Black and Blood


 
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 Generation Dead - Daniel Waters

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Dana

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Escorpio Mensajes : 30
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 3:56 am

Capitulo 25
Transcrito por xEmilyx
ADAM, TAMBORILEÓ CON los dedos sobre el volante.
Toqueteó los controles del aire acondicionado, incapaz de encontrar el equilibrio perfecto entre el calor y el aire fresco. Miró por el espejo retrovisor por trigésimo séptima vez.
-Adam, ¿te pasa algo? -le preguntó Phoebe.
Adam, no la miró. Hasta el sonido de su voz era como un subidón de azúcar, aunque él lo hubiese dado por sentado durante muchos años.
-Bueno, no sé, ¿qué podría pasarme?
-Ya, yo todavía no me lo creo -respondió ella, pensando que hablaba sobre Evan, aunque, lo que de verdad le pasaba aquel día, era que la chica de la que quizá estuviera enamorado sentía algo indeterminado por un zombi, y que él la estaba llevando a su cita con dicho zombi.
-Entonces, vamos a la Casa Encantada, ¿no? -Preguntó-. ¿Sólo para recogerlo?
-Ése es el plan -respondió ella, dándole una palmada en el brazo-. Oye, casi se me olvida, ¿tienes ya cita para el baile de bienvenida?
-Sí -respondió él, tragándose el nudo de la garganta.
-¿Karen? -Preguntó ella, dándole otra palmada-. ¿Se lo has pedido a Karen? No se lo habrás pedido a Margi, ¿no?, Bueno, ella me lo habría dicho, creo.
-No y no.
-Oh -repuso Phoebe, perdiendo todo entusiasmo-. ¿A como se llame? -Adam, asintió-. Oh.
El se metió en el camino de tierra que llevaba al camping de casas móviles de Tommy. Tommy, estaba en el pequeño patio, vestido con vaqueros y una camisa de batista. A Adam, le parecía, un espantapájaros muy bien arreglado.
-Ahí está tu chico -dijo, pero Phoebe, ya había bajado la ventanilla para saludarlo. Tommy, le devolvió el saludo.
Adam, vio cómo su amiga salía del camión y se acercaba al zombi dando saltitos. Creyó que iba a abrazarlo o, peor aún, a darle un beso, pero se detuvo antes de llegar, así que, tragó saliva y cerró los ojos con fuerza. Sin embargo, al abrirlos, Phoebe y Tommy, seguían allí, juntos. Había espacio entre ellos, pero le pareció que menos del habitual.
-¿Habéis visto la furgoneta blanca? -Preguntó Tommy, mirando a Adam.
-¿Furgoneta blanca?
Tommy, asintió, y a Adam, le dio la impresión de que estaba emocionado por haberla visto.
-Hace diez minutos, una furgoneta... blanca se dio la vuelta... en el camping.
-No me he dado cuenta -repuso Adam-. La verdad es que no iba pendiente de eso.
-¿Crees... crees que podría ser una de esas furgonetas blancas? -Preguntó Phoebe, tocando al zombi en el brazo.
-No... Lo sé.
-Creo que no nos hemos cruzado con ninguna, tío –repuso Adam-. No nos hemos cruzado con casi ningún coche.
-Oh, Dios mío -dijo Phoebe-. Crees que saben lo de la web, ¿verdad?
Adam se volvió. Unas cuantas casas más abajo había una anciana con rulos en el pelo y bata verde echando comida para gatos, de un gran saco en un cuenco plateado.
-Es sólo cuestión de tiempo -contestó Tommy-. Creo que hay... una furgoneta blanca... esperando para recogernos a casi todos. Quizá.
La anciana levantó la mirada, vio a Adam y saludó con la mano. En su mundo no existían las furgonetas blancas. O eso, o era medio ciega y no tenía ni idea de que vivía al lado de un zombi. Le devolvió el saludo.
-Adam -dijo Tommy-, si vemos una furgoneta blanca..., por favor, no vayas... a la Casa Encantada.
-A sus órdenes, capitán.
El zombi, se movía bastante deprisa cuando quería. Llegó el primero a la camioneta, le abrió la puerta a Phoebe y la, ayudó a subir. Adam, intentó no apretar los dientes mientras arrancaba.

Cuando llegaron a la Casa Encantada, había un chico delgado de pelo negro largo, de pie en el porche. Llevaba una chaqueta de cuero con cadenas plateadas oxidadas colgando de los bolsillos, y parches con los nombres y logos de varias bandas de punk y metal, cosidos en el cuero. Los parches estaban sucios y la chaqueta tan gastada, que se veía lisa y gris en los hombros y los codos.
Parecía estudiar sus arañadas botas de combate negras, así que, el pelo le caía como una cortina oscura, ocultándole la cara.
-Éste es... Takayuki -dijo Tommy, al salir de la camioneta-. Intentad... no dejar que os asuste.
Phoebe, miró a Adam, perpleja, y Adam, le devolvió la misma mirada encogiéndose de hombros. Los dos salieron del coche.
Adam, vio cómo su amiga alcanzaba a Tommy y saludaba en tono alegre al chico del porche, que no se movió, al parecer más interesado en el apagado brillo de sus botas. Sin embargo, levantó la cabeza como una cobra en cuanto Phoebe, puso un pie en los escalones del porche. Phoebe, ahogó un grito, y Adam vio por qué.
Al chico, le faltaba buena parte de la mejilla derecha. Tenía una fina banda de carne en la parte derecha de la boca y una manifiesta falta de piel que dejaba al descubierto todos los dientes hasta llegar a las últimas muelas. A primera vista, parecía estar sonriendo, pero, por la forma en que lo miraba con sus negros ojos, quedaba claro que no.
-Es un error traer aquí a los corazones vivos -dijo el chico muerto, Takayuki; la mejilla hueca le daba a su voz, un extraño ceceo.
Tommy se puso delante de Phoebe.
-Son… mis amigos. Guárdate… los insultos.
-No podemos tener... amigos, entre los bebedores de aire -respondió Takayuki, y Adam, le vio la grisácea lengua, a través, del agujero de la mejilla-. ¿Cuántas veces te lo tengo que recordar?
Karen, salió de la Casa Encantada y pasó dando saltos al lado de Takayuki.
-Perdona. Tak. ¡Me alegro de veros!
Abrazó a Phoebe, con gran teatralidad. A Adam, no se le daba especialmente bien, interpretar el lenguaje corporal de los no muertos, pero, por el sutil movimiento de hombros de Tak, quedaba claro que las acciones de Karen (o la misma Karen) tenían algún efecto en él.
-A Tak, no se le da muy bien la gente, ¿verdad? ¿A que no Takky? Deberíamos conseguirle una entrevista de trabajo como dependiente en Wal-Mart. -Tak, volvió a mirarse las botas-. Entrad -dijo Karen, cogiendo a Phoebe del brazo y haciéndole un gesto a Adam-. Todos se mueren por veros.
Adam, las vio entrar y captó la mirada entre Tommy y Tak.
Se acercó más y vio que el chico muerto, estaba esquelético debajo de la pesada chaqueta de cuero. Tanto la chaqueta, como la camiseta negra tenían agujeros, y en el aire que lo rodeaba flotaba un olor desagradable. Los otros zombis, no olían a nada que Adam, supiera, salvo Tommy y Karen, que se ponían colonia o usaban champú. El olor que le llegaba no era de putrefacción ni de descomposición, sino de algún producto químico.
Procuró darle al chico muerto con el hombro al pasar junto a él.
-Ups, perdona, Sonrisas -le dijo.
El “Sonrisas”, le echó una mirada de puro odio. Levantó el brazo izquierdo con la misma velocidad que el maestro Griffin, pero después abrió el puño, como si invitase a Adam a entrar.
Y, entonces, sonrió de verdad. El efecto resultaba horrible; los músculos de la parte alta del pómulo se estiraban para levantar los restos destrozados de piel, que todavía le colgaban de la cara.
“¿Por qué habré tenido que hacerlo? -Pensó Adam, entrando sigilosamente por la puerta, sin apartar los ojos del rápido zombi-. Como si no tuviese ya suficientes enemigos.”
Se volvió hacia el salón principal a tiempo de ver a Phoebe, abrazar a Colette.
“Bien por ti”, pensó, contento de que Phoebe, no se hubiese quedado helada de miedo, después de su encuentro en el porche con Tak. Colette, le devolvió la sonrisa, más o menos, y Phoebe, le quitó un mechón lacio de pelo castaño grisáceo de los ojos.
Tayshawn, estaba allí, y también Kevin, el gran Mal, y la chica de un solo brazo. Había caras nuevas (aunque ninguna tan llamativa como la de Tak); unos trece chicos muertos en total, aproximadamente.
“Pero no Evan,” pensó. La atmósfera de la casa era diferente sin el chaval, el bufón de la corte de los muertos vivientes. Adam, recordó al chico en la parte de atrás de su camioneta, protegiéndose de la lluvia con la lona. Los chicos con diferente factor biótico, solían emitir unas vibraciones tristonas, pero parecían más huraños todavía sin Evan por allí.
-Vamos a... empezar -dijo Tommy-. Gracias... a todos por venir. Quería hablaros... de lo que le pasó...a Evan.
Takayuki, entró en la casa como una sombra. Adam, oyó los crujidos de su chaqueta de cuero (o de su piel) al cruzar los brazos sobre el pecho. No estaba seguro, pero le daba la impresión de que a Tak, le faltaba un trozo de piel en el dorso de la mano.
-A Evan... lo asesinaron -dijo Tommy-. No hay otra forma de... decirlo. No sé si sería un… acto… al azar, como tantos otros actos violentos contra nosotros… o si formaba parte de... un plan mayor.
Adam, vio que Phoebe, lo estaba mirando y se aclaró la garganta.
-Sé quién mató a Evan -dijo, sintiendo un escalofrío, cuando los ojos de los muertos, se clavaron en él-. Fue Pete Martinsburg.
-¿Lo... sabes? -Preguntó Tommy-. ¿Tienes pruebas?
-Me lo dice el corazón.
-Él mismo, me dijo que lo había hecho -añadió Phoebe, bajando tanto la voz, que apenas era un susurro.
-¿Confías en estos... bebedores de aire, en tus grandes… amigos, y ellos te ocultan algo así?
-No se lo ocultaba... -empezó a decir Phoebe, pero Tommy, levantó la mano, cortándola.
-¿Qué vamos a hacer al respecto, intrépido líder? –Preguntó Tak.
-Se lo... contáremos... a la policía -respondió Tommy, volviéndose hacia él; Adam, vio que había perdido parte de su confianza-. Publicaremos...
El Sonrisas, hizo ademán de escupir, aunque no produjo saliva alguna.
-La policía no hará nada. Las palabras... no harían nada. ¿Cuánto tiempo tardarán… los bebedores de aire... como él... -añadió, señalando a Adam, que se fijó en las largas uñas negras de Tak, aunque, imaginó que estarían pintadas, porque los demás chicos muertos, no las tenían de aquel color- en venir a... exterminarnos… a todos?
-Tu solución -repuso Tommy, sacudiendo la cabeza-, hará... que nos exterminen... mucho más deprisa.
-Algunos tipos de... muerte -respondió Takayuki, esbozando su horrible sonrisa-, son mejores que otros. Escribe tus palabras. Quizá alguien les... preste atención. Los que prefieran... actuar... Que vengan conmigo.
Adam, vio que Tayshawn, era uno de los que preferían actuar.
Unos cinco zombis más, se acercaron a Takayuki, arrastrando los pies.
Karen, también lo hacía, y Adam, vio que le ponía una mano en el brazo a su amigo. Él la miró como si aquella mano tuviese el poder de causarle verdadero dolor físico.
-Tak.
-No, Karen. Disfruta de tu... comité del baile de graduación.
Sigue... fingiendo.
Adam, la vio retroceder un paso, como si le hubiese pegado una bofetada; seguramente habría llorado, de haber podido. Tak, se llevó a su banda de la Casa Encantada.
Guardaron silencio unos segundos, y Adam, miró por la ventana al patio, donde los zombis doblaron la esquina en dirección al bosque de Oxoboxo. Se dio cuenta de que Karen, también los observaba por la ventana.
-Mis... disculpas… por Tak -dijo Tommy, a la sala, aunque se dirigía principalmente a Phoebe-. Reaccionamos… de forma distinta... al contradictorio regalo... de nuestro regreso.
-Claro -respondió Adam, viendo que Phoebe, se sentía incómoda-.
De un modo o de otro, tiene que ser una experiencia traumática. Para todos vosotros.
Los muertos asintieron.
-Sí, sí -coincidió Tommy-. Lo que quería decir antes... era que algunos… no nos quieren aquí. Y ahora que somos... muchos... habrá más… víctimas como Evan Talbot. Debemos tener… mucho cuidado… cuando entremos y salgamos... de esta casa, y de cualquier otro… lugar… en el que nos reunamos. He visto… una furgoneta blanca… en Oakvale. No quiero que nadie... se asuste…, pero los sucesos… de los que los medios... no desean informar al mundo… son muy reales.
Debemos tener cuidado. -Esperó a que el mensaje calase antes de seguir hablando-. Ya hemos hablado del… baile de bienvenida... en Oakvale High. Después haremos una fiesta… aquí... para todos vosotros. Karen… quiere deciros… un par de cosas.
-Sí -respondió Karen, apartándose de la ventana-. Gracias, Tommy. He hablado con la… gente de la misión de St. Jude, y tienen vestidos… y trajes para los que no tengáis… otros medios... Para conseguirlos.
“Así que de eso iba la broma del comité del baile” pensó Adam, notando que Karen, estaba algo alterada. Por su forma de hablar, nadie habría dicho que Karen, era una chica con DFB, pero las acciones del Sonrisas le habían hecho mella.
-Vamos a decorar -continuó ella-. Nuestro DJ, acaba de irse con los otros Jóvenes Ocultos, pero estoy segura, de que podremos... convencerlos... para que vengan. Si no, bueno... nos las apañaremos. Y, a pesar de los votos en... contra..., vamos a invitar a algunos amigos tradicionales.
Tradicionales, por acortar lo de “con factor biótico tradicional”. Adam, le guiñó un ojo y le pareció que el gesto reavivaba el brillo en la chispeante mirada de Karen.
-Yo me encargo de los refrescos y las bolsas de patatas fritas - comentó. Karen y Tommy, sonrieron, pero la broma no caló en el resto del grupo, ni siquiera en Phoebe, que parecía abochornada.
Adam, se arrepintió un poco y se dio cuenta de que echaría mucho de menos a Evan y su loco sentido del humor.
-Me voy a casa... por el bosque -dijo Tommy-. Karen y yo... tenemos cosas que hacer.
Adam, se volvió para no ver la cara de decepción de Phoebe.
-¿De verdad? -Dijo la chica-. Es un camino muy largo y se hace tarde. ¿Por qué no vuelves con nosotros?
-No, gracias. Que sea tarde no significa nada para nosotros. No nos... Cansamos. No dormimos.
-Viene bien para los exámenes -comentó Adam-. Pegarte el curro la noche anterior como si nada.
-Sí.
-¿Va a tener problemas el Sonrisas? -Preguntó Adam, y Phoebe, le dio un puñetazo en el brazo.
-Tarde o temprano -respondió Tommy, después de pestañear.
Adam, ya se lo suponía.
-Bueno, gracias por la invitación. Hasta mañana.
-Buenas noches.
Adam, se volvió, para no tener que verlos besarse, si eso era lo que pensaban hacer. Oyó a Phoebe, dar las buenas noches y, en un segundo, la tuvo al lado, de camino a la camioneta. Sentía el enfado que irradiaba de ella como el calor del sol.
-¿Qué? -Le preguntó cuando entraron en el coche, dándose cuenta de que su amiga, cerraba la puerta con más energía de la normal.
-¿Tienes que ser siempre tan maleducado?
-¿Maleducado? -Preguntó él, dando la vuelta con la camioneta, antes de regresar por el largo sendero sinuoso.
-¿Bolsas de patatas y refrescos? ¿El Sonrisas? Dios, Adam, ¿tenías que decirlo? ¿Cómo crees que los haces sentir?
-Con suerte, con ganas de reírse. Creo que tienen sentido del humor, como cualquier otro adolescente.
-¿Sonrisas? ¿Y por qué no llamas a la chica manca...?
-No lo digas. Ni se te ocurra decirlo, porque eso es completamente distinto, y tú lo sabes.
-¿Y por qué es distinto?
Sabía que tenía que callarse, porque, con cada palabra que decía, la notaba alejarse de él, con lo que se acabaría el Frisbee, los paseos en coche por la ciudad, las visitas al Honeybee Dairy, las bromas sobre Emily Bronté, y quedar para charlar de todo y de nada.
Se acabaría Phoebe.
Sabía que tenía que callarse, pero no pudo.
-Bueno, en primer lugar, ella no te estaba insultando y asustando.
-Ah, así que me estabas protegiendo, ¿no?
-Estaba poniéndome de tu lado. Y del lado de los tradicionales y bebedores de aire del mundo. Tendría que haberle dado una paliza, eso es lo que tendría que haber hecho.
-Sí, gran idea -repuso ella, resoplando-, dales una paliza a todos los que no sean igualitos que tú.
-¿Desde cuándo tiene esto que ver con ser iguales o diferentes?
Estamos hablando de un chico que se comporta como un imbécil.
-¿Sólo uno? No creas que tu deber es protegerme, Adam Layman. Tommy, estaba haciéndolo bastante bien hablando con él y poniéndose de mi lado.
-Lo que tú digas. Igual de bien que cuando te protegió en el bosque.
-¡Ja! -Exclamó ella-. ¡Como si tú lo hubieses hecho mejor!
Bueno, allí estaba. Lo único que evitó que estrellase el puño contra el salpicadero, fue la presencia de Phoebe y, quizá, la contención que le había inculcado el maestro Griffin.

