que ella estaba poseída y aliada con Moray. Era casi tan mala y tenía tanta sangre fría como su jefe. Su reputación era enorme. Adoraba torturar lentamente a sus víctimas, tanto mujeres como hombres, y después disfrutaba con sus muertes. Casi esperaba que tuviese la página. De otra manera, Sibylla debía creer que Claire sabía donde estaba la página, y cazaría a Claire. Se puso enfermo, porque sabía lo que le haría a Claire si alguna vez la cogía.
—Creo que necesitas asegurarte de que Sibylla comprende que lady Claire es ignorante sobre nuestros asuntos.
—Es ignorante.
Pero no era tan ignorante como había sido, pensó Malcolm sombríamente. Había traído de vuelta a Claire para protegerla de Sibylla y Aidan. Ahora no estaba seguro que lo que había hecho fuese en el mejor beneficio de ella.
—No es seguro enviarla de vuelta, sola —dijo Royce de repente—. No todavía.
Malcolm le miró.
—¿Estas al acecho?
—No tengo que merodear en tu cabeza para entender tus miedos por ella.
Vaciló, preguntándose que había dejado Royce sin decir. Esperaba que su lujuria no fuera evidente.
—Aidan estaba también allí.
Su sangre hirvió con ese pensamiento.
Las cejas leonadas de Royce se alzaron.
—Así que también va detrás de la página.
—Va detrás de cualquier cosa que le de placer —exclamó Malcolm, lleno de furia—. ¡No sigue órdenes! El bastardo estuvo en su cama. Le sentí allí.
—Aidan es un granuja —dijo Royce con calma—, pero no es malo. Seguramente la Hermandad le envió al futuro, como hicieron contigo. Y lady Claire es hermosa. Si la hubiera tenido primero, podrías odiarle, pero no puedes cambiar el pasado. No está permitido —le advirtió.
El Código no era simple. Había muchas reglas, algunas sujetas a debate, así como a interpretación, pero nunca volver en el tiempo para cambiar el pasado era una de las más importantes. Ningún Maestro tenía permitido cambiar la historia. Pero si Aidan la hubiera tocado, hubiera estado tentado a volver en el tiempo y hacer lo prohibido.
—No se acostó con ella. Le sentí en su cama. Pero si la hubiera tocado, aye, un solo toque, le mataría.
Royce le miró.
—Eres muy posesivo, muchacho.
Malcolm miró hacia delante entre las orejas del semental.
—No empieces.
—No entiendes a la muchacha.
—Aye, no la entiendo. Pronto, cuando sea seguro, cuando crea que Sibylla no va detrás de ella, entonces podrá volver.
Y de esa forma estaría a salvo de él, pensó sombríamente. Trató de imaginarla en Dunroch, aunque no en su cama. Fue imposible.
Podía mandarla a Carrick con su tío. Al instante, deshecho el pensamiento. Su tío era el hombre menos romántico que conocía, pero como todos los Maestros, podía poner en trance a una mujer para su deseo y siempre tenía una mujer hermosa en su cama.
Había sido la forma en que Royce la había mirado, la forma en que se había acicalado antes de presentarse.
Y por los dioses, empezaba a ser consciente de unos celos ardientes, porque Claire le había dado a su tío un buen vistazo, a cambio. No, ella iba a ir a Dunroch, y trataría con su dilema con una voluntad de hierro cuando llegara el momento.
En cuanto a Aidan, mejor mantenía las distancias, también. Aidan era un guerrero granuja, haciendo lo que deseaba, cuando lo deseaba. El mundo sabía que era un hedonista. Ya tenía legiones de amantes. La belleza era su debilidad. ¿Ardía Aidan de lujuria por ella, también? Malcolm no confiaba en él. ¿Pensaba en darle placer a ella y quitarle la vida mientras lo hacía? Malcolm sintió la certeza de que Aidan había cometido crímenes por placer porque Aidan solo tenía media alma, y la otra mitad era oscura.
—Aidan te invitó a Awe una vez —dijo finalmente Royce, como si sintiese sus pensamientos.
Malcolm se sacudió.
—Aye, hace tres años. —Aidan le había enviado una invitación por mensajero un poco después de la iniciación de Malcolm en la Hermandad. Rompió la misiva en pedazos.
Royce ignoraba eso.
—Deberías ir hasta Awe y hablar con él. Haz una tregua, Calum.
Malcolm le miró, y dijo suavemente:
—Si voy a Awe, voy por una causa y por una causa solo. Voy a matar al bastardo.
La expresión de Royce se volvió dura.
—Mejor cesar tal conversación. Un Maestro no puede matar a otro Maestro y lo sabes.
Malcolm sonrió fríamente.
—¿De verdad? Esa es una regla que no me preocupa.
—Quiero ver paz entre tú y Aidan antes de morir —dijo Royce bruscamente.
Malcolm se puso tenso.
—¿Qué tipo de conversación es esta?
En verdad, no sabía como de mayor era su tío.
—No somos inmortales —dijo Royce, su sonrisa de repente cansada—. He estado cazando al diablo por cientos de años, Calum. Mi hora llegará.
Malcolm estaba aterrorizado.
—¿Tienes deseos de morir? Eres una gran Maestro. La Hermandad te necesita, Ruari. El Inocente te necesita.
Te necesito, añadió silenciosamente, pero su tío tenía que saberlo. Brogan había muerto cuando Malcolm tenía nueve años, y Royce había sido más un padre que un tío desde entonces, así como un amigo leal.
Royce le sonrió entonces.
—Eres tan joven, Malcolm. Envidio tu inocencia, y rezo porque nunca estés sin esperanza.
Malcolm se preocupó.
—Nunca hablas de esta forma. ¿Hay algo que no me estés contando? ¿Algo está mal?
—Después de doscientos años, tenemos constancia de que una de las páginas del Cladich está cerca. El Deamhanain lo quiere, y una vez más debemos guardar tal poder para nosotros y Alba. Recuerdo la primera vez que el libro fue robado, y la caza para encontrarlo y traerlo de vuelta al santuario. Recuerdo cuando el Cladich fue robado por segunda vez y no lo hemos visto desde entonces. Recuerdo cuando Moray robó el Duaisean. El ciclo de la vida nunca cambia, como el sol sale y se pone, día tras día, año tras año. Es el ciclo de lo bueno y lo malo, y nunca acabará. Nada cambia, es todo lo mismo. Si un Maestro finalmente vence a Moray, habrá otro, el más grande deamhan, que tome su lugar.
Malcolm estaba muy alarmado.
—Un día, Moray será vencido. Nadie tomará su lugar.
—¡Permanece lejos de Moray! He tratado de matarlo cientos de veces. Tú también lo intentaste una vez, y mira lo que conseguiste.
Malcolm se tensó. Le había tenido en Urquhart, donde había estado cerca de perder su alma.
Y entonces Royce sonrió, revelando dos hoyuelos. Era la sonrisa por la Malcolm había visto a mujeres pelear entre ellas por recibirla.
—No escuches las incoherencias de un viejo Maestro como yo. Protege a la mujer. Es tu Inocente ahora. Estaréis a salvo en Carrick por la noche. Mañana contendré a los hombres de Moray si atacan otra vez cuando vayas a Dunroch. El MacNeil querrá un informe —añadió.
—Y tendrá uno —respondió Malcolm, aliviado de que el humor raro y sombrío de Royce hubiera vuelto—. Iré a Iona inmediatamente.
Royce se puso severo.
—Calum, Sibylla obedece a Moray. Si dejó a lady Claire viva, hay otra posibilidad. No te preocupes por eso.
Malcolm se tensó.
—Quizás el señor oscuro desee a lady Claire viva.
Malcolm giró en su montura.
—¡No empieces a pensar que Moray tiene alguna idea de que la muchacha existe!
—Si Sibylla tiene la página, ¿porque la dejaría viva?

Incluso en una cabalgata con hombres armados, Claire estaba asustada. No le gustaba el bosque oscuro que estaban atravesando. No necesitaba imaginación para saber que todo tipo de peligros acechaba en esas profundidades impenetrables. Y no estaba pensando en lobos y leones de montaña. ¿Y si había una emboscada? ¿Y si los hombres de los que habían escapado regresaban para terminar con ellos? Habían querido matar a Malcolm y habían querido matarla ella. ¡Y pensar que había estado asustada del crimen en la ciudad!
Apenas podía creer todo lo que había pasado. Había regresado en el tiempo, lo que era suficientemente sorprendente, y allí había estado en una batalla enorme. Esperaba nunca presenciar o participar en semejante batalla de nuevo. Sin embargo, si permanecía en el siglo XV por mucho tiempo, las probabilidades eran que se encontrase a si misma en graves apuros otra vez. Su materia era la historia medieval europea, no la historia de las Highlands, pero estaba ciertamente interesada en esta. Estaba llena de intriga, conspiración, derramamiento de sangre, asesinato y guerra. La lectura sobre ella, en clase, le había encantado. La vida en ella era un asunto diferente.
Claire sabía que tenía que dejar el miedo a un lado y encontrar la calma para ordenar sus pensamientos. Pero su compostura estaba hecha pedazos. Dos escoceses grandes y silenciosos, al parecer asignados para escoltarla, cabalgaban a cada lado. Claire se concentró en respirar profundamente tratando de tener pensamientos felices. Pensó en Acción de Gracias en la granja y entonces se dio por vencida. Empezó a reír, sintiéndose histérica, imágenes de la sangrienta batalla y cabezas cortadas con imágenes de la cara devastada por la lujuria de Malcolm en su mente. No estaba tranquila, no podía pensar que alguna vez estaría en calma de nuevo.
Recordó su loco comportamiento durante la batalla, cuando, en vez de esconderse como Malcolm le había ordenado que hiciera, trató de luchar. Nunca iba a entender que la había motivado. Claire Camden no era valiente. Estaba asustada de su propia sombra y de todo el mundo, que era por lo que había creado una pequeña fortaleza en su tienda. Excepto que la fortaleza había sido violada esa noche. Y ella no era un Schwarzenegger femenino unida a un Taser, incluso si había actuado como uno. ¡No quería ser una versión de Malcolm!
¿Y si no podía volver?
Su tensión aumentó. Ese era su gran temor. El corazón de Claire se sacudió. Si empezaba a pensar en estar atrapada en el pasado para siempre, no sería capaz de pensar, y su mente era su única defensa. Incluso en este mundo violento y machista, la sabiduría seguramente debía prevalecer, incluso si venía de una mujer.
Sus ojos se habían dilatado acostumbrándose a la oscuridad. La noche estaba alumbrada por tantas estrellas asombrosas y una media luna brillante, que realmente no se hacía tan duro ver. Por un momento, mientras exploraba los alrededores, se permitió una aceptación de mala gana de la belleza del cielo nocturno. Solo en el siglo XV uno podía tener tan magnífica vista.
Unos pocos guerreros también sujetaban antorchas, que ayudaban a iluminar la noche. Su mirada se movió por un par de hombres altísimos que conducían a los jinetes, entonces se posó en Malcolm. Él y Royce el Negro estaban en silencio ahora, pero habían estado conversando por algún tiempo, claramente sobre asuntos graves. Claire hizo una mueca. Sabía que habían estado discutiendo sobre ella.
Miró la espalda de Malcolm. Parecía ser un guerrero superior. De hecho, si pensaba en ello, su destreza había sido extraordinaria. Estaba probablemente tan a salvo como una mujer en este tiempo y lugar podía estar, considerando que parecía sentirse obligado a defenderla. Pero por Dios, se sentiría mucho mejor una vez que estuvieran en Carrick detrás de paredes sólidas.
¿Y entonces qué?
Tenía cien preguntas y necesitaba ciento y una respuestas. Tenía que saber que podría volver y cuando sería. Tenía que saber porque habían sido atacados. ¿Había sido un simple caso de dos clanes feudales? No creía eso. Y no le gustó la referencia de Malcolm al demonio.
Aquellos guerreros habían sido extraños y diferentes.
Claire se estremeció. No quería pensar más, pero no podía parar.
Algunas veces, mientras bajaba por las calles de la ciudad, más frecuentemente por la noche que durante el día, Claire pasaba al lado de alguien y se sintió sentía completamente helada. La primera vez que había pasado, había estado tan sorprendida que se había girado y mirado al transeúnte. Había examinado sus ojos vacíos.
De algún modo había sido aterrador, horrible. Había tenido quince años entonces, pero había sido antes de la asombrosa revelación de tía Bet sobre la muerte de su madre. Nunca había vuelto a mirar a otra persona así otra vez. En cambio, había agachado la cabeza, evitando todo contacto visual y continuo.
Fingió que era una cosa que se hacía en Nueva York. Todo el mundo sabía que los neoyorquinos eran fríos y extraños, no eran amigables y no hacían contacto visual. Así era como uno controlaba en la gran ciudad entre millones de personas.
La noche que su madre había sido asesinada, hacía mucho frío en la casa aunque había sido una tarde del veranillo de San Martín. Era uno de los hechos que recordaba con claridad vivida y táctil.
Claire se puso rígida y su montura danzó en protesta. Uno de los highlander se estiró para alcanzar sus riendas y Malcolm se giró para ver que estaba pasando. Claire no quería pensar en el pasado. Tratar con el presente era suficientemente malo.
Pero Claire respiro profundamente, el caballo resoplaba ahora. Maldita sea. Un terrible frío había enfriado el claro justo antes de que los guerreros lo hubieran invadido, el mismo tipo de frío que había llenado el apartamento.
Claire había pasado su vida entera evitando pensar demasiado en el lado oscuro de la ciudad. Había trabajado mucho para hacer un pequeño mundo seguro y exitoso para sí misma. Cuando cosas malas les pasaron a sus amigos, vecinos y colegas, empezó a apoyar a candidatos políticos exigentes. El crimen estaba fuera de control y la sociedad se descomponía, por eso trabajó más duro. El trabajo era un refugio. Deseaba estar trabajando ahora.
Pero ese mundo parecía como si se hubiera esfumado. Y maldita sea, la vida parecía igual de oscura y caótica en la Escocia medieval. No sabía que pensar, y desde luego no sabía qué hacer.
Eres mi Inocente, ahora
Ella tembló. ¿Qué significaba eso?
El tono de Malcolm había estado lleno de posesión en su apartamento cuando por primera vez hizo aquella declaración, y había sido igual de posesivo cuando le había dicho a Royce que no compartía. Sintió sus mejillas calientes. De forma significativa le había dicho a Royce que la había “tomado”. Ese era el punto. Había tomado y usado su cuerpo, justo así, en un instante asombroso, cuando había estado recuperándose de la tortura del viaje en el tiempo. No hubo palabras calientes, promesas, declaraciones de afecto. El amor no estaba envuelto. Era puro sexo, carnal y crudo.
Nunca iba a creer que había dado la bienvenida a sus atenciones de la forma en que lo hizo. Aun no podía creer que realmente desease desesperadamente su invasión. Viajar atrás en el tiempo debía haber alterado sus sentidos o sensibilidades, o ambos. Tal vez había cambiado su psicología, también. Siempre había sido difícil de complacer y encontrar la liberación normalmente había sido una tarea, pero había sido sorprendentemente fácil con Malcolm.
Estaba pasada de moda y orgullosa de ello. No iba a negar que era atractivo, pero ¿y que? Conocía hombres atractivos en Nueva York todo el tiempo, e incluso si no eran tan masculinos como Malcolm, había algunos jugadores verdaderamente poderosos allí fuera. El poder siempre la había atraído más que los tontos con buen aspecto, pero había descartado a los hombres que habían tratado de perseguirla brevemente. Muchos de los hombres que conoció eran altamente disfuncionales. Había sido célibe tres años porque insistía en el afecto, si no amor, antes de intimar. Los jugadores poderosos no estaban por el afecto o el amor, estaban por las conquistas.
Sonaba terriblemente familiar.
Claire no quiso seguir pensando en ese acto de penetración y clímax breves y combustibles. Si lo hiciera, su boca seca se volvería más seca y su corazón acelerado correría incluso más salvaje. Sin embargo, mejor pensaba en ello y se preparaba a sí misma para sus avances. Todavía la deseaba. Era más que obvio. Lo sintió cada vez que la miró. Su sexualidad y deseo emanaban de él en olas calientes y tangibles. Y era posesivo. Había estado advirtiendo a Royce. Ella no iba a comprometer su moral o sus normas, o sus sueños, solo porque estuviese perdida en la época medieval con el tío más bueno de todos los tiempos. Nunca tenía sexo casual o sin significado. Nunca. Había tenido dos relaciones. Había estado enamorada de un estudiante de segundo año en Barnard, pero su otro asunto había sido mas tibio. Había deseado estar enamorada, pero había sido difícil fingir, y al final se había rendido.
Y tal vez es era la mitad del problema. Él había notado que había estado privando a su cuerpo sexualmente. Crudo y grosero como era, lo había comentado abiertamente. ¿Qué había dicho? La había llamado “hambrienta”. Aparentemente, había dado justo en el clavo.
La próxima vez que hablasen, tenía que poner algunos límites y poner algunas reglas. Estaba muy sola y este era el mundo de él. Si era el jefe de su clan, estaba acostumbrado a hacer lo que quería, cuando quería, todo el tiempo. Claire sabía lo suficiente sobre la estructura y la cultura de los clanes de las Highlands para saber que el laird era Dios y el rey, juez y jurado, policía y líder militar. Su espada era ley y ese era el final.
Su corazón se alzó en un latido alarmado. No tenía que ser racional para recordar haberlo golpeado y maldecido. No se reconocía, pero ella no conocía esto. Podría haberlo merecido, pero no importaba. No le conocía, no importaba que quisiera protegerla. Era el señor aquí, absolutamente, y tenía que aplacarlo si podía. A parte de eso, o tal vez por todo eso, estaba hundida en la mierda.
De repente, Malcolm apareció a su lado. Claire estaba tan inmersa en sus pensamientos que su aparición fue tan asombrosa como la de un fantasma. Ella se estremeció, su caballo hizo cabriolas. Pero él sonrió, estirándose a por sus riendas, enderezando al caballo.
—No quería asustarte. ¿Estás bien, muchacha?
Claire trató de ignorar su poderosa presencia, su masculinidad y lo que podría pasar mas tarde si no encontraba la forma de mantenerlo a raya.
—Necesitamos hablar.
Esa era una descripción insuficiente de su vida, pensó.
—Aye.
Él gesticuló hacia delante.
—Carrick.
Claire siguió su mirada y sus ojos se ampliaron. El claro castillo estaba ubicado sobre unos pálidos acantilados. Su corazón martilleo salvajemente, pero no de miedo.
La última vez que había estado en Escocia, casi había tomado el giro en la señal que señalaba el castillo de Carrick. Su guía decía que el paisaje era impresionante, y que un viaje por los terrenos y el castillo no debía ser omitido. Pero al final había seguido en un intento por llegar a Iona antes de la caída de la noche.
Tal vez ser empujada atrás en el pasado no estaba del todo mal, pensó Claire, la excitación barriendo sobre ella mientras miraba los impresionantes muros de piedra pálidos, las torres y la guardia. Si Malcolm mantenía su distancia y ella evitaba más batallas, si mantenía su cabeza derecha y su valentía, esta podría ser una experiencia educativa que sucedía una vez en la vida. Podría incluso escribir sobre ello, aunque nadie la creería. Estaba a punto de entrar en una fortaleza del siglo XV. Estaba a punto de ver cosas que ningún historiador había relatado alguna vez. Y aunque seguía con miedo, quería entrar dentro del castillo.
Si pudiera volver a casa de una pieza, más pronto que tarde, podría ser capaz de manejar este asombroso giro del destino. Se giró a mirarlo.
—¿Cuánto tiempo llevará llegar allí?
—Menos de una hora —dijo—, y discutiremos tus asuntos cuando lleguemos.
Cabalgaron por la empinada colina a doble fila, pero tuvieron que ir uno cada vez a través de la estrecha entrada de la barbacana amurallada. Carrick estaba ubicado en la cima de una colina, teniendo vistas a acantilados escarpados por todos sus lados, y el sitio había sido escogido claramente porque la colina estaba separada del camino por un barranco empinado e infranqueable. Sin el puente levadizo, escaleras o máquinas de asedio, nadie entraba o salía.
Claire tembló mientras cabalgaba a través del puente levadizo, Malcolm todavía a su lado. Un patio exterior lleno cabañas y ganado estaban detrás de ellos, y miró al puente levadizo. Cientos de pies por debajo, estaba lleno de rocas escarpadas y afiladas. Los atacantes que fueran frustrados en el puente o tratando de escalar las paredes en cortina caerían hacia la muerte en el suelo de abajo.
Como si leyese su mente, Malcolm dijo:
—Nadie ha asediado Carrick.
Claire le dirigió una sonrisa débil. Un castillo construido únicamente para resistir un asalto y un ataque era, de alguna manera, tan desconcertante como la batalla a la que acababan de sobrevivir. El sol sobrepasaba las torres y los terraplenes, y el cielo era gris pálido, teñido con dedos de carmesí y rosa. La vista habría sido impresionante, justo como su folleto había prometido, si no supiera que todas y cada una de las rocas había sido puesta en aquel barranco por manos humanas, para infligir el dolor y la muerte.
Ahora cabalgaban en fila de a uno a través del pasillo oscuro y estrecho de la caseta del guarda y sus cuatro torres. Claire miró hacia arriba. Había troneras sobre ella desde los que los atacantes serían empapados con aceite caliente y flechas si llegaban tan lejos. Miró hacia abajo. Su caballo estaba cruzando una plancha de madera sobre el suelo de piedra. Sabía que era una trampilla.
Claire miró sobriamente a Malcolm.
—¿Qué hay debajo de nosotros?
Independientemente de lo que hubiera allí, sabía que alguien desafortunado que cabalgase o caminase cuando estuviera abierta no sobreviviría.
—No sé —dijo—. Tal vez estacas afiladas o camas de cuchillos. —Su mirada estaba interesada—. Entiendes la forma de nuestra guerra.
Claire tenía la boca seca.
—Lo he estudiado un poco.
Cabalgaron por delante de un par de puertas abiertas, gruesas y tachonadas y un patio interior.
Ella respiró. Aunque era temprano, los hombres y mujeres se apresuraban en el patio, dedicados claramente a sus tareas de la mañana. El humo se elevaba de dos edificios que estaban justo delante, construidos contra la pared norte. Olió el pan recién hecho y vio a varias sirvientas que iban de un lado a otro desde donde estaba segura que era el pequeño edificio que contenía las cocinas.
A su lado estaba el gran salón impresionante de cuatro pisos. Royce el Negro estaba desmontando allí, un chico pequeño se había materializado para coger su caballo. Acarició la cabeza del muchacho y se dirigió hacia la escalera de madera, que desaparecía más allá de una pesada puerta de madera.
Miró alrededor otra vez, tratando de absorberlo todo. Un hombre con hábito sacerdotal estaba en frente de lo tenía que ser la capilla, una casa de dos pisos construido contra el muro este. El resto de los hombres de Royce el Negro estaban desmontando en el edificio que asumió que era su sala, la que estaba encima de los establos. Las mujeres y los niños habían aparecido para saludarlos, las mujeres vestían largas camisas, los niños cortas. Algunos de las mujeres de los soldados llevaban capas. La risa y la conversación corrían desenfrenados, así como los abrazos y los besos.
Claire respiró profundamente, abrumada por las vistas y los sonidos, el bullicio y el ajetreo, y la emoción, de aquella gente del siglo XV. Hasta ahora, todo era como se había imaginado, pero no se estaba imaginando nada ahora. Estaba en el castillo de Carrick, y era 1427. Los escalofríos la recorrieron. Esta era realmente una oportunidad asombrosa. Entonces se dio cuenta de que Malcolm la miraba fijamente.
Sin pensar, le sonrió.
El empezó y lentamente se la devolvió.
—Estás contenta.
Ella inhaló, porque estaba muy emocionada.
—Estoy en una fortaleza del siglo XV. Soy muy aficionada a la historia. —No iba a explicarle su grado—. He leído sobre cómo era la vida en este tiempo, pero lo estoy viendo por mi misma de primera mano.
Él fue irónico.
—No es nada especial.
Se deslizó del caballo, sujetando las riendas, esperando al chico para extender las manos hacia ella.
Claire volvió a sus sentidos. Estaba tomando lo mejor de una mala situación, pero coger su mano no era una buena idea. Fingió no notarla y se deslizó del caballo.
Malcolm se lo agradeció al chico, tocó su espalda y le indicó que le precedería en subir las escaleras. Claire no entendió. Estaba segura de que los hombres en este tiempo no les permitían a las mujeres ir primero, no importaba que aquella caballerosidad fuera una enorme parte de la cultura medieval.
Él gesticuló impacientemente. Ella hizo un asentimiento de mala gana y se apresuró a subir las escaleras. Traspasó una enorme puerta de paneles de madera, entró en una gran sala y parpadeó, sorprendida.
Había estado esperando el escaso mobiliario del periodo. Había estado equivocada. Las paredes y los suelos eran de madera, por supuesto, y vigas de madera soportaban el alto techo. Pero había varias alfombras finas en el suelo, obviamente de Francia, Italia o Bélgica, en vez de juncos. Aunque había una mesa de caballete ordinaria con dos bancos delante del enorme hogar en el rugía un fuego, también había varias distribuciones de sillas tapizadas, cada una fina e intrincadamente tallada por los mejores artesanos medievales. Una magnífica colección de espadas estaba expuesta sobre el hogar. Varios troncos bellamente tallados servían como mesas. Óleos sobre las paredes, los retratos sumamente estilizados como era la pauta del periodo, y un tapiz asombroso en una pared. Claire había esperado unas condiciones más primitivas. Había esperado perros, ratones, bichos y juncos en los suelos. La casa del Royce el Negro estaba muy bien amueblada para el siglo XV de las Highlands y tan habitable como una casa de campo moderna. De todas formas, algo faltaba, un toque personal. Claire apostaría que no estaba casado.
Royce se había quitado la armadura y estaba sentado en la silla más grande del cuarto, la tapizada en terciopelo borgoña. Una mujer joven le tendía una jarra de lo que Claire asumió que era ale. Ahora se dio cuenta de que otra mujer joven había cogido su capa y su cota y se los estaba llevando. Ambas mujeres parecían no tener más de veinte años, si acaso, y eran rubias y guapas. Cuando Claire llegó a la conclusión de que no era la única mujer joven y atractiva en las Highlands, una tercera mujer apareció. Le ofreció a Malcolm una jarra, sonriendo y ruborizándose mientras lo hacía.
—Tapadh leat —dijo sonriéndole.
Era muy bella, con el pelo rubio rojizo, la mitad del tamaño de Claire y sin acercarse a los veintiuno. A Claire siempre le había gustado ser alto, pero de repente, se sintió desgarbada y más como una gigante que como una mujer.
—¿De tha sibh ag larraidh? —murmuró la rubia.
El corazón de Claire se sacudió con temor. ¿Era esta mujer su amor? ¿Y por qué se preocupaba ella?
Malcolm sacudió la cabeza, contestando suavemente. Su sonrisa era terriblemente seductora.
El color de la chica se incrementó. Miró a Claire y se apresuró por el salón.
Claire comprendió que se abrazaba a si misma. Si él quería acostarse con alguien tan joven, no era asunto suyo. Y por supuesto querría. Era un macho, obsesionado con el sexo. Era un señor medieval. Pensaba que era su derecho y la rubia tonta pensaba que era un honor saltar a su cama.
Claire estaba celosa. Y eso era incluso peor.
Él cogió su brazo pero habló con Royce.
—Le enseñaré a Claire su habitación.
Royce había estirado sus largas piernas calzadas con botas y parecía completamente indiferente. Les envió una sonrisa perezosa y conocedora.
Claire enrojeció. Si pensaba que era la amante de Malcolm, estaba equivocado. Claire cuidadosamente se encogió lejos del agarre de Malcolm. Le siguió por una estrecha escalera tratando de mantener la distancia mientras también trataba de no mirar la parte de atrás de sus piernas desnudas.
Él abrió una puerta de madera y permaneció a un lado.
—Puedes dormir aquí. Mañana iremos a Dunroch.
Claire se preguntó sombríamente si esto le permitiría un retozo más relajado en el heno con la rubia rojiza. Caminó pasándolo a la habitación.
La estancia era muy pequeña, pero había un hogar de buen tamaño en una de las paredes y la cama tenía cuatro postes tallados y una colcha de piel. Había una sola ventana, una hendidura sin cristal, los postigos abiertos. Como no se había encendido fuego, hacia frío en la habitación.
Sabía que nunca dormiría. Su mente correría en círculos.
La rubia rojiza apareció, mandándole una sonrisa a Malcolm antes de arrodillarse para encender el fuego.
Claire se enfadó.
—Consíguete una habitación.
Le sonrió suavemente a él, desdiciendo su tono cáustico.
Él sonrió ampliamente.
—¿Estás celosa de la criada?
Claire no podía creer que hubiera sido tan transparente.
—Apenas. Oh, a propósito, gracias por el préstamo.
Hurgó en el broche para devolverle su plaid. No lo quería. Apestaba a su masculinidad.
Él extendió la mano y le agarró la mano, deteniéndola.
Claire se puso rígida, segura de que se disponía a propasarse. Aquella seguridad se incrementó cuando la rubia les miró y silenciosamente abandonó la habitación, cerrando la puerta tras ella.
Claire sabía que debería apartarse. En cambio, el sexo del hombre y el calor la atraían, animándola a acercarse.
—Hace frío y no tienes ropas.
Liberó su mano, moviéndose hasta la única mesa de la habitación. Solo había una silla toscamente tallada allí, con una jarra, un frasco y dos vasos. Vertió el líquido del frasco en la jarra y se lo acercó a ella. Claire olió el vino rojo e inmediatamente se desvió su atención. Estaba, comprendió, sedienta y hambrienta.
—Es un clarete fino, de Francia —dijo suavemente.
Claire vio el brillo en su mirada, y sintió aumentar su propio pulso. Tomó un trago, preguntándose si esperaba que se soltase, y luego lo otro.
—Es bueno. Gracias.
El sonrió, claramente no tenía ninguna intención de abandonar la habitación.
—¿Por qué te preocupa si me acuesto con la muchacha?
Su tono era casual pero Claire casi salto de su piel.
—¡No lo hago!
—No quiero a la muchacha, muchacha —murmuró.
Su significado estaba bastante claro. Tenía la habilidad de hablar en tal tono sugestivo que todo lo que podía pensar era en sexo. Tenía que hacer algo antes de que pusiera sus manos sobre ella.
Él se giró lejos, asombrándola. Le vio verter vino en otro vaso, su mano estaba muy estable. Cuando se enfrentó a ella, apoyó una cadera contra la mesa.
—Tenemos asuntos que discutir —dijo sin rodeos, claramente consciente de su desconcierto.
Claire inhaló. Ese era un territorio más seguro, efectivamente. Pero antes de que pudiera preguntar una sola cuestión, su expresión se endureció.
—No se las formas de vuestro mundo, Claire, pero en mi mundo, nadie, hombre o mujer, niño, bestia salvaje o perro, nadie, me desobedece.
Ella se cuadró ahora.
—Lo siento
—No lo sientes. ¡Tramas tus propias causas! —exclamó.
Había sido cogida.
—¡Algunas veces, siento que puedes leer mi mente! —dijo furiosa.
—Puedo sentir tus fuertes pensamientos como si los dijeses en alto —le soltó, enderezándose.
Dejó el vaso con fuerza, con fuerza suficiente que la mesa saltó.
—En la batalla, te protegeré. Pero eso significa que te escondes si digo que te escondas y corras si te digo que corras; y no pienses, nunca.
Sus ojos relampaguearon.
Claire sabía que no debería permitirse discutir con él. Luchó contra su temperamento y perdió.
—Mi señor —dijo, queriendo hablar con recato y fallando. En cambio, su tono fue innegablemente sarcástico—. ¡En mi mundo, las mujeres son líderes, guerreros, reinas sin reyes!
—¿Ahora discutes? —preguntó incrédulo.
Ella enrojeció. ¡Apacígualo!, pensó frenéticamente.
—Lo siento. No sé por qué no me oculté. Soy una completa cobarde. Y no intentaba desobedecerte. Solo pasó.
Su expresión se alivió ligeramente.
—No eres una cobarde, muchacha. Eres fuerte y valiente.
Su mirada se deslizó sobre la capa como si pudiera ver a través de ella.
—Nunca he visto un cuerpo así en toda mi vida.
La miró fijamente, sus ojos grises brillando fieramente con intención.
Este era el momento para poner algunas normas, pensó Claire, si podía. Su cuerpo rugía igual que en el bosque, respiró larga y profundamente.
—En mi mundo —dijo cuidadosamente—, un hombre no toca a una mujer sin su permiso.
Su expresión no cambió.
—¡No finjas que no entiendes! —gritó desesperadamente.
Su tono fue peligroso.
—Oh, entiendo, muchacha. Entiendo.
—¿Qué significa eso?
—Tomé lo que me ofreciste y te di lo que deseabas —dijo muy suavemente.
Jadeó, ultrajada. Pero también recordó haberle desearle desesperadamente y tener el maldito mejor orgasmo de su vida. Sintió sus mejillas arder.
—¡No soy una... una... ligera de cascos! Nunca... nunca... he saltado a la cama con un extraño! ¿Me has hipnotizado?
—No te entiendo.
Sus pestañas bajaron, abanicaron sus altos y bellos pómulos.
Ella tragó, su boca insoportablemente seca, mientras un dolor bramaba entre sus muslos. ¿Por qué no podía controlar su atracción? Esto no ayudaba a resolver los problemas, ¡los complicaba!
—No me lanzo sobre hombres desconocidos. Necesitas mantener la distancia.
Su mirada se deslizó sobre ella de forma sugestiva.
—Creo —dijo suavemente—, que no te lanzas sobre ningún hombre, excepto sobre mí.
Tenía razón. Estaba boquiabierta.
Parecía satisfecho.
—¿Me hipnotizaste en el bosque? —gritó con voz ronca—. ¡Porque la única explicación para mi comportamiento es que me haya vuelto loca, o estuviese alterada por lo que había pasado!
—Explica la palabra hipnotizar —dijo.
Trató de hablar más calmadamente.
—¡Quiere decir subyugar, poner en trance, encantar! ¡Cuando me miras algunas veces, es muy difícil pensar!
—Ese es un pequeño regalo —dijo con aire de suficiencia—. Uno muy útil.
—¿De quien, de Merlín el mago?
—Estás tan angustiada y enfadada, muchacha, ¿y por qué? Lo deseabas y fuiste satisfecha. Eso no es importante ahora. ¿O estás volviéndote loca porque he decidido no ofrecerte tal tentación de nuevo?
Le llevó un momento largo descifrar sus palabras.
—¿Qué?
—Te deseo, Claire. No lo dudes. Pero he jurado protegerte.
—Estas diciéndome que no vas a... —se detuvo. Había estado a punto de decir hacer el amor, pero si lo hacía, se reiría de ella, estaba segura.
Sus pestañas bajaron de nuevo.
—¿Follar?
Ella tomó aire. Si un hombre actual hubiese hablado de esa forma, probablemente sería ofensivo. Viniendo de Malcolm, solo conjuró imágenes gráficas y ardientes de el conduciendo su extraordinaria longitud dentro ella repetidamente, con sorprendente poder y asombroso efecto. Si hacia eso ahora, justo ahora, estallaría.
Ella tragó. Había estado segura que iba a tener que resistírsele. Ahora estaba diciéndole que no estaba interesado, excepto que lo estaba, porque incluso ahora le sentía vibrando en la habitación. Su lujuria era tan tangible como el vino que podía oler en la jarra. ¿Era lo suficientemente inteligente para estar manipulándola? Estaba confusa, y maldita fuese, incluso estaba consternada.
—¿Qué te haría decidir ser un caballero? —logró decir.
Él levantó la vista con una breve sonrisa de burla a si mismo.
—No soy gentil, muchacha, y ambos lo sabemos.
Su voz se desvaneció. Sus ojos grises se volvieron negros.
—No deseo verte yacer muerta bajo mí.
Claire habría huido si tuviera algún lugar al que ir.
—No entiendo.
Pero el miedo que se había desvanecido durante su conversación volvió.
Su mirada lentamente se movió sobre ella, deliberadamente, y entonces se levantó hasta su cara.
—Te deseo mucho, pero no confío en mí mismo.
—¿Qué significa eso? —jadeó.
Él fue brusco.
—Maté a una criada. No lo haré de nuevo.
—¿Mataste a una mujer? —gritó Claire, apoyándose en la cama.
La palabra demonio pasó por su mente.
—Estás aterrorizada —dijo suavemente.
¡No! Su corazón chilló. Malcolm no era un demonio. Apostaría su vida en ello. No acababa de decir lo que ella pensaba que había hecho.
—Dices que querías protegerme —dijo susurrando.
—Aye.
Claire se dio cuenta de que estaba jadeando.
—¡Por favor, no me digas ... !
Su cara estaba rígida.
—Murió en mis brazos, Claire. Murió tomando su placer de mí.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:42 pm

Capítulo 5

Claire realmente necesitaba sentarse. La mirada de Malcolm era dura, incluso enfadada, y completamente firme. Pero no era un demonio, no había nada demoníaco en él. No podía haber cometido un crimen de placer.
—¿Qué pasó? —dijo de alguna forma, viéndole no como si estuviera de pie allí, sino con una mujer bajo él, en la agonía de la pasión.
—¡Te lo dije! —dijo ásperamente.
Claire finalmente se sentó en el borde de la cama.
—La gente realmente muere durante el sexo, quiero decir, el sexo normal. Incluso si no es un crimen por placer, algunas veces el corazón de un hombre se para. O de una mujer. Es por la excitación. Si el corazón de la mujer estaba débil, si ha estado enferma, si es mayor, débil...
Él la corto.
—No era mayor. Era una mujer joven como tú. Su corazón era fuerte.
Esto no podía estar pasando. No quería que Malcolm fuera un loco demoníaco, pero las semejanzas eran evidentes. Extraños seduciendo al joven y al Inocente. Malcolm era un extraño y sabía hipnotizar.
¿Había sido hipnotizada en el bosque?
—¿Cómo de bien la conocías? —preguntó cuidadosamente, el miedo desenroscándose en su interior.
—No conocía a la muchacha.
Su mirada gris brilló.
—Erais extraños.
—Aye
No podía respirar.
Un desafío parecía estar en sus ojos, pero no estaba segura de que pudiera encontrarlo. El sudor corrió por su cuerpo a chorros y no podía por menos que estar asustada y enferma. Pero en algún lugar profundamente dentro de ella, se negaba a creer lo que le estaba diciendo.
—¿La mataste por diversión?
Sus ojos se ampliaron.
—No me divierto con la muerte, Claire. No me dio poder. Necesitaba a la criada, muchísimo. No deseaba hacerle daño o verla muerta —dijo con gran cuidado.
En aquel instante, vio el dolor ardiendo en sus ojos. Estaba consumido por la culpa. Se sintió aliviada, y creció la compasión.
—Malcolm, probablemente fuese el corazón.
Él se giró y levanto su jarra de vino, vaciándola.
—No paré cuando era el momento de parar. No podía pensar. —Giró sus ojos de plata caliente hacia ella—. Como en el bosque. Por un momento, no pude pensar en nada, excepto en el placer que estaba obteniendo de ti.
Ella tembló, volviendo bruscamente al recuerdo vivido del asombroso orgasmo. Había parado de pensar en el bosque, también. Había sido imposible ser racional mientras se convulsionaba con tal deseo. Pero ahora, estaba insegura. Como él, claramente atormentado por la culpa. Pero hablaba como si hubiera matado a la mujer de forma brutal. Y sonaba como una violación.
Su mirada fue directa.
—No la violé, ni a ninguna otra mujer. Me deseaba.
Claire le creyó. ¿Qué mujer no desearía al semental frente a ella? Y eso sólo le hizo mas duro entender lo que había pasado. Tenía que haber sido el corazón de la mujer, pensó. No podía haber sido nada más. Un loco no sentía culpa.
—Ahora entiendes por qué no iré a la cama contigo —dijo firmemente.
Ella tembló. Estaban teniendo una conversación terrible sobre un espantoso crimen sexual y tenía grandes reservas sobre este hombre, pero aun así no podía escapar a su sexualidad. Esta bullía en la habitación y sus palabras conjuraban la imagen de ella en sus brazos, apasionadamente entrelazados.
—Está bien —dijo a través de los labios secos.
—No quiero compartir tu cama. Ni ahora, ni nunca.
Le envió una mirada de incredulidad.
Claire enrojeció. Su cuerpo no había obedecido demasiado su voluntad, pero tenía voluntad.
—Cuando me acuesto con un hombre, es porque tiene mi corazón —dijo lentamente, y sintió su color intensificarse.
Sus ojos se ampliaron.
—Seguramente, estás de broma.
Claire estaba muda. Lamentaba haberse revelado de esa forma.
Él se ahogó, pero ella se dio cuenta de que quería reírse. Su cara imperturbable, dijo:
—¿Y has tenido amantes, muchacha, aye?
Ella se sintió afrentada y buscó refugio allí.
—¡Si quieres saber con cuantos hombres he hecho el amor, no te lo voy a decir!
—Empiezo a entenderte, aye, lo hago. —Sonrió de manera encantadora—. Esta bien, muchacha, realmente. Creo que es una vergüenza, tener solo una docena o así de hombres en tu vida.
—¡Fueron dos! —gritó.
Él sonrió.
Claire no podía creer que aquel semental medieval tuviera el ingenio para atraparla en una mentira. Le miró fijamente, indignada e incluso insultada. Al menos nunca conocería los detalles de su vida amorosa. Su amante del instituto había sido guapísimo y encantador, incluso si la había engañado. Su segundo amante, James, había sido genial en las tormentas de ideas y con el debate, pero más bien escaso en el departamento de actuación. Este hombre, por supuesto, aun no conocía la definición de la palabra fidelidad, pero no tenía ningunos problemas de actuación, tampoco. Y nunca, nunca revelaría que habían pasado tres años desde la última vez que había tenido sexo.
Él estaba sonriendo mientras se giraba para rellenar su jarra. A Claire no le gustaba la sonrisa conocedora tampoco, excepto que le hizo terriblemente atractivo. Tal vez la batalla real no fuese con él, sino consigo misma.
Y Claire pensó en la terrible batalla en el bosque.
—Necesitamos hablar, pero no de compartir la cama.
Él dejó la jarra, enfrentándola. Su expresión fue asombrosamente seria.
—Aye. Me defendiste de un terrible crimen y me defendiste en el bosque. Somos extraños, Claire, ni siquiera somos parientes. ¿Por qué?
Ella se mordió el labio.
—No lo sé.
El silencio cayó. Su mirada resbaló hasta su garganta y se dio cuenta de que estaba mirando el colgante que llevaba.
—Mi padre tenía una piedra como esa, muchacha. La llevó hasta el día en que murió.
Claire estuvo inmediatamente interesada. Por supuesto, su padre estaba muerto, de otra forma Malcolm no sería el laird. Quería toda la información que pudiera obtener ahora. Deseba conocer todo sobre el hombre de pie delante de ella. Se dijo a sí misma que la ayudaría a sobrevivir a esta traumática experiencia.
—¿Cómo murió?
—Murió en Red Harlaw, muchacha, una enorme y sangrienta batalla.
Claire permaneció quieta.
—Tu padre fue Brogan Mor.
Su mirada se estrechó.
—No te he dicho su nombre.
Su corazón atronaba en su pecho. ¿Qué tipo de coincidencia era esta?
—¿Quieres escuchar algo irónico? —se mojó los labios, sin esperar respuesta. No tuvo que hacerlo, porque su mirada era tan intensa, fascinada por ella ahora—. Estaba de camino a Escocia cuando viniste a mi tienda. Iba a salir la siguiente noche. Y mientras llegaba a Edimburgo, mi plan era conducir directamente a Mull y quedarme en el cabo de Malcolm, así podría visitar Dunroch.
Sus sienes latieron. Él no dijo una palabra, pero por su expresión, no parecía demasiado sorprendido.
—Tu padre está en los libros de historia. Leí que murió en 1411 en Red Harlaw, pero por supuesto, no tenía ni idea, de que iba a conocer a su hijo tan pronto a partir de entonces. —Se sentó, temblando. Tal vez, considerando las fechas, debería haber comprendido que Malcolm era el hijo de Brogan Mor—. No hay nada en tu línea, Malcolm, después de la muerte de tu padre.
Él avanzó.
—Era un gran hombre, muchacha, un gran guerrero, un gran laird. ¿Dicen vuestros libros eso?
—Lo siento. Solo mencionan la fecha de su muerte y que condujo a los Maclean en la batalla.
—No a todos ellos —dijo Malcolm—. Los Maclean del norte de Mull, Tiree y Morvern se situaron en Duart.
—¿Royce el Negro no es el laird de su clan?
—No. Sus tierras fueron concedidas por una carta real hace mucho. Es conde de Morvern, pero es mi vasallo. Es un Maclean del sur, muchacha.
Claire no podía imaginar a Royce siendo un subordinado de Malcolm. No habían actuado así, pensó.
—¿Quién se convirtió en laird de tu clan cuando Brogan murió, Malcolm? Tú eras demasiado joven para hacerlo.
—Tenía nueve años cuando Brogan murió y me convertí en laird. Royce me ayudó, pasando mucho tiempo en Dunroch hasta que cumplí los quince. Ese día no necesité a nadie a mi lado para gobernar.
Antes de que Claire pudiera asimilar que se había convertido en el jefe de su clan a los nueve años, y en el líder actual a los quince, su mirada se movió de vuelta a la piedra que llevaba.
—Cuéntame acerca de la piedra.
Seguía volviendo al colgante.
—Era de mi madre. ¿Por qué?
—Brogan perdió su piedra en Harlaw —dijo Malcolm, mirando su colgante—. Era negra, no blanca como la tuya, pero era la misma. Estaba encantada con poderes de curación. Hay otros lairds e incluso clérigos que llevan una piedra hechizada. Pero ya lo sabes.
—Es un trozo de meteorito bañado en oro —gritó Claire nerviosamente—. ¡No es mágica!
—¿Cómo la consiguió tu madre? Pertenecía a un highlander, muchacha.
Claire permaneció quieta.
—No lo sé. Nunca pensé en preguntar. Era una cría cuando murió. Pero nunca se lo quitaba. La verdad es que siempre pensé, no; siempre sentí, que tenía algo que ver con mi padre.
Sus ojos se ampliaron.
—Si tu padre se lo dio a tu madre... —empezó.
—¡Podría haberlo comprado en una tienda de empeños! O mi padre podría haberlo comprado allí, si hubiera sido suyo.
De una forma extraña sintió pánico. ¿Era su padre de Escocia?
—Estas apenada. ¿Por qué? No pareces una muchacha de las Highlands, pero creo que estás conectada a mí de alguna manera.
Ella farfullo:
—¡Estoy conectada a ti porque me arrancaste de mi mundo y me trajiste atrás en el tiempo contigo!
Él sonrió a regañadientes.
—Aye
—¿Cómo? ¿Cómo viajas a través del tiempo?
—Esa es la pregunta sencilla más importante de todas, si vas a regresar alguna vez al siglo XXI.
—Lo haré. —Claire le miró fijamente y él le devolvió la mirada—. Algún mago o monje, algún chamán, debe haber encontrado un agujero negro e imaginar accidentalmente como se usaba —dijo finalmente. Y el conocimiento fue cuidadosamente hecho pasar. Le pasó por la mente que si un hombre medieval podía viajar a través del tiempo, seguramente un par de los suyos estaban, secretamente, haciendo la misma cosa.
—No. Es un regalo de los Antiguos.
No podía mirar lejos.
—¿Los antiguos chamanes? ¿Me estás diciendo que el viaje en el tiempo databa de los tiempos precristianos?
—Los antiguos dioses, Claire —dijo suavemente—. Los dioses que la mayor parte de Alba han abandonado.
Ella sintió escalofríos. Su teoría había sido correcta. Alguien, quizá en los tiempos medievales, quizá mucho antes, había tropezado con el viaje en el tiempo. Tal conocimiento sería cuidadosamente guardado y cuidadosamente traspasado. Por supuesto, creía que esa habilidad era dada por los dioses. Su cultura era primitiva. A lo largo del tiempo, la humanidad buscó explicación para los acontecimientos y los fenómenos que no entendían en la religión.
Pero pisaba aguas peligrosas con tales creencias.
—¿Qué antiguos dioses? —preguntó, el miedo surgiendo.
Él solo la miró.
—Si crees que tienes los poderes de un dios, cualquier dios, incluso Jesús, es una herejía.
Su boca se endureció.
—Soy católico, Claire.
Ella se estremeció. Ningún católico creía como él lo hacía. Su mente corrió. La herejía era un crimen serio en la Edad Media. En Europa, la Iglesia había procesado activamente y agresivamente los movimientos heréticos, usando al conocido tribunal de la Inquisición para hacerlo. Los herejes eran excomulgados y proscritos, no ejecutados. Por otro lado, un miembro del movimiento de Lollard había sido quemado por herejía por la Iglesia, justo allí en Escocia. La fecha era inolvidable, porque la gran ola de persecuciones había venido un siglo mas tarde.
—¿Has oído acerca de John Resby?
Sus ojos se ensancharon.
—Aye.
Claire se tensó.
—Fue quemado en la hoguera por sus creencias en 1409.
—Yo era pequeño.
Claire tomo aire.
—Entonces sabes que no deberías hablar tan abiertamente acerca de antiguos dioses y tener poderes que un hombre no debería tener.
—Esto es una discusión privada —dijo oscuramente—. Estoy confiando en ti, muchacha. No tienes creencias fanáticas.
—¿Cómo sabes eso? Pero tienes razón. Ni siquiera soy católica, Malcolm. Soy episcopaliana. —Y eso la hacía una hereje en su tiempo, también—. Tu secreto está seguro conmigo.
Él asintió.
—Si no hubiera confiado en ti, nunca te habría dicho la verdad.
No podía imaginarse porque confiaría en ella, una extraña absoluta. Él añadió:
—Pero vendrás a misa conmigo, Claire.
—Por supuesto, lo haré. No soy idiota, no tengo problemas en cooperar con la ortodoxia hasta que vaya a casa.
Su mirada brilló de una forma rara y se alejó de ella.
—¿Cuántos de vosotros hay? —preguntó sombríamente. Las ramificaciones de sus creencias seguían creciendo. Un hombre que tuviera sus extraordinarios poderes podía ser acusado de hechicería, brujería, asociación con el demonio. Gracias a Dios, las grandes cazas de brujas eran en el próximo siglo, no en este—. ¿Puede viajar en el tiempo Royce el Negro? ¿Es uno de los vuestros? ¿Cree también que sus poderes vienen de los Antiguos? ¿Y como os habéis mantenido en secreto?
Una fría sonrisa se mostró.
—¿Por qué te preocupas de los poderes de Royce?
—Él es diferente, como tú —dijo Claire firmemente.
—No. —Se giró lejos de ella, su postura rígida y apuntó—: Royce es el conde de Morvern, nada más.
Claire vaciló, muy consciente de que Malcolm estaba cerca de discutir ahora. Pero pisaban terreno peligroso y probablemente prohibido. Sus creencias, y su habilidad de viajar en el tiempo, indudablemente era un asunto muy secreto. Pero estaba segura que Royce tenía las habilidades de Malcolm, y probablemente sus creencias, también. Lentamente se acercó a él. Cuando se giró, fue consciente de que solo unos centímetros los separaban, y que no debería usar ninguna treta femenina para conseguir las respuestas que quería. Lentamente, puso la mano en su pecho.
Una enorme sacudida de deseo la apuñaló mientras su mano alisaba la llana camisa de lino contra sus duros músculos.
—Dime. Acaba. Ya me has contado un secreto terrible, uno que amenaza tu vida; cuéntame el resto.
Su sonrisa fue torcida.
—No juegues conmigo, Claire. —Pero sus ojos ardieron y no solamente con cólera. Claire reconoció la lujuria.
—¿Por qué no? —tocarlo le hacia sentir débil y mareada—. Tú has estado jugando conmigo desde el principio.
—Entonces juegas con tu vida.
A pesar de que su pulso palpitaba ahora contra su tanga, sintió más escalofríos.
—No. Confío en ti también. —De una forma extraña, se dio cuenta de que lo hacía—. ¿Cuántos de vosotros podéis viajar en el tiempo? ¿Y por qué lo haces? ¿Perteneces a algún tipo de orden religiosa, una sociedad secreta?
Ella sabía la respuesta.
Su mirada se endureció y su mano cubrió las de ella, presionando su palma más firmemente contra su pecho.
—Haces demasiadas preguntas. No necesitas tantas respuestas.
—¡No es justo! Me trajiste aquí. Necesito saber —gritó. E hizo algo que hubiera sido impensable en Nueva York, deslizó la mano a través del cuello de su camisa, sus dedos acariciaron la pesada cruz y la cadena y luego la colocó contra su caliente piel.
Su sonrisa fue tensa.
—Fuego, muchacha —advirtió.
Algo golpeó su cadera. Claire trató de respirar.
—Dijiste que confiabas en mí. Me trajiste aquí. Soy historiadora, Malcolm, una estudiante. Eso es por lo que sé tanto sobre tu tiempo. Por favor. Tengo que saber. —Le miró implorante.
Él respiró con fuerza.
—Los Maestros han jurado defender a Dios y a los Antiguos, mantener la fe y guardar los libros.
Ella jadeó, temblando con la excitación del descubrimiento.
—Hemos jurado protegeros, Claire, y a otros como tú. Proteger al Inocente. Ese es el más sagrado de los votos, después de los votos que hacemos a Dios.
No podía retirar la mirada.
—Lo sé. No eres el primer caballero en pertenecer a una orden secreta con creencias heréticas. ¿Me dirás el nombre de la orden?
Su risa se pareció a un gruñido.
—No hay un nombre —se alejó de ella, su camisa hinchándose sobre su rígida virilidad.
Ella no podía retirarse ahora.
—¿De qué estás defendiendo a Dios? ¿De qué defiendes a los Antiguos? ¿De qué estás defendiendo los libros y a la gente como yo?
El se giró.
—Del demonio.
Los escalofríos rompieron a través del cuerpo de Claire.
—¿Qué está mal, Claire? Pareces asustada. ¿O has hecho demasiadas preguntas para tu pequeña y linda cabecita? —fue frío, burlón y furioso.
Ella tragó.
—No me preocupa lo condescendiente que seas. Sí, me has asustado. Ambos sabemos que hay mal en el mundo. Sólo que lo haces parecer... organizado.
Su mirada se intensificó, haciéndola querer retorcerse.
—¿No crees en el demonio, muchacha?
Y Claire pensó en su madre. Miraba detrás del raído sofá de paño mientras se escondía, temblando de miedo, deseando que su madre volviera a casa. Una sombra fue a la deriva en la habitación...
—No, no lo hago —jadeó, sudando profusamente ahora—. ¿Quieres asustarme?
Su expresión perdió ferocidad.
—Me empujaste, muchacha. Y me sedujiste con un solo toque. Quiero protegerte, pero tal vez esto sea lo mejor. Tal vez necesites conocer el modo de vida aquí.
Ella aprovechó la ocasión.
—¿Cuántos Maestros hay aquí?
Él hizo un sonido áspero, acercándose a la mesa para servir más vino. Claire se dio cuenta de que no iba a entregar a sus compañeros caballeros.
Cambió de táctica.
—¿Por qué nos atacaron? ¿Quiénes eran esos hombres y que querían?
—Eran los hombres de Moray. Moray quiere la página, Claire. También me quiere muerto.
Ella se tensó, de repente enferma en el alma.
—Moray es tu enemigo.
—El conde de Moray es el enemigo de Dios, Claire. Mandó a Sibylla a tu tienda para encontrar la página. No debe encontrar ni la página ni el libro —añadió con intensidad—. También es tu enemigo.
No podía sacudirse el sentimiento enfermizo.
—Lo sé. Los libros son reliquias sagradas, realmente. Tus tipos luchan por ellos y matarás por descubrirlos y para evitar que tus enemigos los consigan.
—El Cathach está a salvo en su santuario —dijo Malcolm—. He jurado guardar los libros sagrados, Claire. Si el Cladich está cerca, debo usar todos mis poderes para encontrarlo y devolverlo a Iona.
—Sigues diciendo libros. ¿Cuantos hay?
—Tres.
—Conozco el Cathach, es el libro de la sabiduría; el Cladich es el libro de la curación. ¿Qué ofrece el tercer libro?
—Contiene todo el poder conocido por los Antiguos.
El interior de Claire dio una sacudida. De alguna forma, sabía que no era bueno.
—No entiendo.
—El Duaisean contiene el poder para saltar el tiempo, el poder de quitar la vida, el poder de darla. En él está el poder de las mentes, de la esclavitud, de los sueños. Hay muchos mas poderes, también. —Estaba sombrío—. Ese libro, da a cualquiera tales poderes.
Eso sonó terrorífico. Por supuesto, ningún libro podía dar a nadie tales poderes. Y mientras ella no creía en esos poderes, él si lo hacía, y también cualquiera que fuera parte de su orden. Conocía el poder de la mente. A estos Maestros probablemente les habían otorgado los poderes sus creencias. ¿No había visto a Malcolm en acción durante la batalla? Tenía poderes sobrehumanos, o eso era lo que había parecido.
Claire buscó calma y falló.
—¿Dónde está el tercer libro?
Él simplemente la miró.
Oh, mi Dios, pensó Claire. Trató de recordarse que ese libro no tenía poder, pero susurró:
—Lo tienen tus enemigos.
—Aye. Esta con Moray y ha estado con él por mucho tiempo —añadió en advertencia—. Tiene grandes poderes, Claire, y ningún Maestro ha sido capaz de derrotarlo.
Y Moray quería a Malcolm muerto. No quería preocuparse, ese no era su asunto, en absoluto, pero si Malcolm creía que Moray era invencible, nunca lo derrotaría. Repentinamente, no estaba excitada, en absoluto.
En cambio, estaba asustada, no por ella, sino por Malcolm
Cuando Malcolm se marchó, Claire hizo caso omiso de sus palabras antes de partir para descansar. Su cabeza daba vueltas, dormir sería imposible.
Se giró y lentamente paseó por la pequeña habitación, tratando de revisar todo lo que había aprendido. Malcolm era un caballero motivado religiosamente. No había duda de que se tomaba los votos muy en serio y probablemente daría su vida para llevarlos a cabo. Los Maestro había formado una sociedad secreta, de otra forma serían procesados por sus creencias heréticas. De todos modos, no importaba la fe, parecían servir a la humanidad. Eso era admirable y ahora lo admiraba, incluso si no estaba segura de si debería.
Y estaba empezando a comprender totalmente. No había ninguna duda de que los tres libros eran artefactos históricos increíbles. Pero estos hombres creían que los libros tenían grandes poderes, dados por los antiguos dioses. Eran poderosos y otorgaban poderes a reliquias sagradas. Por supuesto, las facciones se formarían para luchar por esas reliquias y matarían por adquirirlos, o para prevenir que cayesen en manos equivocadas.
Este juego de poder no tenía nada que ver con ella, excepto que poseía su propia tienda llena de libros antiguos y raros y Malcolm la había traído atrás en el tiempo con él. Y los hombres de Moray habían tratado de matarla, también. Cambió de opinión. Esta guerra, ahora lo tenía todo que ver con ella. De algún modo, estaba justo en el medio de todo.
¿De que estás defendiendo a Dios? ¿De que estás defendiendo a los Antiguos? ¿De que estás defendiendo a los libros y a la gente como yo?
Del demonio.
Claire no quería teorizar acerca del demonio en la Edad Media. Su plato estaba lleno. Moray era probablemente un noble ambicioso, despiadado e inteligente, y nada más. Tenía el Duaisean, pero no tenía poderes extraordinarios, no importaba que Malcolm lo declarara. Y no era su enemigo, ¿o lo era?
Se puso seria. Si estaba bajo el techo de Malcolm y bajo su protección, entonces probablemente era la enemiga de Moray. No le gustó ese pensamiento.
Incómoda, Claire caminó hasta la estrecha ventana y al instante, desvió su atención.
Las Highlands se desplegaban hasta la eternidad, una mezcla de aguas azul brillante abajo y colinas verde esmeralda arriba. El sol se había alzado, alto y brillante, en un cielo vívidamente azul, sin nubes.
Se agarró al alféizar. La pasada noche había estado en Nueva York, haciendo las maletas para su viaje a Escocia. Su destino era Dunroch y había anhelado encontrarse con el laird de Dunroch. Y él había aparecido en su tienda, llevándola atrás en el tiempo. ¿Cómo podía ser una coincidencia?
Claire tocó el colgante de piedra. Malcolm sentía que ella tenía alguna conexión en su mundo, además de la obvia. Estaba empezando a preguntarse si tenía razón. Y cada vez que estaba cerca de él, había un tirón psíquico intenso, mayoritariamente deseo, pero era más que eso.
No quería mas debates internos. Le faltaban cientos de respuestas, pero no iba a averiguarlo todo ahora. Esta escena era exactamente lo que necesitaba, un breve respiro, un momento de belleza vivificante y paz. Abandonó la habitación, determinada a disfrutar de la vista desde un punto más ventajoso. Realmente necesitaba relajarse, un largo tiempo.
Las murallas estaban un piso por encima de su habitación. No vaciló, encontrando una escalera pequeña y tortuosa al final de un corto pasillo. Se apresuró. En el momento que caminó sobre la pasarela, no lejos de una atalaya, inhaló profundamente, sonriendo finalmente.
Caminó hasta el borde almenado de las murallas, sobrecogida por la belleza de la tierra. ¿En que lugar de Morvern estaban, exactamente?
—Hola, Claire.
La voz era terriblemente familiar. Claire se dio la vuelta para enfrentarse a Sibylla. Su corazón palpitó cuando encontró los ojos negros e insondables de la otra mujer.
Sibylla estaba sonriendo. No estaba vestida como un ladrón moderno, y Claire reconoció el estilo de su vestido. El estilo era popular en Francia entre la nobleza más alta y mucho más indecente que sus homólogos ingleses, el corte bajo, el corpiño y las mangas entallados. Pero ahora, Claire veía el brillo de los ojos de Sibylla. Su expresión era de lujuria afilada.
Sibylla había viajado en el tiempo, también.
—¿Cómo has entrado aquí? —¿Había sido alguien lo suficientemente estúpido como para haber bajado el puente levadizo para ella? ¿O había saltado desde el futuro al pasado, justo allí en el castillo de Carrick?—. Malcolm está dentro.
La sonrisa de Sibylla se tensó.
—No quiero a Malcolm, te quiero a ti. No tienes que estar tan asustada, Claire. No quiero herirte. Te dejé viva, ¿verdad?
—¿Qué quieres? —gritó Claire, nada tranquila.
—Quiero la página —dijo Sibylla duramente, de repente enfurecida—. La tienes, estoy segura. Volví y miré en cada maldito libro. ¡No estaba allí!
Claire jadeó.
—¡Nunca había oído hablar de esa maldita página hasta anoche! ¿Por qué piensas que está en mi tienda, o que la tengo? ¡No la tengo! —miró sobre su hombro hacia la torre. ¿Dónde estaba el guardia?
Sibylla rió.
—Están muertos. Y tengo que cambiar de idea. No me dices lo que deseo saber, así que tendré que herirte, ¿verdad? —sonrió—. El placer es mío, Claire.
Se dio la vuelta para escapar cuando fue agarrada por detrás. Sibylla golpeó su espalda con una fuerza asombrosa. Antes de que Claire pudiera reaccionar, la tenía presionada contra la pared almenada, con tanta fuerza que pensó que su espalda podría romperse por la mitad. Y entonces puso una de sus poderosas manos en su cara, incrementando la terrible presión en la espalda de Claire.
Sus ojos brillaron con sed de sangre.
—He esperado mucho tiempo por esto, Claire. —Y se inclinó más cerca y lentamente, lamió la pulsante yugular de Claire.
No podía respirar ahora. Estaba asustada de romperse en dos si luchaba. Trató de permanecer quieta, mientras Sibylla pasaba la lengua arriba y abajo por su garganta, pero no pudo soportarlo y gritó.
—¡Por favor, para!
—Dime donde está la página o te mataré —murmuró, su boca cerca de la de Claire—. Después de que te haga llorar de placer.
Claire sintió las lágrimas derramarse, porque el dolor en su espalda era insoportable. Justo cuando el enorme muro gris empezó a descender sobre ella, Sibylla la liberó.
Se enderezó, jadeando de miedo, y entonces cayó sobre las rodillas, alcanzando la piedra de su garganta. Las sombras grises retrocedieron, remplazadas por los cielos vividamente azules y los ojos terriblemente oscuros y vacíos de Sibylla.
—Te diré todo —mintió, la espalda contra la pared de piedra. Lentamente se empujó para levantarse.
Sibylla sonrió.
—Tómate tu tiempo. Nadie nos buscara aquí y no me importa si te resistes. —Sus ojos brillaron.
Claire cerró los ojos, sudando por el miedo, su espalda palpitaba. Tenía que engañar a Sibylla y necesitaba ayuda. La mujer tenía una fuerza sobrehumana y si no necesitaba a Claire, probablemente la mataría de la forma más inimaginable.
La piedra escaldaba su mano. Repentinamente, supo que podía hacer. Podía decirle a Sibylla que la página estaba escondida en su tienda, y la mujer tendría que llevarla allí para encontrarla.
Estaría en casa, en su mundo relativamente seguro, pero nunca volvería a ver a Malcolm de nuevo.
Se dio cuenta de que no había ninguna decisión que tomar.
—Esta en mi habitación justo debajo de nosotras.
—Si estás mintiendo, voy a torturarte antes de matarte. Habrá mucho dolor, Claire. Me suplicaras que tome tu vida, pero no lo haré rápidamente.
A pesar de la amenaza de Sibylla, su pánico había retrocedido completamente. Ahora podía pensar claramente, sin esfuerzo.
—No había nadie en el pasillo cuando subí aquí. Malcolm cree que estoy durmiendo. Dudo que nadie nos vea si vamos dentro.
—Irás delante de mí —ordenó Sibylla y agarró el hombro de Claire, sus uñas desgarrando la piel a través de su ropa—. Si nos ven, mueres.
—Bien. —Caminó lentamente delante, todavía sujetando la piedra, que estaba más fría ahora. Cuando se dio cuenta de que había estado agarrándola como la manta de seguridad de un niño, la dejó caer. Empezó a bajar por la estrecha escalera circular cuidadosamente. La adrenalina fluyó.
Sibylla estaba a sólo un escalón detrás de ella.
Claire giró y agarró su tobillo, tirándola hacia atrás tan fuerte como pudo. Mientras Sibylla caía, precipitándose por los escalones por encima de ella, gritó tan alto como le fue posible pidiendo ayuda. Sibylla empezó a levantarse, con expresión asesina. Pero cuando se enderezó, Claire la estaba esperando. Le dio una patada en la cara, una patada frontal de la que su entrenador personal habría estado orgulloso.
Pero Sibylla solo vaciló ligeramente hacia atrás y entonces siguió acercándose.
Claire se giró y corrió, buscando su Taser, pensando, ¡mierda! La mujer era un Terminator femenino y estaba dos pasos detrás de ella. Cabrear a aquella mujer no era buena idea. Y entonces escuchó pasos que corrían y subían por el pasillo, justo debajo de ellas y a Malcolm gritando.
¡Por supuesto, salvaría el día! Claire apareció sobre las murallas, entonces se dio cuenta que Sibylla se había ido.
Se giró, en estado de shock, respirando dificultosamente, mientras Malcolm, Royce y seis hombres salieron a través de la puerta abierta, las espadas sonando mientras eran desenvainadas.
—¡Se ha marchado! —Claire estaba incrédula. Sibylla no la había pasado y no podía haberse dado la vuelta para escapar sin correr directamente hacia los hombres. Se había desvanecido en el aire.
Malcolm envainó la espada, extendiendo los brazos hacia ella. Claire no se lo pensó dos veces.
—Era Sibylla.
Él le levanto la barbilla, sus ojos ardían, mientras Royce ladraba órdenes a sus hombres.
—Te hizo daño.
—Estoy bien. —Empezó a temblar—. Esa mujer tiene la fuerza de una docena de hombres.
Las ventanas de su nariz se ensancharon.
—Estas sangrando en el hombro. —Pero estaba mirando su garganta, como si supiera lo que Sibylla había hecho.
—Estoy bien —gritó cuando Royce dio una zancada, pareciendo incluso más enfadado que Malcolm.
—Sibylla lo pagará —dijo—. Nadie entra en Carrick sin mi consentimiento. —Se giró hacia Malcolm—. Dos hombres están muertos.
Aquella mujer había asesinado con indiferencia a dos hombres, pensó Claire, temblando. Pero Sibylla era el mal puro. Había visto la oscuridad en sus ojos desalmados y rezó para nunca verlos de nuevo.
Pero era peor que eso. Como Malcolm, podía viajar en el tiempo.
Royce se giró hacia Claire.
—Si os hubiera querido muerta, estaríais muerta, también.
Claire se mojó los labios.
—Piensa que tengo la página.
Ambos hombres la miraron fijamente, los ojos dilatados. Malcolm se giró hacia Royce.
—Sibylla no la tiene, pero yo sé quien la tiene.
Royce pareció infeliz entonces.
—Malcolm.
—No, no trates de detenerme ahora.
Claire no tenía ni idea de lo que aquel cambio significaba. Pero ahora que la adrenalina se había ido, se dio cuenta de que estaba temblando y exhausta. Se sentía violada por lo que había hecho Sibylla y por lo que quería hacer.
De repente, como si lo supiera, Malcolm se giró, puso sus manos alrededor de ella y la mantuvo derecha.
—Venga, muchacha. Hablaremos dentro.
Claire asintió y volvieron por las escaleras. Las imágenes destellaron y vio su breve lucha con Sibylla, la cara pálida y furiosa de la mujer, sus ojos negros y espantosos.
—¿Cómo hice tal enemigo?
Malcolm la guió a la habitación y directamente a la cama. El interior de Claire se tensó al instante y le miró. Su mirada encontró la de él.
—Esta vez, Claire, obedéceme. —Apartó el cobertor de piel y tomo su brazo, guiándola al colchón.
Claire tiró de sus botas de cowboy y se deslizó bajo las mantas. Él arregló la almohada detrás de su cabeza, su expresión mortalmente seria, su mente claramente ajena a sus acciones. Pero la estaba mimando excesivamente y algo se derritió en su corazón. ¿Cómo podía aquel hombre poderoso, arrogante y presuntuoso rebajarse a colocar sus almohadas? Tal vez no debería haber sido tan rápida en estereotiparle, pensó.
Ella tocó su mano. Las chispas saltaron, nunca se habían extinguido realmente, no cuando estaba cerca.
—¿Qué es?
Él encontró su mirada, vaciló, entonces se sentó a la altura de su cadera.
—Había jurado protegerte y casi mueres hoy. No una, sino dos veces.
Ella no quería pensar en todo lo que había pasado en las murallas con Sibylla.
—¿Por qué piensa que tengo la página? ¿Porque soy propietaria de una librería especializada?
—Porque no la encontró en tu tienda. —De repente, le levantó la manga—. Esto es un arañazo.
Claire no se preocupaba sobre los arañazos.
—¿Y que? ¿Por qué todo el mundo piensa que está allí, de todas formas?
—No lo se, Claire. Si Moray mandó a Sibylla a tu tienda, creo que la página está allí o lo estuvo alguna vez.
Absorbió eso.
—¿Cómo entró en Carrick? Saltó en el tiempo, ¿verdad? Para escapar.
—Moray distribuye los poderes del Duaisean con gran cuidado. La hizo fuerte para que pudiera matar a sus enemigos y puede saltar en el tiempo para servirle mejor. Aye, probablemente desapareció en el futuro cercano.
Claire se tensó. No le gustaba el hecho de que los chicos malos pudieran viajar a través del tiempo, también. Empezó a comprender que la mujer nunca podría ser capturada si simplemente podía saltar a otro tiempo. Sin embargo, ese era el menor de sus problemas. Impulsivamente, tocó el brazo de Malcolm.
—¿Puede repartir poderes?
—Aye. ¿Por qué crees que sus ejércitos son tan poderosos? No son hombres normales, muchacha.
Ella empezó a respirar rápida y superficialmente.
—Sé que crees en los libros, pero yo no. Sus ejércitos son humanos normales. Ella es normal, incluso si su poder es sorprendente. —Se dio cuenta de que estaba cerca de las lágrimas, pero que estuviese cerca de la histeria era por la sobrecarga y el agotamiento.
Él permaneció sombrío.
—Entiendo que no deseas escuchar la verdad, pero es peligroso para ti ahora, Claire. Necesitas entender la verdad del mundo.
Entendió que podía perderlo si decía otra palabra.
—No te atrevas —gritó.
Su mirada estuvo buscando, entonces se suavizó.
—Muchacha, mañana nos iremos a casa y discutiremos estos asuntos. Estarás a salvo allí. —Sonrió de forma tranquilizadora—. Las paredes de Dunroch son gruesas y seguras. Tengo asuntos que atender, pero no me iré por mucho.
A Claire le tomó un momento entenderlo. Se incorporó.
—¿Intentas abandonarme en Dunroch? ¡Absolutamente no! ¡Voy contigo! —gritó. Y se dio cuenta que no deseaba estar separada de Malcolm. Era una cuestión de seguridad.
—No puedes venir conmigo, muchacha. No me iré por mucho. Unos pocos días, una semana, no mas.
—Una semana —jadeó, horrorizada—. ¿Dónde vas? ¡Has jurado protegerme! ¡Sibylla puede decidir hacer una hamburguesa de mí mientras estás fuera! ¿Y que hay de Aidan y de Moray? ¿Piensa Moray que tengo la página, también?
—Tengo que hablar con MacNeil. Voy a Iona, y luego, a Awe.
Ella apenas se preocupó. Le agarró ambas manos.
—Llévame contigo. No me dejes atrás.
Su mirada se centró en la de ella. Su boca bajó y sus ojos se llenaron de un tormento que ella no entendió. De repente, tocó su garganta.
—Seré el que la mate —dijo rotundamente.
Y sus yemas acariciaron el lugar exacto en el que Sibylla la había lamido. Sus yemas gruesas y callosas hicieron que un estremecimiento delicioso surgiera.
—No me hizo daño. Soy una cobarde. Estoy cansada. Y lo admitiré, un poco fuera de mí.
—Estas asustada. Moriré antes de permitir que seas herida, Claire.
Claire permaneció quieta, y maldita fuese, sintió un estremecimiento.
—Por tus votos —susurró de alguna forma.
—No. Por ti, muchacha. Por ti.
El corazón explotó en su pecho.
Cuidadosamente, él miró de sus ojos a su boca.
Tanto deseo la hacia sentir débil. Claire sintió la enorme tensión que palpitaba entre ellos.
Su mirada lentamente subió. Y entonces se inclinó hacia ella y besó su garganta.
Ella jadeaba mientras su boca acariciaba la piel donde había sido violada. Y cuando el pulso en su sexo explotó con urgencia, sujetó su mandíbula fuerte y barbuda. La promesa de tanto sexo crudo recorrió el cuarto. ¿Importaba algo que él no la amase y ella no le amase? Nada había importado menos.
Él se enderezó y la miró.
—Está bien. —Claire respiró, deseando animarlo.
Él estaba en silencio.
—Jugamos con fuego, muchacha —dijo silenciosamente.
—¡No me importa!
Su mirada fue otra vez a la deriva hasta su boca y supo que finalmente iba a besarla. Y no podía pensar ni una sola razón por la que no debiera.
—Fuego —dijo severamente—. Y el mal.


