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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:32 pm

Gemma escribió:
siii lo del escaner es una piiiiiiii yo me pasé una hora para escanear 2 caps de generation dead.

y terminé con un dolor de brazo impresionante por sujetar el libro.

Me consuela un poco saber que no soy la única. Yo tardé dos días con cinco capítulos y ya ves cómo salieron los dos primeros. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]Un niño de guardería seguro que escanea mejor que yo.
Además tengo el escaner (es multifunción: fotocopiadora, escaner, fax, etc.) con la cpu debajo de la mesa, así que cada vez que quiero escanear, tira del mueble para fuera (pesa...), escaneas (dolor de brazos sujetando el libro), después muuuucho calor por tener tanto aparato encendido [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] , y vuelve a empujar el mueble para dentro... Vamos, para que me entiendas, ¿la Odisea de Ulises? ¡¡¡UNA MIERDA COMPARADO CON LO MÍO!!!

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:37 pm

jajajajaja que fuerte!!

el mío está encima de la torre y siempre se quedaba una parte del libro en el aire y el ratón en la bandeja esta que tienen las mesas para el teclado, pero a tomar por culo del escaner, tenía que estirarme todo lo que podía para llegar a él y que no se me cayera el libro :S y que no se moviera cuando empezaba a escanear....

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:43 pm

¡¡Mira por dónde, se me olvidaba el ratón a tomar por culo!! Y a eso yo le añado que, como tengo que estar entre el escaner y el ratón, estoy de pies y doblada. Jajaja.
Es para grabarme en video y colgarlo en youtube.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:48 pm

jajajaja conclusión: el escáner es una puta mierda!!!! XD

molaría tener una pistolita de estas que la pasas por lo que quieras escanear y listo

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] existe eso o lo he soñado? ya no sé lo que es ficción o realidad jajajajaja

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:50 pm

Teníamos que inventarla. Nos íbamos a hacer de oro. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 05, 2010 6:55 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] seguro!!! XD

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 07, 2010 3:54 pm

Capítulo 27

Transcrito por Gemma

13 de diciembre, 20:00 horas


SINCLAIR DESCRIBIÓ UN AMPLIO círculo alrededor de la parte posterior de la base a fin de pasar desapercibido y luego condujo el trineo sobre la nieve y el hielo, con la playa a un lado y la lejana cadena montañosa al otro. Eleanor soportaba el baqueteo en la cesta del deslizador, bien protegida por el abrigo robado en el cobertizo.
Los perros corrían con desenvoltura y parecían saber adónde iban, un destino del que Copley no tenía la menor idea, pero estaba preparado para enfrentarse contra cualquier eventualidad. En un momento dado descubrió una huella en forma de raíl en la nieve y se percató de que el tiro de canes seguía esa dirección. Permaneció sobre los patines, sosteniendo las riendas, sin importarle el soplo gélido del viento para el que el sol apenas proporcionaba alivio.
Alzó el rostro y permitió que el frío céfiro lo flagelase a placer mientras él llenaba de aire los pulmones lleno de gozo al ¡sentir!, ¡moverse!, ¡estar vivo de nuevo! No importaba qué sucediera después, lo recibiría con agrado, nada podía ser peor que el aprisionamiento casi eterno en el iceberg. El sol austral arrancaba pálidos destellos al galón dorado que lucía en el uniforme y el extraño abrigo rojo de cruces blancas le flameaba contra las piernas, pero el pulso se le había acelerado y le hormigueaban hasta los cabellos.
Alzó la mirada al oír unos chillidos de inquietud encima de su cabeza, era una bandada de pájaros marrones, negros y grises. En el fondo de su ser esperaba haber visto en lo alto a un albatros de un blanco níveo haciéndole compañía, pero no fue así. Había un sinfín de aves carroñeras, la suciedad de los plumajes y los gritos crispantes los delataban a sus oídos; seguían a los perros con la esperanza de obtener alguna comida. Había visto esa clase de pájaros con anterioridad sobrevolando en círculos en el ardiente cielo azul de Crimea.
—Han venido desde la mismísima África atraídos por el festín de carroña que el ejército británico les ha puesto en bandeja —le explicó Hatch, quien luego añadió—: Alguno de ellos ha venido aquí por mí, no me cabe duda —le aseguró. Sinclair había presenciado durante días la lenta coloración de la piel del sargento, cuya tez requemada por el sol de la India había ido cobrando un tono amarillento ictérico—. Es cosa de la malaria —le explicó el suboficial entre el castañeteo de dientes—. Se pasará.
Las cuchillas del deslizador se alzaron de pronto al pasar sobre una elevación oculta para luego volver a caer con la gracilidad de una bailarina. Copley jamás había visto un artilugio como ése. Para empezar, era incapaz de determinar con exactitud de qué estaba hecho. El cochecito donde viajaba Eleanor era resbaladizo y duro como el acero, pero mucho más ligero a juzgar por la velocidad con la que los perros eran capaces de arrastrarlo.
Los pájaros surcaban los cielos rápidos como flechas y aguantaban sin problemas el ritmo del trineo. En comparación, los buitres de Crimea resultaban mucho más displicentes, planeaban en círculos morosos e incluso se encaramaban en las ramas altas de los árboles resecos mientras veían pasar a las columnas de soldados. Aguardaban con las alas plegadas sobre el difuminado marrón de sus cuerpos y los ojos brillantes como cuentas atentos a la marcha, a la espera del siguiente soldado que, enloquecido por el sol o consumido por la sed, iba a apartarse de la formación y a derrumbarse hecho un ovillo al borde del camino. Nunca debían esperar mucho. Sinclair caminó penosamente junto a un escuálido Áyax y sólo pudo ver cómo los soldados de infantería, mientras hacían todo lo posible por mantener el ritmo, se desprendían primero de los sombreros, después de las casacas, más tarde de los mosquetes y de la munición. Quienes habían contraído el cólera se retorcían en el suelo, aferrándose las tripas con las manos, y suplicando, suplicando agua, suplicando morfina, y a veces implorando que les pegaran un tiro que pusiera fin a su agonía.
Tan pronto como los moribundos dejaban de sufrir y se quedaban inmóviles, los carroñeros desplegaban sus alas hediondas y se posaban en el suelo junto a ellos. Daban dos o tres picotazos a la víctima a modo de prueba, sólo para estar seguros, y luego se lanzaban al banquete con sus picos ganchudos y sus garras.
Hubo una ocasión en que Sinclair fue incapaz de contenerse y le descerrajó un tiro a un buitre, que saltó hecho trizas en un amasijo de carne y plumas. El sargento Hatch avanzó a medio galope, se puso a su altura se inmediato y se ladeó sobre la silla de montar para avisarle de que no volviera a hacerlo.
—Es un desperdicio de munición, y tal vez alerte al enemigo de nuestros movimientos.
Sinclair se echó a reír. ¿Cómo podía no saber el enemigo su avance? Habían empezado la marcha sesenta mil hombres, y todas esas botas levantaban una considerable polvareda en el cielo. Se habían estado arrastrando por las bastas planicies llenas de matorrales y zarzales de Crimea prácticamente desde el momento del desembarco. A mediados de septiembre habían tenido un serio encontronazo con las fuerzas zaristas a orillas del río Alma. La infantería le había echado bemoles y había escalado las laderas bajo una lluvia de cañonazos. Se apoderaron de todos los reductos y pusieron en fuga a los rusos.
Pero la caballería en general, y el regimiento de lanceros en particular, no había hecho nada. Lord Raglan, el comandante en jefe de la expedición, había dado orden de no moverse, la caballería era una chistera que no debía «salir del sombrerero». Las palabras habían circulado enseguida entre las filas. La caballería debía proteger los cañones y tal vez ayudar en el sitio de la fortaleza de Sebastopol, si es que el ejército llegaba allí alguna vez.
La campaña se había convertido para Sinclair en una sucesión de humillaciones y dilaciones, y por la noche, mientras vivaqueaban en algún claro y se convertían en pasto de los mosquitos que infestaban el país, apenas necesitaba conversar con Rutherford o Frenchie. Todos conocían la opinión de los demás y estaban demasiado cansados para hacer otra cosa que no fuera beberse su cupo de ron, comerse su ración de tocino crudo sin atragantarse y buscar con desesperación alguna corriente o estanque donde poder abrevar a los caballos y rellenar las cantimploras.
Los hombres que habían enfermado durante la noche eran llevados a los carromatos de transporte a primera hora de la mañana, después, eso sí, de haberse librado de los cadáveres, a los que enterraban a toda prisa en grandes fosas comunes. El hedor de la muerte acompañaba a las tropas británicas allá donde fueran y el teniente Copley llegó a pensar que jamás lograría sacárselo de encima.
—Sinclair —le llamó su compañera de aventura, que se había vuelto hacia él—. Veo algo ahí delante. —Alzó el brazo sin apenas energía y señaló en dirección noroeste—. ¿Lo ves?
Él también pudo distinguir a lo lejos el manojo de edificios renegridos y el barco varado en la playa, un vapor a juzgar por el aspecto. ¿Estaba habitado ese lugar? ¿Por quién? ¿Serían amigos o enemigos?
Dio un tirón a las riendas con el propósito de aminorar la velocidad y acercarse más despacio, aunque ganaba en confianza a medida que se acercaba al asentamiento. No salía humo por ninguna chimenea, los haces de las lámparas no se colaban por las contraventanas y no se escuchaba el golpeteo de cacerolas ni ollas. En suma, no se veía indicio alguno de vida, a pesar de que los huskies estaban muy habituados a moverse por ese lugar y trotaban por el laberinto de oscuros callejones helados con total aplomo. Condujeron el deslizador hasta un patio absolutamente desolado, momento en que el nuevo perro guía, un animal gris con una amplia franja blanca alrededor del cuello muy similar a una bufanda, se volvió hacia Sinclair a la espera de nuevas instrucciones.
Copley se bajó del trineo.
Distinguió un artilugio provisto de tenazas entre los rieles de la vía y se apresuró a acudir caminando pesadamente. Se acuclilló para examinar sus extremos, hundidos en el suelo helado y cubiertos en parte por la nieve. Una aguda punzada de dolor le subió por la pierna al hacer ese gesto, recordándole el mordisco recibido. Los colmillos de Kodiak le habían rasgado la bota de montar, dejando suelto un buen trozo de cuero.
Eleanor se removió en el vehículo y con voz tan funesta como los alrededores preguntó:
—¿Adónde hemos venido?
Sinclair miró en derredor y observó los almacenes y un cobertizo abierto donde había maquinaria abandonada; también pudo ver unos gigantescos peroles de hierro donde era posible cocer un hato entero de bueyes; y una telaraña de poleas y cadenas herrumbrosas. Podían verse por todo el patio rieles de tren que se entrecruzaban sin cesar y carretillas todavía más grandes de las que había visto en las minas de carbón de Newcastle.
Habían construido todo aquello con un fin específico, y no era vivir allí de forma tranquila ni cómoda. Sólo podía haber una razón: el dinero. En el Polo Sur únicamente había tres maneras de hacer caja: la pesca, la caza de ballenas o la matanza de focas, y a gran escala, además.
Al final de la vía herrumbrosa había un motor renegrido de locomotora cubierto por una fina capa de hielo de gran semejanza al glaseado del mazapán.
Dispersos por la llanura debía de haber unos treinta edificios de ventanas rajadas y entradas sin puertas sobre los goznes. En la parte posterior, en lo alto de la colina, Sinclair pudo distinguir un chapitel coronado por una cruz.
Y por un momento se detuvo al verla, pero luego prendió en él una chispa de desafío.
Apoyó la pierna herida sobre la palanca del freno y logró liberarla al cabo de un par de intentos.
—¡Adelante! —gritó a los canes.
Los huskies vacilaron en un primer momento, pero él gritó de nuevo y agitó las riendas hasta que ellos tiraron de sus arneses y el vehículo de deslizó hacia delante.
—¿Adónde vamos? —preguntó Eleanor.
—A la cima de la colina.
—¿Por qué? —inquirió ella con voz dubitativa.
Él sabía lo que le rondaba por la cabeza a la muchacha.
—Porque está en alto y la altura siempre ofrece una posición estratégica —adujo, aunque supo que Eleanor sospechaba la existencia de otra razón.
El tiro se abrió paso hacia lo que tenía aspecto de haber sido una herrería, a juzgar por las forjas, yunques y lanzas casi tan largas como las que él había llevado a la batalla, y luego pasó delante de un comedor atestado de mesas de caballete, donde era posible advertir candelas cubiertas por el hielo todavía descansando sobre platitos de hojalata. «Quizá luego vuelva a por las velas», dijo él para sus adentros.
Los huskies tiraron con fuerza del deslizador mientras subían la ladera empinada. Mantenían gacha la cabeza y altas las paletillas. Eran criaturas fuertes y bien entrenadas, y en otras circunstancias le habría gustado tener la oportunidad de felicitar al propietario. Alguien había obrado con aquellos fabulosos canes tan magníficamente como el señor Nolan con los caballos.
Los perros ralentizaron el ritmo conforme se acercaban a la iglesia a fin de sortear la infinidad de piedras y gastadas cruces de madera señalizadoras de las tumbas del camposanto. Los enterramientos se habían hecho sin orden ni concierto y el viento pertinaz había castigado con saña las palabras cinceladas en las lápidas hasta convertirlas en un galimatías ilegible. Un ángel sin alas permanecía en lo alto de una losa y en otra mantenía el equilibrio la estatua de una mujer llorosa a la que le faltaba un brazo. Todas las lápidas estaban orientadas hacia el mar.
Sinclair volvió a pisar el freno cuando llegaron junto a la escalinata de madera que conducía al interior del templo. Se bajó de los patines y se situó junto a Eleanor para ayudarla a salir, pero ella se acurrucó dentro de la cesta y no le extendió la mano.
—Entremos. Tiene pinta de ser el mejor refugio que puede ofrecernos este campamento —observó.
Y pronto iban a necesitarlo, pues unos nubarrones negros cubrían ya el cielo y el viento soplaba aún con más fuerza. Ese tipo de tormentas se desencadenaba de la nada, era como la tempestad que se había cebado con la nave donde viajaban, arrastrándola cada vez más al sur.
Eleanor no se movió. Su rostro extremadamente pálido se había convertido en una máscara espectral.
—Sinclair, sabes por qué yo…
—Lo sé muy bien, y no quiero oír ni una palabra sobre el asunto —replicó él.
—Pero hay muchos otros sitios donde buscar cobijo. He visto un comedor a nuestra derecha mientras veníamos hacia aquí y…
—El comedor no tenía puertas y en el techo había un boquete del tamaño de la catedral de Saint Paul.
Sin querer, la palabra «catedral» recordó a ambos un poemilla que solían recitarse el uno al otro en tiempos más felices, uno que hablaba sobre unos cocoteros altos como la catedral de Saint Paul y arena blanca como la tiza de Dover. Sinclair desterró de su mente todos esos pensamientos y puso una mano en el codo de la muchacha, a la cual prácticamente sacó del trineo en volandas.
—Eso es una superstición, pura patraña.
—¿Recuerdas lo de Lisboa…?
No era algo que Copley fuera a olvidar así como así. Se habían presentado ante el altar de la catedral Santa María la Mayor para dar las gracias por lo que parecía una intercesión divina: Sinclair había logrado comprar el pasaje a bordo del Coventry, que zarpaba esa misma noche. Era un día muy feliz para ellos.
—Eso fue una casualidad. No tenía nada que ver con nosotros —replicó Sinclair—. La cuidad había sufrido muchos terremotos antes…
Él no quería darle margen para ningún tipo de fantasía. Debía trazar planes y había trabajo pendiente.
Una vez que los perros estuvieron acomodados entre las lápidas, tras las cuales protegían las cabezas, y escudando del viento los cuartos traseros con el rabo, sostuvo a Eleanor con una mano y llevó la otra a la empuñadura de la espada antes de empezar a subir los peldaños nevados del templo, en cuyo techo y en cuyo chapitel se habían posado las aves que los habían seguido, alineándose como gárgolas. La muchacha alzó la mirada y los vio en el preciso instante en que una de ellas graznó, alargó el pico y batió las alas. La joven se detuvo en seco.
—Es un maldito pájaro —repuso Sinclair con desdén mientras la arrastraba para hacerle subir el resto de los escalones.
Una puerta de doble hoja se alzaba en lo alto de la escalera. Habían cedido los goznes de uno de los batientes y éste se había desencajado y ladeado, congelándose allí mismo. Tras un esfuerzo considerable, Copley fue capaz de empujar el otro hasta abrirlo lo bastante como para poder meterse dentro. Nada más entrar se toparon con un montón de nieve acumulada durante las ventiscas. Él pasó primero y luego tomó a su compañera de la mano para ayudarla.
La estancia resonó con el eco de sus pasos sobre el suelo de piedra. Había varias hileras de bancos mirando hacia delante y encima de los mismos descansaban varios cantorales en avanzado estado de descomposición. Sinclair tomó uno y lo abrió, pero las pocas palabras aún legibles no estaban en inglés. Si debía apostar, se decantaría por alguna lengua escandinava. Lo dejó caer al suelo sin más, pero Eleanor reaccionó por instinto: lo recogió y volvió a dejarlo sobre el banco.
El techo estaba lleno de goteras y las paredes eran de madera, desgastada por las inclemencias climatológicas hasta convertirla en algo tan fino y pulido que cada línea y cada surco de los tablones se veían con la misma facilidad que una mancha de vino en un mantel de hilo blanco.
El altar era una sencilla mesa de caballetes debajo de una cruz de talla tosca colgada de las vigas del techo. Eleanor entornó los ojos y se detuvo, arrebujándose en la parka que le estaba tan grande. Por el contrario, él avanzó por la nave con andares altaneros, se detuvo delante del altar, puso los brazos en cruz y habló como si se presentase ante un hacendado local que le hubiera invitado a una cacería.
—Bueno, ¡aquí estoy!
La voz de Sinclair reverberó entre los muros, pero el eco de sus palabras fue silenciado por el silbido del viento que se colaba por las angostas ventanas que hacía tiempo habían perdido sus vidrieras.
—¿Somos o no bienvenidos aquí? —gritó él de forma provocadora.
Un repentino golpe de viento desmochó la cresta de la nieve amontonada y lanzó al interior del edificio muchos copos, algunos de los cuales cubrieron los zapatos de Eleanor. Ésta se metió corriendo entre los bancos en busca de protección.
—¿Lo ves? —Sinclair se dio la vuelta con los brazos extendidos—. Ni una palabra de protesta.
Copley sabía que Eleanor le temía cuando se apoderaba de él ese estado de ánimo negro, cambiante y quisquilloso, pero ese lado oscuro había ido creciendo en él desde Crimea, y era tan ineludible e ingobernable como una sombra.
—No me imagino unos aposentos más acogedores que éstos —aseguró mientras miraba en derredor.
Entonces localizó detrás del altar una puerta de grandes bisagras negras. «¿Y si es la sacristía?», se preguntó. El golpeteo de sus botas negras contra el enlosado de piedra levantó nuevos ecos cuando anduvo alrededor del altar, cubierto de antiguos excrementos de rata, tal y como pudo apreciar al examinarlo más de cerca, hasta plantarse ante la puerta y abrirla de un empujón. Al otro lado del umbral había una habitación pequeña con una ventana cuadrada protegida por una contraventana de doble hoja. La estancia contaba con algo de mobiliario: una mesa, una silla, un catre cuya manta estaba enrollada a los pies y una estufa de hierro colado. Estaba tan deprimido que le pareció como si acabara de tropezarse con el salón del Longchamps Club. Apenas podía esperar para enseñárselo a Eleanor.
—Ven aquí —gritó—. Ya tenemos habitación para la noche.
Eleanor no deseaba estar tan cerca del altar, eso era evidente, pero tampoco quería contradecir a Sinclair. Acudió hasta la entrada y se asomó. Él le pasó el brazo sobre los hombros y la estrechó con fuerza.
—Voy a traer las cosas del trineo, y veremos en qué podemos convertir esto, ¿eh?



