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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Tibari

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 5:56 pm

Por cierto... quiero mi raja.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 6:22 pm

Capítulo 54
Transcrito por Gemma

26 de diciembre, 3:00 horas

MICHAEL SE ARRODILLÓ JUNTO a Charlotte e intentó evaluar la magnitud de la herida.
—No tiene mala pinta —aseguró la doctora, sentándose y haciendo un gesto de dolor—. Sólo ha afectado a la carne.
—Te ayudaré a volver a la enfermería.
—Puedo llegar por mis propios medios —replicó ella—. ¡Ve a por Eleanor!
Pero le cedieron las rodillas cuando intentó ponerse en pie y Wilde tuvo que pasarle un brazo por la cintura para ayudarla a subir la rampa y entrar en la enfermería. Cuando pudo sentarla en una silla, y mientras seguía sus instrucciones para traerle el antiséptico, los antibióticos y las vendas, escuchó el tintineo de los arneses del trineo pasando justo por delante.
Al asomarse por la ventana, vio a Sinclair con su chaqueta roja y dorada de pie sobre los patines. Llevaba un pasamontañas y unas gafas; aparentemente había aprendido pronto cómo sobrevivir al tiempo en la Antártida. Eleanor estaba arrebujada en el compartimento de carga de brillante color naranja, con la cabeza abatida y la capucha ajustada, cuando el trineo pasó por allí con un fuerte ruido de siseo.
—Dime que ése era Santa Claus camino de su casa —bromeó Charlotte, empapando u algodón en antiséptico.
—Se dirigirá hacia la vieja estación ballenera —repuso Michael—. No hay otro sitio adonde puedan ir, especialmente ahora que se avecina una tormenta.
—Vete rápido —le insistió Charlotte de nuevo—, pero pídele primero un arma a Murphy. —Se encogió al aplicarse la torunda a la pierna—. Y llévate refuerzos.
El periodista le dio un confortador golpecito en el hombro y le dijo:
—¿No te ha dicho nadie que no se debe empujar a un hombre con una espada en la mano?
—Está visto que nunca has trabajado en el turno de noche de urgencias.
Michael regresó corriendo por el vestíbulo, pero en vez de alertar a nadie más se dirigió directamente hacia el cobertizo que hacía de garaje. Reunir una partida llevaría tiempo y un arma sólo serviría para que terminara herido quien no debía. Además, sabía que podía alcanzarlos usando la motonieve. La única cuestión era si podría cogerlos antes de que Eleanor se viera fatalmente expuesta al hielo.
La primera motonieve que encontró fue una Artic Cat de color negro y amarillo, y se montó en ella de un salto, comprobó el indicador de combustible y arrancó el motor. El vehículo salió disparado del cobertizo, saltando salvajemente sobre la nieve resbaladiza, tanto que Michael estuvo a punto de salir despedido. Tuvo que frenar un poco, al menos hasta que estuviera fuera de la base, pero cuando dobló la esquina del módulo de administración casi se echó encima de Franklin. Éste se apartó de un salto y se libró de ser atropellado por muy poco.
—¡Ve a la despensa de la carne! —le gritó Michael por encima del rugido del motor—. ¡Comprueba cómo está Lawson!
Michael odiaba pensar en lo que podría haber sucedido allí, pero estando Sinclair libre, desde luego, no podía ser bueno.
Una vez que rebasó la explanada principal, el reportero aferró con fuerza el manillar y aceleró la máquina, aunque con una mano debía mantener ajustada la capucha para que no se le fuera hacia atrás. Muy lejos, adelante, percibió el uniforme rojo del teniente y el naranja reluciente del trineo, mientras los perros aceleraban a través del hielo y la nieve. «Por favor», rogó, «que la piel de Eleanor esté bien cubierta».
Wilde vio que el teniente había colocado los perros en parejas en vez de en forma de abanico con traíllas más largas, y él sabía que hacer eso era particularmente peligroso en las condiciones actuales. Estando los perros tan cerca unos de otros, era fácil que al cruzar algún frágil puente de hielo, el peso de todo el trineo lo hiciera ceder, cayendo primero los perros y luego el mismo vehículo, que se vería arrastrado hasta las profundidades sin fondo de la grieta.
Sin embargo, a él mismo le podía pasar algo parecido. Por eso, intentó permanecer en el trazado que marcaba el trineo, aunque no resultaba fácil. El resplandor plateado del terreno era molesto y penetrante, y la avalancha de hielo y nieve que arrojaban los patines delanteros de la Artic Cat volaban hacia atrás, de modo que se adherían al parabrisas y a los cristales de sus gafas.