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:42 pm

Capítulo 6

Malcolm acarició con su boca la de ella.
Claire no se movió. Había deseado besar a este hombre por mucho tiempo, y la caricia, ligera como una pluma, de sus labios envió demasiado deseo a través de ella. Nunca había sido besada por un hombre tan poderoso y no había conocido un beso tan gentil, tampoco. Gimió suavemente, alzándose hasta sus anchos hombros. Dios bendito, deseaba que profundizase el beso.
Tenía una mano a cada lado de ella, presionado contra la cama, mientras jugaba con sus labios, lenta pero insistentemente, besándola una y otra vez. La presión aumentó constante, su lengua empezó a moverse rápidamente en la comisura de los labios. Claire no podía soportarlo. Gritó.
Permaneció quieto. No se preocupó. Agarró sus hombros, gimiendo descaradamente, empujando su lengua contra los labios, exigiendo mientras abría más los muslos. Por un instante, no se movió, ni siquiera para devolverle el beso, mientras ella, desesperadamente, empujaba su lengua a través de su fuerte boca cerrada. ¿Por qué estaba haciéndolo?
Y entonces él le cogió la cabeza con sus poderosas manos. Se quedó quieta y él la beso duro, invirtiendo los papeles al instante. Su beso era tan exigente que sintió la pared contra su cabeza a través de las almohadas.
Y Claire le devolvió el beso, sorprendida de que tanto placer se pudiera obtener de un beso. ¡Y maldita fuese, un beso no era suficiente!
Mientras él saqueaba su boca, su lengua se cerró fieramente sobre la de ella. Claire recorrió con sus manos su pecho duro, deseando que la maldita túnica desapareciera. Deseaba sentir cada pulgada de su piel, explorar sus músculos, probar cada pulgada. Encontró el cuello y deslizó la mano a través de él, apartando la cruz que llevaba, jadeando cuando sintió su piel desnuda y caliente bajo la palma. Era tan bueno...
Él gruñó. Trató de mover la mano más abajo, pero era imposible, el cuello no era tan profundo. Sacó la mano y desesperadamente, acarició su caja torácica y el duro y tenso abdomen sobre la túnica, hacia su ombligo. Gritó salvajemente cuando sintió su enorme erección caliente y tersa empujando contra ella.
Iba a morir si no la tomaba con aquella dureza...
Él apartó la mano de su pene, su apretón inflexible, rompiendo el beso mientras lo hacía.
—No, muchacha. —Respiró firmemente, sus ojos brillando salvajes.
—Maldito seas —lloró ella, retorciéndose con una urgencia que no podía soportar. Logró mirarlo a través de las lágrimas, jadeando con fuerza. Sorprendida, Claire se dio cuenta de que permanecía firme a alguna idea tonta que tenía sobre no acostarse con ella. Furiosa, desesperada, deseaba golpearlo, pero le sujetaba ambas muñecas y no había forma posible de hacerlo.
—Necesito dejarte —dijo severamente, y la liberó.
Claire se levantó, los puños volando, aporreando su pecho.
—¡Claro que no!
Él usó el antebrazo para apartar los golpes de la forma que haría con una mosca. Entonces, colocó su mano bruscamente sobre su rodilla desnuda, presionando su pierna contra la cama.
Ella permaneció quieta, su corazón casi explota con la comprensión, anticipación, un fuego insano lamiendo entre sus muslos.
—Sí —susurró.
Su rostro, duro y tenso, sus ojos brillantes. Deslizó la mano hacia arriba por su pierna y bajo su falda, todo el camino hacia la húmeda hendidura.
Jadeó, hundiéndose contra las almohadas, arqueándose descaradamente para él.
—Deprisa —dijo con voz ronca.
Sus ojos llamearon, más brillantes y Claire se tragó las calientes lágrimas cuando sus nudillos acariciaron su palpitante sexo cubierto de seda. Movió sus largos dedos callosos bajo el tanga, y los mantuvo suspendidos sobre su carne. Sus nudillos se instalaron profundamente, donde estaba más sensible y dilatada.
—Oh Dios —jadeó Claire.
—Aye —dijo de forma densa, y subió la falda hasta su cintura, la mirada fascinada sobre ella.
—Vistes un hilo. Un hilo con encaje y cuentas.
—Por favor —susurró Claire.
Bordeó con el pulgar lentamente sobre uno de los labios dilatados, después bajó por el otro. Claire corcoveó mientras el pulgar trazaba la hinchada línea de su clítoris. Ella sucumbió y se corrió, estallando en cientos de pedazos, gritando su angustia, placer y éxtasis.
Y entonces sintió su lengua, probándola allí.
La presión, deliciosa y atormentadora, se renovó con fuerza impresionante, mientras su fuerte lengua la probaba, la acariciaba, le daba vueltas. ¡Había sido tan largo y nunca como éste! Se corrió otra vez, llorando, gimiendo, desollada por su boca, gritando en parte de placer, en parte de dolor. No paró, probando su umbral, presionando contra ella de nuevo, provocándole un orgasmo aun mayor y más violento. Sollozó y su lengua finalmente se detuvo. Jadeó, respiró y finalmente flotó de vuelta a la cama.
Claire se tumbó, incapaz de moverse. No estaba segura de cuanto tiempo le había hecho sexo oral, pero había tenido tantos orgasmos que había perdido la cuenta. Su cuerpo, en realidad dolía ahora. Y Malcolm no se había corrido.
¿Qué acababa de pasar? ¿Cómo había dejado que pasara? ¿Y en cuanto a su placer? De nuevo estaba cuerda. No se reconocía. ¿Era esta su idea de juegos preliminares?
¿Iba a tratar de montarla ahora, cuando finalmente estaba saciada, ella, que no había logrado saciarse, ni una sola vez en su vida, por nadie?
Se mordió el labio, sorprendida cuando una oleada de deseo se formó con el pensamiento de él moviéndose sobre ella, dentro de ella. Pero él estaba inmóvil. Su mejilla descansaba íntimamente sobre su muslo y era sumamente consciente de la enorme tensión del cuerpo duro y rígido.
—Malcolm. —No reconoció su propia voz.
Finalmente, se dio cuenta de que estaba en medio de algún tipo de batalla interna.
Respiró dura y severamente. Su mano se movió sobre su sexo, solo una vez, una caricia barredora.
Abandonó la cama, lanzando el cobertor sobre ella, y sus miradas se encontraron.
Instantáneamente se sentó, alarmada. Sus ojos brillaron con lujuria. El hambre que vio era francamente terrorífica. Su cara era dura y una enorme erección se levantaba contra el lino, haciendo que su boca se secase y su corazón corrió de nuevo. Claire levantó la mirada hacia sus ojos brillantes, empezando a temblar.
Murió tomando su placer de mí.
Tal vez esa mujer hubiera muerto porque era tan sexual y tan fuerte.
Era un pensamiento horroroso.
Él se giró y se fue.
Claire jadeó, con los ojos muy abiertos. Cada instinto era de correr detrás de él, pero, ¿por qué? No necesitaba consuelo, ¿verdad? Necesitaba sexo, pero había dado, no pedido, nada a cambio. Se inclinó contra las almohadas, asombrada. Tal vez fuera tiempo de reconsiderar su opinión sobre él.

Permaneció completamente quieto sobre las murallas, entre dos torres, el susurro de una brisa temprana de la mañana aplanaba la camisa contra sus hombros desnudos, su mano agarraba la empuñadura de la espada. La tensión vibraba dentro de él. Un frío glacial había cubierto Urquhart en el momento en que había pasado a través de la caseta del guarda. Moray estaba esperándole.
Su estómago se anudó. Había habido muchas advertencias y las había ignorado todas. Miró hacia arriba del hogar y hacia abajo, pero nadie más estaba presente. Miró hacia abajo, primero en el terreno fuera de las murallas a los campesinos allí, y después al vientre azul plateado del cabo Ness.
Una brisa pasó, susurrando su nombre:
—Calum
Y la voz no era el viento, sino Moray. El señor de la oscuridad, su enemigo mortal.
Tembló con rabia y odio, y abrió la puerta de madera de la torre de piedra.
La oscuridad fluyó sobre las murallas como una tormenta que se acercara, embotando la luz del sol naciente, y por un momento, no pudo ver.
Moray le sonrió.
Sus dientes eran sorprendentemente blancos. Su piel estaba bronceada por siglos de sol, pero parecía tener treinta y cinco, si acaso. Iba vestido a la manera de la corte inglesa, unos calzones escarlata, un bonete doble de lana negra, una capa roja y negra sujeta sobre el hombro por un broche de oro y rubíes. Moray era el Defensor del Reino y el consejero favorito del rey Jacobo.
—He estado esperándote, Malcolm —ronroneó Moray, sonriendo.
—Estoy cansado de esto.
Moray parecía disfrutar, su sonrisa se amplió.
—Entonces, ¿qué te ha tomado tanto tiempo? —alzó la espada y esta sonó mientras se deslizaba de la funda.
El pensamiento desapareció. La cordura se había ido. Sacó su espada y se lanzó.
—¡A Bhrogain!
Moray encontró el golpe fácilmente, y cuando las dos enormes espadas se encontraron, supo que se estaba enfrentando al tipo de fuerza y poder que nunca se había imaginado. Nunca había perdido una batalla, pero en ese momento, dudó de su habilidad para vencerlo.
Desvió cada golpe como si fuera un niño en pañales.
La batalla se volvió absurda. Moray jugó con él mientras no hacía ningún esfuerzo para manejar su espada. Debería haber escuchado, debería haber esperado. Sus poderes eran demasiado nuevos, demasiado inmaduros. Y repentinamente Moray empujó, pasando sus defensas y su espada se hundió profundamente en el músculo y la carne, hasta el hueso.
Jadeó cuando una terrible compresión empezó, acompañada de un dolor ardiente y calor.
Moray sonrió, empujando la hoja más completamente en su cuerpo, a través de tendones y músculos, y estuvo totalmente ensartado contra la pared. Se retiró, la hoja goteaba su sangre.
Trató de luchar con la repentina y terrible ola de debilidad, pero fue imposible y se hundió en el suelo. La torre había permanecido sorprendentemente quieta. Se ahogó por el dolor, la furia, la sangre, dándose cuenta que Moray había desaparecido.
Cerró los ojos fuertemente, pero no contra el dolor ardiente en su pecho. Todo en lo que podía pensar eran los sagrados votos que recientemente había hecho. Había hecho voto sobre los libros antiguos y sagrados en el lugar santo, para defender a Dios y a la humanidad. Pero el demonio solo había dejado la torre, cazaría al Inocente de un lado al otro del reino, en todos los tiempos.
Y en ese sorprendente momento de claridad y comprensión, sabía que debía vivir para proteger al Inocente, como Brogan y sus antecesores hicieron.
Una terrible lujuria comenzó. Era la lujuria de vivir, y rugía.
De algún modo, se movió sobre sus pies, agarrándose el pecho sangrante. Su cuerpo gritaba por vida. Los impulsos empezaron de repente, al instante comprendió el impulso de tomar el poder para poder restablecerse. Pero estaba solo y su vida era drenada rápidamente. Mientras la muerte se arrastraba sobre él, rezó a los Antiguos que habían traído a los primeros Maestros a la tierra.
Una mujer se apresuró en la torre, gritando su nombre con alarma.
Estaba cerca de morir. Estaba desenfocada en el contorno, bailando delante de sus ojos, la torre nadaba en sombras grises. Y estaba sorprendido, porque sabía que había sido enviada para él.
Corrió hacia él. Antes de que incluso le hubiera tocado, se dio cuenta que era joven, sana, saludable y llena con tanta fuerza de vida que le ahogó. Se estiró hacia ella. Le ayudó a levantarse y sintió el poder, fluyendo por sus venas.
Gritó, aliviado.
Ella se tambaleó y él la sostuvo. Con cada momento de unión, su fuerza volvió, incrementándose e intensificándose. Era bueno... y se volvió triunfante.
Echó la cabeza hacia atrás contra la pared, gritando mientras el poder crecía dentro de sus venas. Y con el aumento de la fuerza, volvió la sensación de invencibilidad, la comprensión de que no moriría. La euforia rugió en él, nunca había conocido tanto poder. Nunca había conocido tal éxtasis. Sorprendido, se dio cuenta de que sus venas se habían dilatado, también. Incluso más éxtasis le llamaba.
La empujó mas cerca de él para que pudiera sentir su lujuria, y sus ojos se ensancharon.
—Aye —dijo bruscamente—. Déjame darte placer, muchacha.
—Milord —susurró, rodeándole con los brazos.
Se volvió de espaldas a la pared, apartando su camisa y sus faldas. Y no pudo esperar. Apartó sus muslos y se empujó duro, directo y profundamente. Y mientras llegaba, tuvo que tomar incluso más de ella, se sentía demasiado bien.
Estaba cegado por la lujuria, el poder, el éxtasis de ella, el suyo. Su vida se movía desde ella en olas enormes, rabiosas y el poder aumento cien veces más. Ella lloraba y suplicaba. Él no se enteró. Había estado de juerga desde que tenía catorce y nunca había experimentado tanto éxtasis, ni supo que existía. Se corrió de nuevo, sus entrañas nunca se aflojaron. Tenía mas virilidad de la que un hombre normal debería reclamar.
Este era un poder con el que no había soñado.
Y el poder lo cegó, manteniéndole grueso, permitiéndole una resistencia terrible. Aulló su placer a la salida del sol. Esta vez sería capaz de matar a Moray.
Y entonces se dio cuenta de que la mujer estaba finalmente quieta.
Miró su pecho. Su camisa estaba empapada de sangre, pero la herida estaba cerrada. Había sólo una cresta cicatrizada sobre el pezón izquierdo.
Le debía su vida a esta mujer. Acunándola, lleno de gratitud, con cuidado la dejó en el suelo. Se quitó la capa y la extendió sobre ella, entonces se levantó. Y se dio cuenta de que Moray estaba presente.
El demonio salió de las sombras, sus ojos encendidos y rojos.
Y se estaba riendo de él, Malcolm lo sabía.
El temor comenzó. La criada yacía, inmóvil.
No. Se arrodilló a su lado. Le giró la cabeza hacia él y encontró sus ojos azules abiertos y sin expresión.
—Bienvenido, hermano. Bienvenido a los placeres de la muerte.

Malcolm se puso de pie abruptamente, lanzando su taza de vino salvajemente al hogar. Era medianoche, y estaba solo en el gran salón, excepto por un par de perros lobos estimados. Los perros le miraron, impasibles.
No se había permitido pensar en Urquhart en meses. Había empleado tres años expiando sus pecados, luchando con la culpa. Había pensado que tenía el control firmemente. Había habido cientos de mujeres desde Urquhart, pero no había habido tentación. Pero eso era una mentira.
No tenía el control. Pensó en Urquhart ahora. Y luego pensó en la mujer que dormía en el piso de arriba, otra criada inocente, una mujer que era tan seductora, que deseaba probar su vida.
Tres años atrás, había pensado en sí mismo como el cazador, pero había estado equivocado. Moray le había cazado; había cazado su alma.
Y ahora, la mujer le tentaba de una forma inimaginable. Pensó que su alma estaba a salvo, pero estaba equivocado.

Claire fue convocada al alba siguiente. Sus ojos apenas abiertos, encontraron la mirada de un chico pequeño que la empujó, le sonrió y la invitó a vestirse y comer. Gesticuló rápidamente hacia la puerta y se marchó. Ella se sentó, arrimando una piel a su cuerpo, sintiendo como si tuviera una resaca enorme.
Pero no tenía resaca, no en el sentido convencional de la palabra. Y su pulso se aceleró cuando recordó que estaba en la Escocia medieval, y la noche pasada, Malcolm le había hecho el amor.
Sintió el puño del deseo golpeando su pecho y vientre. Miró su habitación, al pequeño fuego en el hogar, la mesa raquítica donde estaba un jarro de agua, y la estrecha ventana. El postigo había sido abierto y el cielo fuera estaba rojizo.
Aunque no había creído ser capaz de pegar ojo ayer, el agotamiento rápidamente la había reclamado después de que Malcolm se hubiera marchado. Había dormido como un tronco hasta el golpe en la puerta de la habitación.
El chico claramente deseaba que se diese prisa, y sabía por qué. Estaba muy despierta ahora. Iban a ir a Dunroch. Una excitación genuina comenzó.
Pero también había aprensión. Era la luz de un nuevo día. Estaba a punto de ver a Malcolm, y ayer, bueno, se había comportado como una mujer que no conocía. Y maldita fuese, no iba a olvidar nunca como le había dado placer, sin pedirle nada a cambio.
Claire se lavó, usando el agua helada, esperando que fuera lo suficientemente caballero para no comentar lo que había pasado entre ellos. ¿Y sobre Sibylla? ¿Cómo sería de seguro su viaje? Echó el plaid de Malcolm sobre sus hombros, su turbación aumentando, y bajó las escaleras. Sólo las criadas de servicio estaban en el gran salón y se sintió decepcionada, incluso si no quería estarlo. Tenía hambre, no estaba segura de cuando había comido por última vez. Se sentó ante una enorme bandeja de pan, queso y varios tipos de pescado ahumado, así como un tazón de gachas de avena. Comió rápidamente, usando un tenedor de dos puntas, un cuchillo ordinario y una cuchara, impaciente por dejar el salón. Mientras comía, mantuvo la mirada hacia la gran puerta, pero no se abrió.
Apartó la bandeja. Tendría que enfrentar a Malcolm más tarde o más temprano, y no sabía que decir, como actuar o que hacer. Pero tenía que hacer frente al hecho de que no tenía excusas. Sería hipócrita pretender tenerlas. Había necesitado una noche como esa.
Sintió las mejillas arder. Malcolm era un amante generoso. Iba a romper todos los estereotipos. Nunca volvería a pensar en él como en un macho medieval idiota de nuevo. Era definitivamente complicado, intrigante y muy, muy sexy. No le importaría compartir su cama.
El mero pensamiento la hizo sentirse débil y mareada.
No vayas allí, se advirtió, dirigiéndose hacia la puerta. Se conocía. Si alguna vez realmente dormía con él, se enamoraría. Y esa era una mala idea. No debía ser cariñosa con él. Sólo una tonta o una loca se preocuparía por Malcolm, considerando las circunstancias. Se advirtió de mantener su interés por él como algo puramente académico.
Abrió las puertas y se encontró con una ráfaga del viento helado de las Highlands; no importaba que fuera verano. Se detuvo en lo alto de las escaleras. Una docena de hombres estaban montando sus caballos en el otro vestíbulo. Justo debajo de ella, Malcolm estaba de pie al lado de dos caballos ensillados, hablando con Royce. Como uno, ambos hombres se giraron para mirarla.
Su mirada encontró la de Malcolm y se ruborizó. Eso era, pensó, de lo más incomodo. Eran virtualmente extraños. Empezó a bajar las escaleras, evitando sus ojos.
Probablemente pensaba que era realmente rápida y de moral dudosa, aunque eso no podía estar más lejos de la verdad.
Malcolm caminó a zancadas hacia delante.
—¿Dormiste bien? —preguntó. Su mirada era directa y observadora.
Si se refería a que físicamente había sido tan saciada que se había desmayado, no podía decírselo.
—Sí. ¿Y tú?
Quiso ser educada, pero en el momento en que habló, deseó no haberlo hecho. Probablemente se había sacudido y dado vueltas toda la noche.
Su mirada se intensificó. Entonces se encogió de hombros, su mirada bajando hacia su garganta. Empezó a desprender el broche con el que había cerrado torpemente su capa.
—Necesitas ropa —dijo—. Me ocuparé en Dunroch.
Barrió la capa larga y de forma curiosa de sus hombros, la sacudió, la dobló, no lo suficientemente uniforme y la cubrió con ella, sujetándola a un hombro. Ahora caía hasta sus rodillas, cubriendo firmemente los muslos y la falda.
Ella tragó.
—Gracias.
La mera caricia de sus manos causó un estremecimiento de placer. ¿Cómo iba a mantenerse centrada en los libros, el lugar sagrado, la sociedad secreta, todo menos en el hombre mismo?
Su mirada se centró en la de ella.
—No soy el único hombre con ojos —dijo con una sonrisa ligera. Cabeceó hacia Royce, cuya expresión era irónica.
A Claire no le importaba si su tío había estado mirándole abiertamente las piernas o algo más. Era difícil pensar claramente con Malcolm cerniéndose sobre ella, siendo posesivo. Deseaba poder decirle lo que pensaba de la noche anterior. Probablemente, tenía una mujer diferente en sus brazos cada noche, lo que significaba que su pequeño interludio no era un gran trato para él. Y eso era lo mejor. Porque estaba lejos de ser un trato para ella, y necesitaba mantener una buena perspectiva, no importaba cuan fuerte pudiera ser.
Ayudó a Claire a montar y se dio la vuelta para subirse en su propia montura. Ella se dio cuenta de que le habían dado el caballo ms viejo y tranquilo, por lo que estaba agradecida. Lo movió hacia Royce.
—Gracias por la habitación, la cama y el desayuno —dijo.
—Fue un placer, lady Claire. Buen viaje.
Su sonrisa fue completamente masculina y sólo un poco sabedora. Claire esperaba no haber sido tan ruidosa que anoche la hubiera oído gritar.
—Adieu. —Enrojeció y movió su caballo, pasándole.
Malcolm señaló la cabalgata y las tropas formaron una línea detrás de él y Claire. Él se giró hacia Royce.
—Hablaré contigo antes de volver de lago Awe.
Royce asintió pero agarró la brida de Malcolm.
—No hagas nada precipitado.
Malcolm rió tensamente. Entonces levantó la mano, echó un vistazo a Claire, y se movieron hacia el pasaje bajo la puerta del guarda. Después de pasar por el oscuro túnel de piedra, montado lado a lado sobre la trampilla a través de las sombras oscuras, la luz del sol fuera fue casi cegadora.
Una nueva tensión se apoderó de ella mientras abandonaban el húmedo y frío pasaje.
Era otra mañana medieval, su segundo día en el pasado. Había pasado tanto desde el salto que se sentía como si hubiera estado semanas en el siglo XV. Aunque no sabía si el viaje de Carrick a Dunroch era seguro, había estado demasiado excitada para preocuparse. Dunroch había sido su meta desde el principio y para esa tarde, estarían allí. Pronto estaría en el santuario de Iona, porque iba a ir con Malcolm, no importaba lo dijera y lo que quisiera. No iba a ser dejada atrás.
Porque era un santuario, estaba guardado por los Maestros. Malcolm le había dicho indirectamente eso. Estaba descubriendo una sociedad secreta que ningún historiador había revelado.
Estaba viviendo la historia de las Highlands. Esta era una oportunidad increíble. Su miedo había disminuido hacia mucho. Había sobrevivido al viaje en el tiempo, una batalla brutal, un asalto violento y a la lujuria de Malcolm, y todo en el lapso de algo más de veinticuatro horas.
No sabía cuando volvería a casa, aunque estaba determinada a hacerlo. Hasta que ese momento llegase, iba a aprovechar este giro del destino. Iba a centrar todo su interés en la sociedad secreta, los libros secretos y las guerras políticas engendradas por ellos, y evitar a Sibylla, también. E iba a olvidar lo que había pasado la noche anterior. Malcolm parecía indiferente. Sería indiferente, también. Era mejor estar separada de cada forma posible. Su atención sobre Malcolm sería como si fuera un artefacto de tipo histórico, porque era un laird y un Maestro del siglo XV.
Él la estaba mirando. Esperaba que no sintiera sus pensamientos.
—Es una mañana magnífica —dijo sonriendo.
Mientras hablaba, un águila se levantó sobre sus cabezas.
—Aye —dijo llanamente, su tono evasivo, su mirada aguda—. Aye.

Dunroch era tan oscuro como las altas rocas sobre las que se asentaba. Debajo había playas con rocas esparcidas y la vasta enormidad del océano Atlántico, gris metal. Mas allá, cubierto por la niebla, estaba el pico de Ben More. Inhaló mientras conducía su caballo hacia la barbacana.
Solo había pasado una hora en Dunroch hacía dos años, y no había venido a caballo y luego en barco, remando a través del estrecho y del océano con seis hombres de las Highlands. Había llegado en un coche alquilado, conduciendo a través de carreteras descuidadas, dirigiéndose hacia el sur y al oeste a lo largo de la orilla para llegar a Dunroch antes de que cerrara. Había sido una tarde gris entonces, también. La isla a menudo era golpeada por las inclemencias del clima oceánico, pero había habido coches aparcados justo fuera de las paredes del castillo. No había estado la barbacana, sólo algunos grupos de piedras que indicaban que alguna vez estuvo presente.
Ahora, el foso que rodeaba por tres lados al castillo, estaba lleno. El lado oeste se asentaba sobre rocas escarpadas que caían sobre el océano. Ella y Malcolm esperaron sobre sus monturas, mientras el puente levadizo era lentamente bajado sobre el foso por lo que Claire sospechaba que era un sistema de poleas.
Ella tembló, la boca seca. Era tan diferente; era sorprendentemente lo mismo.
—Muchacha, las habitaciones públicas cierran en una hora. Puedes volver el jueves y no tiraras el dinero —le dijo un desdentado escocés con el pelo blanco, tratando de ser útil.
Claire estaba mareada y débil, probablemente por haber conducido a una velocidad suicida a través de la isla por el lado equivocado de la carretera.
—No estaré aquí el jueves, me voy a casa mañana. —Había comprado los tickets, apenas incapaz de concentrarse en el hombre que se los vendió, deseando que no se moviera con tal enfurecedora lentitud. Había temblado con excitación y tensión. Y mientras se había apresurado sobre el puente levadizo, había pensado: Este es.
Claire se dio cuenta de que el puente estaba bajado y Malcolm estaba esperándola para que se le uniese. El puente levadizo era mucho menos elaborado que el de Carrick, y éste comprendía una torre amplia y circular. Solo llevó un momento pasar por debajo.
Había olvidado los sentimientos intensos que había tenido entonces, pero estaba teniendo los mismos sentimientos ahora. Dirigió su yegua hacia el alto, mirando a la parte frontal del castillo. Y las mismas palabras susurraron a través de su mente.
—Este es.
Se quedó rígida, mirando alrededor del patio interior y al patio exterior que estaba al norte, dentro de las paredes de las murallas. Sabía que Malcolm estaba mirando pero no podía mirarle, porque su mente estaba girando.
Sus vacaciones completas habían sido planeadas alrededor de este lugar, con la esperanza de encontrar al laird de Dunroch. Si pudiera aceptar que este era su destino, entonces había una pregunta monumental: ¿Por qué?
Seguro, seguro que no podía ser sobre Malcolm.
—Estas encantada, muchacha —dijo Malcolm—. ¿Te gusta mi casa?
Apartó la mirada de las cabras y las ovejas del patio mas abajo, mojándose los labios. Su corazón revoloteó.
—Estuve aquí antes, hace dos años. ¿Por qué, Malcolm? ¿Por qué crees que estoy aquí ahora, en tu tiempo, no en el mío?
—Entiendo que quieres decir por que te he traído de vuelta. —Estimuló su caballo hacia delante y Claire le siguió. Varios hombres se habían materializado desde el vestíbulo en el patio. Un escocés alto y con el pelo blanco se apresuró hacia ellos.
Él desmontó enfrente de la entrada principal del castillo, una puerta de madera panelada y tachonada cerraba otra torre. Le dio el caballo a otro hombre.
—Me hago las mismas preguntas, muchacha. Los Antiguos tienen caminos extraños e inexplicables.
¿Significaba esto que también creía en el destino? ¿En cuanto a Sibylla? ¿Creía que podía intentar encontrarme aquí? Habían estado esforzándose para no perder el control sobre el hecho de que otra mujer estaba siguiéndola alrededor de las Highlands, aparentemente con algo pendiente contra ella.
Su cara se oscureció.
—Sería un idiota para hacer esto. Estoy listo para ella y los de su clase ahora. —Le ofreció otra sonrisa, antes de estirarse para ayudarla a desmontar.
Antes de que Claire pudiera preguntar como estaban listos para ella y que, exactamente, quería decir “su clase”, un chillido estridente sonó. Se giró y vio un pequeño chico volar a los brazos de Malcolm. Le tomó un segundo darse cuenta de que era su hijo, y su interior se tambaleó con una fuerza enfermiza.
Malcolm giró al pequeño chico moreno. Entonces hablo rápidamente, en francés.
—¿Obedeces a Seamus, muchacho?
—Sí, padre, lo hago. Incluso he montado un semental —dijo orgullosamente—. Va a haber una gran cena esta noche.
Malcolm acarició el pelo del chico, sonriendo con aprobación.
El hombre con el pelo gris caminó hacia delante.
—Hay un excelente estante en la pared, Malcolm. Una docena de puntos.
Él sonrió y golpeó su hombro.
—Seamus, Brogan, me gustaría presentaros a nuestra invitada, lady Camden. Viene del sur —añadió. Sus ojos centellearon cuando su mirada encontró a Claire.
Ella no podía sonreír. Malcolm estaba casado.
Se sintió débil e incapaz de moverse. Permaneció sentada sobre su caballo. Por supuesto que estaba casado. El matrimonio era una herramienta importante en el equilibrio de poder siempre cambiante entre los grandes nobles y el rey. Probablemente se había casado por un beneficio político, geográfico o monetario.
Pero no dijo una palabra. Ni una maldita palabra.
Y ella era una idiota, porque debería haberlo sabido.
Trató de decirse a si misma que esto era lo mejor, pero estaba afligida por la consternación. De todos modos, si se estaba enamorando de este hombre, entonces era un afortunado giro de los acontecimientos. Su matrimonio sería una barrera entre ellos que no se rompería.
Malcolm miró a Brogan.
—Ve al vestíbulo y ordena que habitación grande este lista para nuestra invitada.
El chico asintió con impaciencia y salió corriendo. Malcolm le llamó.
—Con vino y refrescos, muchacho y fuego. Lady Camden se ha enfriado un poco. Seamus, hablaré contigo en un rato.
—Aye —Seamus se dio la vuelta y se fue a zancadas.
Malcolm tomó su mano.
—Brogan es mi bastardo, Claire. No estoy casado. Pero te ves como si alguien hubiera muerto.
Había tanto alivio.
—Baja —dijo suavemente.
Ella resbaló del caballo, empezando a pensar mas claramente. Había estado tan devastada porque no estaba disponible, y ahora estaba débil de alivio. Oh, chico, si estaba genuinamente interesada en este hombre, tenía un gran problema.
Logró encontrar algo de su ingenio.
—¿Cómo sabes lo que estaba pensando?
Él vaciló.
—Te lo dije antes, tus pensamientos gritan tan alto, que son fáciles de oír.
Claire cruzó los brazos sobre el pecho.
—Empiezo a pensar que tienes poderes telepáticos, también.
—No entiendo todas las palabras que dices, muchacha.
—¿Puedes leer mi mente?
La miró.
—Oh, mi Dios —dijo Claire, sacudida—. Puedes leer mi mente, ¿verdad?
—Ese es otro de los pequeños regalos que tengo —dijo, pero enrojeció.
Analizaría las ramificaciones de este regalo en particular en otro momento. Justo ahora, estaba furiosa.
—Necesitas respetar la privacidad de mis pensamientos —dijo duramente—. Esto no es ninguna feria en la que escuches a hurtadillas lo que estoy pensando.
Sonrió, levantando la barbilla, girando su mirada potente sobre ella.
—Pero si no te había escuchado aun, alto y claro justo ahora, tenías lágrimas y pensabas o negabas lo que hay entre nosotros.
Sus ojos se ampliaron. Había estado actuando como si nada hubiera pasado todo el día.
—¿Qué hay entre nosotros? Ni siquiera sabía que recordases ayer por la mañana —dijo tensamente—. ¡Y no me importa si estás casado!
—Mentirosa
Sintió que sus mejillas ardían.
—Bien, tal vez me importe un poco. Pero solo porque, en mi tiempo, está mal acostarse con un hombre casado. —Luego añadió—. Esta mal en tu tiempo, también, y lo sabes.
—Me alegro de no haber hecho tales votos, Claire —murmuró seductoramente. Sus pestañas gruesas y oscuras bajaron—. ¿Crees que no escuche tus gritos toda la noche? No dormí, Claire, por ti.
Su corazón dio un vuelco, duro.
—Bien —logró decir densamente. El deseo surgió—. Bien.
Su sonrisa era tan bella como el sol alzándose lo había estado mas temprano esta mañana.
—No entiendo porque deseabas ir a Dunroch en tu tiempo. No entiendo porque te deseo como lo hago. Pero creo que hay respuestas que encontrar, tal vez en Iona.
—Iona —repitió, instantáneamente divertida.
—El MacNeil es casi tan viejo como los Antiguos, muchacha —dijo—. Encontraré las respuestas allí. Y no pienses en Sibylla ahora. Estas a salvo conmigo. Ven. —Caminó bajo el arco, desapareciendo por la caseta del guarda.
La mente de Claire se tambaleó. ¿Estaban las respuestas de su presencia en el pasado en Iona? ¡Dios, lo esperaba! ¿Y eso significaba que Malcolm lo retomaría ahora donde lo habían dejado ayer?
Se apresuró tras él. Un pequeño patio estaba al otro lado de la puerta del guarda y Malcolm estaba subiendo las escaleras del gran vestíbulo. Ella aceleró el paso, entrando en la gran habitación.
La disposición de los elegantes asientos había desaparecido, como la colección de espadas. En cambio, había una larga mesa de caballete, bancos y sillas de varios periodos. Tapices cubrían la mayor parte de las paredes; sus colores eran brillantes y nuevos.
Estaba sirviendo ale de una jarra en la mesa. Claire se endureció a sí misma mientras se aproximaba.
—Encontraremos las respuestas en Iona juntos —dijo firmemente.
Él le echó una mirada divertida.
—No he dicho que vendrías a la isla conmigo, muchacha.
—Iré, contra viento y marea —espetó—. ¡Estuvimos de acuerdo ayer!
Apuró la taza y suspiró.
—Ya hablamos con demasiada audacia de asuntos que son privados.
—Sabes que puedes confiar en mí. —A Claire se le ocurrió que confiaba en ella porque podía leer la mente—. ¿Eso es por lo que confías en mi, verdad? ¡Husmeas en mis pensamientos!
Él enrojeció.
—Me interesas.
Estaba emocionada, pero ahora no era el momento.
—¡Malcolm, esto es muy importante para mi!
—No estás permitida en la isla —espetó.
Claire se puso rígida.
—No me lo creo. Un monasterio siempre abre sus puertas a los viajeros.
Cruzó los brazos sobre el pecho y sus bíceps se abultaron. Parecía muy molesto, pero no había forma de que ganase.
—Si vuelves a Iona y muero, asesinada por Sibylla de forma inexplicable, nunca serás capaz de perdonarte. Primero la criada, en tus manos, y después yo, tu Inocente, por Sibylla.
Sus ojos se agrandaron.
En ese momento, Claire supo que había ganado esta guerra en particular, y lo lamentó. No había querido ser cruel o despiadada. No había querido utilizar su culpa contra él e infligirle más dolor.
Inclinó su cabeza, su boca se giró de esa forma que ahora conocía, una señal de su tormento interno.
—Nos vamos a la salida del sol —dijo sin inflexión.
Ella se mordió el labio, queriendo decir que lo sentía. Pero el grito alegre de una mujer sonó. A Claire no le gustó el giro de los acontecimientos.
Con temor, se giró.
La mujer se precipito hacia Malcolm, radiante.
—¡Estas de vuelta! ¡Y a salvo, gracias a Dios!

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:43 pm

Capítulo 7

La mujer tenía el cabello rubio oscuro, era de mediana estatura y bastante bonita. Aún peor, su figura era lujuriosa y destacaba. Hablaba francés como si hubiera sido criada en Francia, pero estaba vestida al estilo ingles, con un vestido y una capa color rojo oscuro. Usaba pendientes de oro, un collar de oro y anillos con piedras que a Claire le parecieron semipreciosas. En definitiva, era una mujer noble de buen ver y claramente involucrada con Malcolm.
La expresión oscura de Malcolm no se suavizó.
—Glenna, dale la bienvenida a lady Camden de Dunroch. Claire, está es mi prima, lady Glenna NicPharlain del castillo de Cean.
Claire se puso rígida. No estaba casado pero tenía una amante. No le cabía la menor duda. Su sonrisa se volvió irritada. Odió a la mujer.
—Habla en inglés en honor a nuestra invitada —le dijo Malcolm a su amante, que miraba sorprendida a Claire—. Glenna te enseñará tus aposentos. Espero que sean de tu agrado.
No tenía idea si seguía enfadado con ella por sus tácticas. De alguna manera se las ingenió para dedicarle una breve y tensa sonrisa.
—Gracias.
—Por favor acompañadme, lady Camden.
Claire la miró mientras Malcolm se daba la vuelta. Casi deseaba no haber venido a Dunroch, pero eso era infantil.
—Malcolm desea que subáis. —Glenna hizo señas hacia el pasillo que se abría más allá del vestíbulo.
Mientras subían las escaleras, Claire volvió su atención hacia la mujer rubia. Odiaba ser mala y mezquina, pero no entendía que veía Malcolm en Glenna. Para los estándares medievales, la mujer ya no era una polluela. Probablemente fuera de la misma edad de Claire, pero con su piel fina y sin los beneficios modernos de los humectantes, exfoliantes y nutrientes, tenía patas de gallo en los ojos y suaves arrugas en la frente. Siendo bonita en la forma en que lo es la-chica-de-al-lado, se veía deslucida y fatigada. Claire se imaginaba a Malcolm con una belleza despampanante... del estilo de Catherine Zeta-Jones o Angelina Jolie. Pero por supuesto, eso también la dejaba fuera a ella.
—Así que —dijo Claire cuando estuvieron en el último piso—, ¿cuanto hace que conocéis a Malcolm?
Glenna la miró mientras abría una puerta de un empujón.
—La mayor parte de mi vida.
Genial, pensó Claire. Glenna y Malcolm se conocían el uno al otro desde siempre; ella lo conocía desde hacía tres días. Probablemente, además de amantes fueran los mejores amigos, posiblemente él la amara profundamente. Era jodidamente clásico. Pero era preferible enterarse ahora, mejor antes que después.
—¿Y vos sois de las Lowlands? —preguntó Glenna. Sonaba curiosa, y no muy brillante.
—He vivido fuera del país la mayor parte de mi vida —dijo Claire concisamente, evitando la pregunta.
Glenna hizo una pausa, con la mano en la puerta.
—¿Como conocisteis a Malcolm?
Claire vaciló.
—También somos primos lejanos. Muy lejanos —añadió.
Glenna abrió mucho los ojos.
—Pero nunca he oído hablar de vuestra familia.
Claire se rindió. Se vio forzada a admitir que estaba realmente molesta, lo que solo servía para probar que este giro de los acontecimientos era una bendición disfrazada. Ahora lo que deseaba era estar sola para poder superar su breve implicación con un machista medieval. Entró pasando al lado de Glenna... y se enamoró.
Desde la ventana del primer piso, el brillante gris del océano Atlántico se extendía hasta la eternidad. Pero si miraba un poco hacia el oeste, podía ver las densamente arboladas costas de Argyll y las montañas oscuras más allá de los jirones de niebla. Trató de imaginarse la vista en un día soleado e instantáneamente supo que el agua sería del color de los zafiros, y los bosques del color de las esmeraldas.
—Camden es un nombre extraño. Nunca lo había oído. ¿Es un nombre inglés? —preguntó Glenna—. ¿Estáis emparentada con la madre de Malcolm?
La mente de Claire se disparó. ¿Era inglesa la madre de Malcolm? Muchas de las familias importantes de las Lowlands lo eran. ¿Qué parentesco podría reivindicar?
—Mi esposo, que en paz descanse, era su primo.
Glenna se puso pálida.
—Pero seguramente os habéis vuelto a casar.
Claire le siguió la corriente.
—En realidad no, no lo he hecho. Estoy sola. —Sabía que era verdaderamente mezquino sentirse triunfante en ese momento, pero también sabía que no sería la última en reír.
—Malcolm os ha traído aquí para reemplazarme, ¿no es así? —Glenna temblaba y tenía los ojos anegados en lágrimas—. ¿Tiene pensado casarse con vos?
Claire se puso tensa. Demonios, sentía lástima por Glenna.
—No vamos a casarnos. Ni siquiera nos conocemos —dijo suavemente. Luego se dio cuenta de cuán ridícula era semejante afirmación en el siglo XV, cuando los matrimonios se hacían por conveniencia y no por amor.
Glenna se atragantó.
—Me voy a casar con él. Soy su prometida.
Claire se puso rígida.
—Oh. No lo sabía.
—No dejaré que me lo robéis —advirtió Glenna—. He estado aquí durante seis meses. Todo el mundo sabe que nos vamos a casar.
—¿Es oficial?
—¿Qué?
—¿En que fecha será?
—Pronto —gritó—. ¡Pronto fijaremos la fecha!
Era extraño que no se hubiera fijado la fecha y se sintió aliviada, aunque sabía que no debería. Probablemente Malcolm se casaría con su prima. Y si no se casaba con Glenna, habría alguien más. Era la forma en que se hacían las cosas en su mundo.
Y Glenna pertenecía a ese lugar. Ella sí, Claire no. Debía superar ese hecho... y a él. No tenía sentido odiar a Glenna; no eran rivales. La naturaleza gentil de Claire ganó la batalla.
—Escucha. No tienes que preocuparte por mí. No me quedaré mucho tiempo colgada en este lugar.
Glenna parpadeó para retener las lágrimas.
—¿Quién os colgará? ¿Qué habéis hecho?
—No me voy a casar con Malcolm —dijo seriamente. Dudó. Y aunque probablemente Malcolm discrepara, lo que habían hecho no era correcto—. Pronto me iré a casa. No tienes nada de que preocuparte. Al menos, no debes preocuparte por mí.
—¿Y donde está vuestra casa? —demandó Glenna, enjugándose los ojos—. ¿Y cuando regresareis?
—Soy inglesa —dijo Claire—. Regresaré a Inglaterra. En lo que respecta a cuando, no lo sé, no exactamente.
Ambas mujeres se quedaron mirándose fijamente. Finalmente Glenna dijo:
—¿Y cuando vaya a vos esta noche? No lo neguéis... sé que lo hará. Le conozco muy bien.
El corazón de Claire comenzó a aporrearle el pecho.
—Cerraré la puerta con cerrojo —dijo. Y lo decía en serio.

Claire se había dado a sí misma una excursión por el torreón, teniendo cuidado de evitar los baluartes y las murallas. Luego, había tomado un baño y se había vestido, y para cuando Brogan apareció en su puerta, con una sonrisa a la que le faltaba un diente de leche, para decirle en un altisonante inglés que Malcolm la estaba esperando en la planta baja, había vuelto a sus cabales. Ahora estaba vestida como una mujer de las Highlands, con un atavío largo hasta los pies y toda la ropa interior, y mientras bajaba hacia el vestíbulo, se recordó a si misma que había superado lo de Malcolm. De hecho, en verdad se alegraba por él y Glenna. Se sentía aliviada. Era un machista medieval y no tenía sentido tener ningún tipo de relación con él. Esto era lo mejor. Ahora podía concentrarse en aprender todo lo que pudiera acerca del santuario, los libros y la sociedad secreta de los Maestros. Podía enfocarse en evitar a Sibylla y a su “raza”. Estaba ansiosa por que llegara el día siguiente y su excursión a Iona... Es más, apenas podía esperar.
Sonrió convencida, acarició el increíblemente suave vestido de lino, asegurándose que la tela no se amontonaba sobre el cinto —en definitiva tenía una cintura muy pequeña—, ajustó las tiras de su sostén y sus pechos, y comenzó a bajar la angosta escalera de piedra. En el momento en que se acercaba al vestíbulo, oyó la voz de Glenna, ahogada por los sollozos.
Claire vaciló y titubeó. Luego, en vez de ir al vestíbulo, se precipitó contra la pared, cerca de la entrada. Y miró hacia dentro.
—¿Cómo puedes hacerme esto? —lloraba Glenna—. ¿Y todo porque tienes una amante nueva?
—Ya he tomado una decisión —dijo Malcolm con calma.
—¡Te odio! —gritó Glenna.
—Si te calmas, eres más que bienvenida a cenar con nosotros. Pero no toleraré esas lágrimas en mi mesa. —Su tono tenía una nota peligrosa.
Claire no podía creerlo. ¿Qué había hecho Malcolm? Casi sonaba como si hubiera roto con Glenna... y estaba segura de que sabía el por qué. Sintiéndose instantáneamente ultrajada, se acercó más a la puerta pero no entró. Ahora podía ver a Glenna llorando patéticamente, casi teatralmente, y a Malcolm aparentemente impasible, aunque se veía bastante fastidiado.
—¡Por todos los dioses! —dijo bruscamente Malcolm al final—. ¡Actúas como una esposa que ha sido enviada a un convento francés! El matrimonio está arreglado, Glenna. Deja de llorar. Es hora de que te vayas a tu casa y te cases con Rob Macleod.
Glenna sacudió la cabeza, llorando demasiado vehementemente como para poder hablar. Luego se levantó las faldas y salió corriendo del vestíbulo.
¡Esto era increíble! ¿Así la trataría a ella si tuvieran una aventura? ¿La dejaría de lado como un tirano medieval? ¿La usaría y la tiraría, entregándosela a otro hombre? ¡Pobre Glenna! ¡Que jodido machista!
Malcolm comenzó a esbozar una sonrisa, luego su expresión se volvió cautelosa.
—¿Por qué me miras de esa forma acusadora?
—¿La vas a obligar a casarse con otro hombre? —dijo Claire, atragantándose.
Él se puso rígido.
—Si, y será una buena unión para Glenna.
Claire avanzó caminando a zancadas.
—Pero es tu prometida. ¿Simplemente te deshaces de ella y la mandas con otro hombre?
Él abrió desmesuradamente los ojos con sorpresa y luego se volvió duro y oscuro.
Claire se tensó. ¿Por qué estaba atacándolo? Esta era la forma medieval de hacer las cosas y no era asunto suyo. Ni siquiera le gustaba Glenna.
—No es que tenga que darte explicaciones, pero pasé tres meses negociando la unión de Glenna. Le di mucha importancia al futuro de la mujer —dijo tenso—. Y no pude conseguir nada mejor.
—Ella dijo que se iba a casar contigo —dijo Claire. Pero si Malcolm había estado negociando la unión de Glenna por tres meses, Glenna debía haberle mentido.
—Nunca tuve intención de casarme con Glenna. —Ahora estaba enfadado con ella—. No me gusta ser juzgado, Claire.
Acababa de cometer un terrible error.
—Lo siento.
—Deberías. Pensó que pasar un par de noches en su cama me haría cambiar de opinión. Nunca me casaré. Se lo dije. Eso no cambiará nunca, por nadie. —Su rostro era todo frialdad.
Claire se quedó espantada.
—¿Qué significa eso exactamente?
Le dio la espalda, haciéndole señas para que se acercara a la mesa, que estaba tendida con humeantes fuentes de comida.
Claire no se movió. ¿Malcolm no tenía intención de casarse? ¿Por qué sería eso? Todos los nobles se casaban.
Lentamente Malcolm se giró para enfrentarla.
—Tú tampoco intentes hacerme cambiar de opinión, muchacha.
—¿Perdón?
—Ni siquiera tú me atraerás al altar —dijo—. Sin importar cuanto disfrute contigo en la cama.
Ella se quedó boquiabierta.
—¡Eres tan arrogante! —estuvo a punto de llamarlo imbécil.
Entrecerró los ojos y volvió a pararse directamente frente a ella.
—¿No deseas casarte conmigo? —preguntó quedamente.
Claire sabía que debía mentir para apaciguarlo. En las Highlands del siglo XV era todo un partido. Tenía los ojos brillantes.
—No, no lo deseo. Planeo casarme con alguien de mi época, alguien brillante y exitoso... ¡alguien con una mente abierta e intelectual!
Se la quedó mirando fijo, y sobrevino un largo intervalo en el cual Claire supo que estaba considerando su respuesta.
—¿Me estás llamando débil y tonto, Claire?
Ante su tono de voz Claire inhaló profundamente. ¿Es que había perdido el juicio?
—No, por supuesto que no —gritó, decidida a deshacer cualquiera daño que hubiera hecho a su orgullo—. Eres fuerte, inteligente y rico, todo el mundo puede ver eso.
—Estás mintiendo —respondió.
—No te atrevas a leerme el pensamiento —gritó.
—Crees que soy un imbécil arrogante —añadió muy quedamente.
Estaba casi segura que no sabía lo que era un imbécil.
—No realmente —comenzó a decir nerviosa.
—Yo no soy el arrogante en este vestíbulo —dijo—. Permaneces ahí, juzgándome todo el tiempo. ¿Crees que no lo sé? ¿Piensas que no puedo escucharte llamándome machista y medieval? No sé lo que es machista y no necesito saberlo. Tú eres la arrogante, Claire, pensando que eres más inteligente que yo, mirándonos a todos por encima del hombro.
Apenas podía respirar.
—No pienso que sea más inteligente —se las arregló para decir—. En serio. En mi época, las mujeres son educadas y son independientes de los hombres. En mi época, algunas mujeres son hasta más inteligentes y ricas que los hombres. Pensamos por nosotras mismas, cuidamos de nosotras mismas. No respondemos ante nadie.
—Aye, lo has dicho suficientes veces. En tu época, las mujeres son reinas sin reyes. ¡Tú necesitas un rey! —abruptamente, salió a zancadas hacia el vestíbulo, afuera a la noche, golpeando la pesada puerta detrás de él con un fuerte estruendo.
Claire comenzó a temblar. ¿Cómo había sucedido esa terrible batalla? Y tenía razón. Lo había subestimado desde el primer momento que se conocieron. Tal vez, solo tal vez, pensaba que era más inteligente que él. Pero también lo respetaba y lo admiraba, porque su valor y su honor eran asombrosos. Odiaba la pelea que acababan de tener.
¡Ve y díselo!
Claire vaciló. Seguramente tendría que ir tras él y disculparse. Debía admitir que estaba parcialmente equivocada. Quizás completamente equivocada. Glenna era una mujer mayor para los estándares medievales, y Claire estaba segura que tenía tierras, dado la riqueza que indicaba su vestimenta. En el siglo XV, una mujer necesitaba un marido para que la dominara y sencillamente no había forma de evitarlo.
Maldito fuera Malcolm por usar su solapado don todo el tiempo. Pero obviamente había herido sus sentimientos y sería mejor que cuidara sus pensamientos.
Claire salió. Era la hora del crepúsculo y dudó, recordando el asalto de Sibylla en toda su grotesca totalidad. No deseaba estar sola, no en el exterior, después del anochecer. Permaneció a unos pocos pies de la puerta que daba al vestíbulo y miró a su alrededor. Malcolm estaba por encima de ella en los baluartes que estaban sobre la cercana caseta del guarda. Por su postura adivinó que tenía la espalda tensa.
Claire se apresuró a subir los escalones de piedra y se detuvo a su lado. El la miró brevemente.
—Estoy orgulloso de ser el Maclean —dijo despacio—, y si eso me hace arrogante, que así sea.
—Debes sentirte orgulloso —dijo Claire suavemente, sintiendo lo que decía. Su corazón dio un vuelco a una velocidad peligrosa, como si realmente sintiera cariño por ese hombre. Le tocó el antebrazo desnudo y sintió que sus músculos se tensaban—. Eres el hombre más valiente que he conocido en mi vida, y eres un Maestro. No sé mucho de ese mundo, pero los votos que has tomado son más que admirables. Los hombres como tú no existen en mi época —añadió—. Y a veces me siento confundida... no sé que debo hacer.
Se miraron a los ojos.
—Debes confiar en mí —dijo finalmente, categóricamente.
Claire se estremeció.
—Cuando se trata de mi vida, confío en ti.
Le sonrió.
—Entonces eso es un comienzo para nosotros.
¿Qué quería decir con eso?
—Eres una mujer arrogante, muchacha, pero no me importa demasiado —añadió aún más suavemente.
Claire se mordió el labio, su pulso dio un salto. No era arrogante, y no iba a haber un comienzo ni un “nosotros”. Pero en ese momento no estaba dispuesta a iniciar otra discusión.
—Glenna ha enviudado dos veces —dijo, y Claire se quedó anonadada ante el hecho de que fuera a darle explicaciones—. Tiene tierras, Claire, y necesita un marido para que las proteja. Macleod es un viudo con dos hijos. Necesita su riqueza y una madre para sus hijos.
Claire se sintió llena de remordimientos.
—Lo siento. Me apresuré a sacar una conclusión equivocada.
Él asintió, manteniendo la expresión solemne.
—Te apresuras a juzgar antes de considerarlo, Claire, y un día de estos puedes resultar seriamente herida.
Tenía tendencia a actuar apresuradamente, sin pensar detenidamente las cosas.
—También lamento haberte insultado. No tenía intención de hacerlo, es solo que a veces me enfureces.
—Sí lo sentías. Y no es que estuvieras furiosa. Te asusto —dijo francamente.
Sintiéndose aturdida, encontró su mirada. Tenía razón. Sí lo sentía cuando le llamó imbécil, pero obviamente estaba lo suficientemente seguro de si mismo como para que no le importara. Y sí la asustaba, mucho. La asustaba porque era tan sexy y tan poderoso y no sabía que debía hacer consigo misma —y con su corazón— mientras estaba con él.
Entonces sonrió. La sonrisa era cálida, pero no contenía complicidad ni promesas. No era seductora. Pero no importaba; ya era demasiado tarde. De alguna forma habían empezado a compartir una clase distinta de intimidad... y no la deseaba. Habían compartido una batalla y la cama, pero no necesitaban ningún tipo de conexión emocional. Eso era peligroso. Imposible, incluso. Admirarlo estaba bien. Que le gustara no estaba bien.
—Piensas demasiado. —Tomó su mano, tirando de ella para que lo enfrentara.
Claire no podía respirar.
—Es lo q-que hago —tartamudeó, porque el deseo estaba inundándola como la miel. Este era el problema, la atracción que sentía, y no iba a complicarlo con ningún sentimiento, ni siquiera con amistad—. Es mejor que me vaya —comenzó a decir nerviosa. Salvo que apartarse de él era lo último que quería hacer.
—Nunca había conocido a una mujer como tú, Claire —dijo suavemente.
Pasó un momento muy intenso, antes de que pudiera hablar.
—¡No! —se las arregló para esbozar una rápida y tensa sonrisa—. No compliques las cosas. ¡Odio las palabras! —se sonrojó cuando lo dijo, porque las palabras eran su vida—. Y si quieres seducirme, no tienes que hacerlo con declaraciones de sentimientos. Ambos sabemos que una simple mirada encantadora funcionaría. —Vaciló—. Hacer el am... quiero decir, compartir la cama es una cosa, la amistad es otra. No creo que debamos combinarlas, jamás.
—Pero eras amiga de los hombres que amabas —dijo Malcolm, pareciendo escéptico.
—Maldición —gritó—. ¡Debes dejarme tener mis secretos!
—Quiero entenderte, muchacha. Y ambos sabemos que es solo cuestión de tiempo antes de que nos convirtamos en amantes.
Inspiró profundamente.
—No es justo. Recuerda, me voy a casa, con suerte pronto. Lo juraste.
Él sonrió.
—¿Qué tiene que ver que regreses a tu época con que seamos amantes? Me deseas, y no lo niegues. Te deseo. En este momento existen complicaciones, pero tengo esperanzas de que pronto no las haya. Y tal vez ya no estés tan ansiosa por irte cuando hayas pasado una noche entera en mi cama. —Su sonrisa se hizo arrogante.
—Te lo dije —respondió, absolutamente excitada—. No puedo entregarte mi cuerpo sin entregarte mi amor.
Bajó las pestañas, luego levantó lentamente la vista.
—¿No harías el esfuerzo?
—¡No! —dijo bruscamente, temblando.
—¿Y si te dijera que no me importa que me ames?
Abrió los ojos desmesuradamente. ¿Como podría haberse olvidado, por un minuto, que era un imbécil y arrogante hombre medieval?
—¡No seré tirada a un lado como Glenna por un tiránico capricho tuyo!
—¿Acaso he dicho que te haría a un lado?
Se quedó congelada.
Sus ojos eran grandes y atentos.
—Te di mi palabra de que te llevaría a tu casa cuando fuera seguro, y la mantendré.
Claire ni siquiera podía respirar.
—¿Pero?
Sus ojos aletearon, pero no los apartó.
—Pero no es necesario que te vayas si no lo deseas —murmuró.
—¿Qué quiere decir eso? ¿Es una invitación? ¿O estás sugiriendo que estaré tan prendada de tu actuación en la cama —o tan profundamente enamorada de un hombre que nunca podré comprender— que decidiré permanecer en el siglo XV? ¡De ninguna manera, Malcolm, de ninguna maldita manera!
Su rostro era duro, su mirada terriblemente intencionada.
—Te gusta estar aquí —dijo suavemente—. Te gusto yo. A mí no me molesta... a mí también me gustas tú. Quieres pelear conmigo, pero yo no pelearé contigo, muchacha.
Claire sacudió la cabeza, desanimada.
—Solo vine aquí para disculparme. Fue una pésima idea. ¿Por qué estás haciendo esto?
—Porque cuando llegue el momento, puede suceder que no quieras dejar Dunroch... o a mí.

Ambos cenaron en silencio. Malcolm comió con apetito voraz, aparentemente imperturbable por la conversación mantenida, mientras que Claire estaba decidida a alimentarse sin mirarlo a los ojos. Estaba conmocionada, pero estaba contenta de que esa conversación hubiera tenido lugar. Había estado equivocada al pensar, siquiera por un momento, que podrían llegar a tener cualquier tipo de entendimiento o una relación física, y mucho menos una conexión emocional. Su arrogancia era increíble. ¡Por supuesto que se iría a casa! Dejaría su época en el instante que fuera seguro hacerlo. Y mientras tanto, no habría más sexo, ni siquiera besos, maldito fuera, ¡nada! Y tampoco mantendría más conversaciones íntimas con ese hombre. La amistad era tan mala idea como cualquier otra cosa y de todas formas tampoco creía que fuera posible. No cuando él estaba tan seguro que la follaría hasta sorberle los sesos y que ella moriría por que le diera más. No cuando estaba tan seguro de que querría quedarse con él en su malhadada época.
Finalmente, Malcolm apartó su plato, pero volvió a llenar su vaso y el propio. Había estado llenándole el vaso toda la noche. No le importaba —podía tolerar el vino— y se negaba a alzar la vista para agradecérselo. No confiaba en si misma para mirarlo a los ojos... probablemente la hechizaría en el momento en que lo hiciera.
Súbitamente, después de veinte minutos de silencio, habló:
—Comprendo que debes estar cansada y que ya es tarde. Pero hay asuntos que debemos discutir.
No teniendo otra opción, Claire lo miró cautamente. Sabía lo que él quería, oh, si.
—La otra noche fue un error. —E incluso mientras hablaba, sintió que sus mejillas ardían y que se le agitaba la piel. Entonces, esto era todo. El momento que le había estado preocupando... y esperando. El momento en que él la mirara, la hipnotizara y se la llevara a su cama.
Pero no reaccionó como ella esperaba. Pareció divertido.
—No deseo hablar de la otra noche.
Se sintió confundida.
—¿No?
Cruzó los brazos sobre el pecho de forma autoritaria.
—Después de esa noche confío en mi menos que nunca —dijo con firmeza.
Claire se dio cuenta de que su cerebro trabajaba algo lento. Después de todo estaba un poquito achispada.
Sus ojos grises se volvieron plateados.
—No me mires con tanta hambre, muchacha. Te complacería —añadió suavemente—, si fuera de día. Pero la luna brilla y deseo entrar en ti. Quiero algo más que tu cuerpo.
Claire estaba lista para desmayarse de deseo haciéndose un charco debajo de su atuendo y su falda. Desmayarse, o correrse.
—Maldición —dijo en voz baja, habiendo perdido toda la fuerza de voluntad.
—Es fácil complacerte, muchacha. —Sus ojos brillaron y sonrió—. Y jugaré contigo otra vez cuando llegue el momento oportuno.
Era tan difícil pensar. Se llevó las manos a las mejillas ardientes. Sabía que había decidido evitarlo en un sentido sexual —y en todo sentido—, pero nada de eso parecía importar. Lo que importaba era el deseo abrasador que sentía en el cuerpo, la humedad que goteaba por sus muslos, la urgente hinchazón de su carne distendida. Lo que importaba era Malcolm.
—¿Adivina qué? —dijo roncamente—, cambié de opinión... Es prerrogativa de la mujer.
Le estaba leyendo los pensamientos, porque se ensombreció.
—No trates de seducirme, muchacha, no lo toleraré.
—¿Realmente no quieres subir? —estaba agitada.
—Has tomado demasiado vino —dijo mirándola fijamente.
Finalmente lo entendió. Tenía miedo de que cayera muerta en sus brazos.
—Tan poderoso como crees que eres —dijo con sequedad—. No voy a morirme en tu cama.
Él abrió mucho los ojos.
—¿Piensas que creo que maté a la criada con mi verga?
Se sonrojó.
—¡Creo que murió porque le falló el corazón, pero pienso que ciertamente crees que estás inusualmente dotado!
Repentinamente se echó a reír, y el sonido fue cálido, rico y hermoso.
—Muchacha, de eso estoy completamente seguro, pero la criada murió de otra forma. —Su sonrisa se desvaneció.
A Claire no le gustó la expresión seria que le cruzó el rostro.
—Daría una fortuna por un café expreso —dijo ceñuda.
—No entiendo.
—No, no podrías. ¿Por qué me miras como si hubiera una escuadrilla de bomberos detrás de mí?
Extendió la mano. Claire se sorprendió cuando tomó la suya en la de él.
—No deseas comprender la verdad.
Claire trató de recuperar la mano.
—¿Sabes qué? Tomé demasiado vino y estoy endemoniadamente cansada. Me voy a la cama. Sola... supongo. —Trató de levantarse, pero él no la soltó, y terminó sentada en el banco otra vez.
—En tu corazón —dijo quedamente—, ya comprendiste la verdad.
—Y un infierno lo hice. —Entonces tiró con más fuerza, y él la soltó—. Lo que sea que quieras decirme, puede esperar. —Sentía pánico, y eso la estaba poniendo demasiado sobria.
—No existe un lugar seguro donde esconderse, muchacha, ni siquiera en la ignorancia.
La recorrió un escalofrío de temor.
—Maldito seas.
—¿Me deseas el infierno? —preguntó incrédulo.
Ella tomó aliento.
—No.
—No quieres comprender la forma en que funciona el mundo —dijo suavemente, volviendo a poner su mano grande sobre la de ella—. Lo sé porque te oigo pensar todo el tiempo, y escoges pensamientos que te complacen. Debes enfrentar la verdad, Claire, acerca de Sibylla y su raza.
Claire no podía respirar bien. Sabía que no deseaba escuchar sus siguientes palabras.
—Sibylla es inusualmente fuerte, eso es todo.
Apretó los labios.
—Lamió tu piel. Tu garganta.
Claire gritó, poniéndose de pie de un salto.
—¡Es una perturbada!
—Los crímenes por placer son historia antigua, Claire —dijo Malcolm cautamente, poniéndose de pie. Sin soltarla en ningún momento—. El Deamhanain es la fuente.
Claire estaba temblando. ¡No! ¡Malcolm no sabía nada acerca de los crímenes por placer... debía haber estado leyéndole la mente! La muerte por placer era el resultado de la ruptura de la sociedad moderna. De ninguna forma era parte de la Edad Media.
—El Deamhanain ha estado matando a Inocentes por placer durante cientos de años, mucho antes de Cristo —dijo.
Sabía lo que la palabra gaélica Deamhanain significaba sin que nadie se lo dijera.
—No creo en el diablo y no creo en los demonios —gritó desesperada.
—Pero tu madre y tu prima fueron asesinadas por el Deamhanain... para su placer.
—¡Para! ¡Por favor! ¡Fueron muertas por locos, locos humanos!
—El verdadero Deamhanain puede quitarle la vida a cualquiera. Pueden succionar la vida de un humano hasta que no tiene más fuerza vital. Pero la fornicación incrementa el placer. —Las aletas de su nariz se inflamaron—. El éxtasis se llama Le Puissance .
—¡Detente!
Finalmente liberó su mano.
—Tienes miedo de la noche, y deberías temer, porque el mal camina abiertamente en la noche mientras que de día se esconde. Debes enfrentar la verdad, Claire. Nunca habrá un lugar suficientemente seguro para esconderse.
Lo abofeteó, fuerte, cruzándole el rostro.
Él se sacudió pero permaneció rígido.
—Tu mundo no es diferente de este. El Deamhanain está en todas partes, en todas las épocas, en cada lugar y quieren tu muerte... y la mía.
Claire no podía hablar. Se sentía enferma. El suelo se sentía fuera de lugar y giraba. Esto no puede estar pasando. El mundo no podía ser de la forma en que Malcolm lo estaba describiendo.
Su tono se hizo amable y eso la tranquilizó.
—Sibylla puede ser humana, como tú. Pero sus poderes no lo son. Moray la ha poseído. Es por eso que es tan fuerte, tan malvada.
Claire sacudió la cabeza. Le caían las lágrimas.
—¿Entonces Sibylla es una humana poseída? ¿Lo siguiente que me dirás es que Moray es el diablo?
—Hace mucho tiempo —dijo suavemente—, una diosa que era una gran guerrera llegó a Alba y yació con los reyes. Moray es uno de sus hijos. Se convirtió en un gran Maestro... hasta que Satán le robó el alma.
Ella encontró su mirada. Veía sus facciones como un borrón.
—Tú lo crees —jadeó—, pero yo no... y no lo haré.
—En Alba, Moray sería el señor de la oscuridad, Claire. Sus engendros serían los Deamhanain.
Claire retrocedió y se golpeó con la mesa. El diablo. Demonios descendientes de antiguas deidades. Humanos poseídos. Crímenes por placer desde los inicios del tiempo... en algún nivel visceral, tenía absoluto sentido.
Moray, un demonio que una vez había sido un Maestro...
Y Malcolm, un Maestro que había matado a una criada...
Claire sintió que la habitación se tambaleaba. Estaba dentro de una pesadilla. Y lo supo; por primera vez en su vida, estaba a punto de desmayarse.
Se tambaleó. Malcolm la atrapó. Ella susurró:
—¿Entonces eso en que te convierte?
Justo cuando su mundo se volvía todo negro, Malcolm la levantó en brazos.

Claire recobró la conciencia, sofocándose con un olor repugnante. Estaba en la cama de la habitación que le habían asignado. Malcolm estaba sentado junto a ella, con el rostro adusto.
Le palpitaba la cabeza, le dolía como el infierno. Malcolm estaba equivocado. Tenía que estarlo, aunque Sibylla tuviera la fuerza de diez hombres.
El vaciló.
—Muchacha, lo siento.
—Vete —dijo entrecortadamente. Podía aceptar que algunos hombres estaban genéticamente programados para el mal y que el mal era tan antiguo como la Biblia. Y podía y aceptaría que los crímenes por placer existían en la Edad Media, al igual que lo hacían los crímenes pasionales. Lo que no aceptaría, ni por un instante, era que esos crímenes estaban siendo cometidos por seres con poderes sobrenaturales, seres que no eran realmente humanos.
Malcolm se fue.
Claire se recostó contra las almohadas, sintiéndose enferma en su misma alma. La maldad era humana. Esto era un mito medieval. El diablo no existía, e iba a repetir esa letanía hasta que volviera a casa. Moray probablemente fuera un hombre extraordinariamente cruel, ambicioso e inteligente, que propagaba el mito de que era el Maestro del mal. ¡Esta era una época primitiva y los hombres como Malcolm apelaban a la superstición y a la religión para explicar cosas que no podían entender!
Claire sintió que las lágrimas le caían por el rostro.
Pero los perpetradores de los crímenes por placer nunca eran capturados. Su habilidad para seducir a sus víctimas nunca había sido explicada. Las víctimas morían porque se les detenía el corazón. Y era una epidemia...
Los postigos de la ventana se abrieron de golpe.
Claire saltó de la cama, temblando de miedo, pero Sibylla no apareció, ni tampoco ningún supuesto demonio. Se recordó a si misma que la apertura de la ventana era demasiado pequeña para permitir que entrara siquiera un niño... y Sibylla no necesitaba una ventana para entrar.
Claire maldijo, aterrorizada. Corrió hacia la ventana y cerró los postigos de un golpe. Mientras lo hacía sombras negras danzaron en los terraplenes que tenía sobre la cabeza.
Claire se recordó a si misma que era la guardia nocturna. Un leño cayó en el fuego, siseando. El corazón de Claire explotó y salió corriendo de la habitación, yendo instintivamente directo hacia el final del corredor. La puerta estaba abierta de par en par y captó una vista de Malcolm dentro. Se dirigió a la puerta, respirando ásperamente.
Él se volvió. Se había sacado la ropa, todas y cada una de las prendas, y su cuerpo entero lucía con músculos ondulantes. Estaba enormemente dotado. Sus ojos se ensancharon, pero ella simplemente permaneció allí.
Ahora sus intentos por respirar fallaron por completo, pero no era por el deseo. Las lágrimas manaban de sus ojos. Claire se las enjugó, pensando en la sangre y los demonios y los Maestros y Malcolm, todo a la vez. La doncella murió mientras obtenía su placer de mí.
Claire se tragó el impulso de vomitar. No. Malcolm era humano y bueno y no había cometido un crimen por placer. Esa mujer había muerto porque había tenido demasiado sexo ardiente. De acuerdo a Malcolm, eran los demonios infrahumanos con súper poderes los que succionaban la vida de sus víctimas.
—Muchacha.
Lentamente levantó la vista, consciente que había alcanzado su límite emocional.
—Los postigos se abrieron —susurró.
—Fue el viento. No hay mal aquí. Las paredes fueron consagradas con agua bendita antes de que tomáramos nuestra cena. —Se había envuelto un grueso lienzo alrededor de la cintura como si fuera una toalla, pero igual se abultaba.
Claire se estremeció.
—Los Deamhanain no entran en lugares sagrados, muchacha —añadió suavemente, pero no deslizó las manos a su alrededor. Ella deseaba estar en su gran, fuerte y muy seguro abrazo.
Se abrazó a si misma.
—¿Cómo puedes estar excitado en un momento como éste? —susurró.
—Tú siempre me excitas —murmuró—. Ven aquí. —Y tiró de ella para envolverla con sus brazos.
Claire se encontró con el rostro presionado contra el fuerte hueco que se formaba entre su cálido cuello y su hombro, las manos apoyadas sobre el amplio pecho, sobre su fuerte y retumbante corazón. Ignoró el poderoso órgano que palpitaba entre ellos.
—No lo creo —insistió desesperadamente—. Nada de ello. Pero lo que si sé es que eres bueno.
Su abrazo se hizo más fuerte y le acarició el cabello que fluía por su espalda.
—Tú recamara es segura, Claire. Pero entiendo que no quieras dormir sola. Puedes quedarte en mi cama. Te cuidaré durante esta noche.
Claire se rió histéricamente. ¿Eso venía de un machista medieval?
—Gracias.
—¿Por qué no duermes ahora? —sonrió—. Me sentaré junto al fuego.
—¡No puedo dormir! —gritó, mirándolo. Y odió la mirada de preocupación teñida de lástima que vio en sus ojos. Le golpeó con el puño la dureza de sus músculos pectorales—. Moray no es el hijo de Satán. No puede serlo.
Sus brazos la apretaron y la acercó más. Claire creyó sentir la boca de él contra su cabello.
—Discutiremos esos asuntos mañana.
—No pueden existir los demonios, Malcolm —susurró contra su pecho, sintiéndolo profundamente—. Existe la maldad... pero es humana.
Le volvió a acariciar el cabello, permaneciendo callado.
Entonces Claire comenzó a llorar realmente. Había trabajado tan duro para racionalizar la aterradora epidemia de crímenes por placer... como lo había hecho cada persona inteligente que conocía. Todo el mundo sabía que la vida en la ciudad era peligrosa, pero era explicable. El crimen era el resultado de la pobreza, de los hogares destrozados, de las drogas y de una cultura de violencia, y mientras que algunos lunáticos estaban libres por ahí, cometiendo asesinatos y sembrando el caos, saboreando cada acto sexual violento, acaecía en una base casual. Aunque la sociedad era mala, decadente y caótica, los locos eran una pequeña minoría, y eran humanos. Por lo que siempre había esperanzas.
Ahora Claire no sabía que pensar.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:43 pm

Capítulo 8

A la mañana siguiente, Claire esperaba para montar su yegua, temblando. Una docena de hombres también se estaban preparando para montar, las puertas de la guardia habían sido abiertas y el rastrillo levantado. A través de ellas, podía ver la sombra del puente levadizo cuando fue bajado. Volvió la vista e instantáneamente encontró a Malcolm.
Aún tenía que montar y estaba hablando con Seamus por la entrada del castillo interior, el corazón de Claire dio un vuelco, fuerte.
Había tenido una de las peores noches de su vida. Apenas durmió, volviéndose y revolviéndose, la mente volando, pero cada vez que habría los ojos, había visto a Malcolm sentado junto al fuego, despierto y vigilante. La había vigilado toda la noche.
Antes de la terrible declaración de Malcolm la noche anterior, había estado empeñada en ir a Iona donde podría ver el santuario y con suerte el Cathach, también. ¿Pero cómo podía estar entusiasta ahora, cuando su mundo se estaba desarmando a la velocidad de la luz?
Moray es el señor de la oscuridad
Su creación es el Deamhanain.
Claire había pasado toda la noche convenciéndose de que el mal era humano. De que los demonios y el diablo no existían. Pero había sido imposible convencerse de que estaba en lo correcto y Malcolm equivocado.
¿Y si todo en lo que Malcolm creía era verdad?
Claire no quería seguir ese camino, ni hoy, ni nunca. Pero eso era lo que los sabios se preguntaban, ¿y si? Miró fijamente a Malcolm. Lucía exactamente como un hombre dedicado a vencer el mal debía lucir. Tenía el carisma de un líder, el poder de un guerrero, y era tan malditamente hermoso. Se veía como si descendiera de los dioses.
Malcolm se volvió. La mirada era preocupada como había sido anoche, pero no quería su amabilidad o su preocupación. Estaba muy avergonzada por el histérico y cobarde comportamiento. No iba a suceder nuevamente, no importa lo que pasara. El pánico y el miedo no iban a resolver nada. Y ya sabía que cosas malas salían en la noche.
Claire pensó en Amy, quién estaría enferma de preocupación por ella. ¿Cuántas veces Amy hizo hincapié en como era los malvados criminales hoy en día? Dios. ¿Sabría algo? ¿Cómo podría no hacerlo, cuando su esposo estaba en el gobierno, aún si era en antiterrorismo? Debía tener información interna; todos los policías hablaban, incluyendo los federales.
Si el mundo era como Malcolm declaraba, entonces el mal estaba deliberadamente y decididamente asaltando a víctimas inocentes, buscando destrucción y muerte.
Si Malcolm estaba en lo correcto, el mal tenía una terrorífica nueva cara.
Malcolm se acercó, los hombres ahora montados. Le sonrió, pero la gris mirada estaba buscando.
—No dormiste bien.
No fue una pregunta.
—Tampoco tú. —Claire notó que no parecía cansado. No se sorprendería si podía estar días sin dormir y permanecer sin que le afectara.
—Es un corto viaje a Iona —dijo—. Puedes descansar allí.
Descansar no estaba en su mente.
—Siento lo de anoche —dijo Claire de modo cortante—. No volverá a pasar.
Se encogió de hombros.
—Eres mujer, muchacha. Necesitas un hombre que te proteja.
Claire sonrió torvamente. No quería pelear con él. La pelea la había dejado fuera de combate anoche.
Un momento después, estaba montada a su lado y cabalgaban a través del portón, el rastrillo cayendo detrás de ellos. Cruzaron el puente levadizo. Al momento en que el último jinete despejó el puente, Claire escuchó como era levantado. El camino para bajar a la playa era tan pronunciado como recordaba, bosques se encumbraban a la derecha, el acantilado a su izquierda. Y entonces la temperatura bajó.
Inmediatamente, debajo de los casco de los caballos, en un único latido del corazón, la tierra se puso blanca con escarcha.
Las hojas y el cardo a los lados del camino se habían vuelto blancos también, y su respiración se convertía en vapor en el aire.
Y Claire lo supo.
También Malcolm. Gritó una orden en gaélico. Miró fijamente a Claire.
—¡Mantente atrás!
Antes de que Claire pudiera decir algo o protestar, iba a la carga, galopando por el camino con sus hombres, y un guerrero agarrando las riendas del caballo de ella. Trató de retomar las riendas, porque todo lo que comprendía era que el mal los estaba cazando y Malcolm no iba a enfrentarlo solo.
—Vamos —gritó.
El hombre era joven, enorme e irritado. Intentó cogerla y Claire le colocó el Taser en el brazo. Él colapsó.
Aferró las riendas y pateó al caballo tan fuerte como pudo, galopando apresurada por el camino, sujetando la silla de montar, determinada a no caerse. El grito de guerra de Malcolm se oyó con espeluznante intensidad. El corazón se le desbocó. Rodeó una curva y vio a los hombres de Malcolm batiendo furiosamente a sus atacantes. De inmediato, sangrientos cuerpos ensuciaban el camino. Lo vio volver a la carga, encontrando a un cruel asaltante con el escudo. Un momento después el atacante yacía en el suelo, la cabeza primero. Y tan pronto como había comenzado, la batalla terminó.
Tiró de las riendas. Cinco hombres con armadura yacían en el suelo. Un enorme alivio llegó.
La yegua se detuvo, levantando la cabeza en protesta. Claire no quería acercarse, no todavía. Quería ver qué iba a hacer Malcolm ahora, porque habían tomado tres prisioneros.
Malcolm desmontó y se quitó el escudo. Las espadas envainadas, se acercó a los tres prisioneros, quienes eran sostenidos por sus hombres. Claire se tensó, insegura. Tenía un muy mal presentimiento. La expresión de Malcolm nunca había sido tan cruel.
Malcolm se detuvo ante el trío. Lo vio mirar a uno de los hombres, desechándolo mentalmente, luego miro a otro y finalmente encaró al tercero. Una terrible luz titilaba en los ojos.
El tercer hombre, uno alto, un gigante de piel blanca con cabello rubio, pálido como si estuviese sufriendo.
Malcolm dijo algo en gaélico. Claire supo que estaba demandando respuestas.
El otro hombre le dio la más malvada sonrisa que Claire nunca había visto y se le revolvió el estómago con horror.
Malcolm habló de nuevo.
El gigante le devolvía fríamente la mirada. Malcolm no movió ni un músculo. Ancló al gigante con la mirada y el hombre cayó de rodillas, como si fuera empujado. Pero Malcolm no lo había tocado, y sus hombres estaban de pie detrás del prisionero para prevenir que escapase.
La piel de Claire se erizó. ¿Qué estaba pasando? Él parecía sufrir algún dolor. La mirada de Malcolm quemaba y el prisionero cayó abruptamente de espaldas, como si algo lo hubiese arrojado con gran fuerza.
Malcolm presionó la bota en la garganta del hombre.
Claire se tragó un grito.
Y ahora, a pesar de que Malcolm habló en gaélico, Claire entendió.
—¿Moray neo Sibylla?
¿Moray o Sibylla? Quería saber quien los envió.
El gigante rió burlonamente.
Malcolm sonrió con tal amenaza que Claire se paralizó y entonces, silenciosamente, comenzó a rogar que parara, pero no lo hizo. Un horrible crujido sonó cuando pisó más fuerte la garganta del hombre. Claire gritó.
Pero el gigante, con el cuello ahora vuelto en un ángulo imposible, habló. En francés, dijo:
—Tú señor me envió y mandará a otros. No hay lugar donde esconderla —gruñó, muy parecido a un animal, salivando por la boca.
Claire no podía respirar. El corazón le latía con dolorosa velocidad.
Malcolm apartó la bota de la nuca del hombre. Una horrible expresión se le formó en la cara y la mirada nunca vaciló.
—Para, Malcolm —gritó Claire instintivamente, pero fue demasiado tarde. El gruñido del gigante se había detenido. La cara era una rígida mascara, los ojos abiertos y sin vida ahora.
Absolutamente estupefacta, Claire se deslizó de la yegua, caminó hacia los árboles y se arrodilló. Cuando trató de vomitar, oyó a Malcolm dando órdenes y a los hombres montando. ¿Qué había pasado? ¿Qué había hecho? Entonces lo oyó pararse detrás de ella.
—Deberías quedarte atrás.
No podía vomitar, se dio cuenta. Se volvió. Le ofrecía la mano, la expresión ya no era absolutamente cruel, solo áspera y sombría. La rechazó, tambaleándose.
—¿Qué hiciste?
La miró fijamente, los ojos resplandecían.
—Juré combatir el mal. Era un deamhan. No podemos permitir que un Deamhanain viva. Te hubiese matado en el momento en que me hubiese vuelto.
Ella jadeó.
—No murió por el cuello quebrado.
—No.
Oh, Dios, pensó.
—¿Qué hiciste?¿Absorberle la vida?
Malcolm se giró, luego volvió.
—Necesitamos cabalgar. —Ahora estaba enojado.
Claire lo había visto con sus propios ojos.
—Lo mataste usando algún tipo de poder hipnótico, ¿verdad?
No le respondió y eso fue respuesta suficiente.
—¿Qué eres? —gritó.

