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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 5:35 pm

Gemma escribió:
siiiiiiiiiii

el siguente mola mazo!!!!! que ganas de ponerlo!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

¡¿Así que es ése al que me refería yo?! Ahora deberíamos esperar a subirlo un mes.... jejejeje [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]No, que es broma.

Por cierto, tengo que hablar contigo cuando terminemos éste para otro posible proyecto de transcripción. Y ya tengo escáner, sólo tengo que averiguar cómo funciona... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 5:41 pm

uy, perfecto!! así si somos más terminamos antes ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 5:50 pm

Gemma escribió:
uy, perfecto!! así si somos más terminamos antes ^^

Ahora te mando un Mp para explicártelo.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 29, 2010 12:09 pm

Transcrito por Gemma

CAPITULO 23

13 de diciembre, 12:10 horas

LOS VIAJES EN TRINEO eran mucho más cómodos de lo que Michael había imaginado. El armazón de fibra de vidrio reforzado con polímeros era muy resistente. La sensación se parecía mucho a navegar en kayak, pero aquí viajaba a escasos centímetros del fondo, acunado en la cesta, como si fuera una hamaca. Apenas se notaba cuando los canes corrían sobre una zona de baches o daban algún tumbo. Todo quedaba amortiguado por la gran cantidad de ropa que llevaba puesta. La nieve y el hielo pasaban zumbando a ambos lados cuando Danzing se erguía en la cesta detrás de Michael y animaba a grito pelado a los huskies, los últimos canes de toda la Antártida, como le había explicado Murphy en la base.
—Los perros están abolidos —le había explicado Murphy—. Éste es el último equipo operativo, y la única forma en que nos han permitido auspiciarlo ha sido afirmando que forman parte de un estudio a largo plazo. —El administrativo puso los ojos en blanco—. No se puede hacer idea del papeleo que ha sido necesario rellenar; pero Danzing no iba a dejarlos ir. Son los últimos perros del Polo Sur y Danzing, el último musher, el último conductor a la vieja usanza.
Michael era capaz de ver incluso desde su posición poco ventajosa la perfección con que el grupo tiraba del arnés y seguía a Kodiak, el perro guía. Le sorprendían la velocidad y la fuerza empleadas. A veces, el subibaja de los perros en plena carrera parecía a sus ojos una mancha borrosa de sus pelajes grises y blancos; otras, su esfuerzo recordaba el movimiento de ascenso y descenso de los caballitos pintarrajeados de un tiovivo.
Los canes sabían perfectamente adónde se dirigían incluso sin necesidad de las indicaciones ocasionales del musher: «yi» para indicar a la izquierda y «ja» a la derecha. El trineo se dirigía a la antigua estación ballenera noruega, situada a cinco kilómetros costa abajo. Danzing realizaba ese trayecto de forma habitual para ejercitar a los perros y le había sugerido que tal vez le apeteciera acompañarle a fotografiar el reducto abandonado «mientras se derrite la Bella Durmiente». Había visitado el laboratorio de biología a primera hora de la mañana, pero no había nada que fotografiar todavía, y Darryl le había asegurado que transcurrirían uno o dos días antes de que acaeciera algún cambio sustancial.
—Más vale lento pero seguro —había dicho el biólogo sobre la velocidad requerida por el proceso.
Michael se mostró de acuerdo, pero al cabo de poco rato, mientras contemplaba cómo se deshelaba el témpano, descubrió que eso era tan poco divertido como ver crecer la hierba.
Una espesa bruma cubría todo la última vez que intentó realizar el viaje a Stromviken, y le impidió tomar fotografía alguna. Hoy, por el contrario, el día era frío, cinco grados bajo cero, pero muy claro, y la luz constante y persistente confería al aire una inhabitual cualidad cristalina: cosas lejanas parecían estar mucho más cerca y las cercanas parecían verse bajo el cristal de una lupa. La atmósfera y la luz antárticas le permitían tomar fotografías nítidas, limpias y con una exposición adecuada. Suponían un reto muy superior al habitual.
El periodista permanecía con los brazos cruzados sobre el pecho con la cámara bien protegida debajo del chaquetón.
—¿Qué le parece? ¿Le gusta? —gritó Danzing, inclinándose hacia él hasta rozar la capucha de Michael con el collar de dientes de morsa.
—¡Seguro que este trineo es capaz de ganar a un autobús!
El musher le palmeó el hombro un par de veces y luego se echó hacia atrás. Le encantaba lucirse con sus perros, y todo le parecía poco en lo tocante a ellos. Ahora bien, si el deslizador iba a aventajar a un autobús no sería en visibilidad: Michael apenas podía mirar al frente, por lo cual la primera imagen que tuvo de la vieja estación ballenera fue el casco roñoso de un vapor noruego varado sobre la costa rocosa. Junto a él estaban los restos de un muelle desmoronado hacía mucho tiempo por efecto del flujo y reflujo de la banquisa.
El arpón ballenero, un invento noruego, apuntaba a tierra más que al mar. En el pasado había disparado proyectiles punzantes de casi dos metros y en los últimos años los habían cargado con explosivos. Si el arponero era diestro, alcanzaba al cetáceo a la fuga en el dorso, entre las escápulas, y detonaba el arpón explosivo cuando se sumergía para huir, desgarrándole el corazón y los pulmones. Y eso sólo ocurría cuando el animal tenía suerte.
La batalla podía prolongarse durante horas si el artillero no andaba fino o el disparo no era letal, y durante esa pugna el cetáceo recibía más arponazos, sufría heridas y sangraba por ellas y los aventadores, los orificios de respiración. Los balleneros utilizaban un gran cabestrante para tirar del animal y arrastrarlo más y más hasta debilitarlo y al final lo acercaban al barco y lo acuchillaban a voluntad hasta matarlo. Empezaron primero por las yubartas o ballenas jorobadas; luego, fueron a por la franca austral; y por último, comenzaron a desaparecer incluso las más difícil de capturar: las rorcuales.
Esa estación ballenera en particular recibió el nombre de Stromviken y había operado de forma intermitente desde la última década del siglo XIX hasta su cierre definitivo en 1958. Al marcharse, los noruegos lo abandonaron todo: desde una locomotora a la leña. El transporte de los equipos de suministro hasta el Polo Sur había sido realmente caro, sí, pero también resultaba antieconómico llevárselos de nuevo. Ahora bien, Noruega ni siquiera había dejado de cazar ballenas y, al igual que Japón e Islandia, hacía uso de sus prerrogativas tradicionales para seguir capturando cetáceos. Cuando el hecho se mencionó de pasada una noche en el comedor, Charlotte tiró el tenedor con disgusto.
—Se acabó… Si tengo algo noruego, voy a deshacerme de ello —prometió. Darryl le había preguntado qué suponía eso exactamente, a lo cual la doctora, tras unos momentos de reflexión, le había contestado—: Voy a tener que tirar este jersey con el dibujo de un reno.
—Espera, espera, no tan deprisa —terció Michael, tirando de la etiqueta y rompiendo a reír—. ¿Lo ves? Está hecho en China.
Charlotte había suspirado con verdadero alivio.
—No veas lo que abriga.
Cuando los perros culminaron el ascenso de una pendiente helada Michael disfrutó de la primera imagen clara del campamento ballenero, que era mucho más deprimente que Point Adélie, por difícil que resultase de creer. Amplias rampas conducían desde el espigón donde atracaban los barcos de motores jadeantes con sus capturas colgando del casco, que a veces podían traer hasta veinte cetáceos, hasta una maraña de vías férreas semienterradas; la herrumbre había pintado de rojo y negro la locomotora encargada de conducir a los cetáceos desangrados hasta el lugar de faenado, un patio donde los troceaban con aguzados cuchillos y les arrancaban a tiras la enorme lengua, de cuyos músculos podían obtenerse litros y litros de aceite.
Danzing soltó un bramido y tiró de las riendas en cuanto el vehículo llegó hasta allí; luego, cuando el trineo se hubo detenido, saltó con agilidad de los deslizadores. Ahora que los patines no acuchillaban el hielo reinaba un curioso silencio; la sensación duró hasta que Wilde aguzó el oído y percibió tanto la vibración de las paredes de metal ondulado de los almacenes como la queja de las vigas de los edificios de madera y ladrillo, anteriores en el tiempo a los del metal; ambos sonidos estaban causados por el viento polar.
El conductor le tendió una mano para ayudarle a salir de la cesta del trineo cuando le vio forcejear, y Michael estuvo enseguida pisando el lodo helado de ese patio rodeado de edificios destartalados y oscuro propósito que ocupaban la cima del altozano. La factoría ballenera le recordaba a un pueblo fantasma que había fotografiado una vez en el suroeste y, bien pensado, no era de extrañar.
Sin embargo, en cierto modo, y no sabía exactamente cómo ni por qué, el establecimiento abandonado era mucho peor que aquello. Emanaba una sensación de matadero, antaño la sangre y las vísceras llegaban a los trabajadores hasta las rodillas y cubrían la tundra que ahora pisaban sus pies, y él lo sabía. Los raíles renegridos subían de forma tan empinada como los rieles de una montaña rusa, siguiendo un trayecto en línea recta, hasta alcanzar un edificio en ruinas situado a escasos cientos de metros colina arriba. Ése era el destino de las carretas mecanizadas repletas con las partes cotizadas de la ballena: la planta procesadora. El resto de los huesos y los demás despojos eran arrojados a pozos negros y a la costa, donde nubes de pájaros chillaban gozosos en medio del hedor y se lanzaban en picado sobre los restos aún humeantes.
Hacía demasiado frío para quitarse los guantes más de unos segundos, por lo cual Michael sacó con mucha torpeza el trípode y la bolsa impermeable del equipo. Entretanto, a fin de evitar que los perros arrastraran el vehículo, Danzing clavó un gancho en la nieve, o sea, echó el freno: éste consistía en un tablón de madera unido por un resorte a la cesta del trineo y un grampón o gancho metálico en el otro extremo. Como medida adicional ató el cable de frenado a una carretilla metálica de carga volcada del revés sobre la nieve a la que le faltaban dos ruedas. Kodiak se sentó sobre los cuartos traseros y fijó en él sus marmóreos ojos azules sin perderse ni un detalle de sus movimientos, permaneciendo a la espera.
—Voy a darles de comer ahora —anunció el conductor—. Ésta es su parte favorita del viaje.
Los dos ruederos o perros de rueda, es decir, los situados justo delante del trineo, hicieron cabriolas y se relamieron cuando Danzing extrajo de debajo del pasamanos un saco de arpillera.
—Paso, no tengo hambre —dijo Michael cuando le vio saca varios nudosos tasajos de carne.
—No he dicho que fuera a ofrecerle nada —replicó el musher entre risas.
Eligió un camino junto a los herrumbrosos raíles y anduvo sobre el hielo y la tierra azotada por el viento gélido en medio de un silencio sepulcral, sólo roto por gañidos de los huskies y los graznidos de los págalos, atraídos sin duda por el alboroto de los perros y el olor de los tasajos. Aquél debía de ser el lugar más desolado en que había estado jamás, concluyó Wilde.


