Black and Blood


 
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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Tibari

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 4:58 pm

Ranguito . Ya falta menos. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:02 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] siiiii


que ilusión ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:08 pm

Vale, muy bien, estamos locas. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Nosotras dos solitas transcribimos el libro, leemos los capítulos, los comentamos y nos animamos a nosotras mismas. Éste es el mejor proyecto del foro. Empezaron unas cuantas y hemos acabado nosotras dos solas.
¡¡¡"SEMOS" LAS MEJORES!!! ¡¡¡BIEN POR NOSOTRAS!!!
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:26 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] jajajaja eso estaba pensando hace un momento

pero no estamos solas, mi prima lo está siguiendo y creo que otra de las chicas también. pero no nos dejan comentarios [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:29 pm

Les dará vergüenza, jejeje [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:39 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] a saber jejeje

ya te leíste el final? yo estoy deseando saber como acaba

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] qué pasará con Michael y Eleanor?

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:41 pm

Gemma escribió:
[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] a saber jejeje

ya te leíste el final? yo estoy deseando saber como acaba

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] qué pasará con Michael y Eleanor?

Sí, ya me lo leí enterito. Lo único que te digo es que todo pasa en los dos últimos capítulos. Tanto soltarnos el rollo de los bichos durante todo el libro y lo que nos interesa lo cuenta deprisa y corriendo... jejeje.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:48 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] no sé por qué, pero me lo imaginaba, este tío se enrolla como las persianas para contar tonterías... se podría haber ahorrado algo de papel XD

a ver si estos días cuando salga del trabajo por la noche me da tiempo y termino de copiar los caps que me faltan, el 46 y 47 son algo largos, pero los demás ya son cortos ^^
en el momento que los tenga subimos todo lo que falte y nos lo quitamos de encima [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Mayo 31, 2010 5:51 pm

Okis.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 01, 2010 11:56 am

Capítulo 43
Transcrito por Gemma
20 de diciembre, 23:00 horas

MICHAEL SE HABÍA PREPARADO durante meses para recibir esa llamada, pero aun así fue un duro golpe cuando sucedió.
—Ha sido una bendición —decía Karen, al menos por tercera vez—. Ambos conocíamos a Krissy y a ella no le habría gustado seguir de esta manera.
La vigilia se había acabado. Buscó una silla en la abarrotada zona de comunicaciones y tomó asiento, doblado por la mitad, como si le doliera tras recibir un puñetazo en el estómago, porque así era como se sentía. El último ocupante del asiento había dejado un crucigrama casi completado en la mesa de teléfono vía satélite.
—¿Cuándo ocurrió exactamente?
—En torno a la medianoche, el jueves. He esperado un poco para llamar porque, como ya te puedes imaginar, hemos andado todos por aquí como locos.
Intentó hacer regresar su mente al jueves por la noche, pero incluso estando tan cerca en el tiempo era difícil saber con certeza qué había estado haciendo. Todo fluía tan deprisa en la Antártida que ya tenía mérito ser capaz de recordar el día de la semana, así que mucho más, sin duda, cualquier cosa de días anteriores. ¿Dónde estaba él? ¿Qué había estado haciendo justo en ese momento? A pesar de ser tan práctico y realista, sentía que le gustaría haberlo sabido, que hubiera querido tener algún tipo de extraña conexión psíquica con Kristin que le hubiera advertido de su marcha. Y saber que se había ido por su propio bien.
—Claro, ahora mi madre le echa la culpa a mi padre a sus espaldas. Cree que si hubiéramos dejado a Krissy en el hospital, todavía estaría viva, si se le puede llamar vida a eso.
—Yo jamás lo habría llamado así.
Karen suspiró.
—Tampoco Krissy.
—¿Cuándo es el funeral?
—Mañana. La ceremonia va a ser algo muy breve. Y, bueno, me he tomado la libertad de encargar algunos girasoles en tu nombre.
Era una buena elección. Los girasoles, con sus rostros erguidos, amarillos y llenos de luz, eran los favoritos de Kristin. «Éstas no son unas florecillas remilgadas», le había dicho una vez cuando atravesaron un campo plantado de ellos en Idaho. «¿Sabes?, dicen: ”Eh, mírame, qué grande soy, qué amarillo, ¡aquí me tienes!”».
—Gracias —dijo Michael—. Te lo debo.
—Sólo fueron 9,95 dólares en total. Creo que podemos olvidarlo.
—Ya sabes que me refiero a todo… incluida esta llamada.
—Sí, bueno, cuando regreses a Tacoma puedes invitarme a un Blue Plate Special* en la cafetería griega que quieras.
—En el Olympic.
Se hizo una pausa, y la línea se llenó con los leves chasquidos de la estática.
—Así que —insistía Karen—, ¿cuándo regresas?
—El permiso de la NSF dura hasta final de mes.
—¿Y entonces, qué? ¿Te darán la patada en el Polo Sur?
—Me retendrán aquí hasta que llegue el siguiente avión con suministros.
—¿Has conseguido lo que fuiste a buscar, alguna buena historia?
Si Michael hubiera estado de ánimo para echarse a reír, lo habría hecho. No sabía ni cómo empezar a explicarle todo cuanto había ocurrido.
—Eh, sí, vale —contestó—, sólo puedo decirte que no creo que me quede corto de material.
Cuando colgaron, él, simplemente, se quedó allí sentado, mirando sin ver el crucigrama sin terminar. La mirada se le detuvo en una pista que decía: «Fotógrafa algo pervertida». Cinco letras. Cogió el lápiz azul que alguien se había dejado por allí y lo rellenó. «Arbus». Después, siguió allí sentado, dándole vueltas al lápiz en la mano, perdido en sus pensamientos, y dejando que las novedades le calaran bien.
—Oye, ¿has terminado con el teléfono? —le preguntó uno de los reclutas, inclinándose sobre el lateral de la puerta.
—Sí, claro —repuso Michael, dejando de nuevo el lápiz en la mesa—, ya he acabado.
Retornó a su habitación pero Darryl ya se había acostado y no había forma humana de que Michael consiguiera conciliar el sueño, no sin un par de píldoras para dormir. Estaba intentando dejarlas, de todos modos, como preparación para su regreso al mundo real. Así que guardó el portátil y un puñado de papeles y, colgándose la mochila de los hombros, se enfrentó a lo que quedaba de tormenta para dirigirse a la sala de descanso y establecerse allí. Murphy había dicho que el informe meteorológico anunciaba una ligera mejoría al día siguiente, lo que les permitiría volver a Stromviken a la búsqueda del esquivo teniente Copley.
Cogió una taza de café de la máquina y apagó la televisión en la cual se veía un vídeo de Notting Hill, por lo que dedujo que Betty y Tina debían de haber sido las últimas en estar allí. Pero por lo demás, el lugar estaba maravillosamente vacío. El reloj de la pared indicaba que era justo un poco más de la medianoche. Michael encendió el reproductor de CD y una ráfaga de notas de Beethoven —incluso él era capaz de reconocer la obertura de la Quinta Sinfonía—, inundó el espacio. Era una compilación de música y no cabía duda de que pertenecía a uno de los probetas. Bajó el volumen y se dejó caer al lado de una mesa de juego, donde colocó su trabajo.
«No pienses en Kristin», se dijo para sus adentros cuando se dio cuenta de que había estado allí sentado, dándole vueltas al tema, durante al menos un movimiento completo de la sinfonía. «Piensa el alguna otra cosa». Posó los ojos en el trabajo que se había traído, y en especial en las páginas sueltas que Ackerley había estado garrapateando en la vieja despensa de la carne, y estuvo casi a punto de echarse a reír. Estaba claro que en el Polo Sur las distracciones agradables lucían por su ausencia.
La caligrafía del Gnomo consistía en una serie de garabatos finos e inseguros muy similar a la de las etiquetas que el botánico había pegado cuidadosamente sobre cada uno de los cajones de muestras de musgos y líquenes guardados en el laboratorio, pero esas páginas eran especialmente difíciles de leer, manchadas como estaban de sangre y escritas en el revés de facturas y hojas de inventario.
La primera página y la segunda, cuidadosamente numeradas, como él había prometido, en la esquina superior derecha, volvían a narrar el ataque, cómo se había vuelto para ver a Danzing avanzar pesadamente por el pasillo que daba a la encimera del laboratorio.

Recuerdo que me tiró al suelo, destruyendo de paso una orquídea meticulosamente cultivada (género Cymbidium) al arrastrarla en mi caída, y me atacó con gran violencia y sin ningún tipo de provocación. El asalto, aunque aparentemente fortuito y sin sentido, al final se reveló como totalmente deliberado y con un propósito.

Michael se echó para atrás en el asiento, sorprendido. Tenía que quitarse el sombrero ante este hombre que, después de haber sido salvajemente atacado y herido, y haber vuelto de entre los muertos, como había hecho, se las había apañado para no perder la compostura científica y su estilo de prosa. Las notas, escritas en la despensa de la carne en condiciones de extrema dureza, podían leerse como un artículo a punto de ser remitido a una revista académica para ser examinado por sus pares.

Por salvajes e inconexos que pudieran parecer sus esfuerzos, el señor Danzing se atuvo siempre al propósito de atravesar la piel y acceder al suministro de sangre.

¿El señor Danzing?

No quedó claro en el momento del suceso cuáles eran sus razones ni qué componentes específicos de la sangre andaba buscando. De hecho, sigo desconociéndolas. Sin embargo, me recordó en grado sumo las necesidades hematófagas de la Nepenthes ventricosa.

La sangre fría del científico le dejó sin aliento.

La defunción, tal y como entendemos ese concepto a priori, no tuvo lugar hasta que pasó al menos un minuto de los hechos. Desconozco el tiempo transcurrido entre ese momento y lo que de aquí en adelante referiré como la Reanimación, aunque, tal y como he podido comprobar, la descomposición material no ha sido excesiva. (Deben consultarse los gráficos de descomposición y morbilidad). La rápida refrigeración de mis restos parece haber ayudado de forma considerable.

Las siguientes líneas estaban completamente manchadas y Michael tuvo que ponerse a buscar la página siguiente según la numeración. Estaban todas extendidas en el tablero de la mesa que tenía delante, como las piezas de un rompecabezas. Halló la continuación en los márgenes de una orden de compra.

La reanimación fue gradual, muy semejante al despertar de un estado profundo de sueño, posiblemente en estado hipnogógico. La línea entre el sueño y la vigilia la crucé de forma imperceptible, aunque fue seguida de forma inmediata por una sensación de pánico y desorientación. Estaba en una oscuridad total, confinado de alguna manera, y el miedo a un enterramiento prematuro fue, sin duda, la idea más relevante que ocupó mi mente. Siendo franco, grité y me debatí contra lo que me constreñía, y me sentí muy aliviado cuando descubrí que estaba envuelto sólo en bolsas de plástico, que eran permeables y fáciles de romper.

«Dios mío», pensó Michael. La ordalía de Ackerley parecía extraída de un libro de Edgar Allan Poe, y el hecho de que él hubiera tenido parte en el asunto le hizo sentir una aguda punzada de culpabilidad.

