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 Sangre y Hielo (Robert Masello)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 14, 2010 6:38 pm

:manga10: ahí me has pillao jajajaja XD

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 14, 2010 6:42 pm

Jajajaja :youpi:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 15, 2010 1:26 pm

uff,si que engancha el libro y encima vosotras hablándome de los capítulos veintipico...para picar más,jajaja :manga10:
Qué ganas tengo de llegar,está superinteresante :youpi:
Un besazo a todas :mua:
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 15, 2010 3:02 pm

laura escribió:
uff,si que engancha el libro y encima vosotras hablándome de los capítulos veintipico...para picar más,jajaja :manga10:
Qué ganas tengo de llegar,está superinteresante :youpi:
Un besazo a todas :mua:

Jejeje... hay que crear suspense.
Gemma, ayer se me fue la pinza con lo del trabajo. Estuve todo el día creyendo que era jueves... jajaja
¿Será la edad o influencia de las cotorras vip....? :?: Jajaja.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 15, 2010 3:11 pm

CAPÍTULO DIECISÉIS
Transcrito por Tibari


8 de diciembre, 10:00 horas


—NO ES POSIBLE, NO es posible —repetía Murphy mientras cruzaba el pasillo dando grandes zancadas y entraba en su atestada oficina del módulo de la administración.
Michael le pisaba los talones, seguido de cerca por Darryl, que le apoyaba.
—No sólo es posible, es que lo vi con mis propios ojos. ¡Estaba delante de mis narices! —insistió el periodista una vez más.
O’Connor se dio la vuelta y con un tono comprensivo que intentaba transmitir preocupación le preguntó:
—Es tu primer chapuzón en aguas polares, ¿a que sí?
—¿Y eso qué tiene que ver?
—A lo mejor la experiencia te ha superado. Le ha pasado a mucha gente, no sólo a ti. La temperatura del agua, la capa de hielo en la superficie, un montón de bichos desconocidos… y como tú mismo dijiste, ese encuentro tan cercano con una foca de Weddell.
—¿Me estás diciendo a la cara que he confundido una foca con una mujer enterrada en el hielo?
El jefe O’Connor no contestó de inmediato para permitir que las aguas volvieran a su cauce.
—No. —Efectuó otra pausa—. Pero quizá se te fue el santo al cielo con la hora o bajaron los niveles de oxígeno. Has oído hablar del arrebato de las profundidades, estoy seguro, esa narcosis aparece cuando se bucea a muchos metros… Quizá te haya dado un principio de anestesia de esa… Hubo un tipo que juraba haber visto un submarino y al final resultó ser una válvula de alivio de presión muy grandota. Y en cuanto a ti —prosiguió, volviéndose hacia Hirsch—, deberías haber estado más al loro de él. Erais compañeros de inmersión, y eso implica mantener cierta proximidad y echaros un vistazo el uno al otro.
—Tú ganas —aceptó el biólogo con aspecto avergonzado—, pero el dato cierto sigue ahí: ha subido una botella de vino. Está derritiéndose en mi laboratorio. ¿No irás a negar la existencia de la botella?
—Existe una gran diferencia entre sacar del hielo una botella y ver metida dentro de un glaciar a una mujer, y encima cargada de cadenas.
—Y quizá no esté sola.
Michael odiaba tener que añadirlo, pero no tenía otro remedio.
—¿Qué…? —estalló Murphy.
—Tal vez haya otra persona ahí helada junto a ella.
Darryl no había oído esa parte, y le vio vacilar.
—Y ahí acaba la cosa, ¿o va a estar saliendo gente de allí como si fuera un autobús? A lo mejor también hay un bus congelado dentro del glaciar…
Hubo una tregua temporal mientras Murphy sacaba un antiácido y se lo llevaba a la boca.
—¿Tomaste fotos de la foca?
—Sí —contestó Michael, sabiendo adónde quería ir a parar.
—Entonces, ¿por qué no fotografiaste a la princesa de los hielos?
—Tenía demasiado miedo.
Las palabras le quemaron como brasas en los labios. Se hacía de cruces por que no hubiera hecho la foto clave de su carrera; aquello le mortificaba incluso mientras salía a la superficie en la cabaña de inmersión. La sorpresa y la acuciante necesidad de emerger habían sido muy fuertes, y ahora se sentía decepcionado de forma inconsolable consigo mismo por muy loables que fueran los motivos, tanto que no se le pasaría hasta que regresara ahí abajo.
—¿Por qué no lo solucionamos del modo más fácil? Déjame regresar a la escena del crimen —sugirió Michael.
—No es tan sencillo.
—¿Por qué no? —inquirió mientras Darryl se metía en la conversación añadiendo:
—Yo también iré.
Murphy miró a uno y luego al otro.
—Vosotros os creéis que estamos en medio de la nada sin ningún jefe que nos supervise, pero estáis muy equivocaditos. Debo redactar un informe y enviarlo a la NSF o a la Marina o a la guardia costera o a la NASA. ¿Veis eso? —prosiguió, señalando a una impresionante montaña de papeles e informes apilados sobre desbordadas bandejas de rejilla—. Va a llevarme una semana rellenar y archivar toda esa mierda, y debemos justificar cada dólar gastado. ¿Sabes cuánto ha costado taladrar dos agujeros en el hielo, montar la cabaña de inmersión y preparar todo el equipo?
—Estoy seguro de que un riñón —replicó Michael—, precisamente por eso hemos de hacerlo enseguida, ahora que todo está en su sitio. Puedo bajar mañana mismo e incluso podemos encontrar el modo de sacar el cuerpo del hielo con algo de ayuda de Calloway y el equipo adecuado. Jesús, éste podría ser un hallazgo sensacional.
—¿No querrás decir más bien que es un reportaje sensacional para esa revista tuya? —replicó Murphy.
Michael fue lo bastante listo como para no decir nada, y Darryl hizo otro tanto.


La botella de vino descansaba dentro de un pequeño tanque de agua marina tibia sobre la encimera del laboratorio de biología marina. La etiqueta salió a la luz cuando desapareció la capa de hielo, pero la tinta se había difuminado tanto que la marca no pasaba de ser un borrón. Hirsch echaba un vistazo de vez en cuando con la esperanza de ver algún espécimen vivo mientras Michael paseaba de un lado para otro, devanándose los sesos para averiguar qué otro argumento podría utilizar para convencer a Murphy.
—Dale un respiro —le aconsejó Darryl—. Es un burócrata, pero no tiene un pelo de tonto. Acabará convenciéndose, si no lo ha hecho ya.
—¿Y si no es así?
—Que sí, que lo hará, confía en mí. —Hirsch volvió a sentarse en el taburete y miró al periodista—. Voy a decir que debo bajar otra vez a recoger más muestras. No puede negarse a la petición de un probeta, y llegados a ese punto, ¿qué más le da autorizarte a ti también?
Michael lo estuvo sopesando, pero temía que ese ardid tardara demasiado teniendo en cuenta su impaciencia.
—¿Y si se ha ido entretanto…?
—¿Ido…? —repitió Darryl sin dar crédito a sus oídos.
—Me explico… ¿Y si no logro encontrarla otra vez?
—Un pedazo de glaciar como ése no se va así como así, muy deprisa —replicó el científico—, y recuerdo perfectamente tu posición. Puedo ubicarla sin problemas entre los agujeros de inmersión y de seguridad.
El reportero pensaba lo mismo en su fuero interno. Algo le decía que iba a ser capaz de encontrarla de nuevo sin importar las dificultades.
Regresó junto a la mesa y estudió la botella del tanque.
—¿Cuándo crees que podremos descorcharla?
—¿Qué…? ¿Te apetece tomar un trago?
Michael se echó a reír.
—No tengo esa clase de sed. En tu opinión, ¿qué contiene ese frasco?
—Pienso que es vino.
—Ya, pero ¿jerez u oporto? ¿Y de qué procedencia? ¿Francia, Italia, España? ¿Y de qué época? ¿Del siglo XX o del XIX?
El científico se lo pensó antes de responder:
—Si logramos subir el arcón, nos será de gran ayuda para datarla. —Hizo una pausa—. Y la chica también podría sernos útil.
A pesar de la amistad existente entre ambos, o tal vez por ella, Michael se vio obligado a hacer la pregunta.
—Tú me crees, ¿verdad?
El interpelado asintió.
—Soy ese tipo que ha estudiado esponjas de mil años, peces que no se congelan en aguas heladas y parásitos que hacen enloquecer a sus anfitriones a propósito. Si no te creo yo, ¿quién va a hacerlo?


Michael aceptó todas las muestras de apoyo de Darryl, y también las de Charlotte, quien le aseguró que le redactaría un certificado de salud mental si hacía falta, pero pese a todo, la noche se le hizo muy larga.
Cenó alubias negras con arroz y pollo hasta saciarse. Daba la impresión de que nunca ingería suficientes calorías como para desterrar el frío que el océano polar le había metido en los huesos. Después intentó distraerse en la sala de juegos, donde franklin estuvo aporreando las teclas con una canción pop del grupo Captain & Tennille hasta que Betty y Tina se cansaron de su partido de ping pong de todas las noches y se pusieron a ver Love Actually en la pantalla grande de televisión a pesar de las quejas de un par de administrativos de la base que estaban echando una partida de gim rummy en un rincón.
Él salió al exterior y se fue al almacén de muestras para ver cómo le iban las cosas al pequeño Ollie. Una masa de nubarrones cubría el cielo, tenuemente iluminado, y el cielo soplaba con especial saña.
Se vio obligado a alejarse un tanto del cajón hasta encontrar a la cría de págalo. Charlotte tenía razón, lo sabía, en eso de que si llevaba dentro al polluelo, jamás volvería a adaptarse a su entorno natural, pero se le hacía muy duro dejarle allí fuera ahora que la temperatura alcanzaba casi los diez grados bajo cero. Sacó del bolsillo la servilleta donde le había guardado de tapadillo unos restos de pollo y una gran bola de arroz. Los depositó en el cajón, sobre las virutas de madera.
—Te veo mañana —se despidió del avecita, que no le perdía de vista.
Y se fue a su habitación.
Su compañero ya se había dormido cuando él llegó y había echado las cortinas de la litera de abajo. Buscó una caja de Lunesta y en cuanto se tomó el somnífero se dispuso a acostarse. Le costaba muchísimo conciliar el sueño en circunstancias normales, y la presente situación era cualquier cosa menos corriente. No quería convertirse en uno de esos tipos que deambulaban por la base haciendo eses como un zombi bajo los efectos del Gran Ojo. Apagó la luz y se encaramó a la litera superior, donde se metió en calzoncillos y con una camiseta de manga larga. Echó un vistazo al reloj fluorescente y vio que apenas eran las diez antes de correr las cortinas de su lecho e intentar relajarse lo suficiente como para que el somnífero le hiciera efecto.
Pero no le resultó tan fácil. Mientras yacía en la oscuridad con las cortinas haciendo las veces de una tapa de ataúd, sólo era capaz de pensar en la inmersión y la joven del hielo. Su rostro le acosaba. Dio un par de vueltas en la cama y pegó más de un golpazo a la almohada para acomodarla y estar más a gusto. Darryl roncaba suavemente en la litera de abajo. Cerró los ojos e intentó concentrarse en el ritmo de su propia respiración para permitir la relajación de sus músculos. Procuró pensar en otra cosa, en algo más feliz, y al final, por supuesto, acabó pensando en Kristin, en Kristin antes del accidente. Se acordó de la vez que ganaron el primer premio en aquel concurso sólo para parejas consistente en comer chiles con carne, o cuando un policía los pilló haciéndolo en un coche aparcado y los amenazó con multarles, o de cuando volcaron el kayak tres veces en otros tantos minutos mientras bajaban por el cauce del río Willamette, en el noroeste de Oregón. A veces parecía como si siempre hubieran andado por la vida en busca de desafíos o de meterse en algún lío, juntos, siempre juntos, porque ellos habían sido amigos además de amantes, y por eso perderla había abierto un vacío tan enorme y doloroso en su corazón.
Los desencadenantes de la catástrofe eran tan ínfimos y se habían producido en tal progresión que no dejaba de pensar que el desenlace habría sido otro muy diferente sólo con haber cambiado un detalle o haber hecho algo de forma diferente. Habrían planeado la expedición mejor si no hubieran dado por hecho que la escalada al monte Washington era coser y cantar. No habrían necesitado ponerse manos a la obra tan deprisa de haber establecido un horario en vez de haber llegado más tarde de lo esperado al comienzo del camino. No habrían tomado una ruta tan traicionera para subir la pared de la montaña si hubieran estudiado los gráficos de todas las rutas posibles, y encima cuando estaba a punto de hacerse de noche. Y nada de eso habría pasado sólo con que él hubiera logrado refrenarla en la caída, aunque fuera un poquito.
Pero él odiaba atarla en corto y ella no le habría dejado si lo hubiera intentado alguna vez.
Se habían puesto ropa ligera para practicar el alpinismo y habían llevado el equipo mínimo, lo justo para pasar una noche en la montaña. Kristin creía haber localizado un lugar perfecto para pernoctar, un saliente plano que sobresalía como una mesa de casino a unos cincuenta metros por encima de sus cabezas. Él se ofreció a colocar las fijaciones, y de ese modo ella ocuparía la posición de segundo escalador, asegurando la cuerda, pero ella adujo que sería más seguro que él actuara como secundo escalador de la cordada.
Michael adivinó de inmediato la mentira. Kristin era de las que siempre quería llegar primero y plantar la bandera para que otros aspirasen, como mucho, a llegar donde ella los había precedido.
Se ataron el uno al otro. Michael ya había fijado un par de anclajes empotrables, o nueces y levas, en una grieta de contornos dentados que zigzagueaba junto al camino de subida hasta el saliente. El libro de ruta del alpinista mencionaba esa grieta, pero su ojo clínico le reveló que era menos directa de lo allí indicado y además, para su consternación, la roca parecía a punto de desmenuzarse: había soltado gleba y polvillo volcánico nada más dar un par de martillazos con la maza de escalada. La pared se desmigajaba demasiado deprisa y con excesiva facilidad, y así se lo avisó a Kristin, quien ya se movía como una araña risco arriba; ella hizo oídos sordos y pasó olímpicamente de la advertencia. Ése era uno de los hechos que a él le habría gustado ser capaz de cambiar.
Nunca habían gozado de una vista tan buena a pesar de que el día llegaba a su fin. Se habían puesto a subir nada más llegar, pero sólo les había dado tiempo de cruzar el anillo de árboles formado por el pinar y ascender fatigosamente las laderas de pumita, pues la nieve acumulada había ocultado los hitos de piedra indicadores del camino y habían pasado un par de horas largas rebuscando en pos de asideros en la piedra donde poder apoyar los pies y los dedos de las manos, así como fisuras lo bastante amplias donde demorarse unos segundos y recobrar el aliento.
El aire era frío a pesar de que la temperatura seguía siendo tibia y el sol vespertino doraba los conos de las cimas vecinas del monte Jefferson y Jack Tres Dedos. Lejos, a muchos metros de altura, se hallaban el lago y el aparcamiento donde habían dejado el jeep.
Michael alzó la cabeza y puso una mano a modo de visera para escudar los ojos al oír el tableteo de unas piedras desprendidas mientras caían por la pared del risco. Vio las piernas de Kristin y los pantalones cortos elásticos mientras buscaba un asidero. Entonces, apoyó el pie en una minúscula protuberancia de lo más aparente. Las ascensiones culminadas con éxito se hacían gracias a esos pequeños golpes de suerte.
—¿Estás bien? —inquirió a voz en grito.
—Sí.
Entonces, escuchó cómo martillaba un anclaje con la maza para fijarlo a la pared.
Michael ajustó los diez metros y medio de cuerda alrededor del hombro y mordisqueó una barrita energética. Aún podía oír la voz de su madre censurándole que las chuches le quitaban el apetito.
—Aquí está la grieta, y alguien ha dejado puesta alguna hex —gritó ella. No había nada más sencillo que encontrarse con un anclaje natural o un anclaje artificial ya clavado.
—¿Te parecen seguras?
La hex, abreviatura de Hexentrix, era una nuez hexadiagonal. La vio tirar de una de ellas para verificarlo.
—Sí, aguanta bien. Debieron de dejarlas por eso.
Las alarmas saltaron una vez más. Michael siempre hacía hincapié en lo mismo: ‹‹No confíes en el trabajo de nadie, sobre todo cuando no le conoces››. Él las desoyó, no insistió en que Kristin las reemplazara porque también él tenía prisa por alcanzar el saliente de arriba y preparar el campamento nocturno. Prometía ser un crepúsculo de lo más romántico.
Ella puso una de sus fijaciones en la sinuosa pared y empezó a auparse otra vez. La vio tantear la roca en busca de un asidero, y entonces todo se torció.
—¡Maldita sea! —la oyó murmurar.
Unos momentos después se produjo un desprendimiento aún mayor de rocas; éstas rodaron hacia abajo y algunas golpearon a Michael en el casco mientras el polvo le emborronaba la vista. Antes de que recuperase la visión o pudiera hacer algo la cuerda se soltó y resonó un estruendo metálico, el de nueces, levas y hexes soltándose de la pared, y Kristin chilló cuando cayó volando por los aires.
Él reaccionó de inmediato y echó mano a la cuerda para contrarrestar el peligro, pero la caída de la mujer era mucho más rápida y las fijaciones que él había sujetado a la pared se soltaron de un tirón en un periquete y la cordada se cerró sobre su hombro como un torniquete antes de mandarle lejos. A pesar de estar medio ciego, logró verla bracear mientras caía de cabeza hacia el precipicio como una pelota pinchada. Sus gritos cesaron de forma abrupta.
El golpe de la cuerda lanzó a Michael hasta el borde mismo de la estrecha franja donde se hallaba y, aunque no supo cómo, lo cierto fue que se sobrepuso y consiguió evitar su propia caída a pesar de notar en el hombro un chispazo de dolor; era como si se lo arrancaran de cuajo. Permaneció tendido de bruces en el borde, pendiendo de la cuerda de salvamento. Todo cuanto podía oír era el chasquido de la cuerda al rozar con la roca que iba deshilachándola.
Jamás sería capaz de decir cuánto tiempo permaneció de esa guisa y apenas tenía unos vagos recuerdos de cómo enrolló la cuerda alrededor de una prominencia rocosa ni cómo la hizo pasar por un fijador que logró clavetear con la mano sana.
Registró su equipo hasta localizar el silbato de emergencia y lo hizo sonar lo más fuerte posible, pero únicamente logró levantar eco en los riscos de los alrededores.
Antes de pensar en izar a Kristin debía atender su hombro izquierdo. Se le había salido de su sitio y tenía que encajarlo sin ayuda de nadie. Sopesó las opciones posibles en cuanto se hubo asegurado de que la cuerda iba a resistir y no encontró otra alternativa que la pared plana situada a sus espaldas. Se alineó en paralelo con la misma antes de respirar hondo y lanzarse hasta chocar contra la roca. Vio las estrellas de puro dolor y encima el brazo siguió desencajado. Cayó de rodillas y vomitó los restos ingeridos de la barrita proteínica. Luego, cuando fue capaz de ponerse de pie otra vez, se limpió la boca con el dorso de la mano derecha, y echó otro vistazo al risco. Un área de la pared sobresalía como el vientre de una embarazada y se le ocurrió que tal vez fuera posible usar dicha protuberancia para encajar el hombro en su posición, siempre que lograra soportar el dolor.
Se aproximó con cautela a fin de calcular bien, pero sabía que no podía tomárselo con calma, pues Kristin seguía colgando al final de la cuerda, mil quinientos metros por encima del pinar, por lo cual se reclinó sobre la roca, apoyó el hombro en ella y presionó cada vez con más fuerza. Escuchó los chasquidos y crujidos de las junturas mientras se le encajaba el hombro. El dolor fue terrible, mas él sólo pensaba en Kristin, y siguió presionando, arriba, abajo, a un lado, al otro. Todas las piezas iban encajando en su lugar y todo empezaba a situarse en su sitio. Supo que la cabeza del húmero había vuelto a su posición habitual cuando escuchó un chasquido final. Jadeó con la respiración entrecortada varias veces y esperó aterrado a ver si el brazo le respondía, pero sí, le aguantó.
Tenía todo el cuerpo bañado en sudor, por lo cual sacó una botella de agua del petate y bebió unos sorbos antes de comenzar el laborioso proceso de izar a Kristin unos centímetros con cada tirón, y una vez, y otra, y otra más. La llamó varias veces con la esperanza de obtener una contestación, pero no obtuvo más respuesta que un silencia cargado de siniestros presagios. Imploró para que simplemente hubiera perdido el conocimiento por el golpe y pronto recuperase el sentido, pero tomó conciencia de la gravedad del asunto en cuanto la cabeza asomó por encima del borde y vio el casco; parecía aplastado por el martillo de un gigante. La cosa pintaba mal, muy mal.
En cuanto hubo alzado todo el cuerpo le quitó el arnés y la mochila, abiertos y destrozados a resultas de la caída. Todo su contenido, incluso el móvil, estaba en algún lugar de ahí abajo. Comprobó el pulso y el ritmo cardiaco. Acto seguido, desenrolló el saco de dormir y la tendió sobre el mismo poco antes de notar cómo su propio cuerpo empezaba a acusar semejante mazazo. Hizo un alto para buscar un botiquín de primeros auxilios y se metió para el cuerpo cuatro pastillas de Tylenol. Después, intentó comerse otra barra proteínica para recobrar fuerzas, pero tenía la boca seca y áspera como una lija, por lo cual no consiguió masticar y debió partirla en trocitos y tragarlos acompañados con sorbos de agua. Se le planteó entonces la duda sobre si dar o no de beber a Kristin, pues temía ahogarla. En vez de eso, reunió un montón de tierra y gravilla a fin de poder ponerle en alto la cabeza, y luego se dispuso a esperar.
Los últimos rayos del sol teñían de rosa pálido el lado oeste de la cordillera de las Cascadas y abajo, el Gran Lago era una lámina negra como la obsidiana.
Recordaba haber pensado en lo hermosa que era esa vista y haber creído que Kristin se repondría para disfrutarla. A ella le encantaban los atardeceres, en especial cuando se encontraba al aire libre. Solía decir que dormía mejor bajo las estrellas que en los hoteles de cuatro estrellas donde pernoctaba su familia. Esa noche lucieron muchas estrellas en el cielo.
Pero la temperatura empezó a bajar.
Michael echó mano a todas las piedras disponibles para construir un cortaviento. Luego, dobló su chaqueta de nailon y la metió debajo de la cabeza de Kristin, pero no le quitó el casco destrozado. Tenía un semblante ileso y ofrecía una imagen de paz y felicidad. No transmitía dolor alguno, y él lo agradeció muchísimo. Se acuclilló e intentó permanecer lo más caliente posible. Tuvo que sofocar sus miedos hasta la primera luz del alba, cuando pudo iniciar el descenso.
Hizo sonar el silbato una vez más por si alguien lo oía, y cuando el sonido dejó de escucharse entre los montes circundantes se agachó junto al saco de dormir y le susurró al oído:
—No te preocupes… Te llevaré a casa, lo prometo, te llevaré a casa.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 15, 2010 3:17 pm