Llegó a su casa diez silenciosos y furiosos minutos después, y Phoebe, cerró la puerta de la camioneta con fuerza; fue como si cerrase la tapa de un ataúd y lo dejase a él atrapado dentro.
“Quizá si estuviese en un ataúd me prestase más atención,” pensó.
Su amiga no le deseó buenas noches. La vio recorrer a toda prisa el césped, que separaba sus dos patios. Se conocían desde hacía años y nunca se habían peleado, ni siquiera habían discutido.
Algunas bromas, algunos debates, un insulto de vez en cuando, pero ninguna pelea.
Aquello quedaba en el pasado. Todo había cambiado.
Todo.
FIN DEL CAPITULO
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Dana

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 4:23 am

Capitulo 26
Transcrito por Gemma
MARGI MIRÓ VACILANTE a Phoebe, considerando la posibilidad de que su amiga no quisiera que se sentara a su lado en el autobús. Se acercó arrastrando los pies y se quedó allí de pie, como si la hubiesen castigado.
«Con uno basta», pensó Phoebe. Hizo una mueca y tiró de Margi para sentarla con ella.
—¡Eh, cuidado! Que me salen moratones con nada —protestó Margi.
—Pues te aguantas —repuso Phoebe, sorbiéndose las lágrimas.
—Oh-Dios-mío, ¡estás llorando! ¡Madre mía! ¡Estás horrorosa!
Margi empezó a hurgar en su bolso negro en busca de pañuelos de papel, sin duda hechos bolas y con un vago olor a pachuli. Phoebe se rió y notó que dos grandes lagrimones le resbalaban por las mejillas.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Margi, acercándose más—. ¿Es que ese chico muerto ha intentado lo que sea? Sabía que pasaba algo, sólo…
Phoebe abrazó a Margi y le dijo que cerrase la boca. Margi la besó en la coronilla y le devolvió el abrazo; y, sorprendentemente, se calló de verdad.
Phoebe sabía que tenía los ojos rojos, y ni siquiera se había molestado en usar delineador y maquillaje por la mañana, aunque lo necesitara después de haberse pasado llorando al menos media noche. Incluso había llorado encima de sus deberes de álgebra, por Dios.
—Por favor, ¿podrías volver a la clase de estudios de DFB?
—Deberías dejarla, Pheebs. Después de lo que te ha hecho, no puedes sentarte en clase con él.
—No fue él, fue Adam.
—¿Adam? ¿Adam intentó meterte mano? —preguntó Margi, echándose hacia atrás—. ¡Dios mío, sabía que no me equivocaba! ¡Sabía que estaba por ti! Me…
Margi le pasó un pañuelo, y Phoebe se deshizo con cariño del abrazo de su amiga para restregarse los ojos.
—No, mema. Adam no intentó hacer nada. Nos peleamos y ya está.
—Oh —repuso Margi, decepcionada. Esbozó una sonrisa, maliciosa—. Bueno, eso tiene más sentido. No estarías llorando si hubiese intentado meterte mano.
—¡Margi!
—¡Adam está bueno, Pheebs! Reconócelo, tía. Ese cuerpo que tiene es como un experimento perfecto, como si lo hubiesen fabricado en el laboratorio secreto de una científica ninfómana.
—¿Una científica ninfómana?
—Cada vez hay más chicas que nos dedicamos a las ciencias puras. Lo vi en las noticias.
Las dos se partieron de risa.
—Lo dices para animarme —respondió Phoebe, después de recuperarse.
—Cierto —dijo su amiga, apartándole el pelo de la cara manchada de lágrimas—. ¿Funciona?
—Siempre. Por favor, vuelve a la clase.
—Mis padres van a preguntarle a la directora Kim si puedo volver —respondió Margi, dándole unas palmaditas en el brazo—. Engañé a mi terapeuta para que pensara que me vendría bien, lo que demuestra que ir a esos loqueros es tirar el dinero, porque hace dos semanas lo convencí de que la clase despertaba mis instintos suicidas.
—Eres demasiado, Margi.
—Lo sé —respondió ella, sentándose derecha—. Entonces, ¿por qué no tengo una cita para el baile?
—¿Quizá porque eres demasiado?
—Podría ser. La verdad es que Norm Lathrop me lo pidió.
—Norm es simpático.
—Norm es tonto, pero es buen chico. Me grabó un CD de canciones variadas.
—Oh, oh.
—Lo sé, es un signo claro de enamoramiento. Y acertó con algunas canciones que me gustan, algo de Switchblade Symphony y de…
Se calló cuando el autobús se detuvo para recoger a otro pasajero: Colette. La chica se tambaleaba de un lado a otro por el pasillo del vehículo, como si el suelo fuese un mar agitado. Phoebe la saludó con la mano. Colette se detuvo en el asiento delante del suyo y las miró; sus ojos eran como una noche sin estrellas.
—Hola…, Phoebe —dijo. Hizo una larga pausa antes de conseguir formar las siguientes palabras—. Hola…, Margi.
Margi respiró hondo, por lo que Phoebe temió que fuese a hiperventilar.
—Hola, Colette —respondió la chica, aferrada al brazo de Phoebe como si fuese una trampa para osos—. Siento mucho, mucho haber sido tan zorra contigo. Te prometo intentar mejorar.
La antigua Colette, la Colette viva, pareció surgir como un fantasma a través de la carne muerta de su cara durante un breve instante, y una sombra de la chica guapa y feliz con la que habían pasado incontables horas las miró y sonrió.
—No pasa… nada —respondió. Después se dejó caer en el asiento que tenían delante.
Phoebe sintió ganas de volver a echarse a llorar, aunque de felicidad. Margi se volvió hacia ella y se encogió de hombros, como si no le diese importancia a la monumental hazaña que acababa de lograr.
—Cierra la boca, Phoebe —dijo, soltándole el brazo.
—Margi, no… no sé qué decir. Gracias.
Margi le apretó la mano.
Guardaron silencio durante unos momentos, y entonces la cabeza de Colette se levantó como un globo por encima del asiento del autobús, Margi volvió a agarrarse al brazo de Phoebe, y Phoebe hizo una mueca de dolor. Resultaba desconcertante enfrentarse a la mirada inexpresiva de Colette.
—Oye…, Margi…, ¿te gustaría… venir… a… una… fiesta?
Margi se soltó un poco y le restregó el brazo a Phoebe, como si intentase aliviar el dolor que pudiera haberle infligido.
—Me encantaría —respondió.