Conforme se acortaba la distancia entre ambos, el reportero comenzó a preguntarse qué iba a hacer cuando los alcanzara. Se devanó la cabeza, preguntándose qué podría haber en el compartimento para emergencias de la motonieve. ¿Un botiquín? ¿Algunas cuerdas de nailon? ¿Un GPS? ¿Una luz de emergencias?
Y entonces recordó cuál sería el artículo esencial que habría con seguridad: una pistola de bengalas.
Un teniente de lanceros no conocería la diferencia entre ésa y una pistola real.
El trineo giraba literalmente hacia la costa, y el reportero vio cómo Sinclair volvía la cabeza, consciente ahora de que le perseguían. El sol incidió sobre sus gafas y las charreteras doradas, así como en los faldones escarlatas de su chaqueta, que se agitaron al viento como la cola de una zorra. El pasamontañas negro le daba un aspecto menos parecido a un soldado que al de un ladrón en plena huida.
El deslizador estaba dando la vuelta en ese momento alrededor de un nunatak o pico montañoso negro como el carbón y el peligro se hizo entonces aún mayor, especialmente si Sinclair no lo descubría. Solían formarse bastantes grietas en torno a la base de aquellos salientes rocosos e incrementaban en número y profundidad conforme el glaciar se aproximaba al mar. El teniente continuaba dirigiéndose hacia la costa, sin duda, porque le facilitaba la orientación. En la Antártida era difícil juzgar las distancias, así como las direcciones, ya que apenas había puntos de referencia útiles, y el paisaje mantenía el mismo aspecto a veces incluso durante cientos de kilómetros. El sol, que en esa fecha estaba justo encima de sus cabezas, tampoco servía de mucho. Las sombras se quedaban pegadas a los talones de la gente como perros obedientes.
Michael estaba dividido entre el deseo de adelantar enseguida al trineo para forzar un enfrentamiento sobre un hielo inestable y la conveniencia de esperar hasta que hubieran alcanzado el suelo sólido de Stromviken, mas ése era el terreno del teniente y quién sabía las ventajas que podría extraer de él una vez que llegaran allí.
El inglés se vio obligado a disminuir la velocidad del trineo. Wilde aguzó la vista y descubrió los bloques recortados de un campo de seracs alzándose del terreno, como si un tenedor gigante hubiera estado revolviendo el suelo con sus púas. Los perros buscaban un camino alrededor del obstáculo, y Sinclair se inclinaba sobre el asidero, urgiéndoles a continuar.
Michael limpió el hielo y la nieve de sus gafas y agachó la cabeza detrás del parabrisas. Unas tenues nubes blancas se extendían como muselina por todo el cielo, tapando la luz del sol y haciendo caer la temperatura unos cuantos grados más, hasta detenerse a treinta grados bajo cero. La motonieve se acercaba rápidamente al trineo, tanto, que podía ver el sable del teniente golpeándole en el costado y la cabeza de Eleanor, bien envuelta en la capucha, que sobresalía ligeramente de la cesta del deslizador.
El teniente se volvió de nuevo cuando escuchó el rugido de la Artic Cat y gritó algo que Michael no logró escuchar, aunque dudó que fuera una oferta de rendición. Si algo sabía con certeza de Sinclair era que la voluntad de aquel hombre resultaba indomable.
Pero entonces, sin aviso alguno, vio cómo la nieve comenzaba a hundirse bajo el trineo. Se oyó un aullido salvaje y aterrorizado proveniente de los perros y Michael observó con horror cómo desaparecía el puente de nieve y los primeros animales se perdían de vista. Conforme se abría el abismo, las parejas de perros que les seguían se pusieron a ladrar enloquecidos, pero cayeron igual, porque estaban unidos al mismo tiro. El trineo, también, comenzó a mecerse como una canoa en los rápidos, con los patines chirriando en el hielo, y al final se inclinó de lado hacia la grieta.
El reportero aceleró hasta un serac cercano y frenó con brusquedad, patinando hasta detenerse. Cuando saltó de la motonieve y se quitó las gafas, vio como el trineo oscilaba al borde de la grieta, mientras Sinclair hundía los pies en el freno y mantenía el equilibrio a duras penas. Michael sabía que la fisura se extendería en cualquier dirección a partir de allí, incluso bajo sus propios pies, pero no tenía un bastón de esquí con el que evaluar el estado de la nieve. Todo lo que podía hacer era acercarse de forma indirecta y esperar que todo saliera bien. Abrió el compartimento de carga de la motonieve y cogió la cuerda y el equipo, pero antes de que pudiera avanzar unos metros, la parte trasera del trineo se alzó en el aire como la popa de un barco al hundirse, con el teniente aún aferrado a los manillares, y después de un segundo o dos de vacilación, se deslizó fuera de su vista.