El témpano continuó deshelándose en el tanque y empezaron a desprenderse algunos trocitos de hielo mucho antes de lo esperado, daba casi la impresión de que alguien estaba empujando desde dentro.
Un fragmento del tamaño de una pelota de baloncesto y con un contorno aserrado se desprendió al pie del sillar y flotó en el agua, dejando un hueco a través del cual podía verse la puntera de la bota del hombre. La porción desprendida vagó a la deriva hasta ser atraída por la tubería encargada de drenar el agua del tanque y mantenerlo estable, y ahí se quedó alojada, obstruyéndola con obstinación.
El otro caño siguió abasteciendo de agua al tanque, y el nivel de ésta subió poco a poco; conforme esto ocurría, el líquido se iba colando por las fisuras y grietas de la parte superior del sillar helado, por las que se diseminaba como si fueran venas y capilares de un sistema circulatorio imposible de apreciar a simple vista. Cualquiera que hubiera pegado la oreja al hielo habría escuchado un sonido estático cuando aquél se resquebrajaba y se desmenuzaba, pero habría apreciado algo más: el chirrido de unos arañazos, similar al sonido de las uñas rascando sobre el vidrio.


Michael jamás había contemplado una playa similar a la de Stromviken: su arena era un osario gigantesco cubierto de calaveras, espinas dorsales y mandíbulas entreabiertas, todas ellas descoloridas por el sol austral y baqueteadas por un viento demoledor hasta adquirir un color blanco mortecino. Había restos de las ballenas troceadas en Stromviken: otras habían sido descuartizadas en los barcos factoría: habían arrojado los restos al mar y la marea los había empujado hasta la orilla. Una manda de focas elefante tomaba el sol y sesteaba entre los huesos y las rocas sin prestar mucha atención al hombre de la parka abultada y anteojos verdes que la enfocaba con una cámara, exactamente igual que habían hecho con todos los hombres que habían acudido hasta allí en años precedentes, que se habían ido después de matarlas de forma tan indiscriminada como las ballenas.
Sin embargo, los pinnípedos con su nariz en forma de trompa y sus ojos castaños inyectados en sangre habían resultado bastante más fáciles de cazar y matar que los cetáceos, pues en tierra eran torpes y se movían con suma lentitud. A los cazadores de focas les bastaba con acudir andando y golpearles en la probóscide; cuando los animales echaban hacia atrás las aletas, sorprendidos, les atravesaban el corazón. Aquellos enormes machos podían tardar casi una hora entera en morir desangrados. Los hombres actuaban de forma metódica y tras haberlos rodeado y cazado a todos iban a por las hembras, que seguían allí en defensa de las crías, y finalmente a por éstas también, a las cuales mataban a garrotazos si no eran demasiado pequeñas como para molestarse con ellas. El desuelle era la parte más dura. Se necesitaban cuatro o cinco hombres para despellejar por completo a un macho adulto y separar de la carne la espesa capa de grasa amarillenta que les permitía vivir cómodamente en tierras polares. Una vez hervida ésta, la mayoría de las focas, cazadas hasta su práctico exterminio, producían un par de barriles de aceite.
Los fócidos no suponían amenaza alguna para él, y Wilde lo sabía, pero aun así se aproximó con precaución, pues no deseaba provocar demasiado alboroto. Su única pretensión era reflejar con un par de instantáneas un momento de holganza de esos animales, no alarmarlos, y además las criaturas hedían.
El macho dominante del grupo se distinguía al primer golpe de vista aunque fuera sólo por su enorme tamaño. Estaba mudando de piel y había restos de pelos y pelaje alfombrando el suelo circundante, pero era un tapiz horroroso, y las crías, que eructaban cerca de allí, no ofrecían un espectáculo mucho mejor. El fotógrafo subió hasta un canto rodado, una piedra a la que siglos de castigo por parte del viento marino le había dado forma de chistera, e hizo su primera fotografía a pesar de lo difícil que era mantener el equilibrada la cámara con aquellas ventoleras. Iba a tener que desplegar el trípode para hacerlo bien.
El macho bramó mientras él estaba hurgando en su bolsa y Michael tuvo ocasión de oler un aliento hediondo a pescado muerto.
—Madre del amor hermoso, lo de enjuagarse la boca no va contigo, ¿a que no, chavalote? —masculló mientras fijaba el trípode sobre una zona nivelada de la rocosa playa.


El agua del acuario comenzó a rebosar el borde y gotear sobre el suelo de hormigón, donde formó hilillos que corrieron hacia los sumideros. El laboratorio de biología marina, como todos los módulos, se sostenía sobre bloques de hormigón ligero, por lo cual el agua simplemente corrió por los conductos de metal y cayó sobre la tierra helada de debajo.
En algunas zonas concretas, el grosor del témpano no superaba al de un mazo de cartas y los cautivos del interior ya resultaban visibles, aunque fuera de una manera borrosa. La primera zona en ceder por completo fue la parte inferior del sillar, allí donde se había desprendido el trozo de hielo que había bloqueado la tubería de desagüe. La puntera de la bota de cuero sobresalía ahora brillante como la obsidiana.
El derretimiento continuó y no tardó en aparecer una considerable grieta en el área central. Los cuerpos atrapados dentro parecían ahora como el fallo de un diamante, la imperfección de un cristal gigantesco, y dio la impresión de que el propio témpano rechazaba esos cuerpos cuando la fisura fue a más y empezó a romperse y el hielo de ambas partes de la brecha se desprendió y el agua marina bañó los cuerpos de la joven y el soldado como si se tratara de un bautismo. Ambos quedaron expuestos al aire, bañados por la luz azul lavanda del laboratorio. Yacieron inmóviles uno junto al otro durante unos segundos, meciéndose en el agua.
El hielo y la sal del mar habían corroído durante siglos la cadena desconchada que hasta ese momento los había mantenido unidos por el cuello y los hombros. Se desintegró y los trozos se deslizaron hacia el fondo del tanque.
Sinclair fue el primero en respirar una bocanada de aire y agua, lo cual le provocó un ataque de tos.
Poco después, Eleanor también tosió, y un estremecimiento incontrolable le agitó el cuerpo de la cabeza a los pies.
Empezó a ceder el poco hielo restante que todavía los sujetaba. El militar buscó el fondo del tanque con la bota… y lo encontró.
Se mantuvo en pie tan inseguro como un borracho y rápidamente tomó la mano de Eleanor, quien chorreó agua cuando la sacó de entre los restos del témpano flotante. La joven tenía la mirada perdida y los ojos apagados. La melena castaña se le pegaba a la mejilla y a la frente.
«¿Dónde estamos?», se preguntó él.
Se hallaban en el interior de una especie de cuba llena con agua marina que les llegaba hasta las rodillas, y ésta estaba en un lugar para cuya definición no encontraba palabras. Allí no había nadie más, salvo unas extrañas criaturas nadando en grandes jarras de cristal, unas jarras que emitían un tenue fulgor purpúreo y un sonido siseante.
Miró a Eleanor. Ésta alzó una mano con semejante lentitud que parecía que nunca antes había hecho ese gesto. Los dedos fueron de forma instintiva a por el broche marfileño del pecho.
El teniente Copley chapoteó hacia el borde del tanque y salió del mismo para luego ayudar a la mujer a bajar al suelo. Ambos chorreaban agua.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, temblorosa, mientras él la estrechaba entre sus brazos.
Sinclair no lo sabía. Deseaba que fuera el Cielo por el bien de Eleanor, mas por experiencia propia mucho se temía que se tratara del Infierno.

fin del cap

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 29, 2010 4:33 pm

Gracias por el capi. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Era éste al que me refería yo. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 01, 2010 5:15 pm


PARTE III
EL NUEVO MUNDO
Transcrito por Tibari


Gimieron y se removieron, todos se alzaron.
No movieron los ojos ni hablaron.
Incluso en un sueño habría sido insólito
haber visto levantarse a tanto difunto.

La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)



CAPÍTULO 24
13 de diciembre, 16:20 horas

MICHAEL SE HALLABA EN la proa del ballenero varado. Retiró varios dedos de hielo de un salvavidas, desvelando varias letras: un par de ellas eran ilegibles, pero las restantes le permitieron deducir el nombre de la embarcación. El Albatros había sido construido en Oslo. Albatros… Ahora ningún albatros sobrevolaba grácil y sin esfuerzo los cielos, sólo quedaban págalos, petreles y blancas palomas antárticas. Todas esas aves se habían removido tras la llegada del trineo y andaban a la búsqueda de alguna posible dádiva.
Dominaba la playa desde su atalaya de detrás del arpón ballenero. Abajo yacían las focas elefante, que habían hecho una inmejorable contribución al reportaje fotográfico, y en la cima de la colina helada, más allá de los almacenes y las salas de calderas y el patio de despiece, se alzaba la estructura más alta de la estación ballenera: una vieja iglesia de madera con algunas zonas todavía pintadas de blanco y una cruz torcida en lo más alto del campanario. Utilizó el zoom de la cámara para tomar varios planos generales, y le pareció que el edificio merecía echarle un vistazo más adelante.
El reportero ya había explorado el interior de la nave, que en algunas cosas sí demostraba los años de abandono, como las paredes oxidadas, las ventanas rotas y los escalones combados de las escaleras, pero en otras daba la impresión de haber estado ocupada hasta el día anterior: había un cuchillo y un tenedor encima de un plato de hojalata en la larga y estrecha mesa de la cocina; la cama de la litera estaba hecha con sábanas bien dobladas y una manta; los restos de una colilla congelada descansaban sobre la repisa de una ventana en la cabina del timonel. Incluso el arpón ballenero, situado en lo alto de una plataforma metálica, como si fuera una torre de ametralladora, parecía en condiciones de llevar a cabo su letal trabajo si alguien volvía a apuntar con él. Michael hizo la prueba e intentó girarlo, pero la pieza estaba congelada por completo.
—Eh, cuidado adonde apuntas ese chisme —le gritó el conductor de trineos desde la playa. Danzing se hallaba junto a las mandíbulas petrificadas de una ballena azul.
—No está cargada —contestó Wilde.
—Sí, sí, eso dicen siempre. ¿Has terminado aquí?
—Algo así, ¿por qué?
—Necesito volver a la base.
Con la barba revuelta por el viento y el collar de dientes alrededor del cuello, el conductor de trineo salió de entre las fauces del cetáceo como un dios nórdico que hubiera elegido caminar entre los mortales.
—Estoy esperando una llamada de mi mujer —agregó el musher.
¿Qué Danzing tenía una esposa? En cierto modo, le extrañaba que estuviera casado un tipo tan peculiar como él; venía a ser algo ordinario y banal.
—Pero, ¿cuándo la ves? —preguntó Michael a voz en grito mientras recogía el equipo y lo guardaba en una bolsa—. Tenía entendido que vivías aquí.
—No todo el tiempo —contestó el musher.
—¿Y dónde vive ella? —preguntó Michael, quien luego agregó—: Espera, dímelo cuando haya bajado.
—En Miami Beach —contestó Danzing cuando ambos hombres se reunieron en el osario de la playa.
Sin querer, Michael se echó a reír.
—¿Y qué tiene de malo?
—No, no es eso. Es que esperaba otro lugar.
—¿Cuál…? —quiso saber el conductor mientras echaban a andar de vuelta al trineo.
Michael apenas necesitó una milésima de segundo para contestar:
—El Valhala.