uy que bien! ranguitos!!

voy a ver que pasa en este cap :manga02:

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Jue Abr 15, 2010 3:50 pm

Qué bien!!!Gracias
Muchos besos
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Abr 17, 2010 1:35 pm

CAPÍTULO DIECISIETE
Transcrito por Tibari



9 de diciembre, 13:00


HIRSCH SE SINTIÓ EN buena medida como un astronauta a quien acababan de informarle de que no puede subirse a la nave.
—Pero me encuentro perfectamente —repitió mientras la doctora Barnes efectuaba otra anotación en la gráfica del enfermo.
—No es eso lo que indica tu cuerpo. Todavía acusas cierta hipotermia a consecuencia del chapuzón de ayer y no voy a permitirte bucear por ahí abajo, te pongas como te pongas.
El biólogo había terminado por tener razón: O’Connor había autorizado otra inmersión, aunque sólo para retirar el cofre hundido, y en cuanto a la princesa de los hielos se había limitado a decir que la subieran también si ella consentía en venir.
—Pero has dejado ir a Michael —se quejó el biólogo, jugándose el último cartucho.
—Él está perfectamente —repuso ella—, y además, si Michael se tira por un puente, ¿tú irías detrás, o qué?
La doctora echó a reír mientras garabateaba algún dato más en el expediente y Darryl supo que no tenía oportunidad alguna de que Charlotte diera su brazo a torcer.
Se abotonó la camisa y abandonó la camilla sabiendo en el fondo de su corazón que ella estaba en lo cierto: su cuerpo acusaba aún los efectos de la inmersión. Una parte muy profunda de su ser continuaba helada, sin importar cuánto té caliente bebiera ni cuántas tortitas untadas con mantequilla y sirope devorase. La noche pasada había tenido que dormir debajo de todas las mantas de su habitación y a pesar de eso se había despertado a las tres de la madrugada con un castañeteo de dientes.
—Aguafiestas —dijo al salir de la enfermería.
Se topó en el hall exterior con Michael, que regresaba de entregar su propio certificado médico en la oficina de Murphy.
—¿Vienes? —inquirió, y Darryl le dio las malas noticias. Wilde se quedó perplejo.
—¿Quieres que entre a hablar con ella e interceda por ti? —se ofreció, señalando con la cabeza a la oficina de Charlotte.
—No te serviría de nada. Esa mujer tiene el corazón de piedra, así que baja ahí abajo y haz el descubrimiento de tu vida sin mí. Yo estaré en el laboratorio, bebiéndome esa botella de vino. Seguro que se ha descongelado a estas alturas.
Michael le palmeó el hombro y se marchó del hall. El científico se puso el abrigo y el gorro, pues incluso los desplazamientos más breves entre módulos exigían ir protegido contra los elementos, y se encaminó hacia su laboratorio tras una fugaz visita a la cocina.
La botella rescatada del mar le estaba esperando delante de su asiento y le intrigaba muchísimo a pesar de tener pendientes tareas mucho más importantes. No iba a hacerse un nombre ni granjearse una reputación con aquello en la comunidad científica, pero ¿cuántas veces en la vida se tiene ocasión de estudiar un objeto histórico? Se sentía como los tipos que raspaban las costras en los platos del Titanic sólo para comprobar si figuraba el nombre del barco marcado. Y ese envase de vidrio tenía muchas posibilidades de ser bastante más antiguo que cualquier resto procedente de cualquier navío fletado por la naviera White Star Line.
Se acercó al tanque lleno de agua marina a temperatura del interior del laboratorio y la retiró con cuidado. Los restos de la etiqueta ilegible se quedaron flotando en el líquido. Cuando alzó el envase de vidrio a la luz y lo ladeó, escuchó el regurgitar del contenido. Quedaba mucho vino para brindar aquella noche por la victoria, pues para sus pruebas de rutina le bastaban unas pocas gotas, y hasta era posible que hubiera envejecido bien. Además, sería agradable saber qué clase de vino había sido, aunque eso no mereciera mucho más que una nota a pie de página en alguna revista científica.
El corcho de la botella había resistido gracias al refuerzo de la capa de hielo polar que se había formado enseguida sobre él. Cogió el sacacorchos de alas que había tomado prestado de la cocina, pero le retuvo el miedo a que al ir a sacar el tapón acabara metiéndolo más hondo en el cuello de la botella. Debía ir despacio a fin de asegurarse de que el vino estuviera lo menos contaminado posible. Primero, aseguró la botella en el torno de banco fijado a la mesa de su laboratorio. Solía usar esa abrazadera para abrir las conchas de los bivalvos más renuentes. Efectuó un rápido repaso del instrumental disponible y eligió un escalpelo esterilizado hacía muy poco en el esterilizador autoclave de vapor. La lanceta le sirvió para retirar de la boca de la botella los restos del sello rojo de cera. ¿Cuándo la habían sellado? ¿Y quién había podido sellarla? ¿Un campesino en la Francia de Luis XVI? ¿Un vinatero italiano del Risorgimento italiano? ¿Quizá un español contemporáneo de Goya?
Apartó los restos de cera y los apiló a un lado antes de insertar la punta del escalpelo entre el cuello de vidrio y el tapón con la intención de dejar éste lo más suelto posible antes de emplear el sacatapón. Tras trazar un círculo, abandonó el estilete y se detuvo para poner en el equipo de audio la marcha triunfal de Aída y entonces agitó el descorchador, lo aplicó al corcho y comenzó a hacerlo girar con cuidado para que no se desmigara. Tras un momento de resistencia la barrera entró verticalmente con tanta facilidad que el científico temió que, después de todo, fuera a desintegrarse de un momento a otro. Las alas comenzaron a alzarse conforme el tapón salía tras un sostenido movimiento de tirar hacia fuera. Resonó un ‹‹pop›› al descorchar por completo la botella.
‹‹Misión cumplida››, pensó Darryl, y se inclinó hacia delante para inhalar los aromas del caldo… Y retrocedió de inmediato.
Si alguien había albergado lo más remota duda sobre la potabilidad del vino, la cuestión había quedado definitivamente resuelta. ¡Menudo hedor! Esperó unos segundos a fin de que se disipase y luego acercó la nariz de nuevo, impelido por la curiosidad, pues no era un simple mal olor, no era simplemente el olor de vino que se ha convertido en vinagre. Olía a algo más, a otra cosa que al biólogo le resultaba terriblemente familiar, fuera lo que fuese. Frunció el ceño y abrió un cajoncito del mueble para sacar y preparar una lámina portaobjetos con el fin de examinar el líquido por el microscopio.


—Muy bien, tíos —empezó Calloway con ese falso acento australiano suyo—, quiero que escuchéis con atención mis instrucciones y hagáis exactamente lo que voy a deciros.
Michael estaba allí en compañía de Bill Lawson. Ambos vestían el sofocante traje de inmersión ártica. El periodista no iba a discutirle nada a Calloway. Sólo quería meterse en el agua lo más pronto posible.
—Hoy lleváis tanques dobles, pero aun así, eso os da un máximo de… digamos… noventa minutos, y lo más probable es que una miajita menos si vais a poneros a serrar en el hielo. A la menor dificultad con la sierra, os abrís y venís aquí rapidito. ¿Lo pilláis? —Michael y Lawson asintieron—. A ver, eso significa que tiráis p’arriba al menor rasguño en el traje, y si es en la piel o si os cortáis, subís aún más deprisa, no sea que la sangre atraiga a las focas leopardo que hemos visto durante el buceo de hoy, y ya sabéis el buen rollo que esos bichos agresivos van a tener con vosotros.
Michael lo sabía. Las focas de Weddell eran retozonas, pero inofensivas. No podía decirse lo mismo de sus primos, distinguibles por sus enormes cabezas reptilescas. Una Weddell se ponía a jugar con un buzo, pero una leopardo la emprendería a mordiscos con sus enormes dientes curvos.
—Si os veis en un apuro, defendeos con las sierras para hielo.
Ambos llevaban en el equipo dos sierras Nils Master. No era precisamente el instrumento de corte más preciso del mundo, pero bajo el agua nada aserraba más deprisa el hielo con ese diseño con forma de tuerca mariposa y unos afilados dientes angulados hacia dentro, como los de un tiburón.
—Michael, tú sabes adónde vas, ¿vale? Baja tú primero y marca el camino. Bill, toma la red y la cuerda de rescate, y síguele.
El interpelado cabeceó en señal de asentimiento, lo hacía sin cesar todo el tiempo mientras se acercaba centímetro a centímetro a la abertura. Se sentía atraído como un imán al agujero en el hielo por el cual el frío se colaba en la choza y se desplegaba como los pétalos de un capullo en flor. Se percató de que habían ampliado el diámetro del boquete.
—Entonces, eso es todo, tíos —concluyó Calloway al tiempo que le palmeó el hombro en señal de que había llegado la hora de irse—. Poneos la máscara y ea, a mojarse los pies.
El periodista se sentó al borde del boquete y se deslizó por el conducto de hielo hasta adentrarse en el océano. No debía ir en busca del arcón hundido. Un equipo de submarinistas ya había bajado antes y lo había recuperado, para luego transportarlo al campamento base sobre un trineo tirado por huskies y llevado por su cuidador, Danzing. Éste le había saludado con la mano al marcharse. La noticia del inusual descubrimiento de Michael había corrido como la pólvora y su caché había subido como la espuma, incluso aun cuando no encontrasen a la princesa de los hielos.
Pero iban a sacarla de ahí abajo.
Se orientó bajo la banquisa y aguardó la llegada de Bill Lawson antes de iniciar el descenso, y después se giró y se alejó de los agujeros de inmersión y de seguridad y nadó hacia la pared del glaciar. La atisbaba a lo lejos. Le daba mucha rabia no haberse traído la cámara en esta ocasión, pero O’Connor se lo había prohibido de forma tajante.
—No quiero que andes removiendo el lecho marino ahí abajo mientras tomas fotos —le había dicho—, y si tienes razón respecto a lo que viste vas a tener las manos muy ocupadas: ayudando a Bill a cortar todo ese cacho de hielo tan grande.
Con la linterna en una mano y la sierra en la otra, Michael avanzó bajo la superficie del mar como una foca: ondulando el cuerpo e impulsándose con las aletas todo cuanto éstas le permitían. Aun así, llegar al glaciar fue un trabajo duro y consumió más tiempo del esperado, pues resultaba difícil calcular las distancias dentro del mundo marino, en especial cuando la banquisa se convertía en un sudario que lo velaba todo, pese a la existencia de alguna grieta muy de vez en cuando y por donde los rayos del sol se filtraban hasta las profundidades, creando un haz dorado que iluminaba la oscuridad de la zona béntica. Por otra parte, el agua del océano era de un azul claro muy límpido, del color del cielo a primera hora de la mañana en el estío.
Para empeorar las cosas, se le había desajustado un guante, no tanto como para ser peligroso pero lo bastante como para que todo resultase un poquito más incómodo. El par de guantes no formaba parte del equipo y, como tal, siempre se colaba un poco de agua, con independencia de la fuerza con que uno se los pusiera. El revestimiento de debajo absorbía buena parte de esa humedad, pero al final la filtración terminaba por llegar hasta el cuerpo. Entretanto, ese frío entumecimiento era un recordatorio de la hostilidad del entorno circundante.
Aumentó la velocidad y se volvió para asegurarse de que le acompañaba Lawson, el prototipo de jefe de boy scout siempre sonriente. Vio refulgir su máscara en el agua, la punta aguda de la sierra y la cuerda de rescate oscilante detrás de él, sujeta al arnés. El otro extremo estaba unido a un cabestrante de doscientos caballos de potencia situado detrás de la cabaña de inmersión. La cuerda tenía un alcance de dos mil metros y era capaz de soportar un peso de varios miles de libras. Solía usarse para subir barriles de petróleo y restos hundidos.
Michael se dio la vuelta y continuó el avance hacia el glaciar. Conforme la mole de hielo se alzaba ante él percibía una nota de vacilación, e incluso de miedo, lo cual no había sucedido la primera vez, pero claro, entonces no tenía ni idea de qué encerraba el hielo y ahora no sólo lo sabía, es que pretendía robárselo, y tal vez por eso le pareció que las paredes de hielo adquirían un aspecto más defensivo, similares a los muros de una fortaleza erigida por alguna antigua deidad de los mares y el frío. Se sentía como un soldado a punto de intentar abrir brecha en esa muralla.
Un murmullo sordo emanaba de la masa gélida, un crepitar y un rechinar delatores de su avance, pues el ciclópeo iceberg no dejaba de moverse aunque no lo había notado hasta ese momento. Siempre lo había hecho, pero de forma tan lenta que apenas podía apreciarse con los ojos y rara vez podía oírse. El buceador se acercó todavía más a la pared del iceberg, sabedor de que estaba a punto de empezar la parte ardua de la misión. El gélido paredón era enorme y hallar el cuerpo no era sólo cuestión de longitud, sino también de latitud. Podía hacerse una idea aproximada de dónde estaba el cuerpo, pero ¿a qué profundidad? Iba a tener que desplazarse arriba y abajo, y recorrer una superficie tan grande requería tiempo. Alargó el brazo para señalar un área del témpano, indicando a Lawson que debía buscar allí, y luego se alejó treinta metros a fin de orientarse. Volvió la vista atrás, hacia la cuerda de emergencia, que se extendía desde el agujero de seguridad, situado lejos, muy lejos; la cuerda en sí estaba jalonada de banderines llamativos a fin de facilitar una mayor visibilidad. Intentó recordar si el día anterior había llegado siguiendo ese ángulo, pero no se acordaba de nada. El descubrimiento le había dejado tan estupefacto que había retrocedido moviendo como un loco las aletas de los pies en medio de un estallido de burbujas.
De lo que sí se acordaba a la perfección era de la calidad de la luz, y ésa era su mejor pista, decidió tras pensárselo bien. Desde un punto de vista climático, el día había amanecido muy similar al de ayer y la luz inalterada podía llevarle en la dirección adecuada si era capaz de rememorar lo brillante o apagada que estaba cuando descubrió a la mujer. El agua y la luz no eran de ese azul prístino de antes, de modo que manipuló el inflador del traje para desinflarlo y así bajar algo más de diez metros sin apartarse mucho del muro mientras iba peinando la rugosa superficie con la luz de la linterna e incluso algún que otro toque con las manos. Buscaba algo, una fisura en la roca, una formación atípica, cualquier cosa que le refrescase la memoria, pero por el momento no veía nada.
Pero sí notaba una gelidez cada vez mayor, un frío superior incluso al del agua. El aliento del iceberg le empañó las gafas y debió limpiarse con el dorso de un guante. También le hizo preguntarse cómo era posible que alguien permaneciese allí durante décadas, tal vez siglos, y quedase suspendido, inmovilizado, asimilado para siempre, como uno de los especímenes de Darryl flotando en un frasco de formaldehido. Inerte pero sin mácula del tiempo. Muerto pero presente.
El hilo de esos pensamientos le condujo otra vez hasta Kristin, que yacía completamente inmóvil en una cama del hospital de Tacoma.
Rascó el muro con la punta de la sierra y saltaron de inmediato lonchas de hielo, como la piel de una patata al mondarla. Se le colaron por el guante otro par de gotas heladas.
El submarinista descendió a una hondura mayor, donde la luz era bastante más tenue y el azul del agua se parecía más al tono recordado. Recorrió una amplia franja a nado, bajando más y más, hasta que el hielo cobró otro aspecto y localizó un punto donde no reflectaba lo mismo el haz de luz de la linterna. Michael acudió allí enseguida.
El agua se volvía más fría y oscura a medida que se acercaba, y el corazón le latía cada vez más deprisa, aunque él movía brazos y aletas con lentitud a fin de mantener la posición y así poder estudiar la fachada del iceberg. Había algo enterrado ahí, de eso no cabía duda alguna.
No lo había confesado a nadie, pero había habido momentos en que incluso él se había preguntado si no lo habría imaginado todo.
Hizo ondular el haz de la linterna para atraer la atención de Lawson, todavía a bastante distancia por encima de él. Luego, se acercó más para echar un vistazo al hielo y volvió a ver el rostro de la joven con la mirada fija en él.
Era exactamente tal y como al recordaba, y al mismo tiempo presentaba ciertas diferencias. En sus recuerdos el semblante estaba dominado por el miedo, tenía desorbitadas las pupilas y parecía a punto de soltar un grito, pero su aspecto actual parecía diferente: la serenidad presidía sus ojos y sus labios, y eso era totalmente imposible, por lo cual no iba a intentar explicarle esa parte a Murphy O’Connor. Ahora no parecía una persona agonizante, sino más bien alguien sumido en un sueño levemente perturbador, alguien que estaba a punto de despertar.
Lawson descendió en dirección a Michael trayendo la cuerda de rescate. Se quedó de piedra al ver a la dama dentro del iceberg y no se movió mientras lo asimilaba. Al fin y al cabo, Michael sabía que Bill había albergado serias dudas en su fuero interno: por un lado, deseaba creer la historia de Wilde y por otro, el buceo de profundidad gastaba jugarretas a la mente, y él lo sabía perfectamente. Sin embargo, aquello no era un engaño, y ahora podía estar seguro por completo.
Debían trabajar rápido si querían sacarla de allí, pues varios centímetros de hielo cubrían a la joven y a su posible acompañante, agazapado tras ella.
Lawson colocó la sierra sobre el hielo unos dos metros por debajo e indicó mediante señas que él iba a aserrar de forma lateral allí; luego, tomó la punta de la sierra de Michael e imitó un movimiento de corte horizontal siete centímetros por encima de la cabeza de la mujer. El plan consistía en dejar el espacio justo para sacarla, y convenía hacerlo lo más preciso posible, pues un bloque de hielo con un cuerpo dentro iba a pesar una tonelada.
Michael colocó la linterna en la presilla del cinturón y empujó, dejando que el borde dentado de la sierra hundiera sus dientes en el iceberg. Atrajo la herramienta hacia él, como si fuera el arco de un violín, abriendo una fina muesca. Volvió a empujarla, y la hendidura se hizo mayor al tiempo que salían despedidas esquirlas traslúcidas de hielo. El trabajo iba a ser largo, pero el instrumental parecía adecuado. La parte difícil consistía en mantener en posición el cuerpo y sobre todo las aletas, que debían permanecer alejadas de Bill, situado inmediatamente debajo de él.
También era de la mayor importancia no apartar los ojos de la creciente melladura para evitar que los dientes de la sierra alcanzasen el rostro incrustado en el hielo. Michael notaba cómo se le aceleraba el pulso cuando la miraba, y le llenaba de zozobra verla sujeta con esa cadena de hierro. Intentó acompasar el ritmo de la respiración y no escuchar sus propios pensamientos, sino centrarse en el siseo del regulador y en los ocasionales gemidos y chasquidos del iceberg. Se le pasó por la cabeza la descabellada idea de que las dos sierras infligían dolor a la montaña helada. Era una manifestación de la tendencia humana a reducirlo todo a sus propios cánones, y Wilde lo sabía, pero no podía evitar pensar que el glaciar notaba las heridas de las sierras y pugnaba por retener a su presa.
Pero no iba a salirse con la suya.
Michael progresaba a buen ritmo en la parte superior, y en cuanto notó que había profundizado suficiente se giró para practicar una incisión vertical. Poco a poco, los dos submarinistas fueron cortando una puerta cuadrangular alrededor de la mujer y la otra figura oculta detrás de ella. ¿Era también un ser humano u otra cosa totalmente diferente? Michael vio cómo su compañero verificaba el tiempo disponible en el cronómetro y luego alzó una mano con los cinco dedos extendidos, abriéndola y cerrándola por dos veces, a fin de indicarle que disponían de diez minutos más. Después de eso, el motor del cabestrante debería hacer el resto.
Lawson extrajo del equipo sujeto al arnés una afilada clavija de escalada y la clavó con fuerza a la parte posterior del bloque de hielo que habían tallado entre los dos. Entonces, extrajo varias más. La idea consistía simplemente en crear un plano de fractura, de modo que un tirón súbito y enérgico soltase toda la pieza. Cuando hubo fijado todas las clavijas sacó la red y la aseguró lo mejor posible con material de alpinismo, del mismo tipo usado por Michael durante las ascensiones. Todo el sillar fue sujetado con abrazaderas a la cuerda de rescate; luego, Bill fio tres secos tirones de ésta y esperó, y después repitió la señal.
Los dos buceadores retrocedieron varios metros y permanecieron a la espera de que entrara en funcionamiento el motor. El primer indicio fue la cuerda en sí, dejó de estar floja y de pronto se tensó hasta quedar recta como una flecha. Michael pudo oír el zumbido en el agua y al cabo de un par de segundos vio cómo se removía todo el bloque. Se adelantó un par de centímetros y se detuvo. Escuchó chasquidos y crujidos procedentes del iceberg y se le antojó que era como retirar un bloque de piedra de una gran pirámide. De súbito, le asaltó la imagen de que toda la pared de hielo se venía abajo delante de él. Retrocedió varios metros e infló el traje a fin de estar algo más cerca de la superficie.
El cabestrante dio otro tirón y el bloque avanzó un poco, primero de un lado y luego por el otro. Se movía de un modo similar a los torpes andares de los pingüinos sobre la nieve. El bloque se detuvo una vez más, estaba a punto de salir, pero todavía permanecía encajonado dentro del témpano. Entonces se produjo un fortísimo chirrido y se venció hacia delante antes de separarse del iceberg y colgar libremente sobre el fondo insondable.
De inmediato, Bill nadó hacia él y se aferró al mismo como una lapa —llegó a sujetarse a la red que envolvía el sillar helado para mayor seguridad— mientras el cabestrante empezaba a izar el bloque de hielo hacia el agujero de inmersión. El asombrado reportero se rezagó enseguida mientras contemplaba una extraña imagen: un trozo de hielo con el peso y la forma de una enorme nevera flotaba bajo el mar, y Lawson, sujeto al mismo, viajaba sobre él.
Michael notó cómo volvía a colarse agua por el guante, dejándole la muñeca como si se hubiera puesto alrededor un brazalete de frío acero. Escuchó un aviso, el pitido de los tanques de aire, y enarboló la sierra a modo de defensa ante un posible ataque de las focas leopardo mientras seguía el rastro de burbujas que subían desde las profundidades hacia las aguas más azules de la parte superior.
Visto desde abajo, mientras salía del vacío para adentrarse en el mundo de los vivos con su extraña carga petrificada, el sillar de hielo parecía un adorno de cristal muy similar a los que se colgaban en el árbol de navidad.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Sáb Abr 17, 2010 2:06 pm

