Black and Blood


 
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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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Vampi
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 06, 2010 4:16 pm

Transcrito por Gemma

CAPITULO 11

21 de junio de 1854, 1:15 horas

HACÍA MENOS DE UN año que Eleanor Ames había empezado a trabajar en el Establishment for Gentlewomen during Illness destinado a atender a damas enfermas en el número 2 de Harley Street, pero el hecho de ser elegida como enfermera de noche reflejaba la confianza depositada en ella por Florence Nightingale. Le enorgullecía y complacía tener esa responsabilidad, aunque ello implicara permanecer despierta hasta el alba, y la verdad sea dicha, Eleanor disfrutaba de la relativa calma imperante durante las horas de oscuridad. Salvo la administración ocasional de algún medicamento y el cambio de alguna cataplasma sucia, sus deberes tenían una naturaleza más espiritual. Algunas pacientes angustiadas o de naturaleza impaciente en los momentos buenos empeoraban al ponerse el sol. Daba la impresión de que sus demonios personales se les metían en el cuerpo al anochecer y la tarea de Eleanor era mantenerlos a raya.
A esas alturas de la noche ya había ido a ver a la señorita Baillet, una institutriz del barrio de Belgravia, postrada en cama tras un ataque de apoplejía, y a la señorita Swann, una sombrerera aquejada de una fiebre totalmente inexplicable. Había pasado el resto de la noche ordenando el dispensario y haciendo la ronda por las diferentes estancias a fin de cerciorarse de que todo estaba bien. La superintendente Nightingale había insistido en que era imprescindible limpiar y ordenar el hospital todos los días. Repetía además la importancia de ventilar las habitaciones, dejando entrar el aire limpio, o todo lo limpio que era posible en Londres, sobre todo de noche. Se había mostrado igualmente firme en la necesidad de cambiar a diario los vendajes aplicados a cada herida y servir alimentos nutritivos en todas las comidas. Muchos círculos habían acogido con escepticismo o indiferencia las ideas de Florence Nightingale. Incluso los médicos encargados de atender a las pacientes parecían considerarlas irrelevantes e inofensivas. Sin embargo, Eleanor había llegado a abrazar los ideales de la superintendente y se enorgullecía de figurar entre las muchachas —a sus diecinueve años era la más joven de todas— aceptada en el programa de formación de enfermeras.
Cerró con llave el dispensario, sobre todo para tener a buen recaudo el láudano, pues muchas pacientes lo pedían como remedio para el insomnio, y se miró en el espejo durante un rato. Se había puesto horquillas para mantener sujeta la oscura melena debajo del gorro blanco de enfermera, pero ésta empezaba a desmandarse y tuvo que aplastar el pelo para ponerlo otra vez en su sitio. Si la superintendente abandonaba sus habitaciones en la última planta y veía a la enfermera de guardia despeinada, no le iba a hacer mucha gracia. Prestaba una atención solícita a los pacientes, cierto, pero pertenecía a esa clase de personas de las que preferirías no recibir una reprimenda.
Eleanor bajó la lámpara de aceite y salió al hall. Estaba a punto de subir las escaleras para poner en orden el solárium —la señorita Nightingale creía fervientemente en el poder sanador de la luz del sol— cuando algo atrajo su atención hacia la puerta principal. A través de los cristales de la misma entrevió cómo tres hombres bajaban de un carruaje detenido justo delante de los escalones de la entrada, y cuando miró con atención, descubrió, no sin sorpresa, que el terceto estaba subiendo la escalinata. ¿Acaso no sabían que las visitas sólo estaban permitidas durante ciertas horas de la tarde?
Al parecer, no. Avanzó hacia la puerta para evitar que llamasen, pues no deseaba que el ruido despertara a los enfermos, pero antes de lograrlo escuchó el tintineo de las campanas de la entrada y un instante después alguien martilleó con el puño la parte de madera. Atisbó a un hombre con patillas de boca de hacha cerca del cristal mirando al interior, mientras oía gritar a una voz:
—¡Auxilio…! ¿Puede prestarnos ayuda?
Descorrió los cerrojos y abrió la puerta justo cuando el extraño había alzado el puño e iba a golpear de nuevo. El peticionario era un hombre de rostro rubicundo; de pronto pareció avergonzado, y dijo:
—Disculpe la intromisión, por favor, señorita, pero nuestro compañero necesita atenciones médicas.
El camarada en cuestión vestía también el uniforme de la caballería. Se llevaba una mano al hombro mientras otro amigo le sostenía por el codo para ayudarle a mantener el equilibrio.
—Éste es un hospital sólo para mujeres, y me temo que… —repuso Eleanor.
—Somos conscientes de ello —le atajó el hombre de mofletes colorados—, pero se trata de una emergencia y no sabemos dónde más acudir.
Le resultó familiar el semblante del soldado rubio que sangraba por la herida. Vaya, era el que se la había comido con los ojos cuando se había asomado a la calle para echar los cerrojos de las ventanas aquella misma tarde.
—No hay ningún médico en el hospital, ni lo habrá hasta mañana por la mañana.
El hombretón miró hacia atrás, en dirección a sus compañeros, que le esperaban varios escalones más abajo, como si no estuviera seguro de qué querían que hiciera a continuación.
—Soy el teniente Sinclair Copley —se presentó el oficial lastimado—. Me han herido cuando salí en defensa de una mujer…
Eleanor permaneció dubitativa en el primer escalón. ¿Qué desearía la superintendente que hiciera ella? No se atrevía a despertarla, pues, al fin y al cabo, ¿no era ella, Eleanor, la enfermera de guardia? Tuvo la impresión de que eso también implicaba ofrecer asistencia a un herido.
—Para abreviar el cuento: me han disparado y necesito que alguien me cure la herida —dijo el teniente. La tenue luz de las farolas le iluminó el rostro cuando hubo subido los escalones. Había una chispa implorante en el brillo de sus ojos—. ¿No podría al menos examinar el brazo y ver si tiene a mano algún remedio hasta que pueda acudir a un cirujano por la mañana? Como puede ver —continuó mientras retiraba la mano y dejaba ver la manga ensangrentada de la casaca— es preciso hacer algo para restañar la hemorragia.
Ella permaneció en el umbral, indecisa, hasta que el tipo grandullón pareció descorazonarse y dijo:
—Vámonos, Sinclair, Frenchie. Conozco un boticario en High Street que me debe un favor.
Dicho esto, le dio la espalda a la enfermera y bajó las escaleras pisando fuerte, pero el oficial rubio no se movió. Eleanor tuvo el convencimiento de que él había acudido hasta allí para ser atendido por ella, y le salieron los colores sólo de pensarlo.
Se apartó a un lado y dejó abierta la gran puerta detrás de ella.
—Sean tan amables de no hacer ruido. Los demás pacientes están durmiendo.
Cerró con llave cuando hubieron entrado y los condujo por el gran hall. La habitación estaba helada, pues había dejado todas las ventanas abiertas para que se ventilase. Los llevó hasta las salas del recibidor, una suerte de mezcla entre una sala de estar y una consulta. Estaba provisto de butacas, lámparas con borlas y un despacho en la primera habitación. En la alcoba del fondo había una camilla de exploración rellena con crines de caballo y forrada de cuero, una pantalla de lino blanco y un buró cerrado donde había instrumental médico y una pequeña reserva de medicamentos.
—Por cierto, yo soy el capitán Rutherford —se presentó el militar rubicundo— y este otro caballero es el teniente Le Maitre, pero todos suelen llamarle Frenchie. Los tres servimos en el 17º de lanceros.
—Encantada de conocerles —replicó ella, a quien le quedó claro por los uniformes y el modo de hablar que los tres eran de alta cuna y caballeros de posibles—, pero debo rogarles de nuevo que hablen bajo.
El oficial de mayor graduación asintió y se llevó un dedo a los labios en señal de confirmación antes de retirarse y tomar asiento en uno de los butacones. Encendió la lámpara de la mesa y ajustó la mecha para luego sacar un paquete de cigarrillos y ofrecerle uno a Le Maitre. Raspó una cerilla Lucifer contra la suela de su bota para prenderla y encendió un par de Cheroutes, esos puros cortados en ambos extremos. Los dos hombres permanecieron sentados, fumando con satisfacción.
—Llévelo ahí dentro —susurró Rutherford, señalando la alcoba del fondo con un ademán de la mano—. No deseamos verle morir aquí. Los rusos quieren pegarle un tiro primero.
Frenchie soltó una carcajada, pero se llevó la mano a la boca para sofocar el ruido.
—No les haga caso —terció Sinclair con voz suave—. Se dejaron los modales en el cuartel.
Avanzó hacia la camilla y comenzó a quitarse la casaca del uniforme, pero crispó el rostro al intentarlo, pues la sangre había pegado la tela a la piel. Eleanor no había tenido tiempo de sopesar plenamente lo que estaba haciendo. Había roto al menos tres reglas, pero la visión del oficial intentando separar la tela de la herida la sacó de su ensimismamiento de inmediato.
—Quieto, déjeme hacerlo a mí —dijo.
Se apresuró a abrir el buró, de donde extrajo un par de tijeras de sastre con las que cortó la manga hasta practicar una abertura lo bastante amplia como para poder retirar la tela de la piel. Luego, con suavidad, le quitó la estropeada casaca.
La joven sanitaria no supo muy bien qué hacer con ella.
El teniente rió al apreciar la momentánea confusión de la enfermera, tomó de su mano la prenda y la lanzó sobre el cuelgacapas situado detrás de Eleanor. Ella ni se acordaba de que estaba ahí. Entretanto, se sentó al borde de la camilla.
La arrugada camisa blanca de lino también estaba ensangrentada y rasgada, pero ella no tenía intención de que él se la quitara y en vez de eso se sirvió de las tijeras para abrir la manga desde debajo del hombro hasta la muñeca. Pudo apreciar la calidad de la tela y le afectaba mucho tener que cortarla, pero lo que la perturbaba de verdad era la mirada fija del soldado. Ella intentaba concentrar toda su atención en la herida ahora desvelada, pero mientras tanto, notaba cómo él estudiaba sus ojos verdes y los mechones de pelo que se le escapaban otra vez por debajo de la gorra blanca. La enfermera se había ruborizado, era consciente de ello, y nada podía hacer al respecto, por mucho que le hubiera gustado controlar la sangre que se le acumulaba en las mejillas.
Eleanor estuvo en condiciones de ver el rasponazo tras retirar la manga. La bala había rasgado la piel, pero no parecía haber tocado el hueso y muy poco el músculo. Le resultaba difícil saberlo, pues rara vez veía heridas de esa naturaleza en el hospital, y las pocas ocasiones que eso sucedía, como el caso de una anciana que por accidente se había ensartado con un atizador, el cirujano no solía permitir que una enfermera le ayudase de forma significativa.
—¿Qué opina? —le preguntó el teniente—. ¿Viviré para luchar otro día?
La joven no estaba acostumbrada a ese tono juguetón del militar, y mucho menos viniendo de un hombre a quien tenía tan cerca, y cuyo brazo desnudo, el que ella había descubierto, de hecho, estaba cubierto de sangre.
Se volvió a toda prisa hacia el buró, de donde sacó un rollo de algodón limpio y un botellín de germicida, fenol, para aplicarlos a la herida. La sangre se había coagulado en gran parte y al frotar empezó a descascarillarse la costra. Depositó los trozos ensangrentados de algodón en un cuenco de esmalte situado encima del mueble. El raspón de la bala se reveló a los ojos de la sanitaria conforme iba limpiando, y entonces pudo ver que la piel estaba lo bastante abierta como para tener que practicarle una sutura.
—Sí, sobrevivirá —contestó al fin—, pero espero que no sea para volver a luchar. —La enfermera tomó una tela limpia—. De todos modos, va a necesitar un cirujano adecuado.
—¿Por qué? —El teniente fijó la vista en el brazo—. No le veo yo mala pinta.
—Es necesario cerrar la herida, y para eso hay que darle unos puntos. Cuanto antes, mejor.
Él esbozó una sonrisa y ella le rehuyó la mirada, aun a sabiendas de que el teniente ladeaba la cabeza para mirarle el verde de las pupilas.
—¿Es demasiado pronto esta noche?
—No hay un médico a estas horas, como ya le he dicho.
—Me refería a que si usted, señorita…
—Ames, enfermera Eleanor Ames.
—¿No puede encargarse usted, enfermera Eleanor Ames?
Ella se quedó perpleja. Nadie había sugerido jamás algo semejante. ¿Cómo iba a suturar la herida de bala de un soldado ninguna mujer, ni siquiera aunque fuera una enfermera, sin otro recurso que sus propios medios? Las mejillas se le pusieron tan coloradas como el uniforme.
Copley se echó a reír.
—Es mi brazo y la considero capacitada para hacerlo. ¿Por qué piensa de otro modo?
Ella alzó los ojos para observar el rostro del militar, donde halló una deslumbrante sonrisa, el alborotado pelo rubio y un bigotillo típico de los que solían exhibir los jóvenes decididos a parecer de más edad.
—Sólo soy una enfermera, y todavía no he terminado el periodo de aprendizaje.
—¿No ha visto suturar heridas?
—Muchas veces, pero esto es…
—¿Podría hacerlo peor que el cirujano del regimiento, cuya especialidad es sacar muelas? Al menos, y a diferencia de nuestro buen doctor, el señor Phillips, usted no está bebida. —Le tocó la mano y dijo con tono de complicidad—: Porque no está ebria, ¿verdad?
Ella se vio obligada a sonreír a pesar de todo.
—Estoy perfectamente sobria.
—Entonces, perfecto. No queremos que la herida se encone durante toda la noche, ¿a qué no? —Se remangó los restos de la manga hasta el hombro y preguntó—: ¿Qué…? ¿Empezamos?
Eleanor se dividía entre la certeza de estar vulnerando sus responsabilidades y el creciente deseo —cada vez mayor— de hacer algo para lo cual se sentía perfectamente capacitada en lo más hondo de su corazón. Los cirujanos le pedían que se retirase de forma rutinaria, pero a pesar de ello la joven se las había arreglado para ver su trabajo, a menudo sólo por encima, y sabía que era capaz de hacerlo igual de bien, pero ¿qué diría la señorita Nightingale si salía a la luz tan flagrante vulneración del protocolo médico?
Como si le hubiera leído la mente, el teniente le aseguró:
—Nadie se enterará.
—La palabra de un lancero vale tanto como un juramento —añadió a voz en grito Rutherford desde su silla.
De inmediato, Frenchie le hizo gestos para que hablara en voz baja.
Sinclair quedó a la expectativa, con el brazo desnudo y una media sonrisa en los labios. Ésta creció cuando Eleanor vertió agua en la palangana, tomó una pastilla de jabón desinfectante y se frotó las manos. Supo que había ganado.
Rutherford se levantó del sillón y sacó una petaca plateada de debajo de su pelliza para luego tendérsela a Sinclair.
—Tenemos cloroformo y éter —anunció ella cuando vio el gesto, aunque en realidad albergaba serias dudas a la hora de administrarlos, pues nunca lo había hecho y temía las consecuencias de un error a la hora de practicarlo.
—Puaj —saltó Rutherford—. No hay nada como el brandy para estas cosas. Basta y sobra. He visto cómo dejaba groguis a hombres a los que les habían amputado una pierna.
Sinclair tomó la petaca y la alzó en señal de cortesía a su benefactor, antes de darle un buen tiento.
—Más —le instó Rutherford.
Sinclair acató la orden.
—Ea, ya está —dictaminó el capitán mientras palmeaba el hombro del teniente; luego, se volvió hacia la muchacha y le dijo—: El paciente es todo tuyo.
Ella aumentó la luz de las lámparas de gas sujetas a la pared y sacó de los cajones del buró dos utensilios que iba a necesitar: hebras de catgut, un resistente hilo de sutura obtenido de los intestinos de vacas u ovejas, y aguja de coser; después, le pidió al paciente que se tendiera sobre la camilla a fin de dejarle ver mejor la herida. Las manos le temblaban mientras enhebraba el catgut. El herido alargó la mano y la puso sobre las de la muchacha.
—Con firmeza —dijo con aplomo.
Ella tragó saliva y asintió por dos veces antes de proseguir con intencionada lentitud. Se inclinó hacia delante para examinar el corte a fin de estudiar el plan de acción: comenzaría al final de la herida, donde la piel estaba más separada; cogería los dos trozos de piel con la punta de la aguja y tiraría hacia arriba como si fuera un dobladillo. Según sus estimaciones, la brecha iba a requerir entre ocho y diez puntos, aunque sabía que al teniente iba a dolerle, por lo cual hizo propósito de trabajar lo más deprisa posible.
—¿Está preparado? —preguntó.
El aludido acomodó el brazo sano debajo de la cabeza y se quedó descansando como si estuviera tumbado a la orilla del río en junio.
—Bastante.
La señorita Ames llevó la aguja hasta la piel y vaciló varios segundos antes de atreverse a realizar la incisión. Notó como se flexionaban los músculos del paciente y se le tensaba el brazo, pero Sinclair no despegó los labios. Ella intuyó que había hecho propósito de no manifestar dolor alguno delante de sus compañeros, o tal vez, sospechó Eleanor, delante de ella. La enfermera acercó un borde de la herida al otro, y lo atravesó también; luego, como si espolvorease un pellizco de sal con los dedos, unió ambos mientras llevaba la aguja en dirección contraria. La joven había visto cómo muchos pacientes desviaban la mirada en medio del proceso, como si se concentrasen en una visión idílica y lejana, pero Sinclair, sin embargo, mantenía la vista fija en ella del mismo modo que antes.
Practicó una incisión, y otra, y otra más, y poco a poco cerró la herida hasta dejarla reducida a poco más que una cicatriz irregular que subía unos pocos centímetros por el brazo. Debía cortar la hebra al terminar, pero en vez de romperla con los dientes, tal y como habría hecho con el hilo de coser, usó las tijeras para dejar suelta la menor longitud posible de hebra. Al final, alzó los ojos y miró el rostro del teniente, cuya frente estaba bañada en sudor y cuyos labios retenían a duras penas la sonrisa, pero no había soltado ni un respingo.
—Eso debería aguantar —aseguró la joven mientras se volvía para desechar el hilo sobrante de la sutura. Cubrió suavemente la herida con ácido carbólico y tomó una gasa limpia del buró para vendarle el brazo con firmeza—. Ya puede incorporarse si quiere.
Él respiró hondo y se levantó sin apoyarse en el brazo derecho. Se balanceó de un lado para otro durante unos instantes a causa del brandy, los efectos de la cirugía, o ambas cosas. Rutherford y Frenchie soltaron los cigarros de inmediato y acudieron para sujetarle.
Y así fue como los encontró Florence Nightingale.
La superintendente parecía un pilar de rectitud con ese largo miriñaque suyo, con la raya del pelo negro trazada exactamente en el medio de la cabeza y los brazos cruzados casi a la altura de la cintura. Mantuvo las cejas enarcadas mientras sus ojos negros iban de los soldados, cuyo estado de ebriedad no admitía duda alguna, a la joven enfermera, que tenía la gorra ladeada y las manos empapadas en agua y ácido carbólico, y vuelta a empezar. La situación le resultaba tan extraña como si acabara de toparse con un elefante en el salón, y no lograra encontrarle sentido a la escena.
—Enfermera Ames —dijo por último—, espero una explicación.
Rutherford alzó una mano y se adelantó para presentarse como capitán del 17º de lanceros antes de que los labios resecos de la joven pudieran articular palabra.
—Mi amigo aquí presente —continuó, señalando a Sinclair con un gesto— resultó herido mientras defendía el honor de una dama.
—Por ahí anda la cosa —le apoyó Frenchie.
—Solicitamos asistencia médica inmediata y la enfermera Ames la ha prestado con gran profesionalidad.
—Eso me corresponde decidirlo a mí —replicó la superintendente con frialdad—. En cuanto a ustedes, caballeros, ¿acaso ignoraban que ésta es una institución dedicada al cuidado exclusivo de damas?
El capitán de lanceros miró a Frenchie y luego a Sinclair, como si no estuviera muy seguro de qué debía responder a esa pregunta.
—No, no lo ignorábamos —contestó Sinclair, arreglándoselas para bajar de la camilla—, pero no había tiempo para buscar una alternativa mejor: mi regimiento marcha hacia el este por la mañana.
Rutherford y Frenchie parecieron exultantes ante la hábil improvisación.
Incluso la señorita Nightingale pareció algo más sosegada. Cruzó la estancia y examinó de cerca la herida recién suturada.
—¿Y está usted satisfecho con el resultado de este procedimiento tan… poco ortodoxo? —le preguntó a Sinclair.
—Sí.
Ella se irguió y todavía sin mirar a Eleanor dijo:
—También yo. —Entonces, se volvió hacia la muchacha y le explicó—: Los puntos parecen estar hechos con pericia. —Eleanor respiró hondo por vez primera en varios minutos—. Pero el asunto no termina aquí. La reputación y el buen nombre de este hospital están bajo constante escrutinio. Voy a querer un completo informe por escrito a las ocho en punto de la mañana enfermera.
Eleanor agachó la cabeza en señal de asentimiento.
—En cuanto a ustedes, caballeros, si han recibido ya la asistencia solicitada, voy a tener que pedirles que se vayan.
Rutherford y Frenchie se apresuraron a recoger los chicotes y luego, con Sinclair colgando entre ambos, se dirigieron hacia el hall. La superintendente Nightingale mantuvo la puerta abierta a fin de dejarlos salir con mayor rapidez mientras Eleanor se quedaba rezagada, pero el grupo se detuvo al llegar al pie de las escaleras, momento en que ella alzó el largo miriñaque para poder subir.
—Vaya con cuidado, joven, y vuelva sano.
La señorita Ames tenía una visibilidad muy limitada, por lo cual sólo pudo ver cómo la luz de las farolas hacía refulgir el pelo rubio del teniente y la casaca roja que le habían echado sobre los hombros. Él le estaba sonriendo a Eleanor la perspectiva de su inminente partida hacia el frente provocó en la joven una punzada de preocupación, un sentimiento inesperado e incluso sorprendente debido a su intensidad.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 06, 2010 6:16 pm