—¡Eleanor! —gritó el reportero, desentendiéndose de todo tipo de precauciones e intentó acercarse, tropezando a través de la nieve y el hielo, escurriéndose y deslizándose la mayor parte del camino. Cuando se acercó al borde de la grieta, se puso a cuatro patas y se arrastró hasta el borde, aterrizando ante lo que podría encontrarse.
La grieta era un agujero de hielo de un intenso color azul, pero el deslizador había caído apenas a unos tres metros o tres metros y medio, antes de atascarse entre las estrechas paredes. Los perros colgaban por debajo, como adornos terribles. Los que aún quedaban vivos se retorcían en sus collares y arneses, y su peso y los movimientos amenazaban con hacer caer también al trineo.
—¡Corte las correas, Copley! —gritó Michael—. ¡Y las traíllas!
El teniente tenía un aspecto inseguro desde el punto donde colgaba en la parte trasera del trineo, pero aun así desenfundó la espada y comenzó a cortar las cuerdas enredadas que se encontraban más allá de su alcance.
Eleanor seguía acurrucada en la cestilla, con el rostro totalmente cubierto por la capucha.
Al principio sólo fue uno, luego varios, pero casi todos los cuerpos de los perros cayeron chocando contra las paredes de hielo y al final aterrizaron con golpes húmedos en el fondo invisible de la grieta. Un eco de aullidos agonizantes subió desde las profundidades del cañón azul, pero también terminaron por apagarse.
El reportero se ató la cuerda de forma apresurada bajo los brazos, hizo una lazada y la deslizó hacia el abismo.
—Eleanor —dijo, tumbado boca abajo y con sólo la cabeza y los hombros estirados hacia la grieta—, quiero que te pases esta cuerda por debajo de los hombros y después la ates a tu alrededor.
El lazo colgó como un dogal sobre su cabeza, pero fue capaz de asomarse por la capucha, alzar las manos enguantadas y cogerla.
—Una vez que lo hayas hecho —le instruyó Wilde—, quiero que salgas de la cestilla con tanto cuidado como puedas.
Sinclair cortó otra de las cuerdas y otros dos perros colgados se precipitaron hacia las profundidades de color púrpura. Aun así la parte delantera del trineo, inclinada en un ángulo ligeramente más bajo que la parte trasera, se deslizó medio metro o un metro más.
—La he atado —anunció Eleanor, con la voz amortiguada por la capucha.
—Bien. Ahora, aguanta.
No había nada que le sirviera para anclarse, una roca, la motonieve, algo a lo que pudiera atar en torno la cuerda; lo único que tenía era su cuerpo. Se sentó algo más atrás, hincó los talones de las botas en la nieve y después tiró, a pesar de las quejas de su hombro herido.
—Usa los pies, si puedes, para agarrarte a la pared y ayudarte a subir.
Ella se liberó de la cestilla y su cuerpo quedó instantáneamente colgando del borde de la grieta. La escuchó gemir y después vio cómo clavaba las puntas de sus botas negras en la pared helada. Él volvió a recoger más cuerda alrededor de su brazo y tiró más fuerte. Sentía la tensión del tendón mientras en su mente martilleaba un único pensamiento: «Ahora, no, no te rompas ahora».
Eleanor había subido ya un metro o tal vez algo más, pero las suelas resbalaron sobre la pared helada, perdió pie y se quedó colgada en el aire.
—¡Michael! —gritó, colgando sobre el trineo y el abismo que se abría a sus pies.
Wilde hundió los talones más profundamente, pero no conseguía hacer suficiente tracción; él mismo se iba deslizando hacia la fisura, con los brazos temblando de forma incontrolable. Justo cuando pensó que no iba a poder sostenerla ni un segundo más, vio cómo Sinclair se estiraba por encima de los manillares y con las manos enfundadas en gruesos guantes, las puso bajo las botas de ella y la impulsó hacia arriba. Aunque el rostro del teniente estaba oscurecido por el pasamontañas negro y las gafas, Michael podía imaginarse perfectamente su miedo y su angustia. Pero Eleanor se elevó lo suficiente para que Michael pudiera agarrar la cuerda que la rodeaba y arrastrarla fuera de la grieta.
La joven se agachó sobre la nieve, intentando recuperar el aliento, y bajo la capucha estrechamente ajustada sólo se veían sus ojos verdes, dilatados por el terror.
