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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Vampi
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 19, 2010 5:32 pm

wiii gracias!! ahora que tengo un huequito me lo leo, que la cosa está buena [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 19, 2010 5:49 pm

Yo seguiré con el escaner...

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 21, 2010 8:57 pm

Capítulo 34
Transcrito por Gemma

16 de diciembre, 11:30 horas

APENAS HABÍA UNA LIGERA brisa cuando Copley abandonó la iglesia, pero enseguida se desató un fuerte viento. Condujo el deslizador entre los maltrechos edificios de la antigua factoría ballenera hasta llegar a la altura de la herrería, donde, amontonados contra la pared, descansaban docenas de arpones tan largos como la lanza que él había usado en combate; entonces, se dirigió hacia el noroeste, donde se veía un montículo de hielo que le impedía divisar todo cuanto se extendía más allá. No sabía con qué se encontraría detrás, pero ¿acaso les quedaba otra alternativa? Sólo parecía haber una: entregarse ambos a los hombres de los que habían logrado escapar por los pelos. Sinclair no confiaba en nadie y jamás volvería a hacerlo.
De hecho, y era triste decirlo, ni siquiera se fiaba de su amada y la había encerrado en la rectoría antes de marcharse definitivamente. Había regresado poco después de salir y la había encontrado tumbada en el catre, desmayada. Así que se fue sin hacer ruido, atrancando la puerta. Ella podía cometer cualquier tontería en su actual estado de debilidad. Sinclair temía que al despertarse sucumbiera a cualquier impulso e intentara suicidarse, aun cuando no estaba seguro de cómo iba a arreglárselas para conseguirlo, pues hasta donde él sabía, su maldición, por la cual pagaban un precio tan terrible, los protegía de enfermedades capaces de matar a cualquiera: cólera, disentería, la misteriosa fiebre de Crimea… e incluso de un centenar de años en el fondo del océano. No obstante, albergaba la sospecha de que el diabólico mecanismo que alimentaba la vida eterna de él y Eleanor no podría sobrevivir a la destrucción física de sus cuerpos.
Bajó los ojos y buscó con la mirada la parte posterior de la bota que el perro guía había destrozado con sus colmillos. La herida de la pantorrilla había dejado de sangrar e incluso se había curado, pero de modo imposible de definir sabía que aquello no era carne viva. Era un parche, un remiendo, un apaño, algo que permitía seguir caminando, hablando y respirando a un esqueleto. Al parecer, le estaba permitido romperse, pero no consumirse.
Justo lo contrario a la divisa de la brigada, caviló con amargura. No había muerte ni gloria, sólo una especie de parada obligada que le recordaba los días de ocio forzado que la brigada de caballería ligera se había visto obligada a soportar en Crimea.
Durante semanas, se habían limitado a observar desde sus monturas los movimientos de la infantería; habían permanecido en posición, siempre a la espera de un momento decisivo que no parecía llegar jamás. Bajo la dirección de los lores Lucan y Cardigan, dos hombres que se despreciaban mutuamente a pesar de ser cuñados, el 17º regimiento de lanceros había ido dando tumbos de un destino a otro, siempre a buen recaudo no fuera a pasarles algo. Sinclair y muchos compañeros habían empezado a sentirse objeto de burla por parte del resto de la tropa. Los lanceros eran esos creídos ataviados con penachos y pellizas, galones dorados y unos impecables pantalones de montar de color cereza, ésos que andaban comiendo huevos duros y galletitas mientras sus compatriotas hacían el trabajo sucio de asaltar todos los reductos.
El sargento Hatch, recién recobrado de su brote de malaria, rompió su pipa de pura contrariedad y arrojó los trozos al suelo cuando en un momento crítico de la batalla el alto mando dejó que escapara la caballería rusa en un completo caos sin intentar aniquilarla ni perseguirla siquiera.
—¿A qué esperan? ¿A que nos manden una invitación formal escrita con letras de oro? —refunfuñó el suboficial mientras refrenaba a su fogoso corcel. Lanzó una mirada envenenada a los cerros próximos, donde estaba lord Raglan, primer comandante en jefe del ejército británico. Gracias a su catalejo el sargento podía ver al envejecido manco rodeado de sus ayudantes—. Otra ocasión como ésta no se nos va a presentar.
Parecía impaciente hasta el capitán Rutherford, cuya flema era tan célebre como sus patillas de boca de hacha. Tras darle un buen tiento a su petaca, donde mezclaba ron y agua, se ladeó sobre la silla de montar y le confió a Sinclair:
—Hoy va a ser otro de esos días eternos.
Sinclair tomó el frasco y dio un largo trago. La guerra había sido un enorme e incesante aburrimiento desde que desembarcó el regimiento. El movido viaje por un mar encrespado se había saldado con la muerte de un buen número de caballos; después habían venido las interminables jornadas de marcha por los estrechos desfiladeros y las llanuras desiertas, por donde habían ido dejando un reguero de cadáveres sin enterrar para que se convirtieran en comida para los buitres, las alimañas y unas extrañas criaturas escurridizas a las cuales sólo era posible ver de noche. Iban y venían en sus merodeos hasta donde los soldados apostaban los puestos de guardia. Sinclair le había preguntado a uno de los exploradores turcos sobre la naturaleza de las mismas. El hombre escupió sobre el hombro izquierdo para combatir el mal agüero y luego le contestó en un murmullo:
—Kara−kondjiolos.
—¿Y eso qué significa?
—Chupasangres —replicó el guía con desagrado—. Muerden a los muertos.
—¿Cómo los chacales?
—Peor —repuso el hombre, e hizo un alto para pensar el término adecuado—, como los… malditos.
El teniente Copley había notado que cada vez que era localizada una de esas siluetas, los reclutas católicos se santiguaban de forma ostensible y todos los demás, con independencia de cuál fuera su religión, se acercaban más a las hogueras del campamento. Las criaturas nunca pasaban de ser unas figuras encorvadas que siempre permanecían al amparo de las sombras o se desplazaban casi a rastras.
Supo eso mientras viajaba por unas tierras muy distintas a las campiñas de su Inglaterra natal, y aunque no había visto un paisaje tan conmovedor desde hacía mucho tiempo, nada le hacía olvidar los pendones, las banderitas, los orfeones y los pañuelos al viento que despedían al ejército, ni siquiera la villa de Balaclava que antaño había sido un idílico puerto deportivo y ahora resultaba irreconocible. Antes de la llegada de las tropas británicas el pueblo había sido el lugar predilecto de esparcimiento de los habitantes de Sebastopol. Sus casas solariegas habían sido famosas por los tejados de tejas verdes y los cuidados jardines. Al decir de todos, cada casita y cada poste estaban engalanados con rosas, clemátides, madreselvas y vides de moscatel cuyos granos eran de un color verde claro y bastaba alargar la mano para tomarlos. Las orquídeas alfombraban las laderas de las colinas y las aguas prístinas de la bahía centelleaban como el cristal.
Eso cambió en cuanto atracó en su puerto el Agamemnon, el barco de guerra más poderoso de la armada británica, y el ejército convirtió el pueblo en su teatro de operaciones. Sólo en ese muelle desembarcaron veinticinco mil militares. Una plaga uniformada atestó las casas, marchó sobre los jardines hasta reducirlos a una masa fangosa y pisoteó las vides. La llegada de tantos soldados mareados o enfermos de cólera convirtió el pequeño y coqueto puerto sin salida al mar en una gigantesca y maloliente letrina de basura y heces.
Lord Cardigan no tenía un pelo de tonto: permaneció a varias millas de distancia, disfrutando de las comodidades de su barco privado, el Dryad, a bordo del cual saboreaba las comidas preparadas por su cocinero francés. Una riada de ordenanzas y ayudantes de campo iba y venía hasta agotar a sus caballos para llevar sus despachos. Las tropas no tardaron en apodarle «el Regatita», y usaban ese mote cuando ningún oficial podía escucharles.
—¿Se sabe algo de Frenchie? Preguntó Rutherford.
Sinclair meneó la cabeza. En el frente no se recibía el correo ni tenían noticias del hospital de campaña desde hacía semanas. Él había visto cómo había quedado la pierna de su amigo tras la tremenda caída y sabía que jamás volvería a ser el mismo de siempre, y eso si vivía para contarlo.
De hecho, ¿sobreviviría alguno de ellos?
Hacía un día precioso, claro y despejado. Áyax piafaba, deseoso de entrar en acción. Sinclair le acarició ese largo cuello castaño suyo y le tironeó con suavidad la larga crin.
—Pronto, muchacho, pronto… —le aseguró, mientras para sus adentros se resignaba a permanecer más y más horas escuchando los ecos de alguna escaramuza lejana o el retumbo distante de los cañones rusos.
Su papel en esa campaña se parecía mucho a la situación de quien se había quedado sin entrada para el teatro y permanecía en el exterior, escuchando el tumulto y las voces del interior, pero incapaz de franquear la puerta. Se preguntaba qué estaría haciendo Eleanor en esos momentos y si se encontraría bien, y si había llegado a Londres alguna de sus cartas.
El capitán Rutherford hizo un gesto con el mentón para guiar la atención de Sinclair hacia la derecha. Un ayudante de campo acababa de abandonar la posición del comandante y bajaba al galope por una ladera casi cortada a pico y donde apenas se veía rastro de un camino. El caballo estuvo a punto de perder pie en muchas ocasiones, pero el jinete siempre fue capaz de recobrar el control en el último segundo y continuar con aquel descenso suicida.
—Sólo conozco a un jinete capaz de montar así —observó el sargento Hatch.
—¿Quién podrá ser? —se preguntó Rutherford.
—El capitán Nolan, por supuesto —intervino Sinclair.
El mismo oficial cuyas técnicas de equitación hacían furor en toda Europa.
El jinete prosiguió, dejando a sus espaldas una nube de piedrecillas, polvo y gravilla, hasta llegar a terreno llano, donde espoleó a su montura para ir todavía más deprisa.
Lord Lucan salió al trote para encontrarse con el ayudante de campo de lord Raglan y refrenó a su montura a no más de diez metros de Sinclair, en un punto donde lindaban las cerradas formaciones de la caballería ligera y pesada que estaban bajo su mando. El penacho blanco del casco siguió balanceándose.
Nolan subió el último repecho al galope. Su caballo chorreaba sudor por los ijares. El capitán sacó un despacho del portapliegos de su arzón y lo depositó con brusquedad en la mano de lord Lucan. Sinclair era muy consciente de la baja consideración que el capitán Nolan gozaba a los ojos de lord Lucan y la mayor parte de sus oficiales, pero aun así le sorprendió al ademán perentorio con que entregó el mensaje. Lucan era famoso por sus malas pulgas, y cualquier desliz en su presencia podía acabar con un arresto por insubordinación.
Lucan enrojeció de ira, desplegó el mensaje, lo leyó y alzó los ojos, fulminado con la mirada a Nolan, cuya montura seguía removiéndose, inquieta, y le dirigió algunas palabras desafiantes. Sinclair se perdió bastantes frases, pero oyó algo así como:
—¿Atacar…? ¿Atacar qué cañones, señor? ¿Qué cañones?
Copley y Rutherford intercambiaron una mirada. ¿Otra vez iba a impedir lord Lucan, más conocido como «Don Mirón», que sus tropas participaran en la batalla?
El capitán Nolan repitió algo con urgencia mientras señalaba al documento con tanta energía que se le mecían los rizos negros desparramados sobre el rostro. Después, alargó un brazo en dirección a las baterías rusas emplazadas en un valle al norte de Balaclava, en el extremo opuesto a su actual posición.
—¡He ahí vuestro enemigo, señor! ¡He ahí vuestros cañones! —clamó el ayudante de campo con tal fuerza que hasta Sinclair lo escuchó con toda claridad.
El teniente Copley esperaba presenciar un estallido de rabia por parte de lord Lucan ante esa nueva impertinencia y que diera la orden de arrestar al ayudante de campo allí mismo, pero en lugar de eso, se limitó a encogerse de hombros, dar media vuelta y marcharse al trote para consultar con su archienemigo, lord Cardigan. Dijera lo que dijera ese comunicado, parecía lo bastante importante como para que optara por no ignorarlo ni adoptara una decisión por su cuenta y riesgo.
Tras unos minutos de intensa deliberación, lord Cardigan saludó no una, sino dos veces, y se aproximó a galope tendido hasta llegar a la posición ocupada por los lanceros. Ordenó a la brigada formar en dos líneas. La primera estaba compuesta por el 17º regimiento de lanceros, el 13º de dragones ligeros y el 11º de húsares. En la segunda marchaban casi todos los miembros del 8º regimiento de húsares y el 4º de dragones ligeros. Entretanto, la caballería pesada permanecía en la retaguardia y no se dio orden de adoptar formación de combate a la artillería montada, que en circunstancias normales debería haberlos seguido. Sinclair dedujo una posible explicación: una parte del valle estaba arado, y en consecuencia era muy difícil cruzarlo.
Si le hubieran pedido que calculara la distancia, Sinclair habría dicho que los cañones estaban a kilómetro y medio escaso. La caballería debía cruzar una llanura muy plana que no ofrecía ningún tipo de cobertura, y las fuerzas rusas controlaban los dos flancos y el frente.
Sinclair distinguió una docena de cañones y varios batallones de infantería al norte, en la cima de la colina de Fedyukhin, y al sur era peor: en la colina de la Calzada había unos treinta cañones y una batería de campaña conquistada por el enemigo al apoderarse de un baluarte el día anterior. Sin embargo, el mayor peligro de todos se hallaba al fondo del valle. Si la caballería ligera debía atacar ese punto, no sólo iban a tener que recorrer todo el camino bajo una lluvia de obuses, sino que además deberían cabalgar directamente hacia la boca de una docena de cañones, respaldados por varias filas nutridas de la caballería enemiga.
Sinclair tuvo por primera vez en su vida la premonición de que iba a morir. Esa convicción no le sobrevino con un estremecimiento ni estuvo acompañada por un deseo loco de salir huyendo, fue una certeza fría y desnuda. Se había considerado prácticamente invulnerable hasta ese momento, no había dudado de ello jamás, por mucho que otros hubieran perecido en el camino por efecto del cólera o las fiebres, o abatidos por los francotiradores de las colinas. Se había sentido inmune, pero esa ilusión se terminó cuando vio el calibre de los cañones fijados en el valle norte de Balaclava.
Sinclair se hallaba en primera línea, flanqueado por Rutherford a la izquierda y el joven Owens a la derecha. El sargento Hatch cabalgaba en la segunda fila.
—Cinco libras a que llego el primero a la batería enemiga —le apostó Sinclair a Rutherford.
—Vale, hecho —aceptó el capitán—, pero, Sinclair, ¿tú tienes cinco libras?
Copley rompió a reír. El asustado Owens se las arregló para esbozar una débil sonrisa al oírles cerrar el trato; ahora, mantenía el mentón siempre bajo y el rostro se le había descarnado. Estaba blanco como la cal y le temblaba ostensiblemente la mano de la lanza.
Sinclair y todos los jinetes de alrededor enmudecieron cuando sonó una corneta. Lord Cardigan se adelantó unos metros hasta situarse completamente solo delante de toda la compañía, desenfundó su sable y lo alzó.
—La brigada va a avanzar. Caminen… Marchen… Al trote…
El sonido de la corneta se apagó y sólo se escuchó el avance de la caballería, lanza en alto. Un silencio extraño se había apoderado de todo el valle, y Sinclair lo percibió. No oía las descargas de los rifles en las alturas ni cañonazos ni el susurro de la brisa sobre la hierba corta. Todo cuanto podía escucharse eran los crujidos de las sillas de cuero y el tintineo de las espuelas. Era como si el mundo entero hubiera contenido la respiración a la espera de ver cómo de desarrollaba semejante espectáculo.
Sinclair dejó sueltas las riendas, sabedor de que no tardaría en tener que cerrar los puños y tirar de ellas con fuerza, urgiendo a Áyax para que se lanzara a una vorágine de fuego. El corcel alzó la cabeza y resopló al aire fresco, satisfecho de trotar al fin sobre un suelo compacto y nivelado.
El joven teniente hizo lo posible por mantener la vista al frente y no apartar los ojos de la esbelta figura del conde de Cardigan, que avanzaba erguido sobre la silla de montar. No le colgaba de los hombros una pelliza, tal y como tenía por costumbre, sino un sobretodo. Cardigan no volvió la vista atrás ni una sola vez, pues como era de todos sabido, eso hubiera sido interpretado como duda, y otra cosa no, pero el lord era un hombre muy seguro de sí mismo. Con independencia de lo que Sinclair y los demás pensaran de él en general, y por mucho que se mofaran de sus ropas lujosas y su insistencia en lo tocante al protocolo, ese día era una figura de lo más motivadora.
Fue entonces cuando el teniente vio al fondo del valle una nube de humo tan redonda y delicada como la roseta de la achicoria amarga, y luego otra, y otra, y otra más. La detonación de la andanada le llegó al cabo de dos segundos, y enseguida levantó géiseres de hierba y tierra. Los disparos se habían quedado cortos, mas él sabía que los artilleros rusos simplemente estaban calibrando el alcance. De pronto, y para sorpresa de Sinclair, el capitán Nolan rompió la formación y picó espuelas para dirigirse directamente tras los pasos de lord Cardigan cuando la primera línea apenas había avanzado cincuenta metros. El modo de cabalgar de Nolan era una flagrante falta de respeto a todas las usanzas militares: blandía la espada, se removía sobre el asiento y se dirigía a Cardigan a grito pelado, pero nadie escuchó sus palabras, ahogadas por el tronar de los cañones.
Copley llegó a pensar que el capitán había enloquecido, pero antes de que el conde pudiera siquiera reaccionar ante semejante numerito un obús ruso estalló en el suelo y un fragmento del mismo alcanzó a Nolan en el pecho, causándole un desgarrón tan brutal que Sinclair pudo ver cómo le latía el corazón entre las costillas. Entonces escuchó un alarido como no había oído otro igual en toda su vida y el caballo de Nolan retrocedió desbocado, llevando consigo el cuerpo ensangrentado todavía erguido sobre la silla y con el brazo inexplicablemente extendido, como si todavía intentase dirigir la carga. El aullido continuó hasta que el corcel se topó con el 4º de dragones ligeros, momento en que al fin el cuerpo de desplomó sobre el suelo.
—¡Dios mío! —musitó Rutherford—. ¿Qué pretendía ese hombre?
Sinclair no tenía la menor idea, pero ver morir al jinete más capaz de toda la caballería británica a las primeras de cambio no presagiaba nada bueno.
La brigada trotó un poco más deprisa, aunque no mucho. El conde no se dio la vuelta para cerciorarse de cuál había sido el destino del capitán Nolan y siguió guiando a sus tropas en formación cerrada y con paso acompasado. Actuaba exactamente como si estuvieran en un desfile más que lanzando una carga hacia una verdadera catarata de fuego que causaba bajas sin cesar.
—¡Más juntos! —gritó el sargento Hatch en la segunda fila, ordenando a los jinetes que se movieran para cubrir los huecos dejados por los hombres y las monturas derribadas—. ¡Juntaos, hacia el centro!
Áyax bajó el hocico castaño cuando se avivó el ritmo y condujo adelante a Sinclair. La espada y la escarcela le golpeteaban en los costados, la inclinación del yelmo le escudaba los ojos de los rayos del sol, el asta permanecía firme en su mano, a pesar de que se moría de ganas de recibir la orden de bajarla y sujetarla debajo del brazo. Imploró vivir lo suficiente para poder llegar a usarla.
La brigada debió soportar el fuego cruzado de fusilería y de artillería cuando llegó a la mitad del valle, pues los rusos los acribillaban desde lo alto de las colinas de Fedyukhin y de la Calzada. Las balas de mosquetes y los proyectiles y la metralla de los cañones pasaban silbando sin tregua entre las filas, hundiéndose en los costados de los caballos y derribando limpiamente a los jinetes. Los soldados no pudieron refrenar por más tiempo a los aterrados corceles, o tal vez ellos mismos no eran capaces de controlarse, pero lo cierto fue que las filas perdieron la formación inicial conforme avanzaban hacia el fondo del valle, desesperados por escapar con vida de aquella granizada de balazos. A Sinclair le resonó en los oídos una mezcolanza de plegarias y gritos de alivio, de alaridos de agonía y relinchos de caballos heridos.
—¡Adelante el 17º de lanceros! —aulló el sargento Hatch mientras su caballo se emparejaba con el de Sinclair por la derecha—. ¡No dejéis que los del 13º lleguen antes que nosotros!
«¿Dónde están Owens y su montura?», se preguntó el teniente. No los había visto caer.
Sonó un toque de corneta y Sinclair al fin pudo bajar la lanza; luego, clavó las espuelas en los costados de Áyax. Cubría el campo de batalla una nube de humo, polvo y despojos tan densa que sólo podía distinguir el emplazamiento de artillería situado delante de él. Veía las llamaradas de los disparos y oía los estragos causados por las balas de cañón; una sola de ellas derribaba a docenas de soldados como si fueran bolos. El estruendo era ensordecedor, tan duro e intenso que le zumbaban los oídos. Los ojos le escocían a causa del humo y el polvo. El corazón le latía desbocado.
Las andanadas habían despedazado a los jinetes que le habían precedido y ahora él se encontraba con sus restos dispersos sobre el terreno, o con sus monturas que intentaban incorporarse sobre patas amputadas por los proyectiles o que se habían partido en la caída.
Áyax saltó por encima del portaestandarte, atrapado debajo de su montura descabezada, y seguro de sí mismo galopó con bravura hacia el corazón de la vorágine, pasando como una flecha sobre el terreno mientras su amo se esforzaba por mantener la lanza recta y firme. Ahora sólo les quedaban cincuenta metros para alcanzar a su objetivo; Copley ya distinguía los uniformes grises y las gorras de los artilleros rusos mientras cargaban otra bala en las piezas. El teniente volaba directo a la boca de un cañón cuando empujaron el proyectil hasta el fondo. Iban a abrir fuego de un momento a otro, y no le daría tiempo de apartarse de la trayectoria del proyectil, pues galopaba encajonado entre dos monturas: por un lado le cerraba el paso el sargento Hatch, y por el otro, el corcel del capitán Rutherford seguía corriendo a su vera con la silla y los estribos vacíos, ya que no había ni rastro del jinete. Sinclair no tenía más alternativa que cargar contra el cañón y llegar antes de que lo disparasen.
Escuchó unos gritos en ruso y vio cómo un enemigo acercaba una chispeante tea a la mecha de la pieza. Apretó los dientes, agachó la cabeza, dirigió la lanza hacia el hombre que sostenía la antorcha y cargó contra la pieza.
Áyax saltó justo cuando el cañón abrió fuego.
Lo último que recordaba era haber volado a ciegas y haber atravesado una compota hirviente de humo, sangre, vísceras y pólvora…, y luego, nada.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 22, 2010 12:50 pm

buenas!!

