Black and Blood


 
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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Tibari

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MensajeTema: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mar 15, 2010 6:25 pm

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UN THRILLER SOBRECOGEDOR QUE COMIENZA EN LA GUERRA DE CRIMEA Y CULMINA EN MEDIO DE LA BELLEZA LETAL DE LA ARTÁRTIDA, DONDE DUERME UNA VERDAD: LA NECESIDAD NOS CONVIERTE EN MONSTRUOS.

En 1856 un barco se pierde en los confines del mundo, en las estribaciones de la Antártida: a bordo, una pareja con una extraña enfermedad que aterroriza a la tripulación.
En nuestros días, Michael Wilde, un fotógrafo de naturaleza, atormentado por el accidente que hizo que su prometida quedara en coma irreversible, acepta participar en una misión científica al Polo Sur.
En el transcurso de una inmersión Michael descubre a una mujer atrapada en el hielo de un iceberg, tal vez acompañada por otra persona. Todos están de acuerdo en subir a la superficie el sorprendente descubrimiento… sin recordar que algunos pasados nunca mueren, y que las maldiciones eligen momentos insospechadamente oportunos para volver a la vida, y despiertan con la misma sed de sangre, una sed insaciable desde la batalla de Balaclava.

Una historia de misterio y terror en la que el amor desempeña un papel fundamental.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mar 15, 2010 6:31 pm

PRÓLOGO
Transcrito por Tibari



A BORDO DEL COVENTRY, CORBETA DE SU MAJESTAD,
EN EL OCÉANO ATLÁNTICO. LATITUD: 65 GRADOS Y 28 MINUTOS SUR.
LONGITUD: 120 GRADOS Y 13 MINUTOS OESTE.


