Black and Blood


 
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 Generation Dead - Daniel Waters

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Dom Mar 28, 2010 10:34 pm

Capitulo 9

PHOEBE MIRÓ POR LA SUCIA ventana de la camioneta de Adam, examinando el bosque, pensando en los chicos y preguntándose de donde habrían salido. No había dormido bien, y que Adam la llevase a clase hacía que los recientes acontecimientos pareciesen aún más surrealistas.
La noche anterior, Adam no había dicho ni dos palabras de vuelta a casa, y aquella mañana era ella la que no quería hablar.
– ¿Entiendes lo que pasó anoche? – le preguntó Adam –. ¿Qué fue eso? Ni siquiera conocía a la mitad de los chicos.
– Colette – repsondió ella. El corazón le iba tan deprisa que era como haber triplicado la dosis de cafeína de la mañana –. Colette estaba allí.
– Si, Colette – dijo Adam, después de guardar silencio un momento –. Y la chica del comedor, la reconocí. Pero ¿quién era aquel chico negro tan grande y el que sonreía? ¿De dónde salieron todos?.
– No tengo ni idea.
– ¿Sabes? Algunos estuvieron viendo el entrenamiento del otro día. No van a nuestro Instituto, ¿verdad?.
– Algunos sí, pero Mal no.
– Colette no te dijo nada, ¿no?.
– No, no me dijo nada.
Adam asintió, como si comprendiese el significado de aquello.
– Sólo puedo decirte que fue muy raro. Es como si viviesen allí o algo... Bueno, como se diga.
– Por no mencionar que te dieron con un bate de béisbol – repuso Phoebe, abrazándose –. Con un bate de béisbol, Adam.
– Sí. Sí, no me había pasado nunca. Me dejó sin aliento.
Phoebe lo miró y vio que su amigo sonreía, como si hubiese sido una aventura.
M – Adam, ¿es que el futbol te ha insensibilizado?¿Cómo puedes hablar con tanta tranquilidad de lo que pasó?.
– No es mi primera pelea – respondió él, encogiéndose de hombros –. Aunque sí la primera con bates.
– ¿Eso es lo único que tienes que decir? Vimos cómo le daban una paliza a Tommy. Con bates. Creo que intentaban matarlo.
– Ya está muerto, así que...
– ¡Adam! – exclamó ella, lo bastante alto para sobresaltarlo –.¡Ya me entiendes!.
– Vale, vale. Lo siento. Supongo que no lo había visto de ese modo.
– También podrían habernos hecho daño a nosotros si los amigos de Tommy no hubiesen aparecido.
– No creo que lo hubieran hecho, Pheeble. Creo...
– Entonces, ¿está bien machacar a un discapacitado vital?.
– No quería decir eso. Creo que...
– Vamos a dejarlo, ¿vale? – repuso ella, volviéndose hacia su ventanilla.
– Lo siento – insistió él, al cabo de un momento –. Supongo que ni siquiera pensé en la amenaza. Es que era todo tan raro...
Phoebe no contestó y siguió mirando por la ventana. A ella también le había parecido raro; conforme pasaban los kilómetros, menos le hubiese extrañado que un discapacitado vital saliese de repente del bosque.
– Por cieno, ¿qué estabas haciendo allí? – le preguntó Adam.
– Prefiero no hablar ahora, ¿vale? – respondió ella, cerrando los ojos con fuerza –.¿Podemos dejarlo para después?.
– Claro, Pheeble – repuso él, tocándola brevemente en el hombro –. Claro.
Phoebe no sabía por qué tenía ganas de llorar. Abrió los ojos y vio docenas de chicos muertos caminando por el bosque camino de la carretera. Parpadeó y desaparecieron. Miró a Adam, tan fuerte y seguro como un roble. “Estaba intentando rescatarme”, pensó, y el sentimiento de culpa mitigó la ira.
– Ojalá hubiese podido dormir un poco anoche. – “Justo lo que necesitaba – pensó –. Empezar a tener visiones”.
– Es curioso, pero yo dormí bastante bien. Me va la violencia, ¿sabes?, ir pegándole a la gente, viva o muerta, es bueno para mi paz interior.
– Eres un capullo, Adam – repuso Phoebe, pero, cuando lo miró a los ojos, no pudo evitar una risa nerviosa.
Quería echar una siesta rápida dentro de la camioneta, cálida y segura, pero, cuando volvió a abrir los ojos, Oakvale High ya los esperaba a ellos y a los estudiantes que salían de los autobuses aparcados en la entrada. Adam encontró un sitio en el aparcamiento de estudiantes y se dirigieron al edificio.
Llegaron justo cuando Tommy Williams salía del autobús. Llevaba vaqueros nuevos, zapatillas nuevas y un polo azul marino.
– Nadie diría que le dieron una paliza anoche – susurró Adam.
– No – coincidió Phoebe. La verdad era que tenía muy buen aspecto. Impecable.
Tommy los vio e intentó sonreír. Cuando los saludó con la mano, Phoebe se olvidó de su cansancio.



Margi, que no tenía ni la elegancia social ni la comprensión de Adam, empezó a incordiarla en cuanto la vio.
– ¿Qué pasa, Pheeb? Dios mío, estás horrorosa.
– Gracias, Margi. Siempre puedo contar contigo para mejorar mi vacilante autoestima – respondió Phoebe, entre risas.
– No, de verdad – insistió ella, rodeando el hombro de su amiga con el brazo lleno de pulseras –. ¿Qué es? ¿Ha pasado algo?.
– Si, ha pasado algo – dijo ella, arrepintiéndose al instante.
– ¿El qué? ¿Qué es?.
– Nada – repuso Phoebe, intentando retirarlo –. Era broma.
– Su taquilla se abrió a la primera; a lo mejor su suerte estaba cambiando.
– Phoebe, habla conmigo. ¿Te has peleado con tus padres? ¿Con Adam? ¿Quiere salir contigo?-
Como Phoebe había pasado mil veces por el interrogatorio de Margi, sabía que, al final, llegaría al tema del “chico muerto”.
– Colette – dio –. Anoche vi a Colette.
La estrategia funcionó; era el único tema que podía cerrarle la boca a Margi, y ni siquiera era mentira. Su amiga entrecerró los ojos bajo las puntas rosas del flequillo.
– Tenemos que hablar con ella, Margi.
Margi se mordió la comisura del labio, la misma comisura que se había agujereado el verano anterior.
– No podías salvarla – le dijo Phoebe –. No murió por tu culpa, no es culpa de nadie. – Margi apartó la mirada, mientras los estudiantes pasaban junto a ellas, de camino a clase –. No reaccionamos bien.
– Lo sé, lo sé – contestó Margi al fin.
– Pero tenemos otra oportunidad. Podemos...
– Lo sé – repuso Margi, alzando la voz –. Lo sé, lo sé, ¡lo sé!¡Pero no puedo hacerlo ahora!.
Se volvió y se alejó por el pasillo a toda velocidad.
Phoebe la observó, preguntándose por qué se había empeñado en fastidiar a todos sus amigos en una sola mañana.
– ¡Espera, Margi! – la llamó, corriendo para alcanzarla.
– Ni una palabra más.
– Mis labios están sellados – le aseguró Phoebe mientras entraban en el aula.
Unos minutos más tarde, la voz de la directora Kim surgió de Ios altavoces después de los anuncios de la mañana para informarles de que habría una asamblea general justo después de la tutoría y de que los estudiantes debían dirigirse sin armar escándalo al auditorio.
Margi, que no era de las silenciosas, se acercó a Phoebe y la cogió por el antebrazo. Llevaba calaveras rosas sonrientes pintadas sobre el esmalte de uñas negro.
– ¡Sí! ¡Nos libramos de la clase de historia!.
Phoebe le devolvió la sonrisa; Margi siempre se recuperaba rápidamente de las peleas, lo que venía bien para compensar, teniendo en cuenta su temperamento. Sonó el timbre y fueron hacia el auditorio. Los pasillos ya estaban llenos de alumnos.
Phoebe vio la cabeza de calabaza de TC Stavis asomar sobre el mar de estudiantes. El auditorio era el doble de grande de lo necesario para el número de matrículas de Oakvale High; Margi y ella acabaron en un par de asientos en el centro de aquella caverna con forma de medio cuenco.
– Bajad hasta las primeras filas – les pidió el señor Allen, sin variar la inflexión de su voz –. Ocupad todos los asientos libres.
Phoebe se dio cuenta de que quedaban algunos asientos vacíos alrededor de los pocos chicos muertos que estaban repartidos por el auditorio.
– ¿Es por la recaudación de fondos? – preguntó Margi –. Espero que no. Si lo es, espero que no quieran vender las velas. ¿Quién va a querer comprarlas? ¿Por quince dólares?.
A Phoebe no le parecía que tuviese nada que ver con las velas. Vio que la directora Kim, alegre y enérgica con su traje color melocotón, llevaba a dos personas al escenario. La primera era una joven vestida con un traje azul; era rubia, llevaba el pelo recogido en una sencilla cola de caballo y tenía gafas de montura oscura y cristales anchos. Una mujer despampanante.
Se detuvo al borde del escenario para ayudar a su acompañante, un frágil anciano que la cogía del brazo, mientras el señor Hill, el profesor de gimnasia, lo ayudaba por el otro lado. A Phoebe se le daba fatal adivinar la edad de las personas mayores de veinte años, pero calculaba que aquel hombre andaría por los ochenta. Se volvió brevemente hacia la multitud mientras subía muy despacio por la corta escalera, y a Phoebe le resultó familiar la nariz ganchuda y el pelo blanco repeinado.
– ¿Quién es el abuelete? – preguntó Margi.
Como no había logrado ubicarlo, sacudió le cabeza.
La directora Kim pidió silencio y presentó a los desconocidos.
– Hoy tenemos entre nosotros a dos personas que han dedicado sus vidas a fomentar la diversidad. Antes de los acontecimientos de los últimos años, el término “diversidad” solía emplearse para describir a las diferentes culturas, religiones, etnias u orientaciones sexuales. En la actualidad, el término también puede aplicarse a los distintos estados del ser. Alish Hunter y su hija Angela han creado la Fundación Hunter para el Desarrollo y la Comprensión de las Personas con Diferente Factor Biótico, y hoy están aquí para hablarnos sobre una emocionante oportunidad para los alumnos de este instituto. Por favor, recibamos a Angela Hunter con un aplauso.
El aplauso empezó con poco entusiasmo, pero subió de volumen cuando los machos del público, con las hormonas alteradas, se dieron cuenta de lo guapa que era Angela Hunter. Con aquel estudiado aspecto de ratón de biblioteca, a Phoebe le recordaba a una joven profesora de un vídeo heavy de los ochenta, la que se arrancaba las vestiduras que la constreñían en cuanto empezaba el solo de guitarra para dejar al descubierto un biquini rosa chicle y un asombroso cuerpo bronceado. La señorita Hunter sonrió poniendo morritos, casi una sonrisa cómplice, lo que sugería que había calculado con precisión la respuesta de la multitud.
– Gracias, directora Kim – dijo –. Y gracias, estudiantes de Oakvale High, por vuestra atención y por permitirme hablaros hoy sobre las personas con diferente factor biótico. Los integrantes de la Fundación Hunter utilizamos la expresión “diferente factor biótico” para referirnos a aquéllos a los que tanto vosotros como otras muchas personas llamáis zombis, cadavéricos, cabezas muertas, los no muertos, comida para gusanos, monstruos, muertos vivientes, los hijos de Romero, y demás apelativos peyorativos diseñados para herir y marginar.
– Buf – susurró Margi. La inquietud hormonal generada por la señorita Hunter se desvaneció gracias a la rapidez, y sensatez con la que había lanzado una granada mental a la sala. Phoebe se percató de que casi todos los estudiantes estaban tan callados como..., bueno, como una persona con diferente factor biótico.
– En la Fundación Hunter creemos que incluso el término “discapacitado vital”, aunque se creara con la mejor de las intenciones, es peyorativo, ya que implica que las personas que, a pesar de no estar vivas, siguen entre nosotros, están rotas o son defectuosas. De la misma forma que el término “discapacitado” acabó considerándose un insulto para las personas con capacidades diferentes, el término “discapacitado vital” también es un insulto para los que llevan vidas con diferente factor biótico. Sin embargo, en la Fundación Hunter no creemos que, para el diálogo sobre la comprensión y la integración de las personas con diferente factor biótico, baste con definir sus términos. Una cosa es crear el lenguaje apropiado para el discurso y otra desarrollar la cultura hasta alcanzar la aceptación, y creemos que la forma correcta de lograrlo es utilizando la ciencia, tanto la ciencia pura tradicional como las ciencias sociales.
– ¿Queé? – comentó Margi, pero Phoebe la mandó callar.
– Creemos que las personas con diferente factor biótico están, de hecho, vivas..., aunque todavía nadie sabe cómo es posible. Parte de nuestro trabajo en la fundación consiste en descubrir cómo funciona una persona con diferente factor biótico, desde el punto de vista biológico. Sin embargo, también deseamos descubrir cómo funcionan desde una perspectiva psicológica.
Estas personas, por su factor biótico, pertenecen a un grupo cultural muy reducido. Son una verdadera minoría, y la condición de minoría tiene, sin duda, unas profundas implicaciones psicológicas.
“Loqueros para los no muertos”, pensó Phoebe.
– Otra de las funciones de nuestra fundación, la función en la que más podéis ayudarnos, es utilizar los resultados de nuestros estudios y programas de manera práctica. Nuestro objetivo es la integración completa de las personas con diferente factor biótico en Ia sociedad. Soñamos con un mundo en el que una persona con diferente factor biótico pueda caminar por una calle abarrotada sin miedo. Entendemos que, para hacer realidad nuestro sueño, también las demás personas de esa calle abarrotada deben ser capaces de caminar por ella sin miedo de sus conciudadanos con diferente factor biótico. Para lograrlo, pedimos voluntarios que participen en nuestro laboratorio de formación.
Vuestro instituto es único en Connecticut, ya que tenéis el índice más alto de personas con diferente factor biótico per cápita; por lo tanto, tenéis tanto la responsabilidad como el privilegio de ayudar a enseñar al resto del país y del mundo lo que las personas con DFB (es decir, con Diferente Factor Biótico) tienen que ofrecer, y viceversa.
Os damos la oportunidad de aprender más sobre vosotros y sobre los que no son como vosotros. La Fundación Hunter, aunque cuenta con una economía sólida, no disfruta de un gran apoyo oficial. El tema de los derechos de las personas con DFB sigue siendo una bomba política. Comprendemos que unirse a nosotros exige cierto grado de valentía y fortaleza emocional, pero los que estéis interesados en adoptar una actitud social positiva, a riesgo de atacar las normas de la sociedad, descubriréis que trabajar con nosotros puede resultar una experiencia muy gratificante.
Tenemos algunos amigos en el terreno político y hemos logrado la homologación de nuestro programa de prácticas. Los que os apuntéis recibiréis créditos de nivel avanzado, siempre que prestéis toda vuestra atención al programa.
Guardó silencio un momento para que la información calase. Phoebe se preguntó si bastaría con el cebo de los créditos para interesar a alguien. A muchos de los estudiantes de la audiencia les asqueaba el tema, así que miró a su alrededor para ver qué pensaban los estudiantes con “diferente factor biótico” sobre el curso.
– Las prácticas tienen dos partes. En primer lugar, tendréis que trabajar. Contamos con varios puestos que necesitamos cubrir en la fundación: de administración, mantenimiento y seguridad.
Se os pagará por vuestro tiempo. En segundo lugar, participaréis en una reunión semanal centrada en el tema que nos ocupa, en la que estudiantes de factor biótico tradicional se encontrarán en una discusión moderada con estudiantes con DFB.
El objetivo siempre será la aceptación; entendemos que el camino a la aceptación sólo puede recorrerse gracias a la comprensión mutua. – Hizo una pausa, disfrutando del silencio de la sala –. ¿Alguna pregunta?.
Se levantaron muy pocas manos. Angela señaló a una, en las primeras filas.
– ¿Qué quiere decir con “diferente factor biótico”?. Está diciendo que los chicos muertos están vivos?.
Phoebe no veía a la chica que había hecho la pregunta, pero sí la sonrisa irónica de la señorita Hunter.
– No – respondió –, estoy diciendo que tienen un factor biótico diferente..., que no viven de la misma forma que tú o que un champiñón, por ejemplo. – Phoebe sonrió, y los chicos más listos del instituto se rieron –. Lo cierto es que no entendemos la biología de las personas con DFB. Es uno de los campos que nuestra fundación pretende explorar.
- ¿Por qué solo los adolescentes vuelven convertidos en zomb… en personas con diferente factor biónico?.
– Biótico. Todavía no lo sabemos; ni tampoco por qué el fenómeno sólo parece tener lugar entre los chicos estadounidenses. Sin embargo, seguro que eso nos da alguna pista; una de las teorías más populares afirma que los procesos de inmunización por los que pasan los niños estadounidenses se disparan de algún modo el proceso.
La señorita Hunter señaló con la cabeza a una chica que estaba en los asientos cercanos a la parte delantera de la sala.
– Mi padre dice que no es natural que la gente vuelva de la muerte. Dice que en la Biblia sale que los muertos se levantarán de sus tumbas, y que eso significa que el mundo se acabará pronto.
La señorita Hunter frunció el ceño, pero a Phoebe le pareció que era más por concentración que por disgusto.
– Con todo el debido respeto por las creencias de tu padre – contestó, sin salirse de tono-, en nuestros exhaustivos estudios no hemos descubierto nada que sugiera que el fenómeno de las personas con DFB sea una señal del Apocalipsis. Por supuesto, podríamos equivocarnos, pero preferimos considerar el asunto como un rompecabezas científico, más que como un acertijo metafísico.
Habla un brazo pálido entre los pocos levantados y, cuando la señorita Hunter sonrió y lo señaló, la pregunta tardó en llegar.
Phoebe notó que Margi contenía el aliento a su lado. Colette.
– ¿También... pueden...unirse...chicos…muertos?.
Phoebe pensó que todos los comentarios de Colette después de su fallecimiento cabían en un solo Post-it.
La respuesta de Angela fue efusiva.
– Por supuesto. Como he dicho, Oakvale High tiene el honor de ser el primer instituto del estado en crear un programa de estudios sobre las personas con DFB. Creo que la experiencia será más gratificante para todos si contamos con bastantes participantes de esas características –. Se centró en Colette mientras hablaba, como si la calidez de su sonrisa pudiera devolverle algo de color a sus pálidas mejillas muertas –. Creo que tenemos tiempo para otra pregunta...Sí, el de la sudadera azul.
– ¿Cuánto pagan?.
– Seguramente ganarás más en el centro comercial – respondió la señorita Hunter, riéndose –. Pero las prácticas educativas quedarán mejor en tu solicitud a la universidad que un trabajo a tiempo parcial vendiendo rollos de canela en Cinnabon.
La directora Kim se unió a Angela en el estrado. La invitada esperó a que acabaran las risas educadas y dijo:
– Gracias a todos por darnos la oportunidad de hablar hoy aquí. Espero ver a muchos de vosotros en la fundación.
La directora Kim empezó a aplaudir y permitió a los estudiantes hacer lo mismo con desgana durante unos cuantos minutos antes de hablar sobre el funcionamiento del proceso de solicitud, los requisitos y el número máximo de participantes.
– La señorita Hunter y yo os entregaremos las solicitudes delante del escenario o, si lo preferís, en mi despacho. Hay que devolverlas antes del viernes.
– Bueno, a pesar de todo, ha sido mejor que historia – comentó Margi –. Qué pena que no perdamos también lengua, Phoebe... ¿a dónde vas?.
Phoebe la miró, pero guardó silencio y se unió a los pocos chicos con diferente factor biótico que caminaban en dirección contraria a la marea de estudiantes ansiosos por salir del auditorio.
Vio a Tommy, Colette, el chico al que habla visto en el bosque la noche anterior (Evan) y unos cuantos más. Adam esperaba al final de una de las filas de asientos.
– ¿Vas a apuntarte? – le preguntó Phoebe.
– Sí, ¿y tú?.
– Ajá.
No había muchos interesados, pero aquello no hizo que vacilase la cálida sonrisa de Angela Hunter al entregarle la solicitud, que consistía en tres hojas de papel grisáceo sujetas con una grapa.
– ¿Podría llevarme dos? – le preguntó a la científica –. A lo mejor puedo convencer a mi amiga para que se una.
– Llévate un taco entero – respondió la señorita Hunter, entregándole más copias –. No creo que las necesitemos todas.
Phoebe pasó junto a Colette en el camino de vuelta, y Colette pareció verla por primera vez desde su muerte.
Le dio la impresión de que intentaba sonreír.



Pete Martinsburg no sonreía. Se había pasado toda la reunión mirando fijamente a la rubia sexy.
No habla dormido bien desde la debacle en el bosque y, cuando conseguía dormir, soñaba con Julie, pero no con la Julie del amor adolescente, los helados de cucurucho y los trece años, sino con la Julie muerta y vuelta a la vida. Soñaba que paseaba con Julie de la mano, pero en realidad no era la mano de Julie, sino la de Tommy Williams.
“Puede que ella no regrese”, le decía el Tommy de la pesadilla. Pero, en el sueño, era Pete el que se movía despacio; el Tommy de la pesadilla se metió rápidamente en el coche que Pete había estado conduciendo todo el verano. El coche en el que nunca se había sentado con su padre.
“Ahora ya sabes cómo es... – -oyó decir a la fría y hueca voz de su cabeza, mientras el zombi arrancaba el coche – ...estar muerto”.
El coche aceleró a la velocidad de la luz hacia un muro de ladrillo que había surgido del asfalto y se estrelló formando una nube amarilla que estalló en llamas; Pete se despertó con los gritos de Julie y la risa del chico muerto retumbándole en la cabeza.
Pero, obviamente, Julie, la Julie real, no la Julie cenicienta de ojos vacíos que caminaba por sus sueños, no había podido gritar.
El simpático padre de Pete le había dado la noticia con su tacto habitual, por teléfono, con un continente entre él y su hijo. Había llamado en Navidades; se lo soltó justo después de que Pete intentara contarle que había sido todo un héroe futbolístico aquella temporada, los placajes que había hecho y las intercepciones que había logrado para los Badgers.
– Ah, oye, Pete – le dijo su padre. Pete recordaba la conversación con todo lujo de detalles, igual que recordaba todas las conversaciones que había mantenido con su padre después de la separación –. Oye, ¿recuerdas a esa chica, Julie, con la que jugabas este verano? – “Jugaba”, como si hubiesen estado jugando al escondite –. ¿La hija de Marissa? ¿Te acuerdas de Marissa, la mujer con la que salía? – Pete la recordaba, y su miedo crecía. Su padre sólo daba buenas noticias cuando no decía nada –. Bueno, pues su hija, Julie, murió como dos semanas después de que volvieses con tu madre. Una pasada. Tuvo un ataque de asma descomunal. Dicen que lo provocó una picadura de araña o algo así.
“Una pasada”.
Observó a Angela Hunter reírse con Layman y Pantisnegros, y el bolígrafo con el que había estado tamborileando sobre el respaldo de la silla que tenía delante se le rompió en la mano, derramándole encima una gran burbuja de tinta azul.
Se limpió la tinta en el cojín del asiento de al lado. Su padre no tenía ni idea de lo que Pete sentía por Julie, igual que no tenía ni idea de que Pete nunca volvería a sentir nada parecido por nadie.
La triste historia de Dallas Jones, el primer zombi, llegó a los medios unas semanas después de que su padre le diese la noticia de la muerte de Julie. Al principio, Pete se había aferrado en secreto a la esperanza de que Julie regresara, pero, cuando no lo hizo, tampoco se sorprendió. La gente nunca se iba del todo de la vida de Pete, pero tampoco “regresaba” de verdad.
Tenía la mano azul desde la base del meñique hasta la muñeca. Los alumnos habían empezado a salir del auditorio, pero no Morticia Pantisnegros, que todavía estaba con la rubia sexy, intentando entregar hojas de solicitud. Phoebe tenía algo que le recordaba a Julie.
No estaba seguro de por qué Pantisnegros le provocaba aquella sensación. Julie no tenía absolutamente nada de gótica, ni tampoco era de las que se ponían vestidos y botas. Sin embargo, había algo...,una expresión, una sonrisa. Algo.
Se quedó mirando a Phoebe un rato y después se fue a lavarse las rnanos en el gran servicio que había junto al auditorio. Puso el agua tan caliente como pudo, se echó seis chorros de jabón de manos rosa en las palmas y restregó bien. Entonces se abrió la puerta del servicio y oyó a alguien entrar arrastrando los pies.
Frunció el ceño, levantó la mirada y se encontró con la cara gris azulado de Tommy Willliams reflejada en el espejo manchado.
– Creía que no usarías mucho este cuarto – comentó Pete, sonriendo mientras sacudía las manos sobre el lavabo –, teniendo en cuenta que tus partes ya no funcionan. No te funcionan, ¿verdad?.
Observó cómo Williams abría y cerraba los puños.
– Déjame... en paz – le dijo el chico muerto, y su extraña voz retumbó en las tuberías y los azulejos –. Deja a... Phoebe... en paz.
Pete pensó en secarse las manos en la camiseta del chico muerto, pero la idea de acercarse a su cuerpo sin las hombreras y las cintas de por medio le daba náuseas.
– Tú eres el que tendría que dejarla en paz, monstruo.
Tommy dio otro paso hacia Pete, y Pete se asustó durante un segundo, porque la verdad era que no sabía qué podía hacer si el zombi lo atacaba o intentaba pegarle. No lo asustaba pelearse con nadie del instituto, desde Adam para abajo..., siempre que se tratara de alguien vivo, claro. Había probado media docena de formas diferentes de hacerle daño en los entrenamientos, pero el zombi se lo había quitado de encima como si fuese una gota de sudor.
– Sé... lo que estás... pensando – dijo Tommy, alzando la comisura de los labios en un enfermizo intento de esbozar una sonrisa –. Estás pensando...: “¿Qué..hago...si...m e pega?¿ Qué hago.. si... me pone las... manos... encima?”.
– No puedes meterte en mi cabeza – repuso Pete, pero vio que Tommy levantaba la mano y tapaba el interruptor de la luz.
El chico volvió la vista hacia la puerta; no quería estar a oscuras con el zombi, ni en aquel cuarto de baño, ni en ninguna parte, nunca.
– Ya estoy en tu... cabeza –-respondió Tommy, con un susurro mordaz. Pete notó el soplo de aire en la mejilla y se estremeció –. Intenta lo que quieras en el entrenamiento. Sólo sirve para...hacerme...más fuerte. Pero no... amenaces…a mis amigos.
Aunque Pete estaba a punto de responder, no encontró las palabras para hacerlo y, entonces, las luces se apagaron. Lanzó un puñetazo al aire, sin golpear nada, y otro más con el mismo resultado; después se cubrió, esperando una lluvia de golpes que no se produjo. Un segundo después la puerta de los servicios se abrió y el cuarto se iluminó con la claridad del bullicioso pasillo.
Tanteó la pared a oscuras y encendió las luces justo antes de que entrara Norm Lathrop. Norm vaciló al ver a Pete, probablemente dándole vueltas a si debía huir por donde había venido antes de que el otro chico pudiera aterrorizarlo.
– Quítate de en medio – le dijo Pete. Cogió una toalla de papel del dispensador y se secó la frente.
– Lo siento – repuso Norm, que estuvo a punto de dar un bote de camino a los urinarios.
“Tengo que hacer algo con esos malditos zombis”, pensó Pete abriendo la puerta del servicio de un puñetazo.

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Dom Mar 28, 2010 10:35 pm

Capitulo 10

– BUENO – DIJO PHOEBE, metiéndose en el asiento de la ventanilla. No había muchos estudiantes en el autobús, pero Margi y ella solían compartir uno de los asientos dobles.
– Bueno, ¿qué?.
– Bueno, ¿qué te parece?.
– ¿El qué? – preguntó Margi, que estaba haciéndose la obtusa.
– La reunión, atontada.
– Ah, no lo sé – repuso; después sacó su iPod de la mochila y empezó a revisar la larga lista de bandas.
– Me voy a apuntar – dijo Phoebe, suspirando –, si me admiten.
– Ya me lo imaginaba – respondió Margi. Eligió una canción del álbum en solitario de M. T. Graves, All the Graves are Empty Except Mine y subió el volumen hasta que las dos pudieron oírlo, un débil gemido por encima del traqueteo del autobús –. Te admitirán.
– ¿Te lo imaginabas? – repitió Phoebe, dándole a su amiga con el hombro –. Tú y yo contra el mundo, ¿eh, Margi?.
– Sí. Sé por qué has estado quedándote después de clases, Pheebes. Sé que no tiene nada que ver con el trabajo de historia.
– Ah. Pero sí que terminé el trabajo.
Margi le devolvió el toque en el hombro, como si le agradeciese que no se inventara una tapadera estúpida que las avergonzase a ambas. La mirada de Margi solía tener un punto duro, pero, en aquellos momentos, era cariñosa y parecía asustada.
– ¿Qué pasa entre vosotros dos?.
Phoebe se volvió hacia la ventana; ya habían llegado a las carreteras rodeadas de árboles. No vio balancearse entre los abedules y los robles a ningún zombi (bueno, a ninguna persona con diferente factor biótico).
– No sé qué pasa entre nosotros. No sé si pasa algo. Hay una conexión, no sé cuál. Nos estamos comunicando, y a ninguna de las dos nos pasa eso a menudo con nadie, esté vivo o muerto.
– Es lo que hemos elegido, más o menos – coincidió Margi – Más o menos.
Guardaron silencio durante unos minutos, lo que era muy raro en Margi.
– ¿Te apuntarás conmigo? – le preguntó Phoebe, y Margi se encogió de hombros –. Venga, Gee – insistió –. Somos las Hermanas Raras, ¿no?.
– Menos una – susurró Margi, apoyando la cabeza en el hombro de Phoebe.
– Gee...
– No, lo sé, lo sé. Quizá sea bueno. Puede que aprenda a hablar con ella o algo.
– ¿Con Colette?.
– Sí, con Colette.
– Puede. Puede que sí. Eso estaría bien, ¿verdad?.
– Claro. Pero es muy raro, ¿sabes? está pasando algo, algo se mueve. ¿Por qué no hay ningún chico muerto en el autobús. Ni Colette, ni tu amigo, ni el otro. No tienen coche.
Phoebe miró a su alrededor. Los chicos muertos nunca perdían el autobús de vuelta. Margi tenía razón, era raro.
– Ni me habla dado cuenta.
Margi se movió sobre su hombro, como si asintiera. Y se frotó un ojo.
– No tengo encefalograma plano del todo, ¿sabes? También veo cosas.
– Ya lo sé, Gee.
– ¿Me avisarás si... Tommy y tú os hacéis algo más que amigos?.
– Te avisaré. Ni siquiera sé si somos amigos.
– Pheebes y Gee contra el mundo, ¿no? – dijo Margi, sorbiéndose Ios mocos.
– Eso – afirmó Phoebe, rodeándole los hombros con el brazo.
El viejo autobús se detuvo con un gruñido delante de la casa de Phoebe, y Rae, la conductora, anunció:
– Buenas noches, señoritas.
Era lo que decía siempre que desembarcaban. Rae no discriminaba, se despedía por igual de todos los estudiantes, tanto vivos como muertos.
Gargoyle las recibió en la puerta, moviendo el trasero con regocijo perruno cuando Margi se agachó para cogerlo en brazos y dejó que le lamiese la cara.
– Ten cuidado - la avisó Phoebe –. El maquillaje es venenoso para los cachorros.
– Cierra la bocaza y coge algo para picar. Me llevo a mi niño guapo a la calle.
Phoebe encendió el equipo de música y la casa se llenó con las canciones de The Empire Hideous. Sacó una cafetera del frigorífico y sirvió el café en vasos altos con mucha nata, mucha azúcar y mucho hielo, porque así era como les gustaba. Había una bolsa de patatas fritas, una caja de galletas saladas y un poco de hummus.
Margi volvió con Gargoyle y empezó a cantar con Myke Hideous; su voz ronca pegaba bien con la entonación lúgubre del cantante. Phoebe sonrió con cariño.
– ¿Qué bebida toca hoy? – pregunró Margi, dejando a Gar en el suelo; el perrito se dirigió al sofá y se subió a él de un salto.
– Créme brulée – respondió Phoebe, acercándole la bandeia a Margi para que cogiera uno de los vasos.
– Mmmm, está dulce.
– Será por todo el azúcar que le he puesto.
– Sí, buena elección. Bueno, ¿qué hacemos, aparte de “cafeinarnos”?.
Phoebe llevó la bandeja a la mesita de centro y se sentó al lado de Gar, que se puso boca arriba para que le rascase la barriga.
– La semana pasada grabé una cosa. Se me ocurrió que podríamos verla juntas.
– Oh, oh. Mis sentidos arácnidos me dicen que es una trampa.
– Jo, Margi, estoy impresionada. Primero bilocación, y ahora clarividencia. Tus poderes telepatéticos están que se salen.
– Es por ese vínculo psíquico que compartimos, porque, si algo se puede decir de ti, es que no eres predecible. Que le hagas ojitos a un chico muerto no lo podía predecir ni yo.
Phoebe le tiró un cojín.
– El programa lo echaron en la CNN. Se llama Los jóvenes no muertos de América.
– Empiezo a ver un patrón en esto – repuso Margi, dejándose caer a lo burro a su lado, con Gar entre las dos –. Supongo que no podemos limitarnos a escuchar a Empire Hideous y punto, ¿no?.
– No. Hoy vamos a desarrollar nuestra conciencia social. Es algo de actualidad. He oído que las personas con diferente factor biótico están de moda.
– Ya, yo también.
Phoebe encendió el reproductor con el mando a distancia mientras utilizaba el mando del equipo de música con la otra mano para apagarla.
– Se te da bien, deberías haber nacido tío – comentó Margi.
– Soy demasiado mona. Y me gusta oler bien.
El programe empezó con un montaje narrado por alguien que dominaba el tono lúgubre y monocorde. Después echaron un breve resumen del vídeo de Dallas Jones con algunas explicaciones sobre el inicio del fenómeno de los discapacitados vitales, combinadas con grabaciones de audio del reverendo Nathan Mathers, que parecía pensar que el regreso a la vida de los muertos era una señal segura del Apocalipsis. El montaje finalizaba con el narrador sugiriendo que, como con cualquier nueva tendencia en la sociedad estadounidense alguien intentaría beneficiarse del fenómeno; después pusieron a un hombre bien vestido y de amplia sonrisa firmando ejemplares de un libro llamado Los muertos no tienen vida: lo que los padres necesitan saber sobre sus hijos no muertos.
Phoebe se restregó las sienes.
– Poderes telepatéticos en acción – dijo, e intentó imitar la voz del narrador – “De lo que no cabe duda es de que el fenómeno de los discapacitados vitales ha hecho que se tambaleen los cimientos de la sociedad americana”.
– De lo que no cabe duda – siguió el narrador – es de que la presencia de los discapacitados vitales ha alterado para siempre el estilo de vida americano..., por así decirlo.
Margi se rió.
– ¡Lo has visto antes, fijo!.
– Fijo que no – respondió Phoebe –. Si vieras las noticias de vez en cuando tú también podrías predecirlo. Y harías la voz mejor que yo.
– Le falta la chispa de la vida, por así decirlo.
– Está muerto y enterrado, por así decirlo.
– Efectivamente, Phoebe, tiene mejor vocabulario que tú.
– Así es, Margi, los vecinos aseguran que se veía venir.
Siguieron bebiendo café mientras comenzaba el video de Dallas Jones.
– Puaj, lo odio – comentó Margi conforme avanzaba la familiar imagen granulosa en blanco y negro. Dallas Jones entró en la tienda, sacó una pistola del bolsillo de su abultada cazadora y apuntó a la dependienta. No se oía nada, pero estaba claro que le gritaba.
Dallas se volvió para mirar a la calle y, en cuanto lo hizo, una bala le alcanzó en el pecho, levantando una nube de humo. El chico salió disparado hacia atrás un metro y medio hasta darse contra una estantería llena de aperitivos y una pirámide de latas de refresco.
– Da igual cuántas veces lo vea, no me acostumbro – dijo Margi.
Phoebe asintió. La imagen del asesinato de Dallas Jones era más perturbadora que lo que venía después, por mucho que lo de después hubiese “alterado para siempre el estilo de vida americano”.
El que había disparado, el dueño de la tienda, salió de detrás mostrador agarrando la mano de la dependienta que, además, era su mujer. Ahmad Qurati se pasaría la vida recibiendo críticas por el riesgo que corrió al disparar a un ladrón mientras el hombre apuntaba a la cabeza de su esposa. También lo criticarían por no acercarse a Jones para comprobar si lo había matado; el video mostraba cómo salía por donde había entrado Jones y cerraba la puerta con llave..., otra acción que no tenía mucho sentido. El departamento de policía también había recibido lo suyo por tardar dos horas y siete minutos en llegar a la escena, a pesar de que los informes dejaban claro que Qurati había llamado a la policía una hora y cincuenta y tres minutos después de cerrar la puerta principal.
La CNN se saltó parte de la grabación, hasta llegar al minuto 109. Jones estaba casi oculto por la estantería de patatas fritas, aunque sí se le veía claramente una pierna torcida, parte de un brazo y un charco oscuro que se había extendido por el suelo durante los primeros segundos de la grabación.
En el minuto 109, el vídeo volvía a la velocidad normal y enseñaba cómo la pierna de Dallas se movía. La estantería cayó al suelo, no como si alguien la levantase y la lanzase, sino como si se la quitase de en medio sin más. El brazo se alzó del suelo mientras, aparentemente (resultaba difícil saberlo porque casi todo ocurría fuera de cámara), Dallas se ponía en pie.
– Dios mío – dijo Margi.
Un minuto después, Jones apareció en pantalla y siguió caminando sin levantar las suelas de las zapatillas de caña alta del suelo. La cámara le apuntaba a la ancha espalda, y se veía que la cazadora estaba rota y echaba plumas oscuras por el agujero del disparo. Caminó hasta darse contra la puerta de cristal. No intentó abrirla y, al cabo de un momento, se volvió y siguió arrastrando los pies por donde había venido, hacia la cámara.
El narrador empezó a hablar mientras avanzaba el video, contando la triste biografía de Dallas Jones, vándalo adolescente. A Phoebe se le puso la carne de gallina a la espera del momento que había dado lugar a cientos de tesis doctorales y, cuando se produjo, la CNN lo congeló y aumentó la imagen, lo que hizo que fuese el doble de granulosa, aunque también el doble de eficaz.
Phoebe siempre se había preguntado por qué Dallas Jones levantó la mirada hacia la cámara al final de su segunda vuelta infructuosa por la tienda. La imagen creció hasta que sus ojos llenaron la pantalla del televisor, de modo que se distinguía cada uno de los píxeles.
– Dallas Jones fue el primero – dijo el narrador, y sustituyeron la imagen de los ojos de Dallas por otras grabaciones igual de malas de otras personas muertas moviéndose por ahí; después pusieron los reportajes de varios periodista sin informando in situ sobre el regreso de una docena de no muertos.
– No enseñan la parte en la que entran los polis – comentó Margi. Phoebe había estudiado el video completo; Qurati después de hacerse un lío con las llaves, abrió la puerta de la tienda,
y dos policías entraron y derribaron a Jones. Cuando llegaron los servicios médicos unos minutos más tarde, uno de los polis estaba cubierto de sangre, y no era suya.
– ¡Arrepentíos! – decía el reverendo Nathan Mathers. Gritaba, escupiendo saliva –. Arrepentíos, porque el final está cerca. ¡Las tumbas devuelven a sus muertos y sin duda el Señor estará pronto entre nosotros!.
– Me dan pena los que están en primera fila – comentó Phoebe. Margi, a su lado, se abrazó a Gar.
– Odio que saquen eso – dijo.
La siguiente imagen fue aún más horrible. El vídeo se movía como si la cámara estuviese atada a un niño hiperactivo, pero la imagen que ofrecía se distinguía fácilmente y resultaba aterradora.
Dos hombres con bidones de gasolina rociaban con ellos a una discapacitada vital muy lenta, a la que primero habían atado al poste metálico clavado en hormigón de una canasta, como los de los colegios. La chica ardió en llamas amarillas y pareció agitarse con más fuerza, pero pudo ser efecto del fuego que la rodeaba. Mathers seguía dando su discurso de fondo.
– Dios mío – repitió Margi, y guardaron silencio durante el resto del programa, incluso cuando Skip Slydell, el joven autor, empezó a hablar sobre cómo los padres deberían educar a sus hijos con diferente factor biótico y ayudarlos a integrarse en una sociedad que todavía no contaba con la legislación necesaria para evitar que los quemasen en la estaca.