os pongo hoy el siguiente cap, que mañana me voy a pasar el día al campo y no sé si a la noche me acordaré ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 22, 2010 12:52 pm

Capítulo 35
Transcrito por Gemma

16 de diciembre, 11:45 horas

EL INFIERNO ABRIÓ SUS puertas de par en par justo cuando Charlotte pensaba que las cosas no podían torcerse más, pues, aunque el tiempo era terrible y había varios pacientes con fiebre, eso era cierto, no había grandes urgencias médicas pendientes de tratar.
Primero, uno de los perros de Danzing enloquecía y mataba a su cuidador, y ahora venía el jefe O´Connor a contarle la sandez ésa de que las mutilaciones sufridas por el cuerpo tirado en el suelo del laboratorio de botánica eran obra del musher.
—Eso es imposible —replicó ella por undécima vez—. Yo misma verifiqué la muerte de Erik. Le puse los puntos del cuello con mis propias manos y le apliqué las palas del desfibrilador no una ni dos, sino tres veces. Y la línea del cardiógrafo era plana. —Se arrodilló y puso los dedos en el cuello helado de Ackerley—. Y vi cómo cerrabais la bolsa donde lo habíais metido.
—Vale, pues ha logrado salir de algún modo —insistió Murphy—. No puedo decirte nada más. Wilde y Lawson lo juran y perjuran.
De no haber conocido bien a Murphy, la doctora se habría preguntado si no estaba borracho o incluso si no se había metido algo más potente. Además, conocía bien a Michael y Lawson, y sabía que no iban a gastarle una broma con algo tan espantoso, teniendo algo horrible entre manos como tenía. Quien fuera había desgarrado de un modo atroz la garganta y los hombros de Ackerley. La sangre había manado a borbotones, empapando la camisa y los pantalones. Resultaba curioso que las gafas hubieran salido relativamente indemnes del ataque, salvo por los trozos de vísceras pegados a los cristales. Fuera o no un hombre la bestia que había cometido semejante atrocidad, aquello superaba con mucho cualquier cosa con la que hubiera debido enfrentarse una noche de guardia en las urgencias de Chicago.
—Querrías hacer un examen más detenido del cadáver, lo sé —dijo Murphy mientras se removía nervioso detrás de la doctora—, pero mira, en vista de lo que ha ocurrido con Danzing, no voy a arriesgarme ni una pizquita.
Charlotte ya había notado el bulto delator de una pistolera debajo de la chaqueta.
—¿Y eso qué significa exactamente, Murphy?
—Te lo enseñaré.
Como ella tuvo ocasión de descubrir, eso implicaba que entre los dos iban a sujetar el cadáver encima de un trineo e ir luego arrastrándolo con la mayor discreción posible, o sea, yendo poco menos que a hurtadillas por la parte trasera de los edificios situados en las afueras de la base, y así hasta que llegaron a un cobertizo apenas frecuentado y usado como congelador para la carne. Era un antro cavernoso y bastante mal aprovechado, pues estaba lleno de latas de cerveza y de Coca−Cola, y algunas otras cosas de picar.
El jefe O´Connor, que había ido todo el trayecto en la retaguardia, apartó con un movimiento del antebrazo las latas y demás trastos depositados sobre un gran cajón de embalaje de más de un metro de altura. A pocos centímetros por encima del mismo discurría una gruesa tubería metálica de color rojo, aunque la pintura se estaba descascarillando.
—Metámosle ahí dentro —indicó él.
Murphy sujetó al difunto por los hombros y Charlotte por los pies, y bajaron el cuerpo con la mayor suavidad y respeto posibles.
Al incorporarse, Charlotte leyó el rótulo en letras negras del cajón de embalaje: «Condimentos variados Heinz».
—¿Y por qué meterle aquí es mejor que llevarle a la enfermería y hacerle una autopsia como Dios manda? —quiso saber ella.
—Aquí puede quedarse tranquilo, al menos por un tiempo, y está más seguro —replicó Murphy.
—¿Tranquilo…? ¿Seguro? ¿Seguro de qué…?
La doctora ignoraba qué giro exacto había tomado el asunto de Danzing, pero en cualquier caso, ¿qué se pensaba Murphy? ¿Qué ese cadáver mutilado iba a resucitar? El jefe O´Connor no le respondió a la pregunta, pero a ella no le gustó ni un pelo el brillo de sus ojos ni el par de esposas tintineantes que acababa de sacar del bolsillo trasero del pantalón. ¿Un par de esposas? ¿Qué iba a hacer? ¿Esposar al muerto?
—¿Me disculpas un segundo? Enseguida salgo.
Charlotte salió al exterior y le esperó en la rampa, donde el viento soplaba de firme. Era cierto eso de que se les echaba encima otra tormenta.
¿Qué diablos estaba ocurriendo allí? ¿Cómo era posible que hubieran muerto dos personas en tan poco tiempo? Se sentía muy mal por pensar de forma tan egoísta, pero no podía evitar hacerse una pregunta: ¿iba eso a suponer una mancha en su expediente como médico residente de Point Adélie?
—Todo bajo control —dijo Murphy mientras aparecía detrás de ella; luego, se detuvo a asegurar la puerta con un candado y cadenas—. Huelga decir que he informado al tío Barney de que el acceso a esta unidad exterior queda prohibido hasta nueva orden.
La doctora se prometió no usar ningún condimento a partir de ese momento, sólo para estar segura.
—Y está de más decirte que de todo esto ni mu a nadie, al menos hasta que sepamos un poco por dónde nos da el aire… sobre todo en lo referente a Danzing.

16 de diciembre, 14:00 horas

Eleanor era consciente sólo a medias de cuanto sucedía. Recordaba haber cruzado la puerta de la iglesia con ayuda, bueno, casi la habían sacado en volandas, y la habían subido encima de una máquina enorme, sentada sobre algo con aspecto similar a una silla de montar.
Le habían aconsejado que para no caerse rodeara con los brazos la cintura de un hombre, ese que dijo llamarse Michael Wilde, un apellido que le hizo preguntarse si no sería irlandés; pero tomarse esas confianzas era ir demasiado lejos, y se había opuesto con las pocas energías que le quedaban.
Entonces, el otro hombre la había sujetado con una cuerda de una fibra muy fina pero resistente, y luego le había apretado bien la capucha sobre la cabeza. La máquina había salido disparada sobre la nieve como un pura sangre; además, el viento y el polvo de hielo levantado le azotaban con tanta virulencia que no le quedó otro remedio que agachar la cabeza y apoyarse sobre la espalda del tal Wilde y al final, aunque sólo fuera para no caerse, debió abrazar la cintura del hombre y sujetarse con fuerza.
A pesar de que el ruido habría sido ensordecedor de no haber sido por la capucha y de que iban dando tumbos sobre un desierto blanco, se sintió extrañamente arrullada. Se había sentido débil durante todo el día y había luchado por resistirse a la tentación de beber el contenido de las botellas negras que Sinclair había dejado en la rectoría, pero ahora de le escapaban las últimas fuerzas y se iba dejando ir, aunque la sensación no era desagradable. El traqueteo de esa máquina le recordaba el zumbido del vapor a bordo del cual habían viajado hasta Crimea bajo el ojo vigilante de la superintendente, claro. ¡Menudo escándalo le montaría si la viera aferrarse así a un hombre! Ella sabía perfectamente que la señorita Nightingale desaprobaba cualquier muestra de confraternización con los soldados o cualquier incumplimiento de las convenciones sociales. El escándalo debía evitarse a toda costa, y por muy dulce que se mostrase con los heridos, Nightingale solía dispensar a sus colaboradoras un trato seco e inflexible.
Ésa fue la razón, por ejemplo, de que la mañana después de haber encontrado a Frenchie entre los heridos del hospital, Eleanor tuviera que levantarse una hora antes para marcharse de las habitaciones de las enfermeras con todo el sigilo posible. El cielo no había clareado y aún reinaba la oscuridad, por lo cual estuvo a punto de tropezar y caerse un par de veces mientras se dirigía a la torre y subía a la habitación donde estaba el teniente de lanceros. Además de una camisa limpia llevaba doblada en el bolsillo una cuartilla de papel y un lápiz.
Muchos enfermos aún dormían, pero eran bastantes quienes se retorcían de dolor o se removían en sus lechos. La miraron con ojos febriles y labios agrietados. Dos o tres de ellos extendieron los brazos cuando ella pasó a toda prisa. La enfermera Ames tuvo que hacer oídos sordos a sus súplicas para llevar a cabo su misión, pues en menos de una hora debía regresar a su puesto.
Cuando se aproximaba a la habitación de Le Maitre se encontró con uno de los carros de cirugía ya preparado para sus siniestros quehaceres del día. Lo empujaban dos camilleros. El de las orejas grandes y un remolino en el pelo metió tripa y se irguió cuanto pudo antes de decir:
—Buenos días, señorita. Pues sí que se ha levantado pronto.
—¿Se toma una taza de té con nosotros? —dijo su compañero, un tipo fornido con el rostro picado por la viruela. Levantó del carro una tetera abollada—. Todavía está caliente.
Eleanor declinó la invitación y cruzó la habitación a toda prisa hacia la esquina opuesta, donde halló al lancero con los ojos bien abiertos y contemplando al amanecer a través de la ventana rota.
Ella se acuclilló junto a la cama de Le Maitre y dijo:
—He vuelto. —Él pareció darse cuenta de su presencia sólo en parte—. Y he traído lo que me pediste —anunció, mientras le enseñaba el papel y el lápiz. Él se humedeció los labios cuarteados y asintió en señal de reconocimiento. Eleanor sacó la camisa limpia y añadió—: Y también te he traído esto. Nos libraremos de esa camisa vieja en cuanto encuentre algo de agua para asearte un poco.
El herido la miró como si apenas entendiera el idioma en que ella le hablaba y Eleanor comprendió que una noche de fiebre se había cobrado su peaje.
—Frenchie —continuó ella con un hilo de voz—, me avergüenza admitir que ni siquiera me sé tu nombre de pila.
El soldado sonrió por vez primera.
—Muy pocos lo saben.
Ella se alegró mucho de descubrir que quedaba una chispa de vida en él.
—Es Alphonse. —Soltó una tos seca y luego añadió—: Ahora ya sabes por qué: es poco inglés.
La señorita Ames buscó acomodo en una esquina de la cama, teniendo buen cuidado de no rozar siquiera las piernas dañadas del herido. Extendió el papel sobre su regazo.
—¿Vas a escribir a tu familia?
Él asintió y le dictó una dirección en el condado de West Sussex. La enfermera Ames la tomó y aguardó su dictado.
—Chers Père et Mère, Je vous écris depuis l´hôpital en Turquie. Je dois vous dire que j´ai eu un accident, une chute de cheval, qui m´a blessé plutôt gravement. —Eleanor mantuvo el lápiz en el aire. No se le había pasado por la imaginación que la familia de Le Maitre hablara en francés—. Ay, cuánto lo siento. No sé escribir en francés —se disculpó. Frenchie había cerrado los ojos para concentrarse mejor—. ¿Puedes dictármela en inglés?
Eleanor escuchó un traqueteo de ruedas a la entrada de la habitación y varias voces se enzarzaron en una discusión. El hospital empezaba a despertar.
—Por supuesto —contestó con voz frágil—. Qué tontería por mi parte. Es sólo que nosotros en casa lo hablamos… —Enmudeció, respiró hondo y empezó de nuevo—. Queridos padre y madre. Os envió estas líneas desde el hospital de Turquía. Una amiga mía las escribe por mí. —El traqueteo de ruedas se hizo más audible—. Me he herido al caer del caballo…
Ella garabateó las palabras deprisa y alzó los ojos a tiempo de ver al sanitario orejudo empujando hacia su rincón el carro de instrumental quirúrgico con la misma pachorra que si fuera un carrito de flores. El forzudo llevaba una mampara blanca debajo del brazo. No había lugar a dudas sobre sus intenciones.
—Ay, ¿no pueden esperar sólo un poquito más? —les pidió Eleanor, poniéndose en pie.
—Son órdenes del doctor —repuso el primero mientras su compañero fijaba la base de un biombo en el suelo y procedía a extenderlo para ocultar la cama.
Las amputaciones se habían hecho a la vista de todos hasta la llegada de Florence Nightingale. Ésta había insistido en el uso de esas pantallas para conceder cierta intimidad al enfermo y evitar al resto de los pacientes la visión de un espectáculo horrendo, máxime cuando a lo mejor podía tocarles a ellos después.
—El teniente acaba de empezar a dictarme una carta para su familia. ¿No pueden atender a algún otro enfermo primero?
—Eleanor —la llamó Frenchie, tirándole de la manga—. ¡Eleanor! —Ella se volvió hacia él, y vio que Le Maitre había sacado una pitillera plateada de debajo del colchón—. ¡Toma esto!
Era la misma que había visto correr de mano en mano en el Longchamps Club, después de las carreras de Ascot. Lucía el adusto emblema del regimiento, una calavera, y también su lema: «O Gloria».
—Hágaselo llegar a mi familia, por favor.
—Pero podrá dársela usted mismo más adelante —replicó ella cuando él se la apretó con fuerza sobre la palma de la mano.
—Tenemos un trabajo que hacer, señorita —dijo el camillero forzudo.
Ella dejó caer la pitillera en el bolsillo de la bata justo cuando un cirujano de cabellos canos se acercó al catre dando grandes zancadas.
—¿Qué problema hay aquí? —preguntó con voz atronadora mientras fulminaba con la mirada a Eleanor—. No tenemos todo el día. —Levantó la sábana de un tirón, examinó la pierna destrozada de Le Maitre durante unos breves instantes y dijo—: Taylor, el tajo.
El enfermero de las orejas grandes tomó una tabla de madera manchada de sangre reseca y la metió debajo de la pierna que iban a amputar. Frenchie aulló de dolor.
—Átele los brazos, Smith. Y en cuanto a usted —le dijo el cirujano a la enfermera—, no recuerdo haber dado permiso a las protégées de la señorita Nightingale para entrar en las habitaciones de mi responsabilidad.
—Pero, doctor, yo sólo…
—Se dirigirá a mí como reverendo doctor Gaines, si es que esa ocasión llega alguna vez.
¿Era médico y sacerdote al mismo tiempo? Eleanor había aprendido a temer a los doctores católicos más que al resto en el poco tiempo que llevaba en el hospital militar. El cloroformo en pequeñas dosis era admitido como una forma indiscutible de mitigar el dolor durante las amputaciones, salvo por los galenos religiosos: éstos se oponían a su uso al considerar la novedad de la anestesia como un invento moderno sin más fin que paliar el sufrimiento noble y purificador que había establecido el Todopoderoso.
La enfermera Eleanor se volvió para mirar a Le Maitre, rojo y congestionado a causa del dolor ahora que le habían puesto en alto la pierna. Le habían atado los brazos con cuerdas sujetas al armazón de hierro de la cama. Taylor sostenía un vaso de whisky delante de él, pero los labios de Frenchie temblaban demasiado como para poderlo beber, y el líquido le chorreaba por el mentón.
—Dadle el protector bucal —ordenó el cirujano mientras se ataba a la espalda las tiras de su bata. Taylor tomó un gastado trozo de cuero y se lo puso a Frenchie entre los dientes.
—Procura morder esto con fuerza, no sea que te arranques la lengua de un bocao —le aconsejó el camillero, y le palmeó el hombro de forma amistosa; dejó ambas manos sobre los hombros y se puso detrás de él, en la cabecera de la cama, para sujetarle.
—Vale, Smith, agárrele la otra pata —ordenó el doctor mientras ponía una mano donde sobresalía la rodilla partida.
Smith descargó todo su peso sobre la mano apoyada en el muslo de la pierna derecha mientras le estiraban la izquierda sobre el tajo con la misma despreocupación que si fuera la piel de un cuello de pavo. Eleanor permanecía a los pies de la cama incapaz de articular palabra de puro horror. El reverendo doctor Gaines tomó de la carreta una sierra de amputar con mango de madera. Miró a Eleanor y le dijo:
—Quédese si quiere, así puede limpiarlo todo después.
Pero la enfermera Ames ya había decidido no moverse de allí. Frenchie la miraba fijamente como si su vida pendiera de un hilo, y la muchacha se sentía incapaz de abandonarle en semejante trance.
El cirujano ajustó la pierna con brusquedad hasta asegurarse de tener fijo en el centro del tao una zona situada escasos centímetros por encima de la rodilla, y una vez logrado su propósito la sujetó con una de esas manazas suyas y situó la hoja dentada del serrucho sobre la piel verdosa y amoratada.
Eleanor tuvo la desconcertante ocurrencia de que la sierra era el arco de un violín hasta que el doctor respiró hondo y empezó a moverla arriba y abajo.
Enseguida brotó un surtidor de sangre y Le Maitre chilló, contorsionándose con tal fuerza que el protector bucal salió despedido. El cuerpo del paciente se combó, pero el doctor hizo presión hacia abajo y echó hacia atrás la sierra antes de que el primer grito se hubiera apagado. El hueso se partió con un gran chasquido. Frenchie intentó volver a gritar, pero el dolor era tan intenso que no profirió sonido alguno. La pierna ya estaba prácticamente separada, salvo algún trozo de hueso y algunos jirones de músculos, pero el cirujano serraba ahora con gran rapidez, produciendo un ruido entre sibilante y viscoso, y pronto la pierna resbaló hacia su bata llena de salpicaduras de sangre para luego caer y quedar inmóvil a los pies del reverendo doctor Gaines. Éste no le prestó la menor atención, dejó el serrucho sobre la cama y rebuscó en la carretilla hasta encontrar un torniquete con el que atajar la hemorragia del muñón, que sangraba a borbotones.
Frenchie se desmayó antes de que el cirujano le arrancase las rebabas de piel con los dedos.
Luego, sacó de un bolsillo del delantal una aguja con el hilo ya preparado y procedió a suturar la herida con unas puntadas muy desmañadas. Al terminar, vertió sobre el muñón que había cosido de cualquier modo un chorro generoso de alcohol etílico y le dijo a Eleanor:
—Veo que aún no se ha caído redonda.
Las piernas le temblaban, pero sí, la enfermera seguía de pie, aunque sólo fuera por privarle del placer de verle desvanecerse.
—Ahora, vamos a dejarle a sus cuidados —concedió el cirujano mientras se secaba las manos sobre el frontal de la bata—. Ah, líbrese de esto —ordenó, tocando la parte amputada con la punta del zapato.
Acto seguido, se dio media vuelta y se marchó de la habitación. Todo había sucedido en menos de diez minutos.
Taylor y Smith se demoraron para recoger los utensilios y plegar el biombo. Se llevaron un dedo a la ceja en señal de despedida y se alejaron.
—Al siguiente hay que amputarle una mano —anunció Taylor.
—Pues eso va a ir por la vía rápida —replicó Smith.
La sangre empapaba la cama y hacía que el suelo circundante fuera muy resbaladizo, pero Eleanor tenía una tarea perentoria: deshacerse de la extremidad. La sábana estaba prácticamente fuera del colchón, así que la usó para envolver la pierna; luego, lo tiró todo a un cubo de la basura y se marchó en busca de un balde de agua y una mopa. Volvió con ellos y se puso a fregar el suelo. Entretanto, el sol subía en el horizonte y por la ventana se filtraba la luz blanquecina de la alborada. El día prometía ser magnífico.
Al terminar se acordó de la camisa que le había traído al paciente. Se moría de ganas por quitarle esa camisa llena de piojos y ponerle la limpia, aunque por nada del mundo deseaba despabilar a Le Maitre. Sin embargo, tampoco debía despertarse lleno de mugre, así que se sentó al borde de la cama y le levantó los hombros con la mayor suavidad posible. La cabeza se balanceó sin fuerza. El teniente tenía la piel fría y los labios habían adquirido un suave color azul.
—¿Señora…? Si me disculpa… —dijo el soldado de la cama contigua. Eleanor alzó los ojos, aún sin soltar a Frenchie—. Creo que el pobre ha muerto.
Ella volvió a tenderle sobre el colchón y puso los dedos sobre el corazón del oficial. No latía. Después, llevó la mano al pecho. No se oía nada.
Eleanor se echó hacia atrás y apoyó la espalda contra la pared. Detrás de ella, un pájaro se posó sobre el alféizar de la ventana y se puso a trinar con alegría. El reloj de la torre dio la hora y ella supo que la señorita Nightingale pronto empezaría a buscarla.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mayo 25, 2010 4:44 pm

Wii, ranguitos.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mayo 25, 2010 4:52 pm

CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Transcrito por Tibari


16 de diciembre, 17:00 horas


MICHAEL ERA CONSCIENTE DE que si la puerta de Charlotte estaba cerrada a esa hora, probablemente era porque la pobre mujer intentaba dar una cabezada, que en verdad le hacía mucha falta, pero, por desgracia, no tenía más alternativa que despertarla.
Llamó con los nudillos, y al no recibir respuesta inmediata volvió a golpear la puerta más fuerte.
—¡Echa el freno! —dijo ella, y Michael oyó cómo sus zapatillas se arrastraban hasta la puerta. Charlotte abrió. Llevaba puesto el jersey de reno y unas mallas holgadas de color púrpura de la Universidad del Noroeste. Al ver que se trataba de Michael, dijo—: Tengo que avisarte. Acabo de tomarme un Xanax.
A juzgar por su mirada somnolienta, Michael la creyó.
—Necesitamos que veas a alguien.
—¿A quién?
¿Cómo podía explicárselo de forma que ella no pensara que se trataba de una broma pesada?
—¿Te acuerdas de esa mujer? ¿La que estaba congelada en el hielo?
—Sí —contestó Charlotte, ahogando un bostezo—. ¿Habéis vuelto a encontrarla?
—Así es —confirmó Michael—. Bueno, la cuestión es que la hemos traído de vuelta.
—¿A la base?
—A la vida.
La doctora se quedó allí, rascándose la mejilla con el dorso de las uñas, con aire distraído.
—Repite lo que has dicho.
—Está viva. La Bella Durmiente ha despertado, y está viva.
Por la expresión de su semblante, Michael sospechó que a Charlotte le parecía un chiste, y además de los malos.
—¿Y me has despertado para eso? —preguntó—. Porque he tenido un día muy duro, y además…
—Te estoy diciendo la verdad. Es real. —Michael la miró directamente a la cara para que pudiera ver no sólo que era sincero, sino que además no sufría del Gran Ojo, y que aquello estaba sucediendo de verdad.
—No sé qué pretendes —dijo Charlotte, cediendo un poco en su resistencia—, pero ya que has conseguido que me levante de la cama, ¿dónde está ese fenómeno?
—En la puerta de al lado. En la enfermería.
Ella salió de su habitación tambaleándose de un lado a otro, todavía algo aturdida, y Michael se apartó de su camino. Lawson, que paseaba en la zona de espera igual que un padre impaciente en la maternidad, no dijo nada cuando la doctora entró en la sala de consulta con Wilde pegado a sus talones.
Eleanor estaba tumbada en la mesa como un cadáver en un féretro, con las manos cruzadas sobre el pecho. Sobre una silla había una parka naranja. Llevaba un vestido largo y pasado de moda, de color azul oscuro y con un broche blanco en el pecho. Tenía los ojos cerrados, pero no estaba dormida. Su boca se veía entreabierta y respiraba débilmente a través de ella.
Michael pudo ver que Barnes también había despertado. Pero de golpe.