Sinclair y Eleanor pasaron los primeros minutos acostumbrándose a la tarea de volver a respirar, y después a moverse, y por último a seguir vivos, pero no tenía la menor idea de dónde podían encontrarse.
Fue ella quien descubrió la fuente de calor de la estancia: una suerte de rejilla resplandeciente situada junto al zócalo. Eleanor se acuclilló con sus ropas empapadas en un intento de descubrir dónde se hallaban las llamas u olisquear el gas o los troncos al quemarse, pero la joven apenas consiguió escuchar un tenue zumbido y no logró detectar olor alguno. Aun así, se acurrucó cerca y entre cuchicheos le pidió a Sinclair que se aproximara.
Los dos hablaban en susurros por puro instinto.
—Es un fuego —dijo ella—, podremos secarnos la ropa.
Él la ayudó a quitarse el mantón empapado y lo plegó en un taburete próximo. Luego, la muchacha se quitó los zapatos y los puso delante del calefactor.
—Por también la tuya a secar antes de que suceda algo… —Se calló. Podía acaecer algo que ella era incapaz de imaginar siquiera, y de hecho no sabía si estaban entre amigos o enemigos, en Turquía o Rusia o, ya puestos, en Tasmania. Es más, incluso ahora, apenas podía creer que siguieran vivos, pero no había tiempo para demorarse en ninguna de estas cuestiones—. Quítate la casaca y las botas —insistió la joven.
Él se desprendió de la prenda y Eleanor la extendió para luego poner las botas de jinete junto a sus zapatos. El militar desanudó la vaina del sable y la dejó junto a las ropas húmedas, aunque al alcance de la mano.
A continuación, se acurrucaron el uno junto al otro y se miraron fijamente a los ojos, y en silencio se preguntaron qué sabía, qué comprendía y, sobre todo, qué recordaba el otro.
Eleanor temía acordarse de demasiado, pues ¿cuánto, cuánto tiempo había permanecido soñando y a la deriva…? Y acordándose de todo.
Una y otra vez.
En ese momento, mientras abarcaba las piernas con los brazos y las apretaba con fuerza a la espera de que se le secaran las ropas, estaba recordando la noche en que permanecía sentada frente a un fuego diferente a ése, con Moira, en la fría habitación de su pensión londinense, hablando del anuncio de la superintendente Nightingale de viajar al frente de batalla de Crimea junto a un grupo de enfermeras voluntarias.
Sinclair se llevó la mano a la boca cuando empezó a toser. Eleanor le acarició la frente con sus dedos todavía rígidos. Fue el hábito, su segunda naturaleza, lo que le llevó a hacerlo, pues había repetido ese gesto muchas veces con los soldados agonizantes que yacían tendidos en los hospitales de campaña instalados en Scutari y Balaclava. Copley alzó los salvajes ojos bordeados de rojo.
—Esto… ¿Tú estás…? ¿Estás bien? —Eligió la palabra ‹‹bien›› a falta de otro término mejor.
—Lo estoy —contestó la interpelada, sin saber muy bien qué otra cosa podía decir. Daba la impresión de estar viva a pesar de su desorientación y de seguir helada hasta el tuétano por muy pegada que permaneciera al calefactor. Y débil, también estaba débil, tenía el apetito normal y percibía también el otro, el innombrable.
Le cruzó por la mente la posibilidad de morir otra vez, y pronto además, y se preguntó si esta vez lo sentiría de un modo diferente.
No podía ser peor.
Sinclair recorrió la habitación con la mirada, y ella le imitó. Una criatura semejante a una araña de gran tamaño intentaba escapar trepando por el cristal de una jarra llena de agua e iluminada por un brillo púrpura. Había tableros grandes como los de una mesa de caballetes encima de los cuales descansaban unas vasijas con forma de escudillas, y delante de un taburete vieron un aparato de metal negro junto a una gran caja blanca, y delante de estos dos objetos vieron una botella de vino. Él se levantó de un brinco.
Tomó la botella, frotó la etiqueta con la manga de su camisa blanca y la examinó con atención.
—¿Es una de…? —preguntó ella.
—No estoy seguro —contestó Sinclair mientras retorció el tapón para descorcharla. La olisqueó y retrocedió.
Y ella intuyó que era una de sus botellas.
Sinclair iba descalzo, por lo cual volvió junto a Eleanor sin hacer ruido y puso la botella entre ellos dos con un ademán similar al de papá pájaro cuando acude al nidal con comida para los polluelos. Esperó a que ella tomara la botella, pero la muchacha no fue capaz. Resultaba demasiado horrible haber despertado del sueño después de tanto tiempo, no, sueño no, de la pesadilla, sólo para verse inmersa en el mismo barrizal donde se había quedado. La botella estaba ante ella como un recuerdo ominoso, un memento mori. Representaba la muerte y al mismo tiempo, siempre que ella estuviera lo bastante desesperada para aceptar, también significaba la vida. ¿Era la misma que él le llevaba a los labios a bordo del Coventry? De ser así, ¿cómo había llegado a parar a ese lugar tan extraño? ¿No les habían encadenado a ellos dos para luego arrojarlos al enfurecido océano? Y después…
Frenó en seco el hilo de sus cavilaciones, lo hizo de forma radical, como unos caballos sofrenados por un brusco tirón de riendas. No podía pensar en ello, no podía permitírselo. Había controlado férreamente su mente durante mucho tiempo y podía seguir haciéndolo. Debía guiar sus pensamientos, controlarlos, reprenderlos incluso en el caso de que llegaran a desmandarse, como si fueran niños desobedientes. Obrar de cualquier otro modo sería abrirle la puerta a la locura.
Y eso si no se había vuelto loca ya.
—Debes hacerlo —le urgió Sinclair mientras le tendía la botella.
—¿Y qué pasa si después de todo este tiempo…? —preguntó Eleanor, insegura.
—¿Qué? ¿Qué ocurre si todo ha cambiado después de todo este tiempo?
—Tal vez sea posible que…
—¿Qué qué? ¿Qué Dios vuelva a estar en los cielos, nos encontramos a salvo en nuestras casas e Inglaterra gobierne los mares?
El fuego de siempre volvía a arder de nuevo en los ojos de Sinclair. Todo el tiempo pasado en el océano, en el hielo, no había mitigado en nada su ardor ni su ira. ‹‹No pienses en eso ni le permitas entrar››, caviló ella al ver que no se había apagado esa llama malévola prendida en Crimea. Enfrente no estaba el teniente Copley, ése que se había hecho a la mar con su regimiento de lanceros en busca de gloria, sino el que habían hallado entre los muertos cubierto de sangre y barro, agonizante en un campo de batalla a la luz de la luna llena.
—¿Prefieres que la pruebe yo primero? —inquirió.
La luz anaranjada del calefactor le iluminaba el semblante. Sinclair reaccionó ante su silencio: alzó la botella, echó hacia atrás la cabeza y le dio un sorbo. La nuez de Adán subió y bajó varias veces mientras él tragaba; luego volvió a echarse hacia atrás. Farfulló y respiró de forma entrecortada antes de llevarse la botella a los labios, y cuando la retiró, el bigotillo castaño había adquirido el color de una magulladura.
—Toma —dijo él con una sonrisa que mostró los dientes, también manchados—, está perfecta.
—Lo que necesitamos es comida y agua —repuso ella, pero aun así, los ojos se le fueron a la botella—, comida caliente y agua fresca.
—Hablas como si fueras la Nightingale —se mofó Sinclair—. Tendremos que procurarnos esas cosas, pero sabes tan bien como yo que necesitamos más que eso.
La joven sabía en el fondo de su corazón que él se hallaba en lo cierto, o al menos antes había sido así, pero ¿no podía ser posible que se les hubiera levantado la maldición? ¿No era posible que, además de ese extraño milagro que los había liberado de su encadenamiento, se hubiera obrado otro prodigio más? ¿Seguía siendo necesaria esa horrenda sustancia que tenía ante ella?
—No sabemos dónde estamos ni qué nos aguarda ahí fuera —continuó Sinclair en voz baja. Ahora se dirigía a ella con una voz más razonable, pero Eleanor se había acostumbrado a esos bruscos cambios de humor de su compañero. Los había detectado incluso en las cartas que le había escrito—. Me parece que debemos aprovechar nuestras ventajas cuando y como se nos presenten —insistió al tiempo que señalaba a la botella con la mirada.
Eleanor cambió de postura en el suelo a fin de que se le secara otra parte del vestido. Le preocupaba cuánto tiempo iba a pasar antes de ser descubiertos.
—¿No podemos llevárnosla con nosotros, vayamos donde vayamos, y ya está?
—Sí, pero ya nos la quitaron una vez, ¿a que sí? —replicó él. La joven advirtió que él volvía a montar en cólera—. Podrían arrebatárnosla de nuevo.
Él tenía razón, por supuesto, y ella estaba a punto de ceder, pero aun así, su espíritu se resistía a admitirlo.
Sinclair aferró la botella y dio otro trago, ya fuera para reforzar su argumento o porque realmente lo necesitaba. Ella tenía la garganta reseca como una lija y notó cómo se le tensaban los músculos del cuello y se le humedecían las palmas de las manos, que acababan de secarse junto al radiador. Entonces comenzaron a latirle las sienes, como un lejano redoble de tambores.
—Lo menos que puedes hacer después de todo este tiempo es besarme —sugirió él.
El pelo rubio despeinado y greñudo refulgía al intenso resplandor de ese extraño calefactor. Tenía abierto el cuello de la camisa blanca, dejando entrever la garganta, donde había caído una gota roja de la botella. ‹‹Que el Señor me ayude, me muero de ganas de lamer esa sangre››, pensó mientras sin querer presionaba la parte posterior de los dientes con la lengua.
—Como diría tu amiga Moira —insistió—, ¿no vas a besarme por los viejos tiempos?
—No voy a hacerlo por eso —repuso ella—, pero lo haré… por amor.
La botella quedó entre ellos cuando se inclinaron hacia delante y sus bocas se encontraron; al principio el beso fue un roce casto, pero entonces ella saboreó la sangre pegada a los labios de Sinclair.
Éste llevó la mano hasta la parte posterior de la cabeza de Eleanor y enredó los dedos en su enmarañada melena, y la retuvo allí. Ella le dejó hacer, se dejó sostener y atrapar. Sabía lo que él pretendía y le permitió que se unieran tal y como habían estado hacía mucho tiempo. No había experimentado una sensación similar desde hacía mucho tiempo, por eso le dejó obrar a su placer, porque en verdad hacía mucho tiempo que no había sentido nada, nada en absoluto.
Fin del capítulo

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Última edición por Tibari el Lun Mayo 03, 2010 4:53 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 01, 2010 7:39 pm

Gracias, buen capi [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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Tibari