—¡Ponte en pie! —le dijo el reportero—. ¡El hielo! —Tenía nieve en el abrigo y sobre los mitones, y también en las botas. Con el dorso de la mano, él le quitó toda cuanto pudo, y después la puso rápidamente en pie.
—La cuerda —le instó—. Necesito la cuerda.
Pero estaba tan apretada a su alrededor que no podía soltarla. Michael volvió a asomarse por el borde y vio que el trineo se había deslizado un poco más y estaba inclinado en un ángulo aún más precario. Por ello, extendió su brazo bueno tan lejos como pudo.
—Póngase en pie en la parte superior del trineo —le dijo al teniente— y trate de agarrarse a mi mano.
Sinclair apenas podía moverse sin que el trineo volviera a deslizarse de nuevo, con los patines resbalando por el hielo. Se quitó las gafas y el pasamontañas y después de soltarse cuidadosamente el cinturón de la espada, lo apartó y lo dejó caer.
—¡Rápido! —insistió Michael—. ¡Antes de que se caiga más!
El teniente se soltó con cautela del patín trasero hasta llegar a la carcasa naranja del trineo. Con los brazos extendidos como los de un acróbata, se fue acercando centímetro a centímetro, con las botas arañando la resbaladiza superficie de la cestilla. Al final se incorporó y unió su mano enguantada a la de Michael. Sus ojos se encontraron.
—¡Vamos! —le urgió el reportero, aunque él mismo se estaba viendo arrastrado hacia el borde. El aliento le atravesaba la garganta en carne viva, como si fuera un soplete, y la nieve y el hielo que tenía bajo el brazo comenzaron a desprenderse.
Un fino polvo blanco revoloteó hacia la grieta.
—¡Le tengo! —le insistió Michael, pero mientras miraba el rostro del joven teniente cayeron sobre su mostacho y sus mejillas unas cuantas esquirlas de hielo y una expresión confusa invadió su rostro.
Copley intentó hablar, pero los labios se le recubrieron de una fina escarcha, robándoles todo el color. La lengua se le quedó rígida como un palo de madera y un brillo cristalino se extendió por sus mandíbulas, corriéndole por el cuello hacia abajo con tanta rapidez y dureza que el cuerpo se le puso rígido y los dedos perdieron fuerza.
El trineo hizo un ruido chirriante y se deslizó un metro más.
—¡Sinclair! —gritó Wilde, pero la única cosa que aún quedaba viva en él eran sus ojos y al momento también ellos se volvieron vidriosos afectados por la extensión del hielo.
El cuerpo del teniente inglés quedó allí colgado sólo un instante más antes de que el trineo se liberara repentinamente y se hundiera, con la parte delantera hacia delante, en dirección hacia el fondo de la grieta azul. Se oyeron grandes chasquidos y claqueteos y, finalmente, un gran golpe demoledor, como si una lámpara de cristal explotara en mil piezas tintineantes. Los ecos se multiplicaron por las paredes irregulares, pero el abismo era demasiado profundo para que Michael pudiera ver ningún signo del teniente, o del desastre.
Cuando finalizó la última reverberación, Michael le llamó varias veces. Pero no se oía otro sonido que el susurro del viento deslizándose por el cañón helado.
Alzo el brazo, insensible y dolorido, fuera del agujero y se dejó caer de espaldas. Sentía los pulmones como si le ardieran. Eleanor estaba allí donde la había dejado, de espaldas al viento y con los brazos apretados a su alrededor. Tenía la cabeza abatida, y la capucha firmemente ajustada al rostro, sin que se viera nada de piel expuesta a los elementos.
—¿Se ha ido? —preguntó con una voz apenas audible desde debajo de la capucha.
—Sí —repuso él—. Se ha ido.
La capucha hizo un asentimiento.
—Y no debería llorar siquiera…
Michael se puso en pie.
—… porque mis lágrimas se convertirían en hielo —finalizó.
Él acudió a su lado y le pasó un brazo por la cintura. Parecía repentinamente tan débil que pensó que se caería en la nieve, o que incluso se tiraría por su propia voluntad.
Mientras él la guiaba lentamente alrededor del borde de la grieta, ahora y para siempre una tumba desconocida, ella se detuvo y dijo algo tan bajo que no la entendió. Él no le preguntó qué había dicho, y no le pareció oportuno insistir en ello y tampoco vio lo que ella presionó contra sus labios antes de dejarlo caer al abismo azul, pero mientras caía revoloteando, en un relumbrar de oro y marfil, él comprendió qué era.
Con el sol polar sin vida pendiente sobre sus cabezas, retomaron su camino a través del campo de formas irregulares de los destrozados seracs.