Gemma escribió:
de nada Very Happy

en un rato pongo el siguiente, esto se pone interesante jejeje

vir, a que mola la mariquita, sigo practicando XD

Pues ya veréis cuando Michael encuentre el bloque de hielo... jejeje
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Gracias por el cap, ranguitos.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 06, 2010 7:52 pm

gracias por el capi, cada vez se pone mejor.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 5:29 pm

Gemma, subo hoy el capi 12 porque no sé si mañana podré conectarme, y ante la duda...

:?:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 5:31 pm

Vale, súbelo, si está listo no hay que hacer esperar jejejeje

no en serio, mejor hoy si mañana no puedes Very Happy

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 5:37 pm

CAPÍTULO DOCE
Transcrito por Tibari


6 de diciembre, 15:00 horas


CUALQUIERA EN SU SANO juicio se habría desesperado nada más echar un vistazo al laboratorio de biología marina de Point Adélie, y sin embargo Darryl Hirsch estaba fuera de sí a causa del gozo. El suelo era un enlosado de hormigón, las paredes prefabricadas tenían un triple aislamiento de plástico, el techo era bajo y dominaba el lugar un olor salobre y mohoso, una especie de mezcla de hedores a pescado rancio y a productos químicos.
Pero él campaba a sus anchas y no tenía a nadie mirándole por encima del hombro mientras realizaba cualesquiera pruebas o experimentos que eligiera llevar a cabo. Por una vez, no iba a tener al doctor Edgar Montgomery, ese bocazas taimado y pagado de sí mismo, buscándole los fallos a su investigación y encontrándolos, como ya había hecho en más de una ocasión, impidiéndole la obtención de más recursos económicos. Aquel laboratorio lleno de tanques burbujeantes y conductos de aire siseantes era el propio feudo privado de Hirsch.
En cuanto llegase el equipo necesario, la NSF habría equipado el laboratorio con todo cuanto él necesitaba, desde microscopios, placas de Petri para los cultivos de bacterias, tubos de ensayo, respirómetros y centrifugadoras de plasma. Llamaban acuario a una enorme pecera redonda situada en el centro de la habitación. Tenía una abertura por arriba, ciento veinte centímetros de hondura y una anchura suficiente para meter un bote de remos. Parecía un pastel cortado en tres trozos o compartimentos, pero la división era crítica, dada la desafortunada tendencia de la mayoría de los especímenes de las especies acuáticas a comerse unos a otros. En ese momento contenía un enorme bacalao antártico. Alguien había escrito a mano un cartel: ‹‹Soy salao cual bacalao. Acaríciame››. El chiste era malo, y además, el científico sabía que era una broma peligrosa, pues en un momento dado el Dissostichus mawsoni, que no era un verdadero bacalao pese a llamarse así, podía convertirse en un pez peligroso, salir del agua de un brinco y llevarse de un bocado cualquier cosa, desde una cámara a una mano humana. Quitó el letrero y lo tiró a la papelera.
Había dos grandes mesas de disección apoyadas sobre dos paredes y encima, varias estanterías llenas de peceras más pequeñas iluminadas con unas pálidas luces púrpuras. En ellas remoloneaban extrañas criaturas —erizos marinos, anémonas, arañas de mar, poliquetos escamosos— o se pegaban al cristal, como era el caso de la estrella de mar.
Darryl dedicó la mayor parte de la primera semana a inventariarlo todo, ordenar el laboratorio, revisar los archivos y organizar un plan de trabajo. Su mayor deseo era zambullirse cuanto antes a fin de capturar sus propias especies, en su mayoría especímenes de los notables dracos o peces de hielo de la familia Channichthyidae, y llevarlos con vida a la superficie, que solía ser la parte más difícil del proceso, pues las criaturas acostumbradas a vivir en mar profunda estaban sometidas a unas condiciones glaciales y eran extremadamente sensibles a cambios de presión, temperatura y luminosidad. Hirsch ya había puesto en antecedentes a Murphy O’Connor acerca de sus necesidades y éste le había asegurado estar en condiciones de proporcionarle el equipo necesario para levantar y mover la cabaña de buceo siempre y cuando él cumplimentase por anticipado todo el papeleo exigido por la NSF. Tal vez O’Connor fuera un tipo de trato difícil y un tiquismiquis en lo tocante a las normas y a los reglamentos, pero Darryl tenía la impresión de que era alguien con quien se podía trabajar.
El biólogo había encontrado en una mesa próxima a la puerta una colección de CD de lo más ecléctico y un equipo de audio Bose tan bueno como cualquiera que hubiera comprado en casa. No sabía a quién darle las gracias, ¿a la NSF?, ¿a algún biólogo marino destinado allí antes?, pero fuera como fuese, le estaba muy agradecido. Puso un CD con el Concierto en Mi mayor de Bach —hacía mucho que había llegado a la conclusión de que éste y Mozart eran los compositores más adecuados para concentrarse—, y por eso no escuchó cómo alguien llamaba con los nudillos a la puerta. Apartó los ojos de la muestra que estaba preparando en cuanto percibió el soplo de aire helado. El periodista se echó hacia atrás la capucha con forro de piel y abrió la cremallera del anorak, dejando a la vista la cámara que llevaba del cuello.
—¿Qué vas a fotografiar?
—Lawson y yo fuimos a la antigua factoría noruega de balleneros. Se me ocurrió que podría tomar unas cuantas fotos para dar ambiente.
—¿Y lo conseguiste? —inquirió Darryl mientras depositaba un trozo de alga sobre un papel muy fino para luego ponerlo debajo de las lentes del microscopio.
—En realidad, no. Había demasiado ‹‹ambiente›› esta mañana. La niebla velaba casi toda la luz y resultaba imposible captar nada.
—Avísame la próxima vez que pienses salir por ahí. Me gustaría ir.
Wilde se echó a reír.
—Sí, ya, claro. —Michael señaló las peceras y los botes con especímenes—. Ésta es tu idea del paraíso. Jamás podré sacarte de aquí.
Hirsch alzó los hombros, como si fuera a darle la razón, pero luego añadió:
—Eso no es del todo cierto. Mañana a primera hora voy a salir si el tiempo lo permite, lo cual es una condición básica en la Antártida.
Michael se subió a un taburete del laboratorio y se limpió de la manga unos copos de nieve.
—¿De veras? ¿Y adónde vas?
—A rebuscar en el armario de Davy Jones¹ —repuso el científico, haciendo un floreo para dar dramatismo a la respuesta.
—¿Vas a bucear?
—Eso pretendo. No veo por aquí ningún sumergible, ¿y tú?
—¿Y qué vas a buscar?
Era una pregunta estupenda para la cual no había una respuesta fácil. Había llegado hasta aquellas tierras olvidadas por Dios por ese motivo.
—Hay quince especies de peces antárticos capaces de sobrevivir en condiciones donde ninguna otra es capaz —contestó, eludiendo de forma deliberada el binomio de latinajos del sistema de Linneo—. Pueden vivir a oscuras en aguas heladas durante cuatro meses. No tienen escañas ni hemoglobina.
—Dicho con otras palabras, su sangre es…
—… incolora, exactamente. Son de un blanco traslúcido incluso las branquias, y más aún, disponen de una especie de anticongelante natural, una glicoproteína o glucoproteína, una biomolécula compuesta de carbohidratos que impide la formación de cristales en el sistema circulatorio de esos peces.
—¿Y vas a conseguir ejemplares de esos peces?
Resultaba evidente por el tono de voz de Michael que consideraba el asunto un tanto estrafalario, siendo suaves, pero Darryl estaba acostumbrado a semejante reacción.
—Atraparlos no es muy difícil, la verdad. Cuando nadan se mueven despacio, y se pasan la mayor parte del tiempo en el fondo del mar a la espera de algún pez más pequeño que nade muy lentamente o de algún desventurado krill antártico, un pequeño crustáceo similar al camarón.
—¿Cómo reaccionarían si yo merodeara por esas aguas?
—¿Quieres acompañarme? —inquirió el biólogo. El rostro del periodista dejaba claro que hablaba en serio—. ¿Sabes bucear?
—Tengo certificados de buceo en tres continentes —contestó Michael.
—Deberé verificarlo con Murphy y asegurarme de que está todo en orden.
—No te molestes —repuso el reportero, saltando del taburete—. Yo me haré cargo.
Wilde salió de la estancia antes de subirse siquiera la cremallera del anorak. Hirsch se preguntó si había hecho bien en invitarlo o si había cometido un despropósito. ¿Tenía Michael la menor idea de dónde se estaba metiendo?