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 03, 2010 5:02 pm

CAPÍTULO VEINTICINCO
Transcrito por Tibari
13 de diciembre, 18:00 horas

DANZING CEDIÓ A LAS súplicas de Michael y le permitió conducir el deslizador durante el viaje de regreso a la estación. El musher se subió a la cesta del trineo, donde estaba aún más apretado que el reportero, tras haberle dado unas cuantas indicaciones.
—¿Listo?
—Listo —replicó Wilde mientras se colocaba bien las gafas y se ajustaba la capucha de piel en torno al rostro.
—¡Marchen!
Eso era lo que solía decir el conductor, pero con más éxito. Los perros no se movieron, tal vez desacostumbrados a su voz. De hecho, Kodiak se volvió para dirigirle una mirada inquisitiva.
—¡Con más autoridad, como si lo dijeras en serio! —le aleccionó Danzing.
Michael tuvo la sensación de que los canes le estaban poniendo a prueba, por lo cual se aclaró la garganta y gritó:
—¡Marchen! —vociferó al tiempo que halaba con fuerza del tiro principal, la soga que hacía de columna vertebral y a la cual iban unidas las correas de los arneses de cada husky.
El perro guía reaccionó enseguida en la cabecera del tiro y saltó hacia delante; los demás compañeros imitaron su ejemplo y empezaron a tirar mientras el reportero apoyaba las manos en el pasamanos para luego ponerse a empujar.
—¡Monta! —le advirtió Danzing.
Michael afianzó las botas en los patines en el preciso instante en que el trineo tomó impulso y avanzó sobre la nieve y el hielo. El musher se había tomado la molestia de orientar el deslizador, por lo cual el conductor novato no necesitó realizar giro alguno, pero aun así, la tarea era mucho más difícil de lo previsto. La superficie estaba llena de piedras, grietas y baches por muy lisa que pudiera parecer. El trineo se estremecía cada vez que pasaba sobre uno de esos obstáculos y las piernas soportaban cada sacudida. La única actitud posible era mantener el equilibrio sobre los patines.
—Más suelto el cuerpo… —le aconsejó el conductor, volviéndose para hablar hacia atrás.
‹‹Es más fácil decirlo que hacerlo››.
Aun así, procuró distender los hombros, flexionar algo los brazos y abrir un poco más las piernas.
—Si quieres que corran en línea recta, grita ‹‹ recto›› —le explicó Danzing. Michael tardó un poco en entender esas palabras a causa de la fuerza con que el viento azotaba su capucha, pero al final las descifró.
‹‹De acuerdo, es fácil recordar esa orden››.
—Y si quieres aminorar la marcha, tira de las riendas y grita ‹‹despacio››.
Michael no tenía la menor idea de a qué velocidad iban en esos momentos, pero la sensación de rapidez era increíble. Se sujetó al pasamanos y fue dando botes mientras el paisaje nevado pasaba por ambos lados a una velocidad de vértigo. La experiencia como pasajero había sido muy diferente, pues iba caliente y protegido, y estaba a pocos centímetros del suelo, pero permanecer de pie era harina de otro costal: el viento le alanceaba el semblante y le azotaba las ropas hasta hacerlas flamear con un sonido muy similar al de la bandera sobre el asta en Point Adélie. La experiencia era agotadora y vigorizante al mismo tiempo.
Los perros del tiro levantaban con las patas una nube de nieve que le entumecía los labios y le cubría las gafas como gotas de nieve. Alzó con cuidado una mano enguantada a fin de limpiar los cristales de las mismas y luego volvió a sujetarse al listón.
Cuando se acostumbró a la cadencia del equipo de huskies y al deslizamiento del trineo, que zumbaba sin cesar, empezó a relajarse y fue capaz de mirar más allá de las cabezas lanudas y las colas de los canes. Miró a lo lejos, estaban todavía demasiado distantes para poder ver la base, y en vez de eso, sólo podía contemplar un continente de hielo, nieve y permafrost interminable, mucho mayor que Australia, como bien sabía, pero tan desolado que en el interior semidesértico y árido del continente australiano le parecía superpoblado.
El trayecto del trineo apenas se apartó de la línea costera. Ésta era un hervidero de vida en comparación con el interior, pues las focas no jugueteaban tierra adentro ni tampoco volaban por allí los pájaros; de hecho, no crecía ni el más molesto liquen. A pocos kilómetros de la costa había un desierto desprovisto de vida y más hostil a la misma que en ningún otro lugar del planeta. Los hombres habían encontrado una forma de llegar al Polo Sur. Eran capaces de sobrevolarlo, cartografiarlo, medirlo e incluso de plantar allí una bandera, pero lo cierto era que nunca iban a poder reclamarlo. Nadie podía permanecer allí en realidad, y sólo los chiflados deseaban acudir a semejante destino.
El sol cobrizo austral pendía sobre el cielo vacío como un reloj de bolsillo. Michael ya había consumido la mitad del permiso autorizado por la NSF, pero el tiempo se había convertido para él en algo ininterrumpido y constante, como para casi todos los habitantes de la Antártida.
Los días fluían uno tras otro como el agua de un río y él debía mirar de continuo el reloj para verificar la hora, pues nunca era capaz de determinar si vivía por la mañana o por la tarde. Se había sentido desorientado por completo en más de una ocasión y a veces tenía que separar las cortinas de la litera y salir con paso inseguro hasta encontrarse con alguien en el hall a fin de preguntarle si era de día o de noche.
Una de esas veces se había topado con el Gnomo, el botánico raro a quien era muy difícil ver fuera de su laboratorio, o ‹‹la floristería››, como la llamaban los reclutas. Entre los dos habían llegado a la conclusión de que era alguna hora de la tarde cuando en realidad eran las tantas de la madrugada, cosa que habían tenido ocasión de comprobar cuando habían ido a las zonas comunes y habían encontrado vacíos los comedores. Fue entonces cuando Michael estudió con más atención al científico y advirtió en él los indicios delatores del Gran Ojo: mirada vidriosa y una expresión ausente y desconcertada.
A partir de ese momento había empezado a controlar sus ciclos de sueño con Lunesta o lorazepam, lo primero que consiguiera sacarle a la doctora Barnes por la noche.
—No recuerdo las palabras exactas, pero había un viejo proverbio que afirmaba que uno no debía preocuparse si alguien le decía que tenía mal aspecto, pero que se acostara si lo comentaba una segunda persona más —le avisó ella.
—¿Qué intentas decirme?
—Que te acuestes, y también que te lo tomes con calma.
Michael era consciente de que había forzado la máquina para fotografiarlo todo, tomar el mayor número posible de notas sobre el viaje y dominar todas las habilidades australes, como la construcción de iglúes o la conducción de trineos, hasta ese momento. Su presencia en la base era temporal: le impedía verlo y controlarlo todo antes de irse con el avión de aprovisionamiento cuya llegada estaba prevista para la Nochevieja, y él lo sabía, pero no quería encontrarse de vuelta en Tacoma preguntándose, por ejemplo, por qué no fotografió el interior de la iglesia noruega, ya había hecho planes para volver allí, o cómo había cerrado en falso la historia de la Bella Durmiente y el Príncipe Azul.
En cuanto llegaran debía echar un vistazo ahora que el témpano se estaba deshelando, a fin de hacer algunas fotos sobre la evolución del proceso. Resultaba un tanto anómalo que hubiera llegado a considerar ese proceso como una metamorfosis: el hielo venía a ser la crisálida de la cual iban a emerger los dos jóvenes amantes, pues él estaba seguro de que eso era lo que debían de haber sido. ¿Por qué, si no, los habían cargado de cadenas antes de lanzarlos al mar? Intentó imaginar un escenario, uno cualquiera, en el cual todo aquello tuviera un mínimo de sentido. ¿Los había apresado un marido celoso y luego los había arrojado al mar? ¿O era obra de una esposa engañada y despreciada? ¿Habían violado algún código de conducta, uno marino, o uno militar, el del ejército al que pertenecía el hombre con el galón dorado? ¿Qué crimen tan espantoso podían haber cometido para merecer semejante condena?
Los perros dieron un rodeo para evitar un sastrugi, una especie de dunas de nieve formadas por el viento, inusualmente alto. Eso le recordó una vez más que los canes se conocían el camino de memoria, mejor que nadie, y sabían que se encaminaban a casa, a su confortable cobertizo con suelo de paja y cuencos llenos de comida. La mayor parte del tiempo debía limitarse a sujetarse al asidero y mantener bien puestos los pies sobre los patines. Danzing no había dicho no pío durante el resto del trayecto y daba la impresión de que se había quedado dormido a juzgar por cómo apoyaba la cabeza sobre el pecho, protegida por una capucha que le ensombrecía el rostro. Michael no tenía muy claro si eso era una muestra de confianza en los perros o en él, pero albergaba la esperanza de ser capaz de realizar todo el camino de vuelta a la base sin tener que despertarle.
Atisbó una minúscula luz roja a su izquierda, bastante lejos, y volvió a verla al cabo de unos minutos. No tardó en comprender que se trataba de la señal luminosa situada en lo alto de la caseta de inmersión. Michael había presenciado cómo sacaban del fondo algunas trampas, algunas de ellas con atónitos y boqueantes peces de ojos blancos y branquias traslúcidas, y también había visto a Darryl echar en cubetas a los que habían sobrevivido al viaje. No dejaba de preguntarse después de verle realizar aquel trabajo cómo podía ser un vegetariano convencido y un activista de los derechos de los animales.
—La clave es la racionalización —le había explicado el biólogo—. Me digo a mí mismo que estudiando a unos pocos puedo salvar a todos los demás. El primer paso para conseguir que el mundo conserve sus recursos naturales es concienciar a la humanidad de que están en peligro. —Tomó un pez muerto por la cola y lo levantó para depositarlo en otro cubo lleno de hielo—. Y si trabajo lo bastante deprisa, puedo tomar una interesante muestra de sangre incluso de éste.
El trineo se dirigió hacia el interior tras pasar por delante de la caseta de inmersión y varios perros empezaron a soltar gañidos de gozosa expectación. Los patines cortaban la nieve mientras el deslizador coronaba la pendiente de una colina baja desde cuya cima Michael pudo divisar la base. Vista desde esa atalaya los módulos, los cobertizos y los almacenes guardaban un gran parecido con los bloques de plástico de Lego con los que tanto había jugado de pequeño, aun cuando los edificios eran de diseño mucho más tosco. No pasaban de ser una colección de construcciones negras y grises con enormes círculos fosforescentes pintados en las techumbres a fin de que la estación pudiera ser localizada con mayor facilidad por los aviones de avituallamiento durante el largo y oscuro invierno austral.
Si ya era difícil vivir allí con la luz continua del estío, Michael no se hacía la idea de cómo podía alguien sobrellevar todo un invierno en el Polo Sur.
Danzing se removió en la cesta y alzó la cabeza.
—¿Ya hemos llegado?
—Casi —contestó el periodista: ya podía ver el asta. El viento soplaba en una dirección determinada con tal fuerza que la bandera americana parecía una tela lisa y planchada—. Pero mira, ahora que te has despertado, aprovecho para preguntarte: ¿Qué les dices a los perros para que dejen de correr?
—Prueba con ‹‹so››.
—¿Cómo que pruebe…?
—No siempre funciona. Tira con fuerza de las riendas hacia atrás y pisa el freno.
El reportero bajó los ojos hacia la barra de metal con dos pedales que hacía las veces de freno y se dispuso a pisarlo en cuanto el trineo estuviera a cien metros del cobertizo de los perros, pues no se fiaba ni un pelo de que aquello fuera a detenerse de golpe.
Wilde escuchó el runrún de una motonieve procedente de la línea costera y no pudo evitar compararlo con el deslizamiento del trineo, suave y natural. Él no estaba en condiciones de satanizar a la tecnología, pues como fotógrafo su trabajo dependía de los últimos aparatitos disponibles en el mercado. Demonios, jamás habría estado allí de no existir aviones y se habría encontrado con muchas películas rotas, arañadas o dañadas por el frío de no haber existido las cámaras digitales; pero aun así, pese a todo, el motor estridente de la motonieve echaba a perder la quietud perfecta de la mañana del estío austral. Por otra parte, daba la impresión de que iba a llegar a la base justo detrás de él. Volvió la vista atrás atraído por el silbido que provocaba al pasar sobre el hielo. Parecía un gusano negro arrastrándose sobre el tablero de una mesa. Se preguntó si no la pilotaría su amigo el pelirrojo, cargado con especímenes recién pescados.
El cobertizo de los huskies se hallaba en la parte posterior de la base, lejos de los módulos de la administración y de los dormitorios, allí donde los laboratorios se topaban con los cobertizos del equipo y los generadores, los cuales habían ubicado lo más lejos posible de los dormitorios, pero pese a todo, las noches de poco viento Michael era capaz de oír el continuo ronroneo de los mismos.
—Preocúpate cuando no oigas esa bulla —le había contestado Franklin durante el desayuno una mañana en que tuvo la ocurrencia de quejarse contra ese zumbido.
Los canes tomaron el estrecho sendero que discurría por delante del almacén de muestras, del garaje donde se guardaban sprytes, motonieves y demás parque automovilístico, y del laboratorio de biología desde el cual salía un sinuoso callejón; el tiro de perros lo enfiló para dirigirse hacia su propio cobertizo.
—¡So! —aulló Michael, sin lograr una disminución apreciable de la velocidad.
Entonces, pisó con fuerza el freno y enseguida sintió cómo las puntas metálicas del mismo se hundían en el permafrost, ralentizando la velocidad del trineo, pero no lo bastante como para tener una llegada tranquila.
—¡So! —volvió a gritar al tiempo que echaba hacia atrás para reforzar con todo su peso el tirón que dio a las riendas, y no suavizó un poco la intensidad hasta que el arco delantero del patín se levantó varios centímetros, momento en que los perros empezaron a aminorar el paso.
Kodiak notó la presión de la cogotera en el cuerpo y dejó de correr para ponerse al trote. El resto del tiro le imitó de inmediato. Los patines corrieron con sigilo sobre el hielo y la nieve hasta llegar al cobertizo de los canes, una suerte de pajar iluminado por una deslumbrante luz blanca, pero que a juzgar por la reacción de los animales, debía de parecerles el Ritz.
—Buen trabajo, Nanuk —le felicitó Danzing mientras se las arreglaba para incorporarse y salir fuera del cobertizo—. ¡Cómo le pisas…!