Iona estaba a sólo una cuantas millas y era extenso, con suaves, lujuriosas colinas verdes salpicadas de ovejas y nacaradas playas. Mientras se aproximaban en la galera, Claire se acurrucó en su capa, helada hasta los huesos.
Malcolm había matado a esa criatura con la mirada.
Tenía poderes sobrehumanos, también.
¿Qué había hecho?
Echó una mirada donde estaba Malcolm de pie en el arco de la galera. Anoche había pasado toda el tiempo asegurándose de que estuviera a salvo. Había hecho mucho más que confortarla al protegerla de los seres malvados.
Pero el mal estaba ahí afuera. Esa criatura no había sido humana.
Claire cerró los ojos. No estaba lista para usar la palabra demonio, ni siquiera en sus propios pensamientos.
Y entonces lo sintió de pie ante ella. Levantó la mirada. La observaba con esa mirada de preocupación que se estaba volviendo tan familiar.
—Siento que presenciarais lo que visteis —dijo torvamente.
—Dímelo a mí —susurró.
—Está prohibido.
—¡Me habías dicho todo lo demás!
Vaciló y se dio cuenta de que estaba realmente inseguro.
—¿A quién se lo voy a decir? ¿Al Papa?
—No es divertido que bromees de esa manera. —Fue rudo.
Claire se recordó a si misma que en este tiempo, la herejía era la más seria ofensa en la cristiandad, más que la brujería. Cualquier sacerdote católico que hubiese sido testigo de lo que había visto podría creer que Malcolm era ambas cosas. Hereje y brujo. Sería enjuiciado sin compasión. Si era afortunado, el castigo podría ser la excomunión y el exilio.
—Estoy tratando —dijo, despacio— de tener amplitud de miras. Y quizás pueda mantenerme cuerda, sólo si me dices lo que necesito saber.
Se sentó junto a ella en el banco. Con voz baja, dijo ásperamente:
—El Deamhanain no es el único descendiente de la diosa Faola. Cada Maestro puede reclamar su sangre.
Le salió un sonido, casi una risa. Él también era descendiente de antiguos dioses. Claro que lo era. ¿Cómo pudo haber pensado lo contrario? Se tocó las mejillas, las cuales estaban calientes. ¡Una crisis nerviosa no iba a ayudarla ahora!
Mirando fijamente el arco, dijo ásperamente:
—El mal nació con Adán y Eva, como sabes. Hace tiempo, los Antiguos vieron la necesidad de una raza de guerreros que combatieran el mal, Claire. Faola fue enviada a muchos reyes.
Claire se sofocó de conmoción y miedo. La determinación de descartar las creencias se estaba volviendo terriblemente frágil.
Lo miró, tratando de pensar claramente. Malcolm tenía poderes que se estaban volviendo cada vez más difícil de racionalizar. Y era bueno.
—Entonces eres mitad dios y mitad humano.
—No. Hay tres generaciones entre Faola y yo, por lo menos. Sería su bisnieto.
Parecía creer que era el bisnieto de una diosa, se dijo Claire, pero eso no lo hacía verdad. Quizás había una explicación racional por ahí, en algún lugar.
—¿Succionaste la vida de esa cosa de la manera en que el Deamhanain lo hizo?
Se puso de pie.
—¿No puede un dios quitar vida y darla? Un Maestro puede tomar una vida, muchacha. Y algunos, unos pocos, pueden darla, también.
—¡Genial¡ ¿Puedes dar vida, también? —gritó, tiritando completamente de nuevo.
—No. No puedo curar. Pero todos los Maestros tienen el poder de quitar la vida. De otro modo, no somos elegidos.
Desafortunadamente, finalmente tenía sentido. El poder de la vida y la muerte era el mayor poder de todos, un poder perteneciente a Dios o los dioses. Esta raza de guerreros, si eran elegidos por los dioses para pelear contra el mal, obviamente deberían tener también tal poder.
Una extraña calma llegó. ¿No era mejor que los Maestros tuviesen la misma sangre inmortal en sus venas que los demonios?
Respiró fuerte y se mordió el labio.
—Esa... cosa era un demonio. Le rompiste el cuello.
—Si. El Deamhanain no siente dolor de la manera en que lo hacemos nosotros.
Claire le buscó la mirada.
—No sientes dolor de la misma manera que nosotros, tampoco, ¿verdad?
—Soy fuerte. —Le sostuvo la mirada, interrogándola.
Claire sabía qué estaba preguntando. Quería saber como se sentía respecto a él ahora. No tenía esa respuesta.
—¿Por qué dejaste a los otros dos demonios con vida? ¿Por qué están en esta galera? —estaban de pie frente a la proa, atados.
—Son humanos, Claire, están poseídos. Los monjes tienen hechizos y quizás puedan liberarlos.
Lo miró fijamente.
—¿Te refieres a que los monjes tratarán de exorcizarlos?
Asintió. Luego, vacilantemente, le sonrió.
—Necesito ayudar al hombre.
Claire vio que eran empujados hacia un par de maderos del muelle. No pudo sonreírle de vuelta.
Cuando Malcolm saltó de la galera al primer madero, otros dos highlanders saltaron, también. Cuerdas eran lanzadas a los pilotes, los otros cuatro hombres permanecieron en los remos. Claire finalmente prestó atención a Iona. Había venido en trasbordador la última vez, por lo que su posición de ventaja era la misma. Por otro lado, nada era lo mismo en absoluto.
Dos amurallados cercos eran visibles, y sabía que eran antiguos, un monasterio fortificado y la abadía medieval. Ambas eran ruinas en el presente, y una renovada catedral existía en su lugar. La famosa cruz céltica que estaba de pie en la actual catedral no estaba. La abadía no estaba lejos del muelle, claramente recién construida. El monasterio estaba avanzando por el camino y construido en piedra pálida.
La galera se sumergió cuando Malcolm saltó de nuevo dentro. Regresó con Claire y le sostuvo las manos.
—Muchacha.
Claire encontró su penetrante mirada, deseando poder mantener su mundo en su sitio.
—Pienso que te creo —dijo rudamente—. No quiero, pero creo que lo hago.
—Es mejor si lo haces.
Claire lo miró fijamente, él la contemplaba serenamente. Y se preguntó dónde los dejaba eso...
Claire se interesó en lo que la rodeaba cuando esperaban a que los portones de madera del monasterio se abrieran. Estaba por entrar en un intacto y operativo monasterio del siglo XV. Aquí, podría haber respuestas de un abate llamado MacNeil. Las guías había dicho que el monasterio había sido construido siglos antes que la abadía, también que los edificios originales, hechos de madera, pudieron haber sido construidos por Santa Columba en el siglo VI. Ningún edificio de madera quedaba ahora, vio, mirando sobre el muro del monasterio. Los muros eran demasiado bajos para ser reconfortantes. Podían ser fácilmente escalados.
Muchas casa religiosas habían sido fortificadas en este período, pero no está. No había muros altos y almenados, ni torres defensivas, sin caseta de guarda, sin foso o fortificación frente a los muros.
—Malcolm, esta es una puerta muy frágil.
—Ningún Deamhanain entra a un recinto sagrado, Claire —dijo.
—¿Por qué no?
—Pierden sus poderes y podemos destruirlos fácilmente.
Gracias a Dios por sus pequeños favores, pensó. Claire oyó un cerrojo ser liberado y la pesada puerta se abrió.
Claire precedió a Malcolm al entrar, mirando con curiosidad alrededor. El monasterio era una pequeña villa, realmente, con un dormitorio y un refectorio donde los monjes dormían y comían, cocinas, cervecerías, una iglesia y muchos otros edificios, así como jardines y huertos.
Entonces miró al hombre que los había admitido y el corazón casi se le detuvo.
Era como estar mirando a Matthew McConaughey interpretando el papel de un guerrero highlander medieval. Estaba vestido casi idénticamente a Malcolm, excepto que la capa era verde y negra, apenas listada con blanco y dorado. Era alto y poderosamente constituido con cabello dorado oscuro, abultando bíceps y cuadriceps, y llevaba brazaletes de oro en ambos brazos. Rápidamente corrigió su opinión... se veía como una versión más grande, fuerte y sexy de Matthew McConaughey.
La muy verde, muy intensa mirada la recorrió desde la cabeza hasta los pies y entonces sonrió ligeramente a Malcolm. Fue todo lo que necesitaron sus hoyuelos para mostrarse.
—Has roto muchas reglas, Calum.
Malcolm no le sonrió de vuelta.
—Esta es lady Claire —dijo—. Sé que nos has visto en nuestro viaje.
Este no podía ser el abad, pensó Claire, tratando de no echarle un ojo a los muslos y brazos. Los abades eran bajitos, gordos y viejos. Los abades eran calvos.
—Os estaba esperando —dijo Matthew directamente. Su mirada se deslizó sensualmente por Claire nuevamente. Una ligera sonrisa comenzó—. Bienvenida, lady Camden.
Claire se tensó. Malcolm no le había dicho su apellido.
—Niall MacNeil, muchacha —dijo Malcolm con sequedad—. ¿Niall? No me importa lo grandes que sean tus poderes, mantén los ojos donde pertenecen, en la cabeza sobre los hombros.
Niall MacNeil sonrió, divertido.
—No persigo a tu Inocente, Malcolm. Tú sólo puedes hacerlo. Supe que veníais, y los Antiguos lo permitieron. —Le echó otra demasiado seductora, demasiado indolente sonrisa a Claire, e inmediatamente decidió que él disfrutaba mucho de su evidente sensualidad masculina.
—¿Me esperas a mí, o a Malcolm? —preguntó, temblando.
—A ambos —dijo, haciendo un gesto para que comenzaran a caminar por la vereda.
A Claire no le gustaban los juegos, especialmente no ahora.
—¿Quieres decir que a los Antiguos no le importa que este aquí? —¿Qué querrían los antiguos dioses con ella? ¡Si eran dioses antiguos!
—Si, muchacha. Extraño tal vez, a los Antiguos no les importa vuestra presencia en la Hermandad.
Antes de poder responder, se sobresaltó, mirando detrás de ambos hombres. Un par de tíos buenos, enormes y armados estaban saliendo del edificio de al lado.
El hombre pelirrojo estaba vestido como un highlander con capa y túnica, el otro, un hombre moreno de cabello oscuro, como un inglés con camisa negra, botas hasta las rodillas, enjoyadas espuelas, y un jubón con una chaqueta corta color borgoña, que apenas le cubría la parte superior de las caderas. Claire lo había leído todo acerca de las coquilleras pero nunca había visto una —y nunca esperó ver una envolviendo metro noventa de virilidad.
Miró fijamente la abultada bolsa de tela prendida a la parte delantera de sus calzas, y supo que se había ruborizado. Se volvió, pero no antes de que el inglés de enviara una incitante sonrisa. Esa vestimenta era chocante e indecente en un hombre constituido así. ¡Las mujeres de su tiempo se abrían vuelto locas por eso y por él, por todos ellos!
—¿Ahora te gusta el inglés? —preguntó Malcolm peligrosamente.
¿Estaba celoso? Le lanzó una rápida mirada y vio que estaba irritado. Todavía estaba demasiado perturbada por lo sucedido esa mañana para estar incluso ligeramente complacida.
—¿Esto es un monasterio? —estaba completamente incrédula.
Excepto que ahora, las campanas de la capilla estaban sonando y vio monjes reales dejando el comedor —hombres normales con túnicas, algunos delgados, algunos gordos— todos en completo silencio mientras cruzaban hacia la iglesia. Y luego otro precioso gigante, también vestido como un inglés, apareció de un pequeño edificio y cruzó hacia los jardines detrás de la iglesia. Y luego vio varios otros highlanders viniendo hacia ellos desde otro edificio, todos enormes, poderosos y malditamente hermosos. Había tanta testosterona en el aire que estaba mareada. Miró fijamente lejos del trío, con el corazón a toda velocidad. Malcolm le lanzó una oscura mirada.
Encontró su mirada, pensando que estaba indudablemente rodeada por los más hermosos, sexys, viriles hombres en la historia del mundo, pero ninguno de ellos se comparaba con Malcolm de Dunroch.
—Queda una pequeña capilla para monjes —dijo MacNeil, bajando las increíblemente pobladas pestañas— para mantener el suelo santo. El monasterio se convirtió en nuestro santuario hace mucho. La mayoría de los monjes se han ido a sus claustros. Este es un refugio seguro para nosotros, cuando decidimos venir. —Repentinamente sonrió, formando profundos hoyuelos, la miró directamente—. Y a veces están sometidos a las órdenes que les doy.
Tragó y miró a Malcolm, quien estaba realmente enojado con su amigo. MacNeil estaba luciéndose, dejando que supiera quien era el jefe realmente ahí.
—Necesito la verdad —dijo, conciente de la desesperación en su voz.
La mirada se volvió lentamente hacia su boca.
—Tenéis muchas preguntas —exclamo suavemente—. Malcolm os ha dicho la verdad. Eso da vueltas en vuestra cabeza, como un trompo.
—¿Realmente es el tataranieto de una diosa? —gritó.
—Si.
Claire miró fijamente al moreno highlander. Le sonreía. Luego dijo suavemente, nunca apartando la vista de ella,
—Calum, muchacho, quisiera unos minutos a solas con la muchacha.
Malcolm se volvió hacia Claire. Ella no vaciló.
—Por favor.
Asintió torvamente y se fue.
Se quedo a solas con el pseudo monje.
—Entonces todo esto es real. Este es un mundo del bien y el mal, demonios y Maestros. Los demonios tienen superpoderes, y también vosotros. Ambos sois descendientes de antiguos dioses. Malcolm es descendiente de esa diosa, Faola. Y esta es una Hermandad secreta.
—Sí.
Claire lo miró fijamente, finalmente aceptando la realidad —o la peor de las pesadillas. Él miró hacia otro lado, paciente pero atento. Era tan difícil predisponer la mente al hecho de que Malcolm era el tataranieto de una deidad. Finalmente dijo, con temor:
—¿Es inmortal?
MacNeil sonrió.
—Ninguno de nosotros es inmortal, muchacha. Brogan Mor murió en batalla por heridas mortales. Tenía doscientos cincuenta y dos años.
Claire casi lo había olvidado.
—¿Malcolm puede morir en batalla? ¿De la misma forma que su padre? —ese pensamiento la perturbó incluso más.
Claire tenía que saber.
—¿Y si no es herido, cuanto tiempo vivirá? ¿Doscientos años? ¿Quinientos años?
—No lo sé.
—¡Adivina! —gritó, temblando.
MacNeil se puso formal.
—Creo que pueden ser cientos de años. —La expresión era indagatoria ahora, como si quisiera entender la confusión en su corazón.
Claire volvió la mirada hacia Malcolm. Quería que tuviera una vida larga, pero esto era demasiado para soportar. Cuando ella muriera a los noventa o cerca, él no iba a enterarse —o incluso importarle.
Me importará
La voz de Malcolm sonó fuerte y clara en su mente, aunque estaba parado tan lejos que no podría oírle si hablara.
—Esto es realmente difícil —se escuchó decir. Forzó una sonrisa que le pareció fantasmal a MacNeil—. Me pregunto si despertaré mañana en mi cama en Nueva York, en un mundo cuerdo lleno de criminales que son sociópatas y pervertidos, nada más.
Claire pensó en Sibylla y el demonio en el camino a Dunroch. Tembló.
—Tengo una pregunta importante. ¿Por qué no han traído toda clase de invenciones modernas a este tiempo? ¿Por qué pelean con espadas y no pistolas? En todo caso ¿Por qué no sólo se chupan la vida el uno al otro?
Le brilló una sonrisa.
—Puedo tomar vuestra vida, pero no la de un poderoso deamhan; usaría su gran poder para combatir el mío. Pero si lo hiero bastante, puedo quitarle la vida fácilmente, por que estaría demasiado débil para detenerme.
Desafortunadamente, eso tuvo sentido.
—Requiere un gran esfuerzo tomar una vida, muchacha. A menudo es más fácil cortar la cabeza de un hombre con la espada. Además —agregó— somos highlanders. Aún cuando podemos viajar a tú tiempo, vivimos aquí.
—¿Qué hay del resto?
Se volvió serio.
—Hay muchas reglas, Claire. Cuando hacemos nuestros votos, juramos obedecer el Código. Existe debate acerca de algunas cosas, pero ciertas reglas están claras. Un Maestro no debe cambiar la historia. Un Maestro no debe corromper a la gente del presente. Un Maestro no debe desafiar al destino. Trayendo tus armas aquí haríamos todo eso.
—¿Y los demonios? Seguramente esos idiotas viajeros del tiempo han traído armas y gas.
—Los destruimos cuando llegan, tanto si traen el futuro con ellos, como si no. Cuando lo hacen, destruimos sus armas —agregó suavemente—. Los Deamhanain no obtienen placer usando veneno, gas o armas. Toman placer de la tortura y el dolor inflingido con sus propias manos, con violaciones o asesinatos de vida inocente.
—Entendido —suspiró Claire. Se volvió, sintiéndose mal del estómago. ¿Eso era lo que Sibylla quería para ella? ¿Tortura, violación y luego la muerte?
Se tocó la garganta y caminó hacia un par de abetos, deteniéndose en la sombra. Tragó aire. Su mente estaba lista para apagarse.
—¿Qué otros poderes tienen los demonios? ¿Qué es lo peor que pueden hacer?
¿Qué es lo peor que Sibylla puede hacer?
La mirada de MacNeil se oscureció.
—Si hay un poder, hay un demonio, que de alguna manera lo tiene —la boca volvió a endurecérsele—. Pero hay un Maestro, que de alguna manera, también, lo tiene.
Fue barrida por desagradables escalofríos.
—Genial. Otra cosa, por la que preocuparse. Demonios invencibles. —Claire se sentó en una pequeña banqueta elegantemente tallada.
—Solo os digo, que hay un Maestro para vencerlo —continuó, revelando que le había leído la mente—. Sibylla le ha entregado grandes poderes al mal. Realmente disfruta con la tortura, tomando vida.
Lo miró desagradablemente.
—Suerte la mía.
—Tenéis a Malcolm para protegeros. No fallará, muchacha.
Ella comenzó a temblar.
—¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí, MacNeil? ¡Pequeña vieja humana, estudiosa, cobarde Claire!
—Habéis anhelado estar aquí durante años —contestó—. Habéis deseado conocer a Malcolm. ¿De qué os quejáis?
—¡Esa no es una respuesta! —gritó—. ¿Y como sabes eso? ¿Por qué lo estaba esperando? Demonios, ¿qué quieren los Antiguos de mi? —y se dio cuenta de que consideraba el viaje en el tiempo su destino.
—Tengo el don de ver a través del tiempo, pero no sé que quieren los Antiguos de vos. No me permiten verlo. —La miró fijamente—. Mi sugerencia es esta. No peleéis con el destino.
Lo miró fijamente.
—¿Es Malcolm mi destino?
—No puedo responderos eso.
—¡Sí claro! —gritó, con los puños apretados—. ¿No puedes o no quieres?
Se le endureció la cara, y en ese instante, no había nada agradable o reconfortante en él.
—No lo haré.
Claire retrocedió. Él podía ser amable, incluso coqueto, pero ahora, no había duda de que era un poderoso, autoritario hombre. Como Malcolm, era un laird de las Highlands y en Iona, era virtualmente un rey.
—Entiendo —dijo.
Se le relajó la cara ligeramente.
Claire se mordió el labio. Quería saber si podría regresar a casa y si Amy, John y sus hijos vivirían vidas largas, saludables.
—Volveréis, muchacha —dijo suavemente—. Se me permite deciros solo eso.
Claire esperaba estar emocionada. Pero en lugar de eso, estaba desanimada. La vista le vagó a través del jardín hacia Malcolm, cuya mirada estaba fija sobre ellos. El corazón le martilleó. Algún día, lo dejaría.
Ella tragó.
—Por favor ¿puedes decirme acerca de mi familia?
—Si os digo que vuestra prima no os necesita, ¿me creeréis?
Claire vaciló. ¿Podía realmente confiar en la interpretación de este hombre acerca del futuro cuando se trataba de Amy y los niños? Se percató entonces que Amy debió haberle dicho todo. Debía saber que el mal no era tan al azar como parecía, pero ella no podía saber acerca de demonios inhumanos, ¿verdad?
¿O podía?
Si la guerra entre el bien y el mal ha existido desde el principio de los tiempos, si cultos existían; como esta Hermandad para combatirla; si ella, Claire Camden, había descubierto la verdad; entonces demonios, otros tenía que saberlo, también.
—¿Cuándo me preguntaréis lo que realmente quereis? —dijo MacNeil suavemente.
Claire se puso rígida y la mirada voló hacia la de él. Luego miró a Malcolm. De repente, sintió como si Malcolm estuviera escuchando cada palabra, pero eso era imposible. Sin embargo, estaba segura de que le escuchaba cada pensamiento.
Pero no podía evitar el tema que más miedo le daba. Era difícil decir las palabras porque temía la respuesta de MacNeil. Su voz fue ronca cuando habló:
—Supuestamente es un protector del Inocente, pero mató a una mujer inocente durante el sexo. ¿Fue un accidente?
—Sí.
—Entonces explícame —gritó suavemente—. ¡Porque suena como un crimen por placer!
—Fue seducido hacia el crimen por Moray.
Claire sintió como si toda la sangre se le fuera de la cara.
—El mal siempre caza a los jóvenes Maestros, esos quienes no conocen sus poderes muy bien. Moray quería que Malcolm sintiera placer con la muerte y luego quiso que sintiera ese placer de nuevo. Deseaba que Malcolm se volviera un demonio, Claire.
—Oh, por Dios —susurró Claire—. Quería el alma de Malcolm.
—Sí. Moray llevó por engaños a Malcolm a Urquhart, peleó con él y lo dejó muriendo. Luego le envió una hermosa doncella para tentarlo hacia el mal.
La mente de Claire estaba confundida.
—No entiendo.
Estaba serio de nuevo.
—Los Antiguos nos dieron el poder de tomar la vida de otros, no solo para destruir el mal si no para ensalzar nuestros poderes y salvarnos de la mortalidad. Se supone que debemos vivir, Claire, por que somos la salvación de la humanidad. Malcolm estaba muriendo. Tomó vida de la mujer para sanarse, como debía. Pero no se dio cuenta que tomaba todo lo que tenía hasta que fue demasiado tarde, y ella yacía muerta.
Claire se levantó, en parte horrorizada y en parte fascinada.
—Puedo entender eso, excepto que estaban teniendo sexo, MacNeil.
—Ah, muchachita, bueno, el poder es el placer máximo. El poder pone a los hombres calientes —dijo suavemente— y no hay mayor éxtasis que teniendo más poder bombeando en las venas.
Claire tuvo de inmediato una muy gráfica imagen dentro de la mente. ¿Tomar poder inspiraba sexualmente? ¿Tomar poder y la fuerza de la vida hacía a un hombre querer sexo? ¿Era orgásmico?
—Sí —murmuró, y sonrió.
El tono se le había vuelto tan seductor que instantáneamente supo que había tomado poder durante el sexo. Miró de esos ojos verde ahumados hacia Malcolm. Estaba ahora caminando con largas zancadas, aparentemente furioso.
MacNeil dijo, con la mirada centelleando:
—Cuando tenéis sexo con Le Puissance, hay incluso mayor éxtasis.
Cuando sonrió, pareciendo mucho a un niño travieso, Claire supo que había querido ponerla caliente. Y había funcionado. A consecuencia de la horrenda conversación que había tenido, cada pulgada de ella estaba inflamada.
Caminó lejos de él, demasiado aturdida para estar enojada con semejante broma. De alguna manera, esto también tenía sentido, porque desde el principio de los tiempos, el poder era tan afrodisíaco como bello, si no más.
Se dio la vuelta con una repentina certeza.
—Las mujeres, las víctimas, también lo sienten ¿verdad?
MacNeil asintió.
—Como vuestra telepatía, muchachita. Lo que siente el hombre, la mujer lo hace, y viceversa.
Malcolm le aferró el brazo.
—Ha tenido suficientes palabras contigo —le dijo a MacNeil furiosamente—. Pero tendré algunas palabras contigo yo mismo.
MacNeil se encogió de hombros.
—Eres muy afortunado Calum. Y soy un hombre tanto como un Maestro. No puedo ayudar pero sí puedo admirar tanta belleza y quererla para mí.
Malcolm estaba listo para explotar y Claire lo sabía. Pero antes de que pudiera calmarlo, MacNeil dijo:
—Nunca te traicionaría, muchacho. —Se encogió de hombros como si no hubiese hecho nada malo y se alejó.
Malcolm tiró de Claire, arrastrándola a un lado. Claire en cambio se volvió en sus brazos. Los ojos de él estaban dilatados, y entonces la agarró por los hombros. Claire se acercó, sabiendo que encontraría. Una enorme erección golpeándole la cadera.
—¿Eso fue lo que pasó? —susurró.
—Sí —le sostuvo la mirada a tientas.
—Pero estabas herido... muriendo. Conmigo, estás bien. ¿Por qué piensas que perderás el control? —gritó, tocándole las mejillas.
—Porque conozco Le Puissance. Cualquier hombre que lo haya hecho querrá ese éxtasis de nuevo. Cuando esté contigo, muchacha, tendré la necesidad de tomar un bocado, un bocado, de tu poder.
Claire miró fijamente dentro de sus enfebrecidos ojos, consiente de su deseo, de que debería tener miedo, estaba teniendo el efecto contrario. El corazón le latía demasiado rápido ahora.
—Confío en ti —dijo, y por Dios, lo hacía.
En respuesta a lo que él estaba diciendo, se apretó más en su abrazo, descansando la mejilla en su pecho, escuchando su retumbante corazón. El cuerpo le palpitaba contra el de él. Las manos de Malcolm se movieron sobre su espalda.
—Maldito MacNeil por ponerte tan caliente.
—Tú me haces estar caliente —se las arregló para decir. Miró hacia arriba—. Confío en ti. Estoy segura de que podemos hacer el amor sin recurrir al... —dudó— Le Puissance.
Y en el momento en ella habló, sintió que el cuerpo de él se sacudió y se hinchó imposiblemente.
—No.
—¡Malcolm!
—¿No podéis entender? Moray quiere que tome placer de la muerte. Me quiere lujurioso por Le Puissance.
Claire miró más allá. El temor surgió, y con él, alarma.
—Lo quieres de nuevo —dijo con voz poco clara—. Lo quieres de mí.
—Sí —dijo quedamente—. Eres mi prueba, Claire.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:44 pm

Capítulo 9

—Mi Señor —dijo su mayordomo con cautela, pero sus ojos estaban llenos de miedo—, el conde de Moray está en la planta baja y ha requerido vuestra presencia
Aidan ya sabía que el señor de la oscuridad estaba en su castillo. Había sentido la oscura y escalofriante presencia mientras estaba profundamente enterrado dentro de la mujer que había sido su más reciente amante. La miró con pesar. Yacía bajo una colcha, largos y rubios rizos derramándose hasta sus desnudos hombros, más allá de cualquier duda la mujer más hermosa de toda Escocia. Su belleza era impresionante, y ahora era suya. Cuando se trataba de belleza, él nunca se negaba nada... Había estado preparado para pelear con el padre de ella por sus favores, sitiando su torreón si hubiese sido necesario hasta que el hombre hubiera cedido, pero no había sido necesario. El padre de Isabel había entendido las ventajas que él cedería por tenerla. No habían tenido sangrientas batallas, tan sólo una rápida negociación. Aidan vería a Isabel apropiadamente desposada cuando acabara con ella, proporcionándole una muy generosa dote. Mientras MacIver vivía en las tierras adyacentes a Awe, Aidan la casaría con uno de los señores menores que le servían. Al final, el padre de Isabel sería un nuevo lugarteniente al servicio de Aidan, y su hija sería la señora de su propio y pequeño torreón.
Aidan se inclinó sobre ella. Estaba apenas saciado pero ella estaba agotada.
—Duerme bien, mi hermosa, lo mereces. —Pasó el pulgar sobre su hinchada boca.
Sus ojos brillaron con adoración.
—Mi señor.
Su reputación como amante con infinito aguante y gran generosidad estaba bien establecida y merecida. Se apartó muy complacido. Quizás esta vez sería diferente. Quizás esta vez el hastío tardaría más en aparecer. Gracias a su maldito padre, su sangre siempre estaba caliente pero su interés siempre decaía, y rápidamente. Isabel había estado en Awe cinco días. Deseó poder disfrutarla durante muchos meses, o incluso más tiempo, pero sabía que sería sólo cuestión de semanas antes de cambiar.
Por supuesto, esa no era realmente la cuestión. Habría alguien nuevo para reemplazarla en su cama. Siempre lo había.
Evidentemente, no había heredado ni un simple rasgo de su madre, una aristócrata de gran carácter. Era una mujer capaz de un imperecedero amor y lealtad. Él no podía imaginar sujetándose a una esposa difunta como ella hizo. Pero ella había amado a su esposo, y prefería el claustro ahora que él se había ido. Hasta hacía poco, nunca había amado a nadie, ni a su madre, a quien no conocía, ni a sus padres adoptivos, quienes lo habían criado sólo porque no habían tenido ninguna elección. Aquello había cambiado, sin embargo, con el nacimiento de su hijo, al cual apreciaba y adoraba.
—¿Le digo a su señoría que bajará pronto? —preguntó Rob con la cara colorada.
Aidan estaba inmóvil. Fugazmente se imaginó rechazando al más poderoso y peligroso hombre del reino. Le gustaría frustrar a Moray, pero apenas estaba lo bastante loco como para actuar de esta manera sobre tan insignificante asunto. Sonrió con frialdad.
—Nay. Hablaré con él yo mismo.
Sus tripas se retorcieron mientras iba escalera abajo. Nadie podía infundir tanta tensión en él como el conde de Moray. Odiaba el juego que jugaban, la guerra que hacían. No había otra opción. No obstante, había un pequeño consuelo. Moray todavía tenía que matarlo, y Aidan había empezado a pensar que nunca lo haría. Moray tenía la intención de triunfar sobre él, a toda costa. Era cuestión de la soberbia del diablo.
Aidan se acercó al gran vestíbulo, llegaba a ser el más glacial del castillo. Estaba acostumbrado a eso, pero temblaba de todas formas. El escalofrío estaba lleno de aversión y pavor.
Moray estaba solo en el gran salón, admirando una pintura al óleo de John Constable. Nadie conocía la verdadera edad del conde, pero aparentaba estar en mitad de los treinta. Era tan hermoso, rubio y ojos azules, que las mujeres se peleaban por compartir su cama, incluso aunque ellas raramente sobrevivían a la noche. Los hombres se peleaban por gozar de sus “favores” también.
Estaba vestido en un corriente estilo cortesano, con larga túnica roja y calzas carmesíes, y una corta y acampanada chaqueta negra. Y por supuesto, lucía el tartán rojo, negro y oro de Moray y muchas joyas. Moray había amueblado el salón durante centurias antes de cederle el castillo de Awe a Aidan, con la esperanza de comprar su lealtad, consciente de su preferencia por la verdadera belleza. Aidan había continuado el esfuerzo, y la vasta habitación estaba llena con tesoros de todo el mundo y muy diferentes siglos, incluyendo algunas del futuro.
—Creo que tienes algo para mí —dijo el señor de la oscuridad
Rehusando manifestar su tensión, Aidan protegió su mente para que Moray no pudiera leer sus pensamientos. Pero, por supuesto, el conde sabría de alguna manera que había encontrado la página desaparecida en la librería de Nueva York. Moray tenía espías por todas partes. Y probablemente espiaba los pensamientos de Aidan cuando no estaban protegidos, tan fácil como en sus sueños.
—Aye, he encontrado la página del Cladich. Pero, ¿qué gano si se la cedo?
—Te quedará mi favor —dijo Moray en voz baja, los pálidos ojos brillando—, no obtienes nada salvo desaprobación con tu conducta imprudente, desagradecida e independiente.
—Vos siempre podéis cortarme la cabeza y libraros de tal fastidio —dijo Aidan. Moray era imbatible en la batalla. Probablemente podía hacer alguna cosa antes de que Aidan pudiera siquiera desenvainar la espada. Aidan caminó a la mesa de caballete y sirvió clarete en un hermoso vaso de vino de cristal hecho por alguien llamado Baccarat. Lo ofreció a Moray, quien lo aceptó, luego sirvió otro vaso para si mismo.
—Ambos sabemos que nunca fui derrotado. Al final, ganaré. Te darás cuenta de que has desperdiciado los primeros años de tu vida en la Hermandad. Estás destinado a ser uno de los más poderosos demonios de todos los tiempos. Estás destinado a servirme.
Aidan lo saludó y bebió. No era un buen hombre, pero no era tampoco un malvado. Había protegido al Inocente a pesar de su ambivalencia sobre sus votos, y continuaría haciéndolo, aunque le gustaría mucho más seducirla. Lo que no quería era hacerlo disfrutando de su muerte, incluso si a veces sus entrañas, gritaban por tal cumplimiento. Se mataría primero. Odiaba tanto a Moray.
—Ambos sabemos que disfrutarás de tu nueva amante, incluso más si saboreas su pura vida, si tomas su poder mientras estas jodiéndola —murmuró Moray.
Él se puso rígido.
—Aye, un momento.
Se giró, excitado y odiándolo, yendo al cerrado cofre en la parte más alejada de la habitación. Era de un lugar llamado India, y estaba hecho de oro sólido y plata. Se quitó la llave de la cadena de su cuello, lo abrió y le entregó a Moray lo que él quería... una página del sagrado Cladich. Quizás entonces el señor de la oscuridad lo dejara en paz.
Esta página en particular tenía grandes poderes, las órdenes de Aidan habían sido trasladarla. El tercer verso devolvería la vida a los moribundos, si las heridas eran inflingidas por espadas, o un arma similar que hirieran a un hombre de esa forma, por ejemplo, una daga o un cuchillo. Considerando la naturaleza de muchas batallas, podría no ser la página más importante en todo el libro de curación.
Moray cogió la página al instante, los ojos se volvieron rojos de furia.
—¡Esto es inútil! Su poder se ha ido.
Aidan sonrió, complacido.
—Aye, es inútil. Lo intenté en uno de mis escuderos que tropezó con su espada, atravesándose en el acto. Pero murió por la herida.
Moray dejó caer el pergamino al suelo.
—¿Piensas engañarme?
El corazón de Aidan se aceleró.
—Encontré esto en la librería. No es culpa mía que sea inútil. Creo que es una falsificación.
Moray sonrió, los ojos todavía brillando.
—Jugaste conmigo y disfrutaste.
Aidan se tensó, consciente del aumento de su miedo. Estaba asustado de Moray, pero no de morir, aunque prefería con mucho vivir.
—Vos no preguntasteis si era eficaz.
Se encogió de hombros.
Moray estiró la mano y acunó la mejilla de Aidan, quien se tensó. Se inclinó lo bastante cerca para que sus labios le rozaran la piel.
—Entonces tomaré a la mujer —añadió, su boca una caricia—. Esta vez.
Aidan se sacudió horrorizado, puesto que comprendió la amenaza. Moray tomaría a Isabel, la disfrutaría, la jodería y la mataría, gritando de placer mientras lo hacía. E Isabel moriría con placer, también.
Esta vez.
La próxima vez sería el niño de Aidan.
Aidan vio rojo. Apretó la empuñadura de su espada, preparándose para la batalla, su corazón tronaba ahora. Era su obligación proteger a su amante, pero moriría por su hijo. Moray era más poderoso que él y su victoria era segura, pero si los Antiguos le perdonaban sus muchos pecados, quizás descubriría un nuevo poder. Moray no debía salir ileso.
Seguramente Malcolm de Dunroch, un hombre noble, protegería a su hijo de la oscuridad.
Una criada que algunas veces se llevó a la cama, una preciosa muchacha de quince años, entró corriendo en la habitación. Sus ojos estaban vidriosos y Aidan supo inmediatamente que estaba hechizada.
—Mi señor —se arrodilló ante Moray.
Aidan sacó su espada.
—¡Nay!
Moray bajó la mirada hacia ella y se desmoronó lentamente al suelo. Aidan no tuvo que arrodillarse a su lado para saber que estaba muerta. Su poder era tan grande que podía tomar una vida humana entera en el espacio de un simple latido de corazón.
Moray se giró, pero no parecía saciado. La lujuria quemaba sus rojos ojos.
—Un pequeño aviso, pierdo la paciencia con cada luna creciente.
Aidan tomó aliento con fuerza.
—Un día, alguien te enviará al infierno.
Moray se rió, y Aidan fue arrojado contra la lejana pared por su invisible fuerza. No había esperado el golpe de energía y no había tenido tiempo para usar su propio poder para reducirla. Su cabeza golpeó la piedra y vio las estrellas.
Cuando las estrellas se desvanecieron, Moray permanecía sobre él.
—La próxima vez, Isabel.
Aidan luchó por ponerse en pie.
—He terminado con ella —mintió, poniendo sus pensamientos en blanco cuidadosamente—. Hay alguien nuevo. Vos podéis tomarla ahora.
Moray lo miró fijamente, y Aidan supo que estaba intentando acecharlo. Aidan cambió sus pensamientos. Moray tenía poderes fuertes ahora, haciéndolo más fuerte que cuando había entrado por la puerta. Pero aquella era su forma. Él quitaba la vida de la forma en que un hombre se llevaba el pan. Y hasta que un gran Maestro se alzase, continuaría su reino del mal, quemando la tierra con sangre fresca por donde pasaba y convirtiendo a otros Inocentes en demonios para sus hordas.
—Sigues siendo el mismo loco testarudo —murmuró Moray—. Tu odio no te sirve bien. Sabes la verdad. Puedo darte el poder con que sueñas.
Aidan se tensó. Su única ambición era el poder, pero no para la razón de todos los pensamientos. El poder era un baluarte necesario contra Moray. El poder era protección para él mismo y su hijo.
—Pronto, Aidan, te inclinarás ante mí.
El rojo estaba desvaneciéndose de sus ojos. Sonrió y se esfumó en el aire.
Aidan se estremeció de furia y odio. Entonces giró y corrió escaleras arriba para asegurarse de que Isabel estaba donde la había dejado... y que estaba viva. Estaba acostada tan inmóvil como una perfecta estatua. Fue a su lado y tocó su pecho, solo para encontrarlo subiendo y bajando con el ritmo de la vida. Su alivio no conoció límites.
Se irguió.
Aidan nunca había odiado a nadie de la forma en que odiaba a su padre.

Claire no quería ser una prueba, de ninguna clase. No cuando la consecuencia era la posesión del alma de Malcolm. Malcolm tenía que estar equivocado. Si hacían el amor, él no iba a perder el control. Se apartó de Malcolm, mirando fijamente al océano, sobre los derruidos muros del monasterio.
Era casi increíble como de rápido se había introducido en este terrible y nuevo mundo. Estaba desalentada. Se preguntaba si nunca se sentiría alegre otra vez.
Él vino a situarse detrás de ella.
—No le des vueltas —pidió con tono ligero, pero con un esfuerzo. Ella sabía que quería ofrecerle algún consuelo—. Estamos en Iona, muchacha, y haré lo que quieres. Le preguntaré a MacNeil si puedes ver el Cathach.
Ella se giró.
—Me gustaría eso —titubeó—. Malcolm, es sobrecogedor. Es casi como si Moray estuviera cazándote ahora.
Los ojos de él relampaguearon, pero su expresión no cambió. Era imposible leerla.
—Eso fue hace tres años, Claire. No me está buscando ahora. Está persiguiendo otro juego.
Claire deseaba poder creerlo
—¿Qué son tres años en la larga vida de un demonio como Moray?
Malcolm se puso rígido.
—¿Cuántos años tiene, quinientos años, mil?
—No lo sé. Nadie lo sabe.
La ira de ella finalmente estalló.
—¡Los odio! ¡Los odio a todos ellos! Asesinaron a mi madre, a Lorie y a cientos de otros! ¡Y te quieren, también! Excepto que quieren que vuelvas. ¿Es esta la palabra? ¿Volver? ¿Es esto lo que anuncian cuando un Maestro es seducido por un diablo?
Su rabia no conocía límites.
—No seré seducido por la cara oscura, Claire —dijo Malcolm, sus grises ojos brillando—. Moriré por mi propia mano antes.
—Esto no es tranquilizador —ella se envolvió con sus brazos—. Tengo recuerdos de la vida antes en casa. Sobre las indirectas que Amy siempre estaba dejando caer cada vez que las noticias presentaban otro crimen por placer. ¿Sabía algo? ¿O lo adivinó?
—No conocí a tu prima, Claire
—MacNeil dijo que volvería a casa. No dijo cuando.
Malcolm apartó la mirada de ella, su cara endurecida con severas líneas.
Ella lo agarró del brazo
—Cuando lo haga, he de proteger a mi prima y a sus niños de alguna manera. Necesito decirle la verdad sobre el diablo.
Malcolm la agarró por el codo, sus ojos ardían.
—Debo preguntarte, ¿cómo los protegerás, Claire?
Claire vaciló. Aquella era una maldita buena pregunta.
—¿Puedes enseñarme como combatir... no, matar... a los bastardos?
Él permaneció en pie allí, pareciendo muy infeliz con la petición.
—Lo pensaré.
Pero Claire apenas escuchaba. Ahora que conocía el mundo en que vivía, tenía que ser malditamente capaz de protegerse mejor a si misma. Este era un mundo en guerra, y Malcolm tenía razón. No había un sitio seguro para esconderse. Estaba asustada, pero pelear sucio era mejor que esconderse. Seguramente, con alguna habilidad y un poco de ingenio, un humano podía derribar demonios.
Él estaba al acecho.
—¡Nay! Eres una mujer, ¡y una mortal, además! ¡No tienes poderes!
Ella se dio cuenta de que no había otra elección. Era hacerlo o morir, literalmente.
—Ellos mataron a Lorie y a mi madre. Soy fuerte. Enséñame cómo matar demonios. Dijiste que Moray repartió poderes a los Duaisean. ¿Por qué no puedo tener poderes, también?
—Nosotros somos Maestros, no prestidigitadores. Nacemos con nuestros poderes, Claire. ¡Están en nuestra sangre! Y no hicimos a los Duaisean, Moray los hace. Incluso si lo hiciéramos, sus poderes serían para los Maestros, ¡y sólo los Maestros! —exclamó, sonrojándose—. Podrías ser capaz de matar al más bajo Deamhanain como hiciste el otro día. Serías capaz incluso de encontrar una forma de matar a Sibylla. ¡Pero un deamhan real como Moray leerá tus pensamientos! Si de alguna manera te las arreglas para atacarlo, tendrías que detener su mente, de otra manera te exprimirá la vida, riendo mientras lo hace.
Claire tembló, captando el mensaje sobrentendido, sería sexualmente seducida, también.
—¿Cómo puedo detener la mente de un poderoso demonio?
—Bien, déjame ver —se burló él furiosamente—.Puedes empuñar una espada y decapitarlo, o apuñalarlo en el corazón.
Un demonio ha de ser asesinado instantáneamente, pensó ella.
—¿Qué pasa si me las arreglo para dejarlo inconsciente? Entonces no podría hechizarme o tomar mi vida.
—¡Nay! No te enseñaré cómo cazar demonios. Cazaré por ti.
¡Ni lo sueñes!, pensó ella.
—Enséñame a usar una espada
—Lleva años de practica. Y aun así, no tienes la fuerza para cortar la cabeza de un hombre de su cuerpo.
—Mierda —dijo Claire—. Y un infierno, también.
Pero podía hacerlo. Las carótidas podían ser cortadas. El corazón podía ser perforado. Igual que los pulmones. Las muñecas podían ser cortadas. No había elección
—Voy a hacerlo, Malcolm, con o sin tu ayuda.
—No debería haberte dicho la verdad.
Era demasiado tarde, pensó Claire. Las imágenes estaban destellando ahora en su mente. El mundo medieval, el mundo moderno. Un mundo en guerra... demonios y Maestros...
Una idea terrible apareció. Con los ojos abiertos, miró a Malcolm.
—Malcolm.
Él la miró con consternación.
—Quiero encontrar al demonio que asesinó a mi madre.

Claire siguió a MacNeil bajo la muy pequeña nave de la capilla, que estaba situada detrás de la iglesia y apartada. No se había fijado en la capilla al entrar por primera vez en el monasterio. La piedra de la construcción tenía varios siglos, el techo bajo y redondo. Claire vio inmediatamente el sepulcro.
Un nicho estaba construido en la pared de piedra detrás de donde el altar había estado una vez y un antiguo relicario de hierro estaba allí, adornado con oro, al estilo celta. El pulso de Claire martilleó.
Mientras ellos se acercaban al sepulcro, sus pasos resonando, Claire fue consciente del poder y belleza que cubrían la capilla, pesado y tangible, saturando el aire.
Claire vaciló mientras MacNeil iba al relicario. Había algo tan silencioso y tan profundo en esta capilla, tan vasto, tan impresionante. Y si no era la presencia de Dios, ¿qué era?
Encontró la mirada de MacNeil y él sonrió, claramente consciente de lo que estaba sintiendo. Como el techo era tan bajo, permaneció parado.
—El Maestro hizo sus votos aquí, Claire. Vos estáis sintiendo más de ochocientos años de poder y gracia.
Claire nunca había sido religiosa, pero él estaba en lo cierto.
—¿La Hermandad era parte de esto cuando Santa Columba fundó el monasterio aquí en el siglo VI? —preguntó.
Él sonrió, formándosele hoyuelos
—Nay. Ha habido Maestros desde el comienzo de los tiempos. Pero el santuario se movió a Iona con la gran santa.
Ella estaba frente al sepulcro mientras MacNeil tomaba una llave del anillo encadenado a su cinturón y abría el relicario, levantando las tapas para exponer el Cathach. Claire caminó más cerca y jadeó.
El Cathach en exposición en Dublín era un manuscrito. Ella estaba mirando a un libro encuadernado, sus tapas incrustadas con cientos de gemas brillantes... rubíes, zafiros, esmeraldas y citrinos. Un cerrojo de oro mantenía las páginas ocultas.
—¡Es hermoso! —dijo en un bajo susurro.
—Aye.
Claire le dirigió una mirada, su mente corriendo.
—El Cathach de Dublín... es una copia que Santa Columba había escrito. Este es el verdadero, ¿verdad?
MacNeil sonrió
—Las páginas fueron escritas por nosotros en Dalriada, muchacha, antes de que Columba hubiera nacido aún.
Oh, Dios mío, pensó con pavor Claire.
—Y fue encuadernado recientemente.
Ella no estaba preguntando. Los libros encuadernados eran una invención de la Edad Media.
—Cien años atrás.
MacNeil abrió el candado y con ello el libro.
El corazón de Claire latía furioso. Inmediatamente vio que las páginas eran de pergamino, un cuero que estaba intrincadamente tratado para ser afinadas, suavizadas y preservadas.
MacNeil como si fuera un secreto dijo:
—Este es el cuero de los toros sagrados. Los Antiguos dijeron a los chamanes cómo curtirlo cuando nos dieron su sabiduría y poder.
Claire apretó los labios.
—El libro no durará para siempre. Necesita ser puesto en un ambiente estéril con el grado preciso de humedad
MacNeil le sonrió abiertamente.
—El libro ha sido bendecido por los dioses, muchacha. Es eterno.
Claire esperó fervientemente que tuviera razón. Se acercó. Como la copia en exposición en el siglo XXI, estaba escrito en gaélico irlandés antiguo. No había espacio entre las palabras y estaba decorado con trompetas, espirales y dibujos guilloche , distorsionando las letras. No podía apartar la mirada. Estaba mirando fijamente la sagrada reliquia celta... una que sus iguales nunca supieron que existía
Claire quería leer el libro con desesperación, pero como no sabía gaélico, no podía. Un traductor sería lo mejor.
—Léemelo, MacNeil, sólo una página.
Sus ojos se abrieron.
—Está prohibido... pero vos ya habéis adivinado eso.
Lentamente encontró la intensa mirada verde de MacNeil.
—Los historiadores creen que el Cathach era utilizado antes de las batallas para dar poder a las armas. Si recuerdo correctamente, un escocés lo llevó en una batalla y después los clanes lucharon por él.
—Están equivocados. Un Maestro lo llevó en la batalla hace cientos de años. Un demonio peleó con él por eso.
—Por supuesto —murmuró Claire. La historia había sido malinterpretada.
—Vos sois sabia, Claire. No necesitáis la sabiduría del Cathach.
Ella lo miró fijamente de nuevo.
—Necesito poder. Necesito la clase de poder que tus amigos tienen, así podré cazar al demonio que mató a mi madre.
—Lo siento, muchacha, pero no puedo daros esos poderes. Sólo el diablo puede.
Claire se estremeció.
Dirigiéndole una mirada de reojo, cerró la enjoyada cubierta y la trabó. Después deslizó el libro dentro del cofre del relicario, el cual también cerró con llave.
La sabiduría era siempre más fuerte que el poder, pensó Claire. Deseaba deshacerse de MacNeil y de alguna manera abrir el cofre y el libro. Aunque no podría leerlo, tocaría las páginas y rogaría. Quizás le daría la sabiduría para encontrar a su enemigo. Quizás también le daría la sabiduría para derrotarlo
Pero no iba a intentar romper la cerradura de tan sagrada reliquia. Necesitaba la llave. Miró a MacNeil preguntándose si podría seducirlo y coger la llave mientras lo hacía.
Él sonrió ampliamente.
—Ah, muchacha, amo ser seducido, pero aun así fracasaríais en robar la llave. Estáis hechizada. Os sentiréis mejor cuando dejéis el sepulcro —extendió su gran palma en el hombro de ella—. Necesito hablar con Malcolm. Quedaos aquí si lo deseáis. Confiamos en vos, muchacha.
Ella asintió con la cabeza. Los verdes ojos de él eran cálidos y divertidos mientras dejaba caer la mano y la dejaba.
Ella tembló. Realmente había estado pensando en violar un sepulcro sagrado. No quería ser hechizada por el Cathach, pero era difícil pensar con claridad. El poder y la gracia de la capilla se sentían más fuerte que nunca antes.
Claire no vaciló. Se acercó y pasó sus manos sobre el cofre de hierro y filigrana de oro. Iba a encontrar y matar al demonio que había asesinado a su madre o moriría intentándolo... con o sin poder y sabiduría realzados.
Pero un poquito de ayuda sería bien recibido.
Claire no había rezado en años. Tiempo atrás, había decidido que Dios en realidad no se preocupaba por ella y sus problemas. Pero parecía como si Él pudiera preocuparse ahora.
Sus sienes latían. Mientras tenía la caja de hierro bajo su mano, y el colgante de su madre quemaba su pecho, Claire susurró:
—¿Esto es por lo que estoy aquí? ¿Estoy aquí para ayudar al Maestro de alguna manera? Si es así, ¿supongo que debo utilizar mi mente... mi educación? ¿O supongo que debo coger las armas y combatir al enemigo, el camino que Malcolm sigue? —inhaló—. Necesito ayuda. Ayúdame con esto. Ayúdame a encontrar la fortaleza y el coraje para luchar con el diablo. Por favor, guarda a Amy, John y sus niños seguros. —Se mordió el labio, pensando en Malcolm con el corazón acelerándose—. Por favor, ayuda a Malcolm. Ayúdalo a luchar contra el diablo... ayúdalo a permanecer en Tu luz.
La capilla se sentía como si estuviera girando, como un carrusel.
—Faola, si estás escuchando, gracias por enviarme a Malcolm. —Titubeó. ¿Creía en la diosa?—. Ayúdanos a Malcolm y a mí. Ayúdanos a luchar contra el diablo, ayúdanos a luchar contra Moray. —Se estremeció. Moray era el hijo de Faola, si era como creía—. Y si no es mucho pedir, ayúdame a elegir bien. Quiero ayudar a Malcolm, no herirlo. —Tenía una petición más—. Un pequeño superpoder sería apreciado. —Hizo una mueca—. Amén.
Claire miró fijamente al relicario, el cual estaba tan borroso como el resto de la capilla. Luchó por respirar lenta y profundamente, mientras luchaba por calmarse. La pesadez en la capilla era sofocante.
Y entonces el aire se aligeró.
Claire se dio cuenta de que el relicario no quemaba apenas su mano y se sintió ligera. Sintió que Él había escuchado. Quizás la diosa también había oído.
—¡Alto!
Claire se congeló por el sonido de la brusca orden, dicha en francés.
—Quita la mano del cofre.
Claire se giró lentamente.
Un altísimo highlander estaba frente a ella. Moreno y bien parecido, sus ojos resplandecían con la cólera de los dioses, exudaba autoridad y peligro. Su mano estaba en la empuñadura de una espada de dos filos. Claire sabía que no dudaría en utilizarla.
—Retrocede.
Claire obedeció.
—MacNeil dijo que podía pasar unos minutos a solas. Necesitaba rezar.
Los ojos de él se abrieron de par en par. Eran verde-primavera, más claros que los de MacNeil.
—Sois americana.
Claire estaba sorprendida. ¿Había viajado a su país en esta época?
Pero no estaba relajado. La sospecha llenaba sus fuertes rasgos.
—Identificaos.
Claire lo hizo.
—Estoy con Malcolm de Dunroch —dijo secamente.
Este hombre aparentaba estar en la cuarentena, lo que quería decir que era más viejo incluso que MacNeil, ¿verdad?. Sus ojos eran duros, terriblemente duros. Parecía como si nunca hubiera sonreído, ni una sola vez en toda su larga vida. Hacía que Malcolm, Royce y MacNeil parecieran encantadores playboys.
Sus ojos se entrecerraron, deslizándose sobre ella en una inspección superficial, y después oscilaron bruscamente a su cuello. Él le buscó la mirada.
—Si sois amiga de Malcolm, y si MacNeil realmente os dejó a solas aquí, entonces sólo os advertiré que nunca toquéis el relicario.
—No lo haré.
—Vos llegáis de una tierra extraña, pero lleváis un amuleto de las Highlands.
Claire frunció el ceño. Tocó el colgante, que estaba terriblemente caliente otra vez. Primero Malcolm había estado fascinado con la piedra, ahora este extraño.
—Sí. Era de mi madre. ¿Quién eres tú?
—Ironheart de Lachlan.
Cuando no dio más detalles, Claire dijo con inquietud:
—Debería irme. Apostaría que Malcolm me está buscando.
—¿Cómo consiguió tu madre la piedra?
—No lo sé.
—¿Puedo verla?
Claire se envaró. Raramente se quitaba el colgante, y sólo para limpiarlo y pulirlo. No quería a este extraño tocándolo.
—Señora. —Él sonreía ahora. Sus ojos se habían vuelto cálidos y amistosos—. Quizás una adecuada presentación sea adecuada. Soy el conde de Lachlan, y un viejo amigo de Malcolm.
Su tono se había suavizado y Claire no dudaba de que él lo usaba con frecuencia con las mujeres para atraerlas a su cama.
—Soy Claire... lady Claire Camden —corrigió, relajándose.
Él asintió con la cabeza, su mirada sosteniendo la de ella.
—Mi hermano tuvo una piedra parecida una vez. Fue robada. No puedo evitar preguntarme si vos lleváis su piedra.
Su mirada se volvió penetrante.
Claire estaba aturdida. Era imposible apartar la mirada.
—Me gustaría ver la piedra más de cerca —murmuró él, su fija mirada volviéndose humo, siguiendo aún directa y penetrante—. Sé que no os importará entregármela, Claire Camden.
¿Por qué iba a molestarle?, se preguntó ella. Cogió el cierre y lo abrió, entregando el collar.
Mientras él levantaba el collar hacia la luz, la confusión desapareció. Claire se dio cuenta de que había sido hechizada y sacudió la cabeza para aclararla. ¡Sencillamente había entregado el collar de su madre a un extraño medieval! El poder de Ironheart para hipnotizar era más potente que el de Malcolm. No había sido capaz de pensar siquiera sobre lo que le había pedido que hiciera hasta que se apartó.
Se mordió el labio agitada.
Él se lo devolvió, sonriendo tristemente, los ojos suaves.
—Este no es el de mi hermano, pero además, sería un milagro si lo fuera.
Su tono era displicente , pero su mirada estaba buscando.
Claire se colocó el collar, esquivando sus ojos.
—Malcolm me está buscando —dijo firmemente. Queriendo alejarse de este hombre.
Tenía demasiado poder. ¿No tenían también los demonios esta clase de poder? Ella nunca debía bajar la guardia de nuevo, no por los tiempos de los tiempos.
—Os llevaré con él —dijo Ironheart—. Será un placer.