Michael lo sabía perfectamente. Se sobreponía de inmediato cada vez que se le presentaba un nuevo reto o el menor atisbo de vacilación, a veces lo confundía con el instinto de preservación, pues era un adicto a la adrenalina y sabía que en aquellos momentos no había mejor antídoto contra la depresión, que de forma sutil siempre estaba allí presente. Si dejaba sueltos los pensamientos, por muy peregrinos que estos llegaran a ser, siempre acababa en el mismo destino: la cordillera de las Cascadas y Kristin. Sólo era capaz de hallar un poco de paz auténtica cuando se entregaba a algún desafío extremo o se las arreglaba para engañar a sus pensamientos y llevarlos en otra dirección.
La noche anterior se había descubierto cayendo a un abismo sin fondo y había hecho acopio de coraje para llamar al móvil de la hermana menor de Kristin. Aunque se hallaba en un mundo apartado, la base disponía de una potente conexión por vía satélite, cortesía del ejército de Estados Unidos, y era bastante buena, dejando a un lado algún que otro siseo de la estática y una demora significativa.
—¿Telefoneas desde el Polo Sur? —preguntó Karen, asombrada.
—No exactamente, pero estoy bastante cerca.
—¿Y hace un frío pelón?
—Sólo cuando sopla el viento, o sea, casi siempre.
Sobrevino un silencio, mientras las palabras recorrían el largo viaje hasta ella. Entretanto, ambos se preguntaron qué decir a continuación. Michael rompió el silencio y le preguntó:
—¿Dónde estás ahora?
Karen se echó a reír. Maldición. Su risa se parecía demasiado a la de Kristin.
—No te lo vas a creer, pero estoy en una pista de hielo.
Michael la visualizó en el acto.
—¿Estás en el Skate & Bake?
Era un café situado en los aledaños a la pista de hielo. La conexión se perdió y cuando volvió Karen estaba terminando:
—… chocolate caliente y una caña de crema.
La imaginó vestida con un grueso jersey de ochos y sentada en una mesa de bancos corridos.
—¿Estás sola o te pillo con una cita interesante?
—¡Qué más quisiera yo! Me he traído un libro sobre el juez William Hubbs Rehnquist. Ésa es mi cita interesante.
No le sorprendió ni un ápice. Karen era una joven rubia tan guapa y brillante como Kristin, pero siempre había tenido un punto de persona solitaria, e incluso aunque había muchos hombres que le pedían una cita, y algunas veces la conseguían, nunca salía con ninguno por mucho tiempo. Los libros parecían ser la muralla tras la cual salvaguardaba su intimidad, una forma de capear cualquier posible enredo emocional.
Conversaron un rato sobre sus clases y sobre si había tenido o no tiempo de asistir al servicio de asesoramiento jurídico, antes de que ella llevara la conversación al relato de aventuras durante el viaje de Michael hasta Point Adélie. Él le describió detalles sobre el trayecto a bordo del Constellation y de cómo había conocido a Darryl Hirsch y a la doctora Barnes. Cuando le describió el choque del albatros contra la pantalla de la torreta, ella exclamó:
—Ay, no, ¡pobre bicho!
Michael rió de mala gana. Kristin habría reaccionado exactamente del mismo modo: alarmándose más por el ave que por las personas involucradas en el accidente.
—¿Y no te preocupa mi integridad? —inquirió, simulando cierta exasperación.
—Oh, sí, eso también, por supuesto. ¿Estás bien?
—Sobreviví, pero la teniente resultó herida, y tuvieron que evacuarla de vuelta a la civilización.
—Uf, qué mal rollo. —Se produjo una pausa, o tal vez fue una simple demora a causa de la lejanía—. Me preocupas de verdad, Michael. No te metas en nada demasiado peligroso.
—Jamás lo hago —contestó, y se arrepintió al instante, ya que eso los conducía al único tema de conversación que habían estado evitando, y a la única ocasión donde había dejado que sucediera algo estúpido y peligroso.
Karen debía de sentir algo parecido también, porque dijo:
—No hay muchas novedades respecto a Krissy, me temo…
Él ya se lo esperaba.
—Mis padres están muy esperanzados con la nueva estimulación y el programa de revitalización. Hacen sonar trozos de madera cerca de sus oídos y le encienden linternas cerca de los ojos. Encienden y apagan, encienden y apagan, y así. Lo peor de todo es cuando le ponen una gota de salsa de tabasco en la lengua. Ella odiaba el tabasco, lo sé de buena tinta. Lo hacen para ver si la traga o la escupe.
—¿Y lo hace?
—No, y aunque los médicos y las enfermeras los animan para que sigan intentándolo, cero que lo hacen sólo para que tengan la sensación de estar haciendo algo.
A pesar de los miles de kilómetros de distancia, Michael fue capaz de apreciar la enorme carga de pesar y resignación que había en la voz de la joven. Karen no era una sentimental simplona ni una beata, pues aunque los señores Nelson eran luteranos y asistían a los oficios religiosos con regularidad, sus hijas habían abandonado esa fe hacía mucho tiempo. Kristin había desafiado a sus padres abiertamente y todos los domingos por la mañana salía a navegar con el kayak o a practicar el alpinismo en algún sitio. Por el contrario, Karen siempre había actuado con tacto y mano izquierda hasta que ellos dejaron de pedirle que asistiera y ella abandonó las excusas. El mismo abismo se había generado con el espinoso asunto de Kristin. Sus padres seguían en sus trece a pesar de los resultados de todas las pruebas mientras que Karen examinaba con suspicacia los TAC, discutía los últimos hallazgos de los médicos sin pelos en la lengua y sacaba sus propias conclusiones.
Michael conocía bien sus deducciones.
Después de haber terminado de hablar con ella descubrió que era incapaz de seguir sentado ni de quedarse metido entre cuatro paredes, un problema bastante común en él. Se puso el pesado equipo y se ajustó las gafas antes de salir solo al exterior. O’Connor se había mostrado taxativo sobre lo de salir acompañado: jamás podía abandonarse el recinto sin un compañero ni haber consignado el itinerario en la pizarra, pero él tenía previsto mantenerse cerca de la base, y no quería compañía, eso desde luego.
La bandera americana flameaba con fuerza, pues soplaba un fuerte viento racheado, y los chasquidos de la tela sonaban como si fueran disparos. Michael paseó alrededor del campamento, que se desplegaba adquiriendo una tosca forma rectangular. Vio los módulos principales, los de la administración, los comedores, los dormitorios y la enfermería, y luego las estructuras no incluidas en ellos, situadas ya colina arriba: los laboratorios de biología marina, glaciología, geología y botánica, y los cobertizos para los vehículos, pues la base contaba con su propio parque: motos de nieve, botes, niveladoras, todoterrenos llamados sprytes² que parecían jeeps con cadenas, y sólo Dios sabía qué más, todos ellos guardados en cabañas con tejados de aluminio y doble puerta cerrada con cerrojos no demasiado seguros, pues al fin y al cabo, ¿quién iba a robar algún vehículo? ¿Adónde iba a ir? Una docena de huskies siberianos de ojos azules como el hielo y pelajes grises permanecía en una cabaña retirada, donde habían esparcido paja fresca encima del suelo de tierra apelmazada. A veces, durante la noche, sus aullidos se confundían con el ulular del constante viento y se escuchaban fuera de los dormitorios como si fueran el lamento de espíritus penitentes.
Michael apenas distinguió las notas del piano acústico cuando pasó junto a las estrechas ventanas del salón de entretenimiento. Echó un vistazo al interior y cio cómo uno de los reclutas, creyó recordar su nombre, Franklin, se marcaba un ragtime de cabo a rabo mientras Tina, la corpulenta glacióloga, apretaba la pelota de ping pong con la regularidad de un metrónomo. Se había enterado de que ambos eran ‹‹tostaditos››, es decir, estaban irritables y se les olvidaban las cosas tras haber pasado en la estación la mayor parte del largo y oscuro invierno austral, cuando el sol jamás brillaba, apenas llegaban provisiones frescas y el mundo exterior bien podía haber estado en otro planeta. La verdad era que se merecían una medalla como la que había visto en la solapa de Murphy: una insignia de honor para poner en la solapa de las que le valían a uno reputación entre los de la base, y la respetaban por igual probetas y reclutas.
El viento le dio de lleno en el rostro en cuanto dobló la esquina del salón, y lo hizo con tanta fuerza que se las vio y se las deseó para no caerse y conservar el equilibrio. Eligió con cuidado su camino hacia la costa helada y bajó con cuidado por el pedregal de guijarros sueltos mientras el frío del vendaval se le metía por entre la ropa. Nunca estaba claro dónde terminaba la tierra y dónde empezaba el mar helado, pero eso en realidad importaba poco, pues el suelo rocoso era durísimo y resultaba difícil horadarlo o trabajar en él. A lo lejos logró atisbar una colonia de pingüinos mientras bajaba dando brinquitos sobre la ladera de una colina helada para luego deslizarse sobre el vientre y sumergirse en el agua. Alargó la mano enguantada y buscó a tientas el cordel de la capucha para sujetarla lo máximo posible y al fin logró cubrir toda la cara, salvo el espacio ocupado por las gafas de esquiar. El astro rey era frío y plateado como un carámbano mientras pendía en el cielo ligeramente más alto que la semana anterior, progresando de forma lenta pero inexorable hacia el horizonte meridional, y hacia el olvido. Había seis grados bajo cero la última vez que lo verificó, pero la sensación térmica era mucho más intensa a causa de ese viento gélido.
Alzó una mano de forma instintiva cuando un borrón blanquinegro le pasó rozando la cara. Volvió a pasar al cabo de un segundo. Era un págalo ártico, una de las aves más vengativas de la Antártida. Comprendió que debía de estar demasiado cerca del nido. Mantuvo el brazo por encima de la capucha, sabedor de que el pájaro siempre atacaba a la cabeza, la zona más elevada de cualquier intruso. Miró en derredor cuando el págalo pasó zumbando junto a su mano enguantada, pues no tenía deseo alguno de pisar a las posibles crías. A pocos metros de su posición se alzaba un altozano que ofrecía algo de protección frente a la ira del viento. La compañera del págalo atendía a dos polluelos en ese lugar. Debía de haber llegado del mar hacía muy poco, pues sostenía en el pico un krill todavía vivo que movía sus numerosas patas. El humano se alejó varios pasos y papá pájaro, aparentemente satisfecho por la retirada del intruso, regresó al nido.
Los dos polluelos se desgañitaban al piar por la comida, pero uno era mayor que el otro, y batía las alas con fuerza y picoteaba al pequeño en cuanto éste gorjeaba. El pajarillo se veía apartado del nido cada vez que esto sucedía, pero los padres parecían completamente imperturbables. La madre entreabría el pico curvo y soltaba el crustáceo ante la mirada desesperada del pequeño; entretanto, su hermano lo atrapaba en el aire y se lo tragaba entero.
‹‹Venga ya, reparte a pachas››, quiso decir el hombre, pero era consciente de que esas reglas no se aplicaban allí. Si la cría pequeña no era capaz de buscarse la vida, sabía que los padres le dejarían morir de hambre. Lisa y llanamente, se estaba aplicando la supervivencia de los más dotados.
La criatura hizo un último intento de regresar al nido, pero el grandullón volvió a picotearle y darle aletazos hasta que le hizo retroceder con la cabeza gacha y las alas pegadas al cuerpo. Papá y mamá permanecieron impasibles, mirando en otra dirección.
Michael aprovechó su oportunidad: avanzó un paso y antes de que se escabullera el avecilla, a la que todavía no le habían terminado de salir las plumas, la tomó entre sus manos enguantadas, de donde sólo sobresalieron los negros botones de sus ojos y su cabecita blanca. Papá págalo emitió un chillido, pero él sabía que no se trataba de una reacción ante el rapto, sino ante la excesiva proximidad al nido y el heredero visible.
—Piérdete —dijo el hombre mientras sostenía al polluelo contra su pecho.
El viento le azotó la espalda cuando se dio media vuelta y lo llevó en volandas ladera abajo hasta el calor del salón de entretenimiento. ‹‹¿Cómo habría llamado Kristin al pajarillo abandonado?››, se preguntó.

-----
¹ Legendario (y monstruoso) protagonista de las leyendas piratas que se apoderaba de cuantos marinos caían al mar.
² En la jerga antártica, todo vehículo pequeño de tracción usado en caminos poco practicables.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 5:39 pm

gracias!^^ ranguitos!

enseguida me lo leo jejeje

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 5:42 pm

gracias por el capi. :manga15:
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 07, 2010 7:30 pm

Grax por el capi! :)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Abr 09, 2010 4:36 pm