28 de diciembre de 1856

SINCLAIR SE INCLINÓ SOBRE la litera de madera donde yacía Eleanor. Ésta seguía castañeteando los dientes a pesar de que él la había abrigado con su gabán y luego sepultado debajo de todas las mantas y sábanas que había logrado encontrar. La respiración de la joven levantaba vaharadas en la humedad del aire gélido. A la vacilante luz de la lámpara de aceite podía ver el movimiento de los ojos por debajo de los párpados. El rostro de la mujer era blanco y frío como el hielo que había rodeado el barco durante las últimas semanas.
El hombre le acarició la frente con su mano entumecida, y le apartó de los ojos un mechón de la larga melena de color castaño oscuro. Al tacto, la piel de la muchacha era tan yerma e implacable como la hoja de una espada, pero aún percibía la parsimoniosa circulación sanguínea debajo de la epidermis. No sabía demasiado bien cómo, pero iba a tener que velar por sus necesidades, y pronto, porque ya no había forma de hacerlo allí. Debía salir del camarote y bajar a la bodega.
—Descansa —le instó con dulzura—. Estaré de vuelta antes de que hayas podido notar mi ausencia.
Ella suspiró en señal de protesta y apenas movió los labios.
—Intenta dormir.
Le ajustó la gorra de lana alrededor de la cabeza, la besó en la mejilla y se levantó todo cuanto permitía el techo bajo del opresivo camarote. Sostuvo en alto la lámpara —el cristal estaba tiznado y apenas quedaba aceite de ballena en el fondo— y escuchó delante del umbral durante unos instantes antes de abrir la puerta hacia el oscuro pasillo exterior. Fue capaz de percibir los murmullos de los tripulantes en algún lugar de la bodega. No necesitaba distinguir las palabras para saber qué decían. Había estado oyendo las maldiciones y percibido la hostilidad de sus miradas desde que un viento implacable, primero, y las tormentas, después, habían desviado la nave de su singladura original, cada vez más cerca del Polo Sur. Los marineros eran gente supersticiosa incluso en los tiempos de bonanza y él era consciente de que habían llegado a ver a los pasajeros —Eleanor y él mismo— como el origen de todos los males actuales de la corbeta, pero ¿acaso podían ellos hacer algo para evitarlo? No le gustaba dejar sola a Eleanor ni siquiera unos minutos.
El militar había quitado las espuelas de las botas hacía tiempo, pero resultó imposible evitar el crujido de la madera mientras avanzaba por el corredor. Sinclair hizo todo lo posible por pisar sólo cuando era especialmente fuerte el golpeteo de trozos de hielo contra el casco de la nave o el viento nocturno agitaba las velas con intensidad; pero en cuanto rebasó la cocina, la luz de su lámpara iluminó a Burton y Farrow, reunidos junto a una botella de ron. La corbeta cabeceó hacia estribor, lo cual obligó a Sinclair a estirar un brazo para apoyarse en la pared.
—¿Adónde va? —gruñó Burton. Llevaba un anillo de oro en una oreja y las motas de humedad congeladas en su barba gris refulgían como diamantes.
—A la bodega.
—¿Qué busca?
—No es de su incumbencia.
—Podríamos hacer lo que fuera —masculló Farrow en voz baja mientras el navío se enderezaba con un gemido ensordecedor.
Sinclair se encaminó hacia la escalera que conducía a la despensa de debajo. Una capa de escarcha cubría los peldaños y el aceite de la lámpara se agitaba haciendo un ruido de salpicadura cuando ésta oscilaba de un lado para otro, proyectando fantasiosas sombras parpadeantes sobre los barriles de tocino en salazón, bacalao seco y bizcocho de mar, casi todos a punto de abarcarse, y los toneles de ron chileno que había roto la tripulación. El equipaje del oficial de lanceros se hallaba un poco más lejos, dentro de un gran arcón asegurado con candados y pesadas cadenas. Parecía intacto a primera vista.
Pero cuando se inclinó y el débil resplandor de la lámpara se extendió sobre el baúl pudo apreciar marcas de arañazos y hendiduras, como si alguien hubiera intentado abrir los candados con una ganzúa o incluso levantar la tapa haciendo palanca. No le sorprendió. De hecho, sólo era capaz de imaginar una razón por la cual la dotación del barco no les había desvalijado: los marineros no sólo le odiaban, también le temían. Era consciente de lo que veían cuando miraban a un veterano lancero condecorado de la guerra de Crimea: debían enfrentarse a un consumado experto en el manejo de la pistola, la lanza y el sable. Aflojó el cuello de la casaca militar y extrajo del bolsillo de la camisa las llaves del cofre.
Miró hacia atrás para cerciorarse de que estaba solo y nadie le observaba. Dejó correr la cadena humedecida antes de abrir el candado y luego alzó la tapa del baúl en cuyo interior, debajo de ropas de equitación, uniformes y varios libros —había ejemplares de las obras de Coleridge, Chatterton y George Gordon, lord Byron—, halló lo que había venido a buscar: dos docenas de botellas cuidadosamente envueltas y empaquetadas con la etiqueta ‹‹Madeira. Casa del Sol. San Cristóbal››. Limpió una con los pantalones de montar y la sujetó bajo el brazo mientras volvía a cerrar el arcón.
Subir los escalones haciendo juegos malabares con la botella y la lámpara fue un empeño delicado, y empeoró cuando el militar vio a Burton acechando en lo alto.
—¿Ha encontrado lo que buscaba, teniente? —Sinclair no le contestó—. ¿Necesita ayuda? —continuó Burton, extendiendo una mano enguantada.
—No es necesario.
Pero el marino ya había visto la botella.
—Alcohol, ¿eh? Nos vendría bien una copita para entrar en calor.
—Ya está usted bastante caliente.
Sinclair se alejó de la escalera y pasó rozando primero a Burton y luego a Farrow, que se daba palmadas en los miembros para estimular la circulación, antes de agacharse y entrar en la cocina, donde sostuvo el envase de vidrio cerca de la estufa, ardientes aún los rescoldos del carbón, a fin de deshelar el contenido. Después, regresó al camarote, rezando para no encontrar a Eleanor en peor estado.
Pero resultó que no estaba sola. Una luz parpadeante se filtraba por debajo de la puerta, y al abrirla descubrió al médico del barco, el doctor Ludlow, inclinado sobre la enferma. El galeno era un tipo de lo más repulsivo: encorvado, abotargado y con unos modales que pasaban bruscamente de la amabilidad a la arrogancia. Sinclair no habría confiado en aquel sujeto ni para que le cortara el pelo, una de las muchas tareas de un médico naval, y desconfiaba de él en lo tocante a Eleanor, por quien había mostrado un interés indecoroso casi desde que subieron a bordo. En ese momento le sostenía la muñeca lánguida y sacudía la cabeza.
—El pulso está realmente bajo, teniente, bajo de verdad. Temo por la vida de la pobre muchacha.
—Yo no —afirmó Sinclair, hablando más a la paciente que al médico.
Liberó la mano de Eleanor de los dedos sudados del doctor y volvió a taparla con las mantas. Ella ni se agitó.
—Me temo que se han helado hasta mis sanguijuelas.
Al menos eso era una buena noticia. Lo último que la enferma necesita era otra sangría, como bien sabía Sinclair.
—Una lástima —repuso el oficial, plenamente consciente del gran deleite que obtenía el médico al ponerlas en el pecho y las piernas de la joven—. Si tiene la bondad de dejarnos solos… Puedo arreglármelas bastante bien por mis propios medios.
Ludlow hizo una leve venia y dijo:
—Vengo de parte del capitán Addison. Desea hablar con usted en cubierta.
—Acudiré en cuanto sea posible.
—Lo siento, teniente, pero se ha mostrado muy insistente.
—Cuanto antes se vaya usted, antes podré hablar con el capitán.
Ludlow se detuvo, como para verificar si le estaba echando o no, y abandonó el camarote. En cuanto salió el doctor, el militar apuntaló la puerta con un taburete y desenfundó la daga, oculta bajo la carcasa, para abrir la botella.
—Espera, espérame —le dijo a Eleanor, aunque dudaba si ella era capaz de oírle.
Le levantó la cabeza de la improvisada almohada, una loneta rellena de trapos, y le llevó la botella a los labios.
—Bebe —la instó, pero ella siguió sin responderle. Ladeó la botella hasta verter el líquido en sus labios, que se volvieron rosas, recuperando cierta semblanza de vida—. Bebe.
Sinclair percibió su respiración en el dorso de la mano. Inclinó aún más la botella hasta que un hilillo sonrosado le corrió por la barbilla y se acumuló en torno a un broche de marfil que llevaba colgado al cuello. La mujer sacó la punta de la lengua, como si buscara alguna gota suelta, y Sinclair sonrió.
—Sí, eso es —la animó—. Toma más, más.
Y así lo hizo ella, que abrió los ojos al cabo de un par de minutos y alzó la mirada hacia el teniente con expresión confusa, donde se entremezclaban el arrepentimiento extremo con una sed aún mayor. Él sostuvo la botella con firmeza hasta que ella hubo absorbido todo. La mirada de Eleanor fue menos borrosa y se normalizó su respiración. Él colocó su cabeza sobre la almohada cuando tuvo la impresión de que había tomado bastante; lo vomitaría todo si bebía más.
Colocó el corcho en su sitio y ocultó la botella debajo del montón de sábanas.
—Debo ver al capitán. No me entretendré mucho.
—No —imploró ella con un hilo de voz—. Quédate.
Él le estrechó la mano. ¿Eran imaginaciones suyas o estaba ya más tibia al tacto?
—Háblame —le pidió.
—Y eso voy a hacer, hablaré sobre… sobre los cocoteros altos como la catedral de San Pablo… —Ella esbozó un atisbo de sonrisa—. Y sobre la arena blanca como la tiza de Dover…
La referencia a los blancos acantilados de Dover era uno de los latiguillos privados de ambos, lo arrastraban como una cancioncilla popular, y se lo decían en murmullos el uno al otro de continuo en momentos menos duros que aquel trance.
Él retiró el taburete de la puerta y apagó la lámpara a fin de conservar el aceite restante antes de salir del camarote. Un solitario haz de luz penetraba en el pasillo desde la cubierta superior, pero le bastó para abrirse camino hasta los escalones.
Hacía frío bajo cubierta, pero era mucho más intenso en el exterior, donde el viento soplaba como un fuelle: succionaba el aire de los pulmones y los llenaba con una ráfaga de aire gélido. El capitán Addison permanecía al timón, abrigado por varias capas de ropas, la última de las cuales era una lona de vela desgarrada. A los ojos del oficial de caballería sólo era un corsario que le había extorsionado hasta obtener tres veces el precio del pasaje suyo y de Eleanor. El hombre percibía la desesperación y no tenía escrúpulo alguno a la hora de explotarla.
—Ah, teniente Copley —anunció—. Confiaba en que pudiera hacerme compañía.
Algo más se escondía debajo de esa petición, Sinclair lo supo en cuanto miró a su alrededor: las olas del mar, encrespado y salpicado por grandes bloques de hielo, y el cielo nocturno que en esas latitudes tan meridionales irradiaba una inalterable relumbre similar al destello del estaño; dos marineros montaban guardia, uno en cada extremo de la cubierta, en previsión de la aparición de algún iceberg infranqueable o con espolones; otro tripulante, el vigía, permanecía encaramado en lo alto del mástil, en el nido del cuervo. El avance del barco era moroso e inseguro, y dependía del capricho de los vientos que azotaban las pocas velas que aún seguían desplegadas. La nave barloventaba entre el flamear del velamen, cuyos chasquidos sonaban como descargas de fusilería.
—¿Qué tal va su esposa?
Copley se acercó, deslizando las botas sobre la resbaladiza superficie de la cubierta.
—El buen doctor —continuó Addison— me ha dicho que no mejora.
El capitán había atado por debajo de la mandíbula una cinta deshilachada de color carmesí con la cual sujetaba el tricornio a la cabeza.
Sinclair sabía que si había algo en lo que él y Addison estaban de acuerdo era en la falta de credibilidad del médico de la nave. De hecho, todos los ocupantes del barco entraban en la categoría de gente poco digna de fiar, pero era la única nave en la que ellos podían embarcarse de forma inmediata y sin responder a ninguna pregunta.