Pero mi mano izquierda estaba incomprensiblemente sujeta a un tubo por una esposa. Esto me llevó a suponer que alguien, ¿quizá el señor O´Connor?, tenía razones para creer que: a) una tercera parte podría tener algún interés en hacerse con mi cuerpo (¿con qué propósito?); o b) era de esperar que sucediera algo parecido la Reanimación. Me llevó varias horas, e incluso la abrasión de bastantes trozos de piel, así como, creo, la dislocación de tres dedos, el poder liberarme.
Tras la obtención de la libertad, debo consignar que me asaltó una sed intensa y en cierto modo sobrecogedora. Todos los intentos de saciarla con las distintas bebidas disponibles en la despensa fueron inútiles. Vino acompañada además por molestias visuales.
Soy un científico o, más exactamente, lo era, y estoy totalmente convencido de que mi presente y antinatural estado pronto tendrá un final; y creo que es de mi incumbencia, mientras me sea posible, describir lo mejor que mis capacidades me permitan las sensaciones que experimenté.


Michael debió buscar de nuevo la página siguiente. La encontró debajo de su tazón de café. Ésta estaba escrita en la parte de atrás de un folleto de anuncio de cerveza Samuel Adams.

Los objetos situados dentro de mi campo visual parecían borrosos. Únicamente puedo compararlo con la iluminación procedente de un tablero de débiles luces fluorescentes, ligeramente tenue.
Ahora bien, el pestañear pareció mejorar la imagen, aunque después volvía a emborronarse otra vez y eso me obligaba a realizar un bizqueo casi continuo. Por ese motivo, pestañeo continuamente, incluso en este momento, para poder continuar escribiendo. Es posible que esta molestia ocular sea un signo del reflujo de la Reanimación.
Nota: Por favor, envíen mi amor y mis efectos personales a mi madre, la señora Grace Ackerley, al 505 de French Street en Wilmington, DE.


Michael hizo una pausa en ese momento. «Jesús». Entonces, cogió de nuevo el tazón de café y siguió leyendo.

También estoy experimentando unas ciertas dificultades respiratorias. Es como si sufriera escasez de oxígeno, lo cual hace que sienta un ligero mareo, aunque mis pulmones y mis vías respiratorias no parecen obstruidas de ninguna manera.

Michael fue consciente de ser observado antes incluso de ver realmente a alguien. Al mirar por encima del borde del tazón de café descubrió en la amplia entrada arqueada una esbelta figura deslizante envuelta en un abrigo naranja.
Supo que era Eleanor incluso a pesar de llevar echada la capucha y de que la cubría por completo el abrigo que llevaba casi a rastras por el suelo.
Posó la taza sobre la mesa y le preguntó:
—¿Por qué no está en la cama?
La pregunta real era: «¿Cómo es que está fuera de la enfermería? Se supone que está en cuarentena de verdad y, desde luego, fuera de vista de todos».
—No podía dormir.
—La doctora Barnes podría darle algo que la ayudara.
—Ya he dormido bastante. —Pero él vio cómo la capucha giraba cuando ella paseó la mirada, perpleja, alrededor de la habitación. Se detuvo en el piano y su banqueta vacía, y después volvió a moverse por toda la sala de descanso—. He oído música.
—Sí —dijo él—. Una pieza de Beethoven, seguro que lo conoce.
—Conozco algunas de las composiciones de Herr Beethoven, sí. Pero…
—Es un CD —comentó él, haciendo un gesto hacia el reproductor que había en una estantería—. Hace música.
Se levantó de la silla y se dirigió al aparato; primero lo detuvo y luego lo puso en marcha de nuevo; sonaron las notas del comienzo de la sonata Claro de Luna.
Eleanor, desconcertada, avanzó por la habitación y echó la capucha hacia atrás, descubriendo la cabeza. Se dirigió directamente hacia la máquina y permaneció de pie delante de ella a unos cuantos pasos, como si tuviera miedo de acercarse un poco más. Michael, para sorprenderla, pulsó la tecla de avance rápido y saltó hacia el Concierto para el Emperador, con lo que los fastuosos sonidos de la orquesta aparecieron de nuevo y a ella se le desorbitaron los ojos aún más asombrada, si eso era posible. Entonces, se volvió hacia él y le miró… con una sonrisa en los labios. Era la primera vez que veía en su rostro una sonrisa como esa, de puro asombro. Sus ojos relucieron y casi se echó a reír.
—¿Cómo puede hacer eso? ¡Suena como si estuviéramos en Covent Garden!
Michael no tenía muchas ganas de ofrecerle una conferencia sobre la historia de los instrumentos electrónicos de audio, ni aunque hubiera sabido cómo hacerlo, pero sin duda estaba cautivado por su evidente disfrute.
—Es complicado —repuso—, pero fácil de usar y puedo enseñarte cómo.
—Me gustaría mucho.
También a él, pensó. El aroma de la máquina de café era fuerte y le preguntó si quería uno.
—Sí, gracias —respondió ella—. Ya he tomado antes café turco, en Varna y Scutari.
—Sí, bueno, éste es el que llamamos Folgers. Procede de la misma familia.
El reportero mantuvo un ojo fijo en la puerta mientras llenaba el tazón. No era frecuente que nadie se dejara caer por allí a esa hora, pero no sabía cómo explicar la presencia de ella si alguien lo hacía. En Point Adélie no aparecían caras nuevas de la noche a la mañana procedentes de la nada.
— ¿Azúcar? —inquirió.
—Si hay, sí.
Él sacudió un paquete de azúcar, lo abrió y lo echó en el café. Ella observó con interés hasta el menor de sus gestos, y él debió recordarse de nuevo a sí mismo que hasta la cosa más simple de su mundo, en el momento en que se encontraban, era extraño, raro y algunas veces incluso alarmante para alguien que no hubiera nacido en él.
—Le ofrecería leche, pero parece que se ha acabado.
—Ya me imagino que debe ser muy difícil conseguir leche en un sitio tan remoto como éste. Seguramente será difícil tener vacas aquí…
—No, no tenemos —comentó Michael—. Tiene razón en eso. —Le alargó el tazón y le preguntó si quería sentarse.
—No, aún no, gracias.
Con la taza en las manos, caminó lentamente alrededor del perímetro de la sala de descanso, registrándolo todo, desde la mesa de ping pong, donde se detuvo para hacer saltar una bola un par de veces, hasta la pantalla de televisión de plasma, la cual estudió sin preguntar qué demonios era aquello; gracias a Dios, no estaba encendida. No había manera de que Michael pudiera explicarle todo en ese momento.
Había pósteres enmarcados en la pared, seguramente suministrados por alguna agencia gubernamental, en los cuales se conmemoraba algún triunfo nacional. Uno era el del equipo nacional de hockey de Estados Unidos de 1980; otro, de Chuck Yeager de pie, con el casco bajo el brazo al lado de su avión experimental X−1, y la última, ante la cual se detuvo Eleanor, mostraba a Neil Armstrong en traje espacial plantando la bandera americana en el suelo de la Luna. «Por favor, no —rogó Michael—; jamás se creería eso».
—¿Está en el desierto, por la noche? —inquirió ella.
—Algo así. Seguro.
—Su ropa se parece a como visten ustedes aquí.
Depositó la taza en la parte superior de la televisión para poder quitarse el abrigo y lo dejó en un maltrecho sofá de polipiel. Vestía de nuevo sus ropas originales, recién lavadas, y le pareció a Michael una figura de un cuadro de época. El vestido era de color azul oscuro, con los puños y el cuello de blanco y las mangas abullonadas; sobre el pecho llevaba un broche de marfil blanco. Sus zapatos eran de cuero negro, abotonado hasta muy por encima del tobillo; se había apartado el pelo de la cara y lo llevaba recogido detrás con una peineta de ámbar que él no había visto antes.
Ella le echó una ojeada a la mesa donde él había estado sentado y preguntó:
—¿He interrumpido su trabajo?
—No, no se preocupe.
Las páginas de Ackerley eran lo último que él quería que ella viera y rápidamente las recogió en una pila ordenada, con el anuncio de la cerveza Sam Adams en la parte superior.
—Le veo nervioso —comentó ella.
—¿Usted cree?
—Está todo el rato mirando la puerta. ¿Tanto le asusta que me descubran?
«No se le escapa ni una», pensó él.
—No es por mí —repuso él—. Es por usted.
—La gente siempre hace cosas por mí —comentó ella, meditabunda—. Y es bastante extraño, porque soy la que sufre al fin y al cabo.
Se dirigió hacia el piano y pasó los dedos con ligereza por las teclas.
—Puede tocarlo si quiere.
—No mientras actúe la orquesta… —aclaró ella, señalando la música ambiental con un gesto de la mano. Su voz era dulce y con aquel acento inglés le sonaba a Michael como alguien salido de la serie de televisión Masterpiece Theater.
Apagó el reproductor de CD y ella e le quedó mirando como si fuera un mago y lo hubiera conseguido con un simple gesto de la mano. Luego, sacó la banqueta de debajo del piano.
—Considérese mi invitada —le indicó él, y habría jurado que, aunque se echó para atrás, estaba deseando hacerlo—. De perdidos, al río. —Usó esta expresión porque pensó que sería la única que ella podría reconocer.
Eleanor sonrió y pestañeó. Lentamente, como una vieja cámara cuyo obturador se abriera y cerrara. El reportero se quedó inmóvil. ¿Es que en ese momento las cosas de repente habían adquirido el aspecto borroso del que Ackerley había hablado? ¿Estaba «refrescando la imagen» en ese instante?
De forma impulsiva, se recogió las faldas y se deslizó en la banqueta del piano. Sus dedos, pálidos y esbeltos, se estiraron sobre las teclas pero sin tocarlas. Michael echó de nuevo una ojeada hacia la puerta, hasta que escuchó las primeras notas de una vieja canción tradicional, Barbara Allen, que recordó haber oído antes en una versión en blanco y negro de Canción de Navidad, de Dickens. Bajó la mirada hacia Eleanor, cuya cabeza se inclinaba sobre el teclado aunque había cerrado los ojos. Se equivocó un par de veces de notas, se detuvo, y comenzó de nuevo donde se había quedado. Parecía… extasiada, como si después de mucho tiempo, finalmente se encontrara en algún lugar soñado.
Él permaneció en pie a su espalda, con un ojo puesto en la puerta, hasta que finalmente dejó de hacer de centinela y simplemente escuchó la música. Tocaba bien, a pesar de las notas ocasionales que había fallado. Era un estilo rico, muy expresivo, y podía imaginarse muy bien cuánto tiempo y cuán profundo lo había llevado dentro.
Una vez que terminó la pieza, se quedó muy quieta, con los ojos cerrados. Y cuando los abrió de nuevo, «qué verdes y vivos son», pensó Michael.
—Me temo que me falta un poco de práctica —se disculpó.
—Tiene una buena excusa.
Eleanor asintió y sonrió pensativamente.
—¿Usted también toca? —inquirió.
—Sólo Chopsticks.
—¿Qué es eso?
—Es una pieza muy difícil, reservada sólo para pianistas de concierto.
—¿De verdad? Me gustaría escucharla —dijo ella, levantándose.
—No se mueva —indicó él—. No me llevará más de un momento.
Se sentó a su lado en la banqueta y mientras ella se retiraba a toda prisa, él puso los dedos índices sobre el teclado y tocó la melodía. En aquella estrecha cercanía pudo oler el aroma a jabón Irish Spring, y cuando terminó y la miró para ver si le había gustado, se dio cuenta de que había cometido un grandísimo error. Tenía las mejillas teñidas de un violento rubor casi como fuego y la mirada baja. Los hombros de ambos habían entrado en contacto y su pie le tocaba la bota, de modo que ella parecía horrorizada por aquel súbito contacto físico, pero no había querido ofenderle alejándose de él de un salto, sino que simplemente se había quedado allí sentada, esperando a que pasara el mal rato.
—Lo siento —dijo el reportero, levantándose—. No quería ofenderla. Se me había olvidado… —«¿Olvidar qué? ¿Qué hacía ciento cincuenta años lo que él había hecho se habría considerado pasarse mucho de la raya?»—. Es que, simplemente, hoy día esto no se considera…
—No, no me ha ofendido —replicó ella, con voz tensa—. Era una… pieza muy interesante. —Se alisó la falda—. Gracias por tocarla para mí.
—¡Aquí estás! —La voz provenía de la puerta y el reportero vio cómo Charlotte, con el abrigo revoloteando sobre los pantalones de chándal y las botas de goma, suspiraba de puro alivio—. Iba a comprobar cómo estabas y cuando vi que te habías ido, imaginé toda clase de desastres.
—Me encuentro bastante bien —repuso Eleanor.
—Yo no sé si iría tan lejos —replicó Charlotte—, pero lo que sí es cierto es que la señorita va para arriba. Ya lo veo.
—Es consciente, espero, de que no puede tenerme confinada para siempre.
Charlotte mostraba el aspecto de quien no quiere abundar mucho en el tema.
—No me la has robado, ¿no, Michael? —le preguntó al hombre.
El reportero alzó las manos en ademán de inocencia y Eleanor salió en su defensa.
—No, no fue él. —Y luego añadió, como para sí misma—: Me he visto privada de muchas cosas, incluida la libertad, durante tanto tiempo, que sólo me queda ya una cosa.
Michael y Charlotte esperaron a que finalizara.
—Tengo muy claro lo que quiero.
Y él había tenido un agradable ejemplo de ello.