Muchas gracias!!
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 19, 2010 1:11 pm

Transcrito por Gemma

CAPITULO 18

8 de agosto de 1854

SINCLAIR COPLEY ESTABA SENTADO a horcajadas sobre su caballo, Áyax, con el uniforme de gala y el negro casco puntiagudo rematado a la manera de los lanceros polacos: con una leve inclinación delantera para proporcionar cierta protección frente al resplandor del sol. Una docena de lanceros perfectamente alineados le flanqueaba a ambos lados. Todo el campo de adiestramiento era una impecable hilera de jinetes donde todo centelleaba, desde las relucientes charreteras doradas hasta los sables con borlas. El teniente Copley sabía, como todos sus camaradas, que el boato de su aspecto —una orden directa de su comandante en jefe— les granjeaba mofas y acusaciones de ser unos petimetres, pero al mismo tiempo confiaba en que si tenían la suficiente fortuna como para tomar parte en la batalla, demostrarían que eran mucho más que eso.
Los corceles piafaban sobre el terreno irregular y se sentían incómodos ante lo que se avecinaba. El regimiento había estado toda la mañana haciendo ejercicios con las lanzas, volviendo grupas en formación cerrada y con precisión, pero ahora, tras el toque de corneta, habían prescindido de las lanzas y los lanceros estaban a punto de enzarzarse en un falso combate mano a mano con espadas de madera sin filo y despuntadas. Sinclair se enjugó un hilillo de sudor de la frente con el dorso de la mano y luego secó ésta en la crin castaña de su montura, Áyax, que había estado con él desde que era un potrillo, primero en la finca que la familia tenía en el condado de Hawton y luego en los establos del regimiento, razón por la cual existía una compenetración especial entre jinete y caballo envidiada por casi todos, pues Sinclair ejercía un control perfecto sobre Áyax y era capaz de que la cabalgadura realizase cualquier movimiento y ejecutara sus órdenes con una sola palabra o un leve movimiento de riendas, mientras que ellos se las veían y se las deseaban para que sus monturas aceptaran órdenes básicas y aprendieran ciertas maniobras.
El corneta se adelantó hasta la valla y se llevó el reluciente instrumento a los labios para dar tres toques muy seguidos: la enardecedora orden de carga. Los corceles soltaron relinchos de pánico o de reconocimiento. A la derecha del teniente Copley montaba Winslow, cuya yegua se rebrincó y levantó la cabeza y los cuartos delanteros. Jinete y montura estuvieron a punto de caer en un amasijo.
Sinclair y sus compañeros desenfundaron la espada de un solo movimiento silencioso y alzaron el brazo derecho.
—¡Arre! —le gritó a Áyax mientras hundía las tintineantes espuelas en los costados del corcel.
El animal salió disparado hacia delante como uno de los corceles de Ascot. El suelo retumbó cuando toda la línea de caballería acudió al encuentro de la hilera enemiga, en algún lugar donde estaban Le Maitre y Rutherford, aunque el caballo bayo que venía hacia él lo montaba el sargento Hatch, un magnífico jinete con todas las de la ley y un veterano de las campañas de la india. Hatch apenas si sujetaba las riendas, muestra de la confianza en su capacidad para controlar a la montura, mientras mantenía en alto el sable. «Va a pasar por mi izquierda», evaluó Sinclair. Eso significaba que el intercambio de golpes iba a tener lugar mientras giraban sobre las sillas de montar.
El teniente apretó las piernas a los costados de Áyax mientras los cascos de los caballos lanzados a galope tendido levantaban del suelo trozos de hierba y tierra apelmazada. En ese momento distinguía ya el rostro del sargento, bronceado tras muchos años de servicio en el Punjab. La sonrisa del fogueado suboficial dejaba entrever unos dientes blancos en contraste con el color negro de su poblado mostacho. Los comandantes del regimiento jamás habían visto un combate bajo fuego real, pero solían referirse a los mandos como Hatch con el término «indios». Eran los oficiales sin recursos para comprar buenos destinos y de hecho habían llegado a servir en la campaña de Gwalior, en el 43, o a luchar junto a la caballería ligera bengalí en la batalla de Punniar o en la de Ferozeshah, a finales del 45. Sin embargo, Sinclair admiraba ese pasado militar, más aún, lo envidiaba. ¡Haber tomado parte en el combate! ¡Haberse visto envuelto en una batalla y haber matado a un soldado enemigo! ¿Acaso podía haber algo mejor que eso?
Hatch se le echaba encima con la satisfacción del veterano que va a enseñarle unas cuantas cosas sobre el viril arte de la guerra a un novato con pantalones de montar color cereza y un galón dorado.
—¡Hurra! —gritó cuando los caballos estaban a punto de chocar, y blandió el sable en el aire.
El teniente Copley acudió a su encuentro y detuvo el golpe rival, pero éste era tan fuerte que le vibraron la espada y el brazo hasta el hombro. El entrechocar de las armas de madera provocó relinchos e hizo dar sacudidas a las asustadas monturas, pero el teniente logró controlar a Áyax con la presión de las piernas y un buen uso de las riendas. El corcel de Hatch enseñó los dientes, como si también él fuera a dar unas cuantas lecciones a Áyax, que se echó hacia atrás para hurtarle el cuerpo. Entretanto, el sargento se sentó sobre la silla y lanzó otro espadazo. En esta ocasión el arma recorrió toda la longitud del sable de Sinclair hasta detenerse en la guarda de la empuñadura.
Los ijares de los caballos chocaron como los costados de dos barcos mecidos por el oleaje y se separaron, pero Hatch se revolvió sobre la silla de montar y lanzó un sablazo contra Sinclair cuando éste aún se estaba dando la vuelta. Aun así, agachó la cabeza para esquivar el golpe, que alcanzó la punta del casco. La correa se le clavó en el mentón y el penacho acabó cayéndose en medio de la melé de cascos. El caballo de Hatch trotó delante de Áyax y su jinete se mofó de Sinclair dándole con la punta del arma un toquecito en el tahalí, del que pendía la vaina vacía de Sinclair.
—Baila, osito ruso, baila —dijo Hatch, fingiendo dispensarle el mismo trato que a un enemigo extranjero.
Pero Copley no estaba de humor para bromas ni para ser ridiculizado. Mientras que a su alrededor todos los soldados daban vueltas e intercambiaban sablazos, el teniente Copley rozó los flacos de Áyax y éste salió hacia delante. Sinclair veía mejor sin el penacho y cuando Hatch se apresuró a reaccionar, esperando a su adversario por la derecha, el teniente cambió el curso de la acometida con un suave tirón de las riendas antes de lanzar un fuerte tajo contra el veterano, que estuvo en un tris de no poder pararlo, y sin solución de continuidad le asestó otro espadazo, que rebotó en el filo del sable de Hatch y estuvo a punto de desnarigar a éste. El bayo del sargento relinchó de terror mientras perdía terreno y su jinete se echó hacia atrás, permaneciendo prácticamente de pie sobre los estribos a fin de ponerse fuera del alcance del siguiente sablazo, y cuando Sinclair hubo pasado, Hatch azuzó a su corcel directo contra el flanco de Áyax al tiempo que enrollaba las riendas en torno a la perilla de la silla de montar y extendiendo la mano ahora libre hacia el novato antes de que éste consiguiera sujetarse mejor o lograra hacer dar la vuelta a su montura, le aferró por el cuello de la pelliza y le arrastró hasta descabalgarle. Sinclair se deslizó sobre el costado de su caballo entre el tintineo de todo el equipo y el sonsonete de las charreteras, que se le cayeron de los hombros, y se dio un buen trompazo contra el suelo cuarteado, donde se escabulló lo más deprisa posible de las coces que se repartían por allí a diestro y siniestro. Tenía la boca llena de polvo y el resto del casco estaba de lo más abollado.
El corneta tocó la orden de poner fin al combate y los soldados se separaron; algunos se carcajeaban y otros fingían lamerse heridas imaginarias. Sinclair miró hacia su alrededor. Tres o cuatro hombres habían mordido el polvo como él. Uno sangraba por la nariz —debía de tenerla rota— y otro tenía un buen desgarrón en el pantalón, que se le había enganchado a alguna espuela. Todos parecían muy poco complacidos. Forcejeó para ponerse a cuatro patas —acababa de descubrir en sus pantalones de color cereza un agujero a la altura de la rodilla— cuando vio acercarse un par de botas negras y una nudosa manaza morena tendida.
—No puede esperar que su enemigo siempre juegue limpio en una pelea —le dijo el sargento Hatch mientras le ayudaba a levantarse del suelo. Se inclinó para recoger el casco de Sinclair, limpió ceremoniosamente lo que quedaba de él y se lo entregó—. Ahora se ha lucido como jinete. Refrenó muy bien a su caballo.
—Por lo que parece, eso no basta…
Hatch se echó a reír. Sinclair cayó en la cuenta de que ese hombre no le sacaba más de ocho o nueve años, y a pesar de eso, el rostro requemado del suboficial se llenó de surcos al carcajearse, con más arrugas que un mapa doblado.
—Nosotros, los «indios» —repuso, apropiándose con orgullo de un término considerado por todos como un insulto—, estamos tan acostumbrados a combatir contra esas sabandijas que hemos aprendido a luchar como ellas. —Hizo una pausa y la sonrisa abandonó su semblante—. Y eso es algo que usted deberá aprender también.
El joven oficial no salía de su asombro, pues a su alrededor únicamente se hablaba de la guerra en los términos más elevados, expuestos, eso sí, por los altos oficiales, procedentes de las filas de la aristocracia y con experiencia nula en el campo de batalla. Tal era así que el aviso del veterano estaba expresado en unos términos que parecían constituir casi un acto de traición. La guerra tenía la consideración de un juego cortés en el que todos los caballeros participaban siguiendo unas reglas unánimemente respetadas, cualesquiera que fuera el coste de las mismas. Pero ahora aparecía un curtido veterano y le decía que la batalla era un rifirrafe con gañanes más dispuestos a derribarle del caballo que a batirse en un duelo a espada como era debido.
Mientras conducían a sus caballos fuera del campo, el sargento Hatch le ofreció unas cuantas puntualizaciones prácticas sobre la clase de equitación impartida recientemente por el capitán Nolan del 15º de húsares:
—Si el caballo suelta coces cada vez que usted pica espuelas, eso es porque echa el peso de su cuerpo demasiado adelante. Si hace cabriolas, se está poniendo muy cerca de la grupa.
Estaban esperando en fila para cruzar por la puerta cuando llegó un jinete, el cabo Cobb. Su montura chorreaba sudor por los costados y saludaba a los lanceros agitando un legajo de papeles mientras subía hacia la valla.
—¡Han llegado órdenes de la Secretaría de Guerra! —anunció a voz en grito mientras el corcel se le encabritaba, apoyándose sobre las patas traseras.
Todos se quedaron donde estaban.
El cabo recobró el control del noble bruto y se enderezó en la silla para ser visto y oído lo mejor posible mientras anunciaba:
—Por orden de lord Raglan, comandante en jefe del ejército británico en Oriente, el 17º regimiento de lanceros del duque de Cambridge deberá zarpar rumbo a Constantinopla el 10 de agosto a bordo de los buques de Su Majestad Neptune y Henry Wilson. Una vez allí, y bajo el mando del teniente general lord Lucan, deberán ayudar en el sitio de Sebastopol.
El anuncio no terminaba ahí, y Cobb continuó con la lectura, pero los vítores y gritos de júbilo de los dragones impidieron oír algo a Sinclair. Muchos lanzaron los sombreros al aire y otros blandieron las espadas de madera, y no pocos lanzaron salvas, asustando a las cabalgaduras. Sinclair también sintió cómo se le aceleraba el pulso. ¡Al fin había llegado la orden! Iba a ir a la guerra. Se habían acabado la instrucción, el entrenamiento, y el estar haciendo el tonto en los barracones. Se iban a Crimea en ayuda de los turcos para poner freno a las incursiones del zar.
Se acordó en ese momento del chiste de un periódico matutino donde se mostraba al león británico con un gorro de policía dando unos golpecitos con una porra en el hombro del oso ruso mientras decía: «Vale, ya está bien, no voy a tolerarlo más». Se escuchó a sí mismo gritando y vio a Frenchie sentado a horcajadas en la valla, marcando el ritmo del estribillo con voz estridente:
—Rule, Britannia! Britannia, rule the waves. Britons never, never, never shall be slaves*.
Copley se volvió al sargento para darle una palmada en la espalda, pero se detuvo en seco al verle el semblante.
A diferencia de cuantos le rodeaban, Hatch no estaba exultante. Tampoco tenía aspecto de estar asustado ni renuente en modo alguno, pero no parecía alegrarse lo más mínimo. Una media sonrisa en los labios había sobrevivido al pandemónium circundante, pero había una expresión distante en sus ojos serios. Era casi como si pudiera ver con el ojo de la mente el destino del regimiento y tal vez incluso la suerte de cada uno de ellos. La alegría de Sinclair se moderó de forma considerable, pero aun así, dijo:
—Es un gran día, ¿verdad, sargento Hatch?
Éste asintió.
—Nunca lo olvidará —contestó con voz más solemne que jubilosa mientras le ponía la mano en el hombro.
—Britons —continuaron cantando Frenchie y su coro— never, never, never shall be slaves.
Otra mano tomó al teniente por el codo; cuando éste se volvió, vio a Rutherford. Las patillas se le habían erizado de emoción al oír las noticias y tenía el rostro acalorado de tanto gritar; sólo fue capaz de sacudir a Sinclair con alegría.
—Por Dios —barbotó al fin—, por Dios que vamos a enseñarles un par de cositas a los rusos.
Sinclair se decantó de inmediato a favor de ese estado de euforia. Se alejó del sargento Hatch y se sumergió en la locura colectiva. Era un momento para la celebración y la camaradería, y él no quería saber nada de avisos ni de presagios. El suboficial le había hecho recordar el comienzo de un poema de ese tal Coleridge, donde un viejo marinero hechiza con su ojo al invitado de una boda, pues está empeñado en contarle un cuento premonitorio, y él no quería escuchar premonición alguna, quería la promesa de la gloria, una oportunidad para demostrar su valor, y al parecer, por fin iba a tener ambas.
Pero faltaban sólo dos días para el diez de agosto y había mucho trabajo pendiente para el poco tiempo disponible. Sin duda, iban a tener que organizar, pulir y limpiar los uniformes, los arreos y las armas para que pasaran la inspección, y también tendrían que preparar a los caballos para el largo viaje en las fragatas, a menos que el ejército los enviase a bordo de los nuevos vapores para hacer el viaje en menos tiempo, y también habría que zanjar los asuntos pendientes en Londres.
Y eso implicaba pensarse muy bien cómo darle la noticia a Eleanor. Debía ir a su pensión esa misma tarde. Había prometido llevarla a Hyde Park, donde hacía tan poco tiempo se había construido el Palacio de Cristal. Había confiado en acudir dando un paseo bajo los olmos señoriales del parque, pero si no andaba muy equivocado, toda la brigada iba a quedar confinada en los barracones hasta el momento de su marcha. Por tanto, debía aprovechar el caos reinante y salir de inmediato con la esperanza de poder regresar al cuartel antes de que nadie notara su ausencia.
Condujo a Áyax hasta su compartimento en el establo, donde se aseguró de que le dieran doble ración de heno y avena.
—¿Nos cubriremos de gloria? —le preguntó mientras le acariciaba la gran mancha blanca del hocico.
El animal agachó su cabeza zaina como si asintiera. Sinclair tomó un trapo para secarle el sudor del cuello fuerte y bien musculado. Después abandonó los establos por la puerta de atrás, donde había más posibilidades de escabullirse sin ser visto.
Le habría gustado poderse cambiar de camisa o al menos haber tenido tiempo de adecentarse un poco, pero el riesgo de que le detuvieran era demasiado grande. Acudió a toda prisa al hotel Savoy, donde sabía que iba a encontrar uno o dos coches a la espera de clientes. Contrató al primero que halló y le gritó la calle de destino cuando todavía no se había sentado en el asiento. El cochero hizo chasquear el látigo y el vehículo cruzó a buen paso por las calles sucias y bulliciosas de la ciudad. El teniente se tomó un respiro por vez primera desde que se había enterado de su marcha a Crimea y ahora cavilaba sobre el mejor modo de contárselo a Eleanor, máxime cuando él mismo apenas había tenido tiempo de asimilarlo.