CAPÍTULO TRECE
Transcrito por Tibari


6 de julio, 16: 30

ASCOT SÓLO HABÍA SIDO una palabra para Eleanor, el nombre de un lugar que jamás conseguiría ver, no con ese salario suyo tan pequeño y menos aún sin compañía.
Y sin embargo, allí estaba ella, inclinándose cerca de la barandilla de madera mientras los caballos eran conducidos desde el paddock a los puestos de salida. Jamás había contemplado ejemplares tan soberbios de deslumbrantes pelajes, coloridos sudaderos por debajo de las sillas y los paños blancos envueltos alrededor del extremo inferior de las patas. Miles de personas: unos agitaban calendarios de carreras y despotricaban a voz en grito sobre damas, caballeros, jockeys y los caminos embarrados. Los hombres bebían de unas petacas y fumaban cigarros; las mujeres, o algunas al menos, las que a juicio de Eleanor tenían un aspecto más dudoso, caminaban pavoneándose de sus vestidos y haciendo girar las sombrillas rosas o amarillas. Todos reían, parloteaban de forma atropellada y se daban palmadas en la espalda. El resumen, era la escena más alegre y bulliciosa de la que había formado parte en su vida.
Notó la mirada de Sinclair fija en ella unos segundos antes de que él preguntara:
—¿Lo está pasando bien?
La señorita Ames se sonrojó al pensar con qué facilidad debía adivinar sus pensamientos.
—Oh, sí —respondió ella.
El oficial pareció bastante satisfecho de sí mismo. Vestía para la ocasión ropas de civil: una levita de color azul oscuro y una limpia y almidonada camisa blanca rematada con un pañuelo de seda negra cuidadosamente anudado. El pelo rubio le llegaba justo hasta el cuello.
—¿No le apetece un ponche de ron o una limonada fría?
—No, no —se apresuró a rehusar ella, pensando en el gasto adicional, pues Sinclair ya le había invitado a recorrer el trazado de la carrera en un carruaje privado y tres entradas, ya que Eleanor, en atención al decoro, no había querido viajar a solas con el joven teniente y él había tenido a bien invitar a pasar la tarde con ellos a la también enfermera Moira Mulcahy, su compañera de habitación en la pensión. Moira era una joven irlandesa entrada en carnes, sociable, a veces un tanto bruta, y de amplia sonrisa. Aceptó enseguida la invitación a Ascot.
Y cazó al vuelo la oferta de tomar algo con la misma prontitud.
—Oh, señor, a mí me encantaría tomar una limonada —pidió Moira sin apenas apartar la mirada de la tribuna situada detrás de ellos, donde se había reunido un gentío para presenciar la carrera más esperada de la tarde: la de la Copa de Oro.
—Caray con el sol, cómo está… —Moira hizo una pausa para buscar un sustituto elegante de ‹‹pegando››—. Hace un sol de justicia. —Esbozó una ancha sonrisa, satisfecha de su elección mientras Sinclair se excusaba para ir a por el refresco. Entonces codeó a Eleanor y le dijo—: Lo tienes en el bote.
La aludida fingió no entenderla, como si fuera otro de los refranes tan propios de Moira, pero el sentido era más que evidente.
—¿Te has dado cuenta de cómo te mira? —se burló la irlandesa—. O dicho de otra manera, que no mira a ninguna otra. ¡Y menuda planta! ¿Estás segura de que no es un lord?
Eleanor no estaba segura de nada. El teniente seguía siendo un hombre misterioso en más de un sentido. Al día siguiente de haberle suturado la herida le había enviado una caja de mazapanes con frambuesas y una nota: ‹‹A la enfermera Eleanor Ames, mi dulce ángel de la guarda››. La superintendente Nightindale había interceptado el paquete en la puerta y cuando se lo entregó, lo hizo con un inconfundible gesto de desaprobación.
—Las conductas alocadas traen estas consecuencias —sentenció antes de volver al jardín, donde cultivaba sus propias verduras y frutas frescas.
La joven enfermera mostró ciertos reparos ante el cuerpo del delito, pero Moira ni siquiera se detuvo a mirar dos veces al paquete, del que retiró enseguida la cinta lavanda para metérsela en el bolsillo.
—Es demasiado buena como para desperdiciarla y a ti no te importa, ¿a que no?
Y luego se puso a dar saltitos a la espera de que la destinataria del regalo lo abriera y en cuanto lo hizo, la irlandesa metió la mano mientras Eleanor contemplaba maravillada la belleza y el dulce aroma afrutado de los mazapanes. Sostuvo en las manos como si fuera un cuadro valioso la tapa de la caja con una flor de lis estampada en oro y la leyenda Confections Douce de Mme. Daupin, Belgravia. Nadie le había enviado dulces con anterioridad.
El teniente Sinclair le hizo llegar una nota a través de un mensajero. En ella le preguntaba cuándo dispondría de tiempo para que él pudiera hacerle una visita, pero Eleanor le explicó que no disponía de tiempo libre, a excepción del sábado por la tarde y por la noche, ya que reanudaba sus tareas normales en el hospital el domingo a las seis y media de la mañana, a lo cual él replicó que en tal caso solicitaba su compañía la tarde del sábado siguiente, anunciando que no aceptaría una negativa por respuesta. Moira, que había asomado la cabeza por encima de su hombro para leer la contestación, le dijo que no debía negarse de ningún modo.
—Mira, mira, Ellie —dijo Moira cuando sonó una corneta y los corceles de carrera se reunieron y ocuparon su lugar detrás de una larga y gruesa cuerda, cuyos extremos estaban amarrados a los palos situados en los laterales de la pista ovalada.
—¿Va a empezar la última carrera?
—Así es —le confirmó Sinclair, reapareciendo de entre la gente con dos vasos en las manos. Entregó uno a Moira y otro a Eleanor—. Me he tomado la libertad de apostar en vuestro nombre.
El teniente le entregó un resguardo con unos dígitos garabateados en un lado y un nombre en el otro: ‹‹Canción de ruiseñor››. La señorita Ames no lo comprendió del todo.
—Es el nombre del caballo —le aclaró Sinclair mientras Moira se acercaba para leerlo—. Parece una coincidencia afortunada¹, ¿no cree?
—¿Cuánto hemos apostado? —inquirió Moira con regocijo a pesar de que esa alegría contrariaba a Eleanor.
—Diez libras… a que gana —contestó.
Las dos muchachas se quedaron espantadas ante la simple idea de apostar diez libras a nada. Ellas ganaban quince chelines a la semana y una comida al día en el comedor del hospital. La posibilidad de perder diez libras en cuestión de minutos en algo como una carrera de caballos les pareció a ambas algo fuera de toda lógica, pero Eleanor supo que para su familia —integrada por los cinco hijos de un lechero de escasos posibles y una madre muy sufrida— habría sido algo peor que una estupidez: lo habrían considerado pecado.
—¿Y cuánto nos llevamos si gana esa yegua?
—Tal y como andan las apuestas, treinta guineas.
Moira estuvo a punto de derramar la limonada.
Un hombre corpulento engalanado con un frac de día cruzó la línea de salida a grandes zancadas para luego subir a la tablazón del juez de meta cubierta con unas telas de terciopelo rojo y dorado. La Union Jack flameó en lo alto de un astil elevado situado detrás de él.
—Damas y caballeros —anunció con tono estentóreo a través de una bocina—, es un honor para nosotros darles la bienvenida a la primera Copa de Oro de Su Majestad.
Eleanor y Moira se quedaron momentáneamente perplejas ante la salva de vítores y aplausos que acogió a aquellas palabras. Sinclair se inclinó hacia ellas y les explicó:
—Antes esta carrera se llamaba la Bandeja del Emperador en honor al zar Nicolás de Rusia. —Ellas lo entendieron de inmediato—. Este año se ha cambiado el nombre de la carrera, dada la situación en Crimea.
El clamor se apagó cuando se oyó otro toque de corneta. La fanfarria de notas llegó hasta las gradas más altas de la tribuna y los caballos se removían inquietos, como si estuvieran ansiosos por estirar las patas y echar a correr de una vez por todas. Los jinetes sujetaban la fusta debajo del hombro y se sostenían de pie sobre los estribos para no sobrecargar el lomo y se sostenían de pie sobre los estribos para no sobrecargar el lomo de las monturas con su peso hasta el último momento. La brisa vespertina hacía tremolar las mangas de seda de sus camisas. El hombre corpulento de la tablazón sacó una pistola de la faja del frac y la alzó mientras dos mozos de cuadra desanudaban los extremos de la cuerda y la dejaban caer de cualquier manera sobre la hierba. Cada jockey luchaba por controlar a su corcel y evitar que cruzase la línea de tiza trazada sobre el suelo.
—Jinetes… ¡Preparados! —voceó el juez de salida—. A la de tres. Uno… dos…
Disparó el arma en vez de decir ‹‹tres››. Entre tropezones y empellones por abrirse paso, las monturas salieron disparadas hacia la pista, ahora expedita. Durante unos instantes, mientras caballos y jinetes porfiaban por obtener una buena posición, se produjeron algunos rifirrafes; luego, echaron a galopar.
—¿Cuál es la nuestra? —preguntó Moira a voz en grito sin dejar de pegar saltos cerca de la barandilla—. ¿Cuál es Canción de ruiseñor?
Sinclair le indicó una potra de color canela que en ese momento corría en el medio del pelotón.
—La del pelaje alazán.
—Pues no está ganando —gritó Moira con una desesperación que provocó una sonrisa en el joven oficial.
—No han recorrido ni el primer estadio —le informó Sinclair—, y la carrera consta de ocho. Hay tiempo de sobra para la remontada.
Eleanor dio un sorbo a la limonada. Confiaba en ofrecer una imagen recatada, pero en el fondo estaba tan entusiasmada como Moira. Ella no había apostado nada en su vida, ni siquiera aunque fuera con dinero ajeno, y hasta ese momento no tenía ni idea de las sensaciones que eso podía provocar. La cabeza le daba vueltas ante la sola idea de que hubiera en juego treinta guineas, que pensaba devolver a Sinclair, su legítimo dueño, en caso de que ganara la potra.
Intuyó de nuevo que el teniente había adivinado su entusiasmo. La muchacha notó cómo vibraba el suelo bajo el atronador golpeteo de los cascos. Desde las gradas le llegaba un torrente de gritos de júbilo y ánimo, así como instrucciones a voz en grito que ningún jockey llegaría a oír:
—¡Pégate a la barandilla!
—¡Usa la maldita fusta!
—¿A qué estás esperando, caballito?
—El circuito de Ascot es muy exigente —le confió Sinclair a Eleanor.
—¿Ah, sí? —A la muchacha le parecía una pista ovalada amplia y propicia, con un centro de abundante hierba verde—. ¿Y cómo es eso?
—La tierra del suelo está apelmazada y eso exige mucho al caballo, más que el derbi de Epsom Downs, en Surrey, o la carrera de Newmarket, en Suffolk.
Eleanor no había oído hablar de esas carreras, pero a diferencia de éstas, Ascot tenía el sello real. Al cruzar las imponentes verjas negras de la entrada había visto en lo alto la divisa real en relieve dorado. Se había sentido como si hubiera penetrado en el mismísimo palacio de Buckingham. Había muchos puestos ambulantes dentro del recinto, donde se vendía de todo, desde vasos de rico hordiate a manzanas de caramelo, y donde había gente de toda clase y condición, desde caballeros elegantemente ataviados que iban del brazo de sus señoras, acompañándolas, hasta rapaces desaliñados en sus puestos de tahúres con sus compinches haciendo de cebo, y alguna ocasión habría jurado que los había visto robar carteras a los transeúntes y mercancía en los tenderetes. Llevando a una de cada brazo, Sinclair las había guiado a través del gentío sin vacilación alguna hasta llegar a aquel lugar concreto, el mejor sitio desde el cual ver la carrera, según les había garantizado.
La joven enfermera tenía la impresión de que era verdad. Entonces doblaron la primera curva los corceles: todos juntos formaban un lienzo de pinceladas blancas, grises y negras al cual aportaban color las sedas y atavíos del los jinetes. Eleanor debió tomar el programa de las carreras comprado por Sinclair y abanicarse con fuerza para aliviar el calor provocado por aquel sol de justicia y espantar a las insistentes moscas. El oficial permanecía cerca, muy cerca, más de lo que solía estar ningún hombre, aunque esa cercanía parecía en parte consecuencia directa de los empujones de la multitud. Moira estaba recostada en la valla y tenía medio cuerpo fuera, apoyando sus brazos rollizos en el otro lado mientras animaba a gritos a Canción de ruiseñor.
—¡Tira p’alante, mueve el culo!
Eleanor pilló a Sinclair mirándola, y ambos compartieron una sonrisa privada. Moira se volvió, avergonzada.
—Discúlpeme, señor. Me he dejado llevar.
—Está bien, no se inquiete. No va a ser la primera vez que la emoción le puede a alguien en el hipódromo.
La señorita Ames había oído cosas bastante peores; el trabajo en el hospital, incluso en uno dedicado exclusivamente a mujeres pudientes, le había endurecido el corazón ante los gemidos más espantosos y las mayores blasfemias. Había visto consumidas por la ira y la violencia a personas perfectamente correctas y respetables en el curso normal de sus vidas. Había aprendido que la angustia física, y a veces la perturbación mental, podían agriar el carácter de una persona hasta resultar prácticamente irreconocible: una tranquila costurera había aullado y peleado hasta el punto que fue necesario el uso de vendas para atarle las manos a los postes de la cama; una institutriz empleada en una de las mejores casas de la ciudad le había arrancado los botones del uniforme y le había tirado un orinal lleno; después de que le hubieran extraído un tumor, una modista le había clavado sus afiladas uñas hasta arañarle en los brazos y le había hecho objeto de algunas perlas que Eleanor pensaba que sólo podían usar los marineros. La muchacha había aprendido que el sufrimiento provocaba una transformación. A veces elevaba el espíritu, también había visto algunos casos de esos, pero lo habitual era que sacase lo peor de las indefensas víctimas, que pasaban pisoteando cuanto se pusiera en su camino.
La señorita Nightingale le había enseñado esa lección con hechos y palabras.
—No es ella misma, eso es todo —decía la superintendente cada vez que tenía lugar alguno de aquellos altercados.
—¡Mira, mira, Ellie! —chilló Moira—. ¡Va a ganar, la yegua va a ganar!
La interpelada clavó la vista en la carrera y, sí, pudo ver cómo tomaba la delantera del pelotón una parpadeante marcha bermeja, minúscula como la llama de una vela. Sólo un par de corceles, uno blanco y otro negro, corrían por delante de ella. Incluso Sinclair parecía entusiasmado con el sesgo tomado por los acontecimientos.
—¡Bravo! —gritó—. ¡Vamos, potrilla, vamos!
El joven estrechó el codo de Eleanor y ella notó una descarga no ya por el brazo, sino por todo el cuerpo. Apenas era capaz de concentrarse en la carrera, pues Sinclair dejó la mano donde estaba aunque sus ojos permanecían fijos en los caballos, que rodeaban el poste más lejano en aquel momento.
—La yegua blanca empieza a flaquear —anunció Moira, llena de júbilo.
—Y el caballo negro parece reventado —comentó Sinclair al tiempo que golpeaba la barandilla con el programa de carreras enrollado—. Venga, potrilla, venga, que tú puedes.
En ese momento, el arrebato de entusiasmo y el fino mostacho, casi transparente ahora que le daba de lleno el sol, conferían al joven un encanto casi juvenil. Eleanor no había dejado de advertir la atención suscitada por el teniente entre otras mujeres. Muchas damas habían girado los parasoles con el propósito de atraer la atención de Sinclair mientras atravesaba el atestado prado hasta llegar a aquel lugar, y una joven que iba del brazo de un caballero entrado en años había dejado caer el pañuelo; el teniente lo había recogido y se lo había devuelto con una media sonrisa sin dejar de avanzar. Poco a poco, la señorita Ames había cobrado conciencia de su propio atuendo, y le entraron deseos de haber tenido otro vestido más colorido y elegante, pero llevaba puesto su único traje bueno, de un tono verde boscoso con ribetes de tafetán y una manga de pernil abombada a la altura del hombro, ya pasada de moda, que se abotonaba hasta el cuello, aunque un día caluroso, especialmente uno como aquél, habría deseado no tener cubiertos los hombros y el cuello.
Moira se desabrochó el cuello de su vestido, una prenda de color amelocotonado a juego con el rojo de su pelo y su tez sonrosada, y colocó el vaso helado de la limonada en la base del cuello. Aún así, parecía al borde del desvanecimiento a causa de la creciente agitación.
Los caballos estaban llegando al lado más cercano de la pista ovalada y la yegua blanca daba síntomas de flaqueza: se retrasaba un poco más cada segundo que pasaba a pesar de que el jinete la fustigaba sin misericordia. El fogoso potro negro, por el contrario, mantenía constante su galope a cuatro tiempos, el propio de un caballo de carreras, con la esperanza de llegar a la meta sin necesidad de hacer un esfuerzo mayor. Sin embargo, Canción de ruiseñor no estaba agotada, antes bien el contrario, se esforzaba al máximo para ganar metros. Eleanor vio los músculos y los nervios de las patas cuando la potra estaba en pleno esfuerzo, subiendo y bajando la cabeza al ritmo del jockey, que permanecía inusualmente lejos de la cruz del caballo mientras le espoleaba. Las crines del cuello bailaban en el aire junto a su rostro.
—Por Dios, ¡lo va a conseguir! —gritó Sinclair.
—Es ella, ¿a que sí? —chilló Moira exultante—. Va a ganar.
Sin embargo, el corcel negro aún no se había rendido. El caballo vio por el rabillo del ojo cómo su rival le igualaba el paso y reaccionó como solía suceder en las carreras cuando una montura percibía que le ganaban: hizo acopio de sus últimas fuerzas y se lanzó hacia delante. Estaban en la octava y última parte de la milla y se hallaban virtualmente empatados, morro con morro, pero Canción de ruiseñor había reservado energías en previsión de un momento crítico como aquel, y apeló a esa energía, saliendo disparada como si le empujara una repentina racha de viento. La seda roja de los costados flameaba como lenguas de fuego cuando la yegua bañada en sudor cruzó la línea de meta como una exhalación y en lo alto de la tablazón el juez movió de un lado para otro una bandera dorada.
La multitud prorrumpió en un griterío donde se mezclaban los lamentos de desencanto de quienes habían apostado a caballos perdedores y algunos alaridos de júbilo y sorpresa. Eleanor llegó a la conclusión de que la yegua no figuraba entre los favoritos a la victoria, lo cual, hasta donde ella sabía, explicaba que su apuesta estuviera tan bien pagada. Estudió la cifra consignada en el papel mientras Moira daba saltitos. Sinclair tomó el resguardo de sus manos.
—¿Me dais licencia para ir a recoger vuestras ganancias?
Eleanor asintió y Moira se limitó a sonreír.
Los apostantes perdedores rompieron en dos los boletos de las apuestas y los lanzaron al aire desde el graderío como si fueran confeti. Los papelitos revolotearon por encima de sus cabezas. Las dos jóvenes siguieron examinando la escena. Tres jinetes echaron pie a tierra y llevaron de las riendas a sus exhaustos corceles hasta un círculo próximo al altillo ocupado por el juez. Cada uno de ellos se desprendió de su colorida chaqueta y los mozos de cuadras las ataron con holgura a la cuerda del asta para luego alzarlas a la vista de todos: la amarilla debajo de la púrpura, situada en el medio, y en lo alto, dejando ver a la multitud quién había ganado, el color rojiblanco de Canción de ruiseñor. Parecía una sensación estúpida, y Eleanor lo sabía, pero no pudo reprimir un cierto orgullo al ver aquello. Entretanto, Moira no cabía en sí de gozo ante la perspectiva de aquellas nuevas ganancias.
—No le voy a contar a mi padre ni media palabra de todo eso o se viene desde el pueblo y me saca de aquí a palos.
La señorita Ames sabía que al menos su progenitor no haría nada parecido.
—Yo le diré a mi madre que he tenido un golpe de suerte y le enviaré un poco de dinero para hacerle la vida más llevadera. Dios sabe cuánto se lo merece.
Eleanor seguía resuelta a devolver su parte a Sinclair. Después de todo, ella no habría podido apostar más allá de la moneda de seis peniques que guardaba en su minúsculo y gastado bolso de terciopelo. El joven oficial regresó con un puñado de monedas y billetes, puso una parte en el bolso de Moira y luego esperó a que Eleanor abriera el suyo, pero ésta se negó.
—Pero es tuyo, vuestro caballo ganó y las apuestas eran muy propicias.
—No. Tú elegiste el caballo y tú pusiste el dinero.
Ames atisbó por el rabillo del ojo el gesto de su compañera de cuarto y supo que Moira no quería participar en un gesto tan noble. Lamentaba hacerle pasar un rato incómodo a su amiga. Sinclair vaciló, todavía con el dinero en la mano, y luego dijo:
—¿Os sentiríais un poco mejor si os dijera que yo también he amasado un dinerito?
Eleanor vaciló. Él metió la mano en el bolsillo de los pantalones y sacó un fajo de billetes. Los agitó con alegría delante de ella.
—Vosotras dos sois mis amuletos de la suerte —dijo, incluyendo galantemente a Moira en el cumplido.
Eleanor se vio obligada a reír, y también Moira, y ya no tuvo motivo para oponerse, de modo que abrió el bolso y dejó que Sinclair deslizara sus ganancias en él. Jamás había tenido tanto dinero junto y estaba muy contenta de contar con la compañía del teniente para evitar un posible atraco.
Mientras cruzaban las altas verjas de la entrada, unos oscuros nubarrones asomaron por el oeste y empezaron a ensombrecer el deslumbrante sol. Acababan de salir cuando Eleanor oyó gritar a alguien:
—¡Sinclair! ¿Qué, has ganado hoy?
Al darse la vuelta, vio a los dos hombres que habían llevado a Sinclair al hospital esa noche, sólo que ahora no lucían uniformes, sino elegantes atuendos de civil.
—¡Por Júpiter que sí! —contestó el interpelado.
—Bueno, pues en tal caso —repuso el grandullón, el capitán Rutherford, mientras extendía la mano abierta—, no te importará ir saldando deudas, ¿a que no?
—¿Estás seguro? ¿No preferirías considerar ese capital como una inversión y dejarla donde está a la espera de futuras ganancias…?
—Más vale pájaro en mano que ciento volando —replicó Rutherford con una sonrisa.
El teniente acudió con presteza, sacó del bolsillo una parte de los billetes y los depositó en la palma abierta.
—Discúlpeme, señorita —continuó Sinclair, y echó un paso atrás a fin de poderse presentar a la acompañante de Le Maitre, la señorita Dolly Wilson, cuyo rostro estaba oscurecido por un sombrero de ala ancha engalanado con flores de colores malva y burdeos. Ella asintió en dirección a Sinclair, que preguntó a continuación—: ¿Volvéis todos a la ciudad? Me disponía a alquilar un carruaje, aunque tal vez podamos hacer juntos el viaje.
—¡Qué idea tan buena! —replicó Rutherford—, pero a nosotros ya nos espera uno en Regent’s Circle. ¿Queréis venir? Hay espacio para todos.
Eleanor miró a Moira. Se hallaba temerosa y encantada al mismo tiempo. El día había dado tantos giros inesperados que comenzaba a sentirse como una amazona que galopase a campo traviesa a lomos de un caballo desbocado.
—Entonces, vamos por ahí —confirmó Rutherford, indicando la dirección con un gesto—. La oportunidad sólo llama a tu puerta…
—… una vez —apuntó Moira, que siempre se apresuraba a completar cualquier refrán.
El capitán dedicó una mirada apreciativa a la joven irlandesa, una mirada que se detuvo sobre todo en el canalillo de sus pechos cremosos, visible gracias a que se había desabotonado el corpiño. A Eleanor no le pasó desapercibida esa atención.
—De modo que está aquí, señorita Mulcahy —dijo mientras le ofrecía el brazo—. ¿Me permite acompañarla?
Moira se quedó desconcertada durante un momento cuando un hombre tan alto y con un gris frac de día tan elegante le ofreció el brazo, pero Eleanor le dio un discreto codazo y ella deslizó su mano sobre el brazo extendido. Después de eso se fueron todos.
El coche alquilado era una berlina con un emblema en la puerta, un león rampante sobre un campo de cruces, de la que tiraban dos robustos caballos de raza Shire de pelaje marrón rojizo. Eleanor no había estado segura del mundo que pisaba hasta ese momento, pero un coche con emblema familiar y la desenvoltura con que todos ellos manejaban el dinero, aunque empezaba a sospechar que el teniente era un notable manirroto, dejaban zanjado el asunto. Tanto ella como Moira se adentraban en un territorio que las sobrepasaba de largo.
El interior de la berlina estaba tapizado con tafilete de fina superficie granulada y escondidas debajo de los asientos había mantas de viaje con el mismo emblema familiar. Los reposapiés eran de caoba y en la pared frontal, situada justo detrás del pescante, había una ventanilla similar a una trampilla provista de un tirador de borla, y aunque el capitán les había asegurado que cabían de sobra, no era así, y menos si se tenía en cuenta que Rutherford era un hombre grandote y Moira poseía una figura generosa. Y el sombrero de la señorita Wilson también requería su espacio. Sinclair se ofreció cortésmente para sentarse entre Eleanor y Moira con el fin de que ambas pudieran mirar por las ventanas abiertas y disfrutar de las vistas.
Cruzaron la campiña aledaña al límite meridional del gran parque de Windsor en la cual se había construido el hipódromo en 1711, en un claro natural próximo al pueblo de Ascot, entonces llamado East Cote. Vacas y ovejas estaban diseminadas por los verdes campos mientras los granjeros y sus familias se afanaban en sus quehaceres, aunque solían detenerse a mirar el impresionante carruaje de Rutherford, que traqueteaba al pasar. Un muchacho con un pesado cubo en cada mano se quedó inmóvil y con la mirada fija en la berlina. Eleanor se hizo cargo de su sorpresa, pues ella misma se había sentido igual de niña cuando veía pasar ese tipo de vehículos, y no había duda de que se preguntaba cómo sería estar dentro de uno de ellos, ser un rico hacendado o un hombre de origen aristocrático y cultivado, alguien que había vivido y viajado. Sintió una cierta confusión cuando su mirada se encontró con la del estupefacto muchacho. Al principio, Eleanor sintió el deseo de explicarle que ella no formaba parte de aquellos afortunados, que sólo era la hija de un granjero, predestinada a vivir una vida muy similar a la de él, pero entonces ocurrió algo curioso. Ladeó ligeramente la cabeza, como imaginaba que haría una aristócrata, y en su pecho sintió un estremecimiento de placer, de orgullo, y también de decepción. Albergó un sentimiento similar a cuando era pequeña y los días de fiesta se ponía un disfraz de princesa, sólo que ahora los lugareños se habían equivocado al aceptar por verdadera una impostura.
—Ganar siempre me abre el apetito —declaró Sinclair—. ¿Qué diríais si os propongo una cena bufé en mi club?
Le Maitre, o Frenchie, Eleanor recordó entonces su nombre, metió baza:
—¿Y no sería más apropiado acudir al mío dadas las circunstancias? Estoy acordándome del señor Fitzroy… —añadió al tiempo que enarcaba una ceja significativa en dirección a Sinclair, que reaccionó con un gesto de desdén.
—Puaj, nada debemos temer de ese petimetre —repuso Sinclair incluso a pesar de que Fitzroy le había exigido una satisfacción después de que le arrojase por la ventana del prostíbulo—. ¿Qué le diríais a unos fiambres y quesos regados por abundante oporto, mucho mejor que el que pueden servirnos en el club de Frenchie?
Eleanor no supo qué contestar. Los acontecimientos volvían a ir tan deprisa como un caballo de carreras, y ella apenas era capaz de sujetar las riendas.
Rutherford dio por válida la idea al no haber objeción alguna y llamó con los nudillos en la trampilla de detrás hasta que se abrió y el cochero, reclinado hacia un lado, asomó la cabeza.
—Vamos al Longchamps Club, en la calle Pall Mall…
El cochero asintió y cerró la ventana. Las ruedas del carruaje traquetearon con estrépito cuando atravesaron un puente de madera.
La señorita Ames se apoyó sobre el lujoso respaldo de la berlina con el hombro pegado al del teniente Copley y se preguntó cómo terminaría aquel sueño maravilloso.