‹‹No perdamos la cabeza››, fue lo primero que pensó Charlotte.
¿Quién era aquella joven? Desde luego, se parecía muchísimo a la mujer que había podido entrever a través del hielo.
—Se desvaneció hace una hora —le explicó Michael—, cuando tratamos de sacarla de la vieja iglesia y de la estación ballenera.
¿La estación ballenera? ¿Aquel lugar decrépito y abandonado? ¿Una chica que no debía tener más de diecinueve o veinte años tendida en la enfermería con aquellas ropas anticuadas? Nada parecía tener lógica. Charlotte se juró a sí misma pensárselo dos veces antes de volver a tomas Xanax. Después cogió la muñeca de la mujer y le buscó el pulso. Era estable, pero débil, aunque sus dedos parecían barritas de pescado congeladas.
—Por cierto, se llama Eleanor Ames.
Charlotte la miró a la cara. Era bonita, y le recordó a los retratos del siglo XIX que había visto colgados en el Instituto de Arte de Chicago. Sus rasgos eran elegantes y delicados, y tenía las cejas finas y arqueadas, pero la impresión general era extrañamente etérea e inmaterial, como si en verdad estuviera contemplando un retrato o una maravillosa estatua de cera. Había en ella algo que no parecía del todo real.
‹‹Concéntrate —pensó Charlotte—. Tú solo concéntrate en tu trabajo. No te dejes distraer por elementos que aún no tienen sentido para ti››, caviló. Era una lección que había aprendido una y otra vez en urgencias.
—Eleanor —dijo, inclinándose sobre ella—, ¿puedes oírme? —Los párpados pestañearon—. Soy la doctora Barnes. Charlotte Barnes. —Se volvió para mirar a Michael—. ¿Habla inglés?
Michael asintió enérgicamente.
Es inglesa.
Charlotte se tomó un instante para asimilar aquello.
—¿Puedes abrir los ojos y mirarme?
La interpelada se giró ligeramente sobre el cabecero y abrió los ojos. Contempló a Charlotte con expresión perpleja, y su vista saltó del reno rampante de su suéter a sus anchos rasgos faciales.
—Eso está bien —dijo Charlotte para animarla—. Muy bien. —Le dio unas palmaditas en el dorso de la mano. ‹‹Pero si no es la mujer del hielo, si no es la Bella Durmiente, ¿qué otra persona puede ser? ¿Y cómo ha conseguido llegar aquí, al Polo Sur?››, caviló. Charlotte trató de espantar aquellos pensamientos. ‹‹Concentración››, se exigió—. Vamos a subir tu temperatura corporal, y enseguida verás cómo te sientes mucho mejor.
Charlotte usó el estetoscopio para auscultar el corazón y los pulmones. El vestido de la mujer, confeccionado al estilo victoriano, desprendía un olor gélido y salobre. ‹‹Es como si hubiera estado bajo el agua››, dijo para sus adentros. Charlotte pidió a Michael que fuera al comedor y que trajera ‹‹algo rico y caliente, tal vez un tazón de chocolate››, mientras ella terminaba un examen superficial. Procedió con cautela para no hacer nada que pudiera conmocionar a una paciente con una sensibilidad de otros tiempos. Sin importar quién era no de dónde venía, era evidente que vivía en otro siglo, aunque fuese tan sólo en el interior de su mente. Barnes había visto una vez a un paciente que creía ser el Papa, y siempre había tenido la delicadeza de dirigirse a él como Su Santidad. Como era de esperar, Eleanor parecía estupefacta ante el tensiómetro, y la pequeña linterna con la que le examinó las pupilas también provocó su asombro. Durante todo el tiempo observó a Charlotte, cada vez más consciente y despierta, aunque algo aturdida por la perplejidad que sentía ante todo aquello. Charlotte se preguntó qué pensaría ella, una mujer negra, grandullona, vestida con un suéter de estampado llamativo y unas mallas púrpuras, y con una trenza de cabello canoso recogida sobre la cabeza en un descuidado moño.
—¿Es usted… enfermera? —susurró por fin.
‹‹Bueno, podía haber sido peor››, se consoló la doctora.
—No, soy médico.
La joven tenía acento inglés.
—Yo también soy enfermera —contestó, levantando una mano pálida hacia su propio pecho.
—¿De veras? —dijo Charlotte, contenta de oírla hablar, mientras preparaba una jeringuilla para extraerle una muestra de sangre.
—Sí, con la señorita Nightingale.
—¡Caramba! —exclamó. Tardó un rato en asimilar lo que acababa de oír. Eleanor había pronunciado aquellas palabras con la esperanza de que causaran cierta impresión en Charlotte. Y, sin duda, lo consiguieron. Mientras levantaba la aguja para verla a la luz, Charlotte hizo una pausa y dijo—: Un momento. ¿Se refiere usted a Florence Nightingale?
—Sí —contestó Eleanor, satisfecha, al parecer, de que el nombre todavía fuese conocido—. En el hospital de la calle Harley…, y después en Crimea.
¿Florence Nightingale? ¿La dama de la lámpara? ¿De qué época era? La historia nunca había sido la asignatura favorita de Charlotte. ¿Cuándo había vivido, hacía doscientos años más o menos?
‹‹Concéntrate››, volvió a recordarse Charlotte. ‹‹Concéntrate››. No debía hacer nada que alarmara a la paciente o que, en un caso como aquél, pusiera patas arriba un sistema de creencias crucial para su estabilidad mental.
—En ese caso, señorita Ames, ha recorrido usted un largo camino para llegar a un lugar como éste. —Charlotte le recogió una manga del vestido; el tejido era áspero, estaba tieso y tenía el tacto de un disfraz de teatro—. Incluso hoy día, no es fácil llegar aquí. —Frotó con alcohol una zona del brazo—. Ahora quiero que esté muy quieta. Sentirá un pequeño pinchazo, pero será cuestión de unos segundos.
Eleanor bajó la mirada hacia la aguja y observó cómo le sacaba la sangre, como si nunca antes hubiera visto aquel procedimiento. ¿Y si era verdad que nunca lo había visto?, se preguntó Charlotte. ¿Podría haberlo visto en su época? Sólo por curiosidad, Charlotte se dijo que en cuanto terminara el examen buscaría información sobre Florence Nightingale. ‹‹Por razones puramente académicas››, añadió para sí.
Justo cuando retiraba la aguja, entró Michael con una bandeja en la que no sólo traía una taza de chocolate, sino también una magdalena rellena de arándanos y unos huevos revueltos cubiertos con un film de plástico. Mientras Michael buscaba un lugar donde dejar la bandeja, Charlotte abrió el minifrigorífico donde guardaban los medicamentos perecederos y las bolsas de plasma rojo, y depositó allí la muestra de sangre. Al hacerlo, se dio cuenta de que Eleanor seguía todos sus movimientos. Para ser alguien que aseguraba tener cientos de años, parecía más viva a cada minuto que pasaba.
Pero ¿cómo podía llevar varios siglos congelada dentro de un iceberg? A Charlotte le costaba aceptarlo. Sin embargo cualquier otra explicación sobre quién era Eleanor o cómo había llegado a Point Adélie, uno de los lugares más remotos e inaccesibles sobre la faz de la Tierra, parecía aún más difícil de creer.
—¿Tienes hambre —inquirió Michael, que por fin había encontrado sitio donde poner la comida en un mueble con ruedas para instrumental médico. Lo empujó hasta la mesa de examen y preguntó—: ¿Puedes sentarte?
Con la ayuda de Charlotte, consiguió pasar un brazo por los frágiles hombros de Eleanor e incorporarla hasta que se quedó sentada y con la espalda apoyada en unos almohadones. La joven miró la comida con una especie de desinterés educado, como si fuese algo que ya había visto antes pero que no era capaz de situar en su memoria.
—Prueba el chocolate —le animó Michael—. Está caliente.
Cuando Eleanor se llevó la taza a sus labios exangües, Michael le dijo a Charlotte:
—Murphy está fuera. Quiere hablar contigo.
—Estupendo, porque a mí también me gustaría hablar con él.
Charlotte cogió la carpeta en la que había anotado los resultados del examen y dejó a la misteriosa Eleanor Ames con Michael. Para ser sincera, se alegró de salir de allí. Desde que entró en la enfermería no había dejado de sentir escalofríos, y su impresión era que no se trataba tan sólo de una reacción al tacto de la piel fría y húmeda de la paciente ni de sus ropas congeladas. Era como si, a pesar de toda su preparación y su experiencia, se hubiera topado por fin con algo que la sobrepasaba por completo.



En la enfermería reinaba el silencio, sólo roto por el silbido del viento al otro lado de la ventana. Eleanor dejó el tazón —en los labios se le quedó un poco de espuma blanca— y, con la mirada baja, le dijo a Michael:
—Siento haberte hecho daño en la iglesia.
Él sonrió.
—Me he dado golpes peores.
Cuando él y el otro hombre —¿Lawson?— intentaron sacarla del pequeño cuarto trasero, Eleanor se había negado a irse, e incluso recordaba haber aporreado el pecho y los brazos de Michael con una serie de puñetazos que no habrían hecho daño ni a una mosca. Un segundo después, tras malgastar en el ataque sus últimas fuerzas, se había desplomado sollozando. Mientras ella protestaba, incapaz ya de oponer resistencia, Michael y Lawson se la habían llevado fuera y la habían colocado sobre el asiento de la máquina de Michael. Después se habían puesto en marcha hacia el campamento mientras la tormenta empezaba a arreciar.
—Sé que sólo intentabas ayudarme.
—Y aún sigo intentándolo.
Ella asintió de modo casi imperceptible y levantó los ojos para mirarle a la cara. ¿Cómo podía él saber o tan siquiera imaginar por todo lo que había pasado? Eleanor cogió un trocito de la magdalena y después miró en derredor.
—¿Dónde estoy?
—En la enfermería. Pertenece a la estación científica americana de la que te hablé.
—Sí, sí… —musitó ella, comiéndose por fin el minúsculo trozo de magdalena—. Pero entonces, ¿esto pertenece a América?
—En realidad no. Este lugar, Point Adélie, forma parte del Polo Sur.
El Polo Sur. Debería haberlo imaginado. Al parecer, el Coventry se había desviado tanto de su rumbo que había acabado llegando al Polo, el lugar más inexplorado de la tierra. Eleanor se preguntó si el barco había resistido aquella travesía, y si alguno de los hombres que viajaban a bordo había sobrevivido para contar su relato. En caso de que así fuese, ¿habrían tenido la osadía de contarlo todo? ¿Se habrían atrevido, por ejemplo, a explicar a sus amigos en la taberna cómo habían encadenado al heroico soldado y a la enfermera inválida para después arrojarlos al océano?
—Los huevos llevan queso fundido —dijo Michael—. Al tío Barney, nuestro cocinero, le gusta prepararlos así.
Estaba intentando ser amable. Y lo había sido. Pero había muchas cosas que nunca podría saber y que ella jamás se atrevería a contarle a nadie. ¿Cómo podían creer incluso lo poco que les había explicado hasta ahora? Si ella misma no lo hubiera vivido en sus carnes, habría creído que era demasiado fantástico para ser cierto.
Eleanor cogió el tenedor y probó los huevos. Estaban ricos, tenían un toque salado y seguían calientes. Mientras, el tal Michael Wilde la veía comer con gesto de aprobación. Era alto, tenía la cara sin afeitar y su cabello negro parecía tan despeinado e indómito como el de su hermano pequeño cuando venía de volar la cometa en las colinas.
Su hermano pequeño, que ya debía de llevar más de cien años en la tumba.
Todos se habían ido. Era como si en su cabeza repicara sin cesar un toque de difuntos. No soportaba pensar en ello, así que tomó otro bocado de huevos revueltos.



Aunque estaba deseando hacerle mil preguntas, Michael no quería interrumpir su almuerzo. ¿Quién sabía cuánto tiempo habría pasado desde que tomó su última comida? ¿Años? ¿Décadas? ¿Más? Todo en ella, desde su ropa a sus ademanes, la señalaba como una persona de otra época.
Pero ¿cómo era capaz de empezar siquiera a aceptar en su mente un concepto como aquél?
Al final, fue Eleanor quien rompió el silencio al preguntarle:
—¿Y qué hace la gente aquí, en este campamento?
—Estudiar la flora, la fauna y los cambios climáticos. —¿Calentamiento global? Michael prefirió dejarlo correr. Algo le decía que Eleanor ya había recibido suficientes noticias malas en su vida—. En cuanto a mí, soy fotógrafo. —¿Esa palabra significaría algo para ella?—. Hago daguerrotipos, o algo parecido, y escribo para una revista, en Tacoma. Es una ciudad del noroeste de Estados Unidos, cerca de Seattle. La gente de Seattle suele hacer chistes con los de Tacoma.
Él mismo tenía la impresión de que estaba balbuceando cosas sin sentido. Pero mientras hablaba, ella seguía comiendo, y eso hacía feliz a Michael. No es que la joven atacase el plato con ganas, sino que más bien reproducía los movimientos como si comer fuese una habilidad que estuviera intentando recordar.
—¿Y la negra? ¿De verdad es médico? —preguntó, con tono de incredulidad.
‹‹Muy bien››, pensó Michael. Procediera de la época y del lugar que procediera, la joven iba a tener que someterse a una buena sesión de aprendizaje.
—Sí. La doctora Barnes. Charlotte Barnes. Es una doctora muy respetada.
—La señorita Nightingale cree que las mujeres no deben ser médicos.
—¿Quién es esa señorita Nightingale?
—Florence Nightingale, ¿quién iba a ser? —Lo dijo como si estuviera enseñándole su tarjeta de visita, la referencia que de algún modo la legitimaba.
Michael estuvo a punto de reírse. A cada momento todo se le antojaba extraño. Se preguntó si Eleanor le enseñaría aquella especie de carta de recomendación a Charlotte.
—Ella defiende con mucho ardor nuestro trabajo como enfermeras, pero también cree, igual que yo, que cada sexo debe desempeñar roles distintos.
Una larga sesión de aprendizaje.
Michael dejó que siguiera con su comida. Mientras tanto hablaron, aunque con muchas vacilaciones, de otros temas, como el tiempo, la tormenta que iba en aumento o el trabajo que hacían en la estación polar. De vez en cuando, Michael debía sacudirse en su fuero interno para recordar que estaba hablando con una mujer que aseguraba, y hasta el momento disponían de pocas pruebas para contradecirla, haber nacido en algún momento del siglo XIX. Una persona que debía haberse ahogado, pues ¿de qué otra manera podía haber acabado congelada en un glaciar submarino? A Michael le habría gustado preguntarle sin tapujos por todo aquello, pero se acababan de conocer y las palabras no le salían con facilidad, aunque fuese un periodista entrenado para hacer preguntas difíciles.
Además, tenía miedo a la reacción de Eleanor. ¿Podía provocar en ella una especie de colapso mental?
La joven dio un sorbo al chocolate.
—Hemos pensado que de momento puedes quedarte aquí, en la enfermería —anunció Michael—. Tendrás tu intimidad, y la doctora Barnes está en la puerta de al lado, por si la necesitas.
—Es muy considerado por vuestra parte —respondió ella. Se limpió los labios con la servilleta de papel y después examinó con curiosidad el adorno floral que recorría el borde.
—Podemos intentar incluso conseguirte algo más de ropa —comentó Michael—, aunque no puedo asegurarte que te quede bien. —Eleanor era menuda y delgada, y cualquier prenda que le pidiera prestada a Betty, Tina o Charlotte iba a parecer una tienda de campaña.
—Lo que llevo valdrá —respondió ella—. Aunque me gustaría poder lavarme la ropa… y —añadió, ruborizándose— bañarme, si es posible.
Eran precisamente tales consideraciones las que habían convencido a Michael, Murphy y Lawson de que lo mejor era alojar a Eleanor en la enfermería, aislada de los demás. No sólo por su propia salud y seguridad, sino porque estaba condenada a ser objeto de intensos exámenes si el resto de reclutas y probetas se enteraban de su presencia. Eleanor se convertiría en la Miley Cirus de la Antártida. Y Michael sabía que su vida de ahora en adelante iba a ser muy distinta de la de cualquier otra persona. En cuanto un avión de suministro la llevara de nuevo de regreso al mundo exterior, al Dateline NBC y al People Magazine y a sus entrevistas con Larry King y Barbara Walters, la pobre no iba a saber ni de dónde le llovían los golpes. Lo único que podía hacer Michael era tratar de protegerla todo el tiempo que estuviera en su mano.
Incluso cuando rescató a Kristin de la montaña, él se había convertido en una noticia local. Con eso era suficiente. No quería ver cómo ninguna otra persona se convertía en foco de los medios de comunicación.
Eleanor terminó el chocolate y dobló meticulosamente la servilleta de papel, con la intención evidente de guardarla. Charlotte regresó en ese momento con un par de pijamas de hospital nuevos y una bata de felpa. Al entrar miró a Michael, como para darle a entender que Murphy le había explicado también el plan y que a partir de ahora podían contar con ella.
—Muy bien. Entonces, os veré mañana a las dos —dijo Michael, recogiendo la bandeja. Eleanor pareció algo alarmada al verle marchar. A Michael no le sorprendió, ya que se había convertido en su primer amigo en este mundo. Le sonrió y añadió—: Mañana te traeré más magdalenas recién hechas. Te lo prometo.
Por el gesto desolado de Eleanor, pensó que aquello debía de ser un exiguo consuelo.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mayo 25, 2010 8:55 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] jejeje te puse ranguito, pero no te di las gracias ^^

por cierto, ya mandé los mensajes que me tocaban [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Mayo 25, 2010 9:02 pm

Yo también los mandé. Ahora sólo falta lo de ckony, a ver si le da tiempo.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 26, 2010 4:15 pm

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
Transcrito por Tibari


26 de octubre de 1854, pasada la medianoche


SINCLAIR NUNCA LLEGÓ A saber cuánto tiempo estuvo tendido en el campo de batalla. Tampoco estaba seguro de qué era lo que le había despertado. Tan sólo sabía que había salido la luna llena y que el firmamento estaba cuajado de estrellas. Soplaba un viento gélido que hacía flamear los pendones desgarrados y arrastraba con él los gemidos de los corceles y los soldados que aún no querían, o no podían, morir.
Él era uno de ellos.
Todavía tenía la lanza en la mano, y cuando logró levantar la cabeza unos centímetros del suelo logró ver que el astil se había partido en dos, aunque al parecer no sin antes ensartar al artillero ruso. Se vio obligado a bajarla de nuevo para recuperar el aliento; a pesar de la brisa, el aire apestaba a humo y putrefacción. Tenía la guerrera y los pantalones tiesos de sangre seca, pero sospechaba que no se trataba de la suya.
Cuando consiguió levantar otra vez la cabeza, vio a su caballo Áyax, que yacía muerto a unos pasos. La mancha blanca de su hocico estaba cubierta de sangre y de polvo y, por algún motivo, Sinclair pensó que era imprescindible limpiársela. El corcel le había servido bien y él le tenía mucho cariño. No era justo que lo dejara allí en condiciones tan indignas.
Pero no se levantó, porque no podía. Se quedó tendido, escuchando los sonidos de la noche y preguntándose qué había sucedido. Cómo había terminado todo. Si se ponía a gritar en voz alta, ¿acudiría a ayudarle algún amigo, o más bien un enemigo para rematarle? Le ardían los ojos y tenía la garganta seca. Se palpó el cinturón con la esperanza de hallar en él una cantimplora. Después rebuscó en el suelo, entre el polvo que le rodeaba, y encontró una espuela junto con la bota a la que estaba cosida. Se giró sobre el costado y vio que era un cadáver. Usando la pierna como anclaje, logró incorporar el torso. Le dolían los huesos y apenas podía moverse, pero buscó dentro de la guerrera —una guerrera británica— y encontró un frasco. Consiguió abrirlo y dio un largo trago. Era ginebra.
La bebida favorita del sargento Hatch.
Se frotó los ojos con el dorso de la mano y se inclinó para estudiar el rostro del cadáver, pero toda la cara había desaparecido, arrancada por el estallido del cañón. Le palpó el cuello y encontró una cadena, y aunque la luz de la luna no brillaba lo bastante para leerla, supo que la medalla que colgaba de ella conmemoraba la campaña del Punjab. Soltó la medalla, terminó de vaciar el frasco y volvió a tumbarse.
Se preguntó cuántos miembros de la brigada habrían sobrevivido a la carga.
Se estaba levantando una niebla helada que poco a poco fue cubriendo el suelo. A lo lejos oía de vez en cuando el seco disparo de una pistola. Tal vez eran sólo los veterinarios, que acababan con los sufrimientos de los caballos mutilados. O soldados heridos que hacían lo mismo para terminar con sus propios dolores. Un temblor incontrolable recorrió el cuerpo de Sinclair; sin embargo, pese a lo frío que estaba el suelo, notaba la piel caliente y pegajosa por debajo del uniforme.
Antes de que pudiera oír cómo se aproximaba la criatura, notó una tenue vibración en el suelo y se obligó a sí mismo a tenderse y permanecer inmóvil. Era lo único que podía hacer para evitar el temblor de sus miembros, pero, fuese lo que fuese, aquella cosa siguió acercándose a él de forma furtiva, moviéndose al amparo de la niebla. El teniente Copley tuvo la impresión de que avanzaba a cuatro patas, con la cabeza cerca del suelo… ¿olisqueando? ¿Qué era eso? ¿Un perro salvaje? ¿Un lobo? Tomó un poco de aire y contuvo la respiración. ¿No sería una de aquellas criaturas invisibles que al caer la noche acechaban junto a las hogueras? Los turcos tenían un nombre para ellos: Kara-kondjiolos. Chupadores de sangre.
La criatura se había detenido junto al cadáver de Áyax, pero lo único que pudo distinguir Sinclair sin levantar la cabeza fueron dos omóplatos afilados que se inclinaban sobre la carne ya en descomposición. Sinclair tenía el sable a su lado, dentro de la vaina, pero era consciente de que no conseguiría desenfundarlo desde el suelo, y mucho menos empuñarlo en condiciones. Tanteó la cartuchera. Estaba vacía: la pistola debía de haber salido despedida por los aires cuando cayó. En su lugar, buscó en el cadáver de Hatch, palpó el cuero de su correaje y después lo exploró con los dedos hasta encontrar la cartuchera del sargento. Por suerte, la pistola todavía seguía allí. Sinclair la desenfundó con el mayor sigilo posible.
El engendro emitió un sonido bajo e ininteligible, algo a medio camino entre el graznido de un buitre y un grito humano.
Sinclair amartilló la pistola y la criatura se detuvo. Él vislumbró un cráneo liso con ojos brillantes y oscuros que se levantaba de entre la niebla.
Aquel ser desconocido reptó con cuidado sobre el caballo muerto y se detuvo para examinar los rasgos desaparecidos del sargento Hatch.
Después se acercó a él, y Sinclair sintió una mano, o más bien una garra, algo que en cualquier caso tenía uñas muy aguzadas y que le tocaba la pierna. Se quedó quieto, fingiendo estar muerto, mientras notaba cómo una boca lamía con avidez la sangre que le cubría las ropas. Sabía que tan sólo dispondría de un disparo, y tenía que asegurarse de que fuese certero. La bestia siguió el reguero de sangre hasta su pecho y Sinclair pudo oler su aliento a pescado muerto y ver sus orejas puntiagudas. Una lengua áspera recorrió el tejido de su uniforme, e incluso eso pudo soportarlo, pero cuando de repente los dientes le mordieron la carne para extraer su sangre y aquella boca húmeda empezó a chuparle la herida, no pudo evitar un respingo.
La criatura levantó la cabeza, y por primera vez Sinclair pudo ver su rostro, aunque después de aquello nunca supo describirlo de forma exacta. Su primer pensamiento fue que era humano —los ojos inteligentes, la boca arqueada, la frente redondeada—, pero el cráneo tenía una forma extrañamente alargada y la piel coriácea cubría una máscara siniestra y contraída en una grotesca sonrisa.
Con mano temblorosa, el teniente apuntó con la pistola y disparó.
La criatura profirió un chillido y se llevó la mano a la oreja arrancada por el balazo. Después le miró con indignación, pero aun así retrocedió. Copley luchó por incorporarse. La bestia seguía retirándose, moviéndose en cuclillas, muy despacio, pero él habría jurado que llevaba sobre los hombros una pelliza de piel, como un soldado de caballería.
¿Qué demonios era aquel ser?
Sinclair rodó sobre un costado y trató de gritar, pero sus voces apenas se oían. Alrededor del merodeador se formó un remolino de niebla, y un instante después tan sólo quedó una bolsa de vacío en la noche. Sinclair aferró con fuerza la empuñadura de la pistola y disparó otra vez a la criatura.
Después oyó pasos cautelosos que se acercaban desde otra dirección.
—¿Quién ha disparado? —preguntó una voz con un marcado acento cockney.
Una linterna se balanceaba cerca del suelo.
—¿Eres inglés?
Entonces, la luz amarilla de la linterna cayó sobre su cara y Sinclair consiguió murmurar a través de sus labios despellejados y llenos de sangre:
—Teniente Copley. Del 17º de lanceros.