* Plato combinado de precio bajo consistente en carne y tres hortalizas servidas en un plato con tres compartimentos.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 01, 2010 12:07 pm

Yupiii [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Ranguito.
Por cierto, ¿a quién se lo envío cuando lo termine de recopilar? ¿A ti?

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Jun 02, 2010 12:29 pm

CAPÍTULO CUARENTA Y CUATRO
Transcrito por Tibari
21 de diciembre, 15:15 horas

—VAMPIROS.
La palabra flotó en el aire de la atestada oficina de Murphy como si fuera una pieza de fruta podrida y nadie quisiera ser el primero en probarla. Darryl la había pronunciado, pero Michael, Charlotte y Lawson se limitaron a permanecer allí, atónitos, esperando que picara otro, y al final le tocó romper el impasse al jefe O’Connor.
—Vampiros —repitió—. ¿Es eso lo que dices que tenemos entre manos?
—Es una manera de hablar —continuó Darryl—. Tomé algunas muestras de Ackerley, las analicé y mostraron las mismas extrañas características que encontré en las de Danzing. —Volviéndose hacia Charlotte, añadió—: Y por cierto, son las mismas propiedades que había en la muestra que me diste para que la analizara. Una que está etiquetada como ‹‹E.A.››.
—Eleanor Ames —aclaró la doctora, y cuando Murphy le dedicó una mirada en plan de ‹‹se suponía que eso iba a ser un secreto››, ella le replicó—: Mientras sigamos trabajando a oscuras, no vamos a ir a ninguna parte. ¿Es que no podemos ponernos todos al día?
Michael estuvo de acuerdo en aquello.
—Eleanor Ames es el nombre de la mujer atrapada en el iceberg —le explicó a Darryl.
—¿La Bella Durmiente?
—La encontramos de nuevo en Stromviken.
—¿Y cómo había llegado hasta allí?
—En el trineo tirado por los perros.
—Sí, vale, pero ¿quién se la llevó allí? ¿Y por qué?
—Fue por su propio pie. Con Sinclair, el hombre que estaba congelado con ella.
—No me coges el punto. ¿Quién conducía el trineo?
—Los dos están vivos —le informó Michael—. Fueron por su propio pie. Eso es lo que estoy intentando decirte.
El biólogo se echó a reír e incluso se dio un golpecito en la rodilla.
—Ah, ya, claro, claro. Creí que estábamos teniendo una reunión seria.
—Lo es —confirmó el periodista y cuando Darryl echó una ojeada a su alrededor, desde Lawson a Charlotte pasando por Murphy y vio que nadie se estaba riendo, la sonrisa también abandonó su rostro.
—Por Hala y el gran Pama¹ —comentó con aire grave.
—Por Hala y el gran Pama me parece de lo más adecuado —le secundó Murphy.
—Y ella está en cuarentena en el ala de enfermeros desde entonces —añadió Michael. No veía motivo para mencionar su pequeña excursión a la sala de descanso.
Darryl miró a su alrededor una vez más, sólo para asegurarse de que no le estaban tomando el pelo, pero las expresiones sobrias de esos rostros le dejaron muy claro que no era el caso. Su siguiente reacción fue de indignación.
—¿Y no me lo habéis dicho? Todos lo sabíais y nadie pensó que había que decírmelo a mí también, ¿no? Especialmente teniendo en cuenta que yo era el tipo que debía hacer todo el trabajo duro en el laboratorio.
—Fue una orden mía —le cortó Murphy—. No quería que corriera por ahí. Este sitio se ha parecido demasiado a un circo de feria en los últimos tiempos.
Hirsch siguió echando chispas, pero después de escupir unas cuantas palabras más de protesta, y de que ellos se las apañaran para pedirle perdón y calmarle, continuó con su exposición.
—Bueno, su sangre, incluida la de vuestra señorita Ames, con la que me gustaría encontrarme alguna vez, ya que finalmente me habéis introducido en el círculo de informados, no es como la sangre humana que he visto hasta ahora.
—¿En qué sentido? —preguntó Charlotte. A Michael esto le sonaba como si ella estuviese reteniendo algún tipi de información. ¿Cómo iban a resolver alguna vez este rompecabezas si todos guardaban piezas distintas y en secreto?
—No es sólo la escasez de glóbulos rojos —aclaró Darryl—, sino el hecho de que son consumidos de forma activa. Es como si esta sangre procediera de criaturas de sangre fría que estuvieran intentando convertirse en otras de sangre caliente, como si los reptiles o cualquiera de esos peces que he extraído del fondo del mar estuvieran tratando de imitar a los mamíferos a base de ingerir hemoglobina, pero fallando en el intento una y otra vez, y teniendo, por tanto, que volver a rellenar el depósito.
—Y el combustible sólo pueden conseguirlo de otros seres humanos, ¿a que sí? —sugirió Michael.
—De eso no estoy seguro. La barrera entre las especies debería funcionar así, pero esta enfermedad es tan extraña que en realidad no puedo confirmarlo. Probablemente alguien que la sufriera no haría distinciones de ningún tipo. La anemia que ocasionaría sería tan grande que intentarían resolverla con cualquier cosa para chutársela.
—Pero ¿cómo se las pueden apañar después de todo para hacer que el oxígeno circule por la corriente sanguínea sin glóbulos rojos? —inquirió la doctora, sentada en el borde de su silla plegable—. Sus órganos tendrían que dejar de funcionar y los músculos y otros tejidos comenzarían a pudrirse. ¿No perderían fuerzas de ese modo?
—Eso se acerca a lo que Ackerley describía en las notas que escribió en la despensa de la carne —la interrumpió el reportero.
Ése fue el turno de Charlotte para sentirse desconcertada.
—¿Qué notas? —preguntó ella, pero Michael le hizo un gesto para indicarle que le informaría de todo más tarde. Todavía quedaban por allí demasiados secretos sin salir a la luz.
—Decía que tenía la sensación de que le faltaba el oxígeno —continuó Michael—, como si sus pulmones no pudieran llenarse, no importa lo profundamente que inspira. También decía que tenía que pestañear mucho, para aclararse la visión.
—Sí, eso tiene sentido —asintió Darryl—. El mecanismo ocular también se vería afectado. Pero tengo que decir algo a favor de este tipo de sangre: se recupera maravillosamente, de una forma sorprendente. Tiene más fagocitos por mililitro que…
—En cristiano, que lo entendamos todos, por favor —le interrumpió Murphy y Lawson asintió a su vez, de acuerdo con él.
—Son células que consumen partículas extrañas u hostiles —les explicó Darryl—. Como un escuadrón de limpieza. Así que si juntamos este rasgo como su capacidad para extraer lo que necesiten de cualquier fuente exterior, se obtiene un sistema autorregenerativo muy eficiente. Hablando desde un punto de vista teórico, mientras su riego se vea periódicamente alimentado con nueva sangre…
—Su portador podrá vivir para siempre —concluyó Charlotte.
Darryl simplemente se encogió de hombros en señal de aceptación, y Michael sintió como si una mano fría se le hubiera deslizado bajo la camisa para acariciarle el pecho. Hablaban de aquellos ‹‹portadores›› como si fueran sujetos anónimos de algún experimento médico, pero, de hecho, estaban hablando de Erik Danzing y Neil Ackerley y, la más importante de todos, Eleanor Ames. Estaban hablando de la mujer que había descubierto en el hielo y devuelto a la vida, una mujer con la cual había tocado el piano y de la que había registrado una entrevista en la grabadora, como si fuera alguna criatura procedente de una película de miedo.
El silencio se extendió de nuevo por la habitación, como si la revelación y sus ramificaciones les hicieran conscientes de lo que realmente estaban haciendo allí. Michael sintió además una extraña punzada de autoafirmación. Si hasta ese momento alguien guardaba alguna duda acerca de la validez de la historia de Eleanor, si es que aún quedaba alguna cuestión pendiente sobre cómo podría haber sobrevivido todos esos años, congelada bajo el mar…
Pero esto sacaba a la luz una nueva cuestión sin resolver: ¿no se podía hacer nada para poner remedio a la enfermedad? El reportero sabía que eso era lo que en ese momento estaba en la mente de todos.
Finalmente, Murphy interrumpió aquellas reflexiones cuando preguntó, tras inclinarse sobre la mesa, con los dedos tabaleando sobre el tablero:
—¿Pasaría algo si no le suministramos nada y le da el mono? ¿Qué pasaría si la confinamos, medicada y tranquilizada, hasta que se le pase el síndrome de abstinencia? Total, chicos, tenéis por ahí más drogas de las que sois capaces de emplear.
Darryl frunció los labios e inclinó la cabeza hacia un lado en un ademán escéptico.
—Si me perdonas la comparación, sería como denegarle la insulina a un diabético. La necesidad no desaparecerá, sino que el paciente entrará en estado de shock, luego en coma y morirá.
—¿Y cómo se supone que la vamos a mantener en condiciones? —inquirió Lawson, poniendo en voz la pregunta en la que todos estaban reflexionando—. ¿Comenzamos una campaña de extracciones?
—Pues te lo digo desde ya: a los reclutas no les va a hacer gracia alguna —repuso Murphy, y bufó.
—Si tenemos en cuenta las reservas actuales de sangre, las transfusiones terminarán constituyendo un problema a considerar en cuestión de cierto tiempo —sugirió Darryl, que miró alrededor, a los rostros que le rodeaban— Hasta que no consigamos una cura, asumiendo que pudiera existir, no veo cómo podemos evitar hacer algo así.
—Creo que puedo sugerir una solución —intervino Charlotte, y Michael supuso que eso precisamente era lo que ella había estado guardándose para sí—. Ha desaparecido una bolsa de plasma. Tal vez la haya colocado en cualquier sitio, aunque no me imagino cómo ha podido ocurrir eso. Pero ahora, bueno, creo que tengo alguna idea de lo que le puede haber sucedido.
Wilde apenas podía dar crédito a lo que estaba oyendo, aunque en su interior pensó que probablemente sería cierto.
—Pues mira qué bien —repuso el jefe, exasperado—. Cojonudo, pero cojonudo de verdad.
Michael sabía lo que pasaba por la mente de O’Connor: los interminables informes que debería escribir y la investigación interna que tendría que llevar a cabo con la finalidad de poder transmitir todo eso a sus superiores. Y en realidad, ¿cómo iba a hacerlo? Lo despacharían hacia Bellevue en un abrir y cerrar de ojos.
—Y que no se nos olvide que queda otro por ahí fuera —añadió Murphy—. Y aún está suelto.
‹‹El joven teniente››, pensó el reportero. ‹‹Sinclair Copley››.
—Pues la situación está bien peligrosa en el exterior —comentó Lawson—. A menos que haya regresado a la estación ballenera, probablemente habrá terminado en el fondo de alguna grieta a estas alturas.
—Que Dios te oiga —replicó Murphy.
Pero Michael no estaba dispuesto a rendirse con tanta facilidad, ni pensaba que eso pudiera estar bien. Teniendo en cuenta todo lo que aquel hombre había sobrevivido, ¿quién podría decir con certeza que había sucumbido a la tormenta o al medio ambiente extremo del Polo? Miró por la ventana, donde observó el tono claro del cielo y los remolinos de nieve, y comentó:
—Va a haber una mejoría en el tiempo. Podemos aprovecharla para ir en su búsqueda. Si hay algo que sepamos de ese tipo, es que tiene una poderosa voluntad de supervivencia.
—Y hay algo más también —aseveró Charlotte—. Tenemos lo que más le importa en el mundo. Alguien que él querría recuperar… a costa de lo que fuera.
La mano fría que se había deslizado por el torso del repostero antes volvió a hacerlo de nuevo y, para su sorpresa, le apretó el pecho como si fuera un torno.
—Charlotte lleva razón —finalizó Darryl—. Si hubiera que buscar un cebo, sin duda, tenemos el mejor.
-----
¹ Expresión típica de los tebeos del Capitán Marvel.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Jun 02, 2010 12:39 pm