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Lun Mar 29, 2010 3:58 am

gemma recibi los capis
me podre mañana en elllo
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Lun Mar 29, 2010 4:50 am

OMGGGGGGGGGGGGGGGGGGG
amo amo amooo el libro xD
dios dios dios!!!!!!!!
ahhhhhhhhhhh
amoooo a tommy!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

TOMY RA RA RA!!!!! xD
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Dana

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:21 pm

Capitulo 11
Transcrito por Dianis

HABÍA TRECE NOMBRES en la lista de estudiantes aceptados en la Fundación Hunter. Phoebe Kendall era la tercera de la lista, justo debajo de Tommy Williams y Karen DeSonne. Colette iba detrás, seguida de Margi y Adam.
Phoebe se volvió, muy animada, pero estuvo a punto de toparse con los brazos de Pete Martinsburg, que la apartó contra la pared.
—Deberías mirar por dónde vas, Pantisnegros —le dijo él, amenazante. Ella iba cargada de libros y él tenía las manos libres, la izquierda cerrada en un puño—. Y también deberías tener cuidado con lo que haces.
A Phoebe se le encendieron las mejillas de rabia y vergüenza..., y también de miedo. Al fin y al cabo, tenía delante a un chico al que no le importaba pegar a uno de sus compañeros con un bate de béisbol. Margi ya le habría arañado la cara con sus uñas rosa chicle, bufando como un gato, pero a ella le daba miedo que le hiciese daño y en la cara de pete veía que estaba dispuesto a hacérselo.
—Hacía tiempo que no te veía tanto color en la cara. ¿Estás asustada, chica muerta?— le preguntó, sonriendo—. Haces bien.
Phoebe se sintió encoger bajo el peso de su mirada. Llevaba botas altas hasta la rodilla, lo que le habría ido muy bien de poder haberle golpeado la entrepierna con ellas. Por desgracia, la falda que llevaba era estrecha hasta los tobillos y apenas le permitía andar, así que nada de pegar patadas.
Le vino a la cabeza claramente el sonido del bate de Martinsburg al atravesar el aire de camino a la carne de Tommy. Notó que tenía los puños cerrados.
Martinsburg arrancó la lista de la pared, rompiendo la esquina que estaba pegada con cinta adhesiva; la dobló dos veces y se la metió en el bolsillo.
—Todos los de la lista se arrepentirán de haber oído hablar de esa clase —dijo.
Después se alejó por el pasillo y Phoebe lo observó mientras las lágrimas de frustración se le acumulaban en los rabillos de los ojos. Podía entrar en la oficina y contarle a alguien lo que había pasado; podía buscar a Adam, y seguro que él quería charlar un rato con Martinsburg. Al final se limitó a secarse los ojos y preguntarse qué haría Martinsburg cuando viera el nombre de Adam Layman al final de la lista.
Margi encontró a Phoebe en el pasillo. El rubor de las mejillas de Phoebe parecía haber desaparecido, porque Margi se comportaba de nuevo como siempre, hablando a toda pastilla para contarle la atrocidad cometida por el señor McKenna en la clase de español aquella misma mañana; al parecer no había anunciado un examen sorpresa, o algo parecido.
—Por eso los llaman exámenes sorpresa, ¿no? —Comentó Phoebe—. Porque son sorpresa.
—Sigue sin ser justo. Hablando de sorpresas, ¿cuándo van a poner la lista de las prácticas? Bueno, no es que quiera hacerlo ni nada, pero soy tu mejor amiga, y supongo que quedará bien en la solicitud a la universidad. Y no serán muy duros con las notas, ¿no? Quiero decir, que las notas serán una formalidad en esas cosas, ¿verdad? No quiero hacerlo si me van a poner mala nota.
—Ya han puesto la lista. La han arrancado.
—¿Ah, sí? ¿Quién habrá sido? ¿Algún imbécil que no ha entrado? Bueno, mejor me callo, ¿y si no he entrado yo? ¿Sabes quién ha entrado?
—Has entrado, y yo también.
—Viva —repuso Margi, con falso entusiasmo, dando palmadas para que sus cientos de pulseras tintineasen siguiendo un suave ritmo—. ¿Quién más? ¿Alguien tan guay como nosotras? Como si fuera posible...
—Tommy, Adam —respondió Phoebe, sonriendo al ver que Margi hacia una mueca—. Colette. Thornton Harrowwood se ha apuntado, por algún motivo. También vi a esa discapacitada vital... a esa chica con diferente factor biótico en la lista: Karen, la de apellido impronunciable. Sólo han aceptado a trece.
—De nuevo formamos parte de la élite —respondió Margi, dándole un toquecito en el hombro que Martinsburg acababa de empujar—. Aunque está claro que sólo se presentaron trece.

* * *

Los trece se convirtieron en doce antes del primer viaje en autobús desde Oakvale High a la Fundación Hunter, un paseo corto a través del bosque cercano a la frontera con Winford.
—He oído que sus padres se negaron a firmar la autorización para que viniera —comentó Margi sobre la deserción de última hora.
—¿Es otra vez clarividencia? —Preguntó Phoebe—. ¿O telepatía?
—Cuando revelas algo que ya ha pasado se llama adivinación —respondió Margi, sacudiendo la cabeza—. Pero no, en realidad se lo oí decir a una de las secretarias del instituto, que se lo contaba a la señorita Kim.
—Bueno, qué padres más progresistas.
—Vivimos tiempos progresistas, Pheebes, querida.
En la tutoría descubrieron que se perderían su séptima clase..., que para Margi era hora de estudio, así que no le gustó mucho tener que ir a una clase de orientación. Phoebe sentía algo parecido a los días y horas anteriores al concurso de talentos de séptimo curso. A veces las mariposas en el estómago sólo servían para marearte; otras veces te hacían saber que iba a pasar algo bueno.
Los chicos muertos estaban esperando cuando llegó a la biblioteca para clase de orientación. Los vio a través de las ventanas rayadas, sentados en un anillo irregular de sillas dentro del área de estudio. La directora Kim esperaba junto a la puerta con una carpeta.
—Hola, Phoebe —le dijo, pasándole la carpeta—. Por favor, firma en la línea, al lado de tu nombre.
Phoebe lo hizo. Los chicos muertos ya habían firmado. Como no eran famosos por sus habilidades motoras, las “firmas” eran básicamente letras mayúsculas que parecían hechas a navajazos con un bolígrafo. El nombre de Tommy era el único que entraba dentro de las líneas, y las letras eran regulares y de altura uniforme.
—Hola, Pheeble —la saludó Adam, que la asustó al quitarle la carpeta. El viejo Adam era más conocido por su torpeza que por su sigilo, pero le encantaba pegarle sustos.
—Señor Layman, por favor... —empezó la directora Kim.
—Firme en la línea de puntos, sí, señora —la interrumpió él, garabateando un nombre que no resultaba mucho mejor escrito que las marcas de los discapacitados vitales.
—¿Por qué no tomáis asiento?
Phoebe observó cómo Adam examinaba la sala. Si estaba inquieto, se le daba muy bien disimularlo, aunque sí que notó el leve encogimiento de hombros cuando hizo un gesto a Phoebe para que lo siguiera al interior.
Tommy estaba sentado en una de las ruidosas sillas de madera de la biblioteca, con los hombros hacia atrás y la cabeza derecha. Phoebe pensó en la última vez que se había visto rodeada de discapacitados vitales y reconoció a unos cuantos: Colette estaba sentada en un futón acolchado junto a la chica del pelo rubio platino con mechas, la del bosque.
—Hola, Tommy—dijo Phoebe—. Hola, Colette. —Saludó con la mano a los otros chicos, mirándolos brevemente a los ojos uno a uno. La chica del pelo rubio platino le devolvió el saludo casi sin vacilar.
—Hola, Phoebe —respondió Tommy—. Adam.
—Hola, Tommy. Hola a todos. —Adam se sentó en el último de los sillones verde lima, lo que dejaba a Phoebe una de las sillas de madera. Su silla chirrió al sentarse. Adam se rió y ella le hizo una mueca.
Margi entró en el silencioso vestíbulo como un pequeño remolino negro y rosa, agitando la falda y moviendo las pulseras.
—Oh—Dios—mío, ha sido la clase de historia más larga del mundo. Creo que me he convertido en figura histórica en el tiempo que ha tardado en acabar.
Se detuvo en seco, como si se diese cuenta de repente de dónde y con quién estaba. Saludó muy bajito y suspiró aliviada al ver entrar a Thornton Harrowwood, que quiso chocar los cinco con Adam y con Tommy. Hubo un momento de tensión en el que Tommy se quedó mirando la mano de Thorny como si se preguntara para qué servía, pero al final le dio la palmada.
Thornton había sido el último en llegar, lo que significaba que otra persona más se había rajado. La directora Kim condujo a Ángela Hunter y su padre, Alish, a la habitación. La señorita Hunter llevaba una falda azul celeste que le llegaba a las rodillas, y Phoebe pensó que aquellas piernas le acelerarían el corazón hasta a los muertos. Tommy la observaba desde el otro lado de la sala. La silla de la mujer ni siquiera crujió cuando se sentó en ella.
—Bueno —dijo la directora—, debo decir que me sorprende y agrada comprobar que tenemos a dos jugadores del equipo de fútbol americano en el programa. Me alegro de que os interese algo más que el fútbol, y ya he hablado con el entrenador Konrathy, así que sabe que os perderéis un entrenamiento a la semana.
Adam asintió y Thornton se hinchó como si lo hubiese nombrado corredor del año. Phoebe se dio cuenta de que Adam no levantaba la vista del punto de la alfombra que llevaba contemplando desde que se había sentado. Ella miró abajo. Verde musgo mezclado con algunas hebras verde oscuro. Había una mancha que parecía de café cerca de la pata del futón en que estaban sentadas las dos chicas muertas, pero Adam no estaba mirando aquello.
—Tres. —Levantó la mirada. Todos se volvieron hacia Tommy, incluso la directora—. Aquí hay... tres... jugadores de futbol.
—Tres —repuso la directora, sonriendo—. Claro que sí, gracias por recordármelo, Tommy. En primer lugar, dejadme que os dé las gracias por apuntaros a lo que esperamos sea un programa muy emocionante dentro del sistema escolar de Oakvale. Los Hunter han venido para hablar en más detalle con vosotros sobre el programa y también para dejar claras las expectativas, tanto las vuestras como las del instituto y la fundación.
—Gracias, directora Kim. Y, de nuevo, ¡gracias por uniros al programa! ¡Estoy deseando trabajar con vosotros!
La sonrisa de Ángela, como sus piernas, podía devolverle la vida a los muertos. Margi se agitaba en el asiento, al lado de Phoebe.
Alish fue el siguiente en hablar, y su voz era muy apropiada para una biblioteca: seca, ronca y suave. Sonreía, pero su sonrisa no tenía el poder reconstituyente de la de su hija.
—Sí —dijo, y a Phoebe le pareció oír una ese de más en la palabra, como si sisease—. Gracias a rodos por decidir trabajar con mi fundación. Soy Alish Hunter. Espero que el trabajo que hagáis aquí cambie vuestras vidas y las de todo el mundo, si es posible, tenga un factor biótico diferente o no. Estoy seguro de que cambiará la mía. —Más sonrisas de los Hunter—. Tengo aquí vuestros expedientes, pero me gustaría oíros a vosotros. Según creo, algunos sois amigos, aunque sería interesante para la fundación que todos nosotros lo seamos. Así que, por favor, vamos a presentarnos y, cuando lo hagamos, quiero que todos añadamos, aparte de nuestros nombres, un dato personal, como nuestros pasatiempos. Empezaré yo. Me llamo Alish Hunter, y me gusta ponerme una bata de laboratorio y hacer experimentos como los científicos locos.
Aquello arrancó algunas risas corteses, sobre todo a Thornton y Ángela, que fue la siguiente. Por el contrario de lo que Phoebe esperaba, a Ángela le gustaba correr y no tomar el sol en tanga en la playa de Misquamicut.
A Thornton le gustaba el futbol. La chica muerta de pelo rubio platino se llamaba Karen DeSonne (Phoebe tomó nota de que se pronunciaba desoon) y le gustaba pintar. Hablaba casi sin dejar pausa entre sus palabras. A Adam le gustaba el kárate. Colette tardó un minuto y medio en hacer saber al grupo que se llamaba Colette Beauvoir y le gustaba caminar por el bosque. A Margi le gustaba la música. Kevin Zumbrowski era casi tan lento como Colette y le gustaba el ajedrez, cosa que a Phoebe le pareció muy adecuada. Phoebe dijo que le gustaba escribir, al igual que a Tommy Williams.
—Fantástico —repuso Alish Hunter—. ¿Habéis visto? Ya hemos encontrado algunas cosas en común.
Evan Talbot, que parecía haber muerto con unos catorce años, confesó ser fan de la ciencia ficción, sobre todo de La Guerra de las Galaxias. Llevaba una camiseta de Darth Vader y tenía un abundante pelo naranja que parecía una mecha saliéndole de la cabeza. También era muy rápido, mucho más rápido que Sylvia Stelman, que tardó una eternidad en decir al grupo que le gustaban sus dos gatos, Ariel y Flounder. Tayshawn Wade les dijo a todos que le gustaban las películas.
—¿Qué películas?— preguntó Ángela, animada.
—Las de acción —contestó Tayshawn, añadiéndole una silaba de más a la palabra— y las de... terror.
Alish se rió como si fuese la cosa más graciosa del mundo. A Phoebe no le habría extrañado ver nubes de polvo saliéndole de la boca, expulsadas directamente de los pulmones.
—Bueno —dijo al cabo de un momento—, se nos acaba el tiempo. Ángela tiene una carpeta con información para cada uno. En el interior encontraréis deberes, además de una hoja para que vuestros padres nos autoricen a transportaros desde el instituto a la fundación y viceversa. También hay un acuerdo de confidencialidad que debéis firmar con vuestros padres. Hay otros formularios que deberíais mirar. Por favor, leedlo todo y haced que vuestros padres también lo hagan. Si la directora Kim recibe toda documentación necesaria antes de que acabe la semana, nos veremos el próximo martes en la fundación. Saldréis después de comer, así que recordad dejar tiempo para compensar cualquier trabajo que os perdáis. Gracias, nos vemos la semana que viene.
La directora Kim se levantó y acompañó a la pareja a la puerta después de decir a los estudiantes que podían marcharse.
Margi suspiró al lado de Phoebe.
—Qué lagarto.
—Buf —comentó Thornton, hojeando sus papeles—, tenemos que escribir una redacción sobre por qué queríamos hacer las prácticas.
Una fina hoja de papel rosa se escapó de su carpeta. Phoebe vio que Adam la recogía en el aire con elegancia y se la devolvía a Thornton, justo cuando éste tiraba su boli.
—Será interesante ver lo que pone alguna gente —comentó Adam, mirando a Phoebe.
Karen fue la primera en levantarse. Cogió una mochila color gris pizarra que tenía un perrito rosa de peluche colgado de la cremallera; el perrito llevaba la lengua fuera, también rosa, y los ojos cerrados, lo que hacía que pareciese dormido o colgado de una soga.
Karen esbozó una sonrisita.
—No te preocupes —comentó—. Sólo es una... página. Creo que sobrevivirás.
Phoebe la vio alejarse. Las brillantes luces de la biblioteca le daban un aspecto casi suave a su cabello rubio, y se movía sin la cojera de la mayoría de los chicos con diferente factor biótico.
Puede que incluso menease las caderas de forma intencionada.
—Es la de las faldas cortas —susurró Margi.
Phoebe asintió. Vio a Tayshawn ayudar a Colette a levantarse del futón—. Deberíamos hablar con Colette.
Margi la agarró por el antebrazo, con las manos heladas.
—Deberíamos y lo haremos, pero ahora no. Quiero salir de aquí ahora mismo —insistió, tirando de ella hacia la puerta.
Phoebe se volvió lo justo para despedirse de Tommy con la mano. Tommy le devolvió el gesto.

FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:24 pm

wiii que bien ya hay otro!!!

gracias Dana :amo:

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:25 pm

holaaaaa
gemma
recibiste el correo??????
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:26 pm

Hola!!

si lo recibí. ^^ mil gracias!

ya se los envié a Dana también

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:27 pm

okiss
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:37 pm

Capitulo 12
Traducido por Dana Alexia

EL PRIMER JUEGO DE LA temporada era contra los Norwich Fisher Cats, los cuales eran uno de los rivales más fuertes de los Oakvale Badgers.Phoebe había leído que este era el primer año de tantos que se jugaba el este juego en Oakvale. Por largo tiempo el juego se había realizado en Norwich como dueños de casa de acuerdo con la antigua tradición de darles a los Fisher Cats un equipo que pudieran demoler para fomentar el espíritu del equipo. Pero ahora, con Adam en el equipo, los Badgers eran competitivos.
El padre de Phoebe había accedido a llevarlas con Margi al juego, y Phoebe notó que mientras él se ponía su camiseta Fordham gastada y su antigua gorra favorita, que había sido demasiado entusiasta para ofrecerse. Sabía cuanto tiempo le gustaba pasar con ella, y aún más le gustaba pasar tiempo con ella y Margi - principalmente porque le encantaba intentar avergonzarlas. “Trae un poco de color a esas mejillas tan pálidas”, era como le gustaba describirlas.
“Así que Margi”, dijo, “estás tan entusiasmada como Phoebe lo está con este asunto de Estudios de los No Muertos?”.
“Papá!”, dijo Phoebe. “Estudio por el Avance de las Personas con Diferente Factor Biótico. No has leído el papeleo?”.
La miró por el espejo retrovisor. “Siento como si todo lo que he estado leyendo últimamente es papeleo”.
“Estoy con usted, Sr. Kendall”, dijo Margi. “Demasiados papeles”.
“El periódico lo llama el Programa de Estudios de los No Muertos”, dijo. Phoebe deseaba que solo se dedicara a mirar el camino.
“No creas todo lo que lees”, dijo.
Su padre se rió, y a pesar de las líneas alrededor de sus ojos, se veía más joven de sus cuarenta años.
Consiguió desviar la mirada justo a tiempo para notar la señal de detención más adelante. “Buen consejo para todos, creo”.
Margi se rió tontamente, y Phoebe la golpeó con el codo y le dio una mirada asesina. “Creo que será interesante, Sr. Kendall. Uno de los muer…. Chicos bióticamente diferentes como en las películas de terror”.
“De verdad?”, dijo. “Es bueno tener algo en común”.
“Seguro”. Phoebe se preguntaba por qué todos pensaban que lo común era la parte primordial de todo el asunto de “por qué no podemos llevarnos bien”.
Ella podía sentir la siguiente pregunta en sus labios. Sabía que estaba a punto de preguntar por Colette, pero entonces doblaron en la esquina y ahí estaba la escuela. Había una multitud cercana a las veinte personas cerca de los escalones de entrada, con carteles. Unos cuantos autos de policía estaban estacionados en la curva donde estarían los autobuses en los días de clases.
“No se ven como fanáticos del fútbol”, dijo papá.
Phoebe leyó algunos de los carteles: LOS DEPORTES SON PARA LOS VIVOS; MUERTO = MALDITO; VIDA, LIBERTAD, Y LA BÚSQUEDA DE LA FELISIDAD; y en letras rojas, ENTIERRA A TUS MUERTOS.
“Perfecto”, dijo Margi. “Mira, escribieron mal felicidad”.
“Chicas, quizás esta no sea tan buena idea”.
“No, papá”, dijo Phoebe, “no podemos dejar que gente como esta gane”.
“Gane qué?”.
“Por favor puedes dejarnos en el estacionamiento de estudiantes? caminaremos”.
“No lo sé”.
“Papá, estaremos bien. Es solo un par de locos con letreros”. Ella sabía lo que sucedía en la cabeza de su padre. Visiones de bombas bajo las gradas, revólveres escondidos, frascos de ácido escondidos en bolsos repletos.
“Phoebe –”
“Papá”, repitió, “estaremos bien”.
“Quizás veré el juego con ustedes después de todo”, dijo. “Siempre he querido oír a Armstrong hablar”.
“Seguro”. Al menos conseguiría ver el juego.

También había protestantes dentro del juego. Muchos de ellos usaba máscaras de latex, aunque Halloween aún estaba a unas cuantas semanas.
“Están cantando ‘Fuera de la vida, fuera del juego’?”, preguntó Margi.
“Eso creo”, dijo Phoebe, eligiendo asientos en el centro de la sección de refuerzos de Oakvale. Ella y Margi estarían normalmente agrupadas en una esquina, alejadas de todos, cada una con audífonos conectados al mismo iPod; pero las personas que para ellas normalmente parecían dementes ahora parecían seguras y cómodas comparadas con las personas que ahora estaban dementes.
“Puedo pensar en algunos canticos mejores”, dijo papá.
“Por favor no lo hagas”.
Phoebe había visto el año pasado un único juego solo para decirle a Adam que lo había visto jugar. El rol de Adam parecía ser evitar que el otro equipo tacleara a Denny Mackenzie, el mariscal, y por lo que Phoebe podía decir, era bastante bueno en ello. Denny no había sido tacleado en el juego que observó, excepto por unas cuantas jugadas donde él había corrido hacia la meta de sus oponentes. Con una indiferente rutina, Adam había bloqueado o noqueado a uno o dos jugadores que corrieron hacia él.
Una joven en un vestido lleno de estrellas, su cabello arreglado en un suelto moño de rulos rubios, se levantó de un brinco para cantar el himno nacional, la multitud se unió con una especie de entusiasmo sobrio. Algunas de las voces gritaban las palabras, mientras mantenían un significado especial para los días de competición.
El anunciador dio la bienvenida al honorable Steven Armstrong, representante del estado. Un hombre elegante en pantalón caqui y una cazadora azul marino caminando hacia el micrófono donde la pequeña Kayla Archambault había terminado de cantar sobre la tierra de la libertad y el hogar de los valientes. El aplauso se volvió apático e intercalado con abucheos tan pronto la pequeña niña estuvo fuera de vista.
“Un hombre del pueblo”, dijo su padre. “Excelente”.
“Mira a todos los tipos en las sombras”, dijo Margi, apuntando a una fila de personajes rígidos al borde del campo. “Son parte del personal de Armstrong?”.
“Los hombres de negro. Supongo que están preparados para los problemas. Quizás piensan que los no muertos pertenecen a Roswell”.
“Papá”, dijo Phoebe. Su padre fue aficionado por mucho tiempo a la conspiración quienes les gustaba hacer pensar a las personas que él creía en platillos voladores pero no creía que el hombre haya pisado la luna.
“Gracias”, dijo Armstrong, destellando una amplia sonrisa. “Y gracias a los estudiantes y a la Facultad de Oakvale High por invitarme en lo que seguramente es un acontecimiento histórico. Uno no puede hacer más que pensar en los atletas americanos del pasado quienes se sobrepusieron a los obstáculos de la injusticia y odio para seguir su rumbo hacia la grandeza. Estoy pensando en personas como Jesse Owens. Greg Louganis. Billie Jean King. Estas personas estuvieron dispuestos a doblegarse ante la adversidad y discriminación por participar en los deportes que amaban, y al hacerlo, dejaron un legado que es una inspiración para todo que siguiera sus pasos”.
Phoebe estaba maravillada en cuan rápido Armstrong había silenciado a la multitud, y entonces alguien gritó “necrofílico”, rompiendo el silencio. Armstrong continuó hablando como si no hubiese escuchado.
“Así que les pido, cuando observen hoy a Thomas Williams en el campo, les pido que no piensen en él como un joven vivo desvalido, porque claramente él no se considera un desvalido. Les pido a aquellos que avergonzarían a nuestro país cantando nuestro himno nacional con una máscara cubriendo sus rostros que no piensen en él como un zombie o un raro o cualquier otro de los términos llenos de odio que usarían para etiquetar a este valiente joven. Les pido que también olviden, por el momento, que es bióticamente diferente – solo les pido que lo consideren un atleta, y en eso, él no es distinto a los otros chicos listos para jugar el día de hoy. Gracias”.
“Es bueno”, dijo el Sr. Kendall, uniéndose a los aplausos de las chicas.
A pesar del magnífico discurso, Tommy no jugó todo el primer tiempo. Adam hizo su bien su trabajo y le dio tiempo a Denny para pasar en la mayoría de las jugadas, aunque Denny fue expulsado por perder en una jugada donde Adam bloqueó a la derecha y Denny corrió a la izquierda. Pete Martinsburg tuvo una intercepción y pareció disfrutar especialmente al empujar a los opositores a las líneas de banda. Thornton Harrowwood estaba destinado a llevar el balón en una jugada y fue aplastado después de avanzar tres yardas.
“Auch”, dijo Margi. “Espero que se levante”.
Lo hizo, y se pavoneó mientras llevaba el balón setenta yardas para una anotación.
“tienes que admirar su valor”, dijo Phoebe.
“Si. Es un joven valiente”.
Su padre las miró, entrecerrando los ojos. “De qué hablan?”.
Al medio tiempo la puntuación era de diez. Harris Morgan había hecho un pase de trece yardas en la esquina de una zona de anotación, y los Badgers concluyeron con una gol de campo justo cuando acabó el tiempo.
Armstrong regresó al campo después de una corta pero bulliciosa presentación de la banda Badger. “Guau, qué juego”, dijo. “Un aplauso para estos atletas”. La mayoría de las personas, incluso los protestantes, estaban más decididos a conseguir un hot dog o una soda de lo que estaban en reconocer los éxitos del campo, y nuevamente, la acogida de Armstrong a lo sumo fue poco entusiasta. “Me gustaría hablar brevemente sobre la Fundación Hunter para el Progreso de las Personas Bióticamente Diferentes. Como bien saben, la fundación está destinada al estudio – fisiológico, psicológico, y quizás lo más importante, sociológico – de personas bióticamente diferentes. El objetivo de esta fundación es, a través de un estudio científico, ayudar a crear un mundo donde todas las personas, sin considerar su biología, puedan vivir y aprender juntos. Los animo a que muestren su apoyo para los chicos bióticamente diferentes de todas partes a través de una donación de tiempo o dinero para la fundación, con oficinas ubicadas justo aquí en Oakvale. Gracias”.
Phoebe vio a un policía hablando con un tipo en una máscara de Frankenstein en las gradas al otro lado del campo. La conversación no se veía placentera.
“Estoy sorprendido de que el entrenador no haya metido al juego al chico Williams”, dijo el padre de Phoebe.
El chico Williams. Al menos no había dicho “el chico muerto”. Pensó Phoebe. “No creo que el Entrenador Konrathy esté muy entusiasmado en meterlo”.
“Todos lo están”.
“Ese es el problema”, respondió Phoebe.
“Creo que necesita meter al chico en este momento”, dijo.
“Tiene a la mitad de la multitud lista para hacer un berrinche si él entra, la otra mitad lista para hacer disturbios si no lo hace. Pueden sentir como se eleva la tensión”.
Frankenstein debió haber perdido la discusión, porque estaba adelante del policía bajando las gradas. Cada unos cuantos pasos se detenía y volteaba mientras lanzaba insultos por sobre su hombro.
“Si fuera Konrathy”, dijo su padre, “lo pondría al comienzo del tiempo”.
Pero no era Konrathy, y Konrathy dejaría en la banca durante todo el tiempo. Oakvale marcó nuevamente con el saque de un mariscal después de una bella recepción de Harris Morgan. Norwich llevó un valiente avance al campo oponente y dentro de la zona roja, pero Pete Martinsburg recogió un pase oculto y la devolvió diez yardas antes de ser alcanzado. Fue la jugada que sirvió para atemorizarlos y una oportunidad para el equipo oponente, pero Phoebe no podía conseguir animarse.
“Esa fue una buena jugada”, dijo su padre, dándole un codazo.
“Pete Martinsburg es malo, Sr. Kendall”, dijo Margi.
“Ahhh”, contestó, y dejó de aplaudir.
Phoebe le dio una mirada a Margi así no comenzaría a explicarle cuan malo había sido Pete Martinsburg.
Margi le devolvió la virada, y le sacó la lengua.
Los Badgers mantuvieron el balón en el suelo, y después de tres jugadas tuvieron su tercera y cuatro en la sexta yarda por Thornton Harrowwood. Otra vez estaba arrasando, y nuevamente se levantaba como si no hubiese sido tocado.
“Ese chiquillo es bastante fuerte”, dijo el Sr. Kendall, dando un sofocante bostezo. El volumen de la multitud disminuía y entonces se elevó de nuevo en cuanto Tommy Williams abrochó la tira de su casco y trotó al campo.
“Finalmente lo metió! Y estos cabezas de chorlito están abucheando. Esto no está bien”. Su padre aplaudió más fuerte, y Phoebe y Margi se unieron. Alguien golpeó a Margi en la nuca con una patata frita, y otra pasó volando por el rostro de Phoebe mientras se volteaba.
Su padre se puso de pie y revisó las filas superiores, pero quienquiera que haya sido escondió el resto de sus misiles fritos.
“Cobarde”, gritó, y se sentó.
“No vale la pena, papá”, dijo Phoebe.
“Nunca lo es”, dijo. “Parece que Williams está en la línea al lado de Adam. Esto va a ser interesante”.
Mackenzie agarró un tiro y dio cinco pasos atrás. Adam y Tommy le dieron tiempo de sobra, y completó un saque a Harris Morgan, quien logró conseguir salir de los límites. La segunda jugada fue de la misma forma, pero esta vez con un bucle en el medio del campo mientras seguía corriendo el reloj. Los Badgers estaban más allá de mediocampo con una primera y diez, entonces corrieron al lado de dos jugadores y acortaron yardaje. La siguiente jugada era tercera y una, y corrieron un empate donde Denny lanzó el balón a Harris, quien se corrió a la izquierda detrás de Adam y Tommy. El gran espacio que le dejaron era lo suficientemente grande como para conducir en una van a través de él, y Harris esprintó, superando la finta de un tacleador que tuvo la oportunidad de hacerlo, y corrió cuarenta yardas a la zona de anotación sin nadie acercándosele.
Los admiradores de los Badger aclamaron, pero los jugadores de Badger la recibieron con un aluvión de frutas mientras trotaban de regreso a la banca. Una ráfaga de docenas de tomates volaba desde los niveles más bajos de las gradas, la mayoría de ellos golpeando a Adam, quien estaba en frente de Tommy en el momento en que comenzaron a lanzarlos. Alguien golpeó a Konrathy en la cabeza con una manzana.
El fornido policía quien antes había escoltado fuera a Frankestein se dirigió a esa sección de las gradas, haciéndole señas a un policía desde el otro lado del estadio. Hubo un montón de gritos y señalizaciones y algunos empujones, pero en el momento en que los policías llegaron ahí, toda la evidencia estaba fuera del campo y no se veía como si los testigos estuvieran planeando declarar públicamente.
“Eso fue placentero”, dijo su padre, moviendo la cabeza.
Los Badgers ganaron, 24-10. Tommy Williams no volvió a pisar el campo nuevamente.


“Entiendes por qué estoy incómodo con esto”, dijo su papá.
“Tendré cuidado, papá”.
“Sabes que no tiene nada que ver con mi confianza en ti. Pero algunos de estos idiotas en las bancas…”.
“Lo sé, papá. Tendré cuidado”.
“Cuidado no ayuda si algún cabeza de chorlito tiene un arma, o una granada”.
“Lo sé”, dijo, preguntándose cuantas personas tenía reservas de granadas arrinconadas en sus garajes para uso diario.
Él la miró y miró a Margi, quien se acercaba lentamente, fingiendo no escuchar su conversación.
“No vinimos aquí para que Margi pudiera observar a Adam, cierto?”.
Phoebe sonrió. “Tampoco vinimos aquí para que Margi no pudiera observar a Adam”.
“Phoebe, quien…”.
“Volveré en quince minutos”, dijo. “Lo prometo”.
Él levantó sus manos en resignación. Ella se apartó para llevar a Margi hasta la salida donde los jugadores, recién duchados, saldrían de la escuela. Miró hacia atrás por su padre, pero él ya estaba entrecerrando los ojos a la gente que pasaban mientras buscaba señales de inminente tumulto y destrucción.
“Mi padre jamás me hubiese dejado ir”, dijo Margi. “Crees que sepa que te atrae un zombie?”.
“Margi!”.
“Bueno, lo sabe? Él es bastante astuto sobre ti. Presta atención. Creo que podría prender fuego a mi cabeza en la sala de estar y mi papa le preguntaría a mamá qué hay para cenar”.
“Tengo un padre muy genial”, dijo Phoebe, “y no me atrae Tommy. Solo estoy… interesada, eso es todo”.
“Lo que sea”.
“Papá piensa que vinimos aquí para que pudieras quedarte embobada con Adam. Por cierto, una pantalla muy convincente, y una que se tragó completamente. Es astuto, como dices”.
Margi hizo un sonido de disgusto y golpeó el brazo de Phoebe, y luego la siguió a la puerta trasera d ela escuela.
“Oh-oh”, dijo Margi mientras daban vuelta en la esquina. Los protestantes se habían movido hasta la salida, como lo hizo la camioneta de noticias del Canal Tres. El fornido policía estaba escoltando a Adam a través de la multitud. El reportero del despachod e noticias caminaba a su lado, gritándole preguntas.
“Como es jugar con un chico vivo desvalido? Te sorprendiste el día de hoy con la reacción de la gente?”.
Adam era casi tan grande como el policía. Miró a los protestantes, pero dejó que el policía lo llevara entre la multitud sin detenerse. Thornton Harrowwood era el siguiente, y su aparición del brazo con una joven mujer policía alejó la atención de Adam.
“Tienes algún comentario sobre el juego de hoy?”, preguntó el reportero. “Qué piensas de toda la controversia en torno a tu compañero de equipo?”.
“Corrí por diecinueva yardas!”, dijo Thornton, sonriendo a la cámara.
Adam agradeció al policía y se unió a Phoebe y Margi.
“Hola”, dijo.
“Hueles a salsa de tomate”, le dijo Margi.
“Ja-ja”, contestó. “No creo que vaya a lavar mi uniforme. Quizás los equipos contrarios pensarán que es la sangre de mis enemigos”.
“Donde está Tommy?”, preguntó Phoebe. “Como está?”.
“No dijo mucho”, dijo, y luego levantó sus manos después de captar algo en la expresión de Phoebe. “No estoy intentando ser gracioso. No lloriqueó o algo por el estilo. Pero estaba vaciando su casillero”.
“Entonceeees…. Qué? Qué significa eso?”.
“No lo sé, Phoebe. Le pregunté si estaba bien, y me digo que si. Eso fue todo. Lo sacaron a hurtadillas por una de las otras salidas para que pudiera evitarse todo esto”, dijo, moviendo sus manos al grupo de agitados protestantes esperando por la salida de Tommy. Stavis y Martinsburg se abrieron paso junto al fornido policía, pero los protestantes no tenían nada que decir a los otros jugadores. Incluso el tipo del Canal Tres se estaba aburriendo. Lo escucharon preguntarle al policía si iban a sacar por otra salida al chico muerto.
“Si”, dijo el policía, sonriendo. “Se marchó hace rato”.
“Tengo que salir de aquí”, dijo Adam. “PDT dijo que tenía que recoger las hojas. Necesitan un aventón?”.
“No gracias. Mi papá nos trajo”.
“De acuerdo”, dijo. “Oh si, casi lo olvido – Tommy Pelota me pidió que te diera esto”.
Le entregó un trozo de papel cerrado en un cuadrado irregular.
Abrió la nota y la leyó en silencio, escondiéndola de los entrometidos ojos de margi.
“Quiere saber si quiero salir alguna noche la próxima semana”. Miró primero a Adam para ver su reacción, pero lo que sea que fuera, la mantuvo para sus adentros.
“Asqueroso”, dijo Margi. Phoebe la golpeó. “Auch. Salir, como en una cita?”.
“No lo sé”.
“Eso es extraño”.
“Cállate, Margi”.
“Qué más dice?”, dijo, intentando revisar el papel.
“Nada que te importe”, contestó Phoebe, quitándoselo de sus manos.
“Que se diviertan”, dijo Adam. “Me voy para barrer hojas”.
Phoebe lo observó marcharse, deseando saber lo que Adam pensaba sobre ella y Tommy, mientras al mismo tiempo susurraba una amenaza de muerte a Margi por si le contaba alguna palabra sobre la nota a su padre.