16 de diciembre, 18:00 horas

Sinclair pensó que si había sobrevivido a todo aquello, a la alocada carga de la brigada ligera y a una noche entera tirado en el campo de batalla, ¿qué no sería capaz de resistir? Sobre todo, teniendo a Eelanor a su lado.
Mientras conducía el trineo, confiaba por completo en el infalible sentido de la orientación de los perros para encontrar el camino de vuelta a la estación ballenera. Lo único que podía hacer era agacharse sobre los patines, con el rostro enterrado en la capucha y las manos enguantadas aferradas a las barras. Por dos veces los animales dieron un amplio rodeo para esquivar grietas recién abiertas que probablemente Sinclair no habría visto, pero que los perros parecían detectar. Pensaba recompensarlos con una generosa ración de grasa y carne de la foca muerta que llevaba en el trineo.
Se había alejado hacia el norte lo máximo que le dictaba la prudencia, buscando señales de presencia humana, pero empezaba a temer que se encontraban realmente en los confines de la tierra. Recordaba que, mucho tiempo atrás, el Coventry había navegado hacia el sur arrastrado por vientos hostiles, acompañado tan sólo por los solitarios albatros que volaban en círculos sobre las vergas de la nave. Por la impresión que le daban hasta el momento los alrededores, Eleanor y él se encontraban en un lugar tan remoto, congelado y yermo que sólo podía tratarse del mismísimo Polo, el destino más terrible de todos.
Pero la foca podía ayudarles. Había visto cómo Eleanor se debilitaba, y sabía que el contenido de las botellas era viejo, estaba rancio y había perdido buena parte de sus propiedades. De hecho, teniendo en cuenta de dónde procedía, a Sinclair le sorprendía que aún les hiciera algún efecto. En sus viajes por Europa no había tenido más remedio que extraer sangre de los muertos que encontraba en los campos de batalla y en los depósitos de cadáveres. Ahora, había partido en busca de carne y sangre frescas, aunque fueran animales, y las había encontrado entre los esqueletos blanqueados y las rocas azotadas por el viento de la costa. A las focas les gustaba tomar el sol allí, por fría que fuese su luz, tumbadas entre los millones de huesos rotos como bañistas en la playa de Brighton. Había evitado a los especímenes más grandes, que sin duda eran los machos, uno de los cuales se había acercado torpemente a él mientras trompeteaba su reclamo. En su lugar, había elegido a un ejemplar de piel parda y lustrosa y largos bigotes negros que debía de ser una hembra. La foca se había alejado de las demás para tumbarse bajo el enorme arco de un espinazo de ballena, y cuando Sinclair se acercó a ella no dio muestras de miedo. De hecho, apenas reaccionó cuando él desenvainó la espada, limitándose a mirarle impasible. Sinclair se puso encima de ella, plantando una bota a cada lado de su cuerpo. La foca le miró con ojos saltones y húmedos, mientras él intentaba adivinar dónde se encontraba el corazón. Quería que la herida fuese lo más pequeña y precisa posible, para que la sangre se quedara dentro del cadáver en vez de derramarse por el suelo. Apoyó la punta en el lugar elegido, y sólo entonces la foca miró el arma con cierta curiosidad. Después, Sinclair apoyó todo su peso en la espada y apretó hacia abajo. La hoja entró con suavidad, y el animal se agitó y se combó mientras el acero la atravesaba hasta clavarse en el permafrost del suelo. En lugar de retirar la espada, Sinclair la dejó allí para detener la hemorragia. Instantes después, la foca dejó retorcerse y se quedó inerte.
Mientras las demás focas le miraban sin alarmarse ni tan siquiera preocuparse por el destino que acababa de sufrir su congénere, Sinclair limpió la espada en la nieve y arrastró a su presa hasta el trineo. Gracias a ella tendrían provisiones para algunos días. Pero las perspectivas a largo plazo para él y Elanor seguían siendo tan lúgubres como antes.
Sinclair no era marino, pero como alguien que después de Balaclava se había pasado más de dos años huyendo, había aprendido a interpretar las señales del tiempo tan bien como cualquiera. Por eso se dio cuenta de que la temperatura, que era inhumana para empezar, estaba descendiendo todavía más, mientras en el horizonte el cielo se veía cada vez más oscuro y amenazador. En circunstancias normales, Sinclair gozaba de un buen sentido de la orientación, y más de una vez había recomendado a los demás oficiales de caballería la dirección que debían seguir, pero en este lugar maldito resultaba casi imposible saber dónde estaba. No había noche ni estrellas. Tampoco día, o al menos lo que todo el mundo consideraba como tal. ¿Cómo podía uno medir el movimiento de un sol que nunca se ponía o rastrear sombras que apenas cambiaban? En cuanto a puntos de referencia, a veces conseguía distinguir, aunque tierra adentro y demasiado lejos para alcanzarla, una hilera negra de montañas que serpenteaba por la vasta llanura como una cicatriz oscura en una mejilla blanca y suave. Eso era todo.
En cuanto se puso en marcha de nuevo, el tiempo cambió aún más rápido. El viento zarandeaba el trineo y los perros tenían que tirar con todas sus fuerzas para enderezar la trayectoria. Por suerte, Sinclair llevaba encima de la guerrera de su uniforme el abrigo rojo nuevo con cruces blancas en la espalda y en las mangas que había encontrado en el cobertizo, y además iba acurrucado tras el deslizador, que le protegía del viento. Le dolían las rodillas de estar en cuclillas, pero si se incorporaba corría el riesgo de que el viento lo tirara del trineo. Por otra parte, le preocupaba Eleanor. ¿En qué condiciones la encontraría? No le había hecho ninguna gracia encerrarla con llave en la sacristía, pero tenía miedo de lo que pudiera hacer. No sabía muy bien si Eleanor se hallaba en plena posesión de sus facultades mentales o estaba temporalmente enajenada.
Por experiencia, sabía que la fiebre iba y venía como los ataques de malaria que sufría el sargento Hatch, pero también era consciente de que aquella sed terrible nunca cedía. Siempre seguía allí, a veces escondida como un manantial subterráneo y a veces brotando a la luz para exigir que la saciaran. Sinclair se preguntó cómo Eleanor, que en las mejores condiciones era delgada como un junco, y además muy joven, conseguía resistir aquel impulso inexorable. El mal que los afligía a ambos era a la vez una bendición que los protegía de muchas otras flaquezas humanas y una maldición que los retenía para siempre en las garras de su oscuro poder. Libertador y carcelero al mismo tiempo. Había veces en que dudaba de que ella tuviera la voluntad o incluso el deseo de seguir adelante en tales circunstancias, pero Copley estaba seguro de que la fuerza de su propio empeño era suficiente para los dos. Quisiera o no, ella necesitaba lo que él le llevaba; por encima de todo, le necesitaba a él. Gritó a los perros para animarlos, pero el viento pareció recoger sus palabras y arrastrarlas de vuelta contra sus dientes, que castañeteaban de frío.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 26, 2010 4:21 pm

^^ ranguitos!!!

ahhh este es el cap que quería leer!!! jajaja

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Mayo 26, 2010 4:40 pm

Es muy gracioso con el tema de "la negra" y Michael pensando "vale, hay que enseñarle muuuuuchas cosas".

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 27, 2010 3:37 pm

Capítulo 38
Transcrito por Gemma

16 de diciembre, 18:45 horas

CUANDO MICHAEL SALIÓ DE la enfermería no podía dejar de darle vueltas a todo aquello. Era demasiado increíble, demasiado asombroso, demasiado imposible para asimilarlo. ¿De veras había estado hablando con una persona que llevaba congelada en hielo más de cien años antes de que él tan siquiera hubiese nacido?
Se dijo que debía calmarse y serenarse, tomarse las cosas con lógica. Proceder paso a paso. Y precisamente esos primeros pasos, agarrado con fuerza a las sogas que servían de guía entre los módulos, lo llevaron más allá del laboratorio de glaciología. Sabía que Danzing se encontraba allí fuera, en alguna parte, pero ¿por qué no asegurarse de que no estaba escondido en la guarida donde habían depositado su cuerpo? Seguramente Murphy ya lo había comprobado, pero el periodista necesitaba verificarlo con sus propios ojos. Al menos aquello sería algo que podría confirmar más allá de cualquier duda, y si había algo que necesitaba en aquel momento era certeza. O algo. Lo que fuese.
Ahora que la realidad amenazaba con soltar amarras y escapar, Michael estaba más decidido que nunca a encadenarla bien al muelle.
Para su alivio, ni Betty ni Tina se hallaban a la vista. Con cautela, bajó los escalones helados que llevaban hasta la cámara donde habían depositado el cuerpo del musher. Las bolsas de plástico que lo envolvían estaban desgarradas y yacían hechas jirones sobre la mesa congelada. Michael no pudo evitar que la escena le recordara una versión macabra de la resurrección: Jesucristo se levantaba de la tumba y dejaba tras de sí tan sólo el sudario.
Cuando volvió a subir las escaleras siguió encontrando malas noticias. Al pararse junto al cajón de plasma para ver si estaba Ollie, se encontró la caja vacía. Las virutas de madera que había en la parte posterior conservaban su forma de nido, pero aparte de un par de plumas grises no encontró otra señal del pájaro. Sacó un poco de sémola tostada que había cogido cuando fue a buscar comida para Eleanor, y los tiró en la caja por si el ave regresaba. No era más que un págalo, considerado poco más que la plebe de la Antártida, pero Michael le iba a echar de menos.
Después, con la cabeza gacha, desanduvo el camino y dejó atrás la sala de recreo, de donde salían voces estridentes y música de piano. En circunstancias normales habría entrado para unirse a la fiesta, pero no en este momento. Ahora lo único que quería era tiempo para reflexionar a solas y dejar que sus pensamientos se asentaran.
Por suerte, el biólogo no estaba en la habitación. Michael corrió las cortinas para tapar el panel de la ventana y encendió la lámpara del escritorio, que tenía una bombilla incandescente, un objeto poco común «rescatado» de una diminuta zona de descanso al final del habitáculo. Después se sacó los zapatos, se quitó los calcetines sudados y metió los dedos de los pies entre las largas hebras de la alfombra. Trabajo. Sólo necesitaba concentrarse un rato en su trabajo; lo había estado descuidando. Cogió la botella de whisky escocés del estante del armario y se sirvió tres dedos. Con el portátil en la mesa, empezó a descargar las decenas de fotografías que había tomado desde su llegada a Point Adélie. Había imágenes de las focas de Weddell que habían dado a luz a sus crías sobre témpanos de hielo durante sus primeros días en aquel lugar, y otras en las que aparecían las aves, petreles de nieve y carroñeros varios que frecuentaban la base. Los dedos de Michael dudaron un segundo sobre el teclado mientras volvía a preguntarse qué habría sido de Ollie.
Había fotos de la caseta de inmersión y un par de instantáneas de Darryl dentro de ella; con su traje de buceador completo y sus cabellos pelirrojos húmedos y brillantes parecía un duende de Santa Claus. En una de las fotos enarbolaba sobre el hombro un lanzaarpones como si fuera una jabalina. Había unas cuantas imágenes de Danzing y los perros, algunas en las que había posado y otras que Michael le había sacado sobre la marcha mientras entrenaba a la traílla. Y había una en la que Kodiak lamía los cristales de hielo de la barba del musher. Tras elegir las mejores fotos, las movió a una carpeta aparte. Después descargó otro lote de imágenes y se descubrió a sí mismo mirando el rostro de la Bella Durmiente.
O de Eleanor Ames, por lo que sabía ahora.
La mujer tenía los ojos abiertos y miraba a través de una gruesa capa de hielo. Michael amplió la foto, y al hacerlo los ojos verdes de Eleanor destacaron todavía más en la imagen. Era como si le estuvieran contemplando directamente a él, y Michael se sintió como si le devolviera la mirada a ella. Como si estuviera asomándose a un abismo temporal, a la sima que separaba la vida y la muerte. Bebió otro sorbo de whisky. ¿De verdad era eso lo que debería estar haciendo?
El viento subió un punto más y azotó los costados del módulo. Las cortinas se agitaron, y pensó que tenía que cerrar mejor la ventana.
Michael se retrepó en el asiento mientras observaba la foto y se preguntaba qué estaría haciendo ahora Eleanor. ¿Seguiría durmiendo? ¿O se habría despertado, aterrorizada ante aquel nuevo cautiverio?
En ese momento, por debajo del ulular del viento creyó oír algo que parecía un grito humano. Se levantó del asiento, separó las cortinas, se puso la mano a modo de visera sobre los ojos y se asomó al exterior, pero no consiguió distinguir nada en medio del remolino de nieve. Algo que agradeció. Si hubiese sido Danzing, ¿qué habría podido hacer?
Le dio otra vuelta a la manivela que cerraba la ventana.
Entonces le pareció escuchar de nuevo aquel grito, y esta vez habría jurado que se trataba de un lamento bajo y profundo que pronunciaba palabras indescifrables; pero aunque apagó la lámpara, volvió a cubrirse los ojos y se asomó de nuevo, no consiguió vislumbrar nada.
«Guau», pensó, corriendo de nuevo las cortinas. «Este whisky debe de tener más grados de lo que creía».
Se dejó caer de nuevo sobre la silla y, tras echar otro vistazo a la foto de Eleanor, abrió más imágenes que había tomado en la estación ballenera abandonada. El casco oxidado del Albatros yacía en la playa, había montones de huesos blanquecinos esparcidos entre las rocas y lápidas inclinadas en ángulos absurdos en el cementerio.
Las cortinas volvieron a moverse, pero él se dio cuenta de que esta vez no era por culpa de la ventana. Alguien debía de haber abierto la puerta al final del vestíbulo, y eso siempre enviaba por toda la sala una corriente de aire que llegaba hasta el cuarto de baño común y la sauna. Debía de ser Darryl, y Michael ya estaba preparando lo que iba a contarle —o lo que iba a callarse— con respecto al descubrimiento de Eleanor, cuando oyó el sonido de unas pisadas húmedas y pesadas en el vestíbulo. Cerró la carpeta del ordenador en el mismo instante en que los pasos se detenían fuera de la habitación. Esperó a oír cómo la llave de Darryl entraba en la cerradura —los dormitorios cerrados con llave eran la regla, obedeciendo a Murphy—, pero en vez de eso simplemente vio cómo se movía el pomo. Sólo giró un poco, hasta que topó con la resistencia del cerrojo.
Michael entrevió una sombra por debajo de la puerta y oyó a alguien jadear. Sintió cómo se le erizaba el vello de la nuca, se levantó muy despacio y caminó descalzo y de puntillas hasta la puerta. Después agarró el picaporte, que había vuelto a moverse, lo sujetó con fuerza y pegó la oreja a la puerta. Era de contrachapado fino; deseó como nunca en su vida que fuera de roble macizo. Un hilillo de agua gélida se coló por debajo de la puerta y le mojó los pies.
Al otro lado volvieron a tentar el pomo, pero éste siguió sin ceder. Michael intentaba no respirar.
Oyó cómo alguien exhalaba profundamente y, después, el crujido de unas ropas cubiertas de escarcha. Michael apretó la oreja contra la puerta y también apoyó en ella el hombro.
—Devuélvemelo… —murmuró la voz.
A Michael se le heló la sangre en las venas. Esperó, dispuesto a bloquear de nuevo la puerta, cuando escuchó risas en el otro extremo del módulo, donde estaban los baños, y el restallido de un toallazo.
—¡Madura! —exclamó alguien.
De pronto el picaporte dejó de moverse y la sombra que había bajo la puerta desapareció. Sonó un chapoteo apresurado, de unas botas mojadas pisando sobre la alfombra seca. Segundos después, Michael oyó un portazo en el extremo más alejado del módulo y la puerta del dormitorio empezó a abrirse. Michael, que seguí aferrando el pomo, oyó maldecir a Darryl:
—Esta mierda de llave…
Michael soltó el pomo, que terminó de girar por fin. El pelirrojo entró, vestido con albornoz y zapatillas y con una toalla enrollada al cuello. Al ver a Michael detrás de la puerta se sorprendió.
—¿Qué pasa? ¿Ahora trabajas de portero?
Michael rodeó al biólogo y se asomó al pasillo.
—¿Has visto a alguien?
—¿Cómo? —dijo Darryl, secándose la cabeza con vigor—. Ah, sí, creo que alguien acaba de salir. —Dejó su llave sobre el tocador—. ¿Por qué? —Michael empujó la puerta y echó la cerradura. El gélido reguero de agua sobre la alfombra ya había empezado a secarse.
Al ver el portátil abierto, Darryl preguntó:
—¿Estabas trabajando?
—Sí —respondió Michael mientras apagaba el ordenador—. Eso estaba haciendo.
—¿Has encontrado algo interesante en Stromviken?
—No, nada nuevo —replicó el reportero, volviéndose para ocultar cualquier gesto que pudiera delatarlo.
—Creo que voy a tomar un trago de eso —observó el biólogo al ver la copa de licor escocés.
Mientras Michael le servía whisky en un vaso, Darryl tiró la toalla sobre la cómoda. La toalla cayó al suelo, y al hacerlo tiró un cepillo y unos cuantos objetos más.
—Lo siento. El tiro de tres nunca ha sido mi fuerte.
Darryl se agachó y recogió algunas cosas de la alfombra, pero después se quedó pensativo mientras sopesaba el último objeto en su mano.
Cuando Michael le tendió la copa, Darryl le entregó a cambio lo que acababa de recoger: un collar de dientes de morsa que se desenroscó en la mano de Michael como una serpiente.
—Podrías enviárselo por correo a su viuda cuando vuelvas al mundo exterior —sugirió el biólogo—. Seguro que le gustaría tenerlo.