«Qué contento va a ponerse mi padre, el conde», pensó Sinclair. Ese destino le alejaba de las casas de juego, los teatros de variedades y demás costosos gastos en Londres, y si no le volaban la cabeza, regresaría a Inglaterra con reputación de soldado y no de gandul, pero el conde se estremecería de verdad si supiera adónde se dirigía su hijo en ese momento: a las humildes habitaciones que compartían dos enfermeras sin dinero en el último piso de una destartalada pensión. El díscolo joven lo sabía perfectamente y debía admitir que el hecho en sí le proporcionaba cierta satisfacción si era sincero consigo mismo. El conde se había pasado la vida haciendo desfilar a una feúcha dama aristocrática tras otra con la esperanza de que a su hijo le resultara atractiva alguna, pero Sinclair era uno de esos hombres que siempre obtenía lo que quería al instante, y a quien él quería era a Eleanor Ames.
Cuando el vehículo llegó a la calle donde vivía la enfermera, Sinclair indicó al cochero la pensión y le lanzó unas monedas mientras bajaba.
—El viaje de vuelta será suyo si me espera —aseguró en voz en grito.
Los escalones de la entrada estaban resquebrajados y la puerta del vestíbulo carecía de cerradura. Sinclair escuchó nada más entrar los ladridos lastimeros de un perro detrás de una puerta de lo más endeble y los berridos de un hombre al final del vestíbulo de la entrada. Las escaleras olían a humedad y a moho, y el hedor fue a más conforme ascendía, y como sólo había un pequeño ventanuco en cada piso, también iba empeorando la iluminación. Los tablones de las escaleras crujieron bajo sus botas. Un tenue rayo de luz se proyectó sobre el angosto pasillo cuando se acercó a la puerta de las habitaciones de Eleanor y Moira. Ésta había entreabierto la puerta una rendija para ver quién era, y alargó el cuello en cuanto estuvo segura de la identidad del visitante para ver si le acompañaba alguien.
—Buenas tardes —saludó con una nota manifiesta de desencanto en la voz—. Entonces, hoy ha venido usted solo, ¿verdad?
La muchacha esperaba que acudiera en compañía del capitán Rutherford. Sinclair estaba al tanto de que ambos se habían visto en varias ocasiones, aunque parecía que ella depositaba en esos encuentros más esperanzas que el militar.
—Eleanor está en el salón.
Sinclair sabía gracias a sus visitas anteriores que el salón era la reducidísima habitación con vistas a la calle, separada del resto de la pieza por una modestísima cortina tras la cual se ocultaba el dormitorio que compartían Moira y Eleanor. Ésta se hallaba junto a la ventana. ¿Había estado mirando a la calle esperando a que él llegara? Lucía el vestido amarillo claro que, tras algunas súplicas, él había conseguido que aceptara. En cada cita llevaba el mismo vestido verde y, a pesar de que le sentaba bien, él deseaba verla con una ropa más alegre y elegante. Copley lo ignoraba casi todo sobre la moda femenina, pero había apreciado que el corpiño de los nuevos vestidos era de corte más generoso, permitiendo atisbar el cuello y los hombros, y que las mangas no eran tan abombadas como para oscurecer la línea de los brazos. Una tarde que paseaban juntos por Marylebone Street vio cómo a ella se le iban los ojos detrás del cristal de una tienda y se prendaba de un vestido. Al día siguiente, él envió un mensajero para comprarlo y hacerle entrega del mismo en el hospital. La muchacha se volvió hacia el recién llegado, ruborizada pero contenta de dejar que la viera con sus mejores galas. Parecía radiante incluso a la luz de Londres, cuyo cielo estaba cubierto de hollín.
—No sé cómo lo supiste —dijo, mientras señalaba el vestido con un gesto. El ribete blanco le llegaba hasta el pecho como nieve recién caída.
—Apenas hemos tenido que ajustar unos centímetros —dijo Moira, marchándose detrás de las cortinas—. Los vestidos hechos en serie como éste se ajustan bien a su talla. —Reapareció al cabo de unos momentos con el chal sobre sus grandes hombros y una bolsa de rejilla en la mano—. Me voy al mercado —anunció—, y no volveré hasta dentro de media hora por lo menos.
Les guiñó un ojo antes de dar media vuelta y cerrar la puerta al salir.
Eleanor y Sinclair se quedaron a solas y durante unos momentos reaccionaron con torpeza. Él quería estrecharla entre sus brazos y luego desvestirla lo antes posible, pero no iba a hacerlo. A pesar de la notable diferencia de clase social existente entre ambos, Sinclair la trataba como a una de las jóvenes de noble cuna que conocía en los bailes de su casa solariega o en las cenas formales de la ciudad. Siempre le quedaba el Salón de Afrodita para satisfacer sus apetitos más básicos.
Eleanor se mantuvo donde estaba en vez de acudir a él, estudiando el rostro del teniente.
—Me temo que todavía no te he dado las gracias por el vestido —dijo al final—. Es precioso.
—Lo es cuando lo llevas puesto —convino Sinclair.
—¿Quieres salir a dar un paseo o prefieres sentarte? —preguntó la enfermera, indicando con un ademán las dos sillas de madera y duro respaldo que completaban el espacio asignado a la sala de estar.
—Me temo que no tenemos tiempo para ninguna de las dos cosas —repuso él, removiéndose inquieto—. Siendo sincero, me he saltado las órdenes para estar aquí.
La curiosidad se convirtió en preocupación cuando Eleanor oyó semejante confesión. Ella había notado que se moría de ganas de contarle algo, mas no lograba imaginar el qué. También había observado que acudía vestido de uniforme, con las botas cubiertas de polvo y la piel sonrojada por el ejercicio.
¿Habría quebrantado la normativa militar de algún modo? La señorita Ames había deducido por lo visto en el transcurso de las pocas semanas anteriores que el joven teniente no reparaba mucho en los modales, pues ¿acaso no le había llevado a ella, una mujer, al sanctasanctórum masculino del Longchamps Club? Pero no le imaginaba cometiendo ninguna infracción de gravedad. Sus temores sólo se veían aplacados por la ancha sonrisa que curvaba los labios del joven.
—¿Por qué…? ¿Qué órdenes has desobedecido? —inquirió ella, viendo claro que Sinclair no iba a poder callarse por mucho más tiempo.
Y él barboteó las noticias, las fabulosas noticias, de que habían llamado a su regimiento para entrar en acción.
Eleanor se descubrió sonriendo y sintiendo también su mismo entusiasmo, como si fuera contagioso. Las manifestaciones habían abarrotado las calles de la ciudad: unos protestaban contra la entrada del país en la guerra mientras que otros la exigían con entusiasmo. Se habían publicado en los últimos días varios reportajes sobre las atrocidades sufridas por los indefensos turcos y los periódicos estaban llenos de artículos de opinión y editoriales sobre los peligros de que la flota rusa surcase las aguas del Mediterráneo y una posible disputa sobre la prolongada supremacía británica de los mares. Grupos de reclutamiento peinaban los barrios pobres y las callejas de mala muerte en busca de cualquier hombre apto para engrosar las filas de la infantería de Su Majestad, y a veces hasta los no aptos para el servicio. Habían alistado incluso al muchacho encargado de la carbonera y el horno del hospital.
—¿Cuándo te marchas? —preguntó Eleanor.
El impacto de la respuesta la dejó abrumada. Si se marchaba dentro de dos días y ya estaba contraviniendo la orden de permanecer en el cuartel o en el campamento, eso significaba que aquél iba a ser su último encuentro, sus últimos minutos juntos antes de que él se hiciera a la mar rumbo a Crimea. En ese momento cayó en la cuenta de que tal vez nunca más volviera a verle, a pesar de cuanto ella había sentido que ocurría entre ellos en las semanas anteriores y de que tal vez se había formado un vínculo entre ellos. Y no le aterraban sólo la pavorosa perspectiva de la guerra y la posibilidad inevitable de que resultara muerto, era una certeza que le había acechado desde la noche que le dio unos puntos en el brazo herido: la conciencia de que vivían en mundos muy diferentes y de que sus caminos jamás se habrían cruzado de no ser por aquel encuentro tan fortuito. Después de su periodo de servicio en el extranjero, quizá ni siquiera volviera a Londres, tal vez regresara directamente a las fincas de la familia en el suroeste, en el condado de Wiltshire. (Él se había mostrado bastante discreto sobre sus orígenes, pero ella había reunido los comentarios sueltos de Le Maitre y el capitán Rutherford y había deducido lo suficiente para asumir que eran imponentes). E incluso aunque volviera a la capital, ¿volvería a elegir a una enfermera sin un penique en vez de a una de las grandes damas de su círculo social? ¿Tendría suficiente peso esta pequeña aventura, pues a veces, por la noche, cuando el continuo removerse en la cama de Moira la desvelaba, sólo le otorgaba esa consideración, para imponerse a todas las cuestiones del sentido práctico y el decoro?
—Te escribiré en cuanto me sea posible —aseguró Sinclair como si le leyera la mente.
Y de pronto, Eleanor tuvo una visión de sí misma sentándose en la silla junto a la ventana tiznada de hollín y sosteniendo una carta arrugada y gastada tras una larga singladura desde Oriente.
—Y yo a ti —replicó ella—. Todos los días.
Sinclair se adelantó medio paso, como Eleanor, y de pronto estuvieron el uno en los brazos del otro. La gruesa cinta del galón dorado del frontal del uniforme se hundió en el rostro de la muchacha. Él olía a tierra, a sudor y a caballo, a su adorado Áyax. En una ocasión la había llevado a los establos del regimiento y le había dejado darle de comer un terrón de azúcar. Ella se aferró a él durante varios minutos, pero ninguno de los dos pronunció palabra alguna. No lo necesitaban. Y cuando sus labios se encontraron, el beso tenía un agridulce sabor a despedida.
—Debo irme —dijo, mientras se zafaba del abrazo con suavidad.
Ella le abrió la puerta y le observó bajar las escaleras sin volver la vista atrás, levantando un gran eco de pisadas a su paso. Si la ocasión lo hubiera permitido, si él hubiera tenido algo más de tiempo, se lamentó la joven, a ella le habría gustado que él pudiera haberla visto fuera, a la luz del atardecer, luciendo el nuevo vestido amarillo.

* «Gobierna, Britania. Britania, gobierna las olas. Los británicos nunca serán esclavos». Son los versos más conocidos del himno Rule Britannia. Thomas Augustine Arne compuso la música para un poema de James Thomson.

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 19, 2010 4:20 pm

Gracias por el capi. Qué buen ritmo estamos llevando. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 19, 2010 4:25 pm

Grax por el capi!^^

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 21, 2010 3:31 pm

transcripo por Gemma

CAPITULO 19

9 de diciembre, 17:00 horas

COMO ERA DE ESPERAR, las nuevas del asombroso descubrimiento submarino se propagaron por la base igual que un reguero de pólvora. Murphy impuso una orden ejecutiva en cuanto recibió la noticia por el walkie−talkie. Michael le oyó bramar instrucciones a Calloway de que no admitiera a nadie cerca del bloque de hielo ni de la cabaña de inmersión. También dio orden de que cuantos estuvieran al tanto de la noticia mantuvieran el pico cerrado hasta nuevo aviso.
—Esperad a que hayan llegado a la base Danzing y los chuchos —dijo antes de cortar la transmisión.
Éste y el equipo de huskies se habían colocado a cincuenta metros mientras aseguraban el témpano encima del trineo. Los perros yacían tumbados sobre la nieve y el hielo, observando los quehaceres con sumo recelo.
—Cristo bendito… —masculló el conductor mientras se acercaba dando grandes zancadas al trineo. Admiró abiertamente a la mujer atrapada en el hielo mientras rodeaba el pesado monolito helado con paso lento.
Michael adivinó qué estaba haciendo: sopesaba a toda prisa el mejor modo de acarrear semejante peso.
—Ahí tenéis la cosa más rara que me he echado a la cara en la vida, tíos —aseguró Calloway—, y mira que he visto rarezas de todos los colores.
—No me jodas, Sherlock —replicó Franklin, que le había ayudado en la inmersión.
Michael apenas lograba creerse que lo habían conseguido. Se había despojado del equipo de buzo a toda prisa para envolverse debajo de más prendas de ropa seca que antes y ahora bebía sorbos de un termo de té caliente, pero aun así le seguían dando tiritonas y él sabía que estaba sufriendo la predecible hipotermia.
Lawson preguntó a Danzing si debían llamar a un spryte o si pensaba que los perros eran capaces de acarrear algo tan pesado al campamento.
El interpelado plantó una manaza sobre el hielo y se frotó el mentón con la otra, rozando su amuleto de la buena suerte: un collar de dientes de morsa colgado alrededor del cuello.
—Una vez que echemos a andar, lo conseguiremos —aseguró, pero claro, él creía a sus perros capaces casi de cualquier cosa, y siempre andaba buscando formas de demostrar que la tecnología moderna valía poco frente a los métodos fiables y anticuados que tan buen rendimiento habían dado a Roald Amundsen y Robert Falcon Scott.
Michael estuvo frotándose la muñeca afectada por las filtraciones de agua helada mientras Danzing se encargaba de desenganchar a los perros de un trineo y de alinearlos al otro. Le dolía como una distensión de las graves. Franklin y Calloway seguían contemplando boquiabiertos a la mujer atrapada en el hielo y cuando uno de ellos se rió e hizo un chiste grosero sobre despertar a la Bella Durmiente con un beso de tornillo que no iba a olvidar, Michael tomó una lona del trineo de los perros y cubrió con ella el témpano. Franklin le miró de un modo un tanto raro por interrumpir la diversión y Danzing le dirigió una mirada de complicidad mientras el periodista aseguraba la lona impermeabilizada con unos clavos.
—¿Ha mencionado el jefe dónde quiere ponerla? —preguntó el conductor de trineos.
Su conducta recordaba algo a un director de funeral mientras preguntaba a un familiar del difunto sobre el recién fallecido.
—No ha dicho ni media palabra.
A Wilde le extrañó ser preguntado a ese respecto, pues no era un probeta, ni tan siquiera un recluta. Ocupaba una posición intermedia, una incómoda tierra de nadie, pero aun así, ya empezaba a ser reconocido como legítimo defensor de la mujer rescatada de las profundidades.
—Bueno, no deberíamos meterla bajo techo directamente —observó Danzing, pensando en voz alta—. Tal vez sufra algún deterioro si el deshielo es demasiado rápido. —Sí, Michael pudo ver la sensatez de la sugerencia. El hombretón prosiguió—: Quizá podríamos dejarla en el almacén de muestras, detrás del laboratorio de glaciología. Betty y Tina podrían usar alguna de sus herramientas para quitar el hielo sobrante.
—Seguro, parece una buena idea —contestó Michael, encantado de tener a alguien capaz de pensar con más claridad que él en esos momentos.
De pronto, se desató un gran alboroto entre los perros y Danzing se puso a pegar berridos y se marchó para sofocarlo. La manada de huskies tenía un carácter bravucón, Michael lo sabía tras haberlos visto en acción más de una vez, pero solían obedecer una orden enseguida, salvo en esta ocasión, pues varios de ellos pugnaban por soltarse de las traíllas para alejarse del sillar de hielo. Incluso el líder de la manada, Kodiak, un perrazo de ojos azules como el mármol, ladraba y gruñía. Danzing empleó un tono de voz firme y tranquilo al tiempo que hacía gestos con las manos para acallar a los canes, pero aquel conato de rebelión le sorprendía incluso a él.
—¡Kodiak, abajo! —gritó al fin mientras sacudía la traílla del animal. El perro guía siguió a cuatro patas, ladrando de forma enloquecida—. ¡Túmbate, Kodiak, vamos, abajo!
El cuidador se vio obligado a poner la mano sobre el cuello del agitado animal y hacer fuerza para obligarle a tumbarse sobre la nieve, y una vez allí debió retenerle hasta imponerle su autoridad. El resto de la manada siguió aullando, pero al final imitó el ejemplo del líder y se calló. Danzing desenredó los arneses y las correas y luego se subió en la parte posterior del deslizador.
—¡Tirad! —bramó.
Los perros avanzaron para arrastrar el trineo, pero ni éste pesaba lo de siempre ni ellos pusieron la entrega habitual. Dos o tres canes volvieron la vista atrás, como si temieran que algo se alzara y los alcanzara por la retaguardia. El cuidador tuvo que hacer chasquear las riendas y gritar las órdenes una y otra vez.
Michael se preguntó si simplemente la carga no sería excesiva para las fuerzas de los huskies.
—¡Tirad, tirad! —gritó Danzing.
Los canes saltaron hacia delante una vez más, y en esta ocasión consiguieron un leve avance de los patines. El deslizador ganó impulso cuando la docena de huskies empezaron a correr al unísono, y a partir de ese momento avanzó sin complicaciones. El témpano y su invitada cautiva en el hielo iniciaron el camino de regreso a la base. Michael sacó la motonieve de Franklin mientras Calloway cerraba la cabaña de inmersión y los dos recorrieron el camino de vuelta a la base detrás del trineo. Los perros no dejaron de ladrar.