—Si Aidan tiene la página del Cladich, estoy seguro de que la traerá aquí —dijo MacNeil.
Los dos hombres estaban paseando por el huerto, donde nadie, ni siquiera otro Maestro, podría oírlos.
—Y yo no estoy seguro —dijo Malcolm rotundamente—. Voy a Awe inmediatamente.
—Dale a Aidan una oportunidad de ceder la página —dijo MacNeil en voz baja, pero era una orden y ambos lo sabían.
—¿Cuántas oportunidades le darás tu antes de que reconozcas que es tan malvado y retorcido como Moray?
—¿Es eso lo que realmente crees?
Malcolm se envaró. La verdad era que no sabía que creer sobre el Lobo de Awe. Aidan había jurado defender el Código, pero la mitad de las veces había ignorado las órdenes, persiguiendo su propia ambición. Aunque su padre, Moray, le había dado el castillo de Awe, forjando claramente una alianza con su rebelde hijo, Aidan la había rechazado y casado con una gran heredera, expandiendo enormemente sus tierras y su poder. Era incierto si apoyaba a Moray o no. Su esposa había muerto pocos meses atrás en el parto, sobreviviendo su hijo. Malcolm sabía que Aidan encontraría otra heredera y pronto. Además, de alguna manera Aidan había convencido al rey de que le pasara el título de su esposa, cuando el título debería haber pasado directamente a su hijo. Él era ahora el conde de Lismore
Lo que Malcolm sabía era que Aidan no era de confianza.
—Aidan puede traerte la página, bajo mi protección con mi escolta, o puede dártela sobre mí. De una forma u otra, la tendrás —dijo Malcolm. Saboreaba la próxima confrontación.
—Veo que escondes resentimiento. ¿Cuándo hablarás de lo que realmente deseas hablar... la hermosa mujer? —Malcolm sonrió con sagaz diversión.
La sangre de Malcolm se hinchó en sus venas. No podía controlar su mente, su deseo o su creciente polla. En unas pocas horas, estaría oscuro...
—Sé lo que deseas preguntar, Malcolm —dijo MacNeil con una risa.
Enfrentó a MacNeil con ira.
—¿Será divertido cuando lleve a la mujer a la cama y al amanecer esté yaciendo allí, muerta?
La sonrisa de MacNeil perdió intensidad.
—No te has extraviado ni una sola vez desde Urquhart. ¿Por qué piensas perderte en la oscuridad ahora? Has saboreado el tremendo placer una vez. Puedes dominar la urgencia de hacerlo otra vez.
Malcolm sabía que estaba rojo.
—Temo que mi lujuria sea impía —soltó rápidamente—. Porque la quiero más de lo que nunca he querido a cualquier mujer o cosa. Pienso cuando estoy entrando en ella que quiero más que su cuerpo
—Entonces deberás luchar contra la tentación —dijo MacNeil, con tono seco—. ¿No lo harás?
—¡Estás disfrutando de mi incomodidad!
—Aye, lo hago. Ve a joder una criada. Eso te ayudará.
—¡No quiero a otra! Y sé que tienes el poder de ayudarme, MacNeil —estaba enojado y lo bastante como para lanzarle un primitivo golpe, pero pudo refrenarse—. ¡Quizás estas pensando en rechazarme, como yo te he rechazado!
Los ojos de MacNeil se abrieron con burlona inocencia.
—¿Alguna vez hemos luchado por una mujer?
Malcolm lo miró fijamente. Finalmente dijo, en advertencia:
—Nunca lucharé contigo. Pero ella es mía.
MacNeil suspiró, pero sus ojos brillaban.
—Eres joven y fogoso, y yo apenas recuerdo aquellos días. ¿Qué clase de poder piensas que tengo?
—El poder de tomar mis poderes, sólo por una noche y un día. Encuentra un hechizo.
MacNeil sonrió abiertamente.
—¿No eres demasiado glotón, muchacho? —se rió—. ¿No puedes pedírmelo bien? ¿Y no puedes arreglarte con una hora?
Malcolm estaba incrédulo. ¿MacNeil sólo suspendería sus poderes de quitar la vida durante una simple hora? ¿Estaba loco? Esto era peor que no devolverlos del todo. Estaría mejor evitándola por completo que pasando una única hora con ella.
—¿Deseas que me arrastre?
MacNeil se puso serio.
—Malcolm, puedo verte tan frustrado como un muchacho. Puedo suspender el poder. Pero, ¿por un día o una noche? ¿Estás loco? ¿Te ha robado ella la sensatez? Estarías indefenso contra los iguales a Sibylla, mucho más contra Moray, durante demasiado tiempo. Sentirá tu debilidad si estas demasiado tiempo sin poderes.
—Una hora no es suficiente. Y mi paciencia se agota.
Nunca había querido decir nada más Tenía que tenerla debajo de él. Quería saborear sus labios, su piel, su sexo, empujar profundo dentro de su caliente, apretada y ceñida carne, y envainarse allí toda la noche. La quería corriéndose un centenar de veces. Podía verlos juntos en el ojo de su mente. Ella lo igualaría en lujuria, aye, caricia por caricia, clímax por clímax. De alguna forma lo sabía.
— Necesito el hechizo ahora —dijo Malcolm, ruborizándose.
Después de que estuvieran saciados, iba a sujetarla en sus brazos hasta que el alba rompiera. Quizás ella le diría más acerca de su mundo. Quizás hablaran con ligereza sobre cosas sin importancia. Como si el mundo real y todas las cargas que él arrastraba no existieran. Quizás podría explicarle por qué la moda de su tiempo eran harapos e hilos. Sonrió.
—Si estas empezando a preocuparte por la muchacha, harías mejor en pensar cuidadosamente lo que eso quiere decir —dijo MacNeil en voz baja, cortando sus pensamientos.
Le estaba acechando. Malcolm no era un caballero. Su interés en la mujer era básico. Vigilaba por aquellas bajo su protección, y aquellas que codiciaba y seducía. Cálidos abrazos y conversaciones casuales no eran parte de relación alguna que hubiera tenido nunca.
—No te encariñares de la mujer. Será utilizada contra ti. Te hará débil.
—No estoy encariñado de ella. —Malcolm estaba incómodo—. ¿Le dijiste a Claire que volverá a su tiempo? —tenía la mente cerrada ahora, así MacNeil no podría acecharlo. No debería preocuparse, pero lo hacía.
—Aye —dijo MacNeil, mirándolo fijamente de cerca—. Quizás deberías evitar ese camino.
—¿Y qué camino es ese? —dijo Malcolm, los puños cerrados. MacNeil tenía el poder de ver. A veces rehusaba venir a él, pero cuando venía, nunca se equivocaba. No importaba cómo la protegiera Malcolm, y no importaba cuanto disfrutara con ella en la cama, ella iba a dejarlo al final.
Apenas podía creerlo.
—Olvida lo que tienes entre las piernas. —Pero MacNeil se ahogó de risa, como si ningún Maestro fuera a olvidar sus necesidades.
Malcolm debatió el utilizar su puño para borrar toda la diversión de MacNeil.
—¡Puedes intentarlo! —exclamó MacNeil—. ¿Cómo puedo no estar divertido? Es sólo una mujer, Calum... bastante bonita, pero hay miles más.
—¿Me darás el hechizo?
—Aye, lo haré, porque siento cuanto te estáis hiriendo.
Él sonrió otra vez.
Entonces se puso completamente serio. Puso las manos sobre Malcolm y murmuró en alguna antigua lengua que Malcolm no entendía. Cuando hubo acabado, lo liberó, sonriendo.
—Puedes empezar tu galanteo cuando salga la luna, pero el hechizo no acabará una vez que puedas ver el sol.
Malcolm asintió con la cabeza, una salvaje excitación empezando.
—Estaré en deuda contigo.
—Y la cobraré.
La mirada de MacNeil se movió detrás de él. Siguió la mirada y vio a Claire mientras entraba en el patio desde más allá del huerto. Su pulso saltó. En unas pocas horas, se permitiría hacerle el amor tan apasionadamente como deseaba.
Vio que estaba acompañada por Ironheart. Aunque Malcolm no conocía bien al enigmático hombre, su reputación le precedía y Malcolm lo respetaba mucho. Muy complacido, dejó el huerto con MacNeil, buscando los pensamientos de ella mientras lo hacía. Malcolm inmediatamente reconoció la inquietud de Claire.
—Es un amigo, muchacha —dijo cuando se acercaron.
Claire le dirigió una pequeña sonrisa baja. Quiero hablar contigo, a solas.
Después, ¡vi el Cathach!
Leer sus pensamientos era bueno, no malo, y no entendía por qué eso siempre le molestaba a ella cuando lo hacía. La excitación de ella lo hacía suavizarse de alguna manera en su pecho. Afrontó a Ironheart.
—Hallo a Alasdair.
—Hallo a Chaluim —le respondió Ironheart.
Él volvió al inglés.
—Iremos a Awe tan pronto como mis asuntos aquí estén terminados.
Ironheart estaba claramente interesado.
—¿Desde cuando visitas al Lobo? No sabía que erais compañeros.
—No somos amigos —replicó Malcolm en voz baja, pensando en la página que Aidan seguramente tenía. Si Ironheart podía ser convencido para ir con ellos, sería un útil aliado si Aidan estaba poco dispuesto a partir con la página sagrada.
—Quizás vuelva a Lachlan de una manera más relajada.
Malcolm sonrió.
—Había esperado que dijeras algo.
Ironheart señaló con la cabeza a Claire, y él y MacNeil entraron en la sala capitular, dejándolos permanecer solos afuera.
Claire miró afligida hacia la pareja.
—Espero que eso no signifique lo que pienso que es.
—Aye, muchacha, vendrá con nosotros a Awe. —Viendo su expresión adusta, le acarició el hombro, bien consciente de que lo que él realmente quería era tirar de ella cerca—. Puedo utilizar su ayuda si debo luchar con Aidan.
La expresión de Claire palideció.
—¿Aidan está en Awe?
Instantáneamente leyó sus pensamientos.
—No es un deamhan, muchacha. Es un Maestro.
Los ojos de ella se abrieron de golpe.
—¡Pero intentasteis mataros el uno al otro!
—Es un delincuente. No obedeció el Código. No tiene ninguna conciencia, ningún corazón. No confío en él con la página. Puede dársela tan probablemente a Moray como a nosotros.
—¡Estupendo! ¡Un Maestro que se está desviando! —gritó ella.
Ella se frotó las sienes. Malcolm podía sentirlas latiendo. Estaba asustada y preocupada por él, y no sólo porque debería enfrentarse con Aidan. Estaba asustada de Moray... lo que era como debía ser.
Pero la preocupación de ella lo complacía enormemente. Quizás MacNeil estaba equivocado sobre el futuro, por esta vez.
—Muchacha, estaré complacido cuando te preocupes por mi, incluso un poquito —dijo en voz baja, cediendo y arrastrándola cerca. Chocó contra su cadera y quiso gemir. No lo hizo.
Pero ella había sentido su excitación. Jadeó, su mirada buscando la de él.
Estaba orgulloso de su viril erección.
—Aye, te necesito, muchacha —murmuró, deslizando las manos con fuerza por su espalda.
Tiró de ella más cerca, palpitando con creciente urgencia contra su vientre, deseando que estuvieran de vuelta en Dunroch y que las horas hubieran pasado. Sabía que estaba lista para él... podía sentir su deseo expandiéndose con una incontrolable velocidad.
Y también sentía su mente girando en círculos, dudando si se rendiría a él y se le uniría en la cama o no y mientras su control era tan frágil aún, la liberó.
—No voy a herirte, Claire.
Ella estaba respirando con fuerza.
—No es eso.
Estaba vacilando, y la sentía pensando, no sobre el hecho de que había pasado muchas noches en la cama de una amante sin perder el control, sino acerca de su propia falta de habilidad para preservar su corazón de él si compartía su cama. Estaba asustada de amarlo. Pero se lo había dicho, a él no le importaba. A él le gustaría si ella lo hacía. Nunca iba a entender de verdad su miedo a amarlo, porque era un poderoso señor y otras mujeres se habían enamorado felizmente de él. A otras mujeres no les había importado tener sus favores sólo por un corto tiempo.
Y nunca entendería su absurda necesidad de amar a un hombre para tener sexo con él.
—No debes preocuparte —intentó, sonriéndole a los ojos. Reflejaron el conflicto de ella—. Intento agradarte. No obstante, tú eliges, muchacha.
Ella abrió los ojos sorprendida y él sintió su cuerpo inflamarse. Había tanto deseo en ella que no podía aguantarlo.
Se inclinó más cerca, tocándole la cara.
—Te gusta cuando hablo sobre esto, ¿no es cierto? No me rechaces, muchacha. MacNeil ha suspendido mis poderes durante esta noche. Podríamos no tener otras noches tan pronto. Necesito estar dentro de ti y tú necesitas tenerme allí. Necesito verte tomando tu placer, Claire, y también necesito escuchar como te sientes llegando.
Ella asintió y él sintió su enorme vacío, suficiente para que pudiera llenar el espacio, correcto entonces, correcto allí.
—Saldremos para Dunroch tan pronto como la galera regrese —murmuró.
Alargó la mano, envolviendo la de ella. Como un adolescente, no podía pensar con claridad más tiempo.
Ella jadeó y alcanzó sus hombros.
—Malcolm, de acuerdo.
Triunfante la besó profundamente


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:45 pm

Capítulo 10

El sol ya se ocultaba cuando hicieron el corto y empinado ascenso hacia Dunroch desde el puerto que se encontraba a sus pies. La galera había sido anclada a medio camino de la carretera y luego la habían asegurado con bloques de madera. Claire eligió caminar por detrás de Malcolm, con la esperanza de tener alguna privacidad para sus pensamientos, aunque deseaba entrar en las murallas de Dunroch antes de que oscureciera. Ningún día pudo haber sido más largo. Había habido una impresionante revelación después de otra, sin un respiro. Estaba mental y emotivamente exhausta.
Claire miró hacia el puente levadizo y la caseta del guarda. En otra hora o así oscurecería. El deseo de Claire se encendió. Y Malcolm lo supo, porque hizo un alto y se volvió a mirarla.
Ya no había ninguna decisión que tomar acerca de su relación. Ella le deseaba intensamente, tanto que casi le podía sentir dentro de ella, caliente y duro, una fricción enloquecida. Sentía una atracción atemorizante por él, una que ya no creía poder resistir, aunque quisiera. Pero no quería resistirse. Esa no era la cuestión.
Su mundo había cambiado. No sabía si iba a vivir mucho tiempo más, y los valores a los que se había aferrado durante toda su vida parecían frívolos ahora. Esperar amor cuando estaba con un hombre como Malcolm era absurdo, dada la probabilidad de que el resto de su vida fuera a ser realmente corto, a pesar de lo que había dicho MacNeil.
Ella había tenido tiempo para pensar en ello. Si él hubiera visto su muerte inminente, no se lo hubiera dicho. Eso sólo podría conducir a hacer realidad la profecía. Y Claire estaba bastante segura de que, a menos que recibiera superpoderes, no iba a sobrevivir mucho tiempo a un cazador como deamhan. El Deamhanain era jodidamente demasiado fuerte.
Por lo que respecta a su enamoramiento de Malcolm, lucharía contra la ridícula necesidad de amor de su corazón antes de tener sexo. Y si se equivocaba, qué más daba. Un corazón roto no parecía el peor trato. Parecía bastante mundano, de hecho.
Los hombres desaparecieron tras la caseta del guarda. Malcolm la esperó junto al puente levadizo. Cuando ella llegó a su altura, sus ojos grises brillaron con anticipación. Claire pasó de largo. Agudamente consciente de él detrás de ella, cruzó la caseta del guarda y el muro exterior del castillo. Los hombres torcieron hacia el vestíbulo y se oyeron los gritos de alegría de algunos niños cuando lo hicieron. Claire estaba aliviada por estar dentro de la muralla, más aún cuando observó que levantaban el puente levadizo, y el rastrillo caía de golpe. Malcolm sonrió con tanta promesa que su corazón dio un vuelco como respuesta, como si dijera “mala suerte”. Su mundo había cambiado pero a su corazón no parecía importarle.
Ella siguió a Ironheart hacia el vestíbulo. Malcolm se detuvo para cerrar la puerta principal tachonada detrás de ella, y su mirada ya no estaba dirigida a ella. Claire se quedó muy sorprendida al ver a Royce sentado frente al fuego. Cuando todos entraron en la habitación, él se levantó, ondeando los cuadriceps e hinchando los bíceps.
Malcolm dio una zancada hacia delante, reuniéndose con Royce a medio camino del vestíbulo, claramente sorprendido de verle.
—¿Qué te hizo regresar?
Royce dijo, con tono evasivo:
—Decidí que estaría bien hacer una visita a Aidan. Me uniré a ti mañana.
Claire vio la expresión de Malcolm volverse tan vacía como la de Royce. Se preguntó qué diablos iba a pasar.
Ella vaciló. Ambos, Seamus e Ironheart, se habían sentado en los bancos de la larga mesa, con sendas jarras de vino. Ella podía oler la pieza de caza asada y supo que la comida estaba a punto de ser servida, y que a pesar de sus preocupaciones, se moría de hambre.
Pero Ironheart seguía haciéndola sentirse inquieta. Había sentido sus ojos en ella repetidamente durante el viaje de regreso a Mull y sabía que a él no le gustaba ni confiaba en ella. Ahora, ella le sonrió, sirviéndose también una jarra grande de clarete.
—¿Puedo? —preguntó Claire.
—Lady Claire, por supuesto que podéis sentaros. Sois la invitada de Malcolm.
Claire se sentó frente a él, consciente de que Malcolm la miraba.
—Gracias.
Ironheart la miró.
—¿Por qué deseáis ir a Awe con Malcolm?
Claire enfrentó su mirada directamente.
—¿Por qué no?
—Puede haber batallas por delante.
—Puedo protegerme. —Claire hizo una mueca. Necesitaba un arma. Pero Malcolm no parecía muy preocupado por enfrentarse a Aidan, y eso era reconfortante. Por otra parte, nada era reconfortante con el conde de Moray. Claire se había enterado que era el Defensor del Reino, el equivalente escocés a comandante en jefe—. Refréscame la memoria, ¿quién es el rey?
Ironheart le dirigió una extraña mirada.
—Jacobo es el rey y antes de que preguntéis, su reina es Juana Beaufort.
—¿Están en nuestro bando o en el de ellos?
—El rey ha pasado la mayor parte de su vida como rehén del rey Enrique V en Inglaterra. Él tiene un solo bando, el suyo.
Claire dedujo que las palabras de Ironheart querían decir que el rey Jacobo era humano. Si había pasado la mayor parte de su vida en la corte inglesa, estaba probablemente interesado en su propio poder y su propio trono. La mayor parte de los reyes de Escocia habían tenido enormes problemas para mantener bajo control las Highlands. Eso explicaría la llamada.
Por otra parte, existía una nueva fuente de poder, y era maléfica. A ella no le gustaba dónde se encaminaban sus ideas, pero todo lo que Jacobo tenía que hacer era vender su alma y el reino sería suyo, con Moray al frente de sus tropas.
Moray estaba ya allí.
Sus sienes latieron. Tal vez Jacobo había vendido su alma ya.
—Necesito un arma —dijo muy seria, levantando la mirada. Ir a Awe desarmada era una locura—. Necesito una daga, y Malcolm debe enseñarme cómo usarla.
—¿Y eso en qué os ayudará, muchacha?
Otro machista medieval, pensó ella. Optó por no molestarse en ponerlo al tanto sobre la condición de las mujeres modernas.
—Bien, estaba pensando en permanecer viva, y defenderme cuando mi protector no esté cerca. Y está el pequeño problema de los Deamhanain. Parecen aparecer de pronto, whoops, fuera del tiempo¬, y no quisiera volver a enfrentarme a Sibylla otra vez. —Eso era quedarse muy corta. ¿Pero si no podía vencer a Sibylla, una humana poseída por el mal, cómo podría atrapar nunca al demonio que había asesinado a su madre?
—Muchacha, nunca encontrareis al deamhan que mató a vuestra madre. Dejádselo a un Maestro.
—Antes arderé en el infierno —dijo Claire suavemente—. Sólo necesito herramientas, armas, conocimiento. ¡Y es una grosería leerme la mente!
Ironheart se quedó mirándola. Entonces habló severamente.
—Si Malcolm no os enseña, yo lo haré.
—¿Tu? ¿Por qué harías tal cosa? —dijo con incredulidad.
—He pronunciados los mismos votos que Malcolm, Claire. Es mi deber protegeros. Si se os ocurre cazar un deamhan, entonces necesitáis alguna habilidad. Pero —añadió misteriosamente—, no tendréis éxito sola. Deberíais convencer a Malcolm de vuestra causa.
Ella ya había llegado a esa misma conclusión.
—Gracias.
Su atención se desvió cuando dos mujeres comenzaron a colocar humeantes bandejas de carne y pescado encima de la mesa. Ambos hombres comenzaron a llenar sus platos de caza y pescado.
La de Claire también fue desviada, pues Malcolm y Royce venían a sentarse. Royce la sonrió.
—Hallo a Chlaire.
—Hallo a Rhuari —respondió velozmente en gaélico.
Su sonrisa se amplió.
—¿Ciamar a tha sibh?
Claire había oído esta locución varias veces en el pasado. También había oído la respuesta.
—Tha Gu math —dijo ella.
Unos sonriente Royce y Malcolm empezaron a mirarla fijamente. Royce murmuró:
—Y también podríais decir, Tapadh Leibh .
Él estaba coqueteando. Claire no le prestó atención, ¿y por qué iba a hacerlo? Su pecho ondeó bajo la túnica y sus bíceps se hincharon. Hoy vestía un enorme y ancho brazalete de oro en su brazo izquierdo, uno con una cruz de cuarzo amarillo en el centro. Además, tal vez era sólo la mitad de machista que Malcolm. Ella podría necesitar a un aliado sobre el terreno.
—Tapadh leibh —dijo ella.
Él sonrió, revelando el hecho de que tenía hoyuelos, también.
—Tenéis buen oído, muchacha —murmuró él.
—¿Me has preguntado cómo estoy?
—Sí, y habéis dicho, “Bien, os lo agradezco”. —Sus ojos grises eran cálidos, demasiado cálidos.
Malcolm se sentó al lado de Ironheart, frente a ellos, sus ojos se estrecharon. No estaba complacido.
—Por supuesto, si tuviéramos confianza —dijo suavemente —os preguntaría de forma diferente. ¿Ciamar a tha thu?
Definitivamente, coqueteaba. Y Malcolm estaba celoso. Claire estaba encantada. Ella también entendió. Había percibido bastante gaélico en el pasado.
—¿Tha Gu math, tapadh... leat ?
Los ojos de Royce brillaron.
—Aprendéis rápidamente, muchacha.
Malcolm golpeó con su puño sobre la mesa.
—Y yo seré el único que le enseñe a partir de ahora.
Claire sonrió abiertamente, disfrutando de sus celos primitivos. Había un lado bueno en el machismo medieval.
—Pero Ironheart ya se ha ofrecido a enseñarme cómo pelear con una daga y una espada —dijo inocentemente, agitando sus pestañas hacia él.
Ironheart se sofocó.
Malcolm enrojeció.
—Infiernos. Ya discutimos esto. Acabarás muerta. Ya sé que deseas enfrentarte al Deamhanain, Claire, pero no puedes. Eres una mujer, y una mortal además.
Claire se puso totalmente seria.
—¿Piensas que creo que tendré éxito? ¡Pero tengo que intentarlo! Mis días están contados, lo sé. Pero haré lo que tengo que hacer. ¡Por eso debes ayudarme enseñándome lo que necesito saber!
Malcolm recobró la compostura.
—Muchacha. Eres demasiado valiente para tu propio bien.
Él quería decir eso, y si bien estaba equivocado, su alabanza no la conmovió.
—Malcolm, no soy valiente. Tengo miedo. Pero necesitáis intentar verlo desde mi punto de vista.
—Un guerrero sin miedo es un hombre muy tonto —dijo Malcolm—. Los hombres pelean porque son fuertes. Las mujeres permanecen a salvo detrás de las murallas para tener niños. Así es como funciona el mundo. Si puedo, cuando terminemos aquí, encontraré al deamhan que asesinó a tu madre.
Ni siguiera iba a intentar escuchar lo que le decía, pensó ella. Claire se tomó un momento para responder.
—¿Está eso en tus votos? ¿Piensas protegerme cuando salga porque juraste hacerlo? Porque cuando regrese, mi vida es asunto mío.
Su mandíbula se endureció.
—Te he dicho una y otra vez que no deseo verte morir.
Ella alcanzó su mano a través de la mesa.
—No me entiendas mal. Agradezco la protección que me has brindado, Malcolm, de verdad. Pero podría tardar años en encontrar al demonio que mató a mi madre y estas muy ocupado aquí mismo en 1427. —Ella vaciló—. Sé que nunca me entenderás, lo que quiero, lo que necesito, lo que tengo que hacer, o a mi mundo. —La comprensión dolió.
La cólera inundó sus ojos grises.
—¡Ah, muchacha, eres arrogante otra vez! ¡Es muy molesto!
—¡Me oyes, pero te niegas a escuchar una palabra de lo que digo! —gritó ella, contrariada al darse cuenta de la extensión del abismo cultural entre ellos—. Ni siquiera es la costumbre en este mundo, Malcolm, porque en pocos años en Francia, Juana de Arco guiará a su ejército en combate contra sus enemigos. Y en tiempo de tus antepasados, las mujeres fueron grandes guerreras, peleando junto a sus hombres. En mi tiempo, las mujeres son soldados. Van a la guerra y pelean y mueren al lado de los hombres.
Malcolm dijo suavemente, peligrosamente:
—Mientras me quede un aliento de vida, te mantendré a salvo. Hice el voto de proteger al Inocente y tú eres mi Inocente, Claire. Incluso cuando me dejes, eso no cambiará.
Se tensó, porque se había referido a ella regresando a su tiempo de una forma muy personal. Y supo que había topado contra una pared del ladrillo.
—Hay una última línea. Si quieres protegerme hasta la muerte, supongo que no te puedo detener. Pero mi vida me pertenece. Si quiero vengar a mi madre, nadie me puede detener. Ahora que sé la verdad, ¿cómo puedo quedarme quieta y no hacer nada? Si ese demonio está vivo, tengo que intentar vengar a mi madre. Harías la misma maldita cosa por la tuya.
Malcolm palideció.
Y Claire supo que había dicho algo terriblemente malo, porque los otros tres hombres en la mesa enmudecieron. Abruptamente todos dirigieron su atención a sus platos, excepto Malcolm. Ella lo miró y vio que estaba afligido.
—Malcolm —dijo cuidadosamente—. Lo siento. Sea lo que sea que dije, fue un error. —Pero no tenía ninguna pista de lo que había hecho para contrariarle así.
Malcolm apartó a un lado su plato vacío. Por un momento clavó los ojos en ella, luchando claramente con sus emociones, y luego se levantó. Salió andando hacia la noche.
Claire miró a los hombres.
—¿Qué ha ocurrido?
Royce dijo suavemente:
—Su madre es un punto sensible, muchacha.
Claire se quedó completamente desconcertada. Luego dio un salto y corrió tras él.
Fuera, era noche cerrada, la oscuridad de las Highlands repleta de un billón de estrellas brillantes. Vio a Malcolm subiendo por las escaleras de las murallas. Quería estar solo, estaba segura. Claire fue tras él de todas formas.
—Ahora no, muchacha —dijo, sin darse la vuelta, mientras miraba fijamente hacia el océano, una brillante extensión de ébano.
Claire se detuvo detrás de él.
—¿Puedes contarme lo que dije para afligirte así?
—Tienes razón. La venganza es lo más adecuado. Eres un guerrero de corazón, y ardes en deseos de vengar a tu madre.
Claire se humedeció los labios.
—Glenna me dijo que tu madre era inglesa, pero eso fue todo. ¿Es por tu madre, o por tu padre?
Un manto de silencio.
—Es por ambos.
Y Claire supo que algo terrible había ocurrido. Tomó su mano y la apretó.
Él se encogió de hombros.
—Moray violó a mi madre —dijo repentinamente, en voz baja—. Cuando estaba prometida.
Claire se aseguró de no quedarse sin aliento, pero estaba horrorizada. Y luego se asustó.
—Moray no es tu padre biológico, ¿verdad?
Su mandíbula se tensó.
—Nací tres años más tarde, Claire. No. Soy el hijo de Brogan Mor.
Claire se mordió el labio, más aliviada.
—¿Fue un crimen por placer?
Él negó con la cabeza.
—Fue una violación. Una violación brutal, sádica, dañina. Fue tortura, Claire. Moray violó a lady Mairead cuando mi padre se fue a la guerra, muchas veces. Pudo haberla asesinado, pero quiso conservarla, empeorar el tormento. Mi madre intentó ahorcarse, pero su criada la encontró a tiempo —añadió él, las ventanas de su nariz se ensancharon—. Ahora está en un convento.
Claire sintió caer las lágrimas.
—¡Lo siento! ¡Es una historia terrible!
Él la enfrentó, con los ojos brillantes.
—Yo no conocía la verdad hasta que hice mis votos. —Su risa fue ruda, fiera—. A la noche siguiente, mi tío me dijo exactamente por qué Moray era mi enemigo mortal. Y me rogó que dejara tranquilo al hombre que violó a mi madre —dijo sarcásticamente.
Claire comenzó a darse cuenta de lo que sucedió.
—Oh, Dios. Entonces fue cuando fuiste tras Moray. ¿Y él jugó contigo? Fue cuando luchaste, cuándo casi moriste, cuándo te tendió una trampa con la mujer.
Se volvió hacia ella, su expresión era áspera, cruel.
—Mi padre se pasó la vida buscando venganza y falló. Busqué venganza. Fallé. ¡No quiero verte violada, Claire, o algo peor! No quiero ver como mueres.
Claire enjugó una lágrima errante, su corazón se rompía por él, por su madre y su padre, pero el temor floreció. Moray no mató a Mairead, quiso que pasase toda una vida sufriendo. Y la había usado como cebo para la trampa que había colocado para Malcolm.
Él dijo roncamente,
—¿Lo comprendes? Debo protegerte. No puedo fallarte.
Claire tragó saliva.
—Sí. Entiendo. —¿Moray había terminado con los Maclean, o no? ¿Había terminado con Malcolm?
Su mirada mantuvo la de ella.
—Tu mundo puede ser diferente. Yo no lo comprendo. Pero en mi mundo, protejo a las mujeres. En mi mundo, te protejo a ti. O muero en el intento. —Se suavizó—. ¿Me permitirás protegerte, muchacha?
Claire inclinó la cabeza, abrumada. Pero no podía cambiar de idea acerca de lo que tenía que hacer. Ella no era Mairead, o cualquier otra. No importaba cuán fuerte fuera Malcolm, no podía confiar en él como si fuera una mujer de siglo XV. No tenía más opciones, ya no. Tal vez Malcolm tenía razón en una cosa. Tal vez en su corazón, era una guerrera, porque tenía que conseguir la venganza.
Pero no iba a discutir. Él nunca cambiaría de idea, eso ahora estaba claro. Estaba lleno de culpabilidad, y su fracaso en vengar a su madre era algo con lo que viviría para siempre. Salvo que el hombre de pie en la oscuridad frente a ella ardía con determinación.
—Eras joven e impulsivo —dijo ella apretando los labios—. Pero ahora es diferente, ¿verdad?
Sus ojos titilaron; él apartó la mirada.
—¡Oh, Dios! No ha terminado. Esperas tu oportunidad. Nunca descansarás, no hasta que hayas vencido a Moray o de alguna forma haya pagado la deuda, da igual.
Él la enfrentó, sus ojos grises ardían.
—Un día, nos encontraremos de nuevo. Puedo morir. No me importará. Porque le llevaré conmigo, esta vez.
Claire se aterrorizó, no por sí misma sino por Malcolm.
—¿Tu poder es igual al suyo? —Ya sabía la respuesta—. Los Maestros no han tratado de vencerle durante siglos. ¡Dos errores no hacen un acierto!
—El día llegará —dijo él, tan suavemente que sintió escalofríos—. No temas por mí. El día en que yo muera, si Moray muere, estaré complacido Claire, muy complacido.
Claire no podía hablar. Machista sin remedio, héroe sin remedio. Maldita sea, él era el que iba a morir.
Él extendió la mano.
—¿Puedes tener algo de fe en tu hombre, muchacha?
Su hombre. Ella miró hacia arriba y él encontró sus ojos, su mirada intensa la recorría.
—Tengo fe. Sólo estoy algo preocupada.
Su sonrisa comenzó, tan suave y tan hermosa que la dejó jadeante.
—Ah, muchacha, te preocupas por mi. —Su agarre se tensó—. Pero aún así te opondrás.
Ella se mordió los labios. No era una pregunta y ambos lo sabían.
—Algunas veces —dijo cuidadosamente, su corazón latía tan fuerte que pensó que iba a estallar—, una diferencia de opinión entre un hombre y una mujer es algo bueno.
Él la abrazó con otra conmovedora sonrisa.
—Sí —susurró—. Algo muy bueno. Preocúpate por mí, Claire. Deja que me preocupe, deja que luche, deja que te complazca... ahora.
Estaba sus brazos, sus senos aplastados por su pecho de hierro. La noche era terciopelo en su piel desnuda, su mejilla. Y Malcolm estaba tan duro como una piedra contra su vientre, su cintura. Eso era, pensó a pesar de todo. Y ahora, sólo había una conclusión posible para sus opuestas visiones del mundo.
—Malcolm —respiró.
Su mirada se movió sobre su cara, sus grandes manos se deslizaban sobre su espalda. Él sonrió, tocando sus labios con su boca, una sola vez.
—Sí, muchacha, entiendo lo que necesitas de mí. Y sé lo que necesito de ti.
Claire inspiró cuando sus manos se deslizaron más abajo, atrapando firmemente su trasero por encima de la falda vaquera y la túnica de lino, atrayéndola contra una erección muy impresionante.
—Oh. —Su excitación la hacía arder, incluso a través de sus ropas.
Recorrió con la lengua su labio inferior. Claire se quedó sin aliento, mientras sus manos exploradoras se movían hacia abajo, bajo el tartán y la túnica, sobre su minifalda, las puntas de sus dedos peligrosamente cerca de donde ella deseaba que estuvieran, en la parte posterior de sus muslos desnudos. Él lamió sus labios, la punta de su lengua bajando en intensidad, murmurando,
—Todavía lleváis puesto el harapo.
—Es... una... falda.
—No —respiró él. Y tomó su boca con la suya.
Claire se olvidó de todo excepto del hombre que quería. Gimió de placer, agarrándose a sus enormes hombros cuando él le dio la vuelta, presionándola contra la pared, su boca firme y dominante, obligándola a separar los labios para él. Su lengua se introdujo profundamente. Si podía hacerla latir casi hasta el clímax con la lengua bajando por su garganta, ella sabía que moriría e iría al cielo cuando hicieran el amor.
El calor que la recorrió, inflamando su sexo hasta lo imposible, era tan fuerte que apenas podía soportarlo. Pero antes de que pudiera rogarle que la llevara a la cama o la tomara allí, contra la pared, él extendió las manos entre ellos, bajo su falda. Al momento sus dedos encontraron su carne turgente, acariciándola allí. Echó la cabeza hacia atrás y sollozó cuando el placer estalló sobre ella. Y luego sintió su macizo miembro, desnudo, caliente y resbaladizo, presionando contra sus labios inflamados. Él se frotó hacia delante y atrás, respirando con dificultar, y ella clavó los dedos en sus hombros, retorciéndose enloquecida, enervada por tanto placer. Él agarró su muslo, ayudándola a envolverlo alrededor de su cintura.
Presionando el rostro contra su oreja, murmuró:
—Agárrate fuerte. —Y empujó dura y profundamente.
Húmedo, caliente, enorme. Claire se quedó sin aliento, cegada por tener a Malcolm finalmente dentro de si, dilatándola. Su tamaño era impresionante, y sintió el poder ardiente en su erección. Claire sintió comenzar un clímax violento, causándole un dolor agudo al principio, rodando sobre ella en ondas más y más grandes. El placer se elevó hasta lo imposible, hasta que sólo hubo un éxtasis loco, espasmo tras espasmo, mientras él lenta y deliberadamente movía su ancho y largo miembro dentro de ella. Él se quedó sin aliento y ella sollozó y se excitó más.
Malcolm comenzó a empujar con verdadera urgencia. Las ondas siguieron creciendo. Claire pensó que podría morir. Esto debía ser a lo que se refería, placer en la muerte. Ella se desharía una y otra vez en un universo negro de éxtasis y nunca saldría. No quería regresar de nuevo a la realidad.
Malcolm se quedó sin aliento. Ella le sintió expandirse, alargarse, explotar. La semilla caliente salió a borbotones, yendo hasta el fondo. Y no se detuvo...
Claire no supo cuánto tiempo estuvo sintiendo las contracciones de múltiples orgasmos o de uno solo interminable, pero en algún punto lejano en el tiempo, su cuerpo finalmente se suavizó, cediendo su ávido agarre de placer, y comenzó a flotar de vuelta a los brazos de Malcolm. Él besó su mejilla. Aún aturdida, se percató de que permanecía duro y erecto, su cuerpo entero temblaba, como si no se hubiera corrido. Pero eso era imposible, salvo que ella imaginara cosas. De hecho, a menos que el tiempo se moviese diferente aquí, comenzaba a pensar que su orgasmo también había sido extraordinario por su duración.
Él besó su mejilla otra vez y Claire dio cuenta de que estaba montada en su cintura, su trasero clavado en la áspera pared de la muralla. Y lo que era aún más importante, su cuerpo se excitaba de nuevo mientras la mantenía empalada.
—Déjame que te lleve a mi cama, Claire —murmuró con el tono de voz más erótico que había oído nunca.
El deseo resurgió.
—No necesitamos una cama —dijo ella espesamente. No podría soportar ni la más breve separación.
Y él comenzó a moverse dentro de ella otra vez, largo y lento.
—No puedo follarte adecuadamente contra una pared.
Ella sonrió contra su cara. No podía imaginar lo que quería decir.
—Entonces date prisa.
Se apartó, sujetándola mientras ella se apoyaba sobre sus pies.
—Muchacha lujuriosa —murmuró, con los ojos en llamas.
Ningún hombre la había mirado nunca con tanto ardor. Claire se ahuecó, el deseo se anudó en su vientre, sus rodillas se doblaron. Y luego se congeló.
No habían usado protección.
—¿Claire?
—¿Debo dar por supuesto que podrías dejarme embarazada? —logró decir.
Instantáneamente, él la atrajo a sus brazos, sonriendo.
—No estás en esa época del mes, Claire. Si lo estuvieras, no te llenaría con mi semilla.
—¿Qué? —exclamó ella.
—Puedo sentir cuando eres fértil. ¿Puedes imaginar cuántos bastardos tendría un Maestro si fuera de otra manera?
—¿Estás seguro?
—Estoy muy seguro —dijo él con una sonrisa taimada mientras la bajaba por las estrechas escaleras.
Ella se rebeló.
—¿Puedes ponerme en el suelo? No soy una pluma. Mido metro ochenta, ¡por amor de Dios!
—Sí, y la mayor parte son piernas. Soy un hombre afortunado, especialmente cuando las tienes alrededor de mi cintura.
Él abrió de una patada la puerta de su cámara, sobresaltando a Claire. Cerrando la puerta de un codazo, cruzó velozmente el cuarto y la colocó sobre la cama. Su sonrisa se transformó mientras echaba a un lado su kilt. Claire se sentó apoyada contra las almohadas, muy interesada ahora. Él sonrió abiertamente, quitándose las botas una tras otra.
—Me gustan tus ojos cuando me miras de ese modo.
Claire no contestó; no podía. Estaba interesada en una cosa: el objeto que le había dado un placer tan extraordinario. Mientras él apartaba la túnica, ella inspiró.
Él se sentó al su lado, riendo.
—No tienes vergüenza.
Ella se humedeció los labios y recorrió con las puntas de sus dedos su increíblemente gruesa longitud. Su sonrisa desapareció. Lo miró directamente a los ojos, luego se levantó abruptamente.
Claire jugueteó con el broche.
Malcolm se quedó quieto, mirándola. Sus ojos eran plata derretida ahora.
—Me gustan tus ojos cuando me miras de ese modo —susurró Claire. Él no sonreía y ella sabía que él no podía.
Se quitó el kilt y el cinturón, y después tiró de la túnica sobre su cabeza. Se quedó ante él en minifalda y camiseta. Sus ojos eran tan ardientes que esperaba que se desatara un incendio en la habitación.
Él asintió.
—Adelante, muchacha.
Ella tembló, un goteo ardiente bajaba por sus muslos. Eso había sido una orden y en ese momento le agradaron sus modales machistas. Se quitó las botas, su falda se levantó por encima de su trasero cuando se inclinó. Malcolm no emitió ningún sonido pero ella sintió incrementarse su lujuria.
Se volvió hacia él, quitándose lentamente la camiseta y haciendo una pausa con las manos en el broche a presión de su falda vaquera.
Malcolm jadeaba con fuerza. Su pene parecía más lleno, más grande, pero eso era imposible.
—¿Cómo llamas a esa prenda?
—Un sujetador —dijo ella suavemente. Era transparente y de encaje y Malcolm parecía fascinado. Se desabrochó la falda y la dejó caer al suelo.
La mirada de Malcolm voló hacia el tanga.
—Date la vuelta —pidió—. Muéstrame toda la prenda.
Claire no se rió. Estaba a punto de tener un orgasmo simplemente estando allí en pie. Dio una vuelta lentamente, y antes de que hubiera terminado, él se colocó detrás de ella, con la enorme erección presionando entre sus nalgas, la boca a un lado de su cuello, las manos contra el tanga totalmente húmedo, cubriendo su sexo. Claire gritó, palpitando contra su palma.
—Eres tan hermosa, Claire —susurró muy serio. Y entonces la levantó abruptamente y Claire cayó hacia atrás contra las almohadas.
Separó sus muslos. Claire sentía cómo su corazón palpitaba y se aceleraba a causa de la salvaje anticipación. A cuatro patas, Malcolm enfrentó sus ojos con su ardiente mirada plateada.
—Te necesito ahora. Usaré mi lengua en ti más tarde, muchacha. —Apartó el tanga a un lado.
Claire gimió, mirando hacia abajo mientras se disponía a poseerla, latiendo desasosegadamente sobre ella.
—No puedo esperar —se sofocó ella.
—Sí que puedes. —Descendió lentamente y cuándo ella sintió su calor resbaladizo acariciándola, gritó, arañando su espalda.
—Es mejor despacio —respiró él, comenzando a presionar contra ella.
Claire clavó sus uñas profundamente.
—Te odio —gimió.
—Sí, por el momento. —La besó brevemente y luego empezó a entrar lentamente, pulgada a pulgada.
El placer colapsó su mente. No podía respirar. Él sonrió, empujando cuatro pulgadas más, después cinco. Claire sintió como empezaba a estremecerse. Se escuchó a sí misma jadeando y se dio cuenta de que suplicaba, pero él no aceleró su ritmo. Y antes de que él llegase al final, sintió cómo se rompía.
Ella encontró su mirada y mientras él la observaba, se corrió. El éxtasis la atravesó, arrastrándola a ese oscuro universo centelleante donde las ondas de placer se hacían cada vez más grandes, y Claire gritó, abrazando ansiosamente el vórtice.
—¡Malcolm!
Él sonrió una vez, triunfante, y se movió más deprisa, uniéndose a ella en ese loco frenesí.

—Claire, casi ha amanecido.
Claire apenas sintió cómo Malcolm la dejaba, volviéndose de espaldas a su lado. Inmersa en un estupor de éxtasis y agonía, la tarde transcurrió en una pura pasión hedonista enloquecedora. Hacía mucho tiempo que había perdido la capacidad de pensar. Cerró los ojos, completamente sin aliento, a la espera de cesaran los pequeños temblores de su excitado cuerpo, a la espera de que su corazón se desacelerara al fin.
Y cuando recuperó la coherencia, llegó la incredulidad. Malcolm era un insaciable aunque soberbio amante, y su gesta en la cama claramente no era humana. Nadie podía excitar y mantener el placer de una mujer como él había hecho durante horas y horas, sin cansarse o flaquear siquiera. Finalmente se dio cuenta de que estaba exhausta. También fue consciente de un nivel de saciedad que era imposible definir. Y había algo más que eso. Su corazón comenzó un pequeño baile dentro de su pecho. ¡No, pensó rápidamente, no te atrevas a ir por ahí!
Eran amantes, eso era todo, y claramente eso la convertía en una mujer muy afortunada.
Lentamente, giró la cabeza para mirarlo a la luz grisácea del incipiente amanecer. E inspiró ante la tierna mirada de sus ojos.
Él tenía un brazo bajo su cabeza y la miraba fijamente.
—¿Estás satisfecha, muchacha?
Ella tuvo que sonreír.
—¿Bromeas? —Y antes de que pudiera decirle que no entendía, ella dijo suavemente—: Estoy muy satisfecha, Malcolm. Nunca he estado tan satisfecha.
Para su sorpresa, él extendió la mano abruptamente y la atrajo hacia su costado, sonriendo de satisfacción.
Claire estaba asombrada. ¿Quería acurrucarse? Presionó la mejilla contra su pecho y fue recompensada con el lento y fuerte latido de su corazón. Sería tan fácil encariñarse con este hombre, pensó.
La mano de él recorrió su brazo en una caricia, luego jugueteó con los mechones de su cabello.
—Tha ur falt brèagha —dijo suavemente.
Claire levantó la mirada.
—Dijiste eso en mi tienda. ¿Qué significa?
—Tu cabello es hermoso —murmuró él, manteniéndole la mirada—. Casi tan hermoso como tu.
Claire sintió una ráfaga de placer. Bajó la mano por su magnífico torso.
—Tu eres hermoso.
Él se rió.
—Uno de nosotros necesita estar vestido. —Se levantó, tratando de alcanzar su kilt, que estaba en el suelo.
Claire se enderezó de forma que pudo observarlo abiertamente. Él le sonrió mientras envolvía hábilmente el kilt alrededor de sus caderas desnudas. Asombrada, Claire sintió que se le hacía la boca agua.
—Eso es de lo más sexy.
Él sonrió y regresó a la cama, tomándola instantáneamente de nuevo entre sus brazos.
—Me agrada que te guste mi virilidad. —La abrazó.
El corazón de Claire bailó nuevamente y ella le recordó que se detuviera.
—A todas las mujeres les gusta tu virilidad —dijo con una sonrisa.
—Sí.
Claire optó por no ir por ahí. Acababa de hacer el amor como si no hubiera mañana, de formas que no eran realmente posibles, y estaba flotando de saciedad y felicidad. Si él hacía el amor con otras mujeres de esa forma, no quería saberlo.
—Nunca he deseado a ninguna mujer como te deseo a ti —dijo él en voz baja, claramente había escuchado sus pensamientos.
—¿No?
—No. —Le levantó la barbilla—. ¿Y tú, muchacha?
Le llevó un momento. Claire se sobresaltó. ¿Se suponía que debía reconocer que nunca había deseado a un hombre como lo deseaba a él? ¿Y que nunca lo haría? Después de anoche, dudaba que alguna vez quisiera acostarse con alguien más. Dios, cuando se fuera a casa, pasaría el resto de su vida en celibato. Claire no tenía ninguna duda.
Él la atrajo más y la acarició y ella notó que sonreía.
¡Había escuchado sus pensamientos! Claire se apartó.
—Espero que estés contento —dijo tensamente.
—No podría estar más contento. ¿Pero tenemos que pelear otra vez? Estabas tan contenta hace un momento.
Claire buscó las mantas y las levantó hasta su barbilla.
—No tenemos que hacerlo. —Esto era realmente injusto, pensó con temor. Al final él estaría con otras mujeres, teniendo un sexo increíble, y su destino era vivir como una solterona cuando se fuera a casa. Pero así era el destino. Él era un Maestro súper grande, súper poderoso. Y si era lista, lo disfrutaría mientras pudiera.
Claire se preguntó cuánto tiempo sería eso.
—¿Permaneciste fiel a Glenna?
Él parecía un niño atrapado con la mano en la hucha de su hermano.
—No lo creí —dijo Claire lentamente. Tenía que ser adulta en esto. Eran literalmente de mundos diferentes. No podía tener las expectativas que tendría si él fuera el tipo de al lado y fueran amantes en su tiempo.
Él habló lentamente.
—¿Me deseas en exclusiva?
Su corazón palpitaba con fuerza.
—Er ugh... yo... ¿qué?
La atrajo más cerca, acomodándose a su lado.
—No me importaría.
—¿Qué? —repitió Claire. Si le hubiera golpeado en la cabeza, no podría estar más aturdida.
—No me importaría serte fiel —dijo muy serio.
—¿Por qué? —logró decir ella.
Él sonrió.
—No deseo a otra mujer, muchacha, y si es importante para ti, a mí no me importaría —aclaró—. Sin embargo eso no será fácil al principio. Tendré que ir a Iona cada tarde por el hechizo de MacNeil, hasta que esté seguro de que no uso mis poderes en ti. —Se oscureció—. A él le gustará verme humillado.
Claire se quedó absolutamente horrorizada.
—¿Me estás ofreciendo una relación estable?
Él le sonrió, esa hermosa y reconfortante sonrisa que le derretía el cuerpo.
—Sí. Por supuesto, tú deberías serme fiel también. Y dejar de mirar a los Maestros y pensar en el que está entre tus piernas.
—Vale. —Claire no tuvo que pensar en ello. Saltó de la cama, tratando de alcanzar sus ropas desparramadas, acallando sus pensamientos porque sabía que él los escucharía si no lo hacía.
—¿Tienes prisa en dejar mi lecho? —se rió ahogadamente.
Ella le afrontó, sujetando sus ropas, sin ninguna vergüenza por su desnudez. Sus ojos vagaron, cálidos.
—Vamos a Awe —le recordó.
Su rostro se contrajo.
—Iré a Awe con Royce y con Ironheart. Tú estarás a salvo en Dunroch con Seamus.
—¡Demonios! —gritó ella, con los puños en sus caderas, sus ropas cayeron.
La miró de arriba abajo mientras permanecía allí de pie, con una negativa en los ojos.
Claire bloqueó su camino a la puerta.
—Si quieres volver a disfrutar de mis favores de nuevo, me llevarás contigo.
Su mirada se estrechó.
—¿Me amenazas? No creo que necesite preocuparme por seducirte.
—Entonces viajaré con Royce el Negro —dijo ella, cortante—. O con Ironheart. Uno de ellos me llevará.
Sus ojos se ampliaron y se volvieron duros.
—¡No pensarás seducirlos cuando acabamos de acordar nuestro compromiso!
—No tengo intención de seducir a nadie; excepto a ti. No es mi estilo —le apaciguó—. Malcolm, ¿cómo puedes siquiera pensar en dejarme aquí? ¿Qué ocurre si Sibylla regresa a por mí? —Lo sujetó por los hombros—. ¿Y qué hay de esta noche? Acabamos de empezar algo maravilloso.
—No estaré bajo el hechizo de MacNeil esta noche y, sin un hechizo, no arriesgaré tu vida. —Fue categórico.
—Estoy más segura contigo que sola. —No era el tipo de mujer quejumbrosa que usaba artimañas femeninas con un hombre, pero batió sus pestañas y suplicó—: Por favor —dijo, usando un tono de voz que no sabía que poseía.
Y ella vio cómo se desmoronaba su determinación a negarse.
—¿Me estás hechizando, muchacha? —preguntó con incredulidad.
—Ojalá. —Ella sonrió.
La atrajo a sus brazos.
—No quiero discutir otra vez, Claire. Lo digo en serio. Eres testaruda y terca. Me atormentas en vano. ¡Maldito sea todo! Tienes unos ojos que me atraviesan el alma. Quiero complacerte, muchacha, y no sólo en el lecho.
—Entonces hazlo —dijo ella, emocionada. Ahuecó su cara con las manos—. No comprendo por qué no quieres que vaya a Awe.
Su expresión se endureció.
—Pasamos la noche complaciéndonos el uno al otro, pero eso no te da derecho a controlar mi vida.
Claire se sobresaltó. Profundamente herida.
—Bien, me alegro de que dejemos eso claro —inspiró—. En mi tiempo, los amantes son también amigos. Claramente, no me quieres como amiga. Pero tienes razón. Es lo mejor. De ese modo, cuando me vaya nadie quedará herido. —Pero era muy tarde y lo sabía. Había cruzado esa línea emocional el día anterior, en Iona.
Su mandíbula se tensó y extendió las manos hacia ella. Claire tenía la intención de esquivarlo pero falló, y él la atrapó entre sus brazos.
—Lo siento —dijo él—. Tienes razón. Es por Awe. Juré sobre la tumba de Brogan que nunca iría allí. Juré que nunca le daría ni la hora a ese bastardo, ni una inclinación de cabeza de pasada, juré que, por mucho tiempo que viviera, él no existiría.
Los ojos de Claire se agrandaron.
—¿Quién? ¿Aidan? ¿Por qué?
Una onda de tensión recorrió a Malcolm y la soltó.
—Porque no es no sólo mi enemigo. Es mi hermano.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:46 pm

Capítulo 11

Claire había pasado la mañana en shock. Los fuertes vientos del sudoeste habían significado un rápido viaje por mar por el estuario de Lorn, pero Claire apenas había prestado atención al increíble paisaje —el mar color zafiro y los bosques color rubí, las blancas playas, las austeras montañas contra los cielos color turquesa. Habían desembarcado cerca del Oban actual, habían transportado sus caballos con ellos, y los montaron allí. El sol estaba en lo alto, indicando que era mediodía, momento en el que Claire se enfrentó con el hecho de que el medio hermano de Malcolm era hijo de uno de los hombres más malvados de Escocia. Recordó la asombrosa hermosura de Aidan y el pícaro brillo en sus ojos cuando le había sonreído. Si era tan retorcido como su padre, ella no lo había notado. Rezó porque hubiese escapado de alguna forma a su genético destino.
Claire azuzó a su caballo hacia delante, trotando hacia Malcolm mientras la sección continuaba, dejando la bahía detrás, un centelleante lago debajo a su derecha. En cada dirección excepto detrás de ella, había montañas cubiertas de árboles. Llegó hasta Malcolm.
—¿Dónde estamos?
Él sonrió.
—Delante está el paso que nos ayudará a cruzar las montañas y nos llevará hasta Awe. Ya no está lejos. Otro medio día.
Llevaba puesta la cota de malla, al igual que todos sus hombres.
Claire consiguió contestarle con una sonrisa, pero su mirada era inquisitiva.
La cara de él cambió.
—No necesitas preocuparte por mí como si fuese un niño.
—Pues claro que me preocupo. Malcolm, ¿qué estás planeando? En mis tiempos tenemos un dicho: Se atraen más moscas con miel, que con hiel.
Él le la miró fijamente mientras subía por el estrecho sendero.
—No voy suplicar por la página.
—No te he sugerido que suplicaras. Creo que podrías pedirla amablemente.
La cara de él se endureció tanto que Claire pensó que podría resquebrajarse.
—Si quisiera tu opinión, te la pediría.
Malcolm espoleó a su semental hacia delante, estableciendo un paso más rápido y dejándola detrás.
Claire entendía su susceptibilidad, pero su rudo rechazo dolía. Su preocupación aumentó. ¿Iba a interrumpir en el castillo de Aidan con la espada desenvainada, exigiendo la página? ¿Era por eso que todo el mundo llevaba cota de malla y armaduras? Aquello iba a suscitar otra terrible pelea de espadas. Y no importaba lo diestro y poderoso que fuese Malcolm, si Aidan era hijo de Moray, entonces su poder era muchísimo mayor que el de Malcolm. Claire hizo su montura a un lado para poder ponerse a la altura de Royce.
—¿Puedo montar contigo? Mi defensor está de malísimo humor.
Royce sonrió, un destello en sus ojos.
—No puedo imaginar por qué. Espero que perdonéis a mi sobrino por ser tan insensato.
Claire sabía exactamente lo que quería decir. Había recibido suficientes miradas astutas aquel día para presuponer que todos se habían dado cuenta de que ahora compartía el lecho de Malcolm.
—Es mi culpa, no la suya. Sé lo de Aidan, Royce.
—¿Os ha hablado de sus asuntos privados? —pareció anonadado.
Claire asintió.
Royce la miró, sin sonreír.
—¿Y qué más os dijo mientras compartíais su cama?
Claire se puso tensa. ¿Se había vuelto Royce hostil?
—Percibí que estaba muy disgustado, y supuse que era por Awe. Al final, tenía razón. Quiero ayudar, Royce.
Royce asintió finalmente.
—Por supuesto. Es un destino horrible para ambos hermanos.
Claire seguía de alguna manera sorprendida por la hostilidad inicial de Royce. Hasta aquella mañana, no había sido otra cosa que amable, y a veces coqueto.
—¿Por qué es terrible para Aidan? Parece odiar a Malcolm tanto como Malcolm lo odia a él. Quiso matar a Malcolm en mi tienda.
—Aidan no tiene deseos de ver muerto a Malcolm. No penséis otra cosa, estaréis equivocada. No creo que Aidan fuese tan odioso si Malcolm lo aceptase —dijo Royce francamente—. Aidan no eligió esa vida. No tiene otra familia que no sea Moray. Nunca ha hecho más que divisar fugazmente a su madre. Ella no quiso tener nada que ver con él una vez que nació. Sin embargo, elige el bien, no el mal. Aidan necesita a su hermano y Malcolm lo necesita a él.
Claire estaba sorprendida de que Royce defendiese a Aidan. Considerando que no estaban emparentados, significaba mucho. Ella no estaba segura de que debiese sentir ninguna simpatía por Aidan, pero así era.
—¿Le has dicho todo eso a Malcolm?
—Miles de veces.
Claire lo consideró.
—Es el hombre más obstinado y cabezón que nunca he conocido —dijo en voz baja, pero tuvo que sonreír.
—Su voluntad lo hace un hombre poderoso —dijo Royce firmemente—. Y un día lo convertirá en un gran señor.
Claire lo miró y sus miradas se encontraron. La voluntad de hierro de Malcolm podía ser exasperante, pero estaba terriblemente orgulloso de él. Era un héroe en todo el sentido de la palabra.
Voy a enamorarme de él si no le pongo freno a esto, pensó. Y quizás ya era demasiado tarde. Entonces se dio cuenta de que Royce la estaba mirando fijamente.
—¿También puedes leer mentes?
Su agradable expresión se había desvanecido.
—Sí, pero no leeré la vuestra. No tengo que hacerlo. Os estáis enamorando de mi sobrino.
Claire palideció. ¿De pronto Royce lo desaprobaba?
—Malcolm y yo somos increíblemente diferentes. Él no me entiende y estoy totalmente segura de que nunca lo hará. Obviamente sabes que pasamos la última noche juntos. Eso no significa que me esté enamorando de él. —Bien, si le estaba leyendo la mente en ese momento, sabría que sí que lo estaba. Añadió—: No tengo intenciones de enamorarme de un caballero del siglo XV.
—Todas las mujeres se enamoran de él después de compartir su cama.
Claire se tensó.
—No deseo ser rudo. Pero él es el Maclean, es agradable a la vista, y puede complacer a una mujer bastante bien. Nunca devolverá el amor y nunca se casará.
Si Claire alguna vez había oído una advertencia, aquello lo era, y estaba enfadada.
—¿Así que tú eres su guardián?
—Es mi sobrino —dijo Royce rotundamente—. Me aseguraré de que no repita los errores de mi hermano.
Y Claire pensó en Mairead, quien había sido violada por el enemigo de su marido cuando aún era una novia y luego había tenido el hijo de Moray. Pensó en Brogan, que había perseguido a su enemigo pero había fallado en destruirlo. En lugar de eso, había muerto en una batalla muy humana. Y Mairead se había retirado del mundo para vivir como una monja cuando su legítimo hijo tenía sólo nueve años. También había rechazado a Aidan, el hijo de su violación. Apenas podía empezar a imaginar el sufrimiento del esposo y la esposa.
—Claire, no malinterpretéis lo que quiero deciros. Sois una buena mujer y sois fuerte. Y si Malcolm fuese sólo un laird, incluso aunque vos no aportaseis una dote, daría mi bendición a la unión.
—¡Te estás adelantando! —gritó Claire, pero estaba bastante segura de que estaba captando el mensaje.
Él alargó la mano hacia el otro lado de la silla de montar y le agarró la muñeca.
—Los Maestros que se casan, o aman, siempre se arrepienten. —dijo Royce. Su grisácea mirada se había vuelto tan oscura como los nubarrones—. Mirad el destino de mi hermano y su esposa. Hay una razón por la que un Maestro vive solo, lucha solo, y muere solo.
Claire tiró enérgicamente de la mano.
—Qué triste —susurró, aún enfadada, pero menos. Porque Royce tenía razón. Un Maestro, por su propia naturaleza, tenía los enemigos más malvados y poderosos de la tierra. Una esposa y una familia eran una invitación a la tragedia. Pensó en el hijo bastardo de Malcolm—. ¿Qué pasa con los niños?
Su dura expresión continuó.
—Necesitamos hijos. Serán la próxima generación de Maestros, si son elegidos.
—Un niño hace a un hombre muy vulnerable, más vulnerable, que una mujer.
—Sí, pero no tenemos elección. Malcolm tiene a Brogan protegido día y noche. Si lo hubiese deseado, habría enviado a Brogan a Iona. Los niños son criados allí.
Ella asimiló aquello.
—¿Es por eso que estás tan solo? ¿Porque tu fría cabeza rige sobre tu corazón?
Él se volvió peligrosamente frío.
—Estuve casado una vez, hace tiempo, antes de ser elegido. Mi esposa está muerta.
Claire vio que había metido el dedo en la llaga.
—Lo siento, Royce. Mira, lo que yo siento no importa, porque voy a irme a casa después de que encontremos la página y así será más seguro para mí. Nunca se me ocurriría quedarme aquí.
—Quizás nunca sea seguro para vos volver.
Claire se lo quedó mirando fijamente, desconcertada.
—¡Espero que estés equivocado!
¿Por qué pensaría él algo así?
—La mayoría de las mujeres no tienen la fuerza para dejarle —dijo escéptico.
—Yo no soy como la mayoría de mujeres. Los dos venimos de mundos diferentes, en caso de que no lo hayas notado. Y debo volver para vengar a mi madre. También tengo una familia allí. Me preocupo por ellos.
—Deberíais. —La grisácea mirada de Royce bajó hasta su garganta—. La piedra me preocupa.
—Parece preocupar, o fascinar, a todos.
—Lleváis un amuleto de aquí. Puedo sentir su poder, lo sentí la primera vez que nos encontramos. ¿Por qué se os dio a vos, una muchacha de la ciudad de York en el futuro, una piedra así? ¿Estabais destinada a ser enviada aquí? ¿Desean los Antiguos saber si Malcolm cometerá los mismos errores que su padre? Porque debe haber alguna razón para que vos estéis aquí, Claire. Puedo sentirlo. Os habéis vuelto demasiado íntima de Malcolm, demasiado pronto y demasiado fácilmente.
Claire estaba desconcertada. Hacía días que la idea de que su destino era Dunroch y Malcolm, le había estado rondando por la cabeza. Maldición, se había preguntado secretamente si sería el amor de su vida. Pero aquello había sido la romántica en ella, la que había visto cada versión de Orgullo y Prejuicio, y quien, de vez en cuando, se encerraba en su habitación para leer una picante novela de amor. Pero Royce tenía razón. Había habido una conexión desde el momento en que la había secuestrado en la tienda. Y desde aquel momento, todo había pasado condenadamente rápido.
MacNeil había dicho que los Antiguos no habían notado su presencia en Iona. ¡Quizás los Antiguos ni siquiera tenían noticias de ella!
Malcolm la consideraba una prueba para su alma. Royce la veía como una prueba para su lealtad a la Hermandad y su determinación de mantener los votos. ¿Pero no era todo lo mismo? Fuese como fuese, no quería ser ningún tipo de prueba.
Royce interrumpió sus pensamientos.
—Pero la verdadera pregunta sería, ¿cómo llegó la página a tu tienda?
Claire se tensó. Si la página no hubiese estado en su tienda, ella no habría sido secuestrada por Sibylla, no hubiese conocido a Malcolm, y no estaría ahora en las Highlands del siglo XV.
Y la verdad era que ni siquiera sabían si la página había estado alguna vez en su tienda, excepto que Malcolm estaba seguro de que Aidan la tenía, y de que la había encontrado allí.
—¿Tienes alguna idea de quién empezó el rumor de que la página estaba en mi tienda? —preguntó Claire con inquietud. Aunque tenía un mal presentimiento.
—Esperemos que no fuese el señor de la oscuridad —dijo Royce—. Usó a Mairead para torturar a Brogan... y para atrapar a Malcolm.
Claire se sintió asqueada.
—A mí no puede usarme de esa manera. Malcolm y yo acabamos de conocernos.
—Vos lo amáis. Él declaró protegeros. Si llega a amaros, podréis ser usada, igual que Mairead. —Claire comenzó a temblar—. Al final, no podéis ayudar a Malcolm, sólo podéis debilitarlo. Si empieza a preocuparse por vos, no debéis permitirlo. Él es un Maestro, Claire, y debe vivir y luchar solo.
Claire estaba consternada. Quería que Malcolm se preocupara por ella. Después de la última noche, lo quería con desesperación.
—Como tú —susurró.
—Si de verdad lo amáis —dijo secamente él, ignorando aquello— os iréis llegado el momento.
Royce espoleó su caballo, dejándola sola entre las tropas.

Horas más tarde, con el sol bajo en el cielo y amenazando con desvanecerse tras las cumbres al oeste, Malcolm condujo a su caballo de batalla hasta Claire.
—El castillo de Awe está más abajo —dijo mientras detenía a la enorme bestia gris—. Debes estar cansada. Si Aidan lo permite, pasaremos la noche fuera de sus murallas.
Él había olvidado el momento en el que ella le ofreció consejo, pensó Claire, aliviada.
—Estoy dolorida —admitió, bajando de su montura. Habían pasado horas cabalgando a través del paso. Para Claire, habían sido como días. Y no sólo estaba dolorida de sujetarse al caballo con las piernas; su vigorosa forma de hacer el amor también le estaba pasando factura. También estaba agotada. Después de todo, no habían dormido para nada la última noche. Pero sabía que su fatiga era más que física. Cada día parecía traerle un montón de nuevos retos. El consejo de Royce había parecido una advertencia. No quería que se enemistara con ella en aquellos momentos. Necesitaban mantenerse unidos.
—No te agarres de esa forma con las piernas, muchacha —dijo Malcolm suavemente.
Claire tuvo la evidente sensación de que él estaba pensando en lo largas que era sus piernas.
—Es un reflejo. Afortunadamente, este viejo amigo parece no preocuparse por lo que yo haga. —No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Royce hacía unos minutos.
Malcolm sonrió.
—Brogan aprendió a montar con San.
—¿Es así como lo llamas? —Claire palmeó el cuello castaño del caballo.
—Sí, San Will, puesto que siempre cuida de su jinete.
Claire miró el cuello del caballo, pensando en cada momento en que Malcolm se había preocupado por ella desde que se habían conocido. Su destino estaba claro. Era un Maestro, destinado a proteger a las personas como ella y batallar contra los malvados como Moray.
Por supuesto que una relación real le haría más débil y vulnerable a sus enemigos. Royce tenía razón en aquello.
Claire alzó lentamente la mirada.
—No quiero volver a pelarme contigo. —Se mordió el labio cuando los ojos de él se abrieron como platos—. Especialmente después de la última noche. Sé que me has leído la mente. Sabes que no me tomo lo que hicimos a la ligera. No importa lo que diga, lo que haga, puedes confiar en mí. Soy tu aliada y tu amiga, Malcolm. Quiero lo que sea mejor para ti.
—Una amiga —repitió—. ¿Una aliada? ¿Qué tonterías te ha susurrado Royce, Claire?
Se sonrojó.
—No quiero debilitarte.
Los ojos de él se abrieron más.
—Tu me haces fuerte, Claire. Eres mi mujer.
Ella no iba a pelear por su uso de las palabras y ciertamente no iba a cambiar su posesividad. No estaba segura de querer hacerlo, no importaba lo que dijese Royce.
—Si soy tu mujer, ¿no esperas de mí que te sea fiel?
—Puedes apostar que sí. Y eres fiel. Sí, te acecho en todo momento.
Ella no pudo enfadarse.
—Siento haberte dicho lo que debías hacer respecto a Aidan —dijo—. No quiero que te hieran. Y en mi tiempo, las mujeres le dan órdenes a los hombres todo el rato. De hecho, normalmente son las mujeres las que llevan la batuta.
Él sonrió de mala gana.
—Tienes razón —dijo de manera inexpresiva. El último de los hombres los adelantó por el camino.
—¿Las mujeres de las Highlands dominan a sus hombres?
—No. Yo quería cargar contra Awe con la espada alzada. Pero le pediré amablemente la página a Aidan.
Claire sonrió abiertamente, llena de alivio y felicidad. Él había cambiado de opinión por ella.
—Quizás te sorprenda y te la entregue sin vacilar.
La cara de Malcolm se endureció.
—Él quiere la página para sí mismo. Y quizás para Moray.
Todo el placer se desintegró.
—Royce no estaría de acuerdo. Dice que Aidan es bueno.
Malcolm alzó una ceja.
—¿Bueno? Hace el bien cuando le interesa. No de forma desinteresada. Te lo digo, Claire, y esta vez me obedecerás. No confíes en él, nunca.
Claire no iba a discutir con él en ese momento. Además, ésa era una promesa que podía hacer con facilidad.
—Si es tan importante para ti, entonces, te doy mi palabra. Nunca confiaré en él. No obstante —añadió cuando él comenzó a mover su caballo para descender por el camino— espero que te equivoques sobre tu medio hermano.
Su cara se ensombreció.
—No me recuerdes la miserable realidad de su vida. ¡Puede que compartamos la misma sangre, pero no es mi hermano, ni medio, ni de ninguna otra forma!
Claire lo siguió sendero abajo, preguntándose cómo podía haber abandonado Mairead a Malcolm a tan tierna edad, y cómo había podido darle la espalda a Aidan, justo después de nacer. No quería juzgar a la mujer, puesto que había sufrido un crimen atroz. Pero tanto Aidan como Malcolm era las víctimas más inocentes de la tragedia organizada por Moray. Era una maldita pena que no pudiesen ser amigos.
El paso serpenteaba entre las altas cumbres, la mayoría se elevaba justo sobre el nivel del mar. De pronto, los bosques se abrieron a la brillante extensión verde de una marisma, hierba y arbustos salpicados con espesos pinos y floreciente con el amarillo y el rosa de las flores silvestres. Los arbolados prados finalizaban en las centellantes aguas celestes del lago Awe.
Y alzándose desde el lago estaba el castillo de Awe, un enorme castillo amurallado hecho de piedras marrones rojizas con numerosas torres, altas murallas y una edificación central de cuatro o cinco pisos de alto. Dos veces el tamaño de Dunroch, Awe estaba rodeado por agua. Blancos cisnes flotaban cerca de las murallas. Había otra isla, también rodeada de murallas, conectada por un puente a la tierra, donde pudo ver construcciones de piedra y chozas de campesinos, y donde pastaba un escuálido ganado. La escena era perfecta para una postal.
El puente levadizo estaba bajo.
—Nos espera —dijo Malcolm en tono grave.
—¿Cómo podía saber que estamos aquí?
—Aidan tiene fuertes poderes mentales. Mantente detrás en medio de los hombres —le dijo. Galopó hacia delante, acompañado por Royce y Ironheart.
Y fue entonces cuando comenzó el ruido de cascos de caballos.
Fue un déjà vu. Aquel terrible y ominoso sonido, una invitación a la muerte, era algo que Claire nunca iba a olvidar. Había esperado no volver a oírlo nunca. El sonido de un ejército de guerreros highlanders acercándose con la intención de luchar y la muerte, una pesadilla que se hacía realidad. Se giró, sobrecogida por el miedo, y vio cientos de hombres a caballo galopando hacia ellos.
Malcolm, Royce y Ironheart hicieron un alto a la cabeza de los hombres de Malcolm. Instantemente, fueron rodeados por guerreros. Claire se dio cuenta de que no había ni una sola espada desenvainada, ni siquiera la de Malcolm.
Uno de los enemigos se acercó cabalgando y se colocó frente a Malcolm. Llevaba armadura completa, pero la visera estaba alzada. Claire se esforzó para oír, pero el intercambio fue en gaélico. Instantáneamente, el gigante le hizo una seña a todos para que fuesen al bajo puente levadizo.
Claire sintió que su miedo aumentaba. ¿Los estaba Aidan tomando como prisioneros?
Claire aguijoneó a San para ponerlo al trote y seguir a los hombres mientras eran conducidos por el puente y cruzaban el alzado rastrillo. Aquel puente parecía formar una muralla exterior, puesto que pudo ver edificios para la guarnición allí. En ese momento sólo veía la espalda de Malcolm y, aunque era consciente de su tensión, no pudo discernir nada más. Fueron urgidos a atravesar otra torre de entrada, un pabellón mediano, y luego una enorme torre de entrada con cuatro altas torres defensivas. En el momento en que el último hombre de Malcolm hubo entrado en la última muralla, el rastrillo se cerró de golpe tras ellos.
Claire se estremeció. Sin duda alguna, ahora eran prisioneros. Miró cautelosamente a lo que los rodeaban. El castillo en el interior de la muralla era enorme, con casi media docena de edificios construidos en su interior. Su mirada voló al torreón frente a ellos.
La oscura puerta de madera de entrada se abrió y salió un hombre, de pie a dos niveles sobre ellos.
Era Aidan.
—Hallo a Chaluim.
Malcolm pasó cabalgando con su gris caballo junto al gigante y hacia las escaleras de piedra que conducían hasta donde estaba Aidan. Claire esperaba que se detuviese pero no lo hizo. Dirigió al rucio escaleras arriba hasta que el corcel se detuvo junto a Aidan, provocando que Malcolm, quien aún estaba subido al caballo, se cerniese sobre él.
—Hemos venido en son de paz. Me gustaría tener unas palabras contigo —dijo Malcolm secamente en francés.
Aidan se carcajeó, en absoluto perturbado por las acciones de Malcolm.
—Puedo adivinar por qué has venido, Malcolm. Por favor, mi casa es tu casa... hermano. —Su mirada se movió más allá de Malcolm, quién estaba colorado con un creciente acceso de furia, y se posó directamente en Claire, sin importar que media docena de hombres de las Highlands la rodearan, todos más altos que ella.
Sonrió.
—Yo no dejaría a la mujer sola con mis hombres, Malcolm —dijo Aidan suavemente en inglés—. Es demasiado hermosa. —Con eso, le envió una cortés reverencia y se giró para entrar en el vestíbulo—. Dejad los caballos en los establos. —Se dirigió al interior con grandes zancadas.
Malcolm hizo girar al rucio, con apariencia de estar peligrosamente furioso, y bajó a galope las escaleras. Claire no lo culpó. Aidan era un provocador, por no decir otra cosa. Malcolm se movió entre los hombres de Aidan. Deteniendo su jadeante corcel ante ella, le ofreció la mano. Claire lo entendió y saltó de su rocín hasta su caballo de guerra. Quiso susurrarle que respirara hondo un par de veces, pero decidió que aquel no era el mejor momento para intentar decirle cómo proceder. En cambio, colocó la mano en su hombro, esperando que recobrase algo de calma antes de entrar en el vestíbulo de Aidan.
Él la miró.
Claire deseó que aquella vez le estuviese leyendo la mente. Todo va bien, pensó. En realidad no había hecho nada excepto ser tan irritante como un mocoso consentido.
Malcolm profirió un sonido y dio la vuelta, cabalgando entre los hombres de Aidan. La urgió a desmontar al pie de las escaleras, y luego él también saltó al suelo. Uno de sus hombres se apresuró a coger su caballo y comenzaron a subir las escaleras.
Claire bajó la mirada al patio, hacia las tropas reunidas y se estremeció. Entonces echó un vistazo a la puerta principal, que había sido dejada abierta por Aidan. El sol se estaba poniendo tras el vestíbulo, así que no pudo ver el interior, el cual se abría ante ella como un negro vacío.
Malcolm tenía razón. No podían confiar en Aidan. Claire no sabía lo que quería o qué haría si Malcolm decidía ponerse beligerante. Estaba asustada sobre lo que había significado aquel comentario sobre su apariencia. El hombre era tan peligroso como un tigre acorralado.
En ese momento, aunque demasiado tarde, deseó no haber venido.