Los ladridos de los huskies y el siseo de los patines al acuchillar el hielo hizo que Sinclair pudiera escuchar la llegada del trineo, aunque no se atrevió a abrir la puerta para ver qué había fuera, pues hasta donde él sabía, podría haber apostado un guarda justo a la entrada.
Tampoco había ventanas propiamente dichas, pero encima de la puerta descubrió un estrecho panel de cristal situado cerca del falso techo. Acercó con sigilo un taburete y se subió a él con el fin de poder echar una mirada. Los calcetines todavía empapados emitieron un sonido de chapoteo. El ladrido de los perros se escuchaba no muy lejos de allí, pero apenas logró ver nada por culpa de la nieve y el hielo incrustados en el hueco.
Sin embargo, había algo muy similar a un pomo por su lado del panel. Tenía aspecto de ser una manivela, así que alargó la mano y la giró. El fondo de la ventana se levantó ligeramente, haciendo caer un poco de nieve. La giró de nuevo y consiguió entreabrir el cristal unos centímetros a través de los cuales disponía de cierta visibilidad. El fuerte viento racheado resultaba casi disuasorio a pesar de lo estrecho de la ranura.
Entrevió un callejón de hielo apelmazado por el que pasaron como bólidos unos perros de aspecto lobuno que tiraban de un trineo con dos hombres a bordo: el conductor vestía una voluminosa prenda de abrigo con capucha y el pasajero llevaba en torno al cuello un abalorio hecho de huesos. El deslizador se detuvo dentro de una cochera, por cuyas puertas abiertas surgía una luminosidad perfectamente apreciable a pesar de que debía de ser mediodía, a juzgar por la luz exterior. Los viajeros bajaron de un salto. Sinclair no escuchó la conversación de esos dos hombres, pues tenía la atención fija en el fondo de la perrera.
Ahí estaba su arcón y, dentro, su reserva de botellas.
Los hombres echaron hacia atrás las capuchas y se quitaron una especie de gafas oscuras muy pesadas. El conductor era un joven alto, tal vez de la misma edad que Sinclair, de melena negra. El otro tipo era más entrado en años y también más fornido, llevaba barba cerrada y tenía los pómulos salientes típicos de los eslavos. Ninguno de los dos vestía nada que sugiriese un uniforme u otro indicio de prestar servicio a bandera alguna, lo cual tampoco le servía de mucho. Copley había llegado a ver soldados tan sobrecargados con la impedimenta, que cuando llegaban exhaustos al frente tenían más aspecto de vándalos que de soldados de Su Majestad.
El hombre barbado se puso a desatar los tiros individuales que unían el arnés de cada perro con el tiro principal, mientras el conductor llenaba unos cuencos con comida extraída de un saco. La escena le recordó a sus propios caballos y carruajes en sus fincas de Wiltshire. Los perros fueron sujetos a estacas situadas a varios pasos de distancia unas de otras. Todos mantenían fijos los ojos en los cuencos conforme el joven se los acercaba, y mientras los perros devoraban la comida, el tipo de más edad colgó su sobretodo en un gancho de la pared, pero resultó que debajo iba también abrigado. Sinclair vio una amplia variedad de prendas, sombreros y guantes, e incluso otro par de anteojos colgados en torno al cuello.
Cada vez tenía más claro que debía saquear ese pajar. Había ropas, comida, incluso si sólo valía para los perros, y sobre todo: su arcón.
—¿Qué ves? —preguntó Eleanor con un hilo de voz.
—Nuestro próximo objetivo.
Se bajó del taburete y empezó a ponerse las ropas otra vez.
—¿Ya se han secado? —preguntó la muchacha—. Si todavía están mojadas…
Él echó mano al sable e intentó sacarlo de la vaina. El acero se resistió durante unos instantes, pero al final salió limpiamente. Confiaba en no tener que desenfundarlo, pero más valía saber que podía hacerlo por si las cosas se torcían en un momento dado…
—¿Qué quieres que haga? —inquirió Eleanor con voz suave y también débil. Ella no había puesto a prueba sus fuerzas, Sinclair lo sabía, y ya puestos, él tampoco. Se preguntaba si la joven una a estar en condiciones de viajar, como sin duda deberían hacer, y en especial en el mismo clima hostil con que se habían topado la última vez.
—Quiero que vuelvas a vestirte —repuso él mientras tomaba el chal del taburete donde lo había puesto— y me acompañes.
Ella se puso en pie con paso vacilante y se echó sobre los hombros el chal todavía caliente a causa del contacto con el radiador; luego, deslizó los pies dentro de los zapatos y se agachó hasta encajarlos bien.
—Pero, ¿y si esperásemos aquí? ¿Quién dice que van a hacernos daño?
—Si esta gente tiene el menor atisbo de decencia no le hará nada a una enfermera —admitió él, todavía atareado en la tarea de anudarse las botas —, pero tal vez no se comporten con la misma cortesía ante una enfermera con tu peculiar afección —matizó mientras se ponía de pie y le miraba a los ojos—. ¿Cómo ibas a explicárselo?
Ni siquiera necesitaba entrar en detalles sobre los problemas adicionales a los que podía enfrentarse un oficial británico con la misma dolencia si caía en poder de las manos equivocadas. Su estancia en Oriente le había enseñado a dar por hecho una sola cosa: la crueldad sin límites con que se ensañan los hombres entre sí.
También había aprendido a no confiar en nadie. Uno debía reconocer y evaluar el terreno por sí mismo si valoraba su vida un centavo. De lo contrario, podía encontrarse en un grave aprieto, como, sin ir más lejos y por poner un ejemplo descabellado, cabalgar de frente contra los cañones de una batería rusa.
Tras haberla arropado para que estuviera lo más abrigada posible, se subió de nuevo al taburete y verificó que los dos ocupantes del trineo se habían marchado. Entonces, bajó de un salto, se encaminó hacia la puerta y la entreabrió un poco para husmear. Sólo acudió a su encuentro un golpe de viento ululante, de modo que salió al exterior.
Miró a uno y otro lado sin ver a nadie. Sólo divisaba una gran explanada ocupada a intervalos por unos sombríos edificios achaparrados que no eran de madera, sino de plomo o algún otro metal. El cielo tenía ese mismo brillo broncíneo que recordaba haber visto desde la cubierta del Coventry cuando el albatros blanco como la nieve se posó sobre el penol y contempló impasible cómo les cargaban de cadenas a él y a Eleanor antes de arrojarlos a las heladas aguas del océano.
La joven salió detrás con suma cautela, cerró los ojos y levantó el rostro para que lo bañase el sol. Él la miró: la piel de su compañera parecía tan lisa, blanca y exánime como el mármol. Su melena castaña tremoló libremente alrededor de las mejillas mientras entreabría los labios para tomar una bocanada de aire gélido como quien va a saborear un manjar exótico, pues, por una parte, no dejaba de ser lo que era: un soplo de viento, helado e inmaculado como un glaciar, que les fustigaba el rostro, pero por otra parte, aun siendo frío, tan frío y gélido que les ardían las mejillas y les hormigueaban los dedos, también era el sabor, el aroma y la sensación de estar vivos. Habían permanecido presos y sin ser perturbados en su celda de hielo durante años, tal vez durante siglos, y aquello les devolvía la dolorosa bendición de la vida incluso más que la rotura del témpano o el aire caliente del radiador. No Sinclair ni ella despegaron los labios, se limitaron a permanecer allí, en lo alto de la rampa nevada, saboreando la fisicidad del mundo, incluso aun cuando fuera uno tan hostil e inhóspito como ése.
Al otro lado, uno de los perros levantó la vista del plato que lamía y soltó un gruñido por lo bajinis. Eleanor abrió los ojos y le miró.
—Sinclair… —comenzó, pero enmudeció de pronto—. También hay un trineo. —Sus ojos recorrieron el lóbrego callejón y siguieron en dirección a las lejanas montañas—. Pero ¿adónde iremos?
—Los perros lo sabrán. Lo más probable es que estén acostumbrados a ir a algún sitio.
La tomó de la mano antes de que ella se la ofreciera e inició la bajada de la rampa, aunque sus botas de lancero no se adaptaban bien a una superficie de hielo y nieve, y resbaló en más de una ocasión. La funda del sable golpeteaba sin cesar contra el pasamano de metal y Copley miró en derredor, alarmado, pero el bramido del viento sofocaba cualquier ruido y era dudoso que alguien lo hubiera escuchado. Corretearon juntos por la calleja y entraron en el interior iluminado del cobertizo, donde sólo les separaba de los canes una cerca de poca altura.
Eleanor ya estaba exhausta y las rodillas le temblaban. Se apoyó sobre la pared mientras Sinclair se dirigía hacia el estante de la ropa, donde eligió una prenda hinchada pero suave como la seda, aunque la tela carecía de lustre, y obligó a la muchacha a ponérsela. Pesaba mucho menos de lo que cabía imaginar y era lo bastante grande para envolver dos veces a la mujer, que al moverse arrastraba por los suelos el dobladillo. Recordaba mucho a una cogulla de monje si se echaba hacia delante la capucha. Las tiritonas de la joven cesaron poco después de haberse puesto semejante abrigo.
—Ponte uno tú también —le instó ella.
El interpelado rebuscó en el montón y eligió otro más corto que el de Eleanor, decantándose por un sobretodo rojo con una cruz blanca grabada en las mangas y en la espalda. La zamarra en cuestión le colgaba suelta a la altura de los muslos, pues no encontraba la forma de cerrarla. Al advertir las tiras metálicas de ganchos de ambas partes, apretó una contra otra, convencido de que los dientes encajarían de algún modo, pero no fue así. Por fortuna, también había botones debajo de las tiras y descubrió la forma de abotonarla, haciendo presión.
Los canes estaban intranquilos ahora que habían terminado de comer. Varios permanecían sobre las cuatro patas y sin perder de vista a los intrusos. Uno de ellos rompió a ladrar cuando Sinclair se acercó al saco de la comida, sin duda pensando que iba a recibir una segunda ración, pero Copley hundió una mano en la bolsa y la sacó llena de unas bolitas redondas similares a un perdigón. Se las acercó a la nariz para olisquearlas. Su olor recordaba levemente el efluvio de los cabellos. Se llevó una a la boca y comprobó que tenía una textura arenosa, pero resultaba aceptable. Se tragó esa bolita y luego comió un puñado entero. Era crujientes, pero ni de lejos tan duras como las galletas del barco.
—Toma —dijo mientras le ofrecía un puñado a Eleanor—. El sabor no es gran cosa, pero no te creas, son mejores que las raciones del ejército.
El olor pareció descomponerle el estómago, pues ella se echó hacia atrás al tiempo que expresaba su negativa sacudiendo la cabeza. Sinclair llenó de bolitas uno de los voluminosos bolsillos del abrigo rojo. No había tiempo para discutir en ese momento. Tenía mucho trabajo por delante.
Se dirigió al arcón, guardado al fondo del refugio, y se arrodilló junto a él. Habían desaparecido las cadenas, el cierre estaba roto, y la tapa, prácticamente desprendida. En su interior encontró su empapado sobretodo de campaña, las espuelas, el casco, un par de libros que parecían milagrosamente indemnes, aunque seguían helados, y por último tres botellas intactas y todavía etiquetadas, aunque la leyenda ‹‹Madeira. Casa del Sol. San Cristóbal›› era ya ilegible. Tomó éstas en primer lugar y las envolvió con cuidado en el sobretodo de campaña. Luego, guardó con cuidado el fardo en la cesta del deslizador. Entonces descubrió las bolsas de carga vacías que corrían desde la parte frontal del trineo hasta el montante de la parte superior, y las llenó hasta los topes con todo lo que le pasó por la cabeza, desde la silla de montar a los libros.
Al final, arrastró un saco de esas galletas redondas hasta el trineo y todos los canes se incorporaron en estado de alerta junto a sus estacas, fijadas a intervalos regulares, quizá definitivamente convencidos de que les estaban robando la comida, o tal vez esa reacción era debida a su olor personal. Sinclair había notado que desde Balaclava los animales solían ponerse nerviosos en su presencia.
El perro guía, una descomunal criatura de ojos azules como el ágata, ladró como un poseso y saltó hasta donde se lo permitía la correa sujeta a la estaca.
—¡Calla! —le exhortó Sinclair, intentado mantener un tono de autoridad sin alzar la voz para evitar ser oído. Rezó para que el ulular del viento impidiera que alguien oyera los ladridos.
Mas el can saltó hacia delante cuando dejó la bolsa del trineo, y sólo le contuvo la corta cadena que iba desde su collar a la estaca.
—¡Basta! —exclamó Sinclair.
Eleanor estaba encogida de miedo contra la pared, pero él acudió a su lado y la ayudó a meterse en la cesta del trineo.
—¿Cómo vas a ponerles el arnés? —preguntó ella; la capucha le apagaba tanto la voz que apenas resultaba audible.
—Igual que he ensillado caballos toda mi vida.
A pesar de esa respuesta, lo cierto era que él mismo se estaba formulando la misma pregunta. No había esperado aquel conato de rebelión por parte de los canes, pero necesitaba acallar semejante griterío de inmediato o todo su plan se iría al garete.
Pasó al otro lado de la separación de madera y se encaminó hacia la parte delantera del arnés, la alzó y la movió para estudiarla. Le pareció bastante similar al usado para un tiro de cuatro caballos. Los demás huskies vigilaron los movimientos de Copley con atención, pero el líder de la manada no se quedó quieto y en vez de desgañitarse a ladrar, saltó sobre el intruso y salió despedido hacia atrás, retenido por la correa atada a la estaca hundida en el suelo. El perro guía se puso en pie de inmediato, chorreando baba por las fauces, y volvió a saltar, sólo que esta vez la vara se dobló primero y salió despedida del suelo como el tapón de una botella de champán, lo cual pareció sorprender incluso al propio animal, que pasó como una bala junto a Copley y se estampó el hocico contra la valla de madera. Kodiak se revolvió para abalanzarse contra el desconocido y en su acometida arrastró por los suelos la cadena y la estaca. Sinclair logró hacerse a un lado y frenó el ataque con un brazo. La cadena se enrolló en torno a otra, que seguía clavada en el permafrost a pesar de los tirones del can a ella amarrado. Kodiak necesitó unos segundos para liberarse y Sinclair aprovechó el respiro para ponerse detrás de la cerca de madera.
Eleanor gritó el nombre de su compañero, pero éste la aleccionó para que continuara en el trineo. El jefe de la manada se estaba aproximando al intruso en una dirección, pero cambió de idea cuando le vio refugiarse detrás del cerramiento de madera y se le abalanzó por el lado opuesto. El ataque le pilló a contrapié y Copley resbaló. Kodiak hundió los colmillos en la bota del intruso, traspasando con ellos el cuero. ‹‹¡Cuánto me gustaría llevar puestas las espuelas!››, pensó mientras forcejeaba para arrastrarse unos pasos más con el perro enganchado en su pierna. Engarfió las manos y se aferró a los tablones del suelo con las yemas de los dedos mientras se sacaba de encima el husky a puntapiés.
Las patadas surtieron efecto y el animal le soltó, cayendo hacia atrás sobre su lomo; en cuanto eso ocurrió, Sinclair se levantó dando tumbos y subió corriendo a un altillo, donde aprovechó el respiro para recobrar el aliento. El resto del tiro ladraba por lo bajinis, de modo que escuchó el roce de las patas de Kodiak mientras subía por los escalones. El perrazo llegó a lo alto de la angosta escalerilla y asomó la enorme cabeza con ojos llameantes de ira y las fauces abiertas.
Sinclair supo que debía matarlo, de modo que cuando el can guía se le echó encima, él desenfundó el acero y acudió al encuentro de su enemigo con la punta hacia arriba. Kodiak aulló cuando se empaló contra el sable con toda la fuerza de su carga y la inercia de su propio peso, obligándole a bajar el brazo de la espada. Sinclair cayó de espaldas junto al agonizante animal en una posición comprometida: el cuello del can le inmovilizaba la muñeca. Logró echarse hacia atrás y sacar el arma ensartada, pero ésta ya había cumplido su función: el husky se retorcía sobre el suelo cubierto de paja y cada vez más manchado por la sangre que manaba a chorros por la herida.
Copley logró alejarse un poco más para ponerse a salvo de cualquier acometida final por parte de su adversario, que borboteaba de forma agónica. Sólo entonces escuchó los gritos de Eleanor, que le preguntó con ansiedad:
—¡Sinclair! ¿Estás bien?
—Sí —repuso él, intentando aparentar calma—, me encuentro bien.
Bajó la vista y miró allí donde los colmillos del husky habían rasgado el cuero. Sangraba por la herida de la pantorrilla; notó la mojadura creciente del calcetín. El bocado había sido de aúpa. Se puso en pie, dio un rodeo para evitar el cuerpo del agonizante can y bajó por las escaleras. La deslumbrante luz blanca procedente de una especie de esfera fijada al techo proyectaba sobre el suelo una sombra que iba dando bandazos.
Aquel mundo estaba lleno de maravillas, de eso estaba convencido. Una chimenea sin humo. Bolas de cristal dando luz. Abrigos de una tela como nunca había visto igual. Pero no todo era irreconocible. ‹‹No, el mundo no ha cambiado ni pizca en lo esencial››, caviló mientras se limpiaba la mancha escarlata de la mano.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 3:35 pm