Eleanor se encaminó hacia la ventana y la abrió en cuanto se quedó a solas. Contempló el exterior, donde un fuerte viento barría la llanura helada y levantaba polvaredas de nieve. En el lejano horizonte se recortaba el trazado de una cadena montañosa, cuyo lomo dentado se parecía mucho a alguna criatura recostada.
No vio nada que le alegrara la vista ni le levantase el ánimo o le ofreciera el menor atisbo de esperanza. En suma, no había nada que le persuadiera de que todo aquello no era más que otra visión de la condenación, eternamente iluminada por un gélido sol muerto.
El viento sopló aún más fuerte: silbó en los aleros de la iglesia e hizo vibrar hasta las mismas paredes.

fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 07, 2010 5:18 pm

Gracias por el capi. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 07, 2010 5:21 pm

ahh silvi, el siguiente tuyo toca el domingo, como dijiste que te vas el lunes ya no sé si ese lo tengo que subir yo o lo subes tú? lo que me digas hago

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 10, 2010 12:43 pm

CAPÍTULO VEINTIOCHO
Transcrito por Tibari

13 de diciembre, 21:30 horas

—¡SOSTÉN LA VENDA, SOSTENLA en su sitio! —le ordenó Charlotte. Michael presionó la gasa contra el cuello de Danzing, del cual seguía saliendo sangre a borbotones, mientras ella cortaba el extremo de las suturas y dejaba caer las tijeras en la bolsa—. Y no le quites el ojo al monitor de la presión arterial.
Él observó la pantallita: la presión era baja y no había dejado de caer en ningún momento.
La doctora no paró ni un segundo desde que entró en el cobertizo del trineo. Había actuado con rapidez y aplomo, se había inclinado sobre el jadeante herido para cerrarle la mordedura de la garganta. Le había insertado un tubo de respiración y le había anestesiado nada más llegar a la enfermería; luego, le había cosido la herida y ahora le había puesto un catéter intravenoso para hacerle una transfusión de sangre.
—¿Va a salir de ésta? —preguntó Wilde, no muy seguro de querer saber la respuesta.
—No lo sé… Ha perdido demasiada sangre. Tenía cortada la yugular y la tráquea también estaba muy dañada —respondió mientras colgaba la bolsa de plasma en un soporte. Preparó la jeringuilla nada más comprobar que funcionaba—. Le he dicho a Murphy que solicite asistencia. Este pobre va a necesitar mucha más ayuda de la que podemos ofrecerle aquí.
—¿Qué le estás inyectando? ¿Una antirrábica? —quiso saber él mientras notaba en las yemas de los dedos la gasa humedecida. Al mirar, la vio coloreada de un rojo intenso.
—Le pongo una inyección antitetánica —replicó Charlotte mientras alzaba la jeringuilla a la luz y empujaba el émbolo—. No dispongo de vacunas contra la rabia, pero claro, tampoco suponía que iba a haber perros aquí abajo.
Le administró la vacuna, pero el monitor de presión arterial y el electrocardiógrafo empezaron a enloquecer antes de que la doctora ni siquiera hubiera tirado a la basura la jeringuilla usada.
—Ay, mierda, un paro cardiorrespiratorio —masculló ella mientras dejaba caer la aguja en la pileta y abría a toda prisa un armario situado en la pared de detrás.
Un pitido constante sonaba por toda la habitación de forma ominosa.
Charlotte cargó las palas del desfribilador, una escena que Michael había visto innumerables veces en las teleseries de médicos, las aplicó sobre el pecho velludo de Danzing, pues le habían cortado con tijeras la camisa de franela y estaba a plena vista la piel anaranjada a causa de la mercromina. Wilde observó cómo una de las palas lubricadas con pasta conductora cubría el espacio de la piel ocupado por un tatuaje, la cabeza de un husky, y él no pudo evitar preguntarse si no sería Kodiak.
La doctora contó hasta tres y gritó:
—¡Fuera!
Apretó las palas contra el pecho del herido y pulsó los botones para provocar una descarga que hizo saltar a Danzing: la cabeza se quedó pegada a la camilla y el cuerpo se arqueó hacia arriba.
Pero el zumbido de los monitores no se alteró lo más mínimo.
—¡Fuera! —volvió a gritar.
Michael retrocedió un paso, pues se había acercado un poco, mientras ella efectuaba una segunda descarga. El cuerpo se estremeció de nuevo, pero las líneas de las pantallas azules permanecieron planas. Le habían saltado varios de los puntos.
Las trenzas colgaron libremente a ambos lados del rostro de Charlotte, quien respiraba pesadamente. Tomó aliento y lo intentó una vez más. Un olor similar al de carne a la parrilla llenó la habitación, pero no hubo cambio alguno. El cuerpo volvió a quedarse inerte y completamente inmóvil. Danzing sangraba algo por el cuello, pero Michael no tenía nada con que limpiarle.
Charlotte se enjugó el sudor de la frente con la manga y lanzó otra mirada a los monitores antes de dejarse caer sobre el taburete de ruedas situado detrás de ella, donde se sentó con los hombros hundidos y el rostro bañado en sudor. Michael permaneció a la espera, preguntándose qué iba a hacer a continuación. La cosa no podía acabar ahí.
Él se levantó de su asiento y apoyó el talón de una mano sobre el pecho del musher.
—¿Hago fuerza…?
Ella se limitó a negar con la cabeza.
—¿No debería intentarlo al menos? —preguntó él mientras le hacía un masaje cardiaco tal y como le habían enseñado en los cursos de primeros auxilios—. ¿No convendría hacerle el boca a boca?
—Ha muerto, cielo.
—Tú dime sólo qué podría hacer.
—No hay nada que tú puedas hacer —replicó ella, levantando la mirada hacia el reloj de la pared—. A decir verdad, y si quieres saberlo, murió en el mismo momento en que ese maldito chucho le cogió por banda.
Charlotte se levantó sin volver la vista atrás y alargó la mano hacia un potapapeles. Tomó una pluma y sacudió la cadena que la sujetaba para poder consignar la hora de la defunción.
Danzing seguía con los ojos abiertos. Michael se los cerró.
La doctora fue desconectando todas las máquinas. Luego, reparó en el collar de dientes de morsa y lo recogió del suelo, donde lo había arrojado al quitarle la ropa.
—Era su amuleto… Le traía buena suerte —observó Wilde.
—No la suficiente —replicó ella, entregándoselo a Michael.
Se sentaron en silencio, uno a cada lado del cuerpo, y estuvieron así hasta que Murphy O’Connor asomó la cabeza por la puerta.
—Traigo malas noticias sobre lo del helicóptero… —empezó, y entonces se dio cuenta de lo sucedido—. Ay, la Virgen… —murmuró.
Charlotte retiró el catéter.
—Sin prisa. Pueden tomárselo con toda la calma del mundo.
Murphy se pasó los dedos por los cabellos entrecanos y clavó la mirada en el suelo.
—La tormenta va a ser mucho peor antes del alba. Debían esperar a que amainase, eso me dijeron.
El periodista aguzó el oído. Fuera, el viento aporreaba las paredes de la enfermería con verdadera saña, pero no lo había notado hasta ese momento.
—Dios todopoderoso —murmuró O’Connor. Hizo ademán de marcharse, pero antes le dijo a Charlotte—: Hiciste todo lo posible, estoy seguro. Eres una buena doctora. —Ella no reaccionó ante la lisonja—. Le diré a Franklin que se pase por aquí para echarte una mano con el cuerpo. —Entonces, Murphy miró a Michael—. ¿Por qué no me acompañas a la oficina? Tenemos que hablar.
Murphy se marchó y dejó a Wilde indeciso, pues no deseaba ausentarse y dejar a Charlotte a solas con el cuerpo, no con un cadáver, al menos no hasta que acudiera Franklin o algún otro.
—Estoy bien —le tranquilizó ella, intuyendo su dilema—. Uno se acostumbra a la muerte cuando curra en las urgencias de Chitown¹, así que vete.
Michael se metió el collar de morsa en el bolsillo mientras se ponía de pie y luego fue a la pileta, donde se lavó la sangre de las manos. Entretanto, acudió Franklin.
Luego, se fue, y cuando ya había salido de camino hacia el hall, ella gritó a sus espaldas:
—Ah, por cierto, gracias. Has sido un enfermero de primera.
El periodista encontró a Darryl en la oficina de O’Connor. El pelirrojo sostenía una taza desechable de café. Era evidente que Murphy acababa de ponerle al corriente de la muerte de Danzing. El propio jefe estaba reclinado sobre el respaldo de su silla, donde se había desplomado sin fuerzas. Michael se poyó sobre un archivador abollado y permanecieron en silencio durante más de un minuto. Nadie necesitaba decir nada.
—¿Alguna idea…? —preguntó O’Connor finalmente.
Se produjo otro largo silencio.
—Si te refieres a lo de Danzing y el perro, no —se aventuró a contestar Michael—, pero si la cosa va sobre los cuerpos desaparecidos, entonces hay una idea que tengo bastante clara.
—¿Y cuál es?
—Alguien se ha ido de la olla. Tal vez sea un caso del Gran Ojo.
—Ya he hecho mis indagaciones —repuso Murphy—, y han tenido que darme explicaciones todos, incluso el Gnomo. Y no se ha chalado ninguno, bueno, no más de lo normal. Y nadie ha abandonado la estación.
Darryl sopesó esa información antes de decir:
—De acuerdo, en tal caso, quienesquiera que sean los ladrones han ocultado los cuerpos en alguna parte. Otra cosa no, pero por cualquier sitio de por aquí hace frío suficiente para que vuelvan a ser hielo bien sólido. Han vuelto a la base echando leches después de esconderlos.
—¿Y los perros?
Darryl debía reflexionar sobre eso, pero Michael conocía a los huskies, y estaba seguro de que volverían por su cuenta a menos que alguien los retuviera.
—¿Pueden sobrevivir a una tormenta como ésta? —preguntó Darryl.
Murphy resopló.
—Esto para ellos es un día de playa. Van a tumbarse y a dormirse tan panchos. La mierda del asunto es que se han borrado las huellas.
A pesar de todo, Michael tuvo un pálpito sobre el posible destino de los canes.
—Stromviken, han ido allí. Ése es el destino de su carrera de entrenamiento.
—Podría ser —concedió Murphy tras pensárselo un rato—, pero si alguien los ha llevado hasta allí, incluso si ha tenido tiempo de darse el viajecito, y eso me parece muy poco probable, ¿cómo demonios ha vuelto a la base sin ellos? Ningún miembro de la base es capaz de volver a pata hasta aquí con la que está cayendo, ni siquiera yo. Nadie puede ir a ninguna parte con esta tormenta.
—¿Y si hubiera utilizado una motonieve? —aventuró Michael—. Pudo ponerla detrás del trineo y remolcarla, ¿no?
El jefe O’Connor adoptó una expresión socarrona.
—Por poder ser, pues sí, pero quien fuera obligó a los pobres chuchos a tirar de la motonieve y mover el bloque de hielo.
—Había disminuido mucho de volumen —intervino el biólogo—. Estaba a punto de deshelarse.
Murphy adelantó la cabeza tras una pausa.
—Como prefieras, pero, resumiendo, quienquiera que sea se ha llevado el témpano con los cuerpos a algún sitio, sea a la factoría ballenera, a la colonia de grajos o a una gruta helada de por los alrededores, y ha vuelto a toda pastilla gracias a una motonieve, una motonieve que nadie ha echado en falta…
—Y nadie la ha oído al marcharse ni al volver —terció Michael.
—Cierto, eso también —admitió Murphy mientras volvía a pasarse los dedos por el cabello entrecano—. ¿Veis como no cuadra nada?
Michael le dio la razón. Era verdad. De hecho, era la primera vez que se había detenido a intentar unir todas las piezas del rompecabezas. No le extrañaba que Murphy ya tuviera un aspecto fatigado y muy perplejo.
Bastaba mirar el rostro de Darryl para ver cómo le consumía la rabia. Habían saqueado su laboratorio y le habían robado su más valioso espécimen.
—No ha podido hacerlo un solo ladrón, lo dudo mucho —afirmó—. Me resulta difícil creer que una sola persona haya sacado los cuerpos del tanque y haya sido capaz de sujetarlos al trineo en el breve lapso de tiempo que pasó desde que salí del laboratorio hasta que los eché en falta. —El biólogo meneó la cabeza—. Han debido de ser un mínimo de dos personas para poder moverlo todo.
—Así pues —replicó Murphy—, ¿qué dices? ¿Se te ocurre algún candidato?
Darryl tomó un sorbo de café antes de contestar:
—¿Qué tal Betty y Tina? ¿Estás seguro de que te han dicho la verdad sobre sus movimientos?
—¿Y por qué diablos iban a hacerlos las glaciólogas? —inquirió Murphy.
—No lo sé —admitió Hirsch con exasperación—, pero tal vez querían encargarse ellas mismas del trabajo. Quizá creyeron que yo se lo había quitado y ellas tenían sus propios planes.
Semejante despropósito no sólo sonaba traído por los pelos, sino que daba la impresión de que el propio Darryl sabía que esa teoría no había por donde cogerla. Alzó las manos, disgustado, y luego las reposó sobre el regazo.
—Les seguiré la pista —repuso Murphy, dejando entrever en la voz que no estaba demasiado convencido.
—Mientras tanto, quiero un cerrojo para mi laboratorio —insistió el biólogo—. Debo mirar por mi pez.
—Pero ¿de veras piensas que van a volver a llevarse también tu pez? —replicó Murphy—. No, no me lo jures… Te buscaré un candado.