fin del cap

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 6:24 pm

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 7:16 pm

Ranguito.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 7:17 pm

Por cierto, quiero mi raja

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Jun 12, 2010 11:11 pm

animo chicassss ya falta poco

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 10:26 am

Jajajajajaja o sea que me lo voy a leer de corridito [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 10:33 am

Tibari escribió:
Por cierto... quiero mi raja.
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Yo también quiero mucho la mia [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] jajajajajajaja

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 11:42 am

ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh estuve sin internet!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

ya pongo el último cap [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 11:43 am

tengo mi dragón!!!!!!!!!!!!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] mi bebé rompió el cascarón

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 11:47 am

Capítulo 55

29 de diciembre, 2:45 horas

MICHAEL APURÓ EL ÚLTIMO trago de whisky y miró por la ventana cuando se apagaron las luces de la cabina y el piloto anunció que se prepararan para el aterrizaje.
Incluso a esa hora, Miami parecía arder bajo una red de largos y relampagueantes rayos de luz que sólo se detenían ante las playas negras del océano.
La azafata recogió la taza de plástico y la botella vacía. El chico que había estado durmiendo en el asiento del otro lado del pasillo se despertó y apartó el portátil en el que no había trabajado durante horas. Le había dicho a Michael que era un «especialista en recursos», fuera lo que fuere, de alguna compañía americana que montaba una red de telecomunicaciones en Chile.
Wilde no había dormido ni una siesta durante días. Incluso en ese momento, no podía dejar de pensar en lo que yacía en la zona de carga del avión.
El chico del pasillo comentó:
—¿Cuánto nos hemos retrasado? ¿Sólo cuatro horas?
Michael asintió. Cada hora extra, cada retraso, eran cruciales para él.
Al menos, el paso de las aduanas en mitad de la noche fue más rápido de lo habitual, hasta que Michael mencionó que viajaba con restos humanos y necesitaba saber dónde debía acudir para reclamarlos.
—Le acompaño en el sentimiento, señor —le dijo el agente de aduanas—. Haga una parada cuando salga y comuníqueselo al agente de transportes internacionales. Ellos podrán ayudarle.
En la oficina de transportes, un chaval con un uniforme azul que no parecía tener edad de estar levantado tan tarde, lentamente repasó los informes de la NSF que le había proporcionado Murphy y los documentos médicos redactados por Charlotte, mientras Michael luchaba por no mostrar su impaciencia. Sabía que debía mantener la sangre fría y no hacer nada que atrajera una atención innecesaria. El chaval llamó a un empleado de categoría superior; la etiqueta plastificada que colgaba del grueso cuello del tipo lo identificaba como Kurt Curtis. Una vez verificó los papeles él mismo y volvió a comprobar el documento de identidad y el pasaporte del reportero, comentó:
—Le acompaño en el sentimiento, señor.
Wilde se preguntó cuantas veces más tendría que volver a escuchar eso.
Curtis levantó el teléfono, pulsó el botón y después masculló unas cuantas palabras dándole la espalda al reportero. Gruñó «vale» tres veces, y después se volvió a decirle:
—Si me sigue, le llevaré a la terminal de transportes internacionales. —Señalando el petate de Michael, añadió—: No olvide llevarse eso.
En el exterior, la noche de Miami le envolvió como una toalla caliente y mojada. «Acostúmbrate», se dijo para sus adentros. Eleanor jamás podría vivir en Tacoma, donde la nieve y el aguanieve eran habituales. Curtis se situó en el asiento del conductor del cochecito, mientras Michael colocaba el petate en la parte trasera y se sentaba a su lado. Debía de haber llovido en las últimas dos horas, porque el asfalto estaba mojado y había charcos por aquí y por allá de varios centímetros de profundidad. Un jet rodaba en esos momentos por la pista de aterrizaje arrojando un tornado de aire viciado mucho más caliente aún, y el rugido del motor era ensordecedor. Curtis no pareció darse cuenta, pero aceleró el coche pasando por una serie de terminales hacia un enorme hangar abierto donde había aparcada una furgoneta con el letrero «Juzgado de instrucción del condado Miami/ Dade». Una mujer pequeña con pantalones negros y una blusa blanca estaba apoyada contra la puerta, fumando un cigarrillo. Alzó la mirada cuando Michael cogió su petate y salió del cochecito. Curtis dio un volantazo y se marchó.
—¿Es usted Michael Wilde? —preguntó ella, dejando caer la colilla sobre el hormigón—. Soy María Ramírez, la mujer de Erik Danzing.
El reportero le tendió la mano y, afectado, le dijo que sentía su pérdida.
Ella se le quedó mirando atentamente con aquellos ojos oscuros y comentó:
—Un largo viaje, ¿eh?
Él sospechaba que tendría muy mal aspecto y ella se lo había confirmado.
—Sí, así es.