16 de diciembre, 20:20 horas

Una vez que Michael salió de la enfermería —algo que Eleanor lamentó—, la doctora la llevó hasta el cuarto de baño, le enseñó cómo funcionaba la ducha de agua caliente y le dejó todo lo que necesitaba. Había, por ejemplo, un cilindro alargado y suave al tacto que soltaba una pasta para frotarse los dientes cuyo sabor le recordaba a la lima, y también un cepillo con cerdas muy finas y transparentes. Eleanor se preguntó de qué animal las habrían sacado.
—Si necesitas algo más, estoy en la puerta de al lado —dijo la doctora.
Y entonces Eleanor se quedó sola; sola en un cuarto de aseo que no se parecía a nada que hubiera visto antes, con ropa limpia para ponerse por primera vez en más de ciento cincuenta años y sin tener la menor idea de qué iba a ser de ella a continuación. O qué iba a ser de Sinclair, allá donde estuviese. ¿Seguiría de exploración? ¿Tal vez cazando? ¿Acaso una tormenta lo había sorprendido demasiado lejos de la iglesia y se había perdido en un paraje desconocido?
¿Y si había regresado, sólo para encontrar que habían descorrido el cerrojo de la puerta y que la habitación se hallaba vacía? En tal caso, Sinclair se daría cuenta de que alguien había perturbado su descanso. Eleanor sintió una punzada en su interior, la misma que habría experimentado si la situación de ambos hubiera sido la contraria…, si ella hubiese tenido razones para creer que le habían arrebatado a Sinclair y se lo habían llevado Dios sabe dónde. Desde el día en que él regresó del campo de batalla y Eleanor vio su nombre en la lista de los recién ingresados, ambos estaban unidos de una forma que ella nunca podría explicarle a nadie.
Pues nadie lo entendería.
Lo había encontrado en una de las salas destinadas a pacientes con fiebres altas. Unas sucias cortinas de muselina colgaban de barras combadas por el peso, y como muy pocos de los médicos o incluso de los camilleros se atrevían a arriesgarse a que los contagiaran, no había nadie a quien preguntar dónde habían puesto a Copley. Ignorando los patéticos gritos de los que pedían agua o auxilio, de los hombres que morían de sed o atrapados en terribles delirios febriles, Eleanor había recorrido la sala de la enfermería, mirando a todas partes…, hasta que descubrió una cabeza pelirroja sobre una almohada de paja en el suelo.
—¡Sinclair! —había exclamado Eleanor, corriendo a su lado.
Él levantó la mirada, pero no dijo nada. Después sonrió. Era una sonrisa adormilada y, gracias a ella, la enfermera Ames supo que Sinclair no creía que Eleanor estuviera realmente allí. Era la expresión de un hombre que disfrutaba conscientemente de una visión aun sabiendo que se trataba de un ensueño.
—Sinclair, soy yo —dijo Eleanor, arrodillándose junto a su jergón y agarrando su mano flácida—. Estoy aquí. De verdad.
La sonrisa se borró, como si aquel contacto erosionara el frágil sueño de Sinclair en lugar de reforzarlo.
Ella apretó su mejilla contra el dorso de la mano de Sinclair.
—Estoy aquí y tú sigues vivo. Eso es lo único que importa.
Él retiró la mano, molesto por esa nueva intromisión.
A Eleanor se le llenaron los ojos de lágrimas, pero buscó en el dispensario hasta que encontró un cántaro de agua estancada —la única disponible—, y volvió para mojarle la cara y la frente. Tenía costras de sangre seca en el bigote, y también se las limpió.
Detrás de ella había un soldado tendido en el suelo, a juzgar por los andrajos de su uniforme, un escocés de las Tierras Altas, que le tiró de la falda para suplicarle un poco de agua. Eleanor se volvió y derramó unas gotas sobre sus labios agrietados. Era un hombre ya algo mayor, de treinta y tantos años, con los dientes rotos y la piel blanca como tiza. Eleanor pensó que no le quedaban muchas horas de vida.
—Gracias, señorita —murmuró—. Se lo advierto, no se acerque a él. —Se refería a Sinclair—. Es mala gente. —De pronto apartó su pálido rostro, presa de un ataque de tos.
Está delirando, pensó Eleanor antes de devolver su atención a Sinclair. Pero fue como si, en aquellos breves segundos, su mente se hubiera despejado un poco. Ahora la miraba de forma consciente.
—Dios mío —musitó—. Eres tú.
La rompió a llorar y se agachó para abrazarle. Podía sentir la piel y los huesos de Sinclair a través del fino camisón que le habían puesto, y se preguntó cuánto tardaría en conseguir unas gachas calientes de la cocina. O en encontrarle una cama como Dios manda.
Sinclair estaba débil y cansado, pero era capaz de pronunciar unas cuantas palabras seguidas de cada vez, y Eleanor se esforzaba por completar sus frases. No quería terminar de agotarle —y además sabía que tenía otros deberes que cumplir—, pero su sola presencia parecía devolverle las fuerzas, y además temía dejarle solo aunque fuesen unas horas nada más. Cuando, por fin, no le quedó más remedio que hacerlo, le prometió volver en cuanto tuviera oportunidad, y Sinclair la siguió con la mirada hasta que la enfermera Ames desapareció tras las cortinas de muselina que ondeaban como mortajas.
Mientras se miraba en la superficie lisa y sin manchas del espejo del cuarto de baño, Eleanor recordó perfectamente la expresión del rostro de Sinclair y lo vio con tanta claridad cómo se veía ahora a sí misma. Giró las manecillas de la ducha tal como la doctora le había enseñado y, tras dejar el resto de su ropa en una cesta de mimbre, se metió con cautela bajo el chorro caliente. El agua brotaba de un artefacto circular y parecía vibrar conforme caía sobre ella. Había una pastilla de jabón —entre todos los colores, ¿tenía que ser verde?— en una especie de hornacina entre las losas de la pared. Al igual que la pasta con que se había cepillado los dientes dejaba sabor a cítrico, el jabón tenía la fragancia de un bosque de coníferas. ¿Acaso en aquel nuevo y peculiar mundo todo poseía sabores y aromas extraños? Eleanor dejó que el cálido torrente de cayera sobre los brazos, y después sobre los hombros. Como no sabía cuánto duraría aquella milagrosa cascada, puso el rostro bajo el surtidor. Todo era tan raro y tan inesperado que se sentía como si hubiera vuelto a desembarcar en Crimea.
El agua caía como un millar de diminutas gotas de lluvia que repiqueteaban sobre sus párpados y le resbalaban por el cuello y los pechos. Poco a poco se inclinó hacia delante, hasta que el agua de corrió sobre la coronilla y le soltó los largos cabellos castaños a ambos lados de la cara. Era una de las sensaciones más deliciosas que había experimentado en toda su vida, y se quedó allí mucho rato, apoyada con las palmas abiertas en los azulejos blancos, como hojas de té en remojo —se dijo a sí misma— mientras el agua formaba un pequeño charco bajo sus pies. Por primera vez en décadas sintió calor en la piel y pensó que tal vez, si se quedaba así el tiempo suficiente y siempre que el agua no se agotara, aquel calor lograría penetrar hasta su corazón y mitigar el incesante dolor que llevaba sufriendo tanto tiempo.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 27, 2010 4:05 pm

Ranguito. :manga10: Te mandé más capítulos al correo.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Mayo 27, 2010 4:07 pm

^^ sí, acabo de verlos y contestar que me llegaron [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 12:15 pm

Capítulo 39
Transcrito por Gemma

17 de diciembre, medianoche

LA CAMPANA DE LA torre repicaba cuando Sinclair volvió por fin a la iglesia, pero sólo era el viento que movía el badajo. Sin embargo, su sonido les había ayudado a él y a los perros a orientarse en medio de la tormenta. Entró tambaleándose, con la foca muerta encima de los hombros, mientras los canes, liberados del arnés, ladraban y corrían junto a sus pies. Enseguida se dio cuenta de que la puerta de la sacristía estaba entreabierta. Dejó caer la foca sobre el altar, se acercó a la puerta y se asomó al interior.
El fuego de la chimenea estaba apagado y su compañera había desaparecido.
Se quedó allí, jadeante y con un brazo a cada lado del hueco de la puerta. Era posible, aunque improbable, que ella hubiese encontrado alguna forma de abrir el cerrojo y escapar, pero ¿cómo?
¿Y por qué?
—¡Eleanor!
Gritó su nombre una y otra vez, provocando como respuesta un coro de ladridos entre los perros que recorrían las naves de la iglesia. Sinclair subió las escaleras del campanario corriendo y trató de escrutar entre aquel ciclón de nieve y hielo, pero apenas alcanzaba a vislumbrar los almacenes y cobertizos de abajo. Aunque se aventurase a pie en la ventisca, la tormenta era tan intensa que no conseguiría orientarse ni moverse en una dirección sin desviarse. Si Eleanor se había internado en la tempestad, Sinclair no lograría encontrarla de nuevo… ni hallar su propio camino de regreso.
Sabía que lo único que podía hacer era esperar, aguardar el momento oportuno hasta que amainase el temporal. Aunque odiaba reconocerlo, no resultaba inconcebible que Eleanor hubiese cometido una imprudencia imperdonable, que hubiera elegido, por propia voluntad, no continuar. Sinclair era consciente de la desesperación de Eleanor, una desesperación que él mismo compartía; pero en su fuero interno no podía aceptar que ella hubiera hecho algo así. Registró su humilde morada buscando un signo revelador de despedida, un mensaje de cualquier tipo, tal vez con letras arrancadas del cantoral. Pero no encontró nada, y sabía que ella, por muy grande que fuese su dolor, no le habría abandonado de ese modo. No, ella no se iría así, sin decir ni una palabra. Sinclair la conocía demasiado bien para creer algo así.
Lo cual sólo dejaba la otra alternativa: que alguien se la hubiese llevado.
Contra su voluntad.
Se preguntó si, durante su ausencia, los hombres del campamento habrían aprovechado para venir y llevarse a Eleanor, las huellas que hubiesen podido dejar en la nieve ya se habrían borrado, y con los perros empapados y sueltos dentro de la iglesia resultaría imposible encontrar pisadas de posibles intrusos, pero ¿quién más podía haber sido? ¿Y a qué otro lugar podrían habérsela llevado, salvo a su campamento?
Por último, la cuestión a la que derivaban todos sus pensamientos: ¿cuál era la mejor forma de rescatarla?
Los obstáculos eran inmensos, sobre todo porque no conseguía ver cómo iba a terminar el juego. Aunque encontrara a Eleanor y la liberara, ¿adónde podrían huir los dos en este continente rodeado de hielo? Sinclair se sentía como si contemplara un estrecho desfiladero que lo llevaba a una perdición segura, igual que le había ocurrido aquella fresca mañana de octubre en Balaclava. Pero de algún modo, se recordó a sí mismo, había sobrevivido a aquel apocalipsis, y a cosas aún peores. Por muy negra que fuera la página, siempre se las había arreglado para pasarla y entrar en un nuevo capítulo de su vida.
Además, disponía de ciertas ventajas, pensó torvamente. Tenía una copa de sangre fresca de foca reposando como un cáliz junto a su codo, al lado de un libro de poesía que había viajado con él de Inglaterra a Crimea, y ahora a este espantoso puesto de avanzada. Abrió el poemario al azar. Su mirada cayó sobre el papel amarillento y tieso como pergamino, y leyó…

Solo, solo, siempre solo,
en este inmenso y vasto océano.
Jamás hubo un santo que se apiadara
de mi alma atormentada.


¡Tantos hombres! ¡Tan lozanos!
Todos ellos yacen muertos.
Mientras mil criaturas viscosas
siguen con su vida, como yo.



Aunque para la mayoría de los hombres aquellas palabras no eran más que un bálsamo ligero, para él suponían un gran consuelo. Tan sólo el poeta parecía adivinar la espantosa verdad de su situación. Mientras los perros aullaban, Sinclair cortó otra porción de grasa de la foca muerta que yacía en la mesa y la arrojó a la nave inferior. Los canes se abalanzaron sobre la pitanza, arañando con sus garras el suelo de piedra, y los ecos de sus ladridos resonaron entre las vigas del techo.
Desde su alto taburete, tras el altar profanado, Sinclair inspeccionó su reino vacío. Podía imaginarse las caras de los balleneros que antaño ocuparon los bancos, sus rostros sucios de grasa y hollín, sus ropas mugrientas con manchas de sangre seca. Elevarían sus miradas a aquel mismo altar, con el sombrero en la mano, para escuchar al sacerdote que ensalzaba las virtudes de la vida ultraterrena y los abundantes tesoros que les aguardaban en el Cielo para compensar los tormentos que sufrían a diario. Se sentarían allí, en aquella iglesia desolada —incluso el crucifijo era tosco y feo— en medio del desierto helado, entre montones de entrañas y huesos aún calientes, para oír relatos que les hablaban de nubes blancas, de un sol dorado, de una felicidad sin límites y de la vida eterna. De un mundo que no era un matadero maloliente como el que habitaban. ¡Ah!, pensó Sinclair, ¡cómo los habían embaucado!
Del mismo modo que a él lo habían engatusado con historias de gloria y valor. Cuando yacía en su jergón del hospital de campaña, consumido por un ansia inexplicable y cada vez más intensa, se había visto impulsado a cometer un acto del que llevaba largo tiempo arrepintiéndose, pero que ya no podía remediar. La sed de sangre que le había despertado aquella criatura impía en Balaclava era demasiado poderosa para resistirse a ella, y Sinclair la había saciado con un escocés indefenso que estaba demasiado débil para resistirse.
Los turcos habrían contado a Sinclair entre los malditos. Y él no habría podido discutírselo.
Sin embargo, a la noche siguiente, cuando Eleanor acudió a su lado, Sinclair se encontraba mucho más fuerte. Revivido. Sentía que podía volver a respirar de verdad y que lo veía todo mucho más diáfano. Incluso sus facultades parecían restablecidas.
¿Cómo se sentía uno al figurar entre los condenados?
Pero en el semblante de Eleanor había detectado algo inquietante. Pensó que debían de ser los primeros síntomas de la misteriosa fiebre de Crimea, que él conocía muy bien, pues los había notado innumerables veces en otras personas. Sus temores se confirmaron cuando ella se tambaleó y derramó la sopa, y los camilleros tuvieron que escoltarla fuera de la enfermería. A la noche siguiente, cuando fue Moira y no Eleanor quien vino a atenderle, Sinclair supo que había ocurrido lo peor.
—¿Dónde está Eleanor? —había preguntado, apoyando un codo en el suelo para incorporarse. Incluso aquel leve movimiento era doloroso. Sinclair sospechaba que se había fracturado una o dos costillas al caer del caballo, pero no había nada que hacer para recomponer una costilla rota, y cualquier cosa que pudieran intentar los cirujanos lo mataría con toda seguridad.
—Eleanor está descansando —dijo Moira, rehuyéndole la mirada mientras dejaba junto a él un cuenco de sopa, aún caliente, y una jarra de agua salobre.
—Quiero saber la verdad —repuso él, agarrándola de la manga.
—La señorita Nightingale quiere que Eleanor reponga fuerzas.
—Está enferma, ¿verdad?
Sinclair pudo ver la expresión esquiva de sus ojos mientras secaba una cuchara en el bolsillo de su delantal y la metía en el cuenco de sopa.
—¿Es la fiebre? ¿En qué fase se encuentra?
Moira se tragó un sollozo y apartó la mirada.
—Cómase la sopa ahora que está caliente.
—Al diablo la sopa. ¿En qué fase se encuentra? —El corazón le dio un vuelco en el pecho al imaginarse lo peor—. Dime que aún sigue viva.
Moira asintió, enjugándose las lágrimas con un triste remedo de pañuelo.
—¿Dónde está? Tengo que ir a verla.
Moira meneó la cabeza y dijo:
—Es imposible. Está en las habitaciones de las enfermeras, y no se le puede mover.
—Entonces tendré que ir yo.
—Ella no quiere que nadie la vea en ese estado. Y no hay nada que pueda hacer para ayudarla.
—Eso tendré que juzgarlo yo.
Sinclair apartó a un lado la manta andrajosa y se puso en pie a duras penas. El mundo daba vueltas a su alrededor: las paredes mugrientas, las cortinas llenas de moscas, los cuerpos maltrechos que yacían en el suelo en filas desordenadas. Moira le agarró por la cintura para evitar que se cayera.
—¡No puede ir allí! —protestó—. ¡No puede!
Pero Sinclair sabía que sí podía, y que Moira le ayudaría a hacerlo. Palpando entre la paja que había amontonado a modo de almohada encontró la guerrera de su uniforme, arrugada y llena de manchas. Con la ayuda a regañadientes de Moira, terminó de vestirse y se dirigió a la puerta, bamboleándose a ambos lados. Se encontró ante dos pasillos interminables, ambos oscuros y atestados, pero que llevaban en direcciones opuestas.
—¿Por dónde?
Moira le sujetó con firmeza del brazo y le guió hacia la izquierda. Pasaron junto a varias salas llenas de enfermos y moribundos; la mayoría estaba en silencio y otros murmuraban quedamente para sí. A los que sufrían una agonía o un delirio demasiado intensos como para mantenerlos callados les suministraban una piadosa dosis de opio, con la esperanza de que ya no despertaran. De cuando en cuando pasaban junto a camilleros o a oficiales médicos que los miraban con curiosidad, pero el hospital era tan grande y el personal que trabajaba en él se veía tan abrumado por sus tareas y sus responsabilidades que nadie tenía tiempo para preocuparse de preguntarles adónde iban.
El hospital, que en su origen había funcionado como cuartel, estaba construido como un inmenso cuadrado, con un patio central en el que podían congregarse miles de soldados, y tenía torres en cada una de las cuatro esquinas. Los alojamientos de las enfermeras se encontraban en el torreón noroeste, y Sinclair tuvo que apoyarse con fuerza en el hombro y el brazo rollizo de Moira mientras ambos subían por la angosta escalera de caracol. Cuando llegaron al primer rellano, vieron el resplandor de una linterna que bajaba hacia ellos, y Moira escondió rápidamente a Sinclair en un estrecho hueco. Cuando la luz se acercó más, Moira dio un paso adelante y dijo:
—Buenas noches, señora.
Desde las sombras, Sinclair vio que Moira había saludado a la mismísima señorita Nightingale, que bajaba lámpara en mano con un pañuelo negro anudado a modo de lazo sobre su cofia blanca.
—Buenas noches, señorita Mulcahy —respondió. El blanco del cuello, el delantal y los puños resplandecían a la luz de la linterna—. Supongo que vuelve para estar al lado de su amiga.
—Así es, señora.
—¿Cómo se encuentra? ¿Le ha bajado la fiebre?
—No que yo sepa, señora.
—Siento mucho oírlo. Iré a verla cuando termine mi ronda de visitas.
—Gracias, señora. Sé que ella lo apreciaría mucho.
Cuando Nightingale movió la linterna, Sinclair contuvo la respiración entre las sombras.
—Creo recordar que las dos se alistaron juntas para esta misión, ¿me equivoco?
—Así es, señora.
—Y también volverán juntas de ella —aseguró Nightingale—. Sin embargo, procure que los lazos de la amistad, por estrechos que sean, no la distraigan de nuestro propósito en este lugar. Como sabe, todas nosotras nos hallamos permanentemente bajo la lupa ajena.
—Sí, señora. Tiene razón.
—Buenas noches, señorita Mulcahy.
Con un frufrú de seda negra, la señorita Nightingale siguió bajando peldaños. Cuando la luz de su linterna se desvaneció, Sinclair salió de entre las sombras. Sin decir nada, Moira le hizo una señal para continuar. En el siguiente rellano, Sinclair oyó a varias enfermeras que intercambiaban con voz cansada las noticias del día —una estaba describiendo a un pomposo oficial que le había exigido que dejara de vendar la herida de un soldado de infantería para servirle a él una taza de té—, mientras otras fregaban cacharros. Moira se llevó un dedo a los labios para mandarle silencio y le condujo por otro tramo de la escalera, hasta lo más alto de la torre, donde encontraron una minúscula habitación con una ventana alta que asomaba a las oscuras aguas del Bósforo.
Arremangándose las faldas para no pisarlas, Moira se acercó a la cama y susurró:
—Mira a quién te he traído, Ellie.
Antes de que Eleanor pudiera siquiera girar la cabeza sobre la almohada, Sinclair se había arrodillado junto a su lecho para cogerle la mano. La tenía flácida y caliente, húmeda al tacto.
La señorita Ames tenía la mirada desenfocada, y parecía extrañamente molesta por la interrupción. Sinclair dudó de que hubiera reparado tan siquiera en su presencia.
—Si el instrumento está desafinado —dijo—, no deberían tocarlo.
Moira miró a Copley, como para confirmar que Eleanor desvariaba a ratos.
—Y vuelve a poner la partitura en el banco. Así es como se pierde.
Estaba de vuelta en Inglaterra, tal vez en el hogar familiar, o probablemente en casa del párroco, donde en tiempos iba a practicar piano, según le había contado a Sinclair. Éste apretó los labios contra el dorso de la mano de Eleanor, pero ella la apartó y la sacudió sobre la manta como para espantar moscas. En el hospital había moscas por todas partes, pero Sinclair reparó en que aquí, en lo alto de la torre y de cara al mar, no se veía ninguna.
Se preguntó cómo podría librarse de Moira. Para lo que quería hacer —para lo que tenía que hacer si quería salvarle la vida a Eleanor— necesitaba estar a solas, sin que nadie lo viera. Moira estaba escurriendo sobre un cubo de agua un paño que después usó para secar la cara de Eleanor.
—Moira, ¿crees que podrías conseguir un poco de oporto?
—No va a ser fácil —respondió ella—, pero lo intentaré.
Moira, que no era tonta, le tendió el paño y después se retiró con discreción.
Él estudió el rostro de la enfermera a la luz de la luna. Su piel mostraba un brillo febril, y sus ojos verdes resplandecían con la felicidad del desvarío. No era consciente de su propio sufrimiento; a todos los efectos, ni siquiera estaba allí. Su espíritu había abandonado su cuerpo y viajaba por las tierras de Yorkshire, y Sinclair temía que el suyo tardaría poco en seguirlo. Había visto a cientos de soldados gritar y desgañitarse, murmurar y reír de forma parecida un segundo antes de volver la cabeza hacia la pared y morir en el mismo suspiro.
—¿Puedes tocarme algo al piano? —preguntó.
La joven suspiró y sonrió.
—¿Qué te gustaría oír?
El joven le apartó la manta de los hombros suavemente. El calor de la fiebre subía desde debajo de la lana.
—Elige tú.
—Me gustan las baladas tradicionales. Puedo tocar Barbara Allen, si quieres.
—Me encantaría oírla —dijo Sinclair, tirando del camisón para desnudar su hombro. La muchacha se estremeció al sentir la brisa que entraba por la ventana abierta. Él inclinó su cabeza sobre ella.
Los dedos de Eleanor se movieron como si acariciara un teclado, y bajo su respiración jadeante tarareó los primeros compases de la canción.
Aunque seguía teniendo la piel caliente al tacto, se le había empezado a poner la carne de gallina. Sinclair le puso la mano sobre el pecho para protegerla del relente de la noche. Incluso así, por debajo del olor de la lana y el alcanfor, el aroma de Eleanor era tan dulce para él como un prado en una mañana de verano. Y cuando sus labios le rozaron la piel, le supo a leche recién ordeñada en el cubo.
La muchacha cantaba en voz baja:
—Oh, madre, madre, hazme la cama…
Sinclair se temía que lo que iba a hacer ya no tendría vuelta atrás.
—Que quede suave y bien lisa…
Pero ¿qué otra opción le quedaba?
—Hoy mi amor ha muerto por mí…
Al amanecer, la joven se habría ido. Él la rodeó con sus brazos. Tenía un nudo en la garganta.
—Yo moriré por él mañana…
Ella se estremeció como si la hubiera picado una abeja cuando él la mordió, cuando cerró la boca sobre su piel y la saliva corrupta de Sinclair se mezcló con la sangre de la muchacha. Dejó de cantar de golpe y su cuerpo se puso rígido.
Momentos después, cuando él volvió a levantar la cabeza, con los labios mojados tras su tétrico abrazo, los miembros de Eleanor se relajaron. Ella le miró con aire somnoliento y dijo:
—Pero es una canción muy triste. —Secándose las lágrimas de la cara con los dedos, añadió—: ¿Quieres que toque algo alegre?