Daba igual cuánto tiempo permaneciera allí, con la cabeza gacha y el agua caliente corriéndole sobre el pelo para luego bajar por todo el cuerpo. Una fibra muy honda de su ser todavía retenía frío suficiente para provocar otro par de tiritonas. Cerró el grifo del agua caliente sólo cuando el vapor concentrado en la ducha había alcanzado proporciones épicas y apenas era capaz de ver su mano al ponerla delante de los ojos. Se frotó enérgicamente con las toallas nuevas, de las que siempre había en abundancia, pero tuvo especial cuidado con su hombro, el que se dislocó en las Cascadas. Todavía le molestaba de vez en cuando y bucear en gélidas aguas polares no ayudaba en nada. Se sirvió de la toalla para limpiar el vaho de una franja del espejo empañado donde poder verse a la hora de peinar y desenredar su larga melena negra. Había procurado encargarse de todo antes de salir de Tacoma, pero no se le había ocurrido cortarse el pelo, por lo que llevaba más greñas de lo habitual. Alguien del personal de la estación estaría cualificado para hacer las veces de peluquero, o eso suponía él, pero no daba la impresión de que los habitantes de Point Adélie prestaran atención alguna a la imagen personal. Betty y Tina andaban por ahí con sus pisadas sargentonas, ropas hombrunas y las melenas rubias anudadas en coletas hechas a toda prisa y de cualquier manera, y en cuanto a los hombres, la mayoría parecían recién salidos de las cavernas. La práctica totalidad de ellos llevaba barba, mostacho y unas patillas espesas como no se habían visto desde la guerra de Secesión. Las coletas gozaban de una gran popularidad, en especial por parte de los probetas que se estaban quedando calvos, como Ackerley. Rara vez se le veía fuera de su laboratorio y por ese motivo el botánico se había ganado el apodo de «Gnomo».
En cuanto a Danzing, además de su collar de dientes de morsa, lucía un brazalete de huesos y un par de pantalones de piel de reno cosidos por él mismo. Michael recordaba la ingeniosa frase que le había oído decir a la única mujer que encontró en un bar mientras cubría un reportaje en Alaska.
—Las apuestas son excelentes —admitió, examinando a los parroquianos— y los apuestos, insuficientes.
Antes de acudir al comedor, y a pesar de lo bien que le iba a sentar una comida caliente, se introdujo en el locutorio por satélite y marcó el número particular de su editor. No tardó en descolgar. Se escuchó al fondo la transmisión de un partido de baloncesto, pero la emisión se cortó de raíz cuando Gillespie supo que era Michael y no un vendedor.
—¿Estás bien? ¿Todo va bien? —inquirió.
El reportero se tomó un segundo para saborear lo que estaba a punto de decirle.
—Mejor que bien. ¿Estás sentado?
—No, y tampoco tenía intención de sentarme… ¿Por…?
Entonces, Michael se lo contó con tono pausado y toda la calma posible. No deseaba que su editor pensara que se le habían aflojado los tornillos en el Polo Sur. Le puso al corriente de que habían encontrado un cuerpo congelado dentro de un glaciar, tal vez fueran dos, y más aún, los había recobrado.
Gillespie no despegó los labios en ningún momento, ni tan siquiera cuando Michael terminó de referirle la totalidad de los hechos, por lo cual se vio obligado a preguntar:
—¿Sigues ahí, Joe?
—¿No estarás de coña?
—En absoluto.
—¿Es real?
Michael oyó el pitido de un microondas.
—Totalmente. Ah, por cierto, ¿te he mencionado que fui yo quien hizo el descubrimiento?
Hubo un sonido seco. Parecía que Gillespie había dejado el auricular sobre la encimera. Michael logró distinguir unos gritos de júbilo a pesar de la estática.
—¡Dios mío, esto es fabuloso! —dijo cuando volvió a recoger el auricular—. ¿Has hecho fotos?
—Sí, y voy a hacer más…
—Michael, te lo prometo, si esto es real…
—Lo es —le aseguró él—. Vi a la chica con mis propios ojos.
—Pues entonces, con eso vamos a ganar el National Magazine Award. Podríamos triplicar nuestra base de suscriptores si sabemos manejar esto bien, y tú puede que aparezcas en la tele, tal vez incluso en 60 Minutes. Podrías firmar un contrato para un libro y tal vez venderías los derechos al cine.
La conversación se prolongó otro par de minutos, durante los cuales la recepción fallaba de forma esporádica y a cada interrupción Michael debía esperar pacientemente a recuperar la línea. Cuando esto sucedió pudo explicarle que el teléfono sólo estaba operativo durante ciertas horas del día y que alguien más deseaba usarlo. Se iba a caer redondo si no conseguía llegar al comedor, y se todos modos, el editor tenía pinta de necesitar un buen copazo.
Nada más llega al comedor se llenó el plato de chili con carne aún humeante y pan de maíz; luego se sentó con Charlotte Barnes, que asintió con gesto de aprobación al ver el plato a rebosar y dijo:
—Convendría que luego probaras el pastel de cereza.
—Pues me parece que voy a poder —repuso él, atacando por fin la comida—. Oye, no he visto a Darryl en todo el día. No estará de morros todavía porque no le has dejado bucear hoy, ¿verdad?
—No, creo que lo ha superado enseguida, pero se ha pasado las horas encerrado en el laboratorio.
El periodista tomó un gran trozo de pan y lo untó bien con chili antes de metérselo en la boca. Charlotte le advirtió:
—Quiero que tu temperatura corporal aumente, de veras que sí, pero por favor, no me obligues a tener que hacer la maniobra de Heimlich*. ¡Eso es realmente asqueroso!
Michael empezó a engullir más despacio y cuando hubo terminado de masticar y de tragar, dijo con tono de aparente despreocupación:
—Bueno, ¿has oído hablar de la inmersión de hoy?
No estaba seguro de si Murphy la había incluido todavía en el círculo de personas informadas y no quería soltar prenda en caso contrario.
Charlotte tomó un sorbo de café al tiempo que asentía.
—Murphy creyó que debía estar al tanto de… todo, en mi condición de jefe médico de la base.
—Me alegra que lo haya hecho —admitió Michael, aliviado—, pero dudo que puedas hacer mucho por ella.
—La tipa del témpano no le preocupaba lo más mínimo, le inquietabas tú —replicó Charlotte—. Temió que quisieras hablarme del tema y yo pensara que se te habían aflojado todos los tornillos de la sesera.
—Pero estoy cuerdo, ¿no?
Charlotte se encogió de hombros.
—Aún es pronto para decirlo, pero ¿sigues pensando que ahí dentro hay dos personas, una junto a otra?
—No sabría responderte con seguridad. Podría ser la capa de la mujer, o tal vez alguna clase de sombra u oclusión en el hielo. Hemos dejado un buen trozo de témpano en la parte posterior, sólo para estar seguros de que la sacábamos entera, así que al final vamos a enterarnos de un modo u otro cuando Betty y Tina se hayan desecho de lo que sobra.
Michael alzó la vista y vio cómo aparecía una mano detrás de su interlocutora y le saludaba de forma enérgica. Se ladeó y echó un vistazo: era Darryl abriéndose camino hacia ellos con una bandeja en la otra mano. El biólogo se dejó caer junto a Charlotte y dijo a Michael en tono conspirativo:
—Felicidades. Acabo de visitar a la Bella Durmiente en el almacén de muestras y estoy en condiciones de informarte de que ella descansa pacíficamente. —El interpelado se sintió incómodo, no sólo por la hilaridad, sino por la noción misma de que estuviera dormida. No se sacaba de la cabeza que precisamente eso era lo que pensaban los padres de Kristin, que su hija estaba dormida—. Pero ya sabes que en cuanto Betty y Tina hayan terminado su tarea de cortar el hielo el mejor sitio para preservar el espécimen es el laboratorio de biología marina —agregó con una indiferencia tan impostada que habría jurado que había cavilado mucho a ese respecto.
—¿Por qué? —inquirió Michael.
Darryl se encogió de hombros muy a la ligera otra vez. Demasiado.
—Necesita descongelarse muy despacio y lo ideal sería que sucediera en agua marina. Podría sufrir algún daño o incluso desintegrarse. Podría vaciar el tanque del acuario y retirar las particiones. Al fin y al cabo, el bacalao antártico ni siquiera es un proyecto mío. Entonces sí podríamos meter todo el bloque de hielo, o bueno, lo que quede de él en un baño frío para que fuera derritiéndose lentamente, bajo condiciones controladas en el laboratorio.
Michael miró a Charlotte en busca de una opinión experta. Después de todo, al menos era doctora, una científica, pero ella resultó estar tan perdida como él mismo.
—De todos modos, ¿por qué me preguntas a mí? —contestó Michael al final—. ¿No debería decidirlo todo Murphy O´Connor?
—Él lleva este sitio, nada más, y por lo general intenta escurrir el bulto en todos los asuntos científicos. Además, te guste o no, tú eres el Príncipe Azul en el escenario de esta obra —repuso Darryl mientras alzaba un tenedor rebosante de espaguetis—. ¿Cómo piensas hacer que vuelva? ¿Con un beso?
A Michael le resultaba difícil verse en el papel de Príncipe Azul, ni en ese ni en ningún otro escenario, pero estaba empezando a tomar consciencia de que si alguien iba a proteger los intereses de la Bella Durmiente, fueran éstos cuales fuesen, ése iba a ser él.
—Si crees que es lo mejor, también yo, supongo —replicó el periodista.
El pelirrojo pareció muy complacido consigo mismo mientras luchaba por sorber un espagueti que le colgaba del labio.
—Buena decisión —dijo mientras al fin conseguía tragárselo—, sobre todo a la vista de lo que voy a enseñaros después de la cena. —Michael y Charlotte intercambiaron una mirada—. Todavía no se lo ha dicho a nadie —agregó—, y no estoy muy seguro de que revelarlo entre en mis planes. Ya veremos.
Una vez que había generado suficiente sensación de misterio, sólo debían esperar a que el biólogo diera buena cuenta de su comida. Michael se sirvió una ración de tarta de cerezas, al igual que la doctora, quien además tomó a continuación un capuchino descafeinado.
—De aquí a seis meses van a tener que fletar un avión de carga sólo para llevar de vuelta a la civilización mi gordo culo —sentenció, al volcar todo el sobre de azúcar en la taza.


Más tarde, en el laboratorio de biología marina, Darryl fue de un lado para otro guardando cosas mientras sus amigos se quitaban los abrigos y los guantes, pues debían protegerse bien de los elementos incluso en los trayectos cortos de un módulo a otro. Bastaban treinta segundos de exposición en el exterior para que se cortara la piel.
El biólogo arrastró dos asientos más junto a la encimera donde descansaban un microscopio binocular y un monitor de vídeo.
—Debo decir algo a favor de la NFS: no escatiman en medios. Por ejemplo, el microscopio es un Olympus modelo Cx con ajuste de distancia interpupilar y tecnología de fibra óptica. El monitor de vídeo tiene más de quinientas líneas de resolución horizontal. —Contempló el material con verdadero afecto—. Ya habría querido yo un equipo como éste en casa.
Charlotte apenas lograba contener los bostezos cuando intercambió una mirada de complicidad con Michael. Darryl debió percatarse, pues de pronto sacó una botella de vino y la puso delante de ellos con un gesto de prestidigitador. El tapón de corcho sobresalía de la boca del envase.
—Quizá tenga a bien hacer los honores, doctora Barnes.
—No esperarás que vayamos a bebernos eso de ahí…
—No después de que veas lo que yo ya he visto.
Él le hizo entrega de una pipeta limpia con un floreo y le dijo:
—¿Me harías el favor de extraer unas gotas del líquido de esta botella?
Tanto Michael como Charlotte arrugaron la nariz ante el hedor procedente de la misma, pero aun así, la doctora cumplió con la petición.
—Ahora, deja caer una gota sobre el extremo de esta lámina portaobjetos.
En cuanto ella soltó una gota del viscoso fluido en la lámina, puso otra encima, dejando una mancha de fuerte color púrpura, más gruesa en un extremo y más delgada en el otro. Entonces, tomó un dosificador y dejó caer varias gotas de alcohol sobre la misma.
—Por si te lo preguntas, estamos realizando un frotis. —Levantó la vista y buscó con los ojos a Charlotte—. ¿Te acuerdas de las prácticas en la facultad de medicina?
—Pues no ha llovido ni nada desde entonces —repuso ella.
El biólogo continuó describiendo el proceso mientras secaba el frotis y lo fijaba con alcohol antes de aplicar la tinción de Giemsa.
—Muchos rasgos serían imposibles de apreciar sin la coloración —explicó.
—¿Rasgos de qué…? —inquirió la doctora con una detectable irritación en la voz—. ¿De uva merlot? ¿De cabernet sauvignon?
—Ya lo verás —contestó Hirsch.
Incluso Michael comenzó a impacientarse. Había sido un día muy largo y la muñeca aún le dolía a causa de la filtración. Todo cuanto quería era meterse en la cama debajo de las sábanas y las mantas. Necesitaba tiempo para procesar lo que había hecho y visto, y era consciente de que iba a terminar por establecer conexiones un tanto morbosas entre Kristin, tendida en un hospital, y la llamada Bella Durmiente, y no iba a poder evitarlo a pesar de saberlo. Tal vez sólo necesitaba ocho horas seguidas en la cama.
Pero el pelirrojo seguía dale que te pego sobre frotis, tinciones y una cosa más llamada bálsamo de Canadá para no se sabe qué montaje. Al final, Michael se vio obligado a interrumpir:
—Vale, Darryl, corta el rollo con tanto galimatías. ¿Está listo o no?
—En realidad, no. Deberíamos dejar pasar toda la noche si nos atuviéramos al manual.
—Por mí, vale. Volveremos mañana —replicó, e hizo ademán de levantarse.
—No, no, espera.
El biólogo colocó el portaobjetos bajo el microscopio y lo examinó él mismo para realizar un par de ajustes en el foco. Luego, retiró la cabeza del binocular e invitó a Charlotte a que le echara un vistazo. Ella se acercó con cierta prevención y agachó la cabeza. Entonces, se quedó muy quieta.
Darryl pareció muy satisfecho ante esa reacción.
La doctora movió un par de veces la rueda de ajuste del foco y finalmente se incorporó con la perplejidad escrita en el semblante.
—Si no supiera bien… —empezó, pero el biólogo le tapó la boca con la mano a fin de hacerla callar.
—Deja que Michael le eche un vistazo antes.
El periodista se colocó en el asiento central y miró a través del microscopio binocular. Vio un campo rosáceo lleno de partículas moteado por círculos flotando en suspensión. Algunos eran uniformes en forma y tamaño, aunque algo achatados en el centro, como cojines deformados cuando alguien se sienta en ellos muy a menudos; otros eran veteadas y de mayor tamaño, y deformes. Michael no era científico, pero sabía que el líquido no era lo que se suponía.
—Vale, es sangre —concluyó, y levantó la mirada de las lentes—. Has llenado de sangre la botella de vino. ¿Por qué?
—¡Atención! —exclamó el biólogo, alzando las manos—. Has pasado demasiado tiempo bajo el agua. Yo no he vertido nada en ese envase ni en el portaobjetos. Ése es el motivo de vuestra presencia aquí y de que hayáis hecho vosotros mismos el experimento, para que veáis lo mismo que vi yo. La botella de vino, como tú la llamas, está llena de sangre, y apuesto a que si aparecen otras en ese arcón, también lo estarán. —Ni Michael ni Charlotte supieron qué contestar—. Los círculos perfectos que has visto son eritrocitos, glóbulos rojos. Algunos de los más pequeños son neutrófilos o micrófagos.
—Son una especie de fagocitos, ¿verdad? —le interrumpió Charlotte—. Contienen una sustancia antibacteriana… Devoran bacterias y mueren.
—Exactamente. ¿A que ya vas acordándote de cosas de la facultad?
—Hala, no te pongas en plan sabelotodo.
—Pero la cantidad de neutrófilos es muy superior a la normal —añadió Darryl. Tiró la bomba y esperó a que alguno de los dos saltara de su asiento; como nadie se movió, continuó—: Eso sólo puede significar una cosa: esa sangre estaba contaminada antes de que la envasaran.
—¿Cómo…? ¿Y para qué…? —inquirió el periodista.
—Así, a bote de pronto, te contestaría que la obtuvieron de alguien muy enfermo o gravemente herido, que tal vez supuraba pus por las heridas, por ejemplo…
Michael comprendió de pronto la razón del olor pútrido de la botella. El «vino» era sólo una antigua etiqueta, pero el contenido era antigua sangre corrompida. Ahora bien, ¿por qué la habían embotellado y transportado en un cofre como si fuera un tesoro?
—Discúlpame, Darryl —intervino Charlotte—, pero el día ha sido muy largo. ¿Qué sugieres…? Insinúas que un barco de sólo Dios sabe qué época transportaba al Polo Sur una carga de sangre en mal estado toda bien guardadita en botellas metidas dentro de arcones, ¿es eso?
—Es muy poco probable que la nave se dirigiera de verdad a la Antártida —repuso él—. Lo más seguro es que se viera desviada de su curso y ¿Quién sabe cuánto tiempo estuvo navegando a la deriva hacia el sur? Además, el hielo se mueve, ya lo sabes.
—Pero ¿por qué? —inquirió Michael—. ¿Qué posible uso podían darle a eso, fueran donde fuesen?
El interpelado se rascó la cabeza, dejando de punta un mechón de pelo rojo.
—Ahí sí me has pillado. La sangre en mal estado no le es de utilidad a nadie, a menos que se use para alguna inoculación experimental.
—¿A bordo de un barco? —saltó Michael.
—¿Hace varios siglos? —remachó Charlotte.
Darryl alzó las manos en señal de rendición.
—No me miréis así, chicos. Tampoco yo tengo las respuestas, pero resulta difícil de creer que lo hallado en esa botella, el arcón y el cuerpo, o los cuerpos, no estén relacionados entre sí de algún modo.
—En eso sí voy a darte la razón —convino el reportero—. De lo contrario, sería la coincidencia más sorprendente de la historia marítima.
Su compañera también pareció estar de acuerdo en ese punto.
—Me da en la nariz que merecerá la pena tomar una muestra de sangre a la Bella Durmiente cuando lo permitan las circunstancias.
—¿Y qué buscas? —quiso saber Michael.
—¿Una concordancia? —replicó el biólogo, encogiéndose de hombros.
—¿Y con qué pretendes compararla? ¿Con la sangre infectada de una botella? —saltó Michael, un tanto exasperado al ver que no le entendían—. ¿Pretendes decir que ella estaba guardando su propia sangre en botellas como souvenir?
—¿O te refieres a otra cosa? —intervino Charlotte—. ¿Sugieres que tal vez ella mantuviera una reserva de sangre disponible para algún propósito médico extraño?
—A veces, en la ciencia sabes qué buscas y dónde vas a encontrarlo —repuso Darryl, mirando alternativamente a uno y a otro en un intento de calmar las aguas—. Otras no tienes ni idea, pero encuentras una madeja y la sigues hasta ver dónde llega.
—Pues a mí me parece que la cosa va por un camino de lo más raro —respondió Michael, que se había puesto a la defensiva en todo ese asunto.
—Eso no puedo discutírtelo en este momento —admitió Darryl.
Charlotte soltó un suspiro y se dirigió a por el abrigo y los guantes.
—Yo me voy a la cama —concluyó—, y os aconsejo a los dos que hagáis lo mismo.
Pero el periodista se sintió demasiado preocupado para ponerse en marcha y se quedó donde estaba, estudiando la misteriosa botella negra.
—Duerme algo, Michael —le ordenó la doctora mientras se subía la cremallera—. Es una prescripción médica. —Luego, se volvió hacia el biólogo—. Y tú, cierra eso de una vez. —Darryl se hizo el inocente y ladeó la cabeza en dirección a la botella, que estaba cerrada—. Ya sabes a qué me refiero —precisó ella.


