Black and Blood


 
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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Vampi
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 3:33 pm

Capítulo 47
Transcrito por Gemma
22 de diciembre, 19:30 horas

EL PEZ SE DEBATÍA con tanta tozudez mientras Hirsch lo llevaba al tanque del acuario que estuvo a punto de escapársele de entre las manos.
—Espera, espera, impaciente —murmuró.
Al cabo de unos instantes lo echó a la sección del tanque reservada para su anterior espécimen de Cryothenia hirschii. El pez traslúcido nadó un poco y asomó la boca antes de parar y asentarse tranquilamente en el fondo del tanque, donde se quedó quieto, virtualmente inmóvil, como habían hecho sus congéneres. Aunque el nototenia perteneciera a una especie desconocida hasta el momento, cosa de la cual él estaba convencido, una cosa parecía clara: la observación de éste no iba a ser lo más emocionante del mundo para un profano en la materia. No había mucho que mirar. Ahora bien, a él, el bicho le iba a granjear una reputación en el ámbito de la comunidad científica, que era donde importaba.
Marginando el tema de la morfología general, simplemente la sangre daría pie a un millar de pruebas de laboratorio. Las glicoproteínas anticongelantes de la misma eran ligeramente distintas a las de cualquier otro pez antártico estudiado hasta la fecha y algún día podrían ser utilizadas para otros fines: anticongelante de las alas de los aviones, o aislante de las sondas de profundidad, o sólo Dios sabía qué más…
Sin embargo, ahora estaba enfrascado en un experimento aún más singular. En cuanto Charlotte Barnes había mencionado la desaparición de una bolsa de plasma, nadie lo había dudado ni un instante: la había cogido Eleanor Ames. Si la muchacha abandonaba la protección de Point Adélie para establecerse en el mundo real, primero debía superar esa terrible adicción. Darryl no era ningún necio: no había forma de satisfacer ni de mantener en secreto una necesidad insaciable como ésa y se hacía perfecta idea del precio que ella debería pagar: convertirse en el ojo de un huracán mediático.
Había tomado muestras adicionales de la sangre de Eleanor para realizar de inmediato análisis, pruebas y chequeos, pues tenía un pálpito tan descabellado como el problema planteado. La sangre de Ames tenía el mismo que la de Ackerley: el índice fagocítico se salía del mapa literalmente, pero en vez de eliminar las bacterias, esos fagocitos no engullían sólo bacterias, sustancias extrañas y el detritus celular del flujo sanguíneo, devoraban también los glóbulos rojos; primero los propios, y luego cualesquiera otros que pudieran ingerir por otras fuentes.
Ahora bien, ¿qué ocurriría si él era capaz de encontrar una forma de mantener estable el nivel del tóxico, el elemento que ayudaba a los infectados a permanecer con vida en las condiciones más adversas, al tiempo que introducía un elemento capaz de eludir la necesidad de recibir eritrocitos externos? En suma, ¿y si Eleanor era capaz de tomar prestados por un par de truquitos la hemoglobina libre presente en la sangre del pez del acuario?
El biólogo tenía pensado efectuar una docena larga de diferentes combinaciones sanguíneas; luego, las guardaría en probetas cuidadosamente marcadas y las conservaría a temperatura estable en el frigorífico. Su intención era comprobar la evolución cada cierto tiempo, y estaba a punto de repetir las pruebas cuando alguien aporreó la puerta del laboratorio.
Hirsch la abrió y Michael entró pisando fuerte. Sus botas húmedas hicieron un ruido como de succión cuando pisó la estera de goma.
—¿Te apetece un refresco?
—Muy gracioso —replicó Michael, sacudiéndose la capucha para quitarse la nieve acumulada en ella.
—No estaba de guasa. —Darryl se acercó al minifrigorífico, sacó un botellín de extractos vegetales, lo descorchó y lo depositó sobre la mesa de trabajo—. ¿Dónde has estado?
—En Stromviken.
Sólo había una razón para ir allí, y el biólogo la sabía.
—¿Lo encontrasteis?
Michael vaciló, pues Darryl quería saber demasiado.
—¿Estaba vivo?
El recién llegado eludió la respuesta y se concentró en bajar la cremallera de la parka y doblarla encima de un asiento cercano.
—Olvídate de las órdenes de Murphy —le instó el pelirrojo—. Al final, va a tener que decírmelo de todos modos, ya lo sabes. ¿Quién más de por aquí sabe hacer un análisis de sangre?
—Lo hayamos vivo, pero no vino por las buenas —contestó Michael—. Resultó herido y ahora Charlotte se ha hecho cargo de él.
—pero ¿está herido de mucha gravedad?
—Charlotte piensa que es una contusión leve y un rasguño en la cabeza.
—Así pues, ¿está en la enfermería? —concluyó el biólogo, listo para salir a la carrera y tomar nuevas muestras de sangre.
—No, en el almacén de la carne.
—¿Otra vez estamos con ésas…?
—Murphy no quiere poner en riesgo a nadie de la base.
Aunque a regañadientes, Hirsch acabó por conceder la razón al jefe O´Connor. Después de todo, había visto a Ackerley en acción y nadie sabía qué podía ocurrir si reunían a Eleanor con esa otra alma en pena, que presumiblemente padecía la misma enfermedad que ella. Podía desembocar en una alianza de mil demonios.
—Bueno, ¿y qué tal va? —preguntó Michael, con un tono demasiado a la ligera para ser natural.
—¿Qué tal va el qué?
—La cura. ¿Has encontrado algo que ayude a Eleanor?
—Si vienes a preguntarme si me las he apañado para resolver uno de los mayores y más desconcertantes enigmas hematológicos en el espacio de, oh, vaya, unos pocos días, la respuesta es no. A Pasteur le llevó su tiempo, ¿vale?
—Disculpa —replicó Michael.
Darryl se arrepintió de haberse mostrado tan cortante.
—Pero estoy haciendo progresos y tengo algunas ideas.
—Eso está genial —repuso Michael, visiblemente animado—. Tengo fe en ti. ¿Sabes?, creo que me voy a tomar una soda.
—Sírvete tú mismo.
Michael se acercó a la nevera, tomó un frasco y permaneció dando sorbos junto al tanque donde estaba el Cryothenia hirschii.
—Tengo fe, sobre todo porque se me ha ocurrido una idea descabellada —confesó al fin sin volverse a mirar a Darryl.
—Estoy abierto a sugerencias —replicó el biólogo mientras tapaba otro vial y lo rotulaba—, aunque no tenía ni idea de que éste fuera tu campo.
—Y no lo es. Mi idea era que Eleanor pudiera subir conmigo al avión de suministros.
—¿Qué…?
—Si tú encuentras una cura o al menos una forma de estabilizar su condición —respondió Michael, volviéndose—, yo podría tutelar su regreso a la civilización.
—Su lugar no está en un avión —contestó Darryl—. Lo suyo es permanecer en cuarentena, eso o el CDC*. La chica tiene en la sangre una enfermedad con… serios efectos secundarios, digámoslo así. —Al pelirrojo le bastó mirar de refilón a Michael para ver lo poquito que le había gustado la frase—. Esta mujer es de acceso prohibido. Eso lo sabes, ¿no?
—Por Dios, claro que sí —contestó el periodista; la simple sugerencia le había ofendido.
—Y ahora tenemos un segundo paciente con idéntico problema, por si lo has olvidado. Dime, ¿también planeas llevártelo contigo?
—Si tenemos una solución, sí —contestó Michael, aunque con mucho menos entusiasmo. Le dio un buen trago a la botella de soda—. En tal caso, sí lo llevaría.
—Es una locura —le censuró Darryl—. El avión tiene prevista su llegada dentro de nueve días. ¿La verdad? Creo que en él sólo vas a volver tú.
Michael pareció abatido, pero resignado a lo inevitable, como si supiera que había probado suerte con un globo sonda lleno de agujeros.
—Lo que podrías hacer es hablar con Charlotte para que me dejara sacarle sangre a… ¿Cómo has dicho que se llamaba ese tipo…?
—Sinclair Copley.
—Pues eso, al señor Copley, y lo antes posible. Y ahora, en vez de distraerme con ideas estúpidas, deberías irte al sobre y echar un sueñecito. Tal vez mañana te despiertes con alguna ocurrencia más decente.
—Gracias. Seguro que algo invento.
—No veo el momento de oírlo —repuso Darryl, que ya había vuelto a su trabajo.


Michael debía hacer otro alto en el camino antes de irse a dormir. Joe Gillespie le había dejado tres llamadas cada vez más urgentes, y él lo había estado evitando. Había pospuesto esa conversación por un buen montón de razones. ¿Qué iba a decirle…? ¿Cómo iba a contarle que los cuerpos encontrados en un iceberg se habían descongelado al fin y se habían dado a la fuga? ¿Que ahora estaban vivos, y de hecho, encerrados bajo llave? Oh, sí, eso era fácil de vender en comparación con lo de Danzing y luego lo de Ackerley… ¿Cómo podía revelarle que los muertos habían revivido, chiflados, eso sí, por culpa de alguna enfermedad desconocida que los había transformado en protagonistas de una versión antártica de La noche de los muertos vivientes?
No dejaba de darle vueltas hasta dónde podía contarle sin que su editor pensara que se le habían aflojado todos los tornillos de la cabeza. Y entonces, ¿cuál sería la reacción de Gillespie? ¿Lo notificaría a la central de la NSF para que lo evacuaran de forma inmediata, tal y como estaba estipulado, o intentaría contar con el jefe de la estación? Y claro, ése no era otro que Murphy O’Connor, cuya última frase sobre el tema había sido:
—Lo que aquí sucede, aquí se queda.
Michael telefoneó a casa del editor por el teléfono vía satélite con la esperanza de que le saliera el contestador automático, pero Gillespie descolgó apenas hubo sonado el primer timbrazo.
—Espero no haberte despertado —dijo Michael, haciéndose oír por encima del débil eco de la estática.
—¿Michael…? —contestó Gillespie prácticamente a voz en grito—. ¡Por Dios, mira que eres difícil de localizar!
—Sí, bueno, las cosas han estado patas arriba por aquí abajo.
—Espera un segundo, déjame apagar el equipo de música…
Michael bajó la mirada hasta el bloc de notas situado sobre la encimera. Alguien había garrapateado a Santa Claus encime de un trineo y lo cierto es que lo había hecho bastante bien. Eso le hizo recordar las navidades del año anterior. Kristin le había regalado una pequeña tienda de campaña y él a ella una guitarra acústica que jamás iba a tener tiempo de aprender a tocar.
—Bueno, cuéntame, ¿por dónde va la historia? —preguntó Gillespie, otra vez al otro lado de la línea—. Quiero que el departamento de diseño se ponga con la portada y la maquetación lo antes posible, y en cuanto tengas algo escrito, y no me importa lo poco pulido que esté ese borrador, quiero leerlo. —Hablaba tan deprisa que las sílabas se montaban unas sobre otras—. ¿Cuáles son las últimas novedades que tenemos sobre los cuerpos atrapados en el hielo? ¿Se han descongelado? ¿Has descubierto algo sobre su identidad?
«¿Y qué contesto a eso?», dijo el interpelado para sus adentros. «¿Le digo que no sólo sé quiénes eran, sino también sus nombres, y que lo sé porque me lo han dicho ellos mismos?».
—Estoy especialmente interesado en la chica —admitió Gillespie—. ¿Qué aspecto tiene? ¿Está totalmente deteriorada o es posible utilizar alguna foto chula a toda página sin asustar a los lectores más jóvenes?
Michael estaba sumido en un mar de dudas. Le apetecía empezar a soltar un montón de mentiras, pero no estaba dispuesto a revelar la verdad. La idea de describirle a Eleanor, de servírsela en bandeja como tema de una instantánea oportunista…
—Espero que esté lo bastante conservada como para poder exponerla en algún sitio —continuó Gillespie, escupiendo las palabras tan deprisa como una ametralladora disparaba las balas—. La NSF va querer exhibirla por ahí, de eso estoy seguro, y no me sorprendería que montasen alguna que otra exposición en el Smithsonian.
A Michael le dio un vuelco el corazón. Cuánto lamentaba la prisa con que había informado a Gillespie del hallazgo. Cuánto le gustaría volver atrás en el tiempo y cambiar eso, empezar otra vez. Sí, eso era, podía echar marcha atrás, y cayó en la cuenta de que podía empezar ya.
—¿Sabes…? He sido demasiado rápido con el gatillo…
—Demasiado rápido con el gatillo —repitió Gillespie, y por una vez habló despacio—. ¿Qué significa eso?
¿Que qué significaba eso? Podía imaginarse la confusión del editor, cada vez mayor.
—Bueno, los cuerpos no resultaron ser lo que yo pensaba…
—¿Qué diablos me estás contando? O son cadáveres o no lo son… No me hagas esto, Michael… ¿Qué intentas decirme exactamente?
Wilde sacudió el auricular mientras él hablaba para imitar las interferencias de la estática y al cabo de unos segundos intervino de nuevo:
—Perdona, esto se ha cortado unos segundos… ¿Puedes repetirme lo último, Joe?
—Te preguntaba si la historia es real o no. Porque si me estás tomando el pelo, te lo advierto: no me está haciendo ninguna gracia.
Wilde alargó el brazo del auricular cuanto pudo para lograr la mayor autenticidad posible y replicó:
—No te estoy gastando una broma. Supongo que me engañé yo solo. Tenía toda la pinta de ser una mujer, se parecía muchísimo, pero bueno, al final no lo ha sido.
—¿Y qué era entonces…? ¿Una muñeca hinchable?
—El típico mascarón con forma de mujer situado debajo del bauprés… Es realmente soberbio. —Por el momento, Michael estaba asombrado de su propia inventiva—. Es muy viejo y bastante hermoso, pero al fin no había ninguna mujer. Ni tampoco un hombre. Lo de detrás sólo era más madera oculta en el hielo, aunque hermosamente pintada. Debió de formar parte de un barco naufragado. —Podía embellecerlo más, pero no le convenía, no fuera a ser que Gillespie se emocionara y le pidiera más fotografías del bauprés, y no sabía cómo iba a ingeniárselas para apañar un montaje—. No sé cómo decirte lo avergonzado que estoy, Joe.
—¿Avergonzado? —Michael le oyó débilmente—. Estás avergonzado… ¿Eso es todo? Estaba planeando convertirte en la estrella de Eco−Travel Magazine. Iba a gastar pasta de verdad y contratar una agencia de publicidad para que todos los medios de comunicación difundieran tu careto.
Con cada palabra pronunciada había calcinado literalmente sus posibilidades de ser noticia, ganar premios, cobrar fama y tal vez hacerse rico, Michael lo sabía perfectamente. Todo se desvanecía en el aire.
—Pero tengo más material de primera: una factoría ballenera abandonada, el último tiro de trineos de la Antártida, una tormenta estremecedora en el cabo de Hornos. Hay toneladas de material.
—Genial, Michael, es genial. Ya hablaremos tú y yo después del día 1, en cuanto hayas vuelto. Entonces podrás enseñarme lo que tienes de verdad.
—Dalo por hecho —contestó Michael, que evaluaba en silencio el daño causado a su carrera. Había tomado uno de esos momentos cumbre y le había prendido fuego.
—¿Te sientes bien?
—Claro.
—¿Y cómo va lo de Kristin? ¿Ha habido algún cambio?
Cazó al vuelo por dónde iba Gillespie. El editor sospechaba que la duración excesiva de la tragedia empezaba a hacerle mella y comenzaba a desquiciarle. Odiaba tener que explotar semejante situación, pero la aprovechó sin vacilar.
—Kristin ha muerto.
—Oh, mierda. Deberías haberlo dicho antes.
—Ya ves, entre eso y las extrañas condiciones de vida que hay aquí abajo, pues la verdad: estoy hecho polvo.
Se aseguró de confiar a su tono de voz una nota que ratificase que era así.
—Escucha, lamento de veras lo de Kristin.
—Gracias.
—pero al menos sus padecimientos se han acabado, y los tuyos, también.
—Supongo.
—Bueno, vale, ahora tómatelo con calma y no fuerces las cosas. Ya hablaremos dentro de un par de días o así…
—Claro.
—Ah, otra cosita… Mientras, ¿por qué no vas al médico de la base para que te haga un chequeo? Asegúrate de que el doctor…
—Doctora, es una mujer.
—Bueno, que la doctora te eche un vistazo.
—Lo haré.
Michael agitó el teléfono por el aire y luego lo frotó contra la manga para crear un poco más de estática y ahorrarse de ese modo la necesidad de escuchar cualquier manida muestra de condolencia por parte de Gillespie. Murmuró una despedida en el auricular y cortó la comunicación.
Luego, permaneció sentado, con los antebrazos apoyados en las rodillas y las manos colgando en el aire. No estaba seguro, pero tenía la impresión de haber cometido la mayor estupidez de su vida. Él siempre se había guiado por el instinto, ya fuera a la hora de elegir una ruta para escalar la pared de una montaña, el curso de unos rápidos o qué cueva debía explorar, y en ese preciso momento había reaccionado del mismo modo: por instinto, y no estaba muy seguro de conocer la razón.
Únicamente sabía que una parte muy honda de su ser se negaba a entregar a Eleanor, la idea se le antojaba insoportable.
«Te has jodido tú solito y a conciencia», dijo para sus adentros.
Se arrastró hasta el comedor, donde se apoderó de un sándwich y un par de cervezas de la marca Sam Adams, cuya etiqueta, tan similar a un membrete, sólo le sirvió para acordarse de los albaranes y facturas sobre cuyos reversos Ackerley había escrito sus últimas notas.
El tío Barney había preparado unas bandejas con pasteles navideños: hombrecitos de pan de jengibre con un baño de azúcar rosáceo. Wilde tomó un par. Resultaba fácil pensar que el espíritu de la navidad reinara en un paisaje nevado como el Polo Sur, pero brillaba por su ausencia. Todos habían cantado las canciones preferidas de Danzing durante la ceremonia fúnebre, cierto, pero no había oído mucha música desde entonces. Una especie de mortaja pendía sobre Point Adélie y sus moradores.
Pensó en hacer una visita a la enfermería durante el camino de vuelta a su dormitorio, pero al final pasó de largo. No tenía corazón para enfrentarse a Eleanor en ese preciso momento y, menos aún, mentirle en lo tocante a Sinclair, tal y como se le había ordenado. Tenía serios problemas de conciencia, en especial después de haber desbaratado las cosas con Gillespie. Necesitaba estar a solas con sus pensamientos.
Y eso empezaba a convertirse en una constante demasiado habitual.