Capítulo 26
Transcrito por Gemma

13 de diciembre, 19:30 horas

NADA MÁS VOLVER AL campamento, Michael corrió de vuelta a su cuarto, donde cambió parte de su equipo fotográfico y fue en busca de Hirsch. Corría por la pasarela cubierta de nieve en dirección al laboratorio de biología marina cuando de tropezó con Charlotte.
—Bienvenido —le saludó—. ¿Me acompañas a comer?
—Lo primero es antes —contestó ¬él al tiempo que alzaba la cámara que llevaba colgada al cuello—. Han pasado horas desde que fotografié el bloque de hielo por última vez.
—Pues por otra horita más no vas a morirte —replicó ella, tomándole del brazo y arrastrándole en la dirección opuesta a la que él seguía—. Además, Darryl está en el comedor.
—¿Estás segura? —inquirió él, resistiéndose a avanzar.
—Del todo, y ya sabes qué poquito le gusta que alguien fisgue en su laboratorio sin estar él presente.
Hirsch era muy territorial, y Michael lo sabía, pero habría estado dispuesto a arriesgarse si la doctora no se hubiera colgado de su brazo con tanta insistencia y si el viaje hasta la vieja factoría ballenera no le hubiera abierto un gran apetito. Se dijo a sí mismo que comería a toda prisa y luego arrastraría a Darryl hasta el laboratorio.
La doctora Barnes le informó durante el corto trayecto hasta el comedor que acababa de atender a Lawson, que se había hecho daño en un pie cuando le había caído encima un equipo de esquiar, pero a Michael le seguía costando centrarse, pues tenía la urticante sensación de que se estaba perdiendo algo y la picazón iba a más cada vez que la cámara le rozaba el pecho.
—Ahora mismo no hay nadie en la enfermería —le dijo Charlotte mientras subían la rampa que conducía a la zona común—, y voy a decirte algo: este trato de venir a la Antártida habrá merecido la pena después de todo si consigo mantener la portería a cero durante los próximos seis meses.
Una vez dentro, se deshicieron de sus abrigos y demás indumentaria antes de llenar hasta arriba los platos de estofado de ternera, un arroz viscoso y pan hecho con levadura natural, pues en el Antártico no se estropeaban las bacterias necesarias para la fermentación de la masa madre.
A esa hora, el comedor era un hervidero de probetas y reclutas, y no faltaba ni Ackerley, alias el Gnomo, quien solía tomar una botella de leche y una caja de cereales para volverse de inmediato al laboratorio botánico; podía vérsele sentado con sus colegas en una de esas mesas plegables parecidas a las usadas cuando se va de picnic. El personal de cocina, encabezado por un tipo entrecano, un cocinero veterano en los fogones de la Marina que insistía en hacerse llamar tío Barney, se las arreglaba para conseguir que los platos parecieran recién hechos a pesar de que en Point Adélie no era posible aplicar a rajatabla un horario para las comidas, pues no habría nadie capaz de cumplirlo. Nadie en toda la base, ni siquiera Murphy O´Connor, había logrado averiguar dónde estaba el truco para semejante prodigio.
Michael se adelantó a Charlotte a la hora de localizar a Darryl, prácticamente oculto ante el montón de platos llenos a rebosar de judías con arroz. El biólogo no apartaba la nariz de unos informes de laboratorio. Wilde se abrió paso hacia él y con la doctora a su lado.
Hirsch levantó la vista mientras se secaba los labios con una servilleta de papel.
—Hacéis una pareja estupenda —les saludó; luego, golpeteó los informes con la mano—. Éste es el resultado de la analítica hecha a la muestra de sangre de la botella —dijo como si fuera lo que todos estuvieran esperando escuchar.
—¿Y te lo has traído como lectura para la cena? —preguntó de sopetón Charlotte mientras extendía la servilleta.
—Es absolutamente fascinante —insistió Darryl mientras empezaba a entrar en detalles sobre el origen de la corrupción de la sangre.
Charlotte le metió en la boca un trozo de pan sin levadura para hacerle callar y le preguntó:
—A ti no te explicó tu madre que en la mesa no se habla de ciertos temas, ¿a que no?
Michael se echó a reír, y también Darryl, una vez que se sacó el trozo de pan.
—No os hacéis ni idea, de veras, no os creeríais el número de células sanguíneas —repuso, intentando retomar el tema.
La doctora se lo impidió al decir:
—¿Por qué no nos cuentas que has hecho hoy Michael?
El biólogo dio su brazo a torcer, partió un buen trozo de pan caliente y lo untó de mantequilla mientras el periodista les contaba la visita a la factoría noruega y la experiencia de guiar el deslizador de vuelta al campamento.
—¿Danzing te ha dejado llevar el trineo…?
Michael asintió mientras hacía un esfuerzo por tragar un bocado de estofado especialmente correoso.
—De hecho, creí haberte visto mientras volvías de la caseta de inmersión en una motonieve.
Darryl admitió haber estado allí.
—Pero esta vez no ha picado nada que mereciera la pena. Volveré a probar suerte mañana.
Comieron en silencio durante unos minutos, tomándose su tiempo, pues en el Polo Sur cada comida, cada interrupción en el quehacer cotidiano, era una especie de comunión, una forma de indicarle la hora al cuerpo. A menudo era necesario detenerse y pensar si uno se había sentado a la mesa para desayunar o comer, aunque el tío Barney intentaba facilitar la tarea al servir los platos fuertes: montañas de salchichas para el desayuno y cantidades ingentes de espaguetis y chili con carne para el almuerzo. Betty y Tina habían sugerido el uso de las velas durante las cenas, pero los reclutas habían reaccionado de forma desaforada contra esa propuesta y habían dejado la pizarra de comunicados de Murphy llena de mensajes escritos con un lenguaje de lo más subido de tono.
Michael había intentado mostrarse paciente, pero antes de que Darryl hubiera terminado el pastel de melocotón, empezó a decir:
—¿Tienes pensado volver al laboratorio esta noche? —el interpelado asintió con la cabeza mientras daba caza a una esquiva rodaja de melocotón en almíbar. Consumido por la impaciencia, Wilde agregó—: Lo decía porque, si no te importa, siempre podía ir yo primero y…
Darryl cazó la rodaja, se la comió y se dispuso a contestar.
—No te embales, que ya voy. —Arrugó la servilleta y la lanzó sobre el plato—. Tengo tantas ganas como tú de ver qué tal va la cosa.
—Yo también me apunto —dijo Charlotte tras dar un último sorbo a su café con leche.
Tras ponerse los abrigos, las gafas protectoras y los guantes apenas eran identificables, incluso entre sí. En el Antártico, la gente tendía a reconocer a los demás gracias a cosas muy simples como el color de la bufanda, un gorro con pompón en la punta o la forma de caminar, pues aparte de eso, todos parecían verdaderos ovillos de lana con rellenos de tela elástica.
Esa noche era inusualmente tranquila y velaba la luz del sol austral una capa de nubes tan tenue que recordaba una de esas cortinas de tela de poliéster que dejaba pasar la luz pero no el sol. Era un indicio serio del mal tiempo en ciernes.
Los tres amigos avanzaron hacia su destino haciendo crujir la nieve bajo las botas a cada paso que daban. Pudieron oír el zumbido de los taladros en el almacén de muestras cuando pasaron junto al laboratorio de glaciología, de camino hacia el cobertizo del trineo.
A lo lejos destellaban las luces del laboratorio de botánica, siempre encendidas. Parecían hacerles señales de modo que a Michael le recordaba la noche de Navidad cuando era niño, cuando sus padres le llevaban a la misa de medianoche y la expectativa flotaba en el aire. En aquel entonces, él ya sabía que un regalo le esperaba a la mañana siguiente, igual que ahora estaba convencido de que le aguardaba otro en ese laboratorio bajo y a oscuras a la vuelta de la esquina.
Darryl marchaba en la cabeza; subió al trote la rampa de acceso y esperó a sus compañeros en la entrada sin abrir la puerta, pues deseaba mantenerla abierta el menor tiempo posible. Nadie cerraba con llave los laboratorios por orden del jefe O´Connor, por lo cual en cuanto llegaron Michael y Charlotte traspasaron todos juntos el umbral sin demora.
Nada más entrar, antes incluso de haberse quitado el abrigo, Michael notó el agua desparramada por el suelo. Los vertidos y derrames eran moneda corriente en el laboratorio marino, de ahí que el piso fuera todo un bloque de hormigón y contase con sumideros de desagüe a intervalos regulares. Por todo ello, tanta humedad no era algo inusual. Sus botas de goma hicieron el típico ruido de succión cuando anduvo por el suelo encharcado hasta la encimera de la mesa de trabajo, donde estaban el monitor y el microscopio. Luego, siguió a Darryl hasta un lateral del tanque central.
El agua todavía goteaba por los bordes y hasta donde él era capaz de apreciar las tuberías de plástico seguían siendo operativas, pero en el tanque sólo había agua marina. Estaba vacío.
No había ningún trozo de hielo ni rastro alguno de los cuerpos flotando en el líquido elemento.
Quedaban trocitos de hielo, restos del témpano que flotaban sin rumbo fijo, al capricho del movimiento de las aguas. Un intenso olor salobre saturaba el aire del laboratorio, pero Michael estaba algo más que perplejo, se estaba encabronando bastante. ¿Ésa era la idea que Darryl tenía de lo que era una broma? Porque si era una broma, no tenía ni puta gracia. Debía haberle consultado, no, avisado mejor, si era necesario reubicar los cuerpos.
—Vale… ¿Qué es lo que se está cociendo aquí? —le preguntó a Hirsch—. ¿Has ordenado a alguien que los traslade a otro sitio?
Pero supo la respuesta sin necesidad de formular pregunta alguna al ver la cara de pasmo del biólogo.
—¿Dónde están…? —preguntó inocentemente la doctora mientras se quitaba la larga bufanda del cuello.
—No… lo… sé… —contestó Darryl.
—¿Qué significa eso de que no lo sabes? —insistió ella—. ¿Crees que Betty y Tina han recobrado el témpano?
—No lo sé —repitió Hirsch con un tono de voz que convenció a Charlotte de la sinceridad de aquél.
—Bueno, calma, no es como si los muertos se hubieran levantado y se hubieran marchado por su propio pie —repuso la doctora Barnes.
Un pesado silencio acogió esa frase. Michael fue al otro lado del tanque y cerró las válvulas de entrada y salida. Reparó entonces en un taburete situado delante de un radiador y en otro, cerca de la puerta. ¿Qué razón podía haber tenido Darryl para mover los asientos de ese modo?, se preguntó.
—Sé con qué celo defiendes tu intimidad, Darryl, pero dime, ¿ha estado trabajando alguien más contigo aquí dentro?