—Está algo mejor, ahora descansa —contestó.
Addison asintió con gesto caviloso, como si le preocupara, y se ensimismó en la contemplación del encapotado cielo sin estrellas.
—Los vientos siguen soplando en nuestra contra. Acabaremos en el Polo si no cambiamos pronto de rumbo. En la vida había visto un vendaval semejante.
Copley leyó entre líneas el verdadero significado de la frase: la tripulación atribuía ese tiempo adverso a la presencia a bordo de los misteriosos pasajeros. Para empezar, se consideraba que traía mala suerte la presencia de una mujer en un barco, y el hecho de que Eleanor tuviera un aspecto tan desmejorado, además de su palidez espectral, sólo servía para empeorar las cosas. Al principio, Sinclair había intentado entrar a formar parte de la vida cotidiana de la tripulación con objeto de convertirse en asiduo, en un pasajero amigable, pero no hubo modo material de llevar a cabo ese propósito, así de simple, se lo impedían las necesidades de Eleanor y las condiciones impuestas por su propia enfermedad, aquella oculta dolencia. Incluso los dos tripulantes de cubierta, Jones y Jeffries si no andaba equivocado con los nombres, le miraban con malicia no disimulada desde debajo de sus capuchas de lana y a través de los andrajos de protección de la cara.
—Cuénteme otra vez qué clase de negocios tenía usted en Lisboa, teniente.
Ellos habían reservado los pasajes en Portugal.
—Son asuntos diplomáticos de naturaleza muy sensible; no puedo desvelarlos ni siquiera ahora —repuso Sinclair.
El viento volvió a soplar con energías renovadas y agitó los jirones de la vela con que se envolvía el capitán, azotándole en las piernas mientras sostenía la rueda del timón con ambas manos. Miró a Sinclair, bañado por la extraña luminosidad de aquel cielo nocturno. Parecía un daguerrotipo desprovisto de color, reducido a sombras y tonalidades de gris.
—¿Fue allí donde su esposa cayó enferma?
La plaga había asolado la ciudad hacía apenas unos años, el teniente lo sabía.
—La afección de mi mujer no es contagiosa, puedo garantizárselo. Es un desorden interno que atenderemos en cuanto lleguemos a Christchurch.
Sinclair percibió cómo uno de los marineros, Jones, lanzaba a Jeffries una mirada de interpretación inequívoca: ‹‹Si es que alguna vez llegamos a Chrisrchurch››. Ese interrogante también acechaba al teniente Copley. ¿Habían llegado tan lejos, y con semejante premura, sólo para morir rn los mares helados?
Un repentino golpe de viento arrastró las siguientes palabras de Addison e hinchó las velas, haciendo chirriar los mástiles, pero trajo consigo una visión de lo más extraña: un ave gigantesca planeando en el cielo, un albatros. Sinclair jamás había visto uno, aunque supuso que debía de ser uno de esos pájaros gracias a los versos del delicioso poema de Coleridge. El ave de vientre blanco y largo pico rosáceo se mantuvo suspendido sobre sus cabezas con las alas de puntas negras extendidas y una envergadura alar de unos tres metros, según el cálculo del teniente. El albatros mantuvo un porte de imperturbable serenidad a pesar de lo tumultuoso del firmamento, descendió y voló alrededor de los mástiles, dando bordadas en las invisibles corrientes de aire sin grandes movimientos, más allá de una leve agitación de las patas.
—Un gony —observó Jones, usando el término acuñado por la marinería para referirse al albatros errante o viajero.
Jeffries asintió de forma apreciativa. El albatros era símbolo de buena suerte y sólo traía desgracias para quienes intentaban hacerle daño.
Una gran ola levantó la nave: el casco crujió al contacto con trozos de hielo desgajados de los icebergs y Sinclair tuvo que agarrarse a un cabo con las dos manos a fin de no caerse. El pájaro descendió en picado y pasó por delante de la proa de la corbeta para luego remontar el vuelo hasta un tembloroso penol, donde se encaramó, cerrando las garras en torno a la resbaladiza madera y plegando las alas. La visión extasió a Sinclair, que se preguntó cómo podía sobrevivir volando bajo un cielo tan desolado durante millas y más millas de olas y témpanos de hielo a la deriva.
—¡Señor! ¡Capitán, capitán Addison!
Sinclair volvió la cabeza a tiempo de ver a Burton subir a cubierta por la escalera. Su barba helada estaba tan rígida como un tablón. Farrow venía tras él, acunando algo debajo de su pelliza negra de piel de foca.
Burton entreabrió bien las piernas para mantener el equilibrio y se dirigió hacia el timón sin lanzar una mirada en dirección al teniente de caballería.
—Debo informaros de algo muy preocupante, señor —anunció a voz en grito.
El oficial de caballería se vio obligado a alargar el cuello para poder ver, pues, tanto Burton como Farrow se habían colocado de un modo que parecían desear taparle la visibilidad. Observó un destello… ¿Sería un vaso? Luego escuchó farfullar a los hombres por lo bajinis unos con otros. Addison alzó una mano, como si deseara imponer la calma, y luego miró hacia abajo, como si examinara el trofeo que le habían llevado. Sinclair logró verlo en ese momento, y con desaliento descubrió que se trataba de una botella de vino etiquetada como Madeira.
El capitán pareció perplejo y luego indignado, como si él no fuera un hombre a quien pudiera engañársele.
—Véalo usted mismo, capitán —le urgió Burton, pero Addison parecía todavía receloso. Farrow se llevó un guante a la boca y lo mordió para tirar de él y sacárselo; después, usó los dedos para retirar el tapón de corcho y sostuvo la botella bajo la nariz del capitán. Arrojó la manopla al suelo e insistió—: Huélalo, patrón, o mejor aún, humedézcase los labios con eso.
Addison acercó de mala gana la cabeza al botellín y retrocedió como si hubiera percibido un hedor insoportable. En ese momento el doctor Ludlow subió las escaleras e hizo acto de presencia en cubierta a tiempo de asentir en silencio cuando el capitán, con una expresión de horror en el semblante, miró a Sinclair.
—¿Es eso cierto? —inquirió mientras aceptaba la botella oscura de la mano de Farrow.
—Es verdad que sostiene en la mano la medicina de mi esposa, robada de nuestro camarote, sin duda —contestó Sinclair.
—¿Medicina…? —espetó Burton.
—Eso es una maldita botella de sangre —soltó Farrow.
—¿No os dije que ellos eran el problema? —les gritó Burton a Jones y Jeffries, que no comprendían nada, pero parecían predispuestos a participar activamente en cualquier posible tumulto—. Pregúnteles a esos dos qué le pasó a Bromley durante la guardia… ¿Cómo es posible que cayera por la borda un marinero tan mañoso que había cruzado dos veces el cabo de Hornos?
De pronto, todo el mundo se puso a dar gritos y otra media docena de tripulantes salieron presurosos de la bodega. Cuatro de ellos acarreaban el arcón que Sinclair acababa de asegurar. Lo dejaron caer sobre la cubierta helada por los bordes. Dentro del cofre se escuchó el tintineo de las espuelas al golpetear contra el vidrio de las botellas. Los marinos le sujetaron los brazos antes de que el teniente pudiera echar mano a la espada, y le anudaron un cabo alrededor de las muñecas antes de hacer unos buenos nudos y dejarle bien sujeto contra el mástil principal, que se le clavaba en los hombros. Seguía protestando a voz en grito cuando vio a Burton y a Farrow bajar corriendo al interior del barco.
—¡No! ¡Dejadla en paz! —gritó el teniente.
Pero no había nada que él pudiera hacer, ni siquiera era capaz de moverse. El capitán Addison ordenó a uno de los marinos que se hiciera cargo del timón y luego cruzó la cubierta dando grandes zancadas para mirar fijamente a los ojos de Sinclair.
—No soy dado a creer en maldiciones, teniente —murmuró en voz baja, como si le estuviera confiando un secreto—, pero ésta… —continuó, agitando la botella—. Ésta es la gota que colma el vaso de mi paciencia.
Los marineros que le aferraban por los brazos le sujetaron con más fuerza.
—Los hombres os responsabilizan de la muerte de Bromley y yo mismo ya no albergo dudas —Sopesó la botella negra en su mano y susurró—: Me las tendré que ver con un motín a bordo si no lo hago.
—¿Si no hace qué…?
Addison no le contestó y en vez de eso miró hacia la boca de la escotilla, donde Burton y Farrow forcejeaban para subir hasta cubierta a Eleanor, envuelta en una manta usada a modo de eslinga por los dos hombres. La mujer tenía los ojos abiertos y extendió un brazo hacia Sinclair. Se le había caído la improvisada gorra de lana y sobre el rostro le colgaban guedejas sueltas, restos de lo que antaño fuera una sedosa y abundante melena castaña.
Farrow hizo girar en el aire una herrumbrosa cadena y el capitán se alejó sin asentir ni intentar detenerle. Volvió junto al timón y lanzó por la borda la botella sin molestarse siquiera en mirar la trayectoria de ésta.
—¿Qué ocurre, Sinclair? —gritó la aterrada Eleanor. El tumulto casi sofocaba su voz.
Todo estaba muy claro para el militar, que forcejeó para desembarazarse del cabo y alejarse del mástil, pero las botas de montar resbalaban sobre las planchas heladas de cubierta y Jeffries le asestó un tremendo puñetazo en la boca del estómago. El teniente se dobló en dos e hizo lo posible por recobrar el aliento. Sólo vio botas, cabos y cadenas mientras le arrastraban hacia la enferma, que ahora estaba incorporada, aunque se tenía en pie a duras penas, sostenida por Burton. Llevaron a Sinclair por la fuerza hasta poner a los cautivos espalda contra espalda. Cuánto deseó el tener la ocasión de abrazarla una vez más, pero todo lo que pudo hacer fue susurrarle:
—No temas. Estaremos juntos.
—¿Dónde? ¿Qué estás diciendo…?
Ella no solo se había asustado por efecto de las palabras, también estaba delirando.
Farrow cacareó como una gallina en plan burlón al tiempo que daba vueltas alrededor de los presos y dejaba correr la cadena sobre las manos enguantadas hasta envolverles las rodillas, las cinturas y los hombros, y también los cuellos. La piel de ambos se desprendía como el yeso de un revoque en cuanto los fríos eslabones les rozaban la piel. Sinclair podía percibir la respiración agitada y el pánico creciente de la joven a pesar de estar de espaldas a ella.
—¿Por qué, Sinclair? —preguntó con voz entrecortada.
Jones y Jeffries abandonaron sus puestos de guardia y los arrastraron hasta la regala como si fueran leños con los que se alimenta el fuego del hogar. Sinclair reaccionó por instinto y clavó las botas entre los tablones, pero alguien le soltó a puntapiés y perdió el equilibrio, por lo que durante unos segundos se encontró mirando de frente las olas que batían el casco. Aunque pareciera mentira, estaba contento de que la mirada de su esposa tuviera que estar fija en el cielo, en el albatros que suponía aún encaramado al penol.
—¿No deberíamos decir algunas palabras…? —se aventuró a decir el doctor Ludlow con una nota de miedo en la voz—. Todo parece tan… salvaje.
—Eso es cosa mía —gritó Burton mientras se inclinaba para fulminar a Sinclair con la mirada—. Que el Todopoderoso se apiade de vuestras almas —un nutrido grupo de marineros los agarraron y levantaron del suelo—. ¡Y sálvese quien pueda!
Resonaron algunas carcajadas y los gritos de terror de Eleanor antes de que los lanzaran de cabeza por la borda y ambos cayeran más y más hacia las olas. El teniente tuvo la impresión de que transcurría más tiempo del normal antes de que él y su acompañante atravesaran la fina capa de hielo. Los gritos de Eleanor se cortaron en seco y todo quedó en silencio mientras la cadena tiraba de ellos hacia el fondo y los dos se hundían rápidamente dando vueltas en círculos bajo el agua helada. Él contuvo la respiración durante varios segundos, pero incluso aun cuando hubiera sido capaz de aguantar un poco más, expelió el oxígeno de sus pulmones y se entregó a la muerte y a la suerte que les aguardara en el fondo del mar, fuera cual fuese.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mar 15, 2010 7:14 pm