Pete Martinsburg observó al chico muerto huyendo por la puerta trasera y dirigiéndose hacia el bosque, evadiendo a los reporteros y los genios lanzadores de comida de las tribunas. Pete consideraba correr tras él, pero había un par de policías asegurándose de que saliera sin ser molestado, así que Pete solo lo observó escabulléndose, sin ser detectado por las personas que tenían algo que decir sobre el alimento de gusanos jugando en un equipo de fútbol de secundaria.
Sin embargo, antes de que el chico muerto se marchara, se esmeró en ponerse al lado del casillero de Pete, bloqueándolo para obtener sus pertenencias. Se quedó de pie con su media sonrisa torcida en su rostro, mientras le decía a Pete, “Lo que puedes hacer, también puedo hacerlo yo. Estate atento”. Fue un punto sutil y dirigido a Pete.
Pete hizo algo que solo había hecho una vez cuando se enfrentó a una confrontación: nada.
El zombie estaba en su cabeza, pisando fuerte con sus zapatos. Pete solo podía ver solo una manera de conseguir sacarlo de ahí.
Después de observar al zombie entrado al bosque, Pete caminó de regreso a los vestidores, con la camiseta en su mano. Alguien le había lanzado un huevo justo antes de que acabara el juego. Había estado de pie en la línea de banda, esperando por el ataque para anotar nuevamente, así podía lesionar a alguien, cuando sintió el huevo reventarse contra su espalda. El chico muerto ni siquiera había estado cerca suyo cuando el huevo lo golpeó.
Consiguió abrir su casillero y lanzó su camiseta dentro, donde se pegó en la parte trasera antes de deslizarse hacia abajo y dejar un rastro viscoso.
“Si, ne-naaaa!” gritó Stavis, con su pálido y abultado cuerpo casi estrellándose con Pete mientras estaba quieto mirando el rastro de la yema de huevo. “Los Badgers ganan de nuevo!”.
Idiota, pensó Pete. Stavis sostenía una toalla azul que había conseguido – solo – para ponerla alrededor de su cintura. Le pegó en el hombro a Pete, y a Pete le tomó un gran esfuerzo para no enterrar sus puños en la sonrisa de su rostro redondo.
“Pete, viste el saque que hice?”, dijo Stavis, sacando un apestoso desodorante de su casillero. “Anotación sorpresa, wham! Puse el balón y todo”.
Pete contaba hasta tres para poder contener su respuesta inicial.
“Me lo perdí”, dijo. “Estaba en el campo oponente cubriendo al chico alto. Belton, creo que se llamaba”.
“Si, hoy lo noqueaste”, respondió Stavis, tirando nuevamente del hombro de Pete con la mano que había estado sosteniendo la toalla mientras se ponía desodorante en cierto modo que Pete pensó que era insuficiente para enmascarar o prevenir cualquier olor. “Cuanto tuvo? Una atrapada en todo el juego?”.
“Dos”.
“Noqueado!”, dijo Stavis, lanzando su desodorante de regreso al casillero, donde sonó contra las paredes de metal. Luego se volteó y sus brazos por sobre su cabeza para chocar los cinco.
Pete lo dejó esperando. “Atrás”, dijo. “Quiero hablar contigo. Trae a Harris también”.
Después de vestirse, los llevó afuera y de regreso al campo, tomando asiento en las gradas. Wilson el conserje iba a molestarse, pensó, había demasiada comida y mierda por todos los asientos y pasillos.
Tan pronto los otros tomaron asiento en las gradas de abajo, Pete comenzó a hablar.
“Somos el Banda del Dolor, cierto?”, dijo.
“Claro que si!”, gritó Stavis, y Harris asintió. Esto era un ascenso para él.
“Y de qué trata el Banda del Dolor?”.
“Infligir dolor a nuestros enemigos”, dijo Stavis, frotando sus gruesas manos. “Como hicimos hoy”.
“Correcto, TC”, dijo Pete, sonriendo. “Como hicimos hoy. Pero no fuimos los únicos que causaron dolor, cierto?”.
TC se veía confundido, así que Harris lo ayudó. “La multitud”, dijo. “Fui golpeado con una maldita zanahoria”. Sacudió su cabeza. “Quien lanza una zanahoria?”.
Pete le dio una palmada en la espalda. “Yo fui golpeado con un huevo. No te sientas tan mal”. Los miró en orden. “Si, la multitud. Pero por qué la multitud nos estaba lanzando cosas?”.
“Por el chico muerto”, contestaron sus súbditos, al unísono.
“Correcto”, dijo Pete. “El chico muerto”.
Sacó del bolsillo de su bolsillo un papel azul con la lista de estudiantes. Abrió el papel y la alisó en la grada entre ellos.
“Este papel tiene los nombres de un montón de chicos muertos, y los vivos simpatizantes. El nombre de Adam Layman está ahí, como el de Pantisnegras – Phoebe Kendall”.
“Su pequeña amiga también está en esa clase. Pinky McKnockers”, dijo Stavis, “Creo que Thorny también está”.
“Si”, dijo Harris, asintiendo. “El entrenador dejó a esos dos y a Williams perder práctica una vez a la semana para ir a esa cosa. Y ni siquiera me dejó marchar temprano por la fiesta de cumpleaños de mi abuela”.
“Créeme, Morgan, el entrenador no está nada feliz con eso. Kimchi le ordenó dejarlos ir. Si lo hiciera a su manera, no los dejaría ir, y el zombie ni siquiera habría estado en el equipo”. Los miró a cada uno, con sus dedos golpeando el papel. “Lo cual es el por qué necesitamos hacer algo sobre ese asunto”.
“Estás enojado porque fuimos burlados por esos zombies en el bosque, uh, Pete?”, dijo Stavis.
Pete quiso golpearlo, pero aún lo necesitaba, así que continuó dando golpes al papel con sus dedos.
“Seguro, en parte. No podemos dejar que cualquiera se burle de la Banda del Dolor, jamás. Pero es más que eso. Necesitamos hacer algo porque lo que está sucediendo no está bien. Cosas… muertas andando entre nosotros, asistiendo a la escuela, jugando para los Badgers? No está bien. Toda esta mierda sobre los discapacitados vitales y bióticamente diferentes es solo mierda. Estas cosas ni siquiera son humanos. Leí unas cosas que decían que eran demonios o señales del fin del mundo o algo por el estilo – y probablemente sea cierto”.
Stavis, quien, Pete sabía, no tenía oportunidad de pertenecer al razonamiento analítico de su SAT, asentía con su cabeza. Harris aún se veía como si se estuviera preguntando ahacia donde iba Pete con todo esto.
“No creo que sean humanos, y ciertamente no están vivos. Para ser honesto, solo espero por el día en que se lancen y comiencen a andar intentando comerse nuestros cerebros. Pero incluso si eso no sucede, qué sigue? Hamburguesas de gusano preparando tus malteadas en el Honeybee? Ocupando dinero de becas que deberían ser destinadas a chicos con una vida por delante? Solo espera hasta que un zombie quiera salir con tu hermana, Harris”.
“No quiero a ningún zombie molestando a mi hermana”, dijo Harris, y Pete supo que él había cambiado de parecer.
“Yo tampoco, amigo, y ese es el por qué tenemos que hacer algo sobre esta lista”, dijo, sacudiéndola en frente de sus rostros antes de pasársela a Stavis, quien apretó sus labios y entrecerraba los ojos mientras leía los nombres. “Tenemos que hacer algo… ahuyentarlos. Quienesquiera que sean”.
“A qué te refieres con ahuyentarlos?”, preguntó Harris.
“Quiero decir que tenemos que sacarlos del juego”, dijo Pete, “permanentemente”.
“No podemos ir matando personas”, dijo Harris. “Es una locura”.
“No estoy hablando de matar personas, hombre. Las personas en esta lista – Adam, Julie, y los otros – creo que merecen una buena golpiza por fraternizar con estos monstruos, pero no estoy hablando de matarlos”, sonrió. “Solo a los otros”.
Harris negó con su cabeza. “Pete, socio…”.
“Espera, Harris. Quiero que pienses en ello. Esos no son personas. No son ciudadanos. No tienen derechos. No has escuchado toda la charla en Washington? Lo que el senador o lo que sea que es dijo hoy antes del juego, eso es MIERDA, socio. Ellos son como hongos – no hay ley por matar a un hongo. La gente todo el tiempo destruye a estas cosas y a nadie le importa. Es solo cosa de tiempo antes que estas cosas comiencen a querer conseguirse chicas reales. Y chicos reales. Luego se estarán casando entre ellos. Puedes imaginar eso?”.
“Tengo un par de primas de trece años”, dijo Stavis, rascando su abultada cabeza. “Mataría a cualquier zombie que fuera por ellas”.
“Ese es el por qué todos estos zombies se van al bosque para atacarnos”, dijo Pete. “Porque esa cosa que llaman Tommy Williams está intentando meterse a los pantalones de Julie. Y no podemos dejar que eso suceda”.
“Quien es Julie?”, preguntó Stavis, levantando la vista de la lista.
“Qué?”.
“Dije, quien es Julie? No hay ninguna Julie en la lista”.
Pete sintió el calor elevándose en sus mejillas.
“Entonces demándame, idiota”, dijo. “Phoebe, Julie, Jenny, Katie, Hildegard. Cualquiera que sea su nombre, tenemos que protegerla de ellos. Tenemos protegerla de ella misma”.
Stavis devolvió la lista y luego extendió sus manos.
Pete mantuvo su mirada por un momento. “Entonces están conmigo en esto?”.
“Absolutamente”.
“Harris?”.
Harris frotó su mandíbula con una mano nerviosa. “Supongo. Si, creo que si”.
Pete extendió su mano y les dio unas palmadas en sus hombros, del mismo modo que él había golpeado sus hombreras como si estuvieran agrupados en el campo.
“Bien”.
Su grupo se inclinó hacia adelante, y les contó su plan.

Por la quinta vez que Phoebe leía la nota que Adam le había entregado. Una en el campo, una en el auto camino a casa, otras tres veces durante todo el transcurso de la noche, y la última mientras estaba sentada frente al monitor de su computador.
Había una dirección de correo electrónico al final de la nota, Phoebe tipeó una corta respuesta y cliqueó en ENVIAR.

FIN DEL CAPITULO
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Dana

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:37 pm

Capitulo 13
Transcrito por Dianis

EL LUNES, UNA CAMIONETA azul recogió a Phoebe y Karen DeSonne en el instituto y las llevó a la Fundación Hunter para que hiciesen la parte laboral de sus prácticas. Intercambiaron breves saludos, y Karen sacó un libro de su mochila y se puso a leer, mientras Phoebe miraba por la ventana. Phoebe estornudó en cierto momento, y Karen tosió un minuto después, lo que llevó a la primera a pensar que la chica muerta quizá se estuviese burlando de ella, aunque no estaba segura. El libro que leía Karen era Mientras agonizo, de William Faulkner.
Phoebe estaba convencida de que le había tocado el trabajo más aburrido de todos: el de oficina. Margi iba a trabajar en el laboratorio y, al parecer, Adam había conseguido un puesto fácil en el equipo de mantenimiento. El plan era que todos cambiaran cada seis meses, pero, después del primer día, Phoebe supo que serían demasiados. Se pasaron las cuatro horas de su turno abriendo correo y clasificándolo en tres montones: mensajes de apoyo, mensajes de queja y basura. Ángela se pasó por allí con dos gruesas pilas de papel.
—Correos electrónicos —explicó—. Clasificadlos de la misma forma, por favor. Espero que ninguna de las dos se ofenda con facilidad.
Phoebe dijo que ella no y, al volverse, vio que Karen parpadeaba fingiendo preocupación; sus pestañas tenían más movimiento que los cuerpos de muchos zombis. Los ojos de Karen tenían una fina corona de azul cristalino en los bordes de la retina, pero eran del color de los diamantes en la zona cercana a las diminutas pupilas. Se preguntó qué aspecto tendrían cuando estaba viva.
Casi todos los correos eran mensajes de odio y resultaban interesantes, al menos al principio, cuando parecía que había alguna variedad. La impresionó la creatividad de los escritores.
Estimados necrófilos:
Lo que estáis haciendo es pecaminoso, está mal y, en el fondo, lo sabéis. Si tanto queréis a los muertos, ¿por qué no os morís también y os quedáis con ellos? Los muertos son malvados, demoniacos y habría que quemarlos a todos. Se acerca la llegada de Jesús y Él se disgustará mucho cuando vea lo que hacéis. Arderéis en el infierno.
Saludos,
Un alma birtuosa.

Al parecer, al alma “birtuosa”, no le preocupaba tanto la ortografía como juzgar a los demás. Había muchas almas virtuosas que escribían distintas amonestaciones y, aunque a Phoebe las cartas le daban escalofríos, no eran nada comparadas con la docena de mensajes con amenazas de naturaleza menos metafísica.
—Aquí hay una buena —dijo Karen, acercándose desde su mesa con un trozo de papel de cuaderno amarillo en el que alguien había escrito con letras mayúsculas. Era una carta corta:
Sois como una clínica de abortos, pero peor. Robáis el derecho a la muerte, igual que ellos roban el derecho a la vida, y las bombas también os llegarán a vosotros. Es vuestra última oportunidad.
—Dios mío —dijo Phoebe, mirando la pila de correos que tenía delante.
—¿Por qué no me dejas a mí el correo postal? —Preguntó Karen después de reírse, cogiendo el montón de cartas de la mesa de Phoebe—. ¿Quién sabe qué clase de esporas o toxinas podrían enviar esos... monstruos... por correo?
—Gracias, Karen.
—Tranquila. Si te digo que algo huele raro..., tú empieza a correr.
Phoebe sonrió y esperó que estuviese bromeando.
Al final del turno tenía dos comunicados, ambos correos electrónicos, en el montón positivo. Uno era de un senador de Illinois que “creía en el trabajo que estaban haciendo”, y otro de alguien que había enviado el recibo de un pago de veinte dólares a través de PayPal a la Fundación Hunter.
Espero poder enviarles algún día a mi hija. Les agradezco la información que me enviaron por correo electrónico, estamos haciendo lo que podemos, pero es difícil desde que mi marido se mudó. Todavía seguimos casados e intentamos ser una familia, pero mi hija menor tiene demasiado miedo como para vivir con Melissa en estos momentos. Melissa ya puede hablar con más claridad, aunque nos preocupa porque, cuando Jonathan se llevó a Emily, Melissa dejó de hablar de repente. Como siempre, les agradecería cualquier consejo. Que Dios los bendiga.
Phoebe no sabía por quién lo sentía más en aquella familia destrozada, si por la chica muerta, por sus padres o por su hermanita. Todos sufrían, cada uno a su manera, y dudaba que hubiese una solución sencilla. Le habría gustado poder leer la correspondencia previa para saber por qué la señora del correo estaba tan agradecida por las palabras de Ángela o Alish.
Se lo iba a enseñar a Karen, que no había levantado la mirada de sus tres ordenadas pilas desde que se había llevado el resto del correo postal, pero entonces el señor Davidson, el director de operaciones, entró para decirles que la furgoneta las esperaba para llevarlas a casa.

La mayor parte de las prácticas la ocupaba el grupo de encuentro, que Ángela dirigía en un cómodo salón con varios sillones acolchados y sofás dispuestos en un semicírculo irregular. Había mesitas en las que normalmente preparaban refrescos y bolsas de patatas fritas que los estudiantes vivos sacaban de la despensa anexa. En algún momento de la orientación, Phoebe había mencionado que le gustaba el café, y se dio cuenta de que habían añadido una cafetera. Los sillones eran mucho más cómodos (y menos ruidosos) que los de la biblioteca, y los sofás lo bastante grandes para que dos personas se sentaran sin tocarse. En la segunda sesión, Phoebe y Margi compartieron un sofá.
—Hola —los saludó Ángela—. ¿Cómo habéis pasado el fin de semana?
No respondió nadie. Los chicos con diferente factor biótico guardaron silencio y permanecieron quietos; los vivos, igual, salvo por Thornton, al que le costaba no moverse.
—Os advierto que las preguntas se van a ir poniendo más difíciles —Insistió Ángela, sonriendo.
—Yo me lo he pasado genial —contestó Thornton—. Ganamos el partido.
—Claro —repuso ella, asintiendo—, se me había olvidado que muchos de vosotros jugasteis.
—Sí, Tommy fue la estrella, aunque sólo duró un par de jugadas.
Lo decía a modo de broma (Thornton no tenía ni un gramo de maldad en todo el cuerpo), pero fracasó. Phoebe intentó interpretar la expresión de Tommy, aunque no vio nada reconocible; deseó poder saber si sentía algo sobre su inminente cita: ¿estaba nervioso, emocionado, arrepentido o qué?
—Pues si Tommy hubiese estado en la línea conmigo, a Denny no lo habrían placado —intervino Adam.
—¿No? —preguntó Ángela.
—No. Es mejor que el chico que puso el entrenador.
—Entonces, ¿por qué no sacó más el entrenador a Tommy, Adam?
—Venga ya, pues porque le daba miedo que jugara el chico muerto.
—Con diferente factor biótico —lo corrigió ella, sonriente—. Un chico con diferente factor biótico.
Adam se encogió de hombros.
—No —dijo Tommy, y Ángela lo apuntó a él con su sonrisa.
—¿Que no era ésa la razón? —le preguntó.
—No, con diferente factor biótico..., no. Muerto... está bien.
—¿No te importa que te llamen muerto? —preguntó ella, arqueando las cejas.
—Zombi también vale —añadió Karen—. Entre nosotros nos llamamos zombis, con cariño. Parecido a como... la gente... de minorías... culturales y étnicas... recupera ciertos... apelativos peyorativos.. . Para utilizarlos entre ellos.
Ángela tamborileó en su cuaderno con el bolígrafo y parpadeó.
—Ya veo. ¿Todos compartís esa opinión o consideráis el término “zombi” una palabra hiriente?
Evan asintió lentamente, y Ángela preguntó a Tayshawn.
—Depende... de quién... la diga. Y.. de cómo... lo haga —respondió el chico.
—La gente viva lo dice para hacer daño —dijo Thornton, y, cuando todos se volvieron para mirarlo, puso cara de desear no haber abierto la boca—. Quiero decir, a veces. No siempre.
—¿Utilizas alguna vez la palabra “zombi” para referirte a una persona viva de manera negativa?
—No.
Era Colette la que había hablado, y a Phoebe le pareció que su voz no tenía nada que ver con la de la chica despreocupada y sencilla de hacía dos años. Se dio cuenta de que Colette había tardado todo aquel tiempo en hacerle saber a todo el mundo que no le gustaba que la llamasen zombi.
—¿Y por qué, Colette?
Phoebe se hundió en el sofá. ¿Y si la respuesta de Colette era que no le gustaba que la llamasen zombi porque sus supuestas amigas la habían abandonado, dejándola sola en su sufrimiento?
Si Colette albergaba tales pensamientos, se los guardó para sí.
—La gente... nos... odia.
Ángela asintió, rebosante de compasión.
—Gracias, Colette. Apreciamos tu sinceridad. —Miró durante unos segundos su cuaderno—. Creo que es un buen momento para comentaros las reglas y el objetivo de estas sesiones. Empezaré diciendo que el objetivo es comprender y asimilar mejor los derechos, las ideas y las preocupaciones de las personas con diferente factor biótico. Nos gustaría que todos entendieseis mejor la forma de pensar y los sentimientos de los demás miembros del grupo. Queremos que, cuando salgáis de aquí, seáis capaces de ver las cosas a través de los ojos de los demás, y que ellos puedan veros también con mayor claridad.
“Para lograrlo, necesitamos crear un entorno de sinceridad total. Queremos que deis vuestra opinión, pero que lo hagáis con respeto. Si no entendéis el punto de vista de alguien, por favor, hacedle preguntas. No tenéis que levantar la mano, queremos que el tono sea informal, no como si estuvieseis en clase, pero queremos que todos tengan su oportunidad, así que puede que os interrumpa si son unos cuantos los que acaparan el diálogo. —A Phoebe le dio la impresión de que Ángela miraba a Karen, aunque no estaba segura—. Esta es la parte de las prácticas por la que recibiréis una nota. Las notas dependerán del grado de participación. ¿Hay alguna pregunta sobre los objetivos o las reglas de participación? —Miró a todos uno a uno, pero nadie habló—. ¿No? Bien, entonces tengo una pregunta para Colette: ¿por qué crees que la gente os odia?
Colette pareció atravesarla con la mirada, sin verse afectada por su brillo.
—Porque... me... lo han... dicho.
—Mmm, ¿a alguien más le ha dicho alguien que lo odia?
Al principio se levantaron todas las manos, salvo la de Phoebe, Margi le hizo burlas.
—¿Qué? A mí nadie me lo ha dicho nunca.
—No con esas palabras —contestó Margi. Hablaba sólo con Phoebe, pero Ángela lo aprovechó.
—¿A qué te refieres, Margi?
—La gente nos da mucho la brasa a Pheebes y a mí porque nos vestimos y actuamos de manera diferente —respondió. A Phoebe la dejó perpleja la intensidad de su mirada.
—“Odiar” es una palabra muy fuerte, Margi —repuso Phoebe.
Estaba sorprendida de lo convencida que se mostraba su amiga.
—Pero es la correcta —intervino Adam—. Los chicos odian a la mínima. La gente es así.
—¿Quién crees que te odia, Adam? —le preguntó Ángela.
—Preferiría no decirlo.
—Me parece justo. Esa es otra regla, por cierto: si una pregunta os hace sentir incómodos, no tenéis que responderla. No afectará a la nota, siempre que participéis en otras ocasiones.
— La pregunta no me hace sentir incómodo, es que no quiero responderla.
—Vale —dijo Ángela, sin perder su bonita sonrisa.
—Vale —repuso Adam, abriendo los brazos.
—Estupendo, dejadme cambiar de tema. De todos los que estáis aquí, ¿a cuántos os han dicho que os querían? Quien sea.
Casi todos levantaron la mano, salvo Colette y Sylvia Stelman.
—¿Sylvia?
Sylvia cerró los ojos. Un minuto después, abrió uno de ellos.
—No... desde... que... morí —respondió , y abrió el otro ojo.
Ángela hizo un ruidito de comprensión, pero fue Karen la que habló; sus ojos blancos de diamante parecían reflejar hasta la pálida luz fluorescente del techo.
—Te quiero, Sylvia. —Estaba sentada al final del semicírculo, así que se levantó y fue a abrazarla—. Y a ti también, Colette.
Ángela hizo algunas anotaciones en su cuaderno. Colette no parecía querer soltar a Karen.
—Vamos a tomarnos un pequeño descanso. Cuando volvamos, leeremos algunos titulares y artículos de la semana pasada sobre las personas con diferente factor biótico.
Phoebe vio cómo Karen abrazaba a Colette, tragó saliva y se volvió, parpadeando muy deprisa.

FIN DEL CAPITULO
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Dana

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Vie Abr 02, 2010 11:40 pm

Capitulo 14
Traducido por Dana Alexia


“NO PUEDO CREER QUE ME hagas hacer esto”.
Phoebe sonrió. “Lo sé”.
“Me debes un montón por esto, Phoebe. Esto es importante”.
“Importante”, repitió Phoebe. Gotas de lluvia brillaban en el parabrisas, iluminadas por la luz de un auto.
“Entonces”, dijo Adam, “es como una cita, o algo por el estilo?”.
“Algo por el estilo. No lo sé”.
“Tienes sentimientos por él?”.
“Tengo sentimientos por todos, Adam”. Mientras más hablaba Adam, conducía más lento. Phoebe supuso que se pasarían un alto en cualquier momento, la camioneta de PDT giró en el arcén cubierto de hierba.
“Sabes que está muerto, cierto?”.
Se volteó hacia él en el asiento, tibias palabras se apresuraron a su boca. Adam la detuvo al reírse.
“Solo estaba comprobando”, dijo.
“Observa el camino”, dijo, incapaz de reprimir la risa. “No sé que es, Adam. Él está interesado en mi, eso es todo”.
“No puedes estar atraída por él, o si?”, se volteó hacia ella. “Solo dime que me calle si quieres”.
“No tienes que callar”.
“De acuerdo. Entonces te atrae? Atrae atrae?”.
“De verdad no se lo que me atrae. No lo sé”.
Adam asintió. Phoebe se preguntaba lo que él pensaba de lo que explicaba.
“No sales mucho a citas”, dijo.
“No salgo mucho a citas. No como tu, de cualquier forma. Por cierto, como se llamaba?”.
Se encogió de hombros. “Ella es quien es. Solo estoy intentando comprender donde está tu cabeza”.
“Bien, entonces donde está la tuya? Me refiero con como se llame”.
“Buen cambio de tema. No lo sé”.
Phoebe sonrió, apoyando su cabeza contra la ventana. “Bueno, ahí tienes. Tampoco lo sé”.
Parecía un buen momento para estar en silencio, así que lo hicieron.
Unos minutos después llegaron a la entrada de la Fundación Hunter al límite de la ciudad. Su nuevo lugar de empleo hizo pensar a Phoebe en un castillo medieval. En lugar de un foso, había una alta pared de piedras y un camino que estaba cerrado por una reja de metal.
Adam se asomó por la ventana y presionó el botón rojo del interfono.
“En qué puedo ayudarle?”, contestó una masculina y monótona voz.
“Adam Layman y Phoebe Kendall”, dijo Adam. “Estamos aquí para recoger a Tommy Williams”.
Hubo una breve pausa antes de que la voz contestara.
“Diríjanse al Edificio Uno”.
Esperaron a que la reja de metal se abriera, el logo de la fundación, una gran y estilizada B y F se dividieron y lentamente se fue abriendo.
Adam puso la camioneta de PTD en marcha. “Creo que ese fue Thorny”, dijo.
“Puede ser. Trabaja en seguridad contigo, cierto?”.
Él asintió. “Sip. Pero ellos lo llaman facilidad de mantenimiento, probablemente porque además sacamos la basura además de golpear a los pseudo bioistas saboteadores“.
“Cuantas golpizas has dado?” dijo riéndose. “Y qué es un bioista?”.
“Serían cero golpizas hasta ahora, pero estoy esperanzado. Y un bioista es como un racista pero odia a la gente muerta”.
“Aha. Tienen armas? Me encantaría ver a Thorny con una”.
“Sin armas. Es lo suficientemente malo con la telefonía. Aunque Duke lleva un arma. Y un Taser , si lo puedes creer”.
“Un Taser? Quien es Duke?”.
“Davidson. Ese chico, es realmente complicado. Incluso Zumbrowski tiene más personalidad y calidez que este tipo”.
“Adam!”.
“Lo siento”, dijo. “No censuro mis pensamientos contigo”.
Adam condujo hasta el Edificio Uno. Evan Talbot, sus descoloridos mechones de pelo naranja como finas tiras de cable de cobre, estaba de pie bajo el porche entoldado con Tommy.
“Evan también viene?”, dijo Adam. “Estaremos algo apretados ”.
“No lo sé”, dijo ella, y salió a la lluvia. “Hola Tommy. Hola, Evan”.
“Hola…Phoebe”. A Tommy le tomó tiempo decir su nombre, pero ella no estaba segura que lo necesitara hacer. “Puede Adam… darle un aventón… a Evan?”.
Adam se inclinó y llamó a la puerta. “Hola, chicos. No creo que haya espacio en el taxi. Creo que alguien puede subirse a la base, pero creo que la lluvia está comenzando a caer más fuerte, será un aventón bastante húmedo”.
Tommy asintió. “Yo puedo”.
“De ningún modo”, contestó Evan. “Yo…iré…atrás”.
Se movió al parachoques y comenzó a trepar. Phoebe lo observaba torpemente haciendo su camino hasta la base de la camioneta, sus brazos y piernas angulosas y rígidas. Se movió rápidamente al chico muerto, y se preguntaba cual era la diferencia – por qué los chicos como Colette y Zumbrowski parecían moverse a la velocidad media de los zombies, lo cual era como moverse a un cuarto de la velocidad normal.
Adam salió de la cmaioneta y levantó la tapa de la caja de herramientas que era del ancho de la base. “Creo que PDT tiene una lona para pintar aquí. Aún así te vas a mojar, pero debiera ser de alguna ayuda”.
“Cielos”, dijo Evan, “Espero…no agarrar un resfrío”.
El lado derecho de su labio se torció. Humor zombie, pensó Phoebe.
Adam extendió la lona sobre Evan, quien esperó hasta que temrinara antes de ponerla encima de su cabeza. Adam lo miró, un borroso bulto del tamaño mediano bajo la lona, y sacudió su cabeza.
“Eso es espeluznante”, dijo.
Phoebe vio que la comisura de Tommy también estaba torcida. Él la miró, y tuvo la sensación que sus ojos estaban iluminados.
“Te…gusta bailar?”, dijo.
Ella rió. “Supongo”.
“Genial. Vamos… a ir…a un club. La Casa Embrujada”.
Las cejas de Phoebe se elevaron y sus labios se apretaron en concentración. Y se preguntó como se parecían a Tommy, aquellos movimientos faciales eran tan mínimos. Imaginó su rostro cambiando constantemente en impresionantes movimientos y tics. Si Tommy notó su repentina timidez, no reaccionó.
“No bailamos… realmente”, dijo. “Solo nos… agitamos”.
La delgada línea de sus labios se levantó en una esquina. Phoebe rió.