*Procedimiento de primeros auxilios usado para desobstruir el conducto respiratorio cuando queda bloqueado por un trozo de alimento.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 21, 2010 4:49 pm

Gracias por el capi. [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Miér Abr 21, 2010 5:16 pm

Gracias por el capi nena! :)

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Abr 23, 2010 4:19 pm


CAPÍTULO VEINTE
Transcrito por Tibari


Principios de septiembre de 1854

POBRES CABALLOS. EL TENIENTE Copley estuvo a punto de enloquecer a causa del terrible peaje impuesto a los corceles.
Condujeron a la bodega de la nave de Su Majestad Henry Wilson al precioso Áyax y a otras ochenta y cinco monturas. Era un lugar reducido, oscuro y fétido, donde apenas se habían efectuado unos preparativos mínimos de acondicionamiento: no habían dispuesto compartimentos ni cabezadas de cuadra para atar a los animales, sólo unas cuerdas de sujeción, por lo que incluso con el mar en calma los nobles brutos chocaban unos con otros, se pisaban los cascos, y hasta debían forcejear entre sí para alzar la cabeza por encima de la manada, y fueron presa del pánico cuando la flota británica llegó al golfo de Vizcaya, donde se levantó un viento de gran fuerza. Sinclair y los demás oficiales de caballería en activo, pues muchos estaban postrados en sus lechos a causa de las fiebres o el mareo, descendieron bajo cubierta para aferrar las cabezas de sus cabalgaduras en un intento desesperado de calmarlos y controlarlos, pero no resultó posible.
Cada golpe de mar arrojaba contra los comederos a los aterrorizados animales; éstos relinchaban y pateaban los resquebrajados tablones del suelo humedecidos por las cascadas de agua que se colaban a través de las escotillas para luego formar riachuelos sobre los cuales chapoteaban los caballos, y cuando uno de ellos resbalaba y perdía el equilibrio, era un verdadero infierno conseguir que se levantase. Cuando Áyax trastabilló y cayó en un amasijo de patas sobre el caballo de Winslow fue necesario el concurso de varios soldados y marineros para lograr separarlos, primero, y ponerlos en pie, después.
El sagento Hatch, el ‹‹indio››, parecía vivir en la bodega, y Sinclair llegó a preguntarse si dormía alguna vez o subía a cubierta para respirar aire puro y limpio de la hediondez a excrementos, sangre y heno en descomposición.
Todas las noches sucumbía más de una montura, víctima de un ataque de pánico, rotura de huesos o postrado por el calor, pues apenas había ventilación bajo cubierta, y al alba las tiraban al mar sin ceremonia alguna. Durante toda la singladura hacia el Mediterráneo la flota inglesa fue dejando a su paso una hilera de cadáveres.
A pesar de su inexperiencia propia de teniente aún no puesto a prueba en la batalla, Copley se preguntaba por qué el ejército no había contratado el servicio de barcos a vapor para realizar el viaje. Un barco de vela tardaba algo más de un mes en completar el trayecto y un vapor, por lo que le había dicho Rutherford, cuyo padre había sido segundo lord del almirantazgo bajo las órdenes del duque de Wellington, tardaba entre diez y doce días. Buena parte de aquel terrible daño podría haberse evitado y las tropas habrían llegado a las costas turcas, dispuestas para la batalla y con los caballos en condiciones aceptables, antes de lo que iban a llegar ahora, y eso incluso aunque se tardase una quincena en reunir los vapores necesarios.
Pero tal idea no parecía habérseles ocurrido ni al comandante ni a la miríada de espectadores que asistieron a la marcha del ejército, aunque también él se había dejado atrapar por el ambiente jubiloso imperante en los muelles al zarpar los barcos. Junto a la brigada ligera de Sinclair marchaban a bordo de la flotilla la brigada pesada, y el regimiento 60º de fusileros y el 11º de húsares. Todos estaban convencidos de que la guerra sería tan breve que muchos ni siquiera iban a tener la oportunidad de usar la lanza, el sable o el rifle dada la mediocridad del ejército ruso, muchos de cuyos hombres habían sido reclutados a punta de pistola. Le Maitre le había asegurado al joven teniente que los fusiles de la infantería del zar eran burdas imitaciones de madera, como los sables usados por la brigada durante las prácticas de campo. Esa opinión se hallaba tan generalizada que los oficiales ingleses recibieron permiso para llevar consigo a sus esposas, y las damas se trajeron sus mejores galas. Algunas incluso se habían hecho acompañar por sus doncellas y sus caballos favoritos.
El teniente Copley recorrió con la vista el gentío apelotonado sobre las dársenas y los muelles en busca de una mota de color amarillo. Vio cómo subían a bordo toneles de vino, ramos de flores y canastos repletos de fruta de invernadero mientras cientos de personas agitaban banderines con la Union Jack y otras muchas ondeaban con frenesí gorras, sombreros y pañuelos de encaje. Entretanto, una banda militar interpretaba canciones marciales bajo un sol de justicia. El joven apenas podía reprimir la impaciencia ante la aventura que se presentaba ante él.
—Moira me avisó: era muy improbable que la superintendente Nightingale les concediera permiso —le había consolado el capitán Rutherford mientras se acodaba en la barandilla y se inclinaba para ver qué buscaba su compañero con la mirada.
Sinclair observó al capitán, cuya frente estaba bañada en sudor.
—Ya le dije a Moira que esa mujer era muy poco patriótica —concluyó, quitándose la pelliza y dejándola sobre la barandilla.
Sinclair jamás había terminado de entender el vínculo existente entre su amigo y la señorita Mulcahy. Su propia relación con Eleanor Ames era inusual en sí misma y no tenía futuro si se era realista, como le habría dicho cualquiera al joven oficial, pero la de Rutherford con la pechugona y campechana irlandesa era todavía más extraña, pues éste provenía de una prominente familia del condado de Dorset y estaba destinado a ostentar un título nobiliario. Semejante enlace horrorizaría a su linaje. Todos comprendían que los oficiales de caballería tuvieran líos de faldas en la ciudad y a menudo se mostraban indulgentes con algún que otro affaire imprudente y poco juicioso, pero también eran de la opinión de que un joven debía recuperar la cordura en algún momento, sobre todo en víspera de una gran expedición al extranjero. Suponía la ocasión perfecta, y perfecta en semejante contexto significaba cortar el vínculo. Era una de las mayores ventajas de estar en el ejército.
Sinclair había detectado en Rutherford una extraña veta sentimental a pesar de sus bravatas: ya no se encontraba a gusto en los salones a los cuales era invitado con regularidad ni en la compañía de las mujeres en general. En una ocasión le había visto moverse con torpeza hasta derribar a una joven a quien le estaban presentando, y había desarrollado un gusto creciente por permanecer en el cuartel, donde disfrutaba de la camaradería y un lenguaje subido de tono. La enfermera Moira Mulcahy tenía algo que le encandilaba, pese a sus modales de clase trabajadora. Él sospechaba que lo que le atraía de Moira era precisamente esa falta de refinamiento, unido, por supuesto, a esos pechos pródigos siempre expuestos. Fue entonces cuando cayó en la cuenta de que tal vez haría mejor en intentar localizar una pincelada de carne cremosa entre la multitud de los muelles que el vestido amarillo que tendría al lado.
Sinclair veía a James Thomas Brudenell, lord Cardigan, montado a caballo desde su posición en cubierta. Se había puesto sus mejores galas y estaba rodeado por sus ayudantes de campo mientras daba órdenes a pleno pulmón. Lucía patillas crecidas y un poblado mostacho rojizo. Era un hombre apuesto y vanidoso que se erguía todo lo posible sobre la silla de montar. Era bien conocido por ser un hombre de prontos, profesaba una devoción casi fanática en lo tocante al protocolo y resultaba de lo más quisquilloso en los asuntos de honor. De hecho, una de sus salidas de tono en el comedor de oficiales había provocado un escándalo cuyas repercusiones todavía coleaban. La cuestión había comenzado cuando lord Cardigan se había vanagloriado de que en su mesa sólo podía servirse champán y ninguna pinta de porter, esa cerveza negra tan del gusto de los ‹‹indios››, los veteranos que habían prestado sus servicios en la India. Unos instantes antes los criados habían escanciado vino de Mosela y habían dejado la botella negra encima de la mesa, y un edecán del general pidió que le sirvieran Mosela poco después de que hubiera soltado su filípica lord Cardigan, a quien se le subió la sangre a la cabeza cuando vio la botella negra de vino y la confundió con una de cerveza porter, y acabó insultando a un capitán del regimiento. Todo Londres se enteró antes de que pudieran echarle tierra al asunto, lo cual convirtió al conde de Cardigan en objeto de burla. No podía asistir al teatro no pasear a sus sabuesos irlandeses por Brunswick Square sin oír la rechifla: ‹‹¡Botella negra!››. El incidente molestaba en especial a los hombres que estaban bajo su mando y cuando alguien lo mencionaba, la cosa solía acabar en reyerta.
Aunque el 17º regimiento de lanceros estaba nominalmente bajo el mando de lord Lucan, el obstinado cuñado de Cardigan, el teniente Copley sospechaba que ellos, los desventurados soldados, estaban atrapados en medio de una amarga rivalidad familiar.
—Eh, ¿puedo tomar esto en préstamo? —dijo Rutherford a un oficial del barco que pasaba por allí con un telescopio en la mano.
El marino se lo cedió de forma inmediata y continuó con sus quehaceres, tal vez influido por la riqueza del atuendo de Rutherford, cuyo grado en el escalafón no era capaz de determinar.
El capitán alzó el anteojo y estudió la multitud desde lo alto de High Street hasta el fondo de las rampas de carga mientras resonaba el interminable golpeteo de las botas de los soldados al marchar, los relinchos y resoplidos de los caballos, las notas erráticas de los himnos del 6º regimiento de dragones de Inniskilling interpretrados por la banda militar que las rachas de viento empujaban hacia el mar. Hubo una orden que se repitió varias veces por los muelles y docenas de marineros empezaron a reunir a los rezagados, quienes intercambiaron rápidos abrazos, recuerdos y buenos deseos con sus familias. Poco después acordonaron las rampas e izaron los botes. Los trabajadores de los muelles desanudaron las gruesas amarras y las arrojaron a un lado después de haberlas soltado.
El capitán pareció concluir su búsqueda con las manos vacías.
—Voy a tener unas palabritas con esa tal Florence Nightingale la próxima vez que la vea —masculló Rutherford, enfurruñado.
—Déjame intentarlo a mí —le pidió Sinclair mientras le quitaba el catalejo.
Lo primero de todo vio las grupas de un caballo, el de lord Cardigan para ser más exactos, pues regresaba a la ciudad. Se rumoreaba que el gran señor se reuniría con sus tropas más tarde, ya que iba a hacer el viaje disfrutando de las comodidades de un barco francés.
Sinclair tuvo la misma suerte que Rutherford. Le pareció ver por un momento a la dama amiga de Frenchie, Dolly, pero las dimensiones del sombrero dificultaban la visión del rostro y no pudo estar seguro. De hecho, había perdido de vista incluso a Frenchie. Se había separado de ellos en la melé y presumiblemente se hallaba perdido en algún lugar de la atestada cubierta del Henry Wilson. Sinclair vio a un niño de la mano de su madre, el pequeño sonreía con bravura; entretanto, y algo más lejos, otro muchacho intentaba dar caza a un gorrión herido que andaba a saltitos entre las ruedas de un carromato de intendencia.
Docenas de marineros cumplieron órdenes impartidas a gritos: subieron afanosos a las jarcias y soltaron las velas, dejando que se desplegaran en medio de un sonoro flameo. La nave crujió y profirió un gemido como el de un gigante entumecido al despertar. Ahora, una franja de agua salobre separaba el barco de los muelles. Sinclair peinó el puerto de un extremo a otro, fijando el prismático primero ante una mota amarilla que resultó ser una sombrilla y luego ante un cartel azafranado donde se publicitaba una obra en el teatro Drury Lane.
—Me pregunto cuándo vamos a tener ocasión de participar en una batalla, la primera, pero una de verdad —comentó Rutherford—. Sólo espero que no sea alguna escaramuza, donde deberemos permanecer todos muy juntos y no habrá ocasión de usar la lanza como es debido.
La lanza había sido una innovación relativamente moderna tomada de los lanceros polacos que tanto se habían distinguido en Waterloo; sus uniformes se habían diseñado también a semejanza de los de aquéllos.
Sinclair murmuró unas palabras de asentimiento mientras continuaba su búsqueda por los muelles. Los vaivenes y las sacudidas del barco dificultaban la visión de un punto fijo, por lo que estaba a punto de rendirse cuando vio una calesa sin capota bajar por un callejón. Dos figuras bajaron de un salto y corrieron hacia los muelles. La primera lucía un vestido amarillo y la segunda un delantal blanco. El teniente se aferró a la barandilla con una mano y con la otra enfocó el catalejo. Eleanor se sostenía el gorro de enfermera con una mano mientras correteaba en cabeza, seguida de Moira, que avanzaba pesadamente con las faldas levantadas para marchar con más libertad.
El Henry Wilson se hallaba ahora a unas cincuenta brazas del muelle y el pabellón ondeando desde popa le oscurecía la visión, pero él podía jurar que las mujeres tenían las miradas fijas en uno de los otros transportes que acababan de zarpar. La señorita Ames detuvo a un hombre de uniforme y tras un breve intercambio de palabras tomó a Moira del brazo y la llevó hacia la zona del puerto desde la que acababa de zarpar el barco del regimiento de lanceros.
La bandera tremoló al viento entre chasquidos y Sinclair voceó a Rutherford:
—¡Ahí están, acercándose al muelle!
Su amigo estiró el cuello por encima de la barandilla del baluarte. Sinclair sujetó el catalejo entre el costado y un brazo mientras con el otro realizaba amplios movimientos de saludo.
Nuevas velas se desplegaron en cascada desde los masteleros y el velero se impulsó hacia delante de forma inmediata. La tierra fue quedando atrás, y los componentes del gentío, reducidos a simples motas.
Sinclair alzó el catalejo de nuevo y localizó la mota amarilla una última vez. Deseó que ella mirase en su dirección, pero por alguna razón Eleanor parecía tener los ojos fijos en las velas hinchadas, y creyó haber visto la mirada de sus ojos verdes fija en él justo cuando la nave cabeceó por efecto de la primera ola que había logrado eludir al rompeolas en medio de un surtidor de espuma que roció a cuantos estaban en cubierta. O al menos eso fue lo que él eligió creer.