Claire siguió a Malcolm al interior de un enorme vestíbulo y parpadeó sorprendida. Frente a ella tenía un montón de hermosos muebles que no procedían del siglo XV o de ningún siglo cercano. Entonces vio un Picasso colgado en la pared. Abrió los ojos como platos cuando reconoció un Renoir, un Constable, y un Pollock. Volvió a observar la habitación. El hogar de Aidan podría haber estado amueblado como cualquier casa del siglo XX con las antigüedades y los mobiliarios europeos más elegantes, excepto por el hecho de que no había lámparas.
Aidan estaba junto a un imponente aparador de oscuro nogal con patas en forma de garras y doradas hojas trepando por sus costados. Estaba vertiendo vino de una licorera de cristal en una copa de cristal. Claire vio un sacacorchos moderno.
Sintió que se mareaba. Estaba ataviado con botas, las piernas desnudas, con un leine y un brat verde esmeralda, azul y blanco, y su atuendo ofrecía un patente contraste con la habitación. Habiendo llenado varias copas, se colocó frente a ella con aquella seductora y francamente divertida mirada que ella recordaba demasiado bien. Él sabía que era irresistible para el sexo puesto, pensó.
—¿Una copa de vino, lady Claire? —murmuró, acercándose a ella justo en el momento en que Royce y Ironheart entraron.
—No, gracias —dijo Claire, nerviosa. Los ojos de él eran grises como los de Malcolm, y llenos del mismo ardor apreciativo. Peor aún, deslizó su mirada sobre ella desde la cabeza hasta los pies. Claire estuvo segura de que le estaba quitando cada prenda que llevaba y disfrutando mentalmente de su visión privada.
Su sonrisa se hizo más ancha.
—Es de Burdeos —dijo suavemente.
Ella se encontró con su mirada, consciente del calor en sus mejillas. El tono de él fue suave y estuvo segura que lo usaba con las mujeres para meterlas en su cama. De alguna manera supo que él estaba pensando en cómo sería tenerla en su cama, y también que sus pensamientos eran terriblemente gráficos.
—Estoy segura de que es maravilloso —dijo con voz ronca, apartándose, incómodamente perturbada. La belleza y la masculinidad de él no ayudaban.
Malcolm dio un paso para colocarse entre ambos.
—Vuelve a mirar a mi mujer de esa forma y te arrancaré la cabeza y la haré caer al suelo para luego colocarla en una pica. —Sus ojos brillaban de rabia. Llevaba el casco en la mano en ese momento, aunque su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de su montante.
Claire ni siquiera pensó en calmar a Malcolm en ese instante. Aidan la había dejado claramente desconcertada, y había sabido lo que hacía. Había disfrutado haciéndola sentir incómoda y avergonzándola.
—¿Cómo puedo no mirar una mujer hermosa? —dijo Aidan suavemente y Claire supo que su mirada había vuelto a vagar hasta ella—. Tengo ojos en la cara, Malcolm.
Una copa se rompió.
Claire se giró con rapidez y se dio cuenta de que Malcolm había golpeado la copa que sostenía Aidan.
—Muestra respeto —dijo secamente.
La sonrisa de Aidan permaneció, pero sus ojos se habían tornado fríos.
—Te he invitado a mi casa. He elegido no arrojarte a la torre. No me gusta que se derrame vino rojo sobre mi fina alfombra.
—Yo lo limpiaré —gritó Claire, pero no saltó para colocarse entre ambos hombres. Malcolm tenía la mano sobre la empuñadora de su espada y temió que fuese a desenvainarla. Si lo hacía, sabía que Aidan le daría la bienvenida a la lucha.
Ironheart se asentó en una silla para observar el drama, aparentemente perplejo. Royce se acercó a zancadas y colocó una mano sobre el hombro de Aidan, dando un paso justo entre ambos hombres.
—¡Suficiente! —estaba enfadado—. Has provocado a Malcolm. Te merecéis una colleja como si fueses un muchacho de diez años, no un hombre de tu edad.
Aidan miró a Royce sin hostilidad y se alejó de ambos. Hizo una pausa para detenerse delante del hogar, mirando fijamente las llamas. Terriblemente aliviada, Claire se acercó a Malcolm y le cogió la mano.
—Deberías tratar de ignorarlo —comenzó.
Él le dirigió una incrédula mirada.
Claire se alejó de un salto, dándose cuenta de su error. En el mundo de aquel hombre, una mujer debía mantener la boca cerrada hasta que fuese el momento adecuado. Más tarde, cuando estuviesen a solas en la habitación que compartirían, podría intentar conseguir que viese las cosas a su manera. Era tan difícil controlar el impulso de decirle algo cuando sabía exactamente lo que debía hacer. ¿No podía ver Malcolm que estaba siendo manipulado por Aidan? Siempre tenía que coger el camino más difícil.
Aidan había vuelto al aparador, se sirvió más vino, sus manos se balancearon sin temblar. Le tendió una copa a Royce, quien la aceptó, y luego miró a Ironheart. El conde de Lachlan negó con la cabeza, por lo demás, no movió ningún otro músculo.
—¿Os conocéis, Lachlan? —dijo Royce.
—No formalmente —dijo Aidan, sin coger vino para sí mismo—. Su reputación es grande.
—Entonces ahora es el momento. Él será un buen aliado, cuando decidas que eres demasiado grande para hacer travesuras y decidas obedecer a la Hermandad más a menudo de lo que la desobedeces.
Aidan observó a Royce sin hostilidad y Royce le devolvió la mirada. Claire se dio cuenta de que se conocían el uno al otro más allá de lo superficial, y que Aidan aceptaría la crítica proveniente del tío de Malcolm, aunque no tuviesen ningún tipo de relación familiar. Se sintió segura de que Royce había cultivado la relación por el amor que sentía por su sobrino. La tensión en la habitación se alivió y ella respiró.
—De hecho, me encantaría una copa de vino —mintió. Le sonrió a Aidan y Royce y se acercó al aparador para servirse, esperando que un acto de normalidad ayudara a relajar aún más el ambiente. Una vez se sirvió, se giró de cara a la habitación—. Tienes una casa preciosa —le dijo a Aidan. No estaba segura de cómo dirigirse a él.
La sonrisa de Aidan comenzó a aparecer. Estaba complacido, y de alguna forma divertido.
—Es más hermosa gracias a tu presencia —le devolvió.
Claire lanzó un vistazo a Malcolm, quién simplemente sacudió la cabeza con disgusto. Claire sintió ganas de decirle a Aidan que en su tiempo, las mujeres habrían reído ante tales líneas. Pero quizás no; era realmente seductor, ninguna mujer querría desperdiciar una oportunidad con él.
Malcolm le dirigió una oscura mirada y le dijo a su medio hermano.
—Sabes por qué estamos aquí.
Aidan se enfrento a él.
—Sí. —Dejó su copa y metió la mano en el brat, sacando una página de pergamino enrollada y atada.
Claire jadeó.
—¿Es lo qué creo que es?
Aidan le tendió la página a Malcolm.
—Sí, lady Claire, y veo que estás encantada. Pero la página no tiene valor.
Malcolm desató la cinta y desenrolló la página. Claire dejó su copa y se apresuró a su lado. Tenía en frente una página con una escritura preciosa aunque muy estilizada y densamente decorada. Las letras estaban más distorsionadas que las de Cathach.
—No sé leer en latín. ¿Muchacha?
¿Estaba escrita en latín, no en gaélico?
—Sí —dijo Claire en voz baja, quitándole la página. El corazón le latía con estruendo y se sintió débil—. ¡Gracias! —le besó la mejilla y corrió hasta el fuego, sentándose allí en un banco de terciopelo. Miró las palabras, cayendo en la cuenta de que sólo un párrafo estaba escrito en latín. El resto estaba escrito en gaélico irlandés. Era difícil de leer debido a la estilizada escritura y la falta de espacio entre palabras. Y entonces lo entendió. Era un ruego, pero no como ninguno que ella hubiese oído. Una diosa gaélica de la curación cuyo nombre nunca había oído —Ceanna —parecía ser el tema.
—Me pregunto por qué hay una intercalación en latín en un viejo manuscrito céltico —dijo, sin alzar la vista. La pregunta era retórica, y nadie le contestó—. ¿Hay inserciones latinas en el Cathach?
—Hay dos —dijo Malcolm—. Cuando los escribas pusieron en las páginas la sabiduría de los Antiguos, un escriba prefirió el latín. Se dice que era romano.
Los romanos habían conquistado Inglaterra, pero no Irlanda. Por otra parte, un romano podría haber cruzado fácilmente el mar irlandés.
—Éste es un descubrimiento extraordinario, con toda clase de implicaciones —dijo Claire en voz baja.
Alzó la vista hacia Malcolm.
—¿Puedes traducirme el gaélico?
Él dudó.
—No soy tan erudito como los monjes o los sacerdotes. Puedo intentarlo. No será fácil.
—Lo haremos juntos. —Claire le sonrió alegremente—. No hay prisa. Esta página tiene que ser traducida. Tenemos toda la noche, ¿no? Vamos a quedarnos esta noche, ¿verdad?
La mirada de él sostuvo la suya. Pasó un momento antes de que hablase.
—Sí. —Se giró hacia Aidan—. Lady Claire desea traducir la página. Necesitará luz, pergamino, una pluma y tinta. —Habló en el tono de alguien dando órdenes.
Aidan sólo lo miró, claramente sin estar dispuesto a obedecer.
Claire había traducido por fin la primera línea en latín. Levantó la vista, consciente de que le temblaban las manos por la excitación.
—¿Cómo puedes decir que no tiene valor? —exclamó—. Es algún tipo de plegaria para sanar. ¿Por qué crees que no tiene valor? ¿Dónde encontraste esto, Aidan? Es inestimable.
Él se acercó tranquilamente.
—La encontré en tu tienda, Claire —murmuró.
Claire deseó que dejase de intentar recordarle que era sexy.
—¿En qué lugar de mi tienda? —exigió ella.
Aidan comenzó a reír.
—En una Biblia del Rey Jacobo.
Claire se puso en pie, pasmada. Había una Biblia del Rey Jacobo en su inventario, y había sido publicada en 1728. Había adquirido la Biblia sólo un mes antes en una hacienda en Londres.
—Había un escondrijo en el lomo —dijo Aidan—. No puedo adivinar cómo lo encontré. Sibylla había mirado primero en la Biblia. Sentí sus huellas en ella. Estaba siguiendo su rastro.
Claire miró al medio hermano de Malcolm. ¿Podía sentir las huellas dactilares? Se concentró.
—Este es un descubrimiento astronómico —acentuó. Se giró hacia Malcolm—. Cuanto antes traduzcamos esta página, mejor. ¿Pero cómo llegó esta página a mi tienda? ¿Estuvo oculta en la Biblia todo el tiempo? —en esa ocasión no miró a Royce.
—Podía llevar en esa Biblia siglos, Claire —dijo suavemente Malcolm.
—¿Y el destino trajo la Biblia, y la página a mi tienda? —por fin miró a Royce.
La mirada de él se deslizó con rapidez a un lado.
—Puedo llevarte de regreso si deseas llevar a cabo una búsqueda —dijo Aidan, sonriendo burlón.
Antes de que Claire pudiese rechazarlo cortésmente, Malcolm vociferó:
—No te llevarás a Claire a ningún sitio, Aidan. A ningún sitio.
Aidan se encogió de hombros, los ojos le relucían.
—Era sólo una sugerencia. —Entonces se puso serio—. La página no tiene poder, lady Claire. Puedo leer bastante bien. Es una plegaria y una bendición para evitar morir debido a heridas mortales, si las heridas son infringidas por una espada o un arma de corte similar. Mi escudero se ensartó a sí mismo. Intenté protegerlo de morir, y fallé. No hay poder en esa página.
A Claire le llevó un momento entender lo que le estaba diciendo.
Pero Malcolm miró a Aidan y dijo:
—Tú eres medio deamhan. Los deamhan son destructores. No pueden curar. ¿Aún así intentaste sanar? —lo estaba atacando duramente.
Aidan no deseaba hablar, pero dijo con frialdad:
—Puede que sea medio deamhan, pero también soy el nieto de Faola. Y he curado, Malcolm, con estas dos manos y una gran luz blanca. —Alzó las manos, las cuáles temblaban de furia.
Royce se acercó para colocarse entre ambos.
—Me siento complacido porque puedas curar un poco, Aidan. —Fulminó a Malcolm con la mirada—. Necesitáis hacer a un lado vuestras batallas en este momento. Hay asuntos más importantes que atender.
Claire se volvió a sentar en el banco. Aidan tenía un poco de habilidad para curar y Malcolm no. Aquello era bastante interesante. ¿Significaba eso que los distintos Maestros heredaban los rasgos de la misma forma que lo hacían las personas?
El rictus de Aidan se endureció.
—El poder fue nuevo para mí. Curé a una muchacha verdaderamente enferma una vez. No sabía hacerlo bien y me debilitó. —Se sonrojó, mirando a Royce—. No puedo volver a usar tal poder debilitador otra vez.
Claire estaba fascinada. ¿Había curado a una mujer, y al hacerlo había perdido algo de su fuerza?
—Quizás con el tiempo, el poder crecerá y será más fácil de usar. —Royce le apretó el hombro—. Me alegro de que hayas salvado una vida.
Claire se puso en pie.
—Malcolm. —Caminó hacia él y sonrió con fervor—. No importa que esta página tenga o no el poder de sanar. Lo que importa es que puede ser del Cladich. Esta página es increíblemente valiosa si es verdadera. Necesita ser encerrada o devuelta a mi tiempo con el resto del recobrado manuscrito, para que pueda ser preservada.
Malcolm negó con la cabeza.
—Si que importa si no tiene poderes, Claire. Importa mucho. Si es genuina, curará.
Él no lo entendía, pensó Claire. Los estudiosos del siglo XXI suplicarían por tener la oportunidad de estudiar aquella página.
Y ella tampoco entendía el valor que tenía para él.
—Puedes usar vida para curar. ¿Por qué es el Cladich tan importante?
Malcolm emitió un sonido.
—Porque no necesitaríamos usa vida para tener los poderes del Cladich, Claire. El libro puede sanar por sí solo.
Claire respiró con dificultad.
—¿Entonces el libro puede sanar a los moribundos?
Un Maestro nunca tendría que usar vida si se estaba muriendo para sobrevivir. Bien, ahora lo entendía. El valor del libro era inestimable.
Y no le extrañaba que Moray lo quisiese. Podría curar a sus hordas demoníacas con él. Mierda.
—Sí. Y has leído las páginas adecuadas. Cada una tiene su propia causa.
Y Claire se estremeció de pronto, debido a un helado frío que se instaló en el vestíbulo. Alguien debía haber dejado abierta la puerta principal.
Pero cuando la temperatura descendió, igual que había hecho en el claro cuando había llegado por primera vez al siglo XV, Claire comenzó a darse cuenta de lo que ocurría.
Malcolm se puso a su lado, lleno de una alarma y urgencia que Claire pudo sentir. Siguió su intensa mirada con pavor hasta la puerta abierta. Una sombra negra la llenaba.
La muerte, pensó Claire, incapaz de respirar.
Pero la oscura sombra se separó para revelar a un hombre rubio con traje carmesí. Y el conde de Moray le sonrió.
—Hola, Claire.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:47 pm

Capítulo 12

Claire sintió como le temblaban las rodillas. No tenía que ser presentada para saber que estaba mirando a Moray.
—¿Cómo sabes mi nombre? —era vagamente consciente de que todo el mundo en la habitación había cerrado filas, colocándose detrás de Malcolm y de ella.
—Lo sé todo —dijo él, sus blancos dientes brillando intermitentemente. Ningún ser humano podría ser más hermoso. Tenía la cara de un dios griego, no, de un dios celta, pero entonces, qué es lo que era o casi era. Claire sabía que él era la perfección física, la belleza en la forma más reverente, pero también sabía que no tenía alma y que la muerte seguiría su estela mientras él lo disfrutara.
Y mientras estaba allí de pie, paralizada por el miedo, las últimas nubes en su mente se levantaron.
La puerta de la calle estaba abierta. Pero no era mamá. Una sombra oscura iba a la deriva.
Con terror, Claire entró corriendo en el armario, cerrando de golpe la puerta, pero no antes de mirar sobre el hombro. Un hombre estaba de pie en el centro de la sala de estar, mirándola fijamente a ella.
Claire sollozó de miedo.
La puerta de la calle estaba abierta.
Claire ocultó los ojos detrás de las manos, acobardándose bajo los suéteres y chaquetas que colgaban allí. Y él extendió la mano, tomando la suya. Claire fue sacada hacia la luz. Alzó la vista, hacia sus negros ojos sin fondo.
Vendré por ti pronto.
Claire se ahogó con el horroroso recuerdo.
—No tienes ningún asunto con Claire. —El tono áspero de Malcolm cortó sus pensamientos. Estaba directamente de pie delante de ella ahora—. Tu asunto es conmigo. Sólo conmigo.
—En realidad, te equivocas —dijo Moray suavemente con una hermosa sonrisa—. El destino de Claire está en mis manos. Como padre, como hijo —añadió él.
Claire se congeló.
Malcolm desenvainó la espada y Royce lo agarró del brazo.
Moray se rió de todos ellos.
—Hay tanto miedo en esta habitación que mi poder crece. —Se mojó los labios, mirando a Claire, y ella sintió su excitación y se horrorizó.
—Disfrutaré de ti mucho más de lo que lo hice con Mairead.
Malcolm se echó hacia delante, enfurecido.
Aidan dio un paso frente a él, casi atravesándose él mismo con el filo de Malcolm en el proceso. Royce y Ironheart lo agarraron, pero Malcolm intentó apartarlos rápidamente. Claire le habría gritado a Malcolm pero sus cuerdas vocales estaban congeladas. Ella sólo podía pensar en el hecho de que Moray lo había herido mortalmente una vez y que podría volverlo a hacerlo otra vez.
—Nunca la tocarás —rugió Malcolm.
—¿Y quien me parará? —ronroneó Moray—. ¿Un débil Maestro como tú? Tu propio padre se pasó once años cazándome o al menos entonces él lo pensaba. Lo conduje hacia una alegre persecución y todo ese tiempo Mairead estuvo afligida por su traición, deslealtad e infidelidad.
Malcolm se liberó de Royce y Ironheart.
—¡A Bhrogain!
Claire gritó.
Aidan se giró y le sujetó el brazo de la espada.
—¡Esta no es la forma! —le gritó.
Malcolm lo apartó, tan sólo para tener a Royce y a Ironheart sobre él, arrastrándolo hacia atrás, al otro lado de la habitación. De algún modo se los quitó de encima también. Moray se rió.
Claire gritó con horror mientras Malcolm se tambaleaba como si lo golpearan. Pero estaba solo, de pie y no había habido ningún golpe físico.
—Inténtalo —dijo Royce con ferocidad y ella vio a Moray pálido y gruñendo como si justo lo hubieran golpeado también—. Aquí estamos nosotros cuatro —añadió con serenidad.
Claire miró a su alrededor. Muchísimo poder se arremolinaba en la habitación, masculino y caliente. Comprendió que estaba de pie en medio de una especie de tablas cinéticas. El sudor goteaba por las sienes de Royce y le ardían los ojos. Y cada hombre de la habitación tenía una expresión idéntica, incluso Moray.
Aidan se enfrentó a Moray, las piernas apoyadas con firmeza, anchas y duras.
—Estoy cansado de vuestras visitas —gruñó él—. Estáis en mi casa ahora. Soy el señor aquí y no os doy permiso para entrar en mi sala. Salid.
Moray rió sin alegría.
—Hace tres años decidí dejar a Malcolm con vida cuando podría haber terminado con él. Probó el maravilloso placer que encontramos en la muerte, como era mi deseo y pronto, probará tal placer otra vez. Él será mío. —Moray tomó la cara de Aidan con una mano y le acarició la mejilla con sus largas uñas. Murmuró—: Y tú, mi muchacho, serás mío también. Esto tan sólo es cuestión de tiempo. —Lo liberó y se rió de Claire. Entonces, desapareció.
Claire quiso correr hacia Malcolm, pero no podía moverse. Que Moray los quisiera a todos era peor que la muerte. Él era Satán, después de todo.
Estaba lista para tener arcadas y cayó de rodillas.
Y entonces Malcolm estuvo de rodillas al lado de ella.
—Se acabó —dijo él severamente, tirándole de un brazo. La sostuvo con dureza.
—¿Acabar? —Claire jadeó, apenas capaz de hablar—. Esto no se ha acabado, nada está terminado. ¡Esto sólo ha comenzado!
—Te protegeré —prometió, los brazos cerrándose, la mirada dura.
Ella tiró distanciándose y el miedo se convirtió en afrenta.
—¿Cómo? ¿Cómo lo vas a hacer? ¿No lo oíste? Me violará y conseguirá al niño. ¡A ti, te convertirá en amo del mal! ¿Y Aidan? ¡Aidan está marcado, también! ¡A no ser que haya un modo de destruirlo, todos sufriremos destinos mucho peores que la muerte!
Malcolm respiraba con dificultad.
—Es normal que tengas miedo, Claire. Has visto al señor del mal por primera vez. Comprendo lo afligida que estás.
—¿Afligida? —eso, pensó Claire, era la frase del siglo. Miró a Malcolm—. ¿Estás bien? ¿Qué es lo que ha pasado?
Malcolm vaciló.
—Me golpeó con su poder. Estaba preparado para ello, me golpeó para derribarme. Con todos nosotros juntos, usando nuestros poderes en su contra, no puede hacer demasiado daño.
Claire se estremeció.
—Entonces, ¿por qué los cuatro no combináis vuestros poderes y lo liquidáis matándolo?
Los ojos de Malcolm se endurecieron.
—Si pudiéramos vencerle de ese modo, ya lo habríamos hecho.
—¡Bien! ¡Tiene el poder de resistirse a vosotros cuatro! —Claire intentó respirar profunda y uniformemente. Falló. No había comprendido hasta ese momento lo malo que realmente era. Era omnipotente, horrible, horrendo y tenía la intención de destrozarlos, aniquilando totalmente a todos. Más específicamente, el maligno quería usarla y quería usarla en contra de Malcolm. Quería el alma de Malcolm.
Las sospechas de Royce eran correctas.
—Moriré antes de volverme maligno. Y te haré el mismo favor antes de permitirle tocarte —dijo Malcolm. Se puso de pie y le ofreció la mano.
Malcolm estaba prometiéndole terminar con su vida antes de permitir que Moray la usara. Ella intentaba pensar racionalmente ahora. Sus palabras no eran amables porque las pensara. Pero la muerte era mejor que sufrir el toque del hombre. Siguió temblando de modo incontrolable aunque estaba de pie.
—Dijiste lo mismo de ti mismo. Ningún Maestro ha sido capaz de vencerlo durante siglos.
—Sí, pero habrá una primera vez. Te pregunté si tenías fe. —Su cara fuerte y decidida, no mostraba ningún signo de miedo, Malcolm se giró y salió airadamente hacia la noche.
Claire lo miró fijamente por detrás, extremadamente frío. Quería tener fe en él, pero le parecía un suicidio. Valía más pecar hacia el lado de la precaución. Esta era una nueva realidad y desafiaba la imaginación.
Moray estaba cazando a Malcolm.
Su corazón daba bandazos con nauseabunda fuerza.
Aidan caminó hacia ella.
—Vendió su alma a Satán hace miles de años, puede que más, su poder está protegido por el diablo. Muchos Maestros combinados no pueden tomarlo. Lo hemos intentado. Algunos Maestros tienen más poder que otros. Moray ha tomado la vida de los menores. Debilita al Maestro con toques mortales y entonces obra el mal. Estoy seguro de que un toque mortal puede debilitar a Moray. —Los ojos de Aidan se encendieron—. Estoy seguro. Vive en un cuerpo medio mortal. Sangra.
Claire lo miró fijamente, comprendiendo que si Aidan tuviera razón, esto no era completamente desesperado. Por otra parte, Moray era tan poderoso, ¿cómo podría ser ejercido un toque tan mortífero?
Alguien le puso en la mano un vaso. Era Ironheart.
—Tomad algo de vino, Claire —dijo firmemente—. Limpiará vuestro miedo. Y vuestro mal, muchacha.
Claire se encontró con su mirada y no vio nada más que resolución. Su expresión era idéntica a la de Malcolm. No había ningún miedo, sólo coraje.
—Malcolm tiene un gran poder para ser un Maestro tan joven. Os protegerá. No lo juzguéis tan pobremente. Os protegerá también. Pero sobre todo, si hay un camino, Malcolm lo encontrará. Funciona con su ambición.
Claire tomó aliento.
—No quiero que funcione por ambición y termine muerto —dijo severamente. Miró las caras de los hombres. Para ellos, esto era sólo otro momento en la línea del deber de la Hermandad—. Como habéis dicho, es joven, demasiado joven para morir. ¡O peor! —tragó—. Moray tiene que ser detenido. ¿Estáis seguro de que no está el conocimiento que necesitamos para hacerlo en el Cathach?

Malcolm estaba de pie sobre las murallas, ya no furioso, sólo enfermo en el alma.
Había devuelto a Claire a su tiempo para protegerla, pero ahora, con retrospectiva, sabía que había cometido un terrible error. Habría estado más a salvo en su tienda, frente a personas como Sibylla y Aidan, que donde estaba ahora. Aidan no habría hecho nada peor que seducirla y estar armado con armas modernas. Claire era bastante fuerte para haber luchado contra Sibylla, quizás incluso habría triunfado sobre ella. Moray era un asunto completamente diferente.
Era completamente culpa suya que fuera ahora un objeto de deseo para Moray. Si se atrevía a inspeccionar estrechamente sus motivos para traerla de regreso junto a él, tendría que admitir que la poderosa atracción que sentía por ella había sido un gran factor tanto como su deseo de protegerla.
Las amenazas de Moray habían sido claras. Planeaba usar a Claire contra Malcolm, igual que Mairead había sido usada contra Brogan. Royce y MacNeil, ambos le habían advertido de que no se encariñase de ella, pero era demasiado tarde. De repente, vio a Claire desnuda debajo de Moray, en las convulsiones del placer mientras el otro hombre la usaba y le quitaba la vida.
¿Qué había hecho?
¿Qué podría hacer ahora?
Necesitaba más poder y más sabiduría. Tres años atrás había perseguido a Moray, acorralándolo en la torre de Urquhart, y fácilmente había sido derrotado. No tuvo el suficiente poder para vencer a Moray, ningún Maestro lo tenía o el deamhan habría sido enviado al infierno hacía mucho. Moray había puesto una trampa, pero tal vez ahora él podría ser el tramposo.
Moray se rió, detrás de él.
Malcolm reforzó su poder contra el deamhan y se giró, tocando la espada mientras la desenvainaba. Lo sintió terriblemente familiar, como si aquel baile fatal en Urquhart fuera interpretado una vez más.
—Piensa más detenidamente, Malcolm, y la verás pedirme cada vez más placer, el cual con mucho gusto le daré. Me pedirá mi semilla con un frenesí de estúpida necesidad. Me correré dentro de ella cien veces cada noche. Y cuando te la envíe de regreso, con su vientre aumentado con mi niño, no querrá abandonarme. Te odiará por tomarla de regreso.
Toda razón despareció. Malcolm rugió.
—Por Claire.
Moray desenvainó su espada y fue al encuentro del cruel ataque, sonriendo con placer.
Malcolm se balanceó una y otra vez, era un déjà vu. En el fondo de su mente, sabía que Moray había querido esta batalla y sabía exactamente por qué. Hacía tres años Moray había elegido dejarlo vivo.
Sabía que era una trampa.
No le preocupaba.
La sed de sangre lo consumía.
Golpeó y el filo de Moray se encontró con la suya. Las espadas chillaron.

El vino tenía el efecto calmante que Ironheart había querido, pensó Claire. Había dejado de temblar y respiraba con normalidad. El miedo permanecía, pero estaba controlado. Moray era mitad humano. Moray podía sangrar.
Tomó otro sorbo y exhaló, cerrando los ojos. Era una mujer de intelecto. Tenía que haber un modo de reducir los poderes de Moray o de herirlo mortalmente. Malcolm había dicho que los demonios nunca entraban en los lugares sagrados, porque allí perdían sus poderes. Había una conclusión obvia para ser extraída, pero Moray probablemente sabría que era mejor no vagar por una iglesia o capilla. Si pudiera ser atraído a tal lugar, habría sido destruido hacía tiempo.
Su mente regresó a las espantosas palabras de Aidan. Había estado preparada para creer que Moray era el propio Satán, pero Aidan había dicho que tenía la protección de Satán, que era por lo que su poder no podía ser tomado por los Maestros. Bien, ella creía en todo lo demás y estaba lista para abrazar la visión global de Aidan ahora también.
Maldita sea. Si Moray no podía ser herido mortalmente y así debilitado, entonces los dioses eran su única esperanza.
Esto no era particularmente reconfortante. Se preguntó si cualquier Maestro recientemente había visto a uno de los Antiguos. Probablemente se mantenían en la versión Dalriada del Monte Olimpo, del modo en que los dioses griegos hicieron en la mitología griega.
¿Y dónde estaba Malcolm? ¿Estaba fuera, solo, en la oscuridad?
Claire tembló. Tenía miedo por Malcolm, estaba realmente asustada. Claire abrió los ojos, tomando largos y profundas respiraciones. Malcolm era un gran héroe, un campeón para todo lo que estaba bien en este mundo y Moray intentaba darle la vuelta. Tenía que ayudarlo de algún modo. No podía imaginarse el mundo sin Malcolm, un Maestro protegiendo al Inocente a través de los tiempos.
Tenía que haber una manera.
Miró fijamente a través del cuarto. Una hermosa mesa oval para doce personas, con las sillas tapizadas en terciopelo de color zafiro, con clavos incrustados, habían sido colocadas para cenar con la porcelana dorada y la cubertería. Ironheart y Royce comían tan rápidamente y de manera tan eficiente como les era posible. Como el abastecimiento de combustible era probablemente crucial para su bien y su poder, no les envidiaba su concentración y su conducta antisocial. Aidan estaba sentado en la cabecera de la mesa, apartado de los otros hombres, bebiendo vino, su plato vacío.
Obviamente estaba pensando.
De repente, Claire sintió un terrible dolor abrasador en el costado. Jadeó, a punto de desmayarse, la mano sobre su cintura. Durante un momento, pensó que una espada le había atravesado el costado.
Aidan se puso de pie.
—¿Claire?
Claire se miró la mano, esperando verla cubierta de sangre. No había nada. Malcolm.
Ella se tambaleó sobre sus pies.
—¡Malcolm está herido!
Claire se movió primero, corriendo a través del pasillo y arrojándose hacia la puerta abierta. La noche era de un negro azulado, pero el cielo estaba lleno de estrellas de las Highlands y una luna creciente, que era dorada y brillante. Sus ojos fueron directamente hacia las murallas, justo a la izquierda y encima de donde estaba ella y vio allí a dos figuras.
Una figura se derrumbó mientras la otra permanecía erguida sobre ella. Incluso a la luz de las estrellas, Claire vio su perfecta cara bronceada, el destello de los blancos dientes y el cabello dorado por el sol. Él se reía de ella, sus ojos encontrándose. Y Moray desapareció.
Claire gritó y corrió escaleras arriba, Aidan sobre sus talones. Claire tropezó, dio un traspié y cayó de rodillas donde Malcolm estaba tendido. Durante un segundo, pareció en paz, como si durmiera. Miró su costado izquierdo y sólo vio el brat que llevaba sobre la correspondiente cota de malla. Entonces vio que la lana era excepcionalmente oscura, empapada con sangre.
Los ojos de Malcolm se abrieron, encontrando los de Claire. Ella retrocedió. Su mirada era plateada, locamente brillante y su mano la agarró de la muñeca. Durante un terrible instante, Claire pensó que iba a dañarla.
—¡Márchate! —gritó Malcolm severamente, la cara devastada por el dolor.
Aidan se arrodilló al lado de ella, moviendo la cota de malla y apartándola. Desató el chaleco de cuero para revelar líneas excesivamente largas empapadas de sangre.
—¡Márchate ahora, Claire! —dijo Aidan firmemente.
—¡No voy a ninguna parte! —gritó Claire mientras Aidan abría el lino rasgándolo. Ella jadeó cuando vio la horrible herida. Había tanta sangre. Tanto si Malcolm tenía una hemorragia o si tenía algún órgano dañado o se infectara, moriría.
—Márcha... te —repitió Malcolm, agarrando su muñeca de manera chocantemente brutal, los ojos en llamas.
—Morirás si sigues moviéndote —dijo Aidan concisamente—. Quédate quieto guardando las fuerzas.
Mientras Malcolm le sujetaba la muñeca, Claire examinó sus ardientes ojos y reconoció la incontrolable lujuria. Ya había matado a una mujer para salvar su propia vida y ese momento, lo entendió. Él tenía que vivir. Necesitaba vida para vivir.
El miedo regresó, pero ella no se movió.
—No me voy —susurró. Su corazón tronó con fuerza—. Quiero que vivas. Toma mi vida. Toma... lo que necesites.
—Yo... no... te tomaré —jadeó él. Sus ojos se cerraron, la cabeza se giró hacia un lado mientras perdía el sentido.
Aidan maldijo, mirando airadamente a Claire.
—¡Está muriéndose! ¡Eres una interferencia ahora, una tentación!
—¡Entonces cúralo! —gritó—. ¡Dijiste que tenías el poder, hazlo! —presionó sobre la herida para parar la hemorragia con las manos desnudas.
Pasos de botas sonaron mientras Claire se daba la vuelta.
—¡Deprisa! —gritó a Royce—. ¡Consígueme vendas!
Royce se arrodilló, dándole un pequeño trozo de tela para taponarlo. Inmediatamente Claire cubrió la herida, poniendo las manos de Royce allí y trató de encontrar el pulso de Malcolm. No podía encontrarlo. Estaba al borde del pánico, pero de algún modo lo mantuvo a ralla.
—No puedo encontrarle el pulso, Aidan —avisó ella—. ¡Si no lo curas, morirá!
Aidan tenía las manos sobre los hombros de Malcolm, tenía una expresión feroz en la cara. Claire comenzó a rezar, la cabeza de Malcolm sobre su regazo, su cara entre sus manos. Ironheart se arrodilló al lado de ellos.
Royce dijo espesamente:
—Él está huyendo, Aidan.
Claire vio el miedo en sus ojos. Miró fijamente la cara de Malcolm, que ahora estaba terriblemente pálida. La piedra que llevaba puesta le quemaba la garganta y de una extraña manera recitaba la oración que acababa de leer, aquel breve párrafo a alguna diosa celta. Era como si lo hubiera memorizado. El latín tomando forma perfectamente en su lengua, dándole absoluto sentido y nada nunca había sido tan reconfortante. Cantó quedamente para sí misma. Era como si no estuviera en sí misma. Cerró los ojos, sudando profusamente, cantando quedamente en voz alta ahora. La letanía en latín era el único sonido en la noche.
Claire hizo una pausa y miró a Aidan, quien había liberado a Malcolm.
—¿Qué estás haciendo? —gritó sofocadamente.
Su mirada se encontró con la suya.
—No puedo sentir nada de vida. Moray ha puesto un bloqueo sobre él. Royce, ¿puedes parar el sangrado?
Royce no contestó, casi tan pálido como Malcolm ahora.
Claire luchó contra el pánico. ¡Malcolm no podía morir! Se despojó de la piedra de su cuello y la sostuvo entre las manos, apartando de un empujón a Royce y alejándolo de ella. La lana bajo sus manos estaba empapada. Cantó más rápido, terminando la oración a Ceanna una cuarta o quinta vez mientras Royce rápidamente cambiaba la lana de debajo de sus manos. Su mente le gritaba que Malcolm no estaba muerto. Ella lo sentiría si lo estuviera.
Royce tenía girada la cara hacia la de Malcolm.
—No respira, Aidan.
Aidan puso las manos sobre él otra vez, el sudor goteando por su cara.
—No puedo darle nada —dijo—. Si tuviera el poder, este bloqueo habría desaparecido.
Claire sollozó. Le agarró la mano a Royce, le hizo restañar la herida y se inclinó hacia la cara de Malcolm. Le mantuvo la nariz cerrada, le abrió la boca y comenzó a hacerle la reanimación cardio-pulmonar. Él no respiraba.
Tenía el Taser en el bolsillo de su falda, la que llevaba debajo de su tartán.
Claire abrió el escote de su leine rasgándolo, arrancándolo hasta sus costillas, su fuerza impulsada por la adrenalina. Estaba a punto de poner el Taser allí y sacudir su corazón cuando vio el movimiento del pecho.
Se elevó... y cayó.
Claire sostuvo su cara y se inclinó sobre él. Sintió el aliento contra su piel y comenzó a derrumbarse, llorando.
—Claire —dijo Royce bruscamente—. El sangrado ha parado. Respira. Es superficial y débil, pero respira.
Ella sintió sus pestañas moviéndose.
—No te muevas. Estás herido —logró decir, mirándolo.
Malcolm la miró fijamente, pareciendo algo aturdido. Claire no estaba segura de que la reconociera.
—Aidan, la herida está profundamente abierta —dijo Royce—. Tienes que curarlo completamente. Pienso que no podrá sobrevivir si no.
—Te lo dije, no puedo curarlo del todo —dijo Aidan de manera densa—. Lo hará Claire.
Royce miró hacia Aidan, quien miraba desde atrás. Entonces ambos miraron fijamente hacia ella.
Claire no podía concentrar su atención en los dos hombres. Malcolm estaba terriblemente pálido por la pérdida de sangre. Tenía miedo de que fuera a morir de todos modos. Claire le envió una sonrisa que estaba segura de que era lamentable.
—Royce. Esto tiene que ser cauterizado. —La hemorragia podía haber parado pero, ¿cómo podría sobrevivir a esta clase de herida sin asistencia médica moderna?
—Voy a por MacNeil —dijo Ironheart y desapareció.
Claire comenzó a temblar. Al parecer, habían parado el sangrado y lo habían reanimado, pero la crisis aun no había terminado. Tenía mucho miedo, él iba a morir en cualquier momento.
—¿Puede MacNeil salvarlo? ¿Puede curarlo?
—Tiene el poder, si llega aquí a tiempo. —Royce saltó y se apresuró hacia las murallas.
Claire no podía comprender a dónde iba, cuando Malcolm dijo:
—Ven aquí, muchacha.
Ella se movió bruscamente ante su tono seductor. Le atravesó el cuerpo, causándole al instante cordialidad y calor. Atontada, encontró sus ojos brillantes. Su voz era ronca, ahogada por el dolor.
—Te necesito, Claire... me muero... —Y su intensa mirada sostuvo la de ella.
Ella no podía ver más allá. Claire estaba todavía sobresaltada, el deseo chocando y explotando en su interior. No había ninguna confusión en su significado. Quería tomar vida de ella, mientras estuviera enterrado dentro de su matriz, la fuente de vida.
En aquel momento, había completa comprensión y esto le daba absoluto sentido. La necesitaba desesperadamente, como desesperadamente, ella lo necesitaba. Su mirada pasó por delante de la profunda herida sangrante y vio su virilidad moverse y llenarse. Su mirada voló de regreso a sus ojos.
Ella debería haberse sobresaltado, pero no lo hizo. Sabía que podría curarlo. Le daría su cuerpo y todo su ser mientras él le daba un éxtasis imposible. Su corazón latía más desesperadamente ahora. De algún modo sabía que estaba en la tienda. Le Puissance. El Poder... Se mojó los labios, bajando la cara hacia la suya. Ella jadeó cuando sus bocas se encontraron. Estaba demasiado cerca del placer orgásmico con un simple beso. Y Claire lo sintió agarrarse a su vida.
Él jadeó y ella se tambaleó ante una ola de placer brillante, intenso, el éxtasis llamando...
De repente, unas manos fuertes la arrancaron de Malcolm. Claire luchó contra Aidan, todo su cuerpo palpitaba desesperadamente ahora.
—¡No!¡Idiota! ¡Él morirá!
—Y tú morirás porque él necesita tu vida y no comprende lo que está haciendo. Le das tu vida y Malcolm pertenecerá a Moray —gruñó Aidan.
Claire no podía entenderlo. Había demasiada desesperación y demasiada lujuria, como si fuera un animal acalorado. Miró fijamente a Malcolm, quien estaba echado sobre la piedra, respirando con dificultad, necesitándola desesperadamente, queriéndola urgentemente. Tenía que ir hacia él. Furiosa, intentó tirar apartándose de Aidan.
—¡Puedo ayudarlo! —estaba enfurecida—. ¡Déjanos solos!
Ignorándola, con facilidad Aidan la llevó hacia las escaleras.
—¿Qué estás haciendo? —gritó Claire, incrédula, pero con un poco de alivio de la espantosa lujuria. En el fondo de su mente, se dio cuenta de que salía de un trance—. ¡Malcolm morirá si no le ayudo! ¡Me necesita... déjame ir!
—Sal de su cabeza... y entonces él estará bien. Moray tiene atrapado a mi hermano otra vez. Lo ha convertido en un deamhan. —Puso su brazo alrededor de ella, apresándola como el acero.
Claire luchó y miró hacia atrás. Malcolm permanecía boca abajo, como un cazador en el bosque, su mirada brillante, rastreándola mientras Aidan la obligaba a marcharse.
Te necesito, Claire... no te vayas. No los escuches... regresa a mí...
Su boca nunca se movió pero ella le oyó como si hubiera hablado en voz alta.
La terrible urgencia comenzó una vez más.
Vendré, le prometió. Siempre vendré cuando me llames...
Royce se dirigía escaleras arriba, pasando a Claire y Aidan, sosteniendo un hierro al rojo vivo que brillaba como los fuegos del infierno en la noche.
Y Claire combatía contra Aidan salvajemente.
—Él no necesita esto —gritó—. ¡Me necesita a mí!
Claire vio a Royce darle a Malcolm una daga, dejó de luchar, jadeando por el miedo. Malcolm se puso la empuñadura en la boca, mordiendo la empuñadura de hueso, su mirada plateada estable sobre ella, firme.
Claire se agarró con fuerza a Aidan. Malcolm se ahogaba. El horroroso olor a carne quemada desgarraba la noche.
Claire tuvo arcadas, las rodillas doblándosele. Aidan la cogió, sosteniéndola con fuerza contra su pecho.
—Oh, Dios —jadeó, llorando. Tenía que ir con él ahora—. ¡Por favor, Aidan! —gritó—. ¡Por favor!
—Está inconsciente. No puedes ayudarle ahora.
—Puedo —sollozó—. Puedo.
Aidan volvió la mirada hacia Royce. Royce asintió con la cabeza.
—La torre de arriba —dijo Aidan—. Hay sólo un camino de entrada y un camino de salida. Tendré las cerraduras puestas en la puerta.
Iban a encerrarlo como a un animal, pensó Claire, horrorizada.
—Juro que estaré lejos de él —mintió—. Por favor, no lo encerréis.
—Lo siento, Claire. Es lo mejor para Malcolm —dijo Aidan—. Y es lo mejor para ti, también.
El golpe en la zona posterior de la cabeza la sorprendió. Estaba atontada por el dolor y la espantosa comprensión. Y luego sólo hubo oscuridad.


Malcolm se despertó. Estaba quemándose en los fuegos del infierno. Se ahogaba por el abrasador dolor, pero no podía moverse, el tormento era terrible, no podía abrir los ojos. Le tomó un momento luchar contra el dolor del fuego que le consumía la mayor parte del cuerpo y sólo entonces pudo encontrar algún pensamiento. Estaba mareado, listo para desmayarse.
Estaba cerca de la muerte. Finalmente jadeó, incapaz de contener el sonido, ahogándose en el dolor. Las lágrimas le quemaban los ojos y nadó en su mundo de tormento.
La lujuria comenzó, la lujuria para vivir.
Había votos. Era un Maestro. Esto no podría finalizar este camino.
Tenía que contener el dolor, tenía que pensar. Intentó orientarse. ¿Dónde estaba? Necesitaba vida ahora.
Su cuerpo sabía lo que hacer.
Malcolm se quedó quieto, intentando oler la vida.
Estaba en el suelo, una plataforma suave de paja debajo de su espalda, el frío de la piedra bajo su mano. Se oyó gemir otra vez y luego oyó la lluvia golpeando.
Giró la cabeza. Vio la hendidura de una flecha sobre el lado más alejado de la pequeña cámara redonda y la puerta de madera. ¿Lo habían encerrado? Miró fijamente la puerta y de repente, de manera chocante, pudo ver a través de ella. Había un candado colgado al otro lado. No importaba. Incluso si hubieran dejado la puerta abierta, no pensaba que pudiera estar de pie o incluso avanzar lentamente hacia la puerta, mucho menos abatirla.
Sólo había sentido tanta debilidad una vez en su vida, en Urquhart, cuando fue ensartado en la pared por la espada de Moray, dejado allí para morir así. Pero no había muerto, en cambio había tomado a la criada. Su vida lo había salvado...
Ardía por vida. Era en todo en lo que podía pensar. Intentó oler la vida otra vez. Y esta vez, al instante, lo hizo. Claire estaba debajo de él.
Ahora, no tuvo ningún otro pensamiento coherente. Estaba dormida, pero la necesitaba con él.
Despierta, Claire. Te necesito. Despierta...
La sintió removerse, sintió su conmoción. Malcolm inhaló con fuerza. La necesidad de atraerla y tomar el control sobre ella lo consumía. La rastreó con la mente mientras ella tropezaba contra la cama. Pero algo lo conmocionaba en algún lugar, en su pecho, su corazón. Un recuerdo...
Todo lo que era, lo ignoró.
Estoy herido. Me han encerrado. Cuando entre en tu cuerpo, me salvarás. Claire.
Él sintió que lo escuchaba ahora. Ella lo oía y esto era bueno. Estiró sus sentidos, sintió su desesperación y después sintió su calor. Sonrió. Se estaba preparando para él. Su miembro se puso rígido por la anticipación y su corazón comenzó de nuevo a latir más fuerte.
El recuerdo cosquilleaba en su mente ahora.
No quería recuerdos; sólo quería su cuerpo, su vida.
Encuéntrame, muchacha. Estoy esperando...
Ella no contestó pero sabía que se había enterado. Alargó la mano hacia abajo y se tocó de manera que estuviera listo para cuando llegara.
¿Dónde estás?
Malcolm sonrió, ferozmente satisfecho.
Claire. Sube las escaleras. Encima de ti.
Y ahora podía verla, dos plantas por debajo, tirando de la puerta cerrada de su cámara. Sólo llevaba aquella camiseta diminuta, el trapo y las botas. La lujuria lo consumía, como lo hacía la impaciencia. Latía con gula ahora. Literalmente podría probar su poder, como había querido desde hacía mucho tiempo. Y su corazón latía rápidamente, demasiado rápidamente.
No me importa si me amas, muchacha.
¡Eres tan arrogante!
Malcolm gimió. Si se permitiera ese lujo, lucharía contra su necesidad y moriría. Cerró los ojos, sudando, saboreando lo que sería, salivando, hasta que su corazón cesara toda protesta. Su miembro rabiaba.
Le Puissance. Habría tanta vida, poder y éxtasis, increíble éxtasis.
Deprisa, muchacha.
Subía las escaleras. Estaba cerca ahora, justo detrás de la puerta cerrada y su corazón gritó hacia él. Se preocupaba por ella.
Las imágenes bailaban en su mente. Claire discutiendo con él, una mujer que no necesitaba a su rey. Claire vestida sólo con un cordón perlado diminuto. Claire preparada para lanzarle una piedra a un deamhan.
Gimió otra vez. Los recuerdos deberían aliviar su lujuria, pero en cambio, el impulso de probar su poder lo consumía. No era la mujer de ningún otro. La distancia entre ellos era una barrera pero de algún modo él apenas se agarraba a su vida y arrancaba poder de ella.
Sus venas aumentaron con caliente fuerza y una ola de terrible placer comenzó a crecer. Respirando con fuerza, tan hinchado que lo hería, giró la cabeza y se concentró en como trabajaba para romper la cerradura.
Estaba frenética por su unión. Él sentía su lujuria goteando por sus muslos. Ella quería ir. Tiró de su vida otra vez. Poder. Fuerza. Virilidad. Iniciar el triunfo. Tenía que ir dentro de ella y tomar incluso más...
La puerta se abrió de golpe.
Él tiró de su poder, inundándose incluso más completamente mientras el torrente de vida entraba en sus venas, creciendo. La ola de placer amenazó con formar una cresta y romper. La miró fijamente, lentamente poniéndose derecho. Siempre, preocupado por ella, pero ahora era demasiado tarde.
Ya que estaba de pie allí, agitada y jadeando, henchida y mojada.
—Ven, Claire.
Claire se tambaleó hacia delante. Él logró ponerse de pie. Ella lo cogió, colocando sus brazos a su alrededor y al instante él empujó entre sus muslos, su boca rasgando la suya, sintiendo la caída de lágrimas llenas de gratitud.
—Muchacha —jadeó, sosteniéndola como un tornillo apretado. Él echó la cabeza hacia atrás y comenzó a tomar urgentemente su vida, con tanta fuerza y rapidez como podía.
Le llegó mucho poder. Aumentó con ello. Y la ola se rompió. Aulló de placer, derribándola, empujando profundamente en la carne caliente y mojada. Ella sollozó de placer así como él, el éxtasis intensificado cien veces más. Esto lo cegaba.
—Sabes bien.
Ella montó su longitud y llegó una y otra vez, llorando, pero él también. Había querido probar su vida desde hacía mucho tiempo y había tenido razón. Nada podía ser tan potente, tan bueno. Quería que montara su virilidad de esa manera para siempre esa noche y agotarla, y llegar muchísimas veces, mientras ella giraba alejándose, perdida en su propio placer y en el de él. Consciente de que ella seguía queriendo incluso más, tan desesperadamente como lo hacía él, le dio orgasmo tras orgasmo, no permitiéndole ningún respiro.
Más.
Siempre.
El éxtasis los aplastó a ambos.
Y Malcolm se sintió invencible. La total comprensión llegó. Tenía más poder ahora que alguna vez antes y no había más para tomar. Esta mujer le había dado todo, esta hermosa mujer extranjera que le gustaba. Se corrió, rugiendo ferozmente en el momento final.
Se empujó distanciándose de ella.
Temblando por tanta pasión y poder, Malcolm se arrodilló sobre su cuerpo boca abajo e instantáneamente la sintió escabullirse. La salud volvía y comenzó el horror. Claire no tenía nada para dar.
Él lo había tomado todo.
Ellos se precipitaron hacia la habitación. Royce lo agarró, arrojándolo lejos de Claire. Era mucho más fuerte que Royce ahora pero le dejó que lo apartara. Se enderezó ante la ventana, respirando con dificultad, enfermo de miedo. Aidan arrojó una manta sobre Claire mientras MacNeil se inclinaba sobre ella.
¿Qué había hecho? ¿Y a Claire? ¡No podía perderla ahora!
—¿Está viva? —exigió densamente.
—¿Qué coño le has hecho? —rugió Royce hacia él.
—¿Está viva? —gritó Malcolm.
MacNeil no lo miró.
—Sí, lo está, pero apenas. —Tenía las manos sobre ella, enviándole vida.
Y Malcolm sintió su regreso a este mundo. Sus ojos revolotearon y ella murmuró su nombre.
—¿Malcolm?
Lo abrumó el alivio. Estaba viva. Mantuvieron sus miradas y ella le sonrió antes de que sus pestañas revolotearan y se cerraran.
Casi la había matado.
La bestia había rugido libremente, su intención cruel y malvada. La desalmada bestia...
Royce golpeó con la mano el hombro de Malcolm, obligando a sus miradas a enfrentarse.
—¿Qué hermano está engendrado por Moray? —dijo cruelmente.
Malcolm se estremeció, pero Royce tenía todo el derecho a preguntar ahora.
Ella había abierto los ojos otra vez. Se veía débil, desorientada y confusa, pero le envió otra hermosa sonrisa. ¿No sabía lo que le había hecho él? ¿Cómo podía haberle hecho esto?
¡Debería tenerle miedo!
Él tenía miedo de sí mismo.
—No os mováis —le dijo MacNeil—. Tenéis vida, pero débil.
Su horror y odio a si mismo debieron verse porque Claire dijo suavemente:
—Malcolm, está todo bien. No estoy muerta.
No podía responder. Malcolm se giró y cruzó con largos pasos la habitación.

Malcolm se puso sobre los hombros una capa mientras bajaba. La imagen de Claire mientras estaba sobre el suelo desnuda, como estaba todavía, y tan blanca como un cadáver, estaba grabada en su mente. Había estado cerca de matarla. Había tomado su vida.
Se sintió violentamente enfermo en lo más profundo de su ser, en su corazón y en su alma. Cruzó a grandes pasos el pasillo, consciente de que Royce le pisaba los talones. Fue hacia el aparador y bebió de una de las botellas, pero ninguna cantidad de vino podría cambiar lo pasado o borrar el sabor de la vida de Claire en su cuerpo y el éxtasis increíble que había experimentado con ello.
Malcolm sintió a Royce mirarlo fijamente quemándole la espalda. Se giró despacio, haciendo rechinar la mandíbula. No había nadie que odiara más en aquel momento como se odiaba a sí mismo.
—Aun estás relamiéndote.
Malcolm se tensó.
—No lo niegas. Amaste saborearla hasta cerca de la muerte.
Quiso negarlo, pero ninguna palabra salió.
—Ahora lo combatirás —le advirtió Royce, sus ojos plateados ardiendo—. Hiciste voto de proteger al Inocente, no de destruirlo.
Malcolm se giró apartándose. Había abandonado sus votos, había violado el Código. Había tomado el placer prohibido y había disfrutado de cada momento haciéndolo.
Royce lo agarró por el hombro y lo movió rápidamente, girándolo.
—Si te desvías hacia el mal, te mataré.
Malcolm miró fijamente y Royce el Negro le devolvió la mirada. Su tío pensaba cada palabra.
—Si me vuelvo hacia el mal, estaré expectante porque me destruyas.
También lo pensaba.
—Lo combatirás y lucharás contra Moray —gruñó Royce. Liberó a Malcolm y salió airadamente por delante de él, viéndose como si estuviera listo para comenzar a lanzar objetos por los alrededores del pasillo.
—No soy malvado —dijo Malcolm despacio, pero se sentía inseguro—. Estoy enfermo de vergüenza.
—Bien. Deberías estar avergonzado. —Royce se alejó y comenzó a verter el vino en una copa de cristal. La mano le temblaba. Malcolm nunca había visto a Royce temblar, ni una vez en toda la vida desde que lo conocía.
—No puedes comprenderlo —dijo Malcolm—. Era una bestia, más que un hombre.
Royce se giró despacio.
—¿Por qué pensabas que deseaba verte encerrado como un animal enloquecido?
Malcolm lo miró fijamente. Nunca iba a olvidar lo que acababa de pasar.
—Casi asesiné a la mujer que había jurado proteger, Ruari.
—¿La mujer que habías jurado proteger o la mujer que habías comenzado a amar? —Royce estaba serio y sombrío, y la pregunta era una acusación.
Malcolm se estremeció. Royce estaba equivocado.
—No amo a nadie —dijo finalmente. Rechazaba recordar los sentimientos que había tenido en el calor del éxtasis.
—Amas a la mujer americana. Está escrito en tu cara, puedo oírlo en tu corazón.
—Maldita sea —rugió Malcolm. Royce sabía muy bien invadir su mente—. Le tengo cariño, eso es todo. Cariño, Royce, cariño, como te tengo cariño a ti.
—No piensas en joderme noche y día. —Royce se alejó.
Malcolm tuvo ganas de romper algo.
—No eres lo suficientemente hermoso.
Royce se le enfrentó.
—Malcolm, recupera la sensatez. La has puesto en peligro mortal ahora. Controlaste tomándola esta vez. ¿Qué pasará la próxima?
—No habrá ninguna próxima vez —gritó, rompiendo a sudar. Hasta ahora confiaba en si mismo, pero su deber era proteger a Claire. Moriría haciéndolo de buen grado.
—Yo también estoy en esto. Pero su juventud y su sangre son demasiado malditamente calientes. Moray no cesará. Lo oíste, igual que yo. La tomará, la usará y la enviará de regreso con un niño. Y te atrapará una y otra vez, atrayéndote hacia el mal, usando a la mujer que amas hasta que realmente le tomes la vida.
Malcolm cerró los ojos, temblando. Ya sabía esto.
Royce se suavizó. Fue hacia él y le apretó el hombro.
—Pienso que Claire no debería estar cerca de nosotros. Incluso si la casaras con algún otro hombre bajo engaño, la ha leído como a un libro y a ti también. No importa lo que pienses hacer, Moray la ha marcado como un arma contra ti. La muchacha tiene que irse.
Sabía esto también, instintivamente, aun cuando no quería saberlo.
—No. Debe de haber algún modo de mantenerla segura.
—¡No hay ninguna manera de mantenerla a salvo de ti! —gritó Royce.
—Encontraré la manera —dijo Malcolm, con los dientes apretados.
—No hay ninguna manera —dijo Royce con ferocidad—. ¡Y ahora verás como tengo razón! Eres un idiota enamorado. Tu amor sólo la matará. Y su amor te matará.
Era casi como si no pudiera respirar. Había llegado a depender de Claire. Había llegado a esperar que estuviera a su lado, en su casa y después cada noche en su cama. Había llegado a tener ganas de sus conversaciones y esperar sus sonrisas, que lo complacían tanto que intentaba ser la causa de ellas. Su arrogancia podía ser molesta, pero era muy inteligente para ser mujer. Podía descartar sus insultos, pero sabía que estaba enamorada de él. Ella no lo pensaba cuando le llamó macho idiota. La única cosa que realmente le molestaba era su desobediencia, porque sabía que era el más simpático y el más fuerte. Pero soportaría cada orden si pudiera deshacer lo que estaba pasando ahora.
La necesitaba. Era asombroso. Le dolía pensar en enviarla lejos. Probablemente la echaría de menos cuando se hubiera ido.
—Pensaré en ello —dijo concisamente—. No me empujes ahora.
—¡No hay nada que pensar! —Royce estaba furioso—. Deseas encontrarla muerta un día o deseas que viva. Haz tu elección.
Malcolm lo miró fijamente, irritado. No había ninguna otra opción. Porque la bestia oscura estaba al acecho en su interior y porque Moray sabía cómo desencadenar a aquella bestia, Claire no podría quedarse con él. Se había hecho su Mairead. Y como Mairead, sólo había un lugar seguro al que pudiera ir, el claustro.
—Ningún deamhan, nunca entra en un lugar sagrado a propósito. La llevaré a Iona —dijo Malcolm y entonces cedió a su estallido de cólera, y lanzó el brazo, golpeando una hermosa silla a su lado y rompiendo los brazos. Su corazón no quería que se fuera.
—Estará a salvo allí —estuvo de acuerdo Royce—. Pero la acompañaré. Es tarde ahora, la llevaré mañana. Nos marcharemos al amanecer.
Malcolm se giró, su corazón retumbando.
—Tu no das las órdenes aquí, Royce —advirtió—. Soy tu señor feudal.
—Sí, cuando no estás cegado por la lujuria y el amor. —Royce salió majestuosamente del vestíbulo.
Más cólera explotó. Se inclinó sobre otra silla, respirando con dificultad. El claustro sería seguro para Claire. Su madre estaba a salvo allí y de buen grado deseaba permanecer allí hasta su muerte. Ni siquiera Moray desafiaría entrar en un lugar sagrado. Pero Claire no querría quedarse en la abadía demasiado tiempo. De hecho, ciertamente sentía que no iba desear ir allí para nada.
Estaría furiosa, pensó. Pero él era su señor y no iba a darle opción. Se enderezó y pateó una silla de damasco roja y de marfil a través del cuarto.
Aidan cruzó a grandes pasos el vestíbulo.
—¡Si deseas romper algo, entra en los bosques, pero deja mi excelente casa en paz!
Malcolm lo miró. Lamentablemente, este hombre era su hermanastro. Anoche había intentado curarlo.
—¿Cómo está Claire?
—Está profundamente dormida. Me pregunto por qué.
Malcolm se tensó.
La expresión de Aidan era cerrada, no mostraba ninguna emoción en absoluto.
—No te curé. Moray puso algún hechizo sobre ti y estuve bloqueado. —Sus ojos se endurecieron—. Claire paró el sangrado con sus manos. Respiró dentro de ti y te devolvió el aliento. Rezó a los Antiguos por tu vida.
Malcolm sabía lo que venía después.
—Y luego intentaste tomar su vida —dijo Aidan, las sienes le palpitaban—. ¿Y tú me odias por ser el mismo diablo?
Malcolm se estremeció.
—Me odio a mí mismo más.
—Deberías. —Aidan hizo una pausa—. Claire puede quedarse aquí.
La furia empezó.
—No compartiré, Aidan. Se va a Iona.
—No tengo ningún deseo de ir a su cama —dijo Aidan firmemente—. Ella merece la posibilidad de vivir.
—La llevaré a Iona al amanecer —dijo Malcolm suavemente, enfurecido. Sabía que su hermano nunca sería capaz de resistirse al encanto de Claire—. Si la tocas, morirás.
—Eres un imbécil —dijo Aidan, pasándolo a grandes pasos. Recogió la silla rota—. Me debes una fina silla de Francia. La llaman Luis XIV.
Malcolm se giró, distanciándose. No podía encontrar tranquilidad y tenía que enfrentarse al por qué. En realidad, le dolía el corazón, le dolía dentro del pecho. Mañana llevaría a Claire a Iona. Y luego ¿qué? Moray no podía ser destruido. Claire tendría que pasar años allí, hasta que fuera olvidada. Estaría furiosa al principio y después se sentiría miserable. Él ya se sentía miserable.
Aidan dijo quedamente.
—Ella no es ninguna Mairead.
Malcolm se dio la vuelta.
—¿Espías mis pensamientos?
—No tengo que espiarlos. Tu corazón roto grita alto y claro.
—Mi corazón no está roto. —Sonrió con énfasis.
Pero Aidan estaba mortalmente serio.
—Malcolm, deja de odiarme por un momento. MacNeil no está curando a Claire en la torre.
Malcolm lo miró fijamente.
—¿Qué significa eso?
—Me dijo que cuando comenzó a curarla, ella ya se estaba curando.
Malcolm permaneció tranquilo.
—¿La piedra?
—No lo comprendo. Tal vez la piedra es mágica, tal vez no. Sentí el poder de la piedra en las murallas. Debes haberlo sentido también.
—Sí, sentí el encanto de la piedra anoche y lo sentí la noche que fuimos atacados en Morvern. Pero no es lo que estás pensando. —Malcolm le miró y Aidan también le miró fijamente.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Pienso que puede ser una de nosotros.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:47 pm

Capítulo 13

Claire despertó con una palpitante migraña, nunca antes había tenido alguna igual. El dolor la consumía, se tambaleó desde la cama hasta el orinal, donde vomitó sin poder contenerse.
Se sentó en el suelo, intentando orientarse y rogando por encontrarse mejor. El terrible dolor se estaba marchando, sustituido por una jaqueca menos severa, pero ahora sentía náuseas. De hecho, se sentía como si hubiera bebido una enorme cantidad de vino la noche pasada.
Pero no hubo allí ningún vino la noche pasada.
La noche anterior había estado Malcolm.
Horrorizada, Claire miró hacia las dos ventanas de la cámara. Fuera, hacía una mañana nublada, el sol era apenas visible. Empezó a temblar, sintiéndose enferma, no en su cuerpo sino en su corazón y en su alma.
Estaba en Awe y la última noche, Moray había asestado a Malcolm un golpe casi mortal... por segunda vez. Pero no estaba muerto. Estaba muy vivo.
Oh, Dios. ¿Qué había hecho ella? ¿Qué había hecho él?
Malcolm había estado casi muerto. Había sido encarcelado como una bestia salvaje y ella había perdido el juicio, pensó, levantándose lentamente. Ahora recordó la terrible desesperación, la espantosa necesidad de encontrarlo, de estar con él. La noche anterior, había estado segura de que la estaba llamando, llevándola hacia él. Parecía como si sus mentes se hubieran estado comunicando. No había vacilado en obedecer. De hecho, todo lo contrario, nada ni nadie podrían haberle impedido ir con él.
No había tenido control sobre su cuerpo o su mente. Malcolm la había estado controlando. Pero él tampoco había estado cuerdo.
Sus salvajes rugidos llenaban su mente. Había tomado su vida la noche anterior.
Claire tropezó con una silla y se sentó, horrorizada. Placer en la muerte. Qué era la moderación de la eternidad. La noche anterior había querido morir por él. La última noche había deseado morir en la agonía de un éxtasis inhumano.
¿Cómo de cerca había estado de la muerte? Vagamente, recordaba a MacNeil y a Aidan cerniéndose sobre ella. Los dientes de Claire empezaron a castañetear. ¿Malcolm había parado... o había estado drenándola como un animal rabioso? No podía recordar los detalles.
Claire no podía creer que no hubiera tenido voluntad propia. Aquello era aterrador.
Pero Malcolm no había tenido voluntad tampoco. Estando casi muerto, se había convertido en algo insaciable, determinado a vivir sin importar el precio.
Moray estaba en la propia alma de Malcolm. ¿O era demasiado tarde?
Una lágrima se deslizó por su mejilla, seguida por otra y otra. Y Claire se acordó de sus cálidas miradas y afectuosas sonrisas mientras yacía en sus brazos después de hacer el amor, aquella única y sencilla noche, cuando la había asombrado al decirle que deseaba hacerle un juramento de fidelidad.
Su corazón gritó en protesta, exigiéndole que escuchara. Malcolm podía no haberse vuelto diabólico la noche anterior. Malcolm no la había herido en realidad, porque ella estaba muy viva hoy. Era bueno, y lo sabía en su corazón y su alma. Era Moray quien era diabólico, Moray y todos los de su clase. Era Moray quien había dejado morir a Malcolm, esperando que Malcolm matara a Claire para salvarse, esperando coger a Malcolm en una trampa que le llevara a ser un deamhan completamente transformado como había intentado antes. Pero Malcolm había recobrado la cordura antes de que fuera demasiado tarde.
Claire no estaba tranquila. Moray casi había conseguido organizar su muerte y la caída de Malcolm. Su mente iba a toda velocidad, señalando que Malcolm ahora había infringido sus votos dos veces, incluso si ella estaba viva. ¿Estaría al borde de volverse diabólico?
¿Qué haría ella si iba a Malcolm y encontraba algo más en su lugar?
Claire estaba lista para admitir finalmente la verdad. Estaba muy enamorada de un hombre medieval descendiente de una diosa. Y la última noche, él casi había enloquecido con una lujuria aplastante.
Fue a la ventana y dándose cuenta, empujó hacia fuera para abrirla, arreglándoselas para hacerlo. Mientras el fresco y húmedo aire llegaba desde el lago, respiró profundamente, el corazón corriéndole violentamente. Y escuchó espadas chocando.
Claire se tensó. En el patio de abajo, Malcolm y Royce estaban asestando una serie de golpes uno contra el otro. Por un momento, miró fijamente mientras los hombres trababan las espadas furiosamente. Estaban tan concentrados que habría jurado que querían herirse uno al otro. Malcolm fue tras Royce con un avance tan agresivo que, por un instante, pensó que Royce estaba condenado. Pero él bloqueó el golpe y se agarraron allí, salvajemente.
Claire volvió dentro, temblando de nuevo.
Su corazón estaba latiendo fuerte y rápido. Nunca podría olvidar lo que había ocurrido la noche anterior, pero no estaba asustada de Malcolm. Estaba asustada por él.
Mientras Claire cruzaba la habitación para abandonarla, vislumbró su reflejo en el pequeño espejo que estaba sobre la única cómoda de la habitación. Vestida con sus ropas de ciudad, vaciló. Su cara estaba muy pálida, manchada con dos enormes y oscuros círculos bajo los ojos. Parecía enferma, tan gravemente. Y era porque casi había muerto la noche anterior.
Claire se apartó del espejo. Se calzó sus botas de cowboy y bajó las escaleras. El vestíbulo estaba vacío y fuera la mañana de las Highlands era fresca y húmeda por la lluvia de la noche previa. El olor de lluvia de verano, flores frescas y hierba mojada era fuerte e intenso, pero no lo suficiente para debilitar la profunda sensación de enfermedad dentro de ella.
Claire se detuvo. Malcolm y Royce estaban tan furiosamente ocupados que ella tenía graves dudas sobre la naturaleza de su práctica. Entonces, tuvo una buena vista de Malcolm y después de Royce, se dio cuenta que ambos hombres estaban muy enfadados. Si esto era una práctica, no sabía que sería una batalla de verdad. Cada uno estaba claramente intentando derrotar al otro. Podía suponer por qué Royce estaba tan enfadado, pero Malcolm parecía como loco. Su corazón se sacudió y ella empezó a adelantarse.
Golpe desviado por golpe. El leine de Malcolm estaba mojado y se pegaba a su poderoso cuerpo, revelando cada ondulante músculo. Su cabello hasta los hombros estaba goteando humedad y el sudor cruzaba su rostro. Royce lo igualaba con precisión.
Claire estaba segura de que los hechos de la noche anterior eran la razón de tan terrible animosidad. Malcolm necesitaba retroceder. Royce había sido un padre para él desde que Malcolm tenía nueve años. Entendía la ira de Royce. Venía del miedo por su sobrino.
Malcolm miró hacia ella y Royce golpeó la espada desde su agarre y entonces colocó su filo contra la yugular de Malcolm. Malcolm echó la cabeza hacia atrás, reconociendo su derrota pero viéndose furioso y enfadado por esto.
—¡Royce! —gritó Claire. ¿Había escuchado Malcolm sus pensamientos? ¡Con seguridad Royce no iba a herirlo!
Royce gruñó y después lanzó su espada golpeando primero en el suelo, donde se quedó vibrando. Dio unas zancadas pasando a Claire, apartándose el dorado y mojado pelo de la cara, rociándola con su sudor.
Ella respiró con fuerza mientras Malcolm se inclinaba para recuperar su espada. Estaba lista para abalanzarse en sus brazos. En lugar de eso, fue lentamente hacia él.
—¿Estás bien? —Royce había dejado una fina línea roja en su garganta.
Él se irguió, envainando su espada. Después empujó su mojado cabello liso atrás sobre su frente y tras las orejas. Claire tembló, notando que no la estaba mirando.
—¿Malcolm?
Finalmente él encontró su mirada, los ojos ardiendo brillantes.
—¿Qué es exactamente lo que estás preguntando? Yo debería ser el único en preguntar si estás bien.
Ella se tensó.
—Estoy bien... molesta... un poquito asustada... pero bien. —Se rodeó con los brazos—. Royce está enfadado por lo de anoche, ¿no es verdad? No entiende qué ocurrió en realidad.
Él se estremeció, apartando la mirada, con una terrible expresión de repugnancia en la cara.
—No deseo discutir nada sobre anoche. Y no intentaré defenderme ahora.
—¡Por supuesto, siempre te defenderé, porque eres el hombre más honorable que nunca he conocido! El honor ganó anoche.
La enfrentó furioso, pero parecía afligido cuando finalmente la miró a la cara.
—Es hora de cenar —dijo con aspereza. Comenzó a pasarla.
—¡Tenemos que hablar sobre anoche! —agarró su mojado antebrazo, pero él se dio la vuelta y saltó lejos—. ¡Malcolm, no podemos ignorar lo que ocurrió! ¡Casi te perdí anoche... y casi muero!
—¿No puedes dejarlo? —gritó—. Estoy aquí, ¿no? Tú estás viva, ¿no?
—¿Cómo puedo dejarlo? Moray casi te volvió diabólico. ¡Anoche estaba dispuesta a morir en tus brazos, de placer... con gusto! —gritó como loca, temblando.
Él tomó aire, y por un momento Claire pensó que iba a empujarla. En lugar de eso, muy suavemente, apartó la mano de su brazo.
—Aye, anoche casi mueres. Tomé de ti todo lo que pude. —Sus ojos centellearon.
Cuando no dijo otra palabra, ella suspiró.
—Ibas a morir. Estás programado para vivir, no importa el precio. Y no tomaste todo de mí. —Luego, porque quería estar segura, dijo—: Te detuviste, ¿no es verdad?. De alguna manera, te detuviste.
Su cara parecía estar a punto de romperse. Ella no estaba segura de que pudiera hablar, mientras estaba respirando tan fuerte. Finalmente dijo:
—Aye, te sentí dejando este mundo. Frené a la bestia que vive en mí. Esta única vez.
—Elegiste el bien, no al diablo —se las arregló para decir—. ¡Hay tanta esperanza!
—No he dejado nada que no quisiera.
Ella se encogió.
—No lo hagas.
—¿No dices que la verdad te gusta?
La compasión la dominó.
—Entiendo tu ira —susurró—. Y entiendo lo de anoche. Sabes que lo hago. Sentí cada candente momento que estabas pasando y me hizo querer más y más también. Me hizo querer morir por ti. En serio, ¿quién no querría más de esa clase de sexo loco, esa clase de placer increíble, y después intentarlo una vez más? Lo quiero. Incluso sabiendo los riesgos, ¡me tentaría intentarlo otra vez! Pero no eres un hombre mediocre. Estabas destinado al bien, no al mal. Derrotaste a Moray en el último momento posible. Malcolm, ganaste.
Él se puso violento.
—Deberías estar asustada. ¡No derroté a nadie! ¿Deseas reafirmar mis recuerdos? Cuando te miro, te veo como estabas anoche... casi muerta, tu cara llena de placer... y te siento fluyendo por mis venas. ¡Ahora te siento todo el tiempo!
Ella retrocedió, dándose cuenta de que la noche anterior había cambiado las cosas. El control de él era muy frágil, y ella había hablado con demasiada libertad y demasiado detalle. Vaciló, insegura de qué decir.
—Aye, todavía te saboreo, Claire. Pero tú quieres “hablar” sobre esto. Bien. Hablaremos. Estoy cerca de ser un deamhan. Quizás estoy empezando a ser uno. ¿Aún quieres hablar?
Él se alejó a grandes zancadas, hacia la entrada.
Había esperado, tontamente, que a luz del día el viejo Malcolm volviera. Su ira le decía que él se preocupaba por su destino. Mientras lo hiciera, podrían superar este terrible hecho. Pero estaba asustado ahora. Nunca habría creído que pudiera asustarse de algo, pero estaba asustado de sí mismo.
Escuchándola, él volvió, los ojos muy abiertos.
—Estoy muy enfadado, Claire. Aye, y estoy asustado. Necesitas estar lejos de mí. Y no habrá nosotros. Lucharé con Moray, solo.
Claire sabía que no podía abandonarlo en este momento de crisis. No se escondería más en ningún armario.
—¡Entonces estás loca! —gritó, leyendo sus pensamientos—. ¿Piensas creer en mí ahora, después de lo que hice?
—Siempre creeré en ti. Eres el hijo de Brogan Mor —susurró.
—¿Por cuánto tiempo más? —exigió él, las miradas chocando
—Para siempre —declaró ella.
—Eres la mujer más tonta y testaruda que nunca conocí —dijo, incrédulo—. ¿Crees confiar en mí? Royce tiene razón. Eres una tentación que no necesito, y no estás segura conmigo. Él te llevará a Iona, mañana.
Los ojos de Claire se abrieron de par en par. Habían planeado ir a Iona juntos, llevar la página a la Hermandad. Sin embargo, aquellos planes habían sido hechos antes de la noche anterior.
—¿Qué estás diciendo?
—Jamás, ningún deamhan conocido ha entrado en la casa de Dios. Estarás a salvo de Moray y sus Deamhanain allí. —Su tono era frío y cruel—. Si me vuelvo un deamhan, estarás a salvo de mí.