Aquello había comenzado como un interrogante fugaz hecho sin concederle mucha importancia, pero se había convertido en algo a lo que su mente volvía una y otra vez. ¿Qué iba a ser de Eleanor? Ella no podía quedarse en Point Adélie para siempre, eso era evidente, pero ¿cómo y bajo qué circunstancias podría marcharse? ¿Había trazado Murphy algún plan por su cuenta? Hasta donde él era capaz de prever, la señorita Ames iba a necesitar un amigo, no, más que eso, una persona conocida en quien ella confiara y también comprendió que se había asignado él solito ese papel sin pararse a pensarlo.
Observó su rostro cansado en el espejo del baño comunitario y resolvió afeitarse. ¿Por qué no hacerlo antes de acostarse? Total, en el Polo Sur todo se hacía al revés.
Pero no lo debía considerar la situación de la joven, también estaba la cuestión de Sinclair. El deseo de ambos era permanecer juntos, y ¿de qué servía entonces ese rol? Eso le convertía en una especie de carabina con el cometido de guiar a los dos amantes en un sorprendente nuevo mundo.
La cuchilla de le enredó en los pelos de la barba, más largos y resistentes de lo habitual, y acabó cortándose. Le aparecieron unas gotas de sangre en la mejilla y en el mentón.
Y si era sincero consigo mismo, ¿qué otro escenario esperaba? Removiendo en su interior, era consciente de que había sentimientos que no resistían un mínimo escrutinio. Él era un reportero gráfico al que le habían encomendado un trabajo, y eso era todo, por el amor de Dios. Debía concentrarse en eso. El resto sólo era un zumbido molesto en su cabeza.
Pasó una mano por el espejo para limpiar el vapor de un área y se observó. Tenía la mirada limpia, pero un tanto abotargada. «¿No estaré a punto de ser víctima del Gran Ojo?», se preguntó mientras se percataba de que también necesitaba un buen corte de pelo. El pelo negro era espeso, ingobernable y largo, y le cubría ya las orejas.
Un par de usuarios de la sauna estaban dale que te pego sin parar de hablar. Debían de ser Lawson y Franklin a juzgar por sus voces. Se echó un poco de agua fría sobre los cortes antes de darse una ducha rápida y regresar a su habitación.
Una vez allí se puso una camiseta nueva y un par de pantalones cortos antes de cerrar bien las cortinas. Jamás hubiera creído que llegaría a odiar la luz del sol, pero ahora… Se subió a la litera e intentó alisar un poco las sábanas. Había notado cómo Hirsch arreglaba la cama todos los días, pero él no veía motivo para hacer en Point Adélie algo que jamás hacía en su propia casa. Tiró de las sábanas para que la manta no le rozase las piernas y cerró todas las cortinas. Se tendió en el estrecho catre, apoyó la cabeza sobre la almohada de gomaespuma y permaneció con los ojos abiertos en medio de la semipenumbra.
Todavía tenía el pelo húmedo por la parte de detrás, de modo que levantó la cabeza de la almohada para frotárselo un poco y acelerar el secado. Cerró los ojos y respiró despacio a fin de relajarse, y lo hizo así otra vez, y otra, y otra, pero su mente aún era un hervidero de ideas en ebullición.
Le vino a la cabeza la imagen de Copley en el catre del almacén de carne después de que Charlotte le hubiera puesto seis puntos en la brecha de la cabeza. Habían cambiado de posición el cajón de los condimentos a fin de hacer sitio y habían enchufado varios calentadores ambientales. El jefe O´Connor había establecido turnos de vigilancia de ocho horas y había asignado el comedido a Lawson y Franklin. Michael se había ofrecido voluntario para montar guardia, pero Murphy había rehusado.
—Técnicamente hablando eres un civil. Dejemos que las cosas sigan así.
El colchón se combaba en el centro, por lo cual colocó el cuerpo un poco más cerca de la pared. Daba igual la opinión de Murphy: alguien debía contarle a Eleanor lo de Sinclair. Su reacción era una incógnita y tal vez no fuera una pregunta menor. Ella iba a sentirse aliviada, por supuesto. ¿Y encantada? Sí, tal vez. ¿Iba a reaccionar de forma apasionada? ¿Insistiría en estar con él de forma inmediata?
Michael no sabía si confundía un deseo suyo con una percepción más profunda, pero albergaba la sospecha de que una parte de Eleanor temía a Sinclair. A juzgar por la historia oída de sus labios, un cuento de fantasía sin parangón, Copley la había arrastrado a una odisea salvaje y llena de peligros, una odisea cuyos capítulos seguían escribiéndose.
Por mucho que ella pudiera haberle amado, ¿seguía estando tan entregada a él como al principio del viaje?
Recordó el camafeo de la joven: Venus salía de entre la espuma del mar. Era de lo más apropiado, sin duda. Eleanor también se había alzado del océano, y era muy hermosa. Sintió una punzada de culpabilidad enseguida, se sintió desleal por tener ese pensamiento cuando apenas acababan de dar sepultura a Kristin.
Pero era eso, y no podía ni negarlo ni frenarlo.
El rostro de Eleanor le acechaba en sueños. Los ojos de color verde esmeralda rodeados por esas largas pestañas, el sedoso pelo castaño, incluso esa palidez extrema. Parecía venir de otro mundo, porque en realidad era así, y él temía por cómo efectuara la entrada en este nuevo universo. Quería protegerla, guiarla, salvarla.
La litera estaba tan silenciosa y a oscuras como un sepulcro.
Recordó la primera visión de Eleanor, atrapada en su tumba de hielo.
Y luego cuando la encontró en la iglesia abandonada, donde estaba sola y desconcertada, pero no se achantó a causa del miedo. La llama de la entereza no se había apagado en ella a pesar de todo cuanto había tenido que soportar.
¿Qué pieza tocaba en el salón de entretenimiento? Ah, sí, Barbara Allen, una antigua y melancólica balada. Las notas lastimeras empezaron a sonar en su cabeza.
Se movieron las cortinas situadas junto al pie de la cama.
Rememoró el rubor de sus mejillas y el frufrú de su vestido de mangas abullonadas cuando él se había sentado junto a ella en la banqueta del piano. Las puntas de los zapatos negros tocando los pedales.
El colchón se curvó un poco más, como si soportase otra carga.
Él se recreo en la voz de la mujer: suave, refinada, con aquel acento británico.
Y entonces, como salida del negro pozo de la noche, la oyó:
—Michael…
¿Eran figuraciones suyas…? Fuera, en el exterior, aullaba el viento.
Entonces sintió un cálido aliento sobre la mejilla y una mano le rozó el pecho tan delicadamente como un pajarillo al posarse en una rama.
—No lo soporto más.
Él no movió ni un solo músculo.
—No aguanto tanta soledad.
Ella yacía encima de la manta, pero aun así, Michael podía percibir las curvas del cuerpo de Eleanor presionando contra él. ¿Cómo diablos había logrado…?
—Pronuncia mi nombre, Michael.
Él se humedeció los labios y dijo:
—Eleanor.
—Otra vez.
Michael lo repitió y escuchó un sollozo. El sonido estuvo a punto de romperle el corazón.
Se volvió hacia ella y alzó la mano, buscando su cara en la oscuridad. Le rozó el rostro bañado en sollozos. La piel era fría al tacto, las lágrimas, calientes, y él se las besó.
Ella se apretó un poco más y él pudo sentir la respiración agitada y entrecortada de Eleanor sobre su cuello.
—Querías que viniera, ¿verdad?
—Sí —admitió él—, sí quería…
Entonces se encontraron los labios de ambos; los de ella eran suaves y carnosos, pero estaban helados. El deseo de entibiarlos se apoderó de Michael, que la besó con más fuerza mientras la estrechaba contra él, reduciendo la distancia entre ellos.
Él la empujó y avanzó a tientas en busca de su cuerpo. Eleanor era delgada como un árbol joven, y sólo vestía una especie de braguitas, suaves como una sábana y tan manejables como ésta.
Dios, qué sensación tan grata para el tacto recorrer su cuerpo. Acarició el costado desnudo de la mujer una y otra vez. Ella se estremeció. Seguía estando helada, pero su piel era suave al tacto. Recorrió con los dedos la colina de la pelvis —la cumbre de su cintura—, la llanura de su vientre y los suaves promontorios de sus pechos. La piel de Eleanor temblaba bajo sus yemas y los pezones se endurecieron como botones.
—Michael… —dijo con un suspiro mientras recorría su garganta con los labios.
—Eleanor…
Él notó el pinchazo de los dientes en su cuello.
—Perdóname —susurró ella.
Antes de que él tuviera ocasión de preguntar la razón ella le clavó los dientes en la yugular, donde notó una sensación de humedad deslazándose cuello abajo. ¿Era su sangre? Wilde intentó gritar y le extrañó el sonido estrangulado y sofocado que emitió. Entonces se puso a dar patadas a diestro y siniestro para liberarse de la ropa de cama.
Le puso las manos encima y empezó a empujar.
Oyó un chirrido estridente de las cortinas al descorrerse…
… y percibió un fogonazo de luz en la cara.
Él le dio otro empujón para echarla de la litera…
—¡Michael! —bramó una voz—. ¡Despierta, por el amor de Dios! ¡Michael, despierta!
Él siguió empujando con las manos, pero otras se le habían agarrado bien.
—¡Soy yo, Darryl!
Se asomó fuera de la litera.
Las luces estaban encendidas y el pelirrojo le sujetaba las manos con fuerza.
—Estabas teniendo una pesadilla. —El pulso le martilleaba las sienes, pero al menos dejó de mover las manos—. La madre de todas las pesadillas, diría yo —añadió el biólogo mientras Michael empezaba a calmarse y a respirar con más sosiego.
Miró hacia abajo. Las sábanas y las mantas estaban enrolladas alrededor de sus piernas y la almohada había ido a parar al suelo. Se llevó la mano a un lado del cuello. Al retirarla, los dedos estaban pringosos, sí, pero no era sangre, sino sudor.
—Menuda potra has tenido de que haya vuelto —le advirtió el biólogo, echándose hacia atrás—. Podría haberte dado un infarto.
—Un mal sueño, supongo que sólo era una pesadilla —repuso Michael con voz ronca.
—No hablo en broma —replicó Darryl, soltando un prolongado suspiro; se quitó el reloj y lo dejó sobre la mesilla de noche—. ¿De qué rayos iba el sueño?
—No me acuerdo —mintió Wilde, que recordaba cada detalle.
—¿Ya lo has olvidado?
El interpelado dejó caer la cabeza sobre la almohada y miró con aire ausente el techo.
—Sí.
—A propósito, me pareció oírte mencionar en nombre de Eleanor.
—Ajá.
—Pero no lo juraría. —Darryl tomó una toalla de detrás de la puerta y dijo—: Vuelvo en cinco minutos. No me importa cómo lo hagas, pero no te duermas.
Michael permaneció allí tendido, otra vez solo, a la espera de recuperar el ritmo normal de la respiración y de que se le pasaran las últimas secuelas del pánico.
Entretanto, en su mente, recreaba la larga melena de Eleanor cayendo sobre sus pechos níveos y sus rojos labios húmedos abiertos, pues aún querían más…


*Center for Disease Control and Prevention (Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades), agencia federal norteamericana encargada de proteger la salud y la seguridad de la población civil.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:07 pm

Wii, ranguitos.
Una cosa, ¿necesitas que suba yo mis capis cada dos días para darte tiempo o seguimos igual?
Por cierto, he terminado de leer "Entre nosotros". Sólo digo...

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¡¡¡¡Qué final!!!!

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:12 pm

^^ no hace falta, los que vienen ahora son más cortos.
y entre semana tengo algo más de tiempo para adelantar.

me tienes con unas ganas de leer ese libro que no veas [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:19 pm

Tranquila, como creo que yo voy más adelantada con el escaner que annabel (seguro que todavía se está pegando con él... jejeje), será el siguiente libro mientras terminamos 13 balas.
Son 22 capítulos. En realidad el último capi es el famoso relato que escribe el prota y son unas 30 páginas [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] , así que ése nos lo dividiremos entre todas. Los capítulos son largos, unas 16 páginas, así que lo dividiremos de uno en uno. Creo que lo mejor para este libro es que estemos todas las transcriptoras, lo mismo que en 99 ataúdes. ¿Qué te parece?
Llevo escaneados 8 capis.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:24 pm

sí, mejor si estamos todas, jeje al final le has pillado el tranquillo al escáner XD
pues cuando quieras empezamos a repartir ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:28 pm

No es por tirarme flores... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]pero ya me he vuelto toda una experta en el escaner... ¡Soy la mejor!