^^ ranguitos jeje

te acabo de mandar las imágenes que he encontrado para 99 ataúdes [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Jun 02, 2010 12:40 pm

Ok. Ahora las veo.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 03, 2010 12:21 pm

CAPÍTULO CUARENTA Y CINCO
Transcrito por Tibari
21 de diciembre, 23:00 horas

ELEANOR SE SENTÍA COMO un preso encerrado otra vez en su celda. La doctora Barnes le había dejado un vaso de agua y otra de esas pastillas azules, pero ella no quería tomársela ni dormir más ni ocultarse en la enfermería por más tiempo, sobre todo porque la tentación de la caja blanca de metal era demasiado grande. Se devanó los sesos intentando recordar su nombre. ¿Cómo la habían llamado? ¿Nevera? ¿Era así?
Con independencia del nombre, ella había visto el contenido de la misma: unas bolsas de aspecto similar al haggis escocés, sólo que no eran asaduras de cordero u oveja con cebolla, harina y hierbas embutidas dentro de una bolsa hecha con el estómago del animal, no: sólo estaban llenas de sangre.
Y sintió otra vez el apetito con tal intensidad que hasta las paredes perdieron su color y a menudo debía cerrar los ojos y esperar un poco para abrirlos de nuevo a fin de que todo volviera a la normalidad. También se le alteró la respiración, que fue más agitada y superficial. La doctora Barnes había percibido ese cambio, o al menos eso pensaba ella, pero Eleanor no podía explicarle la causa, y menos aún el remedio.
Y ahí estaba ella, sola una vez más, tal y como rezaban los versos del poemario de Sinclair, ése que solía recitar él: ‹‹Solo, solo, siempre solo, en este inmenso y vasto océano››. ‹‹¿Dónde estará Sinclair ahora? ¿En la iglesia, resguardado y a salvo, o perdido en la nieve, buscándome?››, se preguntó.
Paseó por la sala de arriba abajo, dando vueltas por la estancia como el tigre enjaulado que había visto una vez en el zoológico de Londres. Había percibido la soledad y el confinamiento del pobre felino incluso en aquel entonces. Hizo un esfuerzo enorme por mantener apartados de esa nevera los ojos y también los pensamientos, lo cual le condujo por derroteros oscuros, pero ¿cómo no iba a serlo? Le habían arrebatado por completo su vida anterior: su familia, sus amigos y hasta su propio país, y su existencia en el momento presente se reducía a una enfermería en el Polo Sur, y a una necesidad voraz que ni siquiera le dejaba pensar.
Se había repuesto después de esa fatídica noche en que Sinclair acudió a ella y dejó de tener fiebre al día siguiente. Moira estaba exultante a su lado u la señorita Nightingale en persona puso una silla junto a su cama y le trajo un cuenco con cereales y té.
—Tu ausencia se ha notado en las salas del hospital. Los soldados se alegrarán de volverte a ver —le aseguró Florence Nightingale.
—Y yo de verles a ellos.
—Y a uno de ellos en particular, ¿verdad? —puntualizó la superintendente. La muchacha se sonrojó—. ¿No es ése el hombre que se las arregló para colarse en nuestro hospital de Londres para que se le suturase una herida?
—Sí, señorita, es él.
Ella asintió y no habló hasta que Eleanor hubo terminado de comer casi todo el cuenco de cereales.
—¿Existe una relación entre vosotros desde entonces?
—Sí —admitió la joven.
—Mi mayor temor cuando recluto enfermeras es que puedan tomar afecto a algún soldado confiado a su cuidado. Eso afectaría mucho a la calidad de la asistencia y, lo que es más importante, podría en tela de juicio toda nuestra misión. Tenemos muchos detractores tanto aquí como en casa, ¿los sabes, no? Claro que lo sabes…
—Sí.
—¿Sabes cuánta gente con estrechez de miras cree que nuestras enfermeras no son más que unas oportunistas o algo peor?
Nightingale le ofreció otra cucharada de cereales. Eleanor no había recobrado aún el apetito, pero no se atrevió a rechazarla.
—Por eso debo pedirte que no hagas nada, absolutamente nada, y nunca lo repetiré lo suficiente, nada que suponga un descrédito para nuestro trabajo en este hospital.
Eleanor dijo que sí con un leve asentimiento de cabeza.
—Bien, entonces creo que nos entendemos —concluyó la superintendente, que se levantó y dejó el cuenco sobre el asiento de madera—. Confío en que tu juicio haga honor a tu palabra. —Y dicho esto se marchó hacia la puerta, donde Moira había permanecido a la espera de que terminaran de conversar, y añadió—: Ha habido otro derramamiento de sangre en la carretera de Woronzoff. Mañana a primera hora voy a necesitaros a las dos listas para el servicio.
Entonces se marchó de verdad y Eleanor dejó caer la cabeza sobre la almohada, y quedó en reposo hasta la llegada de la noche, y con ella apareció Sinclair.
Él estudió el semblante de la joven a la luz de la vela como si estuviera buscando pistas de algo, pero lo que veía parecía hacerle muy feliz.
—Estás mejor —concluyó él tras llevarle la mano a la frente—. Ha desaparecido la fiebre.
—Sí —contestó ella, y apoyó la mejilla sobre la palma abierta del teniente.
—Mañana podremos irnos de este lugar maldito.
—¿Irnos? —Eleanor no entendió a qué se refería. Sinclair estaba en el ejército y ella debía volver al trabajo al día siguiente.
—No podemos quedarnos aquí como si tal cosa, ¿verdad? Ya no.
Ella se quedó perpleja. ¿Por qué no? ¿Qué había cambiado, salvo el hecho de que los dos se habían recuperado?
—Me las compondré para hacerme con dos caballos —prosiguió él—, aunque quizá podamos apañarnos con uno.
—Pero, Sinclair, ¿qué estás diciendo? —inquirió ella, preocupada ante la posibilidad de que le hubiera vuelto la fiebre y el pobre delirase otra vez—. ¿Adónde vamos a ir?
—Adonde queramos. Todo este puñetero país es un campo de batalla. Vayamos donde vayamos, no habrá problema en encontrar lo que necesitamos.
—¿Y qué necesitamos?
Entonces fue cuando él le buscó los ojos con su mirada y la observó fijamente y tomó el rostro entre sus manos antes de empezar a hablar, arrodillado junto a la cama.
Y le contó toda la historia entre cuchicheos, una narración tan terrible que ella no creyó ni una sola palabra. La historia de Sinclair versaba sobre las criaturas que acechaban en las noches de Crimea para alimentarse de los muertos.
—No podría describir a esa cosa aunque la veo en sueños todas las noches —admitió.
Siguió hablando de una maldición o de una bendición que desafiaba a la mismísima muerte, de una necesidad insaciable, y en lo que ella se había convertido: una esclava, al igual que él.
Ella no pudo creerlo, y no lo hizo.
Pero sentía una herida encima del pecho y tenía una cicatriz delatora. En palabras de Sinclair eso era la prueba.
Él la besó, arrepentido, pero a ella los ojos le escocieron y se le llenaron de lágrimas. Volvió el rostro hacia la pared y abrió la boca en busca de aire. La habitación tenía una gran ventana abierta por la que entraba la brisa del océano, pero de pronto sintió como si hubieran cerrado la estancia y el ambiente se convirtió en algo opresivo y agobiante.
Sinclair la tomó de la mano, pero ella la retiró también. ¿Qué le había hecho? ¿Qué les había hecho a los dos? Si mentía, eso era que estaba loco. Si decía la verdad, ambos estaban malditos y debían afrontar un destino peor que la muerte. Eleanor era anglicana y se había criado en el seno de la Iglesia de Inglaterra sin ser especialmente devota, eso se lo dejaba a su madre y a sus hermanas, pero la situación expuesta era un sacrilegio de tal magnitud a sus ojos que ella apenas podía soportarla ni llevar la clase de vida que iba a ser necesario llevar a partir de ese momento.
—No tenía otra forma de salvarte —dijo Sinclair—. Perdóname, Eleanor, di que me perdonas.
Pero no le resultó posible en ese momento, pues sólo era capaz de respirar el aire húmedo del Bósforo y considerar todo cuanto podía hacer…
Se le planteaba un dilema sin una salida fácil, incluso ahora, mientras iba y venía por la enfermería, ya que debía hacer un esfuerzo enorme por mantener la mente lejos de la caja blanca de metal situada enfrente de ella. Bastaba extender la mano, abrirla y tomar lo que necesitaba. Lo tenía justo ahí, tentándola.
Se obligó a desviar la mirada y acudió junto a la ventana.
El perenne sol austral emitía un brillo apagado que le hacía recordar el cielo avistado durante la aciaga travesía a bordo del Coventry, pero ella sabía que no iba a haber una noche propiamente dicha. Todo cuanto allí había era una pieza sin costura que iba deshilachándose y ella sabía que a los ojos de Dios se había llevado más días de los que le habían tocado en suerte.
Michael. Michael Wilde. Sus reflexiones eran menos sombrías cuando pensaba en él. Había sido muy amable con ella, y había parecido tan avergonzado cuando se había tomado la libertad de sentarse junto a ella frente al piano. Aunque él se había comportado de un modo inoportuno, Eleanor se daba cuenta de que estaba en un mundo nuevo, donde las costumbres habían cambiado, y le quedaba mucho por aprender. Unas cajitas negras interpretaban sinfonías enteras, las luces iban y venían dándole a un botón y las mujeres podían ejercer la medicina aunque fueran negras.
Entonces recordó lo sorprendida que se había quedado su madre ante la idea de su viaje a Londres, ella sola y sin un acompañante, para hacerse enfermera. Tal vez todo aquello que antes era chocante ahora se había convertido en rutinario. Tal vez el terrible peaje pagado en la guerra de Crimea había removido la conciencia de la humanidad y había puesto final a ese tipo de matanzas sin sentido. Quizá el mundo se había convertido en un lugar donde imperaba más la inteligencia, donde las cosas cotidianas eran mucho mejores y las naciones solucionaban sus diferencias elevando el tono de voz, pero sin apelar a las armas.
Se permitió disfrutar de un rayo de esperanza, una sensación a la que estaba muy poco acostumbrada.
Estar sentada al piano había sido una sensación tan estupenda, tan normal. Había disfrutado mucho acariciando las teclas con los dedos. Era como si hubiera recuperado todas las clases de piano impartidas por la mujer del reverendo, tocando en el salón con las ventanas abiertas de par en par mientras en cocker de la familia perseguía a algún conejo en el amplio prado circundante. La señora Musgrove hacía un pedido fijo a una tienda de música en Sheffield, y ésta le enviaba una selección de partituras populares dos veces al año. De ese modo Eleanor llegó a conocer y enamorarse de tantas y tantas baladas y canciones antiguas como The Banks of the River Tweed y Barbara Allen.
Michael también parecía haber disfrutado con la canción. Su rostro era el de un hombre sensible, aunque algo le acechaba. Él tenía su propia tragedia, una que había dejado algún tipo de secuela, y quizá fuera ese el motivo de que hubiera elegido acudir a un lugar tan solitario. Nadie habría elegido por propia voluntad un destino como aquél, sino que en cierto modo el lugar le había escogido. Se preguntó qué le habría ocurrido o de qué recuerdos podía estar huyendo. Ella no recordaba haberle visto un anillo de casado y no había mencionado a ninguna esposa en el tiempo que habían pasado juntos. No sabría decir por qué, pero le pegaba ser soltero.
Ay, cuánto echaba de menos la luz del sol, pero una luz de verdad, no una imitación, esa luz del sol cálida y dorada como el sirope que le bañara todo el cuerpo. Había vivido en las sombras toda una eternidad, huyendo con Sinclair de un pueblo en otro, sin demorarse demasiado en ningún lugar para que nadie descubriera su secreto. Habían viajado desde Scutari hasta cruzar los Cárpatos para llegar a la soleada Italia, donde ella asomaba la cabeza por la ventana del carruaje para disfrutar todo lo posible del sol mediterráneo. Solía sugerir a Sinclair que se detuvieran un tiempo en alguno de aquellos parajes, pero en cuanto él percibía en los lugareños un interés mayor del normal en la joven pareja inglesa, él insistía en ponerse de nuevo en camino. Copley vivía con el temor constante de que hubieran descubierto su deserción y repetía a menudo que esperaba que su padre sólo oyera hablar de su desaparición en el campo de batalla de Balaclava.