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 12:50 pm

Ranguitos. Ya tenemos otra traductora para full moon rising, Sarita.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 12:56 pm

^^ si, ya la vi.

al final van apareciendo jejejeje y yo sin empezar mi parte del 4 :S
ahora mismo estoy a mitad del cap 5 de 13 balas, te aviso cuando lo termine [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 1:04 pm

Sin prisas, nena. Yo tengo los dos primeros y escaneados tengo hasta el 46. A ver si entre hoy y el lunes lo termino y ya os mando todos los capítulos que quedan. Annabel (qué raro se me hace llamarla así :grr:) ya está escaneando la seducción del vampiro.
Si en la próxima semana no sé nada de nekane, corrijo yo el capítulo 1 de full moon rising para ir adelantando y, cuando aparezca ella, le doy otro capítulo y ya está. Porque sino a este ritmo no empoezamos nunca.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 1:10 pm

ya hablé con ella. tenía el ordenador mal y no le llegaban los mensajes, pero ayer me dijo que para hoy tendría los caps que le tocaban. uno de the blue girl y el de full moon.

wiii ya casi no te queda nada ^^
debes de estar del escane hasta las narices [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 1:17 pm

Gemma escribió:
ya hablé con ella. tenía el ordenador mal y no le llegaban los mensajes, pero ayer me dijo que para hoy tendría los caps que le tocaban. uno de the blue girl y el de full moon.

wiii ya casi no te queda nada ^^
debes de estar del escane hasta las narices [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Sip. Encima no dejo de pensar cuando me toque el de 99 ataúdes. Sólo pienso 99 capis, 99 capis, 99 capis, 99 capis, 99 capis. Menos mal que annabel tenía escaner para el de la seducción del vampiro, si no...


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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Mayo 28, 2010 1:24 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] uff 99 caps, bueno todo un libro..... a mí me daría algo XD

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Tibari

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Mayo 29, 2010 1:11 pm

Transcrito por Tibari

PARTE IV
EL VIAJE DE REGRESO




Alcé los ojos al cielo y recé
y mientras devanaba una oración
un malvado murmullo me llegó
que mi corazón en polvo convirtió.

Cerré los ojos y así los mantuve
pese a que sus globos pulsaban y latían,
ya que el cielo y el mar, el mar y el cielo,
pesaban sobre mi mirada cansada
al seguirme los muertos tan de cerca.

La balada del viejo marinero,
SAMUEL TAYLOR COLERIDGE (1798)




CAPÍTULO CUARENTA

18 de diciembre, 9:00 horas
MICHAEL SE PUSO A patear el suelo delante de la enfermería para sacudirse la nieve de las botas. El ruido hizo salir a Charlotte. Al verle, se llevó un dedo a los labios, le cogió del brazo y le guió de nuevo hacia la entrada exterior.
—Ahora, no —susurró.
—¿Cómo se encuentra?
La doctora tironeó de los guantes hacia delante y hacia atrás mientras se los ponía.
—Lo está pasando bastante mal a pesar de no tener una fiebre muy alta. Le he administrado un sedante y le he puesto un gotero de glucosa. Mejor será que la dejemos descansar.
El periodista se sintió más disgustado de lo que esperaba. Desde el momento en que trajeron a Eleanor del campamento ballenero le había hechizado su rostro, el sonido de su voz y el deseo de descubrir el resto de su historia.
—Y Murphy se ha pasado para recordarme que no hagamos mención de su presencia aquí.
—Ah, vale, a mí también me ha enviado la nota —repuso Michael.
—Venga, vamos —terció ella, echándose la capucha sobre la cabeza—. Creo que lo que necesito ahora es un tazón del café superfuerte del tío Barney.
Apoyándose el uno en el otro para sostenerse bajo el viento racheado, avanzaron centímetro a centímetro rampa abajo hacia la zona común. Habían puesto por la noche un árbol de Navidad de mentirijillas con una serie de adornos de espumillón un tanto estropeados, y éste se alzaba algo mustio en una de las esquinas de la habitación.
Darryl ya se había apropiado de una mesa en la parte de atrás, donde hundía el tenedor en un plato lleno hasta arriba de tofu frito mezclado con verduras. La presencia del biólogo ya se había notado: el tío Barney había encargado más tofu por radio para que lo incluyeran en el pedido que debía llegar con el siguiente vuelo. Charlotte se deslizó en la banqueta más cercana a él, mientras que Wilde se sentó con su bandeja frente a ellos. La doctora, con sus trenzas sujetas en lo alto de la cabeza, lucía un aspecto parecido al de una piña.
Lo primero que hizo fue echar un montón de azúcar en el tazón de café y beberse un buen sorbo.
—¿Qué, intentando ponerte en pie? —le preguntó Darryl—. Espero que no te importe que te lo diga, pero con esa pinta que tienes… deberías meterte en la cama.
—Gracias por tus amables palabras —replicó ella, poniendo el tazón sobre la mesa—. ¿Cómo es que tu mujer no te ha pegado ya un tiro?
Hirsch se encogió de hombros.
—Nuestro matrimonio se basa en la sinceridad —respondió él, y Michael se echó a reír.
—Lo más extraño de todo es que cuando estaba en Chicago dormía como un lirón, a pesar de las alarmas de los coches que saltaban en mitad de la noche y los vecinos de fiesta hasta las cuatro de la madrugada. Aquí, en este sitio tan tranquilo como una tumba y sin coches a menos de unos cuantos miles de kilómetros a la redonda, me despierto de pronto de madrugada.
—Pero… ¿Cierras bien las cortinas de la cama? —inquirió Darryl.
—Ni se me ocurriría —replicó ella, mojando una tostada en un huevo poco hecho—. Se parecería demasiado a un ataúd.
—¿Has probado a correr las cortinas de opacidad de la ventana?
Ella hizo una pausa, masticando con lentitud.
—Ah, sí, claro, me levanté y trasteé un poco con ellas anoche.
—La idea es cerrarlas antes de acostarse —le recriminó Darryl.
—Lo hice, pero juraría que… —Barnes se detuvo bruscamente y después continuó—. Habría jurado que escuché algo afuera, en la tormenta.
Michael aguardó. Una nota en la voz de la mujer le advirtió lo que se avecinaba.
—¿Que oíste qué…? —preguntó el biólogo.
—Una voz… Gritos.
—Quizá era una banshee —explicó Hirsch, removiendo su plato con el tenedor.
—¿Oíste lo que gritaba? —inquirió Michael en el tono más despreocupado que logró improvisar.
—Me pareció entender, pese al rugido del viento, algo asó como ‹‹Devuélvemelo››. —Sacudió la cabeza y luego retornó a los huevos y la tostada—. Empiezo a echar de menos las alarmas de los coches.
El periodista logró tragarse el bocado a duras penas, pero decidió guardarse la noticia para sí mismo todavía.
—Esto me recuerda otra cosita… —comentó la doctora mientras rebuscaba en el bolsillo de su abrigo hasta sacar una muestra de sangre en un vial de plástico—. Necesito un análisis de sangre completo de esto.
A Darryl no pareció emocionarle mucho la perspectiva.
—¿Y a qué se debe que recaiga tanto honor en mi persona?
—Porque eres tú el que tiene todo ese equipo tan magnífico en tu laboratorio.
—¿De quién es eso? —preguntó.
—De uno de los reclutas —comentó ella, con brusquedad—, y te lo encargo a ti porque no hay más candidatos capaces de hacer un análisis de sangre.
—Vale —dijo él, golpeándose ligeramente en la boca con la servilleta—, y ya que estamos, también yo tengo algunas novedades.
Michael no estaba seguro de si hablaba en serio.
—Estáis sentados, amigos, al lado de alguien grande de verdad. En la última tanda de cebos he atrapado un ejemplar de una especie desconocida hasta ahora.
Tanto Michael como Charlotte le dedicaron toda su atención a partir de ese momento.
—¿Es eso verdad? —preguntó Michael.
Darryl asintió, sonriente.
—Aunque se relaciona estrechamente con el Cryothenia amphitreta, que permaneció sin descubrir hasta el 2006, no se conoce este pez en concreto.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —inquirió Charlotte.
—He consultado una fuente incuestionable, un pequeño tomo titulado Peces del océano Antártico, y ahí no figura. La morfología de su cabeza no se parece a nada que haya visto antes. Tiene una protuberancia que se bifurca sobre los ojos y una cresta púrpura.
—Eso es estupendo —exclamó Michael—. ¿Cómo le vas a llamar?
—De momento he pensado en llamarle Cryothenia, que como ya sabéis significa ‘procedente del frío’, hirschii.
—Vaya, don Modesto —comentó Charlotte entre risas.
—¿Cómo que don Modesto? —replicó Darryl—. Los científicos llevan toda la vida poniéndoles sus nombres a las cosas, y seguro que le va a sentar como una patada en el culo a un tal doctor Edgar Montgomery, allá en Woods Hole.
—Pues entonces genial —le felicitó Michael.
—Lo que quiero hacer ahora —continuó Darryl—, y de forma inmediata, es ir a por unos cuantos ejemplares más. Debe de haber toda una colonia en las cercanías. Necesito diseccionar el que me he traído, y sería estupendo contar con unos cuantos más para conservarlos intactos.
—A lo mejor tienes suerte —sugirió Michael.
—Murphy nos ha ordenado a todos permanecer en la base hasta que amaine la tormenta, pero espero obtener permiso para llegar por lo menos hasta la caseta de inmersión, donde quiero poner algunas redes y trampas más. Seréis bienvenidos los dos. Les podréis contar a vuestros nietos que estuvisteis presentes allí donde se fraguó la Historia.
Charlotte mojó un poco más de pan en el huevo y añadió:
—Pues la verdad es que me encantaría helarme el culo pescando por ahí, pero creo que en vez de eso me voy a echar una estupenda siestecita, y bien larga.
Pero Michael, que aprovechaba como fuera cualquier oportunidad que surgiera de salir de la base, especialmente ahora que Eleanor estaba fuera de su alcance, repuso:
—Estoy listo, ¿cuándo quieres que vayamos?
Una hora más tarde cruzaron la llanura helada en una motonieve. Michael ejercía de piloto y Darryl iba detrás. El periodista había conducido ese tipo de vehículos durante años y la experiencia solía resultarle de lo más estimulante, pero hacerlo en la Antártida tenía un factor añadido. El aire era tan frío que quemaba y cada centímetro de piel expuesta ardía como si le hubieran prendido fuego, y luego, al cabo de unos segundos, se quedaba totalmente insensible. Por ello mantuvo la cabeza abatida, pegada al manillar, cubierta por el pasamontañas, con los ojos tapados con gafas protectoras y una capucha de piel bien ajustada alrededor.
El paseo hacia la cabina de inmersión, alzada sobre unas patas de hormigón, se les hizo tremendamente corto. Michael dejó que el vehículo se deslizara lentamente hasta alcanzar el pie de la rampa, que moría en la puerta. En el mismo momento en que apagó el motor, el rugido del viento lo inundó todo y les envolvió por completo, hasta el punto de casi derribar a Darryl. El periodista le agarró por el hombro para estabilizarle y después le ayudó a trasladar el equipo al interior. Cerrar la puerta fue una lucha tremenda, ya que el viento racheado amenazaba con arrancarla de las bisagras.
—Jesús —exclamó Michael, y se dejó caer sobre el banco de madera, apartándose la capucha con los mitones.
La temperatura de la caseta no era más agradable que la del exterior a causa del agujero practicado en el suelo, por donde se colaba el frío, pero al menos estaban protegidos del viento. Hirsch encendió los pesados calefactores y durante un par de minutos se limitaron a quedarse allí sentados sin intentar siquiera decir una palabra.
Poco a poco se notó el efecto de los calefactores y la diferencia de temperatura propició la formación de una fina bruma que pendía como un sudario sobre el agujero de inmersión.
—Hay un montón de hielo obstruyendo el agujero —observó Michael—. Vamos a tener que romperlo o no podremos bajar nada.
—¿Y por qué crees que te he traído? —respondió el biólogo, mientras intentaba atar sus trampas y redes a las largas cuerdas sin quitarse los gruesos guantes.
—Debería habérmelo imaginado —comentó el periodista.
Echó un vistazo al equipo y a los instrumentos colgados en las paredes y luego examinó las herramientas esparcidas por el suelo: sierras para el hielo, cables de acero, arpones. El instrumento más apropiado parecía ser una aguzada pica, aunque era imposible usarla sin quitarse las manoplas, lo cual hizo a desgana. A pesar de todo, tenía otros guantes debajo, pero al menos eran más delgados y le permitían cerrar los dedos en torno a la empuñadura.
Una fina película de hielo recién formado cubría el agua, que se hallaba a poco más de medio metro. El trabajo de hacer practicable el agujero consistía en hundir la punta de la pica hasta quebrar el hielo, y luego tirar del instrumento para tomar impulso y dar otro golpe.
El esfuerzo agotador acabó por recordarle a Michael sus años de niñez, cuando debía limpiar con una pala la entrada de la casa después de cada nevada. Su padre siempre le aconsejaba salir y hacerlo cuanto antes, pues, tal y como le decía, ‹‹no te resultará más fácil cuando la nieve haya tenido tiempo de helarse››. Recordaba bien aquel dolor peculiar que le subía por los brazos cuando hundía la pala en lo que parecía nieve suelta y luego resultaba ser hielo bien duro. El estremecimiento le recorría toda la columna vertebral y hacía que le dolieran hasta los dientes. Estaba reviviendo esa sensación una y otra vez y el hombro que se había dislocado en las Cascadas comenzó a quejarse con amargura.
Al fin, consiguió reducir el hielo del fondo hasta convertirlo en una papilla medio derretida, aunque sabía que comenzaría a fraguar de nuevo con rapidez.
—¿Estás preparado? —le preguntó a Darryl, sintiendo cómo le corría el reguero de sudor por la espalda hasta llegarle a la cintura.
—Ya está… casi —respondió Darryl, probando la abrazadera de una trampa con forma de reloj de arena.
La cuerda tenía redes y cepos atados cada cierta distancia, lo cual le confería un aspecto similar al de la pulsera de un gigante. Hirsch, para sujetarla, la había enlazado y enrollado en torno a los enormes calentadores tipo rodapié de la cabaña. Darryl se arrastró de rodillas hacia el agujero y se inclinó justo en el borde para lanzar dentro del agua el extremo lastrado del cable.
—¿Puedes hacer más hueco? —pidió.
Michael usó la pica para retirar ese puré de cubitos a un lado. Hirsch dejó caer la cuerda dentro del agujero y el lastre sujeto al otro extremo lo arrastró hacia dentro. El torno al que iba atada zumbó conforme iba soltando más cable, arrastrando los distintos artefactos del biólogo hacia las profundidades del océano polar.
Michael utilizó la pica para apartar los grumos de hielo hasta que el instrumento saltó de su mano de forma repentina e inexplicable, y cayó dando tumbos por el agujero de hielo como un tronco que se precipita por un barranco.
—¿Qué demonios ha pasado?
Darryl se echó a reír y alzó la mirada antes de advertirle:
—Murphy te la va a cobrar.
Michael le acompañó en sus risas hasta ver a Darryl salir lanzado de cabeza hacia el agujero. ‹‹Se habrá enganchado al cable››, pensó en un primero momento para evitar que éste siguiera corriendo, pero el cable simplemente rozó con fuerza debajo de su bota de goma hasta que olió a quemado y continuó desenrollándose.
Y de todas formas, no había sido culpa del cable.
Una manaza de color azul cobalto había aferrado con fuerza a Darryl por el cuello de la parka y alguien intentaba abrirse camino por debajo de la tarima de la caseta. La situación del biólogo no era fácil, pues tenía medio cuerpo fuera y la cabeza y un brazo ya sumergidos en el agua; sin embargo, agitaba el otro como un poseso para repeler a su atacante.
Michael le cogió por las botas y dio un fuerte tirón con el propósito de subirle.
Entonces, alguien se movió por el espacio existente entre la tarima y el hielo del suelo, y enseguida asomó por el agujero una cabeza grande, con la barba congelada y unos globos oculares blancos y enloquecidos.
Era Danzing.
El musher soltó a Darryl en cuanto clavó los ojos en Wilde, como un león distraído ante el descubrimiento de una presa más apetecible, e intentó subir para meterse en la caseta. Darryl estaba empapado y pedía ayuda a gritos.
Sin embargo, Michael podía ofrecerle bien poca. Danzing, cubierto por una capa plateada de nieve congelada, había sacado ya ambos brazos de debajo de la tarima y se elevaba por la abertura como Poseidón surgiendo de las profundidades del mar.
—De… vuel… vemelo —gruñó a través de lo que quedaba de su garganta destrozada.
Wilde le lanzó otra patada, pero Danzing era muy rápido y se anticipó, agarrándole por la bota. Por suerte, ésta estaba húmeda y se le escurrió entre los dedos.
El biólogo había conseguido salir del todo del agujero y ahora estaba agazapado debajo de un banco, donde intentaba secarse el agua del pelo en pleno ataque de pánico. Daba la impresión de ignorar todavía qué le había golpeado ni qué estaba pasando.
Pero Michael sabía perfectamente a quién se enfrentaba. Danzing chorreaba agua helada por los empapados pantalones negros y la camisa de franela, pues debía de haberse mojado mientras intentaba subir por el agujero; seguía de rodillas, mas ya intentaba ponerse en pie. El periodista recorrió las paredes con la mirada hasta que descubrió uno de esos lanzaarpones usados para defenderse de los leopardos marinos. No lo dudó y se subió de un brinco al banco de madera para poder retirarlo de la pared.
Danzing ya se había incorporado y avanzaba hacia él, mas tropezó con el cable, trastabilló y estuvo a punto de caer, lo cual le concedió a Michael el tiempo preciso para preparar el arma y apuntar a la monstruosa criatura que se le echaba encima entre jadeos.
Apenas había distancia entre ellos cuando apretó el gatillo y la punta del arpón en forma de tridente explotó en el interior del pecho del atacante. La fuerza del impacto envió hacia atrás al agresor, pero, a trancas y barrancas, logró detenerse en el mismo borde del agujero y, tras unos segundos de duda, mantuvo el equilibrio; luego, llevó la mano al arpón, todavía clavado en su pecho, y lo aferró con fuerza mientras lo miraba boquiabierto y sorprendido. Michael no perdió el tiempo y con una patada le hizo caer de espaldas por el embudo helado.
Se oyó un fuerte ruido de salpicadura, un gorgoteo, el sonido del hielo resquebrajándose y luego… sólo silencio, roto por el zumbido de los calefactores.
Darryl se quejaba a grito pelado mientras intentaba sacudirse el agua congelada del pelo. Michael aún no podía acudir en su socorro. Cargó el arma y se asomó al borde del agujero con el lanzaarpones dispuesto.
No había nada que ver, excepto el tenso cable de acero reforzado que sostenía las trampas de Darryl y una temblorosa tracería de hielo azulado que comenzaba a cerrarse de nuevo sobre la tumba marina de Danzing.
Fin del capítulo