------
¹ Uno de los sobrenombres de Chicago.

fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 10, 2010 3:46 pm

Grax por el capi Gemma!!! :)
Dios kiero terminar los examenes y volver a mi
rutina de poder leer...!! Ahora solo leo los capis
q traduzco, es frustrante.... :manga08:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mayo 11, 2010 11:32 am

CAPÍTULO VEINTINUEVE

Transcrito por Tibari


13 de diciembre, 22:30 horas

ELEANOR INTENTÓ HACER ALGO de utilidad en la rectoría mientras Sinclair regresaba con provisiones de su paseo hasta el trineo. Desenrolló la manta de algodón, que estaba más tiesa que una tabla de lavar, y procuró barrer del suelo las cagarrutas de roedor con una vieja escoba que encontró apoyada en una esquina. Cuando abrió la caldera de la estufa encontró una rata petrificada, tumbada sobre un lecho de astillas y de paja. La tomó por la cola y la tiró por la ventana; después cerró con fuerza las contraventanas.
Encontró un paquete de fósforos lucifer encima de la mesa, junto a una vela consumida y un juego de llaves comidas por la herrumbre. Tomó una cerilla para prender lumbre y al cabo de unos instantes logró tener un pequeño fuego ardiendo en la estufa.
Creyó que eso complacería a Sinclair, pero lo cierto fue que miró las llamas con recelo después de colocar unos cuantos libros y las botellas en la estantería, y dijo:
—El humo de la chimenea nos delatará.
‹‹¿A los ojos de quién?››, pensó ella. ¿Acaso había alguien en kilómetros a la redonda? Se le encogió el corazón ante la perspectiva de tener que apagar la pequeña pero alegre fogata.
—Pero la tormenta lo disipará —continuó Sinclair, pensando en voz alta—. Déjalo, amor.
Él volvió a marcharse de nuevo y Eleanor se dejó caer sobre el catre, pues de pronto le pasaban factura todos los esfuerzos de las horas previas. Se sintió como si estuviera a punto de derretirse por completo y se tendió sobre la raída manta, todavía envuelta por el abrigo. Cerró los ojos cuando sintió que la habitación le daba vueltas y se aferró al catre tal y como había hecho tantos años atrás en el transcurso de aquel horrible viaje a Constantinopla a bordo del Vectis, un vapor que no había dejado de cabecear y bambolearse en la mar encrespada, donde encima se estropearon los motores al poco de abandonar el puerto de Marsella.
Moira estaba convencida de que todos iban a morir, de que el barco zozobraría en medio de la tormenta, y Eleanor había tenido que consolarla toda la noche, hasta que el tiempo cambió de pronto a la mañana siguiente y los motores volvieron a funcionar. Muchas enfermeras sufrieron mareos y cosas peores. Los marineros debieron subirlas a la cubierta de popa para que se recobraran gracias al aire fresco y el sol. Moira se arrodilló junto a la barandilla y elevó a los cielos una retahíla de padrenuestros.
La señorita Florence Nightingale pasó junto a ellas en ese momento y las saludó con una leve inclinación de cabeza. La superintendente también había sufrido la severidad del viaje y caminaba del brazo de su amiga, la señora Selina Bracebridge. Ésta era una mujer casada, a diferencia de la señorita Nightingale, la solterona más famosa de las Islas Británicas, pero las altas instancias militares habían resuelto que sería inapropiado emplear en el extranjero a mujeres solteras para la asistencia médica de heridos, razón por la cual las treinta y ocho enfermeras, con la sola excepción de la jefe del contingente, perdieron la condición de señoritas para recibir la mención honorífica de señoras, con independencia de que estuvieran o no casadas. Asimismo, también les facilitaron uniformes expresamente confeccionados por los modistas con el fin de hacerlas lo menos atractivas posible y difuminar las curvas de la silueta femenina por completo, razón por la cual los vestidos grises no tenían forma alguna y les colgaban como si fueran sacos de lana, y las gorritas blancas eran unos artilugios estúpidos que no favorecían a propósito los rasgos de ninguna de ellas.
Eleanor llegó a escuchar cómo una de las enfermeras le decía a la superintendente Nightingale que se consideraba capaz de sobrellevar todas las penurias del trabajo, pero luego añadió:
—Unas gorras son adecuadas para unos rostros y otras son para otro tipo de caras, pero si yo llego a saber que nos dan éstas, y mire que tenía ganas yo de ejercer de enfermera en Scutari, pues si lo sé, no vengo, señorita.
Las enfermeras que habían aceptado la misión formaban un grupo de lo más variopinto. Ella era muy consciente del recelo con el que iban a ser observadas cuando volvieran de aquella misión. Ciertos sectores de la prensa y la opinión británica las habían ensalzado como a heroínas por marcharse a realizar una tarea penosa pero honorable en las más atroces condiciones, pero en otros se habían cebado con ellas y las habían descrito como jóvenes impúdicas de clase trabajadora, unas buscadoras de fortuna que esperaban engatusar a oficiales heridos en su momento más vulnerable.
Catorce de las enfermeras habían sido reclutadas en hospitales públicos, como era el caso de Eleanor y Moira, pero Nightingale también había seleccionado a seis hermanas procedentes de la Training Institution for Nurses for Hospitals, Families and the Sick Poor, más conocida como Saint John’s House por tener su primera sede en la parroquia de San Juan Evangelista, fundada por el catedrático Todd con los parabienes del obispo de Londres; ocho de la Hermandad Protestante de la señorita Sellon y diez novicias de católicas; cinco del Orfanato de Norwood y otras cinco procedentes del hospital de las Hermanas de la Misericordia en Bermondsey. La incorporación de estas últimas dio que hablar. La confesión católica de muchos soldados no causaba problema alguno, pero levantaba ampollas la idea de que monjas católicas pudieran atender de cerca a hombres de otro credo, protestantes, por ejemplo. ¿Y si aprovechaban la oportunidad de oro que les ofrecía el disfraz de enfermera para hacer proselitismo en secreto a favor de la siniestra Iglesia Católica?
Cuando el Vectis se aproximó al estrecho de los Dardanelos, Eleanor observó que la superintendente se aferraba a la barandilla del barco y clavaba la mirada y su rostro adusto estaba tan pálido como de costumbre, pero había en él una expresión de arrebato. La brisa marina llevó hasta los oídos de la enfermera Ames las palabras con que la señorita Nightingale ensalzaba el paisaje a su amiga Selina.
—Éstas son las fabulosas llanuras de Troya, donde luchó Aquiles y Helena derramó sus lágrimas.
La superintendente parecía extasiada por esa visión. Eleanor sabía que Florence Nightingale procedía de una buena familia y que había sido educada en los mejores colegios, y la envidió por eso. Ella misma había emigrado a Londres en busca de mejorar su propia condición, pero el duro e interminable trabajo en el hospital de Harley Street le rentaba poco dinero y le dejaba poco tiempo para tales fines.
Sinclair había cambiado eso por poco tiempo.
¿Cómo habría reaccionado de haber sabido que ella se acercaba al escenario bélico? Copley le hubiera aconsejado que no lo hiciera, estaba segura de eso, pero le resultaba muy difícil de soportar la perspectiva de que tal vez él pudiera necesitarla mientras ella se hallaba a miles de kilómetros de distancia. Cogió al vuelo la oportunidad en cuanto se corrió la noticia de que se buscaban voluntarias para Crimea, y Moira, cuyo apego hacia el capitán Rutherford era más interesado que ardiente, la imitó.
—Dios los cría y ellos se juntan —dijo con despreocupación antes de firmar su solicitud.
Refugiada en la antigua factoría ballenera, Eleanor se preguntó cuál habría sido el destino de Moira. Habría muerto hacía décadas, por supuesto.
Sinclair irrumpió otra vez en la habitación con los brazos llenos de misales y cantorales.
—Qué bien nos van a venir —dijo mientras empezaba a hacer trizas los libros para luego arrojarlos al interior de la caldera.
Eleanor no dijo nada cuando las páginas arrugadas alimentaron la fogata, cada vez mayor, a pesar de que el sacrilegio le hacía sentir todavía más incómoda.
Él cerró la caldera cuando el fuego rugía y anunció que se iba a por otras cosas. Fue hasta la puerta y arrastró dentro un saco de lona que había dejado fuera y del mismo sacó cabos de vela, platos y copas de latón, cucharas dobladas, cuchillos y una licorera agrietada.
—Mañana realizaré un reconocimiento más minucioso, pero por ahora tenemos cuanto necesitamos.
Copley había vuelto a su comportamiento militar: reconocer los alrededores, reunir provisiones, hacer planes. Eso supuso un alivio para Eleanor y esperaba que ese estado de ánimo durase mucho, pues sabía perfectamente que el lado siniestro de Sinclair podía volver siempre, y en cualquier momento.
Palmeó la bolsa de comida que había cogido del cobertizo de los perros, ahora recostada sobre una pata de la mesa.
—¿No deberíamos calentar algo para la cena? —comentó.
Lo dijo como quien pedía permiso para tomarse un suflé de chocolate.
—Comida… y bebida —agregó mientras depositaba sobre la mesa una de las botellas negras de vino.

fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 13, 2010 4:16 pm

Capítulo 30
Transcrito por Gemma
14 de diciembre

LA ENFERMERÍA DE POINT Adélie no tenía una morgue propiamente dicha porque no la necesitaba: toda la Antártida era un módulo de baja temperatura. Murphy se decantó por conservar el cuerpo del musher en el lugar más frío y protegido de todos: en la bóveda existente debajo del almacén de muestras de glaciología. No era la primera vez. Habían guardado allí el cuerpo del geólogo muerto el año anterior después de rescatar el cadáver de la grieta.
La perspectiva no hizo demasiado tilín a Betty ni a Tina, pero ambas comprendían la gravedad de la situación y se mostraron predispuestas a buscarle un sitio al cuerpo de Danzing.
—Lo guardas ahí siempre y cuando el cuerpo esté protegido y sellado. No podemos arriesgarnos a contaminar el hielo de las muestras —contestó Betty.
—Además, tampoco me apetece tener los ojos muertos de ese desdichado pegados en mi cogote, la verdad —añadió Tina—. Ya da bastante grima tenerlo ahí abajo.
El jefe O´Connor tuvo que estar de acuerdo con eso y se ofreció voluntario para ayudar a Franklin con la preparación de los restos mortales, pues en su fuero interno tenía el convencimiento de que al menos le debía eso a Danzing. Primero metieron el cuerpo en una bolsa de cadáveres transparente, cerraron la cremallera y luego introdujeron el bulto dentro de un saco de lona verde oliva.
Michael y Franklin usaron una camilla de ruedas para recorrer el trayecto lleno de baches que iba desde la enfermería hasta el laboratorio de glaciología. La fuerza del viento derribó dos veces la camilla y Michael se vio obligado a depositar el cadáver en su sitio, y pudo notar cómo empezaba a ponerse rígido, ya fuera a causa del rígor mortis o de la temperatura. En cualquier caso, la sensación de estar levantando una estatua humana le puso el vello de punta.
Los escalones de descenso al subterráneo habían sido hechos con pico y pala en el permafrost. Michael y Franklin tomaron el cuerpo por los pies y por los hombros a fin de llevar en vilo al difunto, una forma más viable que intentar bajarlo en la camilla. Una luz blanca se encendió cuando el dúo pasó delante de un detector de movimiento, bañándolos con un brillo apagado. En un rincón de la bodega había tallada en la tierra algo muy similar a una mesa de autopsias. Franklin la señaló con una indicación de mentón y balancearon el cuerpo entre los dos hasta depositarlo en dicho lugar con un golpe seco.
En el extremo opuesto de la bóveda, una muestra cilíndrica de hielo descansaba asegurada por un torno encima de una mesa de laboratorio. El periodista vio colgados del estante de la pared varios taladros, barrenas y sierras. Tuvo la sensación de que aquel sitio era el más frío y aterrador de todo el continente helado. Bastaba una piedra de molino delante de la entrada para poder llamarlo cripta.
—Vámonos de aquí echando leches —dijo Franklin.
Michael creyó haberle visto santiguarse de tapadillo.
Betty los esperaba en lo alto de las escaleras, abrazándose el cuerpo con los brazos para combatir la gelidez del viento.
—Espero que no vaya a estar ahí mucho tiempo —le dijo a Franklin.
—Éste sale de aquí en cuanto pueda acercarse el próximo avión —contestó el aludido mientras salía pisando fuerte de camino al recibidor.
Michael se demoró, pues tenía una buena loncha de rosbif en el bolsillo para el polluelo de págalo.
—Menudo alegrón se va a llevar Ollie —observó Betty, sonriente.
Michael apartó la nieve que había vuelto a apilarse sobre el cajón de plasma antes de arrodillarse y mirar dentro. Ahí estaba el huérfano, más grande que nunca. El pico gris asomaba fuera del nido hecho con las finas virutas de madera. El ave se removió y se puso de pie al ver a su benefactor. Éste extendió el rosbif y el polluelo, tras mirarlo un segundo, se lanzó adelante, se lo quitó de un picotazo y se lo tragó de golpe.
—Debería traerte un rábano picante un día de estos —comentó Michael. El págalo alzó los ojos hacia él, tal vez a la espera de más comida—. Alguna vez volarás y te irás, ¿no?
—¿Cómo? ¿Y perderse lo bueno? —bromeó la glacióloga mientras él se incorporaba de nuevo—. Afróntalo, está amaestrado y probablemente no sobreviviría ni un día en el mundo salvaje. Ahí fuera no van a darle rosbif.
—¿Y qué será del bicho cuando me vaya? No es algo que pueda llevarme a Tacoma precisamente.
—No te preocupes. Tina ya ha rellenado los papeles de la adopción. Ollie estará bien.
Eso le concedió cierta tranquilidad de espíritu. Hacía mucho tiempo que no había tenido ocasión de rectificar nada, y mucho menos de salvar algo. Por eso, aunque fuera algo tan nimio e insignificante como el destino de un polluelo, estaba muy agradecido por ese inesperado respiro. Tenía la esperanza de que tal vez pudiera redimirse de la tragedia de las Cascadas poco a poco.
Se topó con los equipos de búsqueda organizados por Murphy mientras caminaba con dificultad en la nieve. Uno de ellos estaba compuesto por Calloway, el maestro de buceo, y otro recluta a quien no lograba identificar porque llevaba un sombrero de ala ancha calado hasta las orejas.
—Buenas tardes, tronco —le llamó el falso australiano a grito pelado mientras agitaba la tormenta. Michael alzó una mano enguantada en señal de reconocimiento. Calloway añadió—: Avísame si ves por ahí a los perros perdidos, ¿vale?
—Acudiré a ti primero si los veo.
Michael pasó cerca del laboratorio de biología marina y vio encendidas las luces. Era capaz de escuchar la música clásica incluso a pesar del ulular del viento. Se desvió de su camino e intentó abrir la puerta, pero apenas logró entreabrirla. Pudo ver un cable atado a la manivela por la parte de dentro.
—¿Quién va? —oyó gritar a Hirsch.
—Soy yo, Michael —respondió él, también a gritos.
—Un momento.
Darryl se aproximó a la puerta, retiró el cable de la manivela y le dejó entrar.
—Menudo sistemita de seguridad te has montado… Alta tecnología —observó Michael, burlón, mientras pisaba con fuerza para sacudirse la nieve de las botas.
—Tendrá que valer hasta que Murphy me consiga un pasador de verdad.
—Pero un pestillo sólo va a servirte de algo mientras tú estés dentro. ¿Qué harás cuando te ausentes?
—Voy a poner un cartel.
—¿Y qué dice?
—Que hay varios especímenes anfibios sueltos por aquí y que son venenosos.
El periodista se echó a reír.
—¿De veras piensas que va a funcionar?
—No, lo cierto es que no —admitió mientras volvía a su asiento delante de la mesa—, pero por otra parte, creo que los ladrones se han llevado lo que realmente querían.
Darryl tenía delante de él, encima de la mesa, un pez de unos treinta centímetros abierto en canal y sujeto con alfileres por los extremos a fin de que no se le cerrara. El espécimen era transparente en su práctica totalidad. Las agallas eran blancas y su sangre, si es que la tenía, parecía tener el mismo color que el agua. Sólo había una nota discordante: el dorado del ojo muerto, fijo en el infinito. Michael recordó las clases de Biología en el instituto al ver aquello.
El biólogo ya había alineado a la siguiente víctima, otro pez que permanecía casi inmóvil al fondo de un tanque frío en cuyos bordes se estaba solidificando una capa de escarcha. Le separaba de la actual pieza diseccionada una hilera de frascos de cristal del tamaño de unos chupitos. Todos los frasquitos estaban llenos de una solución, salvo tres de ellos, que contenían también unos órganos pequeños extraídos y preservados para su estudio posterior.
—¿Es necesario que el pobre vea el descuartizamiento?
—Por eso he puesto la hilera de frascos: para taparle la visibilidad.
—Parece una perca —observó el periodista al estudiar el pez diseccionado.
—Tienes un ojo clínico —le felicitó Darryl—. Los blénidos antárticos o notothenioidei son un suborden de peces dentro del orden de los perciformes.
—¿Cómo dices…?
—Hace cincuenta y cinco millones de años la temperatura del océano Antártico disminuyó sin cesar —empezó Darryl, claramente feliz de poder abordar ese tipo de temas—, y pasó de los veinte grados centígrados a la temperatura actual, en torno a los dos grados bajo cero. El bioma marino se vio cada vez más aislado. El agua se enfrió mucho y la migración era más difícil, de modo que los peces de aguas poco profundas se vieron en la tesitura de adaptarse o morir. La mayoría de las especies se extinguió.
—¿Y estos tipos no?
—Estos chavales se endurecieron —repuso Darryl con manifiesta satisfacción y cariño—. Los nototénidos se mantuvieron en el fondo del mar, donde el aumento de presión baja el punto de congelación, y se tomaron su tiempo para aclimatarse y desarrollar un metabolismo de bajo consumo, dando la mejor solución individual al problema del oxígeno: aprendieron a almacenarlo y a conservarlo más tiempo en sus tejidos.
—¿No en la sangre? —preguntó Michael, recordando lo que Darryl le había contado sobre el tema antes de su primera inmersión—. Entonces, ¿no tienen hemoglobina?
—Así que prestabas atención —observó el biólogo—. Estoy impresionado. Bueno, sigo… la sangre es transparente al no tener glóbulos rojos, pero sí tiene anticongelante natural, una glicoproteína hecha de hidratos de carbono y aminoácidos. Esa glicoproteína rebaja el punto de congelación del agua entre doscientas y trescientas veces…
A Michael le costaba seguir el hilo de la explicación.
—Entonces, ¿tienen un anticongelante natural, como el que usamos para los coches?
—No del todo —repuso Darryl mientras extraía el corazón del pez con suma delicadeza y lo sostenía con unas pinzas hasta dejarlo caer en uno de los frascos. El periodista percibió un olorcillo a formaldehido—. Las moléculas del anticoagulante del pez no se comportan como las del etilenglicol que le echas al radiador del coche. Éstas evitan que el pez se congele incluso en aguas muy frías, siempre que tenga cuidado de…
Alguien aporreó con fuerza la puerta. Cuando Michael se volvió, vio cómo se estiraba el cable de sujeción de la manivela.
—¿Y qué diablos pasa ahora? —se quejó Darryl.
—Lo más probable es que sea Calloway… Estaban registrando la estación de arriba abajo.
Darryl se levantó a regañadientes de su asiento.
—¿A santo de qué vienen aquí? ¿Para rebuscar en la escena del crimen?
—No buscan los cuerpos —le avisó Michael—. El jefe O´Connor desea llevar esto con la mayor discreción posible.
El biólogo se detuvo en seco y se volvió hacia Wilde.
—¿Creen que tengo aquí dentro a los perros?
Meneó la cabeza mientras deshacía el nudo.
—Eh, tronco, ¿a qué le tienes miedo? —preguntó el falso australiano en cuanto se abrió paso con el recluta del sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Los recién llegados se sacudieron la nieve de los abrigos y las botas nada más entrar en el laboratorio.
—A nada, pero me gusta que la gente llame antes de entrar.
—Sí, hombre, lo haré —aseguró Calloway, dándole una palmada en el hombro— la próxima vez.
Echó un vistazo a la mesa del laboratorio y a la víctima diseccionada.
—¿Es un draco…? —aventuró Calloway—. No veas qué filetitos más ricos puedes hacer con los más grandes. —Se dejó caer por la mesa de trabajo y examinó el contenido de los frascos—. Me da en la nariz que de esas cosas de ahí voy a pasar.
Michael reconoció al recluta del sombrero: era Osmond, trabajaba en la cocina, pues era uno de los pinches del tío Barney. El tipo se puso a husmear en los armarios y debajo de las mesas del laboratorio. «¿Qué demonios se pensará este chaval que puede encontrar ahí?», se preguntó el periodista.
—Pero este pescadito de aquí, el coleguita aún está fresco —comentó Calloway con el falso deje tan propio del interior de Australia. Fijó la vista en el pez del tanque fresco—. A juzgar por esos morritos huesudos tiene pinta de ser un pez hielo de Charcot Land.
—No vas descaminado —repuso Darryl, bastante más calmado. Él siempre apreciaba a las personas que acreditaban conocimientos de la vida marina—. Acabamos de pescarlo con las últimas trampas.
Michael dio un rodeo a la mesa para echarle un vistazo más de cerca. Vio un pez de cuerpo elongado, cabeza cubierta de escamas plateadas y labio chato y proyectado hacia delante como el pico de un pato. Darryl también acudió, tal vez para señalar alguno de los rasgos más singulares del ejemplar, pero se tropezó con Osmond. Éste ya había completado el tosco registro del lugar y había decidido unirse al grupo.
—¡Ahí va, si puedes ver a través de él…! —observó Osmond, arrastrando las palabras. Michael lo tenía por un tipo de muy poquitas luces—. Es igualito que Casper, el simpático fantasma de dibujos animados.
Todos a su alrededor sonrieron cuando Osmond inclinó la cabeza sobre el recipiente para ver más de cerca al pez. Entonces, de pronto, el biólogo miró el ala de su sombrero y gritó:
—¡No, atrás!
Darryl intentó darle una manotada al sombrero, pero ya era tarde: un montoncito de nieve y hielo se desparramó como una cascada de diamantes desde el ala hasta el tanque. El pez se removió, sorprendido por el movimiento: posiblemente interpretó la agitación del agua como la posibilidad de conseguir comida, razón por la cual alzó la cabeza hacia la superficie. La lluvia de cristales de hielo cayeron a pocos centímetros, y algunos rozaron la nariz y las agallas del draco o pez de hielo.
—¡Maldita sea…! —bramó el biólogo.
Michael entendió el motivo de esa reacción al cabo de un segundo: el tembloroso pez dejó de moverse y se quedó rígido.
Apareció una fina celosía compuesta por una miríada de hexágonos de hielo y se produjo una reacción en cadena: el entramado se extendió de la cola a la cabeza del pez. Se quedó petrificado como una tabla de planchar y más muerto que Carracuca. Flotaba lentamente en el agua con el dorso traslúcido orientado hacia el fondo y la mirada fija en la nada.
Wilde no salía de su asombro.
—¿No dijiste que estos peces llevaban anticongelante en la sangre?
—Y así es —replicó Darryl con voz lastimera—, y eso es lo que los mantiene vivos en aguas tan frías, pero sólo en las profundidades. El hielo flota, ¿recuerdas?, y jamás baja hasta el bentos, donde viven ellos. Si estos peces llegan a entrar en contacto con el hielo, los cristales de hielo actúan como un agente diseminador y sobrepasan sus defensas.
—Jo, tío, lo siento un montón —se disculpó Osmond, sosteniendo el sombrero con ambas manos—. Jamás pensé que pudiera suceder algo así.
Miró a su alrededor, estudiando el rostro de los demás para ver si estaba metido en un aprieto.
—Está bien, tronco —dijo Calloway—. Si el pescadito no es lo bastante bueno para los probetas, todavía sigue siendo fetén para meterlo en la olla y hacer una buena bouillabaise.
—No, éste no —negó el biólogo—. Puedo descongelarlo y tomar una muestra de la sangre.
—¿La sangre…? —inquirió Calloway, dubitativo—. ¿Y qué sacas de ahí?
—Esa sangre, amigo mío, contiene secretos que algún día el mundo se alegrará de poder usar.
El falso australiano tironeó al recluta de la manga, como si dijera: «Dejemos a esta panda de chiflados con sus locos experimentos». Los dos se escabulleron hacia la puerta.
—Seguro que tiene razón, doctor —convino antes de lanzarse al exterior, donde los atrapó una ráfaga del ululante viento y su correspondiente remolino de nieve.
Darryl se ayudó de unas tenacillas para coger al draco por la cola y sacarlo del agua para depositarlo con cuidado sobre la mesa. Estaba tan duro que se balanceaba un poco sobre la mesa.
—Ahora entiendo por qué no pones una alfombra de bienvenida a la puerta del laboratorio —dijo Michael.
—Y por eso mismo quiero un pestillo —replicó Hirsch.
Tomó el escalpelo y se sumergió en su trabajo de tal modo que era como si su amigo no estuviera allí.
Al cabo de un par de minutos, Michael se puso el equipo y salió para encontrarse con la tormenta en ciernes.

fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 13, 2010 4:34 pm

Grax por el capiiiii!!!
cuantos capìs tiene el libro??