—No —contestó el interpelado en voz baja. No se había apartado del borde del tanque, seguía ahí parado, incapaz de digerir semejante desastre.
—Murphy ha de saber qué pasa aquí —sugirió Charlotte con optimismo—. Seguro que ha sido él quien ha ordenado el traslado de los cuerpos.
Dicho esto, la doctora se dirigió con mucha decisión al interfono situado a un lado de la entrada. Aun así, miró con perplejidad la extraña posición del taburete cuando se lo encontró en su camino.
Wilde siguió devanándose los sesos mientras cogía una fregona y la usaba para dirigir el agua hacia los sumideros. Entretanto, Hirsch miraba fijamente el tanque, como si los cuerpos fueran a reaparecer por arte de birlibirloque. Charlotte hablaba por el teléfono, pero Michael no fue capaz de distinguir más de alguna frase suelta. «No se encuentran aquí». «¿Estás seguro?». «Hemos mirado bien, por supuesto». Eso le bastó para saber que las noticias habían dejado a Murphy O´Connor tan confuso y sorprendido como al que más.
Darryl se retiró hasta la mesa de investigación, donde se dejó caer en la silla, delante del microscopio. Tenía el gesto pensativo y la frente surcada de arrugas. Michael se alejó del radiador, sin dejar de usar la mopa, y se dio cuenta de que el suelo estaba seco. El desbordamiento del tanque no había llegado tan lejos, y el charco de agua se concentraba alrededor del taburete. Daba la impresión de que alguien hubiera puesto algo a secar allí, y ese algo hubiera goteado en esa zona. Entonces, lanzó una mirada al otro asiento fuera de sitio y dejó la fregona apoyada sobre la pared para encaminarse enseguida hacia ese taburete.
Charlotte colgó el auricular en ese mismo momento y anunció que Murphy no tenía la menor pista sobre lo sucedido.
—Va a ponerse en contacto con Lawson y Franklin. Tal vez ellos sepan qué está pasando.
Michael estudió el suelo adyacente a la puerta, y en especial debajo del asiento. No había indicio alguno de humedad, pero de pronto sintió un chorro de aire helado entre los hombros y alzó la vista. Arriba había un ventanuco rectangular que corría por encima de la línea del tejado, aunque tenía más aspecto de ser un respiradero.
Se subió al escabel y desde allí estuvo en condiciones de apreciar que la hoja de la ventana estaba entreabierta. Los copos de nieve habían empezado a cuajar por la parte interior de la abertura, pero aun así, todavía era un buen observatorio de la explanada y se distinguían perfectamente las luces del cobertizo de la perrera, donde todo parecía estar tranquilo y en calma.
—¿Has abierto tú ese respiradero, Darryl?
—¿Qué…? —el biólogo alzó la mirada y vio al periodista, subido precariamente a la banqueta—. No, es más, dudo mucho que yo llegue ahí arriba.
Michael giró la manivela hasta cerrar la ventana y se bajó. Alguien la había abierto hacía poco tiempo con el propósito de mirar por el hueco.
—¿Alguien quiere oír otra noticia? —preguntó el pelirrojo con resignación.
—¿Es buena o mala?
—La botella de vino ha desaparecido.
—¿Estaba en la mesa de trabajo? —inquirió Michael.
Darryl asintió.
—La dejé ahí mismo, junto al microscopio. —El biólogo tomó el portaobjetos—. Aún tengo la prueba de que esa maldita cosa ha existido: esto —continuó, alzando la lámina—, pero no hay ni rastro de la botella. Ni tampoco de los cuerpos, ya no.
«Eso me cuadra perfectamente», pensó Michael. «Quienquiera que se haya apoderado de los cuerpos ha arramblado también con la botella de vino». ¿Por qué? ¿Para qué? El panel corredizo del conducto de la ventilación debían de haberlo abierto para poder mirar. ¿Era obra de alguien que pretendía de verdad destruir todas las pruebas a fin de causar la sensación de que el hallazgo jamás se había producido? ¿Qué sentido podría tener eso?
¿Y si alguien había tenido la ocurrencia de querer sacarle partido monetario a todo el asunto? Eso tenía aún menos sentido para él. Era una ocurrencia demasiado estúpida para venir de algún probeta, aunque siempre podía ser obra de un par de reclutas a quienes se les había pasado por la cabeza que podían llevar los cuerpos al mundo civilizado y ganarse una fortuna exhibiéndolos, ¿era eso?
¿Y si sólo formaba parte de una broma, pesada y muy poco divertida? El jefe O´Connor iba a arrancarles la piel a los guasones si terminaba por resultar que todo eso era una simple payasada. Michael estaba seguro de ello.
El periodista comprendió que intentaba agarrarse a un clavo ardiendo. Todas esas ideas eran una sandez. Se dijo a sí mismo que debía calmarse y pensar. Debía ser algo más sencillo. Probablemente, Tina y Betty se había llevado el témpano para reanudar su trabajo, y si no era eso, se trataría de algo por el estilo. Seguro que el misterio se resolvía antes de que se fueran a la cama.
—¿No había más botellas en ese arcón que sacaron del mar? —preguntó Charlotte.
—Sí, claro que sí —contestó Darryl con ojos centelleantes—. ¿Dónde han metido el arcón, Michael?
—Danzing lo había bajado del trineo la última vez que lo vi. Lo había dejado al fondo de la perrera.
—¿Por qué no os quedáis Charlotte y tú por aquí mientras yo voy a echar un vistazo al cobertizo del trineo? Aseguraos de que no ha desaparecido nada más.
Le consumían las ganas de examinarlo todo desde que había echado un vistazo por el ventanuco.
Subió la cremallera de la parka al salir y bajó la rampa despacio, buscando con atención marcas de ruedas de una plataforma rodante, pero las únicas huellas visibles eran de suelas de botas. Quienquiera que fuera el ladrón, ¿cómo se las habían arreglado para sacar el témpano del laboratorio?
Anduvo sobre la nieve hasta llegar al cobertizo de los huskies y descubrió que al menos el arcón estaba donde lo había dejado Danzing, pero aunque seguían allí unos cuantos cachivaches, como la copa de oro con las iniciales SAC grabadas y un fajín blanco amarilleando por el tiempo, habían desaparecido todas las botellas.
—¡Eh!, ¿qué diablos pasa aquí?
Vio a Danzing con los brazos extendidos en señal de asombro al darse la vuelta.
—Imagino que ya te lo ha contado Murphy.
—¿El qué debía decirme O´Connor?
—Ah, pues la desaparición de los cuerpos y del bloque de hielo.
—Los perros… ¡Por amor de Dios, yo estoy hablando de los perros! Se avecina una tormenta de tomo y lomo y he venido para asegurarme de que están bien instalados para pasar la noche. —Miró en derredor como si los echara a faltar—. ¿Dónde demonios están?
La desaparición de las botellas le había causado semejante impacto que Michael había pasado por alto un hecho aún más sorprendente, pero ahora vio las estacas en el suelo y los cuencos de comida vacíos y boca abajo sobre la paja.
—¡También ha desaparecido el trineo! —observó Danzing—. ¿Qué coño pasa aquí?
Michael no podía creer que alguien hubiera tenido valor para meter en eso a los canes, y menos sin el permiso expreso del musher, que se negaría de plano, sin duda.
—Acabo de venir para comprobar si habían robado algo del cofre —dijo Michael, sintiendo que debía dar una explicación a su presencia en ese lugar—, como así ha sido.
—A mí me importan una mierda las botellas y ese par de chupachups helados. ¿Dónde están mis perros? —bramó Danzing mientras entraba en el cobertizo pisando fuerte—. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Acabo de entrar.
—¡Maldición!
Dio una patada a un cuenco y lo envió al otro lado del cobertizo. Después de detuvo al pie de las escaleras y se quitó un guante para tocar con los dedos una mancha de un escalón. Cuando Michael le prestó atención, el musher se había llevado las yemas de los dedos a la nariz y las estaba olisqueando.
—Es sangre —anunció al tiempo que miraba hacia el altillo; después, echó a correr escaleras arriba todo lo deprisa que las pesadas botas y la indumentaria se lo permitían.
Al poco de estar arriba, Michael le oyó gritar:
—¡Jesús, no!
Entonces, también él subió. Se encontró al hombrón arrodillado en el suelo, acunando el cuerpo ensangrentado de Kodiak entre sus brazos.
—¿Quién lo ha hecho? ¿Quién ha sido capaz de algo así? —murmuraba.
A Michael también le parecía algo inconcebible.
—Mataré a ese cabrón —aseguró Danzing, y Wilde le creyó—. Acabaré con el hijo de puta que ha hecho esto.
Michael le puso la mano en el hombro sin saber qué decir al desconsolado adiestrador, pero en ese momento el perro parpadeó y abrió los ojos.
—Un momento, mira… —intentó decir el periodista.
El husky soltó un gruñido bajo y airado, cobró vida y se echó a la yugular de su cuidador antes de que éste tuviera tiempo para reaccionar. El musher cayó de espaldas y el can no le soltó, siguió encima, rasgándole las ropas y la piel. Danzing repartió patadas a diestro y siniestro al tiempo que intentaba ponerse en pie, pero la rabia que enloquecía al perro le insuflaba al mismo tiempo una fuerza extraordinaria.
Michael vio colgando del cuello de Kodiak una cadena corta y la estaca todavía sujeta a ésta. Le echó mano al palo, pero una de las sacudidas se lo quitó de las manos. Volvió a aferrarlo y esta vez logró sujetarlo con la firmeza suficiente como para dar un tirón y alejar de la garganta de Danzing las fauces chorreantes de baba y sangre.
La criatura aún hacía chasquear las mandíbulas en su intento de morder a su amo cuando Michael le arrastró hacia las escaleras. Kodiak hundió las garras en los tablones del suelo para apoyarse. Sólo entonces centró su atención en Michael, se dio media vuelta, fijó en él sus llameantes ojos azules y saltó hacia delante.
Michael le hizo una finta de cintura como un torero y evitó limpiamente al can. El animal se precipitó escaleras abajo. Michael escuchó un golpazo, un sonido similar al de la madera cuando se astillaba y un chasquear de mandíbulas… Y después reinó el silencio.
Wilde se asomó hasta ver que la estaca se había enganchado entre dos escalones y el animal, que se había partido el cuello en la caída, se balanceaba al extremo de la cadena. La escalera de madera crujía con cada balanceo.
—Socorro —pidió Danzing desde el suelo con voz débil y borboteante.
El herido se sujetaba la garganta con la mano. Michael se quitó la bufanda y la usó para vendarla con fuerza.
—Volveré enseguida con la doctora Barnes —le aseguró.
Y salió disparado escaleras abajo, aún sin salir de su asombro. El cuerpo de Kodiak se balanceaba a uno y otro lado y al pasar junto a él Michael descubrió una herida honda en el pecho por la cual salía a chorros una sangre que se iba espesando en la paja de debajo. «¿Cómo se habrá hecho semejante corte?», se preguntó.