En cuanto a ella, no sabía qué temía más, si no ver nunca más a su familia o verla y que ellos adivinaran que había cambiado de un modo inenarrable.
En Marsella, Sinclair localizó a un viejo amigo de la familia mientras daban un paseo por los muelles y la arrastró hasta la tienda de un artesano para evitar ser detectado. Cuando el comerciante le preguntó qué deseaba, el antiguo teniente le contestó en un perfecto francés, al menos hasta donde ella era capaz de apreciarlo, que estaba interesado en… lo primero que vio: un broche de marfil con borde de oro que el hombre tenía en la mesa de trabajo.
El hombre lo alzó a fin de que se viera bien a la luz de la ventana. Eleanor quedó maravillada al ver la perfección con que estaba hecho ese camafeo con un tema clásico: Venus saliendo de entre las olas.
—¿Podríamos haber elegido un tema mejor que la diosa del amor?
—Es una maravilla —respondió ella en voz baja—, pero ¿no deberíamos guardar el dinero que nos queda?
Combien d’argent¹? —preguntó Sinclair, y abonó la factura sin rechistar.
Ella nunca llegó a saber el origen de sus fondos, pero lo cierto es que siempre disponían del dinero necesario para viajar al siguiente destino. Sospechaba que Sinclair se hacía pasar por quien no era ante los viajeros ingleses con quienes se encontraban y les pedía sumas a cuenta, y luego aumentaba esa cifra apostando las cantidades prestadas en las mesas de juego.
Al llegar a Lisboa, alquilaron una habitación en lo alto de un pequeño hotel con vistas a la fachada almenada de Santa María la Mayor. El redoble de campanas parecía un reproche constante y Sinclair, tal vez intuyendo por dónde iban los pensamientos de su compañera, le preguntó:
—¿Y si nos casamos ahí?
Eleanor no supo qué responder. Se sentía maldita de tantas formas que le sobrecogía la perspectiva de entrar en una iglesia y hacer unos votos sagrados, por mucho que le hubiera gustado estar debidamente casada, pero el criterio de su compañero se impuso.
—Vayamos a echar un vistazo por lo menos. De todos modos, la iglesia es preciosa.
—Pero nunca conseguiremos la ayuda de un cura… No con todas las mentiras que deberíamos contarle.
—¿Y quién ha hablado de un cura? —se mofó Sinclair—. De todos modos, ellos hablan portugués. Si quieres, podemos ponernos delante del altar y formular nuestros propios votos. Dios va a poder oírlos perfectamente sin necesidad de ningún intermediario papista, suponiendo, claro está, que exista un Dios que los oiga.
Profirió un sonido despectivo que dejaba claro sus muchas dudas al respecto.
Así pues, ella vistió sus mejores galas, Sinclair se puso su uniforme y juntos del brazo cruzaron la plaza de camino hacia la catedral. Hacían buena pareja y ella podía ver en los ojos de los transeúntes la buena impresión que causaban.
La Sé de Lisboa se había construido durante el siglo XII, aunque los terremotos de 1344 y 1755 habían causado daños de consideración, haciendo necesario llevar a cabo importantes trabajos de reparación y reconstrucción. Los dos robustos campanarios gemelos de estilo románico se alzaban como una fortaleza blanca a cada lado del gran arco de la entrada, encima de la cual descansaba una gran rosetón por cuyas vidrieras de colores se filtraba a la luz del sol, confiriendo un rubor áureo a los enormes pilares del interior.
Había varias capillas privadas en el interior de la catedral; el acceso estaba cerrado al público con verjas de hierro, pero era posible contemplar en todas las tumbas unas figuras de mármol donde los guerreros lucían una cota de mallas.
En una de ellas, Eleanor vio la figura de un noble reclinado; vestía armadura de cuerpo entero y aferraba la espalda con fuerza; estaba protegido por un perro. En otra, una dama vestida de forma clásica leía el Libro de las Horas.
La catedral era enorme y prevalecía el silencio a pesar de la presencia de un considerable número de fieles en los bancos y de muchos visitantes en los laterales. Eleanor únicamente oía el resonar de sus pasos. En un extremo del transepto, no lejos del presbiterio, un grupo de damas y caballeros bien ataviados abordaron a un anciano sacerdote de hábito negro y cinturón blanco. Ella reaccionó de forma instintiva y tomó la dirección contraria. Sinclair notó el tirón en el brazo y esbozó una sonrisa.
—¿Temes que detecte nuestro olor?
—No bromees con eso.
—¿Crees que va a darnos caza? —Ella no le respondió nada en esa ocasión—. No es necesario seguir con esto si quieres. Sólo lo hago por ti.
—Pues es un sentimiento de lo menos apropiado —replicó ella, distanciándose un poco y preguntándose qué le había llevado hasta ese lugar.
Sinclair la siguió y le tiró de la manga.
—Disculpa. No quería decir eso, y tú lo sabes.
La joven se percató de que varias personas los estaban observando. Estaban montando una escena, y eso era lo último que le apetecía. Se escondió detrás de la columna más próxima al altar y se cubrió el rostro con un pañuelo.
—Te desposaría en cualquier parte —dijo en voz baja e insistente—, debes saberlo. En la abadía de Westminster o en medio del bosque sin más testigos que los pájaros en los árboles.
Eleanor lo sabía, pero eso no bastaba. Sinclair había perdido la fe en todo y encima había sacudido profundamente los cimientos de sus propias creencias. ¿Qué estaban haciendo allí? ¿Qué esperaba ella conseguir de esa visita? Había sido un terrible error, y la joven lo había sabido desde que traspusieron el umbral de la catedral.
—Vamos, no nos quedemos en el rincón —dijo él con avidez mientras deslizaba una mano sobre la parte interior del codo y tiraba de Eleanor. Ella intentó resistirse, pero él la arrastró lejos de las sombras y la joven le dejó salirse con la suya para no causar conmoción alguna—. No tenemos nada que esconder —aseguró él.
Copley la condujo primero al pasillo central y luego hasta el ornamentado altar mayor. El rosetón de cristales coloreados de rojo, verde y amarillo refulgía como el calidoscopio que Eleanor había visto en una óptica londinense, y era tan hermoso que apenas podía apartar la mirada.
Él le tomó ambas manos entre las suyas y dijo:
—Yo, Sinclair Archibald Copley, te tomo a ti, Eleanor… —Se detuvo—. ¿No es raro? No sé si tienes un segundo nombre… ¿Lo tienes? ¿Cuál es…?
—Jane.
—Te tomo a ti, Eleanor Jane Ames, como mi legítima esposa, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte nos separe.
Ella tuvo la certeza de estar llamando demasiado la atención, razón por la cual intentó bajar las manos, pero Sinclair se lo impidió.
—Espero haber recordado correctamente toda la fórmula. Si he olvidado algo, dímelo, por favor.
—No puedo, Sinclair —imploró ella.
—¿No puedes o no quieres? —inquirió él con un creciente tono de crispación en la voz.
Eleanor estaba segura de que el sacerdote ya se había fijado en ellos. Lucía una barba blanca y tenía unos penetrantes ojos negros bajo esas cejas tan pobladas.
—Creo que deberíamos marcharnos ya.
—No hasta que hayamos preguntado a los feligreses aquí presentes…
—Pero, ¿a qué feligreses te refieres…?
El otro Sinclair, ése al que tanto temía, estaba a punto de aparecer.
—No nos iremos hasta que hayamos preguntado a los feligreses si alguno de los presentes conoce algún obstáculo para nuestra unión.
—Eso se hace antes de pronunciar los votos —le recordó ella—. No ridiculicemos esto todavía más… —Debían irse, lo supo cuando vio por el rabillo del ojo cómo el sacerdote se zafaba del grupo de aristócratas portugueses—. Ya hemos llamado bastante la atención, y esto no es seguro —cuchicheó ella—. Tú mejor que nadie deberías saberlo.
Sinclair fijó en ella una mirada embotada, como si se preguntase lo lejos que iba a llegar. La muchacha había aprendido a identificar esa mirada, la tenía cada vez que estaba a punto de pasar del gozo a la ira, de la amabilidad a la crueldad, y todo en cuestión de un segundo.
Le impidió hablar un ruido sordo procedente del suelo de piedra y del muro de detrás del altar, una pared levantada hacía siglos, donde estaba fijado el pesado crucifijo, que se agitó y empezó a balancearse. El sacerdote, que se acercaba hacia ellos dando grandes zancadas, se detuvo en seco y alzó la mirada, aterrado, cuando vio las grietas en el revoque. Toda la gente cercana a ellos dos se puso a chillar mientras se lanzaba al suelo y empezaba a rezar.
Eleanor y Sinclair retrocedieron a tiempo, pues enseguida la cruz se desprendió de los ladrillos del muro y se cayó en medio de una nube de polvo blanco. Sinclair la condujo detrás de una columna y se escondieron allí, temiendo que el temblor de tierra arrasara la catedral entera. Los cristales de la vidriera se astillaron como el hielo de un estanque y luego cayeron al suelo como una lluvia de esquirlas. Eleanor se cubrió la nariz y la boca con el pañuelo, y Sinclair hizo lo mismo con la manga del uniforme.
La muchacha atisbó al religioso entre la polvareda. El clérigo se santiguó y avanzó hacia ellos.
—Sinclair, el sacerdote viene hacia nosotros —le avisó ella entre toses.
—Por aquí —dijo él, guiando a la joven hacia una de las capillas laterales, donde ya había un par de hombres, elegantemente vestidos de frac, aterrados, pero con un ademán amenazador.
Sinclair debió cambiar de dirección, pero el sacerdote ya los había alcanzado para entonces. Aferró el galón dorado del uniforme y empezó a proferir palabras airadas que ninguno de los dos comprendió, aunque a juzgar por sus gestos parecía indicar que todo aquel caos era consecuencia de un terrible sacrilegio cometido por Sinclair.
‹‹¿Lo fue?››, se preguntó Eleanor.
El antiguo teniente se quitó de encima al religioso y, cuando lo hubo conseguido, le propinó un fuerte puñetazo en la boca del estómago. El anciano cayó de rodillas y luego, jadeando en busca de aire, se desplomó sobre el polvo del suelo.
Sinclair tomó a Eleanor de la mano y corrió por la nave hasta encontrar una puerta lateral próxima a la capilla del caballero vestido con armadura.
Durante unos instantes quedaron cegados por la deslumbrante luz del sol. Luego vieron cómo la gente abandonaba a la carrera sus tiendas y sus casas. Los perros ladraban sin cesar y los cerdos chillaban por las calles. Bajaron corriendo un tramo de sinuosos escalones y buscaron escondite en un callejón de adoquines, por donde tuvieron que sortear las tejas rojas que caían desde los tejados y se estrellaban en el suelo. Al cabo de unos minutos, lograron perderse en el caos de un mercado aterrado por el seísmo.
No había sido precisamente el día de boda con el que soñaba de joven cuando se tumbaba a holgazanear en los prados de Yorkshire.
‹‹¿Y ahora, qué?››.
Ahora estaba delante de esa achaparrada caja blanca, la nevera, con la respiración agitada y viendo cómo las paredes de la enfermería habían perdido todo su color. Extendió una mano en busca de sujeción, pero le temblaban las rodillas y al final se dejó caer y apoyó la cabeza sobre la fría superficie de la puerta. Lo que ella necesitaba estaba dentro, bien lo sabía, y los dedos se cerraron en torno a la manivela sin que se diera cuenta ni lo pretendiera siquiera.
Abrió la caja y tomó una de las bolsas; la sangre rebulló bajo sus dedos. Llevaba pegada una etiqueta: ‹‹0 negativo››. Eleanor se preguntó sobre su posible significado durante unos instantes, sólo eso. Luego, rasgó la bolsa con los dientes y allí mismo, en el suelo, con la suave bata blanca extendida alrededor, bebió el contenido de la bolsa como un recién nacido apura la tetina del biberón.