No podía evitar mirar alrededor, ¿dónde estaba la bolsa con el cuerpo? ¿Lo habían despachado ya o estaba aún en tránsito en algún otro lugar?
—Si está buscando la bolsa, ya está en la furgoneta.
—¿Sí? —casi se le salió el corazón del pecho, y su reacción no escapó al escrutinio de la mujer.
—Bueno —dijo ella, aplastando el cigarrillo aún humeante bajo el zapato—, antes de que llame a la policía, al FBI, al INS o a quien sea, ¿no querría usted contarme algo antes?
Se había estado preparando para ese momento durante días, preguntándose cómo le iba a contar la historia, pero ahora que ya la tenía delante, lo único que quería hacer era abrir las puertas de la furgoneta y rescatar a Eleanor.
—Lo primero de todo —dijo ella—, no sé quién viene en esa bolsa; aunque no la he abierto, sé que no es Erik. Él mide por lo menos treinta centímetros más y pesa cuarenta y cinco kilos más que quien sea que esté ahí.
—Lleva razón —le aclaró él—. No es Erik.
María pareció sorprendida por aquella capitulación tan inmediata.
—Entonces, ¿dónde está él?
Michael abatió la cabeza y dijo:
—Va a tener que conformarse con lo que yo le diga, porque lo que le voy a contar está estrictamente prohibido por la NSF. —Y entonces comenzó a relatar la historia, recordándole a María que ella había dicho que Danzing, Erik, nunca había sido más feliz que cuando estaba en el Polo y que le gustaría que lo enterraran allí. Michael le confesó que así había sido—. Pero como eso habría sido una barbaridad, pensamos que era mejor no decirle a usted nada hasta que yo pudiera comunicárselo personalmente, en privado. —En ese momento, rebuscó bajo el cuello de la camisa y se sacó el collar de dientes de morsa por la cabeza. Cuando María lo vio, los ojos se le llenaron de lágrimas—. Sé que a él le habría gustado que usted lo tuviera —concluyó él—. Siempre lo llevaba puesto.
La mujer apretó el collar en la mano, dio media vuelta y se alejó varios metros con la cabeza gacha; lloraba, a juzgar por el estremecimiento de los hombros.
Michael esperó, sintiendo cómo se le pegaba la camisa a la piel y el pelo se le adhería a la nuca. Era todo lo que podía hacer para no irrumpir dentro de la furgoneta porque había gente por allí cerca, mecánicos y un par de repartidores de equipaje, y sabía que tenía que contenerse sólo un poco más.
María se recobró y sacó un sujetapapeles de la furgoneta. El collar colgaba de su cuello cuando se volvió.
—Vale, entonces, gracias. Erik tuvo lo que quería. Le debo una. —Entregándole los papeles, le dijo—: Firme en todos los lugares donde he puesto una cruz —Había al menos una docena y cuando terminó, arrancó un par de papeles copia y se los dio—. Ahora es oficial. Erik ha regresado.
—Gracias.
—Pero todavía no me ha dicho quién viene en la bolsa.
El reportero comprendió que ésa iba a ser realmente la parte más difícil del cuento. ¿Quién le iba a creer?
—Una amiga mía —dijo—. Se llama Eleanor.
—Querrá decir que se llamaba Eleanor.
—No; está viva.
María se detuvo y lo miró evaluándolo, como si intentara decidir si debería reconsiderar creerse lo que le había contado.
—No es posible que esté en esa bolsa, no. No puede haber hecho todo el viaje desde el Polo Sur en la zona de carga.
—Así es —repuso el reportero, cogiendo a María de la mano y casi arrastrándola hacia la parte trasera de la furgoneta—. Por favor, déjeme entrar para sacarla de ahí.
Uno de los mozos de equipaje se le quedó mirando con curiosidad.
—Madre de Dios —exclamó María—, ¿está usted loco? Pero ¿qué demonios les pasa allí a ustedes?
Sin embargo, ella no le detuvo cuando él abrió las puertas traseras, se metió dentro y las cerró de nuevo.
Habían puesto la bolsa en una estantería metálica, sujeta por dos tiras de lona. Michael las desató con rapidez, susurrando todo el tiempo: «Estoy aquí, estoy aquí»; pero no salió ningún sonido de la bolsa.
Aferró la cabezuela de la cremallera en la parte superior, aquella que él había estropeado a propósito para que no pudiera cerrarse del todo, la abrió de un tirón y separó los bordes a uno y otro lado.
La mujer estaba tan inmóvil como si estuviera muerta, con los brazos a ambos costados.
—Eleanor —la llamó, tocándole el rostro con las yemas de los dedos—. Eleanor, por favor, despierta.
Él acercó la cabeza lo suficiente para sentir su aliento en la mejilla. Era frío, no cálido, y también tenía la piel helada.
—Eleanor —insistió, y esta vez le pareció que había visto cómo se le estremecían los párpados—. Eleanor, despierta. Soy yo, Michael.
Su rostro adquirió una expresión disgustada, como si le molestase que la despertaran.
—Por favor… —habló él de nuevo, poniendo una mano sobre las de ella—. Por favor. —Incapaz de resistir un minuto más, se inclinó para besarla. Pero entonces, recordando la advertencia de Darryl, puso los labios sobre sus párpados, primero uno y luego el otro. No era así como habría deseado despertar a su Bella Durmiente… pero era suficiente.
Ella abrió los ojos y fijó la vista en el techo de la furgoneta, y después se giró para mirarle a él. Durante un segundo, temió que no le reconociera.
—Tenía tanto miedo —dijo ella—, tanto miedo de que al abrir los ojos me encontrara de vuelta en el hielo…
—Nunca más —sentenció él.
Ella levantó la mano de él y se la llevó a la mejilla.