Claire siguió a Malcolm dentro. Giró, se acercó a los sillones y se sentó con fuerza. Era difícil pensar, mucho más ser racional ahora.
Malcolm estaba luchando contra los deseos terribles, oscuros. Quería luchar con él. Pero si el mal le tentaba ahora, si ella le tentaba, tal vez fuera mejor que pusieran alguna distancia entre ellos por un tiempo. Aparentemente, la abadía sería un lugar seguro para ella. Pero ésta era una solución temporal en el mejor de los casos. No podría quedarse en la abadía para siempre.
Echó una mirada hacia el castillo. ¿Cómo podía dejar a Malcolm oponerse al mal solo?
Anoche, Moray había ganado terreno, pero Malcolm había sido el vencedor en esa singular batalla. Tuvo que triunfar sobre los deseos oscuros que ahora le consumían. ¿Cómo podía esconderse y dejarle hacer eso solo? Su futuro estaba en juego, y también su alma.
Pensó en el vívido recuerdo de esa noche en Brooklyn. El recuerdo había sido tan real, podía haber estado ocurriendo en ese momento. Pero mientras que ella sabía que había visto la cara de un demonio, no había podido imaginarle.
Había dicho que regresaría a por ella.
El miedo reptó sobre ella. Veinte años habían pasado, pero para un demonio que había vivido centenares o miles de años, eso era sólo un segundo.
¿Qué quería el demonio de ella? ¿Y era el mismo demonio qué había asesinado a su madre?
Alguien salió de la puerta principal del castillo y paró arriba de las escaleras.
—¿Claire?
Claire se giró sobre sus pies, de cara a Ironheart.
–Os perderéis el banquete. Necesitáis comer —dijo, sin inflexión.
Estaba en lo cierto. Cruzó el muro exterior del castillo, entrando en el vestíbulo detrás de él. Luego vaciló. Todo el mundo estaba en la mesa del comedor, el cuarto grande. Una mujer se sentó al lado de Aidan, cogiendo por sorpresa a Claire.
Ironheart gesticuló hacia una silla vacía mientras se sentaba. Ella sonrió agradecidamente al caballero mayor, consciente de que los otros tres hombres la ignoraban. Claire tomó la silla vacía al lado de Royce, frente a la mujer rubia. Una mirada rápida le mostró a la siguiente supermodelo sueca, si la mujer alguna vez tuviera el deseo de hacer el viaje. Era bella y muy joven. Claire dudó que tuviera ni siquiera veinte años. Como la esposa de Aidan había fallecido, asumió que esta mujer era su amante. Claire no pudo evitar echar una mirada furtiva a Malcolm para ver si revisaba a la mujer, pero no lo hizo. Ella fue relevada.
Aidan levantó la vista.
—Isabel, ésta es lady Claire —dijo Aidan en francés—. Es mi invitada. Cherie, lady Claire es del extranjero.
La rubia le sonrió calurosamente.
—Estoy muy complacida de conocerla, lady Claire. He estado aquí sola sin la presencia de otras damas.
Claire dibujó una sonrisa leve, pensó que por las noches no debía estar sola. La joven pareció atontada. Su francés era afectado y había cometido un error gramatical. Aunque llevaba puesto un collar de oro abrumador, parecía como si estuviera hecho con zafiros, su leine era de calidad común y un broche simple cerraba su collar. Claire decidió que debía ser de la nobleza inferior.
—Enchantée —respondió Claire. Recorrió con la mirada a Malcolm. Continuó ignorándola pero su plato estaba casi vacío.
Necesitamos terminar nuestra conversación, le dijo silenciosamente.
Sus hombros se pusieron rígidos pero continuó comiendo.
Claire supo que la había oído. Decidió que la cosa de poder adivinar el pensamiento no era un trato tan malo después de todo. Lo digo en serio, agregó con énfasis. Luego ella cedió a su corazón. ¡Quiero ayudar! Sé que puedo. No voy a ir a Iona.
Malcolm tiró sus cubiertos en el plato, echándole una mirada enojada pero incrédula. Claire pensó que iba a desatar la tormenta en la mesa pero no lo hizo.
—¿Estaréis en Awe mucho tiempo? —preguntó Isabel agradablemente, a través de la mesa, advirtiendo a Claire de dar una respuesta.
Claire en cierta forma enfocó la atención en ella.
—Creo que no —contestó Claire. Recorrió con la mirada a Malcolm, quien apartó con fuerza su plato. Su cara era dura, su mirada peligrosamente oscura.
—¿Regresareis a Dunroch? —sonrió Isabel, haciendo su belleza aún más deslumbrante.
—Ese es el plan —dijo Claire agradablemente, consciente de que Royce ahora la miraba fijamente. Tal vez un ataque frontal no era la mejor idea. Ella acercó su plato y comenzó rápidamente a comer.
—Realmente —dijo Royce misteriosamente—, lady Claire entiende mal. Le pondré escolta para ir a Iona por la mañana.
Como el demonio, pensó Claire furiosamente. ¿Era este el nuevo plan de Malcolm?
—Iona es una bella isla—dijo Isabel—. ¿Os uniréis a mí en el solar después de que comamos? Casi acabé con mi encaje. Tengo un tapiz que deseo empezar, pero vos lo podéis empezar si deseáis.
Claire la miró, inexpresivamente. No iba a ir a Iona con Royce; iba a ir a Dunroch con Malcolm.
—Realmente, no coso.
Isabel la miró como si tuviera la plaga.
—¿Vos no podéis coser?
—No, lo siento —dijo Claire. Regresó a su comida, comiendo tan rápido como podía. Las sillas fueron empujadas hacia atrás. Royce se servía vino, pero Malcolm estaba saliendo del vestíbulo. Ella tomó un mordisco más, disponiéndose a correr tras él.
Royce agarró su muñeca.
—Seréis su muerte —la avisó en inglés.
—Pensé que éramos amigos —lloriqueó Claire.
—Me gustáis bastante. Pero tenéis el poder para volverle hacia el mal, Claire, y no lo permitiré.
Sus ojos grises resplandecieron.
En ese momento, Claire sintió su autoridad. Este hombre era un Maestro que podía saltar en el tiempo, tomando las vidas si así lo escogía, y tenía otros poderes que ella aún tenía que comprender. Había cruzado la línea y él no era su aliado ahora. Pero al menos tenía la intención de proteger a Malcolm de la oscuridad.
Aun así, a Claire no le gustó su actitud.
—Quítame la mano de encima —advirtió ella—. Y quiero decir eso.
Sus ojos se ampliaron.
Claire pensó en tomar su Taser y darle una maldita buena sacudida.
La expresión de Royce tensó y la soltó.
—Estaréis lista para salir al amanecer. Iréis a Iona, lo deseéis o no.
Claire reconocía una amenaza cuando la oía.
—Sospecho que tendrás que golpearme como Aidan hizo anoche. También sugiero que me ates. No sigo tus órdenes.
Ella se puso en pie, furiosa ahora, mientras Royce parecía aun más enojado y sorprendido. Si estaba esperando una joven medieval mansa y dócil, tendría que volver a pensarlo.
Claire caminó a grandes pasos a través del vestíbulo en la dirección que Malcolm había tomado. Su cólera realmente se sentía bien. Enojada, se percató, estaba envalentonada; no había miedo ni duda. Iba a aprovecharlo.
Malcolm se dirigía a los establos. Por un momento observó su espalda, toda cólera desapareciendo. Tuvo miedo de que estuviera marchándose, en seguida. Él desapareció en los establos. Claire levantó su vestido y echó a correr.
Ensillaba su garañón gris mientras ella entraba dentro del granero de piedra y madera.
—No puedes marcharte.
Él vaciló, sus manos firmes en la cincha de cuero del animal. Su espalda rígida con tensión, no miró sobre su hombro hacia ella.
—No te quiero aquí. No hay más que decir.
—Hay mucho más que decir —lloró Claire, y casi gritó, te amo.
Inspiró, esperando que no la hubiera oído.
Él lentamente la confrontó, tan desconcertado como ella.
Roncamente, dijo:
—¿Por qué no quieres ir? Estarás a salvo en la abadía.
La había oído.
—Entiendo que quieras protegerme. Pero, ¿quién te protegerá a ti? —preguntó.
Él estaba consternado.
—¡Tú no puedes protegerme!
Claire extendió la mano y tocó su cara. Él se apartó, dando tumbos.
—Iona es una solución temporal pero no es la solución del todo. Eres importante para mí. No te puedo dejar confrontar a Moray solo, Malcolm. Tengo que ayudar. Tu alma está en peligro.
Él negó con la cabeza.
—Tú serás mi caída, la Eva de mi Adán. No puedes ayudar, sólo hacer daño. Si yo no te hago daño, Moray lo hará.
Ese era un punto irrefutable, pensó, pero estaba dispuesta a tomar la oportunidad.
—No mentiré —logró decir espesamente—, no es que eso sea ni aún remotamente posible, contigo oyendo a escondidas mis pensamientos. Tengo miedo, pero no de ti. Si bien ese animal sexual de anoche asustaba como el infierno, es una parte de ti y yo confío en ti, Malcolm.
Trató de sonreírle. Él le sonrió cruelmente en respuesta.
—¿Y confiarás en mí cuando el sol se ponga? ¿Me creerás si te digo que no estoy pensando en tus palabras sino en tu cuerpo caliente y húmedo, en tu poderosa vida? Quise decir lo que antes dije, Claire. Todavía puedo sentirte en mis venas, y el poder que me dio y la lujuria.
Ella se sobresaltó, pero su corazón adquirió una pulsación diferente. Su piel comenzó a zumbar. Un dolor empezó, puramente físico, puramente sexual.
—Tratas de asustarme. ¿Tratas de ponerme en trance?
—¡Quiero asustarte! No quiero encantarte, pero la bestia se saldrá con la suya.
Clavó atrevidamente los ojos en ella, sus ojos plateados y calientes.
En ese segundo, Claire supo que estaba saboreando cada parte suya otra vez mientras pensaba en estar dentro de ella, duro, fuerte y suave. En ese momento, sintió su tensión palpitante y supo que si se ofreciese, entonces él aceptaría. Ella estaba jadeando ahora. ¿Era el lado oscuro de él fascinándola?
—¿Todavía confías en mí? —preguntó suavemente, inclinándose hacia ella, con amenaza inconfundible.
Ella vaciló. Quería entrar en sus brazos y apoyarse contra su dureza. Pero no estaba sin discernimiento o en trance. No quería morirse por él. Quería hacer el amor.
—Sí, confío.
—Entonces, estás en peligro muchacha —dijo suavemente.
Oh, conocía ese tono. Erizó su espalda y lamió su carne. La vigilaba con la misma intensidad depredadora que tenía anoche. Ella encontró su voz.
—Anoche te estabas muriendo. No te estás muriendo ahora. El animal se ha ido. Confío en ti. Y tú deberías confiar en ti mismo.
—El animal —dijo—, está rugiendo por ser liberado.
Ella no quería tentarle o probarle, pero en cierta forma estaba haciendo justamente eso.
—No. Estoy mirando a Malcolm de Dunroch, un Maestro del Tiempo, y lo que quieras, no tengo miedo de dártelo.
—No conoces mis necesidades, Claire.
Ella respiró fuerte, la tensión aumentando más caliente, bullendo entre ellos.
—Quieres sexo, no muerte —intentó ella.
—Quiero sentir exactamente lo que sentí anoche —dijo furiosamente—. ¡Pero no deseo dañarte, de ningún modo! Así es que me obedecerás esta única vez.
Él estaba en una terrible batalla, pensó. Estaba peor de lo que se había pensado.
—Bien. ¿Así que saldrás para Dunroch mientras Moray te caza? —preguntó amargada, mordaz—. Y luego, ¿qué? ¿Languidecer en la abadía como Mairead? ¿Esconderse en un armario nuevo? ¿Por cuánto tiempo?
—Sí —dijo él peligrosamente—. ¡Te esconderás allí durante años, tanto como me lleve olvidar tu sabor, como te sientes y como eres!
Ella avanzó dando tumbos, estupefacta.
Él se puso rojo.
—Te quedarás hasta que Moray olvide que tienes algún uso para él —enmendó severamente—. Y ese será el día en que vayas a casa con tu primo y tus libros.
—Eso no fue lo que dijiste —dijo, su corazón palpitando salvajemente—. Y no es lo que quieres decir.
Él estaba sombrío, incluso salvaje.
—¡Tú ves lo que pienso! ¿Quieres que lo admita? ¿Necesitas que admita la verdad?
Claire vaciló. Sabía que no iba a agradarle.
—Vas a hacerme daño.
—¡Sí, mejor lastimarte ahora que verte morir! —señaló, su mano estremeciéndose—. Eres una obsesión, Claire. No una pasión, una obsesión. No te amo ahora ni nunca lo haré. ¡No quiero tu amor! Quiero tu cuerpo y tu vida. —Él empujó su cara cerca—. Quiero empujar dentro ti ahora mismo, probar el sabor de tu vida hasta que no tengas nada para dar. Hasta tu muerte. Ahora, vete.
Ella empezó a negar con la cabeza, rehusándose a marcharse, y las lágrimas comenzaron. Él no podía querer decir eso. No esperaba su amor, pero esperaba, buscaba y necesitaba su afecto.
—No lo creo. No lo haré. Puedo creer que soy una obsesión, pero no quieres mi muerte. Me quieres viva y en tu cama. Pienso que también me quieres en tu vida, porque te importo más de lo que nunca podrás admitir.
Él palideció.
—Así que quieres aterrorizarme y horrorizarme, pues bien, estoy aterrada y horrorizada y no estoy a punto de olvidar anoche. Nunca olvidaré la pasada noche. ¡Estoy asustada, Malcolm, pero no estoy muerta! Porque te detuviste a ti mismo de quitarme la vida. ¿Y por qué? —estaba gritando, llorando—. Porque hay bien dentro de ti. ¡No estoy mirando y hablando a un hombre perverso! Moray te hizo caer en una trampa. No tengo la maldita fisiología de curarme con la vida de otra persona, nunca entenderé por qué Dios hizo un plan tan estúpido, eso mata a personas inocentes para salvar a grandes héroes. Pero la vida trata de decisiones morales, Malcolm. ¡A lo largo de toda la historia, los hombres hacen elecciones, los hombres pelean por el bien contra de mal, y incluso pelean contra el mal que hay en ellos mismos! Hiciste tu elección anoche. Tú golpea a Moray —añadió más quedamente, enjugándose las lágrimas—. Y yo intentaré que le derrotemos una y otra vez y otra vez, no importa cuánto tiempo nos lleve, juntos.
—No vivirás para verlo —dijo rotundamente, cambiando de dirección y montando al caballo pardo.
Claire estaba totalmente desalentada. Había hablado con su corazón, y había puesto pasión en cada palabra. Pero Malcolm no iba a cambiar de idea. Su decisión estaba grabada en piedra. No iba a considerar que podían oponerse a Moray juntos. Claire tomó las riendas.
—¡Sé que hay riesgo! —lloró furiosamente—. Pero estoy dispuesta a arriesgarme, porque es cuanto tu alma significa para mí. Ésta es mi elección, Malcolm.
—No. No es tu elección. Juré protegerte, Claire, y es lo que haré. Eres la mujer más terca, testaruda que alguna vez encontré. —Sus ojos resplandecieron—. Irás a Iona como ordené. Suelta mis riendas.
Ella inspiró, soltando la brida.
—Sé que eres el rey aquí, pero en mi mundo, una mujer es libre y no obedece a nadie, ni a su marido. ¡Sólo se obedece a sí misma!
Su risa fue ruda.
—Estamos en mi mundo, Claire, y en este mundo, soy tu señor y me obedecerás.
Claire apenas podía pensar. Éste no era el mejor momento para discutir, no con sus pasiones corriendo libres, pero si no le convencía para que confiara en sí mismo, se marcharía sin ella. Tal vez él estuviera en lo cierto y luchar por él fuera un error enorme y fatal. Pero, tal vez, estaba equivocado.
Claire resolvió apostar su vida.
Y él debió haber sentido sus intenciones, porque se puso pálido. El mismo horror que ella había visto anoche cubrió su cara.
Ella se colocó ante la puerta, bloqueando la visión del camino del establo.
—Malcolm, tenemos que confiar el uno en el otro. Y tienes que creer en ti mismo. Por favor —agregó desesperadamente.
—¿Cómo, en el nombre de Dios, puedes hacer eso ahora? —rugió él, encendiéndose por la rabia.
El corazón de Claire golpeaba tan fuerte que se sintió mareada.
—Haz el amor conmigo.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:47 pm

Capítulo 14

En su corazón, Claire creía que si podían tener una noche como la que habían tenido en Dunroch, sin ninguna palabra, Malcolm se daría cuenta de podía triunfar sobre la oscuridad. Pero el momento de las palabras había pasado, Claire deseaba no haberlas dicho. Porque lo que realmente le estaba preguntando era si la amaba.
La expresión de Malcolm cambio del horror al miedo.
—Estás loca —dijo densamente—. Piensas jugar con tu vida. No jugaré, Claire.
—No tocarás mi vida —susurró. Estaba aliviada. No había hecho la conexión. Él pensaba que le estaba pidiendo sólo sexo.
—¿Por qué? ¿Por qué me estas haciendo esa oferta? ¿Perteneces ahora a Moray? ¿Es este su plan para atraerme a la oscuridad? —La sospecha lleno sus ojos—. ¿Está en tu mente ahora? —preguntó Malcolm suavemente, peligrosamente—. ¿Te ha esclavizado y no lo sabes?
Claire gritó, sorprendida.
—¿Qué estás diciendo?
—Aye —dijo Malcolm—. Ese es su poder más grande, esclavizar mentes débiles. Así es como convierte a hombres buenos en soldados malos. Puede arrastrarse dentro de la mente humana y hacer su voluntad.
—No —dijo Claire con horror.
Él sacudió la cabeza, incapaz de continuar hablando, hincó los talones en el caballo gris y galopó pasándola. Claire se apartó de su camino. Polvo y paja volaron en su estela.
Claire se sentó en una bala de paja. ¿Moray podía controlar las mentes? Seguramente, seguramente, no estaría siendo controlada de esa forma. Su corazón la había conducido a hacer tal oferta y él tenía que aceptarlo, habría puesto en peligro su vida por el albedrío, fuerza y calor de Malcolm.
Claire no podía parar de temblar. Estaba segura de que su oferta había venido de su corazón, porque había estado motivada por tanto amor. Claire deseaba no haber admitido nunca sus sentimientos, porque maldita fuese, ahora deseaba que Malcolm le devolviera su amor.
¿No se había advertido que no se enredase con este hombre?
Malcolm no era capaz de amar. Era capaz de cariño, pasión, obligación. ¿Pero amor?
Le había prometido su fidelidad, pero eso no tenía nada ver con el amor. Y ambos sabían que iba a irse a casa, más tarde o más temprano, así que era una promesa difícil de hacer o incluso mantener.
Claire empezó a considerar el hecho de que podría pasar algún tiempo, años incluso, antes de que se fuera a casa. Todo habría cambiado porque ambos estaban en el radar de Moray.
¿Y ahora qué? Una cosa era desear ayudar a Malcolm a luchar por su alma, y otra anhelar que le devolviera su amor, cuando el futuro de su relación estaba condenado, no importaba cómo.
Tenía que controlar su corazón, pero no creía que fuese posible. Siempre se compadecía de las mujeres que se enamoraban sin esperanzas de hombres que no les correspondían en los sentimientos. Santa mierda, ahora era una de esas mujeres.
Pero no era débil. Claire se levantó, resuelta. Amaba a Malcolm a pesar de sus diferencias, a pesar de lo que el futuro deparase, así que no tenía elección. Pelearía por él, pelearía por él, y sería lo suficientemente fuerte para volver a casa cuando el tiempo llegase, sin excusas y sin dolor, con el orgullo intacto.
Y en cuanto a Iona, bien, ser una mujer metida en la Edad Media había reducido considerablemente sus poderes. Si insistían en ello, tendría que irse, pero no iba a permanecer allí por años y años. Royce se había vuelto hostil, pero siempre estaba MacNeil. Y si no pudiera convencerle para que la ayudara, estaban todos esos excelentes Maestros viniendo y marchándose. Claire sonrió. Le gustaba tener un plan. Estaba apenas formulado, pero era mejor que nada.
—¿Claire?
Ella se sacudió, dándose cuenta de que Ironheart se había parado en la puerta, llevando un tartán pequeño enrollado, que sabía contenía su ropa. Sus ojos se ampliaron.
—¿Te marchas?
El sonrió brevemente, caminó pasándola y dirigiéndose al gran caballo zaino del establo.
—Aye.
Estaba consternada.
—¿Cómo puedes irte ahora? ¡Malcolm te necesita! —pensó, yo te necesito.
Ató al caballo y lanzo la manta y la silla sobre él.
—Tengo que volver a la Isla Negra. Me he marchado por casi un mes y tengo asuntos del clan que atender.
—¿La Isla Negra? —repitió ella.
—Aye. Ese es mi hogar en Lachlan. —Terminó de ensillar su montura y la enfrento—. Veo que tenéis miedo por Malcolm.
Claire se abrazó a sí misma.
—Estoy muy preocupada por él.
—Aye, lo sé. Claire, es fuerte y bueno. Si puede sobrevivir, con el tiempo esta guerra pasara. Estas guerras siempre pasan.
La primera declaración era perturbadora, la segunda esperanzadora.
—¿Cuánto tiempo le llevará a Moray decidir acechar a otro?
Él dudó.
—Unos cientos de años, quizás más, quizás menos.
Los ojos de Claire se agrandaron.
—Bien.
Ironheart hizo una pausa antes de sacar a zaino del establo.
—Sois bienvenida en el castillo de Lachlan en cualquier momento.
Claire estaba confusa. ¿Qué demonios era esto? Sabía que no era un vamos .
—La Isla Negra sería segura para vos y seríais bienvenida por todo el tiempo que deseaseis. Si no queréis ir a Iona mañana, podéis venir conmigo ahora. —Su mirada verde se volvió suspicaz.
Claire estaba pasmada. ¿Podría abandonar Awe y a Malcolm ahora e ir con Ironheart?
—¿Dónde está la Isla Negra?
—No está lejos, un poco al sur y al oeste.
Y Claire se dio cuenta de que deseaba demorar su separación de Malcolm tanto como fuera posible. Además, Iona estaba a pocas millas de Dunroch y el castillo de Lachlan no. Y aun no había sido despedida.
—Tal vez, un día, aceptaré tu generosa invitación. No estoy segura de porque la hiciste.
—Sois una Inocente, Claire. Hice los mismos votos que Malcolm. —Se balanceó encima de la silla.
Claire se dio cuenta de que no se sentía cómoda alrededor de el. Era un Maestro intenso y motivado, sin el encanto de Aidan y Royce, pero se parecía un ancla muy segura.
—Ten cuidado.
Él asintió.
—Pensad antes de actuar, Claire, y estaréis bien. Pero si necesitáis ayuda, convocadme. Que Dios os proteja. —Troto pasándola.
Claire le siguió desde el granero, asombrada por sus palabras y su última directiva. ¿Cómo demonios le convocaría?
—Buena suerte —dijo. Le gustó la despedida y levanto la mano—. Y que Dios te bendiga.
Claire le vio desaparecer por la primera puerta del guardia. Eso había sido extraño, pero al parecer tenía un aliado con el que podía contar. Considerando que Royce no la apoyaría por mucho más, y Aidan era un enigma, era afortunada. Pero Ironheart le había prometido enseñarla a luchar. Era evidente que ya no lo haría.
Necesitaba otra daga, pensó Claire, ya que la noche anterior había roto la hoja del arma que Malcolm le había dado. Todavía tenía su Taser, pero en este mundo, eso no era suficiente y la carga no iba a durar para siempre. Claire empezó a caminar hacia el vestíbulo. Aidan seguramente tenía un alijo de armas en Awe.
El vestíbulo estaba en silencio cuando se deslizó dentro. Estaba contenta de que Malcolm se hubiera ido a algún lugar, ya que habían tenido suficiente tensión esa mañana para el resto del día. Aidan no había salido, pero tal vez estuviera con las cuentas de Awe. El castillo era tres veces el tamaño de Dunroch, y no había ninguna razón para tratar de encontrarle. Además, probablemente, Isabel sabía dónde estaba. Los aposentos de las mujeres deberían estar en el siguiente piso, directamente sobre el vestíbulo.
Claire subió las escaleras.
Nunca se le ocurrió llamar, ya que la pesada puerta de madera estaba entornada. Claire entró y sintió su corazón caer hasta los pies.
Aidan estaba haciéndole el amor a Isabel, completamente desnudo, excepto por sus botas. Isabel jadeaba de placer y Claire vio todo lo que no debería. Era un hombre extremadamente magnifico y poderoso.
De repente levantó la vista, sus ojos grises ardiendo con lujuria.
Claire sabía que se había puesto roja.
—¡Lo siento! —se giró y huyó. En el vestíbulo, se apoyó contra la pared, sin respiración, tratando de no imaginarse a Aidan con todos esos músculos ondulantes moviéndose sobre aquella mujer. Los gritos de Isabel se intensificaron y Claire huyó bajando las escaleras. Su cuerpo estaba encendido y no podía evitar desear estar en los brazos de Malcolm sin la amenaza del mal pesando sobre ellos.
Permanecía muy consciente de los amantes de arriba. Bien, no podía culparlos. Era una gran manera de pasar la tarde.
Claire fue a la mesa y vertió un gran vaso de vino tinto. Bebió algo para relajarse y decidió buscar el arsenal de Awe. Un armero estaría debajo del vestíbulo, ya que todos los almacenes se mantenían bajo el nivel del suelo. Claire bajó al sótano. Barriles, cestas y sacos estaban apilados. Pero en el lado este, había una puerta. Estaba cerrada.
Claire se entusiasmó. Apostaría algo a que acababa de encontrar la armería. Por supuesto estaba cerrada y debería esperar a que Aidan terminase su tarde de placer y pedirle lo que necesitaba. Miró la cadena y el candado y lo sacudió, no es que fuese una prueba de alguna clase. Por supuesto, la cadena permaneció firme.
La noche anterior había tenido una fuerza sorprendente, pero sabía que no tendría ese tipo de fuerza ahora. No tenía nada para forzar el candado y cortarlo podría ser grosero de todos modos, cuando Aidan había sido el perfecto anfitrión. Agito de nuevo el candado, pensando en los cuchillos que habían estado sobre la mesa del comedor. Probablemente podría forzar el candado, si realmente lo intentaba.
Entonces Claire comprendió que no estaba sola. Se tensó y giró.
Las cejas de Aidan se alzaron.
—¿Quieres algo, lady Claire?
Una imagen suya en toda su gloria masculina relampagueó en su mente.
—Ah... —empezó.
Él sonrió como si lo supiese.
Ella tragó, desterrando la imagen de su mente y su memoria.
—Siento la intrusión —se sintió molesta—. La puerta no estaba cerrada.
Él se encogió de hombros.
—No importa. ¿Deseas un arma?
Tenía un tono astuto y una sonrisa insolente. Claire le sonrió tensamente. Si pensaba por un segundo que deseaba compartir su cama, estaba equivocado. Pensó en Malcolm y su corazón dolió.
—Sí. Rompí mi daga anoche en tu cerradura. Has sido un anfitrión cortés y generoso, y tengo la enorme audacia de pedirle otro favor. Pero no tengo ningún medio de defenderme. —Y el único hombre que le había prometido enseñarle a luchar se había marchado.
La mirada casi lasciva de Aidan se desvaneció. Quitó el cerrojo a la puerta y la abrió.
—Necesitas un arma —estuvo de acuerdo.
Claire jadeó. La pequeña habitación circular estaba llena de espadas, escudos, dagas y santa mierda, pistolas. Giró su sorprendida mirada hacia él.
—Tienes armas del futuro.
—Aye, las tengo. Me gusta el futuro y no puedo servirme por mi mismo.
Claire había identificado pistolas de mediados- finales del siglo XVIII. También vio un revolver que estaba bastante segura de que pertenecía al siglo XIX. No había revólveres modernos, rifles o ametralladoras, que eran tan malditamente malas.
—¿No está esto prohibido?
Su sonrisa destelló.
—No me gustan las reglas, Claire, excepto cuando las rompo.
Caminó entre las filas de dagas cuidadosamente colgadas y eligió un cuchillo que era de doce pulgadas de largo con un exquisito mango de marfil.
Claire se mordió el labio.
—No tienes armas de mi tiempo.
—Estuve en tu tiempo por ese día sólo, y estaba buscando la página.
—Aidan, en mi tiempo, hay armas que disparan rápidamente, cien veces antes de que un hombre pueda parpadear una sola vez. ¿Podría un arma como esa matar a un demonio?
—Dependería del deamhan, Claire. Un gran demonio, como Moray, se hace aún mayor si tiene que tomar poder de otro antes de una batalla. E incluso si no realzase primero su poder, si una vida estuviera cerca, Moray la tomaría y sobreviviría aun si cientos de perdigones le golpearan. Pero un Deamhanain menor rápidamente moriría —añadió.
Claire pensó en atrapar de tal modo a Moray que no pudiera explotar la vida de alguien. ¿Pero cómo sería eso posible?
—No es posible, Claire. Si le atacases con una de tus armas, te tomaría a ti. Podría tomarte antes de que incluso pudieras atacarlo primero —le ofreció la daga—. ¿Cómo se siente?
Claire quería un revolver del siglo XIX, pero agarró la daga. La empuñadura era cómoda en su mano.
Aidan cogió la daga y la reemplazó por otra. La segunda empuñadura era más pequeña y se sentía perfecta en su agarre. Él sonrió.
—Está hecho.
—¿Hay alguna manera de que Moray pueda ser atraído a tierra sagrada?
Aidan rió.
—Puede sentir a Dios en la forma que nosotros podemos sentir al diablo. Nay.
Claire lentamente levantó la mirada hacia la de Aidan.
—Él es el demonio, ¿verdad? No el propio diablo, pero el diablo. Es una de las caras de Satán.
Aidan vaciló.
Claire se giró.
—Oh, Señor —susurró, y era una suplica—. Pero el demonio no escogería esta tierra como su territorio, ¿verdad? ¿Por qué Escocia?
—¿Por qué no? Hay grandes Deamhanain por todas partes, en cada tiempo, en tu tiempo, también —dijo Aidan.
Aidan posó su mano sobre su hombro, Claire se tensó.
—Tu entiendes, muchacha, hay una antigua creencia de que el diablo escogió Alba hace miles de años, para ser Lug primero y el hijo mayor. Deseaba el poder sobre todos los dioses que pertenecía a su padre y aquella búsqueda le condujo al mal.
—El ángel caído —murmuró Claire, moviéndose, para que no agarrase su hombro por más tiempo.
—Decían en la tierra llamada Grecia que el demonio era el hijo de su dios más grande, también.
—Genial —susurró Claire—. Hay dioses por todas partes, y más de un demonio.
Él rió sombríamente.
—Aye. Te enseñaré como defenderte con la espada —dijo tranquilamente—. Y puedes tener el arma que codicias.
Casi lo abraza.
—Gracias. Gracias.

—Córtame con la espada.
El sol ardía sobre ellos mientras estaban de pie en el centro del patio. Unos pocos de los hombres de Aidan habían hecho una pausa mientras pasaban para mirar el entrenamiento. Claire parpadeó.
—Quieres que te corte —dijo.
Su sonrisa fue arrogante.
—Deseo ver si tienes alguna habilidad, alguna rapidez —dijo—. No podrás cortarme, Claire.
Claire no estaba segura de que tuviera razón. Era excepcionalmente fuerte para una mujer y mucho más fuerte que la mujer media. El kickboxing la había hecho ligera y rápida de piernas; su equilibrio era excelente. Por supuesto, Aidan era un súper humano. Era un millón de veces más fuerte y más rápido que ella. Pero eso no significaba que no pudiera rasguñarle si lo intentaba.
Él estaba impaciente.
—Córtame, Claire.
Ella dudó.
—No quiero cortarte —dijo sinceramente.
Él sonrió.
—No sucederá. Pero inténtalo.
Ese era el problema y lo sabía. No era violenta y de alguna manera, él era un amigo.
—¿Quizás no quieras cortarme porque estas pensando en mí e Isabel en la cama? —dijo suavemente.
Era consciente de que deseaba enfadarla, pero estaba mas molesta que enfadada.
—¡Siento haber visto eso, créeme! —dijo—. En mi tiempo, no vemos con buenos ojos la violencia.
—Tú sigue mirando, y estás muerta —dijo. Luego se encogió de hombros—. Pero morirías gritando de placer y te gustaría, ¿verdad? No importa quien fuese el deamhan.
Claire hizo una mueca.
—Entiendo por qué no quieres cortarme, muchacha. No lo había pensado. Malcolm no desea compartir, pero a veces lo hace.
Claire jadeó.
—¿Qué?
—Te gustó lo que viste y te gusto mucho más ahora. Estas pensando en mí en tu cama ahora, no en Malcolm.
—Eres un idiota —gritó y empujó la hoja hacia su pecho.
Él agarró su muñeca, incapacitando la mano del cuchillo antes de que pudiera parpadear.
—Y tú estás muerta —dijo—. ¿Puedes moverte después de todo? ¿O eres demasiado alta y de constitución débil?
Claire se liberó, se colocó y le lanzó una patada lateral fuerte. Apuntaba a la barbilla pero se movió y un golpe inútil le golpeó el hombro. Pero sonreía, los ojos muy abiertos.
—Te dije que me cortaras —dijo—. No puedes matar a un deamhan con los pies. —Se extendió hacia ella.
Pero Claire lo estaba esperando y se apartó de su alcance. Estuvo contenta cuando vio el respeto parpadear en sus ojos. Ahora le iba a cortar, oh, sí.
—Córtame con la hoja, Claire —se burló.
Claire amagó. Se medio giró y le dio una patada hacia atrás, pero él se echó hacia un lado esta vez. Ahora que sabía que podía patearle estaba listo para ella. Ella jadeó, determinada a sobrepasarle.
—Aye —dijo—. Tu primera patada tenía que ser mejor para hacer caer a un deamhan al suelo.
—¡Eres peor que tu hermano! —dijo airadamente—. Maldita sea, no tienes derecho a leer mi mente.
—Pero cualquier deamhan que sepa hacerlo lo hará —dijo, retrocediendo a una distancia en la que no pudiera alcanzarle con sus largas piernas—. Todavía tienes que cortarme, Claire.
Inclinó su cabeza hacia el vestíbulo.
—Te gustó vernos a mí y a Isabel, ¿verdad Claire? Vi la mirada en tus ojos. Te pusiste caliente y excitada, ¿verdad?
Claire estaba furiosa. La peor parte era que había algo de verdad en sus palabras.
Le sonrió conocedoramente.
— Te puse caliente.
—¡Vete a la mierda!
Fue a darle una patada frontal en las costillas, pero falló cuando se echó hacia un lado. Sin pausa, se desplazó y le siguió con una patada lateral hacia la mandíbula. Claire se sorprendió cuando conectó sólidamente, pero él sólo se estremeció. Triunfante, saltó hacia él con el cuchillo.
Él cogió su mueca antes de que pudiera hundírselo en el corazón. Claire jadeó, luchó y se rindió. Él encontró su mirada, sus ojos calientes, y asintió con una sonrisa.
—Tienes alguna esperanza —dijo, liberándola.
Claire se echó hacia atrás, respirando dificultosamente.
—Quiero una disculpa.
Él estaba arrepentido.
—Aye, lo siento ¬—dudó—. Eres una gran belleza y tengo ojos. Pero sé que amas a mi hermano y que nunca vendrías conmigo.
Aidan se sobresaltó, mirando más allá de ella.
Con temor, Claire se dio la vuelta.
La expresión de Malcolm era tormentosa.
Claire se armó de valor para la batalla. ¿Cuánto tiempo había estado allí? ¿Cuánto había oído? Pero su corazón latió salvajemente al verle.
—Luché a tu lado en el bosque y maté a un demonio —dijo lacónicamente, en su defensa.
Aidan dijo tranquilamente.
—Si estuviera sola, sin ti, mejor que fuera capaz de luchar.
—Aye, y seré el único que la enseñe —dijo Malcolm llanamente.
Aidan asintió
—Como deberías. —Se giró y se marchó.
Claire lentamente se encontró con los ojos de Malcolm.
—¡Has cambiado de idea!
Malcolm sonrió pero fríamente.
—No soy tan cabezón como sigues diciendo.
Si Malcolm era capaz de cambiar de idea, había una esperanza para ellos, pensó Claire. Pero aun estaba distante y enfadado.
—¿Qué te hizo pensar de forma diferente?
—No confío en ti —dijo sin rodeos.
Claire se estremeció.
—¿Qué significa eso?
—Quiere decir que no tienes respeto por mis órdenes, por mí.
—¡No respeto a nadie como a ti!
—Iba a dejarte en la abadía, pero no confío en que te quedes. No estaré contigo para protegerte. Tienes la necesidad de ser capaz de defenderte y matar al demonio, si puedes.
Eso era lo que Claire había querido, pero no de esta forma, con él tan enfadado.
—Gracias —vaciló—. Tal vez un día, entenderás que soy exactamente el tipo de mujer libre pensadora e independiente que debería ser —dijo seriamente—. Malcolm, tal como piensas que debes hacer lo mejor y lo correcto, yo también debo hacerlo.
Su cara se tensó extremadamente.
—¿Y estar con Aidan es lo mejor para ti?
—¿Cuánto has estado mirándonos?
Su boca se endureció.
—Lo suficiente.
Mierda y doble mierda, pensó, con pánico.
—Lo suficiente para saber que te gusta mi hermano bastardo.
—¡Eso no es verdad! No de la manera que lo entiendes. Es un amigo.
—Pero te acuestas con tus amigos, ¿verdad, Claire? —preguntó—. ¿No te pone caliente?
—¡Cómo puedes estar celoso de Aidan! —exclamó.
—No estoy celoso de ningún hombre.
—Estaba buscándole a él o a Isabel y fue un error. No me quedé, maldita sea. Tú me pones caliente.
Él sacudió la cabeza, una mirada terrible en sus ojos, y empezó a alejarse.
Claire le persiguió, agarrando su brazo.
—No hagas esto —gritó—. Sabes como me siento, escuchas disimuladamente mis pensamientos todo el tiempo.
Él se paró y ella chocó contra la pared de su pecho.
—Aye y eres culpable ahora.
—¡No! Les vi y te deseé.
Un terrible silencio cayó.
Y Claire esperó, porque esa era la verdad. Aidan era atractivo y tenía sus momentos de encanto, pero no era Malcolm y nunca lo sería.
Vio la ira abandonar sus ojos.
—Te hice una promesa. Anoche cambiaron muchas cosas, pero siempre mantengo mi palabra —dijo severamente.
Claire se dio cuenta de que se estaba refiriendo a su voto de fidelidad.
—Te hice la misma promesa, Malcolm —era difícil respirar—. Soy una mujer de palabra.
Sus miradas finalmente se encontraron.
Claire le vio respirar dificultosamente, también, Nada más que una pulgada les separaba. Su masculinidad se volvió abrumadora. Claire lamentaba que no pudiera ir a sus brazos a por un abrazo caliente y fuerte.
Él lentamente sacudió la cabeza.
—Esa no es una buena idea.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó en voz baja—. Hemos hecho votos, pero no vendrás a mi cama. Si respeto tu necesidad de dormir solo.
—No. Te mantendré a salvo.
Aún la enviaría a Iona. Solamente habían capeado otro temporal y se sentía más cerca de él que nunca.
—Estás tranquilo —su susurro sonó urgente.
Su mirada era firme.
—Aye, estoy calmado. Pero no estás a salvo aquí. No estas a salvo de Moray. De mí —su mirada se movió hasta su boca, después subió hasta sus ojos—. Nos despediremos en la mañana.
Él cabeceo y se giró para irse.
Ella se apresuró para acomodarse a su zancada.
—¿Dónde vas ahora? ¿Qué estás haciendo?
—El sol se pone en dos horas. Voy a la torre ahora.
Ella estaba incrédula.
—¿Estas encerrándote?
—Aye —se detuvo antes de las escaleras dirigiéndose hacia la puerta delantera del castillo—. Tal vez en unos pocos años —dijo densamente— haya algún tiempo y algún lugar seguro para nosotros.
Claire gritó en protesta.
—¿Unos cientos de años?
Le lanzó una larga mirada y subió las escaleras.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:48 pm

Capítulo 15

Royce la estaba esperando en el gran vestíbulo.
El estómago de Claire estaba anudado. Se había sacudido y girado toda la noche, sumamente consciente de que Malcolm estaba sobre ella en la torre. Pero no había estado convocándola. Se había entrenado para escucharle pero no había oído nada. Interpretó que su silencio significaba que tenía firmemente el control sobre cualquier impulso oscuro persistente.
Royce cruzó hacia ella.
—Terminad el desayuno. No pararemos hasta que alcancemos Iona.
Claire encontró su mirada y no vio hostilidad, solo una determinación calmada. No le podía importar menos el desayuno.
—¿Dónde está Malcolm? Tengo que despedirme
—Fuera —dijo Royce.
Había estado asustada de que no tuvieran una última palabra antes de partir. Claire se apresuró. Los cincuenta hombres de Malcolm ya estaban montados, sus caballos resoplando impacientemente en el frío del amanecer. Instantáneamente vio a Malcolm a horcajadas sobre su enorme rucio. Él miraba el camino y sus ojos se encontraron. Malcolm movió al caballo hacia ella.
Claire se precipitó hacia él.
—¡No te atreverías a marcharte sin decirme adiós!
Parecía tan cansado como ella se sentía, se dio cuenta Claire, y eso significaba que también había pasado una noche pésima. Pero sabía que era mejor creer que había estado removiéndose y dando vueltas a su cariño eterno por ella.
—Iré contigo y con Royce hasta el lago —dijo.
Claire estaba emocionada. Agarró una de sus riendas.
—¿Has cambiado de idea?
Su mirada mantuvo la de ella.
—No pienses con tanta fuerza, Claire. Vuelvo a Dunroch y esta es la mejor manera. Nunca dije que no haría parte del viaje contigo. —Giró su montura alejándose.
Claire miró alrededor por su montura. Sabía exactamente con quien estaba montando. Royce se reunió con ella, dirigiendo el caballo castrado marrón.
—Montad, lady Claire.
Claire tomó las riendas de San Will y montó, encontrando los estribos de madera. Cuando levantó la mirada, Aidan estaba dándole un revólver.
Claire le sonrió abiertamente, olvidando brevemente el estar en una situación en la que no tenía nada que decir o ningún control.
—¡No lo olvidaste! ¿Está cargado?
—Si quieres decir si tiene seis balas dentro, aye, lo está —dijo con una sonrisa.
Claire le habría besado la mejilla si no estuviera montando y si ayer Malcolm no hubiera estado tan celoso.
—Gracias. No solo por la daga y la pistola, por todo.
—No puedo negarme a una mujer hermosa —dijo, sonriendo.
Claire miró a través de las tropas y vio a Malcolm mirándola. Esperaba que estuviera leyendo su mente ahora.
—Eso es obvio —dijo Claire. Se inclinó más cerca—. Se bueno con Isabel. Es muy joven para tus malas artes.
Sus ojos se ensancharon.
—Claire, ella conoce las formas del mundo.
Claire pensó tristemente que probablemente lo hacía, aún a una edad tan temprana. No estaba segura de porque esperaba salvar a Isabel del corazón roto que sería su destino, pero lo hacia. Movió su caballo hacia Malcolm, metiendo el revólver con cuidado en su cinturón. Claire dirigió al castrado hacia él, insegura.
—¿Estas esperándome?
—Aye. —Gesticuló que seguirían a los hombres trotando por debajo de la puerta alzada y a través de medio camino. Un momento más tarde, Claire estaba montando a través del primer puente levadizo con Malcolm. El cielo se estaba volviendo de un azul pálido, el sol brillaba apenas amarillo cuando se arrastro sobre las aguas quietas del lago. Al norte, Ben More y más abajo los picos adyacentes permanecían cubiertos de sombras y niebla. Mientras Royce y los primeros hombres trotaban en el pantano, dos ciervas y un magnifico macho con una enorme cornamenta salieron del bosque y cruzaron el camino. Claire le sonrió a Malcolm. Había pasado tanto desde esa batalla terrible con Moray y lo echaba de menos.
Él encontró su mirada. Sus ojos estaban desguarnecidos, casi suaves.
—¿Estás escuchando a escondidas?
—¿Gritarás?
Casi se rió.
—No.
—Esto se llama estar al acecho, Claire, y contigo, ni siquiera he intentado oírte. Piensas en alto.
Su corazón se acelero cuando pasaron a través de la puerta alzada.
—Entonces sabes que echo de menos momentos como éste.
Su mandíbula se flexiono y sus pestañas bajaron sobre sus ojos.
—El sol alzándose, el aire vigorizante y limpio, las altas montañas, el olor de la madera y el pino... y tú, aquí conmigo, así.
—No puedo cambiar el pasado. No está permitido.
—Malcolm.
—Aye —dijo lentamente, alzando la vista hacia ella—. Te oí. Pero no diré que no echo de menos los tiempos agradables. No me empujes, muchacha. Los asuntos del corazón pesan en mi mente ahora —añadió—. Esto es donde Moray ha ido.
—Dime qué estas pensando —dijo suavemente—. ¿Tienes un plan para Moray?
Él le envió una mirada que no podía descifrar.
—¿Dónde se encuentra Moray? —preguntó Claire—.Controla el ejército real. El rey debe depender de él mucho.
—Aye, lo hace. Pero él controla a Moray, Claire, no de la otra forma. Jacobo es inteligente, ambicioso y devoto. Y puedes lanzar una oración de gracias a cualquier dios que escojas de que el rey sea tan fiel.
Claire se hizo una idea. Las creencias religiosas de Jacobo le estaban manteniendo fuera de las garras de Moray. Era un alivio. ¿Cómo de devoto era Jacobo? ¿Era un fanático? ¿Era esto lo que conllevaba tener a salvo el alma?
—Piensas que debería rezar.
Ella se mojó los labios.
—Eso no puede doler. —Y empezó a pensar en la oración que había estado diciendo cuando Malcolm había estado agonizando en las murallas. No había memorizado aquel verso, sino que había brotado de ella.
Malcolm no había muerto. Y Jacobo no era un lacayo desalmado de Moray. Los dioses estuvieron allí, y Dios siempre había sido el baluarte contra el mal. Ella tenía que tener una religión.
—Quieres usar la religión, Claire —dijo Malcolm tranquilamente— pero usarla, incluso para una buena causa, y tener fe son dos cosas diferentes. —Las palabras acababan de salir de su boca cuando una expresión terrible de alarma cubrió su cara. Y ahí fue cuando Claire sintió el viento glacial cubrir los pantanos.
Royce giró su caballo, disparando órdenes en gaélico, y escucho los gritos salvajes de batalla del ejército próximo mientras irrumpían en la cañada.
El miedo la asfixió. Quizás vio a cien soldados de infantería vestidos con coraza, manejando picas y escudos, y dos docenas de hombres montados completamente armados. Claire miró detrás de ella cuando los caballeros les empujaron a un galope loco. El castillo de Awe estaba a una milla de distancia. El pantano no tenía más de una milla de ancho de lado a lado, rodeado por impenetrables bosques de montaña, el puerto delante. Claire no era un estratega militar, pero no tenía que serlo para saber que estaba muy lejos del castillo para regresar a salvo hasta él, y que habían sido pillados en abierto sin un lugar para correr o esconderse.
Royce galopó hacia ellos, lanzándole algo a Malcolm, que agarró.
—Toma la hoja y a Claire —dijo—. Los retendré aquí.
Claire esperaba que Malcolm protestara cuando los primeros caballeros se ocuparon de sus hombres, sus gritos espeluznantes llenaron el alba, lanza contra escudo, espada contra espada. Pero él sujetó sus riendas.
—¡Claire!
Claire se agarró a la crin de su caballo mientras giraban y galopaban de vuelta hacia Awe. Miró atrás a la batalla que se ampliaban. Todo el mundo estaba ahora comprometido, incluso los soldados de a pie, haciéndolos terriblemente superiores en número. Los caballos y los hombres gritaban, las espadas sonaban, chocando y haciendo eco. Se giró hacia delante mientras galopaban hacia el castillo, respirando duro. El puente de fuera estaba siendo lentamente y dificultosamente bajado. En minutos, seguramente, Aidan y sus hombres surgirían. Pero su pequeño caballo castrado estaba en el flanco del corcel de Malcolm, y no iba a ser capaz de mantenerse sobre su semental por mucho tiempo.
Miró de nuevo sobre el hombro. Una docena de jinetes estaban persiguiéndolos, ignorando la batalla principal.
—¡Malcolm! —gritó en el viento. El puente levadizo parecía estar a millas de distancia.
Y Malcolm pensó eso, también. Ralentizó su bayo, tendiendo la mano. Saltaremos.
Claire se estiró hacia él y sus dedos se rozaron, pero él perdió el agarre de su mano.
—¡Claire!
Paró su semental bruscamente y éste se encabritó. San Will corrió pasando al gris y fue instantáneamente arrojado hacia atrás por las riendas que Malcolm sostenía, tropezando con fuerza. Claire salió disparada sobre la cabeza.
Dio una voltereta y cayó justo encima de su cuello, donde este se unía con la espalda. Por un momento, sólo se quedo allí, atontada, las estrellas girando en el cielo. Malcolm corrió hacia ella a pie y Claire vio al par de caballeros galopando hacia él por detrás, las espaldas alzadas. Se sentó, apuntando el arma, su mano temblando salvajemente.
—¡Malcolm! —le advirtió, disparando.
Apuntó al caballo. Éste cayó, el caballero rodando justo fuera del camino del caballo, evitando ser aplastado. Malcolm se dio la vuelta, la espada y el escudo alzados, para encontrar el ataque de otro caballero. A pie, meneó con fuerza al jinete, que se balanceó con fuerza hacia atrás. Malcolm se tambaleó hacia atrás cuando sus espadas chocaron.
Tres soldados a pie estaban sobre ellos. Dos vestían cotas, uno solo una camisa. Claire se arrodilló, apuntó, disparo y vio a un hombre caer. Cuando no se levantó, adivinó que eran hombres que Moray había vuelto hacia el mal, no demonios. De repente dos caballeros arrastraron sus caballos parándose ante ella, separándola de Malcolm.
El primero se alzo el visor.
—Hola, Claire —sonrió Sibylla.
Claire se congeló, apuntando el arma hacia ella. Malcolm trataba de luchar contra tres hombres al mismo tiempo. Sus pulsaciones se aceleraron haciéndola sentir débil. Era difícil apuntar derecho.
—No me haría enfadar si fuera tú, Claire —dijo, su sonrisa ampliándose—. Realmente no quieres conocer mi lado malo. —Montó hasta Claire.
Su corazón golpeó con alarma, Claire no dudó. Disparo. La bala golpeó a Sibylla en el pecho y el impacto a través de su armadura debería haberla tirado del caballo: no lo hizo. En cambio, se agachó y le arrancó el arma a Claire como si no hubiera sentido el disparo. Por sus ojos, Claire vio que había sentido algún dolor y que estaba enfadada, pero no la estaba parando. Pero, cuando sus miradas se encontraron, Claire sintió una terrible sensación, como si su interior se estuviera convirtiendo en gelatina. Su corazón acelerado se ralentizó.
Sibylla estaba tomando su vida.
Las rodillas de Claire se sentían débiles. Tropezó, horrorizada por lo que estaba pasando. Y sintió el resplandor de la lujuria en la otra mujer. Claire miró hacia arriba para rogar por su vida.
Los ojos de Sibylla estaban calientes y brillantes cuando saltó del caballo para arrodillarse sobre Claire. Y en el momento en que sus miradas conectaron, Claire supo que había cometido un error fatal. Ya que Sibylla empezó a hipnotizarla y Claire sintió su cuerpo relajarse, incluso aunque su mente le gritaba que se resistiese. El pesado sentimiento dentro de ella aumento, y para su horror, una ola de placer barrió su cuerpo, y su sexo se hinchó, doliendo por una caricia.
Sibylla rió suavemente.
—¡Tienes tanto poder! Pero lo he sabido desde hace algún tiempo. Desafortunadamente, no se me permite matarte, querida. Y por eso, no necesitas esto.
Y antes de que Claire pudiera entender, Sibylla se agachó y alcanzó su garganta.
Y Claire vio a la otra mujer sujetar el collar de su madre. La incredulidad y la impotencia se desvanecieron. En cambio, allí estaba la rabia. Aulló, atacando a la mujer, intentando arrastrarla hacia abajo, ¡recuperaría la piedra! Pero Sibylla cogió su muñeca, su fuerza sorprendente una vez más. En ese momento, Claire supo que estaba perdida.
El tiempo se detuvo. El silencio cayó. Sus ojos brillantes y enloquecidos como un drogadicto, Sibylla empujó su espada corta profundamente en el hombro de Claire.
Claire nunca había sentido tanto dolor. Se puso rígida, cegada por la agonía al rojo vivo, incapaz de ningún pensamiento excepto la terrible conciencia del suplicio impresionante.
—No se me permite matarte —susurró Sibylla—. Pero tal vez morirás de todas formas. —Liberó a Claire.
Claire la oyó pero no pudo contestar. Se hundió en la tierra, sus piernas cedieron bajo su peso al instante. El cielo se estaba volviendo negro. Quería que se volviera negro. Giraba en un ciclón de dolor. Vagamente oyó el rugido de rabia de Malcolm. El dolor la hizo querer morir. Entonces no hubo nada excepto silencio.
Malcolm se asustó.
Mientras Claire caía, la sangre manaba por su pecho y su brazo, se congeló. Entonces el pánico explotó. Sibylla saltó sobre el caballo, la espada alzada, y cargó contra ella.
Él volvió a sus sentidos. Paró sin esfuerzo su golpe y dirigió su caballo hacia Claire. Se arrodilló mientras los sonidos de la batalla morían detrás de el.
—¡Claire!
Estaba inconsciente y sangraba copiosa, peligrosamente. Vio que la espada había atravesado la mayor parte de su hombro. No había forma de salvarle el brazo si vivía, pero la forma en que estaba perdiendo sangre hacía su supervivencia cuestionable. Necesitaba a alguien que tuviera el poder de curarla con los antiguos dones. Rugió a su hermano:
—¡Aidan!
Royce saltó a su caballo, corriendo hacia él.
—Se han ido. ¿Tienes la página?
—Aye. Trae a Aidan. ¡Trae a Aidan ahora! —gritó Malcolm, cortando un gran trozo de su camisa. Se estaba poniendo blanca por la sangre que perdía. La ató encima de la herida, consciente de que sus manos temblaban. ¡No podía morir!
Aidan saltó de su corcel negro. Malcolm miró hacia arriba y vio el miedo en los ojos de su medio hermano.
—Cúrala —le advirtió densamente—. ¡Encuentra el poder y encuéntralo ahora!
Aidan se arrodilló.
—Aléjate de mí —dijo tensamente, poniendo las manos sobre su herida—. ¡Eres una distracción que no necesito!
Malcolm no quería abandonar a Claire. Se levantó mirándola, incapaz de creer que esto estuviera pasando. El miedo casi le hacía imposible pensar. Solo sabía que no podía perderla. No ahora, no así. Nunca.
Aidan estaba sudando.
Malcolm miró hacia el cielo y rezó. Rezó a todos los viejos dioses y, asustado de que no escucharan, les ofreció su propia vida a cambio de la de ella. ¡Seguramente aceptarían tal negocio! Entonces miró hacia abajo, a su medio hermano.
—¿Qué pasa? —gritó. No podía encontrar calma, no importaba como lo intentara.
—Puedo sentir su vida —dijo Aidan tensamente—. Esta débil, Malcolm
—¿La sientes volviendo o marchándose? —exigió Malcolm con furia. ¡Sabía lo débil que estaba Claire!
Royce agarró su brazo y lo separó.
—Tu miedo no le ayuda.
—Está volviendo a sí misma ¬—dijo Aidan duramente—. No me necesita. Se está curando a si misma. Puedo sentir la fuerza. Malcolm, ella tiene poder.
No se sorprendió. Había estado sospechando quien era desde el principio. Malcolm se arrodilló y tomó la mano de Claire. Mientras hacia eso, sintió su vida, débil pero estable, fluyendo en su mano, alrededor de él. Trató de sentir su poder y lentamente, empezó a sentirlo, suave pero fuerte, una fuerza de vida blanca, limpia y buena, tan extrañamente familiar.
Aidan tiró del lino rojo empapado de su brazo. Puso su mano sobre la herida.
—No está sangrando ahora. —Mientras Aidan se sentaba, sus manos sobre ella, Malcolm sujetaba su mano. Sintió su pulso se volvió mas fuerte. El alivio finalmente empezó.
Royce se agachó y sujetó su hombro
Malcolm le miró.
—Necesita quedarse en Awe algunos días —dijo Royce—. Llevaré la página a Iona —dudó—. No te preguntaré si te quedarás con ella.
—Bien —Malcolm no iba a abandonar a Claire hasta que no estuviera recuperándose. Alcanzó en su capa y le tendió a Royce una página enrollada. Royce se levantó, su expresión se volvió dura, y un momento más tarde se había desvanecido en el aire.
Claire murmuró su nombre.
Malcolm se inclinó sobre ella.
—¡Muchacha!
Sus pestañas revolotearon pero sus ojos no se abrieron.
Aidan cayó sobre sus manos y rodillas, sus manos y antebrazos cubiertos con la sangre de Claire. Estaba mortalmente blanco.
—Llévala dentro. Ahora puedes moverla —jadeó.
Malcolm se dio cuenta de que Aidan había usado su propio poder para curar a Claire, tanto que le había hecho débil. Estaba estupefacto. Indicó a los hombres a su alrededor:
—Ayudad a vuestro señor a ponerse en pie —dijo bruscamente.
—Estoy bien —dijo bruscamente Aidan, pero permaneció en el suelo y no parecía ser capaz de levantarse.
Era un terco, Malcolm pensó con gravedad. Se arrodilló y levantó a Claire cuidadosamente en brazos. Mas el alivio le dificultó respirar. Dos hombres habían ayudado a Aidan a levantarse y lo miró fijamente.
Malcolm se dio por vencido.
—Gracias.
Aidan asintió.
—De nada.

Claire se dio cuenta de que estaba en un mullido colchón de plumas. Flotando hacia abajo, sonrió soñadoramente, preguntándose en que cama estaba. Tal vez estaba soñando, pensó de algún modo, cuando su propio colchón Doctor’s Choice era mucho más firme que este. La luz del sol se vertía en la habitación. Pero tal luz del sol brillante no existía en Manhattan. Claire parpadeó, confusa, y vio paredes de piedra desnudas y desconocidas que se abombaban a su alrededor. Su hombro dolía, un dolor palpitante, profundo e intenso. Entonces se dio cuenta que estaba en los brazos de alguien.
Claire empujó a través de la capa de niebla. Estaba aturdida, atontada. Vio los poderosos antebrazos de un hombre a través de su cintura y sintió su amplio pecho a través de su espalda, y se dio cuenta que Malcolm yacía de lado detrás suyo, y estaba acurrucada contra el. Se sentía increíblemente bien, fuerte, caliente y seguro. La habitación continuó dando vueltas despacio. No estaba ni en la ciudad ni en el presente. Empezó a recordar la horrible batalla fuera de Awe y el atroz ataque de Sibylla. Sibylla había empujado su espada a través del hombro y había disfrutado haciéndolo. Había disfrutado incluso más, tomando algo de la fuerza vital de Claire.
Claire se dio cuenta de que estaba bajo algún tipo de droga medieval y era horrorosamente fuerte. La cama parecía estar sobre un tiovivo y era difícil pensar. Debería estar loca de dolor. Pero tal vez había otra razón para que no estuviera agonizante. Asustada, Claire se tensó y miró su brazo izquierdo, pero estaba conectado a su hombro. Se hundió contra Malcolm con un alivio total. ¿Cuánto había estado inconsciente? ¿Días? ¿Semanas? ¡Gracias a Dios, alguien había salvado su brazo!
De algún modo giró, así estaba sobre su espalda y le podía mirar. Había asumido que estaba dormido, pero estaba completamente despierto y la miraba de cerca. Cuando encontró su mirada, sonrió.
Era una sonrisa hermosa, sin reservas, desgarradora y conmovedora.
—Buenas tardes, muchacha —dijo suavemente.
Claire giró para enfrentarle, el dolor pasó a través de ella, pero no era demasiado malo. Malcolm parecía balancearse, también, pero no en armonía con las paredes y las ventanas. Ella descansó la mano izquierda sobre su fuerte pecho y tembló de placer.
—Esas drogas son salvajes —susurró—. ¿Por qué estas en mi cama? —le sonrió.
Su mano agarró su cintura.
—Estaba cansado. Pensé en dormir.
Claire alzó la mirada a sus ojos grises increíblemente apacibles y sencillos. El afecto brilló allí.
—Tienes tu propia cama —murmuró. ¿Veía lo que quería ver, cuando estaba tan fuertemente bajo la influencia de esa poción que le habían dado?
Él dudó.
—¿Recuerdas lo que pasó, muchacha?
Claire asintió.
—¿Cómo salvaron mi brazo?
Malcolm encontró su mirada perspicaz.
—Aidan trabajo para curarte. Pero tú tienes tus propios poderes, Claire. No se puede negar.
Ella sabía que era absurdo.
—La piedra tiene el poder —susurró, alcanzándolo con su mano izquierda. Se congeló, se había ido. Sibylla se la había llevado.
—Te la devolveré —dijo Malcolm, deslizando la otra mano en su pelo, un gesto completamente reconfortante.
Pero Claire no estaba conforme. En ese instante, a pesar de la ondeante habitación, Claire supo que la piedra había pertenecido a su padre. Recordó la forma en que Ironheart la había inspeccionado. Pero sería una coincidencia imposible. Su padre había sido el hermano de él.
—Era de mi padre. Estoy segura de ello ahora. —El pánico empezó. ¡Estaría perdida sin la piedra! Era su única conexión con sus padres.
—No te preocupes por la piedra.
Pero Claire estaba enferma por el robo.
—¿Por qué se la llevó?
—La piedra puede darte tus poderes. Dijiste que la llevabas desde que tu madre murió. Es un tiempo muy largo para llevar magia, muchacha. Creo que es por lo que Sibylla la cogió.
Claire pensó que eso tenía mucho más sentido que tener poderes por sí misma, lo que sabía que no tenía. Pero recordó algo más, algo en lo que no quería pensar demasiado detenidamente.
—Malcolm, creo que Sibylla dijo que no le estaba permitido matarme.
Él aparto la mirada.
—Estás confusa. El padre Paul te dio hierbas y flores fuertes.
Tal vez tuviera razón, especialmente mientras la cama continuaba un lento movimiento alrededor y alrededor como un tiovivo. Uso la mano izquierda para tocar su pecho, bajo la línea del escote de su camisa. Su piel estaba caliente, el vello encrespado. Sus ojos parpadearon y supo que quería que le siguiera tocando. Claire sintió una agitación entre sus piernas, una sequedad en la boca y estaba sorprendida de sentir deseo ahora.
—Te sientes tan bien —susurró Claire—. Lo que sea que me dio, me gusta. ¿Cuánto tiempo he estado inconsciente?
—Dos días —su tono había cambiado.
Claire nunca había creído posible sentir de esta forma después de dos cortos días. Pero no se preocupó en analizarlo, porque Malcolm estaba teniendo una reacción evidente a su proximidad y sus caricias, y también ella. Encontró su mirada, viéndolo arder, viéndolo venir a por sus labios. Deslizó su mano por su cuello, girándose para así poder arquearse sensualmente contra él. Una erección muy firme saltó contra su cadera.
—Me iré —dijo. Pero no se movió, mirándola detenidamente.
—Te echo de menos —respiró en respuesta. Maldición, podría haber estado bebida—. Te echo tanto de menos.
La respiración de Malcolm se había profundizado. Vaciló.
—Me asustaste, muchacha.
—¿Por qué? —preguntó Claire, bajando su mano a sus costillas, sobre el lino. Era un hombre extremadamente guapo—. ¿Cómo es posible que te asustase? —No podía evitarlo. El momento se sentía casi como un sueño. Se inclinó hacia él y presionó la boca contra su pecho, en el escote profundo de su camisa, cerca de la pesada cruz que llevaba.
El cerró los ojos, sin hacer un sonido.
—Esto es tan perfecto. —Vagamente recordó los terribles sucesos de la noche que había sido encerrado en la torre, pero se sentía como otra vida y sabía que no podía afectarles ahora. Movió su boca hasta su cuello. Abrió la boca allí, larga y lentamente.
Su cuerpo se tensó.
—Me asustaste porque casi mueres —susurró rudamente.
Ella miró sus ojos. El le devolvió la mirada y sonrió, porque estaba mucho más viva y había humedad creciente para demostrarlo. Acarició mas abajo, su ombligo, y encontró su glande empujando a través de su camisa. Lentamente miró hacia arriba.
Su mirada tenía un brillo plateado. Claire apartó la camisa de su camino. Esperaba que agarrase su mano para impedírselo y saltase de la cama. En cambio su mano se apretó en su cintura.
Claire cedió ante el deseo creciente. Suspiró y se echó hacia atrás sobre las almohadas, dejando la mano en su cadera desnuda, cuidando de no tocarle ahora. Malcolm gimió.
—¿Te gusta ser provocado? —murmuró, arañando con las uñas suavemente sobre su vientre.
—No mucho —advirtió.
Sonrió y recorrió con una uña su cabeza ardiente.
Malcolm se giró hacia ella, su cara tan ruborizada como su miembro. Claire se inclinó mas abajo y uso la lengua.
Cayó contra su espalda.
—Gracias, muchacha.
Claire quería acariciar cada pulgada de él, sin prisa y sin apresurarse. Y cuando se levanto por aire, él estaba respirando dificultosamente, y sus miradas se encontraron.
Ella inhaló cuando vio la mirada en sus ojos.
—Ven aquí —dijo suavemente.
Deslizó su muslo sobre él en una invitación inconfundible, la camiseta que vestía se subió. Pensó, esto es tan perfecto, lento, caliente y suave.
—No me importa lento, muchacha, pero ¿suave? —Su sonrisa vino y fue mientras se deslizaba contra ella, probándola allí.
Claire jadeó con placer mientras lentamente se deslizaba profundamente.
—Quería decir suavemente —logró decir cuando la llenó. Las lágrimas llegaron. El placer se alzó, una ola creciente.
—Quieres decir esto —dijo bruscamente, empujándola más cerca y moviéndose con insoportable cuidado y deliberación, muy lentamente—. ¿Quieres decir así? —Una nota acariciante había entrado en su grueso tono.
—Sí —Lo intentó y se rindió. Cerró los ojos y una liberación sensual dulce y suave empezó. Gritó y el placer llovió sobre ellos.
Él jadeó y le sintió una sonrisa. Empezó a moverse rápidamente, acelerando el ritmo. Y de repente una nueva urgencia empezó.
Claire se tensó, sujetándose en un solo hombro, al instante sintiendo el cambio. Cada único músculo en su duro cuerpo se había vuelto acero, sus pulsaciones explotaron contra su pecho. Una nueva y terrible ambición se había alzado, y sintió su mente ir a un lugar oscuro y peligroso. Malcolm se quedó quieto.
—Vuelve —susurró Claire, agarrándolo fuerte, asustada a pesar del aturdimiento—. No vayas allí. Vuelve a mí.
Malcolm luchó consigo mismo, los músculos de sus brazos se abultaron, su pene vibró.
—Quiero todo de ti —explotó. Levanto la cabeza y ella encontró sus ojos brillando, ojos que instantáneamente reconoció, reflejando una lujuria profana e incontrolable.
Se arrodilló sobre ella, empujándola contra su espalda. Y mientras surgía, vio su cuerpo ponerse más denso con más poder, más musculoso, mientras las sombras oscuras se formaban detrás del y el fuego rojo quemaba allí. Todavía enterrado dentro, lanzó su cabeza hacia atrás, jadeó y Claire sintió que tocaba su vida.
Ella jadeó mientras el cuarto daba vueltas, un repentino vórtice de placer atrayéndola.
Malcolm gritó salvajemente, y entonces saltó de la cama.
Ningún éxtasis aplastante llegó. El mareo se alivió. Claire de alguna manera se sentó. La habitación se inclinó salvajemente. Encontró ojos plateados brillantes y fieros. Parpadeó y vio a Malcolm abandonar la habitación.
Claire colapsó sobre las almohadas, luchando por aire. El giro de la habitación se ralentizó pero no paró. Malcolm, no te vayas, rogó.
Si él escuchó su silencioso grito, no contestó.
De algún modo, volvió a sentarse. Maldijo a las hierbas y las flores, pero esto no aclaró su mente. Habían estado haciendo el amor y se había convertido en una bestia furiosa. Le había sentido tocarla profundamente, le había sentido tocar su alma. Se tropezó con la cama.
Claire se tambaleó, pero llego hasta la puerta. La abrió.
—Malcolm.
No hubo respuesta.
Le sintió marchándose, no solo de ella sino de Awe. Alarmada, Claire se precipitó hacia la escalera. Tropezó, cayendo contra la pared. Unas manos fuertes la agarraron.
—Déjalo ir —dijo Aidan firmemente, una orden—. Necesitas descansar y él necesita irse. Va a cazar a Sibylla.
Claire sacudió la cabeza.
—¡Yo... voy con él!
—No me hagas golpearte en la cabeza una segunda vez —advirtió Aidan.
Claire no pudo contestar. Las escaleras se tambaleaban hacia ella. Por un momento, realmente creyó que había un terremoto. Entonces Aidan la cogió y la escalera se niveló y colocó donde pertenecía.
Agotada y desesperada, Claire comenzó a llorar.

Tres días más tarde, Claire miraba su hombro en el espejo de su habitación. La poción finalmente se había pasado y se sentía más sana que nunca. Su hombro tenía una cicatriz rosa intensa y poco atractiva, pero milagrosamente, por otro lado, no había signo de herida reciente. Ayer, cuando llovía, su hombro había dolido. Hoy se sentía bien, pero cuando lo levanó sobre la cabeza, fue consciente de una leve tensión.
Tienes tus propios poderes, Claire. No hay que negarlo.
La piedra que Sibylla había robado, de alguna manera la había impregnado con sus poderes de curación. Claire bajó su manga y miró el jarrón con flores salvajes que Isabel había traído a su habitación. Después de varios días, se estaban muriendo.
Miró las flores, pensando como se veían rehidratadas, crecidas e incluso florecidas. Debía haberse sentido tonta. No lo hacía. Nada pasó.
Claire cogió una pequeña flor rosada y la sostuvo en la mano. Trató de concentrarse. En vez de volver a su brillante estado de días antes, un pétalo cayó al suelo.
Suspiró, dejando la flor. Cualquier poder que podía haber tenido, se había ido. Además, Aidan había ayudado a curarla, y no había ninguna pregunta sobre que él tenía algunas habilidades, incluso si no era adepto a usarlas todo el tiempo.
Claire se puso seria. Malcolm estaba cazando a Sibylla. Tal vez estuviera paranoica, pero estaba asustada de que fuera otra trampa.
Había tenido tres días para pensar en él, en ellos. Eran sentimientos peligrosos sobre él cuando lo hizo. Probablemente, era desesperado de su parte querer que le devolviese el amor. Claire sabía que no podía controlar sus propios sentimientos o su anhelo. Tenían una relación muy difícil y tirante. No iba a durar siempre. En algún punto, iba a volver a casa. Pero mientras estuviera en los tiempos medievales, quería que funcionara.
Cada pareja tenía sus diferencias. Discutir por esas diferencias no iba a acercarlos. Hasta ahora, discutir no había logrado nada positivo.
Como cualquier pareja, moderna o no, iban a tener que intentar entender al otro y comprometerse.
Sin embargo, no iba a obedecer sus órdenes ciegamente.
Claire bajó las escaleras y entro en el gran vestíbulo. Era por la mañana temprano y la luz brillante estaba tratando de inundar la gran habitación pero sin éxito, debido a la profundidad de las numerosas ventanas. Isabel estaba desayunando sola. Le sonrió.
—Estoy muy contenta de que estés levantada y andando —dijo.
Claire le devolvió la sonrisa.
—Cualquiera que fuera la poción que me dieron, me mantuvo débil, cansada y en la cama, lo que era la intención punto, adivino. Pero me siento como yo misma. ¿Dónde está Aidan?
Isabel miró.
—Se fue anoche, Claire. Dijo que tenía asuntos en París.
Claire se sentó con una profunda consternación.
—¿Nos dejó aquí solas?
—Dijo que volvería hoy.
Sus ojos se ensancharon pero al instante lo pilló. Estaba saltando hasta París y de vuelta, no importaban las reglas, a menos, por supuesto, que estuviera cazando al demonio, en cuyo caso no estaba rompiendo ninguna regla. Iba a preguntarle a Isabel si estaba segura, cuando Aidan cruzó a zancadas el vestíbulo, sonriendo.
Los ojos de Claire se ensancharon. Llevaba una capa que no era ni remotamente una parte del siglo XV, ni siquiera en Francia, y llevaba una bella silla rococó dorada, con terciopelo dorado.
Les sonrió a ambas.
—¿Qué piensas?
Isabel se ruborizó. Claire se levantó.
—¿Fuiste a Francia por una silla?
—Aye —la dejó al lado de la mesa y del sofá—. Malcolm me debe una silla pero no pienso que la restituirá alguna vez. Puede devolvérmelo de otra manera. —Acarició el asiento dorado e intrincadamente tallado—. Es una gran belleza.
Claire fue hacia él.
—Tanto como para usar tus poderes para mantener el Código.
Él se agitó con desdén.
—Las reglas, Claire, están hechas para romperse. ¿Qué te estás muriendo por preguntarme?
Claire vaciló, mirando a Isabel.
Aidan caminó hacia su amante. Se inclinó, besó su mejilla, le murmuró y ella se levantó diligentemente y abandonó la habitación. Entonces enfrentó a Claire.
Claire pensó en el hecho de que en realidad le gustase, cuando era un rompecorazones y un machista de la peor calaña.
—Aidan, ¿como te convenzo para que me lleves con Malcolm?
Sus ojos se ensancharon brevemente.
—No puedes.
Ella se acercó a él.
—Tengo que ir. Malcolm no puede enfrentar a Moray solo. Esta es una batalla por su alma. Tiene que ganar. Tú sabes que debe. Si pierde, será un deamhan y estará muerto para nosotros. Por favor.
—No —su tono fue absoluto—. Malcolm me pidió que te llevase a la abadía, donde estarás a salvo. Sibylla se ha ido a la corte. La corte no está a salvo, no con Moray allí, pensando en como usarte contra él. Malcolm tiene a Royce cuidando de su alma. —Sus ojos grises se habían vuelto duros.
—¿Ha seguido a Sibylla a la corte? —la consternación comenzó—. Si me llevas te llevaré conmigo a mi tiempo y te enseñare mas belleza de la que nunca has visto. —Si Aidan tenía un punto débil, era su amor por las mujeres bellas y los objetos bellos. Le llevaría al Met , Tiffany, Asprey ... Podía pensar en cientos de lugares para ir.
Su sonrisa era sardónica.
—Puedo encontrar belleza por mi mismo, Claire. En cualquier tiempo y en cualquier lugar.
Claire tomó sus manos en las suyas.
—Te estoy suplicando. Te estoy suplicando que me ayudes a ayudar a tu hermano.
Él se liberó.
—No me preocupa mi hermano —dijo.
Eso era una mentira. Claire lo sintió. Le miró, pensando en el hecho de que Malcolm parecía odiar a Aidan y viceversa. Pero en el paso de unos pocos días, los hermanos se habían vuelto civilizados y habían sido aliados. Malcolm, Claire sabía, seguía desconfiando, pero Aidan había tratado de curarle, luego lo había encerrado por su propio bien. Y había tratado de curarla. Había sido nada más que amable desde que habían llegado a Awe. ¿Y por qué?
De repente, tuvo un terrible presentimiento. Su madre le había abandonado al nacer. Moray al que despreciaba y probablemente temían. Tenía algún tipo de relación con Royce, pero no estaban relacionados. Su esposa estaba muerta. Su única relación adulta, personal y familiar parecía ser Isabel, y Claire sabía que era una aventura. Malcolm, sin embargo, era su medio hermano.
Aidan necesitaba a Malcolm.
—¿Qué harás si Malcolm admitiese que eres su hermano, si te tratase como a su hermano, si viniese a cuidar de ti como un hermano? —preguntó suavemente.
Él empalideció, luego un rubor de cólera empezó.
—¿Traición, Claire? —preguntó fríamente.
Había golpeado un nervio.
—¡Lo dos deberíais ser grandes amigos! —gritó—. ¡Eres tan víctima como Malcolm de lo que Moray le hizo a tu madre!
Aidan estaba furioso, sus ojos brillaban.
—Has ido demasiado lejos —advirtió. Se giró.
Claire agarró sus brazos.
—No. ¡Llévame con Malcolm y juro sobre la tumba de mi madre, le haré ver que eres su aliado más grande! Aidan, me gustas, incluso aunque no me preocupo por los mujeriegos. Eres bueno, y a veces un hombre encantador, y haré que Malcolm vea eso.
Su cara permaneció roja, sus ojos brillaban.
—No me importa si somos amigos o hermanos o no.
—¡Eso es una gran mentira!
Ella sacudió la cabeza.
—Necesitas a Malcolm y él te necesita a ti, ahora más que nunca —lo intentó Claire apasionadamente.
Él levantó sus manos, la línea de piel de la capa voló hacia atrás como si fuera alas.
—No quiere mi ayuda.
—Pero puedo cambiar eso, quiero cambiar eso —quiso decírselo—. Cuando me vaya a casa, quiero que Malcolm te tenga en su vida como un hermano, un aliado, un amigo. Por Dios, es un mundo peligroso. Lo dos debéis permanecer unidos.
Parecía apenado y más serio de lo que nunca le había visto.
—Te llevaré —dijo finalmente—. Pero no le dirás ni una palabra de nuestra negociación a Malcolm.
Claire jadeó. La llevaría. De alguna forma realizaría su parte del negocio.
—¿Cuándo vamos?
El se encogió de hombros.
—En cualquier momento.
—¿Ahora?
—Si lo deseas.
—Necesito coger mi arma y mi daga —Claire impulsivamente le besó la mejilla y corrió arriba. Cuanto antes estuviera en la corte y se reuniera con Malcolm, mejor. Porque Moray estaba allí y también Sibylla. Agarró sus armas y los aseguró en su cinturón.
Dándose la vuelta para marcharse, vaciló.
Claire se giró para mirar las flores salvajes.
Las flores en el vaso permanecían muertas. Pero la flor rosa que había quitado del ramo yacía al lado de la base del jarrón, en todo su esplendor.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:49 pm

Capítulo 16

El feudo de Linlithgow se había quemado hasta los cimientos varios años antes en un fuego que también había destruido el burgo, pero el rey Jacobo había construido un palacio magnífico en su lugar. Malcolm estaba de pie con Royce en el patio grande, habían dejado sus monturas en las caballerizas al otro lado del pequeño lago justo más allá de los muros rojizos del castillo. Edificaciones alineadas en tres por cuatro con las murallas circundaban el patio mientras la parte principal del palacio era de cinco plantas de alto con una magnífica torre en su centro. Otras torres se situaban en las esquinas de los muros. Los cortesanos y los criados iban y venían mientras Malcolm echaba una mirada cautelosa alrededor. Había estado en Linlithgow cuando este era sólo un feudo. La nueva fortaleza era imponente, pero en vez de estar impresionado, tenía una clara sensación de inquietud.
—¿Has estado aquí antes? —preguntó Malcolm tranquilamente mientras cruzaban el patio, un par de mujeres nobles les sonrieron al momento de pasar junto a ellos.
—Hace seis meses —dijo Royce al tiempo que se daba vuelta para seguir con la mirada a una dama pelirroja—. Sabes que odio las intrigas de la corte.
Malcolm casi sonrió.
—Pero no la intriga de las mujeres.
Royce sonrió de mala gana.
Un mayordomo los encontró cuando entraron en un salón enorme, la pared más alejada consistía completamente en hogares. Cien señores y damas se mezclaban, muchos de ellos esperando para una audiencia con el rey o la reina. Malcolm reconoció a todos los caudillos de las Highlands en la gran estancia. No vio al conde de Moray, pero sintió su presencia oscura y supo que estaba en la corte.
Estaba muy contento de no haber traído a Claire con él. Ella no necesitaba la intriga política, la traición real y la diabólica conspiración amontonadas sobre su escenario. Pero le dolía el corazón cuando pensaba en ella. Había intentado que no fuera así. Había comenzado a entender por qué llamaba al sexo “hacer el amor”. Se preocupaba profundamente por ella cuando no quería hacerlo y sus sentimientos habían estado inseparablemente entrelazados con su deseo el otro día. Pensar en ello le hacía sentirse incómodo e inseguro. Tenía que lograr el control de su afecto. Debía pensar en ella como en otra Glenna, una amante agradable para usar y hastiarse y finalmente despachar.
Salvo que no tenía ningún interés en su partida. Incluso desde del primer instante de conocerse, se había preguntado si podría quedarse en su tiempo con él. Pero ella había dejado claras sus intenciones. MacNeil había visto el futuro, confirmando que la voluntad de ella prevalecería sobre la suya. ¡Por los dioses!, era ofensivo.
Y no podía usarla ni siquiera como haría con una amante. Había querido sostenerla y tocarla mientras copulaban a pesar de que su deseo se había dirigido por momentos hacia la lujuria diabólica. Cuando su excitación había comenzado a intensificarse fuera de control, la bestia había saltado de su guarida para tomar la vida de ella.
Salvo que, curiosamente, no había tocado su vida, había tocado y sentido su alma.
Había sido tan hermoso y deseable como lo era toda ella. No podía entender lo que realmente había pasado, pero había sido diferente desde aquel momento en la torre, cegado por el placer, pero de alguna manera diferente.
Royce le agarró por el hombro.
—La corte. Deseas pasión, escoge y elige, pero olvídate de lady Claire. La pelirroja del patio era bastante bonita.
Malcolm sonrió tensamente. Lamentaba no poder hacer simplemente eso.
—Te estaba invitando a su cama.
Y de repente Malcolm sintió acercarse al mal. Se giró con la tensión vibrando en su interior.
—¿Seguramente no serás fiel a lady Claire? —dijo Moray con tono adornado de diversión.
Malcolm se tensó. ¿Había leído Moray sus pensamientos?
—Te has curado bien —murmuró Moray—. Y asumo que tu hermosa amante también ha sobrevivido al inoportuno ataque de Sibylla.
—Voy a matar a Sibylla —dijo Malcolm—. Deberías haber mantenido a tu puta atada con correa.
Moray se encogió de hombros.
—Y la reemplazaré —dijo indiferente—, pero eso ya lo sabes.
—Tú mantenla atada en corto —advirtió Malcolm, lleno de odio—. Aléjate de lady Claire. No la utilices contra mí. Te lo advierto ahora. Ya que si la tocas, afrontarás tal guerra como nunca antes. No me importa lo que ordene el soberano.
—Semejante discurso traidor —murmuró Moray—. ¿Y cómo puedo realizar una hazaña tan imposible cuando ella está tan... ardorosa bajo un hombre? —Moray se rió, sus dientes centellearon.
Malcolm se movió para golpear a Moray pero Royce lo contuvo. Malcolm se lo quitó de encima rápidamente.
—Sí —dijo Moray con una sonrisa—. Estoy informado sobre la pasión de ella. Lo sé muy bien.
Malcolm lo miró fijamente, lleno de temor. ¿Les había espiado Moray en sus momentos más íntimos? ¿O había estado al acecho en sus mentes? Esos eran sus métodos favoritos para recopilar información, puesto que así era como el propio diablo sabía todo lo que deseaba saber.
Entonces la sonrisa de Moray se borró.
—Estoy impresionado, Malcolm, por tu determinación a negar tu lujuria por tal mujer. No tienes ningún miedo. Compensaré felizmente tu descuido. Si no quieres probar su impresionante poder, yo sí. Si no puedo convertirte, simplemente te destruiré, como hice con Brogan, mientras ella me pide más, como hizo tu madre. —Sus ojos eran duros cuando se marchó.
Malcolm temblaba de ira. El miedo arruinó su cólera. Nunca había tenido tanto miedo por Claire.
Royce le tomó del brazo.
—¡Se burla de ti a propósito! ¡Y no pienses en Mairead ahora! ¡No pienses en Claire!
—¡Quiso decir cada una de sus palabras! Y maldita sea, está en lo cierto. ¡Podría no haber derrotado a Brogan, pero destruyó su matrimonio y hasta el día de hoy, mi madre sufre! Ahora, si no me convierte, intentará usar a Claire y la destruirá. —Y por primera vez en su vida, Malcolm sintió desesperación. Se sentía atrapado e impotente, sentimientos espantosos, sentimientos que odiaba—. Todo lo que deseo es protegerla del mal. En cambio, cada una de mis acciones la acercan más a su sombra y a su completo dominio.
—Cometiste el error de permitirte amarla —dijo Royce en tono grave. Tiró de él hacia una esquina del pasillo—. No espero que cambies tu corazón. Sé que la amarás hasta el día de tu muerte.
—Juré protegerla, Royce —dijo Malcolm en tono grave—. Desear protegerla no es amor. ¡Tú cometiste el error de amar a tu esposa y mira tu vida, cientos de años más tarde! Yo no soy tan tonto.
Royce sacudió la cabeza, sin estar convencido ni impresionado.
—Espero que de verdad mantengas el Código y a Dios. Necesitas empezar a rezar, y no sólo a Cristo. Los viejos dioses despertarán y escucharán si lo haces en serio.
Este era un tema que podía manejar.
—Ya he comenzado a rezar —dijo Malcolm—. He rezado con fuerza en mi alma, por controlar lo que de verdad quiero desatar.
—Has controlado el mal. Ganaste. Ganaste a Moray. Se hará más fácil con el tiempo. Y Moray cazará a otro.
—¿Cuánto tiempo? —exclamó Malcolm—. ¿Cuánto tiempo lleva tomar el control, el verdadero control de la oscuridad?
—Eres demasiado joven —dijo Royce, sacudiendo la cabeza—. Y ningún salto puede cambiar tu verdadera edad. El control viene con el tiempo. Todos los Maestros jóvenes quieren Le Puissance. Te harás más fuerte, será más fácil olvidarse de ello. Necesitas evitar a Claire. Toma a una muchacha diferente para acostarte, una mujer que no te tiente a desviarte de tu rumbo.
Malcolm sacudió la cabeza.
—¡No deseo acostarme con otra doncella! ¡Deseo acostarme con Claire! ¡Tú tienes más de ochocientos años! ¡Yo tengo veintisiete! No puedo esperar ocho siglos para amar a Claire como Dios manda. —En el momento en que se percató de su elección de palabras, sintió calor en sus mejillas. No quería amar a Claire, jamás, simplemente deseaba su placer.
Royce suspiró.
—A eso me refería con lo que dije antes. Tienes que alejarte de ella, no de otras, ella es tu tentación. Me complace que la dejaras en Awe.
—No sé cuanto puedo alejarme de ella.
—Luchas contra tu lujuria. Batallar con eso es como si lucharas contra Moray. La lujuria es Moray —trasmitió Royce—. Y cuando reconozcas esta verdad, triunfarás.
Royce estaba equivocado. La lujuria era mala sólo cuando se convertía en una bestia furiosa deseosa de más poder del que cualquier hombre o Maestro debería reclamar jamás. Porque en pocas palabras, cuando Claire había estado reponiéndose del ataque de Sibylla, hubo deseo que no tuvo nada que ver con el mal. Hubo deseo que había venido del corazón.
—Ruari, ¿has sentido alguna vez el alma de una mujer?
Royce se quedó sorprendido.
—¿De qué, en nombre de Dios, estás hablando?
Malcolm sintió que se ruborizaba y evitó la mirada penetrante de su tío.
—No importa.
Royce le agarró por el hombro.
—Cuando digo rezar a los Antiguos, va en serio. A ese Dios que te dará poder para permanecer santo, Malcolm.
Royce estaba en lo cierto. Él había estado impregnado de religión desde el día de su nacimiento. Cuando Brogan murió en el campo de batalla, algo de su fe había vacilado. Quizás en cambio, debería haberse fortalecido ese día. Estaba contento de haber comenzado a rezar a los Antiguos otra vez.
El único problema era que los dioses podrían ser caprichosos.