A Phoebe la mañana se le acabó en un instante, aunque siempre le pasaba cuando tenían que ir después a la fundación. Salían una hora antes, lo que ayudaba, pero también contribuían los nervios por ir a la clase de estudios sobre personas con DFB. Allí podía pasar cualquier cosa, mientras que el resto de sus clases, a pesar de llevar sólo seis semanas de instituto, parecía una rutina aburrida y predecible.
También pasó por el trago de la comida, que solía ser el momento del día que se hacía más corto, pero que se le hizo eterno por culpa de la presencia de Adam a unas cuantas mesas de ella. Estaba sentado con como se llamase, lo que hizo que Phoebe se sintiera culpable, sin saber del todo por qué.
—¿Has hablado ya con él? —le preguntó Margi mientras rebañaba los restos de un pudin de chocolate con una cuchara de plástico.
—¿Con quién? —preguntó Karen. Phoebe había insistido en sentarse con Karen, y Margi no había protestado demasiado, para variar.
—Con Adam. Pheebs y él se pelearon —respondió Margi, chupando la cuchara.
—Oh —dijo Karen, mientras Phoebe le daba un puñetazo a Margi. Karen no se había llevado la comida, y a Phoebe le daba la impresión de que casi era la misma persona despreocupada de siempre.
—No fue una pelea —explicó Phoebe—. Sólo discutimos, la gente discute.
Karen asintió y le dio una palmadita en el brazo con sus largos dedos fríos; tenía las uñas pintadas de rojo chillón.
—No perdáis el tiempo discutiendo —le dijo—. La vida es demasiado corta. Créeme.
—Hablando de lo cual —intervino Margi, comiéndose la última cucharada de pudin—, ¿vosotros por qué creéis que volvéis? Hay un montón de teorías: una sustancia en el agua, en las vacunas de los bebés estadounidense…
—Esporas de moho —respondió Karen—. No olvides la teoría de las esporas de moho.
—¡Sí, eso! —exclamó Margi, apuntando a Phoebe con la cuchara—. ¡Te lo dije!
—Hay ideas todavía más demenciales —repuso Phoebe—, como abducciones alienígenas…
—Señales del Apocalipsis —añadió Karen.
—Demasiada comida basura.
—Lluvia radiactiva de Chernobyl.
—El poder de las plegarias.
—Los juegos de acción en primera persona.
Phoebe y Karen miraron a Margi, que levantó los tintineantes brazos en actitud defensiva.
—Oye, que yo no escribo las noticias, sólo las transmito.
—¿Qué es un juego de acción en primera persona? —preguntó Phoebe.
—Ya sabes, uno de esos juegos de ordenador en los que vas por ahí reventando cosas.
—Normalmente zombis —añadió Karen—. No he jugado a ninguno ni en mi vida, ni en mi muerte. Sin embargo…, podría explicar lo de Evan y Tayshawn. Y lo de Tak. Pero ya está.
—¿Quién es Tak? —preguntó Margi. Karen fingió no oírla.
—Estooo, Karen, como… persona con diferente factor biótico, ¿por qué crees tú que has vuelto? —le preguntó Phoebe.
Karen sonrió y se retrepó en la silla, estirándose. Llevaba un sujetador negro debajo de la blusa blanca semitransparente.
—Bueno, hablando como persona con diferente factor biótico, creo que la razón de mi regreso y del regreso de las personas con diferente factor biótico de todo el mundo es muy sencilla. Sólo hay una respuesta.
—¿Y es? —preguntó Margi, y Phoebe le dio un codazo.
—Magia —respondió Karen, guiñándole un ojo.
—Venga ya.
—Lo digo en serio, Margi —respondió ella, y Phoebe no fue capaz de penetrar lo suficiente en su expresión para decidir si lo decía de verdad en serio o no—. Es magia.
—Bueno, gracias por la información —repuso Margi.
—Lo siento, tú lo has preguntado.
—Karen —dijo Margi—, ¿te importa que te haga una pregunta personal?
—Ajá —respondió ella, inclinándose sobre la mesa para poner la cara a quince centímetros de la de Margi—. Cuando una persona viva quiere hacer una pregunta personal a una muerta, es una de dos: o ¿cómo moriste? o ¿cómo era estar muerta?
Phoebe se puso roja de vergüenza, e incluso su descarada amiga se cortó un poco.
—Iba a empezar con la primera, sí.
– No eres la única con poderes telepáticos, ¿sabes? —dijo Karen, echándose de nuevo hacia atrás.
—Si he herido tus sentimientos, lo siento mucho.
—Ay, cielo —repuso Karen, acariciando suavemente su cara con la punta de los dedos. Margi consiguió no apartarse—. Algunos dicen que no tenemos sentimientos…, así que no pueden herirlos. Sé que intentas entender, no hacer daño, así que no te preocupes.
—Vale.
—Y voy a responder a tu pregunta, a la primera, pero sólo a ésa, y después se acabó la entrevista, ¿vale?
Phoebe y Margi asintieron, y el rostro de Karen se quedó vacío de expresión. La luz que a veces parecía bailar en sus ojos de diamante se apagó. La transformación fue tan repentina e inesperada que Phoebe se asustó.
—Tomé… pastillas. Un bote… entero. Y me… dormí —respondió, con una voz cada vez más débil, como si se estuviese durmiendo delante de ellas—. Me… suicidé.
—Oh, no —susurró Margi. Phoebe tocó el brazo de Karen, como si intentara amarrarla a la tierra, y Karen dirigió su mirada muerta a ella; la luz regresó poco a poco a sus ojos.
—Ya lo sabéis —dijo. Karen se llevó la mano de Phoebe a los labios y se la besó mientras se levantaba de la mesa—. No se lo contéis a nadie. Nos vemos en estudios zombis.
—Dios mío —exclamó Margi cuando Karen se alejó—. No me lo puedo creer.
Phoebe contempló la huella de color melocotón que habían dejado los labios de Karen en el dorso de su mano.
—¿Te lo puedes creer, Pheebs? Nunca me lo habría imaginado de Karen. Además, creía que los suicidas no volvían.
Phoebe no podía apartar los ojos del beso, que era como un tatuaje sobre su pálida piel.
—Oye, Gee, ¿la has oído decir telepatética? No he usado nunca esa palabra con Karen.
—Ha dicho telepática —repuso Margi.
—No, estoy bastante segura de que ha dicho telepatética. Nuestra palabra.
—Bueno, creo que es la primera vez que tengo una conversación de verdad con ella, así que a mí no me lo ha oído.
—Lo sé —dijo Phoebe, resistiéndose al extraño impulso de llevarse el dorso de la mano a los labios—. A eso me refería.
Por alguna razón, a Phoebe el hecho de que Karen empleara una de las palabras en código que compartía con Margi le resultaba más misterioso que la revelación de su suicidio. Karen era distinta (de un factor biótico realmente diferente) al resto de las personas, ya fueran zombis o no. Meditó sobre ello hasta que el anuncio de la llegada de la furgoneta de la Fundación Hunter la sacó de su sexta clase del día.
Vio que Adam ya estaba en el autobús y que se sentaba en la parte de atrás, fingiendo estar absorto en una novela de pasta blanda. «Cumbres borrascosas», pensó Phoebe. Los tres alumnos muertos de Oakvale High (Karen, Tommy y Colette) también estaban ya dentro.
«Colette —pensó Phoebe—, Karen debe de habérselo oído a Colette.» Se alegraba de haber resuelto el misterio, aunque sentía no tener nada más con lo que distraerse de su pelea con Adam.
—El último es un huevo podrido —dijo Thorny, pasando a toda velocidad junta a ella y subiendo los escalones de dos enérgicos saltos. Phoebe suspiró, se metió en el vehículo y se sentó al lado de Tommy, en la parte delantera. Todos los demás estudiantes, salvo Adam, estaban a pocos asientos de distancia entre sí, algo que no se le pasó por alto al siempre avispado Thronton Harrowwood.
—Oye, Adam —le gritó cuando se cerraron las puertas y el conductor se alejó de la acera—, ¿qué pasa? ¿Estás en plan antisocial?
Phoebe se volvió, pero Adam no apartó los ojos de la novela.
—Algo así —respondió.
—¿Pasa algo? —le preguntó Tommy a Phoebe.
—No —respondió ella, volviéndose hacia él—. No mucho.
Evitó mirarlo a los ojos; la mirada de Tommy era penetrante incluso en los días en los que no tenía nada que ocultar.
Cuando llegaron a la clase de DFB, en la sala sólo estaban Kevin y Angela. Al parecer, Sylvia no había terminado su misteriosa «mejora», Margi todavía no había sido readmitida en clase y Evan no regresaría. Phoebe fue a por café antes de sentarse, y Karen la siguió hasta la mesa.
—Oye, ¿dónde está Tayshawn? —preguntó Thorny.
Phoebe volvió la cabeza mientras se preparaba un café con leche y vio que a Angela le costaba meterle vatios a su sonrisa.
—En St. Jude me han dicho que Tayshawn lleva algunos días sin ir por el refugio. No saben dónde está, y no se ha puesto en contacto con la fundación.
Phoebe le dio un trago a su café y se dio cuenta de que Karen la miraba.
—¿Me podrías preparar uno? —le preguntó la chica muerta, señalando el vaso de espuma de poliestireno.
—Quédate el mío —respondió Phoebe—. Me he pasado de azúcar.
—Cómo eres —le dijo Karen; cogió el vaso con las dos manos y le dio un delicado trago.
—Entonces qué, ¿ha desaparecido? —preguntó Thorny—. ¿No sabéis dónde está?
—Me temo que no —respondió Angela.
—Jo, la gente cae como moscas —comentó Thorny. Phoebe se terminó de preparar el café justo a tiempo para ver cómo Adam le daba un capón en la cabeza—. ¿Qué?
—Ten un poco de respeto.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
Phoebe se sintió mal por él cuando vio que el chico se daba cuenta poco a poco.
—Oh. Oh, claro —dijo Thorny, mientras Phoebe se sentaba en el sofá entre Colette y Tommy.
Angela se humedeció los labios, que había fruncido.
—Bueno —dijo—, lo primero que me gustaría tratar hoy es la pérdida de uno de nuestros compañeros. Debo decir que la directora Kim me sorprendió al informarme de que ninguno de vosotros se ha apuntado para recibir apoyo psicológico. Diría que la muerte de Evan tiene que haberos dejado confundidos y apenados, y deberían saber que la ayuda psicológica de la que disponéis os ayudará a enfrentaros a esos sentimientos.
—Hemos tenido apoyo psicológico obligatorio —respondió Adam.
—Se suponía que era un punto de partida —dijo Angela, que parecía enfadada.
Phoebe miró a su alrededor. Inoportuno o no, Thorny tenía razón: caían como moscas. Nadie dijo nada hasta que Tommy se aclaró la garganta con un extraño resuello.
—Me gustaría que supierais que Tayshawn… está bien —comentó—, pero no… volverá a clase.
—Lo has visto. ¿Sabes dónde está? —le preguntó Angela.
—Sí.
—¿Me lo puedes decir?
—No.
—¿Puedes decirme por qué? Ya sabes que sólo nos preocupa su bienestar, igual que el de todos vosotros.
—Lo sé —repuso Tommy—, pero tiene derecho a… su intimidad.
Angela estaba a punto de responder cuando Thorny la interrumpió.
—¿Puedo hacer una pregunta? Y no estoy intentando hacerme el gracioso. ¿Cómo sabemos que no va a volver?
—¿Tayshawn?
—No, Tayshawn no. Evan.
Adam levantó la mano por encima de la silla y volvió a darle un manotazo en la cabeza a Thorny, gesto que a Phoebe le parecía muy hipócrita después de la poca sensibilidad que había demostrado en la Casa Encantada.
—Ay, para ya —exclamó Thorny, devolviéndole el golpe al otro chico, mientras Angela le pedía a Adam que dejase las manos quietas—. Lo digo en serio, ¿cómo sabéis vosotros que Evan no va a volver otra vez? Ya lo ha hecho antes. ¿Es posible que pase de nuevo?
—Nos pueden… destruir —respondió Tommy—. Sea lo que sea lo que… nos revive… necesitamos el… cerebro… para sobrevivir.
—Oh.
—El cerebro de Evan se… paró. No es posible… arrancarlo de nuevo.
—Ay, lo siento. Siento haber preguntado.
Phoebe cerró los ojos; era demasiado horrible para contemplarlo.
—¿Y el resto de los órganos internos? —preguntó Adam—. ¿Necesitáis corazón?
Karen sorbió su café haciendo ruido, y Angela la miró, enfadada.
—Hay varias teorías al respecto, Adam —dijo la mujer—. Algunas personas con diferente factor biótico no parecen tener problemas sin los órganos internos que tú y yo necesitamos para sobrevivir. En la mayoría de los casos estudiados, esos órganos ya no tienen ninguna función real y, de hecho, no pueden funcionar. Por supuesto, resulta difícil saberlo con certeza, porque no contamos con un grupo de sujetos de estudio lo bastante grande.
—Estudiadme a mí —dijo Karen.
—¿La mayoría? —intervino Phoebe, antes de que Angela pudiera responder.
—¿Perdón?
—Ha dicho «la mayoría». Que en la mayoría de los casos estudiados los órganos no tienen ninguna función.
—Bueno —contestó Angela, echándose hacia atrás en su silla—, es una pena que Alish no esté aquí para comentarlo, porque está más familiarizado con el trabajo que yo, pero hemos tenido unos cuantos casos en los que las personas con DFB parecen tener o haber desarrollado el uso de algunos órganos. Había una chica que tenía un páncreas operativo, si no recuerdo mal.
—Me pregunto si me funcionará la vejiga —comentó Karen. Dándole otro trago a su vaso.
Phoebe se dio cuenta de que Angela hacía caso omiso de Karen; la ponía nerviosa que se tomara un café.
—Y… hubo otro chico cuyo corazón empezó a latir de nuevo. Había empezado a fabricar glóbulos sanguíneos.
—¿Cómo mueve esta gente los músculos si no hay sangre? —preguntó Adam—. ¿Eso es lo que hace el proceso de mejora? ¿Regenerar sangre y órganos?
—No, el proceso de mejora no está dirigido específicamente a regenerar órganos. Es más una mejora quirúrgica para que las personas con diferente factor biótico disfruten de mayor funcionalidad.
—Creo que mis papilas gustativas están regresando —comentó Karen—. Puedo saborear el azúcar. —Arrugó el vaso vacío, y un hilo de líquido beis le bajó por la mano—. ¿En qué consiste el proceso de mejora? —preguntó, con sus claras retinas fijas en Angela, mientras se chupaba el café de la piel.
—Tiene… algo que ver con el restablecimiento de las sendas neurales. No tengo muy clara la parte científica; deberías preguntárselo a Alish —respondió Angela, y dejó la carpeta sobre la alfombra, cerca de sus pies—. Vamos a tomarnos un descanso, ¿vale? ¿Diez minutos?
—Si acabamos de empezar —dijo Thorny.
La salida de Angela por la puerta fue rápida y repentina. Phoebe oyó el eco de sus tacones sobre las relucientes baldosas del otro extremo del pasillo.
—¿De qué iba eso? —preguntó Thorny—. ¿Qué le pica?
—Me pregunto si me podrían mejorar —dijo Karen.
Phoebe levantó su vaso y se dio cuenta de que todavía tenía la huella melocotón de los labios de Karen en la piel, desvaneciéndose poco a poco como las imágenes en la pantalla de un televisor.
—Yo… debería… hacerlo… primero —dijo Colette. Kevin, tan inmóvil como un maniquí en el futón, junto a Karen, asintió.
—Me parece que… la ciencia todavía… no ha avanzado tanto —repuso Tommy.
—¿Tú crees? —dijo Karen—. ¿Nos dejarán ver a Sylvia?
—Ya he preguntado —respondió Tommy, sacudiendo la cabeza—. Y Tayshawn también.
—Quizá también tengan una furgoneta blanca en la parte de atrás —comentó Adam, y Phoebe le lanzó puñales mentales a la espalda cuando el chico se levantó para coger un refresco.
Oyeron los tacones de Angela en plan staccato por el pasillo.
—Oye, Thorny —dijo Karen, con ojos chispeantes—. Antes de que vuelva, ¿quieres venir a una fiesta después del baile de bienvenida?
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Mar Abr 27, 2010 4:49 am

Capitulo 27
Transcrito por Virtxu
Pete vio a Julie al lado del chico muerto, esperándolo con los libros apretados contra el pecho, mientras el zombi sacaba sus botas de la taquilla, primero una y después la otra. Apoyada en la pared, con los tobillos cruzados, miró a Pete y le sopló un beso. Pete soltó una palabrota y retrocedió un paso.
—Te dan ganas de potar, ¿verdad? —le dijo Stavis al oído—. A mí también.
Pete sacudió la cabeza como si reaccionase ante un mosquito. Al final no era Julie; claro que no era Julie, porque Julie estaba muerta y enterrada a un kilómetro de distancia. Aquella era la señorita Pantisnegros, y su expresión de entusiasmo mientras esperaba al zombi le daba casi tanto asco como el espejismo de su novia muerta.
Williams le dijo algo a Pantisnegros y la chica soltó una risita coqueta, bajando los ojos con fingida timidez. “Sí, sé dónde encontrarte, Pantisnegros”, pensó Pete.
—Tendría que ser ilegal que un chico como ése y una chica como ésa estuvieran juntos.
—¿Por qué te molestas en hablar, Stavis? —preguntó Pete, volviéndose hacia él justo cuando Williams cerraba su taquilla. Pete se dio cuenta de que el zombi rozaba a Phoebe al alejarse juntos por el pasillo.
Había estado buscando patrones, igual que cuando vigilaba la casa de los Talbot. Al final empezarían a surgir. La sexta clase parecía ser su momento de encuentro de la semana; se reunían en la taquilla de Tommy antes de álgebra, iban a clase y después volvían juntos a la taquilla y recorrían el pasillo antes de meterse cada uno en su aula. La información todavía no resultaba útil.
Stavis estaba dolido, o todo lo dolido que podía sentirse un crío gigantesco.
—Pete, yo sólo quería decir que…
—Déjalo, vamos a clase.
Pete compartía casi todas sus clases con Stavis; él era mucho más listo, pero Stavis se esforzaba más, por lo que los dos estaban en clases con un nivel ligeramente más alto que las de apoyo. Iban a lengua, donde compartían aula con unos cuantos inútiles. Pete sabía que podía salir de aquellas clases si lo intentara, pero ¿para qué? Nunca estaría al nivel de los empollones como Pantisnegros y su amiga Rosita McMelones, y había un cómodo trabajo esperándolo en la empresa de su padre cuando acabase la universidad. No tenía sentido esforzarse tanto.
Miró la cara redonda de Stavis, que estaba arrugada en pleno proceso de concentración. Se recordó mentalmente que tenía que ser más blando con el chico; como Harris que se había echado atrás, Stavis era la única persona con la que podía contar.
—Entonces, ¿es ése? —preguntó Stavis, con un susurro teatral.
—Sí, o él o la novia cadáver.
—Es del que salimos corriendo por patas en el bosque, ¿no?
—El mismo —respondió Pete, demasiado irritado para meterse con él como se merecía.
Todavía tenía la lista; la llevaba en la cartera a todas partes. Después de echar a Rojo Muerto del barrio, Williams parecía la elección obvia. La zombi guarra podía quedarse para el final; seguro que nadie la echaba de menos. Pete suponía que podía hacerles más daño a los chicos vivos si primero se cargaba a todos sus colegas muertos. Podía darle de leches al enclenque de Harrowwood (cosa que ya había hecho) siempre que quisiera, ya fuese en los entrenamientos o en el vestuario. Pete sonrió, pensando en el bloqueo que había fallado a posta contra Ballouville para que su enorme tacleador pudiera darle una buena al chico. Se había quedado en el banquillo el resto de aquel tiempo.
Había un gran cartel de cartulina sobre el arco del pasillo en el que se anunciaba la fecha y la hora del baile de bienvenida. Se le ocurrió que tendrían que haber esperado una semana para celebrarlo en Halloween, teniendo en cuenta que muchos de los estudiantes venían con los disfraces de serie.
—¿Vamos a ir al baile, al final? —preguntó Stavis.
—No, tengo un plan mejor.
—¿De verdad? ¿Cuál?
—He oído hablar de una fiesta, y vamos a colarnos.
Eso era lo bueno de tener un gamberro como Harrowwood en los vestuarios, un tipejo que tenía que usar la bocaza para compensar sus deficiencias. Thorny había empezado a parlotear sobre la “fiesta guay” a la que iba a ir después del baile, de que no había mucha gente invitada y bla, bla, bla. Adam le había lanzado una mirada asesina, pero era demasiado tarde.
Pete alcanzó a Harrowwood en el aparcamiento y le sacó la historia completa de dos guantazos.
—¿Qué fiesta? —Guantazo—. No sé nada de una fiesta. —Guantazo—. Los zombis han montado una fiesta porque la mayoría no puede ir al baile. Si ni siquiera van al instituto…
—¿Dónde? —preguntó Pete, pero era la única pregunta que Thornton no podía responder.
—No me lo quieren decir —respondió el renacuajo—. Se supone que tengo que seguir a Layman. Ya ha estado un par de veces.
—Si me mientes, me enteraré, Thorny —lo amenazó Pete—. Te juro que acabarás de fiesta con ellos para siempre.
—No miento. —El miedo en los ojos del chico le dijo a Pete todo lo que tenía que saber—. Lo juro.
—Una fiesta de zombis —respondió Pete, imaginándose una casa llena de hamburguesas de gusanos e imaginándose después la misma casa ardiendo.
—No.
—Sí —respondió, viendo cómo ascendían las llamas y el humo que se rizaba bajo la luz de la luna. Estaba sonriendo cuando llegaron a clase.
Pensaba llegar un poco antes que el resto de la manada, lo que resultaba fácil, ya que a los fracasados no les interesaba mucho la puntualidad. Sólo había otra estudiante en el aula, y estaba contemplando la pizarra mientras la profesora pasaba el borrador por la superficie grisácea; tenía la mirada más vacía que una escuela los domingos.
—Puaj —dijo Stavis.
Pete se rió y le guiñó un ojo. Después lo agarró por uno de sus protuberante hombros.
—Después hablamos, tío —le dijo, y fue a sentarse con la chica.
—Buenas —la saludó, sonriendo—. He oído que se celebra una gran fiesta después del baile.
Colette se volvió hacia él con la velocidad de un ventilador medio parado y tardó un rato en esbozar una sonrisa, pero a Pete, de repente, le parecía tener todo el tiempo del mundo.