“Santo Dios”, dijo Adam. “Realmente es una casa embrujada”.
Se estacionaron en el camino de entrada libre de una casa al otro lado del Oxoboxo, blanca colonial y antigua , desteñida en la pálida luz del anochecer, con césped gris hasta la altura de la cintura que se mecía en la suave brisa. Había un amplio porche que era del largo del frente de la construcción, el tejado había colapsado en un lado. Vio un enorme establo instalado un poco más lejos de la calle que curvaba en un ángulo de cuarenta y cinco grados. En la casa principal, las persianas estaban ladeadas de unas cuantas ventanas que no estaban completamente estropeadas. La mayoría de las ventanas estaban quebradas, dejando trozos de vidrio que brillaban con las luces de la camioneta de PDT.
Las ventanas estaban abiertas, pero podían escuchar música, fuerte y rápida, haciendo retumbar la casa. Había una tenue luz en alguna parte adentro de la casa, solo unas cuantas brillaban intermitentemente, aunque estaba completamente iluminado por dos o tres velas.
“Es ese Grave Mistake?”, preguntó Phoebe.
“Un favorito…de la casa”, dijo Tommy. “Por favor entren”.
Dijo la araña a la mosca, pensó Phoebe. Tommy salió de la camioneta, también lo hizo Adam. El lado izquierdo de Phoebe estaba tibio al estar apretada entre ellos; su lado derecho, el cual había estado contra Tommy, no sentía calidez adicional. Tembló cuando salió de la camioneta, pero pudo haber sido la fría lluvia golpeando su nuca.
Siguieron a Tommy con pasos rechinantes en el porche. La música ahora estaba a un nivel casi sancionado, mientras Grave Mistake cambiaba a un grupo de metal que Phoebe no reconoció, el ruido de los tambores amenazaba con colapsar el resto del techo. Pudo sentir las vibraciones a través de sus botas. El aire olía a madera vieja y, sutilmente, a descomposición. Madera podrida o quizás el olor a vegetación levantado por la lluvia desde el bosque contiguo.
“Él está bien ahí atrás?”, dijo Adam, asintiendo a la camioneta. Phoebe se había olvidado por complete de Evan, quien, en el momento preciso, tiró de la lona, con una amplia sonrisa en su rostro.
Era desconcertante. Los muertos, no sonreían mucho.
Ella y Adam intercambiaron una mirada de ligera aprensión. Sabía que Adam no demostraría miedo, y estaba bastante bien al estar imperturbable, pero ahora estaban en aguas desconocidas.
Sintió el suave toque de Tommy en su brazo.
“La música está…fuerte?”, dijo Tommy.
“Bastante”.
“La…bajaremos”, dijo. “Toma bastante…para hacer…sentir… a los muertos”.
“También debe ser difícil de oír. Viven aquí?”, dijo Adam por encima de un cover de Iron Maiden. Phoebe lo golpeó en las costillas. Le tomó un rato darse cuenta de la razón.
“Uh, por decirlo de alguna manera”.
Tommy sonrió – casi fue una sonrisa verdadera. “Algunos de nosotros lo hace”.
Lo siguieron dentro de la casa. Más allá del recibidorhabía una larga habitación donde un número de figuras era solamente reconocible como unos sombríos contornos bloqueando lla tenue fuente de luz que había.
“Detén!”, gritó Evan. El pulso de phoebe se disparó. “La música!”.
Por un instante, en la mente de Phoebe apareció el Retorno de los Muertos Vivientes y la escena era la chica punk se quita su ropa y comienza a bailar justo antes e que los zombies salgan de sus tumbas para matarla mientras la arrastran por el lodo.
La música se detuvo, y el único sonido era el ruido sordo mientras Tommy golpeaba al sonriente Evan, al estilo de los Tres Chiflados, en la parte trasera de la cabeza.
“Bienvenidos a…. la Casa Embrujada”, dijo Tommy. “Quiero que conozcan a unas cuantas…personas”.
Había una de chicos en la habitación grande, la cual estaba vacía excepto por dos parlantes sobre el suelo y una pequeña lámpara con una pantalla ámbar sobre la repisa de la chimenea. Cables unidos a los parlantes, y la gruesa extensión de cable amarillo llevaba a una habitación adyacente que tenía sofás y sillas; había unos cuantos chicos más ahí, pero la habitación estaba a oscuras, apenas penetraba la luz ámbar.
Tommy dijo, “Zombies, estos son Phoebe y Adam. Adam y…Phoebe, estos son los… zombies”.
Phoebe saludó con la mano. Adam dijo, “Hola, zombies”, pero estaba bastante alejado de ella como para que lo golpeara otra vez.
Ella reconoció a varios de ellos. Sylvia estaba ahí, como también lo estaba el chico Mal de su pequeña aventura en el bosque. Él crispó su dedos. Tayshawn salió de la habitación oscura y slaudó. Karen llevaba un largo vestido blanco que parecía hecho de luz de luna. Les dio un saludo.
Tommy contestaba la pregunta muda de Tayshawn con un asentimiento. “Pero más baja. Por nuestros…invitados”.
Tayshawn desapareció, y un momento después una canción de Slayer rodeó la casa, a un volumen que era un poco más fuerte de lo que Phoebe escucharía su iPod.
“De donde obtienen la electricidad?”, preguntó Adam, gritando en la oreja de Tommy.
“Generador”, contestó Tommy. “Energía a gas”.
“Como obtienen el gas? Tienen trabajos?”.
Tommy sonrió. “Ahora…lo hacemos. Algunos de nosotros”.
Phoebe miró la habitación. Unos cuantos de los chicos estaban intentando bailar, justo como lo dijo Tommy. Los hombros de Evan era como una especie de espasmo de Saint Vitus; Mal, no tan rápido, intentaba mover su cabeza al son de la música, pero solo atrapaba cuatro de cinco tiempos. Había una chica con un solo brazo que se movía ligeramente, sus yemas de los dedos presionados contra la muralla para atraer las vibraciones de la música a su cuerpo sin vida.
“ ‘Angel of Death’, uh?” dijo Adam, sacando el título del gritado coro. No era un chico de música, y los tres mil intentos de Phoebe para cambiar ese defecto de personalidad fue recibido con una completa resistencia. Le gustaba Kenny Chesney y quizás algo de rock clásico. “Y se llaman zombies entre ustedes. Son bastante irónicos, no?”.
Ella se preguntaba si era su tamaño el que hacía lo suficientemente confiable a Adam para comenzar a hablar, para meterse de lleno y expulsar chistes breves que tenían todas las marcas de ser insensible. Pero ese era Adam. Se preguntaba si ella hubiese sido grande o hermosa o la chica más inteligente en la escuela, tendría ese tipo de confianza.
“Es un estado irónico en el que estamos, no locrees?”.
Eso fue de Karen, quien se había deslizado hacia ellos. Como un fantasma, pensó Phoebe. Ahora quien era irónico?.
“Tienes que admitir, que toda la idea de los muertos volviendo a la vida es algo irónico. Es una especie de reversa de la… cultura gótica, donde los vivos… idealizan cosas muertas y de la oscuridad”.
Phoebe sintió ruborizar sus mejillas y se preguntó si su color carmesí podía ser detectado en la luz ámbar. No podía decir si Karen se había burlado de ella a propósito o solo señalando la realidad como la veía.
Karen era la única chica muerta que Phoebe podía decir sin dudar era hermosa. Colette, bella en vida, perdió un poco más de su brillo en la muerte; sus ojos oscuros ahora estaban amortajados y sus suaves rulos castaños se veían quebradizos y desvaídos. Aunque, Karen, era despampanante. El vestido que llevaba era apretado como un fideo y terminaba justo bajo sus rodillas; sus hombros desnudos eran perfectos, como lo era toda su piel. Su voz estaba libre de la complicación glotal que presentaban los otros chicos muertos, y contenía la correcta modulación y matiz que carecía la mayoría de los muertos. Estaba descalza, e incluso sus pies se veían etéreos.
El bióticamente diferente, pensó Phoebe. Los ojos de Karen eran diamantes blancos incluso en la tenebrosa luz.
“Me rindo a la ironía de la realidad todos los días”, dijo Karen, sus ojos parecían atravesar la cabeza de Phoebe.
Karen pestañeó. Se inclinó y besó a Phoebe en la mejilla y se marchó. Sucedió tan rápido que phoebe no tuvo tiempo para reaccionar. Observó a Karen al otro lado de la habitación con Sylvia, que estaba inmóvil apoyada en la pared. Tomó una manó de Sylvia y la llevó a la habitación oscura. Se dio cuenta que el vestido de Karen le recordaba al que Marilyn Monroe usó en esa película donde se paró en la rejilla del tren subterráneo. Los caballeros las Prefieren Rubias? La comezón del séptimo año? por alguna razón la fría huella de los labios de Karen trajeron calor a la mejilla de Phoebe.
“Qué fue todo eso?”, dijo Adam. Phoebe sacudió su cabeza, estaba falta de palabras.
“Tu…pensarías”, dijo Tommy, “Que Karen… la tuvo fácil…entre nosotros”.
Phoebe asintió, esperando a que continuara.
“Lo contrario… es lo cierto”, dijo. “Suficientemente irónico”.
“Es increíble”, dijo Phoebe.
“Tenemos más…personas… uniéndosenos cada día”.
“Si”, dijo Adam. “Lo he notado. Parece haber más zombies por aquí que antes. No tenía idea que tantos chicos habían muerto por aquí”.
Phoebe observó a Tommy mirarlo. “La mayoría… no murió…aquí”.
“Oh, de verdad? De donde vienen?”.
Tommy pudo haber estado sonriendo; era difícil decirlo a la luz. “Vienen… de todas partes. Y tienen…razones…para venir”.
Tayshawn programó una canción de Misfits, “Dust to Dust”, una de las favoritas de Phoebe, y el repentino rompimiento de guitarra cortó su conversación como una hoja de cierra.
“Les…gustaría…ver…el resto de la casa?”.
“De acuerdo”, dijo Phoebe. “Adam, vienes?”.
“No gracias. Oye, Evan, tienen algún tentempié aquí? Patatas o algo?”.
Todos lo miraron, para el horror de Phoebe, Adam movió una esquina de su boca en una perfecta parodia de sonrisa de los bióticamente diferentes. Evan hizo un sonido como el quejido de un pequeño claxon, la versión en Decibeles de risa. Ella no estaba segura de querer que Adam aguara más las cosas – la forma poco sutil de alejarse de ella y Tommy, o el riesgo que tomaba al ofender a sus anfitriones.
Pero Tommy estaba sonriendo. “Vamos”.
Ella lo siguió por una chirriante escalera que terminaba en penumbra.
“Uh, Tommy”, dijo, “sabes que no puedo ver en la oscuridad como ustedes”.
“Cierto”, dijo, y ofreció su mano. Estaba fría y suave.
Se estremeció, en parte por su toque, y en parte al pensar que en unos cuantos pasos más estaría en una completa oscuridad, con solo su mano para guiarla.
“Entonces”, dijo, sonando nerviosa incluso para si misma, “dijiste que algunos de tus…amigos se quedan aquí?”.
“Si”, dijo, ahora su espalda era visible solo como un vago contorno grisáceo. “Algunos…padres…no están de acuerdo. Mal se queda aquí. Sylvia. Cuidado. Este es el último escalón”.
“Tu no?”.
“No”, dijo. “Me…quedo…con mi madre. Vivimos en una casa rodante… en el Estacionamiento de Casas Rodantes de los Pinos de Oxoboxo. Da la vuelta. Hay otro tramo de escaleras”.
La oscuridad al principio del segundo tramo de escaleras era total. La música vibraba a través de la oscuridad, pero pronto no tuvieron que gritar para ser oídos.
“De verdad? Con tu madre?”. Pensó que era llevada por un pasillo que debe estar paralelo a las escaleras. Temía que si extendía su mano libre, no hubiese paredes. Su mano, la que parecía estar tibia en la de ella, era como una soga que la sujetaba rápidamente a la realidad.
“De verdad. Aquí”.
Lo escuchó abrir una puerta, y una pálida luz alcanzó sus ojos desde dos enormes ventanales en una pared lejana. Uno de los ventanales estaba quebrado, y el viento chillaba en la habitación como si se hiciera daño con los irregulares trozos de vidrio colgando en el marco. La habitación estaba bastante fría.
Tommy no tenía frío. Dejó su mano y caminó hacia el ventanal.
“Me encanta esta vista”, dijo.
Abrazándose a sí misma por el frío, se unió al lado de la ventana. Estaban lo suficientemente alto para poder ver el bosque Oxoboxo. Las nubes encima eran ondulados algodones grises contra el cielo oscuro; en alguna parte detrás de una de las enrolladas nubes estaba la luna. Hubo un destello, y un a bifurcación de luz dividió el cielo.
“Guau”, dijo Phoebe. Lo miró, principalmente para borrar la imagen mental de campesinos llevando antorchas agrupándose en los cimientos de la casa. Él miraba a la distancia con una intensidad que los vivos jamás alcanzarían.
“El lago está detrás de esos árboles”, dijo. “En las noches despejadas cuando la luna está arriba puedes verlo brillar. Como las estrellas, solo aquí en la tierra”.
“Me gustaría verlo”. La voz de Phoebe temblaba a medida que el frió comenzaba a filtrarse por su piel.
“Estás helada”, dijo. Tomando su mano, y casi se sintió como si su mano estuviese más tibia que la de ella.
Deseaba poder decirle algo listo y gracioso como lo haría Adam , algo como Sip, acaso olvidaste que sigo viva? O Todos los chicos muertos dicen que soy frígida. Las líneas vinieron a ella, pero descubrió que no podía decirlas como lo haría si hubiese estado solo con Adam o Margi.
Tommy la llevó afuera. “Quiero mostrarte otra habitación”. Regresaron al segundo piso y al pasillo. El sentido de desorientación de Phoebe era total; sabía que los grandes ventanales de arriba daban hacia el patio trasero de la casa, pero pensó que habían girado a la derecha, lo cual los llevaría de regreso a esa dirección. La música era una pesada vibración de alguna parte lejana.
Tommy se detuvo.
“Phoebe”, dijo, su voz hizo eco en la habitación.
“Si, Tommy?”.
“Confías en mi?”.
Oh-oh. “Por qué no lo haría?”.
“Necesito que confíes en mi”.
“De acuerdo”, dijo. “Confío en ti”.
Le soltó la mano.
“Bien”. Su voz parecía alejarse en la oscuridad. “Acuéstate, por favor”.
“Uh, Tommy, no sé…”
“Por favor”, dijo. “No es lo que crees. Confía en mi”.
Phoebe podía escuchar su propia respiración en la silenciosa oscuridad. Qué rayos es esto?.
“En el suelo?”.
“Por favor”.
No podía verlo. Se preguntaba si Adam podía oírla gritar si llegaba a ese punto. Y qué pasa si su grito era el pie para que los zombies le tendieran una emboscada a Adam, para atacarlo y cortarlo miembro a miembro mientras ella estaba en la oscuridad a solas con Tommy?.
“Por favor”, dijo. “No…no…no…voy a….tocarte…si eso…es…lo que…temes”.
Él era difícil de leer, como todos los bióticamente diferentes. Sus expresiones faciales eran mínimas, su lenguaje corporal ilegible, y sus voces monótonas y atonales. No podía verlo, pero Phoebe pensó detectar una tristeza en sus palabras tan grande y profunda como el Oxoboxo.
“De acuerdo, Tommy”, dijo, agachándose hasta que las puntas de sus dedos rozaron el sucio suelo, el movimiento de su cuerpo levantaba el olor a pintura vieja y mohosa. “Confío en ti”.
Se acostó y acomodó su larga falda sobre sus piernas. Cruzó las piernas en los tobillos y junto las manos en su estómago. Sus ojos estaban abiertos, y una eternidad de oscuridad giraba a su alrededor.
“Gracias”, susurró.
Sus labios estaban secos. Les pasó la lengua, temblorosa.
“Ya…vuelvo”, dijo. “Necesito…conseguir…una…linterna”.
“Qué?”, dijo. “Vas a dejarme aquí?”.
“Confía…en mi”, dijo. Ella también pudo sentir y escuchar sus pasos sobre las tablas mientras se alejaba.
Phoebe, Phoebe, Phoebe, pensó. En qué te has metido ahora?.
Figuras púrpuras comenzaron a salir de la oscuridad, extrañas formas amorfas que se irradiaban y daban vueltas hacia ella. Deseó haber prestado más atención en biología, así podría tener alguna explicación racional para el efecto, algún conocimiento en barras o conos o refracción de las corneas o lo que sea que fuese que causara esas formas violetas que circulaban hacia ella. El silencio de la habitación la hacía concentrarse en sonidos del piso de abajo – Michael Graves, quizás – pero la música se volvía más y más débil, como si invisibles manos púrpuras estuvieran alzándola en la oscuridad, más rápido, llevándola por el techo y hacia el cielo, a alguna parte lejana.
Tommy, donde estás?.
Estornudó, la esencia de madera descompuesta llenaba sus fosas nasales. Sus manos estaban juntas como bloques de hielo en su estómago. Estaba completamente congelada, y era como si la oscuridad le estuviera quitando el calor de su cuerpo. Más allá de la música pudo oír su respiración y pulso, pero ninguna parecía normal para ella; su pulso demasiado lento, su respiración demasiado rápido. Cerró sus ojos cuando la oscuridad púrpura revelaba lo que parecían rostros y apretones de manos, pero cuando sus ojos estaban cerrados, los rostros seguían ahí.
“T…Tommy?”, dijo, susurrando.
Se quedó inmóvil – hasta sus temblores se detuvieron. Entonces supo que jamás debió haber confiado en él; que jamás iba a regresar, que la había dejado sola en la oscuridad.
Quiso levantarse, salir del suelo frío de madera pero no podía respirar. El polvo cubría sus pulmones, y quiso moverse pero tenía miedo. Porque qué pasaba si no podía hacerlo? Qué pasaba si intentaba moverse y su cuerpo no le obedecía? Qué pasaba si ella y su cuerpo ya no eran uno porque la oscuridad púrpura había absorbido su espíritu como líquido en un vaso?.
Así era como se sentían ellos?.
Más allá una luz cortó la oscuridad. Ella levantó su cabeza del suelo, pensando haber escuchado crujir los tendones de su cuello. Y ahí estaba Tommy con una linterna, de pie en la entrada. Pestañeó mientras le dirigía la luz a su ubicación, y la fuerza de su exhalación hizo que el polvo se levantara y girase.
“Gracias, Phoebe”, dijo.
Ella observó su respiración, una mezcla de vapor y polvo, circulando de ella. “Ahora puedo ponerme de pie?”.
“Por favor. Quiero mostrarte…algo”.
Movió la luz hacia la pared detrás de ella.
“Mira”, dijo.
Ella se volteó.
La pared estaba cubierta con papeles que habían sido pegados, o en algunos casos, clavados en el despedazado yeso. Observó los papeles, algunas agitadas con la corriente de aire. La mayoría era fotografías digitales impresas en papel, pero había unas cuantas fotografías diseminadas y un par de instantáneas.
Las miradas en blanco de cientos de chicos bióticamente diferentes la miraban como si la acusaran.
“Cada uno de ellos… sintieron… lo que sentiste ahora. El frío. La oscuridad. El… miedo”.
Pudo ver el miedo grabados en sus rostros en blanco. Un chico joven con una gorra de kis Boston Red Sox apartó la mirada de la cámara, su expresión como la de un perro golpeado demasiado temeroso como para mirar a los ojos de su amo. Una chica cuyo rostro estaba horriblemente quemado miraba directamente al lente, sus ojos sin párpado tenía un insondable dolor.
“Cada uno de ellos… murió… y regresó”.
Había un chico con la cabeza afeitada con cicatrices que se había sacado la camisa y puso un largo cuchillo en su pecho y miraba con una alarmante calma a quienquiera que haya sacado la fotografía. Otra chica muerta en un vestido de baile estaba al lado de un poster del Castillo de la Cenicienta en Disneylandia, su rostro consumido y sin sonrisa.
“No…puedes…saber…lo…que…sentimos”.
Se volteó de la pared y los tristes chicos en ella, escuchando la misma calidad de dolor en alguna parte de sus monótonas palabras. Había tantos de ellos en la pared. Docenas. Quizás cientos.
“Porque…nosotros…no…sabemos…lo que sentimos”.
Dio un paso hacia él.
“Necesito…que nos…ayudes”.
Ella lo abrazó, y aunque su abrazo no fue largo, comenzó a sentirse más tibia en el momento en que se unieron a los chicos moviéndose al ritmo del heavy metal en el piso de abajo.

FIN DEL CAPITULO
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clarita

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Dom Abr 04, 2010 8:30 pm

WWWWUUUUUUUUHUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU


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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 13, 2010 10:07 pm

Me encantaaaaaaaaa!!!!!!!
Buenísimo el libro chicas,quiero más...jajaja
Un besazo a todas
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Sáb Abr 17, 2010 4:32 am

Capitulo 15
Transcrito por Florencia
Adam llegó con la camioneta a su casa una hora después. Phoebe le dio las gracias, le deseó buenas noches y corrió por el corto tramo de césped que separaba sus casas. Él la observó alejarse, y ella tuvo que saberlo porque se volvió para despedirse con la mano antes de meter la llave en la cerradura de la puerta principal.
Él le devolvió el gesto, deseando que un vampiro intentase caer sobre ella desde el tejado, o que un par de chorizos al acecho entre los arbustos se abalanzasen sobre ella, porque así el podría entrar en acción. Atacaría con una lluvia de patadas y golpes con las manos abiertas, sometería a los malhechores, y ella lo sabría. Sabría que estaba protegida y que él siempre estaría allí para ella. Lo sabría todo.
Le dio una palmada al capó de la camioneta, frustrado.
Sólo había otros tres coches y la camioneta en casa del PTD, lo que quería decir que Jimmy y Johnny todavía estaban en la calle, causando el caos. Arreglar coches, conducir coches, romper coches. A veces Adam envidiaba sus vidas, que le parecían muy sencillas.
En el interior, el PTD estaba despierto y frente a la tele, viendo a la vez un partido de béisbol y una serie de risa; al lado de su sillón reclinable, en el suelo, había una hilera de latas vacías. Lo miró y asintió.
- Hola.
- Hola, ¿está mamá acostada?
- Sí –respondió el hombre, resollando. La camisa de trabajo de PDT estaba abierta hasta el ombligo, y una mata de pelo negro rizado sobresalía de la uve de su camiseta interior, que había dejado de ser blanca hacía tiempo. Todavía tenía los brazos manchados de grasa -. Estaba muy cansada. Creo que su jefe le ha vuelto a dar por saco esta semana.
Adam asintió. Su madre trabajaba en un banco, y su jefe era un hombrecillo arrogante y brusco que la había hecho llorar en varias ocasiones.
- ¿Qué tal tu cita?
Adam buscó indicios de sarcasmo, pero no vio ninguno en aquella cara curtida. Al PTD le gustaba ver la tele con la luz apagada, y la iluminación azul de la pantalla le daba a su rostro un aspecto pálido, como de chico con diferente factor biótico.
- Ha estado bien. Hemos ido a una fiesta.
- ¿Ah, sí? ¿Has tomado cerveza?
- Nah.
- Bueno, puedes coger una, si quieres –respondió el PDT, mirándolo fijamente-. Siempre que me traigas otra.
- Vale, Joe. Gracias.
Adam fue al frigorífico y sacó un par de latas de cerveza, una para él y otra para el gran Joe Garrity, el PDT. Joe no era tan mal tipo después de tomarse la tercera o la cuarta cerveza, lo que solía pasar más o menos una hora después de la cena. Adam le pasó la cerveza y se tumbó en el sofá, apoyando la lata en su ancho pecho.
- Te gusta esa chica, ¿verdad? –le preguntó Joe después de dar un ruidoso trago.
- Sí. Sí, me gusta.
- ¿Es la animadora? ¿La rubia?
- ¿Holly? –preguntó Adam. Los Sox iban tres a dos, pero todavía quedaba una entrada-. Nah, apenas la veo desde el verano.
Joe dejó escapar un eructo silencioso y se movió en el asiento, lo que estuvo a punto de hacer que la lata cayera al suelo.
- Es guapa, aunque no se puede decir que tenga una gran personalidad.
“Pershonalidad”, pensó Adam. Su padre, Bill Layman, también había sido un alcohólico, aunque su pershonalidad iba en dirección contraria cuando se emborracha. Mientras que el PDT se volvía más tolerable, Hill Layman se convertía en un demonio. Adam bebió de su lata, preguntándose por qué su madre necesitaba estar con tíos que bebían. También pensó en Phoebe.
El PDT soltó una palabrota cuando una pelota rasa rebotó en el guante del tercera base y dio al traste con la carrera hasta la primera base que podría haber significado el empate.
- Tienes razón –respondió Adam al cabo de un rato.
- Entonces, ¿Quién es tu nueva novia? ¿La chica de al lado, por fin?
“La verdad os hará libres”, pensó Adam. Dio otro trago a la lata.
- Sí.
El PDT guardó silencio durante un momento. El siguiente bateador golpeó la pelota directamente hacia el segundo base, que acabó con un sencillo doble juego.
- Parece buena chica –comentó Joe.
- Sí.
Joe se quedó dormido en la novena entrada, en algún momento entre la pormenorizada disección de los lanzamientos y el análisis en profundidad de los cambios en el orden de bateo. Adam se quedó escuchando sus ronquidos hasta que oyó a uno de sus hermanastros llegar con el coche, momento en el que recogió las latas vacías, las lavó y las tiró en el cubo para reciclar. Después entró Johnny, oliendo a cerveza y tabaco, le dio un puñetazo en el hombro.
- Hola, hermanito –lo saludó, de camino a su cuarto.
- Hola –respondió Adam. Tiró el resto de su cerveza en el fregadero antes de irse a su dormitorio.

Phoebe cogió el autobús al día siguiente, así que Adam se quedó solo con sus pensamientos durante todo el camino. Sintonizó una cadena de deportes, algo que nunca hacía cuando Phoebe estaba en la camioneta, al cabo de pocos minutos, le recordaron que el agradable encanto desplegado por Joe la noche anterior no se prolongaría, ya que los Sox acabaron perdiendo en la novena con un home run de dos carreras. Adiós, Joe, gracias por la visita. Hola, PDT. Adam se preguntó si habría más chicos cuya vida familiar dependiese en su mayor parte del consumo de alcohol y los partidos de los Sox.
Llegó pronto al instituto. Algunos de los profesores estaban todavía entrando y no había llegado ninguno de los autobuses. Se metió en el aparcamiento para estudiantes del pie de la colina y pensó en entrar, pero decidió dejarlo. Hurgó en su cartera, encontró su manoseado ejemplar de Cumbres borrascosas y lo tiró en el asiento de al lado, como si pretendiera leerlo. El presentador de la radio estaba analizando la relativa importancia del partido de los Red Sox en el marco cosmos, y Adam sacó el libro de historia porque tenían un examen; entonces se dio cuenta de que la única razón por la que se había quedado en el coche era para poder ver a Phoebe salir del autobús y entrar en el instituto.
“Maldición”, pensó. Metió de nuevo Cumbres borrascosas en la mochila, sacó el petate con su equipo de la parte de atrás de la camioneta y se dirigió al edificio.
Estaba a medio camino vio un coche familiar verde detenerse cerca de la curva de la parada de autobuses y una mata de pelo naranja pálido aparecer por encima del techo del coche. Evan se despidió con la mano del conductor y se quedó mirando cómo se alejaba el coche. Adam subió corriendo los escalones que le quedaban para echarle un buen vistazo al conductor, que era una mujer con el pelo un poco más oscuro que Evan.
“Su madre”, pensó. Los niños muertos pueden tener madres.
- ¡Hola, Evan! –lo llamó-. ¡Espera!
Evan se volvió como si esperase que el grito fuese acompañado de una piedra. Adam lo llamó otra vez, y entonces Evan lo saludó con la mano y lo esperó en la puerta del instituto.
- Hola –dijo Adam; las semanas de entrenamiento lo permitían respirar sin problemas-, gracias por lo de anoche, nos lo pasamos muy bien.
Se dio cuenta de que Evan tenía una lluvia de puntitos de color beige dispersos por el puente de la nariz y bajo los ojos, los fantasmas de sus pecas. Era como dos veces más pequeño que Adam, un chaval pequeño y delgaducho vestido con vaqueros y una camiseta que le quedaba demasiado grande. Miraba a Adam como si esperase el chiste.
- Estuvo bien ver dónde quedáis. Quiero decir, escuchar la música que os gusta y eso. –Adam sacudió la cabeza y silbó-, Ha sonado muy estúpido, ¿eh?
Evan soltó su extraña carcajada, la que era como un balido de cordero.
- Ojala… todavía pudiera… silbar. Lo… intento… una y otra… vez, pero no me sale. Antes se me daba… genial.
- ¿De verdad? –preguntó Adam, sin saber bien qué decir a continuación y sintiéndose muy estúpido por haber hablado antes. Mientras Evan intentaba decir algo, un autobús se acercó por el camino, y sus palabras se perdieron en el ruido del gutural motor.
- ¿Qué?
- He… dicho… que Phoebe y… tú… habéis sido… los primeros… chicos… vivos que han ido de visita.
- ¿De verdad? Vaya, qué honor. Entonces, ¿tú no… te quedas allí?
- Estoy con mí… familia –respondió. Otro autobús subió por la colina, y Adam vio los pelos rosa de punta de Margi a través de una de las ventanas de atrás.
- ¿Ah, sí? ¿Era tu madre la que te ha traído? –Evan asintió, y a Adam le pareció detectar la sombra de una sonrisa en su pálido rostro-. Guay. Entonces, oye, estaba pensando… Tengo que hacerte una pregunta, pero no te lo tomes a mal, ¿vale? No quiero insultarte, así que no te sientas insultado ¿vale?
Evan parecía intentar encogerse de hombros, aunque uno de ellos se levantó bastante más que el otro.
- Dispara.
- Bueno, lo que me preguntaba era… -empezó Adam, consciente de que, detrás de él, los autobuses empezaban a dejar salir a sus pasajeros-, ¿cómo es? ¿Cómo es estar muerto?
Evan lo miró con sus ojos azules vacíos, sin pestañear, tanto rato que Adam pensó que, a pesar de sus precauciones, lo había insultado. Pero, entonces, el chico habló.
- No lo sé. ¿Cómo es… estar vivo?
Se empezó a reír otra vez, pero sin cambiar de expresión; sonaba como si alguien hubiese pisado uno de esos perros de juguete que pitan al aplastarlos.
Adam sonrió.
Miró hacia los autobuses justo cuando Phoebe bajaba y levantó la mano para saludarla. Ella no lo miraba; una cortina de reluciente pelo negro le tapaba la cara mientras Margi hablaba con ella, atravesando el aire con sus brazos llenos de pulseras para darle énfasis a la tontería que le estuviese contando. Tommy estaba justo detrás de ellas.
Phoebe se rió, y el pelo le cayó sobre el hombro y dejó al descubierto su boca abierta y su suave piel blanca. Adam sonrió, pero entonces Tommy consiguió alcanzarlas y le tapó la vista.
- Vamos a clase, Evan –dijo Adam, suspirando; se echó el petate al hombro y frenó un poco para que el chico pudiera seguirle el ritmo.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Sáb Abr 17, 2010 5:11 am

Capitulo 16
Transcrito por Florencia

- Buenas tardes a todos –dijo Angela, entrando en la sala a paso ligero. Al acercarse a Phoebe de camino al centro del cuarto, le puso en el hombro una mano suave y cálida.
Detrás de ella iban Alish y un joven atlético al que Phoebe identificó rápidamente: era Skip Slydell, autor de muchos libros y artículos sobre el movimiento de los muertos vivientes.
- Hoy tenemos a un invitado especial al que reconoceréis del vídeo de la CNN de la semana pasada. Vamos a dar la bienvenida a Skip Slydell, por favor.
- Gracias, Angela y Señor Hunter, por permitirme estar hoy aquí –repuso él, saludando-. Y, sobre todo, gracias a vosotros, estudiantes, por aguantarme durante la próxima hora.
Margi miró a Phoebe y puso los ojos en blanco, ya que cada vez que la directora Kim o Angela presentaban a un orador invitado lo hacían con una especie de solemnidad eufórica extrema, como si la llegada del invitado fuese una ocasión alegre y seria a la vez.
Lo primero que hizo Slydell fue repartir tarjetas de visita a todos los chicos. Phoebe vio que Tayshawn agarraba la suya con las dos manos y se la llevaba a pocos centímetros de la nariz, poniéndose bizcos.
“SKIP SLYDELL ENTERPRISES”, decía la tarjeta, y se veía una foto de la cabeza y hombros de Skip sonriendo sobre una pila de libros y productos. “EN COLABORACIÓN CON LA FUNDACIÓN HUNTER.” Había un número de teléfono gratuito en la parte de debajo de la tarjeta.
- Empecemos, ¿de acuerdo? –Dijo Slydell-. La señorita Hunter me ha dicho que uno de los principales objetivos de la fundación en la que trabajáis y aprendéis es algo a lo que me gusta referirme como la aclimatación de las personas con diferente factor biótico a la sociedad, así como la aclimatación de la sociedad para que acepte mejor a las personas con diferente factor biótico en su seno. ¿Tiene sentido? ¿Alguna pregunta?
No esperó a que respondieran a ninguna de las dos cuestiones. Caminaba mientras hablaba, agitando sus grandes manos de suave aspecto, y señalando a uno y otro lado para enfatizar sus opiniones. Procuró mirar a los ojos de todas y cada una de las personas presentes, y sostenía la mirada un poco más cuando se trataba de un chico con DFB. Hablaba tan deprisa que Phoebe pensó que la mayoría de los chicos muertos no podría seguirlo. A ella también le habría costado seguirlo de no haberse preparado un café al entrar.
- ¿Podéis poneros todos mirando hacia aquí? ¿Os parece bien? –Había dos largas mesas al fondo de la sala, las dos cubiertas por una tela blanca que ocultaba lo que hubiese debajo. Se puso delante de ellas-. Por tanto, la pregunta es: ¿cómo podemos facilitar la aclimatación? ¿Cómo podemos conseguirlo? Lo que pretendemos no es fácil. Cambiar la cultura. Cambiar la cultura es muy, muy difícil, incluso en este país. Vosotros y yo… -empezó a decir, y sostuvo la mirada de Sylvia durante una pausa de casi veinte segundos-… vosotros y yo no hemos elegido el camino fácil. En absoluto. No es fácil transformar la cultura.
Se apoyó en la mesa, tambaleándose un poco, como si la enormidad de la tarea lo hubiese dejado sin aliento. Margi empezó a hacer un ruido, como un zumbido, y Phoebe sonrió, porque significaba que su amiga había activado su detector de gilipolleces.
- Lo que vamos a hacer no es sencillo, pero puede hacerse. Incluso aquí, en Estados Unidos. Elvis Presley lo hizo; Martin Luther King lo hizo; Jimi Hendrix; John F. Kennedy; Bill Gates; Michael Jordan; los dos tipos que crearon South Park. –“El colectivo estadounidense de santos”, pensó Phoebe-. Y nosotros también podemos hacerlo. ¿Me seguís? Lo cierto es que ya se ha hecho lo más gordo, el trabajo más complicado. ¿Sabéis por qué? –preguntó, sonriendo-. Porque los muertos vivientes son un hecho consumado de la vida. Qué gracioso ¿verdad? Casi parece un oxímoron. Decidlo conmigo: “Los muertos vivientes son un hecho consumado de la vida”.
Nadie se unió a él en coro, pero algunos chicos parecían algo incómodos; la expresión “muerto viviente” no se consideraba muy educada en público, y menos en una habitación llena de muertos vivientes.
- ¿Qué os ha hecho sentir lo que acabo de decir? Pensadlo un minuto. Los muertos vivientes son un hecho consumado de la vida. ¿Cómo os sentís? Karen, ¿no? ¿Podrías compartir con nosotros tus sentimientos al respecto?
Karen parpadeó y dijo:
- Es cierto. –Después parpadeó otra vez y siguió hablando - Ha presentado una realidad que no todos deciden… aceptar.
- Vaya –dijo Slydell, sonriendo-. Vaya. Una realidad que no todos deciden aceptar. Vaya. Lo voy a escribir-. Extraordinario. Gracias por la aportación. ¿Y la terminología que he usado? ¿Qué te parece?
- No me parece... nada. Pero me molesta que algunas personas utilicen esas palabras para referirse a mí.
- Sin embargo, no te ha molestado que lo diga yo, ¿no? –preguntó él, tirando el cuaderno sobre la mesa.
Ella sacudió la cabeza, lo que hizo que su cabello se agitase como unas cortinas de platino llevadas por la brisa.
- Gracias, significa mucho, gracias.
- Al menos, por ahora –repuso ella, devolviéndole la mirada con calma. Evan dejó escapar su risa de cordero.
- Me parece justo –respondió Slydell, riéndose también. Quitó uno de los manteles, como un mago a punto de revelar un truco-. Angela me contó que a vosotros..., los que estáis muertos…, también os gusta llamaros zombis. ¿Es cierto? Puede responderme cualquiera.
- Si –contestó Evan.
- ¿Se aplican las mismas reglas? ¿Vosotros podéis decir “zombi”, pero os enfadáis si alguien… alguien vivo lo dice?
- Depende –repuso Tommy.
- ¿De qué? –preguntó Skip, asintiendo para animarlo.
- Depende de cómo lo diga.
- Vale –siguió Slydell, volviéndose hacia la otra mitad de la sala, donde estaban los chicos vivos-. ¿Y vosotros? No os quedéis ahí sentados como zombis, ¡y menos cuando los zombis me están respondiendo a todo! ¿Qué pensáis?
- ¿Sobre qué? –preguntó Adam, visiblemente irritado.
- ¡Sobre la palabra “zombi”! ¿Has llamado así alguna vez a Tommy Williams?
- No.
- Bueno, ¿y por qué no? –insistió él, alzando los brazos al cielo. Parecía estar emocionándose un montón con el tema.
- Porque respeto a Tommy. No le diría nada que pudiera herirlo.
- ¿Y tú, Williams? –preguntó Slydell, asintiendo-. ¿Te importa cómo te llame el señor Layman? ¿Te mosquearías si te llamase cabeza muerta o zombi?
Tommy sacudió la cabeza.
- ¿Por qué?
- Porque Adam… es mi amigo.
- ¡Aleluya! –Chilló Slydell, mirando al techo-. ¿Lo veis? ¿Lo veis todos? Nuestro amigo Layman no quiere llamar zombi a su colega Tommy porque lo respeta. Y al viejo Tom no le importaría que Adam lo hiciera, porque lo considera un amigo. ¿Lo veis? ¿Entendéis adónde quiero ir a parar? –Se colocó delante de Zumbrowski con las manos en las caderas-. Kevin, Sylvia, Margi, ¿sabéis lo que están haciendo esos dos? Esos dos están transformando la cultura, y de eso se trata. –Cogió sus artículos misteriosos de la mesa y empezó a desdoblar lo que parecía ser una camisa negra-. ¿Cómo os hicisteis amigos, chicos? ¿Fue por el fútbol?
- Sí.
- Básicamente.
- Entonces, hizo falta una acción radical (que un zombi se pusiera las hombreras y el casco) para que sucediera ¿no?
- Supongo –respondió Adam.
- ¿Supones? ¿Supones? Será mejor que lo sepas, hijo porque Tommy y tú estáis al mismísimo comienzo de una nueva sociedad. Vosotros sois esa sociedad. La trasformación siempre requiere una acción radical. Si Elvis Presley no hubiese tomado la radical decisión de cantar un estilo de música tradicionalmente reservado a los negros, puede que nunca hubiésemos experimentado la transformación que el rock and roll supuso para la sociedad moderna. Si Martin Luther King no hubiese tomado la radical decisión de organizar la causa a favor de los derechos humanos y hablar sobre ella, puede que nunca hubiésemos pasado por la transformación de estado opresor a estado libre con igualdad de oportunidades para todos. Y esa transformación todavía no ha terminado. Vosotros, chicos, tanto los vivos como los muertos, sois la prueba.
- ¿Qué decisión radical tomó Michael Jordan? –preguntó Thornton.
- Un chico listo, ¿eh? –comentó Slydell, sonriéndole-. Ninguna. Simplemente era radicalmente mejor que los demás, y sólo con eso logró transformar el juego. Y eso es lo que queremos aquí: transformar el juego.
Phoebe se preguntó cómo podía hablar sin parar, sin tan siquiera detenerse a respirar. Pensó en lo divertido (y agotador) que sería observar una conversación entre Margi y él; pero Margi no estaba de buen humor.
- Vale. Un poco más de filosofía. Después os diré cómo podéis ayudarme. Y cuando digo que podéis ayudarme, en realidad estoy diciendo que podéis ayudar a la sociedad y ayudaros a vosotros mismos. Ayudadme a hacerlo, ¿vale? Ahora, vosotros dos, Adam y Tommy. Sois amigos. ¿Habías tenido algún otro amigo muerto antes que Tommy, Adam?
- No, la verdad es que no.
- ¿Y tú, Tomás? ¿Algún saco de sangre al que considerases tu amigo?
- Unos cuantos –respondió él, mirando a Phoebe.
- Unos cuantos. Bueno, vale. Pero, en este caso, hizo falta una acción radical por tu parte para trasformar a Adam. Sin la acción radical, la transformación no se hubiese producido. Adam no tendría amigos muertos.
- Un momento –lo interrumpió Adam-. No puede suponer…
- Sigue mi razonamiento, Adam-. Llegaremos a tus opiniones dentro de un momento. Sin la acción radical, la transformación no se hubiese producido. ¿Estaban todos tan encantados con dicha acción como Adam? ¿Dieron todos la bienvenida a Tommy Williams al equipo de fútbol y todo fue de color de rosa? ¿No? ¡No! Por lo que recuerdo, ¡hubo manifestaciones en las calles! Si los periódicos no se equivocan, como a menudo sabemos que sucede, hubo carteles, pancartas y consignas. ¡Tiraron fruta!
Phoebe miró a Adam, que se había sentado algo apartado del grupo, como hacía siempre. Tenía las manos entrelazadas y los codos sobre las rodillas. Miraba al suelo.
- Ése es el segundo ingrediente necesario para el cambio de la cultura, gente. La segunda clave de la transformación: el conflicto. La acción radical unida a la respuesta radical. Sólo entonces podremos conseguir el verdadero cambio. He utilizado palabras fuertes por una razón, palabras maleducadas como “zombi”, “muerto viviente” y “saco de sangre”, y la razón no es que deseara resultar ofensivo. Las he utilizado porque, ahora mismo, son palabras radicales y quería provocar una reacción radical en vosotros. A algunos no os importa usar la palabra “zombi” entre vosotros. A otros no os gusta el término en absoluto. Con mis disculpas a Angela, necesito vuestra ayuda para acuñar un término que nos guste a todos, porque “persona con diferente factor biótico” no nos vale. Es demasiado frío, tiene demasiadas sílabas. Le falta estilo. La verdad, no es lo bastante sexy. Por otro lado, “zombi”… personalmente, me parece que es una declaración de principios. El primer paso para transformar una cultura es dar nombres y definiciones a los aspectos transformadores de la misma. Sois zombis, chicos, y tenéis que usar ese término con orgullo, al margen de la reacción que provoque.
Phoebe se preguntó si los demás chicos se daban cuenta de que Skip les había dado tres “primeros pasos” en su charla. Pero era como un tren que debía volver a la estación antes de la puesta de sol; Colette había levantado la mano en cierto momento del discurso sobre los aspectos unificadores de los deportes de equipo, y Slydell todavía no la había dejado hablar.
Desdobló la camiseta que sostenía. Era una camiseta negra básico con las palabras “MUERTO… ¡Y DISFRUTÁNDOLO! En letras verdes que seguramente brillarían en la oscuridad. La palabra “muerto” estaba escrita con una fuente de película de miedo, y el resto en letras mayúsculas.
- ¿Qué os parece la camiseta? –Preguntó Skip-. ¿Qué os hace sentir?
- Creo… que está guay –dijo Evan, sonriendo.
- Bien, para ti –respondió él, tirándosela a la cara-. ¿Y ésta? –Era una camiseta gris con un puño blanco y las palabras “¡PODER ZOMBI!” escritas con la misma fuente de peli de terror. La caricatura del puño tenía la piel estirada, de modo que los nudillos resultaban claramente visibles-. De ésta tengo unas cuantas. –Le lanzó una Tayshawn, otra a Sylvia y otra a Thornton-. Ésta es un poco atrevida –dijo-, un poco más radical. A ver qué os parece.
La camiseta era negra con unas letras sin adornos. Decía “TUMBAS ABIERTAS, MENTES ABIERTAS”, encima de una imagen estilizada de una tumba abierta en un cementerio.
- A mí me gusta –dijo Phoebe, a la vez que Karen.
- ¿En serio? –Repuso Slydell-. Genial, tengo dos.
Sacó algunos artículos más: gorras, muñequeras y tatuajes temporales que también servían para la piel acorchada de los muertos.
- Bueno, chicos –dijo Skip-, resumiendo: no temáis ser quienes sois. Y tampoco temáis decirles a los demás quiénes sois. Entended que lo que os he dado se ha diseñado para provocar una reacción en la gente, y que esa reacción no siempre será agradable. Tenéis que ser valientes, porque ser valientes es el primer paso hacia la transformación de la cultura.
“Otra vez –pensó Phoebe-. Otro primer paso.” Acarició la suave tela de algodón de su camiseta nueva. La verdad era que estaba guay…
- Una última cosa y os dejo tranquilos. Como sabéis, al inicio de mi charla os dije que necesitaría vuestra ayuda para conseguir el cambio, y es cierto. Nos guste o no, una de las formas más rápidas de lograr un cambio cultural es poner el mensaje en manos de los jóvenes y los modernos. En otras palabras, necesito un equipo de calle que me ayude a llevar el mensaje. Muchos de estos productos se venderán en las tiendas Wild Thingz! y en algunas tiendas de música. También vamos a sacar una recopilación musical, una que tenga a los Creeps, los Restless Souls y otras bandas que seguramente conoceréis. Os voy a poner deberes: lo que quiero es que penséis y anotéis ideas para otros productos, ya sea de moda, entretenimiento o lo que sea, que creáis que ayudarían a dar a conocer nuestro mensaje de transformación radical y empezar a cambiar de verdad el mundo. Así que pensad en eso, y nos divertiremos analizándolo cuando la encantadora señorita Angela me vuelva a invitar. También traeré más regalos. Podéis escribirme a [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]. Me encantaría recibir vuestros mensajes. Me he quedado sin tiempo, así que me largo ya. ¡Gracias!
Phoebe lo vio salir de la clase. Algunos chicos aplaudieron y, sin volverse, él levantó la mano por encima de la cabeza, como si celebrase su triunfo. El salón parecía vacío y sin energía sin sus palabras.
- Todavía nos queda tiempo –dijo Margi, mirando el móvil con cara de aburrimiento.
- Oye, Daffy –repuso Adam-, a ti no te ha dado nada.
Margi se encogió de hombros. Seguía siendo la más callada del grupo; hablaba incluso menos que Sylvia y Colette, y sólo lo hacía cuando le preguntaban, lo que alucinaba a Phoebe.
- Quizá no tenga claro cuál es exactamente nuestro mensaje… de transformación –dijo Karen-. A mí me pasa.
Margi parecía enfadada, como si pensara que Karen se burlaba de ella, pero, antes de que Phoebe pudiese intervenir, Adam dijo:
- Creo que el mensaje es que podemos llamar la atención sobre el sufrimiento de las personas con diferente factor biótico si conseguimos que nuestros amigos compren camisetas.
Evan, que llevaba puestas la camiseta y la gorra negra de béisbol que decía, simplemente, “MUERTO”, se rió con sus carcajadas abruptas y desconcertantes. Parecía aún más pálido con el pelo rojo aplastado por la gorra negra.
- Así que el camino hacia el cambio social en Estados Unidos pasa a través del consumismo ostentoso ¿eh? –Comentó Karen-. Ese tema de los zombis resulta bastante manido. –Hizo una pausa y le guiñó un ojo a Phoebe-. Pero la camiseta está guay.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Sáb Abr 17, 2010 5:22 am