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¹ Nightingale significa ‘ruiseñor’ en inglés. El autor juega con el nombre del caballo y el apellido de Florence Nightingale, escritora, estadística y pionera de la enfermería.


Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Abr 09, 2010 4:39 pm

wiiii, gracias! ranguitos! Very Happy

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Abr 11, 2010 9:28 pm

transcrito por Gemma

CAPITULO 14

7 de diciembre, 8:00 horas

LO PRIMERO QUE MICHAEL hacía todas las mañanas después de vestirse, incluso antes de tomarse un café, era vigilar a la cría de págalo, a la que había llamado Ollie en atención a otro huérfano desafortunado: Oliver Twist.
No había sido fácil determinar qué hacer con él (o con ella, pues no había forma de determinar el sexo a una edad tan temprana), pero los págalos adultos eran pájaros taimados y mostraban la desagradable tendencia a cebarse con los débiles. Había visto a un par de ellos esforzarse en distraer a una madre pingüino el tiempo justo para que un tercero se lanzase sobre la cría, la arrastrase y la desmembrase entre gritos. Le harían lo mismo a Ollie se el pájaro no crecía un poco y echaba alas pronto.
Tras una ronda de consultas con varios miembros de la base, en la que incluyó a Darryl, Charlotte y las dos glaciólogas, Betty y Tina, se decidió que lo más conveniente para Ollie era crecer en un ambiente protegido, pero en algún lugar fuera de la estación.
-Jamás será capaz de alimentarse por sí mismo si le crías aquí dentro -había sentenciado Betty.
Tina había asentido de forma enérgica. Michael las miró a ambas. Las dos rubias con coletas del pelo recogidas en un moño le parecían un par de valkirias.
-Podría tener lo mejor de los dos mundos si le llevas al almacén de muestras, detrás de nuestro laboratorio -había sugerido Tina.
El almacén de muestras era un tosco recinto ubicado tras el módulo de glaciología donde guardaban los núcleos o muestras cilíndricas de hielo pendientes de cortar. Los almacenaban en hileras de anaqueles metálicos como si fueran leños.
-Acabo de sacar todo el plasma helado de un cajón de embalaje -anunció Charlotte-. Podríamos usarlo para proporcionar una pizquita de protección al polluelo.
La conversación tenía una pinta rara, parecían los alumnos de una clase de gramática dedicados a realizar un proyecto de biología.
Charlotte recuperó el cajón y lo colocaron en un rincón del recinto. Después, Darryl fue hasta la puerta contigua y trajo unas pocas tiras de arenque de las usadas para alimentar a su colección de animales en cautividad. La cría no empezó a comer de forma inmediata incluso a pesar de tener mucho apetito. Parecía estar esperando la llegada de un ave adulta que descendiera de alguna parte y se lo llevara. Ya estaba programado para morir, por decirlo de algún modo.
-Creo que estamos demasiado cerca -dictaminó el biólogo.
Charlotte coincidió con él, y tras estremecerse de frío, sugirió:
-Deberíamos dejarle la comida cerca del cajón y entrar dentro.
Todos ellos volvieron a sus dormitorios y se sumieron en ese sueño intranquilo tan característico de quienes carecían de un día y una noche que les regulara las pautas del sueño. Michael salió a verificar cómo estaba su protegido a primera hora de la mañana.
Las tiras de arenque habían desaparecido, pero ¿se las había comido Ollie? Encontró un poco de pelusa blanca cuando examinó el suelo helado de los alrededores y se arrodilló para echar un vistazo detrás del cajón del embalaje. Charlotte había dejado en su interior unas pocas virutas de madera utilizadas como relleno en el embalaje del plasma, pero la nieve y el hielo ya las habían cubierto. Estaba a punto de dejarlo correr todo cuando obtuvo el atisbo de algo negro y brillante muy similar a un guijarro colocado en la esquina más lejana. Era el minúsculo ojo imperturbable del ave. Michael estudió el terreno con más cuidado y logró distinguir el mullido cuerpo gris y blanco del págalo. El pájaro parecía una bola de nieve sucia ahora que se había hecho un ovillo.
-Buenos días, Ollie.
El ave lo miró sin dar señal alguna de reconocimiento ni de miedo.
-¿Te gusta el arenque?
Michael no se sorprendió al no obtener reacción alguna del polluelo y se sacó del bolsillo dos trozos de beicon que se las había arreglado para birlar mientras pasaba por la cocina de camino al almacén de muestras.
-No es kosher; confío en que no te dé por ponerte difícil.
El hombre vio cómo los ojos de Ollie se movían en dirección a la comida. Entonces, se levantó y regresó a la cafetería para ir a desayunar. Era el día de la inmersión y era consciente de la importancia que tenía tomar energías antes de llevar a cabo lo que tanto reclutas como probetas llamaban «chapuzón polar».
Cuando Michael se sentó, Darryl ya había devorado la mitad de su copioso desayuno: crepes de arándano regadas con sirope de arce y un montón de salchichas vegetales. Lawson estaba sentado al otro lado de la mesa, pero a diferencia de lo Hirsch podría haber temido, su condición de vegetariano no socavó su posición a ojos de los reclutas. De hecho, no le importó a nadie. Michael tuvo ocasión de aprender enseguida que las excentricidades eran moneda corriente en la Antártida, y además se aceptaban con despreocupación. La gente acudía al Polo para ir a su bola, por decirlo de algún modo, y él debía recordárselo continuamente. En el mundo real, aquellas gentes solían ser tipos solitarios, bichos raros y chiflados. La diferencia era que allí abajo eso no le importaba a nadie. Todo el mundo tenía sus peculiaridades y, con semejante vara de medir, ser vegetariano apenas si se notaba.
-El primer año acudes aquí por la experiencia -afirmó Lawson, hablando para el personal gubernamental. Michael aceptó ese razonamiento-. El segundo sigues por dinero, y el tercero -prosiguió con una sonrisa- lo haces porque ya no encajas en ningún otro lugar.
Hubo alguna risa incómoda, excepto uno de los reclutas, Franklin, el tipo del piano, que se giró para encararse a los demás.
-Cinco años, colegas, llevo aquí cinco añitos, uno tras otro. ¿Y en qué estado me ha dejado?
-Más allá de cualquier posible curación -replicó Lawson.
Todos se echaron a reír, Franklin incluido. El desaire era la lengua franca de la vida en la estación científica.
Michael regresó a su habitación en busca de su equipo fotográfico después de haber cargado las pilas con un buen desayuno, aunque bebió menos café que de costumbre, pues Lawson le había prevenido:
-No va a apetecerte nada ir a mear una vez que te hayas puesto el traje de buzo.
Guardó la Olympus Camedia D−220L en una carcasa estanca Ikelite de policarbonato transparente en cuanto comprobó que tenía batería y flash. Luego, musitó una silenciosa oración al dios de las pifias técnicas. Uno de los peores sitios para que fallase el equipo era el océano Ártico a mucha profundidad.
El buceo era una superproducción de lo más compleja, como casi todo en la Antártida. O´Connor había enviado el día anterior un taladro enorme en lo alto de un equipo a fin de que practicaran dos grandes agujeros en el hielo. El primero estaba destinado a ser cubierto por un rudimentario cobertizo de inmersión, era lo que los buceadores solían usar para entrar y salir del agua, mientras que el segundo, situado a unos cincuenta metros de distancia, respondía a una medida de precaución, en previsión de un posible corrimiento del hielo, o por si las agresivas focas Weddell dejaban inoperante el primero, pues tenían tendencia a volverse muy territoriales en lo tocante a los respiraderos en la capa de hielo.
Murphy se comportó como una madre clueca e insistió en la obligatoriedad de hacerse un chequeo médico por parte de todo aquel que bucease, por lo cual Michael debió hacer una visita a la doctora Barnes y sentarse en su camilla a fin de que le examinase las vías respiratorias y los oídos, y le tomase la tensión. Después de haber llegado a intimar con ella como un simple amigo, resultaba de lo más extraño tener que someterse a sus conocimientos profesionales. Sólo esperaba que no le hiciera la prueba de los testículos en busca de una posible hernia inguinal y le diera un ataque de tos.
Pero no la hizo, y tampoco pareció incómoda al desempeñar un papel diferente al habitual. Tuvo ocasión de comprobar que Charlotte era perfectamente capaz de adoptar el rostro desapasionado del médico y llevar a cabo todos sus deberes con un desempeño muy profesional, lo cual no le impidió, después de haber terminado el reconocimiento y haberle declarado apto para la inmersión, preguntarle:
-¿Estás seguro de querer hacer esto?
-Completamente.
La doctora retiró el estetoscopio y lo deslizó al interior de un cajón.
-¿No te produce claustrofobia la perspectiva de bucear debajo del hielo con una máscara en la cara y todo ese equipo encima…?
Hubo una nota delatora en su tono de voz y Michael intuyó que Charlotte hablaba de sí misma, no sobre él.
-Pues no, ¿y a ti?
Ella ladeó la cabeza sin mirarle a los ojos y Michael pensó en la noche de la Escuela de la nieve, cuando debieron dormir en los domos construidos a mano.
-¿Cómo te las arreglaste para pasar la prueba del iglú?
-¿No te lo ha dicho Darryl?
-¿Decirme…? ¿El qué…?
-¡Caramba! El pelirrojo sabe guardar un secreto -repuso ella, agradecida-. Jamás me metí dentro.
Él se quedó boquiabierto.
-Por favor, dime que no regresaste al campamento por tu cuenta y riesgo. -La idea de un comportamiento tan temerario le había dejado helado.
-No. Dormí dentro del saco y debajo de dieciocho mantas. Únicamente metí los pies en el túnel o de lo contrario me temo que Darryl se habría asfixiado en el iglú.
Michael la admiró todavía más cuando supo de su fobia y de cómo había soportado lo indecible para que no se supiera.
Y ese sentimiento se extendió a Darryl, que le había guardado el secreto.
-Llevaré encima el walkie-talkie todo el día por si necesitas algo ahí fuera -dijo Charlotte.
Él no esperaba menos.
-Id con cuidado Darryl y tú. Vigilad lo que hacéis. Y no dejes que él te lleve demasiado rato por ahí abajo.
-Se lo diré de tu parte.
Luego, volvió a apilar en el exterior todo el equipo de buceo y abandonó la enfermería para dirigirse al punto de inmersión. Para llegar allí debió montarse en un spryte. Éste tenía una apariencia a medio camino entre un arrastrador de troncos y un Hummer de General Motors y arrastraba un deslizador Nansen, de diseño muy similar al tradicional trineo noruego de esquís, que iba cargado con el equipo adicional de buceo. Michael iba sentado junto a Darryl. Éste parecía un niño en un viaje de excursión a Disneylandia.
La caravana avanzó muy despacio sobre el hielo y pasaron diez minutos antes de que el periodista atisbara el cobertizo de inmersión, construido en medio de la nada. Una bandera blanquinegra flameaba al viento. La cabaña en sí debía de tener un color rosáceo, similar al del pálido cielo estival, pero no podía apreciarse, pues un par de miembros del personal de la base apilaban la nieve reciente alrededor de la misma para mantenerla a resguardo del viento. De hecho, el suelo descansaba sobre bloques de oba de treinta centímetros o sobre el mismo hielo.
Darryl asomó la cabeza por un lateral del spryte conforme se aproximaban y no dejaba de tamborilear con los dedos en las rodillas, presa del nerviosismo. Debían desvestirse y ponerse los trajes de neopreno dentro de la cabaña de inmersión, pues iban a cocerse vivos en cuanto se hubieran embutido dentro de los mismos a menos que pudieran sumergirse enseguida en el agua, que mantenía la temperatura estable alrededor de un grado bajo cero con independencia de la profundidad.
A juzgar por ese mostacho helado con forma de picaporte que asomaba desde la capucha forrada con piel, daba la impresión de ser Franklin quien les hacía señales con los brazos para que se detuvieran.
-Hace un día estupendo para bucear -saludó, mientras abría de un tirón la insegura puerta del spryte.
El biólogo bajó de un salto y se deslizó por la nieve con Michael pegado a sus talones mientras Franklin empezaba a descargar el equipo colocado en el trineo. Se dirigieron hacia el cobertizo de inmersión, cuyo interior parecía un horno después de haber caminado por el exterior. Había unos calefactores apoyados sobre unos soportes metálicos y grandes repisas acondicionadas para poner el equipo; las cuatro paredes estaban llenas de perchas.
Lo más destacable de todo era el agujero circular de casi dos metros de diámetro situado en el centro del cobertizo, como si de un jacuzzi se tratara. Habían puesto sobre el mismo una rejilla a fin de evitar cualquier accidente o una entrada prematura, pero Michael no pudo controlar la tentación de fijar la mirada en las expectantes aguas de intenso color azul, donde se balanceaban refulgentes bandejas de hielo.
-Hola, troncos -les saludó Calloway, un tipo seco con un pronunciado acento australiano-. Voy a ser vuestro monitor de submarinismo en el día de hoy. -Lawson y los otros le habían soplado a Michael que Calloway no era australiano de verdad, sino que se había hecho pasar por tal de joven para ligar con más facilidad, hacía muchos años, y en el camino no se había logrado desprender del deje-. Ea, poneos en paños menores y manos a la obra, que hay mucho tajo pendiente.
Eso era un eufemismo de órdago. Wilde había buceado muchas veces con anterioridad y estaba familiarizado con el prolongado proceso de equiparse, pero aquello sobrepasaba con mucho todas sus experiencia previas. Bajo la experta supervisión de Calloway, él y Darryl se enfundaron una primera prenda gruesa de polipropileno sobre la cual colocaron un mono de tejido aislante de Polartec Thermal Pro. Los dos amigos se habían puesto los calcetines determinados en el Programa Antártico de Estados Unidos, así como unos escarpines de nailon. Llegados a ese punto, el biólogo guardaba un parecido más que sospechoso con un elfo pelirrojo.
Acto seguido, Calloway les hizo entrega de un traje seco de color púrpura para que se lo pusieran por encima de toda aquella ropa interior.
-¿A que hace una pizquita de calor? -preguntó Calloway, agitando la solapa abierta de su camisa.
-A lo mejor nos enteramos si lo repite -convino Michael con retranca.
-¿A que hace una pizquita de calor? -repitió Calloway dócilmente.
Michael se había visto obligado a acostumbrarse a las humoradas inmaduras habituales de Point Adélie, muy frecuentes según su experiencia cuando los hombres se reunían en campamentos remotos.
Lo siguiente fue meterse dentro del traje seco propiamente dicho. Calloway lo sostenía en alto con orgullo, como un modisto en plena exhibición de su último diseño.
-Lo más mejor de la tecnología: TLS*, tíos, trilaminado, y de tipo cordura. Tiene tres capas: la exterior de nailon protege del roce, la interior o impermeable, y la situada en medio. Se necesita mucho lastre para descender con un seco de neopreno, pero a medida que bajas, la lámina de neopreno se comprime y pierde flotabilidad. Con los trajes trilaminados, ésta se mantiene estable durante toda la inmersión al no comprimirse el tejido. Es más ligero que un seco de neopreno comprimido.
Michael se puso a forcejear con el traje de marras y le costaba concebir la existencia de algo más ligero que aquella cosa; empezaba a sentirse como el hombre Michelín del anuncio, y eso fue antes de que se pusieran manos a la obra con el que seguramente era el paso más restrictivo de todos: la protección de la cabeza y el rostro.
El falso australiano hurgó en el talego que Franklin le había traído hasta extraer dos capuchas de buceo negras de la marca Henderson: les cubrían todo el rostro, salvo un espacio alrededor de los ojos y de los labios. Una fina tira de neopreno corría por encima de la abertura de la boca. Michael se sintió un ladrón cuando se puso el pasamontañas, y encima de todo eso tuvo que ponerse una capucha de látex. Calloway tuvo que ayudarles para que lograran meter la cabeza y bajar la capucha hasta el comienzo del traje seco anaranjado, donde se adhirió como una ventosa y le convirtió definitivamente en una longaniza embuchada de color naranja.
-¿No puedes apagar eso? -le pidió Darryl, señalando con el brazo el calentador más cercano-. Voy a morirme.
-Sin problemas, colega. Debí hacerlo antes. -Apagó ambos radiadores-. Estaréis fuera de aquí en cuestión de unos minutejos -añadió a fin de infundirles ánimo a ambos.
Luego les ayudó a enfundarse unos guantes de alpinismo y después, unos guantes secos de caucho. A continuación se pusieron unos pesados arneses, pues un submarinista siempre subiría hacia arriba sin la ayuda de un lastre adecuado. Finalmente, fijó el arnés de los trajes los tanques de acero ScubaPro de dieciocho litros, sin olvidar los reguladores para ajustar la presión del aire de la botella y que el buceador lo respirase por la boquilla. Michael apenas era capaz de moverse.