gracias!!! :youpi: ranguitos

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mar 15, 2010 9:38 pm

Woww nuevo proyecto!!!!
gracias por el capi Tibari!
ranguitosss!! ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mar 16, 2010 6:12 pm

Gracias, chicas. Mañana subiré el capítulo 1. Por cierto, Gemma, ¿tengo que hacer lo del mensaje con el nombre del libro y el link del capítulo o lo haces tú?
Otra cosa, esta es la segunda vez que escribo este mensaje. La primera vez creo que le he dado a bosquejo y no sé a dónde lo he enviado.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mar 16, 2010 6:18 pm

si, no te preocupes, lo de los links lo hago yo, además como no es traducción no hace falta que rellenes eso del formulario Very Happy

y lo del bosquejo, me pareció que aparecerá en tu perfil. mira ahí, pero vamos será como si guardaras un mensaje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 5:02 pm

gracias, :pompones:

parece interesante, rangitos. :love11:
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 5:47 pm

PARTE I
EL VIAJE

Transcrito por Tibari


Y entonces nos azotaron las ráfagas de la tormenta
con su dura tiranía,
nos golpearon con sus alas alzadas,
persiguiéndonos hacia el sur.

Con el mástil inclinado y la proa sumergida,
nos acosan los aullidos y vendavales,
pero casi pisando la sombra de su enemigo,
adelanta la cabeza inclinada,
el barco avanza rápido, las ráfagas rugen violentas,
y hacia el sur volamos.