Phoebe dio un brinco cuando un gato chilló como si le hubiese pisado el rabo. Gargoyle saltó de la cama y empezó a ladrarle a todo el mundo mundial.
Aquel sobrenatural sonido era la forma que tenía su ordenador de avisarla de que Margi acababa de entrar en Internet. El nombre Pinkytheghost apareció al lado del avatar de un fantasma rosa al estilo Casper que se agitaba como una sábana tendida, junto con el primer mensaje de Margi de la noche.
“He pillado mi vestido hoy. Tienes el tuyo?”.
Phoebe mandó callar a Gargoyle, que tenía la cola cortada mirando al cielo y un gruñido grave más simpático que amenazador.
“Sip”, respondió Phoebe.
“M prometiste k iríamos d negro. Tu vestido s negro?”
Phoebe suspiró, porque Margi tecleaba como hablaba: deprisa y sin parar. Ella había estado leyendo la última entrega de < supuestamentedead.com > e intentaba decidir cómo le había sentado. Porque, por el contrario que muchos de los temas sobre los chicos con DFB que trataba, aquél era muy personal para ella. El título de la entrada del blog que Tommy había publicado pocas horas antes era El baile de bienvenida.
“No”, escribió.
“Traidora —respondió Pinkytheghost, y añadió—: L mío tampoco,”
Phoebe sonrió e intentó no hacerle caso durante unos minutos, a ver si su amiga encontraba otro entretenimiento por la red.
“Y k haces?”, preguntó Pinky/Margi. La teoría de Phoebe no había funcionado.
Volvió a la entrada del blog y leyó lo que había escrito Tommy.
Voy al baile de bienvenida de mi instituto. Tengo una cita de verdad, y cuando digo de verdad me refiero a una chica de verdad, que respira, de factor biótico tradicional.
Phoebe frunció el ceño y bajó el volumen del álbum de Bronx Casket Company que había estado escuchando en el MP3, por si a sus padres se les ocurría entrar en su cuarto. No quería que leyeran la pantalla.
“Stás ahí?”, escribió Pinky/Margi.
“No”, respondió Phoebe. Lo de sus padres no importaba; lo que no quería era que Margi leyera el blog. Ni Adam, ni Karen, ni nadie más. Se imaginó a Tommy paseándola por la fiesta, enseñándosela a sus amigos muertos y diciéndoles: “Eh, mirad todos, ésta es mi novia de factor biótico tradicional”. Y se le olvidaba el nombre.
“No seas zo*** —escribió Margi—. Stá ahí mi amiguito peludo?”
Phoebe miró al amiguito peludo de Margi, que se había vuelto a colocar en el dilo de la cama.
“Saludos de Gar”, escribió, y regresó al blog.
El baile no será nuestra primera cita. Ya hemos ido al cine del centro comercial. Ha estado en mi casa y ha conocido a mi madre. A mi madre le gusta mucho…, y a mí también.
“Esto me pasa por escribir poemas”, pensó Phoebe, con el corazón acelerado, y no sólo por la música. Quería llamar a Tommy (a Tommy o a Faith) y pedirle que quitara lo que había escrito. ¿Y si las hordas de fanáticos que su padre temía leían aquello? ¿Y si los de la furgoneta blanca anónima vigilaban su blog? No se sentía cómoda con aquello, en cierto modo, era como si un chico se subiera a la mesa en medio del comedor para declarar su amor por una chica a la que apenas conocía. Cutre. Muy cutre.
“Bsitos para mi amiguito peludo”, envió Margi.
Phoebe resopló, lo que hizo que el amiguito peludo levantase la cabeza de su almohadita peluda. Ella lo miró y le aseguró que no pasaba nada.
—Pero estaría bien que nuestra amiga se callara de una vez —comentó, entre dientes. Gargoyl volvió a su posición de reposo, decepcionado.
¿Qué puede significar que a un chico con diferente factor biótico (a un zombi) le “guste” una chica con factor biótico tradicional? ¿Y qué significaría si a la chica viva él le “gustase” también? ¿Se abrirían los cielos? ¿Dejaría el halcón de oír a su cetrero?
Phoebe se restregó los ojos. Aquello era un poco enigmático para Tommy, que solía ser bastante literal, salvo cuando especulaba sobre la conspiración zombi que veía extenderse por el país.
“K escuchas?”, le envió Margi. Cuando Phoebe respondió que BBC, la respuesta de Margi fue veloz, a pesar de haber aumentado de tamaño de la fuente y haberla puesto roja.
“No! Yo tb! Telepatéticas!”
“Sí”, pensó Phoebe, no muy emocionada.
No sé qué pasará. No sé si pasará algo. No sé si una muchedumbre de personas con factor biótico tradicional con mentes menos abiertas que la de mi cita sacarán a rastras mi cuerpo del gimnasio y me prenderán fuego. Sólo sé que quiero ir a ese baile con ella y bailar de verdad. Lo sé porque, cuando estoy con ella, hay momentos, aunque sean breves, en los que no me siento como un zombi. Hay veces que, por un instante, se me olvida que he muerto, que ya no respiro y que mi corazón ya no bombea sangre por mis venas.
Esas cosas se me olvidan cuando estoy con ella. Creo que, si bailamos juntos una sola vez, quizá vuelva a sentirme vivo de nuevo.

Phoebe notó que se le llenaban los ojos de lágrimas, pero parpadeó para alejarlas y se obligó a respirar a un ritmo regular.
“Qué bien, no me siento nada presionada”, pensó, y una gota escapada de su lagrimal cayó sobre la barra espaciadora del teclado. Se rió y se secó los ojos.
Había unos cuantos mensajes en el apartado de comentarios de la entrada del día. El primero era una sola palabra de un lector llamado BRNSAMEDI666, con todas las letras en mayúsculas: “¡VENDIDO!”.
“Está claro que los tradicionales no son los únicos que se van a divertir”, pensó Phoebe, recordando la rabia pura en la cara del Sonrisas (de Takayuki) cuando Adam y ella entraron en la Casa Encantada.
Como si esperase el momento oportuno, apareció otro mensaje de Pinkytheghost: “Stás todavía peleada con Lelo Man? ”.
Phoebe frunció el ceño, se desconectó y dejó su ordenado en suspensión antes de sentarse en la cama al lado de Gar, que se puso boca arriba con la esperanza de que le rascase la tripa. Parecía más fácil que responder a la pregunta de Margi.

—Llegas tarde —dijo Pete, dejando que Stavis entrase en su cuarto por el garaje. Tenía para él todo el sótano de la casa (un rancho elevado), mientras que su madre y el Calzonazos ocupaban las dos plantas de arriba. En el sótano había tres habitaciones para su uso: el dormitorio, la sala de ejercicios y la sala recreativa, que tenía una televisión de plasma de treinta y seis pulgadas, regalo de su querido papá. Stavis se acercó al pequeño frigorífico de la esquina y abrió una lata de cerveza sin pedir permiso.
Pete levantó el fusil que tenía escondido detrás del sofá y apuntó con él a la cabeza de Stavis, mientras éste se volvía.
El chico soltó una palabrota y retrocedió tambaleándose hasta dar contra el frigo, derramando un cuarto de lata de cerveza.
—Tranquilo, estúpido —le dijo Pete, bajando el arma—. Te has puesto chorreando.
—¡Joder, Pete, casi me matas del susto!
—Tranquilo, disfruta de tu cerveza.
Pete lo vio darle un buen trago e intentó no reírse. Los ojillos de Stavis se habían puesto del tamaño de discos de hockey.
—Pásame una —le pidió, con la intención de distraerlo antes de que se meara encima.
—¿De dónde has sacado eso? —le preguntó TC, dándole la lata a Pete con mucha precaución, como si temiese que cualquier movimiento en falso acabase con él—. ¿Es de tu padrastro?
—Joder, no. El Calzonazos no cree en las armas. Piensa que deberían prohibirlas, ya sabes.
—¿Qué es? ¿De dónde lo has sacado?
—Es un calibre 22. Hay un tipo de nuestra calle que lo usa para disparar a los mapaches que salen del bosque y rebuscan en su basura.
—¿Es que te lo ha vendido o algo?
—No sabe qua ya no lo tiene —respondió Pete, sonriendo.
—Vaya —comentó TC, tragándose el resto de la cerveza, y Pete le dijo que se tomase otra.
—Esta vez estamos los dos solos —añadió—Harris se ha rajado.
Stavis se dejó caer en el sofá, apartó la Xbox de la mesa de centro y dejó allí la cerveza.
—El último fue asqueroso —dijo, y Pete vio que se pasaba una de sus recias manos por el pelo, que estaba cortado casi al cero—. No me imaginaba que a esos zombis les quedase tanta porquería dentro. Fue como si aplastases una sandía podrida o algo así.
—O algo así —repitió Pete. Stavis se ruborizó y empezó a sudar por la frente—. Estás conmigo en esto, ¿no?
—Claro que sí, Pete —respondió él, y soltó un eructo lo bastante potente para quitar el polvo a la pantalla de plasma—. Ya lo sabes.
—Tengo que saberlo, TC, porque voy a acabar con otro de ellos. Williams, se lo ha ganado.
—Lo sé, tío, lo sé. Estoy contigo.
—No son personas, TC. Lo sabes, ¿no?
—Quién sabe lo que son.
—Nadie, tío. En las noticias dijeron que creen que una especie de parásito se les mete en el cerebro y controla sus cuerpos muertos. Puede que sea peligroso —añadió Pete, bebiendo de su cerveza—. Quedan en una casa al otro lado del lago.
—Como hormigas —dijo Stavis, soltando otro eructo.
—Sí, como hormigas. Estarán todos allí, así que necesito saber que tengo la espalda cubierta. Si Pantisnegros o quien sea intenta estorbarnos, tendrás que encargarte de ellos por mí.
Pete se ponía nervioso con sólo pensarlo. Williams era como el líder extraoficial de los chicos muertos, al igual que Pete era el líder extraoficial de casi todo el instituto. Si Williams caía, tendría que ser bastante fácil deshacerse de los otros, y así quizá también se desharía de Julie. No se le iba de la cabeza. Era como si hubiese salido de sus sueños para entrar en su realidad; la había visto dos veces desde el incidente del pasillo.
—Yo te cubro las espaldas, tío —dijo Stavis, acercándose para chicas su lata con la de Pete.
“Perdedor”, pensó éste, aunque en voz alta contestó:
—Genial, tío. Ya sabes que te lo agradezco.
Miró a Stavis y bebió de la lata, sopesando la idea de contárselo todo sobre Julie; cómo la había conocido, lo que habían hecho, cómo había muerto. Pensó en contárselo todo, pero entonces Stavis eructó tan fuerte que estuvo a punto de arrancar la pintura de las paredes.
Pete suspiró, perdiendo las ganas de desahogarse contando sus secretos más profundos.
—Guay. ¿Vamos juntos? Te recogeré sobre las siete y media.
—Siete y media —aceptó TC.
—Vas a ir con Sharon, ¿no? —preguntó Pete, sonriendo—. Ya sabes que es una guarra.
—Oinc, oinc —dijo TC, y Pete se rió al ver que se lanzaba a imitar resoplidos cada vez más obscenos.
—Y sabes que no vamos a tener tiempo para eso, ¿verdad? Hay que soltar a las chicas y largarnos a la casa de los zombis antes de que terminen la fiesta, ¿lo captas?
—Buf —respondió TC, todavía sudoroso, con cara de decepción.
—No te preocupes —repuso Pete, quitándole importancia—. Te conseguiré una cita para compensar, puede que con una chica de verdad, una de mis amigas de Norwich.
—¡Sí! —exclamó TC, acercándose para volver a brindar con Pete, que se dejó. El chico aplastó la cerveza con aquellos dedos gruesos y cortos que tenía, y la dejó como un pañuelo de papel arrugado—. Oye, ¿también has robado balas?
—Nah —respondió Pete, entre risitas—. Compré una caja en Wal-Mart.
—En Wal-Mart, qué bueno.
—Sí —respondió Pete, cogiendo el mando a distancia. Había comprado una caja entera de balas, pero sólo pensaba usar una.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 1:26 am

Capitulo 28
Transcrito por Gemma
EN EL FONDO, PHOEBE quería ir de negro. Margi y ella habían jurado que nunca asistirían a ninguno de los ridículos bailes y acontecimientos sociales que patrocinaba el instituto a lo largo del año, pero, por otro lado, las dos albergaban el deseo secreto de que, al menos, alguien quisiera ir con ellas. Habían pactado, sin mucho entusiasmo, que si alguna vez iban sería con vestidos de vaporosa tafetán negra, con velos y todo; Hermanas Raras hasta el final.
Phoebe dio una vuelta delante del espejo que colgaba de la puerta de su armario, admirando la forma en la que la lustrosa tela (de un blanco sedoso, casi brillante) se estrechaba y le marcaba la cintura, para después caer sobre las caderas.
Se volvió para verse de frente, contenta de haber escogido al final el vestido blanco. El negro le quedaba genial, pero ir a una cita con un chico muerto vestida de funeral no le parecía lo más apropiado. Tampoco necesitaba el aluvión de comentarios de sus padres. Lo peor que había tenido que aguantar hasta el momento era el de su padre sobre el escote del vestido, que, por supuesto, era más bajo de lo que a él le habría gustado. Menos mal que se había guardado las bromas sobre la novia de Frankenstein que seguramente le zumbaban en la cabeza como avispones inquietos.
Se examinó de pies a cabeza antes de retarse a un duelo de miradas con su reflejo. Tenía la piel pálida, pero no enfermiza; no era ni tan perfecta ni tan uniforme como la de Karen, aunque tampoco ofrecía el tono azulado de la de su amiga bajo ciertos tipos de luz. Phoebe era esbelta y, a pesar de no tener un tipo tan sensacional como el de Karen, como mínimo era atractiva. Perseguir un Frisbee por el patio de la escuela la había ayudado a dar forma a algunas curvas que a ella le parecían peligrosas, y había adquirido una definición en brazos y piernas de la que carecería de haberse pasado todo su tiempo libre escribiendo poemas góticos.
Se miró a lo más profundo de los ojos, que eran de un cálido tono castaño verdoso. Le gustaba pensar que tenía vetas doradas, y, si las velas de su cuarto titilaban de la forma correcta, así era.
Se dio cuenta de que era guapa; puede que incluso muy guapa.
La idea hizo que se le formara un nudo en la garganta. Cuando apartó la mirada de la guapa chica del espejo, fue a por su cuaderno de tapa morada y peluda, y a por el bolígrafo que siempre tenía sobre la mesita de noche; abrió el cuaderno por la primera hoja en blanco y empezó a escribir.

—La limusina se fue cuando el conductor se dio cuenta de que mi hijo era un chico con diferente factor biótico —les dijo Faith, excusándose—. Al parecer, los chicos tendrán que ir en el PT Cruiser.
Phoebe la oyó hablar en la cocina cuando bajaba las escaleras. Sus padres estaban de pie a un lado, charlando incómodos con Faith y su hijo zombi, que también parecía incómodo en el umbral; llevaba traje azul y corbata. Faith la vio llegar y se le iluminó el rostro.
—¡Phoebe, cielo, estás preciosa! ¡Preciosa de verdad!
—Gracias —murmuró ella. Llevaba tanto maquillaje que no se le notó mucho el rubor, pero no había nada que hacer con el color rojo que notaba extendérsele por el cuello. Al final el vestido había resultado ser una victoria pírrica, como mucho.
—¿A que está preciosa, Tommy? —preguntó Faith; Tommy se limitó a mirar a Phoebe fijamente.
La chica se ruborizó, aunque le devolvió la mirada. El traje le quedaba muy bien, la forma en que le caía sobre los anchos hombros acentuaba la fuerza y la calma que a ella le resultaban tan atractivas. Tommy sonrió.
Por el rabillo del ojo, Phoebe vio que su padre abría la boca y se preparó para avergonzarse hasta las pestañas.
—Yo conduciré —dijo, sorprendiéndose incluso a sí mismo—. Si a los chicos no les importa, claro.
Su hija, pasmada por su repentina generosidad, sacudió la cabeza, y su padre le sonrió.
—Qué maleducados somos. ¿Podemos ofrecerle algo de beber, señora Williams? ¿Café?
—Café, sí, muchas gracias —respondió ella, sonriendo y ofreciéndoles la mano primero al padre de Phoebe y después a su madre—. Soy Faith, y creo que no conocen a mi hijo, Tommy.
—No —respondió el padre de Phoebe—. Aunque sí lo vi jugar un poco al fútbol.
Tommy dio un paso adelante y le dio la mano.
—Señor Kendall —lo saludó, y Phoebe observó el intercambio cada vez más fascinada. Se dio cuenta de que su padre seguramente no había tocado nunca antes a una persona con DFB. Incluso su madre se atrevió a darle la mano.
—Tommy —dijo su padre—. Faith, ¿por qué no entráis un rato?