-¿Algún último deseo antes de poneros las máscaras faciales? -preguntó Calloway.
-Date prisa -urgió Hirsch con voz entrecortada.
-Recordad, nada de tomároslo con pachorra ahí abajo… Tenéis una hora, nada más.
Se refería tanto a la reserva de aire como la capacidad del cuerpo humano para soportar unas temperaturas tan extremas incluso buceando con un equipo tan completo.
-¿Habéis bajado ya las trampas y las redes? -preguntó Darryl mientras forcejeaba en su intento de ponerse las aletas de caucho sobre los escarpines.
-Yo mismo las coloqué ahí abajo hará cosa de dos horas. Están atadas a los cabos del agujero de seguridad. Que se os dé bien la pesca.
-Antes de que nos olvidemos, voy a necesitar eso de ahí -observó Michael, e hizo un gesto hacia la cámara submarina que había olvidado encima del revoltijo de sus ropas.
-Aquí la tienes -dijo Calloway, entregándosela-. Si ves alguna sirena, sácale una foto para mí.
Dicho eso, ajustaron las máscaras faciales de la forma más cómoda posible y verificaron el funcionamiento del regulador. Luego, Hirsch dio una palmada en la espalda de Calloway. Mientras Michael deslizaba los pies dentro de las aletas y sujetaba la linterna al cinturón, Darryl levantó la rejilla de seguridad que cubría el agujero de inmersión y cuando su compañero se dio la vuelta, él ya se había sumergido. Calloway palmeó a Michael en la espalda y levantó el pulgar en señal de aprobación. El reportero metió los pies en el agua y se dejó caer para deslizarse y bajar por el agujero.
La capa de hielo tenía un espesor de dos metros y medio y la perforación practicada guardaba una gran semejanza con un embudo: era mayor en la parte superior que en el fondo. Michael notó cómo rompía con los pies una placa de hielo que ya se había formado desde el paso de su compañero. Siguió hundiéndose, envuelto por una nube de burbujas y esquirlas de hielo centelleante. Tardó unos segundos más en llegar a aguas lo bastante claras como para gozar de visibilidad.
Se mantuvo suspendido a unos cuantos metros por debajo del agujero de inmersión, flotando en un mundo que parecía carecer tanto de límites como de dimensiones. Sin embargo, veía con gran claridad, pues no había plancton en las aguas, sobre todo en esa época del año, y eran las menos contaminadas del planeta. La luz del sol apenas lograba atravesar la capa de hielo, lo cual hacía destacar sobremanera el agujero de emergencia: lanzaba un chorro de luz tan potente hacia abajo que parecía un faro, y de su borde salían tres largas cuerdas señalizadas con banderines de plástico que se perdían en las veladas profundidades.
Michael estaba gratamente sorprendido. Arriba se movía con suma torpeza y se estaba cociendo de calor, pero ahora, a pesar de que se había abrazado a fin de combatir el frío al sentir el primer contacto con el agua, se deslizaba con comodidad y la temperatura resultaba soportable, pues el líquido elemento no sólo le facilitaba los movimientos, sino que también enfriaba las capas exteriores. Notó un gran alivio allí abajo. No le extrañaba que el pelirrojo se hubiera sumergido tan deprisa. Ahora bien, sospechaba que al cabo de un rato notaría frío y estaría congelado al terminar los sesenta minutos.
Miró al fondo y vio a su compañero mientras movía las aletas para impulsarse hacia el bentos. Resultaba obvio que Hirsch no estaba dispuesto a malgastar ni un segundo de la hora disponible. Las aguas estaban tranquilas y se hallaban prácticamente libres del efecto de corrientes y mareas que, en otros mares, alejaban al buceador del punto de inmersión sin que éste apenas lo advirtiera. Miró en derredor. Un vasto y silencioso reino azul donde todo cuanto podía escucharse era el borboteo delator del regulador.
El lecho marino descendía lentamente desde la posición del agujero de inmersión hacia la zona bentónica y el submarinista empezó a seguir ese descenso gradual, los glaciares habían desgastado el fondo, dejando a su paso enormes estrías y grandes rocas sueltas y alisadas por la erosión que debían haber sido arrastradas durante kilómetros hasta llegar allí; presentaban unas vetas similares a las del mármol. Conforme se acercaba al fondo, empezó a ver una miríada de formas de vida pululando por un paisaje desierto sólo en apariencia. Las espirales y los culebreos grabados en el fango delataban la presencia de moluscos, crustáceos, erizos de mar, ofiuras, unos equinodermos emparentados muy de cerca con las estrellas de mar, y lapas adheridas como níveas serpentinas a las algas que cubrían las rocas. Entretanto, las estrellas de mar, amontonadas unas sobre otras, exploraban el lodo en busca de almejas, y una araña de mar del tamaño de la mano abierta de Michael se ponía de pie sobre dos de sus ocho patas, consciente de la proximidad del hombre. Éste permaneció suspendido en lo alto y le hizo varias fotos. La criatura parecía no tener cuerpo, sólo una cabeza con dos pares de ojos y un cuello del color de la herrumbre; el abdomen era tan reducido que se confundía entre los largos apéndices locomotores, pero Michael era consciente de la peligrosidad de su probóscide tubular, con la cual removía el sedimento en busca de esponjas y otros animales marinos de cuerpo blando a los que les ensartara y les chupaba los jugos con un beso prolongado y letal. Cuando el submarinista pasó junto a ella, la araña de mar se onduló a la estela de las aletas y giró sobre sí misma en un movimiento lento, pero cuando él se volvió, pudo ver cómo había reaccionado con indignación y se deslizaba sobre sus patas puntiagudas, dispuesta a atravesar al infortunado que pasara por allí.
Darryl se hallaba debajo; sostenía una red con una mano mientras apoyaba la otra en una piedra del tamaño de una pelota de baloncesto. Cuando se acercó a él, Hirsch ladeó la cabeza e hizo un ademán indicativo de que quería que le diera la vuelta a la roca. Michael dejó que la cámara oscilase en torno a su cuello mientras usaba ambas manos para desplazar la roca primero en una dirección y luego en la contraria, y así hasta apartarla, quedando a la vista un enjambre de anfípodos minúsculos, de tamaño no superior a una uña. Movían las antenas mientras correteaban para escabullirse, pero la mayoría acabó en la red de Darryl. Éste actuó con habilidad y los introdujo a la bolsa transparente con cierre hermético para luego levantar los pulgares en dirección a Michael, bueno, levantarlos todo lo posible cuando se llevaba aquellos guantes; después hizo un gesto de despedida con la mano. El periodista tuvo un pálpito: Darryl no deseaba compañía a su alrededor mientras recogía muestras y efectuaba observaciones.
Michael tampoco deseaba entorpecerle y debía hacer su propio trabajo y sus propios descubrimientos. Merodeó sobre un grupo de criaturas con aspecto de gusanos, cada uno de un metro de largo, mientras pululaban encima de una carroña casi consumida, y tomó algunas fotografías con la intención de que Hirsch las identificara más tarde. La luz era más débil conforme se alejaba de la superficie y poco a poco empezó a cubrir el lecho marino una capa helada llena de crestas; parecía una inmensa cuartilla de papel arrugada. De pronto, una silueta oscura apareció ante sus ojos desde un lado. Agudizó los ojos a través de la máscara y distinguió unos grandes bigotes y unos enormes ojos nacarados que le devolvían la mirada.
Era una foca de Weddell, el único mamífero capaz de nadar en aguas tan profundas, junto a la ballena minke. El buceador sabía que no le haría daño. La foca contrajo la membrana limitante externa y desplegó los pelos del bigote como si fuera un abanico cuando él alzó la cámara. «Listo para un primer plano», pensó mientras tomaba una serie de instantáneas.
La foca ladeó una aleta, pasó junto a él sin dejar de mirar hacia atrás y remoloneó, como si esperase que el recién llegado intentara darle alcance antes de seguir nadando. Michael le calculó una longitud próxima a los dos metros.
«Vale, voy a jugar», dijo para sus adentros. Esas imágenes serían estupendas y le darían un toque divertido al artículo. Se impulsó sobre las aletas y fue en pos del mamífero, un ejemplar joven, si no se equivocaba, a juzgar por el pelaje lustroso y sin cicatrices y los dientes de un blanco impoluto, que se dirigió hacia las profundidades. El tanque del oxígeno siseó y burbujeó mientras seguía al fócido primero alrededor de un témpano de hielo cariado del tamaño de un yate de motor y después sobre un afloramiento rocoso cubierto por una maraña de algas rojas y marrones.
El mar se abrió a sus pies y Michael tuvo la sensación de que podía ir demasiado lejos si no se andaba con cuidado. Una grieta de hielo de la superficie proporcionaba algo más de luz y gracias a eso fue capaz de advertir algo fuera de lugar cuando fijó la vista en el inclinado lecho marino. Los contornos rectangulares eran demasiado precisos incluso a pesar de estar recubierto por el hielo. Parecía algún tipo de baúl. La foca se demoró sobre el mismo, girando en círculos. Daba la impresión de que todo el tiempo le había estado conduciendo hasta allí.
«¡Dios de mi vida! ¿Qué es eso? ¿Un tesoro oculto?», pensó para sus adentros. «No es posible, aquí, no. No en el Polo Sur».
Movió las piernas con fuerza para impulsar las aletas y redujo la distancia enseguida mientras empezaba a notar cómo el frío se abría paso hacia su cuerpo a pesar de toda la ropa que llevaba puesta. Se detuvo encima y movió los brazos de forma morosa en el agua helada. No cabía la menor duda: había un arcón sin tapa debajo de todo el hielo, de las pegajosas lapas antárticas, de los erizos de mar y varias estrellas de mar que festoneaban los laterales del cofre; una de ellas, blanca como el marfil, se había extendido sobre la parte superior como una esquelética mano guardiana. Reaccionó por instinto y echó mano a la cámara para tomar media docena de fotografías.
La foca ejecutó un rápido arabesco encima de la posición del buceador.
Wilde descendió más y más, hasta ser capaz de mirar en el interior del arcón, donde yacían amontonados muchos trozos de hielo refulgente, como monedas de cristal, pero logró atisbar algo más oscuro, un objeto reluciente de color ciruela.
Miró de izquierda a derecha, examinando el suelo circundante. A un lado el lecho descendía hacia una negrura sin fondo, y al otro vio, a escasos cientos de metros, una pared de hielo cortada a pico desde lo alto hasta una profundidad que él jamás sería capaz de llegar. Entre su posición actual y el imponente glaciar distinguió otro objeto de color ciruela cubierto de hielo, pero sobre la superficie del lecho marino. Tomó la linterna del arnés y apuntó el rayo luminoso en esa dirección.
Era una botella de vino. Tenía que serlo.
El buceador descendió un poco más y apartó el sedimento acumulado sobre el gollete del envase con los tres dedos del guante. La silueta globular de un erizo de mar descansaba en la base; creyendo que cerca había algo comestible, abría y cerraba la boca sin cesar, bueno, en realidad todo él era una boca. Michael se sirvió de la punta de la linterna para apartarlo. La costra de hielo cubría la botella de arriba abajo, pero en la cara yaciente sobre el suelo había vestigios de lo que en otro tiempo debió de haber sido una etiqueta, hoy ilegible. Intentó retirar la botella, pero no iba a salir con tanta facilidad. Debía usar las dos manos para conseguirlo. Antes de volver a intentarlo, colocó con sumo cuidado la linterna entre dos trozos de hielo que brotaban del suelo. Sin pretenderlo, perturbó a un gusano escamoso o polinoido cuyo aspecto recordaba mucho a una banda rota de corcho de varios centímetros de longitud; se escabulló en busca de una zona más tranquila. Tuvo que mover con cuidado el frasco para sacarlo del fango y el hielo, pues lo último que deseaba era romper algo que debía de haber sobrevivido decenas de años, pero al final tuvo suerte: la extrajo y la giró entre las manos, admirándola. Se sentía como si hubiera ganado en un juego de tira y afloja con el suelo marino.
De pronto, localizó otro botellín a doce metros de distancia, al pie mismo del glaciar sumergido.
¡Tal vez había encontrado un tesoro oculto! Le pasaron por la cabeza toda clase de ideas descabelladas, ¡cómo no!, pero en cualquier caso, aquello era una noticia de prensa sensacional. Cuando volviera a Tacoma y Gillespie le echara un vistazo al material… Un reportero gráfico del Eco-Travel Magasine había descubierto en el mar Antártico un cofre hundido a cientos de pies de profundidad. A partir de ahí, Wilde tenía el éxito asegurado.
Fijó la bolsa en la malla de su arnés antes de impulsarse hacia la pared de hielo. La foca pareció retirarse del lugar y merodeó por los alrededores, mirándole mientras nadaba al revés.
El agua estaba más helada cuanto más se aproximaba al iceberg, y el descenso de temperatura fue tan brusco que le recordó mucho a la sensación térmica provocada por los vientos catabáticos en su bajada desde lo alto de los glaciares hasta las llanuras polares. Tiritó dentro del traje y echó un vistazo al reloj colocado en la parte interior de la muñeca. Iba a tener que subir a la superficie pronto, muy pronto, y regresar más adelante.
El segundo envase de vidrio se hallaba atrapado debajo de una roca y decidió dejarlo donde estaba, pues el regulador se puso a sisear y él se percató de que no había estado respirando con normalidad, ya que la excitación se había apoderado de él y no había prestado atención. El empinado muro blanco del imponente glacial guardaba un gran paralelismo con el escenario de aquel día trágico en la cordillera de las Cascadas: se elevaba por encima de él como la pared escarpada de un precipicio y descendía hasta perderse en un abismo insondable. La pared de hielo presentaba acanaladuras y grietas, como el semblante de un boxeador que había subido demasiadas veces al cuadrilátero. El submarinista recorrió el gélido muro con los dedos, y a pesar del guante pudo percibir a través del tacto el rudimentario pero antiguo poder de esa montaña, capaz de aplastar de forma lenta e inexorable cuanto se pusiera en su camino.
Entonces dejó de respirar del todo.
Detrás de sus dedos vio… un semblante.
Se alejó con un brusco movimiento de aletas, sorprendido y confuso, envuelto por un anillo de burbujas cada vez más pequeñas.
Movió brazos y piernas para permanecer en aquella posición, haciendo caso omiso a la foca, que había regresado junto a él para jugar.
Era imposible. No podía haber visto lo que acababa de contemplar. Miró a su alrededor en busca de Darryl, pero todo cuanto era capaz de atisbar era una mota naranja a lo lejos; parecía ocupado en izar una trampa por una de las cuerdas del agujero de seguridad.
El corazón le latía desbocado cuando se volvió hacia el glaciar. O se controlaba o iba a terminar por cometer alguna estupidez que le sentenciara a morir ahogado antes de contar a nadie su hallazgo. Iluminó el hielo veteado con la linterna…
…pero veía muy poco desde allí.
Al final, cuando venció su reticencia y se acercó un poco más, descubrió otra cosa más sobresaliendo de la rugosa superficie helada. Al acercarse todavía más distinguió con toda claridad un rostro helado aureolado por unos cabellos de color caoba y una cadena en torno al cuello. ¿Una cadena de hierro…? Apreció un manchurrón azul y negro debajo del hielo, allí donde debían de estar las ropas, y era bastante posible que hubiera otra figura acurrucada detrás de la que estaba a la vista, pero eso resultaba bastante difícil de apreciar o discernir en aquellas aguas heladas y poco iluminadas.
Acarició el hielo de un modo casi reverencial con el guante y acercó la máscara facial a la pared del iceberg.
Enfocó el haz de la linterna al interior del hielo, donde contempló las facciones de una joven, aprisionada en su lecho de escarcha como la Bella Durmiente. Estaba ahí, con la mirada fija, pero no reposaba.
Nada de eso.
La mujer abría con desmesura aquellos ojazos suyos tan verdes que su luminiscencia le sorprendió, sobre todo debido al lugar donde se encontraba; también tenía abierta la boca, como si estuviera dando un último grito. La visión le hizo estremecer de los pies a la cabeza, pero en ese momento un ruido procedente del tanque de oxígeno le dio un serio aviso de los peligros de una mayor demora. Se dejó llevar hacia la superficie, apenas capaz de aceptar el descubrimiento hasta que estuvo lo bastante lejos como para que el hielo se hiciera opaco otra vez y un manto de oscuridad ocultase de nuevo su terrible secreto.