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¹ ‘¿Cuánto cuesta?’, en francés.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 12:54 pm

Capítulo 46
Transcrito por Gemma
22 de diciembre, 10:00 horas

SINCLAIR NO ESTABA SEGURO de qué era lo que le había despertado. Al entreabrir los párpados se descubrió despatarrado sobre un banco alto y con la cabeza reclinada sobre el altar. En una mano sostenía el poemario de Coleridge y en la otra un cáliz prácticamente vacío. En el aire serpenteaba al fino hilo de humo de una vela chisporroteante.
Un perro sentado en el pasillo central sobre los cuartos traseros soltó un aullido de hambre.
Había estado soñando con Eleanor, ¿acaso le quedaba otra cosa?, pero no había sido un sueño feliz. Es más, difícilmente podía considerársele un sueño propiamente dicho, sino más bien un visionado de la última discusión que habían tenido antes de que él se hubiera marchado. Se había encaramado a lo alto del campanario para realizar un reconocimiento de los alrededores y había visto que la costa discurría hacia el noroeste, lo cual abría la esperanza de una posible ruta de escape.
—Quizá no estemos tan aislados después de todo —aventuró al bajar.
—Sinclair, estamos más abandonados de lo que hayan podido estar jamás dos personas —replicó ella en voz baja y con calma.
—Nada de eso —repuso él antes de hacer trizas otro devocionario y lanzarlo al fuego—. Tenemos tanto derecho a disfrutar del mundo como los demás.
—Pero nosotros no somos como los demás. Ignoro qué somos ni qué planes tenía para nosotros el Señor, pero esto… esto no puede ser Su plan.
—Bueno, pues entonces es mi plan, y por ahora deberá valer —le espetó él—. Ya he visto el plan de Dios, y déjame que te diga algo: no sé si el Diablo podría haberlo mejorado. El mundo es un matadero, y yo he jugado mi papel para que sea así. Si algo he sacado en claro de todo esto, es que debemos labrarnos nuestro propio destino. —Rasgó otro libro de himnos y agregó con la mirada puesta en el fuego—: Si queremos sobrevivir, vamos a tener que luchar por cada bocanada de aire, por cada bocado de comida, por cada gota de bebida. —Buscó con la mirada la botella más cercana y concluyó—: Dios ayuda a quien se ayuda.
Tras mirar al perro que seguía dando la murga con sus aullidos, siguió sin ver signo alguno del Todopoderoso por las inmediaciones, a menos que interpretara como tal el silencio reinante en el exterior… ¡Un momento! ¡La tormenta había cesado! El aullido del viento se había reducido a un susurro. Tal vez era el cese de los embates de la tempestad lo que le había despertado para darle la oportunidad de ir al fin en busca de Eleanor.
Dios ayuda a quien se ayuda, y él iba a ayudarse a sí mismo si lograba reunir fuerzas para enganchar a los perros y preparar el trineo. Se tomaría la justicia por su mano. Alzó la copa y apuró las últimas gotas.