La obligatoria sesión de fotos resultó incómoda, y Phoebe veía que a su madre le temblaban las manos mientras disparaba la cámara digital. También notó que echaba muy pocas fotos. Sin embargo, Faith se puso a disparar como loca con su cámara hasta que por fin Tommy comentó que era la hora de marcharse.
El padre de Phoebe invitó a Faith a acompañarlos, pero ella se quedó con su mujer para compartir un café con biscotti, un dulce que Phoebe odiaba pero que a Margi le encantaba. O, mejor dicho, que a Margi le encantaba dar a Gargoyle, que orbitaba alrededor de la mesa de la cocina con cara de glotón. Phoebe le dio un beso a su madre y abrazó a Faith, que le guiñó el ojo cuando se volvió para despedirse desde la puerta.
Los dos chicos se metieron en el gran asiento de atrás del coche del señor Kendall y se rieron educadamente de sus tontos chistes de chófer. La chica se preguntó si, de algún modo, había tenido suerte de salir con un chico con DFB en vez de con uno normal, porque sabía que, de tratarse de uno vivo, su padre lo habría estado machacando sin cesar, interesándose de repente por el linaje del chaval, su dirección, el lugar de trabajo de su padre y lo que le gustaba hacer en el tiempo libre. Con Tommy había un muro de misterio, y su padre era demasiado educado para romperlo.
—Me ha dicho Phoebe que has dejado el equipo de fútbol. Qué pena, se te daba bien.
—Gracias, señor.
—Llámame señor Kendall.
—Gracias, señor Kendall —respondió Tommy, y le guiñó lentamente el ojo a Phoebe, que sonrió.
—Seguro que no te resultó fácil ponerte ese uniforme sabiendo que habría cierta… oposición.
—Quería jugar… Eso hizo que fuese mucho más sencillo.
—Hiciste bien, muy bien —afirmó el padre de Phoebe, y Phoebe deseó que condujese un poco más deprisa para llegar al baile antes de que dijese algo estúpido—. ¿Y por qué lo dejaste, entonces?
«Demasiado tarde», pensó la chica.
—El mundo… no estaba listo para que uno de… nosotros… jugase en un equipo escolar. Al menos demostré… que podía hacerse.
—Creo que es una verdadera lástima y una injusticia. Tiene que resultarte muy frustrante.
—Ser… un zombi… suele resultar frustrante —respondió Tommy.
—¿Así os gusta llamaros? ¿Zombis?
—Oh, mirad —intervino Phoebe—, ¿es eso un ciervo, lo que hay en el terreno de los Palmer?
—Es que, no sé, parece bastante negativo usar ese nombre —siguió su padre, sin hacerle caso—. Zombi. Los zombis nunca han sido los buenos de las pelis, por lo que recuerdo, así que dudo que el término os haga ganar puntos en el terreno político, ¿sabes lo que te digo?
Phoebe cerró los ojos con fuerza. «Conduce más deprisa», pensó, intentando mandarle un mensaje telepatético a su padre. Sin embargo, como siempre, parecía ser inmune.

—No hay cruces ardiendo —dijo el señor Kendall— y no veo fruta podrida. Supongo que es buena señal.
—Gracias por traernos, papá —respondió Phoebe, saliendo del coche como pudo. Había varias filas de vehículos aparcados donde los autobuses solían recoger a los alumnos todos los días. Se veían grupos de estudiantes charlando, chavales con chaquetas deportivas y corbatas nuevas, luciendo zapatos abrillantados y pulidos al máximo.
—Que os divirtáis, chicos —dijo su padre, mientras Phoebe le daba un besito rápido en la mejilla—. Casi se me olvida, ¿cómo vais a ir a la fiesta de después?
A Phoebe se le cayó el corazón a los pies y esperó que no se le notase. Se había olvidado de la fiesta y, como el servicio de limusinas no quería transportar zombis, se habían quedado en tierra. Al contarles lo de la fiesta a sus padres, había omitido el pequeño detalle de que se trataba de una fiesta de chicos con DFB.
Phoebe abrió la boca para responder, pero Tommy la interrumpió.
—He llamado a Adam Layman, señor Kendall. Él nos llevará a la fiesta, espero que no le importe.
—Adam, ¿eh? Vais a estar muy apretados en su camioneta.
—Nos las apañaremos, señor Kendall. Puedo ir en la parte de fuera.
—No te ensucies el traje. Vale, chicos, divertíos.
—Adiós, papá —contestó Phoebe, esperando que no se diese cuenta de lo aliviada que estaba. Puede que Adam fuese el único chico sobre la faz de la tierra del que se fiaba su padre, seguramente porque Adam tenía ataques aleatorios de pura bondad, como limpiarle el sendero de la casa cuando el señor Kendall estaba de viaje y no aceptar más pago que una película con Phoebe y un cuenco de sopa de cebolla de la señora Kendall. Adam era el favorito para el puesto de yerno (a pesar de la obvia naturaleza platónica de su relación con Phoebe); lo único que le disgustaba de la idea era pensar en tener que compartir a sus nietos con el PDT.
—Vuelve a casa antes de las doce, ¿vale? No quiero que te conviertas en calabaza.
—Sí, papá.
—Buenas noches, señor Kendall. Me alegro de haberlo conocido por fin.
Su padre le dio la mano de nuevo, y Phoebe notó que el movimiento le salía de forma natural, sin la vacilación de la primera vez que lo había tocado. Algo era algo.
—Yo también, Tommy. Que os divirtáis.
Lo vieron alejarse, y Tommy, sonriendo, le ofreció el brazo.
—Mi madre tenía razón, estás preciosa.
—Tú también estás muy guapo, Tommy —respondió Phoebe, aceptando el brazo. Caminaron hacia la entrada—. ¿De verdad nos va a llevar Adam?
—Sí, ¿te parece bien?
—Sí, pero quizá se congele el aire de la camioneta. Adam y yo no nos hablamos.
—Algo me comentó. La verdad es que dijo… que eras tú la que no hablaba con él.
Ella apartó la vista; pensar en Adam la ponía triste, y no quería estar triste aquella noche. Le habría gustado enseñarle el vestido a Adam antes de que Tommy llegase, para que él le dijese algo bonito y la mirase sin más. Siempre podía contar con Adam para que la admirase sin complicaciones.
«Para», se dijo. Apretó el brazo de Tommy; parecía de piedra.
Los grupos de estudiantes que se arremolinaban junto a la puerta se volvieron para mirarlos, aunque sin prestarles mucha más atención que al resto de las parejas que llegaban. Phoebe se dijo que estarían más interesados en criticar su vestido que en criticar a su pareja. Entraron en el instituto sin problemas, y Tommy no parecía más incómodo que la mayoría de los nerviosos chicos que se tiraban de las camisas almidonadas y las corbatas apretadas.
Tommy dio sus entradas a uno de los vigilantes en la puerta del gimnasio. El gimnasio a oscuras estaba adornado con serpentinas y globos, y había varios focos de colores que apuntaban a los estudiantes que bailaban en una plataforma baja montada para la ocasión. Unas motas de luz aparecieron sobre los brazos de Phoebe, proyectadas por la gran bola de espejos que habían colgado del techo. El aire cálido del interior olía a colonia.
Era el primer baile de instituto al que iba Phoebe y todo le parecía precioso.
Vieron a la señora Rodríguez hablando con la directora Kim junto a un grupo de padres y profesores que protegían el cuenco del ponche. La directora los vio y se acercó, tras excusarse ante la señora Rodríguez, que los saludó con la mano. Phoebe le dijo hola.
—Karen y Kevin ya han llegado, Tommy —dijo la directora Kim—. ¿Esperas a algún otro amigo?
—Adam… y Thorn ya estarán aquí —contestó—. Si es que han sido capaces de reunir… el dinero… para pagar una cita.
—Lo siento, me refería… —contestó la directora, sonriendo con timidez.
—Se refería a mis amigos muertos —la interrumpió él. Phoebe lo agarró del brazo.
—Tommy, ya lo hemos hablado antes. Sabes que me parece bien que venga cualquier estudiante. Sabes que sólo hago lo que puedo por garantizar la seguridad de todo Oakvale High.
—Lo sé. He visto los… coches de policía… en el aparcamiento.
—Siempre tenemos policías cuando hay un baile.
—¿Estatales?
La sonrisa de la directora no vaciló. A Phoebe le daba la impresión de que Tommy estaba enfadándose, impresión que se confirmó cuando el chico apartó la vista.
—No va a venir ninguno de los… otros.
—Gracias, Tommy. Y, sólo para recordarte algunos de los puntos esenciales de nuestra charla, ya veo que los has olvidado: si aparecen los medios o algún manifestante, os sacaremos de aquí rápidamente a ti, a tu cita y a todos los demás chicos con DFB que haya en el gimnasio. —Tommy asintió, y la directora Kim sonrió con cariño genuino—. Bien, ahora id a divertiros.
—¿De qué iba eso? —preguntó Phoebe cuando la directora se alejó. Tommy se soltó de ella y le rozó la mano al dejar caer la suya.
—Cuando nos… ayudaron… después del asesinato de Evan —contestó, refiriéndose a las sesiones obligatorias con el psicólogo del instituto, la directora y un par de abogados por las que habían tenido que pasar todos los miembros del grupo de estudios zombis—, me preguntó qué íbamos… qué iba a hacer. Le dije que viviría… mi vida y seguiría trabajando. Le dije que tú y yo iríamos juntos al baile. Le dije que tú y yo… bailaríamos.
Phoebe asimiló las palabras.
—Pero ella temía que hubiese una protesta, ¿no?
—O algo peor. Prometí… que nos iríamos a la primera señal… de problemas.
—Así que lo de convertirme en calabaza es una posibilidad real —repuso Phoebe, suspirando.
—¿Cómo?
—Da igual.
Phoebe vio a Karen detrás de Tommy; estaba al borde de la pista de baile, moviéndose con una elegancia que cualquier persona viva envidiaría. Llevaba un vestido azul por encima de las rodillas que se le pegaba al cuerpo, con un ancho cinturón amarillo ceñido a la cintura. Cuando giraba, cosa que hacía a menudo, el borde del vestido subía hasta una altura casi indecente y dejaba al aire sus asombrosas piernas. Kevin estaba de pie delante de ella con un traje negro estilo saco y una horrorosa corbata de lana marrón, moviendo y bajando los brazos cada séptima y octava nota. El brazo izquierdo parecía moverse mejor que el derecho.
—Mira, ¡qué mono! —dijo Phoebe, pero Tommy ya caminaba hacia ellos.
—Hola, chicos —los saludó Karen, justo cuando un enjambre de luces plateadas le pasaba por la cara, después de reflejarse en la bola de espejos—. Phoebe, estás impresionante. Y qué buena pareja te has buscado. —Sus ojos parecían más cristalinos, brillaban como estrellas bajo las deslumbrantes luces del salón.
—Gracias, Karen —respondió Phoebe—. Puede que seas la chica más guapa que he visto en mi vida.
Karen se rió, acariciándole el brazo con una mano que se deslizaba al ritmo de la música.
—Eres un encanto. Sólo intento devolverle la vida a mi pareja. —Apartó la mano de la piel de Phoebe, que notó un cosquilleo donde la había tocado. Después hizo un gesto lánguido que abarcaba al resto de los bailarines—. Y a todos estos chicos intento dejarlos muertos.
—Bueno, la verdad es que estás divina… de la muerte —repuso Tommy.
—Muy gracioso —respondió ella, batiendo las pestañas—. Tú tampoco estás nada mal.
La experiencia de Phoebe en tales asuntos era bastante limitada, pero le daba la impresión de que estaban coqueteando delante de ella.
—Para morirse —añadió Kevin, y todos se rieron.
Karen cogió a Phoebe de la mano.
—Baila conmigo —le pidió, y ella lo hizo.

Margi llegó unos veinte minutos después con un vestido rosa con adornos negros: lazos negros por delante y por detrás, un cinturón negro ancho y zapatos negros. Llevaba una gran flor negra enganchada en su nido de pelo rosa.
El vestido era ceñido y favorecedor, y si al padre de Phoebe le había parecido atrevido su escote, a Margi no la habría dejado salir de casa con lo que llevaba puesto. A Phoebe le parecía que estaba genial, y también a Norm, a juzgar por la forma en que se secaba el sudor de la frente con la mano cada dos por tres.
—El coche de Norm no quería arrancar en casa —explicó Margi—. Mi padre ha tenido que meterle caña. —Norm Lathrop parecía desgarbado y nerviosa detrás de ella; nadaba dentro de su traje y tenía los ojos muy abiertos detrás de las gruesas lentes de las gafas.
Phoebe abrió la boca para contestar, pero Margi fue más rápida y aguda.
—¡Nada de bromas, por favor! ¡Tengo el resto de mi vida para aguantarlas! —Phoebe se rió y la abrazó—. Norm, éstos son algunos de los amigos que te conté. Ya conoces a Phoebe. Tommy, Karen y Kevin; están todos muertos.
Phoebe se quedó pasmada, pero Kevin saludó y Karen le lanzó un besito, sin dejar que la brusca presentación de Margi los incomodase. Tampoco dejaron de bailar.
Norm devolvió el saludo con la mano y dio un paso adelante para aceptar la mano de Tommy y sacudirla como si fuese una serpiente a la que intentase matar.
—Con cuidado, Norm —le dijo Tommy—, que nos rompemos… con nada.
—Dios mío, ¡lo siento mucho! —exclamó Norm, soltando la mano como si le hubiese mordido. Margi le dio una palmadita en el hombro.
—Son bromistas, Norm, relájate.
Entonces pusieron una conocida canción de baile, y Margi empezó a contonearse, rozando a Phoebe con las caderas y después al pobre Norm, que parecía a punto de derretirse a sus pies.
—Recuerda lo que te dije, Normie: cuando estés conmigo, tienes que bailar.
Norm hizo lo que pudo y consiguió meterse en el irregular círculo de amigos para practicar sus movimientos al lado de Kevin, seguramente porque suponía que no podía parecer torpe a su lado. Phoebe sonrió al pensar en lo equivocado que estaba.
Media hora después, ella estaba sin aliento y sudorosa, mientras que sus acompañantes zombis parecían tan frescos y activos como siempre; en el caso de Kevin, no era mucho decir, pero a Karen y Tommy les iba estupendamente.
Se excusó y fue en busca de una silla con el resto de los pasmarotes. El DJ puso una canción de rap muy popular con un ritmo agresivo, así que la chica se alegró de haber escogido aquel momento para sentarse un rato. Encontró una silla, y observó cómo Tommy y Karen compartían una broma, moviéndose casi, aunque no del todo, al compás de la música…, igual que la mayoría de los estudiantes vivos. Kevin, sonriendo de oreja a oreja, hacía lo que podía, aunque recibía algún que otro empujón de Norm, que cada vez bailaba con más atrevimiento… o con más espasmos, según como se mirase. Margi saludó a Phoebe con la mano y se rió de algo que decía Karen, mientras esta última ejecutaba un sinuoso movimiento que, sin duda, podía devolverle la vida a los muertos.
No sabía si estaba alegre o triste en aquellos momentos, así que decidió que un poco de las dos cosas. Al menos llevaban allí casi una hora y nadie les había echado sangre de cerdo encima.
Miró a su alrededor en busca de Adam, sorprendida por no haber visto todavía su enorme cuerpo erguido sobre el resto de los enclenques estudiantes. Tampoco había ni rastro de cómo se llamara. Adam era demasiado bueno para perder el tiempo con una tonta devoradora de chicle como aquélla.
Hablando de tiempo perdido, deseaba no haberse peleado con él. No estaba siendo justa. Además, apenas había pasado una semana de su arrebato y ya lo echaba de menos. No le gustaba estar en un baile y ni siquiera verlo para compartir una broma juntos.
—Hola, Phoebe —le dijo una voz grave a través de las notas del bajo y de sus pensamientos era Harris Morgan, el colega de Martinsburg, el chico al que había hecho sangrar la nariz en el bosque, dio un paso hacia ella—. Hola —repitió.
—Déjame en paz —respondió Phoebe. Intentó levantarse, pero él se puso delante de su silla, así que tenía que pasar rozándolo si quería levantarse. La silla estaba contra la pared y no podía ir a ninguna parte.
—No es eso —le dijo él.
—Entonces, ¿qué es? —Si llamaba a Tommy, ¿la oiría por encima del sonido de la risa de Karen? Quizá estuviera demasiado entusiasmado con aquella música, que parecía darles a él y sus amigos mayor rapidez de movimientos. O quizá estuviera observando a Karen con demasiada intensidad, embriagado por el sutil aroma a lavanda que desprendía el pelo de la chica muerta cuando giraba.
—Sólo intento hablar contigo para advertirte.
—Vete.
—Creo que Pete y TC traman algo.
—¿De verdad? ¿Están mangándoles la paga a los de primero en el servicio? —Su tono era denigrante, aunque estaba segura de que Martinsburg (y seguramente el imbécil que tenía delante) era el responsable de la destrucción definitiva de Evan Talbot.
Decidió que no llamaría a Tommy, pasara lo que pasara. Si Harris intentaba algo, se levantaría y le daría un empujón con todas sus fuerzas.
Morgan sacudió la cabeza y levantó los brazos.
—No, no, creo que están planeando algo serio. Le harán daño a alguien. A ti y a tus amigos.
—¿Y a ti qué te importa? —preguntó ella, levantándose y apartándolo con su cuerpo. Lo había derribado antes y podía volver a hacerlo, con vestido bonito o sin él. Después se iría y dejaría que todos los zombis vivos y muertos se divirtiesen como quisieran.
—Sólo quería decírtelo, nada más —repuso Morgan, sacudiendo la cabeza. Después se volvió para marcharse.
—Oye, ¿está aquí? ¿Pete y el grandote? ¿Están en el baile?
—Van a venir.
Se quedaron mirándose un rato, hasta que Harris apartó la cara y volvió al grupo de estudiantes que daban vueltas alrededor de la pista de baile.
Phoebe se quedó sentada y no se dio cuenta de que habían puesto unas luces azules más tenues para la primera canción lenta del DJ.
—Phoebe —la llamó alguien. Era Tommy, y parecía incómodo por primera vez aquella noche, abriéndose paso entre los chicos que huían de la pista de baile mientras otros entraban—. ¿Quieres… bailar conmigo?
Phoebe sonrió y aceptó su mano.