* Acrónimo de Trilaminate Extra Tenacity.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Abr 11, 2010 9:30 pm

gracias por el capi, :alien:
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Dom Abr 11, 2010 9:34 pm

^^ si, anoche me pasé hasta las 6 de la mañana para terminarlo y casi se me olvida que lo tenía que poner jajajajaja XD

es que este cap es genial........ ya veréis al final......

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 12, 2010 1:20 am

Grax por el capi!^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 12, 2010 4:29 pm

Gracias por el capi.
Estás toda enganchada con la historia, eh? Yo me leí hasta el capítulo 28 y no veas cómo se pone luego la historia.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 12, 2010 6:35 pm

^^ si, jejeje me gusta como va la cosa, y si luego se pone mejor.... que bien!

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 12, 2010 7:30 pm

Gemma escribió:
^^ si, jejeje me gusta como va la cosa, y si luego se pone mejor.... que bien!

Sí, sobre todo el último párrafo del capítulo 22 o 23, no recuerdo bien cuál es. Esa frase te deja....
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Jejeje, qué mala soy....
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 12, 2010 7:53 pm

uhhh que ganas de llegar XD

ahora estoy con el cap 15, no sé si para mañana lo tendré, no es muy largo. a ver si llego ^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 13, 2010 9:17 pm