Voy a hablar con annabel, virtxu, shuk hing y zoe para ver si pueden transcribir. Me imagino que no habrá ningún problema. En cuanto me contesten, repartimos los capis y os los mando.
Esta tarde me pondré a escanear para ver si puedo tener por lo menos la mitad del libro.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 4:29 pm

okis ^^

yo voy a seguir con full moon, y esta noche sigo con sangre y hielo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Jun 08, 2010 6:53 pm

okas ya lei jejeje
si no hay problema jejeje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Jun 09, 2010 5:17 pm

CAPÍTULO CUARENTA Y OCHO
Transcrito por Tibari
23 de diciembre, 22:30 horas
—TENGO SED —DIJO SINCLAIR en voz alta.
Franklin se levantó del cajón donde estaba sentado, tomó un vaso de papel con una pajita dentro y se lo tendió para que bebiera.
El cautivo esposado sorbió el líquido con verdadera ansia. Tenía la garganta reseca, pero no era agua lo que deseaba, bien lo sabía él.
Copley estaba sentado al borde del catre en un almacén, rodeado por ingenios mecánicos del tamaño de una caja de betún capaces de emitir ondas de calor esporádicamente incluso a pesar de que él no era capaz de detectar el carbón o gas que alimentase ese fuego.
En verdad se trataba de una era de prodigios.
Tenía un dolor persistente en la coronilla, allí donde el fragmento de la bala le había hecho un rasguño en el cuero cabelludo, pero por lo demás estaba de una pieza. En torno al tobillo izquierdo llevaba unos grilletes improvisados consistentes en una cadena enganchada a la tubería de la pared y fijada con un candado.
Había una gran mancha rojiza en un lateral de la estancia atestada de cajas. Sólo podía ser sangre. ¿Solían interrogar allí a los prisioneros o hacían algo aún peor?
Trató de entablar conversación con el guardia, pero aparte de sonsacarle su nombre, Franklin, sus intentos habían resultado estériles. Llevaba puestas en los oídos unas cosas conectadas a unos cordelitos y resguardaba la cabeza detrás de una revista con una chica medio desnuda en la portada. Sinclair tenía la impresión de que Franklin temía a su prisionero, lo cual era de lo más lógico, ya puestos, y también que le habían ordenado no dirigirle la palabra, pero iba a ser un gran placer saldar la cuenta por lo del chichón de la cabeza si se le presentaba la ocasión.
El tiempo transcurrió despacio.
Desde su posición veía sus ropas, pulcramente apiladas en un cajón propiedad de un tal Dr. Pepper¹, fuera quien fuese el fulano, ya que le habían privado de su atuendo a favor de un pijama de franela ridículo y un montón de mantas.
Se moría de ganas por levantarse, apoderarse de sus ropas e ir en busca de Eleanor. Ella se hallaba en algún lugar de ese campamento, y él tenía la intención de encontrarla.
Pero ¿y qué harían después? Era correr hacia un callejón sin salida. ¿Cuáles eran sus posibilidades, allí, abandonados en el confín de la tierra? ¿Adónde iban a huir? ¿Y por cuánto tiempo lograrían seguir libres?
Recordó haber visto barcos en la factoría ballenera. Uno de ellos, el albatros, era muy grande, y jamás podría botarlo y dirigirlo por sí solo, pero también los había más pequeños, como los botes de madera destinados a la caza de ballenas; tal vez estuvieran en condiciones de navegar después de haber efectuado unas cuantas reparaciones, pero claro, Sinclair no era marinero y estaban rodeados por el más peligroso de los océanos. Su única oportunidad consistía en hacerse a la mar cuando hiciera buen tiempo y confiar en que los encontrara y los rescatara algún barco con el que se cruzaran.
Daba la impresión de existir algún comercio, por lo que si él y Eleanor conseguían hacerse con ropas modernas y urdir alguna explicación plausible, podrían conseguir abordar otro barco y ser llevados de nuevo a la civilización, donde se perderían entre la gente que no los conocía ni llegaría a saber jamás su terrible secreto.
Sinclair confiaba en que su astucia natural les permitiría salir adelante una vez llegados a ese punto. La necesidad había hecho de él un virtuoso de la improvisación.
El metal chirrió al rozar sobre el hielo cuando se abrió la puerta exterior y un golpe de aire frío se coló en el interior, refrescando el calor sofocante generado por los pequeños calefactores. El preso reconoció al recién llegado en cuanto hubo terminado de quitarse los abrigos, los guantes y las gafas. Sinclair conocía a ese hombre, Michael Wilde, tras su encuentro de la herrería. Le había parecido un tipo bastante razonable, pero él seguía resuelto a no confiar en nadie.
Traía en la mano un libro encuadernado con tapas de cuero negro ribeteadas de dorado.
—Se me ocurrió que le gustaría recuperarlo —dijo Michael.
Pero Franklin saltó como un resorte para interceptarlo.
—El jefe ha dicho que no le demos nada. No sabes qué puede y qué no puede usar.
—Sólo es un libro de poesía —le explicó Wilde, dejando que lo examinara.
Franklin frunció el ceño.
—Parece muy antiguo —observó, pasando las páginas.
—Lo más probable es que sea una primera edición —admitió Michael, que lanzó una mirada a Sinclair mientras se lo entregaba.
—Es obra de un hombre llamado Samuel Taylor Coleridge —dijo Sinclair, aceptando el tomo con torpeza, al tener las muñecas engrilletadas—, y hasta donde sé, el libro jamás ha hecho daño a nadie.
Michael admitía la necesidad de todas esas precauciones, pero al mismo tiempo le avergonzaban.
—Eso me ha parecido —repuso Michael, y recitó los versos de la primera estrofa que recordaba haber estudiado en el colegio—: El Kublay Kahn en Xanadú / un altivo palacio para su deleite mandó alzar / por donde el río sagrado Alfa / cavernas inalcanzables para el hombre cruzaba / camino de un mar donde no hay sol. —Luego, dijo—: Me temo que eso es cuanto recuerdo de la poesía.
Eso no dejó menos perplejo a Sinclair.
—¿Se conoce esta obra? ¿Incluso en esta época?
—Ya lo creo —replicó Michael, encantado de poder responderle—. Los poetas románticos como Wordsworth, Coleridge y Keats se enseñan tanto en el colegio como en la universidad, pero me temo que aún no sé qué significa el título de este libro… ¿Hojas sibilinas?
El prisionero acarició la cubierta del volumen como si se tratara de la cabeza de un perro de pelaje lustroso.
—Las sibilas griegas eran videntes… escribían sus profecías en el reverso de las hojas de los árboles.
Michael asintió, vivamente impresionado porque Sinclair tuviera tal respecto y aprecio a ese libro. Lo había incluido en el equipaje guardado junto a la puerta de la iglesia.
—Incluye La balada del viejo marinero, por lo que pude ver. Aún es un poema célebre.
Copley bajó la mirada y fijó los ojos en el tomo, para luego, sin abrirlo, declamar:
—Como quien recorre con miedo y espanto un camino solitario y vuelve la vista atrás una vez, sólo una, y sigue adelante pues…
Franklin le miró manifiestamente perplejo.
—… sabe que le va pisando los talones un demonio terrible.
Reinó un silencio sepulcral en el cobertizo cuando el cautivo acabó el último verso. Michael sintió que se le había helado hasta el tuétano. ‹‹¿Es así como percibe Sinclair su fuga, como un viaje solitario donde los perros le hostigan a cada paso que da?››, se preguntó. El aspecto obsesionado de su semblante, el vacío de su mirada, los labios agrietados, el pelo apelmazado y pegado a la cabeza como si hubiera ahogado… Todo ratificaba que era así.
Franklin pareció temer una posible continuación del recital, ya que le preguntó a Michael:
—¿Te importa si me tomo un respiro?
—Adelante, ve.
Arrojó la revista sobre el cajón de embalaje y se marchó.
Sinclair apartó el libro en cuanto él se fue y recostó la espalda sobre la pared. Wilde retiró la manoseada copia de Maxim de donde la había dejado Franklin y se sentó.
—No tendrá por un casual algo para fumar, ¿verdad? —preguntó Sinclair con el tono despreocupado con que un caballero en el pleno sentido del término le pide a otro mientras holgazanea en su club.
—No, me temo que no.
—El guardián tampoco. ¿Me veo privado de tabaco por alguna razón especial o es que ya no fuman los hombres?
El periodista no fue capaz de contener una sonrisa.
—Lo más probable es que Murphy le ordenara no darte nada como un pitillo o un puro. Quizá se te ocurriera prenderle fuego a este lugar.
—¿Conmigo dentro?
—No sería nada inteligente, eso he de concedérselo —repuso Michael—. Por lo demás, los hombres siguen fumando, pero mucho menos que antes. Resulta que provoca cáncer.
Sinclair le dedicó una mirada de incredulidad absoluta, como si hubiera sugerido que la luna estaba hecha de queso verde.
—Bueno, entonces, ¿beben por lo menos?
—Sin duda, y más aquí.
Sinclair aguardó a la expectativa mientras Michael decidía qué hacer. Violaba las órdenes expresas del jefe O’Connor si le daba una bebida y los más probable es que Charlotte también respaldara la tesis de que era una mala idea. Qué rayos, ya sabía que era desaconsejable, pero el hombre parecía tan sereno y tan racional, y sería la mejor forma de hacerle hablar para ganarse su confianza y sonsacarle acerca de su viaje, largo y lleno de incidentes. Aún no lograba imaginarse cómo Sinclair y Eleanor habían acabado en el fondo del mar cargados de cadenas.
—En el club siempre había preparada una licorera con el más fino oporto para los invitados.
—Ahora no hay de eso, se lo aseguro. La cerveza es más corriente.
Sinclair se encogió de hombros de forma amigable.
—No rehusaría una cerveza.
El periodista miró a su alrededor. La mayoría de las cajas contenían comida enlatada y vajilla, pero por alguna parte debían de estar los cajones de cerveza.
—No te vayas a ninguna parte, que ahora mismo vuelvo —bromeó Wilde.
Se puso en pie y se fue al siguiente pasillo, donde Ackerley había dejado una mancha de sangre sobre el suelo de hormigón. Intentó no pensar en ello mientras daba vueltas por allí cerca.
Al final, encontró un cajón de Sam Adams y rompió los precintos para sacar dos botellas. Usó su navaja suiza para abrirlas. Entonces regresó y entregó una a Sinclair. Entrechocó su cerveza su cerveza con la del preso y regresó a su asiento.
Copley echó la cabeza hacia atrás y dio un largo trago a la cerveza antes de estudiar la etiqueta, donde posaba un tipo de peluca.
—¿Sabe…? Una vez se lió un escándalo por una botella como ésta.
—¿Un escándalo?
—Resultó no ser cerveza, sino una botella negra de Mosela de tamaño similar a ésta que alguien había dejado en la mesa durante un banquete.
—¿Y a santo de qué vino el problema?
—Lord Cardigan era un hombre puntilloso en esos temas y en su mesa sólo podía servirse champán.
—¿Y cuándo fue eso?
—En 1840, si la memoria no me falla. Durante una comida del regimiento.
Mientras Sinclair le relataba la anécdota, Michael se descubrió pensando que esa conversación era cada vez más surrealista.
—… y eso fue todo. Deberá entender que es una historia de dominio público, pero no la viví en primera persona. Estaba en Eton esos años.
El periodista se obligó a tomar en cuenta que Ames y Copley habían vivido en una era y un mundo desaparecido hacía mucho. Esa anécdota era historia para él y un cotilleo del día para Sinclair.
El preso tomó un nuevo trago de cerveza con los ojos cerrados y luego entreabrió los párpados muy despacio.
¿Estaba ajustando la visión?
—Es una cerveza de poco cuerpo.
—¿Ah, sí? Bueno, supongo que en el ejército tomarían algo más fuerte.
Sinclair estudió fijamente a Michael, evaluándole, y no despegó los labios. Vació la botella y la puso sobre el suelo, junto al tobillo encadenado.
—De todos modos, gracias.
—No hay de qué.
Michael se estrujó las meninges sobre cómo reconducir la conversación hacia donde a él le interesaba, pero entonces Copley dio un golpe de timón y preguntó:
—¿Qué habéis hecho con Eleanor?
Ése no era precisamente el tema adonde él quería ir a parar, pero le respondió que se encontraba bien y descansando, una respuesta de lo más inocua.
—No le he preguntado eso. —El tono del teniente había cambiado—. ¿Dónde está? ¿Puedo verla? —Michael miró sin querer la cadena que le mantenía sujeto a la tubería de la pared—. ¿Por qué no nos permiten vernos?
—Porque así es como el jefe de operaciones quiere que sean las cosas.
Sinclair bufó, burlón.
—Parece un soldado de leva, reducido al simple cumplimiento de órdenes. —Respiró hondo y espiró con fuerza—. Y yo he visto adónde conduce eso.
—Veré qué puedo hacer —repuso Michael.
—Sólo somos marido y mujer, dos personas que han recorrido juntas un largo trayecto —continuó Copley, probando otra táctica, y de nuevo con tono conciliador—: ¿Qué daño puede haber en que nos veamos?
¿Marido y mujer? Michael no sabía eso y estaba seguro de que si Eleanor le hubiera hablado de su esposo, lo recordaría. Sinclair bizqueó otra vez y Michael se percató de que al prisionero parecía faltarle el aliento.
—¿Le sorprende que ella sea mi esposa o es que ella no lo ha mencionado?
—No recuerdo que haya salido el tema.
—¿Qué no haya salido…? —Tosió, y sacudió la cabeza con incredulidad—. ¿No ha salido o no quería saberlo?
—¿De qué me habla?
—No soy tonto, así que no me haga pasar por tal.
—No pretendo…
—Soy un oficial al servicio de Su Majestad, en el 17º de lanceros —dijo con un tono acelerado en la voz, ahora más firme. Alzó las manos engrilletadas e hizo sonar las cadenas que le sujetaban a la pared antes de añadir—: Y no tardaría en arrepentirse de intentar jugar conmigo si no estuviera en desventaja.
Wilde se puso en pie, sorprendido ante el súbito cambio de tono. ¿Era efecto de la cerveza? ¿Ejercía el alcohol un efecto imprevisible a causa de su condición o esos cambios bruscos de humor eran parte de su forma de ser? Michael retrocedió un par de pasos a pesar de las cadenas.
—¿Va a llamar al centinela? —se burló el preso.
—Quien debería examinarle es la doctora —precisó el periodista.
—¿Qué…? ¿Otra vez la negra?
—La doctora Barnes.
—Los barriles de cerveza se acabarían enseguida si las taberneras tirasen la bebida con la misma generosidad con que me ha sangrado esa zorra.
¿Qué sucedía allí? ¿Qué había ido mal? Copley había pasado de la calma al paroxismo en un pispás y los ojos inyectados en sangre le brillaban enloquecidos.
Franklin entró con sus andares de pato y el bigote cubierto por el hielo.
—¿Todavía siguen leyendo poesía?
Entonces, reparó en que Wilde estaba de pie y el aspecto de su cara reflejaba que algo se le había ido de las manos.
—¿Va todo bien? —preguntó a Michael, y cuando éste no le respondió de inmediato, inquirió—: ¿Qué quiere que haga?
—Deberías ir en busca de Charlotte. Y tal vez convendría que trajeras también a Murphy y a Lawson.
Franklin miró con prevención a Sinclair y salió disparado al exterior.
Michael no había perdido de vista en ningún momento a Copley. Éste, sentado al borde del catre, le devolvía la mirada con los ojos enrojecidos.
Y de pronto, recobrando la misma voz mesurada con que había recitado los primeros versos, el inglés declamó:
—La maldición de un huérfano arrastraría a un espíritu desde lo alto a las honduras del infierno, pero, oh, la maldición de los ojos de un muerto es aún más terrible. —La mirada de sus ojos era instinto homicida puro—. ¿Conoce esos versos?
—No.
—Pues ahora ya los conoce —replicó Sinclair mientras golpeteaba con los nudillos la tapa del viejo libro, y riendo entre dientes de forma ominosa, añadió—: Luego, no diga que no está advertido.
-----
¹ Famosa marca de refrescos.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Jun 09, 2010 6:00 pm

ranguitos!!!