María Ramírez le hizo jurar por lo más sagrado que nunca le contaría a nadie cómo había entrado esa mujer de forma ilegal en Estados Unidos, y Michael le hizo jurar a su vez que ella jamás divulgaría el verdadero destino de los restos de su marido. Entonces, conduciendo a través de la noche bochornosa, ella les dejó en un pequeño hotel que conocía en Collins Avenue, a un bloque de la South Beach.
—Cuando necesitamos un experto forense de fuera de la ciudad —explicó ella—, le traemos aquí. Y hasta ahora nadie se ha quejado.
Michael subió a Eleanor a la habitación, apagó todas las luces y comenzó a llenarle la bañera. En el momento en que se cerró la puerta, creyó oír un sollozo sofocado desde el otro lado. Estaba dividido entre tocar e intentar consolarla o simplemente dejar que las emociones siguieran su curso. ¿Cómo podría nadie soportar lo que ella había soportado, tanto en los días como en los siglos que le habían precedido, sin venirse abajo en ningún momento? ¿Y qué le podía decir él que le fuera de la más mínima ayuda?
En vez de ello, bajó las escaleras y convenció a la anciana de recepción para que le abriera la boutique y así le compró ropa veraniega, la más recatada que logró encontrar, un vestido amarillo de gasa de manga corta y unas sandalias. La mujer, que había mirado a Eleanor como si viniera de una fiesta de Halloween, comprendió e incluso añadió un par de artículos más a la pila.
—No va a poder ponerse los bombachos debajo de un vestido como éste —le comentó, lacónicamente.
Cuando regresó a la habitación, dio unos golpecitos a la puerta del baño, la abrió unos centímetros e introdujo la bolsa de la ropa limpia. Una nube de vapor brotó del interior.
—He pensado que deberías vestirte de forma apropiada para el clima de aquí —le dijo, antes de cerrar la puerta de nuevo—. Si tienes hambre, puedo salir y traer algo de comida.
—No —contestó una voz que sonó casi sepulcral—. Ahora no.
Se dirigió hacia la ventana y abrió las cortinas con adornos florales. Se veían todavía unas cuantas luces en los edificios cercanos. Pasó un camión de la limpieza. ¿Cómo iba a poder contarle todo lo que necesitaba saber? No era sólo al hielo a lo que tenía que temer… sino también al contacto humano. Al contacto humano muy íntimo.
¿Cómo iba a contarle que aunque su sed ya no existiera, la enfermedad sí? ¿Que podía ser una amenaza para cualquiera a quien deseara abrazar?
Y ya que estábamos, ¿podría decirse eso a sí mismo?
Cuando el zumbido del coche de la limpieza se alejó en la distancia, regresó a la puerta del baño y se pasó allí la siguiente media hora intentando aliviar su sensibilidad herida. Eleanor estaba tan disgustada por lo corto y lo liviano de su vestido que no salió de allí hasta que él no le juró repetidas veces que ahora esa era la última moda y que todo el mundo iba vestido de la misma manera.
—La mayor parte del tiempo, incluso llevan menos ropa —afirmó, preguntándose qué pensaría de la primera patinadora en biquini que se encontrara. Cuando finalmente consintió, salió del cuarto de baño furiosamente ruborizada y le dejó sin aliento.
Incluso a esa hora tan temprana, Ocean Drive estaba colapsado por el tráfico y Eleanor se asustó de los autobuses que pasaban como si fueran dragones escupiendo fuego. Se le colgó del brazo como si fuera un salvavidas, ante los coches, el clamor y las luces del tráfico. Pero fuera cual fuese la calidez que hubiera absorbido en el baño, desaparecía con toda rapidez; tenía la mano helada, como notó él.
En Point Adélie, ella le había confesado que lo que más deseaba en el mundo era sentir el calor del sol sobre el rostro y él estaba deseando poder mostrarle la salida del sol sobre el océano. Acababan de pararse en un cruce de la calle, donde se les emparejó un vendedor callejero que empujaba un carrito de helados italianos, casi el único peatón que vieron a esa hora y que les lanzó una mirada esperanzada.
Michael reaccionó como si el hombre llevara dinamita, a juzgar por el modo en que apartó a Eleanor del carro. El vendedor se le quedó mirando como si se hubiera vuelto loco, pero Michael se sabía las reglas y era consciente también de que nunca iba a poder bajar la guardia. Siempre tendría que estar alerta, y cuando viniera el momento en que pudiera contarle a ella el resto del secreto, igualmente tendría que mantener la discreción ante los demás. Pero, ¿por qué molestarla, en ese extraño momento en que ella iba a volver a experimentar la felicidad, con algo que él podía cargar a solas?
Cuando cruzaron la calle y después las dunas cubiertas de maleza, el cielo parecía variar del intenso color púrpura como la tinta a un resplandor rosado. Michael la llevó hasta las altísimas palmeras, a disfrutar de la brisa del mar, y después hacia las olas. Mientras al sol subía por el horizonte, se sentaron en la arena blanca y simplemente contemplaron el paisaje. Observaron cómo ascendía el sol, convirtiendo el océano en un espejo plateado, barnizando las nubes con un matiz rubí. Los ojos verdes de Eleanor relumbraron a la luz de la mañana y cuando un águila pescadora barrió la superficie del agua, la siguió con la mirada. Fue entonces cuando él descubrió su sonrisa atribulada.
—¿Qué te pasa? —inquirió.
—Estaba pensando en algo —repuso ella, con su largo pelo castaño, aún húmedo por el baño, cayéndole sobre los hombros—, en una cancioncilla de una revista de variedades de otra época.
—¿Qué decía? —Él percibió cómo sus dedos se deslizaban dentro de su mano. Expuestos al sol de la mañana, habían adquirido algo más de calor. El águila se precipitó sobre las olas.
—Y algún día iremos a la orilla del mar —recitó ella con voz cantarina—, donde hay cocoteros tan altos como San Pablo y la arena es tan blanca como la tiza de Dover.
Su mirada se deslizó por el brillante horizonte, la amplia playa blanca, y Michael percibió algo parecido a la alegría bailoteando en sus ojos.
—Y así es —continuó ella, aún sosteniendo su mano—, aquí estamos.