transcrito por Gemma

CAPITULO 15

Noche del 6 de julio de 1854

DESPUÉS DE QUE LA traqueteante berlina hubiera cruzado Trafalgar Square y se adentrara en la elegante zona situada en los aledaños de Pall Mall, donde se habían afincado los clubes frecuentados por la flor y nata de los caballeros ingleses, Sinclair indicó al cochero que se detuviera en la esquina de St. James´s Street, casi enfrente de la entrada principal de Longchamps, pues allí se localizaba la discreta entrada lateral, la única por la que se admitía la entrada a las mujeres.
El cochero bajó del pescante con presteza, se apresuró a extender la escalerita plegable y ayudó a bajar a las damas bajo la luz parpadeante de las lámparas de gas, que iluminaban la creciente oscuridad. Pall Mall gozaba del lujo de una iluminación nocturna desde 1807.
—Buenas noches, Bentley —gorjeó Sinclair, usando sus modales más afables—. ¡Qué día más glorioso! Hemos apostado a ganador a Ascot.
—Me congratula saberlo, señor —repuso el criado mientras miraba de soslayo al resto del grupo.
—Lo que ahora necesitamos es un refrigerio.
—Sin duda, señor —replicó Bentley, sin ofrecerle nada más.
Algo iba mal, y Sinclair lo cazó al vuelo. Sospechaba que sus deudas habían llegado al punto donde el consejo directivo del club había puesto su nombre en la lista de morosos y le habían suspendido sus privilegios de socios.
Las damas estaban demasiado ocupadas deleitándose por el modo en que la luz del crepúsculo iluminaba las pinturas del ventanal del mirador, por lo que permanecían felizmente ajenas al problema, lo cual no podía decirse de Rutherford y Frenchie. Ellos debían de haberse olido la tostada y Rutherford parecía ya dispuestos a escoltarlos a todos de vuelta a su carruaje y llevarlos al Athenaeum, el club del que era miembro.
—¿Podemos hablar un momento, Bentley? —pidió el teniente mientras llevaba aparte al criado, a quien nada más llegar adonde nadie podía escucharles le preguntó—: Me han puesto en la lista negra, ¿a que sí?
El criado asintió.
—No pasa de ser un simple error contable —repuso el teniente mientras movía la cabeza con pesar—. Lo solucionaré mañana a primera hora.
—Sí, señor, pero hasta entonces he recibido instrucciones…
El teniente Copley alzó una mano y acalló a Bentley de inmediato, luego, se llevó la mano al bolsillo y extrajo un puñado de billetes, eligió unos cuantos y se los entregó.
—Tenga, para mi cuenta… Entrégueselos al señor Witherspoon mañana. ¿Hará eso por mí?
—Sí, señor, por supuesto —respondió el criado sin contar el dinero y ni siquiera mirarlo.
—Buen chico. Ahora, mis compañeros y yo necesitamos una cena fría y unas botellas de champán aún más frías. ¿Podría hacer que nos lo sirvieran en la sala de invitados?
No era la mejor estancia del vetusto y enorme caserón del club, pero sí el único lugar donde estaba autorizada la presencia de mujeres. Bentley respondió que podría arreglarlo y Sinclair regresó junto a sus invitados.
—Por aquí —anunció mientras señalaba a las damas un pequeño corredor que daba acceso a lo que de hecho era un anexo. El club se había visto obligado a ello ante el creciente número de socios.
La habitación estaba desatendida cuando entraron, pero enseguida apareció un criado para descorrer los grandes cortinajes rojos de terciopelo y encender los apliques. En una de las esquinas descansaba un gran hogar de piedra coronado por una cabeza de alce disecada, y delante de la chimenea había una buena colección de sillones de cuero, sofás, y mesas de roble.
Las damas se sentaron en un corrillo debajo del gran candelabro y descansaron los pies sobre una gastada alfombra oriental.
—¿Pedimos que enciendan la chimenea? —inquirió Sinclair, pero todos los invitados rechazaron la sugerencia.
—¡Por amor de Dios, no! ¿Acaso no te ha bastado con la calorina que ha hecho todo el día? —saltó Rutherford mientras se sentaba en la silla más próxima a Moira, quien no dejaba de abanicarse los hombros y el cuello con el programa de carreras de Ascot—. Estoy rezando para que llueva de una vez.
El cielo había amenazado con una tormenta durante todo el camino de vuelta desde el hipódromo, pero aún no había caído ni una gota y el propio Sinclair agradecía el frescor de la estancia después de la sofoquina del largo viaje en carruaje.
Dos criados entraron a toda prisa y en un abrir y cerrar de ojos prepararon una mesa redonda para seis comensales con manteles de damasco azafranados, cristalería y un centelleante candelabro de plata. Cuando todo estuvo listo, Bentley asintió con la cabeza en dirección al teniente Copley, sentado entre Eleanor, a su derecha, y Moira, a su izquierda. Completaban el círculo Frenchie y Dolly: ésta lucía una cascada de tirabuzones ahora que se había quitado el sombrero; la hermosa joven no tendría más de veintidós o veintitrés años, pero llevaba una espesa capa de maquillaje a fin de ocultar lo que parecían ser marcas de viruela.
Sinclair alzó su vaso estriado en cuanto estuvo servido el champán.
—Por Canción de ruiseñor, noble yegua y generosa benefactora.
—¿Por qué sólo compartes conmigo los presentimientos ruinosos? —preguntó Frenchie, haciendo referencia a la pelea de perros, mientras le guiñaba un ojo.
Sinclair rompió a reír.
—Tal vez me haya cambiado la suerte. —repuso, volviéndose ligeramente hacia la señorita Ames.
—En tal caso, por la suerte —brindó el capitán, aburrido de tanta cháchara, y vació su vaso de un trago.

Eleanor sólo había probado el champán una vez antes de aquella ocasión, cuando el alcalde del pueblo había celebrado su elección con los granjeros y comerciantes, pero ella estaba segura de que debía beberse despacio. Inclinó el vaso y se humedeció los labios. Estuvo a punto de estornudar por culpa de la burbujeante espuma fría, de hecho le sorprendió que estuvieran fríos tanto el vaso como el dulce licor, que probó con la punta de la lengua. Bebió un sorbito de champán y observó a través del cristal cómo subían las burbujas. La imagen le recordó los hervores que en ocasiones veía a través de la capa de hielo que cubría el río. Había algo hipnótico en ese borboteo y cuando apartó la mirada de las burbujas, descubrió lo mucho que a Sinclair le divertía su concentración.
—El champán es para beberlo, no para mirarlo —bromeó.
—Eso, eso —voceó Rutherford mientras rellenaba su vaso y el de Moira.
El capitán se inclinó mucho para escanciar y ella se vio obligada a pegar la espalda al respaldo para hacerle espacio, concediéndole una mejor vista de sus encantos.
La realidad había decepcionado a Eleanor: ella se había preguntado a menudo qué habría en el interior de unos clubes tan impresionantes y había imaginado un ambiente mucho más suntuoso, con capas de pintura dorada en los adornos, finos muebles franceses y sillas tapizadas con sedas y satén. Y aunque la estancia era espaciosa y de altos techos con vigas, tenía más aspecto de pabellón de caza que de palacio.
Los criados sirvieron una serie de platos fríos —lengua de ternera, carne de añojo servida con gelatina de menta y galantina de pato al jengibre— bajo la estricta supervisión de Bentley. Los oficiales regalaron los oídos de sus acompañantes femeninas con la narración de las proezas de la brigada. Los tres militares formaban parte del 17º regimiento de lanceros del Duque de Cambridge, formado en 1759, y desde entonces, como declaró el capitán sin dejar de enarbolar un trozo de pato trinchado en el tenedor, «nunca ha estado lejos del fuego de los cañones».
—Y más tiempo metido en los fregados que fuera de ellos —agregó Le Maitre.
—Y así volverá a ser en breve —declaró Sinclair.
La señorita Ames sintió una punzada inesperada de inquietud. La situación en Oriente no dejaba de empeorar. Rusia había declarado la guerra al Imperio Otomano del Sultán Abd−ul−Mejid so pretexto de un conflicto religioso en la ciudad de Jerusalén. Las naves de Nicolás I destruyeron a la flota turca a orillas del mar Negro, en la localidad de Sinop. Como el capitán Rutherford explicó a las damas, «se temía que el oso ruso se pusiera a nadar en el mar Mediterráneo si no se le frenaba en tierra firme». Era preciso atajar de raíz semejante desafío al dominio británico de los mares, universalmente aceptado.
Eleanor apenas se enteró de esa explicación, pues tenía un conocimiento mínimo de lo tocante al extranjero incluso a niveles de geografía, dado que su educación se había limitados a unos pocos años de asistencia a clase de una academia local para señoritas, donde se hacía más énfasis en asuntos relativos a la etiqueta y al porte que en temas intelectuales, pero aun así, era perfectamente capaz de captar la avidez y el entusiasmo con que sus acompañantes masculinos acogían la perspectiva de una batalla. Su bravura le maravillaba. Frenchie había sacado del bolsillo una pitillera de plata con el emblema grabado del 17º de lanceros, una calavera, símbolo de la muerte, encima de dos tibias entrecruzadas con dos palabras inscritas: «O Gloria». La pasaron de una mano a otra y cuando llegó a Eleanor, ella retrocedió por instinto, y luego la cogió para entregársela apresuradamente a Sinclair.
Entonces sirvieron una bandeja de quesos y luego otra de dulces, junto con la que debía ser la tercera o la cuarta botella de champán. Eleanor apenas recodaba haber oído descorcharlas en el transcurso de la cena, pero cuando Sinclair se ofreció a llenarle el vaso de nuevo, ella lo cubrió con la mano.
—No gracias. Creo que ya se me ha subido un poco a la cabeza.
—¿No le gustaría tomar un poco el aire?
—Sí, probablemente, eso sería de lo más aconsejable.
Pero cuando se disculparon y salieron al pórtico de la entrada, descubrieron que al fin había empezado a gotear. El pavimento húmedo refulgía a la luz de las lámparas de gas. Mientras la joven contemplaba la lluvia, dos caballeros de sombreros altos y capas negras descendieron de un hermoso carruaje para luego subir la lujosa escalinata de un club situado en la otra acera de la calle.
—Estas casa son preciosas —observó ella mientras echaba hacia atrás la cabeza para ver la fachada de Longchamps. Había grandes columnas redondeadas hechas con piedra caliza de color crema y un bajorrelieve exquisitamente tallado de una deidad griega, o tal vez un emperador, encima de la imponente puerta de doble hoja.
—Tienes razón, supongo —convino Sinclair con fingida indiferencia—; estoy tan acostumbrado que ya apenas lo noto.
—Pero los demás sí.
Él encendió un cigarrillo y observó el aguacero, mientras en la calle sonaba el chacoloteo de un fatigado caballo gris que tiraba de un carromato lleno de barriles de cerveza cuyas ruedas traqueteaban sobre los empapados adoquines.
—¿Le gustaría ver algo más? —inquirió en un arranque de inspiración.
Eleanor vaciló, no muy segura de la naturaleza de esa propuesta.
—No he traído paraguas, pero si…
—No; me refiero a otras dependencias del club.
Eso no estaba permitido, y ella lo sabía.
—En el hall principal hay un tapiz tejido al modo de lo Gobelinos realmente maravilloso, y el salón de billar es el mejor de Pall Mall. —El teniente esbozó una sonrisa maliciosa y se acercó hacia ella al verla vacilar—. Entiendo tus reticencias. Sí, el acceso a las damas está más que prohibido, pero por eso es tan divertido.
¿Seguía en el mundo real? Ella tenía la sensación de haber cruzado al otro lado del espejo, como Alicia, y haber pasado allí todo el día, moviéndose en un reino cuyas normas no terminaba de comprender, y esa propuesta era otra muestra más.
—Vamos —dijo él, tomándola de la mano con un gesto infantil de invitarla a jugar a otra cosa—. Conozco un camino.
Habían entrado de nuevo en el club y habían vuelto al pasillo del salón de invitados antes de que ella se diera cuenta. Subieron a hurtadillas por unas escaleras traseras. Eleanor sospechó que estaban reservadas para uso exclusivo de la servidumbre. Una vez arriba, el teniente Copley entreabrió una puerta con todo el sigilo del mundo y se llevó el dedo a los labios en petición de silencio cuando pasaron cerca de allí dos hombres con lazos blancos en el cuello y una copita de brandy en la mano.
—¿Ni siquiera si te lo ordena el almirantazgo…? —preguntó uno.
—Sobre todo si es cosa del almirantazgo.
Ambos se echaron a reír.
Sinclair abrió un poco más la puerta en cuanto se hubieron marchado los dos caballeros y acompañó a Eleanor mientras se colaban dentro. Ella se quedó mirando un extremo de la estrecha entreplanta, dominada por un vasto hall de entrada en donde se alternaban planchas de mármol blancas y negras. Una escalera doble conducía al piso superior, un tramo por cada lado, y en lo alto de la misma colgaba un gran tapiz antiguo donde se representaba la caza de un venado. Los años habían apagado la vivacidad de la escena, pero en su tiempo debieron de ser púrpuras y dorados muy brillantes. Una orla de oro bordeaba el contorno de la representación.
—Es belga —susurró Sinclair—, y muy antiguo.
El oficial la guió hacia delante sin soltarle la mano. Eleanor seguía sin saber cómo reaccionar ante esa conducta, pues nadie le había cogido de la mano tanto tiempo ni de forma tan posesiva.
Él le permitió ver el salón de cartas, donde varios hombres estaban tan concentrados en el juego que ninguno alzó la mirada hacia la puerta; una suntuosa librería de tres metros y medio con baldas de madera satinada repletos de libros forrados en piel; una sala de trofeos con varias bandejas de plata, algunas copas y una auténtica colección de cabezas disecadas de animales salvajes cuyos ojos vidriosos mantenían la vista fija en la eternidad. En tres o cuatro ocasiones se vieron obligados a esconderse en alcobas y cerrar la puerta detrás para no ser vistos por algún socio del club o algún criado al pasar.
—Ese bufón barrigudo se llama Fitzroy —dijo él con un hilo de voz—. Una vez le di una paliza, pero me temo que voy a tener que darle otra.
El aludido sofocó el sonido de un eructo con el dorso de la mano y siguió adelante. Sinclair la sacó de su escondrijo otra vez.
—Sólo una estancia más… Por aquí.
Llegaron al tercer piso, donde ella escuchó un intermitente golpeteo seco que no logró identificar mientras su guía la llevaba por una estrecha escalera alfombrada en dirección a una entrada cubierta por un cortinaje de terciopelo. Copley se llevó un dedo a los labios y al fin le soltó la mano para separar unos centímetros los dos pliegues de la cortina.
Salieron a un pequeño balcón con una barandilla negra de hierro forjado muy elegante, debajo de la cual había una docena de mesas de billar que se extendían entre el revestimiento de madera de las paredes como una gran pradera. Uno de los jugadores acarició con el taco una bola blanca antes de hacerla rodar suavemente sobre el tapete hasta chocar con una roja y quedarse quieta muy pegada a la banda.
—Bien jugado —alabó su oponente.
—Ay, si la vida fuera una mesa de billar… —replicó el primero, haciendo una pausa para frotar un poco la punta del taco.
—Pero es que sí lo es, ¿o no se lo ha dicho nadie?
—Ese día debía estar de permiso.
—Como la mayoría —replicó el primero con una carcajada.
«¿Es así como hablan los hombres? ¿Así se comportan cuando están en privado?», se preguntó Eleanor. Estaba fascinada y avergonzada a partes iguales, pues se suponía que no debía estar allí, ni tampoco debía escuchar nada de eso. No se atrevía a hablar por miedo a atraer la atención de los jugadores, pero miró a Sinclair, quien a su vez también la observó. Y allí, en el reducido cofín del balcón y oculta detrás de la cortina entreabierta, notó toda la intensidad de su mirada. Ella bajó los ojos mientras se preguntaba por qué se había dado el gusto de tomar una segunda copa de champán. Aún notaba la cabeza más ligera de la cuenta. Sinclair puso en dedo en el mentón y lo alzó, y ella se lo permitió. Él se inclinó hacia ella, cuya atención se centraba en el bigotito, y entonces, aunque estaba segura de no haberle dado ninguna señal de aliento, los labios del oficial rozaron los suyos, y ella no se resistió, sino que cerró los ojos, aun sin saber el motivo, y durante unos segundos el tiempo pareció detenerse; de hecho, todo pareció suspenderse, y ella sólo se echó hacia atrás cuando uno de los jugadores profirió un gritó de júbilo.
—¡Así se juega, Reynolds!
Eleanor sentía un hormigueo en los labios y el rostro se le encendió cuando miró de nuevo al joven teniente.

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Última edición por Gemma el Mar Abr 13, 2010 11:59 pm, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 13, 2010 9:54 pm

gracias por el capi Gemma, lo leeré mas tarde
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 13, 2010 10:50 pm

Grax por el capi nena!^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 14, 2010 6:25 pm

Gracias por el cap, nena. Subiré el siguiente capi mañana antes de irme a currar... se me acabaron las "vacaciones"
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 14, 2010 6:30 pm

calla!! mejor estar trabajando, que significa que ya estás bien :youpi:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 14, 2010 6:35 pm

Gemma escribió:
calla!! mejor estar trabajando, que significa que ya estás bien :youpi:

Nop. Hoy estoy genial y no estoy trabajando. :lengua:

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Sangre y Hielo (Robert Masello)
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