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 10, 2010 4:20 pm

CAPÍTULO CUARENTA Y NUEVE
Transcrito por Tibari
24 de diciembre, 8:15 horas
ELEANOR NO TARDÓ EN saber que habían descubierto su secreto a pesar de todos sus esfuerzos por ocultar la bolsa vacía. Nadie le censuró nada, pero retiraron todas las demás de la enfermería y la doctora Barnes la miraba con precaución.
La necesidad de sangre avergonzaba a Eleanor, si debía ser sincera, la mortificaba, pero también la asustaba. ¿Qué iba a hacer la próxima vez que esa sed devoradora se apoderase de ella? En realidad, lo sabía. A veces, era capaz de pasar sin beber varios días, incluso una semana, pero el ansia era mayor cuanto más esperaba y más fuerte era la fuerza que la empujaba a saciar su necesidad.
¿Cómo podía confesar semejante deseo? ¿En quién podía confiar?
Miró por la ventana de su cuartito al patio de la bandera, donde permanecía de pie un hombre embozado con capucha y un abrigo voluminoso. Tenía la mirada fija en ese cielo de color peltre y sostenía algo en la mano enguantada, algo con aspecto de ser tiras de beicon.
A pesar de lo difícil que resultaba identificar a nadie debajo de tanta ropa, gorros y botas, el instinto le dijo que era Michael.
Sin dejar de mirar al cielo, le oyó silbar con fuerza para hacerse oír por encima del viento ululante. Un ave apareció al cabo de pocos segundos, tan pocos que le llevaron a pensar que tal vez estaba apostado en el tejado de la enfermería, y pasó muy cerca de la cabeza del hombre, que se agachó entre risas. Era un pájaro de plumaje gris y pico ganchudo. Esas carcajadas… Era el sonido más extraño y agradable que había oído en mucho tiempo. Le entraron ganas de salir corriendo al exterior, entre la nieve y el hielo, para reunirse con él y reírse por el revoloteo del pájaro merodeador y levantar el rostro para sentir en los párpados los rayos del sol, aunque fueran los de ese sol austral.
Miró de nuevo al exterior. Michael se irguió otra vez e hizo oscilar las tiras en alto antes de lanzarlas al aire. El ave dio media vuelta, bajó en picado y cazó con el pico una y se alejó. El resto cayó al suelo, pero el hombre se limitó a esperar el regreso del págalo, y sabiamente, al parecer, ya que éste se zambulló en la nieve próxima de forma muy poco elegante y tomó otra de las tiras. Otro pájaro marrón se posó en el suelo con el propósito de investigar, pero el primero corrió hacia él, chillándole, y Michael le arrojó una bola de nieve para espantarlo. ‹‹Ah, el pájaro oscuro es su favorito››, dedujo Eleanor, ‹‹su mascota››.
Se agachó y tendió una mano enguantada al págalo, que se acercó sin dudarlo y se subió a la misma, donde debía de llevar más tiras de beicon, aunque desde allí no podía distinguirlas. Y así permanecieron los dos, como si fueran viejos amigos. El viento sacudía las plumas del ave y dibujaba estrías en la ropa de Michael, pero ninguno se movió.
De pronto, Eleanor se sintió tan sobrepasada que no pudo seguir observando la escena. Sentía que toda su vida era una prisión y se dejó caer sobre el borde de la cama como si fuera una condenada.
El corazón se le llenó de pánico cuando alguien llamó a su puerta. ¿Era la doctora Barnes, que venía para enfrentarse con ella por su crimen? Eleanor no respondió, pero cuando el golpeteo de nudillos se repitió, dijo:
—Adelante.
La puerta se entreabrió y Michael asomó la cabeza por la abertura.
—¿Me da la venia la dama para hacerle una visita?
—Permiso concedido, caballero. —Se sintió como si le hubieran dado un indulto—. Pero me temo que no puedo ofrecerte mucho, salvo una silla.
—Pues la acepto —contestó él, girando la silla y sentándose a horcajadas.
Aquel sobretodo tan grueso le colgaba a ambos lados y, dadas las dimensiones minúsculas de la habitación, él estaba a muy poca distancia, tan cerca que, de hecho, ella percibía el vigorizante aire frío procedente del abrigo y las botas. Ay, cuánto deseaba ser libre.
Michael necesitó unos segundos para descorrer la cremallera de la parka y poner en orden las ideas. Se sentía un tanto incómodo hablando con alguien en circunstancias tan extrañas como ésas, pero la desazón era mayor a la luz de aquel terrible sueño erótico del otro día protagonizado por ella. La pesadilla le había parecido demasiado real, tanto que incluso ahora le resultaba difícil mirarla a los ojos.
Lo minúsculo de la estancia los obligaba a estar muy cerca uno del otro, y él temía que esa cercanía aumentase la timidez de Eleanor.
El visitante vio palpitar la vena de la garganta por encima del cuello. La muchacha mantenía la vista fija en las manos, que mantenía apoyadas en el vientre. Aprovechó la ocasión para examinarle los dedos en busca de una alianza de matrimonio, pero no vio ninguna.
—Te he visto fuera con el pájaro —dijo ella.
—Se llama Ollie, le he puesto ese nombre en honor de otro huérfano: Oliver Twist.
—¿Conoces la obra del señor Dickens? —preguntó con asombro.
—A decir verdad, jamás la he leído —admitió Michael—, pero he visto la película.
Ella volvió a quedarse perpleja y perdida mientras él pensaba: ‹‹Claro, no sabe qué es una película››.
—Mi padre era bastante radical en sus ideas —continuó ella—. Me dejaba asistir a la escuela tan a menudo como era posible e incluso frecuentar la casa del párroco, donde había una biblioteca.
‹‹Sus ojos son verdes y centelleantes como las hojas de las píceas después de la lluvia››, valoró Michael.
—El párroco y su esposa debían de tener unos doscientos libros —alardeó ella.
‹‹¿Qué pensaría si viera una librería de la cadena Barnes & Noble?››, se preguntó él.
—Quise reunirme contigo ahí fuera —comentó ella con una nota de tristeza en la voz.
—¿Dónde?
—En el patio, cuando estabas dando de comer a Ollie.
Estuvo a punto de preguntar por qué no lo había hecho, pero cayó en la cuenta de que ella era virtualmente una prisionera. Su nerviosismo y su palidez lo evidenciaban. Michael echó un vistazo al cuarto, pero sólo había un libro y algunas revistas.
—Tal vez esta noche a última hora podamos colarnos un rato en el salón de entretenimiento para otro recital de piano.
—Eso me gustaría —contestó ella con menos entusiasmo del esperado.
—¿Y qué otra cosa te gustaría hacer? Por un lado, voy a hacer una ronda a ver si te encuentro alguna lectura decente.
Ella vaciló unos segundos, pero luego se inclinó hacia delante y preguntó:
—¿Puedo decir lo que quiero de verdad? ¿Algo por lo que daría cualquier cosa?
Michael permaneció a la espera con recelo. Temía que guardara relación con Sinclair Copley. ¿Cuánto tiempo sería capaz de guardar el secreto?
—Me gustaría dar un paseo por el exterior, me da igual el frío, y levantar el rostro para que lo caliente el sol. Sólo tuve ocasión de disfrutarlo durante la visita a la factoría ballenera. Lo que más deseo es verlo de nuevo, sentir su calor.
—Sol, lo que se dice sol, sí tenemos —concedió Michael—, pero no es que caliente mucho, francamente.
Michael permaneció inmóvil en su asiento mientras sopesaba las palabras de la joven y le daba más y más vueltas a la descabellada idea que acababa de ocurrírsele. Las consecuencias serían muy malas para él si le pillaban y el jefe O’Connor le arrancaría la piel a tiras, pero se estremeció sólo de pensarlo hasta el punto de no ser capaz de resistirse. Se preguntó qué pensaría Eleanor de llevarla a cabo.
—Supongamos que puedo concederte tu deseo —repuso él con cautela—, ¿estarías dispuesta a seguir mis instrucciones al pie de la letra?
Eleanor apreció perpleja.
—¿Puedes sacarme a hurtadillas de aquí?
—Esa parte es fácil.
—¿Y hacer que el sol caliente incluso en un lugar como éste?
Michael asintió.
—¿Sabes qué…? Sí puedo.
Se había estado preguntando qué clase de regalo navideño podía hacerle al día siguiente; bueno, pues ahora lo sabía.
—¿Eso…? —inquirió la doctora Barnes, mirando el tanque del acuario, donde varios especímenes flotaban en el agua—. Ahí sólo tienes peces muertos.
—No, no, no, esos no —contestó el biólogo—. Esos son los fallos. Échale un vistazo al Cryothenia hirschii y a los demás peces de hielo, los comodones que están tan panchos en el fondo del tanque.
Cuando la doctora estiró el cuello hacia delante pudo ver unos peces plancos, casi traslúcidos, de unos noventa centímetros, cuyas agallas se movían lentamente en el agua salada.
—Vale, ya los veo —informó ella, poco impresionada—. ¿Y qué?
—Esos peces podrían ser la salvación de Eleanor Ames.
Charlotte se mostró interesada al oír eso.
—He mezclado muestras de sangre de los nototénidos con la de Eleanor. Alguno de ellos lleva sangre mezclada —anunció con una sonrisa—, y como puedes ver están bien.
—Pero Eleanor no es un pez —le recordó la doctora.
—Estoy al corriente de eso, pero lo que vale para uno quizá valga para todos… —dijo, y señaló mediante señas la mesa del laboratorio, encima de la cual descansaba un microscopio con una lámina portaobjetos ya preparada.
El monitor ofrecía una imagen notablemente amplificada de plaquetas y células sanguíneas. Era la clase de cosas que retrotraían la mente de Charlotte a los tiempos de universitario en la facultad de Medicina.
—Estás viendo una gota de plasma con una concentración alta de hemoglobina —anunció mientras se ponía unos guantes de látex—. De hecho, es mi sangre.
—Observa qué ocurre ahora.
Darryl se inclinó sobre el microscopio y retiró la bandeja portaobjetos. El monitor se quedó en blanco. El biólogo depositó una gota minúscula en la misma lámina con una jeringuilla, la mezcló y volvió a ponerla en el microscopio.
—Normalmente, la afinaría como Dios manda, pero no tenemos tiempo.
Ajustó la visión y el monitor recuperó la imagen. Todo parecía exactamente igual, salvo la existencia de más glóbulos blancos o leucocitos, las células encargadas de defender a un organismo de enfermedades e infecciones, y algunos fagocitos. Los glóbulos blancos eran más grandes y asimétricos, y se movían activamente en busca de bacterias y agentes infecciosos, como se suponía que era su cometido.
—De acuerdo, ahora todo está más revuelto —observó ella—. ¿Qué has añadido?
—Una gota de la sangre de Eleanor. Observa qué sucede.
No ocurrió nada relevante durante unos segundos, y de pronto se desató un pandemónium. Los leucocitos se quedaron sin objetivos a los que destruir y empezaron a rodear y atacar a los glóbulos rojos, portadores de oxígeno gracias a la hemoglobina. Los acosaron hasta engullirlos y no dejar ni uno. Fue una escabechina de primer orden.
Ningún ser vivo de sangre caliente era capaz de sobrevivir con lo que quedaba después de la batalla.
La doctora Barnes miró a Hirsch, aún sin salir de su asombro.
—Lo sé, pero observa esto.
El pelirrojo repitió el proceso: retiró la lámina, usó otra jeringuilla para poner sobre la lámina original otra gota obtenida de uno de los muchos viales de cristal colocados sobre la mesa de trabajo. La tapa del vial llevaba una etiqueta que rezaba ‹‹AFGP-5››¹.
La imagen de la pantalla se había reducido a una ondulante masa de glóbulos blancos moviéndose enloquecida en busca de nuevas presas, pero ahora cambió poco a poco, como el oleaje del mar cuando ha amainado la tormenta. Había otro elemento nuevo cuyas partículas se movían como barcos navegando en aguas que ahora permanecían en calma.
No eran objeto de ataque alguno.
—Los nuevos invitados son las glicoproteínas —dijo Darryl son esperar las preguntas de Charlotte— obtenidas de los especímenes de Cryothenia. Las glicoproteínas anticongelantes son proteínas naturales que detectan cualquier cristal de hielo existente en la sangre y le impiden desarrollarse. Circulan por la sangre de los peces nototénidos tan libremente como el oxígeno. Es una argucia evolutiva muy limpia y tal vez salve la vida de Eleanor.
—¿Cómo?
—Podría llevar una vida relativamente normal si tolerase su ingesta periódica, y la chica parece capaz de soportar hasta la estricnina, a juzgar por la sangre.
—¿Dónde, Darryl? ¿En el fondo del mar?
—No —respondió Hirsch con paciencia—, aquí o en cualquier parte. Necesitaría la hemoglobina de los glóbulos rojos tan poco como esos peces, pero habría un par de efectos secundarios —añadió, encogiéndose de hombros ante lo inevitable—. Por un lado, eso la convertiría en una criatura de sangre fría, sólo capaz de calentarse de forma externa, como lo hace una serpiente o un lagarto, tendiéndose al sol.
Charlotte se estremeció sólo de pensarlo.
—La segunda supone una amenaza más inmediata.
—¿Es peor?
—Juzga por ti misma.
Darryl tomó otra lámina limpia y la frotó con fuerza sobre el dorso de la mano de Charlotte antes de ponerla bajo el microscopio. El monitor mostró las células vivas y muertas. Entonces, él puso una gota de AFGP-5, y no pasó nada. Era la imagen de una coexistencia pacífica.
—¿Eso es un buen indicio? —preguntó ella, buscando el rostro de Hirsch con la mirada e intentando leer la respuesta en su semblante.
—No apartes los ojos de la caja tonta —le contestó él mientras tomaba un cubito de hielo entre los dedos enguantados, manteniendo el meñique delicadamente extendido, y tocó con un extremo de aquél la superficie de la lámina.
En el monitor, la esquinita del cubo de hielo parecía un iceberg monumental que enseguida ocupó la mitad del campo visual. Hirsch lo retiró con cuidado, pero el daño ya estaba hecho. Aparecieron miles y miles de grietas sobre la superficie del portaobjetos, como si un soplo de aire gélido hubiera helado las aguas de un estanque. El congelamiento alcanzaba a una célula, la helaba y pasaba a la siguiente, y así en todas las direcciones, y al final, cesó toda actividad. En cuestión de unos segundos quedó inmóvil todo cuanto había estado circulando. Las células estaban heladas. Muertas.
—Tienes todas las papeletas en contra cuando el hielo entra en contacto con el tejido.
—Pensé que las glicoproteínas anticongelantes lo evitaban.
—No. Impiden la propagación de cristales de hielo por el flujo de la sangre, pero eso no vale para las células de la piel. Ésa es la razón de que los peces anticongelantes permanezcan en el fondo, bien lejos de la capa de hielo.
—Eso no debería suponer ningún problema para Eleanor —observó Charlotte.
—Ya, pero ¿puede estar absolutamente segura de que jamás va a tocar nada helado bajo ninguna forma? No podría beber nunca una bebida fría ni tampoco rozar un cubito de hielo con los labios. ¿Puede estar segura de andar por la acera sin caerse y tocar un trozo de hielo? ¿Y cómo sabe que no se le va a ir el santo al cielo mientras abre el congelador para retirar un precocinado de verduras?
—¿Qué sucedería si lo hiciera?
—Se congelaría tanto que saltaría hecha en más pedazos que el cristal de un vaso al romperse.
-----
¹ Anti-Freeze Glycoprotein (glicoproteína anticongelante).
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 10, 2010 4:26 pm

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 10, 2010 5:06 pm

animos chicas :pompones:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 11, 2010 11:35 am