Las semanas posteriores fueron las más miserables de la existencia del joven Copley. Él se había alistado en el ejército para cabalgar en busca de la gloria, y también, la verdad sea dicha, para poder desfilar por la capital con el elegante uniforme de los lanceros, pero no para pasar por todo aquello, no para estar atrapado en las entrañas hediondas de una nave abarrotada no para comer un día sí y otro también tocino frío y galletas de harina, de las que apenas sí quedaba un puñado de migas una vez que sacaba los gorgojos, no para pasarse una noche tras otra en una oscura y espantosa bodega, haciendo todo lo posible para mantener con vida a Áyax. Añoraba mucho su vida en la capital: las partidas de cartas y las apuestas en las peleas de perros así como las veladas en el Salón de Afrodita. (La historia de cómo había tirado por la ventana a Fitzroy se había convertido en una leyenda del regimiento). Se acordaba del fino oporto y el champán helado del Logchamps Club cada vez que el camarero del barco le servía su minúscula ración diaria de ron, y echó mucho de menos el salón climatizado del cuartel para mantener la humedad de los puros cuando el segundo de a bordo, un simple plebeyo, le reprendió por fumarse un pitillo debajo de cubierta, y eso por no hablar de la fusta de montar que le habría gustado emplear con el hombre que se había atrevido a dirigirse a él de ese modo. El ejército le había convenido hasta aquel momento a pesar de la miríada de reglas y normas, pero algo iba cambiando en su interior a cada hora pasada a bordo de aquella nave bamboleante y hedionda. Sentía en lo más hondo de su pecho un resentimiento cada vez mayor, tenía la sensación de que le habían engañado y estafado a base de bien.
Los ánimos de sus amigos andaban también por los suelos. Frenchie, que siempre estaba dispuesto a silbar una tonada o contar un chiste, yacía sobre una oscilante hamaca con el rostro más verde que el pitch central de un campo de críquet y agarrándose las tripas con las manos; y Rutherford, un sempiterno bravucón que siempre andaba haciéndose notar, hablaba ahora con menos confianza, y eso cuando despegaba los labios. Otro tanto ocurría con muchos compañeros: Winslow, Martins, Cartwright y Mills deambulaban por la nave como espectros: iban sin afeitar y con la ropa siempre empapada. El aire en cubierta era más frío, pero en las bodegas la muerte daba un recital a todas horas, y no sucumbían sólo las monturas: cada vez perecía un número mayor de soldados, víctimas de la disentería, un cólico o alguna otra afección, y era necesario arrojarlos por la borda. El trámite guardaba un gran parecido a tirar un cubo de basura en el revuelto oleaje del mar. Sinclair había tenido la oportunidad de ver de cerca cómo era la vida a bordo de un barco de la corona, y ahora tenía clara una cosa: una carrera en la Armada estaba más allá de toda lógica.
Sólo el sargento Hatch, el ‹‹indio›› objeto de mofas por parte del alto mando y los oficiales, parecía sobrellevarlo todo sin problema alguno. Sinclair era consciente de que ese baldón social le manchaba a él también si confraternizaba con el suboficial, y de hecho, Rutherford había ido más lejos, le había prevenido de los peligros de tratar con alguien de tan baja extracción social, pero el joven teniente había descubierto que el trato con el sargento le daba cierta estabilidad. Hatch había aceptado hacía mucho tiempo cuál era su papel tanto en la vida como en el ejército. Sabía qué pensaban de él, qué se esperaba de él y cómo iba a hacerlo. El sargento jamás buscaba la compañía de Sinclair, consciente de la diferencia de rangos, pero parecía aceptarla siempre de buen grado, eso sí, a su manera, de forma reservada, en especial desde que descubrieron que ambos eran grandes admiradores del capitán Lewis Edward Nolan, cuyas teorías sobre el adiestramiento de las monturas habían empezado a ser objeto de una notable atención. Nolan conseguía con palabras amables, caricias y un par de terrones de azúcar lo que antes se obtenía con la fusta y las espuelas. Sus métodos habían sido desarrollados sobre todo en Austria, donde él había sido cadete y luego oficial en el ejército de Su Majestad por una cuestión de honor y ahora estaba destinado en el 15º regimiento de húsares, y al igual que ellos también viajaba rumbo al mar negro.
—Lo vi en persona una vez —comentó el sargento mientras daba de comer un poco de cebada a su corcel, Absulá. La flotilla se había hecho a la mar sin suficientes reservas de forraje para los caballos, como con casi todo lo demás, razón por la cual los animales debían pasar hambre además de sufrir otros tormentos—. Se acabó por ahora —le dijo al caballo cuando le lamió la mano con desesperación en busca de más alimento. Él le acarició el hocico—. No habrá más hasta mañana.
—¿Es el mejor jinete que habéis visto? —quiso saber Sinclair—. Me han dicho que nadie le llega ni a la suela del zapato.
El veterano esbozó una sonrisa.
—Resulta difícil saberlo. Estaba realizando un simple reconocimiento del terreno con los ayudantes de campo de lord Raglan. —Sinclair se sintió como un chiquillo, como le ocurría a menudo en compañía de Hatch—. No obstante, sí, se comportaba de una forma muy natural con el caballo, y apenas movía los pies ni las manos. El animal parecía saber qué quería su jinete de él.
Abdulá estiró el cuello y empujó el hombro de su jinete con cierta fuerza. Éste se alejó un poco.
—Quizá convendría subir a cubierta —sugirió. La invitación era poco frecuente—. Este pobre va a intentar comerse mis charreteras si seguimos aquí abajo.
Lo dijo en tono de broma, pero ambos sabían que no lo era.
Debieron pasar por encima de varios soldados indispuestos mientras se dirigían a cubierta, pues la enfermería estaba hasta los topes desde hacía mucho tiempo. Se abrían paso con dificultad cuando se escuchó el sonoro plaf. Habían tirado por la borda otro cadáver envuelto en una lona. Unos cuantos músicos de la banda militar habían interpretado la Marcha fúnebre de Saúl, de Händel, cuando se produjeron las primeras bajas, pero los oficiales restringieron ese hábito conforme las muertes fueron en aumento y los entierros marinos se convirtieron en algo cotidiano. Sinclair había escuchado cómo el capitán del barco admitía ante uno de los oficiales:
—La moral ya está por los suelos, y voy a enloquecer si vuelvo a oír ese maldito oratorio.
El sargento y el teniente hallaron unos pocos metros libres de cubierta donde pudieron sentarse con la espalda apoyada contra el mástil. Hatch llenó la cazoleta de la pipa de un tabaco de aroma dulce al cual se había aficionado en la India. Winslow acertó a pasar dando un paseo y miró de forma extraña a Sinclair, y éste le devolvió la mirada de igual modo.
El suboficial notó el intercambio de miradas.
—No se hace usted ningún favor teniendo trato con los de mi clase, teniente —observó el sargento mientras encendía el tabaco.
—Yo converso con quien me place.
—No les gusta que se lo recuerden.
—¿El qué…?
—Que no han derramado su sangre como yo en la batalla de Chillianwallah.
Dio una calada y el extraño aroma a hierba flotó en el aire.
Incluso Sinclair sabía que el sargento Hatch había tomado parte en esa contienda, uno de los peores desastres de la caballería británica. Los posteriores informes sobre el escándalo evidenciaron que una brigada de caballería ligera había avanzado contra el poderoso ejército sij hasta llegar a los pies del Hilamaya sin haber tomado la precaución de enviar exploradores por delante para reconocer el terreno. De pronto, se encontraron frente a una nutrida formación enemiga. Los escuadrones del centro de la vanguardia rehusaron avanzar o recibieron órdenes de retroceder, nunca se esclareció ese punto, y volvieron grupas, sólo para chocar con las líneas siguientes. Los sij eran famosos por no dar cuartel y se lanzaron a la carga con los kirpans en alto en cuanto vieron el caos. Dos regimientos británicos y sus homólogos bengalíes dieron media vuelta y se fugaron, sacrificando así cientos de vidas y las insignias de tres regimientos. El recuerdo de la debacle todavía escocía a pesar de los cinco años transcurridos.
—Por esa razón llevo esto debajo de la camisa —dijo Hatch, alzando una cadena de la cual colgaba una dorada chapa militar con una inscripción que rezaba ‹‹Campaña de Punjab, 1848-49››. Volvió a esconderlo de las miradas—. Todos cuantos sobrevivimos a ese día buscamos la oportunidad de redimirnos.
El viento llevó hasta ellos el grito proferido por el vigía desde el nido del cuervo. Varios oficiales del barco lo oyeron y lo repitieron. Sinclair y Hatch se pusieron de pie enseguida y acudieron a la barandilla de estribor. Los hombres en condiciones de andar se abrieron paso a codazos hasta disponer de un sitio en cubierta, cuando se disipó el velo de la bruma, revelando la sinuosa costa de Crimea y una flotilla de navíos británicos anclados. El Henry Wilson se deslizó hacia las tranquilas aguas después de que la tripulación recogiera las velas de los juanetes y sobrejuanetes. Sinclair escuchó a lo lejos algún toque de corneta y atisbó el destello de las armas sobre la playa. Se le aceleró el pulso al comprender que el desembarco ya había comenzado. A juzgar por lo que podía discernir viendo los acantilados, Crimea era una tierra de vastas estepas, una planicie ondulada carente de árboles y arbustos, en suma, ideal para los movimientos de caballería. Le entraron ganas de subir a Áyax y llevarle hasta esas tierras, para que pudiera pastar en ellas y correr por esas colinas de apariencia bucólica.
La embarcación echó anclas cuando estuvo más cerca de la costa. Sólo entonces se percató Sinclair de la presencia de ciertos objetos flotantes que cabeceaban al ritmo de olas. Creyó en un primer momento que era alguna manifestación de vida acuática. El rítmico subibaja de esas formas recordaba al de las boyas. ¿Qué podría ser aquello? ¿Delfines tal vez? ¿podría haber focas en esas latitudes? Dejó de preguntárselo cuando una de las siluetas fue arrastrada hasta la proa del Henry Wilson y pasó junto al barco; entonces, pudo verlo: los remolinos del agua lo zarandeaban y se golpeó varias veces contra el casco de madera, pero luego giraba sobre sí mismo y se alejaba. De pronto, comprendió que eran la cabeza y los hombros de un soldado inglés aún vestido con la casaca roja. La cabeza inerte se ladeaba de un hombro a otro y tenía descarnadas las mejillas, pero los ojos vidriosos todavía mantenían fija la mirada. Enseguida se marchó, desapareciendo tras la popa, rumbo a alta mar.
Pero había muchas otras más, flotando como horrísonas manzanas rojas en un barril.
Un marino acodado cerca de Sinclair en la barandilla se santiguó.
—Han muerto de cólera —musitó—. Es demasiado peligroso enterrar o quemar los cuerpos.
El teniente Copley se volvió hacia el sargento Hatch, que mordía con fuerza la boquilla de la pipa.
—Pe-pero… ¿y esto? —quiso saber el joven.
Hatch retiró la pipa de los labios antes de contestar:
—Lastran los cuerpos con piedras antes de tirarlos al mar… Pretenden que se queden en el fondo, pero a veces los pesos son insuficientes.
—Y los cadáveres se hinchan —concluyó el marinero con voz grave—. Algunos suben a echar una última miradita por aquí.
Sinclair buscó con los ojos la bulliciosa actividad del puerto: barcos y transportes descargaban sus mercancías y las tropas subían a bordo de botes blancos para llegar hasta la orilla, donde la brisa marina hacía ondear las banderas y las bayonetas centelleaban al sol. Luego, volvió a mirar hacia abajo, al mar, donde los restos flotantes se balanceaban siguiendo la cadencia impuesta por las olas coronadas de espuma blanca.
—¿Cómo se llama este lugar? —inquirió, seguro de que no iba a olvidarlo jamás.
El marino soltó una risilla amarga entre dientes y se llevó un dedo a la ceja en señal de respeto antes de marcharse.
—Kalamita… Bahía Calamidad, así se llama.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Vie Abr 23, 2010 4:25 pm

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 26, 2010 2:02 pm

Perdón por la tardanza. Ayer me fue imposible conectarme.

CAPÍTULO VEINTIUNO
Transcrito por Tibari


11 de diciembre, 13:00 horas

A VECES, MUCHOS CREÍAN que Betty Snodgrass y Tina Gustafson eran hermanas. Ambas eran ‹‹mujeres de huesos grandes››, como solían decir entre ellas a modo de broma, de cabellos rubios y rostros francos. Se habían conocido en la renombrada facultad de Glaciología y Ciencias Árticas de la Universidad de Idaho, que era la primera opción, aunque no la última, para convertirse en las reinas del hielo. La Glaciología estaba considerada como la más dura, rigurosa y severa de todas las ciencias y era la especialidad en que ambas estaban interesadas sin ningún género de dudas. Ellas no querían nada flojucho, blando o femenino. Deseaban algo que requiriese aguante y agallas. No era posible pasar mucho tiempo tostándose al sol en las blancas playas de Cozumel si querían convertirse en buenas glaciólogas, y no lo pasaron.
Pero habían logrado plenamente su deseo.
En Point Adélie llevaban una vida espartana al aire libre, realizando perforaciones a fin de conseguir muestras que luego conservaban en un congelador subterráneo a una temperatura constante de siete grados bajo cero, y si necesitaban usar hielo menos apelmazado, lo depositaban en el almacén de muestras antes de analizar las muestras de isótopos y gases, gracias a las cuales era posible detectar las eventuales alteraciones producidas en la atmósfera terrestre con el discurrir de los siglos. Y con el tiempo habían llegado a convertirse en unas consumadas tallistas del hielo, de modo que les complacía pensar que eran las mejores en eso. Betty solía bromear con Tina diciéndole que si todo se torcía y no podían trabajar como glaciólogas, siemrpe podrían ganarse la vida haciendo esculturas de hielo para bodas y las ceremonias judías del bar mitzvá.
El descubrimiento de Michael exigía un trabajo que parecía estar hecho a medida de las glaciólogas. El enorme sillar de hielo arrancado del glaciar permanecía erguido en medio de los cilindros helados alineados al fondo y del cajón de madera —marcado con una etiqueta donde estaba escrita la palabra ‹‹plasma››— utilizado para dar cobijo a Ollie, el polluelo de págalo. Alrededor de aquella suerte de aprisco se alzaba una valla de casi dos metros de altura; estaba hecha de chapas metálicas y hacía las veces de cortavientos, sólo que aquel redil no tenía tejado ni suelo, salvo el cielo gris en lo alto y el piso de la helada tundra debajo.
Betty y Tina se habían puesto batas blancas sobre la indumentaria de trabajo por la fuerza de la costumbre —los núcleos se contaminaban con facilidad—, a pesar de ser una precaución innecesaria con esa muestra: no iban a poder efectuar una datación tras lo mucho que se había comprometido el resultado al cortarlo con las sierras e izarlo hasta la cabaña de inmersión, a lo cual debía añadirse luego el transporte en el trineo. De todos modos, la mejor evidencia de la fecha se obtendría gracias a los cuerpos atrapados dentro del témpano. Betty era capaz de ver la forma y el estilo de vestir de la mujer incluso a pesar de que todavía era preciso arrancar bastantes centímetros de hielo. El aspecto de la joven le recordaba vagamente a la serie de televisión Masterpiece Theatre, donde se representaban muchas biografías y adaptaciones de textos clásicos. Solía verlo a menudo cuando era niña. Le pareció incluso detectar el brillo apagado de un broche de marfil sobre el pecho de la dama.
Procuraba no mirarla a los ojos mientras usaba la perforadora, la sierra o el pico. No se sentía cómoda.
Tina trabajaba en la parte posterior del bloque con las mismas herramientas que ella. Como de costumbre, hablaban de cualquier otra cosa, sobre todo de los cambios recientes en la cúpula de la NSF. Tina se detuvo y anunció:
—Tenían razón.
—¿Respecto a qué? —preguntó Betty tras arrancar otra capa de hielo.
—Hay otra persona atrapada en el hielo. Ahora puedo verla.
Betty dio la vuelta por detrás y también ella pudo apreciar la presencia de otro sujeto. La cabeza del hombre estaba pegada a la espalda de la mujer y tenía el cuello sujeto con la misma cadena que sujetaba a la chica. Lucía un bigotito y parecía llevar algún tipo de uniforme. Tina y Betty se miraron, y luego ésta sugirió:
—Tal vez deberíamos echar el freno.
—Esto podría ser más grande de lo que podemos manejar aquí abajo. Tal vez sea el tipo de hallazgos que debemos enviar a los laboratorios de la NSF en Washington, D.C. o incluso a la Universidad de Idaho.
—¿Qué…? ¿Y perdernos la oportunidad de pasar a la historia…?
Wilde venía cargado con el equipo (cámaras, trípode y un par de focos), razón por la cual no tenía una mano libre para abrir el panel metálico que cumplía la función de puerta de entrada al almacén de muestras y se limitó a llamar con la punta del pie. Escuchó a las glaciólogas hablar detrás de la entrada, una de ellas acababa de decir algo sobre historia. Cuando Betty retiró la plancha, el periodista se disculpó:
—Perdonad que no os haya avisado antes de venir.
—Está bien. Nos encanta la compañía.
—La de los vivos —le corrigió Tina con tono admonitorio.
Pero Michael estaba tan concentrado en su tarea que no se percató de la indirecta. En vez de eso, depositó varios objetos en el suelo y de inmediato se encaminó hacia el cajón de la esquina. Se arrodilló y miró dentro. Ollie estaba tan acostumbrado a la presencia del periodista que se levantó nada ma´s verle y caminó balanceándose hacia él. Michael rebuscó entre sus ropas y sacó unas tiras de beicon que acaba de tomar en el comedor y le tendió una. El págalo ladeó su suave cabeza gris —cada días se parecía más a una gaviota— y estudió la tira unos instantes para luego tomarla de un rápido picotazo.
—Eh, casi te llevas mi dedo.
Michael colocó el resto de la comida en el borde de la caja y fue a incorporarse, pero se quedó a mitad del movimiento cuando vio las miradas de aprensión de Betty y Tina:
—No me pongáis esos caretos… Los págalos comen de todo.
—No es eso —repuso Betty.
Entonces, siguió la dirección de la mirada de Tina hacia el témpano.
—¡Guau, yo tenía razón!
Había un hombre enterrado en el hielo. Si ella era la Bella Durmiente, entonces, ¿quién era él? ¿El auténtico Príncipe Azul? Michael tuvo la impresión de que había sido soldado a juzgar por el galón dorado que parecía entreverse a la altura del pecho.
Y también experimentó un sentimiento de lo más extraño, un sentimiento de alivio al saber que ella no había estado sola todo ese tiempo.
—No cortéis más —les pidió—. Necesito hacer una fotografía de este estado del proceso.
Montó unos focos enseguida y los situó alrededor del monolito. Era un día extremadamente frío y gris, y la luz artificial convirtió el sillar helado en un deslumbrante faro.
—Precisamente Betty y yo estábamos hablando… —se aventuró Tina—. Pensábamos que algo tan extraordinario tal vez debería conservarse intacto.
Michael estaba demasiado abstraído en el juego de luces como para responder a esas palabras. ¿De qué forma podría obtenerse la imagen de lo que descansaba dentro del témpano? El juego de luces y sombras, por no mencionar los reflejos del hielo, podían ser la muerte de una instantánea, pero bueno, eso formaba parte del desafío a su capacidad como fotógrafo. Se subió las gafas de sol hasta el gorro de lana para hacer una lectura precisa de la luz incidente.
—¿No deberíamos ir un poco más despacio y sopesar todo esto con mayor detenimiento?
—¿Qué hay que considerar? —preguntó el reportero.
—El proceso de extracción de esos cuerpos… Tal vez sean precisos medios de envergadura inexistentes en nuestros laboratorios. Me estoy refiriendo a rayos X o a una resonancia magnética.
—Darryl está convencido de tener todo el equipo y los recursos necesarios —contestó Michael, aunque se tomó un tiempo antes de responder. ¿Y si se estaba precipitando con eso? ¿Y si se infligía un daño que impedía demostrar la autenticidad de un descubrimiento casi milagroso?
—La cuestión no es sacarlos de ahí de una pieza —agregó Tina—. Eso es muy fácil. Lo complicado es conservarlos después.
¿Y si Darryl no sabía lo que se traía entre manos? ¿Y si la Antártida no era básicamente un enorme y gran frigorífico? ¿Qué ocurriría si no podían mantener los cuerpos a temperatura lo bastante baja como para evitar el deterioro posterior a la extracción?
Fueran cuales fuesen las respuestas a esas preguntas, en ese momento debía hacer su trabajo. El hallazgo no era sólo un bombazo para Eco-Travel Magazine, sino que el National Magazine Asward se ganaba con esa clase de reportajes. Debía prestar atención y no meter la pata. Antes de dejarlo correr, Joe Gillespie, su editor, se había lamentado de que hubiera vuelto de su tragedia en la cordillera de las Cascadas sin ninguna fotografía. A veces, Michael sospechaba que lo único que le interesaba a Gillespie era la primicia.
En cuanto hubo elegido el equipo y las cámaras adecuadas Michael tomó unas fotografías del contenido del témpano: primero del hombre, cuyo semblante seguía oculto en su mayor parte, y después de la dama. Era un trabajo peliagudo captar las características del hielo sin que los reflejos y la refracción perjudicasen la instantánea, pero a él le gustaba esa clase de retos. El material de calidad siempre era el más difícil de obtener. Tomó un par de docenas de fotos a las dos glaciólogas cuando volvieron al trabajo a instancias suyas y un par a Ollie cuando hizo acto de presencia para comprobar si las láminas de hielo desprendidas eran o no comestibles.
El viento soplaba con bríos renovados y la verja de metal se estremecía con virulencia a pesar de estar firmemente sujeta al suelo, produciendo un estrépito tal que resultaba difícil hacerse oír y Michael debía hablar a gritos con Tina y Betty para indicarles que se movieran a derecha o a izquierda, buscando la luz o la sombra. No tardó en percibir la incomodidad de ambas. Supuso que las reinas del hielo eran de ese tipo de personas poco aficionadas a ser fotografiadas y no les hacía gracia alguna ser objeto de publicidad.
—Sólo una más con el taladro de mano unos centímetros más arriba —le imploró a Betty, pues la actual posición del aparato ensombrecía el semblante de la Bella Durmiente.
Ella le complació y cambió la mano de posición mientras Michael se apresuraba a recolocar un foco de luz, desplazado por una racha de viento. La iluminación caía de pleno sobre el hielo y él se acercó todavía más a fin de que la instantánea recogiera la mayor cantidad posible de detalles y matices. Nunca se había visto con tanta nitidez el rostro de la joven, ya fuera cosa de los voltios de luz adicionales o fruto del trabajo realizado por Betty a lo largo de la mañana.
La Bella Durmiente tenía la misma expresión que recordaba haber visto durante la segunda inmersión. Le maravillaba pensar que él hubiera creído que podía haber cambiado. ‹‹Es curioso la de jugarretas que puede gastarte la memoria››, se dijo mientras tomaba otras dos imágenes, pero no le valieron en cuanto se percató de que proyectaba su propia sombra en el plano, por lo que ladeó los hombros y se desplazó unos centímetros hacia un lado, y al encuadrar se dio cuenta de que algo había cambiado. Él tenía muy buen ojo para los detalles, sus profesores de fotografía siempre lo habían dicho, y también los editores, y estaba convencido de que se había operado un cambio en la imagen. Tal vez fuera algo efímero e insignificante, pero existía; volvió a suceder de nuevo cuando se puso en otra posición: las pupilas de la mujer se habían contraído.
Bajó la cámara digital para examinar una tras otra todas las fotografías guardadas en la memoria. Las había tomado desde delante, desde detrás, y desde todos los ángulos. El cambio era ínfimo, pero él seguía convencido de que lo había.
—¡Te encontré! —oyó decir a Darryl por encima del traqueteo metálico de la cerca metálica—. Tienes una llamada de teléfono… Es una tal Karen. Te está esperando.—El biólogo entró y observó el trabajo de Betty y Tina en el bloque de hielo—. ¡Vaya, cuánto habéis avanzado!
Michael asintió y dijo:
—Que todo se quede como está, vuelvo enseguida.
—No creo que debas dejar encendidos los focos —replicó Betty.
La glacióloga estaba en lo cierto. Michael acomodó la cámara dentro del anorak y antes de dirigirse al módulo de la administración apagó los focos. El témpano pasó de ser una columna refulgente a un sombrío monolito.
Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 26, 2010 3:24 pm