A nadie le sorprendió que Wilde fuera el primero en presentarse junto al palo de la bandera, el punto de encuentro de la expedición de búsqueda. Permaneció de pie junto a la motonieve, dando patadas al suelo para evitar que se le congelaran los pies. Alguien había colocado una tela de espumillón alrededor del asta y ahora se había pegado al metal. Michael dudaba que alguien fuera capaz de quitarlo de ahí, de modo que iba a ser Navidad para siempre en Point Adélie.
Alzó la mirada al cielo de un azul espléndido y cegador a pesar de las gafas de sol; tenía el mismo color que los huevos de Pascua que él pintaba de crío. Un ave de apagado plumaje gris pasó por delante de su campo de visión; dio media vuelta y bajó en picado hacia su cabeza. El periodista se agachó deprisa, pero le escuchó gritar de nuevo cuando giraba para efectuar otra pasada. Alzó la mano enguantada al recordar que los pájaros siempre elegían como objetivo el punto más alto de su blanco, pero el pájaro efectuó un nuevo vuelo rasante, y entonces Michael cayó en la cuenta de que no había nido alguno por los alrededores, al menos ninguno a la vista, ni tampoco carroña que el ave pudiera reclamar como propia. Enseguida se ajustó los cristales de las gafas para ver mejor a la gorjeante ave. ¿No sería Ollie por un casual?
Se escuchó un aleteo alrededor de la punta del asta, donde la Vieja Gloria ondeaba sin apenas hacer ruido al ritmo de la fría brisa, que se detuvo en lo alto del módulo de administración. Rebuscó en los bolsillos, donde encontró una barra de granola. Bueno, él sabía que los pájaros no eran especialmente tiquismiquis: comían de todo. Bajo la atenta mirada del ave abrió el envoltorio con cierta dificultad al llevar las manos enguantadas con aquellas enormes manoplas. Al terminar, sostuvo en alto la barrita para permitir que el págalo lo examinara a gusto y luego lo lanzó a unos metros de su posición. Eran aves carroñeras, por lo cual no iba a dejar pasar la ocasión; y así fue: en cuestión de un segundo, el pájaro se lanzó desde el tejado y se precipitó sobre la comida con el pico ya entreabierto. De un par de picotazos rompió la barra en varios trozos y empezó a zampárselos. Michael estudió al págalo con la esperanza de apreciar algún detalle que le permitiera saber si era o no Ollie. El ave se tragó el último trozo y el humano se acuclilló para observarle mejor.
—¿Eres tú, Ollie? —preguntó.
El ave lo miró con unos negros ojos redondos y brillantes como cuentas, pero no huyó. Michael se quitó un guante pese a ser consciente de que no era lo más inteligente ni lo más sensato cuando se estaba cerca de un págalo omnívoro. El pájaro se acercó dando saltos hasta subirse gentilmente a la palma de la mano y esperar ahí subido.
—¿Quién me lo iba a decir?
Le habría resultado difícil explicar la razón por la cual se le hizo un nudo en la garganta. Tal vez era la emoción de ver que el pequeño de la nidada había sobrevivido a la tormenta después de todo, o a que era una de las pocas cosas que había sido capaz de tocar para mejorar su destino. En su mente saltó la imagen de Kristin en la cama del hospital y luego en el funeral al que no había podido asistir. Imaginó un ramo de grandes girasoles amarillos alrededor de un ataúd. El ave le correteó por encima de la mano, y él deseó llevar algo más en los bolsillos para poder dárselo. Cuando se bajó, Wilde se incorporó y se disculpó:
—No hay más.
Y le mostró las manos vacías.
El págalo anduvo pavoneándose sobre el terreno circundante y al final abandonó la espera de nueva comida y salió disparado hacia el cielo como un cohete. Su benefactor le vio sobrevolar la zona para luego desaparecer en dirección a la caseta de buceo. Varios pájaros se reunieron con él en el cielo, y Michael se consideró un estúpido al sentirse como un padre, feliz de que su hijo fuera aceptado en el recreo por los demás compañeros de clase.
Entonces oyó un rugido procedente de la explanada de detrás del módulo de administración y enseguida aparecieron Murphy, Lawson y Franklin montados cada uno en una motonieve. A Michael le recordaron a una de esas partidas al mando de un sheriff, en especial cuando se percató de que iban armados: Murphy llevaba un arma en la pistolera y el cañón del rifle de Franklin asomaba por el compartimento de carga.
—Pensé que era una partida de rescate, no un equipo SWAT* —comentó el periodista.
El jefe O´Connor le dedicó una mirada de significado inequívoco: «Madura», pero contestó con más suavidad.
—¿No has estado nunca en los Boy Scout? Uno siempre debe estar preparado. —Tomó un fusil lanzaarpones de su reserva y se lo entregó. Michael notó que Lawson también llevaba uno—. Nos dividiremos en dos grupos cuando lleguemos a Stromviken —anunció Murphy en voz alta para hacerse oír por encima de los motores al ralentí—. Franklin y yo peinaremos el lado de la costa. Bill y tú revisaréis la factoría. Y vigilad vuestros movimientos —dijo antes de bajar el visor del casco—, el año pasado ya perdí a un probeta en una zanja y, la verdad, no me apetece sufrir otra baja más.
Bajó el visor y salió disparado como un loco en medio de un ruido atronador.
Franklin se acomodó sobre su propio vehículo, una motonieve de la marca Arctic Cat, y dijo:
—Mejor será ir en fila de a uno. Así estaréis seguros de que el suelo es firme.
Se puso en marcha y Lawson le siguió. Las motonieves eran máquinas potentes de doscientos cincuenta kilos de peso y un manillar similar a las bicicletas de montaña.
Michael se ajustó bien la capucha al casco y verificó el enorme faro y el antiniebla. Se acomodó en el asiento y le dio al acelerador, haciendo rugir al motor de cuatro tiempos. Las puntas de los esquís se levantaron cuando el tractor oruga se hundió en la nieve y él salió disparado tras la estela de Lawson. Pilotaba una Arctic Cat, una máquina que guardaba poca relación con la que tuvo de crío, una de las primeras Ski−doo de dos tiempos. Podía sentir debajo del cuerpo todos los caballos de potencia de aquel aparato, por no mencionar la resistente suspensión. Él estaba acostumbrado a sentir todos los baches e irregularidades del hielo, pero sobre aquel vehículo era como sobrevolar un paisaje nevado en una alfombra voladora.
Y por mucho que viera mantener la formación en fila india a Murphy, Franklin y Lawson, ése era el peligro: en cualquier momento podía formarse una fisura en el hielo y tragarse entero a cualquiera de ellos. Lawson le había puesto al corriente de la situación con todo lujo de detalles en la Escuela de la nieve, al poco de llegar a la estación científica, y aunque en su posición estaba de más conocer las diferencias entre grietas marginales, radiales, longitudinales, transversales y rimayas, sí valía la pena recordar que las últimas nieves podían haber formado una capa que impidiera detectarlas a simple vista, y no era difícil que se hubiera formado una suerte de puente en la parte de arriba, uno capaz de soportar el paso del primer hombre, pero no el del segundo, momento en que se abría un cañón de heladas paredes azules y cien metros de altura, al fondo de los cuales había un lecho de agua salada congelada donde la temperatura rondaba los cuarenta grados bajo cero. Eran pocos quienes habían caído dentro de una fisura y habían vivido para contarlo, y en todo caso, no de una pieza, pues siempre había que amputar algo.
Michael intentó seguir el trazado de los esquís, lo cual no siempre resultaba posible, pues a veces no eran visibles y otras no dejaban de ser un destello más apagado en alguna zona donde la nieve de la superficie —suavizada por el incesante soplo del viento— estaba más removida.
Se agachó detrás del parabrisas para evitar el frío cortante del aire, aunque el casco aerodinámico también ayudaba lo suyo, pues le cubría las mejillas y el mentón, y tenía un cubrenucas para amortiguar el rugido del motor, además de un sistema de doble respiración para expulsar el aliento hacia fuera y mantener limpio el campo de visión. Le recordaba mucho al traje de buceo de profundidad que llevaba cuando liberó a Eleanor del glaciar.
En la mente de sus compañeros Eleanor había pasado de ser la Bella Durmiente a la condición de novia del conde Drácula. ¿Cuánto tiempo podía conservarse el secreto de su presencia en Point Adélie? ¿Cuánto tardaría en ser un problema público o incluso algo peor? El permiso de la NSF finalizaba el 31 de diciembre, dentro de nueve días, fecha para la cual estaba prevista la llegada de un avión con provisiones, y él tenía muy claro que debía subir en él. ¿Qué sería de ella entonces? ¿A quién debería contarle la historia? Y sobre todo, ¿en quién podía confiar? Michael depositaba una gran confianza en Charlotte, pero ella era la doctora Barnes, la médico de toda la base, y no se le podía pedir que hiciera de niñera. Bueno, también estaba Darryl, pero no era exactamente la clase de tipo en quien se podía confiar algo así: poca atención iba a prestarte si no eras un pez para diseccionar y al que efectuarle estudios hematológicos.
¿Y qué ocurriría si Sinclair Copley jamás aparecía? Lawson había logrado que sonara poco probable, pero cuanto más lo pensaba, más sola y aislada veía a Eleanor, en una prisión no mucho mayor que el bloque de hielo.
A menos que…
El vehículo chocó con una elevación rocosa que surgía del suelo y voló por los aires para caer con un ruido sordo y coleó mientras seguía su avance.
«Concéntrate», dijo para sus adentros, «o vas a romperte el cuello y habrás perdido todas las posibilidades». Sacudió la cabeza para soltar los grumos de nieve adheridos al visor del casco y aferró el manillar con más fuerza, pero sus pensamientos no cambiaron de dirección, y siguieron centrados en el día no tan lejano en que tuviera que abandonar la base… y a Eleanor.
Pero ¿y si conseguía llevarla con él? Se maravillaba de que no hubiera considerado todavía esa posibilidad. ¿Y si lograba hacerla subir también a ese avión? La idea era un despropósito de tal calibre que apenas si daba crédito a que perdiera el tiempo considerándola siquiera, pero todo serían ventajas para el jefe O´Connor si se llevara a cabo y él podía usar todo el peso de su considerable influencia sobre los miembros de la estación científica que estaban al tanto de la situación, podía comprar su silencio, pues en manos de Murphy estaba el hacer que sus vidas fueran fáciles o difíciles, según quisiera él.
Aun así, ¿cómo podía llevar a cabo ese plan? ¿Cómo podía hacer Eleanor todo el trayecto de regreso a Estados Unidos, sobre todo tratándose de alguien como ella? Eleanor Ames jamás había visto un avión ni un automóvil, y ya puestos, ni un reproductor de CD. Tampoco tenía ciudadanía alguna, a menos que estuviera por ahí cerca la reina Victoria para confirmarla, claro, y desde luego carecía de pasaporte.
Además de todas las dificultades manifiestas propias de semejante viaje en sí, luego estaba la otra cuestión: ¿cómo podía él cuidar de alguien con su insólita condición? «¿A qué distancia está el banco de sangre más próximo en Tacoma?», se preguntó.
A un kilómetro de su posición, Michael vio el manojo arracimado de chimeneas, almacenes, cobertizos y allí, en lo alto de la colina, el campanario de la iglesia. Se alegró de llegar a tiempo para ver cómo Murphy y Franklin continuaban a la derecha, tal y como estaba planeado, en dirección a la playa sembrada de huesos blanqueados y presidida por el Albatros. ¿Qué podían hacer con Sinclair si le hallaban vivo en la factoría noruega? ¿Lo encerraban también en la enfermería? Existían muchas posibilidades de que estuviera atrincherado en la iglesia, en la sala situada tras el altar, y Michael quería ser el primero en encontrarlo para aplacar sus temores e intentar razonar con él. Si estaba vivo, iba a mostrarse receloso, suspicaz e incluso hostil. Y tenía todos los motivos del mundo, vistas las cosas desde su perspectiva.
Por ese motivo debía estar a solas con él cuando lo encontraran, si es que lo hacían, claro está.
Alcanzó a Lawson en el patio de despiece. Éste se había detenido allí porque los raíles de las vagonetas podían destrozar las motonieves por debajo. Michael apagó el motor en cuanto llegó a su lado. El silencio era sepulcral. Alzó el visor y recibió una bofetada de frío en la cara.
—¿Y ahora qué? —preguntó Lawson.
Michael quería librarse de él a toda costa, así que le contestó:
—¿Por qué no empiezas por echar un vistazo por esos patios de ahí y por los alrededores? Yo subiré a la iglesia e iré peinando el terreno mientras voy bajando.
Lawson colgó el casco sobre el manillar, echó mano al fusil lanzaarpones y asintió en ademán de haberle entendido antes de marcharse.
El periodista guardó su casco y se encaminó a la iglesia. Observó las lápidas ladeadas mientras subía la ladera y enseguida las hojas cerradas de la entrada. Un indicio interesante, sobre todo cuando debía haber una batiente abierta y un buen montón de nieve delante. «Tal vez haya alguien en casa», pensó.
Tenía casi encima el sol del solsticio mientras subía los escalones, razón por la cual su cuerpo apenas proyectaba sombra sobre los tablones de madera y era tan poca que prácticamente la pisaba con los pies.
Tras abrir la chirriante puerta de un empellón, entró en la iglesia, donde fue recibido por los perros del trineo, que corrieron hacia él enseguida. Apoyó una rodilla en el suelo y dejó que le lamieran los guantes y el rostro mientras giraban a su alrededor. Sin embargo, Michael recorría la estancia con la mirada. Junto a la puerta había una pila de alimentos y pertrechos, como si alguien tuviera planeado salir en breve.
Vio una vela y una botella de vino negra sobre el altar.
No sabía si pegar gritos para anunciar su presencia o si arrastrarse en silencio para pillar desprevenida a su presa.
Pero entonces se formuló una pregunta clave: ¿estaba ahí para rescatar a Sinclair o para capturarlo?
Avanzó por el pasillo central con sigilo y dio un rodeo para evitar el altar mayor a fin de acercarse a la habitación de detrás, cuya puerta estaba entornada. La empujó hasta abrirla del todo y miró en el interior. Alguien había dormido en la cama, pero el fuego de la estufa se había apagado, dejando un olor a cenizas frías y lana húmeda. El golpeteo de los postigos le atrajo hasta el ventanuco y desde él pudo atisbar cómo una figura se escabullía entre las lápidas del cementerio, eligiendo un trayecto por la parte posterior de la iglesia.
Y no era ninguno de los integrantes del grupo de búsqueda.