Capítulo 50
Transcrito por Gemma

25 de diciembre, 13:15 horas

MICHAEL HABÍA ABRIGADO A Eleanor debajo de tanta ropa que no la hubiera reconocido ni su madre. La joven sólo era un abultado amasijo de prendas moviéndose con torpeza sobre la explanada helada. Michael miraba vigilante en todas direcciones, pero no había nadie por los alrededores. Ésa era una de las cosas que tenía salir de paseo en la Antártida: resultaba muy poco probable encontrarse con muchos transeúntes, incluso el día de Navidad.
La obligó a avanzar deprisa cuando pasaron por delante del almacén de carne e hizo otro tanto cuando estuvieron cerca del laboratorio de glaciología, donde estaban Betty y Tina, a quienes escuchó trabajar con las sierras en el almacén de muestras. Eleanor le miró con curiosidad, pero él sacudió la cabeza y tiró de ella para alejarla de allí.
En la perrera, un par de perros s pusieron de pie y movieron el rabo, movidos por la esperanza de que alguien los sacara a correr un poco, pero por suerte ninguno ladró.
Las luces del laboratorio de biología marina estaban encendidas, lo cual era un buen síntoma. Michael confiaba en el trabajo duro de Hirsch para ultimar alguna solución válida para el problema de Eleanor y Sinclair.
El periodista vio su destino en lontananza, a cierta distancia del más alejado de los módulos de la estación, y guió allí a su acompañante. Pasaron junto a la celosía de madera y subieron la rampa. Eleanor estaba tiritando a pesar de vestir tantas prendas.
Michael abrió la puerta, apartó las cortinas de plástico y la condujo hasta el laboratorio de botánica propiamente dicho. Enseguida se vieron envueltos por un aire cálido y húmedo. Ella gritó a causa de la sorpresa.
Wilde la condujo todavía más adentro y la ayudó a descorrer la cremallera y a despojarse de la ropa de abrigo, el gorro y los guantes. Las guedejas le cayeron sobre los hombros y una inesperada pincelada de color le iluminó las mejillas. Los ojos verdes relucían.
—Aquí estudian toda clase de plantas, tanto las variedades locales como las foráneas —le informó él mientras se desprendía de su propia ropa de abrigo—. La Antártida es todavía el medio ambiente más limpio del planeta y el mejor para el trabajo de laboratorio. —Se apartó el húmedo pelo adherido a la frente—. Pero tal vez no dure mucho al ritmo que van las cosas.
La joven no le oía: se había puesto a deambular por el lugar, atraída por la fragancia de los maduros fresones colgados de los tubos de plástico del techo, que jugaban un papel esencial en el sistema hidropónico. Las verdes hojas filosas de bordes dentados estaban salpicadas de flores blancas y brotes amarillos, y la luz artificial arrancaba destellos a las bayas humedecidas por efecto de los pulverizadores de agua.
El montaje del laboratorio había corrido por cuenta del propio Ackerley, y por eso era una mezcla entre equipos de alta tecnología y artilugios chapuceros, tubos de aluminio y mangueras de goma, baldes de plástico y lámparas de descarga de alta intensidad. Éstas se hallaban puestas al mínimo, pero Michael aprovechó el momento en que Eleanor cerraba los ojos y hundía el rostro entre las parras en flor para ponerlas a la máxima potencia.
Un chorro de luz bañó al instante todo el invernadero. La impresión de luminosidad aumentaba gracias a una hilera de reflectores caseros hechos con perchas y papel de estaño.
Los fresones refulgieron como zafiros, los pétalos blancos centellearon y las gotas de agua se condensaban y caían sobre las hojas verdes como una fina lluvia de diamantes.
Eleanor echó a reír y abrió unos ojos como platos; luego, para protegérselos puso la mano a modo de visera. Michael no la había visto tan feliz desde que le enseñó el milagro de oír a Beethoven en el equipo de música.
—¿No te lo dije?
Ella asintió con la cabeza sin dejar de sonreír.
—Sí, señor, sí, pero aún no comprendo cómo es posible.
Eleanor examinó las lámparas luminosas y los reflectores plateados antes de proteger otra vez los ojos.
—Prueba una fresa —sugirió Michael—. El cocinero las usa para hacer tarta de fresas.
—¿De verdad puedo? ¿No está prohibido?
Él alargó una mano, arrancó una de un tirón y se la acercó a los labios. La joven vaciló y aumentó el sonrojo de los mofletes antes de ladear la cabeza y morder una por la mitad.
Mientras la saboreaba, la intensa luz jugueteó con sus cabellos e hizo destellar el borde dorado del broche.
—Termínala —le invitó él, sosteniendo todavía la mitad restante.
Ella se detuvo para recobrar el aliento, con los labios empapados por el jugo de la fruta, y le observó. Los ojos de ambos se encontraron. Michael apenas fue capaz de sostenerle la mirada, pues su corazón se hallaba sobrepasado por una vorágine de sentimientos contradictorios: ternura, inseguridad, deseo.
Mas Eleanor no tuvo problema alguno en seguir mirándole mientras se inclinaba y tomaba el resto de la fruta entre los dientes. Éstos rozaron las puntas de los dedos de Michael antes de retirarse. Tragó el fruto y dejó en los labios la verde corona de la fresa. Wilde se quedó paralizado.
—Gracias, Michael —dijo ella. Era la primera vez que se dirigía a él por su nombre… Bueno, en la realidad, el sueño no contaba—. Ha sido un verdadero lujo.
—Es un regalo de Navidad.
—¿Sí…? ¿Hoy es Navidad? —preguntó, sorprendida.
Él asintió mientras apretaba los dientes para soportar el dolor de los hombros, fruto de tanto reprimir sus deseos de abrazarla. No se atrevía. Ése no era el motivo por el que la había traído al laboratorio. Aquello no formaba parte del plan de vuelo ni tenía futuro.
Pero en tal caso, ¿por qué debía reprimirse tanto?
—En Navidad, hubiéramos decorado la casa con muérdago, hiedra y almáciga —comentó ella con gesto pensativo—. Mi madre hubiera hecho un pudín flambeado con brandy y lo hubiera servido con una ramita de acebo en lo alto. Cuando mi padre acercaba la cerilla al brandy, la luz alegraba toda la habitación, era como si hubiera una fogata.
Eleanor se dio la vuelta al cabo de unos segundos y se alejó del brillo de las lámparas.
—Hace demasiado calor si te quedas bajo la luz —se justificó.
Anduvo en dirección a uno de los pasillos. Él apreció cómo las mangas abullonadas y el blanco cuello alto del vestido realzaban su delgadez mientras la joven acariciaba las hileras de tomatales, las lechugas, las cebollas y los rábanos, todos crecidos sobre tableros y en cuencos transparentes llenos de un líquido claro.
—No hay tierra —observó la joven, mirando a uno y otro lado—. ¿Cómo pueden crecer las plantas?
—Se llama hidroponía o cultivo sin suelo —contestó él, siguiéndola hasta el pasillo—. Las plantas reciben todos los minerales y nutrientes necesarios para su desarrollo a través de una solución nutritiva disuelta en el agua. Añádase aire y luz, y ya lo tienes.
—Es milagroso y me gusta mucho más que el invernadero de la Gran Exposición de Londres. Mi padre nos llevó a mí y a mi hermana Abigail.
—¿Cuándo fue eso?
—En 1851 —respondió ella con un tono de voz que dejaba entrever que daba un dato comúnmente conocido—, en el Palacio de Cristal de Hyde Park.
Acusaba el impacto de la sorpresa cada vez que ella soltaba algo semejante. No podía evitarlo.
Había otro juego de luces en la parte posterior para iluminar un minúsculo jardín de rosas, lirios y las orquídeas de Ackerley.
—¡Qué preciosidad! —exclamó Eleanor mientras avanzaba por el estrecho pasillo flanqueado por brillantes rosas rojas y orquídeas multicolores de tallos largos y sinuosos.
Crecían en una solución mineral y no en el suelo, pero aun así, allí estaba presente ese aroma húmedo y cálido tan característico de la jungla. Eleanor se soltó el botón del cuello, sólo uno, y respiró profundamente.
—No podía ni imaginarme la existencia de un lugar como éste en un país tan remoto y frío —dijo mientras devoraba la catarata de colores y olores—. ¿Quién cuida de todas estas plantas? ¿Tú…?
—Oh, no —repuso él—. Habrían muerto todas en menos de una semana si yo estuviera a cargo de esto.
Pero precisamente a ella era la última persona a quien podía explicarle el destino de Ackerley. ¿Qué diría si se lo contaba? ¿Confesaría entonces su innegable pero secreta necesidad?
Michael estaba seguro de una cosa: no quería oír esas palabras de sus labios.
—Todos estamos al pie del cañón, pero la mayor parte del trabajo está automatizado y es cosa de los temporizadores y los ordenadores —replicó, intentando darle algo similar a una respuesta.
—Michael —empezó al fin, pero dejó inconclusa la idea incluso antes de empezar a exponerla.
—¿Sí?
Tras unos instantes de cavilación, Eleanor entró en materia y se lanzó a fondo.
—Me da la sensación de que hay algo que no me estás contando, no puedo evitarlo.
Tenía toda la razón del mundo, admitió él, pero no le había revelado tantas cosas que no sabía por dónde empezar.
—¿Guarda alguna relación con el teniente Copley?
El interpelado vaciló. No deseaba mentirle, pero le habían prohibido decirle la verdad.
—Le hemos estado buscando.
—Vendrá a por mí, y tú lo sabes. Si no lo ha hecho, pronto lo hará.
—No esperaría menos de tu marido.
Ella le lanzó una mirada intensa, como si se confirmaran sus sospechas, o al menos algunas de ellas.
—¿Por qué dices eso?
—Perdón, pero di por supuesto que vosotros dos estabais…
—A los ojos de Sinclair, tal vez, pero a los ojos de Dios no estamos casados. Eso jamás sucedió por razones que no vienen al caso.
Debería estar complacido por el tono perentorio empleado y no hurgar más en el tema, pero dado que había salido el tema, el periodista sintió que no podía dejar pasar la ocasión.
—Pero ¿no querrías reunirte con él…? Si sigue vivo, por supuesto.
La joven estudió con atención una orquídea amarilla y frotó la cérea superficie con los dedos.
Tanta vacilación estaba sorprendiendo mucho a Michael.
—Sinclair ha sido y será siempre el gran amor de mi vida. —Eleanor acarició los dorados pétalos amarillos—. No obstante, nos hemos visto obligados a llevar juntos una vida que… No es posible… No debería serlo. —Michael sabía a qué se refería, por supuesto, pero guardó silencio. Ella continuó—: Me temo que con el paso de los años se ha enamorado de otra… cosa. Algo le fascina y le atrae con mucha más fuerza de la que yo jamás seré capaz de ejercer.
Los pulverizadores de riego se conectaron de pronto, enviando un fino surtidor de agua por encima de sus cabezas. Eleanor no se movió.
—¿El qué?
—La muerte —replicó ella.
Los aspersores dejaron de soltar las nubes de agua pulverizada y ella se volvió a un lado, como si se avergonzara de lo que acababa de admitir.
—Se ha empapado tanto en ella que ha aprendido a vivir en su compañía. La muerte lo mantiene junto a sí todo el tiempo, como su fuera un perro fiel. No siempre fue así —se apresuró a añadir Eleanor, como si se arrepintiera de aquel rapto de sinceridad y lo considerase una deslealtad—. No lo era cuando nos conocimos en Londres. Era un hombre atento y amable, y siempre estaba buscando formas de divertirme.
Esa última frase le hizo sonreír.
—¿Por qué sonríes?
—Acabo de acordarme de un día en Ascot… Nos invitó a cenar en su club de Londres… Ay, el pobre. Creo que se escapaba de sus acreedores por un pelo.
—¿No me dijiste en una ocasión que procede de una familia aristocrática?
—Su padre era conde y él también lo hubiera sido un día, pero ya había apelado a la fortuna familiar para que le sacara del lío demasiadas veces. Tengo entendido que su progenitor estaba profundamente decepcionado con él.
El agua pulverizada empezó a tejer un fino velo sobre los cabellos de Eleanor.
—Las posibilidades de Sinclair cambiaron del todo en Crimea. Esa guerra cambió a todos cuantos fueron allí y los supervivientes quedaron dañados para siempre. Era imposible que no fuera de otro modo.
La joven se limpió el agua del pelo.
—No es posible bañarse en sangre todas las noches y empezar sin mácula a la mañana siguiente.
Michael no pudo evitar pensar en todas las contiendas que habían estallado desde entonces, y en todos los soldados involucrados en las mismas, todos habían intentado en vano dejar atrás los horrores de la guerra. Algunas cosas jamás cambiaban.
—¿Cuánto tiempo crees que voy a permanecer en este lugar? —preguntó ella, sin mirarle.
Michael le respondió con una pregunta para no tener que contestar a ésa:
—¿Adónde querrías ir?
—Oh, muy sencillo. Quiero volver a casa, a Yorkshire. Soy consciente de que ya no estará allí ningún miembro de mi familia y de que habrán cambiado muchas cosas, pero aun así, no habrá desaparecido todo, ¿verdad? Allí seguirán las montañas, los árboles y los arroyos. Habrán cerrado las antiguas tiendas, pero otras nuevas habrán ocupado su lugar. Seguirán allí la plaza del pueblo, la iglesia, la estación del tren y su confitería y el olor a bollos recién hechos y a mantequilla…
A medida que ella iba enumerando cosas, Michael pensaba si quedaría algo de todo eso, si no habrían cerrado la estación hacía décadas y si no habrían nivelado las colinas para construir un complejo de apartamentos.
—Es sólo que… No quiero morir en un lugar como éste, no deseo morir en el hielo.
La muchacha agachó la cabeza y se estremeció sólo de pensarlo. Él alargó una mano y la atrajo hacia él con suavidad.
—Eso no va a suceder. Te lo prometo.
Las lágrimas anegaban los ojos de Eleanor, que alzó la vista y miró a Michael, desesperada por creerle.
—Pero ¿cómo puedes asegurarme algo así?
—Puedo y lo haré. Te prometo que no me marcharé de aquí sin ti.
—¿Te vas…? —preguntó con una nota de alarma en la voz—. ¿Adónde te marchas?
—Vuelvo a casa, a Estados Unidos.
—¿Cuándo?
Él adivinó cuál era el verdadero temor de la joven. No le aterraba únicamente la posibilidad de perecer en la Antártida, sino sucumbir a su necesidad de sangre antes de ver su viejo hogar. «Es posible —pensó Wilde— que incluso ahora esté luchando con todas sus fuerzas para reprimir un ansia casi irresistible».
—Pronto —admitió él—, pronto.
La atrajo hacia él y la estrechó entre sus brazos. Gotas de agua condensada se balanceaban en el pelo de Eleanor, que se acercó a Michael de buena gana y apretó la mejilla contra su pecho.
—No lo entiendes —repuso ella con voz suave—. No harías esa promesa tan a la ligera si lo entendieras.
Pero Michael sabía que sí, que sí la haría.
Estaba recordando en esos instantes otra promesa realizada en la cordillera de las Cascadas, y tenía intención de cumplirla a toda costa, como aquella otra.
—Voy a llevarte a casa —le prometió.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 11, 2010 5:02 pm

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 11, 2010 5:37 pm

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:02 am

Tibariiiii esta historia me gusta!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Como no me habías platicado de esto???