^^ gracias!!

ya me imaginé que ayer no podrías [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

si eso seguimos la misma marcha, mañana subo cap n_n

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 26, 2010 4:38 pm

Ok.
Es que hemos tenido jaleo en el hotel y hoy también tengo que trabajar todo el día. Es que en Castilla y León ha sido fiesta el viernes.
Estoy cansadísima..... [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]







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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Lun Abr 26, 2010 7:35 pm

[Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen] Gracias!!
Está superinteresante!!Que ganas tengo de que los descongelen!!
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 4:01 pm

Transcrito por Gemma

CAPITULO 22
11 de diciembre, 15:00 horas

—LO SIENTO —SE DISCULPÓ Karen—. ¿He interrumpido algo importante?
—No, no. Siempre estoy deseando tener noticias tuyas, ya lo sabes. —En realidad, tenía el corazón en un puño cada vez que se sentaba en esa sala para contestar al teléfono por satélite—. ¿Qué ocurre?
Wilde empujó la puerta con el pie hasta dejar cerrado el locutorio; luego, se agachó hacia una silla de ordenador sin brazos laterales.
—Pensé que debía informarte de que Kristin va a abandonar el hospital por si vuelves a telefonear allí.
Le subió la moral por unos instantes. ¿Kristin volvía a casa? Era una noticia estupenda, mas el tono de Karen no era alegre, lo cual le llevó a preguntar:
—¿Y adónde va?
—A casa.
Volvió a quedarse perplejo. Eso era una buena señal, ¿o no?
—¿Los doctores creen que ha mejorado lo suficiente como para volver a casa?
—No, en realidad, no, pero papá cree que sí.
Eso le encajaba a la perfección. El señor Nelson no era de los que permitían que ningún profesional le desviase de su camino.
—Papá cree que no están haciendo lo suficiente por ella… Se refiere a la terapia física y todo el rollo ese cognoscitivo… Al final, ha decidido contratar a su propio equipo y llevarlos a casa, donde él pueda controlarlos de cerca.
—¿Quién va a estar al volante?
—A mí no me mires. Es la gran idea de papá, los demás sólo vamos en el coche.
Eso también le cuadraba con la dinámica de la familia. Sólo Kristin se había negado activamente a dejarse llevar, y aunque Michael no dudaba ni por un momento de cuánto amaba a su hija el señor Nelson, también veía que ese camino, definitivo e irrefutable, le permitía recuperar el control sobre ella por completo.
—¿Cuándo va a suceder eso?
—Mañana, pero se han pasado toda la semana efectuando los arreglos: cama de hospital, aparatos de ventilación asistida, turnos de enfermeras…
—De modo que Kristin va a volver a su antiguo dormitorio —comentó Michael, frotándose con gesto ausente el hombros izquierdo—. Tal vez eso sea bueno para ella.
—La verdad es que su habitación está en el piso de arriba. No hace falta que te lo diga, ¿verdad? —repuso ella con una risa seca—. Era demasiado complicado subirlo todo, así que hemos utilizado el cuarto de estar.
—Ah, vale. Eso tiene sentido —contestó él. La estática interrumpió de forma repentina la comunicación y Michael aprovechó para ver qué sacaba en claro de todo eso. ¿Era una buena idea o una medida desesperada? ¿Cómo podían los padres y la hermana supervisar la recuperación de Kristin por muchas enfermeras que hubiera a todas horas?
De todos modos, la recuperación de Kristin era imposible por lo que Michael había entendido de la conversación con los médicos. Sólo Dios sabía cuánto había intentado creer que iba a ponerse bien aquella fría e interminable noche en las Cascadas, y también durante el día siguiente se había obligado a ser optimista y pensar en positivo. Había deseado creer que ella iba a despertar y volver en sí, y que pronto él volvería a llevarla a practicar alpinismo en las montañas.
Al romper el alba del día siguiente al accidente se deslizó fuera del saco de dormir que había compartido con ella durante la noche y se frotó las extremidades a fin de recobrar la sensibilidad. Tenía un moratón púrpura enorme en el muslo donde se había apoyado sobre el mosquetón y el hombro aún le hacía ver las estrellas. Rompió el envoltorio de otra barrita energética y la devoró en un santiamén. Al mirar a lo alto distinguió un avión privado volando por encima de su cabeza. Era difícil ser visto, y se puso a gritar, dar saltos, silbar y mover los brazos casi por puro gusto, pero al final el aparato no ladeó las alas y ni mucho menos dio media vuelta para echar un vistazo. Desapareció por el oeste y sólo se oyeron los silbos de los pájaros y el susurro del viento.
Los chiflidos y los gritos tampoco habían hecho reaccionar a Kristin, por lo que se inclinó junto a ella, le tomó el pulso y comprobó su respiración, débil pero constante. Tenía dos alternativas: o esperaba en esa posición con la confianza de que llegarán otros montañeros, o intentaba bajarla por sus propios medios. Escrudiñó el horizonte, donde se acumulaban las nubes. No subiría nadie a la cumbre si llovía o se levantaba niebla, y la primera posibilidad parecía muy probable. No, iba a tener que valerse por sí mismo con un complejo sistema de cuerdas y poleas improvisadas y chapuceras. Podía bajarla entre diez y quince metros cada vez, luego descolgarse él, rehacer todas las cuerdas y empezar de nuevo. Acabaría encontrándose con algún excursionista si lograba descender lo suficiente, o tal vez incluso, si se acercaba lo bastante al Gran Lago y el viento soplaba a su favor, hacerse oír por los tripulantes de algún bote.
Maquinó un plan mientras reunía todo el equipo que no se había caído pendiente abajo ni se había desperdigado al abrirse la mochila. Había otra cornisa de tamaño no superior a una tabla de planchar a siete u ocho metros por debajo, y juzgó que sería capaz de bajar a Kristin hasta la misma. Debía tener un cuidado extremo con la cabeza y el cuello de la muchacha, lo sabía perfectamente, pero no se le ocurría ningún sistema para estabilizarlos al no tener nada firme con que sujetarlos. Iba a tener que jugársela.
Invirtió casi una hora entera en improvisar una estructura y sujetar en ella el cuerpo desmadejado de la herida, y otra más hasta que consiguió que ambos bajaran a la repisa inferior. Para entonces, Michael estaba empapado en sudor y cubierto de arañazos y cardenales. Se sentó en el borde del saliente y sostuvo la cantimplora en alto para beber mientras apoyaba la otra mano en la pierna de Kristin para sujetarla. Si hubiera dado señal de consciencia, si le hubiera hablado unos segundos…
Unos guijarros removidos durante su descenso se desprendieron de la pared y cayeron sobre su precario nido de águila.
Los nubarrones se acercaron todavía más.
Luego miró hacia abajo, a las copas de los pinos y las aguas del lago, y supo que ese sistema requería demasiado tiempo como para poder funcionar, pero no se atrevía a pasar una segunda noche en la montaña, de modo que decidió ir a por todas. Se desprendió de todo el equipo innecesario e hizo tiras los pantalones de alpinismo y alta montaña y la camiseta, con las cuales ató a Kristin a su espalda; sus brazos pendieron flácidos a los lados. La cabeza de la muchacha, quien todavía llevaba puesto el casco destrozado, descansó sobre el hombro de Michael mientras éste reanudaba la bajada resuelto a llegar al fondo y cruzar con ella el bosque de debajo o a matarse juntos si se caían desde las alturas.
No dejó de hablar en susurros a su amada, a la que le decía cosas como «agárrate fuerte», «acabo de encontrar un punto de apoyo», «no te preocupes, pero creo que el hombro se me está saliendo de su sitio otra vez» o «¿qué te parecería si fuéramos a la Ponderosa a tomar un buen bistec? Invitas tú». Durante el descenso, la cabeza de la joven rodaba de un lado para otro sobre sus hombros, y algunas veces él podía sentir su cálido aliento sobre la nuca, y eso le bastaba: seguía con vida y él debía salir de allí como fuera.
Los negros nubarrones habían encapotado el cielo por completo, pero todavía no había estallado la tormenta. Sólo había una suave calima en suspensión, y estaba tan acalorado por el esfuerzo que la agradecía. Sin embargo, empezaron a caer gotas sueltas.
—Hazme un favor, Señor, por caridad: que no llueva hasta que haya salido de esta maldita montaña.
Y Dios mantuvo su parte del trato. Michael bajó toda la pared hasta llegar al pie del monte Washington y halló refugio entre los pinos antes de que se abriera la caja de los truenos y el velo del cielo se rasgara para soltar un verdadero diluvio. Se detuvo por un tiempo y se arrodilló sobre la tierra húmeda, aspirando el intenso olor a pinaza, dejando que le limpiara la lluvia, cuyas gotas utilizó para quitar la mugre del rostro de la mujer y humedecerle los labios. Los parpados de Kristin se estremecieron cuando le cayeron unas gotas encima, pero no había ningún otro indicio de vida.
Intentó cogerla de nuevo, pero estaba tan exhausto que el cuerpo le temblaba de pura flojera y era incapaz de moverse. No se preocupó. Tomó en brazos a su compañera y se reclinó sobre el tronco de un árbol, donde permaneció mirando el cielo y perdió la noción del tiempo.
Era de noche cuando se estiró de nuevo, tiritando a causa de la mojadura. Había escampado y en el cielo brillaba la luna llena. Volvió a sujetar a Kristin a su espalda y a trompicones se dirigió al parquin del lago, donde había aparcado el jeep. Al salir de entre los árboles encontró a dos jóvenes vestidos con sudaderas cuyo frontal estaba dominado por el logotipo de una fraternidad de la Universidad de Washington, que descargaban una camioneta con la batea trasera descubierta. Apareció allí sucio, calado de la cabeza a los pies y ensangrentado, y mientras se acercaba ellos le miraron poco menos que como si fuera el yeti o un sasquatch, el pies grandes de la leyenda.
—Ayuda, necesitamos ayuda —murmuró.
Luego, según narraron los dos universitarios, se desplomó sin sentido.


Darryl supo que había llegado el momento de tomar cartas en el asunto en cuanto vio a las dos figuras dentro del témpano. Las glaciólogas habían quitado suficiente hielo o éste había empezado a derretirse por efecto de los focos de Michael, y de hecho, cuando se acuclillaba delante del bloque ya era capaz de distinguir el pomo de la espada del soldado en su costado. La borla dorada del mismo estaba del revés.
—Habéis hecho un magnífico trabajo —repitió, dirigiéndose a Tina y Betty—, pero más valdrá llevar esto a mi laboratorio para poder terminarlo.
Michael se había marchado a atender la llamada vía satélite, pero ellas actuaban como si quisieran esperar a oír su veredicto.
—Wilde vendrá dentro de unos minutos. Lo hablamos entonces.
Pero el biólogo era lo bastante listo para olerse que estaban tramando algo. Los científicos desarrollaban un gusto especial por lo extraordinario, ¿por qué iban a ser diferentes las glaciólogas?, y seguro que ellas no querían dejar pasar esa oportunidad. La mayor parte de la ciencia era trabajo rutinario en el laboratorio: experimentos interminables, ensayos a ciegas y un porcentaje de fallos alto. Era natural la reticencia de cualquier científico a soltar algo novedoso, algo salido de ninguna parte, un objeto capaz de garantizarles unas líneas en el mundo exterior.
Él debía trabajar deprisa y con determinación. Salió disparado hacia los cobertizos donde se guardaban las motonieves, los sprytes y los equipos de perforación. Allí reclutó a Franklin y a Lawson, que ya estaban al tanto del hallazgo, y los tres juntos regresaron con una plataforma rodante de las usadas normalmente para transportar los bidones de diesel. Mientras Betty se quejaba de que Darryl iba demasiado deprisa y Tina se ponía un tanto neura con el rollo de la conservación de los especímenes, sus dos reclutas volvieron a cubrir con una lona el sillar de hielo, ahora de tamaño sensiblemente menor, antes de ladearlo para subirlo a la plataforma. Doblaron la esquina con el fardo y lo empujaron rampa arriba, navegando en dirección a un puerto seguro: el laboratorio de biología marina.
—¿Y dónde la ponemos ahora? —preguntó Franklin, mirando en derredor.
Abarrotaban el lugar tubos de oxígeno siseantes, instrumental traqueteante y tanques repletos de extrañas criaturas bañadas por una luz azulada.
—Lo quiero aquí —indicó Hirsch mientras caminaba hasta el gran acuario.
Mucho antes ya había quitado los separadores, había retirado el agua sucia antes de limpiar el tanque de arriba abajo con un raspador y luego había vuelto a llenarlo con agua marina nueva. Había sacado el pez inquilino del acuario hasta un agujero practicado en el hielo donde lo había soltado. Lo sentía si todavía formaba parte del experimento de alguien, pero debería haberlo etiquetado. El biólogo pudo distinguir a través de la banquisa cómo se escabullía y también la veloz aproximación de una figura más oscura. Debía de ser una foca leopardo, sin duda, que de pronto había localizado su almuerzo. La vida en la Antártida era un negocio precario.
Franklin movió la plataforma rodante hasta el borde del tanque mientras Bill Lawson, cuyo aspecto recordaba al de un pirata a punto de apoderarse del botín con ese pañuelo suyo de marca anudado a la cabeza, se metía dentro del agua.
—Si se mete, va a desplazar más agua de la cuenta y vamos a mojarle el suelo, ¿lo sabe, verdad? —inquirió Franklin.
—Para eso hemos puesto sumideros. Adelante.
Lawson extendió los brazos desde dentro del tanque y Darryl ayudó a Franklin a ladear el sillar de hielo, y así, poco a poco, fueron pasándolo por encima del borde. Bill se echó hacia atrás en medio de una salpicadura de agua y, haciendo bueno el vaticinio de Franklin, desbordó el tanque: una ola de templada agua marina inundó el suelo y les mojó las botas.
El hielo flotó en cuanto le quitaron de encima la lona y las dos figuras yacieron espalda contra espalda enseguida, pues el témpano no tardó en estabilizarse. Las ondas del agua del estanque se disiparon y el sillar helado quedó quieto.
Su trofeo, suyo al fin.
—No me gustaría ni un pelo quedarme aquí a solas con eso —concluyó Franklin tras dedicarle una larga mirada.
El empapado Lawson parecía ser de esa misma opinión, a juzgar por la expresión del rostro mientras salía del tanque.
El biólogo no estaba preocupado en lo más mínimo. Si eran correctos sus cálculos, basados en el espesor del hielo y el gradiente de temperatura del acuario, y él no solía cometer errores en ese tipo de cosas, los cuerpos flotarían completamente libres en cuestión de unos pocos días. Los cadáveres seguirían fríos, pero intactos y bien conservados.
Cerró el laboratorio a cal y canto en cuanto se hubieron marchado Franklin y Lawson. No había mucho que él pudiera hacer dentro. Urgía más salir fuera y revisar algunas de las redes y trampas a ver si había pescado nuevos ejemplares de peces anticongelantes, pues así era como la práctica totalidad de los biólogos marinos se refería a los peces capaces de segregar anticongelante para protegerse del frío. Nunca se sabía cuándo y cómo podía necesitar nuevos ejemplares disponibles.
Apagó los fluorescentes del techo antes de salir, pero las luces del tanque y del acuario siguieron alumbrando con su luminosidad púrpura el laboratorio de acero y hormigón, salvo los rincones más lejanos y recónditos. Se puso el abrigo, los guantes y el gorro. «Jesús, después de todo, menudo fastidio está resultando esto de vestirse y desvestirse todo el día», pensó para sus adentros. Un soplo de viento helado se coló por la puerta nada más abrir la entrada. La cerró de golpe al salir y bajó pisando fuerte la rampa helada antes de alejarse camino a la orilla.


En el laboratorio, los diversos moradores de los tanques, alineados junto a las paredes de cristal y bajíos artificiales, reanudaron su silenciosa rutina de reclusión: las arañas de mar se erguían sobre sus alargadas y finas patas traseras y usaban las demás para tantear el vidrio; los gusanos cruzaban las aguas, enrollándose y desenrollándose como cintas de blanco marfil; las estrellas de mar se estiraban cuan largas eran, pegándose a las paredes vítreas de su presidio; y los dracos nacarados de enorme boca nadaban en círculos cerrados. Los racores borbotaban y los calefactores zumbaban mientras fuera del módulo aullaban los vientos.
Entretanto, de forma imperceptible, de derretía poco a poco el témpano sumergido en el acuario, donde circulaba una corriente de agua fría que iba erosionando el grosor del hielo centenario. De vez en cuando se oía algún chasquido, como si el agua del mar hubiera encontrado una fisura por donde colarse y enquistarse en el hielo, sobre cuya superficie aparecían estriaciones apenas perceptibles, similares a rayas en el cristal de un espejo.
En el acuario surgían burbujas que se reventaban al salir a la superficie. Unas tuberías negras de plástico se encargaban de la renovación del tanque: por un lado entraba agua marina y por el otro salía la misma cantidad, aunque más fría a consecuencia del deshiele del témpano. Eso permitía mantener estable la temperatura a cuatro grados bajo cero. En un par de días, la capa de hielo se volvería tan fina que podría verse con total claridad a través de la misma, tanto que dejaría pasar el tenue fulgor púrpura del laboratorio, tanto que se agrietaría y desmenuzaría.
Y entonces, aunque a regañadientes, el témpano se vería forzado a liberar a sus prisioneros.

Fin del capítulo

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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 4:50 pm

Muchas gracias gemma por el capi!!
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 5:24 pm

¡Guau! Gracias por el capi. Ranguitos.
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MensajeTema: Re: Sangre y Hielo (Robert Masello)   Mar Abr 27, 2010 5:26 pm

siiiiiiiiiii

el siguente mola mazo!!!!! que ganas de ponerlo!!!! [Tienes que estar registrado y conectado para ver esa imagen]

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Sangre y Hielo (Robert Masello)
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