La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 5:51 pm

CAPÍTULO UNO

Transcrito por Tibari



En nuestro días,
19 de noviembre, mediodía


EL TIMBRE DE LA puerta no dejaba de sonar y Michael no quería levantarse a pesar de que lo estaba oyendo, pues en ese momento tenía un sueño de lo más agradable: Kristin y él subían una pista de montaña en el jeep. Ella apoyaba los pies descalzos en el salpicadero y se reía con la cabeza echada hacia atrás mientras la música aullaba en la radio. Por la ventanilla entraba la brisa y le alborotaba los cabellos rubios.
La serie de timbrazos cortos no cesó. Fuera quien fuese no tenía intención de marcharse.
Michael alzó la cabeza de la almohada, entreabrió los párpados y miró alrededor. ¿Por qué tenía una bolsa vacía de Doritos al lado de la cara? Luego, echó una ojeada a los números iluminados del reloj: 11:59. Se frotó los ojos y los abrió de nuevo, pestañeando a la luz del mediodía.
La visita tocó el timbre otra vez.
Tiró las mantas hacia atrás y puso los pies en el suelo.
—Vale, vale, córtate un poco, anda —masculló entre dientes.
Cogió un albornoz de la percha colgada detrás de la puerta y salió del dormitorio arrastrando los pies. A través de la mirilla de la puerta principal logró distinguir una forma difusa, la de alguien de pie en el descansillo con la capucha de la parka echada, así que se acercó más para mirar.
—Yo también te estoy viendo, Michael. Abre la puerta de una vez, que hace un frío de perros aquí fuera.
Era Joe Gillespie, su editor de la revista Eco-Travel.
Abrió el cerrojo y la puerta. Mientras el visitante se apresuraba a entrar, la lluvia fría le salpicó las piernas desnudas.
—Recuérdame que la próxima vez consiga un trabajo en el Miami Herald —comentó Gillespie mientras pateaba el suelo con energía.
Michael recogió de la entrada una copia empapada del Tacoma News Tribune, y después echó una ojeada a los lejanos picos envueltos en niebla de la cordillera de las Cascadas. Las vistas habían sido el motivo por el cual había comprado la casa, pero ahora sólo eran un recuerdo espantoso. Sacudió el periódico y cerró la puerta.
Gillespie estaba de pie en la raída alfombra de ganchillo, la que Kristin había tejido, con la parka chorreando agua. Se echó hacia atrás el capuchón y el poco pelo que le quedaba se le agitó alrededor de la cabeza.
—¿Es que no vas a volver a mirar tus mails? —le preguntó Gillespie—. ¿Ni tampoco el contestador?
—No, si puedo evitarlo.
A Gillespie se le escapó un suspiro de pura frustración y miró alrededor, al salón desordenado.
—¡Jesús, Michael! ¿Tienes acciones en Domino’s? Pues deberías.
El aludido notó el par de cajas de pizza y las latas de cerveza vacías dispersas por la mesita de café y en la chimenea de piedra.
—Vístete —ordenó Gillespie—, nos vamos a almorzar.
Michael, aún casi dormido, se limitó a quedarse allí de pie con el periódico mojado en la mano.
—Vamos, pago yo.
—Dame cinco minutos —replicó él, y le dio el periódico mientras se ponía en marcha.
—Que sean diez —contestó Gillespie en voz alta a sus espaldas—, pero aféitate y dúchate.
Michael le tomó la palabra. En el cuarto de baño encendió el calefactor y le dio al agua caliente. La casa siempre estaba fría y tenía corrientes de aire, y aunque se juraba a menudo que algún día intentaría aislarla mejor y hacer un poco de mantenimiento elemental, ese día nunca llegaba. El agua tardó un minuto o dos en calentarse. El armarito de las medicinas situado sobre el lavabo estaba abierto y había media docena de botes de color naranja en las estanterías con prescripciones médicas. Tomó uno del estante inferior, el último antidepresivo que le había recetado el terapeuta, y se tragó un comprimido con un poco de agua por fin tibia.
Después, pese a lo poco que le interesaba la perspectiva, cerró la puerta y se miró al espejo. Esa mañana su revuelto pelo negro estaba incluso más despeinado de lo habitual, rizado en un lado de la cabeza y aplastado en el otro. Tenía los ojos oscuros ribeteados de rojo y nublados. No se había afeitado en un par de días y hubiera jurado —¿era eso posible?— que aunque apenas pasaba de los treinta, le habían salido un par de canas en la barbilla. ‹‹El tiempo pasa deprisa con su carro alado››, maldijo para sus adentros. Introdujo una cuchilla nueva en la maquinilla y dio un par de rápidas pasadas por la barba crecida.
Después de ducharse con agua tibia, se puso unos vaqueros, una camisa del mismo tejido y las botas más limpias y secas que encontró delante de la puerta. Gillespie se había repantigado en el viejo sillón de cuero, donde separaba cuidadosamente las hojas de la revista.
—Me he tomado la libertad de subir las persianas para que entrara algo de luz. Deberías hacerlo de vez en cuando.
Subieron al coche de Gillespie, un Toyota Prius nuevo, por supuesto, y se dirigieron al restaurante al que solían ir siempre. A pesar de no ser un lugar muy recomendable por su decoración, a Michael le gustaban los reservados de vinilo, el suelo de linóleo y el expositor de pasteles con chillonas luces blancas del Olympic. Era el extremo opuesto a un restaurante de franquicia o, Dios no lo quisiera, a un Starbucks, y tenía la virtud añadida de servir desayunos a cualquier hora del día. Michael pidió el Lumberjack especial y Gillespie eligió la ensalada griega con acompañamiento de requesón y una infusión de hierbas.
—Oye, tú —dijo Michael—. ¿No te estás pasando un poco?
El editor sonrió mientras vertía la mitad de un sobrecito de Equal en la infusión.
—¿Y qué demonios te importa? Va en la cuenta de gastos.
—En ese caso, tomaré postre.
—Buena idea —afirmó Gillespie—. Te doy permiso para que te pidas una rodaja de merengue de limón.
Era una broma recurrente entre ellos, pues el pastel de merengue de limón que descansaba en el estante superior del expositor no se había movido de ahí en los cinco años que llevaban frecuentando el establecimiento y, desde luego, no había sido reemplazado jamás.
Mientras comían, Michael no pudo dejar de notar que Gillespie había colocado un sobre de la compañía de paquetería FedEx en el asiento cercano a su muslo. De vez en cuando alargaba la mano y lo tocaba, sólo para asegurarse de que seguía allí. Debía de ser algo importante, dedujo Michael, y ya que no lo había dejado en el coche bajo llave, debía de tener algo que ver con él de algún modo.
Conversaron sobre la revista: habían contratado a un nuevo editor de fotografía, habían subido las ventas de publicidad, se había ido aquella recepcionista tan guapa, y también charlaron de béisbol, de los Seattle Mariners, pues algunas veces iban juntos al estadio Safeco. De lo que no hablaron fue de Kristin. Michael se dio cuenta de que Gillespie quería evitar el tema a toda costa. Y tampoco hubo mención alguna acerca del sobre hasta que, finalmente, abordó la cuestión mientras limpiaba los restos de la yema de huevo con el bollo inglés.
—Está bien, ya he mordido el anzuelo —admitió Michael haciendo un gesto con la corteza del bollo—. El suspense me está matando.
Durante un segundo, el editor simuló no saber de qué le estaba hablando.
—¿Es la maqueta de mi artículo sobre Yellowstone?
Gillespie bajó la mirada hacia el sobre, frunciendo los labios, como si estuviera intentando tomar una decisión.
—No, tu artículo de Yellowstone salió el mes pasado. Tengo la sensación de que ni siquiera lees ya la revista.
Michael se sintió pillado en falta, en concreto porque era verdad. Los últimos meses apenas había leído el correo, comprobado su cuenta AOL o devuelto las llamadas. Todos entendían la razón, pero poco a poco iban perdiendo la paciencia.
—Hay algo que creo que deberías ver —dijo Gillespie, deslizando el sobre por la mesa.
Michael se limpió los dedos en la servilleta; después, lo abrió y sacó los papeles del interior. Algunos eran fotos en blanco y negro, parecían imágenes de satélite, y el resto, una resma de folios con el membrete del National Science Foundation (NSF)¹ y el logotipo en la parte superior de las páginas, muchas de las cuales estaban marcadas con el nombre Point Adélie.
—¿Qué es Point Adélie?
—Es un centro de investigación, y bastante pequeño, por cierto. Estudian de todo, desde el cambio climático hasta la biosfera local.
—¿Dónde está? —inquirió Michael, alargando la mano para coger su taza de café.
—En el Polo Sur. O al menos tan cerca de él como se puede estar. Los pingüinos Adelaida migran allí.
Michael mantuvo suspendida en el aire la taza de café y, a su pesar, se le aceleró el pulso.
—Me ha llevado meses poner esto en marcha —continuó Gillespie— y conseguir los permisos correspondientes. No te imaginas la cantidad de papeleo burocrático y de trámites que he tenido que hacer para poder mandar a alguien a la base que hay ahí. La CIA parece un sitio amistoso si la comparas con la NSF, pero acabo de conseguir un permiso para enviar un reportero a Point Adélie durante un mes. Estoy planeando sacar un reportaje de unas ocho a diez páginas desplegables, con fotos a todo color y unas tres mil o cuatro mil palabras de texto; en fin, la enchilada completa.
Michael sorbió su café con el único fin de ganar tiempo y pensar.
—Te ahorraré la necesidad de preguntar —comentó Gillespie—. Pagaremos la tarifa habitual por palabra, pero te aumentaré algo por las fotos. Además, cubriremos tus gastos, dentro de lo razonable, claro.
Él aún no sabía qué contestar. Había demasiadas cosas bullendo en su cabeza. No había vuelto a trabajar, ni siquiera había pensado en ello, desde el desastre de las Cascadas y no estaba seguro de su deseaba retomar su vida anterior. Sin embargo, otra parte de sí mismo se sentía vagamente insultada. ¿El proyecto llevaba meses en marcha y Gillespie no se lo había mencionado hasta ahora?
—¿Para cuándo la necesitas? —preguntó, sólo para ganar algo más de tiempo.
Gillespie se retrepó en el asiento mostrando una ligerísima satisfacción, como un pescador que siente un tirón en el hilo.
—Bueno, ahí está el quid de la cuestión. Necesitamos que te marches el viernes.
—¿Este viernes?
—Sí. No es tan fácil llegar hasta allí. Tendrás que volar hasta Santiago de Chile y de ahí a Puerto Williams, donde cogerás un barco de la guardia costera que te llevará hasta donde lo permitan los hielos y desde allí te transportarán en helicóptero a la base. Es una oportunidad muy concreta y el tiempo puede estropearla en cualquier momento. Ahora, allí es verano, así que habrá días en que el termómetro alcance algunos grados sobre cero.
Michael finalmente se decidió a preguntar.
—¿Por qué no me los has dicho antes?
—Sabía que aún no estabas interesado en trabajar.
—Entonces, ¿quién era?
—¿Quién era qué?
—Venga ya, Joe. Si llevas meses organizando esto, seguro que has pensado en otra persona capaz de hacerlo.
—Crabtree. Iba a encargárselo a él.
Otra vez Crabtree, el tipo que siempre le iba respirando al cuello a Michael, intentando quitarle los encargos.
—¿Y por qué no va él?
Gillespie se encogió de hombros.
—Una endodoncia.
—¿Qué?
—Que se tiene que hacer una endodoncia y salvo que tengas un certificado sanitario totalmente limpio, no dejan ir allí a nadie. Y por encima de todo, como allí no hay ningún dentista al que se pueda llamar, necesitas llevar un certificado del tuyo que diga que está todo en perfecto estado de revista.
Michael no daba crédito a sus oídos. ¿Crabtree había perdido el trabajo por un problema en las encías?
—Así que, por favor —rogó Gillespie, inclinándose hacia delante—, dime que no tienes ninguna caries y que todos tus empastes están en buen estado.
Él movió la lengua por el interior de la boca.
—Por lo que yo sé, sí.
—Bien. Así que eso nos deja frente a la cuestión principal. ¿Qué piensas, Michael? ¿Estás preparado para ponerte de nuevo la armadura?
Ésa era sin duda la pregunta del millón de dólares. Si se lo hubieran preguntado la noche anterior, la respuesta habría sido ‹‹no, y no vuelvas a llamar››, pero había algo que le llamaba la atención, algo que no podía negar… un destello de aquella antigua emoción. Toda su vida había sido el primero en enfrentarse a cualquier desafío, ya se tratase de escalar un acantilado escarpado o de hacer puenting o incluso de explorar el fondo de un arrecife coralino. Y aunque había estado reprimiéndola durante meses, esa misma emoción intentaba aflorar a la superficie. Fijó la mirada en la foto de satélite que coronaba la pila; desde arriba, la base tenía el aspecto de un puñado de vagones de carga dispersos en una llanura helada al lado de una playa desierta y rocosa. Era todo lo sombría que podía ser una imagen, pero le atraía más que si fuera la costa brasileña.
Gillespie le observaba con atención, a la espera. Una racha de viento glacial estampó unas cuantas gotas en la ventana de la cafetería.
Algo empezó a agitarse en la mente de Michael. Descansó los dedos sobre la foto granulosa. Siempre podría negarse, simplemente volvería a su casa y… ¿Y qué? ¿Se tomaría otra cerveza? ¿Seguiría atormentándose un poco más? ¿Echaría a perder una parcela más de su vida, sólo para intentar compensar lo que le había pasado a Kristin? Y eso que ni siquiera era capaz de decir qué era lo que compensaba o no.
O bien podía aceptar. Observó detenidamente la siguiente foto, tomada al nivel del suelo: mostraba una cabaña alzada sobre unos bloques de hormigón a unos cuantos palmos del hielo. Había una media docena de focas alrededor tumbadas como si estuvieran tomando el sol.
—¿Tenemos tiempo para tomar postre? —preguntó Michael, y Gillespie, tras golpear la mesa con la palma de la mano en ademán de triunfo, hizo un gesto a la camarera.
—¡Merengue de limón para los dos! —exclamó.