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 12:40 pm

Capítulo 51
Transcrito por Gemma

26 de diciembre, 9:30 horas

COPLEY HABÍA EVALUADO CON detenimiento a sus dos carceleros antes de decidir contra cuál de ellos iba a tener más posibilidades.
Franklin era el más lerdo de ambos con diferencia, pero también el más precavido. Se comportaba como un soldado en un ejército de verdad: acataba las órdenes a rajatabla y no era de los que se las pensaban. Le habían mandado apartarse del preso y así lo hacía. De hecho, se negaba incluso a entablar conversación con él y mantenía la atención concentrada en una de esas revistas escandalosas durante todo el tiempo que durase su turno de guardia.
Por otra parte, sin embargo, el segundo centinela era más inteligente y sociable, y también más curioso. El cautivo apreció enseguida que este otro tipo estaba fascinado por la presencia de un visitante inesperado de otra época y aunque debía de haber recibido las mismas órdenes que Franklin, Lawson no parecía tener inconveniente en saltárselas. Se acomodaba, estiraba las piernas y apoyaba la espalda sobre un cajón para disfrutar de una buena charla. Sinclair observó que las botas de Lawson eran más resistentes, pues estaban provistas de suelas gruesas y cordones fuertes, e infinitamente mejores que sus propias botas de montar, una de las cuales se había desgarrado tras haber montado en el trineo.
Lawson había acudido a su turno con un gran libro lleno de imágenes coloreadas. Copley no podía ver qué era, pero sabía que lo averiguaría en su momento. Lawson era incapaz de permanecer callado durante mucho tiempo.
El británico aguardó en silencio durante varios minutos, al cabo de los cuales su vigilante al fin rompió a hablar.
—¿Todo guay? —Sinclair le dedicó una benigna mirada de incomprensión—. Oh, disculpe, eso quiere decir ´¿cómo está hoy?´. ¿Necesita que llame a la doctora o algo así?
¿La doctora? La presencia de esa mujer era lo último que pediría en este momento.
—No, no, en absoluto. —Sinclair le dedicó una elaborada sonrisa de abatimiento—. Es esta forzada inactividad, nada más. Nuestro buen Franklin habla poco, no es una compañía muy entretenida.
¿Por qué no halagar un poco a ese idiota?
—Es un tipo estupendo. Sólo cumple órdenes.
—Si hay otro camino más seguro a la perdición que ése, me gustaría mucho conocerlo.
Sinclair rió entre dientes, sabedor de que un pronunciamiento tan rotundo sólo iba a servir para espolear más la curiosidad del centinela. Notó como tamborileaba los dedos sobre la cubierta del grueso volumen.
El cautivo preguntó por Eleanor y su bienestar como una cuestión de pura rutina, pues nadie iba a decirle nada relevante a ese respecto, y él lo sabía. Recibió la típica respuesta llena de vaguedades. Incluso Lawson mantenía el pico cerrado en ese tema, pero ¿la mantenían apartada sólo de él? ¿Estaba bien de verdad? ¿Cómo podía ser eso posible? ¿Cómo podía satisfacer esa peculiar necesidad que ninguno de los dos podía confesar a nadie? Ni siquiera él mismo sabía cuánto tiempo podía aguantar, y eso que contaba con el beneficio de haberse bebido la sangre de la foca.
Lawson le dio la vuelta a la conversación y acabó arrimando el ascua a su sardina, como Sinclair sabía que iba a hacer. La fascinación de ese hombre por los viajes del teniente se había hecho evidente durante sus últimos turnos juntos, y el propósito de ese grueso libro ahora le resultaba claro. Era un atlas de cuyas páginas sobresalían unos trocitos de papel coloreado. Lawson sostenía el libro en el regazo y lo abría por las páginas marcadas.
—He intentado trazar el itinerario de su viaje desde Balaclava hasta Lisboa —anunció, hablando como el típico niño empollón en un examen oral—. Creo haber conseguido localizar casi todos los puntos.
El tipo parecía un cartógrafo nato.
Copley esperó.
—Pero me he perdido un poco en torno a Génova. Cuando Eleanor y usted abandonaron la ciudad, ¿navegaron por el mar de Liguria rumbo a Marsella o siguieron la ruta por tierra?
Sinclair se sabía al dedillo el itinerario del viaje a pesar del tiempo transcurrido, pero fingió cierta confusión, como si le costara recordarlo.
De hecho, habían viajado en calesa y se habían detenido en un casino de San Remo, no muy lejos de Génova, donde había ganado una gran suma de dinero en unas partidas a la telesina, una variante local del póquer. Uno de los jugadores le había acusado de hacer trampas y él le había exigido una satisfacción por esa afrenta a su honor. El perdedor supuso que la satisfacción consistía en el duelo, pero en realidad hubo de esperar un poco más. Sinclair le atravesó limpiamente con su sable de caballería y se dio un festín. Luego, cuando hubo terminado con él, se lavó la sangre de la cara en un aromático limonar antes de regresar junto a Eleanor, que le esperaba donde se hospedaban.
—No estoy seguro de recordar el nombre de la villa —dijo Copley como si estuviera haciendo un gran esfuerzo—, pero estaba en Italia. Tal vez se llamara San Remo. ¿Puede encontrarlo ahí en ese mapa?
Vio a su interlocutor pegar la cabeza al papel e intentar trazar la ruta con el dedo. Lo estudió. Llevaba en la cabeza uno de esos estúpidos pañuelos propios de los marineros rasos. Era cuestión de tiempo que Sinclair lograra engatusarle para que se acercara y le mostrara el mapa en cuestión.
Luego, se libraría de las cadenas y reclamaría a la esposa arrebatada.


—Mañana —repitió Murphy, inclinándose sobre el respaldo de la silla de su despacho—. El avión de avituallamiento aterrizará mañana a las ocho. —Hundió los dedos en el pelo y se pasó la mano por la cabeza una vez más mientras sostenía en la otra el rotulador rojo con el cual había dibujado un círculo en torno al día siguiente en la pizarra blanca situada en la pared de detrás de su mesa—. Y tú vas a volver en ese avión —le espetó a Wilde.
—Pero ¿de qué me hablas? —protestó Michael—. Mi pase de la NSF no expira hasta final de mes.
—Se nos echa encima otro sistema de bajas presiones y para cuando haya pasado el frente las fisuras de los glaciares van a estar aún peor que ahora. El avión no podría aterrizar.
—Pues ya tomaré el próximo.
—¿Dónde te crees que estás, chaval? —soltó Murphy—. No hay próximo avión hasta por lo menos el mes de febrero.
Michael no paraba de darle vueltas al asunto. ¿Cómo iba a ser posible que se marchara al día siguiente? Le había hecho una promesa a Eleanor y no estaba dispuesto a romperla. Se volvió hacia Darryl, pero éste se limitó a devolverle una mirada de comprensión.
—¿Qué planes tienes para Eleanor y Sinclair? —preguntó Michael de sopetón—. Yo fui el primero en encontrarlos.
—Qué más quisiera yo que no los hubieras hallado. Maldita sea, qué ganas tengo de librarme de ellos.
—Soy la persona en quien más confían.
—¿De verdad? ¿No llamaste pidiendo refuerzos la última vez que visitaste a Sinclair? ¿Qué sucedió con esa confianza? ¿Se rompió o qué?
El periodista aún se lamentaba de ese error de cálculo, y cuando Darryl se lanzó a explicar algún prometedor trabajo de hematología realizado en el laboratorio, Michael se devanaba los sesos. ¿Había llegado la hora de exponer su idea? ¿Acaso iba a tener otra oportunidad?
—Ambos deberían volver conmigo —soltó, interrumpiendo el discurso del biólogo.
Darryl se calló de inmediato y se volvió hacia él mientras el jefe O´Connor sacudía la cabeza con exasperación.
—¿Y cómo sugieres que apañemos eso? —inquirió Murphy—. ¿Qué te piensas que tenemos aquí, la estación de Paducah a nuestra disposición? Un avión no aterriza y recoge tres pasajeros cuando en el listado de embarque figura sólo uno.
—Eso ya lo sé, pero ten un poco de paciencia conmigo. —Wilde estaba terminando de encajar las piezas del puzle mientras permanecía ahí sentado—. La esposa de Danzing está al corriente de la muerte de su esposo, pero desconoce la fecha de repatriación del cadáver, ¿no es cierto?
—Cierto, pero aún no he sacado tiempo para llamarla y contar que su esposo revivió, se convirtió en un zombi y acabó flotando por algún lugar debajo de la capa de hielo. Se hace cuesta arriba telefonearla, ¿no te parece?
—¿Y qué hay de Ackerley? —presionó Michael—. ¿Sabe su madre la fecha prevista para el regreso del cuerpo a casa?
—No estoy seguro de que sepa algo —dijo Murphy, cada vez más intrigado—. Como os dije, la noticia la ha dejado atolondrada.
—Dejadme pensar —pidió Wilde, agachando la cabeza y concentrándose con todas sus fuerzas—, dejadme pensar. —Resultaba descabellado, pero ahora todas las piezas parecían encajar y tenía la corazonada de que incluso podía funcionar—. La esposa de Danzing…
—María Ramírez —le recordó el jefe O´Connor.
—Trabaja como forense del condado en Miami Beach.
—Sí, allí fue donde conoció a Danzing. En aquel entonces conducía un coche fúnebre. De hecho, él me dijo una vez…
—Dile a María que yo voy a acompañar los cuerpos de su esposo y de Ackerley a Miami Beach.
—Pero no es el caso —repuso Darryl, perplejo—. Danzing no volverá a levantarse, excepto quizá en mis pesadillas.
—Y la verdad —siguió Michael, sin hacerle caso al biólogo—, tampoco es que ella tenga mucho interés en tener allí el cadáver. ¿No fue la propia María quien dijo que nunca le había visto tan feliz como cuando bajaba hasta aquí, donde quería ser enterrado si se cumplían sus deseos?
—Ya, pero le informé de que la ley prohíbe los entierros en la Antártida —contestó Murphy.
—¿Y qué hay de Ackerley? Vas a dejar sus restos aquí, ¿no es cierto? —insistió Michael—. ¿O planeas enviar a casa un cuerpo con un tiro en la cabeza? —Michael supo que tenía a O´Connor en su poder cuando le vio retorcerse en su silla—. Una bala de tu pistola, ¿no?
Darryl esbozó un gesto burlón al oír aquello y comentó:
—Anda, mira, por fin vamos a enterarnos de qué hiciste con los restos de Ackerley… Pidió ser incinerado, me consta, pero eso es una manifiesta contravención de los protocolos de la Antártida, ¿o no?
—Correcto, esto es lo que vamos a hacer —zanjó el jefe O´Connor, mirando a Hirsch fijamente a los ojos, sosteniéndole la mirada—. Oficialmente, Ackerley se cayó dentro de una grieta del glaciar mientras realizaba un trabajo de campo.
Michael suspiró de alivio al oír aquello.
—Eso es perfecto.
—No te sigo, chaval —admitió Murphy.
—¿No lo ves? Podemos meter en ese avión dos bolsas de cadáveres, pero los nombres escritos en las etiquetas no tienen por qué coincidir con sus verdaderos ocupantes.
Michael veía que al jefe O´Connor se le habían bajado las persianas y andaba espeso de mente. Se llevaría el gato al agua si seguía presionando de forma convincente.
—Tal vez Eleanor y Sinclair no sean capaces de abandonar la estación como pasajeros de ese avión, pero podrían hacerlo perfectamente como carga. Te bastaría con usar unos papeles parecidos a los que has usado para meterme en ese vuelo. Volvemos a Santiago, y de allí, a Florida.
En la habitación reinó un silencio sepulcral, roto tan sólo por el tictac del reloj hasta que Darryl intervino:
—Hay nueve horas de vuelo desde Santiago a Miami. Morirán en el viaje.
—¿Y eso por qué? —dijo Michael—. Han padecido cosas peores. Prueba a tirarte un siglo en suspensión animada. Comparado con eso, va a parecerles una bicoca.
—Ahora es diferente —replicó Murphy—. Están vivitos y coleando y, además, tienen cierto problemilla del que no hablas porque no te conviene.
—De eso estaba hablando antes de que me interrumpieran con tan poca educación —terció Darryl.
Michael se reclinó sobre el respaldo del asiento, feliz y contento de que alguien le diera el relevo, pero no tardó en comprender que el pelirrojo no se conformaba con un first down, él no perseguía las yardas del primer intento, él pretendía llegar a la zona de anotación.
Tras describir con orgullo los logros realizados en el laboratorio con el Cryotenia hirschii, dio a entender con bastante claridad que había encontrado una cura, o al menos algo muy similar hasta que se perfeccionara, para la enfermedad de Eleanor y Sinclair.
Si Michael le había entendido bien, Hirsch se declaraba capaz de extraer las glicoproteínas anticongelantes de los peces e inyectarlas en el sistema circulatorio humano. Una vez hecho esto, la sangre era capaz de llevar oxígeno y nutrientes sin necesidad de recibir continuas aportaciones adicionales de hemoglobina. Parecía irracional. Sonaba a locura. Tenía pinta de ser imposible. Pero era el primer hilo al que podía agarrarse, por muy frágil que fuera, y a él le valía.
—Me parece un disparate de tomo y lomo, pero no soy el científico en esta reunión. ¿Cómo sabes si funcionará?
—No lo sé —replicó Darryl—. El pez ha tolerado la sangre recombinada, pero Eleanor y Sinclair son otra cuestión.
«Y nos hemos quedado sin tiempo para hacer pruebas», caviló Michael.
—Pero me gustaría que todos recordarais —repitió el biólogo otra vez con tono solemne— que los dos van a verse en el mismo aprieto que mi pez. Pueden darse por muertos si alguna vez el hielo llegase a entrar en contacto con sus tejidos.
Los tres hombres debatieron y analizaron todos los elementos del plan durante la siguiente media hora a fin de que éste tuviera visos de éxito. El propio Murphy reconoció que no había consignado todo lo acaecido en la documentación de la base.
—No encontré la forma adecuada de explicar eso de que dos muertos habían vuelto a la vida.
El jefe O´Connor estaba muy preocupado por lo que el periodista hubiera podido contar a su editor. Pero Michael le aseguró que ya había deshecho el entuerto, y concluyó diciendo:
—Aunque eso implique que probablemente no vuelvan a darme otro encargo decente en la vida.
Una llamada desde la estación polar McMurdo, centro logístico para la mitad del continente, les obligó a poner fin a la reunión. Murphy los echó de su oficina con un ademán de la mano y ellos salieron mientras él empezaba a recitar las lecturas de presión barométrica registrada en Point Adélie en las últimas veinticuatro horas.
Hirsch y Wilde se demoraron en el recibidor de la entrada para tomarse un respiro y analizar cuanto acababan de hablar. Michael andaba al borde del ataque de nervios, y se sentía como si las venas fueran cables de alta tensión por los que circulara la electricidad.
—Bueno, ¿cuándo podrías hacer la prueba de esa transfusión?
—Sólo necesito otro par de horas en el laboratorio. Tendré el suero preparado para entonces.
—Pero estamos rodeados de hielo —le recordó Michael, temeroso.
—Con el cual ellos nunca deben entrar en contacto. Deberían salir de la enfermería y del almacén de carne ya metidos dentro de las bolsas. ¿Cuál es la alternativa? ¿Acaso planeas supervisar tú el procedimiento en Miami? —Michael sabía que eso nunca funcionaría. Hirsch continuó—: Si van a tener una mala reacción, más vale saberlo ahora, antes de cerrar las bolsas y subirlos al avión.
—¿Con quién probamos primero? ¿Con Eleanor?
—Eso fijo. Por lo que sé del tal Sinclair, quizá necesite un poquito más de persuasión.
Darryl estaba a punto de darse la vuelta para marcharse cuando Michael le agarró por el codo.
—¿Crees que funcionará? ¿Piensas que Eleanor se curará?
El biólogo vaciló y se lo pensó.
—Si todo sale bien —contestó, sopesando cada palabra—, tengo la esperanza de que Eleanor y Sinclair sean capaces de llevar una vida completamente normal. —Hirsch sostuvo la mirada de Michael igual que antes Murphy había aguantado la suya—. Siempre y cuando consideres normal la vida de una serpiente que sólo puede calentarse tendida al sol. Lo más probable es que con alguna inyección más de refuerzo Eleanor no vuelva a experimentar la necesidad que siente ahora, pero el contagio durará hasta el fin de sus días.
Esas palabras pesaron como losas en el corazón de Michael.
—Pero otro tanto le ocurrirá a Sinclair y ninguno representará un peligro para el otro ni para los demás —añadió el pelirrojo, como si eso mejorase las cosas.
Michael asintió en silencio, fingiendo que él también veía la simetría y la ecuanimidad de la situación, pero eso no hacía que las piedras fueran menos pesadas.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 12:44 pm

Nanis!!!! y además llegas a punto, que estamos en el final!!!! XD

Silvia, si entre hoy y mañana me da tiempo de copiar los 2 últimos caps, para mañana podemos ponerlos todos jeje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:17 pm