El dolor era terrible. Incluso aunque Aidan le hubiera dado una poción para resistirlo más fácilmente, Claire lloró, vagamente consciente de estar en los brazos de Aidan. Él no habló mientras el cuerpo de ella se torturaba por la fuerza del salto en el tiempo. Sentía roto cada hueso; como si cada miembro hubiera sido arrancado de un tirón. La dolía hasta el pelo.
Pero la agonía disminuyó rápidamente. Claire se percató del hecho de que no sólo la rodeaban los brazos de Aidan, tenía la cara presionada contra la lana de su capa, contra su pecho, que se elevaba y descendía suave y constantemente.
—¿Estás mejor ahora? —preguntó él con voz ronca.
Realmente no podía hablar. Respiró hondo, flexionó los dedos, deseando que él se levantara y pusiera alguna distancia entre ellos. Acababa de darse cuenta de una tensión en él, no podía evitarlo pero la reconocía. Era deseo.
Aidan la liberó, poniéndose de pie. El color volvía a su cara.
Claire parpadeó y encontró su igualmente brillante y muy caliente mirada de plata.
—¿Qué... fue eso?
Su sonrisa fue sardónica.
—Sólo abrazo a una mujer cuando estoy a punto de acostarme con ella, Claire. No puedo evitar si mi cuerpo está esperando más.
—Gilipollas. —No se sentía completamente capaz de ponerse en pie aún. Vio que habían aterrizado justamente fuera del mismo palacio de Linlithgow, pero dentro del recinto externo. Estaba sentada sobre la hierba húmeda y suave. Desde su elevada posición, podía ver abajo el pequeño lago totalmente azul, donde se deslizaban cisnes y una docena de jinetes cruzaban el puente que lo atravesaba, con banderas heráldicas agitándose por encima de ellos, al parecer de camino al palacio. Miró hacía arriba y vio guardias paseando por las altísimas murallas de las dos torres orientadas a la entrada del palacio, y luego echó un vistazo hacia atrás, donde más guardias paseaban por las murallas entre las torres de la esquina. Su corazón dio un vuelco con fuerza. Malcolm estaba dentro y Moray también. Lo sabía con cada fibra de su ser.
Aidan extendió la mano.
Todavía contrariada porque se había atrevido a excitarse por ella, no le hizo caso y se levantó.
—La poción del padre Paul realmente ayudó a controlar el tormento del salto —dijo ella—. ¿La tomaste, también? —Él no había emitido ni un sonido.
—Yo soy un hombre. No necesito pociones para el dolor. Lo aguanto. —Se encogió de hombros.
—Vale, como si una mujer pudiera olvidar lo macho que eres.
Pareció divertido.
—Si parases de pensar en mi cuerpo, dejarías de estar tan enojada. Pero no creo que tu enojo sea conmigo.
—Ni lo sueñes. No empieces a pensar que me siento ni siquiera una pizca atraída por ti. No puedes compararte con Malcolm, para nada.
Él enrojeció e hizo un gesto hacia la entrada del palacio.
Claire lamentó sus palabras. Después de todo, le debía a Aidan el estar en la corte ahora, y probablemente no podía evitar su naturaleza obsesiva con el sexo. Lo peor es que era el hijo de todo lo malo y Malcolm era el hijo de un gran Maestro.
—Lo lamento. En realidad, eres muy parecido a Malcolm —comenzó.
—No me parezco a él —dijo rotundamente—. Uso mis poderes para complacerme, no a la Hermandad o a los Antiguos. —Sus ojos eran increíblemente duros—. No me interesa ningún Código. Me interesa mi placer.
Ella enrojeció, negándose a creerlo completamente. Llena de una nueva tensión, se encaminó a zancadas pasando por delante de él en el interior del patio, mirando alrededor a los tres alargados edificios estrechos y altos que lo enclaustraban. En el siglo XXI, el palacio de Linlithgow había estado completamente cerrado.
El más alto, el edificio más imponente se encontraba directamente delante, donde estaba el gran salón. Su corazón se aceleró e intensificó su paso, Aidan iba caminando a su lado, ahora ambos se ignoraban mutuamente. Muchos cortesanos iban y venían, algunos de ellos vestidos como highlanders, otros vestidos al estilo de la corte inglesa. Claire no daba crédito a sus ojos, al reconocer a un claramente superior y muy apuesto lowlander, el Maestro que había vislumbrado en Iona.
Esta vez llevaba puestos zapatos con punta en vez de botas y calzas borgoña, una chaqueta corta de terciopelo azul, con mangas afaroladas, pero como antes, estaba totalmente armado. Ella se sonrojó de nuevo, porque era imposible no mirar su voluminosa bragueta.
Él le sonrió, en evidente reconocimiento y mientras paseaba, la barrió con una galante reverencia.
—Ese es Alexander de Blackwood, el hermano de Sibylla —dijo Aidan enigmáticamente—. ¡No os lo comáis con los ojos!
Claire hizo un alto en su rastreo y giró 180 grados para después clavar los ojos en él.
—Pero le vi en Iona, Aidan —dijo temblando—. Es un Maestro.
—Sí —dijo Aidan suavemente—. Y odia a su hermana, como debe.
Él le dio un toque en el brazo y continuó hacia delante con pasos largos. Recobrada, Claire corrió para alcanzarle. Las dos macizas puertas talladas del gran salón estaban abiertas, y cuando lo siguió dentro, vio la muchedumbre pululando en su interior, esperando una llamada o una audiencia con uno de los miembros de la familia real. Claire se quedó inmóvil, su corazón palpitó con repentino entusiasmo. Estaba en la corte del siglo XV. Se aferró a la capa de Aidan mientras exploraba la muchedumbre para atisbar a Malcolm. Sólo habían sido unos días, pero lo echaba de menos terriblemente y ahora esperaba un recibimiento no especialmente agradable.
—¿Están el rey o la reina aquí?
—No. —Aidan de repente se puso rígido, sus ojos se abrieron sobresaltados.
Alarmada, Claire siguió su mirada, y vio a Isabel de pie en medio de un pequeño grupo de nobles, conversando afablemente.
—Esa es su gemela, ¿verdad? —susurró Claire.
Aidan no podía arrancar sus ojos de ella.
—Ella no tiene ninguna gemela.
—¿Qué día es?
—31 de julio.
Ellos habían hecho el salto ayer e Isabel había estado en Awe, diciéndoles adiós. Había sólo una forma de que ella pudiera haber llegado a tiempo a Linlithgow en la misma cantidad de tiempo que ellos. Moray la había cogido. El pavor se desató, haciendo sentir a Claire enferma. Aidan se abría paso a empujones a través de la muchedumbre, ella lo siguió.
Isabel lo vio y su expresión se convirtió en una de terrible alivio. Se disculpó ante los nobles y se precipitó hacía Aidan, arrojándose contra su pecho. Aidan puso los brazos a su alrededor.
—¿Estás bien?
Ella asintió. Al alzar la vista dejó al descubierto lágrimas que brillaban en sus ojos.
—¡Estoy tan contenta de que estés aquí! —sollozó—. Estoy tan asustada.
Claire trató de respirar con naturalidad y falló. Moray había hecho esto, y sólo Dios sabía que más había hecho y había tenido la intención de hacer. Ahora usaría a Isabel contra su propio hijo. E Isabel no era una mujer de inteligencia y valentía. Era un cordero conducido al matadero. Claire se encontraba enferma.
—¿Qué sucedió? ¿Cómo llegaste aquí? —exigió Aidan con los ojos destellantes de furia.
—¡No te enfades conmigo! Tu padre insistió. ¡No puedo negarme al conde de Moray, nadie puede! ¡Y no sé cómo llegué aquí! —comenzó a llorar—. Usó un hechizo, Aidan, y cuando desperté, estaba en una de las cámaras de la corte.
Los ojos de Aidan estaban abiertos de par en par, con una dura mirada.
—¿Te tocó?
Isabel le miró sin comprender, después alzó la voz, secándose las mejillas manchadas de lágrimas con la mano.
—No, por supuesto no. Ha sido encantador, nada más. ¡Pero tengo tanto miedo de él! Cuando le miro a los ojos, me lleno de miedo.
—Te llevaré a casa —dijo Aidan repentinamente. Sonrió, con intención de tranquilizarla y le alzó la barbilla—. No tienes ninguna razón para tener miedo. Controlaré a Moray.
—No puedes llevarme a casa. Tengo una entrevista con la reina. —Más lágrimas acudieron—. Ha ordenado que espere por ella, Aidan. Debo hacerlo esta noche.
Los ojos de Aidan se tornaron implacables.
—Entonces obedecerás a tu señor.
Claire no estaba segura de lo que esto significaba, además del hecho de que Isabel permanecería en la corte indefinidamente y entonces Moray podría jugar cruelmente al gato y al ratón con ella y con Aidan.
Entonces vislumbró a Malcolm.
Su corazón estalló cuando los ojos de ambos se sostuvieron la mirada. La expresión de él fue una de conmoción e incredulidad. Y luego se convirtió en una de pura furia.
Sabía que estaría enfadado cuando la viera. Claire se movió hacia él, prometiéndose a si misma que no se enfadaría. Pero él se dio vuelta y comenzó a alejarse a grandes zancadas, dejando la estancia y entrando en la larga galería que corría a lo largo del salón. Las numerosas ventanas permitían que la luz del sol se filtrara dentro.
—¡Espera! —gritó, corriendo tras él.
De repente él se volvió para afrontarla, apoyándose en una ventana que dominaba las colinas occidentales.
—¿Me desobedeciste otra vez? —preguntó peligrosamente.
Claire se tensó, pero su corazón palpitaba de alegría y deseo.
—Malcolm. —Ahuecó su mejilla, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par—. Sé que estás enfadado. ¡Pero no podía ir a la abadía y permanecer al margen mientras estabas buscando a Sibylla con Moray aquí!
Él apartó de golpe su mano.
—¿Me obedecerás alguna vez?
Ella inhaló.
—No puedo acatar órdenes de ti si no estoy de acuerdo. No soy una mujer medieval. No soy como Glenna o Isabel. No puedes esperar que lo sea.
—¿Crees que no lo sé? ¡No te pareces a ninguna mujer que haya conocido alguna vez!
—¿Realmente quieres que sea débil, sin criterio propio y dependiente? —gritó.
La miró fijamente, con la boca rígida.
—No —dijo finalmente, dando la impresión de que le mataba admitirlo.
Había esperanza.
—Malcolm, ¿por qué no puedes aceptar una acción conjunta? ¿Por qué no podemos sentarnos, hablar de planes y llegar a un acuerdo en ese sentido?
Meditó sus palabras antes de contestar.
—¿Deseas que tengamos nuestro propio parlamento?
—Sí —susurró, rezando para que finalmente pudiera entender—. Malcolm, fuiste criado para dar órdenes como un rey. Yo fui criada para pensar por mí misma, para tomar mis propias decisiones.
Ella sintió que finalmente consideraba sus palabras.
—Sé que concibes ser transigente. Negocias con otros señores y con tus enemigos continuamente.
—Sí. Lo hago. —Él cruzó los brazos en su pecho—. Pero nosotros estamos ahora en combate, Claire. —Su tono era tranquilo—. En el combate, cada hombre a mi mando me obedece.
Ella no vaciló.
—Vale, de acuerdo. Te obedeceré mientras estemos en combate. Te obedeceré incluso en la corte, si aceptas que somos de tiempos diferentes y que no puedes tratarme como haces con otras mujeres. Si estás de acuerdo en que constituiremos nuestro propio parlamento. No más órdenes, Malcolm. ¡Tomamos decisiones importantes juntos!
La miró meditabundo.
—Es un talento considerable, muchacha, el que tienes. —Su mirada se dulcificó—. Eres demasiado inteligente para ser una mujer.
Claire esperó, olvidándose de respirar.
—Acepto. Das tú palabra. Doy la mía.
Ella no podía creer que hubieran cruzado el enorme abismo cultural que los separaba. No había conseguido todo lo que quería, pero era un principio.
—Lo escribiré con sangre, si quieres —bromeó.
Se dio cuenta de que era feliz. Un torbellino de maldad los esperaba y quería aferrarse a este breve momento de calma.
—Derramaste suficiente sangre en Awe —dijo poniéndose serio—. ¿Cómo convenciste a Aidan para que te trajera aquí?
Decidió ignorar la pregunta. Este no era el momento para apoyar la causa de Aidan.
—Isabel está aquí, Malcolm. La trajo Moray. No sé lo que quiere. —El temor se alzó, enorme y raudo.
—Tú sabes lo que quiere. Quiere usarla contra Aidan y quiere el placer en la muerte.
Claire se sintió enferma.
—Aidan quería llevarla de vuelta a Awe, tal vez a Iona, pero la reina ha ordenado que la espere esta noche. Tal vez eso la salve de Moray.
Malcolm la miró de forma extraña.
—La reina es una mujer lujuriosa, Claire. Toma muchos amantes y el chismorreo es que incluso disfruta de los servicios de sus damas.
—¿Le gustan las mujeres? —jadeó Claire.
—No, le gusta el placer y ha tenido a muchos hombres en su cama. Isabel tendrá que soportar a su reina. Eso puede salvarle la vida.
Claire simplemente le miró, estremecida, fijamente a los ojos. Echando fuego por ellos, ante la injusticia del mundo medieval. Nadie tenía derechos. La libertad no existía. Todos estaban al capricho de la tiranía.
Las campanas de mediodía comenzaron a doblar. Y los escalofríos se arrastraron de arriba abajo por la columna vertebral de Claire. Los ojos de Malcolm se endurecieron. Ella se giró rápidamente.
Sibylla había entrado en el extremo norte de la galería. Ella obviamente había sentido su presencia, porque se acercaba con su vestido de terciopelo carmesí, arrastrando sus mangas bordadas. Sus ojos brillaban.
El corazón de Claire dio un vuelco. Aquel espíritu maligno había tomado su vida. Había sido sexual y había querido más.
Malcolm dio un paso frente a ella.
—Ah, señora, he estado esperando que nuestros caminos se cruzaran.
Sibylla se detuvo, la alarma fluctuaba en sus ojos negros.
—No podéis estar pensando en luchar ahora, aquí en la corte. Mi señor es un favorito del rey. No hacemos la guerra en presencia de la familia real. Aquí, tenemos una tregua.
Claire deslizó la daga en su mano. Su corazón bombeaba con tanta fuerza que se sentía mareada. No había ningún pensamiento racional ahora. Tenía una pregunta: ¿Qué pasaría si apuñalaba a Sibylla en el corazón? ¿Moriría? Su cuerpo era humano. La vida tendría que abandonarle si toda su sangre fuera drenada.
Sibylla la miró con una sonrisa cautelosa.
—¿Tanto coraje, ma doucette? El rey tomará tu cabeza si tomas la mía.
Claire la oyó, pero no le preocupó. Si no destruía a Sibylla, ella regresaría.
Claire, no lo hagas. No aquí, con los guardias reales en el salón. Encontraremos un modo, más tarde, cuando no haya público presente.
Claire oyó a Malcolm. Se humedeció los labios. No le importaba que dos guardias se apostaran a la entrada del salón y que los nobles deambularan por ahí.
—Dijiste que no permitirías que me mataran. —Le sudaban las palmas de las manos—. Ahora lo entiendo. Sé quién me quiere viva.
Claire, no.
Malcolm agarró su hombro.
¡Déjame, Malcolm!
—Pero nadie me ha prohibido matarla —gritó Claire. Y se abalanzó.
—¡Claire! —gritó Malcolm, agarrando su muñeca.
Pero Claire sintió su hoja hundirse en la caliente y viva carne.


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:49 pm

Capítulo 17

La sangre caliente salió a chorros sobre la mano de Claire. Malcolm forcejeó con ella para alejarla de la mujer. Claire vio que no había acertado al corazón de Sibylla, pero la había apuñalado profundamente en el pecho. Sibylla se tambaleó, empalideciendo, y acto seguido la furia volvió sus ojos rojos. Malcolm empujó a Claire contra el asiento junto a la ventana y agarró la daga, arrancándola del pecho de Sibylla.
—¡Acaba con ella! —gritó Claire.
Pero el caos hizo erupción en la galería antes de que Malcolm pudiera hacer lo que ella quería. Sibylla pasó por su lado empujándole, al parecer con la intención de salir corriendo, pero los nobles estaban bloquearon su camino y ella se desplomó contra uno. Claire oyó el golpeteo de los pasos así como las acaloradas exclamaciones y las acusaciones que comenzaron. De repente Royce se metió a empujones en medio, agarrando el brazo de Malcolm. Justamente cuando comenzó a darse cuenta de lo que había hecho y de lo que esto podría significar fue agarrada desde detrás.
Luchó por liberarse de su captor y Aidan siseó.
—¡Idiota! —al instante se quedó quieta, percatándose de que era él el que la había agarrado.
Jadeando, Claire vio un intercambio de miradas entre Royce y Malcolm mientras Malcolm dejaba caer la hoja ensangrentada. Aparecieron los dos guardias reales, ordenándoles a todos que se apartaran, encaminándose hacia Malcolm y Royce. Y en aquel momento Claire finalmente comprendió que había cometido un terrible error.
—Suéltame —le dijo a Aidan, preguntándose lo que iba a sucederle ahora. Estaba lo bastante segura de que no se podía apuñalar a un invitado real en el calor del momento, aunque ese invitado fuera un demonio.
Su mirada se encontró con la de Malcolm. Estaba furioso y lo oyó tan claro como el día, aunque no hablara en voz alta. Me diste tu palabra.
—Lo siento —susurró Claire.
Aidan tiró de ella.
¡No digas ni una palabra más!
—¿Qué pasó aquí? —exigió un guardia cuando el mayordomo real, el cual los había acompañado primero dentro del salón, apareció.
—Lady Sibylla ha sido atacada —dijo alguien.
Claire comenzó a temblar. Antes de que pudiera confesar su crimen, Blackwood atravesó a zancadas la muchedumbre reunida con expresión despiadada. Le echó una mirada a Sibylla y palideció. Para Claire, su mirada dijo mucho. No odiaba a su posesa hermana, en absoluto.
Sibylla lanzó un grito cuando Blackwood fue hacia ella y la tomó en sus brazos. Estaba pálida y sangraba profusamente. La saliva se escapaba de su boca. La mayor parte del corpiño de su vestido rojo estaba empapada con su sangre. Miró a Claire con odio desnaturalizado.
Sibylla quería matarla, pensó Claire, su corazón se desacompasó ante la mirada asesina en los ojos de la otra mujer.
—Yo me encargaré de ella —dijo Blackwood, levantándola en brazos.
Claire quiso gritarle para que terminara el trabajo. Estaba bastante segura de que, en cambio, él iba a conseguir atención médica para Sibylla. Se alejó a largos pasos con su hermana quien finalmente se desmayó.
Malcolm recogió la daga y miró al mayordomo.
—Aquí está el arma que puede haber asesinado a lady Sibylla —dijo en tono grave—. Me confieso culpable del crimen.
—Detenedlo —espetó el mayordomo.
Claire lanzó un grito horrorizada. ¿Iba a protegerla de ésta manera? Pero cuando comenzó a protestar, el agarre de Aidan sobre ella se convirtió en un abrazo apretado, incluso cruel.
—No hables —siseó, mientras los guardias arrestaban a Malcolm.
—Mi sobrino miente —dijo Royce tranquilamente—. Yo había marcado a Sibylla para la tumba hace mucho. Piensa en protegerme. Yo la apuñalé.
Claire jadeó, sus rodillas se volvieron débiles e inútiles. Las acciones de Royce eran increíblemente desinteresadas, pero egoístamente rezó para que ahora fuera él el arrestado.
Malcolm volvió una mirada negra hacia Royce.
—Él piensa en protegerme. Sibylla nos ha declarado la guerra a mí y a los míos. El hecho mortal fue cometido por mi propia mano.
Todo el mundo empezó a hablar al mismo tiempo, con el tono excitado de una muchedumbre fascinada por un buen drama.
—Fui yo —gritó Claire.
Pero en el frenesí de chismorreo y la especulación, nadie pareció oírla. Aidan tiró de ella, arrastrándola literalmente del salón.
—Suéltame —comenzó furiosamente Claire.
—Detengan a ambos —ordenó el mayordomo—. Hasta que esta cuestión pueda ser decidida por el rey.
Claire estaba incrédula.
—Fui yo —gritó en voz alta—. ¡Maldita sea! —Mirando por encima del hombro, vio que nadie la oyó o quiso oírla.
Malcolm estaba empeñado en soportar la caída por ella.
¡Lo siento!
No os preocupéis. Estaré bien.
¿Qué te harán?
Él no le contestó y Claire vio a los guardias despojarlo de su espada y daga mientras Aidan la sacaba del salón. Se encontró fuera en el patio interior, su corazón estaba tan enfermo que sintió nauseas. Había perdido completamente el control, y ahora, Malcolm podría pagar un precio terrible por lo que ella había hecho.
Aidan la soltó.
—¿Qué le harán? —gritó.
—¿Podrías dominar tu carácter? ¡No puedes asesinar a una dama a sangre fría con testigos delante! —exclamó Aidan.
Claire se abrazó, ahogándose en su miedo. Había querido matar a Sibylla; ahora tenía miedo de que muriera.
Aidan estaba acechando, porque dijo:
—Blackwood contará con curarla.
Esto era una espada de doble filo.
—Entonces Sibylla vivirá para hacer el mal otro día.
Los ojos de Aidan se oscurecieron.
—Te olvidas de que es tan humana como tu, Claire. La llevará a Iona para hacerle un exorcismo.
De repente su resentimiento se desvaneció cuando lo entendió.
—Él quiere exorcizar al demonio.
—Es la hermana de Blackwood. Merece una oportunidad para vivir otra vez. Y él merece la oportunidad para tratar de liberar el alma de su hermana.
Claire sólo pudo mirarle fijamente. Finalmente la cordura regresó. Había querido que Sibylla muriera. Había estado completamente consumida con el asesinato de su enemigo, hasta el extremo de que no había reparado ni una vez en el hecho de que Sibylla era un ser humano. Una vez, había sido tan normal como Claire. Comenzó a temblar, avergonzada de su propio comportamiento violento.
—¿Y si el exorcismo falla?
Aidan dijo con frialdad.
—Blackwood la matará.
Ella inhaló, le tembló el cuerpo de nuevo. Todo giraba salvajemente fuera de control. Ya no podría pensar o preocuparse por el destino de Sibylla.
—Tengo que volver dentro y decir la verdad —suplicó—. No puedo dejar que Malcolm sea castigado por lo que hice, o Royce, por este asunto.
—Esto es lo que un hombre hace por su mujer —dijo Aidan en tono grave—. Y es demasiado tarde para los arrepentimientos.
—Pueden saltar —dijo Claire finalmente—. ¡Gracias a Dios, pueden saltar para escapar si tienen que hacerlo!
—Si saltan serán proscritos, y nunca podrán volver a este tiempo.
Se le ocurrió otra idea.
—¡Saltemos atrás en el tiempo, de vuelta a Awe antes de que Malcolm se marche! Ahora que sabemos lo que pasará, podemos convencer a Malcolm para que deje a Sibylla en paz.
Aidan negó con la cabeza.
—Eso no está permitido. Un Maestro no puede volver al pasado y cambiarlo según su capricho.
—¿Ahora sigues las reglas? —gritó furiosamente.
Él la miró.
—Ningún Dios permitiría que el Código fuera roto como tú deseas, Claire.
Claire se dio por vencida, porque no lo comprendía.
—¿Entonces qué vamos a hacer?
—Haré lo que tenga que hacer, Claire. Tú no harás nada. Estás a mi cuidado ahora, hasta que Malcolm sea liberado. De hecho, te estoy alejando de la corte, mientras no haya nada allí para ti.
—Malcolm está aquí encarcelado y aguardando un veredicto por lo que he hecho. No dejaré la corte sin él. —Sus palabras nunca habían tenido tanto significado.
Él la miró fijamente.
—Estoy desesperada, Aidan —confesó Claire, recurriendo a cualquier artimaña femenina que le quedara. Dejó que las lágrimas inundaran sus ojos, autenticas lágrimas de temor por Malcolm—. Lo amo y tengo que apoyarlo, como él me ha apoyado a mí.
Aidan se ablandó.
—Sé que lo amas profundamente. No creo que esté encarcelado durante mucho tiempo. Probablemente, pagará un precio elevado en monedas y tierras por la agresión. Muy bien. Encontraremos nuestros aposentos hasta que sea liberado. Pero —dijo ferozmente—, no harás nada para empeorar las cosas.
Claire rápidamente asintió con la cabeza.
—Acepto.
—Me obedecerás, Claire —añadió él.
Aunque no estaba segura de lo que quería decir, asintió con la cabeza otra vez.
—De acuerdo.
Entonces vio a Moray, mirándoles fijamente desde los escalones del salón.
Divide y vencerás, pensó, sus entrañas sacudiéndose con enfermizo temor.

Malcolm se tensó. Claire estaba buscándole, llena de desesperación. Podía sentirla correr a toda prisa por los corredores del palacio perdida y confusa. La alarma lo llenó. No debería buscarlo, mientras él fuera prisionero del rey. No era seguro para ella buscarle ahora. Linlithgow no era seguro.
Malcolm, ¿dónde estás?
Había estado acostado en un estrecho camastro en el suelo de piedra de su celda. Se sentó. ¡Claire, regresa! ¡No vengas!
Pero ella no le contestó y supo que no le había oído.
Se dio cuenta de que estaba demasiado asustada para oírlo.
Escuchó su llamada de nuevo.
¡Malcolm, ayúdame a encontrarte!
Claire, hay guardias. Vuelve a tu cámara, ordenó. Pero sabía que no le obedecería, como no hacía nunca, y tuvo miedo por ella.
Sintió que la desesperación de ella se intensificaba. Sintió que estaba perdida en el laberinto de pasillos. Pero sintió su presencia. Estaba más cerca ahora. Y luego oyó su grito y la vio de pie en un sombrío y oscuro pasillo. Estaba cara a cara con Moray.
Moray sonreía con malvada anticipación.
¡No!
Ella estaba corriendo. Malcolm la alentó a correr más rápido. Claire gritó otra vez, sonó tan alto que debía estar afuera de la puerta de la celda, y oyó la risa de Moray. Malcolm golpeó furioso y desesperado la puerta de la celda. ¡Tenía que ayudarla a escapar de Moray!
Y sabía que a Claire le estaban fallando las fuerzas. Sollozaba, tratando de correr, pero sus piernas se habían vuelto extrañamente inútiles. Él agarró la puerta para arrancarla de los goznes. Y antes de que pudiera hacerlo, la puerta se abrió y Claire estaba allí.
Jamás había estado más feliz de ver a alguien.
Ella lanzó un grito aliviada, echándole los brazos al cuello y aferrándose a él estrechamente. La sostuvo con fuerza, dudando que pudiera dejarla ir alguna vez, le daba gracias a los Antiguos por ser compasivos con la vida de ella. Mientras la sujetaba, le preocupaba el cambio, y la gran cantidad de calor que comenzaba, no precisamente en sus ingles, las cuales se endurecían a toda prisa, sino en su pecho.
Ella le sonrió, sus ojos verdes brillaban con lágrimas no derramadas.
—No deberías haber venido —dijo, alzándole la cara. No podía esperar para besarla, y cada centímetro de él pulsaba con fuerza explosiva. Dios, tenía que tomar a esta mujer y tenia que hacerlo ahora.
Reclamó su boca, tratando de ser suave porque ahora sabía que a ella le gustaba comenzar despacio. A pesar de todo, era un hombre y la empujó contra la pared, separándole los muslos con los suyos, la urgencia atormentaba su cuerpo. No podía esperar. La derribó en el camastro.
La inmovilizó allí. La ropa de ella había desaparecido, así como la suya. Profundizó el beso y a pesar de la urgencia que lo consumía, se deslizó despacio en ella, temblando y jadeando mientras lo hacía, luchando por su autocontrol. Amaba su caliente y mojada carne apretada.
Claire jadeó con placer, mientras él lo hacía.
Palpitaba tan intensamente que estaba listo para correrse, y ella también. Levantó la cabeza para sonreírle, rompiendo el beso. Te amo, muchacha.
Los ojos de ella se abrieron de par en par y luego hundió la cara en su cuello, lanzando un grito de placer. La alegría de él comenzó. Y entonces la puerta golpeó ruidosamente contra la pared de piedra.
Malcolm se despertó, al instante dándose cuenta que había estado soñando. Pero le había parecido real, y estaba tan excitado como si Claire y él estuvieran realmente juntos en la cama. Yacía boca abajo sobre el camastro, y como compartía con Royce el aposento de lo alto de la torre, respiró con fuerza, luchando por recuperar la compostura.
—Levantaos.
Malcolm se percató de que la orden no iba dirigida a él. Había estado usando su capa como manta, y la apartó, sentándose. Royce estaba siendo seleccionado por los dos guardias. La alarma se inició.
Su tío se puso de pie en el centro de la torre, con las muñecas atadas al frente. Malcolm se levantó despacio, con cautela. Había cuatro aberturas espaciadas regularmente en los muros de la redonda torre, y Malcolm vio un cielo nocturno lleno de estrellas y una luna en lo alto. No podía pasar mucho de la medianoche. Los prisioneros eran ejecutados a plena luz del día con público, así nadie podría malinterpretar la magnitud de la prerrogativa y el poder real. Así que esto no era una ejecución. La alarma de Malcolm se relajó, pero no demasiado.
Si bien, la cara de su tío era tan inexpresiva que podría haber estado hecha de piedra, sintió una tensión rasgueando en él. Fugazmente, Malcolm se quedó desconcertado. El calor se sintió sexual.
—Vos venís con nosotros —le dijo un guardia a Royce.
—¿Dónde lo lleváis? —exigió Malcolm con la entonación del laird de un gran clan que esperaba ser contestado inmediatamente.
Un de los guardias le echó una mirada.
—No es asunto vuestro.
Malcolm acechó con bastante facilidad y se quedó asombrado al descubrir que la reina Juana había pedido que a Royce le llevaran a sus cámaras privadas. Incrédulo, miró a su tío otra vez.
Él no era tonto. Todos, excepto el rey, sabían de los apetitos carnales extremos de su esposa y sus numerosos amoríos. Sólo había una razón para que la reina convocase a Royce a tal hora. Pero en nombre de todos los dioses, ¿cuándo había atraído Royce su interés?
Él acechó otra vez y vio a Royce y a la reina, apasionadamente entrelazados en la cama real. Peor, sintió el regocijo de su tío, su despreocupación, y sintió su lujuria.
Esta no era la primera vez.
La cabeza de Royce podría terminar en el tajo. ¿Es qué estaba loco?
Royce le miró a los ojos y murmuró:
—Ningún hombre puede rechazar a su señor.
Royce abrió su mente completamente. Y Malcolm vio el inmenso abismo de agotamiento y soledad de su tío, y se dio cuenta de que estaba cansado de su vida.
Royce no miró hacia atrás mientras era conducido fuera de la torre.

Claire podía sentir la presencia de Malcolm.
Pero el palacio era un laberinto de corredores oscuros iluminados por ardientes candelabros de pared. En el exterior de cada ventana por la que pasó, la luna estaba más llena y más brillante de lo que había estado la noche pasada.
¿Malcolm, dónde estás? gritó con desesperación.
Pero no hubo ninguna respuesta.
Tenía que encontrarlo; tenía que asegurarse de que estaba bien.
Claire hizo una pausa, respirando con fuerza con su espalda contra una pared en una galería del piso superior, absolutamente sola. Era muy tarde y ningún juerguista rezagado estaba en el salón escaleras abajo, donde había habido un formidable banquete de cena.
¡Malcolm, ayúdame a encontrarte!
Él no contestó. Claire tembló con desesperanza. Pasó rápidamente, el interminable pasillo, las sombras alargadas, oscurecidas. Y entonces sintió su presencia. ¡Estaba cerca!
Una puerta apareció y ella la agarró, llena de anticipación, segura que Malcolm estaría al otro lado. Se lanzó a abrirla.
Moray sonrió con los blancos dientes brillando y los ojos rojos.
Claire gritó, cerrando de golpe la puerta en su cara y corriendo por el pasillo. Creyó que él la seguía y dobló una esquina, entrando en otro interminable corredor, negro. Pero ahora sintió más cerca a Malcolm. Vio una puerta delante y tiró abriéndola.
Moray se rió de ella.
Claire se giró y volvió corriendo por el camino que había venido, gritando ahora de miedo y desesperación, pero sus piernas rechazaron moverse. Ella corría, pero no iba a ninguna parte y él estaba a punto de agarrarla.
Quería despertarse. Entró corriendo en otra puerta negra. Esta bloqueó su camino.
Una mano la tocó desde atrás... Moray.
Claire agarró la manilla de la puerta, el temor a Moray estaba allí. Se dijo a si misma que no la abriera pero tenía que encontrar a Malcolm, y la abrió.
Malcolm estaba frente a ella con sus plateados ojos ardiendo.
Claire lanzó un grito de alivio, echándole los brazos alrededor y aferrándose a él por su vida. Él la encerró en su abrazo caliente, su cuerpo duro, poderoso y seguro.
Intentó decirle que Moray estaba detrás de ella, siguiéndola, y que sus vidas estaban en juego.
—No deberíais haber venido —dijo él, alzándole la cara.
Y Claire sintió que su virilidad se endurecía. Esto era enfermizo, pensó mientras el deseo la vencía. Pero él ciñó su agarre y su boca cubrió la suya y no tuvo posibilidad de decirle que Moray estaba allí, esperando para atraparlos a ambos.
Él la hizo descender, no al suelo de piedra, sino a la suave cama donde ella había dormido.
Era tan real.
Su cuerpo duro inmovilizó el suyo y los fuertes muslos la abrieron para él. Su ropa había desaparecido y también la de él. Claire dirigió sus manos sobre su ondulante espalda, amando la sensación de su piel caliente, resbaladiza. Si estaba soñando, no quería que se terminara. Él profundizó el beso y despacio deslizó su enorme longitud en ella.
Claire jadeó con placer, así como lo hizo él.
No puedo estar soñando, pensó de algún modo. Era demasiado vivido y real para ser un sueño y la onda de placer comenzaba, haciéndose más intensa y más intensa mientras él se movía dentro de ella. Su cuerpo estaba estirado, tenso, convulsionando alrededor de él, estaba hinchado por completo, en la forma en que lo hacía tan a menudo, y lo sintió palpitando dentro de ella. También notó como le sonreía.
Él levantó la cabeza, rompiendo el beso, palpitando con la necesidad de correrse, y ella vio el amor brillar en sus ojos. Él sonrió cuando se movió en su interior otra vez.
Te amo, muchacha.
Claire apenas podía creer lo que había oído. Se quebró, la onda de delirio rompió sobre ella, y él jadeó. Se agarró con fuerza con sus palabras haciendo eco, y la alegría comenzó. Abrió los ojos para decirle que también lo amaba, más de lo que nunca se imaginaría, y las sombras oscuras la saludaron.
Estaba inmensamente sola en su cama.
Claire se sentó, jadeando y respirando con dificultad. Estaba cubierta de sudor y el camastro estaba mojado.
Había estado soñando, el sueño más vivido y tangible que había tenido nunca. Se había sentido como si realmente él hubiera estado haciéndole el amor.
Jadeando, se recostó contra las almohadas. Le habían permitido usar la cámara destinada a Malcolm. Sus ojos comenzaron a adaptarse a la oscuridad mientras su excitación disminuía. El miedo por Malcolm regresó. Todavía no sabía dónde le habían llevado o cual era su destino. Aidan había prometido que lo descubriría. Un pequeño fuego ardía en el hogar. Miró hacia allí, y lanzó un grito.
Un hombre estaba sentado allí, en las sombras.
Por un momento Claire se paralizó temiendo que fuera Moray. Agarró la piel y la llevó a su barbilla.
—Soy yo —dijo Aidan concisamente.
La incredulidad comenzó. ¿Qué hacía él allí, en su cámara? Estaba sentado a unos metros de su cama, mientras ella tenía un sueño muy sexual y orgásmico. Esperaba no haber jadeado en voz alta.
—¿Qué demonios haces aquí?
Él se puso de pie, entrando en la luz. Cuando estuvo en pie, el pálido leine se arremolinó, revelando una excitación muy evidente.
—Estaba protegiéndote —dijo, con voz poco clara.
Ella apenas podía hablar.
—¡Eres un bastardo!
Él se tensó.
—Gritabas de placer. Yo estaba fuera en el pasillo. ¡Pensé que estabas con un deamhan, quizá Moray!
Claire no podía encontrar la calma. Sus mejillas ardían.
—Estaba teniendo un sueño —dijo con aspereza—. Con Malcolm.
—Sí. —Él le dio la espalda.
No le gustó el sonido de aquella única palabra, y una terrible sospecha se originó. Claire saltó de la cama, llevándose el cobertor con ella.
—Por favor, dime que no acechaste en mi mente.
Él no contestó, encaminándose hacia la puerta.
—¿Puedes acechar en un sueño, Aidan? —exigió rígidamente.
—Te veré al amanecer —dijo él, llegando a la puerta.
Claire cogió la jarra de agua y se la lanzó con tanta fuerza como pudo. Esta le golpeó en plena espalda. Él se dio vuelta.
—¡Cómo te atreves a espiarnos a Malcolm y a mí!
—Vine aquí para protegerte —dijo con aspereza. Pero la luz del fuego jugó en un lado de su cara y estaba ruborizado.
—¡Estabas acechado en mi sueño! ¡En realidad podrías haber estado también mirándonos hacer el amor! —estaba consternada—. ¿Qué viste?
El rostro de él se tensó.
—Era sólo un sueño, Claire. No era real.
—¡Lo viste todo! —gritó ella—. ¡Me observaste hacer el amor con Malcolm!
Vio como el rubor de él se intensificaba. Por fin, dijo suavemente:
—No pude evitarlo. ¿No me viste tú con Isabel?
Claire lo contempló, y luego una gran cólera comenzó.
—Entré allí por casualidad y me marché un segundo más tarde.
—Soy un hombre. Tú, una mujer. Ningún hombre podría desentenderse de tal sueño.
—¡Sal de aquí! —gritó ella.
—Deberías estar contenta de que me preocupe por ti. No entré en tu sueño e intercambie el sitio con mi hermano, aunque eso era lo que quería hacer —arremetió él.
Escandalizada, Claire dejó caer la piel. Desnuda, se puso de pie allí estremeciéndose, incrédula y enfurecida. ¡El que fuera medieval y estuviera sexualmente obsesionado no era una excusa aceptable! Entonces agarró la piel, se cubrió con ella y corrió hacia la puerta. Tiró de ella para abrirla.
—¡No tienes moral alguna! —le gritó.
Pero Aidan se estaba yendo.
Claire cerró de golpe la puerta.


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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:49 pm

Capítulo 18

Royce estimó que pasaba una hora de la medianoche. Caminó entre los guardias armados en la antecámara de la reina, donde dos de sus damas lo observaban, coléricamente abochornado. Estaba furioso, y debido a esto la sangre llenaba su virilidad. No se oponía a follar a una mujer hermosa, pero aborrecía ser desleal a su señor feudal, el rey. Sin embargo, hacía un año y medio que había fallado al superar a Juana Beaufort, la cual era muy inteligente, y había tenido la tarea, agradable y desagradable por igual, de darle placer hasta que lloró por clemencia. Sabía exactamente lo que ella quería ahora.
Las damas susurraron y se rieron tontamente, comiéndose con los ojos su abultada túnica. A veces la reina prefería una orgía a un amante sólo, aunque sabía que no sería el caso esta noche.
Les sonrió, pero su sonrisa estaba tan rígida y tensa como su cuerpo. Que recordara que había sido convocado por Su Majestad como si fuera su esclavo sexual.
Su amorío había comenzado seis meses después de la coronación. El lujurioso interés de la reina había comenzado cuando le había rendido pleitesía a ella y al rey. En aquel entonces no había habladurías sobre sus apetitos voraces. Se había arrodillado, haciendo sus votos, sorprendido de encontrarla en cada pizca tan hermosa tal y como los poetas afirmaban, y después la había acechado. Se quedó impresionado al descubrirla pensando las diversas maneras en que podría mamarle, follarle y montarle.
Por supuesto, había estado excitado. No había deseado nada más que saltar sobre ella en ese mismo instante, pero era políticamente peligroso. Había escapado de la corte inmediatamente después de la coronación, pero seis meses más tarde, los asuntos de la Hermandad habían requerido su vuelta. No tuvo escapatoria o negativa para su reina entonces. De hecho, había estado esperándolo. Había manipulado a la Hermandad para que le enviaran allí. No negaría que había disfrutado en su cama cada momento. Pero ella se había enfadado mucho cuando volvió a Carrick. Desde entonces le había enviado misivas en dos ocasiones.
En la primera, solicitaba su presencia en la corte. En la segunda, picada, lo había convocado. Él había explicado cortésmente, en ambas ocasiones, que los grandes asuntos del condado le impedían volver a la corte. No habría sido atinado mantener un romance con ella entonces, como tampoco era inteligente hacerlo ahora.
Pero era la reina, y no podía negarse a ella. Así que le dejaría usarlo... y él la usaría a cambio.
Entró en la cámara privada, la puerta se cerró tras él, ambos guardias se quedaron fuera. La amplia y bien equipada cámara, estaba iluminada con candelabros de pared, velas y el fuego del hogar. La reina estaba de pie mirando al fuego, de espaldas a él. Llevaba puesta una larga enagua, de un amarillo dorado del color de su pelo, el cual caía en suaves ondas hasta sus caderas. La enagua era transparente. Miró sus nalgas rechonchas y se endureció aún más.
Los hombros de ella estaban rígidos.
—Cómo osaste rechazarme.
Él entró en su mente. Ella estaba chorreando, mojada y lo montaba, gritando de placer. Se la acercó y alzó sus muñecas atadas por encima de la cabeza de ella. Entonces deslizó sus brazos hacia debajo de manera que ella quedó dentro de su atado abrazo, encerrada, y empujó su verga contra una cadera.
Ella tembló.
—Sé que me has echado de menos —murmuró, con la lujuria cebando su rabia—. Admítelo.
—Rechazaste mi convocatoria —jadeó—. Tu destino pende de un hilo.
—¿Ah sí? —se rió—. No me importa si tomas mi cabeza, Juana. No me importa si la toma el rey. —Bajó los brazos y frotó la cuerda contra su inflamado pubis.
Ella jadeó y se apoyó hacia atrás contra él, palpitando contra la cuerda abrasiva.
—Cómo te atreves...
—¿Me trajiste aquí para conversar? —preguntó, moviendo la boca contra su oreja. Mientras lo hacía, la alejaba del hogar.
—Tú sabes lo que quiero —dijo ásperamente con el tono todavía lleno de cólera—. Si alguna vez me rechazas de nuevo...
La empujó hacia la pared y usó un muslo para separarla hasta que ella montó los músculos de ahí.
—No me posees, Juana. Nunca te confundas. Tendrás mis favores sólo si deseo dártelos. Y estoy de humor para concederlos esta noche.
Ella temblaba salvajemente ahora.
—¡Date prisa, Ruari!
Sonrió y se frotó contra sus nalgas.
—Desata las cuerdas.
Al instante, ella tanteó para obedecer. Cuando sus manos estuvieron libres, él apartó la enagua de su camino y se apoderó de su sexo. Ella comenzó a jadear, goteando humedad.
—Pero, tan lujurioso como estoy, necesito un favor de ti a cambio de mis favores.
—¿Qué? —jadeó, entremezclando el ultraje con el deseo.
Le alzó una de las piernas en lo alto con su muslo, se arqueó y empujó su enorme glande contra el palpitante calor mojado.
—¿Quieres que esto entre en ti? Libera a Malcolm. Libéralo ahora.
Ella tembló de furia.
—¡No negocio con nadie!
Él se rió y empujó un par de centímetros escasos dentro de ella.
—¿De veras?
Ella jadeó, gimiendo, tratando de contonearse hacia abajo por su longitud.
Dio un paso alejándose de ella.
Ella necesitó un momento mientras permanecía de pie apretada contra la pared, temblando y cerca del clímax. Giró en redondo y le golpeó la cara. Él sólo sacudió la cabeza, divertido y se despojó de la túnica.
Ella le miró y se ahogó en un sollozo.
—¡Cómo te atreves a regatear conmigo ahora!
Él dio una pasada con su mano sobre su longitud.
—Ordena que los guardias lo liberen.
Le contempló jugueteando consigo mismo.
—Es prisionero del rey.
La brindó una mirada.
—¿Es que no deseas follar toda la noche? ¿Acaso no recuerdas que nunca me canso, nunca flaqueo? ¿No deseas poner tu lengua aquí?
Las lágrimas rodaron por el rostro de ella.
—Puedo hacer que pagues un alto precio, Ruari.
La ignoró.
—Quiero hacer que te corras, Juana. Quiero hacer que te corras cien veces. —Ella jadeó, y supo que se correría en el instante en que la tocara—. Pero mi deber es para con mi sobrino. Ambos sabemos que puedes controlar a tu marido cuando quieres. Libera a Malcolm.
Un momento antes de que hablara, estaba encendida de excitación y respiraba con mucha dificultad.
—Creo que no te importa si mueres. Pero debes saber que puedo liberarlo hoy y encarcelarlo mañana.
—Es tu derecho. Soy un hombre viejo, cansado al que no le importa si muero por tu mano o la del rey. —Quería que se decidiera. Estaba listo para ir dentro de ella ahora y divertirse enormemente.
Entendió lo que él quería decir al instante. Sus ojos se abrieron de par en par.
Él ya no sonreía. Si tenía que exponer la infidelidad de la reina, que así fuera. Perdería la cabeza, pero ella nunca recuperaría su poder perdido.
—Si no fueras un amante tan magnifico —dijo ella—, te mataría con mis propias manos.
—Quiero follarte, mujer. Date prisa.
Ella giró hacia la puerta y la abrió.
—Poned en libertad a Malcolm de Dunroch. Es libre de abandonar la corte esta noche.
Royce comenzó a sonreír, muy satisfecho. Dio unas zancadas hasta ella mientras ésta cerraba la puerta y antes de que pudiera estar de frente a él, le puso los brazos alrededor, agarrándola entre sus muslos. La elevó más alto. Ella se quedó quieta, convulsivamente, con impaciencia, y él sintió que su excitación crecía a un punto de fiebre.
—¿Quién es el amo ahora? ¿Quién es el esclavo?
La roja necesidad lo cegó; se impulsó profundamente.
La reina sollozó en su liberación.

Claire no podía dormir. La luna estaba llena y ella la miraba fijamente a través de su ventana. Había soñado muchas veces con intentar buscar a Malcolm, y sentía la necesidad de hacerlo en ese mismo instante, al final de la noche. Por otro lado, sabía que estaría bajo vigilancia y por lo tanto le sería imposible hechizar a sus guardias para que le permitieran verlo. Además allí también estaba Moray.
La última cosa que quería era encontrarse nuevamente con él, en medio de la negra noche mientras estuviera solo en el palacio.
Dejó de contemplar el brillo de la luna y se concentró en mirar fijamente el fuego. ¿Qué les sucedería ahora a Malcolm y a su tío? ¿Serían castigados por asaltar a Sibylla? ¿Estaría aún viva Sibylla? ¿Y cómo iban a tratar ahora con Moray?
Claire percibió la presencia de Malcolm.
Desconcertada, miró hacia la puerta cerrada. Entonces la puerta se abrió y Malcolm entró en el cuarto. Claire gritó de felicidad, mientras corría hacia sus brazos. La sostuvo firmemente.
—¿Esto es acaso un sueño? —exclamó sorprendida consciente de su calor y de su fuerza.
Él sonrió tiernamente.
—Esto no es ningún sueño. Royce está ahora con la reina. Son amantes. Imagino que ha usado sus poderes de persuasión para ordenar mi liberación.
A Claire no le interesaba hablar de Royce en ese momento. Tocó la mejilla de Malcolm, y para su sorpresa él apretó su mano allí. Sus ojos brillaron débilmente como si se encontrara sumido en un sueño profundo. Claire se tensó. Habría dado todo por escucharle decir esas palabras.
—Soy libre por fin.
Él dejó caer su mano, y la sostuvo en su hombro.
—¿De verdad lo eres?
—Sí Claire, ¿pero crees que sería capaz de abandonar a mi tío ahora? Mientras se mantenga en contra de la reina, estará en peligro constante.
Observó lentamente la habitación.
Claire dudó, y comprendió que el amorío que mantenía Royce con la reina, podría convertirse en algo muy peligroso para él.
—Malcolm, si el asunto de Royce se descubre, nadie podrá ayudarlo. Tendría que escapar para poder salvarse.
Una mirada angustiada atravesó la cara de Malcolm y rápidamente se giró para mirarla a los ojos.
—¿Por qué crees eso?
Él agitó su cabeza.
—No, no escapará, Claire. Pienso que a él ya no le importa, lo que pase en este mundo.
—¿Qué quieres decir con eso?
Ella fue hacia Malcolm, pero él la miró con sospecha.
A Claire no le gustó esa mirada y por ello se tensó.
—Claire, ¿qué pasó en este cuarto esta noche?
Cuando percibió sus peligrosos celos, se dio cuenta que ya había olvidado el terrible encuentro que tuvo con Aidan.
—Nada —quiso explicarle.
Miraba fijamente la cama.
—Soñé hace unas horas contigo. Y en mi sueño te veía huyendo de Moray —dijo Malcolm suavemente. La miró al fin—. Entonces te vi, conmigo, en la cama. Sentí el momento en el cual obtuviste placer esta noche, Claire.
—Yo también estuve soñando contigo —susurró aturdida—. Fue todo tan real.
—¿Y por qué siento la esencia de Aidan en la habitación?
Claire se tensó. Nada bueno iba a resultar de eso.
Él empezó a temblar de furia.
—No puedo creer que hayas roto nuestro juramento. ¿Qué hacía mi hermano bastardo contigo en esta habitación? ¿Es que acaso trató de seducirte mientras estuve encerrado en la torre?
—¡No! —gritó. Entonces agarró sus manos—. Estuvo cuidando de mí, Malcolm, todo lo hizo por ti.
Era imposible que intentara defender a Aidan ahora.
—Obtuve placer esta noche —susurró débilmente—. Pero sólo fue en un sueño, estuve junto a ti y fue algo maravilloso. Me escuchó desde el vestíbulo y supongo que creyó que podía estar con un demonio. Sólo vino a rescatarme. Esa es toda la verdad —dijo firmemente.
Malcolm la miró a los ojos. Claire odiaba ser juzgada por omisión.
—Por favor, perdónalo —dijo roncamente—. Es tu hermano. Debéis ser aliados, no enemigos.
La mirada de Malcolm se heló.
—Debe apartarse de ti. Ya he tenido suficiente de la lujuria que siente por ti.
—No me desea —gritó. Él frunció el ceño—. ¡Malcolm! Todos los Maestros son difíciles de satisfacer en cuanto al sexo. ¡Aidan sólo desea para él a alguien que sea joven, hermosa y femenina!
Parte de su tensión disminuyó.
—¿Entonces tu quieres que él y yo seamos amigos? —estaba claramente consternado.
—Sí, así debe ser.
—Es el hijo de Moray. Es un granuja. —Era reacio y su expresión le demostró que no confiaba en Aidan. ¿Y cómo podía hacerlo, si Aidan se comportaba tan errónea y egoístamente? Algunas veces ella le creía, pero en otras ocasiones le era prácticamente imposible confiar en él.
Malcolm se apartó. La miró con deseo.
—Te necesito Claire. En la cama. Quiero hacértelo lentamente.
Los ojos de Claire se ensancharon.
¿Estaba diciéndole que quería hacer el amor con ella? ¿O sólo que quería tener sexo, pero de una manera menos frenética?
Ella asintió. La tensión que provenía de él era buena, no había allí nada oscuro, ni negativo.
—Está bien —dijo suavemente, casi jadeando—. Nos quedan unas horas antes del alba.
Sonrió despacio, esa fue la sonrisa más seductora que ella había visto alguna vez en su vida. Su cuerpo ardió en llamas.
Más allá de su hombro, y a través de la puerta abierta, pudo ver a Aidan, que bajaba del vestíbulo. Claire estuvo a punto de desmayarse. Ya era demasiado tarde. Malcolm se volvió. Aidan intentó entrar a la habitación, pero se arrepintió cuando se dio cuenta de la presencia de Malcolm.
¡Márchate! pensó Claire silenciosamente, mientras oraba para que Aidan pudiera escucharla.
Pero sólo la observó brevemente, mientras entraba en la habitación.
—¿Ya estás libre? —preguntó a Malcolm con evidente alivio.
—Sí. —Malcolm sonrió fríamente—. Y ya estoy cansado de que mires con lujuria lo que es mío.
La expresión de alivio de Aidan desapareció y sonrió fríamente.
—Yo jamás tocaría a la mujer de otro.
Luego se marchó y caminó en el vestíbulo, hacia la habitación que había compartido con Isabel.
Claire sobrepasó a Malcolm y cerró de un golpe la puerta.
—Estoy muy orgullosa de tu comportamiento —empezó a decir, cuando súbitamente sintió miedo y supo que algo terrible estaba a punto de pasar.
Malcolm también lo sentía, porque se puso rígido, y su expresión denotaba alarma, una expresión que ella odió en ese instante.
—¿Qué pasa? ¿Qué está mal? —preguntó con temor creciente.
Antes de que Malcolm pudiera contestarle, un alarido horrible invadió el silencio. Era un lamento de angustia, de protesta, de ultraje.
—¡Aidan! — exclamó Malcolm.
Abrió la puerta rápidamente. Claire lo siguió, sin saber si había identificado ese alarido correctamente, porque no pudo reconocer la voz de Aidan en ese sonido tan crudo. Ahora sólo se sentía un silencio terrible y aterrador.
Malcolm corrió con Claire, esquivando muchas de las habitaciones. La puerta de Aidan estaba entreabierta y Malcolm entró en su cuarto al mismo tiempo que Claire. Ella vio a Aidan arrodillado con la cabeza inclinada. Durante un segundo pensó que estaba orando. Y entonces vio a Isabel.
Estaba de espaldas, desnuda, con el pelo suelto desordenado y su mirada estaba vacía y ciega.
Claire gritó de horror. Y luego vio la ligera sonrisa en el rostro de Isabel.
Malcolm se arrodilló.
—¿Puedes identificar los poderes del que hizo esto?
Aidan no le contestó. Aún estaba consternado, quieto como una estatua, mientras miraba fijamente a su mujer.
Malcolm tocó a Isabel e hizo un gesto para mirar a Claire.
—Está fría. Se ha ido.
—Cierra sus ojos —dijo Claire con severidad.
Se acercó a Aidan y se arrodilló, mientras tocaba su hombro cuidadosamente. Vio el temor en su cara y miró a Malcolm.
—Moray hizo esto. —No tenía ninguna duda—. Ayúdalo, por favor.
Malcolm levantó a Isabel y la puso sobre la cama, luego la cubrió completamente con una sabana. Cuando hizo esto, Aidan se puso de pie. El temor desapareció de su expresión. Miró fijamente el cadáver de Isabel, sus ojos quemaban por el odio, y Claire supo que estaba deseando la venganza.
—Aidan —dijo Claire. Resuelta, intentó tomar su mano—. Lo siento mucho. Ven, siéntate. Aún estás aturdido.
Se liberó de ella sin mirarla. Claire no sabía si le había escuchado o si al menos sabía que ella estaba ahí. Luego caminó hacia la puerta.
Malcolm corrió para intentar alcanzarlo y le bloqueó la salida.
—No puedes derrotar a Moray. Si intentas luchar contra él, morirás.
Aidan sonrió fríamente.
—¡Apártate de mi camino!
—No lo dejes ir —susurró Claire.
Malcolm evadió la mirada de su medio hermano.
—No voy a permitir que vayas a cazar a Moray.
—¡Apártate de mi camino! —gruñó Aidan.
Sus dientes brillaron fuertemente y la saliva goteó de su boca.
Su expresión era sin igual y aterradora. Claire nunca había visto una mirada tan salvaje en la cara de un hombre.
Aidan le gruñó a Malcolm. Ese sonido estaba lleno de amenazas y era increíblemente bestial. El vientre de Claire se tambaleó. Tenía un presentimiento muy negativo, pero no sabía que hacer.
Entonces vio como la mandíbula de Aidan crecía a proporciones imposibles.
Malcolm se puso rígido.
—¡Aidan! —fue un lamento de alarma y de protesta.
Aidan le gruñó de nuevo. Esta vez no había ninguna duda, no era humano, era una bestia. Y ante sus ojos vio aparecer a un lobo gris en su lugar.
Claire gimió, mientras retrocedía asustada. El lobo se detuvo, y se ensancharon sus colmillos, los gruñidos se aumentaron, y anunciaba sus evidentes intenciones de atacar a Malcolm hasta matarlo.
Claire estaba aturdida, pero comprendió lo que sucedía al instante. Si cambiar de forma era uno de los principios fundamentales de la cultura celta, ¿por qué estos Maestros no iban a tener la habilidad de convertirse de hombres a bestias? Si no lo hubiera visto con sus propios ojos, nunca lo hubiese creído. Lo que no sabía era si Aidan permanecía dentro del animal, o si sólo se había convertido en una bestia asesina sin ninguna humanidad.
—Malcolm, conviértelo de nuevo —dijo con el corazón a punto de estallar.
El lobo les gruñó una vez más y destilaba saliva de sus colmillos. Claire tenía miedo de que atacara a Malcolm en cualquier momento.
Malcolm no se movió.
—Pensé que no podías cambiar de forma —dijo despacio—. Aunque alguna vez escuché que te llamaban el Lobo Temerario. —Dudó un poco—. No hagas esto. Claire tiene razón. Por favor hermano. Juntos cazaremos a Moray, así es como los hermanos deben hacerlo.
El lobo gruñó y saltó. Su ataque era tan poderoso que Claire supo que Malcolm no podría defenderse de esa bestia sobrenatural. Gritó asustada.
Pero Malcolm se agachó antes de recibir el ataque y el lobo pudo saltar fácilmente encima de él. Corrió hacia el vestíbulo con tal velocidad que sus patas escasamente tocaron el suelo.
Malcolm lo siguió, al mismo tiempo que Claire. El lobo corrió hacia el corredor bajo la ventana. Ellos trataban de alcanzarlo.
—¡Aidan, no lo hagas! —gritó Malcolm.
Ya era demasiado tarde. El lobo saltó a través de la ventana, rompiendo a su paso los cristales. Claire no pudo controlarse y soltó otro grito de terror. Corrió con Malcolm hacia la ventana y miró hacia abajo. Ellos estaban en el tercer piso. Claire esperaba ver a un lobo aplastado en el piso de abajo, o quizá a un hombre en las mismas condiciones. Nada se vislumbraba en las sombras del patio.
Malcolm la tomó por el codo. Siguió su mirada. Y a la altura de la luna, vio a un halcón que volaba rápidamente en la distancia. Las lágrimas empezaron a caer de sus ojos. Claire lloró por Isabel, y también lloró por Aidan.
Malcolm la sostuvo entre sus brazos.

Malcolm sirvió para ellos dos vasos de vino. Claire aún estaba de pie en la ventana, mientras miraba al cielo nocturno marchitarse, poniéndose de color púrpura. Él le entregó el vino y ella se lo agradeció. Más lágrimas rodaron por su rostro.
Puso su brazo alrededor de ella.
—Tengo entendido que querías mucho a Isabel.
—¡Con todo mi corazón! —lloró—. Era dulce, sencilla, parecía más una niña que una mujer. Me recordaba mucho a mi prima Lorie.
Malcolm cambió su expresión oscura y ausente.
Claire limpió sus lágrimas. Quería lamentarse, pero no había tiempo para eso.
—Creo que debemos regresar a Dunroch. No podremos ayudar Aidan si el rey te envía a prisión. Tenemos que irnos de aquí lo más pronto posible.
La miró fijamente, mientras se veía condenadamente infeliz.
—Sé que estás preocupado por Royce y por Aidan. —Tomó sus manos—. ¿Lo admites al menos?
—Sí, estoy preocupado por ambos. Confío en tus palabras, Claire. Si no abandono este lugar pronto, quizá me encierren en la torre otra vez. Así no podré ayudarlos.
—¿Entonces nos marcharemos de aquí?
—Sí, justo al amanecer.
Ella no le permitió alejarse.
—Malcolm, me prometiste que me enseñarías a luchar. Está claro que estoy en desventaja aquí, en tu tiempo, incluso en la corte, porque no tengo ninguna habilidad para la lucha. Y ambos sabemos que necesitaré esas habilidades cuando vaya a casa, porque estaré rodeada por Maestros.
El pensamiento de ir a casa la entristeció más de lo que ya estaba, pero se ocuparía de sus sentimientos en otro momento. Tenía que aprender a luchar. Estaba cansada de la maldad. Ya había aprendido lo suficiente sobre la destrucción y la muerte.
Él se liberó de sus manos.
—Te enseñaré a luchar en Dunroch.
Claire sabía que estaba angustiado por su regreso a casa, pero no conocía sus pensamientos exactos.
—Debo regresar a casa al menos un tiempo —dijo con vacilación, deseando que él refutara sus palabras.
Él obviamente no estuvo de acuerdo.
Ella desistió. Ellos ya tenían suficientes cargas por ahora, y deseaba poder aliviar las preocupaciones de Malcolm, al menos un poco.
—Creo que Aidan está apresurándose en atacar a Moray en este momento. Después de todo Moray está aquí. No puede asaltar al Defensor del Reino en la corte. Es inteligente. Tendrá que calmarse un poco.
—Si Aidan intenta cazar a Moray, morirá. No tiene el poder para derrotar a su padre.
—¿Crees que conseguirá algún día ese poder?
—Los poderes de Moray provienen de Satán.
A Claire le llamaba algo la atención.
—Aidan es el hijo de Moray. Creo que genéticamente sus poderes son similares a los de su padre. Quizá pueda conseguir el poder que necesita, si no matamos a ese maldito bastardo primero.
—Quizá.
Ella nunca había visto a Malcolm tan ausente.
—¿Así que admites que él no es maligno?
Él parecía renuente.
—No, creo que es no malo.
Claire casi sonrió. Él era capaz de cambiar sus ideas profundas. Era de mente abierta, y eso significaba para ella, no cambiarlo en el futuro.
Un lobo aulló.
Algunos gansos huyeron asustados, entonces Claire y Malcolm intercambiaron miradas. El aullido continuó, un sonido de angustia y soledad. Y Claire estaba segura de que también era un sonido de culpa y de pesar.
Fue hacia Malcolm, quien se sentía triste. Puso un brazo alrededor de ella. El lobo aulló de nuevo. Aidan se sentía culpable, aun cuando Isabel sólo había sido un amorío pasajero.
—Se siente culpable —susurró ella.
—Sí. Él era su señor y falló en su deber. Su responsabilidad era protegerla de todo mal.
Moray fue capaz de hacerle eso a su propio hijo, pensó Claire severamente.
Un golpe sonó repentinamente en la puerta.
La expresión de Malcolm fue estoica, imposible de leer. Se dirigió a la puerta donde un guardia lo estaba esperando. Ella se puso nerviosa cuando escuchó dos palabras intercambiadas entre ellos en gaélico. Luego el guardia salió, pero no se sintió tranquila.
—¿Qué pasa?
Malcolm se acercó a ella y removió su cabello.
—No quiero que te preocupes, pero la reina me ha llamado.
A Claire le tomó sólo un momento enfurecerse y horrorizarse.
—¿Para qué te necesita en mitad de la noche? ¿Qué intenciones tiene? —gritó. Y antes que Malcolm pudiera contestar, dijo—. !Oh, déjame suponer! Se hartó de Royce y ahora quiere probarte a ti en su cama!
—Claire, no sabemos cuales son sus deseos. Sabes que no puedo negarme a acatar sus llamados.
—¿Y acaso tampoco te negarás para tener sexo? ¿Dónde demonios está el rey?
—No sé de que te preocupas. Jacobo debe regresar ya que casi amanece. No creo que desee tener un amante a esta hora.
Y entonces la sorprendió abrazándola y besándola ligeramente en la mejilla, de la forma en la que un marido de común lo hace antes de leer su periódico matinal.
Claire no pudo tranquilizarse. Lo miró marcharse, odiando su impotencia y la tiranía del rey y la reina. En ese un momento extrañaba como nunca libertad de una sociedad abierta y democrática.
Intentó recordar que no estaba segura de lo que la reina realmente quería. Pero maldita fuera, si sus sospechas eran correctas, Malcolm no le daría placer a la reina sabiendo que él le pertenecía a ella.
Claire se estremeció. La última cosa que necesitaban era que Malcolm cayera en el radar sexual de la reina. Puso los brazos alrededor de su cuerpo, mientras se preguntaba, si las ventanas estaban abiertas. Pero una mirada rápida le mostró que Malcolm había cerrado las ventanas. La cámara se puso irresistiblemente fría.
Por fin había empezado a comprenderlo todo. Claire se volvió despacio, con el temor creciendo muy dentro de su cuerpo.
Y el conde de Moray le sonrió con su rostro macabro, exactamente como lo hizo unas horas antes en su sueño.
—Te dije que regresaría por ti —murmuró.
El terror la superó y apenas podía pensar.
El deamhan abrió la puerta del armario y le ofreció su mano. Aterrada, la niña la tomó, él encendió la luz y ella pudo ver su rostro.
Claire gritó con horror.
—¡Eras tú!

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:50 pm

Capítulo 19

Malcolm caminó hacia el vestíbulo de la reina, pasando solo frente a un puñado de solemnes nobles y taciturnos soldados reales mientras lo hacía. Aún era temprano, el sol comenzaba a elevarse, el cielo estaba todavía de color rojizo. Indudablemente la juerga de la noche anterior había durado hasta la medianoche.
No sabía lo que deseaba la reina y temía que la llamada tuviera algo que ver con Royce. Como ahora no podría negar la extensión de su preocupación por Aidan, se sintió seriamente presionado. Pero había recibido permiso para marcharse cuando fue liberado. Cuanto antes consiguiera sacar a Claire fuera del palacio, mejor.
Y entonces vio a Royce saliendo del vestíbulo de la reina, dos guardias cerraron la puerta detrás de él y permaneció delante de ella. Royce le vio a su vez, y parecía estar tan asombrado como Malcolm.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó Royce.
Malcolm le dirigió una mirada superficial y decidió que estaba de una pieza.
—Fui convocado. Pensé que seguramente habíais molestado a Su Alteza.
Royce sonrió.
—Está muy complacida y duerme profundamente. Dudo que se levante antes de mediodía.
Malcolm comenzó a moverse.
—Fui convocado por la reina.
La sonrisa de Royce desapareció.
—Malcolm, acabo de dejarla. Sus órdenes fueron que nadie la molestara hasta que se levantase.
Y Malcolm se dio cuenta de que la llamada había sido una trampa.
—¡Claire!
Se dio la vuelta y bajó corriendo por el vestíbulo, con Royce detrás de él. Subió rápidamente dos tramos de escaleras. La puerta de su cámara estaba cerrada pero supo antes de abrirla que no estaba aquí. Mientras la abría, sintió el frío terrible en su interior.
Moray se la había llevado.