Capitulo 17
Traducido por Dana Alexia
A PHOEBE NO LE GUSTABA MENTIRLE a sus padres, pero a veces era necesario. No importaba cuan progresistas dijeran ser – y Phoebe tenía que admitir que eran bastantes progresistas – no había forma de que la dejaran pasar tiempo a solas con un chico muerto.
Estaba sentada en la cafetería con Adam y Margi, ambos la miraban con una mezcla de preocupación y furia.
“Dios”, dijo, “ahora mismo se ven como mis padres, y me asusta”.
“Espero que no”, dijo Margi. “Me gustaría pensar que nos dirás la verdad a Lelo man y a mi”.
“Ahora que has involucrado a Daffy y a mi en tu impenetrable red de mentiras”, dijo Adam, “Repite otra vez lo que se supone debemos decir?”.
Phoebe suspiró. “Fui donde Margi a escuchar algo de música nueva”, comenzó.
“Ah. El viejo recurso”.
“Correcto. Escuchamos algo de música, y entonces llamamos a Adam para ver si quería ir al cine”.
“Si, es probable”, dijo Adam. “Qué película? Ni siquiera sé lo que está en cartelera”.
“Espera un minuto. Por qué saldríamos con Adam?”.
Phoebe suspiró otra vez. “Porque necesitamos salir de tu casa en caso que tus padres hablen con los míos”.
“Por qué involucrarme en primer lugar?”, dijo Margi. “Por qué no les dices que estabas con Adam?”.
Phoebe se encogió de hombros. “No pensé en eso. Sabes como estas historias se escapan de tu control”.
Margi hizo un sonido de disgusto y dejó los restos del sándwich de queso en la mesa.
Adam estaba moviendo su cabeza. “Así que fundamentalmente, para encubrir tus cuentos chinos, necesito salir de mi casa en la noche, no vaya a ser que tu papá se asome por la ventana y vea la camioneta de PDT en el camino de entrada”.
Phoebe se encogió en su asiento. “No tienes planes, cierto?”.
“Iba a adelantar mi tarea de Inglés. Iba a leer Cumbres Borrascosas y tener un buen baño de burbujas”.
Se rieron. “Aunque honestamente, espero conseguir la camioneta”.
“Así que, qué se supone que haga?”, dijo Margi. “Ir a esconderme al bosque con tus otros amigos zombies?”.
“Estaba pensando que quizás tu y Adam puedan ir a ver una película. De esa forma puedes contarme la trama mientras Adam me trae a casa”.
Margi parpadeó y le lanzó el postre, un trozo de pastel envuelto, el cual rebotó en el pecho de Phoebe.
Adam miró a Margi y luego a Phoebe. “Tu pagas”, le dijo a Phoebe.

Margi tenía unas cuantas preguntas más para Phoebe en el autobús de camino a casa.
“No puedo creer que asumas que mienta por ti”, dijo Margi, con las puntas de su flequillo rosa rozando la ventana mientras se aseguraba de no mirar a Phoebe.
“Si puedes. Eso no es lo que te molesta”.
“Oh de verdad, Señorita Telepatía? Entonces qué es lo que me molesta?”.
Phoebe cerró un ojo y tocó la cien de Margi. “Siento confusión… y rabia…. Y preocupación”.
“Por supuesto que estoy preocupada, tonta! Es un chico muerto!”.
“Shhh!”, Colette estaba sentada a tres asientos delante de ellas, con Tommy al otro lado del pasillo.
“No me hagas callar, Phoebe. Es raro y lo sabes. Mira, tengo la piel de gallina! Toca mi brazo”.
Phoebe lo hizo. “Sip, esa es piel de gallina. O un mal caso de acné en el brazo. O como lo llamo, brazoacné”.
Al principio, su estúpido comentario falló al generar la risa que tenía la intención de conseguir, pero Margi no pudo contenerla más y resopló, moviendo la cabeza.
Phoebe le dio palmaditas en la espalda. “Por favor, ahora serás agradable? Él es solo un amigo y vamos a ir a la casa de su madre, de acuerdo? Su mamá llega a casa a las cuatro”.
“Un montón de cosas pueden suceder en una hora”.
“Por-favor. Como si supieras”. Le dio un codazo a Margi en las costillas y Margi se rió, lo cual la puso más irritada.
“Es espeluznante”.
“Ten una mente abierta”.
“Asqueroso”.
“Ve a casa y ponte la polera de Poder Zombie!”.
“No tengo de esas. Tengo algunas de Mis Mejores Amigos Están Muertos, y solo porque Angela se aseguró de que no llegara a casa con las manos vacías”.
“Eso es lamentable”.
“Bastante”.
“He estado pensando en unas buenas para la próxima semana: La Vida Es Solo Un Estado Mental, El Que Murió Con La Mayoría de Los Juguetes…. Está Sentado Allá”.
“Divertido”, dijo Margi sin entusiasmo. “Phoebe”.
“Si?”.
“Ten cuidado”.
La parada de Margi estaba cerca. Phoebe se puso de pie para dejarla salir.
El autobús se detuvo en la parada a los pies del Estacionamiento de Casas Rodantes Oxoboxo Pines. La gruesa arena del camino de entrada crujía bajo las botas de Phoebe mientras caminaba al lado de Tommy, quien no había hablado desde que llegaron.
“Donde vive Colette?”, preguntó Phoebe, dándose cuenta de lo que había dicho. “Me refiero a donde se está quedado?”.
Tommy sonrió. Sus labios últimamente parecían más flexibles; en lugar del leve movimiento en un lado, ambas comisuras se extendieron hacia arriba.
“La Casa Embrujada”.
“De verdad? Cuando sus padres se mudaron…”.
“Las leyes… no siempre protegen…. A los muertos. Y a veces lo hacen. Un padre ya no es responsable…legalmente… para encargarse de su… hijo muerto. Colette fue abandonada. Como muchos de nosotros”.
Phoebe pensó en los padres de Colette, en un viaje que hicieron a la playa antes de que muriera Colette. Phoebe recordaba estar metida en el asiento trasero entre Colette y su hermano en el largo camino a Misquamicut. La Sra. Beauvoir pasó el día asoleándose mientras Peter lanzaba el Frisbee a ella y a Colette, quien incluso entonces no tenía aptitud para el juego. El Sr. Beauvoir durmió en una reposera toda la tarde. Después de la muerte de Colette, él tomó un trabajo en alguna parte del sur, y se mudaron, sin Colette.
“Aunque, como puede salirse con la suya?”, dijo. “Quiero decir, si yo intentara irme a vivir a alguna casa abandonada, me atraparían y enviarían a un reformatorio o algo por el estilo”.
“No estás muerta”.
Llegaron a una casa rodante con persianas azules y un jardín bien cuidado. Había un toldo de plástico sobre el camino que llevaba a la entrada. Un número de plantas y flores se sentaban en macetas en el tramo y a lo largo de la tierra.
Tommy sacó una llave de su bolsillo, un proceso que era mucho más requerido para él que como lo sería para un chico normal. Phoebe lo observaba, insegura si debía ofrecerle su ayuda.
“Somos…inapropiados. Nadie sabe qué…hacer con nosotros. No sabemos qué hacer…con nosotros mismos”.
Abrió la puerta y entraron a la sala de estar. Había un sofá una tv, y plantas había por todos lados. Había un pequeña mesa circular con cuatro sillas en la esquina cercana a una cortina de abalorios que separaba la sala de la cocina. Un gordo gato negro caminó hacia ellos y olfateó las botas de Phoebe. Phoebe se inclinó para acariciar al gato, y este arqueó su espalda en agradecimiento.
“Él es Gamera”, dijo Tommy. “Odia a la gente muerta”.
Gamera disfrutaba que le rascaran el cuello. Phoebe miró a Tommy, quien sonreía.
“Hay un refugio en Winford en el que… muchos zombies… se hospedan en La Misión de San Judas. Es dirigido… por un sacerdote que es amable … a nuestra causa. Colette se hospeda a veces ahí y… Kevin. No es un hogar. Para la mayoría la Casa Embrujada es mejor”.
Phoebe se enderezó, sacudiendo algo de pelo de gato de sus pantalones. Gamera se enrollaba alrededor de bota. “Donde se hospedan los chicos de la práctica estudiantil? Karen y los otros?”.
“Karen… está con sus padres. También Evan. Tayshawn se hospeda con su abuela, pero la situación es… distinta. Sylvia está… en la fundación”.
“Vive ahí?”, preguntó. Tommy sonrió. “Sabes lo que quiero decir. Pensé que dijiste que se quedaba en la Casa Embrujada”.
“Queremos que se quede en la Cada Embrujada. Pero si necesitad es…. Grande. Y la fundación está… bien equipada”.
“Ah”.
“Si”, dijo. “También tenemos preocupaciones”.
“A quien te refieres con el ‘nos’? es la realeza ‘nos’? o el apostólico ‘nos’?”.
Pensó que su sonrisa se amplió un poco más. “Quiero mostrarte algo”, dijo, y le hizo señas para que lo siguiera por la cocina hasta una puerta cerrada, la cual sin duda llevaba a su dormitorio.
“Um, me puedes decir donde está el baño?”.
“Por ese camino. A la…derecha”.
“Gracias”.
Por unos minutos dejó las manos bajo el grifo, el agua fría le hacía cosquillas y la esencia floral del jabón llenaba sus fosas nasales. Las palabras de Margi hicieron eco en su cabeza, y se quedó tras la puerta cerrada más de lo necesario.
Regresó. La puerta de Tommy estaba abierta y su piel había adquirido un tono azulino mientras se sentaba en frente del computador en la oscuridad. El dormitorio en su era una versión masculina que el de ella, con libros y un estéreo y posters, las diferencias eran que el estéreo era mucho más barato y la pared estaba mezclada con estrellas deportivas entre los músicos. Y el dormitorio era mucho más pulcro.
“Quiero mostrarte esto”, dijo Tommy, y señaló la pantalla.
Phoebe vio que Tommy estaba en un sitio web llamado misupuestanomuerte.com. la página principal estaba decorada con comics de zombies saliendo de las tumbas, amenazando a gente modelo, la mayoría rubia y con mucho busto. También estaban presentes algunos símbolos conocidos del heavy metal.
“Qué es esto?”, dijo, inclinándose sobre su hombro. Había un delicado perfume en él, uno que no podía identificar del todo. Algo naturalista. Se resistió a la necesitad de tocar su hombro.
“Mi blog”.
“Tu blog? No es posible”.
“Si lo es. Tengo cerca de mil suscriptores”.
“Guau”. Se inclinó más. Cuando él tipeaba podía ver moverse los músculos en su brazo bajo su camisa.
Había varios vínculos buenos en la página principal: Archivo, Fechas, ExAlumnos MSCU, Vínculos.
“Intento escribir… cada noche”.
“Puedo leer algo?”.
Él cliqueó en el vínculo de Fechas, y había una entrada del día anterior. Comenzó a leer.
Semana tres del experimento necrohumanitario de la Fundación Hunter. La clase estaba sujeta a los insensibles pero persuasivos del Sr. Steven “Skip” Slydell, con el cual todos ustedes están bien familiarizados, gracias a su buen año de trabajo en su blog. La tesis principal de Skip parece ser que la comunidad zombie pueda lograr autenticidad a través de su consumismo y esloganeo. Repartió lazos decorativos a la clase; yo mismo soy ahora el orgulloso propietario de una nueva polera de Poder Zombie!. Hay algo casi simpático en su descarada charlatanería, y la forma en la que nos lo dice tiene una cierta elegancia.
No puedes hacer más que cuestionar sus motivos, los cuales seguramente son las entradas de dinero, pero al mismo tiempo no puedes hacer más que meterte al círculo de “transformación positiva”. Si hay alguna presentación cursi en torno a la verdad universal, acaso la hace menos válida?.
En un universo perfecto, no necesitaríamos a los Skip Slydells del mundo para comunicarnos los mensajes que crearíamos nosotros mismos. Pero la verdad es que hasta que seamos un grupo capaz de tomar completamente la ventaja de la ética de hacerlo tú mismo que propagó este país, estamos a la misericordia de los Slydells. Hasta que tengamos prensa, una voz, una parte en los medios de comunicación, necesitamos tomar lo que podamos obtener. Hasta que podamos ser contratados y tengamos algún valor monetario, necesitamos tomar lo que podamos obtener. Hasta el momento muchos de nosotros han estado muertos por tres años, significando que en términos humanos algunos de nosotros ahora tienen dieciocho años y debieran tener derecho legal a voto, pero a causa de nuestros certificados de defunción somos, para todos los intentos y propósitos, una completa revocación a nuestros derechos y ciudadanía.
Así que trabajaré lo mejor que pueda con Skip Slydell. También sé que los venderé a todos incluyéndome, pero ese tipo de traiciones son necesarias para hacer que los cambios realmente ocurran.


Al final, había un mensaje publicitario intermitente que decía, Apoya la Proposición 77.
“Qué es la Proposición 77?”.
“Una propuesta para tener la emisión gubernamental de un certificado de renacimiento para todo aquel que haya regresado… de la muerte. Es lo que nos concedería algunos derechos y…ciudadanía”.
“Así pueden estar con los humanos, uh?”.
Él la miró. “Escasa elección de palabras?”.
“Está bien, pero sabes como somos los bolsas de sangre. Aunque de verdad, Tommy. Esto es increíble. Realmente eres un buen escritor”.
“Desearía se mejor…tipeador”, dijo, meneando sus dedos rígidos.
Sus miradas se encontraron, y Phoebe imaginó que su piel pálida no se veía tan diferente que de él en el suave brillo azul del monitor.
Phoebe escuchó abrirse la puerta principal, y saltó como si la hubiesen atrapado haciendo algo malo. Gamera saltó del regazo de Tommy y corrió a la sala de estar.
“Llegueeeeé!”, una fuerte voz se esparció por el remolque. Una mujer rubia en uniforme de enfermera entró y colgó sus llaves en un gancho en la pared.
“Debes ser Phoebe”, dijo, cruzando la cocina y tocando los brazos de Phoebe. Phoebe pudo sentir la calidez de sus manos a través de la gruesa manga con vuelos de su blusa. “He oído mucho de ti. Bienvenida”.
Phoebe apenas pudo decir hola mientras la mujer la abrazaba.
“Phoebe”, dijo Tommy, “mi madre”.
“Dime Faith”, dijo, sus ojos azules brillaban en los de Phoebe al punto que ella se preguntaba si la mujer estaba a punto de llorar. Faith soltó a Phoebe y puso un brazo alrededor de los hombres de su hijo, absteniéndose de darle un fuerte beso húmedo en la mejilla. “Hola, tú”, dijo. “Como va la vida?”.
“Dímelo tu. Solo estaba… mostrándole a Phoebe el sitio”.
“Mi hijo, el escritor”, dijo. “No es grandioso?”.
Phoebe asintió, aún en shock. Realmente no había sido capaz de analizar a la madre de Tommy, y la gran emoción de la pequeña mujer no era para nada lo que había esperado.
“Thomas Williams!”, dijo Faith. “No le has dado a la pobre chica algo para comer o beber. Sabes!, algunos de nosotros aún necesita hacer eso”.
“Lo siento, Ma”, dijo, mientras su madre daba dos pasos a la cocina y sacó una bolsa de bocados de queso y vasos de las vitrinas.
“Que deseas, Phoebe? Tengo pespsi diet, leche, jugo de naranja. Puedo hacer café. Te preparo café?”.
“Opto por el café”.
“Buena chica!”, dijo. Su sonrisa incluso hacía ver torcida la de Angela Hunter, quizás porque había una sinceridad que estaba ausente en la otra mujer.
“Le simpatizas”, susurró Tommy.
“Qué? Escuché eso, Tommy. Por supuesto que me simpatiza. Por qué no lo haría?”.
Phoebe observó su rifle a través de las vitrinas, sin dudar en buscar el café extraviado, el cual finalmente encontró en el congelador. Se dio cuenta que Faith estaba tan nerviosa como ella, pero la mujer también estaba tan feliz, la emoción parecía salir de ella en oleadas. Phoebe sintió una profunda puñalada de culpa dentro de ella.
“Mis padres no saben que estoy aquí”, soltó.
Faith dejó de caminar y la miró, con la taza de café en la mano. Su rostro se volvió un poco más serio, pero su sonrisa no abandonó su mirada. Tommy forzó un suspiro por su nariz.
“Hablaremos sobre eso, Phoebe”, dijo. Su voz era cálida y suave. “Tenemos tiempo. Quieres azúcar? Crema?”.
Phoebe aceptó, y entonces siguió a Tommy hacia la mesa y esperó por su café.

“Entonces”, dijo Adam, mirando a su acompañante. Margi había estado sentada con los brazos cruzados en su pecho y con una atormentada expresión en su pálido rostro desde el momento en que la recogió. Había estado mirando por la ventana sin hablar mientras él daba vueltas alrededor de los cerros de Oakvale y en las retorcidas calles que irradiaban su avance. “Qué quieres hacer?”.
“No puedo creer que me hiciera esto”, dijo Margi, sus pulseras tintineando mientras se descruzaba de brazos y levantaba sus manos. A Adam no le importó que ignorara su pregunta; estaba contento de que estuviera hablando. “Puedas creer que me hiciera esto?”.
“Podemos ir al Honeybee si quieres”, dijo. “Ir por unas malteadas”.
“Ella es irresponsable, eso es lo que es. Irresponsable. Por pensar que la cubriríamos para poder ir a una cita con un chico muerto”.
“Alguna película que quieras ver?”, Adam la observo de reojo, divertido al ver a Typhoon Margi comenzando a reventar. Sabía que Margi no tenía problema al mentir para cubrir a una amiga. De hecho, usualmente era Margi quien lo sugeriría.
“Y también por obligarte a hacerlo”, dijo, volteándose hacia él como si de pronto se enterara que estaba en la camioneta con ella. “Muy malo para obligarme a hacerlo, pero tú - es solo la guinda de la torta. Habla acerca de la ofensa al daño”. Sus ojos eran abrasadores y salvajes bajo su sombra de ojos rosa.
Casi quiso continuar con esa línea de pensamiento, pero Margi no siempre era una fuente fidedigna de información, y la última cosa que quería, considerando a Phoebe, era desinformación. Así que lo dejó pasar.
“Tengo un Frisbee por si quieres jugar”, dijo. “Phoebe y yo lanzamos un Frisbee de vez en cuando”.
“Phoebe es la sensible”, dijo. “No se supone que haga cosas como esas”.
Resopló, y Adam se dio cuenta con un creciente sentido de horror que ella estaba a punto de llorar.
“Podemos ir al lago?”, dijo. “Solía ir allá”.
Adam asintió y se dirigió por el camino de acceso que los llevaría al parque Oxoboxo, una pequeña playa pública mantenía arena al lado de la ciudad.
“Aprendí a nadar aquí”, dijo Adam. “El Oakvale Rec solía dar clases”.
“Yo igual”, dijo Margi, buscando en su enorme bolso negro y sacando un montón de pañuelos desechables. “Estaba en la clase de Colette. Éramos Lebistes”.
Y entonces soltó sollozos. Adam se agarró del manubrio y apretó el acelerador.
Como todo en Oakvale, el Parque Oxoboxo estaba a unos minutos. Todo el pueblo estaba conformado por un asimétrico centro alrededor del lago y el bosque que lo rodeaba, y el parque estaba acurrucado en la esquina austral donde el Río Oxoboxo se unía al lago.
El estacionamiento estaba cercado con una soga, así que Adam se estacionó al lado de la zona y avanzó en frente de la camioneta mientras Margi lloraba un poco más. Después de unos minutos se debió dar cuenta que su maquillaje estaba completamente arruinado y la única cosa sensible a hacer sería quitárselo como pudiera. Adam la observó frotándose las mejillas y ojos con las bolas de pañuelo desechable. Él pensó que necesitaba algo de aire, así que le abrió la puerta de la camioneta.
“Daffy”, dijo, “Por qué no sales de ahí? hablaremos”.
“No me mires”, dijo a través de su sollozo. “Estoy horrible”.
“No más de lo normal”, contestó Adam, pero su sollozo indicó que el humor no era la respuesta. Miró al Oxoboxo donde se encontraba la amplia arena que el pueblo había puesto hace unos años y entonces rellenado cada año. Había una fría brisa ondeando el agua y haciendo que golpeara en el borde. Más allá del tumulto de arena y por el otro lado, los árboles eran gruesos, sus ramas llenas de hojas rojas, amarillas, y naranjas que comenzaban a caer, como si fueran decoloradas por el gris cielo de arriba.
“Vamos, Daffy. Solo bromeo. Para mi siempre serás hermosa”.
Dio una risa cortante, y Adam se volteó – en parte porque era cortés hacerlo, y en parte porque estaba repugnado en cuanto una enorme burbuja de saliva salió de su boca.
“Si”, dijo. “Te lo creo. Desearía hacerlo”.
“Daffy…”
“Tu y Phoebe deberían salir”, dijo. “Así no me sentiría tan mal”.
“Seguro”, dijo, sin ocurrírsele una respuesta ingeniosa.
“Llévame a casa, por favor. No me siento bien”.
“No aún”, dijo. “Querías venir aquí, estamos aquí. Hablemos”.
Ella lo miró, sus ojos rojos del llanto. Entonces pareció contener su respiración y recuperar la compostura.
Adam extendió su mano y le hizo señas para que saliera. Ella se restregó por última vez su rostro hinchado y entonces tomó su mano, permitiéndole sacarla de la camioneta.
“Bueno”, dijo, “supongo que aprendimos que soy una idiota. Una completa idiota”.
“Nah”, dijo él. “Solo estás afectada. Y estabas a punto de contarme lo que te está afectando”.
Ella dejó salir todo el aire de sus pulmones con apuro, y entonces se inclinó en la cabina para hurgar un poco más en su bolso. “Phoebe. Colette. Zombies. Guau, que se ha puesto frío el día de hoy, cierto?”.
“Por qué no comienzas con Phoebe”, dijo. Pudo sentir torserse un músculo en su mandíbula, y estaba contento cuando Margi regresó por su bolso con un paquete de goma de mascar. Aceptó un trozo, intercambiándolo por su pesada chaqueta de cuero .
“Huele bien”, dijo, poniéndose la chaqueta sobre los hombros. “Qué perfume es?”.
“Mi esencia natural”, dijo. “Phoebe?”.
“Solo estoy preocupada por ella”, dijo, “Es extraño, su cita con un chico muerto. Tener que cubrirla. No crees que es extraño?”.
“Es extraño”, añadió, metiendo la goma de mascar en su boca y comenzando a mascarla.
“No habla de eso, lo cual también es extraño. No me está contando lo que siente”.
A mi tampoco, pensó, pero no vio razón alguna para discutir eso. “Probablemente no lo sabe. No todos son golpeados por un rayo cuando creen tener sentimientos por alguien”.
“Lo sé, lo sé. Supongo que solo encuentro la idea… espeluznante”.
“Tommy es un buen chico”, dijo, esperando que no notara la cautela que sintió en su voz.
“Seguro”, dijo. “Pero está muerto. A donde pueden llegar?”.
Él no tenía una respuesta ante eso, así que comenzó a caminar hacia el agua.
“Adam”, dijo. “Podemos irnos ahora?”.
Él se volteó con un sabio comentario en sus labios, pero captó el tono en su voz, y vio que temblaba bajo el abrigo de su chaqueta.
Se veía aterrada.
“Daffy…”
“Aquí es donde murió”, dijo, sus voz apenas audible sobre las hojas susurrando en el viento. “No aquí, pero en el otro lado, donde solíamos ocultarnos. Las Hermanas Raras, éramos tan espeluznantes. Espeluznaaaante! Teníamos nuestra propia gruta secreta en el bosque. Era donde se sumergía, justo afuera de la gruta”.
“Quien?”, dijo, sabiéndolo tan pronto lo dijo. “Colette?”.
Ella sintió, frotando sus ojos, haciendo tintinear sus pulseras. “Sabes, pensé que quizás si venía aquí, con alguien tan grande como tu, no tendría miedo. Sé que pensarás que me estoy burlando, pero como una chica puede tener miedo si estás con ella? Pensé que quizás podía caminar por el agua y meter mi dedo pulgas y todo estaría bien otra vez. No tendría miedo”.
“Margi, ni siquiera pensé cuando mencioné las clases. No soy un chico muy listo la mayoría del tiempo”.
“Pero aún lo estoy. Con miedo, quiero decir. Aún tengo miedo”.
Adam miró el agua y pensó que toda la superficie del lago se había oscurecido, como un gigante anillo de humor.
“No he regresado desde entonces”, dijo.
“Margi”, dijo, “Su inmersión no fue tu culpa. Perdió el conocimiento, tuvo un ataque o algo por el estilo. Nadie tuvo la culpa”.
“Esa parte no fue mi culpa”, dijo, tan bajo que apenas pudo entenderle. Dos lágrimas corrieron por sus mejillas, dejando rastros grisáceos en su piel.
“Puedes hablar con ella”, dijo Adam.
“Eso también es lo que dice Phoebe”, dijo. “Pero es tan difícil, Adam. Es tan difícil verla, observarla caminar o como intenta levantarse de la silla cuando termina la clase. Y el modo en que me mira…”
“Margi…”
“Pensé que la clase podía cambiar algo, Adam. De verdad que lo pensé. Pensé que algún cambio radical o algo por el estilo, y estar bien con las cosas. Pero no lo estoy. No estoy bien. Mientras más tiempo paso con gente muerta, más tiempo paso pensando en gente muerta, y no sé cuanto más pueda soportar. Comencé pensando en ser una persona muerta. Y ahora con Phoebe cambiándonos por zombies, no sé qué hacer”.
“No nos está cambiando”, dijo Adam.
“No la dejé entrar”, dijo Margi. “Ella llamaba y no la dejé entrar”.
“Quien llamaba, Margi?”, dijo. Acaso era alguna metáfora bizarra de Daffy por lo que estaba experimentando con Phoebe?.
“De verdad me gustaría irme a casa, Adam”, dijo. “Por favor”.
Adam asintió. Su llanto la hacía verse despeinada y como un niño pequeño en su chaqueta, la que la cubría como una carpa.
“Seguro, niña”, dijo, y subieron a la camioneta.
Retirándose del estacionamiento, se dio cuenta que ella no había mirado el Oxoboxo durante todo el rato que estuvieron ahí, ni siquiera cuando la única vista del lago estaba en el espejo retrovisor.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Sáb Abr 17, 2010 12:18 pm

wiiiii, grax!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 22, 2010 5:53 am