-----
¹ Fundación Nacional de la Ciencia, agencia del Gobierno norteamericano. [Todas las notas son de los traductores]


Fin del capítulo.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:02 pm

gracias wapa!!! ranguitos ^^

mañana subo el cap 2 :Manga30:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:05 pm

gracias!!!

rangitos para ti
te has puesto las pilas ¿no?
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me alegro de que estes mejor
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:16 pm

kuami escribió:
gracias!!!

rangitos para ti
te has puesto las pilas ¿no?
=<a href="http://www.sweetim.com/s.asp?im=gen&lpver=3&ref=11" target="_blank"><img src="http://content.sweetim.com/sim/cpie/emoticons/000202EF.gif" border="0" title="Click to get more." ></a>]<a href="http://www.sweetim.com/s.asp?im=gen&lpver=3&ref=11" target="_blank"><img src="http://content.sweetim.com/sim/cpie/emoticons/000202EF.gif" border="0" title="Click to get more." ></a>

me alegro de que estes mejor

Gracias, chicas.
¡Qué va! Si aunque quiera ponerme las pilas no puedo... Soy muy lenta. He tardado como 5 o 6 días en trasncribir los dos capítulos. Hasta que consiga estar al 100% van a pasar unos cuantos días porque mañana empiezo la rehabilitación porque tengo los músculos engarrotados de no haberme movido todo el tiempo que he estado en el hospital.
Pero, bueno, ¡qué se le va a hacer! Iré poco a poco.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:19 pm

jajaja no tienes remedio! y querías hacerlo tu sola ;)

me alegro que ya estés en casa :youpi: :youpi: :youpi:


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Última edición por Gemma el Vie Jul 16, 2010 11:41 am, editado 4 veces
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:24 pm

Gemma escribió:
jajaja no tienes remedio! y querías hacerlo tu sola ;)

me alegro que ya estés en casa :youpi: :youpi: :youpi:

Sí, soy incorregible... jajaja. Desde luego, sola no puedo transcribirlo porque se convertiría en la Verdadera Historia Interminable... jeje.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 6:54 pm

jejeje
si haces que horas que salido del hospital, no tienes remedio.

relajate, nena.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mar 17, 2010 11:52 pm

Gracias por los capis nena! :)
Y haznos caso y relajate... q si no luego no te curas bien
y vuelves a recaer ;)