Ranguitos.
Nanis, hola. No sabía que andabas por aquí.
Gemma, si quieres, yo ya subo mis dos capítulos ahora y cuando puedas los subes.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:25 pm

siiiii, ya casi tengo el cap 54 ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:32 pm

CAPÍTULO CINCUENTA Y DOS
Transcrito por Tibari
26 de diciembre, 11:20 horas


—VIAJÁBAMOS SIEMPRE BAJO NOMBRES falsos y los cambiábamos con cierta regularidad —dijo Sinclair—. Se convirtió en una especie de juego, si se le puede llamar así, elegir cómo nos llamaríamos en San Remo o en Marsella o dondequiera que fuéramos a ir.
Lawson estaba petrificado y Sinclair eligió algunos avatares de los episodios más dramáticos de su viaje y los exageró; así, le habló de las incursiones a medianoche a través de gargantas montañosas, cómo habían logrado huir por los pelos cuando las autoridades locales empezaban a recelar y las grandes apuestas en los casinos como forma de sufragar sus viajes.
Al mismo tiempo, tuvo la picardía de no sacar a colación los aspectos más vergonzosos y los episodios más terribles, generalmente relacionados con la búsqueda de sangre fresca. No, no había necesidad alguna de entrar en esos detalles escabrosos, y además, el tiempo no dejaba de correr.
El turno de guardia cambiaría en un par de horas y volvería a entrar de servicio el desconfiado Franklin. Si Sinclair iba a efectuar ese movimiento y quería disponer de un buen margen de tiempo hasta que alguien descubriera su fuga, debía actuar ahora.
—Desde Marsella continuamos viajando hacia el oeste. Eleanor cayó enferma en Sevilla, y se me ocurrió que tal vez el aire del mar la reviviría, así que viajamos hasta un pueblecito de la bahía de Cádiz. Ahora no lo recuerdo con exactitud, pero lo identificaré si vuelvo a oír el nombre…
Lawson consultó el atlas y aventuró:
—¿No sería Ayamonte?
—No, no es ése. Me suena que era más largo y estaba subiendo desde la costa hacia Lisboa.
—¿Isla Cristina?
—Tampoco —contestó Sinclair, que ladeó la cabeza y simuló concentrarse en un intento de recordar—, pero creo que si lo viera allí…
El guardia se levantó del cajón de embalaje en cuanto tuvo el atlas abierto por la página correcta y se acercó hacia el prisionero. Éste se preparó para actuar.
Lawson depositó el atlas en el regazo de Sinclair, quien reaccionó deprisa y, antes de que tuviera tiempo de retirarse, preguntó con la mayor de las inocencias:
—¿Dónde estamos exactamente en este mapa?
—Justo aquí —respondió Lawson, señalando la línea amarilla que había trazado en la página.
Y mientras él fijaba los ojos en el mapa, Sinclair alzó la botella de cerveza que había ocultado y la estrelló limpiamente en la coronilla del incauto.
Lawson cayó de rodillas, pero si el prisionero inglés esperaba haberlo dejado grogui con el botellazo, se llevó un gran chasco. Aquel maldito pañuelo anudado a la cabeza había amortiguado el golpe, así que le asestó otro. La botella se hizo añicos, dejando un rastro de sangre, pero Lawson seguía consciente e intentaba escabullirse a gatas.
Sinclair debió reaccionar deprisa, pues estaba encadenado a la tubería de la pared y eso apenas le permitía alejarse unos metros de su posición. Enlazó la cabeza del herido con los grilletes de las manos y tiró de él hacia atrás, arrastrándole hasta el catre. Por suerte, el golpe había dejado tan aturdido a Lawson que éste apenas pudo ofrecer resistencia. El inglés le enrolló bien los grilletes a la altura de la tráquea y tiró con fuerza. Lawson se llevó las manos al cuello en un intento de quitarse la asfixiante presa de la cadena, pero Copley tiró más y más hacia atrás, hasta que las manos de su víctima colgaron sin fuerzas a los costados y dejó de patalear con los pies, calzados con esas botas que tanta admiración suscitaban en Sinclair.
A pesar de eso, el cautivo le retuvo durante unos segundos más como medida de precaución, y después le soltó, dejando que la cabeza de Lawson se desplomara hacia delante.
Sucedió una cosa curiosa: el atlas permaneció abierto sobre su regazo todo el tiempo que duró el forcejeo. Sinclair lo apartó mientras dejaba que el carcelero se desplomara sobre el suelo y luego se arrodilló junto a él y pegó el oído al pecho para verificar que seguía vivo. El corazón aún le latía.
Había estado antes en esa situación y por un momento, como una marea de sangre, le abrumó la urgencia de aprovechar la ocasión para alimentarse, pero no era el momento ni tenía el deseo de matar a ese hombre.
Puso los labios sobre los de Lawson y sopló tal y como había visto hacer a los marineros con los soldados que se habían caído al agua durante el chapucero desembarco que tuvo lugar en bahía Calamidad. Luego, le presionó el abdomen hasta que le vio recuperar la cadencia normal de respiración.
Antes de que pudiera recuperar el sentido, Sinclair le registró los bolsillos hasta encontrar las llaves de las esposas, aunque abrirlas resultó un trabajo delicado, en especial porque tenía el pulso muy acelerado ante la posibilidad de recuperar la libertad, tener unas botas nuevas y… encontrar a Eleanor.
26 de diciembre, 11:30 horas
—¿Intentas disuadirme? —le preguntó Eleanor a Michael, mirándole fijamente a los ojos.
—No, por supuesto que no —negó Michael al tiempo que acercaba la silla un poco más a la cama donde ella estaba sentada y le aferraba las manos con más fuerza—. Temo por ti, pues esto entraña un riesgo, un riesgo grave.
La preocupación del joven la conmovía profundamente, pero apenas había habido nada arriesgado ni un peligro mortal desde hacía mucho tiempo. Alzó una mano y le acarició una mejilla.
—La elección es mía y mío es el riesgo, y lo acepto. No quiero seguir viviendo en las sombras si voy a seguir adelante. Quiero una existencia de la que no deba avergonzarme. ¿Lo entiendes, verdad?
Pudo ver que Michael sí lo comprendía, pero en cierto modo sentía más aprehensión que ella misma. Eleanor no le temía a la muerte después de todo por lo que había pasado durante el largo intervalo de su vida. Además, hacía tiempo que se habían ido todas las personas que conocía, su familia y sus amigos, así que ¿podía ser su vida aún más solitaria?
Y en cuanto a Sinclair, incluso si al fin se reunían, ¿qué iba a ser de ellos? Todo cuanto podían hacer, y de eso estaba convencida en lo más hondo de su ser, era compartir una soledad absoluta lejos del resto de la humanidad.
—Entonces, ¿voy en busca de Darryl y Charlotte? —preguntó Michael.
Ella asintió con la cabeza.
Él se marchó y Eleanor se quedó rumiando un torbellino de emociones. Sin querer, a pesar de sí misma, debía admitir que habían renacido en ella ciertas esperanzas y una expectativa de redención y, aunque a regañadientes, sabía que eso obedecía en parte al modo en la que miraba Michael Wilde.
Y a cómo reaccionaba ella, a cómo le devolvía esas miradas.
La puerta de la enfermería se abrió otra vez al cabo de varios minutos y esta vez Michael acudió acompañado por dos personas más. Darryl, cuyo pelo era de un rojo brillante más intenso que la cresta de un gallo, traía consigo una bolsa llena de fluido, y Charlotte también venía con una bandeja llena de objetos: rollos de algodón, agujas, alcohol y ese vendaje que se adhería tan bien a la piel.
Eleanor había visto varias veces la bandeja y se conocía el procedimiento al dedillo.
La doctora se sentó en la silla que Michael había dejado vacante y depositó la bandeja sobre la cama. Eleanor se subió una manga abullonada y observó cómo Charlotte le ajustaba el torniquete de goma.
—¿Te ha advertido Michael de los peligros de tocar el hielo? —inquirió Darryl mientras Charlotte pinchaba en la bolsa una jeringuilla inusualmente larga e iba llenándola.
—Varias veces.
—Genial. Estupendo —repuso el biólogo, un tanto nervioso—. Tal vez notes cierto sofoco al principio a causa de la súbita sobrecarga de glicoproteína, pues vamos a ponerte una solución concentrada bastante fuerte, pero ese efecto debería pasar bastante deprisa.
Charlotte miró de reojo a Darryl y limpió un área del antebrazo con algodón humedecido en alcohol.
—Estoy preparada para cualquier cosa y tengo una fe ciega en mi médico —contestó ella.
Y era totalmente cierto. Una vez pasada la sorpresa inicial había llegado a tener una gran opinión de la doctora Barnes, pues poseía al mismo tiempo una naturaleza amistosa y tranquilizadora. Eso era algo que también había visto en Florence Nightingale: una habilidad para conectar con cada paciente y transmitirle calma y comprensión. Ninguna mujer negra hubiera podido ser médico en sus días: la barrera del color lo habría impedido de no haber existido el impedimento del sexo, pero en este mundo moderno al que Eleanor estaba a punto de unirse, muchas cosas antes inconcebibles eran ahora manifiestamente posibles.
Apenas notó el pinchazo de la aguja, pero el efecto del fluido al entrar en el flujo de su sangre fue inmediato. Lejos de sentir cierto acaloro, experimentó una extraña sensación refrescante, como si debajo de su piel fluyera un arroyo de montaña. Charlotte levantó los ojos del brazo y la miró, todavía sin soltar la jeringuilla.
—¿te encuentras bien? —preguntó.
—Sí, eso creo —contestó ella, pero ¿lo estaba? ¿Qué sucedería cuando el escalofrío que ahora se extendía por su brazo llegara al corazón?
—¿Qué sientes? —preguntó Darryl. Michael, mudo de espanto, se limitó a arrodillarse a los pies de la cama y estudiar su rostro.
—No se parece a nada que haya experimentado antes —replicó Eleanor—. Tal vez se parezca un poco a darse un baño de agua fría.
Unas gotas de sudor frío le perlaban la frente cuando Charlotte retiró la aguja y se apresuró a presionar el lugar donde le había pinchado.
—Lo mejor sería que permanecieras aquí tendida —opinó la doctora mientras dejaba caer la jeringa en la bandeja; luego, ayudó a Eleanor a apoyar la cabeza sobre la almohada.
Eso le vino bien a la muchacha, pues las paredes de la estancia empezaban a darle vueltas. Cerró los ojos, lo cual sólo empeoró la sensación de vértigo. Al abrirlos de nuevo, vio a Michael justo encima de ella. Concentró la mirada en el rostro del joven. Éste le había cogido la mano y ella fue capaz de notar cómo el sudor nervioso que le humedecía la mano a él se entremezclaba con su propio sudor helado.
Charlotte y Darryl permanecían de pie junto a él, y también parecían ansiosos. Eleanor se sintió conmovida al comprender que había sido capaz de encontrar tres amigos en aquellos parajes inhóspitos tan extraños. Eso le reforzó la moral y dio alas a sus ganas de vivir.
Tal vez la soledad en que había vivido desde que se había fugado con Sinclair de aquel hospital militar en Turquía no tuviera por qué ser algo permanente después de todo. Tal vez existiera una alternativa.
La gelidez interior se extendió por los brazos y los pechos. El hormigueo de la piel era una sensación muy parecida al modo en que abrían los pétalos de una flor nocturna.
Michael trajo una manta y la arropó en cuanto ella sufrió otra tiritona. Eleanor no pudo evitarlo: la escena le recordó mucho al viaje a bordo del Coventry, la travesía de aciago recuerdo que había terminado en el Polo Sur, y la noche en que Sinclair le había puesto encima todas las mantas y abrigos que logró encontrar… antes de que les atacara la tripulación del barco.
Luego, la sacaron del lecho y la cargaron de cadenas en la bamboleante cubierta.
Alguien le puso sobre los ojos una compresa caliente y, mientras yacía allí, se preguntó cómo sería su vida después de superar ese experimento totalmente nuevo, si es que vivía para contarlo, claro.
Michael arrastró a Darryl hacia la puerta y le preguntó con un hilo de voz:
—¿Qué le pasa? ¿Podemos hacer algo más por ella?
—A estas alturas de la película, dudo que podamos hacer algo más por ella —le contestó el biólogo—. La inyección va a tardar un tiempo en hacerle efecto. Transcurrirá media hora, tal vez una hora, antes de que la solución se extienda por su sistema circulatorio y haga su papel. Lo sabremos mejor dentro de un rato.
Charlotte se acercó al lecho y le tomó el pulso.
—Va un poquito acelerado, pero aguanta bien —anunció.
Acto seguido, sacó el tensiómetro, ciñó el brazalete en torno al brazo de Eleanor y lo infló mediante una pequeña bomba de aire. Los números del indicador electrónico se detuvieron en 18,5 y 12. Hasta Michael sabía que era una tensión altísima.
—Vamos a tener que bajarle esa tensión si no lo hace por su cuenta en breve —comentó mientras ponía el estetoscopio sobre el pecho de Eleanor y verificaba el ritmo cardiaco—. ¿Cómo te sientes?
—Mareada.
Charlotte asintió y frunció los labios.
—Tú sólo intenta relajarte —le contestó mientras retiraba el tensiómetro, y agregó—: Descansa.
—Sí, doctora Barnes —respondió ella; la voz le falló al final.
—Llámame Charlotte, cielo, creo que ya nos conocemos como para tutearnos. —Deslizó un pulsador debajo de la mano de la muchacha—. Estaré en la puerta contigua. Apriétalo si me necesitas.
Charlotte retiró la bandeja de la cama y obligó a los dos hombres a salir de la habitación. Michael miró hacia atrás por última vez. Eleanor yacía con una compresa sobre los ojos y la larga melena extendida; de hecho, tocaba el borde dorado del camafeo de marfil.
—Vamos, fuera, estoy segura de que va a encontrarse bien.
Pero Michael detectó una nota de inseguridad en su voz.
—Tal vez debería quedarme a velarla —sugirió.
—Tienes que hacer las maletas, así que ponte a ello.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:35 pm