Capitulo 18
Transcrito por Dana Alexia

- NO VIENES, PETE? Vamos a llegar tarde.
A Pete se le pasaron por la cabeza media docena de respuestas mordaces, pero dejó que se evaporasen sin hacer ningún comentario.
– Id delante – respondió mientras observaba desde el vestíbulo cómo Williams subía al autobús – Decidle al entrenador que tengo diarrea o algo así. Saldré dentro de un momento.
– ¿De verdad? – le preguntó Stavis –. ¿Estás enfermo?.
Pete se volvió hacia él y sacudió la cabeza. El chico muerto se movía muy deprisa para ser un zombi, mucho más que la chica a la que había dejado entrar en el autobús delante de él.
– ¿Quieres que vaya a por la enfermera o algo?.
– No, TC – respondió Pete, apretando los dientes –. No, no quiero que vayas a por la enfermera. Lo que quiero es que salgas de aquí, vayas al entrenamiento y le digas al entrenador que estoy enfermo. Dile que saldré al campo en cuanto vacíe el colon.
– ¿Quieres que le diga eso? – preguntó Stavis –. No puedo decirle eso, se va a mosquear.
– TC, invéntate algo. Eres un tío creativo.
– ¿Sí? ¿Tú crees?.
– Sí, lo creo. Lárgate ya.
Pete dejó la mochila en el suelo y sacó la lista que había arrancado de la pared del despacho. La hoja azul estaba arrugada y rota por algunas partes, y todavía tenía un trozo pegajoso de cinta adhesiva amarilla en la esquina que le quedaba. Había cuatro de ellos en el autobús: Phoebe Kendall, Margi Vachon, Tommy Williams y... otra chica muerta, o Sylvia Stelman o Colette Beauvoir, porque la que tenía pinta de zorra era Karen DeSonne. A una de las chicas, Sylvia o Colette, la recogían todos los días en una furgoneta azul en la que también iba otro zombie, seguramente Kevin Dumbrowski, porque Evan Talbor era el rarito pelirrojo que vivía en el barrio de Pete, y Tayshawn Wade era el zombi negro. Bueno, el zombi gris.
Eso sólo dejaba a Adam Layman y Thornton Harrowwood, que, sin duda, se estarían vistiendo para ir al entrenamiento con el atontado de Stavis.
Para Pete, Williams era una oportunidad perdida. El que Stavis y él hubiesen tenido la oportunidad de atizarle y no lo hubiesen logrado todavía le dolía. Y lo había intentado. Cada vez que Williams tocaba la pelota, cada vez que se disponía a bloquear o a cubrir, Pete le daba con todas sus fuerzas. Por mucho que se esforzaban Stavis y él, Williams volvía a levantarse como si nada.
Había oído que el zombi dejaba el equipo. Se alegraba, claro, pero se habría sentido mucho más satisfecho si se hubiese ido con algunos huesos rotos sin posibilidad de curación.
“Mucho hablar, Martinsburg”.
Eso le había dicho el entrenador, y las palabras seguían sonándole dentro de la cabeza como un grito en un gimnasio vacío.
– Mucho hablar, Martinsburg. Estás todo el rato venga parlotear de lo fantástico que eres y de todas las chicas que se supone que te has tirado. El gran hombre.
Pete se había quedado en el vestuario después del primer partido “poszombi”. Casi todos los demás jugadores se habían ido ya al autobús, pero Pete estaba dándoles la charla a Stavis y a
Harris. Se sentía muy satisfecho de su actuación; había derribado a uno, y conseguido una intercepción y unos cuantos placajes importantes detrás de la línea de defensa. En realidad sólo la había cagado en un juego, pero, incluso así, habían derrotado al débil equipo de Waterford por tres touchdowns.
Algo de lo que les estaba diciendo a sus compañeros tuvo que mosquear a Konratly, porque ordenó al resto de los chicos que se fueran al autobús y le dijo a Pete que se reuniese con él en el pasillo. Cuando recordaba el tono de voz que el entrenador había empleado con él, sentía que se le tensaban los músculos de los brazos. Ya había pasado una semana, y seguía enfadado.
– Sí, eres todo un dios para esos tontos del culo, imbéciles como Stavis que no saben nada. Pero Layman ya no se traga tu mierda, ¿verdad? Y ese chico muerto tampoco lo hizo nunca.
Pete se alegró de que el entrenador hubiese mandado fuera al resto del equipo, porque así no vieron cómo lo machacaba.
También se alegró de que no pudiesen oír cómo se le quebraba la voz al intentar responder.
– Entrenador – le dijo –, al menos lo hemos echado del equipo.
Konrathy lo miró como si Pete fuese algo que se le hubiese pegado en la suela del zapato.
– No habéis echado a nadie. Se fue porque quiso. Esperaba que, al menos, Stavis consiguiese hacerlo, pero él también es un inútil.
Pete se sentía humillado. Habría querido decirle al entrenador que también había sido una cobardía dejar que Kimchi se saliese con la suya y no sacara Williams del equipo. Konrathy no tenía derecho a criticarlo por no haber eliminado al zombi. Al menos, lo intentó. ¿Qué había hecho el entrenador, aparte de darle la señal?.
Pasó por debajo de una enorme pancarta escrita a mano en la que se anunciaba el próximo partido de bienvenida contra los Ballouville Wildcats y la fiesta que se celebraría a continuación.
– Eres un bocazas Martinsburg – le había dicho el entrenador –.
Te he oído parlotear sobre la lección que quieres dar a esos chicos muertos. Hasta ahora sólo les has enseñado lo cobarde que eres.
“Maldita sea”, pensó Pere, tomándose su bebida energética de un trago. Cerró de golpe el maletero de su coche y allí estaba, la chica zombi de la minifalda, rumbo al bosque a través del aparcamiento.
Lanzó la botella vacía contra el capó del coche de algún memo.
“Pues ahora voy a darles más información”, pensó, dirigiéndose a los árboles.
Notaba su furia como si fuese una burbuja muy prieta dentro del pecho, con tentáculos de rabia que le recorrían las venas.
Llevaba los puños cerrados y notaba la boca seca. ¿Qué derecho tenía aquella zorra muerta a caminar por el bosque con sus falditas cortas y sus calcetines largos, si Julie seguía dentro de su tumba, en algún cementerio californiano? ¿Por qué tenía la cara de una muñeca de porcelana de piel blanca, mientras que Julie se pudría bajo tierra?.
Ahogó una tos apretándose los labios con el puño. No estaba seguro de qué iba a hacer; era como si una cortina de niebla roja le nublase la vista, y no se disipaba por mucho que parpadease. Sólo sabía que aquella zombi no tenía derecho a deambular por el bosque.
Ningún derecho.
El sendero era lo bastante amplio para que entrase un coche pequeño o un par de bicicletas en paralelo, y se ondulaba como una serpiente que se desenrosca después de una inclinada cuesta descendente. L as hojas crujían bajo sus pies. Pensó en su último paseo por aquel mismo lugar, cuando Williams llamó a sus amigos zombis para que saliesen de sus tumbas ocultas en el bosque. Se detuvo al borde de los árboles y la observó caminar.
Vio cómo la falda de cuadros se balanceaba a izquierda y derecha.
Llevaba puestos unos auriculares, con el cable enchufado en algún cacharro escondido dentro de su mochilita gris. La audacia de llevar calcetines blancos largos y zapatos de charol lo
Enfurecía. ¿Adónde iba? ¿A alguna guarida secreta de zombis en el bosque o a algún ritual de muertos vivientes a la orilla del Oxoboxo?.
La chica muerta era rápida para ser un zombi. Pasó la pendiente y llevaba recorrida buena parte del sendero sinuoso; estaba acercándose a un bosquecillo de finos abedules cuyas ramas se inclinaban y ocultaban parte del sendero. Las ramas la tapaban de cintura para arriba, pero Pete pudo ver brevemente sus suaves piernas blancas. Esperó hasta dejar de tenerla a la vista antes de empezar a correr. Supuso que recorrería la distancia que los separaba cuando llegase a los abedules. Seguro que un zombi no podía correr más que él; era uno de los atletas más veloces del instituto.
“La cogeré en un segundo”, pensó mientras aceleraba. Una vez al otro lado de los abedules, el sendero seguía en línea recta.
La chica no estaba.
Pete empezaba a cansarse de jugar al escondite. Miró detrás de unos arbustos frondosos y después examinó los restos de un muro bajo de piedra. Y allí estaba tumbada en el suelo cubierta de rocío y musgo, con hojas e insectos enredados en el pelo, la carne de la cara podrida, y un ojo sin pestañas y de mirada vacía clavado en él. Retrocedió tambaleándose, porque no era a la chica zombi lo que veía, sino a Julie; Julie con los calcetines largos, los zapatos de charol gastados y una falda demasiado corta para resultar decente; era Julie la que lo esperaba detrás de los árboles y en los rincones oscuros.
Pete soltó una palabrota y se restregó los ojos, notando que su rabia se convertía en otra sensación completamente distinta. Quizá si no existieran los zombis podría dejar a Julie donde debía estar, muerta y enterrada. Volvió a soltar una palabrota y, al volverse, la chica muerta (Karen) estaba a menos de cinco metros de él, de pie bajo la sombra de las ramas de los abedules, con las manos entrelazadas en la espalda.
La chica muerta se quedó mirándolo con la vista baja; sus ojos estaban tan vacíos que Pete se estremeció. Eran como diamantes sin su chispa. Y Karen no parpadeaba.
– Me estabas siguiendo – dijo ella. Pete asintió, sintiendo que le temblaba un músculo de la mandíbula. Se preguntó si aquel monstruo le habría metido en la cabeza la imagen de la pobre
Julie –. ¿Por qué me seguías?.
Él no respondió. La chica no parecía asustada, pero, por lo poco que sabía de zombis, era consciente de que no se trataba de seres muy expresivos. Podría abalanzarse sobre ella y derribarla antes de que sus labios muertos fuesen capaces de decir otra palabra.
– ¿Querías... hacerme...d año?¿ Es eso?.
Pete asintió. Con precaución, dio un paso adelante, como si la chica fuese un ciervo a punto de huir o un perro dispuesto a morder.
– Si – respondió, susurrando –. Eso es.
– Igual que intentaste hacerle daño a Tommy – afirmó ella, asintiendo.
Se había pintado los labios de un suave tono melocotón, y a Pete le pareció distinguir en ellos la sombra de una sonrisa. No sabía si se burlaba de él o estaba coqueteando.
– Igual que intenté hacerle daño a Tommy.
– ¿Eso te haría sentir... mejor? – preguntó ella, dejando escapar una especie de suspiro –. ¿Hacerme…daño?.
– Oh, sí – respondió él, dando otro paso. Había una rama rota a un lado del sendero, así que la cogió y la rompió contra la rodilla. Eso lo dejó con una rama de un metro de largo acabada en una punta irregular y afilada –. Creo que me ayudará.
La chica asintió, sin apartar ni un segundo sus ojos de diamante de los ojos de Pete.
– Entonces, hazme daño – susurró.
Él se rió y dio un paso adelante, apuntando con la estaca a la uve que formaba el collar de la blusa blanca de la chica.
– Pero usa una roca – añadió ella, señalando con la cabeza al muro de piedra –. No somos vampiros.
Pete se detuvo y consideró la posibilidad.
– Es un comienzo – respondió, agarrando el palo por una zona más cercana a la punta.
Ella entreabrió los labios, como si fuese a contestar, pero asintió y se desabrochó el tercer botón de la blusa.
– Adelante – le dijo.
“Me va a dejar hacerlo de verdad – pensó él –. Zorra loca”.
Se tomó su tiempo, pero, justo cuando iba a lanzarse, oyó un ruido detrás de él que, por su tono y volumen, le erizó el vello de la nuca; era como el rugido de un gran animal prehistórico.
Se volvió y vio a dos figuras a lo lejos, en el sendero. Una de ellas era el gran zombi negro, que hizo el ruido de nuevo; Pete se dio cuenta de que gritaba el nombre de la chica muerta. Se movía lo más deprisa que sus piernas muertas le permitían, lo que no era mucho. La pierna derecha parecía bloqueada a la altura de la rodilla y la izquierda se convulsionaba de manera violenta con cada paso. El efecto global era como observar a un viejo borracho que intentaba huir de la policía mientras tenía un infarto.
Sin embargo, el otro daba miedo.
Se movía bien; era un chico con aspecto asiático, pelo largo negro y una chaqueta de cuero. Casi corría, y sonreía, lo que resultaba extraño, porque los zombis rara vez sonreían, y menos enseñando los dientes.
– Deprisa – le dijo la chica muerta, y él se volvió, dispuesto a acabar con ella al instante, en vez de tomarse su tiempo, como le habría gustado. Sin embargo, vio en su cara que la chica no hablaba con sus amigos zombis, sino con él.
– Te dejaré para el final – le dijo Pete, tirando el palo. Se obligó a caminar, en vez de a correr, de vuelta por el sendero hacia el aparcamiento del instituto.

– ¿Soy yo, o éste es el turno más largo de la historia? – preguntó Thorny, retrepándose en la silla mientras desenvolvía una barrita de muesli con chocolate.
– Eres tú – contestó Adam mientras observaba los cuatro monitores que mostraban imágenes en tiempo real de las aproximadamente doce cámaras de seguridad que habla por la instalación.
En cada ciclo, el monitor cuatro les enseñaba el laboratorio, en el que Alish explicaba algo a Kevin y Margi, que llevaban puestas sus batas blancas de laboratorio con el logo de la Fundación Hunter: unas letras hache y efe doradas sobre un escudo negro. A Adam le parecía uno de esos símbolos que se ponen en las gorras los dueños de los yates. Tommy estaba sentado a su lado, con la camisa de trabajo azul que también llevaban Thorny y él, y que tenía bordado el mismo emblema en el bolsillo de la izquierda. Adam intentaba averiguar si Tommy parpadeaba cuando los monitores cambiaban de cámara.
– No, de verdad – insistió Thorny poniendo los pies sobre el escritorio de Duke Davidson –. ¿Cuánto llevamos aquí? ¿Cuatro horas?.
– Tres.
– ¿Ves lo que te digo? – preguntó Thorny –. Es una eternidad.
– Los turnos pasan mucho más deprisa cuando no estás conmigo – repuso Adam.
Tommy sonrió por reflejo, pero sólo con una parte de la cara. Se levantó para estirarse, y a Adam le pareció oír cómo las vértebras le crujían y volvían a ponerse en su sitio.
– ¿Te estiras? – preguntó Thorny, con la boca llena de muesli. Quizá fuera eso lo que Adam había oído –. ¿Para qué te sirve?.
– Ayuda.
– ¿Cómo? – preguntó Thorny y Adam se volvió hacia él –. No, en serio. ¿Cómo te ayuda? Ya no tienes problemas de circulación ni nada, ¿no? Y...
La pregunta le murió en los labios cuando Duke Davidson entró en el cuarto y le apartó los pies de su mesa de un guantazo, con lo que estuvo a punto de tirarlo al suelo. A Adam le parecía que el viejo Duke se movía bastante deprisa, a pesar de ser una versión más vieja y desagradable de los estudiantes con diferente factor biótico de su clase.
– ¿Es que no tenéis nada que hacer? – Preguntó el hombre, hablando como si pegara latigazos.
– Bueno, estamos vigilando los monitores – respondió Thorny. Duke lo miró, y sus ojos inyectados en sangre hicieron que Thorny se encogiese en la silla y se tragase sin masticar un trozo su barrita de cereales.
Adam suponía que Duke había sido poli. O eso, o recluso; en alguna parte había leído que muchos reclusos liberados acababan en trabajos de seguridad. Para ser tan alto y de extremidades tan largas, Duke se movía con lo que el maestro Griffin denominaba “equilibrio centrado”, es decir, que ahorraba movimientos y siempre estaba preparado para actuar rápidamente ante cualquier situación.
– Vigilando los monitores – repitió Duke, inclinándose sobre él –. ¿Por qué no recogéis la basura?.
Thorny estuvo a punto de responder que ya lo habían hecho, pero Adam lo cortó antes de que su insolencia les causara más problemas.
– Si, señor – dijo –. Ahora mismo – Salió al pasillo con Tommy y Thorny –. Vamos al laboratorio.
– ¿Qué? – Preguntó Thorny, acelerando para alcanzarlo –. ¿Qué he hecho?.
Adam se percató de que a Tommy no le costaba seguirlo.
– Nada, Thorny. No has hecho nada.
– Excepto demostrar cierta falta de… ambición – añadió Tommy.
A Adam le seguía haciendo gracia el sentido del humor de Tommy, tan tranquilo e irónico. “De muerte”, pensó, sonriendo para sí.
– ¿Qué? – preguntó Thorny, perdido.
– Olvídalo, vamos.
– Odio el laboratorio.
– ¿Por qué? – preguntó Tommy.
– Allí... hacen cosas – dijo, bajando la voz. A Adam le habría hecho gracia el comentario de no haberle visto cara de miedo –. Experimentos.
– Bueno, son unas instalaciones científicas. Al menos sobre el papel – repuso Adam.
– Sí, pero hay más.
– ¿Qué... quieres decir?.
El chico miró a sus dos compañeros y después al techo, como si buscase cámaras o micrófonos ocultos. Bajó la voz hasta convertirla en un ronco susurro.
– Oí a Alish y a Angela hablar sobre Sylvia y Kevin, sobre tomarles “muestras”. – Se pasó la mano por el pelo –. ¿Qué clase de muestras, eh?.
– Venga ya – respondió Adam, aunque, en cierto sentido, no se sorprendía. Si no, ¿cómo iban a averiguar cosas sobre los muertos?.
– No, de verdad – insistió Thorny –. Los oí. El decía que no entendía por qué algunos de los zombis podían andar y hablar mejor que los demás.
– A mí... no me ha... pinchado con agujas – comentó Tommy.
– No te toca turno de laboratorio – le dijo Thorny. Se calló cuando Margi salió al pasillo, cargada con un montón de papeles.
– Todavía – susurró Thorny.
– Hola, chicos – dijo Margi –. Voy a hacer fotocopias.
– Qué suerte – contestó Adam, pensando que parecía un poco más feliz que la Margi granulada que había visto por las pantallas. Sospechaba que tenía más que ver con salir del laboratorio que con verlos a ellos.
– Llevas... un buen par... de tochos encima – dijo Tommy. Margi entrecerró los ojos y siguió caminando.
– ¿Eso ha sido una broma? – preguntó Adam –. ¿Estabas en plan gracioso?.
– ¿Qué...he... dicho?.
– No lo pillo – dijo Thorny.
Pero Tommy sí que lo pilló, un minuto después. Adam casi podía ver cómo iba dándose cuenta poco a poco por la expresión de sus ojos. Estaba siendo testigo de lo más cerca que había estado jamás un zombi de ruborizarse, y eso le levantó el ánimo durante el resto del camino.
Sin embargo, volvió a bajarle la moral cuando llegaron a la puerta del laboratorio y la encontraron cerrada. Era la única habitación de las instalaciones que no podían abrir con sus tarjetas.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 22, 2010 6:19 am

Capitulo 19
Transcrito por Dara
A Phoebe le gustaba oír bien alta hasta la música más tranquila, así que llevaba puestos los auriculares mientras leía las palabras de Tommy en la pantalla. Estaba escuchando un disco de This Mortal Coil, uno que había copiado de la amplia colección reunida por el hermano mayor de Colette antes de irse a la guerra. Cuando oía los violines, era como si los arcos tensaran las cuerdas que unían su tronco encefálico a su columna vertebral. Se estremeció pensando en Tommy, Colette y todo lo que sentía.
Pulsó a lo loco la flecha descendente para ver la página. La piel de sus brazos desnudos era de un blanco espectral; resultaba suave y luminosa en la oscuridad del cuarto. «Como la de Karen», pensó.
Hacemos tratos con el diablo todos los días, metafóricamente. Sé que hay gente que dice que nosotros hemos hecho algún trato con el diablo para seguir existiendo, pero el trato que hice con uno de los muchos diablos de mi vida fue bastante literal.
He escrito largo y tendido sobre mis razones para unirme al equipo de fútbol de Oakvale High. No habría logrado ninguno de mis objetivos de no haber tenido la oportunidad de jugar, y el entrenador se negaba a sacarme. Recibió presiones interna de la administración del instituto, y también lo criticaron los medios y los pocos políticos que simpatizan con nuestra causa. Sin embargo, mi diablo era cabezón y se negaba a ceder. Así que, llegados a la mitad del partido, no había jugado ni un minino, y no habría logrado jugar los tres minutos y treinta y siete segundos que lo hice de no haber hablado con él en el vestuario durante el descanso.
Ojalá pudiera deciros lo que a muchos seguramente os gustaría escuchar: que lo amenacé, que lo asusté con la promesa de una horda de muertos vivientes que lo visitaría durante la noche. Sin embargo, no lo hice, sino que me ofrecí a abandonar.

Phoebe se inclinó sobre la pantalla para leer la línea por segunda vez, pero decía lo mismo: «Me ofrecí a abandonar».
«¿Qué?», me dijo el entrenador, que apenas soportaba mirarme.
«Dejaré el equipo si me saca hoy. Póngame a jugar un rato.»
Él puso la misma cara que un perro desconfiado al que le ofrecen un trozo de carne.
«¿Abandonarás?»
«Todo esto desaparecerá -respondí, asintiendo-. Todo el circo. Y si alguien me pregunta por qué lo hice, su nombre ni aparecerá por ninguna parte.»
Él me observó durante un minuto, lleno de odio. No respondió y, cuando pasó a mi lado, procuró no tocarme.
Me sacó y jugué. Sin embargo, la vida real no es como las películas, porque el equipo no se unió en torno al marginado zombi, ni tampoco mi espectacular actuación sirvió para cambiar radicalmente la actitud de los demás. El chico al que plaqué cayó, sobre todo, porque me tenía mucho miedo... y no puedo culparlo. Aparte de sus intentos por explotarnos, algunos de los conceptos del señor Slydell parecen ciertos. La transformación suele ser el resultado de una acción radical, y, en el mundo de hoy en día, un chico muerto jugando en un deporte de equipo es una acción radical. Lo que Slydell no cuenta es que muchas acciones radicales conllevan reacciones radicales y que el instituto hervía de violencia el día del partido.
No pasé miedo durante el mismo. Por muchas granadas y bombas de clavos que hubiesen lanzado los manifestantes, no habría temido por mí. Yo ya estoy muerto. Pero temía por aquellos de mis amigos que no han experimentado lo mismo que yo. Y temía por las demás personas vivas que estaban allí, las que, aparte de miedo, demostraban compasión. No habría querido verlas heridas sólo para poder probar algo jugando al fútbol, y eso habría sucedido si me hubiese quedado en el equipo; la violencia que hervía en las gradas habría estallado en algún momento, y la gente habría resultado herida.
Sé que muchos de vosotros pensáis que retroceder estuvo mal, que tuve la oportunidad de luchar contra el demonio y vacilé. No os lo voy a discutir, aunque sí diré que hice lo que pretendía hacer, es decir, plantar una semilla. No quería regar esa semilla con la sangre de los vivos.

Phoebe se echó hacia atrás y se estiró. Dejó descansar los dedos sobre el teclado. Habían publicado unas cuantas respuestas, la primera de las cuales consistía en una corta diatriba de All DEAD, que llamaba a Tommy cobarde y decía que sólo a través de la violencia y la muerte comprenderían los sacos de sangre. Lo que significaba estar muerto en un mundo de vivos.
Phoebe se humedeció los labios. ALLDEAD no entendía lo esencial; la decisión de Tommy hizo que lo admirase aún más. Empezó el proceso necesario para registrarse en el blog y poder dejar un comentario, pero lo canceló dos veces. Quería hablar sobre su propia experiencia, sobre ver a Tommy desde las gradas y sentirse en medio del ojo del huracán, un huracán que soplaba sobre la superficie del infierno. Sin embargo, al final, no Io hizo.
Soñó con Tommy aquella noche. Estaba solo en el campo de fútbol, iluminado por una gran luna llena y con todo el uniforme puesto, aunque sin el casco. Ella estaba en las gradas, aplaudiendo, pero rodeada de personas enfadadas que gritaban y abucheaban. Un grupo de chicos muertos esperaba a la sombra del bosque de Oxoboxo. Tommy la miraba, caminaba hacia ella por el campo, y entonces la gente empezó a lanzarle comida. Cogollos de lechuga, perritos calientes, manzanas, botellas de refrescos. Un tomate le dio justo encima de su número. Phoebe se levantó cuando algunos de ellos se pusieron a gritar. Tenía los brazos llenos de poemas que revoloteaban a su alrededor como hojas muertas, mientras las balas destrozaban el uniforme de Tommy y atravesaban su cuerpo. Él seguía esperando. Una botella con un trapo ardiendo dentro le cayó encima y le incendió el costado.

Los agujeros de bala le dibujaron una línea en el pecho; estaba más cerca, y Phoebe vio los agujeros negros de la mejilla, del cuello, de los muslos. El fuego empezó a derretirle la piel. Dio un paso hacia las gradas, y Phoebe se despertó.

La cuarta semana de la clase de estudios zombis (incluso Phoebe había empezado a llamarla así) empezó con el relato de Tommy de los actos violentos más recientes cometidos por todo el país contra personas con diferente factor biótico. Phoebe las había leído casi todas en el sitio web de Tommy, pero oírlo contarlas en voz alta era aún más horrendo.
- Atropellaron a una chica... en Memphis –contaba-. Tenía... trece años. Murió... dos veces en... dos semanas.
- Terrible – comentó Angela, sacudiendo la cabeza con compasión. Phoebe miró a su alrededor para evaluar la reacción de sus compañeros: los chicos muertos permanecían impasibles, mientras que a los vivos les costaba levantar la mirada del suelo, como si hubiesen participado de algún modo en las atrocidades que describía Tommy.
Phoebe también notaba aquel mismo sentimiento de culpa, la sensación de ser responsables en cierta medida de los crímenes.
- Se informó otra vez... de la presencia de... una furgoneta blanca... en Massachusetts. Y del asesinato... de un zombi.
Las furgonetas blancas aparecían en muchas de las noticias del blog. Tommy tenía la teoría de que muchos de los actos violentos al azar cometidos contra su gente no eran tan al azar. Angela, según vio Phoebe, ni aprobaba ni rebatía la teoría.
- Gracias, Tommy - dijo la mujer después de que el chico describiera cómo unos padres habían encontrado a su hijo zombi muerto en el patio de atrás de su casa, con dos balas de fusil de alto calibre en la cabeza-. ¿Por qué creéis que estas historias nunca llegan a las noticias nacionales? - preguntó al grupo.
- Racismo - respondió Thorny. Llevaba temblando como un galgo mojado desde que se había sentado, después de beberse las latas de refresco del frigorífico nada más llegar a la clase. Les había dicho a Phoebe y a Adam que intentaba atiborrarse de azúcar para ganar peso-. Es decir, biotismo. ¿Es eso una palabra? Lo que quiero decir es que hay mucha gente por ahí que odia a los zombis, así que los medios no informan sobre todo, como deberían.
- Quizá -dijo Margi. Estaba de mal humor, y Phoebe sabía que, cuando su amiga estaba así, podía decir cualquier cosa o quizá es que todas esas historias no son más que leyendas urbanas.
- ¿Qué te hace decir eso, Margi? -le preguntó Angela, Tayshawn soltó una palabrota, y Margi lo miró antes de responder.
- Sólo... sólo quería decir que me parece muy raro que estén matando a todos esos zomb..., quiero decir, a todas esas personas con DFB, y nadie haga nada para evitarlo.

- ¿Y por qué iban a hacerlo? -preguntó Karen-. No es... ilegal... matar a un zombi.
- Lo sé, lo sé. Es que no me puedo creer que la gente se quede mirando cómo matan a alguien y no haga nada.
- ¿Lo harías tú? - le preguntó Karen -. ¿Harías algo?
Margi abrió la boca y la cerró de forma abrupta. Se le puso la cara tan rosa como el pelo.
- Claro que lo haríamos - respondió Phoebe, cubriendo a su amiga lo mejor que pudo -. Pero es muy extraño que a Tommy le cueste encontrar esas historias. Sobre todo lo de la furgoneta blanca. ¿Qué creéis que es? ¿Una especie de grupo fanático?.
- El... Gobierno - dijo Tayshawn.
- ¿Eso crees, Tayshawn? - le preguntó Angela, y él asintió.
- Me... dejaron - dijo de repente Colette.
Todas las cabezas, unas más deprisa y otras más despacio, se volvieron hacia ella, aunque Phoebe miró a Margi. La chica llevaba un animalito de peluche, un gato negro, en un llavero, colgado de la cartera, y lo estaba apretando tan fuerte que se le habían puesto blancos los nudillos.
Angela, al parecer menos interesada en las conspiraciones gubernamentales que en los sentimientos y experiencias de Colette, asintió.
- ¿Que te dejaron?
- Todos... me... dejaron - respondió Colette, después de una larga pausa.
Angela empezó a hablar, pero se detuvo cuando se dio cuenta de que Colette tenía más cosas que decir y no necesitaba más preguntas, sino tiempo para verbalizar sus pensamientos. Era su cuarta sesión de grupo, y los zombis más lentos (Colette, Kevin y Sylvia) nunca habían hablado por iniciativa propia..., salvo en aquellos momentos.
- Mis... padres... no... me... permitieron... entrar... en casa. Caminé... desde el... depósito... de cadáveres... de Winford. Once... kilómetros.
Phoebe se puso a mirar el suelo. Si inclinaba la cabeza lo suficiente, su largo pelo negro evitaría que los demás vieran las lágrimas.
- Llamé... a... la puerta. Llamé... al timbre. Mi... madre.., me... gritaba... que... me fuera. Llamé... a la... ventana... y la…ventana... se rompió. Papá... - A Phoebe se le escapó un sollozo, y notó que Margi se apartaba de ella en el sofá -. Papá... salió... del garaje - siguió Colette, con la vista clavada al frente, como si sus ojos fuesen portales a otro mundo -. Tenía... una... pala.
- Por Dios - dijo Adam.
- Me... fui. Me... quedé... en el... bosque. Tres... días. Fui…a la... casa... de mi amiga.
- ¡Estabas muerta, Colette! - exclamó Margi, saltando del sofá -. ¿Qué querías que hiciera? ¡Estabas muerta!.
- Mi... amiga... no me... dejó entrar. - Miró a Phoebe - . Ninguno de... mis amigos... me dejó... entrar.
- ¡Tenía miedo, Colette! - gritó Margi, con voz aguda -. Estabas toda... toda... ¡Tenía miedo!
Phoebe quería decir algo, pero no se podía mover; la culpa la había paralizado. Sólo era capaz de llorar, cosa que hizo; la pintura de los ojos le cayó por las mejillas formando delgados riachuelos negros.
Colette se volvió hacia Margi y después se levantó. Margi dio un bote, tropezó con el sofá y estuvo a punto de caerse. Salió corriendo de la habitación.
- Puede que sea un buen momento para un descanso - comentó Adam, pero Angela sacudió la cabeza. Phoebe encontró en su interior la fuerza necesaria para levantarse, con la intención de ir a por Margi. Pero Colette la llamó por su nombre y la dejó inmóvil.
- Quédate - dijo Colette. Phoebe se volvió hacia ella. Su amiga parecía impasible, tan fría y lenta. No tenía expresión alguna en el rostro, ninguno de los tics ni inflexiones de voz que procuraban imitar los chicos muertos en mejor estado. A Phoebe le dio la impresión de que los negros ojos de Colette le atravesaban el cráneo-. Por favor.
- Yo iré a por Daffy - dijo Adam en voz baja, tocándole el brazo antes de salir. Phoebe se sentó.
- ¿Qué pasó entonces, Colette? - le preguntó Angela.
- Me... escondí - respondió ella, sin sentarse -. En el...bosque. Y después... en el... lago. Tommy... me... encontró.
- Es un... don - comentó Tommy, subiendo el brazo izquierdo; su forma de encogerse de hombros.
- ¿Qué hiciste cuando la encontraste? - quiso saber Angela.
- Hablé... con ella. La llevé a... casa.
- ¿A casa? ¿A tu casa? - Tommy asintió -. ¿A tu madre no le importó?
- Mi madre... me ayudó.
- ¿Has llevado a otros chicos con diferente factor biótico a casa de tu madre? - le preguntó Angela, arqueando las cejas. Tommy asintió otra vez -. ¿Se quedan?
- No hay sitio.
- ¿Adonde van? - Tommy respondió con su encogimiento de hombros parcial -. ¿Colette? ¿A dónde fuiste después de estar con Tommy?
- Me... fui. Fui... a... la... casa.
- ¿La casa?
- Pasó un tiempo conmigo - dijo Karen -. Y también con Evan.
- ¿Tenéis una casa en la que os quedáis?
- Algunos de nosotros nos alojamos juntos - respondió Tommy.
- ¿Dónde?
- No sería buena idea que... todos... lo supieran.
- Cierto - repuso Angela -, pero seguro que puedes confiar en las personas de esta sala, ¿no?
- Sin duda - respondió él, moviendo los labios. Pero no lo dijo, y ninguno de los demás chicos con DFB quiso rellenar el hueco.
- Muy bien - contestó Angela -. Gracias por compartir tu historia, Colette. Estoy segura de que ha sido una experiencia muy dolorosa para ti. Compartirla, quiero decir. Ya casi no nos queda tiempo.
Phoebe sentía como si se le hubiese congelado el corazón en el pecho. Los chicos pasaron junto a ella arrastrando los pies. Seguía llorando y no podía hablar.
Colette se sentó a su lado en el sofá, y Phoebe la miró, con los ojos ardiendo y la visión nublada por el maquillaje que había intentado limpiarse. La mirada de Colette era indescifrable.
- Colette, lo... lo...
Colette la abrazó en la sala vacía.

Phoebe oyó gritar al PDT cuando Adam cogió el teléfono.
- ¿Sí?
- Soy yo.
- Hola.
- ¿Cómo está Margi?
- No estoy seguro. No quiso hablar conmigo. Nos dieron permiso para marcharnos antes y la llevé a casa. Ella me dio las gracias y nada más. – Suspiró -. ¿Cómo estás tú?
- Bueno...
- Ya, me lo imaginaba. ¿Frisbee?
- Vale.
- Dame media hora. Primero tengo que hacer algunas chorradas para el PDT.
- Vale.

Se hizo de noche demasiado deprisa, así que Phoebe sugirió ir al campo de fútbol, donde podrían jugar bajo los focos. Se sintió mejor en cuanto entró en la camioneta de Adam y se sintió aún mejor cuando él le lanzó el reluciente disco amarillo trazando una perezosa espiral en el aire.
- Ni me acuerdo de la última vez que te vi con zapatillas de deporte - le dijo Adam, mirando sus zapatillas negras -. ¿No te destrozan los pies esas botas que llevas todo el tiempo?.
Ella le devolvió el Frisbee e hizo una mueca al ver que iba a quedarse corto por casi cinco metros.
- No, son bastante cómodas. Y me puse estas zapatillas la semana pasada, cuando estuvimos aquí.
- Oh - respondió él, corriendo a recoger el disco y agarrándolo justo antes de que cayera al suelo. Adam sabía tirar el Frisbee de veinte formas distintas, así que aquella vez lo lanzó moviendo el brazo en paralelo al suelo. Phoebe lo cogió detrás de la espalda.
- Muy bonito. Temía que hubieses perdido tu don después de pasarte todo el día bebiendo café y escribiendo poesía gótica.
- Oh, ¿te has enterado?.
- ¿Enterado de qué? - repitió él, con fingida inocencia, y corrió hacia atrás para capturar el disco, que ella le había lanzado muy por encima de la cabeza.
- Da igual.
- Vale. - Adam lanzó el siguiente con un movimiento rápido por encima del antebrazo y un giro de muñeca. Ella intentó volver a recogerlo en la espalda, pero le rebotó en el costado -. Ayyy -dijo el chico, a modo de disculpa -. Bueno, ¿qué es lo que pasa?.
Phoebe recogió el Frisbee del césped y se lo lanzó a la altura del pecho, a la distancia correcta.
- Colette me abrazó.
- Oh - respondió él, lanzándoselo de la misma forma -. Eso es bueno, ¿no?.
- Aja. Yo estaba llorando como un bebé.
- Es conmovedor que te abrazara. Aunque también da un poco de miedo.
Phoebe tuvo que correr para llegar a su siguiente lanzamiento y lo agarró con las puntas de los dedos.
- Sí, pero mira el miedo que pasó ella.
Él asintió, recogiendo fácilmente su tiro. Se movía con una elegancia natural poco común en alguien de su tamaño.
- No se puede sentir lo que sienten los demás. Sólo puedes intentar imaginarte lo que sienten.
- La abandonamos, Adam.
- No estás hablando del lago, ¿verdad? No fue culpa vuestra.
El siguiente tiro fue directo hacia ella, y Phoebe admiró el efecto de retroceso del disco.
- No, que se ahogara no fue culpa de nadie. Estoy hablando de su regreso.
- Oh.
- Vino a nuestras casas, Adam, y nosotras le dimos la espalda.
- Segundas oportunidades - respondió Adam, al cabo de un buen rato -. Te abrazó.
- Sí.
- Margi acabará viéndolo.
Jugaron durante tres cuartos de hora, cambiando de tema para dejar reposar un tiempo el problema de Margi y Colette. Se rieron con ganas de Thornton, que había llevado puesta al instituto una camiseta con el eslogan «algunos de mis mejores amigos están muertos» aquella semana y su tutor lo había castigado, aunque después la directora Kim le había levantado el castigo.
- ¿Qué te parece que Tommy dejase el equipo de fútbol? - le preguntó Phoebe a Adam.
- Estoy decepcionado. Era bastante bueno.
- ¿Has hablado con él sobre el tema?
- No, supuse que no quería que las protestas y demás se desmadrasen.
- ¿Desde cuándo eres un tío tan intuitivo, Adam? - le preguntó ella, sonriendo, pero él no le hizo caso.
- Me gusta esa sudadera. Deberías ir de blanco más a menudo. Creía que sólo tenías ropa negra.
- No es verdad. Tengo ropa gris, gris marengo y azabache.
- Claro, perdón - respondió él, entre risas -. Vámonos ya.
Lo primero que hizo Phoebe al llegar a casa fue mirar su correo electrónico, pero Margi no había contestado, ni tampoco le había devuelto la llamada al móvil.
- Papá, ¿ha llamado Margi?
- Me alegra informarla de que no ha recibido ninguna llamada, señorita - respondió él, apartando la vista de su novela de misterio.
Pero Phoebe no estaba alegre, sino preocupada.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 22, 2010 6:42 am

Capitulo 20
Transcrito por Dianis

ANGELA SE SENTÓ EN LA oficina con Phoebe y Karen mientras las dos chicas hacían su último turno en la sección administrativa. Después, Phoebe iría al salvaje mundo del mantenimiento y Karen a hacer trabajo de verdad en el laboratorio. A Phoebe no le gustaba el cambio, ya que no le llamaba demasiado la atención pasar tiempo con Duke Davidson, la persona más espeluznante que había conocido.
—Quería agradeceros todo el trabajo que habéis hecho, chicas —les dijo Angela—. Habéis ayudado mucho.
—Para eso estamos aquí —respondió Phoebe—. Pero me gustaría haber encontrado más comentarios positivos para ustedes.
—Algún día —repuso Angela, riéndose—. Algún día veremos que la gente acepta a regañadientes lo que hacemos. La sociedad tendrá que crecer.
—¿Qué cree que hará falta para eso, señorita Hunter? —le preguntó Karen, mientras enderezaba un montón de papeles.
—Ojalá lo supiera con exactitud, Karen. Creo que será una combinación de varias cosas pero, sobre todo, hará falta un gran esfuerzo por parte de personas como tú.
Karen la miró con la expresión vacía de los muertos, expresión que Phoebe sabía que podía activar y desactivar voluntad, como una máscara.
—¿A qué se refiere? —preguntó Karen.
—Lo siento, no quería que te sintieras presionada. Sin embargo, creo que si las personas con diferente... los zombis lográis una aceptación real, será por gente como tú.
—¿Como yo?.
—Zombis más evolucionados. Hablas con menos pausas, te mueves bien, tu rostro es más expresivo.... cuando tú quieres.
Phoebe observó a Karen para ver su reacción, pero ella mantuvo la mirada vacía.
—Más evolucionados —repitió.
—Por favor, no lo tomes como un insulto. Ya sabrás que eres distinta a la mayoría de los estudiantes con diferente factor biótico. Casi podrías...
—¿Pasar por humana?.
—Iba a decir que podrías servir de modelo para los demás —dijo Angela. Si se sentía insultada, lo ocultó bien detrás de sonrisa—. El colectivo con DFB necesita líderes. En el arte, en la cultura... Gente como Tommy y como tú podría marcar la diferencia.
—Porque los demás... nos verían como el modelo a seguir.
—Y porque podéis comunicaros bien. Podéis ser el rostro público de las personas con DFB.
—Vaya por Dios —repuso Karen, frunciendo el ceño, más o menos.
—Es cierto, Karen —intervino Phoebe—. Eres preciosa.
—Y tú eres un cielo, Phoebe —respondió Karen, permitiéndose sonreír. Cuando Karen sonreía, su belleza resultaba casi magnética, pero a Phoebe le parecía desconcertante la rápida transición desde el vacío.
—Bueno, es cierto.
—Dentro de Tommy y de ti hay algo que los demás todavía no han encontrado —comentó Angela, asintiendo—. Una creatividad, un espíritu... No sé lo que es, Pero sí sé que ninguno de los dos lo demostráis lo suficiente. Sobre todo Tommy.
—Eso no es verdad —empezó a decir Phoebe, pero Karen la interrumpió.
—Agradezco… lo que dice, Pero está... asumiendo... que los vivos quieren que actuemos, caminemos y hablemos como ellos. No creo que sea así.
Phoebe escribió en un trozo de papel la dirección de la página web de Tommy, “[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] junto con su identificación de usuario y su contraseña.
—¿No crees que eso hace que la gente te escuche?.
—Alguna gente. Creo que Para otra es más difícil. Cuanto más actuamos como ellos, más conscientes son de que no lo somos. Los vuelve paranoicos.
—¿De verdad?
—Creo que... se les iría la olla... si no pudieran… distinguirnos.
—Mmm.
—Tommy es muy creativo —intervino Phoebe.
—Seguro que sí, aunque no deja que lo veamos —repuso Angela.
—Eso no es verdad. Tiene su propia página web.
—¿Una página web?
—Y un blog. Los chicos muertos de todo el país leen lo que escribe. Así que no creo que deba suponer que nadie es poco creativo o tiene poca conciencia social sólo porque no está todo el rato parloteando sobre ello en clase.
—Lo siento, Phoebe —respondió Angela—. Tienes razón, no debería hacer ese tipo de suposiciones.
—Sin embargo, ha hecho una observación interesante —dijo Karen—. Quizá yo misma debería tener más conciencia social. Quiero decir, está claro que los muertos más jóvenes me ven como un ejemplo a seguir, en cierto modo (al menos, Colette y Sylvia), y puede que debiera...
—¿Cuál es la dirección de la página, Phoebe? —preguntó Angela.
[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]
—¿Quién sabe? Quizá debería presentarme como representante de los estudiantes ante el cuerpo de profesores. ¿Lo pilla? ¿Cuerpo de profesores? Ya veo los titulares: “KAREN DESONNE ENTIERRA A SUS COMPETIDORES EN UNA VICTORIA APLASTANTE”. ¿Lo pilla? ¿Entierra? Ja, ja.
Phoebe miró a Karen, que no sólo estaba hablando más de prisa que cualquier persona muerta que conociese, sino que hablaba incluso más deprisa que Margi.
—¿Phoebe? —insistió Angela—. ¿La web?
— supuestamentedead.com
Podría haber jurado que oyó suspirar a Karen cuando le dio la dirección, aunque, por supuesto, los muertos vivientes no podían respirar.
Angela siguió esbozando su perenne sonrisa de gato de Cheshire, y Phoebe empezó a pensar que quizá hubiese cometido un grave error.