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 13, 2010 4:36 pm

wuenas!! el libro tiene 55 caps.... aun falta un poquito jeje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 13, 2010 5:00 pm

Woww es bastante largo!!!! :)
gracias por el esfuerzo nenas!^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 13, 2010 7:34 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] GRACIAS!!!!
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 15, 2010 11:35 am

Capítulo 31
Transcrito por Gemma

15 de diciembre

DABA LA IMPRESIÓN DE que la tormenta no estaba de paso, sino que había venido a quedarse encima de la base; eso hizo que la orden de confinamiento de Murphy permaneciera en vigor, para gran frustración de Michael. Nadie debía abandonar la estación bajo ningún concepto.
—Los cuerpos van a seguir congelados, estén donde estén —aseguró el jefe O´Connor—, y los perros, bueno, sabrán buscarse la vida y sobrevivir a la tormenta.
Michael debió aceptar su palabra a ese respecto.
La noticia de la muerte de Danzing había caído como un jarro de agua fría entre los habitantes de la estación y el comedor estuvo a rebosar durante el responso fúnebre en honor del musher. Plegaron la mesa de ping pong y la sacaron al pasillo para hacer sitio donde poner unas sillas de despacho, se ésas con ruedas, junto a los sofás; pero aun así fue imposible reunir asientos para todos. El resto de los reclutas y los probetas se sentaron en la moqueta que alfombraba el suelo de una pared a otra y se abrazaban con los brazos las rodillas recogidas. Murphy permaneció de pie delante de la pantalla de plasma del televisor, vistiendo una corbata negra sobre la camisa vaquera en señal de duelo.
—Muchos de vosotros conocíais a Erik mucho mejor que yo, lo sé. Por eso quiero dejaros tiempo para que todos podáis decir algo.
—Michael casi había olvidado el nombre de pila de Danzing. Un apodo o un apellido solía bastar en ese aire colegial de la estación—. Pero nunca he conocido a nadie tan echado para delante y animoso, bueno, tal vez si exceptuamos a Lawson.
Hubo algunas risitas y el aludido, que estaba recostado contra la pared junto a Michael, Charlotte y Darryl, sonrió con timidez.
—Y en cuanto a esos perros, muchachos, él los adoraba como si fueran sus hijos. —Agachó la cabeza y la sacudió con tristeza—. No sé qué se torció ni lo que le pasó a Kodiak, si fue un tumor cerebral, unas fiebres, no lo sé, pero tengo la absoluta seguridad de que Danzing, digo Erik, lo entendería incluso ahora. Esos perros le querían tanto como él a ellos. —Hundió los dedos en el pelo y se pasó la mano por la cabeza—. Por esa razón vamos a encontrar al resto del tiro. Os lo prometo. Vamos a localizarlos por él.
—¿Cuándo…? —gritó uno de los reclutas.
—Tan pronto como sea seguro —replicó O´Connor—, y en cuanto sepamos que no están infectados como Kodiak.
A Michael no se le había pasado por la cabeza la amenaza del contagio. ¿Y qué ocurría si los demás huskies habían contraído el mismo mal que el líder? ¿Y si todos se habían convertido en asesinos?
Murphy se miró el dorso de la mano para leer la chuleta del discurso.
—Ignoro cuánto sabéis sobre la vida de Danzing en el mundo real, pero para que quede constancia, me gustaría decir que estaba casado con una gran mujer, María, forense del condado… —La ironía inmediata del asunto le obligó a detenerse durante unos instantes—. Ella vive en Florida.
«En Miami Beach», recordó Michael.
—Ya he hablado con ella en un par de ocasiones y le he contado cuanto debe saber. Me pidió que bendijera en su nombre a cuantos estáis aquí abajo, en especial a Franklin, a Calloway y al tío Barney, por su maña en los pucheros al prepararle esos desayunos de sémola de maíz… Y a todos en general por vuestra amistad. Me dijo que jamás le había visto más feliz que cuando vino aquí abajo, a ponerse detrás de un trineo a tropecientos bajo cero. —Volvió a lanzar una mirada nerviosa a sus notas—. Ah, sí, y también me encomendó darle especialmente las gracias a la doctora Charlotte Barnes por lo duro que luchó para salvar a su marido…
Todos se volvieron hacia Charlotte, que apoyaba el mentón encima de los brazos entrecruzados sobre el pecho. Ella asintió de forma apenas perceptible.
—… y a Michael Wilde.
Aquello pilló fuera de juego al destinatario.
—Al parecer, Erik hablaba mucho sobre ti y lo famoso que ibas a hacerle.
—Haré cuanto esté en mi mano —contestó Michael lo bastante alto para que todos pudieran oírle.
—Le explicó a María que les estabas haciendo fotos a él y a los perros, a los últimos perros que van a verse por aquí, no necesito recordárselo a nadie, para publicarlas en esa revista tuya, Eco—World.
La cabecera era Eco—Travel, pero Michael no estaba dispuesto a corregirle.
—Así será —contestó Michael, apropiándose de la prerrogativa del editor. De hecho, tenía en mente intentar convencer a Gillespie de que pusiera una fotografía de Danzing y sus perros en la portada. Era lo menos que podía hacer por él.
Michael sólo era capaz de mantener la cabeza gacha y sumirse en sus propios pensamientos mientras Murphy desgranaba algunos detalles más sobre la vida de Erik Danzing, pues, al parecer, había tenido un millón de trabajos diferentes, desde apicultor y empleado en una perrera hasta conductor de vehículos en una funeraria; «allí fue donde conoció a María», explicó el jefe O´Connor.
Michael tenía intención de conseguir la dirección postal de María antes de abandonar la base antártica. El collar de dientes seguía en su poder y deseaba enviárselo en cuanto estuviera de vuelta en el mundo civilizado. Tal vez incluso con alguna de las fotografías que le había hecho a su esposo, en todo el esplendor de su gloria, mientras guiaba el trineo en plena tormenta.
Y también tomó conciencia de que debía telefonear cuanto antes a la casa de los Nelson, en Tacoma. Deseaba tener noticias de cómo había tenido lugar el traslado y si había el menor indicio de recuperación por parte de Kristin ahora que estaba en su antigua casa. Él sabía a la perfección cuál iba a ser la respuesta, y también que sería Karen quien se la diera, pero aun así, tenía la sensación de que era su deber comprobarlo, y entonces se preguntó cuánto tiempo más iba a prolongarse todo aquello. Hasta donde él sabía de comas y estados vegetativos, Kristin podía seguir así de forma indefinida.
El tío Barney se sonó los mocos ruidosamente con un pañuelo rojo a escasa distancia de él cuando Murphy se puso a contar la historia de una colosal comida que Danzing se había metido entre pecho y espalda.
A continuación, Calloway se puso de pie para detallar una larga y divertida anécdota sobre la vez en que había intentado meter al difunto en un traje estándar de submarinismo. Betty y Tina hablaron de la gran ayuda que les había prestado mientras intentaban descargar unas muestras de hielo en medio de una tormenta furibunda.
Michael escuchó la ventisca que arreciaba y aullaba alrededor de las angostas ventanas y los ondulados muros de metal del módulo donde se hallaban. Podía amainar en una hora o prolongarse durante una semana. Algo sí había aprendido del Polo Sur: carecía de sentido apostar.
Murphy llevó la batuta al rezar un padrenuestro con voz entrecortada después de que hubieron hablado todos los presentes. Tras unos breves momentos de silencio, Franklin se sentó frente al piano de la esquina e interpretó una enardecida versión de Old time rock ´n´ roll, el viejo éxito de Bob Seger, y uno de los temas favoritos de Danzing. Franklin logró darle a la pieza una interpretación llena de vitalidad y fueron muchos los que corearon el estribillo:
—Today´s music ain´t got the same soul. I like that old time rock ´n´ roll. Don´t try to take me to a disco*…
Cuando terminaron la canción, el tío Barney anunció que se marchaba a preparar una buena comida de sémola de maíz con carne en honor a Danzing. Lo serviría todo en el comedor.
Estaban saliendo cuando Murphy les hizo señales a Michael y a Lawson para que se acercaran:
—Eh, vosotros, ¿alguien ha visto a Ackerley por alguna parte?
Era muy fácil no percatarse de la presencia del Gnomo en una habitación incluso aunque estuviera presente, pues siempre se comportaba con gran sigilo y retraimiento, pero Michael debió admitir que no recordaba haberle visto.
—Probablemente les estará hablando a sus plantas y habrá perdido la noción del tiempo —replicó Lawson.
O´Connor asintió, dejando claro que pensaba lo mismo, pero dijo:
—¿Os importaría ir a echar un vistazo y comprobar si está bien? Acabo de intentar hablar con él por el interfono, pero no lo coge.
A Michael le apetecía mucho reunirse con Charlotte y Darryl en el comedor, pues se le había ido el santo al cielo en lo tocante a las comidas tras pasarse el día entero en su cuarto tomando notas para el reportaje. Sin embargo, difícilmente podía negarse.
—No os preocupéis —apuntó Murphy—, os guardaremos algo de cena. —Se volvió hacia Lawson—. Por cierto, ¿cómo está tu pierna? ¿Aguantas bien de pie?
Michael recordó entonces las palabras de Charlotte: a Lawson se le había caído el equipo de esquí sobre el tobillo.
—Está bien, no da muchos problemas. Además, lo que no se usa, se atrofia.
Bill Lawson siempre tenía ese punto de más, ese toque de entrenador gritando consignas en la banda mientras se juega el partido clave de la temporada.
—Quizá prefieras usar bastones de esquí —terció Murphy—. Las rachas de viento alcanzan los ciento treinta kilómetros por hora.
Lawson se mostró de acuerdo, por lo que ambos se vistieron y tomaron unos bastones de la consigna de la oficina, y mientras todo el grupo se dirigía hacia el iluminado comedor, ellos dos se dirigieron en otra dirección, hacia la inhóspita y oscura explanada donde el viento levantaba pequeños ciclones de nieve y hielo y los zarandeaba de un lado para otro como si fueran simple hojarasca. Algunos golpes de aire fueron tan fuertes que Michael acabó estampado contra una pared o valla semienterrada, no logró identificarla, y se vio en la necesidad de esperar a que remitiera un poco la intensidad del vendaval para erguirse y continuar adelante, pero el huracán no cesaba nunca.
Había ocasiones en la Antártida en donde sólo deseabas quietud, paz, una tregua temporal por parte de los elementos, una oportunidad de que todo estuviera en calma para poder respirar hondo y alzar la vista hasta el cielo. El firmamento antártico podía ser realmente hermoso, parecía imposible concebir algo más perfecto siendo como era de un añil prístino, como un cuenco cocido a fuego lento hasta obtener ese esmalte de intenso color azul. Otras veces, como en el momento presente, el brillo de ese cuenco se había difuminado hasta convertirse en un fulgor mortecino tan vasto que resultaba imposible apreciar dónde se hallaban los límites entre aquel continente infinito y el vacío cielo, dónde estaba la frontera entre arriba y abajo.
Los bastones habían sido una gran idea. El periodista llegó a pensar que él no hubiera podido mantenerse en pie si no hubiera sido por ellos y que Lawson, con un tobillo dañado, no habría dejado de dar un traspié tras otro. De hecho, Wilde había tenido la precaución de caminar varios metros por detrás de su compañero, no fuera a caerse hacia atrás, echarse a rodar y le arrollara.
Si un remolino derribaba a alguien mientras andaba sobre una superficie helada, el desdichado no dejaba de rodar como una pelota hasta chocar contra algún obstáculo que al fin le frenaba. Una mañana había visto a un probeta llamado Penske, un meteorólogo, pasar dando vueltas por delante del módulo de administración hasta golpearse con el palo de la bandera, al cual se había agarrado como si le fuera la vida en ello.
De vez en cuando se frotaba los cristales de las gafas con los guantes para retirar los copos de nieve, y por un momento se le ocurrió la humorada de hacer una pequeña fortuna comercializando en el Polo Sur gafas protectoras con un pequeño limpiaparabrisas incorporado.
Tuvo ganas de llamar a Lawson para interesarse por su pierna en más de una ocasión, quería saber si estaba bien o prefería regresar, pero sabía que el viento iba a llevarse sus palabras nada más pronunciarlas y la temperatura era lo bastante baja como para que se le helaran y se partieran los dientes si mantenían la boca abierta demasiado rato.
Pasaron por delante del laboratorio de glaciología, donde Michael echó un vistazo por si veía a Ollie, pero el págalo ya había aprendido a permanecer dentro del cajón de embalaje durante noches como aquélla. También distinguió a su paso el de biología marina y el de climatología hasta que Wilde vio por fin cómo Lawson torcía hacia la izquierda y se encaminaba en dirección a una especie de gran remolque achaparrado al que la herrumbre había tiznado de rojo; descansaba sobre unos bloques de hormigón ligero fijados al permafrost y una luz brillante refulgía a través de los estrechos ventanales.
Lawson se detuvo a frotarse el tobillo dolorido debajo del tosco enrejado de madera que enmarcaba la rampa de subida e hizo señas a Michael de que se acercara. La puerta era una abollada placa metálica llena de rozaduras y cubierta por las desteñidas calcomanías de Phish, un grupo de rock.
Wilde llamó varias veces con el puño y, tras haber avisado de su presencia, empujó la puerta y se coló dentro.
Los cristales de las gafas se le empañaron de inmediato y debió subírselas sobre la frente a fin de poder ver; luego, se echó hacia atrás la capucha, apartó unas gruesas cortinas de plástico y las traspasó, encontrándose con un mar de estanterías y armarios de unos dos metros de altura, casi todos abarrotados de muestras de musgo y líquenes de la zona. En cada balda o en cada mueble era posible ver unos pocos rótulos blancos escritos con trazos delgados e inseguros. Unos tubos fluorescentes parpadeaban en el techo y en algún lugar de aquella impenetrable maraña de estantes sonaban unos bafles de baja calidad, reproduciendo el sonido metálico de guitarras en una interminable sesión de música improvisada.
Detectó algo más al aguzar el oído: un sonido acuoso, similar a un resuello ahogado. Cuando su acompañante traspasó la entrada, el periodista actuó de forma instintiva y le hizo una señal para que guardara silencio. Lawson pareció quedarse confuso, pero Michael le indicó mediante señas que no se moviera de su posición, junto a la puerta. Luego, y sin soltar los bastones de esquiar, comenzó a abrirse paso por el dédalo de armarios. «¿Cómo va a estar aquí otro de los perros?», se preguntó. «¿Y si es más de uno? ¿Debo dar media vuelta y avisar al jefe O´Connor para que envíe refuerzos?». También sopesó la posibilidad de que Ackerley estuviera metido en algún lío y necesitase ayuda de forma inmediata.
El volumen de la música iba en aumento conforme se acercaba, pero además seguía ese extraño sonido tan similar al que se oye cuando alguien bebe a lengüetazos, o mejor aún, sorbe la sopa o los cereales con mucha leche. ¿Y si era eso? ¿Y si Ackerley se estaba comiendo unos Corn Flakes mientras se pegaba un bailoteo?
Michael se hallaba entre dos armarios imponentes. Uno estaba etiquetado como «Morrena glaciar, cuadrante SO», y en el rótulo del otro podía leerse: «Especímenes de Stromviken». Escuchó desde esa posición. Alguien masticaba, y desde luego no eran cereales. Por el sonido, parecía un estofado. Pero ¿por qué comerse una porquería recalentada en el laboratorio cuando el tío Barney servía una cena estupenda en honor al difunto?
Echó un vistazo a través de los estantes y alcanzó a ver una gran mesa de laboratorio no muy diferente a la de Darryl: un par de fregaderos, un microscopio y varias botellas de productos químicos. Sin embargo, no había nadie sentado en el taburete.
Volvió a mirar, y entonces descubrió volcadas un par de macetas; es más, una de ellas se había hecho añicos al estrellarse contra el suelo. Un iPod descansaba encima de un anaquel, acunado entre sus minúsculos altavoces. Michael salió de entre los armarios y se acercó a la mesa del laboratorio. Los sonidos de masticar y sorber procedían de algún otro sitio, y a menos altura, cerca del suelo. Vio las puntas de las botas de goma con los cierres abiertos nada más doblar la esquina. Aferró los bastones con más fuerza.
El ruido de succión se transformó en otro de desgarro, como cuando se despedaza la carne. Siguió avanzando hasta dar toda la vuelta a la mesa. Lo primero de todo vio unos hombros enormes cubiertos por una camisa de franela a punto de reventar. Un hombrón permanecía inclinado sobre un cuerpo. Estaba muy atareado. Michael habría pensado que se trataba de Danzing en ese primer momento de no haber estado bien seguro de…
… que éste había muerto.
Alzó uno de los bastones puntiagudos.
—Eh, tú, deja ya eso… —gritó, pues no tenía mejor forma describir ese comportamiento.
Aunque no tardó en averiguar qué mantenía tan atareado a ese sujeto.
El hombre acuclillado volvió la cabeza con sobresalto. La barba estaba tan ensangrentada que parecía que se la habían pintado de rojo con una brocha. También tenía los ojos inyectados en sangre y parpadeaba sin cesar.
Michael retrocedió a causa de la sorpresa mientras el hombre soltaba un gruñido y se abalanzaba sobre él de un salto. Uno de los bastones salió volando e impactó contra un armario.
—¿Qué pasa ahí? —chilló Lawson, y empezó a abrirse paso por el laberinto de estantes, dándose golpes contra ellos.
El hombre sujetó a Wilde por el cuello casi como si quisiera algo. «Pero ¿qué quiere? ¿Ayuda?», dijo Michael para sus adentros. Entonces, soltó por la boca una vaharada de olor a sangre y a putrefacción. Y lo peor de todo era que el agresor que rasgaba la tela de la camisa de Michael era Danzing: muerto, helado, con la garganta destrozada por los colmillos de Kodiak.
El periodista retrocedió a trompicones hasta impactar contra otro montón de baldas. Él y su agresor cayeron al suelo en medio de una lluvia de tierra y semillas. Michael le cruzó la cara con el mango del bastón, deseando tener a mano algo más contundente con lo que poner fin a un forcejeo que acabó con el rostro de Danzing sobre el suyo, lo cual le permitió ver sus dientes manchados de sangre y unos ojos negros llenos de rabia y también de un pesar infinito, aunque eso Michael lo aquilató más tarde, cuando tuvo tiempo para darle vueltas a toda la escena.
De pronto, otro bastón de esquiar pasó zumbando junto a la mejilla de Michael tras abrirle un agujero en el hombro a Danzing. Éste se revolvió hacia atrás y nada más ver a Lawson se precipitó contra él, pero resbaló al pisar las semillas diseminadas por el piso. Michael aprovechó la ocasión para rodar sobre sí mismo e incorporarse a duras penas. Entretanto, Danzing tiró al suelo a Lawson de un empellón para quitárselo de encima. Éste quedó despatarrado sobre el suelo, desde donde se defendió como gato panza arriba, agitando los bastones como un poseso.
En lugar de reanudar el ataque, el musher se alejó a trompicones y se puso a mover los brazos como un simio mientras derribaba cuantas baldas se encontró en su camino en medio de una nube de tierra, semillas y arenilla. A su paso dejó un reguero de colgadores y estantes tirados.
Michael trepó por encima de los restos y se abrió camino hasta llegar a las cortinas de plástico y luego traspasó la puerta, desde donde sólo fue capaz de atisbar un manchón de sangre en la rampa y una figura oscura que cruzaba a tientas por delante de la celosía de madera y se perdía en la vorágine de la tormenta.