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Tibari

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Mayo 30, 2010 5:31 pm

CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

Transcrito por Tibari
18 de diciembre, 1:00 horas

SINCLAIR PERMANECIÓ ANTE LAS puertas abiertas de la iglesia y se quedó mirando al exterior, hacia la cegadora blancura de una ventisca tan densa que apenas veía el pie de las escaleras. Ni los perros podrían andar por ahí en esas condiciones.
Empujó las puertas con el hombro hasta que las cerró de nuevo y se volvió para contemplar sus dominios: una capilla lóbrega donde los perros del trineo yacían espatarrados sobre el suelo de piedra o acurrucados en apretadas pelotas entre los viejos bancos, un lugar cuyas paredes azotaba el viento implacable, susurrando a través de las grietas de la madera y los marcos de las ventanas. En realidad, sólo era una jaula enorme, eso y sólo eso… y él, nada más que otra bestia aprisionada en su interior.
Sus pensamientos vagaron hasta detenerse en un día, una tarde de domingo en la que había llevado a Eleanor al zoológico de Londres con la esperanza de distraerla, pero las cosas no habían salido todo lo bien que él hubiera deseado. Ella parecía cada vez más alicaída conforme pasaban ante sus ojos un animal tras otro encerrados en sus jaulas, y comenzó a considerar a aquellas criaturas cautivas desde su punto de vista. Muchos estaban solos, confinados en espacios pequeños sin ningún elemento proveniente de la naturaleza, ni arbustos, árboles, rocas, arena o aunque sólo fuera barro helado, que pudieran hacerles sentir más cómodos y en un ambiente familiar para ellos. Eleanor se había aferrado a su brazo y vagaban por el sinuoso sendero, pasando al lado de una fila tras otra de gruesos barrotes de hierro hasta que llegaron al animal más popular de los exhibidos.
El tigre de Bengala.
Envuelto en su elegante piel tapizada de rayas negras, anaranjadas y blancas, caminaba nerviosamente de un lado para otro en un espacio tan pequeño que apenas le permitía darse la vuelta. A sólo unos escasos metros de distancia se congregaba una muchedumbre de espectadores y varios niños le hacían muecas cuando la bestia dirigía una torva mirada en su dirección. Uno de ellos lanzó una bellota entre los barrotes que rebotó sobre el morro del felino. Éste rugió, y ellos se echaron a reír y se palmearon las espaldas unos a otros, llenos de regocijo.
—¡Dejadlo ya, parad de una vez! —les recriminó Eleanor, adelantándose para sujetar la mano de uno de los chicos que iba a lanzar otra bellota. El muchacho se volvió, sorprendido, y sus desaliñados compañeros la rodearon hasta que Sinclair dio un paso adelante a su vez.
—Largaos de aquí —les advirtió en voz baja pero severa—, u os arrojaré dentro de la jaula.
El chico vaciló entre impresionar a sus colegas o salvar el pellejo, y cuando Sinclair adelantó la mano para agarrarle de la manga escogió la segunda opción y salió disparado hasta ponerse fuera de su alcance. Pero una vez que se sintió a una distancia segura, se detuvo para tirarle una bellota y gritarle unas cuantas palabras llenas de desafío.
Sinclair se volvió hacia Eleanor, que había clavado una mirada inmóvil en el tigre. Éste había interrumpido sus vueltas interminables y le devolvía la mirada. No se atrevió a decir una palabra, ya que era como si ella y el tigre hubieran entrado en una silenciosa comunión. Ambos se sostuvieron la mirada el uno al otro durante al menos un minuto, y escuchó decir a un espectador anciano con grandes bigotes blancos y retorcidos hacia arriba:
—Miren, la señora ha sido hipnotizada.
Sin embargo, cuando ella colocó su brazo bajo el de Copley para continuar el paseo le caía una lágrima de los ojos.
Michael se sentía como si hubiera interpretado muchas veces variaciones de esa escena: intentar convencer a Murphy de que lo imposible era posible y que había ocurrido lo impensable. Primero fue que había encontrado a una mujer congelada en el hielo; luego, que Danzing había sido asesinado por uno de sus propios perros; y ahora, que después de haber asesinado a Ackerley, había regresado una vez más para atacar a Darryl en la caseta de inmersión. La única ventaja era que Murphy se había acostumbrado de tal manera a estas extrañas charlas que había dejado de cuestionarse la veracidad de las palabras de Michael o su cordura. En ese momento estaba sentado detrás de la mesa de su despacho, peinándose el espeso cabello canoso con los dedos, más blanco cada día que pasaba. Como observó Michael, hacía preguntas en un tono de voz resignado, casi mecánico.
—¿Estás seguro de que te lo has cargado esta vez con el arpón? —le preguntó al periodista.
—Sí —repuso éste—. Creo que al fin se ha ido para siempre.
Sin embargo, ¿estaba tan seguro como parecía sonar?
—De cualquier manera —replicó Murphy—, voy a ordenar que nadie vaya a la caseta de inmersión por ahora… Sólo será hasta que estemos seguros. Cerciórate de que el señor Hirsch entiende el mensaje alto y claro.
Se oyó una ráfaga de estática procedente de la radio que había detrás de su asiento.
—Velocidad del viento, ciento veinte, nor-noroeste —informó una voz lejana—. Las temperaturas alcanzarán de cinco a quince grados bajo cero, y está previsto que suban hasta los… —Hubo una nueva interferencia y después la voz regresó, continuando—… centro de altas presiones moviéndose en dirección suroeste desde la península chilena hacia el mar de Ross.
—Parece que tendremos mañana un respiro —comentó el jefe, haciendo girar la silla y apagando el cacharro—, al menos por parte de este jodido tiempo. —Luego se volvió para enfrentarse a Michael de nuevo con un impreso en la mano—. El informe de la doctora Barnes —comentó poniéndose las gafas para leer en voz alta— dice: ‹‹La paciente, la señora Eleanor Ames, que se declara ciudadana inglesa de unos veinte años de edad —se detuvo, echando una ojeada a Michael por encima del borde de las gafas—, se encuentra en situación estable, con todas las constantes vitales estabilizadas en este momento. Muestra todavía signos de hipotensión y arritmias recurrentes, junto con una anemia extrema, que le será tratada definitivamente una vez finalicen los análisis de sangre››.
Abatió el papel.
—¿Tienes idea de cuándo los terminará Hirsch?
—No.
—Que no se te note mucho, pero dale un empujoncito a ver si los remata de una puñetera vez.
—¿Y no sería más eficaz si lo hicieras tú?
—No quiero levantar más sospechas de las que ya circulan por ahí —repuso Murphy—. Todo lo que él sabe es que debe analizar otra muestra de sangre, así que mejor lo dejamos como está. Y por si no lo has notado, el pelirrojo no se lleva nada bien con las figuras de autoridad.
Se recostó otra vez en el sillón, aún enarbolando el papel.
—De modo que éste es el primer documento oficial, fechado y todo, mira tú, que recoge la existencia de la Bella Durmiente.
—Eleanor Ames —le corrigió Michael.
—Ah, vale, llevas razón, la verdad es que es bastante real ya. —Guardó la hoja dentro de una carpeta de plástico azul con gestos deliberados—. Y en consecuencia, todo lo que suceda de aquí en adelante tendrá que quedar debidamente registrado —comentó—, o por otra parte podemos optar por no generar ningún documento, al menos de momento, y sin que circule ninguna información. En otras palabras, la elección es ésta: o no dejar registros escritos o soltar la boca. ¿Entiendes lo que quiero decir?
El reportero asintió.
—Lo último que necesitamos, lo último en este puto mundo, es tener más gente encima de la que ya se nos va a echar, desde la NSF a cualquier otra agencia a la que se le ocurra declararse competente en este asunto. Me he pasado dos años hasta poder cualificarme para obtener una pensión completa. No me gustaría tenerlos por aquí cumplimentando formularios y haciendo declaraciones. —Hizo un gesto en dirección a una tambaleante pila de papeles y formularios de aspecto oficial en una bandeja de oficina—. ¿Ves esto? Toda esta mierda no es más que jodida rutina. Imagínate qué ocurriría si se hiciera público lo que te he leído.
Michael se lo imaginaba la mar de bien. De hecho, ya se estaba preguntando qué era lo que le iba a decir, y qué no, a su editor, Gillespie, durante su próxima conversación.
—Estando las cosas como están, éste es el motivo de que te pida que te guardes para ti mismo todo lo que puedas. Y ya que estamos en ello, hazme un favor más.
—Haré cuanto esté en mi mano.
—Me gustaría que fueras el contacto, o como quieras llamarle, con la señorita Ames. Échale una mano a Charlotte y mantenme informado de lo que ocurra, qué tal va la paciente, qué hace, qué crees tú que debemos hacer. No me parece necesario decirte que no pienso que haya ocurrido jamás nada parecido a esto, en ningún otro momento y lugar, y no tengo ningún interés particular en difundir por ahí que está aquí a cualquiera que no lo sepa ya. Me gustaría llevar esto con calma, discreción y precaución.
—Pero ¿tu plan consiste en dejarla confinada en la enfermería? —inquirió Michael—. Porque te aseguro que se le va a ir la olla ahí dentro. Al menos a mí me ocurriría seguro.
—Ya veremos, lo que hagamos dependerá de cómo vayan las cosas, y no antes de haber obtenido más información de Darryl y Charlotte.
—¿Y qué hay de su compañero, el hombre al que ella llama Sinclair? —le urgió el reportero—. Si las predicciones mejoran, ¿podríamos regresar a Stromviken para buscarle?
—Mañana mismo, si el tiempo no lo impide. Entonces a lo mejor podemos organizar una partida de búsqueda. —Lo cierto es que sonó como si no tuviera el más mínimo interés en ello; Wilde sospechaba que guardaba la esperanza de que ese Sinclair, que desde su punto de vista no era más que otro marrón de cuidado, desapareciera sin más—. A lo que me refiero es a que vayamos a cosa por vez —continuó Murphy—. Si asumimos que ella es quien dice que es, y dice que es…
—Me he roto la cabeza para buscarle otra explicación a todo esto —le interrumpió el reportero—. Créeme, lo he intentado de veras.
—Bueno, vale, sigue intentándolo —replicó el jefe O’Connor—, pero si lo asumimos así, y continuando la línea del argumento, pensamos que tienes razón, ¿qué pasaría si ella se contagia de algo procedente de alguien de por aquí, algo para lo que no esté inmunizada?
Michael no había pensado en aquello y se le escapó una exclamación ahogada.
—¿Te das cuenta? —insistió Murphy, alzando las manos—. Éste es el tipo de cosas que hemos de considerar. Quiero decir, no soy médico, pero diablos, si lo fuera, sabría qué hacer respecto a Ackerley.
Michael también había estado preguntándose sobre este asunto. No se había hecho ningún anuncio de su muerte, y era sólo cuestión de tiempo el que alguien se diera cuenta de que nadie había visto al escurridizo Gnomo durante bastante tiempo.
—¿Y qué es lo que has hecho con el cuerpo? —le preguntó Michael.
—Está almacenado en frío —repuso Murphy—. Se lo he comunicado a su madre, ya que vive con ella, allí en Wilmington, pero la verdad, estaba tan empanada que no he conseguido hacérselo entender. No he realizado ningún informe oficial, porque es lo segundo que pasa, y teniendo en cuenta que ocurrió tan de seguido a lo de Danzing, ya me puedo dar por contento si no aparece una maldita delegación del FBI a investigar. —Una repentina racha de viento sacudió todo el módulo hasta los bloques de cemento sobre los que se apoyaba—. Por eso le pedí a Lawson que fuera allí y limpiara el laboratorio de botánica, y que intentara proteger aquello en lo que estuviera trabajando.
Parecía una decisión buena, e incluso loable, pero Michael se preguntaba si habría alguien en la base capaz de mantener todas las plantas vivas, especialmente aquellas orquídeas con sus largos y delicados tallos. Todo en la Antártida parecía conspirar contra la supervivencia, contra la vida, y conforme se acercaba el momento de su marcha, sólo podía pensar en aquello, en la única persona que el frío eterno había protegido realmente, acogiéndola en su seno.
—Y no olvides lo que te he dicho sobre esa mujer, la tal Ames —le gritó Murphy—. Trátala con guante blanco en todo momento.
Michael se dejó caer por la enfermería por si ella estaba despierta y consciente. No quería parecer un pretendiente inoportuno, pero al mismo tiempo deseaba desesperadamente conocer su historia. Llevaba a cuestas, en su mochila, sus cuadernos y bolígrafos de reportero y una grabadora del tamaño de una palm. Dudó sobre si llevarse o no su cámara, pero le pareció que era un poco indiscreto y le daba miedo incomodarla. Así que decidió que las fotos podían esperar.
Sin embargo, se dio cuenta de que no había escogido la mejor ocasión. Tocó en la puerta cerrada, a pesar de que la enfermería generalmente estaba abierta de par en par, y escuchó a Charlotte apresurarse en el interior.
—¿Sí? —preguntó—. ¿Quién está ahí?
El reportero se identificó y la puerta se entreabrió el espacio suficiente para dejarle entrar. Charlotte, con su ropa de hospital de color verde, tenía un aspecto tenso, y a Eleanor no se le veía por ninguna parte, allí en la zona destinada a los enfermos.
—¿Está despierta?
La doctora suspiró y luego asintió.
—¿Va todo bien?
Ella inclinó la cabeza hacia un lado y dijo en voz baja:
—Tenemos lo que tú llamarías algunas dificultades técnicas.
—¿Y de qué tipo…?
—Psicológicas, emocionales… Problemas de adaptación.
Se oyó un sollozo procedente de la zona de enfermos.
—Es decir, no creo que sea exactamente un shock —aclaró la doctora—, dadas las circunstancias, pero le he administrado otro sedante suave, a ver si le ayuda.
—¿Crees que sería positivo que entre y hable con ella antes de que le haga efecto? —susurró Michael.
Charlotte se encogió de hombros.
—Quién sabe… Quizá le sirva para distraerse un poco. —Pero cuando él se dirigía hacia donde se encontraba la enferma, le advirtió—: Eso siempre que no le digas nada que la altere.
Michael se preguntó cómo era posible decirle algo a Eleanor Ames sin mencionar nada que pudiera molestarla.
Cuando entró en la zona, se la encontró de pie con un suave y esponjoso albornoz blanco, mirando hacia fuera por el estrecho panel de la ventana. La mayoría del cristal estaba cubierto de nieve y sólo dejaba pasar un pálido simulacro de luz diurna. Volvió rápidamente la cabeza cuando él accedió a la habitación, temerosa, asustadiza y claramente algo avergonzada por haber sido sorprendida con aquel atuendo doméstico. Tiró de las solapas del albornoz para cerrarlas bien y después retornó a su contemplación de la ventana.
—No hay mucho que ver hoy —comentó Michael.
—Él está ahí fuera.
El reportero no tuvo que preguntar a quién se refería.
—Está allí fuera, completamente solo.
Una abundante bandeja de comida yacía intacta en la mesilla de noche.
—Y ni siquiera sabe que le he dejado en contra de mi voluntad.
Eleanor comenzó a andar de un lado para otro con un par de zapatillas blancas y los ojos llorosos clavados en la ventana. Había experimentado una transformación extraña; la primera vez que Michael la había visto, en el iceberg y luego en la iglesia, le había parecido tan ajena a este mundo, tan fuera de lugar y de época. Nunca había puesto en duda que estaba hablando con alguien de quien le separaba un gran abismo de tiempo y experiencia, sin lugar a dudas.
Pero ahora, con el cuello del albornoz blanco ceñido alrededor del rostro, el cabello recién lavado colgándole libremente por la espalda, y arrastrando las zapatillas por el suelo de linóleo, tenía el mismo aspecto exacto de cualquier otra joven que acabara de salir de una cabina de tratamiento de spa pijo.
—Ha sobrevivido a muchas cosas —afirmó Michael, escogiendo las palabras cuidadosamente—. Estoy seguro de que podrá sobrevivir también a esta tormenta.
—Eso era antes.
—¿Antes de qué?
—De que yo le abandonara. —Tenía un puñado de pañuelos de papel húmedos hechos una pelota en la mano y los usó para secarse las lágrimas.
—No tuvo elección —añadió Michael—. ¿Cuánto tiempo hubiera podido resistir allí, comiendo alimento para perros y quemando viejos breviarios para mantener el calor?
¿Había hablado con demasiada precipitación? Estaba intentando consolarla, pero sus ojos verdes habían relampagueado en una muda advertencia.
—Hemos pasado por cosas peores juntos. Cosas peores de las que usted jamás haya conocido y que jamás pueda imaginar. —Le dio la espalda y sus frágiles hombros se agitaron debajo del albornoz.
Michael dejó la mochila en el suelo y se sentó en la silla de plástico que había en una esquina de la habitación. Algo en su interior le decía que la actitud más comprensiva sería simplemente marcharse y regresar cuando ella se hubiera tranquilizado, pero, por otro lado, a lo mejor era lo que deseaba pensar, algo le decía que a pesar de su pena y su confusión, ella no quería que él se fuera en realidad… que extraería algo de consuelo del hecho de que él se quedar allí. En el entorno artificial en el cual la habían metido, él podría ser una especie de nota familiar.
—La doctora me ha dicho que no puedo salir de aquí —comentó Eleanor, en un tono de voz más tranquilo.
—Desde luego no con esta tormenta —afirmó él en tono ligero.
—De esta habitación —precisó la joven.
Desde el principio el reportero había entendido lo que ella quería decir.
—Es sólo de momento —le aseguró—. No queremos exponerla a nada, como gérmenes, bacterias o cosas así, contra lo que usted no tenga defensas naturales.
Eleanor dejó escapar una risa amarga.
—He cuidado de soldados con malaria, disentería, cólera y fiebre de Crimea, la cual contraje, por cierto. —Inspiró profundamente—. Y como puede ver las he sobrevivido todas. —Entonces se volvió hacia él y dijo con algo más de alegría—: Pero la señorita Nightingale, desde luego, ha estado impulsando grandes reformas en este sentido. Hemos empezado a airear las salas del hospital, incluso por la noche, para disipar los miasmas que se forman. Y yo personalmente creo también que introduciendo mejoras en la higiene y la nutrición se pueden salvar una gran cantidad de vidas. Es sólo cuestión de convencer a las autoridades pertinentes.
Era el discurso más largo que le había oído pronunciar y ella también debió de quedar sorprendida de su propia locualidad, porque se detuvo de repente y un ligero rubor le inundó las mejillas. A Michael le quedó claro que era fácil adivinar lo seriamente que se había tomado sus deberes como enfermera.
—Pero ¿qué estoy diciendo? —masculló ella entre dientes—. La señorita Nightingale hace mucho que murió. Y sin duda, todo esto que acabo de decir debe de haber sonado estúpido. El mundo ha seguido su camino y aquí estoy yo contándole cosas que usted debe saber ya, porque se debe de haber comprobado hace muchos años si son verdad o están completamente equivocadas. Lo siento, me he olvidado.
—Florence Nightingale llevaba razón —comentó Michael—, y usted también. —Hizo una pausa—. Y no estará confinada en esta habitación durante mucho tiempo. Veré qué podemos hacer.
Ella ya había estado expuesta a él y a los gérmenes que pudiera acarrear consigo, así que, pensó Michael, ¿qué problema habría en otros posibles contactos? Y en cuanto a encontrarse con otras personas dentro de la base, tanto probetas como reclutas, bueno, seguro que había montones de formas de andar de un lado para otro sin generar muchas interacciones. Point Adélie no era precisamente la estación Grand Central.
Eleanor se sentó en el borde de la cama, frente a Michael. El sedante debía de estar haciéndole efecto porque había dejado de llorar y ya no se retorcía las manos.
—Contraje la fiebre después de la batalla. —El reportero se moría por sacar la grabadora, pero no quería hacer nada que pudiera confundirla o molestarla en ese estado de ánimo tan voluble. Le dejó seguir—: Sinclair, el teniente Sinclair Copley, del 17º de lanceros, resultó herido en la carga de la caballería. Cogí la enfermedad mientras le cuidaba.
Tenía la mirada como ausente, y Michael se dio cuenta de que incluso el tranquilizante más suave debía de tener mucho efecto en alguien que jamás los había tomado.
—Pero la verdad es que tuvo suerte. Murieron casi todos sus compañeros, incluso su querido amigo el capitán Rutherford. —Suspiró y bajó la mirada— Según lo que me dijeron, la caballería ligera resultó completamente destruida.
Michael casi se cayó de la silla. ¿La caballería ligera? ¿Estaba hablando de la famosa carga de la caballería ligera, aquella que inmortalizara el poema de Alfred Tennyson? ¿Hablaba de una experiencia de primera mano?
¿Estaba sugiriendo entonces que su compañero congelado, ese teniente Copley, era un superviviente de la carga? Fuera lo que fuese, una fantasía coherente o un registro histórico de inimaginable autenticidad, debía tomar nota.
Deslizó una mano dentro de su mochila, y con destreza sacó la grabadora.
—Si no le importa —la informó—, voy a usar este instrumento para registrar nuestra conversación.
Y apretó el botón.
Durante un buen rato, ella observó con gesto pensativo a su interlocutor y a la pequeña y brillante luz roja indicadora de que estaba en marcha, pero parecía como si no le importara en realidad. Él no estaba seguro de que ella hubiera entendido lo que le estaba diciendo, o lo que la máquina hacía en realidad. Tenía la sensación de que había tantas cosas que le resultaban novedosas, desde las doctoras negras hasta las luces eléctricas, que escogía sólo algunas cosas, una por vez para captarlas y procesarlas.
—Les ordenaron atacar las posiciones de los cañones rusos —continuó ella— y fue entonces cuando les aniquilaron. Había piezas de artillería en las colinas, a cada lado del valle, así que las probabilidades en contra eran sobrecogedoras. Estuve trabajando noche y día, igual que mi amiga Moira y las demás enfermeras, pero no podíamos con todo. Había demasiadas batallas, demasiados hombres heridos o agonizantes. No pudimos hacer más.
Él pudo observar en sus ojos cómo ella había retrocedido hasta ese momento y volvía a revivirlo.
—Estoy seguro de que usted hizo todo lo que estuvo en su mano para ayudar.
Le devolvió una mirada compungida.
—Hice cuanto pude y más —aseguró, con rotundidad. Sus ojos se nublaron al recordar aquellos sucesos que aún tenían el poder de obsesionarla—. Todas nosotras nos vimos obligadas a hacer cosas para las que no nos habían preparado.
Y el reportero comprobó entonces que aquella marea de la memoria la arrastraba consigo de regreso a su época.
A la noche siguiente de encontrar a Sinclair, lo recordaba muy bien, se había apropiado en secreto de varias cosas, entre ellas un vial de morfina. Valía más que el oro, y por ello la señorita Nightingale mantenía un ojo atento a las reservas de la misma. Escogió el momento en que ésta había dado ya la última vuelta y se suponía que Eleanor tenía que estar en las habitaciones de las enfermeras, profundamente dormida, para deslizarse por las tortuosas escaleras con una lámpara turca en la mano y rehacer el camino hacia las salas de los afectados por la fiebre. Varios soldados la confundieron con la señorita Nightingale y susurraron bendiciones a su paso.
—¿Eso sucedió después de qué batalla? —la interrumpió Michael amablemente, aunque la voz la despertó bruscamente de su ensoñación.
—Balaclava.
—¿En qué año ocurrió?
—A finales de octubre de 1854. Y los barracones del hospital estaban tan atestados que los hombres yacían sobre la paja, hombro con hombro.
El highlander, recordó, aquel que una vez le había advertido en su delirio de que Sinclair era un hombre malo, estaba justo a su lado. Si también lo veía sufrir mucho, había decidido compartir con él el contenido del vial, pero dedujo que era completamente innecesario en cuanto llegó a la sala. Dos camilleros con el rostro cubierto con pañuelos estaban inclinados sobre el cuerpo del escocés para cerrar los dos lados de su mugrienta manta de lana sobre él, pero no antes de que Eleanor captara un atisbo del rostro. Estaba tan blanco como una valla recién pintada de cal y la piel tenía el aspecto de una pieza de fruta seca de la que se había extraído todo el zumo y la pulpa.
—Buenas tardes, señorita —le dijo uno de ellos—. Soy yo, Taylor. —La joven reconoció al tipo orejudo del día de la amputación fatal de Frenchie—. Y Smith también está aquí —le informó, señalando al tipo fornido que cosía a toda prisa los dos lados de la manta. Ella sabía que aquel envoltorio asqueroso serviría como sudario y ataúd del muerto y que arrojarían su cuerpo en una fosa común abierta en las colinas cercanas.
Alzaron el cuerpo del suelo a la de tres y Taylor se echó a reír por debajo de su pañuelo.
—Este tipo es más ligero que una pluma.
Se deslizaron fuera de la sala, balanceando el cuerpo envuelto en la manta entre ellos y Eleanor pudo arrodillarse en el espacio que había dejado para atender a Sinclair, que, para su alivio, mostraba una mejoría evidente e inesperada.
Michael volvió a interrumpirla.
—Usted y las otras enfermeras bajo el mando de la señorita Nightingale… ¿Cuántas eran en total?
—No muchas… Un par de docenas en los mejores momentos —respondió ella, con aspecto cansado—. Muchas cayeron enfermas y murieron, pero tanto Moira como yo resistimos. Yo había encontrado una camisa limpia y una navaja para Sinclair. Usé la navaja para cortarle el pelo, ya que lo tenía infestado de piojos, y después le ayudé a afeitarse.
—Debió de estarle muy agradecido.
—Llevaba en el bolsillo el vial de morfina.
—¿Se lo dio usted también?
Apareció en su rostro una mirada vacilante.
—No. No lo hice. Tenía tan buen aspecto que pensé en guardarlo… por miedo a que tuviera una recaída y lo necesitara entonces. —Alzó los ojos hasta Michael—. Era muy difícil de obtener.
—Ahora pasa igual —le explicó el reportero—. Eso es lo único que no ha cambiado. Sin embargo, él se recuperó, así que debió usted de sentirse muy contenta… y también orgullosa.
—¿Orgullosa? ¿Orgullosa de qué?
Eleanor jamás habría usado esa palabra. Nunca había vuelto a sentir orgullo en su vida después de saber cuáles eran sus espantosas necesidades, y menos todavía después de ayudarle a satisfacerlas.
Y cuando se vio obligada a compartir esas mismas necesidades, no había sentido nada más que un sentimiento de vergüenza abrumador y permanente.
—¿Qué hicieron cuando él se recuperó y terminó la guerra? ¿Regresaron ambos a Inglaterra?
—No —replicó ella, dejándose llevar por sus pensamientos durante unos momentos—. Jamás retornamos a casa.
—¿Y eso por qué?
¿Cómo iban a volver después de haberse convertido en aquello? Porque ella enfermó nada más empezar la mejoría de Sinclair. La visita a la sala de afectados por la fiebre había tenido sus consecuencias y a la mañana siguiente, Eleanor notó los primeros síntomas: un mareo ligero y una viscosa humedad extendiéndose por su piel. Hizo cuanto pudo por disimularlo, ya que sabía que no tendría posibilidades de ver a su amado una vez la relevaran de sus obligaciones. Sin embargo, cuando acudió a su lado para llevarle un cuenco de sopa de cebada, tropezó con sus propios pies, derramando la sopa y cayéndose casi encima de él. Copley la sujetó en sus brazos y llamó pidiendo ayuda.
Un camillero con pañuelo llegó hasta allí arrastrando los pies, con la colilla de un cigarro tras la oreja, pero avivó el paso cuando vio que era Eleanor la que necesitaba ayuda y no un soldado agonizante cualquiera.
Sinclair se sentía muy acongojado y ella intentó, incluso en la situación en la que estaba, asegurarle que se encontraba bien. La escoltaron de vuelta a las habitaciones de las enfermeras en la torre, donde antes de acostarla Moira le puso inmediatamente un vaso de oporto en los labios. Era un misterio cómo se las apañaba para encontrar este tipo de cosas. Eleanor recordaba poco de lo sucedido durante la semana siguiente… aparte de ver el rostro preocupado de Moira encima del suyo, una y otra vez… y el de Sinclair en el transcurso de esa noche inolvidable.
Fue consciente del bajo sonido siseante de la máquina sólo cuando dejó de hablar. Incluso no se había dado cuenta de haber estado hablando.
—¿Por qué no regresaron nunca a Inglaterra? —insistió Michael de nuevo.
—Allí no habríamos sido bienvenidos —aclaró ella finalmente, apoyándose en las manos—. No la menos… teniendo en cuenta lo que éramos. Nos habíamos convertido en… ¿cómo les llaman ustedes? —Empezaba a mostrarse soñolienta, confusa; fuera lo que fuese lo que le hubiera dado la doctora estaba consiguiendo su objetivo de forma indudable—. ¿Cómo les llaman a quienes han sido expulsados de su propio país?
—¿Exiliados? —sugirió él.
—Sí —murmuró ella—, creo que ésa es la palabra. Exiliado.
Se oyó un ligero click y la joven bajó la mirada para ver cómo se desvanecía la luz roja de la pequeña cajita siseante del reportero.
—Ah, vaya, su faro se ha apagado.
—Bueno, lo volveremos a encender en otro momento —repuso el reportero, alzándole los pies del suelo con suavidad para depositarlos en la cama—. Y ahora, creo que debería dormir un rato.
—Pero tengo unas rondas de visitas que hacer… —dijo ella, mientras luchaba sin éxito para sujetarse la cabeza antes de que cayera de nuevo sobre la almohada. Sentía una creciente sensación de urgencia. ¿Por qué yacía ella allí cuando debía estar visitando las salas? ¿Por qué andaba allí parloteando mientras los soldados morían?
Alguien le quitó las zapatillas.
—No estoy cumpliendo ni mucho menos con mis obligaciones…
Una vez que cerró los ojos, Michael le echó una manta por encima. Se había quedado profundamente dormida otra vez. Guardó la grabadora y el cuaderno, después bajó la persiana y apagó la luz.
Y luego, simplemente se quedó allí como un centinela, observándola bajo aquella tenue luz que penetraba en la habitación. Ya había estado de vigilancia otras veces como ahora, reflexionó. La mata apenas se movía mientras ella respiraba y tenía la cabeza vuelta contra la almohada. ¿Dónde estaría ella ahora? ¿Y qué extraña concatenación de sucesos la había llevado hasta su terrible fallecimiento, envuelta en cadenas y confiada al mar? Ésa era una pregunta que no sabría nunca cómo ni cuándo hacer, pero lo que sí sabía era que le quedaba muy poco tiempo. El permiso del NSF finalizaba en un par de semanas. Y aun así, ¿quién sabía qué reacción experimentaría al revivir un drama como ése? Los mechones sedosos de su pelo le cruzaban la mejilla y aunque sintió el momentáneo impulso de apartarlos, sabía que no debía tocarla. Ella se encontraba en algún lugar muy lejano… Era una exiliada de una época y un lugar que ya no volverían a existir jamás.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 4:49 pm