Adam vio cómo Phoebe y Margi cruzaban la cafetería, y que Margi levantaba la mano, formando un remolino de tintineantes pulseras de plata, para agarrar a su amiga por el brazo y apartarla de la mesa en la que se sentaba sola Karen DeSonne, rodeada por un anillo de Tupperware.
Karen había extendido una servilleta de tela y, en ella, había colocado un termo con forma de cuenco, como los que usaban los chicos para llevar sopa de pollo o macarrones con queso, y un contenedor redondo más pequeño, una reluciente manzana roja y un yogur. Sacó una cuchara de plástico y le quitó la tapa al contenedor. Adam se asomó y vio que dentro había una pirámide cuidadosamente montada de palitos de zanahoria. En otro bote llevaba fresas en rodajas.
Margi apartó a Phoebe del picnic de la chica muerta y la dirigió al lugar donde se sentaba Adam, que masticaba el segundo de sus sándwiches de rosbif. Adam vio que Phoebe se sacudía la mano de Margi antes de sentarse delante de él.
—Hola, Adam —lo saludó, claramente irritada. El asintió. Aunque sin dejar de observar a Karen, que estaba sentada mirando fijamente la mesa que había preparado con tanta concentración.
—No puedo soportarlo —susurró Margi, soltando su bolsa de la comida en la mesa—. Es que no puedo.
—Tía, está sola... —empezó Phoebe, pero Margi sacudía la cabeza.
—Tiene comida, Phoebe. Comida. Tiene comida, y sabes que no comen. No lo soporto más, no está bien, no es natural...
—Chisss, baja la voz, ¿quieres?
Margi le pegó un empujón a su comida, y una naranja salió rodando de la bolsa y cayó al suelo.
Adam las miró durante un momento, mientras mordía el sándwich para no tener que decir nada. Phoebe lo miró, Io que significaba que tenía que intervenir, como si ellos dos fuesen los padres de Margi, que estaba ocupada poniéndose histérica. Le temblaban las manos, no parecía su melodrama normal de siempre.
—Oye, Daffy, ¿estás bien? —le preguntó el chico, después de tragarse lo que tenía en la boca.
Margi se inclinó sobre la mesa, bajando la voz.
—Tiene comida, Adam. Sopa... y... y...leche...
Adam asintió y puso una mano encima de la de la chica.
—Lo sé, se ha montado todo un picnic, pero no se lo come. ¿Ves? —le explicó, señalando la mesa de al lado con la cabeza, aunque ella no miró—. Seguramente sólo quiere ser normal, Margi. Seguramente sólo intenta actuar como los demás chicos de la cafetería.
—¡Pero no puede! A eso me refiero, ¡a eso precisamente me refiero! —Phoebe miraba a Margi como si la rara fuese ella. Adam se encogió de hombros—. Voy a dejar la clase —siguió diciendo Margi, apartando la mano, de modo que los fríos anillos y pulseras de plata pasaron por debajo de las puntas de los dedos del chico como si fuesen agua—. Necesito hablar con la enfermera —añadió; se levantó y salió a toda prisa de la cafetería.
—¡Vale, yo le limpio la mesa a la señora! —le gritó Phoebe.
—Está mal —comentó Adam. No le gustaba ver a Phoebe ponerse sarcástica con su amiga; no parecía ella misma.
—Y no me quiere decir por qué. Me dan ganas de matarla.
—Así podrías conseguir que se sentara con Karen.
—Hay algo más que no me cuenta —dijo ella, sin hacer caso de la broma—, algo sobre Colette. La convencí para que entrase en las prácticas porque creía que la ayudaría a superar el miedo o lo que sea que siente por Colette.
—Es complicado —repuso Adam. En la mesa de al lado, Karen contemplaba la comida como si intentara hacerla flotar sobre la mesa. Martinsburg, que entraba con una bandeja, se volvió hacia su sombra, Stavis, y le dijo algo que lo hizo reír—. La muerte da miedo.
—Pero no tiene por qué, y menos ahora.
Aquello no tenía mucho sentido para Adam, aunque no se lo dijo. La observó quitarle la corteza al pan de su sándwich de queso durante unos minutos antes de cambiar su enfoque del asunto.
—¿Estás segura de que Margi se unió al grupo para superar lo de Colette? ¿Estás segura de que no lo hizo por ti?
—¿Qué quieres decir? —preguntó, con tono de estar enfadada.
—No lo sé —respondió él, aunque sí lo sabía. Él se había unido al grupo por eso.
Por el rabillo del ojo vio que Stavis y Martinsburg se sentaban a unas mesas de distancia, sin dejar de mirar a Karen con malicia.
—Oye, ¿quieres que nos sentemos con ella?— le preguntó a Phoebe, y ella se animó al instante.
—Claro.
Recogieron sus cosas y se acercaron a la chica muerta, que estaba completamente inmóvil.
—¿Podemos sentarnos contigo?— le preguntó Phoebe, y Karen asintió lentamente. Adam le echó una mirada muy significativa a Stavis y a Pete antes de sentarse; Pete le sopló un beso.
Karen los miró y volvió a sonreír, como si alguien hubiese encendido un interruptor dentro de ella.
—¿A que es bonito? Las fresas rojas, su forma de brillar, el naranja chillón de las zanahorias... También me gusta mi servilleta azul marino.
—Es muy bonito —dijo Phoebe.
—Me alegro mucho de poder seguir viendo los colores, ¿sabéis? Quiero decir, a veces me pregunto si los veo apagados, como si algunos de los pigmentos de mis ojos se hubiesen desgastado al morir, pero, al menos, todavía sé que eso es rojo y eso naranja, y que la leche es blanca. Ni me imagino lo que sería ir por la vida en blanco y negro, ¿y vosotros? ¿En un mundo sin colores?
—Yo tampoco —respondió Phoebe, y Adam asintió.
—Antes, mis ojos eran azules.
—Ahora son como diamantes —le dijo Phoebe—. Puede que sean los ojos más bonitos que he visto nunca.
—Ojalá pudiera olerlas —comentó Karen, acercándose a la nariz el tarrito con fresas—. A veces me parece que puedo, un poquito. Pero después... me pregunto... si estaré… recordando como olían. Lo que resulta irónico... Porque dicen que el... olor… está muy relacionado... con la... memoria.
—La sopa también huele bien —dijo Phoebe.
—¡Sopa! —exclamó Karen, haciendo un ruidito parecido a la risa—. Sí, ¿recuerdas la sopa? Dios.
Adam no olía la sopa porque tenía a Phoebe tan cerca que se tocaban, así que sólo olía el perfume de su champú. Le habría gustado tener un tercer sándwich para poder dar a sus manos y boca algo que hacer. Le daba la impresión de que a Karen se le estaba yendo la olla a su manera, igual que a Margi. ¿Es que ninguna chica, ni viva ni muerta, era capaz de mantener la cordura durante más de tres horas seguidas?
—Todavía... oigo. Y... siento —les dijo, sonriendo—. Creo. —Adam quería decirle a Phoebe que la abrazase o algo, pero entonces Karen empezó a tapar los contenedores—. Gracias por sentaros aquí. Y gracias, Adam, por ser tan protector conmigo. Es gracioso pensar en proteger a una chica muerta, ¿no? —Soltó una risita, y el ruido le quedó mucho más auténtico que el anterior.
—¿A qué... te refieres?
—Venga ya, te he visto. Esos chicos malos... Soy consciente de ello. Hiperconsciente, de hecho. Quizá sea porque ya no puedo... sentir... tanto como antes. —Le tocó la mano. La de ella era fría y suave—. No dejes que hagan daño a los otros. Quieren hacerlo, ¿sabes? Hay algo, algo dentro del guapo. Algo más que miedo.
—¿De quién? ¿Pete?
—No dejes que haga daño... a los otros —repuso ella, asintiendo.
—Lo intentaré.
—Sé que lo harás. Siempre lo haces —dijo Karen, dándole un par de palmaditas en la mano—. Bueno, Phoebe, ¿adónde te lleva Tommy para la cita?
Phoebe se ruborizó hasta el cuello. Adam se habría reído de no haber sentido un repentino dolor en la boca del estómago, uno que no podía aliviarse por muchos sándwiches de rosbif que se comiera.

Pete ya casi tenía pensado el espectáculo público que pensaba dar con la chica muerta, pero entonces Adam y Pantisnegros se sentaron a su lado y le fastidiaron la idea. Aunque Adam no le daba miedo, no quería que el enfrentamiento final con Lelo Man fuese en la cafetería del instituto. Pete era tan realista como Adam grande, y sabía que quizá le faltara lo necesario para ganar al enorme paleto en una pelea justa, así que tendría que esperar, a una injusta.
Cuando la hora de la comida estaba a punto de acabar, Adam se acercó a su mesa.
—¿Puedo hablar contigo un momento, Pete? ¿A solas?
—¿Quieres pelea? —preguntó Pete, sonriendo.
—Sólo si tú golpeas primero —respondió Lelo Man, sacudiendo la cabeza.
—Hablar, ¿eh?—repitió Pete. Sonrió con satisfacción a Stavis y sus otros parásitos—. Vamos a hablar.
Se fueron a un rincón de la cafetería, que ya empezaba a vaciarse. Pete vio que Pantisnegros y Zombina se largaban, y se aseguró de que Adam lo viera hacerlo.
—Pete, esto tiene que acabar.
—¿El qué? —Preguntó Pete, sin dejar de mirarlas hasta que salieron al pasillo.
—Esta campaña de odio que estás montando. Amenazar a la gente.
—¿Amenazar a la gente?
—Tommy, Karen. Thornton me contó que le dijiste que Stavis y tú le patearíais el culo algún día.
—No son amenazas, son promesas —respondió Pete, sonriendo. La sonrisa se ensanchó cuando vio que sus palabras penetraban la armadura de la que se rodeaba Adam.
—Pete..., éramos amigos.
—Éramos, como bien has dicho. Elegiste tu equipo.
—¿Todo porque el entrenador te pidió que le dieras una paliza a un chico y yo no te seguí el juego?
—Un chico no. Eso es lo que no acabas de pillar. No es un chico. Es un zombi, un zombi sucio, podrido y comido de bichos. A eso prefieres antes que a mí.
—No lo entiendo, ¿Por qué tanto odio?
Pete se humedeció los labios y estuvo a punto, a punto de contarle a Adam lo de Julie. Pero nunca se lo había contado a nadie, y nadie salvo su padre sabía nada sobre ella.
—Es mi deber como ciudadano —repuso, encogiéndose de hombros.
—Te dejó sin aliento. ¿Y qué? y tuvimos una buena pelea en el bosque. Dejémoslo ahí. Estoy dispuesto a alejarme, si tú también lo estás.
—Adam —respondió Pete, riéndose—, tengo una lista en el bolsillo, una lista con toda la gente de tu estúpida clase de amantes de los zombis. La llevo a todas partes; que sepas que todos los que salen en ella, todos vosotros, vais a pasarlo mal.
—Serás... —Adam estaba tan enfadado que no podía ni hablar, lo que a Pete le vino bien. Estaba harto de escuchar a Adam.
En aquel momento sonó el timbre. Pete se volvió y se fue con Stavis, que estaba observando desde la puerta.
FIN DEL CAPITULO
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Dana

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 22, 2010 7:13 am

Capitulo 21
Transcrito por Gemma

«QUÉ INCÓMODO», PENSÓ Phoebe. Estaba sentada en el asiento del copiloto del PT Cruiser de Faith. Tommy estaba sentado atrás, tan hablador como una maleta. Faith los llevaba al centro comercial, donde iban a ver una película.
La situación se volvía cada vez más incómoda.
– ¿Saben tus padres dónde estás esta noche? – le preguntó Faith.
– Bueno, saben que voy al centro comercial a ver una película.
Faith la miró, pero aquella breve mirada cayó sobre la conciencia de Phoebe como si fuese una tonelada de ladrillos.
– ¿Y saben cómo vas a llegar hasta allí? ¿Y con quién vas?
– Bueno…
– Adoro a mi hijo, Phoebe, pero ésta es la última vez que te cubro las espaldas. Tienes que decirles a tus padres lo que estás haciendo. No es justo para ellos.
Tommy hizo un ruido en el asiento de atrás, como si intentara aclararse la garganta. Era un ruido horroroso, uno que Phoebe no deseaba volver a oír jamás.
– Tiene razón, se lo diré.
Faith le dio una palmadita a Phoebe en la mano, y Phoebe notó su calor.
– Sé que lo harás, cielo. Eres una chica valiente. No hay muchas chicas de tu edad dispuestas a ser amigas de un muerto viviente.
Phoebe le devolvió la sonrisa, aunque no se sentía muy valiente. Tommy era valiente. Karen era valiente. Adam era valiente porque se arriesgaba a que lo expulsaran del equipo de fútbol por Tommy.
– Mamá – dijo una voz seca de rana desde la parte de atrás –. No soy un muerto viviente, soy un zombi.
– No seas malo. Ya sabes que no me gusta esa palabra.
– Zzzzzzzzzombi – contestó él.
Phoebe se volvió y lo pilló sonriendo, mientras su madre se reía.

– Os recogeré a las diez – les dijo Faith antes de alejarse, dejándolos en la gran entrada de neón del centro comercial de Winford. Phoebe se sentía aún menos valiente allí de pie, en la acera, con Tommy. Una mujer pasó junto a ellos y se agarró con fuerza a su bolsa de plástico. Sobre las puertas, en unas letras cursivas de neón rosa, se leía: «Winford Mall». Phoebe miró las letras y frunció el ceño.
– Si quieres, nos vamos – le dijo Tommy, llevándose la mano al móvil, que estaba en el cinturón.
Phoebe sacudió la cabeza, secándose el sudor frío de las palmas en los vaqueros negros. Después le ofreció la mano a Tommy.
– No, nos espera la película.
Él la miró durante un rato; el neón trazaba brillantes rayas rosa y naranja en la lustrosa superficie sin vida de sus ojos.
La cogió de la mano y entraron en el centro comercial.
La gente empezó a mirarlos raro en cuanto entraron. Un chico con un jersey de los Patriots se volvió hacia su amigo y dijo en voz alta:
– ¡Eh, mira eso! ¡El amanecer de los muertos!
– Sí, pero todavía no se la ha comido – respondió su ingenioso colega.
Compartieron una carcajada estridente y Phoebe se ruborizó, pero se agarró con más fuerza a la mano de Tommy, que tenía los puños cerrados e intentaba acercarse.
– No – le susurró ella, y siguieron andando.
Aparte de en El amanecer de los muertos, Phoebe sabía que los muertos vivientes de verdad rara vez entraban en los centros comerciales. No se veía a los chicos con diferente factor biótico pasando el rato en la bolera o dándole a la lengua en la puerta del Starbucks. No necesitaban ir a los restaurantes y, aparte de Tommy Williams, pocos se veían participando en acontecimientos deportivos u observándolos. Los zombis, por lo general, eran chicos caseros…, al menos los que todavía podían quedarse en su casa.
Recorrieron el pasillo, pasaron junto a una cadena de restaurantes y una joyería, y llegaron a un atrio abierto desde cuya barandilla alta podía verse el nivel inferior. Un grupo de pequeños abedules de aspecto frágil crecía en un agujero abierto en el suelo de baldosas blancas. La copa de uno de los árboles estaba casi a la misma altura que el borde de la barandilla, y vieron que las ramas tenían hojas pequeñas y oscuras. Cuando se acercaron a la barandilla, un pajarito marrón salió volando de las vigas y aterrizó en una rama cercana.
– Un gorrión, pobrecito – comentó Phoebe.
– Sé… cómo se siente – respondió Tommy. Detrás de él, Phoebe vio que una anciana los miraba con el ceño fruncido desde la puerta de Pretty Nails. Tommy se volvió justo cuando la mujer hacía un gesto.
– ¿Acaba de echarnos el mal de ojo? – preguntó él.
– Eso creo, o algo peor.
Phoebe miró a su alrededor. ¿Eran imaginaciones suyas o todo el mundo los miraba?
Quizá exageraba.
En cualquier caso, el camino hasta el cine, en la otra punta del centro comercial, se le hizo muy largo.
Pasaron junto a una tienda Wild Thingz!, y Phoebe señaló un pequeño expositor del escaparate en el que tenían las camisetas de «¡PODER ZOMBI!» y «ALGUNOS DE MIS MEJORES AMIGOS ESTÁN MUERTOS», además de un par de gorras, pañuelos y muñequeras con eslóganes similares de Slydellco. También había unas cuantas botellas y tubos en el expositor. Phoebe empezó a reírse al darse cuenta de lo que era.
– Dios mío, ¡productos de higiene para zombis! – Había champús, loción hidratante y dos tipos de pasta de dientes diferentes. Lo que más le gustó fue un spray con una gran zeta plateada en un bote cilíndrico negro. Abajo ponía: «PARA EL HOMBRE MUERTO ACTIVO».
– Quizá debería comprarme una – comentó Tommy, sonriendo –. Soy bastante… activo.
– Lo siento – respondió ella, sin parar de reírse –. No sé por qué me hace tanta gracia.
Entraron y recorrieron las estanterías llenas de camisetas y accesorios góticos. El humor de Phoebe mejoró cuando oyó la voz de M. T. Graves salir de los altavoces de la tienda. Le preguntaron a la dependienta si tenía muestras de Z. La dependienta tardó en reaccionar. Podría haber sido la doble de Margi, aunque sus puntas eran moradas y tenía un gran anillo plateado en la nariz, a juego con las pulseras y brazaletes de cuero del brazo.
– Lo flipo, ¡un zombi de verdad! – les dijo, sonriendo –. Vaya, llevaba tiempo esperando que entrase uno de vosotros. – Les explicó que no tenía muestras, pero que Tommy podía oler un poquito de la botella que tenían en el escaparate. Él aceptó la oferta y le preguntó a Phoebe qué le parecía.
Ella olió el aire que lo rodeaba. El perfume recordaba a las especias, pero con una fuerte nota de algo cítrico, quizá lima.
– A mí me encanta esa porquería – comentó la Margi morada –. Le compré a mi novio, Jason, un bote, y se lo pone siempre.
– Gracias – respondió Tommy, mirando a Phoebe –. ¿Huele bien?
– A mí me gusta – respondió ella, y Tommy compró un bote.
La amabilidad de la dependienta alivió un poco la paranoia de Phoebe, al igual que la idea de los productos de higiene para muertos vivientes. Sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más nerviosa se ponía. Vale, los muertos no sudaban y, obviamente, no se podrían, lo que habría supuesto graves problemas. Quizá las bacterias que causaban el olor no podían sobrevivir en su piel o algo así.
– Mi madre me dijo que te llevase a una… peli para tías – comentó Tommy, y ella se dio cuenta de que ya estaban en el cine.
– Hmmm. Perros callejeros y tablas de surf o Mr. Caos – dijo Phoebe –. Pues Perros.
Tommy pagó las entradas y le compró una bolsa de palomitas y un refresco. Faith había advertido a Phoebe en el coche que el chico pagaría todo y que no montase una escena porque «ya la estaréis montando de sobra». El chico pecoso del puesto de palomitas puso cara de haberse tragado una rana cuando Phoebe se volvió y le preguntó a Tommy si quería sucedáneo de mantequilla líquida en sus palomitas.
– Antes me encantaba… el sucedáneo de mantequilla – respondió. Phoebe se rió. A Tommy no le importaba que se le olvidase que estaba muerto.
En la película no había ningún zombi; era una comedia ligera sobre una mujer que trabajaba en una perrera y siempre acababa encontrándose con el adorable cachorro de labrador marrón de un tío que diseñaba tablas de surf.
A Phoebe la película le resultaba aburrida, y la idea de estar sentada a oscuras con Tommy comiendo palomitas empezaba a parecerle claramente absurda. «Si pudieras volver a la vida, Phoebe Kendall – pensó –, seguro que te la pasarías viendo las tontas payasadas del perro Ruffles y esperando pacientemente a que estrenasen Perros callejeros y tablas de surf II.»
Por algún extraño motivo, la obligada escena de cama de la película le recordó al momento pasado en el suelo polvoriento de la Casa Encantada, en la más completa oscuridad. Por suerte, era una escena de risa; Ruffles saltó encima de la cama durante los festejos, y el chico surfero rompió una lámpara al intentar echar al encantador diablillo.
Phoebe miró a Tommy durante la escena. Miraba al frente sin pestañear, como solían hacer los muertos, y se preguntó qué hacían allí los dos.
Regresaron a las luces excesivamente brillantes del centro comercial sobre las nueve de la noche. Las pocas personas que salían del cine se tambaleaban con cara de sueño por el vestíbulo, arrastrándose como los zombis más tradicionales de la historia del cine.
– ¿Te ha gustado… la película? – preguntó Tommy.
– El perro era mono.
– A mí… - murmuró él, alargando la palabra – tampoco.
– Tommy, ¿esto es como el fútbol para ti?
Tommy ladeó la cabeza, como había hecho Ruffles al ver a la chica de los perros quitándole el sitio en la cama del surfero en aquella horrenda película.
– ¿A qué… te refieres?
– Me refiero a estar conmigo. Te uniste al equipo de fútbol para demostrar algo, no porque te encantase el deporte. ¿Por eso estás conmigo?
Pasaron junto a una tienda de ropa. Había menos gente que antes y, al parecer, la que había les prestaba menos atención. Quizá los visitantes nocturnos aceptaban mejor a los chicos con DFB.
– ¿Quién ha dicho que no me guste el fútbol? – preguntó él, al cabo de un momento.
Estaba de broma, seguro. ¿O no? Era difícil interpretar el humor de las personas con diferente factor biótico, igual que era difícil interpretar el verdadero significado de los correos electrónicos enviados a última hora de la noche. Justo cuando Tommy iba a decir algo más, vio algo en la tienda de al lado y lo señaló con la cabeza.
Phoebe siguió su mirada hasta la librería, donde Margi estaba leyendo un libro que había sacado del montón colocado en un expositor cercano a la entrada. Los vio a la vez que ellos la vieron.
– Hola, chicos – saludó, dejando el libro donde estaba e intentando parecer despreocupada…, cosa que Margi nunca era. Lo normal para ella habría sido hablar sin parar.
Phoebe miró el título del libro que Margi había hojeando: Y la tierra abrirá sus tumbas y devolverá a los muertos, del reverendo Nathan Mathers.
– ¿Mathers? ¿Es interesante, Margi? – Miró la contracubierta y empezó a leerla en voz alta –: «En este estimulante libro de uno de los expertos más preeminentes de nuestra nación en el fenómeno de los discapacitados vitales, el polémico reverendo Nathan Mathers utiliza tanto los antiguos textos teológicos como los titulares más actuales para ofrecernos sólidos argumentos que demuestran que la existencia de estos seres es una señal de la llegada del Apocalipsis, y resume cómo deben prepararse los cristianos para el acontecimiento».
– Vaya, me han pillado – comentó Tommy, pero Phoebe estaba esperando a que Margi dijese algo.
Ella no lo hizo, durante un rato. En vez de ello, se apartó las puntas rosas de los ojos y evitó mirarla a la cara.
– Creo que hay mucho miedo – respondió.
– Esto es el… progreso – repuso Tommy, mirando el resto de artículos del expositor –. Mira, hay unos cuantos libros de… Slydell. Los muertos… no tienen vida – leyó –, Lo que los padres necesitan… saber sobre sus hijos muertos. Éste lo tiene… mi madre.
– No dejarás de verdad las prácticas, ¿verdad Margi? – le preguntó Phoebe.
Margi apartó la vista. A Phoebe le ponía más nerviosa la pregunta que caminar de la mano de un zombi.
– Tengo que hacerlo, Phoebe – respondió Margi, susurrando para que Tommy no lo oyera…, cosa que era poco probable, porque el chico estaba echando un vistazo al libro que había escrito un abogado: El derecho civil y los muertos vivientes –. No lo aguanto más.
– ¿El qué? – le preguntó Phoebe, casi chillando –. Margi…
– Tengo que irme – repuso Margi. Masculló algo sobre reunirse con su madre y su amiga no intentó detenerla.
– ¿Tommy?
– ¿Hmmm? – preguntó él, sacando las narices del libro para responder –. ¿Se ha ido… Margi?
– Sí – respondió ella, y él dejó el libro y la miró durante un momento.
– Mi madre me dijo que debía invitarte a un… batido. Dice que… te gustan… los batidos.
– Me encantan los batidos – le aseguró ella, deseando poder interpretar mejor sus reacciones.
Fueron al Honeybee Dairy, una de las pocas tiendas del centro comercial que no pertenecía a una cadena. El Honeybee Dairy era el restaurante favorito de Phoebe; se había pasado mucho tiempo comiendo hamburguesas y bebiendo batidos con Adam y Margi en el establecimiento original de Oakvale.
Y con Colette. Colette solía ir con ellos.
Se sentaron en la barra, en unos relucientes taburetes plateados con asientos de vinilo rojo. Escogieron la barra porque estaba vacía. En algunos de los reservados había clientes: un cuarteto de adolescentes ruidosos, una joven pareja que Phoebe reconoció del cine y un trío de damas con el pelo azulado. Todos parecieron volverse para mirarlos cuando se sentaron en los taburetes.
– Ojalá pudiera ayudarte… con Margi. Entiendo… lo que siente.
– ¿Ah, sí? – preguntó Phoebe, aunque en realidad pensaba: «¿Y Colette?».
– Se lo he oído a alguna gente… de mi página web. Los muertos… ya han vivido…, mientras que los vivos… todavía no han muerto.
– Hablas de los muertos como si todos fuerais iguales. ¿De verdad es así? Seguís siendo personas individuales, ¿no?
– Pero unidas… por una experiencia común.
– ¿De verdad? ¿Todos vosotros visteis… experimentasteis o lo que sea… lo mismo al morir?
Tommy empezó a responder, pero se detuvo. A Phoebe le parecía que quizá aquella experiencia común no fue en realidad tan común. ¿Cómo era posible, si Karen era capaz de correr una maratón y ganar un concurso de belleza, mientras que Sylvia necesitaba diez minutos de ventaja para subir unas escaleras?
Un chico poco mayor que ellos con una camiseta de Honeybee y un gorro de papel en la cabeza se acercó para tomarles nota. Phoebe pidió un batido de jarabe de arce y nueces. Sintió compasión por el chico, que se puso rojo como un tomate y empezó a tartamudear cuando se volvió hacia Tommy.
– ¿Y… para… usted, señor?
Tommy esbozó la sonrisa torcida a la que Phoebe todavía no se había acostumbrado y sacudió la cabeza. El muchacho corrió a por el batido de Phoebe.
– Al menos lo intenta – comentó ella. Estaba más enfadada de lo que creía; le parecía que la mueca de Tommy tenía algo de condescendiente –. La mayoría de las personas que hay aquí preferirían tirarnos el batido encima.
– ¿Crees que… leer mi…blog… ayudaría a Margi? – preguntó Tommy, perdiendo la sonrisa –. Quizá la ayude… a ver… que no somos más que… chicos.
Una servilleta enrollada, lanzada por el cuarteto ruidoso, le dio en la espalda, pero o no lo notó, o fingió no hacerlo.
– Puede. Puede que sí, la verdad. – Le hizo un gesto al señor Tartamudo –. ¿Me lo pone para llevar?
– Tienes derecho a sentarte aquí… conmigo – repuso Tommy, sacudiendo la cabeza. Había fuerza en su voz, la misma fuerza implacable que percibía en él cuando iban de la mano o le tocaba el hombro.
– No quiero liarla, Tommy. Esta noche no.
Él miró hacia la mesa justo cuando una segunda servilleta le rebotaba en el hombro. Se oyeron risas ahogadas del cuarteto, pero se callaron rápidamente bajo el peso de la mirada de Tommy.
– ¿Sabes? Pensaba en mi… blog… como una forma de dar esperanza… a los muertos. Aunque quizá su verdadero valor resida en aportar… comprensión… a los vivos.
El chico tartamudo les llevó el batido en un vaso de papel encerado. Phoebe se quedó algo decepcionada, porque parte de la experiencia del Honeybee era tomarse el batido en un vaso de boca ancha, con la taza de metal frío para rellenarlo al lado.
Empezó a levantarse, pero Tommy la agarró del brazo.
– Tengo una pregunta antes de que nos vayamos – le dijo, sin darle ninguna pista con su expresión –. ¿Cómo haces que las nueces suban por la pajita?
Ella se rió y él sonrió, una sonrisa de verdad, sin segundas intenciones. Tommy dejó tres dólares en el mostrador y salieron a esperar a su madre.
– ¿Nada de antorchas? – preguntó Faith cuando entraron en el vehículo –. ¿Ni alquitrán con plumas?
– Pareces… decepcionada – respondió Tommy.
– No sé cómo podéis hacer bromas sobre eso – dijo Phoebe – . Esas cosas pasan de verdad.
– Por eso bromeamos – le explicó Tommy –. Es una forma de dar… gracias.
– ¿Estoy oliendo a arce? – preguntó Faith.
– Lo siento – dijo Phoebe, ofreciéndole un trago – ; tendríamos que haberle traído algo.
– No puedo – respondió Faith, agitando los dedos, que tenían las uñas pintadas de vivos colores –. Sigo la dieta de Weight Watchers.
Faith dejó a Phoebe en la carretera, cerca de su casa, al otro lado de la de los Layman. El camión del PDT estaba aparcado en el sendero, y Phoebe esperaba que sus padres no hubiesen visto a Adam, ya que el chico era su coartada de aquella noche.
– Phoebe – le dijo Tommy al salir del coche, en principio para sentarse delante. Phoebe se dio cuenta de que Faith hacía todo lo posible por parecer interesada en los arbustos que se veían por la ventanilla, en su lado del coche.
– Me lo he pasado muy bien, Tommy – le dijo ella, hablando muy deprisa –. Muchas gracias.
– Phoebe – repitió él, antes de que pudiera irse. A Phoebe le latía el corazón como si acabase de meterse un triple chute de capuchino.
¿Qué haría si él intentaba besarla?
Sin embargo, Tommy fue muy respetuoso y dio un paso atrás.
– Sólo… quería… que supieras… que quería… salir… contigo… porque… quería salir contigo.
Ella sonrió y le ofreció la mano.
– Gracias, Tommy. Yo también.
Él aceptó la mano. La piel de Tommy era fría, tan fría que ella la envolvió en las suyas.
– No me respondas ahora – dijo él – , pero ¿te gustaría ir al baile de bienvenida conmigo?
Cortó su respuesta llevándose a la boca la mano que tenía libre y apretándose los labios con el índice para pedirle silencio.
– No me respondas todavía. Por ahora… sólo quiero disfrutar de la posibilidad de que aceptes.
Cuando Phoebe se soltó y empezó a caminar hacia su casa todavía notaba el subidón de miedo, de nervios o de ambas cosas. No estaba muy segura.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 2:47 am

Capitulo 22
Transcrito por Dara

TOMMY LEÍA EL ARTÍCULO con voz fría y firme. Adam que lo observaba desde otro lado de la habitación, se daba cuenta de que Tommy estaba muy enfadado.
– «Los asaltantes utilizaron escopetas y un lanzallamas contra Dickinson House, un refugio de capital privado para pequeños con discapacidad vital al norte de Springfield (Massachusetts). Siete discapacitados vitales y dos empleados fallecieron en el incendio. Un tercer empleado llamado Amos Burke afirmó que los asaltantes eran "dos hombres con uniformes negros, gafas oscuras que escaparon en una furgoneta blanca". JW también comentó que "dos de las personas con diferente factor biótico que residían en Dickinson House consiguieron salvarse de la destrucción, pero, a juzgar por las quemaduras sufridas probable que desearan no haberlo hecho". "Juro que los zombis estaban gritando – siguió diciendo Burke –, pero no sabía si era de felicidad o de dolor". Burke estaba en el refugio haciendo trabajos para la comunidad después de que el juez lo condenara por intentar robar una licorería en Northampton.»
Tommy dejó el periódico en el regazo, y la clase guardó silencio durante unos minutos.
– Gracias por compartirlo con nosotros, Tommy – le dijo Angela –. Estoy segura de que no te ha resultado fácil leerlo.
– No me lo puedo creer – intervino Phoebe –. ¿Por qué no ha salido en la televisión? Mis padres ven la CNN dos horas todas las noches, por lo general, y no había oído nada.
Karen sacudió la cabeza, y Adam observó cómo sus ondas de platino flotaban de un lado a otro.
– Pasa continuamente. Asesinan... a zombis por todo el país y casi... nunca... sale en las noticias.
– Es una locura – dijo Thorny –. Ni siquiera puedo creerme que algo así pase en Estados Unidos.
Adam se preguntó si Thorny sería de verdad tan crédulo o se lo hacía. También se preguntó, teniendo en cuenta su última conversación con Pete Martinsburg, dónde estaría Sylvia. Dudaba mucho que sus compromisos sociales la estuviesen apartando de las clases.
– ¿Qué opináis los demás? – preguntó Angela –. ¿Creéis que esto está pasando de verdad?
– Algo... está pasando – respondió Evan –. ¿Cómo iban... a ponerlo... en las noticias?
– A mí lo que me interesa es... por qué no lo han puesto en las noticias – repuso Karen –. The Winford... Bulletin es un periódico pequeño. ¿Por qué ellos tienen la historia y The Harl ford... Couranto?
– Si me pregunta por mi opinión – añadió Tommy –, yo creo que alguien está... matando zombis.
– ¿De verdad? – preguntó Angela.

– Lleva pasando desde... Dallas Jones. Lleva años pasando, pero ahora parece más... sistemático. Y mire cómo el periodista ha sentido la necesidad de... desacreditar al testigo.
– ¿Por qué no dan más difusión a la historia? – preguntó Adam, echándose hacia delante –. Han muerto nueve personas.
– Han muerto dos personas – lo corrigió Karen, susurrando –. Y siete han vuelto a morir.
– ¿Qué... – empezó a decir Colette, que estaba sentada con Kevin Zumbrowski al fondo del cuarto; todos se volvieron hacia ella – están... haciendo... por... los dos... que... sobrevivieron?
– Se han puesto en contacto con nosotros y esperamos que puedan enviarlos aquí para que los ayudemos – respondió Angela.
– Sufrieron quemaduras... graves... en más del ochenta por ciento... del cuerpo – dijo Tommy. Adam se dio cuenta de que la rabia hacía que tuviese más problemas para hablar.
– ¿Vosotros podéis sentir dolor? – le preguntó Thorny.
– Sí – respondieron Tommy y Karen, y Tayshawn y Evan respondieron lo mismo.
Angela se dirigió a Tommy y le preguntó:
– ¿De verdad?
A Phoebe le pareció que su pregunta era genuina. La eterna expresión de calidez y empatía de Angela había dado paso a una expresión de curiosidad, como si se pusiera en duda una hipótesis bien asentada.
– No sentimos... mucho – respondió Tommy –, a no ser que el... estímulo... sea intenso. – Angela asintió –. Una vez... me... dispararon... con una flecha. Dolió.
Ahora le tocaba a Phoebe sorprenderse. No había leído nada sobre el tema en el blog.
– Sientes más cuanto más... vuelves – dijo Karen.
– Esperamos poder ayudar a esos pobres niños, igual que estamos ayudando a Sylvia – les aseguró Angela, sonriendo a Adam –. Dickinson House tenía una reputación maravillosa por su trabajo con chicos con DFB, pero estoy segura de que – sufrir este trauma les habrá supuesto dar un paso atrás.
Adam quería preguntarle cuáles eran los planes concretos de – la fundación para aquellos chicos.
– ¿Qué? – preguntó Angela, y él se dio cuenta de que la había estado mirando fijamente –. Adam, ¿querías añadir algo? – insistió, en un tono algo desafiante.
– Sí, bueno, ha mencionado a Sylvia, ¿no? – respondió él, después de aclararse la garganta.
– Sí. Sylvia no está hoy en clase porque participa en unas pruebas que, esperamos, la ayudarán a desarrollarse mejor. – Miró hacia la parte de atrás de la sala, donde estaban sentados Colette y Kevin –. Si todo va bien, debería servir para impulsar el desarrollo de todos los chicos con DFB. – Eso es genial – comentó Adam.
– Eso pensamos nosotros. Sin embargo, en cuanto a los crímenes de los que nos ha hablado Tommy...
Adam asintió, aliviado de que Pete todavía no hubiese cumplido su promesa. Al pensar en Pete, se le ocurrió algo.
– Sí, lo que me gustaría saber es qué pasaría si realmente hubiera una especie de grupo que se dedicara a cazar chicos muertos. ¿Cómo se las apañaría?
– ¿A qué te refieres?
– Los chicos muertos... los chicos muertos ya no son ciudadanos –respondió–. No tienen derechos, ¿verdad?
– Adam, ya sabes que la Fundación Hunter está comprometida con los derechos...
– Sí, sí, ya. No estaba hablando de eso. Quiero decir que la tarjeta de la seguridad social vence cuando la palmas, ¿no? Así que nadie guarda un registro de los chicos muertos, ¿verdad?
– Leí en alguna parte que podría haber unas tres mil personas con diferente factor biótico en Estados Unidos – comentó Thorny.
– Sí, yo también hice los deberes de la semana pasada – contestó Adam –. Y ahora hay dos chicos muertos en Canadá; genial. Pero son estadísticas, no registros.
– Tiene razón – añadió Phoebe –. Leí por ahí que la documentación sobre los discapacitados vitales es muy escasa porque se empezaron a cuestionar muchas de nuestras leyes. Se presentó un proyecto de ley que requería la inscripción obligatoria...
– La ley de ciudadanos no muertos – la interrumpió Ángela –. Uno de los muchos proyectos de ley inspirados por el miedo que rechazó el Congreso. El senador Mallory, de Idaho, lo presentó comparando a los afectados con los inmigrantes ilegales.
– Muchos... padres... no quieren que nadie sepa... que su hijo... ha muerto – comentó Evan –. Mis padres... no dejaron... que mi muerte saliese en el periódico.
– Y no tenemos seguridad social, ja, ja – dijo Karen –. Ni siquiera puedo sacarme el carné de la biblioteca.
– Lo dices en broma, pero se trata de un asunto serio – repuso Ángela –. No podéis salir legalmente del país. No podéis votar ni conducir.
– Pero... quieren... reclutarnos... de todos modos – dijo Tayshawn.
– Es cierto. Existe un proyecto de ley que exige el servicio militar obligatorio para todas las personas con DFB en un plazo de tres semanas a partir de su muerte tradicional.
– ¿Cómo pueden hacer eso? –Preguntó Phoebe—. Algunos sólo tienen trece años, ¿cómo vamos a mandarlos a la guerra? No tiene ningún sentido.
– Tiene mucho sentido – repuso Tommy –. Para deshacerse... de nosotros.
– No creo que el Gobierno quiera esperar a que su organización secreta acabe con nosotros – dijo Karen –. Supongo que sería más... rápido hacer que todos nos inscribiéramos en un registro y enviarnos a Medio Oriente.
– ¿Por qué crees que es una organización del Gobierno? – le preguntó Adam.
– ¿Quién más iba a tener los fondos o el interés necesario? Si el movimiento por los derechos de los no muertos tiene éxito, si se aprueba la Proposición 77, el Gobierno tendrá que gastarse una cantidad considerable del dinero de los impuestos en... la creación de la infraestructura. Seguramente les resultará más... rentable... comprar unos cuantos trajes negros y un par de lanzallamas.
– ¿Sentís que podéis hacer algo al respecto? ¿U os parece que lio podéis controlar la situación? –preguntó Ángela.
– Creo... que tenemos que seguir... recordando a la gente... que estamos aquí – respondió Tommy –. Tenemos que cuestionar las percepciones... de los vivos.
– Lo que necesitamos son armas – repuso Tayshawn.
Adam se preguntó si sería el único que se había dado cuenta de que, de repente, Tayshawn no hacía pausas al hablar.
– Vamos a hacer un descanso – sugirió Ángela.