—Qué asco —dijo Holly. Adam vio a qué se refería: a Tommy Williams llevando a Phoebe a la pista para bailar una lenta, una canción antigua de Journey. La reacción de Adam fue distinta, pero no la compartió con ella—. ¿Y qué le pasa a tu amiga? —preguntó Holly. Adam pensó que si se trataba de una estratagema para que la sacase a bailar se lo estaba montando muy mal. Ni siquiera se molestó en contestar. Observó a Thorny sacar a su chica, que no paraba de soltar risitas, a la pista. Aunque Haley Rourke era de tercero, ya le sacaba treinta centímetros a Thorny. La chica era la alero estrella del equipo de baloncesto de los Lady Badgers, y a Adam le daba la impresión de que los dos hacían una pareja estupenda, al menos por personalidad. Ella era muy atlética, aunque tímida, mientras que Thorny hacía todo lo posible por ser atlético y era una de las personas menos tímidas que conocía.
Thorny había intentado acercarse a Adam, pero Holly se lo ponía difícil, porque no lo aprobaba, ni tampoco a su pareja. La chica habría preferido estar con gente como Tori Stewart y Pete Martinsburg, que acababa de llegar al baile hacía cinco minutos.
Adam vio cómo Phoebe colocaba las manos sobre los hombros de Williams y cómo el chico muerto apoyaba las suyas en las caderas de Phoebe. Quería apartar la mirada, pero no podía quitarles los ojos de encima.
«Parece contenta», pensó.
—¿Y por qué iba a querer bailar esa chica con un chico muerto? —preguntó Holly, que era perfectamente capaz de mantener una conversación consigo misma, como bien sabía Adam—. Y me sorprende que dejen entrar aquí a los muertos, es asqueroso. Ese chico baila como un bicho después de pegarle un pisotón. Y la chica…
—Oye, Holly.
—¿Sí, Adam? —preguntó ella, levantando la vista. Al ver que estaba expectante, Adam se sintió un poco culpable, aunque no lo suficiente para cambiar de idea.
—¿Crees que Tori o quien sea podría llevarte a casa? No me siento muy bien, creo que me voy a largar.
No esperó a la respuesta; simplemente se volvió y la dejó allí de pie, con su bonito vestido amarillo, boquiabierta y muda.

—Bueno, ya hemos hecho acto de presencia. Vámonos —dijo Pete.
—Oye, ¿y qué pasa con el zombi? —le preguntó TC, dándole un codazo en las costillas.
TC señalaba a Williams, que daba vueltas lentamente por la pista con Pantisnegros. Sharon la Guarra y Tori soltaban risitas detrás de él, y Pete se arrepintió de haberles dado la botella de licor para el viaje.
—¿Quieres ir a tocarle las narices? —preguntó TC lo bastante alto para hacerse oír por encima de la música.
—Ahora no, pronto.
No era sólo Williams. A su lado estaba la zombi zorrilla y el otro chico zombi de la lista, que se movía como un bicho retorciéndose.
—Vale, chicas —dijo, volviéndose hacia Tori, porque Sharon no tenía muy buena pinta—, TC y yo tenemos que hacer la paradita que os contamos. Nos vemos después en la fiesta de Denny.
Tori puso morritos, tambaleándose un poco cuando fue a que le diese un beso. Pete se lo dio y notó el sabor a licor de menta en sus labios. TC y Sharon se engancharon como un par de pulpos haciendo lucha libre. Pete se preguntó si habrían acabado con toda la botella.
—¿Adónde vais, chicos? —preguntó Tori.
—Misión especial —contestó él.
—Tenemos que gastar una broma a alguien —añadió TC, achuchando a Sharon—. Vamos a…
—Por más bebida —dijo Pete, y le echó una mirada a TC lo bastante dura como para que se le pasara la borrachera de golpe. El otro cerró la boca y soltó a Sharon—. Nos vemos después —concluyó Pete, dándole otro beso a Tori.
Cuando se iban, Pete vio a Adam al otro lado de la sala, acercándose a ellos; Adam los vio y se paró en seco.
Pete sonrió y apuntó a Layman con el dedo, como si fuese una pistola, lo que hizo que el grandote pusiera cara de haber recibido un puñetazo en el estómago. Pete le guiñó un ojo y apretó el imaginario gatillo, fingiendo que le disparaba en la cabeza; después salió de allí con TC.
FIN DEL CAPITULO
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 1:26 am

ya faltan como 3 capiss wiiiiiiii
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 11:37 am

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 12:58 pm

:youpi:
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 8:48 pm

hoy creo k me envian el archivo final del libro y se los envio :P

Saludines
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 8:49 pm

que buena noticiaaa
subo los mio entonces????
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:12 pm

uy si!!! súbelos, así ya lo tenemos completo... bueno, si le parece bien a dana, pues los está poniendo todos a la vez en los foros ^^

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:13 pm

okas
ya los ire colgando en un momento
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:17 pm

29
transcrito por shuk hing

El PLAN ERA REUNIRSE CON Adam en la calle a las diez, pero Phoebe no lo había visto en toda la noche. Como se llamase estaba allí, en una esquina, con otras dos arpías animadoras. ¿Qué estaría pasando?
—¿Qué hacemos si no viene Adam? —le preguntó a Tommy, que bailaba a su lado en un círculo compuesto por Karen, Kevin, Margi y Norm.
—Ya ha venido. Lo vi antes, hablando con su pareja.
—No lo he visto en toda la noche. Es difícil pasarlo por alto. —De hecho, no lo pasaba por alto en absoluto. Había estado echándolo de menos toda la noche, deseando que estuviese allí, bailando a su lado. No se lo imaginaba bailando, pero le habría gustado verlo.
—Norm tiene... coche —respondió Tommy—. Thorny también. O su chica, no me acuerdo.
—Voy a ver si Adam está fuera —repuso ella—. Ahora vengo.
Oakvale seguía a rajatabla la norma de no volver dejar entrar a nadie que saliese de la sala, para evitar malas conductas de diversa índole en el aparcamiento, pero a la directora Kim le encantaban los chicos tan bien educados y empollones como Phoebe, así que logró que hiciera una excepción tras cinco minutos de negociaciones. Salió corriendo de allí. Había una chica sentada en los escalones de piedra, llorando bajo la atenta mirada de los dos policías que vigilaban desde la acera. Vio unos cuantos coches aparcados en la curva, y uno de ellos era la camioneta del PDT. Adam estaba retrepado en el asiento, mirando al cielo nocturno. Encontrarlo allí sentado, tan firme y fiable, hizo que dejara de estar enfadada con él.
Corrió a la camioneta lo más deprisa que pudo con los tacones, llamándolo.
Él bajó la ventanilla y el volumen de su CD de Van Halen.
—Hola, Pheeble —la saludó, sin entusiasmo.
—¿Qué pasa?
—Me quedé sin pareja.
—¿De verdad?
—De verdad. Me gusta tu vestido, parece de luz de luna. Fantasmal. Puede que hasta espectral. Reluciente.
—Adulador —respondió ella, sonriendo—. Gracias.
Se miraron en silencio durante un instante, y a Phoebe le resultó extraña la distancia que notaba entre ellos. Casi se le había olvidado lo dura y estúpida que había sido con él.
—Mira, Adam...
—Lo siento, Phoebe —la interrumpió él; Phoebe nunca se había dado cuenta de lo infantil que podía volverse la expresión de su amigo. Adam era tan grande, tan seguro de sí mismo y tan maduro, que siempre le había parecido mucho mayor que ella. Sin embargo, en sus ojos percibía algo, un punto vulnerable que no había visto antes.
—No, Adam, he sido..
—Olvídalo —dijo él, sacudiendo la cabeza—. Y no te preocupes. Pero será mejor que vayas a por tus colegas muertos, porque estos polis han intentado hostigarme unas cuantas veces.
—¿Hostigarte? —repitió Phoebe, riéndose; era como si los fuertes brazos de su amigo le hubiesen quitado un peso de encima—. ¿De verdad te han hostigado?
—Sí, señora, hostigado, como he dicho.
—Tienes un vocabulario bastante bueno para no haber sido ni siquiera capaz de terminar Cumbres borrascosas.
—Acabo de hacerlo —repuso él, enseñándole el libro manoseado que tenía en el asiento—. Soy un hombre distinto.
—Bien por ti.
—Sin duda. Y, oye, lo del hostigamiento era coña. Quedaos lo que queráis. Me ha parecido que te lo estabas pasando bien.
Había algo raro en su comentario, pero Phoebe no conseguía identificarlo. La había visto, ¿y ella a él no?
—Sí, es verdad, y los chicos muertos también. Tendrías que ver cómo baila Kevin.
—Lo he visto. Lo hace mejor que yo.
—Lo dudo. Sobre todo después del kárate y Cumbres borrascosas. ¿Elegancia y prosa romántica? Serás el terror de las nenas si sales a la pista de baile.
—Ya.
Algo lo preocupaba, actuaba como la noche en que le había pedido que fueran a jugar con el Frisbee y no había querido compartir lo que lo incordiaba. Sin embargo, ella lo conocía lo bastante bien para darse cuenta de que, por mucho que lo pinchara, no lograría que soltase prenda; se lo contaría a su tiempo..., si es que lo hacía alguna vez.
—Vale —dijo ella, y dio dos palmadas a la puerta de la camioneta—. Iré a hostigar un poco por ahí y a empezar la fiesta.
—Genial, nos vemos ahora.
—Hasta ahora.
Estaba subiendo los escalones cuando sus amigos salieron en masa del edificio. Los hombros de Kevin todavía se movían y agitaban como si el ritmo se les hubiese metido dentro para siempre. Tommy se adelantó para hablar con ella.
—Margi dice que a Norm le gustaría llevarnos. Dice que Norm... tiene incluso... menos aptitudes sociales que la mayoría de los zombis —explicó el chico, imitando en la última parte la veloz forma de hablar de Margi.
—Que Dios la bendiga —comentó Phoebe, mirándola tomar el pelo con Karen al pobre Norm por algo que el chico había dicho—. Pero Adam está ahí.
—Oh, ¡yo voy con Adam! —exclamó Karen, saludándolo con la mano—. Os veo en la Casa Encantada..., o no.
A Kevin no pareció importarle; era como si intentase hacer la perfecta versión zombi del baile del robot, un espectáculo muy extraño sin música, así que Phoebe siguió a Tommy y los demás al coche de Norm.
Phoebe miró atrás una vez y vio a Karen entrar prácticamente dando brincos en la camioneta.
«Será bueno para él», pensó, aunque, en realidad, no estaba segura. No estaba nada segura de lo que pensaba al respecto.
Norm era un conductor mucho más precavido (y mucho menos hábil) que Adam, y quizá llevar en el asiento de atrás a un par de zombis lo pusiera más nervioso aún, pero no solían invitarlo a fiestas, así que consiguió llevarlos a la casa de una pieza. Llegaron justo cuando Adam y Karen subían las escaleras del porche.
Phoebe fue la primera en subir y vio a Mal, cuyo enorme cuerpo tapaba el umbral de la puerta, saludándolos con su absurdo movimiento de cuatro dedos.
—¿Qué... tal... el... baile? —lo oyó preguntar.
—Genial —respondió Karen, agarrando la mano de Adam para meterlo dentro—. Nadie nos lanzó botellas, ni rocas, ni siquiera nos insultaron. Es posible que Kevin le... pisara el dedo gordo a una chica, pero eso ha sido lo más violento de la noche.
En el interior, los muertos bailaban al ritmo de una mezcla de baile a máximo volumen que atronaba en toda la casa. Phoebe nunca había visto antes a tantos zombis juntos. Debía de haber al menos dos docenas de chicos balanceándose y sacudiéndose bajo los adornos y las luces, y eso sólo en el vestíbulo y el salón.
—¿Os gusta? —preguntó Karen, soltándose de Adam por un momento—. Pedí a mis padres que compraran las luces. Y mira la bolita de discoteca. ¿A que es... monísima?
—Un gran trabajo, Karen —respondió Phoebe. Vio a Colette bailando sola en una esquina. Le recordaba a las hippies extasiadas de la película de Woodstock que su padre la había obligado a ver hacía unos cuantos años. Karen no había esperado a la respuesta, sino que había agarrado a Adam para llevárselo al centro del Club Muerto y daba vueltas a su alrededor, haciendo que el dobladillo de la falda corta se elevase en una provocativa flor de tela sedosa. Para sorpresa de Phoebe, Adam empezó a mover brazos y piernas.
—Madre mía —dijo Norm, que estaba tan pálido como los chicos muertos de la sala.
—Respira hondo —le aconsejó Tommy—. Te presentaré... a todos.
Tommy les presentó a unas cuantas de las personas que estaban por el vestíbulo, la mayoría inexpresivas y, al parecer, poco interesadas en ellos. La música era incesante, pero la luz estroboscópica recorría el lugar en olas intermitentes, lo que hacía que los bailarines pareciesen todavía más torpes y extraños. La imagen confundía a Phoebe. Saludó y estrechó un par de manos frías, aunque le daba la impresión de que algunos de los zombis no estaban muy contentos de verla. Por otro lado, Tommy sí que parecía demasiado contento, presumiendo de ella.
«Quizá sean las luces y la música», pensó.
Alguien cogió a Tommy del hombro por detrás.
—¡Tayshawn! —exclamó Phoebe—. ¿Cómo estás?
En vez de responder, el chico habló directamente con Tommy.
—Takayuki... quiere hablar... contigo —dijo—. Cada día... llegan... más.
Phoebe vio que Tommy pasaba de festivo a serio en una milésima de segundo.
—¿Dónde está? —preguntó—. ¿Arriba? —Tayshawn asintió, y Tommy se volvió hacia ella—. Ahora mismo vuelvo.
Phoebe lo vio subir las escaleras a oscuras, imaginándose a Takayuki colgado bocabajo del techo dentro del armario de una de las habitaciones.
«Brrr», pensó, y volvió a contemplar a los bailarines, entrecerrando los ojos cada vez que llegaba la luz brillante. Casi todos se movían, aunque era difícil saber si se divertían, porque la mayoría de ellos mantenían su expresión imperturbable mientras se retorcían y sacudían. La excepción era Colette, que cada vez sonreía con mayor naturalidad. Estaba charlando en una esquina con Margi y Norm.
Thorny llegó con su cita justo cuando Tayshawn bajaba las escaleras, solo.
—¡Tayshawn! —exclamó, levantando la mano para chocársela—. ¿Cómo te va, tío?
Tayshawn le dejó la mano colgada y siguió andando por la pista de baile hacia el otro cuarto, donde lo esperaba el equipo de sonido.
—No veas —dijo Thorny, justo antes de ver a Phoebe—. Hola, Phoebe, ¿conoces a Haley Rourke? —preguntó, conduciendo a Haley al interior de la habitación. La chica parecía aterrada; Phoebe le dijo hola, pero ella no movió ni un músculo.
—Thorny —le dijo Phoebe al oído—, ¿le habías dicho que aquí habría un montón de chicos con DFB?
—¿Eh? —repuso él, moviendo los brazos al son de la canción que empezaba a sonar—. ¿Tenía que haberlo hecho?
La chica se disponía a responder, pero vio a Tommy y Takayuki bajando las escaleras. Tak siguió caminando hacia la puerta principal.
—¿Va todo bien? —le preguntó Phoebe a Tommy.
—Sí, han llegado... más chicos. Algunos... para la fiesta. Otros... para quedarse.
—Eso es bueno, ¿no? Cuantos más, mejor. —Quería preguntarle por Takayuki, pero no lo hizo.
—Sí, aunque podría hacer que se... fijasen en nosotros.
—¿No es eso lo que quieres? ¿Que se fijen?
—¿A qué te refieres?
—Al blog. A jugar al fútbol y demás. ¿No intentas llamar la atención sobre tu causa?
Estuvo a punto de añadir «a salir con una chica tradicional», pero no hacía falta, porque el sentimiento resultaba obvio; parecía flotar entre ellos durante todas sus conversaciones.
—Es... importante que... la gente entienda nuestra situación —respondió él, al cabo de un rato—. Lo que nos pasa.
—¿Y esto no ayudará?
—Quizá, pero no todos ven... las mismas oportunidades que yo.
—¿Tak?
—Sí. Y Tak... no está solo.
En aquel momento empezó una balada, y muchos de los presentes, zombis o no, se dividieron en parejas. Phoebe vio a un par de zombis, uno de ellos el chico del traje demasiado grande, juntarse en un torpe abrazo. Norm estaba un poco inclinado para apoyar la cabeza en el hombro de Margi, de modo que algunas de las puntas rosa del pelo de la chica asomaban por detrás de los cristales del chico y se le metían en los ojos cerrados. Haley Rourke se aferraba a Thorny, que era mucho más bajo, como si fuese la última roca libre en un mar tormentoso.
Miró a Tommy, que examinaba la habitación viendo cómo su gente se abrazaba bajo la luz apagada de la bola de discoteca que tenían encima. La invitó a bailar como si se le ocurriese en el último momento.
—¿Y si mejor vamos a algún sitio para seguir hablando?
—Esta casa... está llena de zombis —repuso él, consiguiendo fingir una expresión de asco que la hizo sonreír.
—Cierto.
—¿Un paseo por el bosque? ¿Como cuando nos conocimos?
—Como cuando nos conocimos. Buena idea, aunque hace un poco de frío.
Tommy le dio su chaqueta, en la que notó el sutil aroma que al principio le había costado reconocer, pero que era Z, la colonia de la que se habían reído en el centro comercial... El perfume «para el hombre muerto activo».
Salieron por la puerta de atrás, en dirección al bosque.