Besazos^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 4:27 pm

transcrito por Gemma

CAPITULO 2

20 a 23 de Noviembre

Michael no recordaba con claridad nada de lo acaecido durante los días siguientes mientras intentaba preparar el viaje a la Antártida. Tenía a mano la mayor parte del equipo necesario para climas fríos de otras expediciones anteriores a Siberia y Alaska, pero no era fácil arreglar todo lo demás. Su primera tarea fue visitar al dentista, donde Wilde temió, durante unos cuantos minutos, que todo quedara allí.
— Bueno, ya sabe que tiene esa muela del juicio en el lado superior derecho, —comentó el doctor Edwards.— En serio le puede dar un montón de problemas.
— Pero de momento no he notado nada.
— Aun así, si yo fuera usted…
— No me la puedo sacar ahora. No tengo tiempo suficiente para que se me cure.
— Bien, pero no me diga luego que no le avisé —remachó el doctor Edwards.
— No lo haré, se lo prometo. Sólo necesito que me firme este certificado dando su visto bueno al NSF.
El médico se empujó las trifocales hacia el puente de la nariz y estudió el formulario mientras el paciente se quedaba tumbado en el sillón.
— Llevo veinte años en la profesión y, ¿sabe usted?, jamás había visto uno como éste.
— Yo tampoco. —Michael esperó que le hiciera algún gesto.
— A la Antártida, ¿eh? —El dentista continuó estudiando el papel.
— Sí.
— Le envidio. Ya me gustaría tener tiempo para hacer una excursión como ésa.
Por el modo en que lo dijo parecía una escapadita rápida a Acapulco. Michael pensó en el desafortunado Crabtree y su empaste inminente.
El médico echó una última ojeada a la radiografía que le acababa de hacer, aún sobre el visor de placas.
— No veo ningún problema, aparte de esa maldita muela del juicio…
Finalmente sacó un bolígrafo del bolsillo del pecho y garrapateó su firma en la línea de puntos. Michael ya se había levantado del sillón antes de que el higienista tuviera tiempo suficiente de quitarse la bata.
El siguiente fue el internista, donde tuvo que realizar un montón de pruebas y rellenar otra montaña de papeles. Había tenido ya una buena ración de percances físicos a lo largo de los años, que iban desde un hombro dislocado y algunos tendones desgarrados hasta la rotura de varios huesos, pero teniendo en cuenta el trabajo al que se dedicaba, que a menudo conllevaba ir a lugares donde ningún humano había puesto un pie antes, había escapado relativamente indemne. Así que el internista no encontró nada nuevo que fuera motivo de preocupación. Sólo tenía una pregunta, le informó, antes de firmar los papeles del permiso.
— ¿Qué tal lo lleva desde el punto de vista psicológico? ¿Acude a la consulta de su terapeuta de referencia?
Michael se temía esto antes o después.
— Ahora me encuentro perfectamente. —replicó.— Me recetó Lexapro y me está sentando fenomenal. —En realidad, no tenía ni idea de si le estaba haciendo algún efecto, sólo quería evitar cualquier cosa que pudiera empañar un certificado de salud bien limpio.— Lo mejor para mí, —añadió, con la expresión más animada que pudo mostrar,— es salir de la ciudad y volver al trabajo.
El internista lo aceptó.
— Estoy de acuerdo, —comentó, garabateando su nombre en la línea inferior del formulario.— Ya me gustaría a mí hacer lo mismo.
Michael nunca hubiera sospechado la cantidad de gente que parecía abrigar sueños referentes a la Antártida.
Pero quedaba todavía otra visita pendiente y seguramente sería la más difícil con diferencia.
Desde que almorzó con Gillespie sabía que tarde o temprano llegaría ese momento y con el fin de posponerlo, primero se había lanzado a ultimar todos los detalles de la expedición con verdadera precipitación, y luego había hecho cuanto se le había ocurrido para retrasarlo. Dio de baja el correo y las suscripciones a las revistas, y también le pidió a un vecino que echara una hojeada a su casa y pusiera en funcionamiento las cañerías de vez en cuando para evitar que se congelaran. Pasó varias horas en el almacén de suministros fotográficos de Tacoma Camera, comprando todo tipo de pilas, lentes, trípodes y tarjetas de memoria que pudiera llegar a necesitar. Ya tenía suficiente de todo esto, sin duda, pero en una expedición de este tipo, y en un lugar donde no había forma de reemplazar un fotómetro defectuoso o abastecerse de lo que pudiera agotarse, quería estar seguro de disponer de todo cuanto pudiera ser necesario.
De alguna manera, agradeció todas esas distracciones, ya que por una vez dejó de estar inmerso en su interminable espiral de culpa y remordimiento. Podía concentrarse en otra cosa distinta, en algo futuro, y que era casi inminente.
Pero en el fondo de su mente, aquella última tarea seguía presente y no podía postergarla más. Le esperaba en el Hospital Regional de Tacoma.
En la sala de los enfermos en coma.
Donde sabía que nadie le daría la bienvenida.
Por otro lado, se armó de valor ante cualquier posible enfrentamiento. Los padres de Kristin solían estar siempre allí, o al menos uno de los dos. Pensó que si iba a la hora de la cena podría evitar toparse con ellos. Cuando entró en la sala y se registró, la enfermera le dijo:
— Cuánto me alegro de verle de nuevo, señor Wilde. Estoy segura de que Kristin se alegrará de que haya venido.
Mientras caminaba por el pasillo, se preguntó qué podría significar eso.
Kristin no había salido del coma desde hacía meses y jamás iba a salir de ese estado vegetativo según le habían informado los doctores, a pesar de que él no era un familiar y técnicamente no deberían haberle dicho nada. El traumatismo había sido muy fuerte, el tratamiento se había demorado demasiado y el daño sufrido por el cerebro era devastador. A todos los efectos, Kristin ya no estaba viva.
Sólo quedaba de ella lo que se apreciaba a la vista: una forma inmóvil, tan delgada que apenas abultaba debajo de la manta azul claro, recostada entre una maraña de tubos y monitores parpadeantes que emitían pitidos. Wilde se quedó al otro lado del cristal, mirando a través de las láminas de la persiana veneciana. Si hubiera querido, habría podido convencerse incluso de que ella estaba bien. El cabello rubio, lavado por su madre con regularidad, se desparramaba por la almohada, y el rostro tenía un aspecto sereno, con los ojos cerrados. Pero la piel alrededor de la boca y de la nariz, que antes había estado atezada por el sol, se veía ahora pálida y llena de manchas, tantos eran los instrumentos y tubos que le habían quitado y vuelto a poner.
Para su alivio, no había ninguna señal de parientes. Michael bajó la cremallera de su parka y entró, deteniéndose súbitamente al escuchar una voz.
— Hola, forastero.
Durante un segundo aterrador fue como si Kristin le hubiera hablado de nuevo, pero cuando se volvió, sólo vio a su hermana Karen, acurrucada en una silla en una esquina.
— No quería asustarte, —se excusó ella.
La joven sostenía un tomo pesado sobre el regazo, probablemente uno de sus libros de leyes; le recordaba a su hermana mayor, como para su pesar ocurría siempre. Se parecían como dos gotas de agua con aquellos mismos penetrantes ojos azules, los mismos dientes blancos parejos y el alborotado cabello rubio. Incluso su voz sonaba semejante. Todo lo que Karen decía sonaba a sus oídos con el mismo tono irónico de Kristin.
— Hola, Karen.
Nunca sabía qué decirle; en realidad, nunca lo había sabido. Mientras que Kristin había sido la hermana bulliciosa, siempre saliendo y entrando de la casa, Karen era la estudiante diligente y tranquila, encorvada sin descanso sobre la mesa de la sala de estar con un montón de libros de derecho y papeles desparramados alrededor. Michael solía intercambiar con ella algunas palabras cuando iba a recoger a Kristin, pero siempre se sentía como si la estuviera interrumpiendo en alguna actividad importante.
— Bueno, ¿cómo va? —Una pregunta estúpida, como bien sabía, pero fue lo único que se ocurrió.
Karen sonrió con la sonrisa de Kristin, con la comisura derecha ligeramente elevada.
— Igual, —contestó con resignación y aceptación.— Mis padres quieren que siempre haya uno de nosotros a su lado, así que les dije que me quedaría aquí mientras se tomaban el Early Bird Special (Menú de menos platos y a precio reducido que los restaurantes estadounidenses y canadienses sirven antes de la hora habitual.) en Applebee.
Michael asintió y se quedó mirando la mano de Kristin, que yacía sobre la manta. Tenía los dedos más delgados y más frágiles de como los recordaba y llevaba sujeto al dedo índice un pequeño dedal negro, debía de ser algún dispositivo de control.
— No le ha dado ningún ataque en lo que llevamos de semana, —comentó Karen.— No sé si eso es una buena señal o no.
«¿Qué señal podría considerarse buena?», pensó Michael. Él sabía que Kristin, la real, la viva, la Kristin que quería escalar con él todos los picos y explorar todos los bosques, jamás regresaría. Por tanto, ¿qué era lo que esperaban? ¿Algún indicio de que finalmente comenzara a fallar todo? ¿Algún signo de que ni siquiera las máquinas conseguirían que saliera adelante, aunque se quedara en el limbo para siempre?
— ¿Te importa si me siento en la cama? —inquirió.
— Considérate mi invitado.
Michael se sentó cuidadosamente en el borde del lecho y puso su mano sobre la de Kristin, que transmitía la sensación de contener en su interior los frágiles huesos de un pajarillo.
— ¿Es uno de tus libros de leyes? —preguntó Michael, asintiendo en dirección al pesado libro que la chica aún tenía en el regazo.
— Legislación y reformas del Congreso sobre agravios. —Cerró el libro con un enérgico golpe.— Creo que harán pronto una película.
— ¿Con Tom Cruise de prota?
— Pensaba más bien en Wilford Brimley.
Un auxiliar entró en estampida, sacó la bolsa de plástico de la papelera y la tiró dentro de un cubo con ruedas que había dejado fuera. Cuando se marchó, Karen dijo:
— Me alegro de verte de nuevo. ¿En qué has andado metido?
— Poca cosa. —No podía decir la verdad, como él sabía muy bien. Karen estaba al tanto (¿y quién no?) de que había estado a la deriva desde el accidente.— He querido acercarme, —añadió,— antes de marcharme de la ciudad el viernes.
— Oh. ¿Y adónde vas?
— A la Antártida. —Aún le costaba ponerlo en palabras.
— Guau. Es un encargo, supongo.
— Para Eco—travel. Acaban de conseguir la autorización para que me vaya. Estaré durante un mes en una pequeña base cerca del Polo Sur.
Karen depositó el libro en el suelo a un lado de su silla.
— Kristin te hubiera envidiado tanto…
Michael no pudo evitar mirar de nuevo a Kristin, pero, claro, el rostro de la durmiente no evidenció expresión alguna ni mostró indicio alguno de actividad. Fuera el momento que fuese en el que entrara en la habitación, se sentía dividido… No sabía si hablar como si Kristin estuviera presente de alguna manera, como si pudiera escucharle y ser consciente de lo que ocurría a su alrededor, aunque él supiera que eso no era posible, o quizá comportarse como si ella no estuviera aquí. La primera opción le parecía un engaño y la segunda, una crueldad.
— Ya sabes, Krissy tenía unos cuantos libros sobre la Antártida, —le dijo Karen.— Todavía están en las estanterías de su cuarto. Cosas como la expedición de Ernest Shackleton. Si los quieres, estoy segura de que a ella le habría gustado que los tuvieras tú.
Así que ahora se estaban repartiendo sus pertenencias, con ella aún allí. O no. Michael se preguntó dónde estaría ella en realidad. ¿Era posible que quedara algún vestigio de consciencia flotando en el vacío cósmico de la que ellos no tuvieran noticia?
— Gracias. Me lo pensaré.
— No lo menciones delante de mi familia. Siguen creyendo que algún día Kristin regresará a casa y todo volverá a ser como antes.
Él asintió. Ellos compartían un entendimiento tácito de la situación, a pesar de que no hablaban jamás del tema. Ambos conocían el diagnóstico médico y lo habían aceptado. Karen incluso había visto el escáner del cerebro de su hermana, donde se veía, en un tono apropiadamente negro, el enorme sector que ya se había atrofiado. Se lo había descrito a Michael como «un pueblo grande con sólo dos o tres lucecitas reluciendo tras las ventanas». E incluso las que quedaban se iban apagando. Tarde o temprano la oscuridad se las tragaría también.
Wilde escuchó la voz retumbante del padre acercándose por el pasillo. Era el vendedor de coches con más éxito de Tacoma y trataba a todo el mundo como un cliente potencial, de modo que venía saludando a las enfermeras del mostrador de recepción. Michael se puso en pie, intercambiando una mirada con Karen; ambos sabían lo que iba a ocurrir y no veían el modo de evitarlo.
Cuando el señor Nelson cruzó la puerta y vio a Michael al lado de la cama se detuvo en seco y su esposa chocó contra su espalda. Karen también se levantó, preparada por si debía salir en defensa de Michael.
— Creía haberte dicho que no quería verte más por aquí, —masculló el padre de Kristin.
— Michael sólo ha venido a despedirse, —terció Karen, moviéndose para interponerse entre ellos.
La señora Nelson pasó al lado de su esposo con una bolsa de comida de Applebee en una mano. Michael nunca estaba completamente seguro de cuál era su postura. El padre de Kristin, como él tenía meridianamente claro, le culpaba del accidente; no le gustaba Michael, pero lo cierto es que jamás había soportado a ningún hombre que le robara el afecto de su hija. Sin embargo, en lo tocante a la señora Nelson, ésta apenas podía proferir tres palabras antes de que su marido comenzara a hablar a la vez, de modo que era muy difícil saber lo que realmente opinaba sobre cualquier materia.
Michael sabía que Karen era su única aliada.
— Ha llegado hace apenas unos minutos, —decía la joven en esos momentos,— y a Kristin le habría gustado que viniera.
— Nadie sabe lo que Krissy quiere…
Wilde notó que el padre había llevado de nuevo la conversación al tiempo presente.
— … pero yo sí sé lo que quiero, —continuó el señor Nelson.— Y lo que quiere su madre. Queremos que descanse y se recupere, y que no piense en lo ocurrido. Estos pensamientos sólo sirven para que empeore.
— Lamento que te sientas así, —se aventuró a decir Wilde,— pero no he venido para molestarte. Acabo de despedirme de kristin y me voy ya.
Michael se volvió para echarle una última mirada a la chica, quieta y silenciosa como una estatua; entonces rozó el hombro fornido del padre, que no quiso apartarse ni un centímetro de su camino. Durante un momento fugaz creyó percibir una mirada de afecto en la acobardada señora Nelson.
Estaba en la mitad de camino del pasillo cuando escuchó unos pasos rápidos que se le acercaban por la espalda. Era Karen. ¿Por qué tenía que recordarle tanto a su hermana? La muchacha le cogió la manga mientras hablaba:
— Ya sé que Kristin no está aquí, y que tú también lo sabes, pero mis padres aún creen…
— Lo tengo claro.
— Pero si quieres echar una ojeada a esos libros…
— Gracias, lo pensaré, —repuso, sabiendo que no lo haría. Y sabiendo también que no era de los libros de lo que ella estaba hablando.
El auxiliar pasó haciendo un ruido sordo con el carro de la basura.
— De todas formas, no lo sé, pero creo que una parte de Krissy todavía anda por aquí, —le dijo Karen.— Sé que se alegra de que hayas venido.
Él vio cómo los ojos se le llenaban de lágrimas.
— Sé que realmente la amabas y yo también la quería de verdad, —comentó, y añadió entre balbuceos:— salvo quizá aquel momento en que me quitó los patines y les rompió la cuchilla. —Se echó a reír y le soltó la manga.— Y todo lo que sé es que ella querría que te dijera que tengas cuidado en el viaje.
Wilde sonrió.
— Lo haré.
— No, de verdad, —replicó ella con más urgencia en la voz.— Lo digo en serio. Ten cuidado.
Él le pasó un brazo por los hombros para consolarla.
— Juro solemnemente que mantendré en todo momento los mitones puestos y las orejas calientes.
Ella le apartó con dulzura.
— Si no lo haces, Krissy se enfadará a muerte contigo… y yo también.
— Eso no me gustaría nada, —replicó Michael.
— No, no te gustaría nada.
— ¡Karen! —Gritó el señor Nelson, sacando la cabeza por la puerta de la habitación.— Tu madre quiere hablar contigo.
La interpelada se mordió el labio.
— ¡Karen, ya!
Michael le acarició el hombro, se volvió y se dirigió hacia el puesto de enfermeras.
Esta vez nadie le dijo una palabra cuando él pasó por delante.