CAPÍTULO CINCUENTA Y TRES
Transcrito por Tibari
26 de diciembre, 12:45 horas

A MICHAEL LE RESULTÓ fácil hacer las maletas: se limitó a sacar las ropas del cajón de la cómoda y meterlas de cualquier manera en el petate, donde las apretó de la forma más compacta posible. El equipo fotográfico le llevó más tiempo. Era necesario proteger las lentes, los filtros y las correas en sus estuches correspondientes. Había aprendido tras varias amargas experiencias que si no los guardaba en su sitio, no los tendría a mano cuando se presentara la oportunidad de hacer la foto perfecta. Escribir es algo deliberado, pero la fotografía tenía mucho más que ver con la casualidad.
Únicamente dejó fuera un trípode y su fiel y vieja cámara Canon S80. No quería abandonar la base sin hacerle las últimas fotos a Ollie, al que pensaba darle cualquier cosa que pudiera coger del bufé de la festividad. Y para llevar la contraria, el tiempo estaba perfectamente en calma, soleado y brillante. Michael sabía que esa calma antecedía a la tormenta en ciernes de la tarde siguiente.
Mientras limpiaba la parte superior de la cajonera, recogió el collar de dientes de morsa y se lo puso. No planeaba quitárselo hasta que pudiera dárselo a la viuda de Erik en persona.
En Miami.
Adonde él llegaría, con mucha suerte, en un par de días.
Se descubrió a sí mismo, inmóvil, al lado de la litera, contemplando simplemente la enormidad de las tareas pendientes. Había que ver todo lo que era necesario poner en movimiento: inocular la droga a Sinclair, y luego convencer a ambos de que la única manera de sacarlos de la Antártida era sellados en bolsas y transportados por avión —¡en una máquina voladora!— a lo largo de miles de kilómetros en cuestión de horas. ¿Y adónde? A un país donde ninguno de los dos jamás había puesto el pie, en un siglo que apenas conocían.
Había tantas partes del plan que encontraría imposibles de creer que ni siquiera sabía por dónde empezar. ¿Y cuántas partes había también que él encontraba difíciles de asumir? ¿Es que realmente iba a hacer de carabina de ellos dos en el mundo moderno? Si lo pensaba, le caía encima una especie de parálisis mental. ‹‹Un viaje de mil kilómetros comienza con un primer paso››, se recordó a sí mismo. Al verse abocado a batallar con tantos imponderables, resolvió preocuparse por las cosas pequeñas una por una.
Cuando se abrió la puerta y entro Hirsch, estaba metiendo el estuche de la cámara dentro del petate hinchado.
—¿Se sabe algo de Eleanor? —preguntó Darryl, desplomándose sobre la silla del escritorio.
—Nada desde que nos marchamos.
Darryl se estaba comiendo un gigantesco pastel de nata.
—Deberías pasarte por la sala común, han quedado montones de pasteles de Navidad y el ponche aún está caliente.
—Ah, sí, quizá lo haga, antes de que nos dirijamos hacia la despensa de carne.
Darryl asintió, chupándose la crema de las puntas de los dedos.
—¿Le has contado a Eleanor el resto de tu plan?
El interpelado negó con la cabeza.
—Todavía estoy buscando una manera apropiada de mencionar la bolsa donde los vamos a meter.
—Pues si eso te parece complicado, a ver cómo les vas a contar lo del avión.
—Ahí te voy a estar esperando.
—Charlotte tiene un estupendo almacén de tranquilizantes en su armario de medicinas. Estoy seguro de que se las apañará para endilgarles una buena dosis.
Michael estaba del todo de acuerdo con eso. Su única esperanza era que la beligerancia de Sinclair se evaporara cuando comprendiera que era el único modo de que él y Eleanor pudieran ser rescatados de la difícil situación inmediata en la que se hallaban.
¿Y confiaría él en Michael lo suficiente para seguir adelante?
Darryl se quitó las botas de dos patadas, se levantó y se arrastró dentro de la cama inferior de su litera.
—Comer me da sueño —comentó, estirando las piernas—. Anda, despiértame cuando quieras que vayamos a ver al Príncipe Azul.
—Lo haré.
Darryl estiró las piernas.
—A propósito —añadió—, ya sabes que lo que estás haciendo es una locura, ¿no?
Michael asintió mientras tiraba de la cremallera para cerrar el petate.
—Me alegra oírlo. Porque si no fuera así, empezaría a preocuparme por ti.
Eleanor se despertó sobresaltada con la imagen del rostro lleno de reproche de la señorita Nightingale justo delante de ella. Nunca había conseguido superar la sensación de culpa por haber traicionado a aquella gran dama, y a la profesión también, al fugarse con Sinclair y a menudo soñaba con poder enmendar aquello.
Sentía los miembros fríos e insensibles, incluso debajo de la manta y se frotó vigorosamente los brazos para conseguir que circulara la sangre. Se incorporó y se concedió unos minutos para orientarse; después, apartó la manta y se sentó en el borde de la cama. Estuvo a punto de ponerse en pie, pero se lo pensó mejor, ya que el sonido podía hacer que la doctora Barnes apareciera corriendo desde la otra habitación y ella no quería compañía, y mucho menos atención médica.
¿Es que ya se había curado? Porque si era así, ¿se sentiría como en ese momento, ligeramente aturdida y algo helada, para el resto de su vida? ¿Era ése el precio a pagar?
Se envolvió la manta en torno a los hombros como si fuese in chal y se dirigió hacia la ventana para apartar las cortinas oscuras. En el exterior reinaba una tranquilidad sobrenatural y se le ocurrió que parecía la calma previa a la tormenta. La nieve del suelo relucía bajo los agudos y fríos rayos del sol. Tuvo que dar un paso hacia atrás y protegerse los ojos de aquel fulgor.
Y entonces hubo algo que cruzó por delante de su campo de visión, una especie de relámpago rojo, y volvió a avanzar para acercarse a la ventana de nuevo.
Apareció otra vez, cruzando subrepticiamente y con rapidez la explanada nevada, probando por un sitio u otro. Eleanor acercó más el rostro a la ventana para verle bien y la figura se detuvo, alzó una mano para protegerse los ojos y le devolvió la mirada.
Era Sinclair, y el abrigo rojo con la cruz blanca se inflaba sobre su uniforme de caballería.
Antes de que ella pudiera levantar una mano para hacerle una señal, él echó a correr por la nieve, tropezando y cayendo varias veces, hasta que escuchó cómo se abría de golpe la puerta del edificio en el vestíbulo. La mujer se apresuró hacia la entrada de la enfermería de puntillas y cuando se encontraron, ella le puso un dedo sobre los labios y le hizo gestos para que la siguiera al interior.
Una vez dentro, cerró la puerta de acceso al vestíbulo y apenas se había dado la vuelta cuando él la estrechó entre sus brazos.
—¡Sabía que te encontraría! —le susurró. Registró rápidamente la habitación con la mirada, deteniéndose en los armarios llenos de medicamentos y preguntó:
—¿Éste es el hospital de campaña?
—Sí —respondió ella.
—¿Y aquí es donde te tienen? ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí —repuso Eleanor, intentando desembarazarse con amabilidad de su abrazo demasiado estrecho—. Pero, ¿cómo has llegado hasta aquí?
Él se desentendió de la pregunta como si tal cosa.
—Debemos irnos —la informó.
—¿Adónde, Sinclair? ¿Dónde vamos a ir? —Le sujetó las manos y clavó los ojos en los suyos, inyectados en sangre y medio enloquecidos—. Esta gente puede ayudarnos —le dijo, en tono implorante—. Ya lo han hecho conmigo, y también pueden ayudarte a ti.
—¿Ayudarte? ¿Cómo?
—Tienen una medicina —replicó ella—, una medicina que puede ayudarnos a… cambiar.
Su respiración era acelerada e irregular. Eleanor sabía que estaba soportando la tensión de aquella terrible sed. Recorrió con vehemencia la habitación con los ojos y después los posó en el frigorífico, donde había encontrado la bolsa de sangre. Seguramente allí estaría la otra bolsa, la que contenía la medicina mezclada.
—Espera —le dijo ella, dirigiéndose hacia el frigorífico y lo abrió. Había una bolsa idéntica a aquella que Charlotte había usado para llenar la jeringa, quizá podría ser hasta la misma, sobre el estante metálico. Llevaba una etiqueta en la que se leía AFGP-5. Rezó para que fuese la correcta.
—Vámonos —insistió Sinclair—. Sea lo que sea, no tenemos tiempo.
Pero Eleanor le ignoró. Si podía salvarle, lo haría, y había visto cómo procedían con la aguja las veces necesarias para sentirse segura de poder hacerlo ella misma.
—Quítate el abrigo… ¡rápido!
—¿Qué estás diciendo? ¿Has perdido la cabeza?
—Haz lo que te digo. No voy a dar un paso a menos que lo hagas.
Él se arrancó el abrigo exasperado.
Eleanor sacó la bolsa y encontró una aguja nueva en el armario.
—¡Súbete la manga! —le ordenó, mientras llenaba la jeringa.
—Eleanor, por favor, no hay esperanza ni ayuda para nosotros. Somos lo que somos.
—Calla ya —susurró la mujer—. La doctora podría oírte.
Limpió la piel con el alcohol, y le dio unos golpecitos para descubrir dónde se encontraba la vena, y luego presionó el émbolo de la jeringa como había visto hacer a Charlotte para extraer el aire.
—Quédate muy quieto —le explicó ella, insertando la aguja y después presionando el émbolo. Podía adivinar lo que debería de estar sintiendo, el helor extendiéndose por su corriente sanguínea y la liega desorientación. Cuando retiró la aguja, él pareció indemne al principio, lo cual la asustó. ¿Había usado la medicina equivocada o se la había administrado incorrectamente?
—No sé qué clase de brujería ha sido la que has puesto en práctica, pero, ¿podemos irnos ya? —insistió él, bajándose la manga y poniéndose de nuevo el abrigo por encima de la chaqueta de su uniforme. Le colgaban unas tiras de trenza dorada como borlas—. ¿Dónde está tu abrigo?
Se apresuró a entrar en la habitación contigua, donde encontró el abrigo y los guantes de la joven, y después regresó y comenzó a envolverla en ellos.
—Tengo un plan —le informó—: vamos a botar un barco de los de la factoría ballenera. Si nos rescatan en el mar…
Entonces se estremeció, desde la coronilla hasta las suelas de las botas, unas botas diferentes, por cierto, y trastabilló hacia atrás hasta el borde de la cama.
Era la medicina correcta. Eleanor suspiró aliviada. Ahora él estaría incapacitado el tiempo suficiente para que ella pudiera explicárselo todo. Se arrodilló a un lado de la cama y los faldones de su largo abrigo se extendieron por el suelo mientras ella estrechaba las manos de Sinclair entre las suyas.
—Sinclair, debes escucharme. Tienes que comprenderlo.
Él la miró con los ojos desorbitados.
—Pasa un poco de tiempo hasta que la medicina hace efecto del todo, pero cuando lo haga, no volverás a sentir la necesidad que sientes ahora. —Incluso en los peores momentos, durmiendo en sótanos o acicateando los caballos por pasos de montaña bajo un diluvio, siempre se habían referido a su enfermedad en los términos más indirectos—. Sin embargo, la doctora me ha dicho…
Él intentó intervenir y se aclaró la garganta.
—La doctora… —Pero ya no pudo continuar.
—La doctora y los otros también me han dicho que no debemos tocar el hielo. ¿Me entiendes? ¡No debemos tocar el hielo! Si lo hacemos, moriremos.
Él se la quedó mirando como si se hubiera vuelto loca de repente. Luego se echó a reír, con amargura.
—Te endilgan un cuento de hadas y te lo crees.
—Oh, Sinclair, claro que sí. Claro que me lo creo.
—Pero aquí no hay más que hielo. ¿Es que había alguna forma mejor de conseguir que fueras una prisionera voluntaria?
Eleanor inclinó la cabeza, desesperada.
—No somos sus prisioneros y ellos no son nuestros captores. Esto no es la guerra.
Cuando alzó la mirada, vio que para Sinclair sí que lo era, y que siempre sería la guerra. Incluso aunque la necesidad física se aplacara, la enfermedad había hundido sus raíces tan profundamente dentro de su alma que no habría forma de extraerla de ningún modo, nunca. Incluso entonces, con el sudor perlándole la frente y la piel húmeda al tacto, se irguió tambaleante y obedientemente, como si hubiera sonado una corneta, se puso el abrigo y los guantes. Ella esperó, rezando para que la medicina le hiciera efecto del todo, pero él parecía estar usando toda su fuerza de voluntad para combatir sus repercusiones.
—¡Sinclair!, ¿has escuchado una sola palabra de lo que te he dicho? No podemos salir de aquí sin protección.
—Entonces, por el amor de Dios, ¡abróchate ya! —replicó él, agarrando la manga de su abrigo. Eleanor apenas tuvo tiempo de coger el broche de la mesilla de noche antes de que él la arrastrara hacia la salida de la sala de enfermos—. Hace un día estupendo ahí fuera.
Avanzó pesadamente por el pasillo y abrió la puerta de un golpe hacia la rampa exterior. La luz del sol relumbró sobre la nieve y el hielo, y Eleanor sacó las gafas del bolsillo del abrigo y se las puso instintivamente.
—Los perros ya están uncidos al arnés —comentó, satisfecho—. Es de lo primero de lo que me he asegurado.
¿Lo había hecho? ¿Cuánto tiempo llevaba rondando el campamento?
Bajó la rampa con mucha dificultad con Eleanor a la zaga cuando repentinamente se detuvo y exclamó:
—De todos los estúpidos y malditos estorbos…
Eleanor se había echado la capucha sobre el rostro y la había ajustado cuidadosamente cuando al mirar por debajo de ella percibió a Michael de pie a unos cuantos metros, con la boca abierta, la mandíbula casi desencajada y con un aparato de metal negro con tres patas bajo el brazo. Parecía intentar encontrarle sentido a lo que estaba viendo.
—Si yo fuera tú —dijo Sinclair—, me daría la vuelta ahora mismo y echaría a correr.
Los ojos del periodista se dirigieron directamente a los de Eleanor, a la búsqueda de alguna respuesta.
El teniente apartó uno de los faldones del abrigo mostrando el sable que colgaba de su costado, pero cuando intentó avanzar de nuevo, Michael le bloqueó el camino con rapidez.
—¡Buen Dios, tengo prisa! —explotó Sinclair, como si estuviera echándole una bronca a un chico de los establos algo retrasado. Soltó el brazo de Eleanor para sacar la espada de la vaina.
—Y ahora apártate de mi camino —repuso, blandiendo el sable bajo el resplandor del sol polar—, o te derribaré justo ahí donde estás.
—Michael —intervino la mujer—, ¡haz lo que te dice!
—Eleanor, ¡no debes salir fuera! ¡Tienes que volver adentro!
El intercambio de frases irritó a Sinclair, cuya mirada pasó de uno a otro con ojos relampagueantes, pero ardía con una fría furia cuando la fijó en Michael.
—Quizá es que he estado ciego —comentó mientras avanzaba hacia el periodista, apuntándole con la punta del acero.
Para el espanto de Eleanor, el reportero no se retiró, sino que alzó el artilugio metálico —con sus tres patas, como el caballete de un artista— y lo enarboló como si fuera un arma.
Era una locura, pensó ella, una completa locura.
—Tú puedes marcharte —le dijo el reportero, manteniendo su puesto—. No voy a intentar detenerte, pero Eleanor se queda.
—Así que de esto va la historia —se burló Sinclair—. Eres más estúpido de lo que pensaba.
—Quizá tengas razón —repuso Michael, dando un paso hacia delante—, pero así están las cosas.
El teniente hizo una pausa, como si estuviera reflexionando, y, de repente, arremetió contra Michael, con la espada silbando en el aire. La hoja chocó contra las patas del trípode, y le arrancaron unas chispas azules que revolotearon en el aire. Michael retrocedió, pero siguió luchando para frenarle.
Sinclair avanzó, acosándole con la punta de la espada, haciéndola girar en pequeños círculos. Eleanor se dio cuenta en ese momento de que su teniente tenía una herida en la nuca, donde alguien le había cortado el pelo para curarle la herida.
Michael fintó con el trípode, empujando a Sinclair con él, pero éste le respondió rechazándolo hacia un lado y continuó avanzando hacia él.
—No tengo tiempo —comentó—, así que tendrá que ser rápido.
Lanzó un par de tajos y al tercer golpe arrancó el trípode de las manos del reportero, que cayó con un ruido metálico contra el suelo duro. Michael se arrastró por el suelo buscándolo, ya que no tenía otra arma a mano, mientras el teniente alzaba el reluciente sable por encima de su hombro izquierdo para descargar el golpe fatal.
En ese momento se oyó un grito escalofriante y Charlotte, envuelta en una bata de seda verde y con las trenzas bailoteando alrededor de la cabeza, se lanzó por la rampa hacia abajo y le empujó.
El teniente trastabilló hacia delante, a punto de perder el sable, pero luego se giró, descargando el golpe en su nuevo atacante. La doctora recibió el impacto en la pierna y cayó, mientras su sangre se derramaba sobre la nieve.
Éste fue el turno de gritar de Eleanor, pero antes de que pudiera acudir en ayuda de Charlotte, Copley la cogió de nuevo por la manga del abrigo.
—¿Podrás soportar la separación? —le recriminó, lleno de furia, y la arrastró hacia el barracón de los perros.
Ella lo acompañó por su propia voluntad, aunque sólo fuera para darles a Michael y a Charlotte tiempo suficiente para escapar.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:37 pm

wiiii ranguitos!!! enseguida que tenga el siguiente lo pongo ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:56 pm

Ok.

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