Capítulo 42
Transcrito por Gemma

19 de diciembre, 2:30 horas

TODO HABÍA IDO A pedir de boca hasta que el análisis de sangre encargado por Charlotte le distrajo, refunfuñó Darryl.
Había trabajado muy duro en las muestras de sangre y tejidos del Cryothenia hirschii, el descubrimiento que se iba a convertir en la base de su prestigio científico, y los resultados preliminares habían sido espectaculares: la sangre del pez no estaba libre por completo de hemoglobina, sino que también era misteriosamente baja en aquellas glicoproteínas anticongelantes objeto de su estudio. En otras palabras, esa especie podía prosperar en las aguas gélidas del océano Antártico, pero siempre que fuera extremadamente cuidadosa. Tenía menos protección contra la congelación que todas las demás especies examinadas hasta la fecha, y un mero roce con hielo real se propagaba por todo su cuerpo como un relámpago y la congelaba al instante y donde se encontrara. Quizá por eso había descubierto el primer ejemplar, e incluso aquellos otros dos que ahora nadaban en el tanque del acuario, muy cercanas a la costa, y vagando cerca de la corriente cálida que fluía de una de las cañerías de desagüe del campamento. O quizá podría haber sido que simplemente les gustaban los rayos de luz diurna, por tenues que fueran, que se filtraban a las profundidades a través de los agujeros de la caseta de inmersión. Fuera cual fuese la razón, él estaba agradecido de haberlos encontrado.
Estaba registrando todos los nuevos datos, que hacían su hallazgo cada vez más original y valioso, cuando recordó el favor que le había prometido a Charlotte. Sacó la muestra del frigorífico y notó que en la etiqueta no había ningún nombre sino sólo dos iniciales: «E.A.». Repasó mentalmente con rapidez los nombres de los probetas, pero ningunos de ellos correspondía con aquellas dos letras. Así que debía de proceder de uno de los reclutas; tenía relación con unos cuantos y un par más que sólo conocía por sus apodos: Moose y T−Bone. Por otro lado, Charlotte no le había dado instrucciones acerca de qué era lo que debía buscar, lo cual resultaba bastante molesto. ¿Es que no se daba cuenta de que él tenía también mucho trabajo?
Afortunadamente, el laboratorio de biología marina poseía todo aquello que un hematólogo pudiera necesitar, desde el último modelo de centrifugadora hasta un autoanalizador que realizaba ensayos monoclonales, estudios fluorométricos y lecturas ópticas avanzadas de plaquetas, y todo en una sola tacada. Pasó toda la batería de test, desde el de la alanina aminotransferasa hasta los triglicéridos, además de todo aquello que pudiera encontrarse entre medias, y mientras esperaba para llevarle los datos a Charlotte, leyó de pasada los datos impresos, lo cual le dejó helado. No tenían sentido y en algunos casos podría haber estado mirando los resultados de uno de sus ejemplares marinos. Mientras que un milímetro cúbico normal de sangre humana contiene una media de cinco millones de glóbulos rojos y siete mil de glóbulos blancos, en esta muestra ambos mostraban resultados casi inversos. Si la analítica era correcta, el paciente de Charlotte hacía que el pez recién descubierto por él pareciera en comparación un animal vital y de sangre bien roja.
Esto le convenció de que el resultado no podía ser correcto o de que había intercambiado las muestras sin querer. «Caramba», pensó, «lo mismo estoy pillando el Gran Ojo y ni siquiera me he dado cuenta». Tendría que pedirle a Michael que comprobara hasta qué punto se encontraba aún en la realidad, pero antes, y únicamente para comprobar que el equipo funcionaba correctamente, introdujo una muestra de su propia sangre y los resultados fueron correctos. De hecho, tenía el colesterol más bajo de lo normal, lo cual le alegró mucho. Con los restos de la muestra de «E.A.» realizó un nuevo análisis… y obtuvo los mismos resultados.
Si eso era sangre humana, sólo los niveles de toxicidad habrían matado al paciente en menos de lo que dura un latido de corazón.
Quizá, reflexionó, lo mejor sería salir del laboratorio un rato y aclararse un poco la mente. Desde la pasada visita a la caseta de inmersión, donde Danzing casi había conseguido ahogarle, había estado encerrado en su cuarto o en el laboratorio. El cuero cabelludo y las orejas le dolían todavía a consecuencia de la ligera congelación, así que como medida de precaución había estado tomando un anticoagulante y una tanda de antibióticos. En el Polo Sur, el no prestar atención a las pequeñas cosas, una mancha azul en un dedo del pie, una sensación de quemazón en las puntas de los dedos, podía costarte una extremidad o… incluso la vida. Y tampoco era que aquel mal tiempo incansable hiciera las actividades al exterior más fáciles… Se preguntó, mientras guardaba los resultados del laboratorio en los bolsillos de su parka, cómo el personal de Point Adélie que «sobrehibernaba», como le llamaban, se las apañaba para resistir. Seis meses de mal tiempo ya era suficientemente malo, pero seis meses de mal tiempo sin sol siquiera era del todo inconcebible.
Fuera, el viento soplaba con tanta fuerza que al intentar inclinarse para resistirlo no lo conseguía y permanecía erguido. Agachó la cabeza y empujó hacia delante, sujetándose a las cuerdas guía que habían puesto a lo largo de las explanadas que se extendían entre los laboratorios y los módulos comunes. A su izquierda, las luces del laboratorio de botánica de Ackerley brillaban con fuerza. Se le ocurrió de pronto que hacía tiempo que no le había visto y pensó que sería buena idea pasarse por allí para saludar. Y quizá a lo mejor mangarle una o dos fresas.
Cuando llegó a la celosía de madera ubicada delante de la puerta, tuvo que aferrarse con fuerza al azotarle una racha de viento particularmente violenta; luego, se impulsó rampa arriba hacia el laboratorio. Ackerley había instalado una doble cortina de grueso plástico para entorpecer la corriente de aire procedente de la puerta y cuando Darryl las apartó se internó en el calor la luz brillante y la humedad familiares del laboratorio. «Debería venir aquí más a menudo», pensó, «es como unas vacaciones en un mar tropical».
—Hola, Ackerley —saludó mientras sacudía los pies en la esterilla de goma—. ¡Necesito una guarnición de ensalada!
Pero la voz que le respondió no era la de Ackerley, sino la de Lawson, y procedía de algún lugar detrás de las mamparas metálicas. Darryl se sacó la parka con un encogimiento de hombros y también el gorro, los guantes y las gafas, dejándolas en un desvencijado perchero tallado en el hueso de una ballena, y se fue en busca de Lawson.
Lo encontró sobre una peldañera ocupándose de un racimo de rojas fresas maduras que colgaban de una tracería de tubos empañados de vaho. Alrededor de su cabeza lucía racimos de relucientes frutas húmedas y, sobre las mesas, contenedores transparentes en los cuales había toda una auténtica jungla de otras plantas, como tomates, rábanos, cogollos, rosas y, lo más maravilloso de todo, orquídeas. Lucían una docena de colores distintos, desde el blanco, pasando por el fucsia, hasta el amarillo dorado. Se alzaban sobre unos extraños tallos inclinados que parecían las patas de una grulla.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó Darryl—. ¿No es éste el trabajo de Ackerley?
—He venido a echar una mano —respondió Lawson, sin comprometerse.
—Esto es como Hawai —comentó Darryl, alzando el rostro hacia las luces cálidas y brillantes montadas en el techo por encima de los tubos—. No me extraña que Ackerley odie salir de aquí. —Le echó el ojo a una fresa particularmente suculenta y dijo—: ¿Crees que le importará si pruebo una?
Lawson le miró desde lo alto de la escalerilla y contestó:
—No. Cógela.
Hirsch alzó el brazo y tomó la más baja de las fresas colgantes y después se la introdujo en la boca. El tío Barney se las apañaba para cocinar una gran cantidad de comida rica, pero no había nada comparable al sabor de una fresa recién cogida del tallo.
—A propósito, ¿dónde está él?
Lawson se encogió de hombros.
—Pregúntale a Murphy.
Esto le resultó extraño. ¿Por qué tenía que preguntarle al jefe O´Connor? También era raro que hubiera alguien allí en ausencia de Ackerley. Se parecía mucho a él, no quería que nadie extraño anduviera por su laboratorio sin estar presente.
Pero ahora que lo pensaba, tampoco el sitio tenía aspecto normal. Por lo general, estaba limpio y ordenado; sin embargo, al volver la vista a un lado y mirar por un tosco pasillo, vio un par de armarios volcados sobre un suelo manchado de tierra y lleno de muestras de líquenes y musgos. Además, descubrió una escoba y un recogedor apoyados sobre un estante, y también una bolsa negra de basura que parecía llena de desechos. «¿Qué pasa aquí? ¿Han nombrado a Lawson nuevo jardinero ayudante?», se preguntó para sus adentros.
El biólogo intentó un par más de trucos para entablar conversación, pero terminó dándose cuenta de que Lawson quería que se marchara. Normalmente, el chico era bastante sociable, e incluso en algunas ocasiones casi podía llamársele gregario, pero desde luego no en ese momento. Quizá no estaba contento con su nuevo trabajo y sólo quería terminarlo lo antes posible.
Darryl le dio las gracias por la fresa y se puso encima de nuevo todo el equipo. Algunas veces le daba la sensación de que se pasaba la mitad del tiempo en el Polo quitándose y poniéndose las mismas capas de ropa.
Cuando abandonó el laboratorio de botánica, avanzó con gran esfuerzo hacia el patio de la bandera, aferrándose con fuerza a las cuerdas guía. La nieve era tan espesa en el aire que era difícil ver nada a unos cuantos metros adelante, pero cuando se acercó al módulo de administración, vio a Murphy y a Michael con los rostros abatidos, abriéndose camino por la explanada hacia alguno de los módulos destinados a almacén. Les habría llamado, pero sabía que su voz sería arrastrada por el viento, así que se limitó a seguirles. Se dirigieron hacia uno de los cobertizos destartalados donde abrieron el candado de las puertas de acero corrugado y se metieron dentro.
Esto picó la curiosidad de Hirsch. Jamás se le debe presentar un misterio a un científico sin esperar que intente resolverlo.
El biólogo se desplazó sigilosamente dentro del cobertizo y después de quitarse las gafas cubiertas de nieve echó una mirada alrededor. Era una especie de antesala, llena de cajones de cocina y suministros para la base. Había un par de puertas de acero algo más allá que también estaban abiertas… y daban a lo que Darryl supuso había servido alguna vez como almacén y despensa para la carne.
Se adentró un paso y se detuvo abruptamente cuando vio que Murphy se volvía hacia él y le encañonaba con un arma. El reportero también estaba armado con un lanzaarpones.
—Madre del cielo, ¿qué mierda estás haciendo aquí? —inquirió el jefe con un susurro lleno de ansiedad.
Darryl estaba demasiado aturdido a la vista del armamento exhibido para ser capaz de contestar.
Michael abatió el lanzaarpones y dijo:
—Vale, lo hecho, hecho está. Simplemente quédate ahí detrás, y bien quietecito.
—¿Por qué?
—Lo sabrás dentro de un minuto.
Murphy lideró la marcha con cautela y se desplazaron por un pasillo de unos tres metros de altura flanqueado por pilas de cajas y cajones hasta que le dieron la vuelta a una esquina y Darryl vio un cajón de madera alargado marcado con la etiqueta «Condimentos variados Heinz», encima del cual, y de forma inexplicable, una esposa ensangrentada colgaba de un tubo.
—Mierda —masculló Murphy—, mierda, mierda, mierda.
«Pero ¿qué demonios buscan?», se preguntó Darryl. «¿Qué esperan encontrar?». Durante un momento, se preguntó si no habría regresado Danzing. ¿Cómo era que el arpón que le había atravesado el pecho no le había enviado derecho al fondo del mar?
—Ackerley —dijo Murphy, elevando la voz ligeramente—. ¿Estás aquí?
¿Ackerley? ¿Estaban buscando a Ackerley? ¿Aquí o por todas partes? Y si era así, ¿a qué le tenían tanto miedo? Ese hombre era tan inofensivo como una de sus coles.
Se oyó un sonido parecido a un rasgueo, como el de un bolígrafo sobre el papel, y todos avanzaron silenciosamente hacia el siguiente pasillo. Éste también estaba vacío, pero el rasgueo aumentó de intensidad. Murphy, enarbolando el arma por delante, se dirigió hacia el siguiente corredor y allí fue donde vieron a Ackerley o a algo que se le parecía mucho. Tenía un aspecto más demacrado de lo habitual, con la cola de caballo suelta y colgando de la nuca como una ardilla muerta. Llevaba una bolsa de basura de plástico hecha jirones envolviéndole los hombros y estaba sentado en un cajón de Coca−Cola rodeado por montones de envases vacíos de soda y papeles, albaranes arrancados de las cajas, donde estaba escribiendo. En ese momento, garrapateaba en la parte de atrás de uno de ellos, reclinado en una tabla sujetapapeles apoyada en el regazo, y trabajaba con la concentración de un físico intentando desarrollar una ecuación especialmente compleja.
—Ackerley —insistió Murphy.
—No, ahora no —replicó el botánico sin mirar siquiera por encima de sus pequeñas gafas redondas.
El jefe y Michael intercambiaron una mirada entre ellos como diciendo: «Pero ¿esto de qué va?». Entretanto, Darryl simplemente se le quedaba mirando, aterrado. ¿Qué era lo que le había pasado a Ackerley? La garganta, que se le veía parcialmente bajo la bolsa de plástico, parecía destrozada, y la muñeca de la mano izquierda, la que sujetaba la tabla casi sin fuerzas, tenía aspecto de estar rota y magullada. La piel estaba moteada con goterones de sangre seca.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el reportero en un tono de voz deliberadamente inocente.
—Tomando notas.
—¿De qué?
Ackerley continuó escribiendo.
—¿Sobre qué estás escribiendo? —insistió Murphy.
—Sobre el proceso de la muerte.
—Pues a mí no me pareces muerto —intervino Darryl, aunque no le pareció del todo verdad tampoco.
El botánico terminó de redactar una frase, y después alzó lentamente los ojos. Los tenía bordeados de rojo, e incluso el blanco de la pupila estaba teñido de un ligero tono rosado.
—Oh, ya lo creo que sí —comentó—, sólo que aún no del todo.
Su voz tenía un sonido bajo, como de borboteo. Le dio un sorbo a uno de los envases abiertos y después simplemente lo dejó caer de la mano.
El jefe abatió el cañón del arma, permitiendo que apuntara hacia el suelo, y Ackerley hizo un gesto en su dirección.
—Yo no haría eso si fuera tú.
Murphy lo elevó rápidamente y el botánico dejó que el último papel cayera flotando hacia el suelo para reunirse con los demás.
—Los he numerado, para que podáis leerlos en orden.
—¿Leer qué? —inquirió Michael.
—Lo que ocurre —aclaró Ackerley— después.
Se hizo un silencio y luego el botánico se arrancó la bolsa de plástico de la garganta; la piel estaba tan destrozada que a Darryl le sorprendió que pudiera hablar con ella en ese estado, ya que se podía ver como se movían las cuerdas vocales.
El botánico cabeceó en dirección al arma del jefe O´Connor y dijo:
—Ahora, será mejor que uses eso.
—¿De qué estás hablando? —replicó Murphy—. No te voy a disparar. Queremos saber algo.
—No pasa nada —intervino el reportero—. Hablaremos con la doctora Barnes. Debe de haber alguna manera de que podamos ayudarte.
—Úsalo —insistió el botánico con una horrible voz rasposa—, y justo después, sólo por seguridad, quema mis restos. —Se alzó lentamente sobre sus pies, y dio un paso vacilante en su dirección—. De otro modo, podéis terminar como yo. —Los tres dieron un paso hacia atrás—. Aparentemente se contagia con bastante facilidad.
—¿El qué? —preguntó Darryl, chocando contra una estantería llena de cacharros y sartenes que tintinearon dentro de sus cajas.
—La infección. Va por la sangre o por la saliva. Es como el VIH y parece estar presente, al menos hasta cierto punto, en todos los fluidos corporales. —Se tambaleó al acercarse y, sin perder de vista el arma, murmuró—: Hazlo u os mataré a todos. No sé si tengo elección sobre este tema.
Le vieron parpadear muy despacio detrás de las gafitas. El pie chocó con uno de los envases vacíos que había a su alrededor y éste dio un giro perezoso sobre el hormigón.
Michael intentó azuzarle hacia atrás con la punta del arpón, pero Ackerley lo apartó a un lado.
—Usa la pistola, y hazlo bien.
Continuó acercándose a ellos y cada vez había menos espacio para seguir retirándose. Darryl dio un paso hacia atrás y pasó al corredor que contenía el equipo de cocina, pero a esa distancia escasa percibió la mirada demencial, aunque llena de voluntad, de los ojos de Ackerley. Realmente creía lo que estaba diciendo.
—¡Dispara! —gritó el botánico, mientras una burbuja de sangre brotaba de su garganta abierta—. ¡Dispárame!
Y con los brazos extendidos, arremetió contra el brazo de Murphy.
El tiro restalló con fuerza, y su eco permaneció varios segundos en los fríos confines del almacén. La cabeza del botánico salió hacia atrás y las gafas volaron en dirección contraria, cayendo sobre el suelo de cemento.
Pero mantuvo los ojos abiertos a pesar del balazo y dibujó con los labios una vez más la palabra «dispara», hasta que al fin se quedó inmóvil y la última burbuja de sangre explotó cerca de su garganta.
A Murphy le temblaba el brazo y se dobló de costado.
Hirsch hizo ademán de arrodillarse junto al cadáver, pero el reportero le advirtió:
—Apártate.
Darryl se quedó quieto.
—Eso es —repuso Murphy, con voz temblorosa—, deja espacio a su alrededor.
—Creo que deberíamos esperar un rato —añadió Michael con cierta solemnidad.
Así que permanecieron sentados sobre los cajones de madera, con las cabezas abatidas y los ojos clavados en el cuerpo, apiñados a su alrededor en un círculo irregular. Darryl no sabría decir cuánto esperaron, no estaba seguro, pero fue Michael el que en un momento dado se arrodilló para buscarle el pulso y escuchar algún posible latido del corazón. Sacudió la cabeza para indicar que no había ninguno.
—Pero aun así, no voy a volver a correr ningún riesgo —indicó Murphy, y Darryl sabía que era mejor dejarlo así. El jefe haría lo que él quisiera y era aconsejable no inmiscuirse mucho en el asunto.

Fin del capítulo

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