15 de diciembre, 22:30 horas


—¿Qué puñetas me estáis diciendo? —les espetó el jefe O´Connor a Michael y Lawson cuando le arrinconaron en la cocina. El tío Barney estaba terminando de freír la cena no muy lejos de allí, y podía oírlos—. ¡Danzing está muerto, por el amor de Dios!
—No lo está —repitió Michael en voz baja y sin perder la templanza—. Eso es lo que intento decirte.
—¿Tú también le viste? —inquirió Murphy a Lawson en busca de que le confirmase lo imposible.
—Sí, yo también.
Lawson lanzó una mirada a Michael, urgiéndole a continuar. Aquél añadió:
—Y ha matado a Ackerley. —Murphy se quedó pálido como la cal y por un momento dio la impresión de que iba a tragarse la lengua—. Encontramos a Ackerley en su laboratorio. Ya estaba muerto para entonces. Danzing se estaba ensañando con el cuerpo. De hecho, ahora mismo está en algún lugar de ahí fuera.
Murphy apoyó la espalda contra un frigorífico, incapaz de procesar cuanto le estaban contando, y Michael no podía culparle por ello. Tampoco él lo creería fácilmente de no haberlo visto con sus propios ojos, de no haber sido él quien hubiera sufrido el ataque del musher.
—Así pues, no está en la bolsa de cadáveres —observó Murphy, pensando en voz alta— ni en el almacén de muestras donde le dejamos.
—No, no está ahí —respondió Lawson.
—Y Ackerley está muerto —repitió el jefe O´Connor, como si todavía intentase digerir la terrible noticia.
—Muy cierto —le confirmó Michael—. Tal vez deberíamos ir a por Danzing antes de que se aleje demasiado.
—Pero si se ha vuelto loco como una cabra y se queda ahí fuera, se quedará tieso como un pajarito, ¿no? —apuntó Murphy, como si se aferrara al último rayo de esperanza.
Michael no supo qué contestar a eso. El razonamiento parecía perfectamente lógico. Un demente sin llevar siquiera un sombrero de protección debía morir expuesto a semejantes temperaturas, o por caerse en alguna grieta. El problema era que ya nada tenía sentido. Él había estado presente en la enfermería mientras expiraba y había visto a Charlotte escribir la hora de la defunción. Quienquiera que anduviera en la tempestad no tenía por qué ser Danzing necesariamente, aun cuando él no sabía qué nombre darle.
—¿Qué hicisteis con el cuerpo de Ackerley? —inquirió Murphy mientras hacía todo lo posible por recobrar la serenidad.
—Lo dejamos donde lo encontramos —contestó el periodista—. Charlotte debería examinarlo lo antes posible, y entonces, quizá deberíamos guardarlo en algún sitio.
—Si me permiten, caballeros —se excusó el tío Barney mientras pasaba entre el tercero y abría el frigorífico para coger mantequilla.
Se marchó enseguida a una posición desde la cual no podía escucharlos, y ellos retomaron la conversación.
—Sí, pero no en el mismo lugar que el último —repuso el jefe O´Connor con un hilo de voz—. A éste vamos a meterlo en la vieja cámara frigorífica de carne, la de ahí fuera. Si la doctora le echa un vistazo y resulta que también se equivoca, no me apetece que éste se ponga a correr por ahí como el otro. —Él mismo fue consciente de sus palabras y se refrenó, y luego dijo—: Ya sabéis a qué me refiero. Erik era un tipo genial y Ackerley también era un buen compañero, pero todo este maldito asunto es un auténtico espanto, es horroroso… —Murphy dejó de hablar porque le falló la voz. No era capaz de procesar todo cuanto se le venía encima.
Wilde no creía que Charlotte se hubiera equivocado al certificar la muerte del musher. Eso resultaba imposible de aceptar. Danzing había muerto, y no sabía cómo había revivido, aunque él no estaba preparado para mantener esa discusión en aquel momento. Ni ellos. Lawson se inclinó para atender su tobillo lesionado, pues parecía resentirse tras la escaramuza habida en el laboratorio de botánica y de pronto, el pelo de Murphy parecía tener más canas que nunca.
—Ya puestos, podemos buscar al mismo tiempo a la Bella Durmiente y al Príncipe Azul —apuntó Michael, deseoso de conseguir el permiso del jefe O´Connor.
—Y no te olvides de los perros del trineo —añadió Lawson—. Vamos a tener una auténtica pesadilla de papeleo como la NSF llegue a enterarse de que hemos perdido los perros que había prohijado el pobre Danzing, el último equipo que nos habían permitido tener…
—Danzing solía ejercitarlos haciéndoles correr hasta Stromviken —empezó Wilde—, y el tiempo ha mejorado, para variar. La tormenta empieza a amainar.
—No por mucho tiempo —repuso Murphy—. El último informe habla de otro frente. Mañana mismo lo tendremos aquí a primera hora de la tarde.
—Razón de más para ponerse manos a la obra —insistió Michael.
Lawson asintió.
—¿Y qué hay de ti tobillo? —preguntó Murphy O´Connor—. Tiene pinta de que no deberías forzarlo.
—No tengo problema para ir en motonieve, y si al final los encontramos, los perros o los cuerpos, al menos sé traer el trineo de vuelta a la base.
—De acuerdo —cedió el jefe O´Connor, como si hubiera decidido no discutir más sobre ese tema—, pero no esta noche. Esperaremos a que se estabilice el tiempo y mañana a primera hora, si la climatología lo permite, os preparo un viaje hasta la estación ballenera. —Echó mano al walkie—talkie que llevaba sujeto a la cintura y agregó—: Voy a decirle a Franklin que aparque junto a la bandera dos motonieves con el depósito lleno y listas para partir a las nueve.

*La música actual no tiene el mismo sentimiento. A mí me gusta ese rock ´n´ roll de los viejos tiempos. No intentes llevarme a una discoteca.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 15, 2010 6:08 pm

si aun necesitan ayuda pueden avisarme
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 17, 2010 1:14 pm

shuk hing escribió:
si aun necesitan ayuda pueden avisarme

gracias shuk por ofrecerte, ya casi no nos queda nada y el libro es demasiado incómodo para escanearlo :S

pero Tibari ya tiene otro libro en marcha jeje ya te avisamos ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 17, 2010 1:19 pm

CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Transcrito por Tibari


15 de diciembre

SINCLAIR SE HABÍA MARCHADO hacía horas, y aunque la posibilidad de que sufriera un percance que le impidiera regresar junto a ella era uno de los mayores temores de su compañera, Eleanor también tenía el talante con el cual iba a volver. Estaba de un humor de perros en el momento de su partida. Esa tormenta sin fin le había desquiciado y el confinamiento obligado en aquella iglesia helada le había irritado mucho.
—¡Maldito sea este lugar infernal! —había aullado. Sus palabras reverberaron en la capilla abandonada y chocaron contra las gastadas vigas del tejado—. ¡Malditas sean estas piedras y malditos sean estos maderos!
Había agarrado un candelabro del altar y lo había arrojado al suelo, donde había rodado con gran estrépito. Los talones de sus botas resonaban cuando golpeteaban contra el piso de la nave. Había arrancado una puerta rota y la había lanzado hacia el camposanto para luego proferir sus imprecaciones contra el cielo plomizo, obteniendo por toda respuesta el coro de lúgubres aullidos de los huskies, aovillados entre lápidas y losas.
Eleanor le temía en especial cuando perdía los papeles y elegía a todo lo sagrado como blanco de sus bravatas. La joven estaba convencida de que Sinclair había recibido una respuesta en Lisboa y ella no tenía el menor deseo de oír de nuevo el veredicto.
—¿No deberíamos meter los perros en la iglesia, Sinclair? —se aventuró a sugerir, apoyándose en la jamba de la rectoría—. Están desprotegidos. Morirán ahí fuera…
El interpelado movió la cabeza como si el cuello fuera un resorte, permitiéndole a la joven apreciar en los ojos de su compañero ese brillo enloquecido y febril que había visto por vez primera en Scutari.
—Me encargaré de que entren en calor —gruñó.
Se puso el sobretodo y salió dando grandes zancadas para perderse en la tormenta. No se molestó en cerrar la puerta al salir. Parecía inmune a los elementos hostiles. Una nube de hielo y nieve se arremolinó en torno a la iglesia. Ella escuchó ladrar a los canes mientras Sinclair los enganchaba al trineo.
Eleanor se arrebujó en ese abrigo suyo, el de la tela milagrosa, y se acercó a cerrar la puerta. Había contemplado cómo azuzaba con insultos a los perros desde la parte posterior del trineo, que avanzó colina abajo hasta desaparecer de su vista. Entonces, ella apoyó su peso contra la tosca madera y empujó hasta cerrar la puerta que él se había dejado abierta.
El esfuerzo la debilitó tanto que se dejó caer sobre la última bancada. Temía estar a punto de desmayarse, razón por la cual apoyó la cabeza en el respaldo del asiento de delante y se tomó un respiro. La madera estaba fría y no era lisa del todo. Eso le alertó y estudió la superficie. Había unos signos grabados a arañazos en el respaldo. ¿Sería un nombre? Las letras estaban desdibujadas por el tiempo y en todo caso, fuera lo que fuese, no estaba escrito en inglés. Todo cuanto podía distinguir era algunos números cuyo orden parecía sugerir una fecha: 25.12.1937. El día de Navidad de 1937. Un simple vistazo le bastó para recordar y empezó a devanarse los sesos. Ella y Sinclair se habían embarcado a bordo del Coventry para realizar ese viaje aciago en 1856. Y si esa inscripción, los números del banco, era una fecha, la habían grabado ochenta y un años después de que los marineros la hubieran arrojado al océano.
Ocho décadas era tiempo suficiente para que hubieran muerto todas las personas que la conocían y a quienes ella conocía.
Ese lugar estaba abandonado desde hacía muchos años, tal vez incluso décadas, y ella siguió calculando: ¿cuánto tiempo podía haber transcurrido? ¿Cuánto tiempo había dormido en el seño del iceberg, en el fondo del océano? ¿Habían pasado siglos? ¿Qué mundo era ése en el que ahora, para su desgracia, había revivido?
Se despojó de un guante y acarició los trazos de la fecha con las yemas de los dedos, como si pudiera sentir la verdad que rezumaban los mismos. Al principio le incomodaba hasta el mismo sentido del tacto, y aún no se había habituado a sentir el menor contacto físico, pues tras haber pasado tanto tiempo en su prisión helada, le resultaba extraña incluso su propia piel. Por supuesto, siempre estaba la cuestión del decoro. En su fuero interno, ella no daba valor alguno a esa unión furtiva y abortada en la iglesia portuguesa.
Y ahora, en este frío y terrible lugar donde había ido a parar, no quedaba nada capaz de reverdecer las ascuas de ese fuego o nutrir un solo pensamiento de calidez.
Pero Eleanor sabía en el fondo de su corazón que había otro obstáculo en el camino, algo que siempre había estado allí como perenne recordatorio: el omnipresente reproche de lo sucedido, y aunque era precisamente eso lo que la unía a Sinclair, probablemente para toda la eternidad, eso era lo que los separaba. Cada uno veía una necesidad más urgente y un deseo imperativo en la palidez extrema y en la mirada desesperada del otro. Era revelador que sus labios parecieran yermos, sus dedos fueran carámbanos y sus corazones permanecieran guardados, como espadas en sus vainas.
Poco había cambiado desde Crimea en ese aspecto. Todo cuanto ella conocía desde entonces eran privaciones.
Escaseaba todo lo necesario en un hospital: vendas, mantas, medicinas y cojines de uso clínico para apoyar el resto de las extremidades después de una amputación. Eso fue lo primero que descubrieron las enfermeras de Nightingale nada más llegar al hospital de campaña en Scutari, un nombre derivado de su primera denominación: Selimiye Kişlasi, el cuartel de Selimiye, pues había pertenecido al ejército turco. La enfermera Ames jamás había vivido no concebido una miseria como la que se encontró allí y algunas de las compañeras manifestaron su asombro por el modo en que el ejército británico trataba a sus heridos, y eso que ellas procedían de mundos más duros, pues habían trabajado en asilos de beneficencia y en prisiones. Combatientes lisiados en el campo de batalla no recibían ningún tipo de asistencia ni se les proporcionaba medicina de ningún tipo, y allí se quedaban, incapaces de moverse por su cuenta ni de alimentarse. Los soldados enfermos de disentería, los que sufrían una diarrea incontrolable o las víctimas de la misteriosa fiebre hemorrágica de Crimea —que había diezmado las filas de un modo atroz— yacían tirados en pasillos atestados o en duros camastros empapados de sangre, implorando en vano un vaso de agua. Las cloacas de debajo del hospital emitían un hedor insoportable, pero era tal el frío que se le colaba por las ventanas rotas que los hombres habían optado por tapar los agujeros con paja, lo cual intensificaba la pestilencia en las salas. Varias de las enfermeras, las más delicadas, se contagiaron enseguida y se convirtieron desde el principio en una carga en vez de una ayuda.
El primer encargo de las enfermeras entre las cuales se contaban Eleanor y Moira fue el de zurcir sábanas y lavar la ropa de las camas. Se indignaron. No habían acudido a Crimea con tal fin, ellas habían venido para atender a los heridos y asistir a los cirujanos en las operaciones y al staff médico en general, pero había un clima de hostilidad y recelo muy grande por parte de los doctores, y éstos se negaron a admitirlas en muchas salas o no aceptaban su colaboración cuando conseguían el acceso a las mismas.
—Esos tipos del alto mando se piensan que vamos a robarles los gemelos —comentó Moira con disgusto al no poder entrar en una habitación llena de heridos—. Estoy escuchando a esos desgraciados vertidos con harapos suplicar por un poco de agua o una gota de morfina y allí estoy yo, a menos de diez pasos. ¿Y qué hago? Remendar un agujero del calcetín.
La falta de combatividad y de agresividad por parte de la superintendente Nightingale dejó perpleja a la enfermera Ames en un primer momento, pero no tardó en comprobar la sagacidad de ésta. El ejército británico tenía unos usos centenarios y parecían escritos en piedra por lo inamovible de los mismos. La superintendente era consciente del desafío que representaba su presencia y lo limitó al máximo, evitando la confrontación hasta el límite de lo posible, y así, poco a poco, sin alarmar a nadie, fue extendiendo las responsabilidades y las tareas de su equipo. En cuanto los altos mandos vieron la utilidad de tener ropa y vendajes limpios, apreciaron lo ventajoso de tener preparados té caliente, cereales, caldo de pollo o de ternera y jalea que las enfermeras preparaban en una improvisada cocina. Y las enfermeras de batas sin forma y gorras estúpidas no tardaron en ser bendecidas por los soldados, hombres mutilados y agonizantes que muchas veces morían lejos del hogar, tirados sobre mantas raídas.
Pero fue Florence Nightingale en persona quien se ganó el corazón y la admiración de todos. Entraba sin mostrar miedo alguno en las salas atestadas por víctimas de la fiebre, a las cuales no acudían ni los mismos médicos militares. La postura de los galenos era la siguiente: los infelices de las salas de apestados sobrevivirían o sucumbirían a la enfermedad por sus propias fuerzas, razón por la cual no tenía sentido alguno que también ellos se expusieran a un posible contagio. Desde tiempos inmemoriales, los oficiales habían recibido las mejores atenciones y todos los medios disponibles mientras que los soldados rasos de cualquier cuerpo y todos los de infantería sufrían las más horribles agonías sin recibir apenas atención médica, pero Florence Nightingale atendía a los heridos por igual, ya fueran aristócratas o simples reclutas. Se granjeó pocos amigos entre los oficiales al quebrantar un protocolo tan antiguo, y aquéllos la vieron como una traidora a los de su propia clase, pero obtuvo a cambio la devoción imperecedera de las tropas y de la propia Eleanor.
Durante su cuarta noche en Scutari, la superintendente acudió en busca de la joven Ames para pedirle que le acompañara en su ronda mientras ésta rellenaba una jarra de agua de un manantial que chorreaba unos hilillos amarillentos de líquido turbio y apenas potable. La dama lucía un largo vestido gris y llevaba el pelo recogido con un pañuelo blanco. Sostenía una lámpara por el asa curva situada en la chata base de latón.
—Y trae esa jarra de agua, por favor.
La señorita Nightingale le dirigía la palabra en contadas ocasiones, por lo cual ella se apresuró a llenar la jarra hasta el borde, se puso debajo del brazo un rollo largo de vendas y la siguió dócilmente. La joven estaba exhausta después de otro día extenuante, pero no pensaba renunciar a esa oportunidad a pesar de haberse pasado horas y horas de pie. El hospital de campaña era enorme y un recorrido por todas las habitaciones como el que la superintendente realizaba cada noche debía de suponer una distancia superior a los cinco kilómetros. Los camilleros y los doctores más hostiles a su presencia se apartaban dondequiera que llegaran Nightingale y su asistente, y en cambio, las dos mujeres eran recibidas con murmullos de agradecimiento y señales de respeto por parte de los soldados enfermos.
Un muchacho de no más de diecisiete años sollozaba tendido en una yacija, lamentando la pérdida de ambas piernas por debajo de la rodilla. LA señorita Nightingale se detuvo para consolarle y se despidió de él con un beso en la frente. Luego, ofreció un vaso de agua a otro soldado que había perdido un ojo y un brazo durante el combate; el hombre lo sostuvo con la temblorosa mano izquierda, y por un momento, Eleanor debió preguntarse si ese tembleque era debido a la debilidad o al hecho de que una dama de buena cuna atendiera a alguien como él.
Las mayoría de las habitaciones estaban a oscuras, sin otra luz que la de la luna llena filtrándose por las ventanas rotas y los postigos caídos, razón por la cual la enfermera Ames debía vigilar donde ponía el pie a fin de no pisar a un enfermo dormido ni a un muerto. La superintendente era una mujer liviana y de porte erguido, dotada de una capacidad singular para moverse con pie firme entre aquel dédalo de catres y pacientes. El tenue resplandor de su lámpara caía como una bendición sobre aquellos rostros sucios, ensangrentados y amoratados. En más de una ocasión, la joven vio cómo un soldado se apoyaba sobre un muñón a fin de inclinarse y besar el aire después de que hubiera pasado Nightingale. ‹‹Dios mío, están besando su sombra››, se maravilló.
La señorita Florence se detuvo varias veces para servir un trago de agua fresca a un enfermo sediento o sustituir un vendaje indecente por uno nuevo, pero en la mayoría de las ocasiones apenas podía ofrecer más que una sonrisa o una palabra de consuelo al pasar, dada la vastedad del hospital y las necesidades, que eran un pozo sin fondo. A Eleanor le quedó claro que esa ronda nocturna era una especie de pacto sellado entre la señorita Nightindale y los soldados, y la muchacha se sintió una privilegiada por poder presenciar el rito, aunque al mismo tiempo siempre tenía el corazón en un puño a causa del miedo.
Buscaba con la mirada al teniente Sinclair Copley en todas las habitaciones donde entraba y en cada cama junto a la que pasaban. Se moría de ganas de verle y al mismo tiempo temía en qué estado le encontraría si alguna vez le llevaban hasta el hospital. Revisaba las listas de ingreso todas las mañanas, a pesar de saber que estaban incompletas y confeccionadas de cualquier manera, y eso en el mejor de los casos, y además, el teniente podía haber ingresado inconsciente, mudo a causa de un golpe o delirando de fiebre. Eleanor había hecho todas las pesquisas posibles hasta enterarse de que lord Lucan y el conde de Cardigan habían destinado al regimiento de lanceros al sitio de Sebastopol, pero ahí acababa su información, pues las noticias del frente llegaban a cuentagotas y eran tan poco fiables como las listas de ingresos del hospital.
Estaban a punto de completar la ronda y cruzaban la última de las habitaciones cuando Eleanor creyó oír su nombre. La muchacha se detuvo y Nightingale alzó la lámpara con diligencia para que la luz iluminase más espacio. Alzaron la cabeza una docena de soldados que descansaban sobre el armazón de una cama. Todos las miraron, pero ninguno de ellos despegó los labios.
Eleanor escuchó de nuevo esa llamada y entrevió en el rincón más lejano de la sala una figura cubierta por una sábana gastada por el uso. El hombre estaba debajo de una ventana sin cristales y tenía el rostro vuelto hacia ellas.
—¿Es usted, señorita Ames?
La interpelada no reconoció a la persona que le hablaba, pues una capa de mugre le cubría el rostro, pero identificó la voz enseguida.
—¿Teniente Le Maitre? —contestó al tiempo que se acercaba.
La figura soltó una risilla entre dientes hasta que se echó a toser.
—Con Frenchie basta.
—¿Es un conocido suyo? —inquirió la señorita Nightingale, que había seguido a Eleanor hasta la cama del herido.
—Sí, señorita. Es miembro del 17º regimiento de lanceros.
—En tal caso, voy a dejar que le visite usted —contestó ella con voz dulce—. De todos modos, prácticamente ya hemos terminado por esta noche. —La superintendente tomó del alféizar un cabo de vela, lo encendió con la lámpara y se la entregó a Eleanor—. Buenas noches, teniente.
—Buenas noches, señorita Nightingale. Y que Dios la bendiga.
Florence agachó la cabeza con humildad y se dio media vuelta para luego echar a andar con sus largas faldas haciendo frufrú mientras culebreaba entre heridos, camas y catres.
Eleanor colocó el candil al borde de la ventana y se arrodilló junto al camastro. Frenchie siempre había ido muy acicalado y bien vestido, pero ahora vestía una camisa blanca hecha jirones con pinta de ser un nido de piojos. El pelo largo y sucio le caía a mechones sobre una frente brillante a causa de la fiebre. Tampoco iba afeitado y su piel húmeda emanaba una palidez verdosa incluso a la luz tenue de la vela.
Eleanor había visto a cientos de hombres de tal guisa y aquello tenía muy mala pinta. Se apresuró a tomar una venda limpia y humedecerla en el agua restante para usarla como paño para enjugarle el sudor de la frente. Le hubiera gustado mucho haber traído una camisa limpia para poder quitarle aquella tela infestada de piojos. La sábana le colgaba de forma hueca por debajo de la cintura.
—¿Padeces de fiebres o te han herido?
El enfermo reclinó la cabeza sobre el catre y retiró la sábana para dejarle ver sus piernas. La derecha estaba ensangrentada y llena de cicatrices, pero la izquierda tenía peor aspecto: a la altura de la espinilla asomaba un hueso amarillento por debajo de la piel, surcada de estrías cárdenas.
—¿Te alcanzaron? —inquirió ella con horror, y se avergonzó de pensar inmediatamente en Sinclair. Había luchado junto a Frenchie en la misma batalla.
—Me dispararon y mi caballo se precipitó barranco abajo —le explicó—. Rodamos por la pendiente y él acabó encima de mis piernas.
La muchacha humedeció la tela otra vez y después formuló la pregunta que realmente le interesaba, la única que deseaba hacer.
—Sinclair no estaba allí. Le vi por última vez mientras cabalgaba con Rutherford y el resto del regimiento en dirección a un lugar llamado Balaclava. —Frenchie volvió a cubrirse las piernas con la sábana; después, se pasó la lengua por los labios—. Tengo la cantimplora debajo de la cama.
Ella asintió y se puso a tantear. Un bicho de muchas patitas le correteó por encima de la mano mientras rebuscaba por los alrededores, pero al final la encontró y le desenroscó el tapón para que pudiera beber lo que a juzgar por el olor era ginebra. Ella sostuvo la boquilla junto a los labios y él bebió un largo trago, y luego otro. Después cerró los ojos.
—Debería haber imaginado que tú serías una de las enfermeras —murmuró.
—¿Qué quieres que haga por ti? Me temo que ahora no llevo casi nada encima.
—Ya lo has hecho… —contestó.
—Mañana regresaré durante mi guardia y te traeré una camisa y una sábana limpias y una buena navaja.
Él alzó la mano unos centímetros para hacerla callar.
—Lo que de veras me gustaría es poder escribir a mi familia.
Era una petición de lo más frecuente.
—Traeré papel y pluma —le aseguró Eleanor.
—Que sea lo más pronto posible —repuso él, y la muchacha supo la razón de tanta prisa.
—Ahora descansa, Frenchie —dijo ella, y se levantó tras estrecharle el hombro con una mano—. Mañana por la mañana nos vemos.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 17, 2010 2:56 pm

Hola, nenas. Ya he vuelto de las vacaciones.
Hoy no sé si podré conectarme porque tengo que hacer muchas cosas. Lo intentaré esta noche para cotorrear un poco con vosotras.
Por cierto, Gemma, ya terminé mi parte y ahora voy a seguir escaneando 13 balas. Ya te avisaré cuando lo termine. Llevo escaneados 12 capítulos y son 60, así que será un poco lento.
Ahora voy a recopilar los capítulos tuyos que has subido.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 17, 2010 3:05 pm

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espero que hayas vuelto con las pilas cargadas XD

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 17, 2010 6:39 pm

okas gemma
solo avisennn
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 19, 2010 4:55 pm