Adam le dio la vuelta con delicadeza a su pareja de baile para poder mirar por la ventana del salón y ver a Tommy y Phoebe entrar en el bosque de Oxoboxo. Karen lo agarraba con fuerza. El chico contuvo el aliento cuando desaparecieron tras los árboles, tragados por la oscuridad. Se preguntó si aquello era lo que se sentía al estar muerto.
«Espero que sepas lo que haces, Pheeble —pensó—. No, espera, espero que no tengas ni idea de lo que haces. Espero que...»
—Ella no lo sabe, ¿verdad? —preguntó Karen, rompiendo el hilo de sus pensamientos.
—¿El qué?
Los ojos de diamante de Karen brillaban como estrellas.
—Phoebe —contestó—. No sabe lo que sientes por ella, ¿verdad?
—No, ¿cómo lo sabes tú?
—Soy telepatética —respondió la chica, encogiéndose de hombros. Bajo las ásperas manos de Adam, su cuerpo parecía vaporoso y frágil, y sus huesos como los de un pájaro. Karen apretó la cara contra el pecho de Adam—. En realidad es por una combinación de factores: tu lenguaje corporal; la forma en que la miras cuando estás con ella; la forma en que la miras cuando ella no sabe que lo estás haciendo; tu expresión cuando no estás con ella; cómo se te suavizan esa cara tan seria que tienes cuando te habla. Esas cosas.
—Ah, mi seria cara. Siempre me traiciona.
—Lo siento, lo que quería decir es: «esa cara tan mona y seria que tienes».
—Vale, eso está mejor.
—Adam, escucha —insistió ella, mirándolo fijamente con aquellos ojos capaces de cortar diamantes—. Hazme caso, no esperes a morir para amar.
—Gran consejo. ¿Qué quiere decir exactamente?
—Quiere decir que tienes que encontrar el momento oportuno para decirle lo que sientes.
—¿El momento oportuno para ella o para mí?
—El momento oportuno, en general —respondió ella, y Adam notó el sutil movimiento de su delicada estructura ósea bajo las manos. Miró por la ventana, donde las sombras parecían moverse entre los árboles.
—¿Y Tommy?
—Tommy es Tommy —respondió ella rápidamente—. Y lo que tú sientas no es problema de Tommy, ¿no? —añadió Karen. A Adam le pareció notar algo raro en su voz.
—¿Y tus sentimientos? ¿Sientes algo por Tommy?
—Siento algo por mucha gente —respondió ella, riéndose y abrazándolo de nuevo—. Gente muerta, gente tradicional, de todo...
—Eres una chica especial, Karen —dijo Adam, riéndose y acariciándole el cabello. Y, sin pensarlo, le puso un mechón de pelo detrás de la oreja con la punta de los dedos y se inclinó para darle un beso en la mejilla. Fue un acto impulsivo del que apenas fue consciente hasta notar la fría suavidad de su piel en los labios, lo que le recordó quién era él y qué era ella.
—Oh —dijo Karen—. Oh, gracias, Adam.
Las relucientes estrellas de sus ojos se volvieron novas, como si no se limitaran a reflejar la luz, sino que, en realidad, la proyectaran.
—No, gracias a ti —respondió él, dándole un abrazo y soltándola.
La canción se convirtió en algo más frenético, y él se abrió paso entre los muertos en dirección a la puerta de atrás.
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:18 pm

30
transcrito por shuk hing

PETE NO SE CREÍA SU BUEna suerte. Aunque TC estaba medio borracho y apestaba a licor de menta, habían conseguido encontrar el lugar después de un corto paseo por el bosque, tras dejar el coche escondido en uno de los sitios donde antes solía ir a enrollarse con las chicas. Las carreteras que rodeaban el Oxoboxo estaban repletas de desvíos sin salida, y él los conocía todos.
Acababan de llegar cuando apareció la camioneta destrozada de Adam y el segundo coche, en el que iban Pantisnegros y Williams. Por divertirse, había sacado el fusil y había apuntado al zombi grande del porche; a su cabeza, para ser más exactos, que parecía un trozo de cera de vela derretida sobre los anchos hombros.
«Pop», pensó Pete; después apuntó a Karen y a Adam mientras subían las escaleras. Entonces, TC estuvo a punto de delatarlos con un fuerte estornudo.
—Cállate, idiota —le soltó Pete, entre dientes.
—¿Qué? —preguntó TC, sonriendo—. La música está a tope y, de todos modos, tampoco es que oigan muy bien.
A Pete le daban ganas de romperle la cabeza con la culata del fusil, de darle en toda su sonriente cara de pan. Se volvió y vio que Tommy ya había recorrido la mitad de los escalones y estaba en el centro de un grupo de gente. Pantisnegros estaba con él, junto con los chicos de siempre. También un atontado al que recordaba vagamente haber sacudido en un par de ocasiones.
Apuntó a Tommy. Mientras los demás soñaban despiertos con lo mucho que se iban a divertir en el gran baile del instituto, él se había pasado la semana disparando a latas y a distintos bichos del bosque detrás de su casa. Incluso le dio a la chimenea de los Talbot, sólo por reírse un rato. Tenía el dedo sobre el gatillo, sin apretar.
«A la cabeza», pensó, entrecerrando los ojos.
—¿Por qué no le has disparado? —le preguntó TC cuando Williams entró en la casa.
Pete sudaba; notaba humedad en las axilas y en el cuello. TC y él se habían quitado la ropa de vestir y llevaban jerseys y zapatillas oscuras para la misión.
—No tenía un blanco limpio, estúpido —respondió, apoyando la espalda en un árbol.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Esperar.
—Pero tengo que mear —-repuso TC, gimoteando.
—¡Pues ve a mear! ¡Pero no hagas ni un ruido!
TC se alejó arrastrando los pies con la elegancia de un alce.
Después esperaron, vieron llegar al renacuajo de Harrowwood y a su chica jirafa, y después a un tío con pinta de heavy y una exagerada sonrisa de felicidad salir y meterse en el bosque en dirección opuesta. A Pete le resultaba familiar.
—¿Era eso un zombi? —preguntó TC.
—No sé, quizá.
—¡Mira! —exclamó TC, levantándose de un salto.
-¿Qué?
—¡Acaban de salir! ¡Por la puerta de atrás!
—¿Quién? ¿Williams? —preguntó Pete, cogiendo el fusil del suelo antes de levantarse.
—¡Sí, y la chica gótica! Se han metido en el bosque.
—Vale, tiene que haber un sendero por ahí. Nos moveremos entre los árboles hasta que lo encontremos. Cuando los alcancemos, tú coges a Julie y yo le reviento los sesos al chico muerto.
—No hay problema —respondió TC, pero Pete ya estaba en marcha, mirando a la casa cada dos o tres pasos, por si más amantes de los zombis decidían salir a dar una vuelta a la luz de la luna.
—Oye —le preguntó TC mientras daban la vuelta—, ¿quién es Julie?
A Pete le tembló el músculo de la mandíbula, pero no respondió.




La luna no ayudaba mucho, porque su luz reflejada proyectaba una tenebrosa penumbra a través de las ramas desnudas de los árboles, pero Phoebe no quería pedirle a Tommy que le diera la mano. No sabía qué señales debía enviarle. Ya llevaba puesta su chaqueta, perfumada con Z, y con esa señal le bastaba, a pesar de que, en realidad, sólo significaba que tenía frío.
—Los tacones no están pensados para el bosque —dijo, parando a quitarse los zapatos.
—Tampoco las medias —repuso Tommy; ella estaba de acuerdo, pero no le pareció buena idea quitárselas. El chico emitía un tenue brillo—. ¿Te he contado alguna vez cómo morí? —Phoebe sacudió la cabeza, aunque no estaba muy segura de si él podía verla—. En un accidente de coche. Mi padre conducía. Un conductor borracho se saltó un semáforo en rojo y... se estrelló contra nosotros. El borracho sobrevivió, pero mató a mi padre. —Hizo un ruido que debía de ser una risa seca o un suspiro; difícil saberlo a oscuras—. Y a mí también.
—Lo siento.
—Mi padre murió al instante. Yo tardé un poco más. Una de mis costillas había perforado un pulmón, así que acabé... ahogándome en mi propia sangre.
—Tommy, eso es horrible.
—No fue un paseo por el campo, no —respondió él. La cogió de la mano y la llevó hasta un banco de piedra que había junto al camino. Ella dejó que la guiase—. Fue de noche, en un... cruce delante de una gran iglesia. Veía el campanario a través del parabrisas destrozado. Dimos varias vueltas de campana y acabamos delante de ese campanario. Levanté la mirada y... recé para que mi padre siguiera vivo. Recuerdo rezar por eso porque sabía que yo no tenía esperanzas y no quería que mi madre se quedase sola. —Phoebe le apretó la mano, sin importarle las señales que pudiese enviar. Tommy nunca le había parecido tan vulnerable—. Lo primero que pensé cuando... regresé fue que Dios se había equivocado. Pensaba: «No, Dios, yo no, mi padre. Te pedí que salvaras a mi padre».
—Faith tuvo que alegrarse mucho de que volvieras —repuso Phoebe.
—El nombre... le pega. Dallas Jones ya se había hecho... famoso, y ella dice que sabía que yo... volvería.
—Faith tiene fe —dijo Phoebe—. ¿Y tú?
—Volver explica... ciertas cosas. Y convierte otras... en un misterio. Algún día... intentaré... contártelo.
Phoebe se sintió acalorada. Apartó la cara para mirar hacia el oscuro bosque, pero él le apretó la mano con más fuerza.
—¿Por qué crees que los... zombis... como Karen y tú son tan distintos de los demás? Quiero decir, ¿por qué puedes correr y jugar al fútbol, y Karen puede bailar y beber café, mientras que a la pobre Sylvia le cuesta hasta andar? Tu muerte fue tan violenta como la de cualquiera.
—Creía que resultaba obvio.
—Pues supongo que soy un poquito corta. ¿Por qué?
—Por amor.
—¿Por amor? —repitió ella, deseando poder verle la cara mejor; sólo le llegaba el tenue brillo de sus ojos.
—Por amor. Vivo con mi madre, que me quiere. Karen tiene a sus padres y a su hermana. Los padres de Evan lo querían... de manera incondicional. Es la única diferencia entre nosotros y los chicos como Colette. Sus padres huyeron de la ciudad cuando regresó.
—Sí —dijo Phoebe, sorprendida y avergonzada por no haber visto nunca el vínculo—. ¿Sylvia? ¿Tayshawn?
—Sylvia estaba en St. Jude, junto con Colette y Kevin, y ahora están mejorándola en la fundación. En St. Jude cuidan de ellos, pero yo no lo llamaría amor. Tayshawn se quedó... un tiempo con su abuela en Norwich, pero no funcionó.
A Phoebe el pulso le iba a mil por hora mientras buscaba la respuesta correcta. Aunque quería decirle algo, algo que lo aliviase, la única respuesta que se le ocurría era la única que no estaba preparada para dar. Tenía la impresión de que Tommy era consciente de ello.
—Sólo... creía —empezó—. Creía que... si... si conseguía que una chica... una chica de verdad... me amara..., me besara..., mejoraría... todavía más.
«Allá vamos otra vez», pensó Phoebe, volviéndose hacia él. Había dicho «una chica», no «Phoebe», sino «una chica».
—Tommy...
—Lo sé. Créeme... sé... lo que te pido.
Se volvió y la miró con sus extraños ojos, y ella pensó que podía ver todo el dolor y el sufrimiento en lo más profundo de su mirada. Todo el dolor y el sufrimiento de alguien que había muerto demasiado pronto, antes de experimentar las cosas que experimentan los jóvenes.
—Creía—repitió, acercándose más a ella— que si te... besaba...
Phoebe abrió la boca para responder, pero oyeron un crujido en el bosque, detrás de ellos, y notó que alguien la levantaba en volandas del banco.
«Estaba a punto de besarlo —pensó Pete—. La muy zorra de Julie estaba a punto de entregarse a este cadáver infestado de gusanos.»
—¿Cómo has podido, Julie? —susurró cuando salió al sendero, a pocos metros de ellos. Había enviado a Stavis por detrás, de modo que se dirigieran al escondite de Pete si lo oían dando tumbos. Pero Williams y Julie estaban tan metidos en su charla íntima que ni siquiera se habían dado cuenta hasta que fue demasiado tarde.
—Pete —dijo ella, con voz aguda y asustada, forcejeando con Stavis. El chico vio cómo intentaba darle una patada en las espinillas o más arriba, pero Stavis le metió la rodilla en la espalda.
Pete levantó el fusil y apuntó al centro de la frente del zombi, que se quedó allí plantado, mirándolo con sus ojos vacíos.
—Pete, por favor —dijo la chica—. Estábamos...
—Calla —le ordenó Pete.
—Pete, por favor, eso es...
—¡Te he dicho que te calles! —gritó Pete, apartando el fusil del zombi para dirigirlo a ella. La chica abrió mucho los ojos y dejó de moverse.
—Oye, Pete —dijo Stavis—, el zombi... Creo que el zombi...
—Tú también, Timothy Colé —lo interrumpió Pete. Sólo usaba el nombre completo de Stavis cuando quería obediencia instantánea—. Bájala y cierra la boca de una vez. Ven aquí, no quiero que te pringues.
Stavis obedeció rápidamente, tropezando con las ramas caídas.
Pete la observó mirar a su amante zombi, el insulto definitivo. Estaba cansado de que se rieran de él en sus sueños, de que se rieran de él cuando despertaba. Seguramente ya estaba infectada con la enfermedad zombi y, si la dejaba marchar, infectaría a más gente.
El cañón del fusil tembló, pero lo obligó a permanecer firme. Ella lo miró, aterrada.
«En la cabeza», pensó. Era la única forma de acabar con los muertos vivientes.
—Yo te quería —susurró. Y apretó el gatillo.