fin del cap

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:12 pm

Gracias por el cap. Ranguitos.

Una cosa, te voy a mandar lo que tengo del libro porque del 10 al 16 me voy a Italia con las amigas.
Es una especie de tradición que tenemos las chicas de unos días sólo chicas, porque, con los amigos que tenemos acabamos un poco saturadas de tanto chico.
Y este año hemos decidido repetir el mismo viaje en el que nos hicimos amigas hace 10 años. También coinciden los mismos días.
Bueno, lo que decía, que me enrollo como las persianas. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Te lo mando y así vas subiendo tú los capítulos para no que no haya retrasos.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:21 pm

uy perfecto ^^

cuando quieras me los pasas.

mola que os hayan coincidido los días [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] y un viaje sólo de chicas es lo más divertido ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:28 pm

Otra vez que me ha dado error.
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Esto no es normal. ¿A ver si va a ser un error del hotmail.com? Te lo mando al que me diste ayer.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:37 pm

ya me ha llegado, pero no me deja abrirlo.... que tipo de archivo me has mandado?

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:42 pm

Gemma escribió:
ya me ha llegado, pero no me deja abrirlo.... que tipo de archivo me has mandado?
Doc. Espera, a ti hay que mandarte docx. ¿Tienes Xp o vista?

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:43 pm

el vista

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:46 pm

Te lo he mandado en .docx, a ver si lo puedes abrir. Pero es muy raro, porque normalmente los que tienen vista sólo pueden abrir .doc y los que tienen xp pueden abrir los dos formatos.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:49 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] nada, me dice que el tipo de archivo es desconocido.... que cosa más rara

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:57 pm

¡¡¡¡¡¡MIERDA!!!!!!
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Vamos a probar con el pdf.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 5:57 pm

yaaaaa, ya lo he conseguido abrir!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] XD

está quedando de lujo ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:00 pm

Gemma escribió:
yaaaaa, ya lo he conseguido abrir!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] XD

está quedando de lujo ^^

¡¡¡¡BIEEEEEEN!!!
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¿Qué formato has conseguido abrir? lo digo para borrar los otros dos y seguir escribiendo en el que te vale.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:03 pm

jajaja el docx, pero he tenido que reenviar el correo a mi cuenta de gmail y lo he podido abrir sin problemas.... Dios, esto de los ordenadores no hay quien lo entienda [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:07 pm

Por cierto, el libro de 99 ataudes saldrá el 11 de mayo en España, y estoy en la página del autor y veo que habrá otros dos libros más [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:12 pm

ains aún no he tenido tiempo de echarles un ojo a los caps que me mandaste, me quiero dar prisa con este y así hacer una minimaratón aunque sea ^^
que ya he visto que tu parte casi la tienes ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:16 pm

Gemma escribió:
ains aún no he tenido tiempo de echarles un ojo a los caps que me mandaste, me quiero dar prisa con este y así hacer una minimaratón aunque sea ^^
que ya he visto que tu parte casi la tienes ^^

Tranquila, no te agobies. Sobre 13 balas, ya te dije lo que más me preocupaba. Con poner el aviso al inicio valdrá.
He subido el ritmo de éste para poder ponerme a escanearlo otro porque iré un poco lenta. Los programas que tengo para el escaner no dan más de sí.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:21 pm

siii lo del escaner es una piiiiiiii yo me pasé una hora para escanear 2 caps de generation dead.

y terminé con un dolor de brazo impresionante por sujetar el libro.

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