Cuando terminó la clase y salieron al largo pasillo gris que daba a la entrada, donde les esperaba la furgoneta de la fundación (y se fijó en que era una furgoneta azul y no blanca), Phoebe decidió hacer algo para disipar un poco la nube que se había posado sobre ellos.
– Eh, Tommy – dijo, dándole con el hombro. Él la miró –. Sí.
El chico tardó un segundo en darse cuenta de lo que quería decir, pero, cuando lo supo, esbozó una amplia sonrisa, y ella le dio otra vez con el hombro antes de salir corriendo delante de él por el pasillo.
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 3:07 am

Capitulo 23
Transcrito por xEmilyx
PHOEBE DIO LA NOTICIA bomba durante la cena; viéndolo en retrospectiva, ella misma reconocía que no había sido una idea demasiado inteligente.
- Voy a ir a la fiesta de bienvenida de este año – dijo -. Con Tommy Williams.
Su madre estaba encantada, pero sólo porque no había visto la reacción de su padre, que se estaba llevando una cucharada de la sopa de cebolla que había hecho su mujer (una de sus recetas favoritas) a la boca; bajó la cuchara.
- ¿Tommy Wlilliams? ¿No es ése el chico muerto?
Su madre ahogó una exclamación.
- Ahora, los llaman personas con diferente factor biótico, papá - respondió Phoebe, sin poder evitar alzar la voz.
- Me da igual cómo los llamen, no vas a ir a ninguna fiesta con un chico muerto.
- ¿Qué?
- Cielo - intervino su madre -, ¿es eso verdad? ¿Quieres ir a un baile con un chico con diferente factor biótico?
- ¿Qué más da qué... qué factor biótico tenga?
- Por amor de Dios, Phoebe, ser amigos está bien; puede que sea un poco raro, pero está bien - repuso su padre -. Pero ¿tener una cita con él? ¿Qué es eso? ¿Por qué no puedes ir con el hijo de los Ramírez o algo así? ¿O con Adam?
- ¡Porque me lo pidió Tommy!
- ¿De verdad, Phoebe? - Insistió su madre -. ¿Un chico, con diferente factor biótico?
- Sabía que pasaba algo, cuando me pediste que te llevara al partido de fútbol - dijo su padre.
- No está pasando nada. Tommy sólo es mí...
- Pero, pensé que lo mejor era seguirte la corriente...
- ...mi amigo, somos amigos...
- ... porque creía, que por fin te interesaban cosas normales y sanas.
- ¿Cosas normales y sanas? - Repitió ella, con un tono de voz más agudo, a pesar de las lágrimas.
- Sí - respondió su padre, mirándola con el ceño fruncido -. ¡Los chicos, por ejemplo! ¡Los chicos vivos! – Phoebe, lo miró, dio un golpe en la mesa y se levantó-. Vuelve a sentarte ahora mismo, señorita -le dijo él, pero ella se fue a su cuarto hecha una furia.
Cerró la puerta; estuvo a punto de hacerlo de un portazo, pero se controló, porque no quería darles esa satisfacción. Puso su equipo de música a tope y se tiró en la cama.
Su madre entró un rato después.

-Hola, Phee -dijo, llamando a la puerta mientras la abría.
-Hola -respondió Phoebe, intentando no lloriquear. Su madre se sentó a su lado en la cama y se puso a alisar la colcha.
-Tu padre no pretendía ponerse así, pero a veces le pasa.
-Lo sé -diio Phoebe, rompiendo a llorar de nuevo- Sé que cuesta aceptarlo, pero de verdad que sólo somos amigos.
-Eso está bien, cariño.
Guardaron silencio un instante, y Phoebe, cerró los ojos y dejó que su madre le acariciase el pelo.
-Yo nunca he tenido el pelo tan negro, ni tan reluciente. Ya sabes, que papá sólo quiere lo mejor para ti; igual que yo.
-Ya lo sé, mamá.
-Entonces, ¿entiendes que nos preocupe que vayas a un baile con un... con un chico con diferente factor biótico? ¿Es ése el término?
-Supongo que sí. Pero, de verdad, no es más que un baile. -Se sentó e intentó interpretar la expresión de su madre.
-Phoebe, el instituto es una época muy especial. Muy especial y muy corta. Tienes unos cuantos años buenos. Los últimos años de tu vida, en los que estarás realmente protegida. Dentro de muy poco, te irás a la universidad, después conseguirás un trabajo y quién sabe qué. -Phoebe pensó en Colette y en los demás, y se preguntó hasta qué punto podía estar protegida una persona. Sin embargo, guardó silencio y dejó que su madre llegase a la conclusión, a la que intentaba llegar-. Phoebe. ¿Te imaginas repasando tu álbum de recortes dentro de veinte años para recordar los que, en teoría, fueron los mejores años de tu vida? ¿Te imaginas hojeando las fotos de la graduación y los anuarios, y encontrándote allí con un chico muerto vestido de esmoquin? ¿De verdad es eso lo que quieres?
A Phoebe, se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas. Se sentía, como si le hubiesen dado una bofetada. Era casi como si observara desde fuera, aquella conversación con su madre y, en el fondo, supiera que aquél era el momento que iba a recordar: la reacción de sus padres, ante una de las primeras cosas que le importaban de verdad-. ¿Entiendes lo que te digo, Phoebe? ¿Es ése el recuerdo que quieres?
Phoebe, cerró los ojos y esperó un rato antes de abrirlos.
-Mamá, entiendo lo que me dices.
-Sabía que lo harías, cielo.
-Pero creo, que tú también necesitas entender algo -añadió, después de respirar hondo-. Los mejores años de tu vida. Esos años de los que me hablas... Tommy y los otros chicos, no los tendrán, ¿entiendes? Se los han quitado. ¿Qué recuerdos les van a quedar? ¿Las piedras que les tiraban sus compañeros? ¿Que se pasaron la noche de la graduación escondidos por miedo a que alguien los arrastrase a campo abierto y les prendiese fuego?
-Entonces, ¿lo haces por caridad?
-No. No, es por amistad. Es lo que estaba intentando deciros a los dos, pero no me escucháis.
-Phoebe -dijo su padre, desde la puerta–. No es sólo por eso. ¿Recuerdas a la gente del partido? ¿Qué crees que harán si se enteran de que un discapacitado vital, va a llevar a una chica viva a un baile del instituto? El no será el único al que tiren piedras. También te caerán a ti.
-Papá...
-Escúchame un segundo, Phoebe. ¿Sabes cómo nos sentiríamos tu madre y yo si te pasara algo? Ya has visto a esa gente. Estaban locos. ¿Sabes cómo nos sentiríamos si te hicieran daño?
Phoebe, se sentó en la cama. De repente, las lágrimas se le secaron.
-Podrían hacerme daño. -Su padre cruzó los brazos y se apoyó en la jamba de la puerta-. Podrían pasarme mil cosas diferentes: me podrían tirar rocas; el autobús podría estrellarse; alguien podría echarme por encima un cubo lleno de sangre de cerdo, y yo podría hacer estallar el instituto con mis poderes telepatéticos.
-Phoebe...
-Espera, papá. Espera. ¿Y si me pasara algo? ¿Y si me mataran?
¿Y si muriese?
-No te pongas histérica, Phoebe.
-Sólo estoy haciendo una pregunta. ¿Y si muriese? Seguro que los padres de Colette, tampoco pensaban que algún día tendrían que hacer frente a esa pregunta. –Sus padres parecían incómodos-. ¿Y bien? ¿Querríais que volviera?
-Claro que sí -respondieron los dos a la vez.
Phoebe, no había estado segura de la respuesta, pero, ahora que la tenía, se alegraba de haber preguntado.
-La madre de Tommy, también quería que volviese. Y lo hizo, y así es el mundo ahora. Podemos fingir, pero no podemos ocultarlo. Y podéis fingir que tenéis el poder necesario para protegerme y librarme de las consecuencias de todas las decisiones que tome en la vida, pero no podéis. Todas las acciones tienen sus consecuencias. Puede, que vaya al baile y que lo peor que pase, sea que Tommy, se sienta normal por un ratito. Puede, que incluso me divierta. O puede que me griten, me marginen y tenga que escabullirme por la puerta de atrás. Pero ¿sabéis qué? Prefiero vivir con las consecuencias de mi elección, que con las consecuencias del miedo. De vuestro miedo.
-Buen discurso -dijo su padre, y Phoebe, entrecerró los ojos-. No, en serio. Seguramente es el discurso que tendría que haberte dado yo, en vez de comportarme como un idiota.
-Papá.
-Eres una chica responsable, Phoebe. Eres buena. Siempre hemos podido confiar en que no hicieses ninguna estupidez. Puede que hubiese preferido que tuvieses gustos diferentes en ropa y música, pero no parece que eso te haya perjudicado. -Hizo una pausa para pasarse una mano por el pelo, oscuro y tupido-. Pero ¿crees que también pondrías en peligro a otros chicos?
-No le daremos mucho bombo, papá. Nadie tiene por qué saberlo, hasta que lleguemos allí. Si pasa algo, me iré. Incluso te llamaré, si quieres.
-Este... chico, no puede conducir, ¿no?
-Va a alquilar una limusina.
-Ya.
Phoebe, sabía que su padre era lo bastante listo, para percibir que había otra historia detrás de su contestación, pero también lo era, para decidir que ya habían tenido demasiada guerra por una noche.
-¿Podemos pensárnoslo? -Dijo su padre.
-Lo vais a hacer de todos modos –respondió ella, sonriendo.
El la abrazó. Ella se sentía frágil, como si una palabra equivocada de sus padres, pudiera romperla en mil pedazos. Ellos parecieron darse cuenta, al levantarse para salir del cuarto.
-Te hemos guardado sopa -le dijo su madre.
-No tengo hambre -respondió Phoebe, intentando sonar lo bastante alegre para que la creyeran-. ¿Os parece bien que llame a Adam?

“El chico muerto está cantando -pensó Pete-. Increíble.”
Pete estaba agachado detrás de un arbusto con Stavis y Morgan. Harris, al lado de la propiedad del chico muerto, y el chico muerto cantaba mientras trabajaba, berreando la canción con su aguda voz monótona y sin inflexiones.
-Wouldn´t it be... nice... if we could wake up -cantaba el chico pelirrojo, haciendo pausas para pasarse la mano por el pelo. Pete, se rió al verlo pasar la máquina cortadora de malas hierbas, alrededor de la alcantarilla, justo al borde de un anillo de tulipanes mustios y marrones, apagados por los primeros fríos de octubre.
-¿Te lo puedes creer, tío? -Dijo Pete, viendo cómo pasaba el ruidoso cacharro por uno de los tulipanes, levantando una lluvia de confeti de pétalos secos. No se molestó en susurrar, aunque, Stavis y Morgan, tenían cara de desear estar en cualquier otra parte.
Levantó una pesada maza que tenía el borde romo de tantos años cortando leña.
El chico muerto, había tenido que tirar doce veces de la cuerda, para arrancar el cortador, y resultaba casi doloroso ver cómo sus muertas extremidades, con sus movimientos entrecortados, intentaban devolverle la vida a la máquina.
“Ja, ja”, pensó Pete.
Llevaba semanas planeándolo. Dos jueves seguidos se habría dado cuenta de que los coches de los Talbot, no estaban delante de su casa, cuando volvía del entrenamiento, y el patrón se repitió el tercer jueves. Había visto cómo el chico muerto hacía tareas en el patio esos mismos días; primero, recogía las ramas que, se habían caído o rastrillaba hojas, pero siempre acababa con el cortador de malas hierbas. Le encantaba aquel cacharro. Pete, se preguntó si podría sentir las vibraciones de la máquina a través de sus dedos muertos.
Los Talbot, vivían en una calle sin salida de Oakvale Heights, la más bonita de las dos urbanizaciones principales de Oakvale.
En el bosque que había además de su casa, había senderos que llevaban al lago, y Pete, se imaginaba que allí, en el oscuro corazón del bosque, había un nido de asquerosos zombis. Soñaba con ellos y, al despertarse, fantaseaba con prender fuego a los árboles.
Un ruido similar a la risa, salió de la garganta del chico muerto, cuando no logró llegar ni de lejos a una de las notas agudas de la canción, mientras pasaba el cacharro por la base de un roble.
Pete, corrió hacia él, levantando la pesada maza sobre la cabeza.

Adam, cogió el disco volador.
-¿Se lo dijiste durante la cena? Phoebe, no se puede ser más típica.
-Lo sé, tan oportuna como siempre.
Phoebe, llevaba puesta una sudadera negra con capucha, lo bastante grande para que le sirviese a Adam, con las mangas colgando hasta las puntas de los dedos. Adam, le había dicho que parecía el fantasma de las Navidades futuras.
-¿Qué hicieron? ¿Alucinaron?
-¿Tú qué crees? -Respondió ella, y el Frisbee, le rebotó en los nudillos-. Mi padre estuvo a punto de echar la sopa por la nariz. Sopa de cebolla, nada menos.
-Bonita imagen. ¿La de tu madre?
-Sí.
-Qué pena, tu madre sabe hacer una sopa estupenda.
La vio recoger el disco del césped. Estaba chupándose los nudillos, que se le habían abierto con el golpe del Frisbee.
-Sí, cierto.
-Bueno, ¿y eso dónde te deja? ¿Te van a dar permiso para ir?
Ella asintió, enviándole el disco con su lanzamiento especial con efecto de retroceso. Él lo atrapó sin problemas.
-Sí, les di un gran discurso sobre sus preocupaciones y bla, bla, bla, y creía que mi madre lo entendía, pero me parece, que ahora le preocupa que quiera poner sobre la chimenea mi foto del baile de graduación con un chico muerto. Además, creo que insinuó que le preocupaba que yo fuera lesbiana.
-Buf -respondió él, devolviéndole el disco-. ¿Lo eres?
-Claro, por supuesto.
Adam, le lanzó el siguiente muy por encima de la cabeza para poder verla correr; las largas mangas de la sudadera rozaban el césped artificial, mientras salía disparada por el campo.
-Pero hicieron algunos comentarios buenos -siguió diciendo, con la respiración entrecortada-. Ni siquiera se me había ocurrido, que a la gente se le fuera la pinza si se enteraba.
-El resurgir de la segregación. Tienen razón; yo de ti no, diría nada.
-¿Has dicho resurgir?
-He estado estudiando -respondió él-. Me han contado, que a las tías, les gustan los vocabularios amplios, y todavía no tengo pareja para la fiesta.
-¿Y como se llame?
-¿Qué pasa con ella? Bueno, ¿me vas a decir de una vez si vas en serio con el chico muerto o qué?
-Por favor -contestó ella, atrapando uno de sus tiros de gancho-, no sigas por ahí otra vez. Te lo diré en cuanto lo sepa, ¿vale?
-Vale.
-Somos amigos. Lo admiro mucho. Trabaja con ganas para ayudar a otras personas con diferente factor biótico, ¿sabes?.
Adam, lo sabía. Cuando Tommy, hablaba en la clase de estudios de DFB, se transformaba en una especie de carismático líder de los muertos vivientes. Y los estudiantes, tanto vivos como muertos, estaban atentos a cada una de sus palabras. Resultaba difícil no admirarlo.
-Crees que soy una pirada, ¿no?
-Nah -respondió él, preguntándose, si la respuesta significaría mucho para ella. El Frisbee, le rebotó en la palma de la mano, un error poco frecuente-. La verdad, es que, si tuviese valor para hacerlo, se lo pedirla a Karen. -No podía ver la expresión de Phoebe, debajo de la capucha. Pero esperaba que se sintiese contenta y aliviada-. Está buena.
Phoebe, se rió y se ofreció a invitarlo un batido en el Honeybee Dairy, que, curiosamente, le parecía el sitio perfecto en una noche tan fría como aquella. Pasaron junto a un par de coches de policía, que corrían en dirección contraria, hacia Heights, con las luces puestas, y las sirenas aullando…, algo muy raro en su ciudad, que era bastante tranquila.
Adam, supuso que no auguraba nada bueno, pero por el momento, se alegró de poder estar con Phoebe y fingir que el tiempo que pasaban juntos, era algo más de lo que en realidad era.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 3:30 am

Capitulo 24
Transcrito por xEmilyx

PHOEBE, TUVO TIEMPO PARA la introspección en el viaje en autobús al instituto, del día siguiente. Como Adam, iba en la camioneta, Margi, estaba escondida en la parte de atrás del autobús, con los ojos cerrados y los cascos puestos, y Tommy, se sentaba con Colette, en vez de con ella, se encontraba sola.
Se puso los cascos y eligió un antiguo álbum de The Gathering, mientras se preguntaba por qué Tommy, parecía pasar de ella. ¿Se arrepentía de haberla invitado al baile?
En el autobús, había otros chicos, pero todos tendían a evitar a Margi y a ella, tanto como a sus compañeros de distinto factor biótico. Algunos estudiantes de atrás, casi todos de primer año, estaban haciendo el gamba y contando chistes de zombis.
-¿Qué es un zombi en un jacuzzi? -Oyó decir a uno.
Phoebe, vio que un avión de papel volaba hacia la parte delantera del autobús, pasando por encima de los asientos de Tommy, y Colette. Tommy, se volvió; su cara que no solía transmitir nada, era la viva imagen del odio. Phoebe, se enderezó en su sitio y los alborotadores guardaron silencio, hasta que llegaron a la acera de Oakvale High. Nadie se movió de sus asientos, hasta que Colette y Tommy, salieron del autobús.
Los vio dirigirse al instituto. Tommy, estaba muy cerca de Colette, casi encima de ella, mientras subían las escaleras. Lo vio arrancarles la sonrisa de la cara a algunos chicos con tan sólo una mirada.
Phoebe, salió corriendo del autobús y entró en el edificio para intentar alcanzarlos. Vio que Tommy, llevaba a Colette, del brazo y lo siguió por el pasillo, hasta que, dejó a la chica en su aula. Sabía que, como el grado de desarrollo de Colette, era bajo, la habían metido en una clase de apoyo, a pesar de que cuando estaba viva era de las primeras de la clase. Sin embargo, los padres de Colette, la habían abandonado, y Phoebe, suponía que en la misión de St. Jude, nadie sabía lo lista que era..., o que había sido.
Deseó volverse invisible, cuando Tommy, volvió al pasillo después, de comprobar que Colette, entraba en su aula. Se escondió detrás de un grupo de taquillas y esperó a que pasara. Él ni siquiera se dio cuenta y siguió caminando; Phoebe, notó que llevaba los puños cerrados.
Lo siguió, lo que resultaba fácil, ya que, los demás estudiantes se esforzaban por no tocarlo. El chico fue a su taquilla, que se abrió de golpe, después de tres firmes giros de muñeca. El poema de Phoebe, era el único adorno en el interior.
Phoebe, se abrazó a sus libros, antes de acercarse a él.
-¿Tommy? -Preguntó. Él no se volvió y siguió sacando los libros de la mochila y colocándolos en una ordenada pila en el estante superior de la taquilla-. Tommy, ¿estás enfadado conmigo? -El se volvió hacia ella, con una expresión indescifrable-. Tu forma de comportarte me confunde, Tommy. ¿He hecho algo malo? -Tommy, la miró, pero no dijo nada-. ¿Qué pasa? ¿Es por el baile? -Las facciones de Tommy, se suavizaron un Poco.
-Han... matado... a Evan -respondió, y cerró de un puñetazo la puerta de la taquilla, con tanta fuerza, que el golpe retumbó en los pasillos.
Al principio, Phoebe, no lo entendió, pero, cuando su mente comprendió lo que le había dicho, sintió un escalofrío.
-Oh, Tommy -dijo, y le puso la mano en la mejilla, sin hacer caso de las risitas de los estudiantes, que pasaban por allí y hacían comentarios desagradables, sobre la chica gótica y su novio muerto.
Ella sólo podía pensar en Tommy y, en aquel momento, le daba igual quién lo supiera.

El féretro permaneció cerrado, durante el segundo funeral de Evan Talbot. Phoebe, estaba con Adam, Tommy y Karen, mirando la caja negra, justo antes de que la introdujesen en el agujero.
Estaba apoyada en Adam, agarrada a su brazo, e intentando sacar fuerzas de él, mientras lloraba sin parar.
Se imaginaba a Evan, abriendo lentamente la tapa del ataúd y pidiéndoles ayuda, con su aguda voz burlona, retumbando en aquella prisión revestida de satén. Lo veía saliendo del féretro, de un salto, igual que había salido de debajo de la lona de pintor, aquella noche de lluvia que habían pasado en la Casa Encantada, con el pelo naranja alborotado sobre la cara sonriente, como un payaso.
Sin embargo, no pasó nada de eso.
Miró a los Talbot, reunidos delante de la pequeña multitud, que se había reunido para ofrecerles sus condolencias. Angela y su padre, los dos con ropa a medida de color negro puro, estaban a su lado. Alish, se apoyaba en su bastón de caoba; llevaba una larga bufanda gris, que le protegía el escuálido cuello del viento helado.
Phoebe, intentó imaginarse el dolor que sentían los Talbot.
Perder a su único hijo... otra vez. ¿Cómo podían soportarlo?
Justo entonces, la señora Talbot, miró hacia atrás, hacia donde estaban Phoebe y sus amigos. Volvió a mirar al frente y se apoyó en su marido, que la sostuvo, e intentó que dejase de temblar. No lo consiguió.
-Los misterios de la muerte, se han multiplicado en los últimos años -dijo el sacerdote. El padre Fitzpatrick, era un hombre joven y fuerte que, según había sabido Phoebe, estaba a cargo de la misión de St. Jude. Lo vio mirar a cada miembro del cortejo, uno a uno a los ojos, antes de alzar la vista al cielo-. Nadie, salvo nuestro Señor, sabe por qué Evan Talbot les ha sido arrebatado a sus padres..., no una, sino dos veces.
Phoebe, se oyó llorar como si estuviese viéndose desde lejos.
Era como si flotase sobre su cuerpo y mirase las coronillas de los asistentes y la superficie lacada del ataúd. Vio a la directora Kim, al fondo, vestida con un discreto traje gris, secándose los ojos con un pañuelo de papel arrugado. El padre Fitzpatrick, siguió con su elogio.
-Pero ahora, me gustaría pensar que Evan Talbot, contribuyó de algún modo al plan divino de Dios, al objetivo que Él, en su infinita sabiduría y eterno amor, tiene preparado para cada uno de nosotros. Me gustaría pensar, que El, no desea que nos aflijamos por la segunda muerte de este chico, sino que reflexionemos sobre su segunda vida, esa vida que sus padres, quizá iluminados por la sabiduría y el amor divino, decidieron aceptar como el regalo que era. Podemos debatir sobre si Evan, estaba vivo de verdad o no, cuando regresó a nosotros. A diferencia de muchos, yo creo que es una cuestión espiritual y no científica.
Hizo una pausa. A Phoebe, le pareció ver su propio reflejo en la brillante superficie del ataúd y pensó en Margi, que había sufrido un ataque de histeria, junto a su taquilla, cuando Phoebe, le sugirió ir juntas al funeral. El reverendo Mathers, seguramente aceptaría sin vacilación, la idea del padre Fitzpatrick, de que se trataba de una cuestión espiritual; aunque, por el contrario que Fitzpatrick, era poco probable que tuviese algo positivo que decir al respecto. Había multitud de líderes religiosos, dentro de la Iglesia Católica, que también estaban de acuerdo con Mathers; al celebrase el rito funerario, Fitzpatrick, se arriesgaba a recibir críticas e, incluso, censura.
El sacerdote dejó caer un puño sobre la palma de la mano, y el sonido de la palmada devolvió a Phoebe, a su cuerpo.
-Sin embargo, hay algo que no puede negarse: Evan Talbot, decidió tomar su regreso como una bendición. Evan Talbot, utilizó su segunda... oportunidad, vida o como queramos llamarla, para intentar que el mundo comprendiera. Utilizó su regreso para educar a los que no entendemos por lo que están pasando él y otros como él, e intentó ser un ejemplo positivo para los que lo entendemos demasiado bien. Lo hizo a través del humor, de la alegría, de su personalidad despreocupada. Impulsado por el amor incondicional de su familia y amigos, sobre todo de sus padres, Evan, intentó marcar la diferencia -siguió diciendo, puntuando cada palabra con otro golpe del puño en la palma-. Y, al marcar la diferencia, estoy seguro de que Evan Talbot, cumplió con el plan que Dios tenía para él en la tierra.
Phoebe, miró a sus amigos a través de las lágrimas, buscando alguna señal, de que creían lo mismo que Fitzpatrick. Le costaba, imaginarse a un Dios, que exigiera semejante misión (morir, resucitar y volver a morir) a un chico de catorce años. Karen y Tommy, parecían estatuas y, Karen llevaba los ojos cubiertos por un velo de gasa negra. Los secos ojos de Tommy, miraban al frente, al infinito, al parecer. ¿También se preguntaba cómo sería estar allí abajo, en la oscuridad, con el olor a madera, satén y podredumbre en las fosas nasales?
¿O no tenía que preguntárselo porque le bastaba con recordarlo?
Adam, sólo parecía enfadado y se volvía de vez en cuando, como si examinara las filas de tumbas del cementerio de Winford.
-Oremos -dijo el padre Fitzpatrick.
Phoebe, se volvió y vio que una sola lágrima caía por debajo del borde del velo de Karen.
Por segunda vez, sintió que abandonaba su cuerpo, aunque, en esta ocasión, se le doblaron las rodillas y cayó al suelo, desmayada.

Adam, la llevó a clase al día siguiente y, cuando se subió a la camioneta y metió dentro la larga falda negra, pensó que nunca le faltaría ropa adecuada para un funeral. Se rió, aunque era una risa amarga, que retumbó en el aire rancio del interior del coche.
-¿Estás bien? -Le preguntó Adam. Como no respondió, encendió la radio. Phoebe, la apagó.
-No, no estoy bien -susurró la chica-. Estoy aterrada. –Adam, asintió-. Es raro. Ya sabes, todas esas cosas en las que no piensas, hasta que no te queda más remedio. Lo que significa todo.
-Me asusté cuando te desmayaste.
-Ni siquiera me caí, gracias a ti -respondió ella, riéndose, aunque, esta vez de verdad-. Podrías lanzarme por encima del arco del campo de fútbol si quisieras, ¿no?
-Sí, soy la caía de fuerte.
Dejó que sus palabras flotaran en el aire un momento, con la esperanza de hacerla reír, pero no. Cuando Phoebe, se desmayó, no estaba simplemente asustado, sino que, en los últimos tiempos, la idea de que a Phoebe, le pasara algo, le producía un dolor difuso, una frustración que no podía aliviar, por muchas flexiones o ejercicios que hiciera en el campo.
-Pero, yo también me asusto -añadió, suspirando-. Pensé que te gustaría saberlo.
-Eres un buen amigo, Adam, aunque te niegues, a dejarte ver hablando conmigo en el instituto.
Adam, le dio con el hombro... flojito, para no lanzarla a través de la puerta del coche. “Eres un buen amigo, Adam”, esa era la frase que le daba ganas de llorar, casi tanto como el funeral de Evan.
-El mejor. Y no te evito a ti, evito a Daffy. –Phoebe, apartó la vista-. Ay, con lo bien que lo estaba haciendo. Zanja abierta y metedura de pata tamaño extragrande.
-Estoy muy preocupada por ella. No asimila nada de esto (Evan, Colette, Tommy...), y no sé qué hacer, ni qué decirle.
Para estas cosas no hay guiones.
-Te entiendo.
Phoebe, dio una palmada en el salpicadero, algo muy poco propio de ella.
-¿Quién puede haberlo matado? -Preguntó-. La descripción del periódico era horrible, horrorosa. ¿Qué clase de monstruo, es capaz de hacer eso? por no hablar del monstruo que escribió el artículo. No lo habrían escrito así, si no hubiese sido un zombi. Ni siquiera publicaron una esquela.
-Lo sé -respondió Adam, y el volante crujió con la fuerza de sus manos al tensarse-. Creo que sé perfectamente quién mató a Evan.
Cuando ella lo miró, consciente, de repente, de a quién se refería, Adam, deseó haber cerrado la boca.

Phoebe, dejó su bandeja en la mesa y se sentó al lado de Margi, que se comía un racimo de uvas verdes. Estaban en la esquina de la cafetería, de cara a la pared, que estaba pintada de gris industrial.
-Bonita vista -comentó Phoebe. Margi, se comió una uva-. ¿Podemos hablar? –Margi, se encogió de hombros-. Mira, sé que Colette te puso muy nerviosa -empezó, sin saber bien por dónde entrarle; pero su amiga ya estaba sacudiendo la cabeza.
-No es por lo que dijo, sino por lo que hice.
-¿Lo que hiciste? -Preguntó Phoebe-. Lo que hicimos. Yo también le di la espalda.
-Tenía razón en lo que dijo -repuso Margi, sorbiéndose la nariz.
Phoebe, asintió, poniéndole un brazo en el hombro.
-Cuando la gente muere, siempre te preguntas por lo que han pasado, ¿sabes? Te preguntas en qué pensaban. Si creen que los has decepcionado.
-Y ahora sé la respuesta -dijo Margi-, pero, la sabía desde el principio.
-Margi, esto es distinto, tienes una segunda oportunidad. Puedes hablar con ella, si quieres.
-Ya -contestó Margi, no muy convencida.
-No te culpa por su muerte, ni a mí, ni a nadie. Sólo está molesta por cómo reaccionamos cuando volvió. Pero nos perdonará, sé que lo hará. Verá que ningún amigo, es capaz de comprender una cosa como ésa.
-Sí.
-Sí, ¿de verdad? ¿Como en: “Sí, eres tan sabia y lista como siempre, Phoebe”? ¿”Me alegro de que me quieras, yo también te quiero, y seremos grandes amigas para siempre”?
-Sí -repitió Margi, secándose los ojos-. Todo eso.
-Llevamos como dos semanas sin hablar -dijo Phoebe, y le dio un abrazo cariñoso-. Te echo de menos.
-Yo también. ¿Fuiste al entierro?
-Sí, con Adam.
-Siento no haber ido con vosotros, chicos. Lo que le ha pasado a Evan, es horrible. No me lo puedo ni creer. Parecía un chico simpático.
-Fue muy triste. Sus padres parecían..., parecían perdidos, ¿sabes?
-También siento haber dejado la clase. Se me da bien hacer estupideces.
-Seguro que puedes hablar con Angela, o con la directora Kim. Seguro que...
-No se me da tan bien deshacer estupideces. Angela, llamó a mis padres cuando lo dejé, y ellos supusieron que la clase no era nada buena para mi salud mental..., para mi frágil salud mental. Ya sabes cómo son, Phoebe. Nunca entendieron el tema gótico, la música y tal, y mi hermana Caitlyn, es una chica hiperfemenina, con Barbies, vestiditos rosa y demás. -Se quedó callada un segundo-. Supongo, que me he pasado demasiado tiempo mirando las paredes de mi cuarto, así que están preocupados. Quieren que haga terapia y todo.
-¿Otra vez?
-Otra vez, como funcionó tan bien la anterior... Mira lo estupendamente que me adaptó a todo.
Margi, cogió una uva y se la metió en la boca. Phoebe, cogió dos.
-¿Cómo están todos? -Preguntó Margi al cabo de un rato-. Quiero decir, Tommy y los demás. ¿Cómo llevan la muerte de Evan?
-Hoy será duro. Algunos tenemos turno esta noche en la fundación, y mañana, es la primera clase después de... después de su asesinato.
-Me pregunto en qué estarán pensando. Los chicos zombis, me refiero.
-Tommy y Karen, no han hablado mucho del tema.
-Claro -repuso Margi, soltando una risita-. ¿Has visto lo que llevaba puesto hoy? Otra faldita de cuadros, una blusa blanca y calcetines hasta las rodillas. Juro por Dios que se ha puesto zapatos de charol, el look de colegiala católica completo otra vez.
-Está loca -coincidió Phoebe, riéndose-. Es como si la muerte le hubiese dado licencia para actuar como quiera, para hacer lo que quiera. A algunos de los chicos, la muerte los ha asustado, pero ella parece liberada.
-Tenía otra manzana, Phoebe. Lo juro por Dios, se la estaba comiendo. ¿A qué viene eso?
-Estás de coña.
-No, de verdad. ¿A dónde va esa comida? Quiero decir que creía que sus cuerpos no, bueno, que no funcionaban ni nada. Creía que los científicos habían averiguado que era una espora de moho o algo que vivía en su cerebro y que...
-¿Una espora de moho? ¿Dónde has oído eso? ¿En The Enquirer?
-No, de verdad, he oído que...
Una sombra cayó sobre ellas, y Pete Martinsburg, pegó una palmada en la mesa. Las dos dieron un bote.
El chico dejó una hoja de papel arrugado encima y la alisó, procurando no romperla. Se inclinó sobre la mesa y las miró a las dos, primero a una y después a la otra. Phoebe, se tapó más los hombros con su jersey negro.
-Hola, chicas muertas -las saludó, sacándose un rotulador negro del bolsillo de los vaqueros.
-Déjanos en paz, imbécil -respondió Margi, haciendo desaparecer cualquier rastro de fragilidad o inseguridad.
-Sólo queda expresaros mis condolencias -repuso él, entre risas. Quitó la funda al rotulador y trazó una única línea en la página, más o menos por la mitad. Después se acercó el papel a los ojos y asintió, satisfecho; la línea negra se veía a través de la fina hoja. Fue entonces cuando Phoebe, se dio cuenta de que se trataba, de la lista de aceptación en la clase de estudios zombis.
-No tienes corazón -susurró ella.
El se encogió de hombros, tapó el rotulador, dobló la lista y se la guardó, dejando después la mano sobre el bolsillo de la camisa.
-Todavía late, no como el de la mayoría de tus amigos.
Phoebe, con los ojos llenos de lágrimas de rabia, intentó levantarse, pero él la empujó hacia el banco y le dejó las manos encima durante un momento.
-No, no te levantes, nos veremos pronto.
Adam, tuvo que verlos desde el otro lado de la cafetería, porque corría hacia ellos, abriéndose paso entre el grupo de estudiantes.
Pete, le hizo un gesto obsceno y se perdió entre la multitud.
-¿Estás bien? -Le preguntó Adam, a Phoebe-. ¿Te ha hecho daño?
-No -respondió ella, aunque no lo sentía.
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