CAPÍTULO TREINTA Y TRES
Transcrito por Tibari



16 de diciembre, 10:00 horas
MICHAEL Y LAWSON IBAN como bólidos sobre el hielo, pero todavía no habían visto señal alguna de Danzing ni de los perros perdidos. Avanzaban a toda máquina y Wilde era consciente de que debían ir más despacio, ya que en cualquier momento podían tropezarse con alguna grieta de reciente formación, pero la velocidad era su medicina predilecta. Él se lanzaba a la acción, a la acción física, cuando una dificultad amenazaba con superarle. Era capaz de rehuir los pensamientos que le atormentaban mientras estuviera en acción y mantuviera la mente ocupada en tomar en décimas de segundo una decisión sobre una escalada o bajar en kayak unos rápidos o nadar con esnórquel por un cañón coral. Era lo bastante listo para saber que no podía dejar atrás los problemas, y eso que aun así lo había intentado muchas veces, pero un indulto temporal solía bastar para darle un respiro.
Ahora mismo, por ejemplo, intentó anclarse al presente y concentrarse en el morro de la motonieve mientras avanzaba por el yermo paisaje hasta que vio el lánguido vuelo de un gran albatros blanco cuando se aproximó a la costa. De hecho, el ave le acompañó durante un tiempo con un subibaja de círculos perezosos gracias a los cuales pudo mantener el ritmo velocísimo de las máquinas.
Lawson se había abierto en abanico y estaba realizando una aproximación directa a la factoría ballenera mientras que Michael se ceñía más el contorno de la costa y avanzaba cerca de la playa, jalonada de huesos blanqueados y edificios destartalados pertenecientes al antiguo enclave noruego.
Los dos pilotos convergieron para reunirse en la explanada donde había estado el patio de faenado. El silencio fue abrumador cuando apagaron los motores. Necesitaron unos segundos para acostumbrarse a él; luego, Michael fue capaz de escuchar el viento levantando nubes de nieve y el lejano grito del albatros. Miró al cielo, donde vio al ave sobrevolar el sitio con sus enormes alas desplegadas. No daba muestras de posarse.
Lawson deslizó las gafas hacia arriba y le observó.
—Si los chuchos están ahí, nos habrán oído llegar…
—Cierto —convino el reportero—, pero también nosotros deberíamos haberlos oído a ellos. De todos modos, nos queda algo de tiempo antes de la próxima tormenta... ¿Por qué no echas un vistazo por aquí mientras yo subo hasta la colina?
El animoso joven asintió y se llevó un par de bastones para conservar el equilibrio.
—Me reuniré contigo en una hora —anunció.
Michael le vio alejarse con paso renqueante y miró el reloj antes de subirse otra vez a la motonieve y acelerar el motor sin meter ninguna marcha mientras estudiaba el camino; luego, pasó como una exhalación por el sombrío callejón que discurría entre las salas de calderas hasta llegar a la cumbre de la colina, coronada por un campanario inclinado.
Echó pie a tierra cuando llegó a mitad de la ladera y dejó allí la motonieve para no tener que andar sorteando las tumbas y las lápidas del camposanto contiguo a la iglesia. Ascendió a pie el resto del trayecto y se plantó delante de las escaleras de piedra; luego, las subió también.
Abrió a empujones la pesada puerta de madera y entró en la humilde nave de bancos gastados y suelo de piedra. Al fondo había una mesa de caballete haciendo las veces de altar y en la pared de detrás, una cruz de tosca talla. Había salido de las estación científica con tantas prisas que se había dejado allí buena parte de su equipo, pero sin embargo, aún podía sacar unas cuantas fotografías con al siempre fiable Canon. Además, el permiso de estancia en la base expiraba dentro de un par de semanas, por lo cual planeó regresar una vez más y hacer las cosas bien, especialmente debido a que la iglesia había sido construida hacía más de un siglo y el lugar conservaba todavía un extraño aire expectante Aún no sabía cómo, pero deseaba captar esa sensación de que los extenuados balleneros iban a entrar en cualquier momento para ocupar los asientos y un sacerdote estaba a punto de recitar las Sagradas Esrcituras a la luz de una lámpara de aceite.
Michael descubrió un devocinario de cubiertas gastadas debajo de un banco y cuando intentó cogerlo, descubrió que se había quedado allí congelado. Sacó una fotografía y luego se preguntó si no le estarían entrando veleidades artísticas.
Metió la cámara debajo de la parka, se puso otra vez los guantes y anduvo en dirección al altar, pero en ese momento le pareció oír unos arañazos y se detuvo. ¿Aún podían quedar ratas allí? Volvió a escucharse el ruido. Un viejo tomo encuadernado en cuero descansada sobre la mesa de caballete, pero el tiempo había borrado el título. El sonido se hizo más claro cuando dio otro paso. Procedía de detrás del altar, donde vio una puerta con una tranca negra echada. Quizá fuera allí donde una vez vivió el sacerdote o tal vez hubiera un espacio reservado para guardar los objetos de valor relacionados con el culto: cálices, candelabros, biblias, etc.
Dio una vuelta para rodear la mesa del altar y se quedó de piedra al oír un sonido. Se acercó más, y volvió a escucharlo. Era una voz de mujer.
—¡Abre la puerta, por favor! ¿Por qué regresaste para encerrarme mientras dormía? No puedo soportarlo. ¡Abre la puerta, Sinclair!
¿Sinclair? Michael se desprendió de un guante para manipular con más facilidad la manivela del pasador. Escuchó al otro lado de la puerta jadeos de la mujer, que parecía a punto de echarse a llorar.
—No soporto estar sola, no me dejes aquí.
Descorrió el herrumbroso cerrojo y tiró con fuerza para abrir la chirriante puerta.
Se quedó anonadado al ver a una mujer, una mujer joven para ser más exactos, abrigada con una parka naranja que le venía muy grande. La muchacha puso cara de espanto y retrocedió a trompicones. La melena castaña le caía en cascada sobre el rostro, donde brillaban unos grandes ojos verdes, cuya mirada penetrante podía advertirse incluso en esa estancia mal iluminada. Ella retrocedió hasta interponer entre ellos una estufa de hierro que emitía un fulgor apagado y una mesa de madera sobre la cual descansaba una botella de vino. En una esquina se apilaban devocionarios y trozos de madera.
Los dos se miraron el uno al otro, incapaces de articular palabra. Michael no cesaba de darle vueltas a la cabeza. Conocía a esa mujer. ¡Claro que la conocía! Había visto por vez primera esos ojos verdes en el fondo del mar, y también allí, debajo de esa lápida de hielo, había observado ese cierre de marfil que ahora pendía de su cuello. Era la Bella Durmiente.
Pero no estaba dormida ni muerta.
Estaba viva y los jadeos interrumpían su respiración entrecortada.
Él se quedó en estado de shock. La mujer se hallaba allí, enfrente de él, a escasos metros de distancia, pero no podía dar crédito a sus ojos: percibía en movimiento a la misma mujer que había estado atrapada en un iceberg. Se le fue la cabeza en mil direcciones para buscar una explicación plausible y razonable, pero al cabo de unos momentos siguió con las manos vacías. ¿Qué explicación podía haber para semejante misterio? ¿Suspensión animada? ¿Y si había sufrido una alucinación de la que había despertado en algún momento? No se le ocurría nada que justificase la presencia tan próxima de la aterrada y debilitada joven.
Alzó la mano sin guante en un ademán tranquilizador, pero él mismo percibió el temblor de sus dedos.
—No voy a hacerte daño.
Ella no pareció muy convencida, y siguió con la espalda pegada a la pared, junto a la ventana.
Michael se puso otra vez el guante para proteger la mano, ya entumecida por el frío, pero lo hizo con movimientos suaves y sin quitarle la vista de encima de la joven. ¿Qué más podía decirle?
—Me llamo Michael… Michael Wilde.
Fue algo extraño, pero el sonido de su propia voz le inspiró confianza.
Sin embargo todo dio a entender que a ella no le ocurría lo mismo, pues no le contestó y recorrió la habitación con los ojos en busca de una posible escapatoria.
—Vengo de Point Adélie. —Aquello no debía de significar nada para ella, de modo que agregó—: La base científica. —‹‹¿Tendría algún sentido esa aclaración?››, se preguntó—. El lugar donde estabas antes de venir… aquí.
Él sabía que ella hablaba inglés, y con acento británico nada menos, pero no estaba seguro de la impresión que causaban sus explicaciones ni si las comprendía siquiera.
—¿Puedes…? ¿Puedes decirme tu nombre?
Ella se humedeció los labios y se echó hacia atrás un mechón de pelo con un gesto nervioso.
—Eleanor —dijo con voz suave y desasosegada—. Eelanor Ames.
Eleanor Ames. Pronunció el nombre varias veces, como si así pudiera anclarlo a la realidad.
—¿Y eres de… Inglaterra?
—Sí.
—Yo soy norteamericano —dijo, llevándose una mano al pecho.
Aquello se estaba convirtiendo en un esperpento tan absurdo que le entraron ganas de reír. Se sentía como si estuviera leyendo una de esas malas historias de ciencia ficción. Lo siguiente era que él sacara una pistolita de rayos o que ella le exigiera ser llevada ante el líder de Michael. Durante unos instantes se preguntó si no estaba a punto de chiflarse del todo.
—Bueno, encantado de conocerla, Eleanor Ames —dijo él, a punto de echarse a reír de nuevo ante lo absurdo de semejante situación.
Y habría sido de lo más embarazosa si ella no la hubiera suavizado en una muestra de tacto al hacer una pequeña reverencia.
El periodista recorrió la habitación con la mirada. El armazón de la cama sólo estaba cubierto con una vieja manta sucia debajo de la cual había un par de botellas, las halladas en el fondo del mar dentro del cofre.
—¿Dónde está su amigo? —La muchacha no respondió de inmediato y él la miró a los ojos, donde adivinó que estaba sopesando qué respuesta iba a darle—. Le llamó Sinclair, ¿no es así?
—Se ha ido… me ha abandonado.
Michael no le creyó ni por asomo. Ella le estaba encubriendo, fuera cual fuese la razón. Quienquiera que fuera, y con independencia de lo que resultara ser, la expresión y la voz de la muchacha delataban unas emociones manifiestamente humanas. No había nada misterioso en ellas. Y en lo tocante al paradero desconocido de su compañero, Sinclair, ése era el menor de los interrogantes que flotaban en el aire. ¿Cómo había acabado presa en un glaciar? ¿Y cuándo había sucedido eso? ¿Cómo se habían escapado del bloque de hielo en el laboratorio? ¿Y cómo es que la había encontrado allí, en Stromviken?
Tal vez hubiera una forma amable y suave de interrogarla acerca de todo eso, pero él estaba bien seguro de no conocerla. Entonces vio una bolsa con comida para perros apoyada sobre la pared y decidió empezar con una pregunta sencilla y fácil.
—Entonces, ¿es el tal Sinclair quien se ha llevado los perros?
Se produjo otro nuevo silencio mientras ella sopesaba la respuesta y llegaba a la conclusión de que no ganaba nada con nuevas mentiras. Abatió los hombros y dijo:
—Sí.
Hubo un nuevo impasse bastante incómodo. Él vio el círculo carmesí de los ojos y los labios agrietados que ella se humedecía, y los ojos se le fueron a la botella situada encima de la mesa, sabedor de cuál era su cometido.
Pero ¿sabía ella que él lo sabía?
Cuando volvió a mirarla, supo la respuesta a su pregunta: sí. Ella bajó los ojos como si se avergonzara y le subió un rubor hético a las mejillas.
—No puedes quedarte en este lugar. Se avecina una tormenta —le anunció—. Pronto la tendremos aquí.
Wilde percibió en ella confusión y perplejidad. ¿Cuál era la naturaleza de su relación con Sinclair? Después de todo, aquel tipo la había dejado encerrada entre cuatro paredes y se había ido a sólo Dios sabía dónde. ¿Era su amante? ¿Su marido? ¿Acaso era él la única persona que ella conocía en el mundo de los vivos, o tal vez nadie salvo Sinclair podía conocerla a ella? Michael no tenía muy claro a qué carta atenerse, sólo sabía que no podía dejarla abandonada en esa iglesia congelada. Debía hallar una forma de hacerla salir de forma inmediata.
—Siempre podemos regresar a por Sinclair más tarde —sugirió Michael—. No le abandonaremos, pero ¿por qué no vienes con nosotros?
Ella abrió aún más los ojos y echó una ojeada a la puerta abierta en dirección a la iglesia vacía. Él interpretó el mensaje inequívoco de esa mirada: ‹‹¿Quién más iba a venir a importunarla?››
—He venido con un amigo —le explicó—. Podemos llevarte a la base.
—No puedo ir.
Michael se hacía una idea de lo que le rondaba por la cabeza a la muchacha, o al menos en parte.
—Pero allí podremos atenderte.
—No, no voy a ir —se negó la joven, aunque le falló la voz y le cambió hasta la expresión de la cara.
Parecía como si la última protesta le hubiera privado de las pocas fuerzas que le quedaban. Se alejó de la ventana y se sentó al borde de la cama, apoyándose con ambas manos, como si las necesitase para sujetarse. Una racha de viento más fuerte hizo temblar las contraventanas y avivó el fuego de la caldera, que brilló con más intensidad.
—Te doy mi palabra de que nadie va a hacerte daño —le aseguró Michael.
—Tu intención no es ésa —admitió—, pero al final me lo harás.
Él no estuvo muy seguro de entender lo que ella pretendía decir, pero a lo lejos ya oía el zumbido del motor de la motonieve de Lawson mientras subía la ladera de la montaña. Eleanor alzó la cabeza, alarmada. ‹‹¿Qué se imaginará que es ese ruido? ¿Influirá en su decisión?››, se preguntó el periodista.
¿De qué mundo y de qué época procedía esa mujer?
—Debemos irnos —la instó Wilde.
Eleanor se sentó al borde de la cama con el propósito manifiesto de poner en orden las ideas y se quedó inmóvil como una estatua, tan quieta como había estado en el hielo.
Tan inmóvil como Kristin en la cama del hospital.
La motonieve se acercó más y el ronroneo del motor entró en la iglesia vacía. Luego, el vehículo se detuvo a la entrada.
Eleanor Ames taladró al desconocido con la mirada, como si intentara resolver un problema muy complejo, exactamente como le ocurría a él. Michael sólo podía suponer el tipo de preguntas que se estaba haciendo, todos los factores que ella podía ponderar: las vidas, y no sólo la suya, que ella intentaba salvar o proteger.
—Hola, ¿hay alguien ahí? —llamó Lawson, cuyas botas resonaron sobre el suelo de piedra.
La mujer jugueteó con la raída manta. Michael la miró y optó por no decir nada, temeroso de pronunciar las palabras equivocadas.
—Eh, Michael, estás por aquí, lo sé —gritó Lawson mientras se acercaba dando zancadas hacia el altar—. Debemos ponernos en marcha enseguida.
La expresión de Eleanor se llenó de angustia y de fatiga. Wilde únicamente había visto algo similar en el rostro de un hombre en las Cascadas tras haberse pasado toda la noche luchando contra el fuego que amenazaba su casa sin la ayuda de nadie. Y sin conseguirlo.
Ella tosió, pero estaba demasiado fatigada como para taparse la boca con la mano.
—¿Puede decirme algo? —inquirió la mujer con la voz llena de derrota y resignación.
—Por supuesto, pregunte lo que quiera.
Lawson se hallaba lo bastante cerca como para que Wilde pudiera oír la succión de las botas justo en el umbral.
—¿En qué año estamos?
Fin del capítulo

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