El fugitivo llevaba la cabeza descubierta, lo cual permitía ver su melena de color rubio castaño, igual que el bigote, y vestía una parka roja con una cruz blanca en la espalda. Michael la identificó enseguida como una de las que Danzing solía tener colgadas en la percha del cobertizo de los perros.
De modo que ése era Sinclair, el amado de Eleanor. Después de todo, seguía vivo.
Michael notó una punzada extraña, pero desapareció casi antes de que la hubiera percibido.
Salió de la habitación a la carrera. Las pisadas hicieron mucho ruido y estuvo a punto de resbalar sobre el suelo de piedra. Los perros saltaron con sus juegos, interponiéndose en su camino.
—¡Ahora no! —gritó, apartando sus cabezas peludas.
Cuando él llegó a la puerta de la entrada, Sinclair había bajado la ladera, a veces corriendo, a veces dejándose caer y deslizándose con los brazos abiertos. Debajo de la parka entrevió el destello de un galón dorado sobre una casaca y la vaina de un sable tintineando a un lado. Entonces, el fugitivo desapareció por un callejón estrecho que discurría entre dos grandes edificios destartalados. Michael intentó bajar deprisa la helada pendiente, pero sin soltar el arma, y eso le exigía ir con más cuidado, y además, durante el descenso se iba devanando los sesos sobre el posible destino del tal Copley.
Tal vez había oído el ruido de las motonieves o quizá le habían pillado con la guardia baja. El equipo acumulado junto a la puerta sugería que estaba planeando una misión propia, pero si hubiera querido esconderse, ¿por qué no lo había hecho, y punto? En esos patios y almacenes de ahí abajo debía haber algo que él quería.
Y a Michael sólo se le ocurría una cosa que pudiera querer: armas.
Al llegar al pie de la colina, atisbó una mancha roja pasando como una exhalación entre dos galpones y Michael le siguió. Por suerte, no se veía a Lawson por ninguna parte y los motores de los vehículos de Murphy y su compañero se oían lejos, junto a la costa. Bien. Lo último que Michael quería era una interferencia. Si podía echarle el guante a Sinclair, sería todo para él, al menos durante un tiempo.
Se acordó en ese momento de los estantes llenos de herrumbrosos arpones en lo que debió de ser una herrería, pero ¿dónde estaba la tienda? Wilde se detuvo un segundo para recobrar el aliento y orientarse, pues había visto ese local durante su visita anterior. Se sintió capaz de localizarla otra vez, ya que se acordaba de la posición, estaba más adelante y a su derecha, y tenía un distintivo inconfundible: junto a la puerta había una enorme ancla comida por la herrumbre.
Avanzó hacia allí con el fusil lanzaarpones bien sujeto y apuntando hacia el suelo, pues temía que aquel maldito trasto se le disparase si llegaba a tropezar y caerse.
Pasó delante de un edificio vacío tras otro y se fue parando ante cada uno para echar un vistazo al interior, donde vio cadenas colgantes, poleas congeladas, enormes mesas de trabajo llenas de melladuras, sierras de arco para metales y calderos de muchos diámetros y poca altura descansando sobre sus regordetas patas metálicas.
Los establecimientos parecían estar dispuestos al azar y de cualquier manera, pero poco a poco entendió que su posición respondía a un plan concreto. Todavía era posible ver el entrecruce de los raíles de las vagonetas. Todo estaba organizado como una primitiva cadena de montaje, o de desmontaje para ser más precisos. Los locales estaban ubicados en función de lo que fueran a obtener en el despiece de la ballena, empezando por la piel y terminando en los cartílagos.
Los huesos y los dientes de cetáceo, así como los ojos congelados —del tamaño de una pelota medicinal—, se acumulaban por doquier en grandes pilas apoyadas sobre las paredes.
Llegó a una intersección. Había veredas o callejones en todas las direcciones, lo cual le obligó a recordar su primera entrada en el pueblo fantasma, cuando había venido desde el suroeste, lo cual significaba que probablemente había cruzado un gran patio azotado por el viento para luego torcer a la derecha. Siguió dicho patio y para su gran alivio acabó por ver el ancla reclinada junto a una entrada baja y en penumbra.
Aminoró el paso conforme se aproximaba, pues en el interior de la herrería no se oía ruido alguno ni había el menor indicio de vida. Tal vez su pálpito era erróneo.
Agachó la cabeza para poder meterse dentro, donde recorrió la estancia con la vista hasta descubrir al fondo otra puerta, bloqueada en parte por media docena de barriles anillados con flejes metálicos. Escudriñaba por si había algo detrás de esa abertura cuando algo pasó volando junto a su mejilla y se hundió en la pared a un palmo. El arpón se quedó clavado en la madera y el astil vibrante continuó zumbando junto a su oído.
—No dé un paso más —ordenó una voz procedente de la oscuridad de la desordenada tienda. Michael siguió sin poder ver a su adversario cuando éste añadió—: Y suelte el arma.
Michael dejó caer el fusil lanzaarpones, que resonó al golpear sobre el suelo de ladrillo. El fuste de la enorme chimenea se alzaba en el centro de la habitación —debía de haber sido la forja—. Era de ladrillo rojo y no estaba empotrada en la pared. Una figura salió de detrás de la chimenea. El fugitivo se había quitado la parka y ahora lucía sólo la casaca escarlata de la caballería. Mantenía el sable envainado a un costado, pero tenía otro arpón preparado en la mano.
—¿Quién es usted?
—Michael, Michael Wilde.
—¿Qué hace aquí?
—He venido a buscarle.
Se hizo un silencio incómodo, roto sólo por el quejido del viento, que había encontrado el camino para bajar por la chimenea y helar la forja. En el ambiente flotaba un ligero olor a carbón.
—Usted debe de ser el teniente Copley —aventuró Wilde.
El comentario sorprendió al inglés, pero se recobró enseguida.
—Si sabe eso, entonces Eleanor ha de estar con ustedes.
—Sí, está a salvo con nosotros —le aseguró Michael—. Nos estamos haciendo cargo de ella.
Una chispa de odio llameó en los ojos del desconocido y Michael lamentó de inmediato haberlo expresado de esa forma. Seguramente, Sinclair pensaba que nadie salvo él podía realizar esa tarea.
—Está en la base, en Point Adélie —prosiguió Michael.
—¿Así es como se llama el sitio?
Sinclair tenía el aspecto y el acento de un verdadero aristócrata inglés, como algunos que Michael había visto en las películas, pero el destello de sus ojos dejaba entrever una locura impredecible, lo cual tampoco debía sorprenderle en exceso, aunque ahora lo único que Michael deseaba era adivinar el modo de lograr que dejara de apuntarle con el arpón.
—No hemos venido para hacerle daño —dijo Michael—. Todo lo contrario. De hecho, podemos ayudarle.
El periodista se preguntó si debía seguir hablando o si convenía más permanecer callado.
—¿De cuántos miembros consta vuestro grupo?
La respiración entrecortada del británico levantaba vaharadas de vapor. Michael pudo apreciar por vez primera que todo aquel esfuerzo le estaba pasando factura. El hombre seguía con actitud desafiante, pero le costaba mantenerse en pie.
—Cuatro hombres. Sólo hemos venido cuatro.
La punta del arpón osciló y los párpados se le cerraron lentamente, aunque Sinclair los abrió de pronto, alarmado.
¿Estaba a punto de desmayarse o simplemente «refrescaba la imagen», como hubiera dicho Ackerley? Michael se obligó a recordar que no tenía por qué estar enfrentándose necesariamente a un enemigo peligroso.
—Trabajamos aquí, en el Polo Sur —le informó Michael por iniciativa propia—. Somos norteamericanos.
La punta del arma bajó un poco más y Michael habría jurado haber visto el atisbo de una sonrisa en los labios del teniente.
—Hace mucho tiempo fantaseé con ir a América —repuso Sinclair entre toses—. Parecía el sitio perfecto: no conocía a nadie y nadie me conocía a mí.
Michael detectó un movimiento por el rabillo del ojo en la puerta trasera. Sinclair debió seguir la dirección de esa mirada, ya que se giró con el arpón en alto antes de darle tiempo a hacer nada, salvo gritar:
—¡Alto!
Entretanto, Franklin se las había arreglado para franquear la puerta obstaculizada por los toneles y estaba allí, fusil en mano.
Sinclair vaciló sólo una fracción de segundo, pero arrojó el arpón cuando vio subir la boca del lanzaarpones. Al mismo tiempo un arma de fuego resonó de forma atronadora y salieron volando trozos de ladrillo en todas las direcciones. El periodista notó una sensación muy similar al picotazo de un avispón cuando uno se le clavó en la mejilla; además, se le metió en el ojo una minúscula esquirla. Michael ladeó la cabeza para sacarse la mota del ojo y cuando volvió a mirar con los ojos entrecerrados, el arpón, clavado en el tonel, vibraba de forma ostensible y Franklin seguía con el arma dispuesta, pero apuntaba hacia abajo, hacia Sinclair, que se había desplomado sobre el yunque. Los brazos le colgaban flácidos a los costados y le temblaban los dedos.
Murphy acababa de irrumpir en la habitación con la pistola en alto.
—Pero ¿qué has hecho? ¿Qué has hecho? —clamó Michael.
—¡Me lanzó un arpón! —se defendió Franklin, pero parecía alterado—. De todos modos, no le di a él, le di a la chimenea.
Michael se arrodilló junto a Sinclair y vio un hilo de sangre entre los cabellos del británico que se estaba apelmazando en la parte posterior de la cabeza.
—Entonces, ¿qué es eso?
—Una bala de rebote —replicó O´Connor—. Estaba usando balas de goma y ha debido de rebotarle.
Murphy se acuclilló al otro lado del yunque y entre los dos depositaron con suavidad el cuerpo en el suelo; luego, le dieron la vuelta hasta dejarlo descansando sobre la espalda. El herido tenía los ojos en blanco y los labios se le habían vuelto azules. ¿Cómo afectaría eso a Eleanor? Michael no lograba pensar en otra cosa.
—Llevémosle de vuelta al campamento —dijo Michael—. Vamos a necesitar que Charlotte le eche un vistazo cuanto antes.
Murphy asintió y se puso en pie.
—Pero antes vamos a atarle…
—Pero se está grogui —terció Michael.
—Por ahora —replicó Murphy—. Y si se recupera, ¿qué, eh? —Luego se volvió a Franklin y le dijo—: Vamos a ponerlo en la parte trasera de mi motonieve. Y lo mantenemos en cuarentena nada más llegar a la base. Manda una bengala a Lawson para que sepa dónde estamos, listos para marcharnos.
Mientras Franklin salía al exterior para lanzar la bengala, Michael se puso a recordar la cuarentena de Ackerley, ahí metido en un cajón de embalaje en un almacén de comida, y en lo bien que había acabado todo.
—Ya conoces el procedimiento —avisó el jefe O´Connor a Michael—. Nadie necesita saber dónde está hasta nueva orden. ¿Lo pillas?
—A la primera.
—Y eso va sobre todo por la Bella Durmiente.
Michael estaba más que predispuesto a guardar el secreto. Total, ¿qué importaba uno más? Estaba cogiéndole el truco a eso de callar confidencias, pero no dejaba de preguntarse cuánto tiempo podían seguir así las cosas. Incluso aunque el resto del campamento no llegara a enterarse de la presencia de Sinclair, Eleanor era harina de otro costal. Hasta donde él sabía, existía una conexión psíquica entre Sinclair y Eleanor.
El vínculo era muy fuerte; tanto, que no debería extrañarse si ella ya estaba al corriente de que habían encontrado a Sinclair y que éste había resultado herido cuando estaba preparándose para ir a buscarla.


* Acrónimo de Special Weapons and Tactics (armas y tácticas especiales) usado para designar a un equipo de asalto pesado.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 1:02 pm

Vamos, vamos. Que ya llegamos al final. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] ¡Qué poco nos queda...! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 1:05 pm

^^ siiii

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] pero el de mañana no creo que me de tiempo a terminarlo....
los otros que me quedan no son tan largos, de 3 hojitas.
este finde le meto caña [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 1:08 pm

No te preocupes, no creo que nos maten por retrasarnos unos días. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 1:23 pm

jajajaja XD

ya, pero soy yo la que se pone nerviosa. soy muy desficiosa [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 8:00 pm

Tibari escribió:
Vamos, vamos. Que ya llegamos al final. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] ¡Qué poco nos queda...! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Ummm, matar matar no se... pero haceros vudú [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 9:14 pm

Annabel Lee escribió:
Tibari escribió:
Vamos, vamos. Que ya llegamos al final. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] ¡Qué poco nos queda...! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Ummm, matar matar no se... pero haceros vudú [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

¡Pero qué jodía eres! No te lo has leído... ¿y osas amenazarnos?
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A veces me das miedo. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 9:23 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] y yo que pensaba que lo seguía jajajaja

XD pues esta noche estoy en huelga [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

me pondré mañana con el cap jeje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 04, 2010 10:48 pm

Haces muy bien.
¡QUE SUFRA! ¡¡¡HAGAMOS QUE NOS SUPLIQUE DE RODILLAS!!!
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Y como castigo, personalmente le voy a entregar todos los libros para que los escanee hoja a hoja, mientras nosotras cotorreamos.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 05, 2010 11:47 am

Tibari escribió:
Haces muy bien.
¡QUE SUFRA! ¡¡¡HAGAMOS QUE NOS SUPLIQUE DE RODILLAS!!!
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Y como castigo, personalmente le voy a entregar todos los libros para que los escanee hoja a hoja, mientras nosotras cotorreamos.
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