Adam daba vueltas por la hierba muerta del patio trasero, intentando decidir si era el momento oportuno y qué debía decir.
«Oye, Pheeble —pensó—, antes de que beses a ese tío muerto de ahí, deberías saber una cosa: para mí eres algo más que los juegos con el Frisbee y las bromas tontas sobre mi vocabulario. Significas más para mí que mil como se llamen, aunque pasara de ti en los pasillos durante casi todo el tiempo que hemos estudiado juntos. Y, Pheeble, si tengo que hacerlo, escucharé a los Restless Dead, Zombicide, los Drumming Mummies o lo que sea, me vestiré de negro y quemaré incienso, en caso necesario. Iré a que me echen las cartas del tarot y le prestaré atención a Daffy como si fuera una eminencia increíblemente interesante e inteligente, en vez de un loro loco. Puedo hacerlo, Pheeble..., Phoebe...»
Entonces oyó un golpe en el sendero y el chillido de Phoebe.
Corrió por el camino llamándola a gritos. Al principio creía que Tommy había hecho algo que no debía, pero entonces vio a Phoebe de pie con Tommy y a Pete Martinsburg frente a ellos, apuntándolos con un fusil.
Apuntando a Phoebe.
Corrió, llamándola a gritos. Corrió tan deprisa como le permitieron sus piernas.
Oyó la tranquila voz del maestro Griffin en su cabeza: «Céntrate —decía—. ¿Qué harás con ese poder?».
Llegó hasta Phoebe justo cuando Pete apretaba el gatillo.
Cuando todo terminó y Phoebe se encontró de nuevo rodeada de gente que la quería, recordaría el momento de vacilación de Tommy. Puede que sus extremidades muertas no tuvieran el tiempo de respuesta necesario para correr a ayudarla, pero, cuando lo miró, Tommy Williams, el líder del movimiento zombi clandestino, había vacilado.
Pete Martinsburg vaciló lo que tardó en apretar el gatillo.
Adam no vaciló en absoluto, y por eso cayó.
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shuk hing
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:19 pm

31
transcrito por shuk hing

EL DISPARO ROMPIÓ EL SILENcio del bosque. Pete vio que alguien se ponía delante de Julie y se doblaba por la mitad como si lo derribase un equipo de tackleadores invisibles.
Adam. Había disparado a Adam Layman.
—¡Dios mío, Pete! —chilló Stavis, mirándolo, con la sorpresa y el miedo pintados en su gordo rostro. Salió corriendo hacia el bosque.
Pantisnegros gritó el nombre de Adam y se dejó caer a su lado.
Pete volvió a apuntarla, pero después lanzó el fusil a los arbustos y echó a correr. Corrió sin pensar, tropezando y casi rompiéndose el tobillo en un tocón bajo; corrió hasta descubrir uno de los muchos senderos sinuosos que recorrían el bosque de Oxoboxo como serpientes borrachas. Con la respiración entrecortada, frenó un poco sin dejar de trotar, devanándose los sesos para averiguar cómo llegar hasta el coche. No tenía ni idea de dónde estaba.
—¿Ya... te vas... de la fiesta? —preguntó una voz detrás de él.
Se volvió; era el tío que había salido antes de la casa, y Pete por fin recordó dónde lo había visto: era el zombi del día en que había dejado marchar a la zorra muerta. El tipo feliz, el heavy. Vio el brillo de las cadenas que le colgaban de la chupa de cuero.
—Que te... jodan —respondió Pete. El otro se limitó a sonreír mientras se acercaba.
Pete se volvió y tropezó con una roca. Rodó para ponerse boca arriba, y el zombi se inclinó sobre él, haciendo que se le quedase grabada en el cerebro la imagen de su cara destrozada.
—¿Creías que te iba a... matar? —le preguntó el zombi con su voz ronca de reptil; el pelo oscuro le colgaba como los tentáculos de una medusa—. La muerte... no es para ti. La muerte es... un regalo.
Pete vio que no sonreía, aunque podía verle todos los dientes. Ahí fue cuando empezó a gritar.



Phoebe cayó de rodillas en la tierra junto al cuerpo de Adam, rompiéndose el borde del bonito vestido blanco al hacerlo. Adam se había derrumbado como si se le hubiese lanzado encima un tackleador invisible. Se había quedado sin aliento y su gran cuerpo pareció desinflarse al dar contra el suelo.
—¿Adam? Oh, Dios mío. Adam, ¿estás bien?
Le había puesto las manos encima, y le palpaba brazos y hombros en busca de heridas, pero, cuando llegó al pecho, vio que una flor rosada se le extendía por el centro de la camisa.
—¡Adam! —gritó—. Adam, ¿me oyes? —Tommy estaba arrodillado a su lado, con una mano en el hombro del chico, que había empezado a temblar. Adam abrió y cerró la boca, y se le pusieron los ojos en blanco. Tosió, y un fino hilo de sangre le apareció en la comisura de los labios. Phoebe apretó la mancha de la camisa con manos temblorosas y pidió a Dios que la ayudara a mantener la vida de Adam dentro de su cuerpo hasta que llegase ayuda.
—Ha entrado en estado de shock —dijo Tommy.
Phoebe sentía cómo la vida de su amigo se le escapaba entre los dedos.
—¡No, Adam! ¡No te vayas! Por favor, Dios; ¡no te vayas, Adam!
Entonces los ojos de Adam se centraron, la miraron y abrió la boca para hablar. Intentaba decir algo, pero se ahogaba, y ella lo detuvo:
—Chisss, la ayuda está a punto de llegar.
Él sonrió, y Phoebe vio que la luz abandonaba sus ojos; una convulsión enorme le recorrió el cuerpo, y Adam murió.
Phoebe contuvo el aliento. Adam no se movía.
—No te vayas —se oyó decir, entre sollozos, aunque era como si estuviese viéndose desde fuera, como si hubiese abandonado su cuerpo a la vez que Adam el suyo. Se miró, derrumbada sobre él, estremecida por el llanto. Tommy se arrodilló a su lado, con el rostro oculto por las sombras.
Miró a su alrededor, pero Adam (su espíritu) no estaba por ninguna parte.
Entonces Tommy le tocó el brazo y volvió a su cuerpo. La mancha seguía extendiéndose por la camisa blanca, y todavía notaba cómo la vida del chico se le escurría entre las manos.
Oyó voces que se acercaban por el sendero, pero era demasiado tarde: Adam se había ido.




Los muertos se reunieron alrededor de Phoebe. Karen, Colette, Mal y Tayshawn, y los que no conocía (la chica quemada y la chica con un solo brazo) habían formado un círculo alrededor de Tommy y ella, que seguían arrodillados al lado del cuerpo sin vida de Adam. Era como un funeral, pero al revés, ya que los que lloraban estaban todos muertos y ella, la única persona viva, estaba a punto de acabar bajo tierra.
Al verlos allí, tan quietos y silenciosos como los árboles, quiso gritarles que la ayudaran, que usaran todos los extraños poderes que tuvieran para traer de vuelta a Adam.
Vio a Margi entre los muertos, marcando un número en el móvil con manos temblorosas.
—¿Cómo podéis quedaros ahí parados? —preguntó Phoebe, mirando a Colette, a Mal. Intentó levantar a Adam poniéndole el brazo bajo el cuello, pero pesaba demasiado—. ¿Por qué no me ayudáis? ¡Karen, por favor!
Oyó a Margi hablar por teléfono y tiró del brazo de Adam con esperanza renovada, recordando que había muchos policías allí al lado, en la puerta del instituto. El departamento de bomberos de Oakvale siempre respondía a las emergencias a toda velocidad. Volvió a suplicar, levantando la vista, cuando Takayuki se metió entre sus colegas muertos.
—¡Por favor! —repitió, tambaleándose mientras Tommy intentaba ayudarla a sentar a Adam—. ¡Por favor, ayudadme!
—Ya vienen —dijo Margi, entre lágrimas.
Karen se acercó y se arrodilló, poniendo una mano sobre el hombro de Phoebe. Sus ojos de diamante brillaban como estrellas lejanas al poner la otra mano sobre el centro de la mancha roja de la camisa de Adam.
—Seguro que puedes hacer algo, Karen —le suplicó Phoebe—. Puedes, ¿verdad? ¿Puedes ayudarlo?
Karen parpadeó, apagando por un instante las estrellas, y sacudió la cabeza.
—Lo siento, Phoebe. Lo siento de corazón.
Por la cabeza de Phoebe pasaron mil respuestas: la rabia fue la primera; quería golpear a Karen, darle una bofetada, llamarla mentirosa; después quiso abrazarla y aferrarse a ella hasta que llegara la policía y se llevaran el cadáver de Adam.
—Lo... tengo —dijo Tommy, y Phoebe dejó que lo depositara de nuevo sobre la tierra con mucha delicadeza.
—No —repuso. Tenía que haber alguna esperanza. La policía estaba de camino, podrían reanimarlo.
Sin saber qué otra cosa hacer, abrazó a Adam, intentando mantenerlo caliente.




Adam abrió los ojos.
Le parecía notar la lluvia en las mejillas, pero cuando se le aclaró la vista y pudo observar mejor, incluso en la penumbra, comprobó que era Phoebe, que lloraba sobre él.
La observó, y ella contuvo el aliento.
—¿Adam?
Él se rió y soltó una broma tonta sobre lo mal héroe que era: dos viajes al bosque para rescatarla y las dos veces acababa de culo en el suelo. Phoebe sonrió y se puso a llorar con más fuerza. Adam se dio cuenta de que estaba un poco mareado por el golpe, porque lo que intentaba decir y lo que acababa saliendo eran dos cosas completamente distintas.
Ella lo mandó callar y le puso un dedo en los labios. Era curioso lo cálido que resultaba su dedo comparado con la mejilla de Karen. Intentó hacer otra broma, pero todavía no había recuperado el aliento, así que sólo pudo dejar escapar algunos jadeos entrecortados. No pasaba nada, lo habían dejado sin aliento muchas veces en el campo. Tenía que esperar y relajarse.
Sin embargo, no le gustaba ver llorar a Pheeble. Levantó la mano derecha con la intención de limpiarle las lágrimas y, curiosamente, se movió la izquierda. Contempló cómo su mano se estremecía y volvía a quedarse quieta sobre el pecho.
El pecho húmedo.
El pecho empapado. Intentó apartar la mano de la humedad, pero no le obedecía. Phoebe le apartó las manos en un gesto que, seguramente, pretendía reconfortarlo, aunque al ver las manos de su amiga cubiertas de sangre, de su sangre, el efecto no fue el deseado.
«Pete —pensó—. El muy imbécil.»
Phoebe seguía llorando; Adam se dio cuenta de que había más gente alrededor. Tommy y Karen estaban a su lado. Daffy estaba con el móvil; al parecer no era capaz de callarse ni un minuto.
Vio que Daffy también lloraba, y Karen, quizá. Karen Ojos de Estrella, ése sería su nuevo apodo. Sus ojos parpadeaban como pequeñas linternas en la oscuridad del bosque de Oxoboxo. Por supuesto, no podía llorar de verdad, aunque Phoebe insistiera en que la había visto soltar una lágrima en el funeral de Evan.
«Pobre Evan», pensó, porque aquel crío le había caído muy bien.
Entonces, Adam supo por qué lloraban todos y abrió la boca para decirles que no hacía falta.
—Estoy bien —dijo..., o lo intentó decir, ya que eso no fue lo que los demás oyeron.
—Chisss —repuso Phoebe, y se inclinó sobre él para abrazarlo. Habría sido fantástico de no tener entumecido todo el cuerpo—. No intentes hablar —susurró ella, acercándole los labios al oído.
Lo intentó de todos modos antes de que pudiera decir lo que sabía que iba a decir, pero el ruido que le salió era como un largo resuello ahogado.
—Estás muerto, Adam —susurró Phoebe.
Aunque el chico intentó volverse, su carne no estaba dispuesta a permitírselo.
Oyó que a ella se le entrecortaba la voz al intentar decir las siguientes palabras.
—Te ha matado Pete.
La verdad lo golpeó con la misma fuerza de la bala. Primero pensó en protestar, en decirle que se equivocaba, aunque en el fondo de su corazón lo sabía; en el fondo de un corazón que ya no latía, sabía que ella tenía razón.
—Te quiero, Phoebe —dijo, mientras ella lloraba, pero lo único que le salió de la boca fueron unos ruidos extraños, ahogados, nada parecidos al lenguaje humano.



Phoebe se quedó con él hasta que llegó la policía. Su bonito vestido blanco ya no era ni blanco, ni bonito; el dobladillo estaba hecho trizas y sucio, y la sangre de Adam lo cubría por completo. Adam había recibido el balazo en el pecho porque Pete apuntaba a la cabeza de Phoebe. La idea tendría que haberla aterrado, pero sólo podía pensar en Adam y en lo distinto que sería todo entre ellos a partir de aquel momento.
Mientras lo veía allí tirado, sin parpadear, intentando en vano formar palabras que ella pudiera comprender, lo único en lo que pensaba era en lo malos que habían sido los días que se había pasado sin hablarle. Lloraba, no podía parar y, aunque resultara absurdo, sabía que algunas de sus lágrimas eran por aquellos días perdidos. Deseaba poder rebobinar hasta el último momento juntos en la Casa Encantada y no haberle dicho las cosas que le dijo. Deseaba que la hubiese dejado terminar de disculparse.
La mayoría de los zombis se dispersó por el bosque, fundiéndose en el paisaje como fantasmas en cuanto las luces de las sirenas de policía iluminaron la oscuridad. Phoebe los vio desaparecer, recordando la noche en que la habían rescatado, después de surgir de la oscuridad y los bosques como si formaran parte de ellos.



Tommy y Karen se quedaron hasta que llegó la policía, como todos los chicos de factor biótico tradicional. Colette se quedó con Margi, y las dos se abrazaron cuando Margi terminó de llamar por el móvil. Haley dijo que sabía algo de primeros auxilios y reanimación, pero todos sabían que no serviría para nada: Adam ya había muerto y revivido.
Aunque no estaba segura, a Phoebe le daba la impresión de que casi ningún chico con DFB había regresado tan deprisa. Sólo había estado muerto unos cuantos minutos, los minutos más largos de la vida de Phoebe, pero quizá aquello fuera motivo de esperanza. Quizá su veloz regreso de las fauces de la muerte significara que lograría controlar su voz y su cuerpo más deprisa que algunos de los otros. Quizá.
Tommy intentó consolarla, pero ella no quería que la consolaran. Margi y Karen intentaron hablar con ella, pero tampoco quería hablar.
Adam había acudido corriendo para salvarla, y no una, sino dos veces. Al verlo allí tirado, mirándola e intentando hablar, supo que había llegado su turno, que le tocaba a ella salvarlo. Respiró hondo y se secó los ojos en la ensangrentada manga del vestido, el vestido que a él le parecía hecho de luz de luna.
Poco después llegó la ambulancia y los paramédicos le quitaron a Adam, que se retorcía y tosía sonidos ininteligibles, para tumbarlo en la camilla. Durante todo el proceso, Phoebe sólo podía pensar en una cosa: en traerlo de vuelta. En traerlo de vuelta todo lo que fuera posible.


FIN DEL LIBRO
:youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi: :youpi:
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Miér Abr 28, 2010 9:21 pm

y eso es todoo :youpi: :youpi: :youpi:
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 29, 2010 11:32 am

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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 29, 2010 7:27 pm

chicaaas temrino de traducir el capi dos del segundo libro y las pongo al corriente xD, k el primer capi es adam pensando y nos e entiende mucho, es a lo tarzan :S
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   Jue Abr 29, 2010 10:21 pm

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Qué ganas de saber que va a pasar con Adam!!!
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MensajeTema: Re: Generation Dead - Daniel Waters   

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