FIN

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 3:42 pm

que lindo tu dragon gemma
es el ultimo capiiiiiiiii

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:06 pm

siiiiii al fin terminamos!!!!!!!! :youpi:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:06 pm

:ball:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:37 pm

Wiiiii. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
Terminamooooooos. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Coloco el capi y os lo mando a ti y a ross.
Me falta de escanear el capi 6 de la 4ª parte y el capi del juramento. Esta tarde me pongo a full y os lo envío a todas.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:37 pm

okas tibari
yo que aun no he empezado jajajajajajajj

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:44 pm

shuk hing escribió:
okas tibari
yo que aun no he empezado jajajajajajajj

Yo sólo he transcrito el exordio y el capi 1. Me imagino que en poco tiempo abriremos el tema.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 4:49 pm

creo que siii
jejejejej ya me pondre en ello la seman que viene xD

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 6:50 pm

( Rangosss!!! rangosss!!!) ¡Por finnnn!! ¡ Gracias chicas por "Sangre y hielo"!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Jun 13, 2010 7:25 pm

Annabel Lee escribió:
( Rangosss!!! rangosss!!!) ¡Por finnnn!! ¡ Gracias chicas por "Sangre y hielo"!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

Todavía tendrás que esperar a que esté en descarga... pero te lo puedes ir leyendo en el tema. Pásate por conversaciones y el tema de los dragones, estamos allí.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 17, 2010 11:28 am

hola a todas!!!!

buenas noticias ^^ el libro ya está en descargas :manga15:

y las medallitas entregadas :usagi1:


GRACIAS A TODAS!!!!!!!

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Jun 17, 2010 10:36 pm

wiiiiiiiiiiiiiiiiiii
que grandote esta uno gemma

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Jun 18, 2010 12:14 pm

jeje sip, pero lo quité para criar más XD jajajajajajajajaja :jiji:

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