Claire se despertó.
Yacía en una losa fría, incómoda. Se tomó un momento para orientarse. Parpadeó, dándose cuenta de que estaba en una torre redonda y, a la vista del cielo gris en el exterior, a gran altura por encima de la tierra circundante. Recordaba la entrada de Moray en su cámara del palacio, con su sonrisa atemorizante, y después sólo había oscuridad.
Claire arañó la piedra. Ahora recordaba todo lo ocurrido la noche del asesinato de su madre.
Moray había sido el demonio que se había colado en su casa de Brooklyn esa noche. Había sido el demonio que abrió la puerta del armario y había tomado su mano, y le dijo que regresaría por ella.
Claire se atragantó con la bilis y el miedo. Ya no creía en las coincidencias. Sabía en su corazón, que era el demonio responsable del asesinato de su madre; que era el demonio que había querido perseguir y destruir para vengar a su madre.
Comenzó a estremecerse convulsivamente.
En lugar de eso, la había estado cazando.
Se giró hasta ponerse en cuatro patas y tuvo un ataque de náuseas.
¿Era eso lo que Malcolm quería, o ella?
Claire se puso en pie lentamente. Su daga y su arma habían desaparecido. Estaba indefensa.
Pero estaba indefensa aun con esas armas, porque hiriéndolo no se salvaría de lo que fuera que él planeaba.
Empezó a respirar profundamente. El miedo no iba a ayudarla ahora. Miró a su alrededor. La torre era mayor que la torre de Awe, pero sólo contenía una mesa pequeña, dos sillas y un jergón. Grabado en una pared había un símbolo que reconoció, el símbolo universal para el mal y el diablo. Un pentagrama negro en un extraño círculo le llamó la atención.
Había una jarra en la mesa. Claire asumió que contenía agua o vino, no iba a acercarse a ello.
Se encaminó hacia una de las dos ventanas de la torre. La torre tenía claramente varios siglos, y la abertura era de dos veces y media el tamaño de una flecha. Miró hacia afuera y vio por qué las ventanas eran lo bastante grandes como para acomodar a un hombre pequeño.
Había unos cien pies por encima del bosque. Nadie podría escalar la torre para entrar. El castillo estaba en la parte superior de unos escarpados acantilados y el bosque de abajo era de pinos, espeso e impenetrable. Era un día gris, ventoso. Olió la sal en el aire. No estaban lejos del océano.
Miró hacia el exterior, tratando de averiguar dónde la había llevado, pero el tiempo era tan gris y nublado que no pudo decidir dónde podía estar el sol. No tenía ni idea de dónde estaba.
Vaciló, estremeciéndose de un miedo que no pudo evitar. Entonces volvió a la ventana. Con la uña, comenzó a raspar una cruz en la piedra. Era débil y blanca, pero extrañamente reconfortante. Necesitaba a Dios ahora. Necesitaba a los Antiguos, también.
Lo sintió llegar.
Se tensó, el frío ártico entraba por la puerta de la torre, no del viento o del mar. La puerta negra se abrió y Moray entró. No se molestó en cerrar la puerta y le sonrió.
—¿Dónde estoy? ¿Qué quieres? —preguntó Claire. Y vio que él llevaba puesta la piedra de su madre.
—Estáis en Tor, Claire. Mi hogar en las islas Orkney.
Los ojos de Claire se agrandaron.
—Mataste a mi madre.
—Qué inteligente eres, Claire. Sí, lo hice. Era demasiado bella como para resistirse. —Tocó la piedra encantada.
—¿Por qué? —gritó Claire, los puños cerrados con fuerza, tan furiosa como asustada—. No fue aleatorio, ¿verdad? ¡La escogiste por alguna maldita razón!
—Perseguía a Alexander —dijo suavemente.
Eso detuvo a Claire un instante. El nombre de su padre había sido Alex.
—¿Qué?
—Perseguía a tú padre, Claire, y él me perseguía a mí. Habíamos estado haciéndolo durante cientos de años. Me condujo hasta tu madre. Su relación era pasajera, pero, como Malcolm, se atrevió a implicarse. Qué tonto. Un Maestro debería tener mejor criterio.
Claire no podía respirar.
—¡Dime quién es él!
—Pero ya has conocido a Alexander de Lachlan. Creo que le conoces como Ironheart.
Claire gritó. Sintió tal sacudida, tal incredulidad. Recordó la forma en que había mirado su piedra, su decisión de ayudarla a aprender a luchar, la sorprendente invitación a la Isla Negra.
—Oh, Dios mío.
—Los dioses no están aquí, Claire. Ningún dios se atrevería nunca a entrar en mi hogar.
Claire comenzó a temblar otra vez.
—Ironheart se unirá a Malcolm para destruirte —gritó.
—Dejé de perseguirle cuando asumió completamente sus poderes. Son enormes. Sospecho que tienes algunos de esos poderes, también, pero pasarán décadas antes de que te des cuenta de ellos. A pesar de su poder, falló al destruirme cien veces. Como los Maestros antes que él, tiene que volver sus esfuerzos hacia el Deamhanain que puede destruir. Aunque viniera detrás de mí, no me puede vencer. No hay un Maestro con vida que pueda.
Ella humedeció sus labios, su corazón latía frenéticamente.
—¿Qué pretendes? No creo de ningún modo que te hayas metido en todo este lío por una vieja rencilla contra Ironheart. Sé que no se trata de Malcolm, tampoco. Se trata de mí.
—¡Oh, desde luego que iría tan lejos para enfrentarme a tu padre! Me gusta darles la vuelta a los jóvenes Maestros, Claire. Nunca falla. Hacen al Deamhanain más poderoso cuando han madurado. Pero tienes razón. Jugaba con Malcolm. Pensé que cedería ante su lujuria, y ante mí, pero eso no tiene importancia. Hay otros Maestros a quienes perseguir. No, eres tú a quien quiero. Lo supe en cuanto te vi, cuando eras una niña.
Claire tuvo una terrible sensación de temor.
—Me suicidaré —dijo lentamente— antes de permitirte tocarme.
—No, no lo harás. Porque las hijas de los Maestros tienen un valor espacial para mí. Me proporcionan hijos fuertes, poderosos deamhan. Aunque te dejaré regresar con Malcolm, con mi bastardo. Lo puedes criar y amar, y luego un día lo verás adorarme.
—Estás enfermo.
—No, Claire, soy el diablo.
Claire retrocedió contra la pared. Negó con la cabeza.
—Tengo muchos disfraces —dijo suavemente—. Ven, querida —dijo, y sus ojos comenzaron a resplandecer, no plateados, sino rojos.
Claire apartó la mirada.
—¡Aidan no es malvado!
—Ah, bien, puede tener un defecto genético. Su madre es demasiado devota y creo que ese es el problema. Sin embargo, no he perdido la esperanza con él. Nunca perderé la esperanza con él. Es el único de mis muchos hijos que se atreve a desafiarme. Mírame —murmuró.
Claire sabía que estaba a punto de ser utilizada, y su vida nunca sería la misma. Este hombre había asesinado a su madre. Indefensa, miró sus ojos ardientes, pero mientras lo hacía, comenzó a rezar. Y para su sorpresa, las palabras formadas en su mente no eran en inglés o en latín, eran en gaélico.
Había estado escuchando a los highlanders hablando en su lengua materna durante semanas, pero no era un genio y no conocía el idioma. No supo cómo conocía esta oración, pero conocía cada palabra que pronunciaba. Era una suplica para Faola, la voluntariosa diosa que Malcolm afirmaba era que su antepasada, suplicando su ayuda y su protección.
Moray pareció encantado.
—No te ayudará ahora. Tan osada como es esa diosa, nunca se atrevería a enfrentarse a mí. Aquí, mi poder es absoluto. Aquí, los Antiguos me temen.
Claire jadeaba. Por el rabillo del ojo, vio la ventana de la torre.
—Te lo dije, no te dejaré morir. No saltarás. No quieres hacerlo.
Quiero hacerlo, pensó Claire. Y enfocó su mente contra él.
—No puedes bloquearme —dijo quedamente, divertido—. Mis poderes son enormes. Los tuyos son insignificantes en comparación.
Podía y lo haría. Y decidió saltar hacia su muerte.
—No te permitiré saltar —dijo con facilidad, obviamente leyendo su mente.
Y la ventana desapareció, se convirtió en piedra. Claire se quedó sin aliento, consternada. Una muerte segura había sido su única salida.
Y repentinamente, Claire sintió sus pensamientos. Había estado aferrándose desde el fondo de su mente, pero ahora la dejó ir.
—¿No hemos tenido suficiente conversación? Ahora sabes la verdad. No queda nada por decir. Y puedes quedarte tranquila, mi amor, pues te devolveré a Malcolm con mi bastardo en el vientre cuando haya terminado contigo. Ven a mí, Claire. —Extendió la mano—. Deseas venir a mí, ahora. Deseas mi toque, mis caricias, mi poder. Deseas el placer que te daré. Ven.
Y Claire se quedó aturdida. Por un instante, se vio en brazos de un hombre bien parecido, en las contracciones de un éxtasis sublime. Su cuerpo se volvió pesado, su carne comenzó a hincharse. El aire la envolvió, caliente y pesado, arremolinándose con fuerza, sintió como si estuviera siendo arrastrada por un viento poderoso.
—Te daré más placer que Malcolm —murmuró—. Noche tras día y día tras noche. Ven aquí. Se una buena chica.
Y Claire sintió que sus piernas se movían. Horrorizada, se dio cuenta de que caminaba hacia él, con el corazón acelerado, pero no por el miedo, por la excitación. ¡No debía permitir que la hipnotizara! Debía oponerse a su hechizo.
—No —dijo roncamente—. ¡No cederé ante ti!
Él sonrió, imposiblemente hermoso, y su lujuria espesó el aire, que se había convertido en su encierro y su jaula.
Las imágenes volvieron a aparecer en su mente, y se vio contorsionándose entre sus brazos. Expulsó de su mente la terrorífica fantasía. Se sumergió en la oración gaélica, vertiginosamente, pero miraba hacia la pared de piedra.
Se movió sobre ella, separando sus muslos. Un instante más y su enorme dureza estaría dentro.
Claire gritó, queriendo abalanzarse sobre la pared, arrojarse contra la piedra, cualquier cosa para expulsar a Moray fuera de su mente. Y vio a Malcolm.
Flotaba sobre la piedra, como una aparición, su mano extendida hacia ella.
Trató de alcanzarlo. Malcolm dejó de existir. Claire esperaba tocar la piedra. En lugar de ello, no sintió nada excepto aire.
Moray no había construido una pared de piedra. Había construido una ilusión.
—Claire —murmuró seductoramente.
Sintió que la mano de él reptaba sobre su espalda. En su mente, la empalaba y lloraba de placer.
Claire dio un salto.
Fue un salto como el de un tigre. Pero las piernas de Claire se movieron con sorprendente potencia y atravesó la pequeña ventana de piedra y salió hacia el húmedo y frío exterior.
El tiempo se detuvo. Mientras era lanzada hacia cielo, miró hacia abajo a los árboles que había debajo, y supo que estaba a punto de morir.
—¡Claire! —gruñó Moray, furioso.
Y el tiempo regresó y ella cayó.
Los árboles subieron rápidamente hacia ella. Cayó por la fuerza de la gravedad, más y más rápido, y supo que estaba muerta. Sólo lamentaba que Moray estuviera vivo, y no poder decirle a Malcolm cuánto le amaba.
Repentinamente las agujas de pino y las ramas la desgarraron. Claire gritó de dolor mientras caía a través de las ramas, entre chasquidos de madera. El pino arañaba su cara, su carne. Aterrizó con fuerza en una cama de agujas de pino y suciedad.
Las estrellas estallaron. El cielo se volvió negro. Y luego se despejó y vio unos dedos de luz gris cruzando velozmente la espesa canopia del bosque por encima de su cabeza.
Aturdida, se percató de que no estaba muerta en absoluto.
Debería haber muerto en el impacto, con el cuerpo roto. Claire se quedó inmóvil, jadeando, esperando a ser consumida por el dolor. La agonía no comenzó.
Estaba viva.
De hecho, ni siquiera parecía estar cerca de la muerte.
Se levantó, tratando de alcanzar su collar, pero por supuesto había desaparecido.
La piedra no la había salvado.
Moray la perseguiría ahora.
Claire se agachó, asombrada de que no le doliera nada, pero claro, era la hija de un Maestro. Sin embargo, no era un Maestro. Los Maestros debían ser convocados y prestar juramento, y no todos los niños nacidos de ellos eran escogidos. MacNeil se lo había dicho. No había preguntado, pero en la Hermandad patriarcal, apostaba que no había mujeres Maestros. Calma, tenía algunos poderes, oh sí, y ahora los usaría.
El frío descendió por el árbol.
La cacería había comenzado.
Claire comenzó a bajar corriendo por la empinada ladera boscosa.

Malcolm permaneció al otro lado del lago del palacio, solo en una pradera. Sus ojos estaban cerrados, su cara elevada hacia el sol naciente, y el sudor inundando su cuerpo. Se esforzaba por sentir a Claire.
No estaba seguro de tener el poder para hacerlo. Moray se la había llevado y podían estar en cualquier lugar, en cualquier tiempo.
Moray quería usarla contra él. Sus diversas fortalezas eran impenetrables, protegidas por sus hordas deamhan. Malcolm creía que Claire probablemente seguía en Escocia, incluso en las Highlands, y en este tiempo.
Dondequiera que la hubieran llevado, tenía que localizarla.
Se esforzó en sentirla. El tiempo pasaba y permaneció intensamente enfocado.
¡Claire! ¿Dónde estás?
Pero sólo hubo silencio.

Claire había llegado la llanura y se congeló. El bosque terminaba en redondas colinas cubiertas de hierba, y podría escuchar a caballos y hombres gritando. La estaban buscando.
Había estado rezando a Faola y a los otros grandes dioses, incluyendo Tiron y Daghda, sin descanso. Estaba casi segura de que su única oportunidad de sobrevivir a Moray estaba en la ayuda de los Antiguos. Ahora se agachó mientras las primeras tropas aparecían en la ladera.
No se movió mientras los jinetes galopaban hacia ella, pero rezó con más fuerza, mientras el sudor cubría todo su cuerpo.
Los jinetes se acercaron aún más. Era como si supieran dónde estaba.
Deseó que tener la capacidad de volverse invisible. Se escondió en la base del pino, rezando.
La primera docena de jinetes irrumpieron en el bosque.
Claire vio un par de hombres encaminándose directamente hacia ella. Una ola de hielo la recorrió mientras los jinetes galopaban a través de los árboles, pasando a su lado tan cerca que las pezuñas de sus caballos salpicaron con terrones de tierra sus brazos y su rostro. Y entonces se marcharon, el bosque se quedó en silencio, y las colinas vacías.
Dejó de rezar, y rápidamente dio las gracias a quienquiera que la hubiera estado escuchando, él, ella o ellos. Se dejó caer contra el tronco del árbol, jadeando y desconcertada. De alguna manera, con la ayuda de los Antiguos, no la habían descubierto.
Estaba empapada, congelada y aterrorizada. Y se había perdido.
Malcolm, pensó, ansiándole repentinamente. Me he perdido. Te necesito.
Sólo había silencio. Claire escuchó atentamente, pero no oyó nada. Los jinetes se habían ido, se levantó, saliendo del bosque. Y cuando finalmente se detuvo en una pequeña elevación cubierta de hierba, el cielo comenzó a despejarse.
Aunque aún era tormentosamente gris, vislumbró el acero más oscuro del océano por debajo, en alguna parte. Tenía que atravesar antes las colinas.
¿Claire, dónde estás?
Claire se congeló. ¿Acababa de oír a Malcolm?
¡Malcolm! ¡Ayúdame! ¡Me he perdido!
Se esforzó en escuchar, pero sólo había silencio. Claire empezó a atravesar las colinas, y mientras lo hacía, el sol apareció en el cielo gris. Era débil, pero la promesa estaba allí, y se dio cuenta de que iba hacia el suroeste.
Las Highlands estaban al sudoeste.
Malcolm estaba al sudoeste, en alguna parte.

Malcolm se tensó. Claire se había perdido, pero no estaba herida. Y estaba sola. De alguna forma, había escapado de Moray.
La sentía ahora. Se volvió hacia el nordeste.
Royce vino galopando hasta él, conduciendo a su caballo de batalla.
—¿La has encontrado?
Malcolm asintió.
—No necesito el caballo. Llévalo a casa, Ruari.
—¿Dónde está?
—Está cerca de Tor.

Claire alcanzó el límite de las redondeadas colinas y gritó. Por debajo de ella, la caída era quizá de unos cien pies, con una meseta al final. Enfrente había un círculo de piedras gigantes. Más allá, vio playas de roca negra y las aceradas aguas del océano.
Empezó a descender hasta las rocas. Nunca había estado en las Orkney, pero por lo que sabía, ninguno de los menhires había sido descubierto. Daba traspiés y tropezaba a cada paso del rocoso sendero hacia el claro. Recorrió la corta distancia hasta la primera piedra negra que se alzaba, con un tamaño como de cuatro o cinco hombres. Y luego se detuvo, vencida y atemorizada.
Tocó la piedra. Estaba helada.
Se dio cuenta de que había estado esperando encontrar algo sagrado en este lugar. Los demonios no entrarían en un lugar sagrado. Pasó por la primer piedra del círculo y permaneció inmóvil, tratando de localizar a los Antiguos, a Dios o cualquier dios pagano desconocido. Comenzó a desesperar. La capilla del santuario se había llenado de poder y gracia. Este círculo era sólo eso, un círculo de piedras altas. Los dioses, como los humanos, habían olvidado este lugar hacía mucho tiempo.
Quiso llorar. En lugar de ello, supo que no debía darse por vencida. No estaba muerta y no estaba prisionera de Moray. Cruzó el círculo, encaminándose a la playa de debajo. Y tuvo la sospecha que no estaba sola.
Agarrotada por la alarma, Claire se dio la vuelta.
Por un momento, en el día gris, pensó que venía una figura, como un fantasma, situada más allá del círculo de piedras.
—¿Malcolm? —respiró.
La luz cambió. Allí no había nadie.
Se quedó mirando, con el corazón dando bandazos. Quería creer que había visto un fantasma, o mejor aún, un Antiguo. Y entonces sus ojos se abrieron, parecía como si Malcolm subiese por la playa. Gritó, abalanzándose sobre él. La vio y escaló el saliente. Corriendo hacia ella, la abrazó contra su pecho, el alivio escrito por toda la cara.
Claire se agarró, fuerte.
La sujetó aún más apretadamente.
No podía hablar. Nunca había amado a alguien así y nunca lo haría. Él no habló tampoco, sujetándola tan apretadamente que le era difícil respirar.
Gracias a los dioses que estás bien.
Claire levantó la mirada.
—Moray me secuestró de nuestra cámara en la corte.
—Sí. Lo sé. ¿Cómo escapaste, Claire? —sus ojos estaban abiertos y preocupados.
—Malcolm, me lancé por una torre. Debería haber muerto. No lo hice. —Tocó su cara—. Ironheart es mi padre.
Malcolm realmente se quedó sin aliento.
—¿Te dijo eso? ¿Cómo puedes creer en las palabras de una lengua de deamhan?
—Me lo dijo, y sé que es cierto. —Repentinamente se tensó, temblando de frío, que se había intensificado. El miedo comenzó—. Necesitamos salir de aquí, por favor, ahora. Saltemos hacia el santuario.
Malcolm no aflojó su agarre, la miraba a ella, pero más allá.
Claire se giró y vio cien caballeros en lo alto de la cordillera del noroeste a su derecha. Y luego vio un hombre cabalgando a través del campo. Moray se acercaba lentamente.
—¡Malcolm!
Sus ojos ardían por la necesidad de venganza y de destrucción, de muerte. Sólo tenía ojos para el demonio.
—Dame tu mano. Te enviaré de vuelta sola.
El horror comenzó.
—¡No puedes derrotarle!
—Dame la mano —pidió mientras Moray cabalgaba por las primeras piedras, parecía muy contento—. Irás al santuario. Fallé al vengar a Mairead y a Brogan, Ahora, os vengaré a todos.
Iba a morir. Lo sabía y no le importaba. Estaba decidido a llevarse a Moray con él, como fuera.
No le dio la mano.
Se volvió brevemente para a dirigirle una mirada incrédula.
—Claire. Me diste tu palabra. Juraste obedecerme en combate.
—Lo sé. Pero no puedo dejar que te enfrentes a él solo.
—¡Quiero que vivas! —gritó Malcolm, agarrando su mano.
Claire cogió fuerzas para enfrentarse a él.
—¿Una riña de amantes? —preguntó suavemente Moray —. Hallo a Chaluim. ¿Te ha contado lo que pretendía?
Malcolm se volvió hacia Moray, colocándose delante de Claire.
—Baja del caballo.
Moray desmontó, riéndose.
—¡Malcolm, por favor, salta conmigo! —imploró Claire.
La ignoró, desenfundando su larga espada. Moray desenvainó su hoja a su vez. Y Claire sintió el estallido de su poder mientras estaba justo detrás de Malcolm. Malcolm fue despedido hacia atrás unos doce pasos, igual que ella. Fue como ser arrastrado por un tornado.
Malcolm se recuperó.
—¡A Bhrogain! —dijo suavemente, y no se movió.
Moray gruñó, forzado a retroceder tres pasos. Sus ojos brillaban en rojo.
—No puedes igualar mi poder, Calum.
—¿No? —Malcolm avanzó, con la espada levantada.
Claire dejó escapar un grito cuando Moray esquivó el golpe con facilidad. Mientras las espadas chocaban, miró a su alrededor buscando un arma. Encontró una piedra dentada con un punto que pretendía que fuera letal. Las espadas chocaron una y otra vez. Claire se tensó, porque por la expresión de Malcolm, vio que estaba usando toda su fuerza para luchar contra Moray. Su cara estaba marcada por cien líneas, sus brazos y sus piernas estaban hinchadas por los músculos, y el sudor empapaba su cuerpo. El demonio contraatacaba, usando sus enormes poderes, pero el poder de Malcolm era aún inferior al de Moray.
Dejó caer su piedra. Pensar en usarla era absurdo. Miró a Moray y trató de concentrar cualquier poder que pudiera tener en él, como una daga, en su espalda.
Moray gruñó, parando otro cruel golpe de la hoja de Malcolm. La miró por encima del hombre, con los ojos muy abiertos.
Claire trató de apuñalarle telepáticamente otra vez.
Él le dio a Malcolm un golpe terrible, que le produjo un corte en el hombro, que comenzó a sangrar. Antes de que Claire pudiera quedarse sin aliento, Moray la miró y gruñó.
—Pagarás por esto.
—A Mhairead —dijo Malcolm, y con su espada corta en la mano izquierda, atravesó el pecho de Moray.
La sangre brotó.
Enfurecido, Moray gritó y Malcolm se tambaleó hacia atrás por un golpe de energía. Luego rápidamente se enderezó, esquivando con fiereza la estocada de Moray.
Claire sintió que había alguien detrás de ella. Levantó la vista alarmada... y se alarmó todavía más.
Allí sólo estaba la silueta espectral de una figura transparente, revoloteando a algunos pies de ella, pero esta vez, la figura era claramente femenina.
Y la mujer se materializó, convirtiéndose en una morena belleza vestida de blanco, vaporosa, casi como las túnicas griegas. Hablaba en gaélico. Claire entendió cada palabra.
—El hijo vengará al padre, la hija, a la madre, lo dos serán bendecidos. Está escrito.
La luz cambió.
La diosa se desvaneció.
El círculo de piedras resplandeció con una luz cegadora.
Malcolm y Moray estaban enredados como las astas de los ciervos, ambos sangrando abundantemente. Como un solo hombre, ambos miraron al cielo, alarmados.
El sol se ocultó y el cielo permaneció nublado y gris, excepto en el círculo, que estaba inundado de luz dorada y brillante.
La expresión de Moray se convirtió en sorpresa y luego en miedo.
—A Chlaire —dijo Malcolm, y con la mano izquierda agarró su espada y atravesó el cuello de Moray.
Claire gritó.
La cabeza de Moray cayó, cercenada, al suelo.
Durante un momento más, el halo de luz se intensificó, el cuerpo sin cabeza permaneció apoyado contra Malcolm, las largas espadas entrecruzadas. Malcolm hundió la espada corta como una daga en el corazón de Moray. La retorció con ferocidad.
Claire se cubrió la boca con las manos. Malcolm retiró la hoja del pecho de Moray y el cuerpo ensangrentado se derrumbó. Claire, aturdida, miró la cabeza de Moray.
Moray le sonrió tensamente un momento antes de que su cabeza desapareciera.
Su cuerpo se desvaneció un instante después. El collar de su madre yacía en la hierba húmeda y ensangrentada.
Malcolm envainó ambas espadas y caminó hacia ella. Ella aferró sus brazos.
—¿Qué fue eso? ¿Qué pasó? —Al mismo tiempo que hablaba, la luz disminuyó rápidamente, hasta que sólo quedó el desapacible día.
El rostro de él se endureció, la rodeó con el brazo.
—Pienso que habéis escuchado a los Antiguos, Claire. —Miró lentamente a su alrededor, como esperando que Moray apareciera en el aire. Luego se inclinó para recuperar el collar.
—Malcolm, ¿está muerto?
—Si no está muerto, nunca morirá. —Suspiró y a acercó más—. Vayamos a casa, muchacha.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:50 pm

Capítulo 20

Claire yacía en un baño muy caliente, el agua hasta la barbilla y los oídos, los ojos cerrados. Acababan de volver de Dunroch y estaba en la cámara de Malcolm. No hubo ninguna pregunta sobre donde iría y donde dormiría, no ahora. Moray probablemente estaba muerto, vencido por las manos de Malcolm, con su ayuda y alguna ayuda muy santa también. A pesar del calor, Claire tembló.
Tengo muchas apariencias.
Apostaba a que las tenía. Ella sólo esperaba no encontrarse con ese aspecto en particular otra vez. Dio un giro a sus pensamientos alejándolos del Maestro de todo lo que era oscuro, feo, demoníaco y del mal. Malcolm era un gran héroe. Finalmente había vengado a Mairead y a Brogan y estaba emocionada por él. Pero esto había estado escrito.
La diosa lo había dicho. Cuando le había hablado a Malcolm sobre la diosa morena, Claire asumía que había sido Faola, no había parecido sorprendido. Pero claro, los dioses funcionaban de manera misteriosa. Claire sonrió.
Estaba predestinado que entregarían al bastardo juntos. Bien, esto es lo que habían hecho y ella tenía un poco del poder telepático de guerrero por sí misma. Su sonrisa se desvaneció.
Era la hija de Ironheart.
Su corazón se aceleró. ¿Había tenido él la intención de decírselo alguna vez? ¿Qué debería hacer? Tenía que hablar con él detalladamente antes de irse a casa. ¿Se preocupaba por ella? ¿Y cómo había nacido? Los Maestros aparentemente eran expertos en control de natalidad. ¿Y sobre su madre? ¿La había amado él del todo?
Cuando fuera a casa.
Claire abrió los ojos y vio el rugiente fuego. A través de la ventana, la luna estaba alta, llena y brillante en el universo de las Highlands, iluminada por muchas estrellas. Miró el agradable, pero escasamente amueblada, cámara de piedra y luego la cama con cuatro columnas. Su cuerpo se tensó, hinchándose con anticipación. Muy pronto, Malcolm la tomaría en la cama. No podía esperar a estar en sus brazos, usando su cuerpo solo para decirle cuanto lo amaba. Y después se podrían abrazar, discutir y charlar.
No quería irse.
Claire se incorporó, aturdida. La cámara estaba en absoluto silencio excepto por el suave sonido de su respiración, las llamas lamían la madera y fuera, el ulular profundo de un búho. No se le había perdido nada en el siglo XXI o en la ciudad de Nueva York. No añoraba el Ben&Jerry’s, la pizza de masa fina de Favio, la luz eléctrica, el agua corriente, la niebla tóxica y la hora punta, las compras en el Soho o las películas de Colin Farell. Ni siquiera añoraba los libros.
Pero echaba de menos a Amy y a los niños.
Los amaba con todo el corazón, incluso a John y seguro como el infierno que los había perdido.
Pero en realidad, verdaderamente amaba a Malcolm, un guerrero medieval que pertenecía a la Hermandad. Un Maestro del Tiempo.
Claire se amedrentó. Había un millón de motivos por los que no debería quedarse con él. Lo amaba, pero ¿y qué? Él no correspondía su amor, aunque claramente se preocupaba. Habían intercambiado votos de fidelidad ¿pero cuanto durarían esos votos? Supersexual como era, ¿cuánto tiempo antes de que alguien más joven, bonita y nueva le entrara por el ojo? Tan arrogante y autocrático como era, podía ser sorprendentemente abierto de mente, pero era todavía un producto de su tiempo. Si se quedaba, y le rompía el corazón, querría morirse.
Desde luego, si se casaban, sería diferente. Claire sabía que le sería fiel hasta que muriera. Malcolm era un hombre de palabra.
Sentía haber pensado tontamente en el matrimonio y en Malcolm al mismo tiempo. Era imposible. Secretamente, como una hembra lamentable, no liberada, le gustaría jurar amarlo hasta la muerte, pero le había dicho que nunca se casaría. Y ella sabía por qué. Una esposa sería su caída. Se preocupaba por ella y acababan de atravesar el infierno por que su relación con ella lo había hecho vulnerable a sus enemigos.
Entonces el matrimonio era inaceptable. Quedarse en el pasado era inaceptable. Nunca olvidaría las palabras de Royce camino de Awe. Si realmente lo amas, cuando sea el momento, vete.
Lo amaba tanto como era humanamente posible.
¿Y podría irse a dormir por la noche, preocupándose por Amy y los niños? La necesitaban. Entendía el mundo del bien contra el mal. Se merecían largas vidas, sanas, libres de demonios. Tenía un deber principalmente familiar hacia ellos.
Iba a tener que marcharse, pronto... realmente pronto. No había ninguna razón para retardarlo. Moray se había ido y la página de Cladich había sido encontrada. En cuanto al Cladich mismo, bien, había estado perdido durante cientos de años. Nunca podría ser encontrado.
La puerta se abrió y Malcolm entró, sonriendo.
—Tenemos invitados —le dijo y cuando sus miradas se encontraron, su sonrisa desapareció.
Había solo una razón para retrasarlo, pensó, su corazón comenzaba a romperse. Claire sabía que sus pensamientos estaban escritos por toda su cara, la pena reflejada en los ojos. Le dirigió una brillante y falsa sonrisa.
Su expresión se volvió completamente impasible. Lo odiaba cuando ocultaba sus pensamientos.
—Es de noche cerrada —comentó ella—. ¿Quién vendría a estas horas?
—Tis está a medio día por mar de Lachlan.
Claire se incorporó, aturdida.
—¿Ironheart está aquí?
—Dijo que te vería cuando estuvieses lista. —Su tono se había vuelto tan rígido como su cara. Malcolm recogió una manta gruesa de lana escocesa y caminó hacia la bañera.
Claire se puso de pie y él le colocó la toalla a su alrededor desde atrás, sus fuertes brazos a su alrededor también. Ella dio la vuelta girándose en sus brazos entonces estuvieron de pie cara a acara. Él la liberó. Su mirada buscándola y sombría.
—Me abandonas —dijo él.
Ella tomó aire.
—¿Cómo puedo quedarme?
Él se puso rígido. Ella no podía leer sus sentimientos y se esforzaba por estar al acecho en su mente. Estaba en blanco.
—No me bloquees —dijo ella suavemente.
—Estaré en el vestíbulo con tu padre. —Se giró y caminó hacia fuera.
Le costó un rato a Claire secarse el pelo delante del fuego. Tanto por el disgusto como por dejar a Malcolm, también estaba aprensiva por la visita del hombre que era su padre biológico. ¿Alguna vez le había visto otra expresión en la cara que no fuera determinación, resolución y ambición? Le recordaba a un general militar. Cuando tuvo el pelo casi seco, entró en el vestíbulo, el corazón deslizándose hacia el miedo por el rechazo y algo de cólera por que las había abandonado a ella y a su madre para que se defendieran por si mismas.
Comprendió que tenían un poco de compañía. Malcolm estaba absorto pensando con una jarra de clarete. Ironheart sentado enfrente de él, la cara inexpresiva. MacNeil sentado allí, también, la única persona con buen humor evidente. Claire se sorprendió mucho de verlo.
MacNeil fue el primero en ponerse de pie, los ojos verdes centelleantes, lo hoyuelos profundos.
—Hallo a Chlaire.
—Hallo a Niall. ¿Ciamar a tha sibh?
Sus ojos se aclararon mientras él caminaba a grandes pasos hacia ella y le apretaba las manos.
—Muy bien, muchacha. ¿Habéis tenido de verdad un buen día?
Claire lo recorrió con la mirada, incapaz de devolverle la sonrisa.
—Por la poderosa mujer que ayudó a vencer a Moray, no parecéis estar contenta.
Ella avanzó para encarase a MacNeil.
—¿Vencimos a Moray?
Él vaciló.
—Solo los Antiguos lo saben, Claire. Pero parece que habéis ganado su favor. Ahora tenéis la protección de Faola.
Él tenía toda su atención.
—¿Fue ella?
—Sí, estaba allí. Me permitió un fugaz vistazo de la batalla en mi piedra de cristal.
Ella observó lo que le estaba mostrando, un pedazo lechoso de cuarzo con engarce de oro, que llevaba puesto en una cadena de oro alrededor del cuello, debajo del leine. La piedra era del tamaño de un albaricoque.
—¿Es esta tu bola de cristal?
—Cuando me permiten ver —dijo con una sonrisa burlona—. Nunca lo sé.
Ella tenía que saber.
—¿Malcolm también tiene su protección?
—No lo sé, pero incluso si Moray vuelve, nunca lo cazará otra vez, no después de lo que Malcolm ha hecho. He conocido al deamhan durante mil años. Caza lo que es fácil. Es un cobarde en el fondo, Claire.
—¿Por qué estaba escrito que nosotros dos juntos derrotaríamos a Moray?
—¿Me preguntáis? No conozco los proyectos de los Antiguos para el futuro, muchacha. —Su sonrisa se ensanchó. Era claramente un gran espíritu—. Estoy orgulloso de vuestro señor. Es más joven que nosotros y ha derrotado a Moray, con vuestra ayuda. Malcolm ha resultado por sí mismo un gran Maestro, cientos de años por delante del tiempo para tal prueba. —Le dijo suavemente a Malcolm—: Calum Leomhaiin.
Claire miró a Malcolm. Él le mantuvo la mirada fija durante un momento y ella no tuvo que leerle la mente para saber que estaba más que trastornado, estaba herido. Ella le hacía daño ahora.
—Estoy muy orgullosa de él también. —Apartó la mirada de Malcolm—. ¿Qué le has llamado a Malcolm?
—León, muchacha. Malcolm el León.
Se había ganado el nombre, pensó, sintiendo que el corazón se le agrietaba mientras el orgullo aumentaba.
—Estoy orgulloso de vos también. Claire, sois valiente, astuta y tenéis el poder. Sois la hija de Ironheart en todos los aspectos.
—¿Cuánto tiempo hace que lo sabes?
—No lo sabía, pero tenía mis sospechas.
—MacNeil, en cuanto a mis poderes, ¿cómo me impedí morir desde aquel salto del Tor? ¿Me hice invisible cuando las hordas de Moray me buscaban? ¿Tengo poderes para sanar? ¿Qué me hace?
—Sois la hija de Ironheart. —MacNeil era firme—. No se por qué los Antiguos os dieron algunos dones, pero no estáis sola en este mundo. Hay miles de hombres y mujeres nacidos para Maestros quienes tienen algún poder, pero no los poderes de un Maestro que debe tener antes de tomar los votos. Todos tenemos el poder de tomar vida y o de saltar en el tiempo. Todos tenemos la fuerza de diez hombres mortales. Ningún hombre sería escogido, si no. Vos no habéis sido escogida y no estaréis sola, no hay mujeres Maestros pero realmente tenéis dones. Dad gracias por ellos.
Claire lo conseguiría. Tendría que entender sus poderes, día a día. Al menos tendría alguna cosa sobrenatural que continuara ayudándola cuando llegara a casa.
Él le apretó el hombro.
—Vine a decir adiós.
Por un estúpido momento, Claire pensó que iba algún sitio. Entonces comprendió y respiró, girándose para mirar a Malcolm.
—Sé de vuestra despedida por la mañana —dijo MacNeil—. Tenéis a los Antiguos con vos, muchacha. Haga cierto que vos no los abandonaréis. Estaréis bien.
Antes de que Claire pudiera agradecérselo, él sonrió, la liberó y desapareció.
Ella escuchó que el banco rozaba el suelo y se puso rígida, girándose.
Ironheart se acercó.
Con la aprobación de Malcolm, entraron en su cámara privada, cerrando la puerta. Claire caminó hasta el otro lado de la pequeña habitación, luego se encaró a él. Ahora reconoció los destellos rojos de su pelo. Ella era una pelirroja natural, pero su pelo era de un color caoba oscuro y profundo, así como los reflejos de su cabello. Y reconoció sus ojos. Eran un vívido verde primaveral, como los suyos.
Él parecía inquieto y esto era sorprendente.
—Tienes preguntas. Te oí cuando llegué.
—¿Estabas escondido? —instantáneamente se disgustó.
—No, Claire. Estabas evocándome incluso si no lo sabías.
—¿Cuándo comprendiste que era tu hija? ¿Y por qué no me lo dijiste? ¡Sin duda no conociste mi vida entera!
Él se movió bruscamente.
—¡No tenía ni idea! ¿Piensas que abandonaría a la madre o a mi hija de esa manera? No tengo ningún otro niño, Claire.
Claire lo miró fijamente.
—¿Cómo es eso posible? Has vivido durante cientos de años.
—Me mantengo solo, Claire y moriré solo. Hice votos.
Esto era trágico y heroico. Su vida era la Hermandad.
—Yo fui un error.
Él vaciló.
—Sí.
Claire ya se sentía rechazada. Movió la cabeza, incapaz de hablar, incluso cuando quería saber más sobre él y su madre. ¿Pero que más había allí para saber? Mamá había dicho que fue una sola noche de pasión.
Su mano le apretó el hombro.
—Eres un milagro, Claire —le dijo duramente—. Nunca soñé con tener un niño, y aquí tengo una hija crecida, intrépida, inteligente y hermosa.
Ella se giró, atontada.
Cierta humedad se le había acumulado en los ojos.
—Te pareces a tu madre —dijo él, marchándose dando media vuelta.
Claire sabía que él había perdido la calma y pensó que probablemente no le había pasado en cientos de años, si le había pasado alguna vez.
—¿Te preocupaste por ella?
Él se puso tenso.
—Sí. Estaba en vuestra época, cazando. Había seguido a un deamhan hasta allí. Tu madre estaba en la calle, luchando por llevar una pesada caja arriba a su apartamento. Iba “moviéndose hacia delante” como ella lo llamaba. Los hombres pasaban, mirándola por que era agradable a la vista, pero nadie la ayudaba. No sólo era hermosa, llevaba la falda más corta que jamás había visto. No lo pensé dos veces. Le cogí la caja y me ofreció café. —Él sonrió—. De repente, estuve moviendo cien cajas y tu madre me hacía sonreír. ¿Sabías que tenía una agudeza ingeniosa?
—A mamá le gustaba bromear —susurró Claire. La historia era hermosa.
—Tenía un deamhan que perseguir. En cambio, ayudé a tu madre a abrir las cajas y estuve instalándole las luces. —Él me miró como si pudiera reír—. No sabía nada sobre la electricidad, Claire. Tu madre pensó que era tonto.
Claire sonrió de verdad.
—Lo dudo.
Su sonrisa se desvaneció.
—La quise. Me quiso. Una noche no fue bastante.
Claire lo miró fijamente.
—¿Cuántas noches estuviste allí?
—Siete.
Su madre le había mentido.
—¿La amaste?
Él enrojeció.
—No lo sé. Tengo una amante, Claire. Mis votos. —Sombrío—. Le dije, después de la primera noche, que había tomado votos sagrados, votos que no podía conocer, votos que requerían que la abandonara. No le mentí. No le hice promesas y la despedida fue triste —Él caminó a través de la habitación agitadamente—. No lloró. Le di mi piedra, para mantenerla a salvo. —La buscó con la mirada—. Cuando te vi llevar la piedra, durante un momento, pensé que eras Jan. Era un truco de mi mente. Y luego sentí la verdad.
Claire se preguntó cuanto sabía su madre realmente sobre su amante.
—Te amó —dijo Claire lentamente—. Nunca lo dijo. No tenía que hacerlo. Y nunca se quitó la piedra.
—¿Podrás perdonarme, Claire, por no protegeros a amabas?
—Desde luego que puedo —dijo Claire—. Tú no lo sabías.
Pasó un momento.
—¿Qué harás ahora? Amas a Malcolm, pero es un Maestro. Está disgustado esta noche y profundamente entristecido.
A Claire le dolió el corazón.
—Tengo familia en mi casa, mi prima, sus dos niños. ¿Quién los protegerá si yo no lo hago? Y hago a Malcolm débil. —Añadió con voz ronca.
—Es tu deber defender a tu familia. Pero Claire, fortaleciste el día a Malcolm. —Él sonrió—. Si me necesitas, convócame. Te oiré.

Claire volvió al vestíbulo y lo encontró vacío. Su padre había salido fuera buscando algo de aire. Ella sabía que estaba viajando por debajo de la línea de los recuerdos y quería estar a solas con sus pensamientos. Vaciló, queriendo estar desesperadamente con Malcolm ahora. Odiaba la mirada que había puesto en sus ojos y sobre su cara. Odiaba la impetuosidad de él, pero no había ninguna otra opción.
Subió deprisa las escaleras. La puerta de la habitación estaba abierta y Malcolm estaba sentado delante del hogar, mirando fijamente las llamas. En el momento que llegó a la puerta, él levantó la vista, sonriéndole tristemente. Se levantó.
—¿Tuviste una agradable conversación con tu padre?
Claire asintió.
—No puedo soportar verte tan triste —susurró.
—Entonces no te vayas.
Claire quiso gritar. Si lo amas, si realmente lo haces, lo dejarás cuando sea el momento.
—Tengo un deber, Malcolm, igual que tú.
—Entonces quédate un año, te enseñaré a luchar. Necesitas habilidades, Claire —dijo él urgentemente.
Si se quedaba un año, nunca se marcharía.
—Cuando estuve en Iona, hablando en privado con MacNeil, le pregunté sobre el futuro. Dijo que tendría éxito.
Malcolm tomó aire. Manteniéndole la mirada fija, cerrada. Escuchó su corazón latiendo, lento pero fuerte.
—Quiero hacer el amor contigo, Claire.
Claire gritó. Estaba diciendo que la amaba, maldita sea.
—Esto no es justo.
Él caminó hacia ella, sus ojos grises reflejando angustia.
—Déjame decírtelo ahora. Quiero hacer el amor. Quiero mostrarte como me siento con mi cuerpo, en la cama.
Claire no podía hablar. Malcolm la amaba. Estaba envuelta en sus brazos y ella le apretaba los hombros, poniendo su mejilla sobre su fuerte pecho. Su boca se movía sobre su pelo, su oreja, despacio, suavemente, dulcemente. Ella se estremeció, aliviando el dolor, en cambio su corazón herido competía con lejanos y diferentes sentimientos. Ahuecó su cara y la inclinó hacia arriba. Aquella ternura brillaba en sus ojos.
Claire comprendió que comenzaba a llorar. Él bajó la cara y acarició su boca con la suya.
El amor vibraba en la caricia de los labios. Su lengua finalmente le tocó la comisura.
—Abre —le susurró él—. Permíteme llenarte, muchacha, toda tú.
Claire no quería nada más y abrió la boca para él, liberando los músculos de sus muslos, también. Su lengua avanzó, lenta y suave. Él dobló las rodillas y su hinchado pene barrió contra la longitud de su sexo.
Desabrochó el broche y tiró apartándolo. Le siguió rápidamente el leine. Claire llevaba solo los calzones del siglo XV. Brevemente, la ahuecó por la rendija, mirándola fijamente a los ojos. La luz de su pena todavía estaba allí, pero vio como se elevaba el color plata. Cuando él los deslizó hacia abajo, ella salió torpemente de sus botas, mirando desde las cicatrices de sus fuertes manos hasta su cara tensa y con cicatrices. Deseo, afecto, incluso amor estaba reflejados allí, en cada tenso tendón, en cada ángulo y en sus hermosos ojos grises.
Él se puso de rodilla y extendió sus palpitantes labios, con cuidado aliviándolos con su lengua contra ella. Claire jadeó, desapareciendo toda su angustia. No había ningún espacio ahora en su mente para pensar. Solo había necesidad y la promesa de mucho placer. Solo había amor.
No estaba segura de si de ella o de él.

Él nunca había conocido tal sentimiento intenso de alegría, desesperación, afecto, lealtad, amor y supo que no lo sentiría nunca otra vez. Levantó a Claire y la llevó a la cama, vencida por mucho más que el deseo. Él no podía encontrar la bestia que había dejado encadenado a su pecho. Sintió como si se hubiera ido para siempre.
¿Pero no había oído a alguien decir, una vez, que el amor curaba todas las heridas?
—Deprisa —respiró Claire. Sus ojos estaban calientes y brillantes.
Malcolm se quitó el cinturón y el leine.
—Me dijiste que me querías lento. Quiero tomarte lentamente, también, Claire. —Era la verdad. Aunque estaba tan hinchado que estaba cerca de llegar, quería adorar su cuerpo una eternidad, si tan solo pudiera quedarse.
—Mentí —logró decir, agitadamente cambiándole en una invitación eternamente joven—. Te quiero caliente y duro y te quiero ahora.
Un salvaje sentimiento de alegría comenzó. Se la sentó a horcajadas encima y le apartó el pelo detrás de la nuca.
—Eres tan fuerte, tan hermosa... y me perteneces, Claire —dijo rotundamente—. ¡Y no pienses discutir ahora!
Su respuesta lo atontó.
—Siempre te perteneceré —dijo Claire espesamente. Las lágrimas llenaban sus ojos. La acechaba fácilmente y se puso contento, por que ella lo pensaba—. Me alegra que seas machista —susurró ella.
—Te alegras de que sea un hombre poderoso —le devolvió y luego, la lleno despacio, pulgada a pulgada orgásmica, rechazando empujar rápida o profundamente.
Y Claire llegó antes de que lo hiciera él.
La sostuvo en sus brazos, murmurándole al oído, acariciándola mucho tiempo, lenta y profundamente. Mientras hacían el amor, el entusiasmo se fue intensificando, y cuando él comenzó a hacer que ella llegara, justo acariciando su alma, comenzó a comprender que realmente la bestia negra se había ido. Profundamente en su interior, tocó su poder, su esencia, su vida. Había tanta belleza. Todo pensamiento desapareció, excepto uno.
—Te amo, muchacha.
—Te amo —intentó jadear Claire. En cambio, lloró por el placer y la alegría.

Varias horas mas tarde, Malcolm se movió sobre su espalda, apartándose de ella. Claire se puso a su lado, completamente saciada, sonriendo a las sombras que bailaban en el techo. Estaba tan profundamente enamorada que flotaba.
Y luego sintió que el dolor volvía, una enorme y pesada nube.
Grietas irradiadas por su corazón. Después de tanto amor, había tanto dolor.
—¿Realmente vas a dejarme?
El pensamiento coherente volvió, con la conciencia de lo que acababan de hacer.
Habían hecho el amor. Tampoco había surgido ningún deseo diabólico.
Claire se movió hacia su lado y puso la mejilla sobre su pecho, la mano sobre su abdomen, no lejos de donde su hermosa virilidad descansaba. Malcolm acababa de hacer el amor con ella. No tenía ninguna duda. Cada toque, cada beso, cada caricia, había estado lleno de sentimiento y emoción. Pero aquí había habido más. Había sentido como si se hubieran unido sobre un avión que no era físico. Presionó los labios sobre su piel en un beso, su corazón finalmente rompiéndose en dos.
Él se sentó bruscamente.
Claire también se sentó, doliéndole el pecho.
La recorrió con la mirada, afligido y se deslizó de la cama. En aquel momento, sintió como él se cerraba a ella. Claire tuvo pánico mientras él caminaba hacia el hogar. Se inclinó pesadamente sobre la chimenea.
Ella lo escuchó y oyó en silencio.
Claire se levantó.
—Puedo quedarme unos días. ¡Tal vez una semana!
Él no la miró.
—Nunca te abandonaré por otra. Pero es tu derecho. Un Maestro se mantiene solo. Es lo mejor.
Ella se atragantó con un sollozo.
—¿Quién te sostendrá en la oscuridad de la noche?
Él se medio giró.
—No necesito a nadie.
Claire pensó, tú me necesitas.
—No, muchacha. Tienes un deber con tu familia. ¿Si no los proteges, quien lo hará?
Claire tragó, la capacidad de respirar fallando. La angustia la consumía.
—Creo que me enamoré de ti la primera noche de tu época, aquella noche en Carrick. Te amo, Malcolm y siempre lo haré. Nunca habrá nadie más.
Él se enderezó y despacio se dio la vuelta.
Claire se estremeció, por que sus palabras le habían traído a él lágrimas que sus ojos nunca derramarían. ¿Realmente podía hacer esto? ¿Cómo podía abandonar a este hombre?
¿Cómo podría quedarse?
—Lo comprendo. Eres una mujer independiente, en vuestro tiempo lucháis vuestras propias batallas y sois lairds. Eres laird de tu clan, Claire. —Su mirada encontró la suya.
Claire negó, llorando.
—No hay nadie más.
Las ventanas de su nariz se ensancharon. Tenía la nariz enrojecida. La miró fijamente, sus ojos brillaban ahora.
—No te llevaré de regreso. Lo hará Ironheart. —Luchó por hablar—. Si me necesitas, convócame. —Respiró con dificultad. Ella nunca lo había visto tan afligido—. Vendré.
Se soltó de la chimenea y cogió un tartán de las clavijas de la pared. Salió andando, envolviéndoselo alrededor de la cintura mientras lo hacía.
Claire comprendió que acababa de decirle adiós. Sintió pánico y lo persiguió.
—¡Malcolm, espera! —No podía acabar así. ¡Necesitaba abrazarlo una vez más!
Pero caminaba a grandes pasos hacia la escalera de las murallas, la postura tensa y de espaldas a ella.
Y ella supo que no iba a pararse o a volver. Había dicho su adiós.
Se había acabado.

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MensajeTema: Re: Brenda Joyce - Seducción Oscura   Lun Ene 03, 2011 5:50 pm

Capítulo 21

Ciudad de Nueva York

El presente

Claire aterrizó en la cocina, sola. Luchaba por cruzar el dolor del salto a través de los seis siglos, deseando una rápida cura. Ella no tenía ni idea de si su determinación había surtido efecto, pero cuando finalmente se enderezó, aún jadeante pero de una pieza, instantáneamente se dio cuenta de que su tienda era la escena de un delito. La cinta de “No Cruzar” de la policía estaba pegada en todas partes.
Se había lastimado en el salto y le dolía la cabeza, pero nada podría compararse con la agonía de su corazón roto. Comprendió de pronto que aún estaba desolada por perder a Malcolm. Aquello era la cosa más dura que había hecho alguna vez en su vida. Se puso lentamente en pie, llevaba puesta no solo su ropa de ciudad sino también su túnica y su tartán. Ironheart la había enviado de regreso sola a su tiempo, un poder que aparentemente había perfeccionado.
Caminó hacía la pequeña televisión en el mostrador de la cocina y la encendió. Incrédula, se entero de que era 5 de agosto. Había dejado Dunroch el 5 de agosto, también, solo que quinientos ochenta años antes.
Se dirigió al calendario de pared, encontrando un pañuelo de papel para enjugarse las lágrimas. Había estado fuera durante quince días. Tenia que llamar a Amy y a su tía. Tenía que llamar a la policía. Su desaparición fue probablemente más prioritaria que la investigación por el robo doméstico que había denunciado. Centrarse en lo que tenía que hacer ahora le podría ayudar a atravesar la pena.
Quince días. Se sentía como si fueran quince siglos... como si fueran quince vidas.
Claire no fue hacía el teléfono. Entro caminando en su oficina, encendiendo las luces, y sentándose, pero su portátil había desaparecido. Empezó a enfurecerse.
Tenía que investigar el siglo XV. Tenía que enterarse que le sucedió a Malcolm después de que ella le dejara.
Pero la policía había confiscado el ordenador. Parte de su furia se había aliviado. ¿Qué iba a decirles, exactamente?
Claire alcanzó el teléfono de la oficina y marcó el número de su prima. Amy contestó, su tono apagado y abatido.
—Oye, soy yo. ¡No estés disgustada! ¡Estoy bien!
—Claire, ¿dónde estás? —Amy se atragantó.
—Estoy en casa. ¿Puedes venir? Y trae tu portátil.
—¿Dónde has estado? —Amy estaba llorando.
—En Escocia.
—Pensamos que fuiste secuestrada. Teníamos miedo de que estuvieses muerta... ¡cómo Lorie! —jadeó Amy.
Claire vaciló.
—Fui secuestrada, en cierto modo. Pero no estoy muerta. Estoy muy viva. Oye, ¿Amy? Lo siento.

Cinco horas después, Claire tuvo permiso para dejar la comisaría. Sabía que había sido declarada loca. Amy y John estaban con ella, los dos viéndose tan demacrados y agotados como se sentía ella.
Había dicho la verdad a los dos detectives. Con Amy sosteniendo su mano, les había dicho como un highlander medieval había aparecido en su tienda, buscando una página desaparecida de un libro sagrado. Ambos detectives, uno tipo Sonny Crockett, habían dado comienzo a los primeros intercambios de muchas miradas extrañas. Después había descrito la aparición de Aidan y las consiguientes luchas a espada.
Crockett había dicho: “Así qué dos tipos vestidos para una fiesta de disfraces decidieron jugar a caballeros de brillante armadura. Oh, espera. Ninguna armadura, ¿sólo túnicas y tartanes y botas? Oh, sí, ¿y espadas? —sus leonadas cejas se alzaron”.
Claire después les dijo que había sido arrastrada en el tiempo hasta el siglo XV. Cuando describió la cruenta batalla que había sucedido, ambos detectives le ofrecieron café, el cual declinó. Cuando describió su llegada a Dunroch, recorrió con la mirada al socio de Crockett para ver si realmente estaba tomando notas. Garabateaba.
Una hora después estaba libre para irse... caso cerrado.
John, un tipo guay que casi parecía Joey de Friends si tuviese ese marcado acento de Queens, dijo:
—Una historia horrible, Claire —pero la miró fijamente.
Ella lo evitó.
—Estoy bien —dijo Claire.
Él posiblemente no podía pensar que había estado diciendo la verdad.
—Tienen mejores cosas que hacer que investigar lo que sucedió en mi tienda.
—No tienes buen aspecto. Pareces una piltrafa. Has estado llorando —dijo Amy ferozmente. Trigueña y de ojos café, no era tan alta como Claire—. ¿Quieres decirme lo que sucedió? —dijo Amy calmadamente mientras bajaban las escaleras de la comisaría.
—Estoy tan apenada por no llamarte —dijo, sintiéndolo—. Me equivoqué con mis vuelos, Amy, eso es todo. No tenía ni idea que habías venido a casa y descubriste mi tienda saqueada y a mí como persona desaparecida.
Amy no hizo comentarios y Claire supo que su prima era consciente de que no lo confesaba todo. Después, mientras la dejaron en su tienda en el sedan Lexus de John, preguntó:
—¿Quieres quedarte con nosotros? Pienso que deberías, Claire.
Ella la abrazó.
—¿Qué tal si almorzamos mañana?
Después de hacer planes, Claire se permitió entrar en su tienda, el portátil de Amy bajo el brazo. Otra vez la pena comenzó. Se recordó a si misma que eso era lo que quería. No quiso ser el talón de Aquiles de Malcolm, y tenía que proteger a Amy y los niños. Saludó con la mano a Amy y John mientras se marchaban y entonces fue directamente a su oficina. Encendiendo el portátil, se conectó a Internet.
Al amanecer, se quedo dormida en su silla. No había encontrado una sola referencia a Malcolm de Dunroch, ni en siglo XV ni en cualquier otro. Era como si no hubiera existido.

Dos semanas más tarde, la pena permanecía. Claire se recordaba cada hora que estaba haciendo lo más conveniente para Malcolm. Se había trasladado con Amy y los niños. Su prima creía que era una situación temporal, pero Claire lo planeó de otro modo. Se había inscrito en un curso de artes marciales. Y se interesó en sus “poderes”. Creía tener la habilidad para hacer desaparecer los resfriados, y realmente había movido una cuchara a través de la mesa de la cocina con su mente, pero eso era todo... por ahora.
Su tienda estaba abierta al público de nuevo, pero era mediados de agosto ahora y la ciudad estaba desierta. Todos los que eran alguien habían salido corriendo del más húmedo y caliente mes del verano. Se alegró. Pasaba los días conectada, en la biblioteca central del pueblo y en NYU buscando alguna referencia a Malcolm. Se había entrevistado con algunas de las máximas autoridades en la Escocia medieval por teléfono. Estaba comenzando a asustarse. Era como si su viaje en el tiempo fuese un sueño descabellado. Si no tuviera la túnica y el tartán pulcramente plegados, comenzaría a pensar que había tenido una increíble fantasía. Pero cada día en los periódicos de la ciudad, normalmente sepultados en las secciones intermedias, había reportajes de delitos por placer.
No había estado durmiendo bien, tampoco. Cuando dormía, Malcolm venía a ella en sus sueños y a menudo hacían el amor. Los sueños eran tan reales que se preguntaba si en cierta forma harían el amor telepáticamente a través del abismo de seis siglos.
Pero en su mayor parte leía libros y artículos on-line, fanáticamente determinada a revelar alguna única, minúscula referencia de él.
Claire estaba bizca del esfuerzo de pasar veinte horas al día mirando la pantalla del ordenador. Era solo mediodía, y había pasado toda la mañana buscando. Y se le saltaron las lágrimas.
Se había equivocado. Malcolm no había querido que se fuese. ¿No habrían vencido a Moray juntos? ¿Y si le hubiese hecho más fuerte, no más débil? Y si eso no importaba, mientras ella tenía el corazón roto, ¿lo estaría el suyo?
No podría vivir así. Estaba enamorada de un hombre medieval que estaba probablemente muerto. Bien, quizás no. Él era un Maestro. Por lo que sabía, él estaba aún vivo.
Y Claire se congeló, pero su mente corría velozmente. Si él estaba todavía vivo, estaría en Dunroch.
Pero no había referencias de Malcolm en absoluto. Si era aun laird de Dunroch, seguramente habría artículos locales sobre él.
Alcanzó el teléfono. Era siete horas más tarde en Escocia. Finalmente marcó el numero de la pensión donde había tenido intención de quedarse, Malcolm’s Arms. La mujer del viejo matrimonio que poseían la posada estuvo más que feliz de decirle a Claire todo lo que sabía. Si, el nombre de pila de Maclean era Malcolm, pero ese era un nombre familiar. No, él no era viejo, de ningún modo. Estaba en la flor de la vida.
Claire cerró los ojos. Este no podría ser Malcolm, ¿o podía? ¿Era posible que un simple viaje en avión los separara?
—Si está interesada en lord Malcolm, señorita, debería venir y visitarnos.
Claire estaba de acuerdo, preguntándose que haría si se enterara de que el actual laird era Malcolm. Para ella, habían estado dos semanas separados. Si él aún estaba vivo, habrían estado separados durante casi seiscientos años. Probablemente se habría olvidado completamente de ella. Y entonces supo que eso era imposible. Malcolm le había entregado su corazón. Ella lo poseería por siempre.
—¿Hay alguna historia sobre él en los periódicos locales? —preguntó, su corazón golpeando ruidosamente.
—El Maclean no consiente más prensa, señorita Camden. Es un hombre muy reservado. Tiene un publicista para mantener su nombre apartado de los periódicos.
Claire comenzó a respirar fuertemente. ¡Esto sonaba cada vez más como Malcolm!
—¿Así que no hay artículos, fotos, nada?
Hubo una vacilación al otro lado de la línea.
—En realidad, sacamos una foto de él y su preciosa esposa en un acto benéfico al que acudieron para salvar los bosques de las Highlands. Se la podríamos enviar.
Claire se congeló.
¿Tenía una esposa?
Su mente se desaceleró, volviéndose pesada y torpe. Su corazón se sofrenó, también. Esto no podía estar ocurriendo, pensó.
—El mes pasado, cuando hablamos, dijo que era soltero. —Apenas podía pronunciar las palabras.
—Eso es imposible. Ha estado casado desde hace largo tiempo y felizmente, podría agregar.
Claire se recordó que este podría no ser su Malcolm. Después de conseguir pedirle a la propietaria que le enviase la foto por correo electrónico, Claire se sentó, conmocionada e indispuesta. Apenas podía pensar, pero lo intento. Un mes atrás, el laird del siglo XXI había estado soltero. Si él había estado comprometido, le habría dicho que eso era así. No, había estado soltero y disponible.
Y ahora estaba casado.
¿Qué significaba eso?
En el siguiente mes, ella había vuelto de nuevo a su tiempo y se habían enamorado.
Claire se sintió enferma. Su portátil emitió un pip. Fue hacía él y abrió el correo de Escocia. Muy mareada ahora, hizo clic sobre el anexo.
Ese era Malcolm —su Malcolm— aparentaba cuarenta, no veintisiete, pero continuaba siendo un tío bueno, incluso con su americana azul marino y pantalones café.
Se había casado con alguien más.
Había terminado.
No podía creer eso. Claire miró a su esposa.
Su visión borrosa, vio a una bella, elegante dama de la alta sociedad, vestida de manera similar a que los miembros de la real familia Británica lo hacían. Llevaba puesto un vestido estampado sin mangas, guantes blancos, tacones altos y una bonita pamela blanca adornada con flores.
Y Claire miró su cara.
Su corazón golpeaba ruidosamente y se paró.
La mujer era ella.

Amy sonrió titubeante mientras entraba en la tienda. Claire la abrazó fuertemente.
—Entremos en la cocina —dijo jadeantemente.
Amy estaba alerta. Entonces su prima vio el pequeño talego cerca de las escaleras. Dentro había dos pares de los vaqueros favoritos de Claire, una docena de tangas y sujetadores, su más sexy y corto vestido rojo de cóctel con sus Manolo Blahnick, y cinco suéter súper abrigados. Su portátil estaba allí, también, junto con ocho baterías.
—¿Qué es esto? —preguntó Amy muy tranquilamente, como si ella lo supiera.
Claire tomó su mano.
—Dije la verdad a los policías. Realmente fui a Escocia.
Amy se quedó con la mirada fija.
—Lo sé. ¿Quién es él, Claire?
Claire sonrió. Amy pensaba que había tenido una cita en el presente.
—Malcolm de Dunroch, el laird de Dunroch.
Los ojos de Amy se ensancharon.
—¿Te enamoraste del hombre que te tenía fascinada desde el principio?
—Si, lo hice. Y él me ama. —Claire tembló—. Tengo que volver.
—Por supuesto que lo harás. John y yo hablamos de eso anoche y nos preguntamos cuando nos dirías la verdad y por qué dejaste al amor de tu vida. —Amy parecía aliviada, pero lo último había sido una pregunta.
Claire dijo:
—Deberías sentarte.
Amy la siguió a la cocina y se sentó.
—Soy tan feliz por ti. —Alcanzó su mano y la aferró.
Claire inspiró.
—Amy, quise decir eso cuando dije que dije la verdad. Fui a Escocia, pero no a la Escocia que tú piensas. Fui a la Escocia medieval, al siglo XV, y aterricé en mitad de una batalla entre el bien y el mal. Allí es donde me enamoré de Malcolm.
Amy no se mostró sorprendida.
—¿Amy? ¿Por qué no estás asombrada? —Pero ahora, una sospecha dio comienzo. ¿No había sospechado siempre que Amy sabía más de lo que dejaba ver?
Amy cubrió su mano.
—John no trabaja para la unidad antiterrorista del FBI —dijo—. Trabaja para el CDA.
—No lo entiendo —dijo Claire lentamente—. Nunca he tenido noticias del CDA.
—Es el Centro de Actividad Demoníaca. Es máximo secreto, un “sólo los imprescindibles están informados en la organización”. Es agente allí.
A Claire eso no le sorprendió. Pensó en todas las referencias de su prima hacia el mal. Amy lo había sabido todo.
—Caza el mal, Claire, con equipo muy sofisticado, y tuvo que seguir demonios hasta siglos pasados tres veces. —Ella palideció—. Odio cuando hace eso. ¡Estoy tan asustada de que no vuelva!
—Sabes, cuando me enteré acerca de los demonios y los Maestros, me figuré que no era la única que conocía la verdad. Lo más probable es que los líderes mundiales y los gobiernos lo sepan.
—Lo saben. El ADN que encontraron en la escena de los delitos por placer no es humano.
Por supuesto que no lo es, pensó Claire.
—Adivino que el gobierno está demasiado asustado para confesarlo.
—¡Tienen miedo de la histeria colectiva! Los demonios son tan fuertes. Cada siglo, ha empeorado. En el CDA, hay un departamento llamado HCU, que son las siglas de Unidad de Crímenes Históricos. Investigan en los crímenes del pasado y machacan cifras sobre los cursos del delito. ¿Sabías que Stalin tenía ADN anormal? Esto ha estado pasando siempre. Da miedo.
—¿Es John un Maestro? —preguntó Claire directamente.
Amy comenzó:
—Los Maestros son un mito. ¿O no lo son? Quiero decir, hay susurros y rumores de estos súper caballeros del mundo antiguo... y cuando digo súper, como en sobrenaturalmente dotados con poder... pero nadie ha visto a uno. Nunca han sido documentados. Es leyenda, folklore, fantasía. Pero podemos tener esperanza, ¿o no? Seria maravilloso si tales superhéroes realmente existieran.
Claire vaciló.
—Existen. Los he encontrado.
Amy se quedo sin aliento, sus ojos se ensancharon.
—¿Malcolm?
Claire tuvo que sonreír.
—Tan superheroico como quieras. —Se sonrojó. Y tan superdotado, pensó—. Tienen súper poderes, Amy. Fuerza sobrehumana, telepatía, fuerza cinética.
Amy simplemente meneó la cabeza, sus ojos llorosos.
—¡Soy tan feliz por ti! Pero John no creerá esto. Quiero decir, ambos barajamos preguntarte si habías dicho la verdad a los policías. Pero no creerá que haya Maestros ahí fuera, oponiéndose al mal con extraordinarios poderes. ¡Pero gracias a Dios! Claire, querrá hablar contigo.
—No puedo quedarme aquí por más tiempo —dijo Claire—. Amy, volver fue un error. Malcolm está en Dunroch ahora mismo, en el siglo XXI. Hace un mes, era soltero. Ahora, está casado... conmigo.
Amy comenzó.
—Sé que no lo entiendes. Pero supongo que no volví. Supongo que me quede con él y viví durante seis siglos con él. La prueba de eso es el hecho de que ahora mismo, estamos vivos y sanos y realmente viejos, viviendo en las Highlands juntos como marido y mujer. Si no regreso, voy a arruinar nuestro destino.
Amy comenzó a negar con la cabeza.
—Claire, no puedes vivir seiscientos años.
—Me olvide de decírtelo. Mi padre es un Maestro, y tengo ese divino ADN de base.
Amy boqueó.
—¡Maldita seas, chica! Deberías regresar antes de que reescribas la historia con tu hombre. Pero Dios, ¡te echaré de menos!
—También te echaré de menos —dijo Claire y se abrazaron.
Con Amy ausente, Claire se sentó con su petate, abrazándolo fuertemente. No era un Maestro pero era hija de uno, e intentaría transportarse en el tiempo, de la forma que Malcolm lo había hecho. Si eso no surtía efecto, procuraría convocar a Malcolm para que viniera a ayudarla a regresar. Él había dicho que vendría si le necesitaba. No estaba preocupada, probablemente podría hablar con John sobre enviarla de regreso, aunque se resistiría a usar su tecnología altamente secreta para hacer eso. De un modo u otro, iba a volver para convertirse en la esposa de Malcolm y vivir muchísimo tiempo con él.
Estaba más allá de la excitación.
Mientras se sentó allí, la imagen de Faola vino a su mente y Claire estuvo segura de que eso era una señal. ¿Quería la diosa ayudar? Claire estaba bajo su protección. Quizás, después de destruir a Moray, Faola le había tomado cariño.
Claire sonrió y se abrazó las rodillas contra el pecho.
—Si puedes ayudar, te estaré eternamente agradecida. —Cerró los ojos y deseó volver al pasado. Después esperó.
Nada sucedió.
Claire abrió los ojos y miró el reloj de su oficina. Habían pasado quince minutos. Hizo una mueca. Quizás no tenía el poder de saltar. Cerró los ojos de nuevo y se esforzó por mandarse de nuevo al mundo medieval del siglo XV en Dunroch. Se concentró tan fuerte que se mareó. Y esperó y esperó.
Claire abrió los ojos. Estaba sudando y la habitación daba vueltas. Francamente, saltar no era uno de sus poderes. Quizás Faola no había estado escuchando después de todo o no le importaba ayudarla. Tal vez no era tan poderosa ya. Después de todo, había sido abandonada por la mayor parte de Alba junto con su descendiente divino.
Y un poder enorme la barrió a través del vestíbulo, las paredes, a través del tiempo, a través del espacio.
Aterrizó tan fuerte que se preguntó si sobreviviría a este salto. Contemplo unas familiares vigas en el cielo raso. Aún combatiendo las oleadas de dolor, comenzó a regocijarse. ¡Había aterrizado sobre su trasero en el inmenso vestíbulo de Dunroch!
Sonaron unos jadeos.
Claire agarró firmemente el talego sobre su pecho. El dolor estaba menguando y una docena de rostros masculinos la miraron fijamente. Claire se encontró con los amplios ojos grises de Malcolm y comenzó a dar saltos de alegría. El amor se hinchó en su pecho. Era difícil hablar y no podía moverse aún.
—¡Estoy tan... feliz... de verte!
Sus ojos brillaron cuando él se arrodillo a su lado.
—Ah, muchacha, estoy muy contento, de verte, también. —Se acercó a ayudarla a incorporarse.
Su toque tuvo su efecto habitual, un caliente resultado apremiante, pero Claire estaba confusa. Él deslizó su brazo alrededor de ella como si fuera un trofeo que simplemente hubiese ganado o una muesca que añadiría a su cinturón. Su fija mirada se llenó de calor, primitivo y carnal, pero no de alegría, y ciertamente, no de amor.
Algo estaba mal.
Sonrió seductoramente, murmurando:
—No todos los días una bella mujer aparece en mi vestíbulo. Vos tenéis una magia poderosa, muchacha.
El brazo de él estaba a su alrededor. Pero ahora Claire veía que parecía terriblemente joven y no tenía la cicatriz sobre su ceja izquierda. Claire no podía creer que esto estuviera ocurriendo.
—¿Sabes quién soy? —gritó con incredulidad.
Su agarre se tensó.
—No, pero lo sabré. Después de esta noche, os conoceré muy bien, muchacha.
La incredulidad de Claire se incrementó. ¿Qué había hecho Faola? ¿Pensaba la diosa que esto era divertido?
Él giró y lanzó órdenes en gaélico y el vestíbulo se despejó. Agregó suavemente:
—No tengo miedo de las brujas, tampoco, muchacha. Después de que nos hayamos dado placer mutuamente, me aseguraré de que volváis segura a vuestra casa.
Ella inspiró, temblando.
—¿Qué año es?
Él deslizó la mano bajo su brazo, causando una deliciosa emoción de placer para empezar, sonriendo con anticipación.
—1420.
Claire gritó. Había saltado demasiado lejos en el tiempo. Él tenía sólo veinte años y no había sido convocado por el Hermandad aún. Se resistió, alejándose de él.
—Maldita sea, Faola —gritó—. ¡No es justo! ¡No es justo en absoluto!
Él la soltó.
—¿Vos estáis disgustada? —preguntó, desconcertado.
Claire agarró el petate y se concentró duramente. Iba a saltar hacía adelante ahora a 1427, en cualquier momento después del 3 de agosto, el día que había sido secuestrada, el día que mataron a Moray. Rápidamente repitió sus designios. 10 de agosto, 1427 era una buena, fiable, segura fecha.
Tan pronto como se desvaneció, vio la conmoción y la cólera de Malcolm. Esta vez la agonía fue insoportable. Cuando aterrizó estaba llorando. Saltar dos veces dolía tanto que se sentía expandida en el tormento. Su cuerpo entero se sentía como si se despedazase y como si tornillos estuviesen siendo conducidos dentro de sus huesos para astillarlos en fragmentos. Y entonces sintió la poderosa presencia de Malcolm cuando se arrodilló a su lado.
—¡Claire!
Abrió los ojos y vio su expresión conmocionada y luego vio el alivio inundando sus ojos.
—¿Malcolm?
—No hables. Dolerá. —La cogió en sus brazos y la acunó gentilmente contra su pecho. Su corazón retumbaba allí. Su boca presionada contra su pelo y su cabeza.
Lo había hecho. Saboreó la percepción de su poder, su fuerza, su vida, y pensó que podía sentir una extraña unión originándose de ella hacía él y de él hacia ella. Una unión de almas, pensó.
Silenciosamente, Claire dio gracias a los Antiguos y a Faola por todo.
—¿Qué año... qué mes... es?
—Hace dos semanas desde que me dejaste, Claire —dijo apenas.
Claire se percató de que tendría que practicar un poco si iba a estar toda la vida saltando en el tiempo por sí misma. Se había ido por nueve días. No le importó. Los grises ojos de Malcolm estaban humedecidos con lágrimas.
Él la miró.
—¿Estás aquí para quedarte? ¿Me dejarás otra vez? —demandó severamente.
—No, estoy aquí para quedarme. —Ella acarició su dura, bella mandíbula.
Él hizo un áspero ruido, abrazándola otra vez, más fuerte esta vez, la mejilla apretada contra la suya. La dicha fluía. Esto era correcto.
Sonrió.
—Regresaste. Ah, Claire, hace sólo algunos días, pero no pensaba que volverías a mí.
Ella se enderezó, sintiéndose infinitamente mejor.
—Somos más fuertes juntos, Malcolm. Lo sé, y Faola lo sabe, también.
—Si —dijo suavemente—. Claire, nuestro nombre está escrito en el Cathach.
Claire se quedó sin aliento.
—¿Estas bromeando?
La sonrió.
—Sepultado entre centenares de páginas, hay un verso sobre nosotros. Sí, Calum Leomhain y su dama Claire, vencedores sobre el mal.
Este era su destino. Se apretó en sus brazos, sobrecogida. Su boca acariciando suavemente su pelo. Tanta necesidad dio comienzo, pero solo la mitad de ella era física. Tenían un futuro que planear. Claire respiro profundamente y miró hacia arriba.
—Te extrañe muchísimo.
—Si, muchacha, te extrañe muchísimo, también. —Sonrió.
Ella acarició su mejilla y preguntó algo traviesamente
—¿Cuánto?
—¿Deseas ver una demostración? —murmuró alegremente.
—Sí —susurró—. ¡Quiero una gran, espléndida, y prolongada demostración!
La cogió en brazos y se levantó, riéndose ahogadamente. Así estaban cuando Claire vio que tenían público. Había interrumpido la cena. Brogan gritó, gesticulando, y Royce le sonrió, evidentemente sin rencor ni enemistad.
Pero había una cosa que Claire tenía que saber.
—¡Un momento!
—No puedo esperar —le dijo en su tono más seductor y erótico—. Soy un hombre muerto de hambre por su mujer.
—¡Sólo fueron dos semanas! —dijo felizmente. La dejó ir y se puso de pie corriendo hacia el petate. Cogió el portátil mientras Malcolm se arrodillaba a su lado—. Este es un intento desesperado. Pero mierda, si podemos viajar por el tiempo, ¿Por qué no pueden los bytes?
—No puedo saberlo —dijo seriamente. Tocó su pelo—. Pero esto es importante para ti.
—Si esto funciona, será genial —dijo Claire. Sus cejas se arquearon. Claire se encogió de hombros, y encendiéndolo, le dio al botón de Internet. Después de un interminable momento, la página de Microsoft Internet Explorer se abrió. Su página predeterminada era “[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] pero no apareció—. Oh, pues bien —dijo Claire. Realmente no importaba. Lo que tenía importancia era el futuro que compartirían, completamente a unos seiscientos años de eso, al menos.
—Sí —dijo él, levantándola sobre sus pies y agarrándola contra su enorme, duro cuerpo—. Esto es lo que importa, tú y yo. Te amo, Claire, y quiero que seas mi esposa.
Claire arrojó los brazos a su alrededor.
—Creo que conoces mi respuesta.
—No das a entender eso cuando te acecho —protestó con disimulada inocencia. Y se rió, porque ambos sabían que él podía leer su mente y ni lo uno ni lo otro importaba.
Tiró de ella hacia las escaleras.
La piel de Claire se tensó y vibró. Con la promesa de tal cantidad de placer y también mucho amor no miró atrás.
Su portátil zumbó.
El clima en la ciudad de Nueva York el 19 de Agosto del 2007, a las 11:15 a.m, es soleado con unas pocas nubes y unos 38 tórridos grados.

FIN

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