fin del cap

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 5:37 pm

Gracias por el capi. Ranguito para ti.
Besos.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 5:40 pm

^^ gracias

el cap que viene es súper cortito, lo subo mañana o pasado, para que no ir tampoco demasiado deprisa Very Happy

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 5:46 pm

Gemma escribió:
^^ gracias

el cap que viene es súper cortito, lo subo mañana o pasado, para que no ir tampoco demasiado deprisa Very Happy

Sí, por favor, que el cuatro es un poco largo y me quedan un par de hojas, y hoy no voy a poder seguir transcribiéndolo porque en un rato tengo la rehabilitación.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 5:54 pm

Tibari escribió:
Gemma escribió:
^^ gracias

el cap que viene es súper cortito, lo subo mañana o pasado, para que no ir tampoco demasiado deprisa Very Happy

Sí, por favor, que el cuatro es un poco largo y me quedan un par de hojas, y hoy no voy a poder seguir transcribiéndolo porque en un rato tengo la rehabilitación.

:amo: jejeje

está decidido entonces. Subiremos los caps cada 2 días (no es obligación, que si el cap no está se sube más tarde n_n) y sobre todo es para mí, así te doy tiempo :manga35:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 6:01 pm

Gemma escribió:
Tibari escribió:
Gemma escribió:
^^ gracias

el cap que viene es súper cortito, lo subo mañana o pasado, para que no ir tampoco demasiado deprisa Very Happy

Sí, por favor, que el cuatro es un poco largo y me quedan un par de hojas, y hoy no voy a poder seguir transcribiéndolo porque en un rato tengo la rehabilitación.

:amo: jejeje

está decidido entonces. Subiremos los caps cada 2 días (no es obligación, que si el cap no está se sube más tarde n_n) y sobre todo es para mí, así te doy tiempo :manga35:

Ok. Gracias. Me voy a preparar para la tortura.
:manga08:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 6:09 pm

muy bien. Que no te hagan mucho daño :tejer: jejeje y paciencia n_n

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 9:15 pm

Grax por el capi Gemma!^^
y suerte en la rehabilitacion Silvia,
q no lo pases muy mal... :)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mar 18, 2010 10:02 pm

Gracias por el cap. Gemma rangitos :stp:
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